La obra crepúsculo le pertenece a la señora Meyer.
A todas un millón de gracias por estar con esta chica.
A mis lectoras fantasmas un millón de gracias, a las que comentan todo mi cariño.
Gracias a Belen Robsten quien muy amablemente me corrigió y es mi beta, mi amiga y mi cómplice.
A Ximena de Chile quien como siempre está allí conmigo.
Capítulo dedicado a:
L´Amelie quien tiene un hombre que me enloquece y a Lucia Bogliano quien con su divino constructor nos hace soñar a todas.
A las nenas del grupo de esta historia y son maravillosas gracias.
FALSAS APARIENCIAS.
Los cascos de los caballos golpeaban las calles pedregosas de aquel Londres frío y oscuro.
Nunca en su vida estuvo más segura de lo que hacía, ni siquiera cuando era aquella niña caprichosa que gobernaba Paris a su antojo.
Su corazón palpitaba frenéticamente. En sus manos sostenía la carta llena de fiebre que el bello bastardo le había escrito, sonreía y lloraba a la vez ¿Cuántos años hacía que no era tan feliz? Finalmente su vida iba hacia donde ella deseaba: a la libertad, nunca más sería aquella mujer oscura que se ocultaba en un gran palacio viendo como el tiempo fluía a su alrededor mientras que envejecía. No sería la esposa de alguien quien le era indiferente, y nunca más viviría fingiendo en aquel mundo hipócrita y lleno de falsas apariencias. Edward Cullen era la libertad y ella iba hacia él.
Sabía que él vivía en Bravante Street, pero ignoraba cual era la casa ¡Dios! que poco conocía acerca de él, pero no importaba, tendría una vida para preguntarle…hemos hablado tan poco, tan poco, siempre que nos tropezamos estamos más ocupados en besarnos y ofendernos que en hablar…sonrió con picardía y mordió su boca de manera feroz recordando cada uno de los besos fogosos, casi caníbales, que hacían peligrar su labios. Todo su cuerpo palpitó, un calor endemoniado la poseyó al pensar que sí aquellos eran los besos no podía ni imaginar como sería una vida atrapada por los brazos y por la boca de aquel hombre hermoso y depravadamente tierno. Se llevó las manos a su pecho aprisionados por el corsé cálmate Isabella…tienes que tomártelo con calma, no querrás asustarlo con tus deseos, poco a poco Mister Cullen, poco a poco en la oscuridad del carruaje una sonrisa maliciosa se dibujó en ella, la princesa encantada renacía, pero sin los egoísmos de unos años antes.
Su cochero preguntaba a los pocos transeúntes donde quedaba la mansión Cullen, hasta que al final uno de los hombres encargados de limpiar los grandes faroles que iluminaban las calles fue capaz de decirles. El hombre señaló hacía una enorme edificación blanca, de grandes columnas, muy elegante, toda resguarda en enormes rejas oscuras.
- Aquí es Madame.
Isabella respiró y dio una orden a su corazón que se tranquilizara, no tenía miedo, ¡claro que no! sin embargo temblaba por la anticipación del encuentro. Esperó unos cuatro minutos hasta apaciguarse, se llevó una de sus manos hacia su rostro, estaba helada ¡Señor! Por favor que no esté fea y pálida odiaba ser tan blanca, aunque eso fuese la moda en todo el país, mujeres con pieles de mármol, símbolo de refinamiento y buena clase social, ninguna tenía derecho al sol, al campo y al aire libre, sólo las cocineras y las prostitutas.
Sólo en Francia Isabella tuvo vida, brillo, salud y juventud.
¡Francia! La extraño, extraño los viñedos y campiñas.
Finalmente abrió las puertas del coche, puso su refinado pie en la escalerilla y con firme convicción entró al antejardín de la hermosa casa. En cada paso que la llevaba hacia la puerta, repetía una y otra vez las palabras exactas que le diría te amo…te amo y perdóname…quiero ser tuya de resto nada más me importa jaló con fuerza la campanilla para anunciar su llegada. Pasó un minuto y volvió a repetir la operación, una y otra vez, hasta que finalmente una luz desde adentro iluminó los umbrales de las enormes puertas.
Un gigante con rostro enojado le abrió, Isabella retrocedió al verlo.
- ¿Casa Cullen?
- Madame estas no son horas- Emmet no fue simpático, estaba demasiado ocupado lidiando con Rosalie quien estaba furiosa con él cuando éste le confeso lo de la apuesta.
