Los personajes y la saga crepúsculo le pertenecen a Meyer, la historia es mía.
A todas las chicas que me leen, sean fantasmas o no, que comentan, un millón de gracias, a quienes me ponen en alertas y favoritos, son todas muy amables.
Como siempre, no respondo a sus comentarios, no por que callo omito, simplemente el dios Cronos no quiere a esta chica y al igual que a sus hijos devora sin piedad.
A mi beta, amiga, hermana del alma a quien amo profundamente y quien tiene que soportarme y a quien le pido un millón de disculpas Belen Robsten...Nena, te quiero amiga, a veces soy mala…ante ti mi cariño, admiración ¿ves? Quizás no soy la maestra aquí, quizás eres tú la que debe enseñarme.
FALSAS APARIENCIAS 14
Durante los siguientes dos días, Isabella esperó con impaciencia que Edward Cullen apareciera. Se sentía como una completa estúpida.
Se paró frente a él como una reina de hielo y sin asomo de culpa le escupió en la cara su desprecio, su indiferencia y su completo tedio fingido, representó el papel de araña sin corazón y ¿para qué? Para nada, allí, ella como guardián sin tregua lo esperaba.
Salía en su caballo demoníaco y recorría el inmenso paisaje verde esperando que él como animal guarecido en las sombras, estuviese vigilando y saliera a cazarla con sus palabras y besos de fuego. A veces armada con su cámara se adentraba al bosque y tomaba fotos de todo, del extraño paisaje oscuro, de los árboles susurrantes o de algún venado o zorro que se paraba a verla como si ella fuese un intruso en sus territorios.
Se moría por tomarle una foto, temía que la que ella guardaba celosamente se desgastaría de tanto mirarla y acariciarla. Cada vez que en la soledad madame Swan posaba sus ojos de fiebre por el retrato, sentía un millón de sensaciones que castigaban su cuerpo atrapado por las telas que la constreñían. Lo veía ¡Dios! ¡Lo veía! Perfecto, con su mirada de felino en acecho, con su gesto burlón y con todo aquella atmósfera de hombre sin una maldita pizca de sentimientos en su cuerpo… ¡como lo deseaba! Era como si fuese torturada por llamas ardientes que se regodeaban en su piel y la flagelaban.
Eleazar y Alice la observaban en su caminar incesante por todas parte. Ambos sabían lo que le ocurría a la amiga y a la ama, más no se atrevían a decir nada, sólo se miraban en silenciosa complicidad, entendiendo que Isabella estaba en un punto de su vida, donde cualquier cosa la podría llevar a la locura.
¡Ocho días! ¡Ocho! Sin que el cínico, insoportable y divino bastardo apareciera. Sola en su habitación, sentada en su enorme alcoba, Isabella lloró de manera desconsolada. En el juego peligroso de la cacería seductora, no había nadie como ella, había ganado, el zorro astuto nunca podría con la temible "princesa encantada" pero nunca en su vida de astuta seductora se había sentido tan miserable, una amarga victoria, pues aún sabiéndose vencedora, ella, había perdido.
Cerró los ojos y tuvo la reminiscencia de todos aquellos hombres de los cuales se había burlado, los que atrapó en su telaraña caprichosa, a los que les rompió el corazón tan sólo por una tonta vanidad de niña banal. Edward Cullen sería uno más de la lista y el único por el cual ella tenía reales sentimientos, el único por el que ella había suspirado, el único que despertó sensaciones que nunca creyó tener; un deseo, pasión y fuego más allá de lo posible. Ni siquiera… ¡Dios! ¡Y que el diablo la condene!, ni su precioso y dulce Mitchell despertó en ella tales sensaciones, es más, por aquel nunca sintió nada ¿por qué? ¿Por qué sentía todo eso por un hombre como el bastardo? Tenía veintisiete años, no era una niña tonta que suspiraba por la apostura de un hombre, ya no tenía sueños de amor principescos, no se desmayaba frente a un hombre y sus palabras de seducción y coquetería…suspiró, ella, Isabella Swan, jamás, nunca en su vida había sentido nada real por ningún hombre, todos habían sido títeres en sus manos.
Toda la noche, ahogando su llanto en la almohada, entendió que Edward no volvería.
Tengo tanto miedo de amar por primera vez que lo alejé de mi…no se como amar a alguien, no se como amar a alguien, él me destruiría y yo a él, seriamos dos animales devorándonos…al final no quedaría ninguno de los dos vivos…
Escuchó las palabras de él en su mente, repetía que la amaba, pero algo en su corazón le decía que el amor que él sentía por ella era producto de su ego de casanova herido. Él no la amaba, tan sólo estaba encaprichado con ella, "el amor" que decía sentir Edward Cullen no era más que la vanidad de un hombre acostumbrado a que todas las mujeres se desmayaran por él…Mister Cullen era el epitome de los delirios de toda una generación de mujeres aburridas que secretamente soñaban con ser amadas por un maldito sin corazón, para que así, éstas, pudiesen decir que la tontería de un amor romántico y trágico se había cumplido en ellas.
En la mañana, Susy le trajo agua helada para que las consecuencias del llanto de toda la noche no fuesen vistas. Se miró al espejo, ató su hermoso cabello castaño, se vistió con la ropa oscura de la sosa madame Swan y salió a visitar a todos sus siervos…ella había ganado y sin embargo había perdido, cerró los ojos y dejó ir de su memoria la imagen de Edward Cullen.
Visitó a cada uno. Todos la veían llegar con tres sirvientes que llevaban canastas de pan, tarta de manzana y un enorme tocino que daba a sus arrendatarios por porciones. Se sentaba a hablar con cada uno, más las familias intimidadas por la presencia de madame en sus humildes casas, escasamente hablaban y sólo pestañeaban nerviosos frente a la muy pulcra señorita.
Adoró la casa de los Remington, una pareja joven con una cantidad de niños pecosos y pelirrojos, que al verla llegar hicieron un tremendo escándalo y sin vergüenza halaban su ropa y atacaban sin piedad el pastel.
-¡Robby deja a madame Swan tranquila!- el niño de unos cuatro años con los brazos abiertos, rogada por que Isabella lo cargara. La cara picara y preciosa del chiquillo era su debilidad, amaba a aquel pequeño.
- Oh no Charlotte, déjalo, nos amamos, lo nuestro es un amor sin reservas ¿no es así Robby?- y ella abría los brazos para que el niño se lanzara sobre ella y así besar de manera furiosa sus mejillas.
El calor y la ternura del niño en ese momento, fracturó en Madame su coraza de hierro y frente a Charlotte y su tímido esposo, Isabella comenzó a llorar sin tregua. Charlotte agarró al niño que estaba asustado, ya que en su tierno corazón creía que había lastimado a Madame, la mujer se lo entregó a su esposo, ordenó que todos se fueran y de manera silenciosa abrazó al ama que permitió que aquella mujer la consolara.
- Tranquila madame, todo pasará, tranquila, mañana será otro día, nada es para siempre- Charlotte se paró y fue hasta la cocina y sirvió té con galletitas de limón- respire- sin pudor, llevó sus manos hacia el pecho de su ama y desabotonó cinco de los botones- Oh madame no hay nada en el mundo que sea irreversible, tan sólo la muerte- las últimas palabras en vez de consolarla hicieron que Isabella llorara con más fuerza.
- Lo siento Charlotte- si su padre Charles la viera, estaría asqueado por semejante demostración de debilidad frente a sus inferiores, era algo poco civilizado y completamente melodramático ¡una aristócrata llorando frente a sus siervos! ¿A dónde iremos a parar? Diría su padre.
Durante una hora, en la pequeña cocina de la humilde cabaña de los Remington, sin que Alice, Eleazar o ninguno de los que la amaban la vieran, Isabella dio libre expresión a su desazón, tristeza y melancolía….esa mañana antes de salir de Forksville, Charles Swan le había informado, en una muy escueta carta, que sir Michael Newton había pedido su mano en matrimonio.
La carta fue dada por una de las mujeres de la servidumbre, la leyó aguantando la respiración, tratando de ahogar su frustración y melancolía; mas todo se fue al traste cuando lo brazos inocentes de Robby, la franqueza y tranquilidad de la hermosa familia Remington la enfrentaron con la temible posibilidad de que ella nunca tendría ese tipo de alegría.
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Rosalie gritó.
- ¡Dios mío Edward!- se llevó la mano a su corazón, su hermano adorado y cínico estaba destrozado, sangraba de manera profusa y caminaba con dificultad. Se acercó a él, pero éste levantó una mano en señal de que no deseaba que se le acercara.
- No quiero hablar Rosalie- tenía el labio partido y una herida sobre uno de sus ojos le dolía como un demonio.
- Lo hiciste Edward, lo hiciste, perdóname, perdóname- la muy preñada Rosalie se sentó en una de las gradas de la escalera, impotente, él lo hacía por ella, por ella, su hermano frío y calculador arriesgaba su vida y no podía hacer nada. Siempre se preguntó si Edward la amaba, y de manera triste supo que si, que él la amaba y que estaba dispuesto a dejarse desfigurar y vapulear de forma brutal tan sólo para protegerla.