Isabella se pasmó por unos segundos, después sonrió de manera inocente frente al enorme hombre e instantáneamente éste transformó su rostro adusto en un gesto tierno, amable y simpático- Lo siento señorita.
- ¿Mister Cullen? Por favor.
- Él no está madame.
La decepción se dibujó en su rostro ¿se había ido? Quizás él ya la había olvidado, quizás él estaba con esa mujer Tania Denali, quizás ya era demasiado tarde…llevó sus manos al marco de la puerta para no desfallecer y ponerse a llorar como una débil mujercita. Emmet se asustó al ver su rostro ¡Dios! ese día no era su día, su mujer furiosa gritándole su decepción, el idiota de Edward Cullen en aquella apuesta carnicera y ahora la desconocida con rostro triste… ¡Diantre! Ese no era su día.
- ¿Se encuentra bien?- Emmet Mcarty un chico de las calles, sin toda la rancia aristocracia del que muchos se ufanaban era más caballero que cualquiera nacido en cuna noble.
La voz de fuerte acento y con un dejo de ternura derribó las barreras de fortaleza de Isabella Swan e hizo que ella levantase su rostro hacía él y sólo respondiera.
-No.
- Oh Madame- abrió la puerta y sin pedir permiso tomó la mano enguantada de la dama y con amabilidad la arrastró hacia el interior de la casa.
- Lo siento, lo siento, no quiero importunar, yo sólo deseaba ver a Mister Cullen.
Una Rosalie con seis meses de embarazo, con su cabello rubio suelto y con ojos llorosos desde la escalera observó a la mujer que se sostenía en los grandes pasamanos de la escalera.
- ¿Miss Swan?- preguntó asustada- ¿es usted?
La aludida alzó su mirada y se topo con la hermana de Edward Cullen, hacía más de un año que la había visto de manos de su hermano en la gran inauguración de la feria de la ciencia en la ciudad. Sin duda alguna era el ser más bello de todo el planeta. Lo que más recordaba de ella era su rostro serio, incomodo y triste. Todas en Londres querían ser como ella y Rosalie Cullen con su perfecta belleza pasaba en medio de todos sin fijarse en nadie ¿Cuándo se había casado? ¿Con quien? La mayoría de hombres en Inglaterra se morían por ella. Isabella a pesar de estar alejada de los chismes de la sociedad y de todo su bobo andamiaje no podía sustraerse a los rumores que de miss Cullen se decían.
- ¿Es usted Isabella Swan?- Rosalie volvió a preguntar, también en su peregrinar a medias por las sociedad londinense se había fijado en la hija de Charles Swan, quien siempre parecía esconderse entre las cortinas o detrás de su arrogante padre. La imagen de la mujer en su casa la asustó terriblemente, para ella ésta traía más malas noticias, todo iba apuntado hacía el desastre, pues ese día ella tenía el presentimiento que vería a su hermano muerto.
- Así es- observó como la diosa rubia bajaba torpe y apresuradamente por cada una de las gradas de la escalera.
- ¡Mi amor ten cuidado!- gritó Emmet.
Isabella parpadeó, ¿la impresionante madame Cullen y ese chico rubio y de empobrecida ropa? ¡Dios mío! Entonces si era verdad lo que algunas entre risillas morbosas hablaban: Rosalie era amante de un sirviente ¡Y estaba preñada!
- ¡No me toques Emmet!- caminó hacia Isabella- tenga piedad de mi y de mí hermano madame.
Isabella se apartó unos pasos.
- ¿De qué habla?
- Él lo hace por mi, por mi hijo y por el imbecil que amo- miró con ojos furiosos hacia el chico rubio que bajaba la cabeza con vergüenza- es todo mi culpa, todo mi culpa madame- se dejó caer sobre la última grada de la escalera y llevó sus manos blancas a su cabello- es mi culpa, es mi culpa, él va a morir y es mi culpa.
Emmet se acercó aún sabiendo que la decepción por tan feo acto de traición era una espina en el corazón de Rosalie; tomó su cabeza rubia y se la llevó a su hombro.
- Mi linda muñeca, tú hermano no va a morir, es una maldita mula terca- la besó con devoción y con ternura.
-No, no Emmet, sabes muy bien que es una pelea a muerte, ayer llegó muy golpeado y no desea que nadie lo curara, no escucha razones, no las escucha- agarró las solapas de la vieja chaqueta de su amante y apretó su rostro contra su pecho.