- No hay nada de que hablar hermana, hay que hacer lo que hay que hacer- subió las escaleras con un dolor agónico por todo su cuerpo, pero no permitió que Rosalie viese como cada paso, por cada una de las gradas de la escalera, era una tortura de miles de cuchillos atacando su cuerpo- Rosalie- se paró en mitad del camino- dile a ese sirviente que no me siga, me fastidia su presencia, no quiero que me vigilen.
- Él quiere protegerte Edward.
Volteó hacia su hermana, a quién el embarazo daba luz y una belleza sin igual, pero que a la vez revestía de una fragilidad y vulnerabilidad que lo asustaba.
- No necesito que nadie me proteja.
- Vas a morir- su voz era desgarrada- ¿eso quieres?
- ¡Por favor! No soy un mártir Rosalie, ni soy un maldito héroe ¡no voy a morir! – ¡Diantre! Su hermana y su dejo dramático al muy estilo inglés era algo agobiante…maldición no voy a morir.
Para Emmet, el hermano de su mujer era un maldito. Todo en él era el compendio de lo que detestaba de la alta sociedad inglesa: inútil, caprichoso y fútil, pero al verlo pelear en el oscuro club de peleas del escoses Alec Ferguson, cambió la percepción que de él tenía… ¡Maldición! ¡Como peleaba! Era algo digno de temer. Se vio respetando al niño lindo de Edward Cullen y sintió respeto por él. Emmet en primera fila viendo como le destrozaba la cara a su contendor. Sintió vergüenza, el mequetrefe tenía agallas, defendía a su hermana y a su familia, en cambio él, más alto, más fuerte y hecho para pelear, no hacía nada.
Le contó a Rosalie como su hermano era una bestia que llegaba y destrozaba la cara de todo aquel que se le ponía enfrente.
- Es impresionante Rossy, nunca había visto algo así, nadie daba un penique por él- los ojos azules del enorme muchacho estaban llenos de admiración- es mucho dinero Rossy, mucho….yo…yo podría- y antes de que él pronunciara las palabras, el llanto de su amor lo interrumpió.
- ¡No! no, no lo hagas.
- Me siento como un idiota Rosalie…un cobarde
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- ¡No! mi hermano y tú, no lo soportaría.
- Estás esperando un hijo mío, no puedes pretender que no haga nada ¿Quién soy yo? ¿Qué diablos de hombre soy?
- ¡No me importa! No puedo soportar verte herido, no puedo, ni a ti ni a Edward, algo tenemos que hacer. Emmet vamonos, vamonos…América ¡por favor! Si esto sigue así veré a mi hermano muerto, y todo será en vano, vamonos te lo ruego, vamonos.
Rosalie fue arropada por los enormes y cálidos brazos de su hombre, pequeños besos cubrieron su rostro, su cuello, se dirigió a su vientre y allí repartió ternura y amor para su mujer y para su hijo no nato. En la vida solitaria de aquel huérfano de las calles de Londres, la posibilidad de un hijo y una familia propia era mucho más de lo que él hubiese soñado, no podía permitir que nadie destruyera su pequeño hogar, no podía permitir que su pequeño tuviese la vida de perro que él tuvo, no podía permitir que Rosalie, quién valientemente lo amaba sobre todas las cosas, sufriera; era hora, hora de tomar una decisión.
- Nos iremos cariño.
- Convenceré a Edward para que vaya con nosotros- tomó el cabello rubio y suave de su amante, mientras que él descansaba en su pecho- tengo que hacerlo Emmet, tenemos que escapar.
- Mi pequeña flor, él no querrá irse, tú hermano es una mula terca, aún cree que puede ser un gran caballero.
- ¡Lo van a matar!
- No, no lo harán Rosalie, creo que no conoces a tú hermano, es más fuerte de lo que tú y yo pensábamos.
- Se quedará solo- el pensamiento de que Edward se quedara solo en aquella fría ciudad hizo que el corazón de Rosalie Cullen se partiera en dos- somos su única familia, esta ciudad va a acabar con él, la maldita sociedad acabara con él, el muy tonto aún cree que puede vivir en un mundo que se derrumba Emmet.
Un silencio se cernió entre ambos, el gigante besó los labios de la hermosa muñeca rubia, aquella que desde su trono se digno a hacerlo su amante y su compañero de vida.
- Mi amor debemos pensar en nuestro hijo…lo siento.
- Rezo por nosotros Emmet, algo o alguien debe salvarnos, tengo fe que en este mundo exista alguien que nos pueda salvar.
Una sonrisa de burla amarga se dibujó en el rostro joven de Emmet McCarthy, no quería ser un cínico, pero él conocía aquel mundo, nadie tenía piedad, mucho menos con una mujer soltera embarazada de un pobre sirviente.
- No existen los ángeles Rossy, no los he visto.
- Deben existir, deben existir.
Ambos se abrazaron en un abrazo total, sólo así Emmet y Rosalie podían exorcizar los monstruos exteriores que amenazaban con terminar la vida de ambos y de su hijo.
- Reza cariño, reza…empezaré a planear nuestro viaje a América.
No se lo dijo, Emmet estaba lleno de remordimiento y culpa, había apostado en las peleas de Regent Street y había perdido, quinientas libras ¡quinientas! Todas en contra de su flamante cuñado Edward Cullen ¿Quién diría que el fino gentleman ganaría?
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Tumbado en la cama, sin mover ni siquiera una pestaña, Edward Cullen disfrutaba del maldito dolor. Cada músculo, cada parte de su cuerpo estaba hecho trizas, esa noche ganó setecientas libras….toda su voluntad estaba puesta en sobrevivir un día más, un día más, debía ganar más dinero, no le importaba su sangre o el dolor, tenía que sobrevivir y pagar la deuda. Hacía cuentas mentales…en dos semana tendré al menos seis mil libras, maldita sea, Alistair Sinclair no podrá conmigo, tengo que ganar, demostrarle a él que no podrá conmigo…a ella…ella que puedo, ¡maldita bruja! ¡Maldita bruja! Dijiste que no…te odio.
Un segundo antes de caer en la inconciencia del sueño, Edward Cullen nombró a la bruja, pero su voz no estaba revestida de rabia u odio…
-Bella…Bella tan hermosa…tan fría- cayó en un sueño profundo y de la oscuridad emergió ella cabalgando su endemoniado animal en medio del bosque y gritando ¡Soy intocable! ¡Soy intocable!
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- ¡Es un maldito inútil!- Frente a él, Alistair Sinclair y Tania Denali, ésta última disfrutaba ver el rostro de su antiguo amante destrozado.
- No tengo porque escuchar sus insultos en mi casa- una voz de asco profundo salió de Edward, quién sentado en su oficina veía al próximo miembro del parlamento con su ropa costosa, mientras él luchaba con su vieja casaca.
- Ya no es su casa- Alistair sonrió de cruel manera.
La anterior actitud indiferente cambió a una ira profunda.
- ¡No lo hará!
- Es un idiota, tan sólo era seducirla, y no lo logró.
Tania caminaba por el lugar, miraba de manera concentrada al hombre divino que la hacía suspirar y a quien deseaba sobre todas las demás cosas del mundo. Algo, una pequeña intuición…algo que le demostrara que Edward Cullen había sido presa de las garras de la "princesa encantada" Una mueca a medio dibujar, aquel rostro torturado, era quizás la prueba fehaciente de que por fin su venganza se estaba haciendo realidad.
- Quizás querido tus dotes de buen amante no fueron tan eficaces con la sosa señorita Swan.
- ¡Es una maldita piedra!
El costoso bastón de Alistair Sinclair golpeó el piso lleno de impaciencia zorra maldita, siempre es la última en decidirlo todo…ni siquiera este idiota y su fama de seductor infalible fue capaz con ella… ¡maldita!
- Bien, se ha dicho todo mister Cullen, saldrá mañana de esta casa, usted y la ramera de su hermana.
- Voy a pagar hasta el último penique- no quería rogar… ¡maldición no lo haría! ¿Dónde quedaría su orgullo si lo hacía?
-¿Peleando? Lo mataran y no podrá pagarme mis diez mil libras.
- Y las tres mil que me debes gatito.
-¡Son unos malditos! No me sacarán de mi casa, ni harán de mi hermana una burla- vio acercarse a Tania quién intentó tocar su rostro- ¡quita tus ponzoñosas manos de mi cara!
El rostro de la hermosa mujer en un segundo cambió, deseaba verlo en el suelo suplicando, pidiendo piedad, arrastrándose hacia ella.
-¡Eres un bastardo!
- Y tu una golfa ¡fuera de mi casa!- la agarró del brazo y la tiró fuera de la biblioteca- ¡fuera Alistair Sinclair! Voy a pagar su maldita deuda, aunque sea con mi sangre.
- No lo hará, lo meteré en la cárcel y su hermana y su bastardo morirán en la calle- Alistair Sinclair no vio lo que venía, la mano dura de Mister Cullen se estampó en su pálido y muy aristocrático rostro, el golpe fue seco y duro.