Isabella observaba de manera nerviosa la escena, parecía encontrarse en una bizarra obra de teatro, donde ella no entendía nada, lo único que escuchaba era que el hombre por quien corría por todo Londres, el hombre que ella amaba iba a morir. Un dolor lacerante ahogaba su pecho ¡no! ¡No ahora! ¡Nunca! Edward Cullen y su encantadora presencia cínica y divertida no podía morir, no cuando ella tenía tantas cosas que decirle, cuando ella finalmente había decidido que sólo él sería el que desataría las amarras de su vida y que sólo con él podría hacerla finalmente libre.
Respiró con fiereza, tensó los músculos de su cuerpo y ordenó a su corazón que se calmara, debía ser la mujer fuerte que siempre había sido, la que en situaciones extremas mantenía la cabeza fría aunque en su interior todo se cayera a pedazos.
- Caballero- su voz salió temblorosa- ¿qué ocurre aquí?
Pero fue Rosalie quien respondió.
- ¿No viene usted a terminar lo que ellos han comenzado? ¿No viene a burlarse y a humillar a mi hermano y a mí?
- ¿De qué habla? ¿Por qué se culpa? Nunca humillaría a nadie madame, mucho menos a su hermano ¿podría explicarme?
Los azules ojos del joven amante de Rosalie la observaron de manera melancólica.
- Ustedes los aristócratas son iguales, no tienen piedad con nada ni con nadie. Mi pobre Rosalie embarazada de un sirviente sucio con hollín dentro de sus uñas ¿sería usted su amiga? ¿La invitaría a una fiesta? No, no lo haría, porque ella se atrevió a amarme madame, toda su vida será castigada por eso ¿es justo? No, pero esas son sus malditas reglas.
Isabella intentaba formar palabras en su boca, pero no las había, durante toda su vida, las normas, las reglas y la hipocresía habían sido el pan de cada día, ella se rebeló siendo una niña contra eso, pero al final las reglas y la falsedad la alcanzaron, su rebelión tuvo grandes consecuencias y todos pagaron con sangre sus ansias de libertad y anarquía.
- ¿Alguien los está chantajeando?- entendía las leyes tácitas e implacables que existían en la alta sociedad contra aquellas mujeres que se relacionaban con hombres de más baja extracción social: la burla y el exilio social, además de que los pobres chiquillos eran abandonados en los crueles orfanatos o tirados a la calle.
La respuesta a la pregunta llegó de una llorosa Rosalie, quien asintió con la cabeza sintiendo que todo era irremediable.
- Y es mi hermano el que tiene que pagar madame, todo es absurdo, todo- Emmet con el corazón destrozado llevó una de sus enormes manos al vientre hinchado de su mujer y sin miedo y vergüenza besó de manera delicada los labios de ésta.
- ¿Por qué mister Cullen- carraspeo ante la hermosa escena de ternura y amor incondicional, era algo que ella no estaba acostumbrada a presenciar- va a morir según usted Rosalie?
- Es mucho dinero, mucho dinero, no somos ricos, no lo somos, esta casa es nuestro tesoro, mi padre la amaba…mi padre la amaba.
Isabella dio un vistazo al hermoso lugar. Estaba descuidado y el mobiliario era viejo y roído ¿Los Cullen en la ruina? ¿Cómo era posible? ¿Cómo aquel hombre hermoso podía sobrevivir de manera tan extravagante cuando estaba en la ruina? ¡Dios mío! ¡Que egoísta eres Isabella Swan!
Se acercó a la joven y vulnerable chica, se inclinó frente a ella, sacó un fino pañuelo de seda y seco sus lágrimas con dulzura.
- No se preocupe Rosalie, yo no he venido a destruirlos ni a humillarlos, lejos de mi está semejante propósito, he venido a ayudar, no se preocupe linda- le brindó una dulce sonrisa- ustedes estarán bien, lo prometo.
Los azules orbes de la muy preñada Rosalie la miraron de hito a hito, esa mujer a quien su hermano tenía que destruir, era la misma que estaba allí con su costosa ropa prometiendo que los iba a salvar, no entendía nada, pero aún así la dulzura en las palabras de Isabella Swan y la humildad con que le hablaba le hicieron saber que ella no mentía.
- ¿Es usted un ángel madame?
Isabella se río con asombro, ¿ella? ¿Un ángel? Que lejos estaba de serlo.
- No, no lo soy Rosalie, sólo quiero ser su amiga, soy amiga de su hermano.