- No lo hará, si lo hace voy a desatar un escándalo de proporciones épicas en toda la ciudad, diré que usted y la golfa de su amiga querían arruinar la reputación de Madame Swan, que deseaban que me casara con ella y que la preñara, no podrá con eso.
- Nadie le creería.
- Apueste Mister Sinclair, soy un apostador y lo sabe, Londres desea escándalos…yo le daré el más jugoso de los últimos años ¿va a arriesgar su puesto en el parlamento tan sólo porque tiene una maldita venganza con esa mujer?- se moría por saber ¿cuál era el motivo? Pero sabía que Alistair no se lo diría ¿apostador? Si, si lo era- ¿Ella le dijo que no Alistair? ¿Le dijo que no?
El aristócrata se paró del suelo, limpió su costosa casaca, la sangre que salía por su nariz, tomó el sombrero, levantó la barbilla con orgullo y no contestó la pregunta.
- ¡Dos semanas! Dos semanas y mis diez libras en mi despacho.
- ¡Cuatro semanas!
- Por favor, en cuatro semanas estaré presenciando su funeral.
- No esté tan seguro, ¡Fuera!- cinco pasos hacía la puerta- no vuelvan a pisar la casa de mi padre ¡jamás!
Un furioso Sinclair salió para esconderse en su carruaje, Tania se quedo atrás.
- ¿Quieres morir?
- No te importa.
- Yo te daré el dinero- trató de nuevo de llevar su elegante y enguantada mano hacia el bello rostro- es una pena que esta perfección sea destrozada, una obra de arte no tiene porque ser arruinada querido.
Edward sabía que si aceptaba, la maldita pelirroja sería dueña de su vida y de su futuro, y para ese momento de su vida, lo único que sentía por ella era unas enormes ganas de vomitar.
- Sal de mi casa- lo dijo de manera lenta, golpeando cada una de las sílabas- me repugnas.
El pecho de la mujer saltó, frunció sus hermosos labios y levantó una de las cejas en señal de burla.
- Iré a tu funeral Mister Cullen- bateó sus pestañas como la coqueta que era, pero en ese momento era el signo de que diría una crueldad brutal- yo iré a tú funeral, derramaré una lágrima por ti, por las noches delirantes que me hiciste pasar…pero ella, esa mujer ni siquiera le importará.
- ¡Fuera!- agarró la puerta y sin un mínimo de cortesía se la tiró en la cara.
En el carruaje Alistair Sinclair y Tania Denali se miraron en silencio.
- ¡Maldita sea!- a la mitad del recorrido Lord Sinclair no fue capaz de ocultar su frustración y golpeó el techo del carruaje- ¡maldita sea!
- Vamos querido compórtate.
- ¡Es una zorra! ¡Una zorra!
Un gesto curioso en el rostro de la mujer, apequeñó sus ojos y de manera seria preguntó:
- ¿Es tan terrible como tú dijiste?
- ¡Una arpía! ¡Una arpía!
- Entonces eres un idiota mi amigo, parece que madame Swan siempre gana las partidas.
Lord Sinclair, sacó su mano por la ventanilla del coche, golpeó dos veces y el carruaje paró.
- Hasta aquí ha llegado el viaje Tania, bájate de mi coche.
- ¡No puedes! Hace frío y las calles están asquerosas.
Una mueca.
- No me importa, la basura se lleva bien con la basura, bájate o te tiró a empellones.
Tania le dio una mirada de mil cuchillos y antes de que el carruaje partiera, hizo lo que ella sabía mejor hacer:
- Parece que la maldita princesa encantada es la única que no has podido humillar, debe ser una frustración amar a alguien que te odia- cerró la puerta y se fue dejando a Lord Sinclair echando babaza por su boca. Si, ella sabía de lo que hablaba.
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Llegó a Londres de la mano de Eleazar. Alice se había adelantado para organizar su llegada.
- On no mon cherrie, no iré a tu casa, no deseo la "alegre" compañía de tu calido padre.
Isabella no insistiría, Charles siempre fue grosero y despectivo con su amigo, y éste no tenía humor para el cáustico y despectivo modo de ser de Charles Swan con aquellos que no consideraba dignos ¡Válgame Dios! los franceses, que ridícula cultura ese era el decir de su padre. Además no podía obligar a Eleazar que viviría en su casa, pues éste hacía de las noches londinenses su territorio de juergas y seducción.
- Pero vendrás a visitarme ¿no es así?- preguntó de manera tierna.