Emmet y su mujer intercambiaron miradas, seguramente Milady Swan no tenía ni la menor idea de los planes macabros que Edward tenía con ella. Ambos, al mismo tiempo se miraron y pensaron ¡No sabe nada! ¿Qué ocurre aquí?
- No lo merecemos madame.
- Llámame Isabella, Bella, su hermano me llama de esa manera- una expresión de ensoñación y tristeza se dibujo en el bello rostro de la mujer y ésta hizo sentir totalmente miserable y corrupta a Rosalie Cullen.
- No lo merecemos, mi hermano no lo merece.
Isabella no entendía muy bien el porque la rubia mujer siempre hablaba de culpas, seguramente creía que su estado de ingravidez fuera de matrimonio la hacía merecedora de humillaciones y malos tratos.
- Déjeme a mi señorita Cullen decidir que es lo que merezco.
- Mi hermano madame, mi hermano, está noche va a morir- tomó su mano con fuerza- hace días participa en los torneos terribles que se hacen en Regent Street, todo por el dinero, hace dos noches regresó con el rostro sangrante y sumamente golpeado, cada día se hacen más salvajes aquella peleas.
- Pero el siempre gana, amor mío.
Una Rosalie furiosa volteó hacia su tonto amante.
- ¡Y aún así apostaste contra él!
- Perdóname, por favor perdóname- Emmet, enorme y fuerte podía soportar todo, pero no que su muñeca de porcelana lo odiara, no podía soportarlo. Se fue hacia la pared y la golpeó con fuerza- ¡soy un idiota! Nos iríamos para América, seriamos felices y mi hijo no sería el bastardo que yo siempre he sido.
Para Isabella Swan las palabras que dibujaban el rostro sangrando de Edward eran temibles, su rostro, su bello rostro y su hermosa sonrisa pícara y divertida destrozadas ¡no! ¡Nunca! En la sangre de aquel hombre estaba cimentada toda su vida, todas sus esperanzas, en su risa canalla, en su voz recitando poemas malvados, en sus manos tocando el piano ¡Dios! ¡Sus manos! Ellas, que habían nacido para tocarla y escribir extravagante cartas de amor.
¡Tenía que salvarlo!
- Caballero- se levantó resuelta- Necesito que me lleve a Regent Street, tenemos que ir por Mister Cullen.
Emmet hizo una mueca ¡No se atrevería! ¡Es una dama!
- Madame eso no es posible, mujeres como usted no pisan lugares como ese.
- ¡No me importa! ¡Quiero ir! Lléveme, tenemos que salvar a ese hombre terco de que lo maten, por favor... ¿cómo es su nombre?
- Emmet madame, Emmet Mcarty.
- Bien Emmet Mcarty, usted y yo vamos por ese loco, es hora de que la ofensa de haber apostado contra su cuñado quede solventada, por usted, por su hijo, por su esposa señor.
Rosalie pestañeó, esa mujer frágil, de aspecto dulce frente a ella se transformó en una tigresa poderosa, en ese momento supo que quizás el desvergonzado de su hermano había encontrado la horma de sus zapatos.
- ¡Sálvelo madame! Edward camina hacía la perdición- su ruego fue fuerte y fiero- ¡Emmet!
¿Qué podía hacer Emmet frente a dos mujeres, sus lágrimas y sus tremendas decisiones?
- Esta bien, pero debe tener en cuenta señorita Swan que allí existen los hombres más peligrosos de está ciudad, usted va a peligrar.
- ¡No me importa! Un hombre con su tamaño puede intimidar a cualquiera ¿es usted un cobarde mister Mcarty?- Isabella levantó una ceja en señal de reto, conocía a los hombres y sabía como llamar en ellos su orgullo viril.
-¡No! claro que no madame, me críe en las calles de esta ciudad y se como dar una buena pelea.
- Entonces vamos por su cuñado- su voz fue fuerte y musical. No iba a permitir que su hombre fuese despedazado en una sucia barriada en Londres.
Rosalie limpió sus lágrimas y con torpeza se paró de las escaleras, sin importar los buenos modales o que aquella mujer era prácticamente una desconocida y dejando atrás los buenos modales, la abrazó.
- Gracias, gracias Isabella, él es mi familia, es mi hermano, es un idiota que a veces quiero destripar, pero lo adoro- tomó con fuerzas la fina capa de terciopelo negro de Isabella- mi padre lo amaba y mucho- lo dijo en un susurro- creo que Edward piensa que no es lo suficientemente bueno, por eso es como es Bella, perdónelo, más allá de su cinismo banal, tengo fe que él es un ser humano bueno, noble, enséñele a ser un buen hombre, Edward puede ser como Carlisle Cullen, él puedo hacerlo, sólo necesita una mano fuerte que lo guié y que lo salve del mundo idiota de las apariencias y del deber ser que impone esta injusta sociedad madame.
Isabella suspiró frente a aquel compromiso, era absolutamente aterrador.
- Iré por él Rosalie.
- ¿Lo ama Isabella?
La interrogada bajo la cabeza, un silencio se extendió entre ambas mujeres, Rosalie entendió que no debía preguntar algo como eso, no era educado, y mucho menos preguntar algo que comprometía la timidez que Rosalie se figuraba de la muy parca madame Swan.
- No se preocupe, en unas horas su hermano estará aquí, y nadie la humillara por su hijo Rosalie, se lo prometo- se desprendió del abrazo fuerte de la joven, caminó hacia la puerta, esperando que Emmet la acompañara. El gigante de amables ojos azules acomodó su bonete negro, y dio un tirón fuerte a su roída chaqueta, era hora de proteger a su familia. Caminó de manera resuelta hacia la mujer de expectantes ojos castaños y abrió la puerta.
Rosalie le dio un beso feroz e intimo frente a la incomoda madame Swan.
- Te amo mi amor, seremos felices, te lo prometo- la voz dulce del gigante conmovió a Isabella, cuanto amor, cuantas ternura, cuanta tristeza entre esas dos personas condenadas a amarse y con toda una sociedad que como jueces estaba dispuesta a despedazarlos. Por una ráfaga de segundo pensó en su ama de llaves, la pobre Alice sufriendo de la misma manera, pero lo de ella era peor, pues si Rosalie y Emmet era la prueba de que el amor incondicional y fiero era valiente, Alice era la prueba que a veces los miedos y los prejuicios eran también igual de poderosos Jasper ¡que cobarde eres!
El carruaje los esperaba, los enormes caballos relinchaban frenéticamente, la niebla tomaba el aire de siniestra manera y el cochero esperaba impacientemente las órdenes del ama.
Emmet le abrió las puertas del coche a madame Swan, éste titubeo antes de subirse con ella, quizás se iría con el cochero en la parte de adelante.
- No mister Mcarty, usted va conmigo, súbase.
- Pero madame…
- Pero nada, me acompañas, no hay nada de que hablar ¡vamos!
- Si madame- los hoyitos picaros del muchacho que escasamente tendría veintidós años relucieron en su hermoso rostro ¡Diantre! Jamás había estado en un lujoso carruaje, ninguno de sus patronos se lo había permitido.
- Gracias Mister Mcarty.
Y nadie lo había llamado Mister Mcarty, estaba aterrado.
Los caballos apuraron su marcha, ninguno de los dos hablaba, Emmet bajaba sus ojos de vergonzosa manera, no era permitido mirar a una dama como madame de manera directa, los sirvientes no podían. Isabella hablaba menos, sólo miraba las calles, una a una que la llevaban hacía la famosa calle hollín como era mal llamada, cada segundo era importante, las campanas de la torre de Londres repiqueteaban haciendo eco por toda la ciudad, el aire del mar, y el sonido del misterioso Támesis llegaban a sus oídos, cada momento era importante y sólo veía la hora de llegar a tiempo antes de que algo irremediable ocurriera….Por favor, por favor Edward…ante ella se presentaba un hombre que desconocía, la imagen del bello y arrogante dandy que la excitaba de tremenda manera, ahora se le presentaba como algo más, algo más misterioso, oscuro y exótico; un hombre que peleaba en las rudas calles y que era capaz de darlo todo sólo porque su hermana y su hijo tuviesen dignidad ¿Quién eres Edward? ¿Quién eres?...
Calle a calle, Piccadilly, Langham Place, Oxford Street…
- ¿Falta mucho Emmet?- preguntó impaciente.
- No madame, no falta mucho- contestó con voz grave- es un lugar peligroso, debe estar preparada.
- No me importa.
- Es una mujer valiente- tenía curiosidad, una dama como aquella tratando de salvar a un hombre como Edward Cullen, o era muy tonta o una completa ingenua- Disculpe que le diga señorita, no crea que lo que le voy a decir es una traición a mi Rosalie, ella tiene fe en ese hombre, si desea no me conteste, y de ante mano si la ofendo de nuevo le pido perdón.