- ¡Nadie me lo impediría mon papillon!- el bello rostro de porcelana de su amiga lo conmovía, ella estaba frente al desastre y él parecía no poder evitarlo, su corazón sufría al verla sufrir, le daría sus últimos días de alegría y risa. Había tomado la decisión dolorosa que quizás esa sería la última vez en que la vería, ya que después de su enlace con Michael Newton seguramente su amiga moriría, y eso, Eleazar Merchant, no lo soportaría.
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El carruaje lujoso la estacionó frente a su casa en Kensington, respiró con fuerza como lo hacía siempre que llegaba a aquella casa. Al penetrar en ella, Isabella dejaba atrás a la mujer de Forksville, a su caballo y a la poca libertad que allí gozaba, de nuevo volvía a ser la hija de Charles Swan y a su mundo de apariencias y terrible crueldades. De manera inconsciente dio una mirada a la calle, quizás…quizás. Sacudió la cabeza ¡que tonta! Él no estaba esperándola, no, él no la estaba esperando, sólo la esperaba su padre con su rostro de palo, quién al verla le dio un frío beso en la mejilla.
-Bienvenida hija, mañana vendrá Lord Michael Newton.
- Padre, no he dicho nada aún, no lo conozco.
- Eso no importa, es el hombre perfecto para ti, cinco mil libras al año es suficiente, es un buen hombre, algo tonto, pero es un buen hombre.
Isabella bajó la cabeza.
-¿No tengo voz ni voto padre?
-No cuando tienes veintisiete años y estás en ese punto en que la mujeres se marchitan- y con esas palabras tan crueles Charles se retiró a su despacho.
Isabella encerrada en su habitación y mirándose al espejo se alistó a ser la mujer a quién la vida le tenía deparada el triste futuro de un matrimonio sin amor.
Lord Michael Newton, cuarenta años, muy alto, torpe, algo tímido e increíblemente rico.
Durante tres días la visitaba de manera constante y ella escasamente hablaba con él, lo soportaba como se soporta algo que es inservible, pero que no estorba. Él de manera equivoca entendía el silencio de madame Swan como un signo de discreción y buena cuna.
Alice lo observaba de manera casi científica ¡Dios! ¡Qué hombre más tonto! La vajilla de la casa sufrió, pues el "Tonto Lord" como ella lo llamaba, en su torpeza quebró tres tasas de té, un pequeño plato, rompió uno de los brazos de la silla y cayó en medio del salón cuando trataba de seguirle el paso a madame, quién le huía como la peste. Charles Swan en las noches miraba de manera fría a su hija y con eso le decía que ella era una completa decepción para él.
- Es una tontería que las mujeres pretendan el voto- finalmente al quinto día, el soso Lord Newton empezó a mostrar quien era- Un país gobernado por las mujeres, con razón América estará destinada a ser un fracaso.
Bella volteó y sonrió, tratando de ocultar su rabia.
- ¿Se olvida lord Newton que hemos sido gobernados por una mujer casi cincuenta años?
El tonto sacó un pañuelo y haciendo un gesto de "oh que ridiculez" dijo:
- Oh madame, su majestad ha tenido buenos hombres a su lado, una mujer es inteligente cuando permite que un caballero susurre a su oído palabras inteligentes- se sentó en una silla y Alice casi grita de terror al creer que la pobre sucumbiría ante el peso y la idiotez del bobalicón.
Mas el rostro de Isabella, contenido para no explotar, dolía.
- ¿Es decir que para usted las mujeres no tenemos la inteligencia para gobernar, para pensar o crear?
- Es un hecho mi muy querida Isabella, que las leyes de la naturaleza dicen que los hombres son los encargados de manejar el mundo, las mujeres están hechas para ser las llamadas a estar bajo la sombra y bajo las órdenes de la inteligencia masculina.
Alice no lo soportó y faltando a la regla que la servidumbre debía estar callada levantó su voz.
- Milord, Jane Austen, Emily Bronte, la emperatriz Catalina de Rusia, Isabel nuestra
gran reina y George Elliot no estarían de acuerdo con usted.
Los ojillos azules observaron a la pequeña impertinente como si fuese una pulga, ¡una sirvienta! ¿Cómo se atrevía?
- ¡Dios! cuando las mujeres se atreven a escribir o gobernar, es porque han equivocado su sexo.
Alice iba a explotar, Isabella cerró sus ojos de manera paciente, escuchó la primera sílaba de grito de su amiga para debatir al imbécil, la detuvo:
- ¡Alice!
El ama de llaves sabía que había roto una regla, pero no podía soportar semejante vejación a su sexo y a su inteligencia.
- Lo siento madame.