Isabella detuvo su mirar frenético por las ventanillas y volteó hacia el inocente rostro del chico.
- Pregunte Mister Mcarty.
Emmet titubeó.
- ¿Él lo merece madame? Usted no lo conoce bien ¿él lo merece?
¿Merecer?
¿Qué palabra era esa? ¿Quién era ella para decidir si alguien merecía algo o no? ¿Fue ella justa alguna vez en aquella época donde parecía no importarle nada?
Bajo la cabeza y sonrió de melancólica manera. Exhaló suavemente y fijó la mirada en el chico.
- No puedo juzgar Emmet, es lo único que se, no puedo juzgar- nerviosamente zapateaba el piso del coche- a veces hay razones poderosas en el actuar de las personas, mire su caso y el de Rosalie, todos están prestos a juzgar vuestra relación, pero en verdad ¿tenemos derecho? ¿Lo tenemos?
- No madame- pensó en su mujer y en su bebé, los amaba tanto que dolía, nadie podía decir que él, Emmet no estuviese dispuesto a luchar por ambos, o que su amor por ellos era pequeño e insignificante- la amé desde el mismo momento en que la vi, pensé que había muerto e ido al cielo y cuando ella me correspondió madame ¡Dios!- sonrió con dulzura- fue como si todo el sufrimiento de las calles hubiese valido la pena.
Un silencio, ambos, aristócrata y sirviente confluyeron en ese pequeño espacio donde sólo eran dos personas hablando de esas pequeñas cosas que unen a todos, amor, familia y deseos de felicidad.
Finalmente llegaron al lugar donde se realizaba las peleas. Un enorme y estrecho callejón se extendía de manera lóbrega por varios metros, el olor a orines y a estiércol era insoportable, y la humedad en las paredes daban un aspecto deprimente a todo el lugar. Isabella se paró de manera resuelta, cerró los ojos y sin vergüenza agarró el enorme brazo del muchacho que por un momento dudo en continuar.
- Vamos Mister Mcarty.
Pasó a paso se iba escuchando los gritos que venían de una horda de hombres que gritaban con furia, el corazón de Isabella latía de manera frenética ¿con que se encontraría? ¿Qué tipo de horror vería al finalizar la calle y entrar a aquel lugar? La respuesta vino de manera terrible cuando una luz mortecina la golpeó violentamente y todos esos gritos se volvieron reales. Cientos de hombres agrupados alrededor de una enorme pista, todos ellos, hombres de las calles, marinos, estibadores, mineros, ladrones, prostitutas y picaros…todos gritaban como animales furiosos. Era un decadente circo romano, sangriento y cruel.
Emmet se hizo paso entre el tumulto de gente, mientras que Isabella se sostenía con fuerza de su chaqueta, miradas de lujuria, envidia y asombro frente a ella, que con su ropa podría alimentar a todos allí. Una mano asquerosa de uñas negras rozó su pecho de manera impertinente; Emmet con furia lanzó al hombre contra otros y con rostro de amenaza les hizo saber que nadie podía tocarla, pero sospechaba que no podía luchar durante mucho tiempo contra la baraúnda y contra todos esos seres sin piedad que mataban y violaban sin el menor remordimiento.
El hacerse espacio para que pudiese pasar fue eterno, el bullicio era ensordecedor y violento, mas lo que heló la sangre de Isabella fue un grito que sonó de pronto:
-¡Vamos Daniel mata al idiota niño rico!
Dios mío… ¡No!
Con impaciencia se adelantó a Emmet y con sus puños de dama fina se hizo paso de manera furiosa.
El sonido de un golpe seco y gotas de sangre que de repente chispearon sobre su rostro fueron las primeras sensaciones que la arremetieron cuando se vio de frente a la masacre que allí se presentaba: Un hombre de cabello negro cuervo con tremendas cicatrices que surcaban su rostro como si fueran rasgaduras en un árbol seco golpeaba sin piedad a Edward Cullen. Un grito silencioso se ahogó en su garganta. Ambos hombres peleaban con la crueldad de dos animales que agonizantes daban su última batalla antes de morir.
Daniel con su rostro de palo y gesto de furia golpeaba a un Edward Cullen que sangraba de manera abundante y que sin embargo sonreía de manera ladeada con su característico gesto de cinismo.