Mas la pequeña mujer vio un dejo malvado en el rostro de su ama, entendió que ésta venía con mil cuchillos en su lengua.
- Sus argumentos son muy ridículos Milord, ¿espera usted que crea que durante miles de años las mujeres que han intentado trascender son sólo mujeres dementes que han deseado tener un pene entre sus piernas?
Oh, la palabra….esa…pene en la boca de una dama ¡que horror!
-¡Madame! Creo que no la escuché muy bien.
Isabella se paró de su silla, provocando un sonido de telas y enaguas tras ella.
- Me escuchó muy bien Milord…dije Pene…si desea se lo deletreó con cada maldita letra- Alice tras ella tembló- algo que seguramente usted debe tener muy pequeño, y si todas esas maravillosas mujeres a las que se ha nombrado en esta conversación han deseado semejante artefacto, seguramente ellas estaban mejor equipadas que usted.
El ama de llaves soltó una sonora carcajada.
- Es usted una grosera madame.
- Y usted un fatuo Milord.
- No permitiré que en nuestra casa usted me hable de semejante manera- Lord Newton, deseaba a la sosa Madame, en su muy corta intuición sobre las mujeres- intuición que tenían la mayoría de hombres ingleses- creía que la simple solterona sería la única que agradecería que él, un cretino a la vista de todos, besaría las botas por fijarse en ella.
- No he dicho que si Milord.
- ¿Me rechaza?
Se acercó, coqueta y sonriente.
- Prefiero encerrarme en la torre de Londres a pan y agua durante el resto de mi vida que casarme con un tonto como usted- la cara de sapo del hombre pareció estallar, sus ojos salirse de las orbitas y las aletas de su nariz reventar.
- ¡No puede! Soy el único que se casaría con una vieja como usted.
- Pues evítese la tortura Milord, ¡largo de mi casa! He aguantado su presencia durante una semana, si no se va ahora mismo, vomitaré sobre sus botas.
El hombre escuchó una voz que no era la de la sosa solterona, la voz de la mujer era ronca, sensual, destilaba fuego y su rostro que antes fue aburrido para él, ahora era de una belleza felina.
- Su padre no lo permitirá.
- Pues sobre mi padre y sobre todo el mundo me niego a casarme con un idiota ¡largo de mi vista! – el aire reprimido durante cinco días, salió de ella para emitir un grito seco- ¡ahora!
El hombre a trompicazos salió del salón azul de té, con el riesgo de romper medio mobiliario.
- ¡Nadie será tan tonto de casarme con una mujer tan impertinente!
Michael Newton se tropezó con el frío Charles Swan, pero no se despidió de éste.
Isabella sentada en una silla tomando agua para sofocar la rabia, sólo esperaba que su cálido padre apareciera frente a ella.
- ¿Qué hiciste?
- No me casaré con ese tonto.
Dos pasos frente a ella.
- ¡No me desafíes Isabella!
- No te desafío padre, pero no puedes pretender que me case con un hombre que cree que las mujeres son muebles decorativos que no pueden hablar, respirar o moverse sin la orden de un marido.
De una manera imprevista Charles Swan agarró a su hija del brazo, lastimándola.
- ¡Padre!
- Tienes veintisiete años Isabella, no eres joven, ya no eres una niña con la dulzura de una adolescente casadera ¡tienes que casarte!
- ¡No!
- Te desheredaré.
- No puedes, soy tú única hija.
- ¡Eres igual a tú madre!- la soltó con furia- esperaré dos días, iré a pedirle disculpas a Lord Newton y la boda se arreglara tal cual lo planeado ¡y ni una maldita palabra más! ¡Quiero un heredero! ¡Varón! No una niña tonta y caprichosa sin gracia, alguien a quien pueda dejarle mi fortuna y que perpetué mi apellido.
Isabella comenzó a llorar, ese era, lamentablemente, su padre.
- Eres cruel.
- No llores en mi presencia Isabella, detestó ver llorar a alguien es de mal gusto.
Y sin más ni más Charles Swan se retiró sin permitir que su hija dijera algo a su favor.
Isabella corrió escaleras arriba, abrió con desespero su habitación y fue hacía las ventanas para dejar que el aire helado de la ciudad llegara a sus pulmones.
Alice tras ella, le daba lástima su amiga, al menos ella pobre y sirvienta tenía más libertad que su amiga.
- Lo siento ama.
- Voy a morirme Alice, no quiero estar aquí, no quiero- volteó y miró de frente el reflejo de ella en el espejo- esa mujer no soy yo, ¡quiero libertad! ¡Quiero mi caballo! ¡Quiero mis fotos! ¡Quiero pasión en mi vida! – Se llevó una de sus manos a su rostro, para ocultar el llanto salvaje que de ella salía- quiero amar…quiero a Edward Cullen en mi vida.