- ¡Edward!- el grito finalmente fue liberado- ¡Edward! ¡Por favor!- lágrimas sin control inundaron su rostro.
Durante diez minutos, el cínico, perfecto y maravilloso niño mimado de Mister Cullen había dejado de existir, es más durante dos semanas, él, el aristócrata criado entre sabanas de algodón egipcio ya no existía. Sólo era ese peleador que había ganado cada una de las peleas y que se ganó el respeto de todos aquellos asesinos que allí iban a combatir. Lo más terrible de todo es que descubrió que le gustaba.
Aquella pelea contra Daniel Thorton era definitiva, cinco mil libras era la apuesta final, vivir o morir, era la única salida. Sabía muy bien que todos allí apostaban contra él, pues el grotesco contendiente era conocido en los bajos fondos como un asesino despiadado que mataba sus víctimas y que usaba sus huesos como mondadientes, y no era una broma. Además, los hombres que allí apostaban lo odiaban, ninguno lo conocía realmente, pero el sólo hecho de que él fuese un aristócrata, era motivo suficiente para ser detestado de feroz manera, lo que querían muerto, destrozado y enterrado en la tierra.
Esa mañana se despertó y todo su cuerpo gimió de dolor, cada hueso, músculo y poro de su cuerpo estaban agonizando, sin embargo éste le daba un poder que antes no conocía. Cada movimiento y cada respirar era el recordatorio de que debía ganar, por él, por su orgullo, por su hermana y por aquella bruja maligna que lo atormentaba cada noche.
Al comenzar la pelea el hombre lo atacó con un golpe en su vientre y luego en su mentón, por unos segundos el dolor llegó en olas aterradoras que por poco lo enceguecen, pero él tenía un plan, un plan trazado desde hacía varios días. Conocía al gladiador que tenía enfrente, durante años había apostado a su favor, sabía cuales eran sus fortalezas, pero sobre todo conocía sus debilidades; Daniel era un hombre impaciente, llegaba, golpeaba, lastimaba de muerte, no dejaba respirar y finalmente daba el golpe de gracia. Edward vio en él un hombre que se agotaba a los pocos minutos, ese era su punto débil. El plan era sencillo y arriesgado, dejarse golpear, hacerle creer que la victoria la tenía a punto de cinco puños mortales.
A los cinco minutos Thorton creía que tenía la lid ganada, pues veía al estúpido hombre rico trastabillar es como quitarle el dulce a un niño Lanzó un golpe contra el rostro de su enemigo, pero éste de forma rápida bajo su cabeza unos centímetros y mientras lo hacía un puño de hierro atacó el bajo vientre del asesino, que lo tomó por sorpresa, tambaleó por unos segundos, para volver con furia sobre Edward Cullen que se burlaba de él, gritó como tigre herido de muerte.
- ¡Voy a matarte bastardo!
Edward se limpió la sangre con burla.
- Deja de hablar idiota, no te tengo miedo- caminó a su alrededor y con un gesto de invitación a la pelea lo alentó a continuar.
-¡Vamos Daniel mata al idiota niño rico!- escuchó el gritó que hablaba por todos en ese lugar, lo deseaban muerto ¡Diablos! No le daría el gusto a ninguno, saldría de allí con cinco mil libras en sus manos y con su maldito orgullo intacto. Pero todo se fue a la porra cuando una voz hermosa y desgarrada llegó hasta él.
- ¡Edward! ¡Edward! ¡Por favor!
Volteó asustado hacía la voz que lo llamaba ¡ella! ¡La bruja maligna y hermosa estaba frente a él! ¡Maldita sea! ¡Que hermosa era! ¿Qué diablos hacía allí? ¡La violarían!
¡Oh Bella Swan! estás totalmente loca…me fascinas diablo.
Las ensoñaciones producidas por la mujer lo desconcentraron de su objetivo: bajarle los dientes a Daniel Thorton, éste aprovechó la distracción del maldito Cullen y le acertó un golpe en su cara.
-¡No!- Isabella gritó- ¡Lo van a matar!- miró con súplica a Emmet.
- No lo harán madame, no lo subestime.
- ¡Edward! No pelees más- los ojos verdes la atravesaron de forma divertida, en un movimiento rápido y letal lanzó una derecha sobre el cuerpo agotado de Thorton que se desplomó de manera pesada sobre la arena sucia y mal oliente del lugar.
Edward aprovechó la caída de su contendiente y se acercó a la mujer que lo enajenaba.