- Oh madame- Alice la había ocultado, creyó tontamente que ella no la aceptaría, la carta que encontró debajo de la puerta en la habitación en Forskville- lo siento tanto- corrió hacia su habitación y de allí sacó el pergamino con el olor penetrante de aquel hombre en el.
Isabella ocultando su rostro en una almohada tan sólo pensaba en Eleazar…se iría con él, no importaba nada más.
El ama de llaves puso frente a su rostro la carta.
- Es de él madame…una carta que dejo Edward Cullen en Forks, la encontré bajo su puerta, la escondí Isabella, creí que no deseaba leerla, lo hice por su bien, eso creí.
Isabella arrancó la carta de las manos de su amiga, temblando la abrió, una lágrima sobre el papel y se aprestó a leer:
Isabella…
¿Cómo describir lo que siento por ti? ¿Qué maldita palabra pueden hacerte entender lo que tu piel de mármol me provoca? Si… ¡me alucinas!...
- ¡Dios! él maldito y perfecto- y continuó.
Todo de ti me vuelve loco Bella, todo… tu boca, tu piel, tu voz, hasta tu imagen en ese caballo diabólico. No pidas de mi poesía, métrica o perfección en las palabras, este soy yo, borracho, ebrio de ti, en este momento puedo decirte que te odio y que me obsesionas, odio tus palabras, odio tu frialdad, odio cada cosa que tú eres, todo ello mezclado por mi insana obsesión, por la frustración de no tenerte, por el deseo de poseerte y tú - maldita seas- te niegas…
Como un rayo se paró de su cama, fue hacia los ventanales….cada palabra era… ¡todo!
…¿Por qué te niegas? ¿Soy tan poco? ¡Soy un maldito! Amando a quien no me ama, deseando a quien no me desea, suplicando un poco de tu vida, y tú Isabella simplemente te niegas…
- Soy una tonta, una tonta…no, no, no….
Te digo que te odio en este momento… Bella, mi Bella, porque quizás odiándote sea la única manera de volver a mi, odiándote sea la única manera de defenderme, odiándote me salvo de ti.
¡No! ¿Odiarla? Muchos la odiaban, muchos escupían sobre su recuerdo, y la posibilidad de que él la odiara era algo que no podría soportar.
…de hoy en adelante seré por siempre y para siempre tuyo, al final cuando en algún momento, en un leve destello de tu vida entre el aburrimiento de las horas en ese Londres nublado y frío te acordarás de mí Madame y ten por seguro Isabella… mi Bella, que yo en alguna parte del mundo te seguiré amando y odiando por igual. La pregunta es ¿te importará? Lo más temible es que creo que no…
Hasta siempre… suyo:
Mister Edward Cullen.
Al terminar de leer aquella impresionante carta, Isabella la llevó a su pecho…empezó a reír, las cadenas absurdas que la ataban de por vida estaban por ser desatadas, las palabras de fuego del divino, adorado bastardo, hacían el trabajo de deshacerlas….
- ¡Edward! ¡Maldito insufrible!- besó el papel con fervor, era como si besando cada palabra besaba la boca de fuego de él.
Desesperada y con una decisión que cambiaría su vida, Isabella tomó su capa y salió escaleras abajo.
- Madame- la voz de Alice era dulce- tenga cuidado, si va en busca de ese hombre su vida cambiara para siempre.
Isabella desanduvo sus pasos, caminó hacia su amiga y besó su mejilla.
- Lo se querida, lo se, y nunca he estado más feliz en mi vida, lo amo, amo a ese maldito, lo amo- quería gritarlo a voz en cuello, abrazó con fuerza a su ama de llaves para dar paso a la huída.
- ¿A dónde vas Isabella Swan?- la voz de piedra de Charles la atravesó, por un segundo ella paró su caminar liberador. Volteó y el rostro de su padre era un poema de hielo y de reproches. No, no tenía miedo, la "princesa encantada" nunca tuvo miedo de nada.
- Voy a buscar mi destino padre- y sin siquiera dar explicaciones, Madame Isabella Swan, tomó el gran carruaje y se perdió por las calles de Londres.
¿Qué le tendrá deparado el destino a estos dos inquietos amantes en la fría Londres?
Para cada una de mis lectoras:
Amor para soñar.
Pasión para vivir.
Lujuria para conocer.
Hambre de vida para gozar.
Delirios profundos para ir tras la verdad de los bosques.