- ¿Viene a ver como muero madame? ¡Disfrute! Usted y su corazón de hierro quizás no sientan nada, talvez mi sangre le de placer- una sonrisa canalla cruzó su rostro- sin embargo- se alejó unos pasos- me fascinas- un gesto profundo y de una sensualidad oscura le ofreció a Isabella, antes de gritar- ¡Emmet, llévatela de aquí! ¡Ahora!
- ¡No! vine por ti, vine por ti Edward Cullen, vine a salvarte.
Su rostro sangrante y lleno de golpes y tajos, por un segundo cambió….quizás…quizás… ¡no! ¡Ella no es para mí!
- No quiero ser salvado Bella, mi perfecta alucinación ¡fuera!- y volvió a la pelea.
El gigante adversario se levantó con toda la furia que le era posible en su enorme cuerpo.
- ¡Vas a morir hijo de perra!
- ¿Si? Mira como tiemblo imbecil- y sin pensar en nada se lanzó con todo lo que tenía sobre Daniel Thorton quien vio como aquel delgado y fino caballero hijo de la perra reina Victoria era quizás el mejor peleador que él había visto en toda su vida. Nadie sabía que aquel peleaba con furor, pues a diferencia de que lo que todos pensaban Edward Cullen en ese momento peleaba por todo lo que para él valía la pena, si no ganaba en ese momento, no era nadie, no era nada.
El duro marinero temblaba de rabia, cerró sus puños como si estos dos fueran dos mazos de hierro, mataría al idiota. Berreó un grito de guerra y se lanzó contra el caballero de cuna noble, un derechazo hacia su cabeza, que Edward esquivó, pero al hacerlo se topo contra la izquierda que lo esperaba, dándole un golpe en la barbilla. Sangre saltó de su boca, los gritos de terror acallaron a todos allí.
- ¡No! ¡Piedad por favor! ¡Edward! ¡Perdóname! ¡Perdón! ¡Te amo! ¡Te amo! ¡No mueras!
Por un segundo para Edward Cullen todo quedó en silencio, el mundo desapareció y sólo escuchó aquellas palabras en su oído ¿Qué había dicho? ¿Qué había dicho? Oh no…no…no bruja, ¡mientes! ¡Mientes! despejó su cabeza de manera salvaje, miró hacía ella y la vio tan pequeña, con su rostro lleno de lágrimas, ambos se miraron, ella le habló con ojos tiernos, enamorados y suplicantes.
- ¡Mientes!
- ¡No! ¡Te amo Edward Cullen! ¡No mueras! ¡No lo hagas! Hazlo por mí, por mí…por favor.
Y las palabras fuertes y de afirmación hicieron que toda la musculatura del bastardo perfecto se hinchara de fuerza y de orgullo viril. Le sonrió y con todo el dolor que arreciaba en su cuerpo, y con el ojo que no tenía lastimado le hizo un guiño pícaro, retador y burlón, al segundo y con un rugido hermoso y masculino se lanzó contra Daniel Thorton, a quien lo sorprendió la furia con la que fue golpeado, un porrazo en su vientre, otro en la quijada, uno nuevo en la nariz, rompiéndosela en pedazos y por último tres golpes terribles a cada lado de su cabeza, golpes que hicieron que la bestia de Thorton dejara de ver, se atontara y finalmente perdiera los sentidos. Cayó sobre sus rodillas, era un viejo árbol que se desplomaba en el bosque. Todo su cuerpo se derrumbó en la arena y los cientos de asistentes al club de pelea de Alec Ferguson se quedaron en silencio.
Emmet gritó de júbilo.
- Se lo dije madame, es una loca mula terca.
La mujer lloraba, no le importaba nada, sólo observaba el rostro sangrante de su amor y lloraba desconsoladamente.
- Y el ganador respetado público- Alec con voz gangosa y sorprendida anunció- Mister Edward Cullen- se fue hacia él, levantó su brazo izquierdo, nadie sabía que en ese momento el dandy perfecto estaba a punto de desfallecer.
- Mi dinero- la sangre en su boca- ¡ahora!
- ¿Podríamos arreglar otra pelea caballero?
- ¡Mi maldito dinero! ¡Ahora!
El hombre a regañadientes sacó las cinco mil libras de su bolsa, era un hombre honesto a pesar de vivir en semejante lugar, además el caballerito le demostró que tenía más testículos que cualquiera que él haya visto.
- Váyase ahora con su mujer y su amigo, lo antes posible, nadie está feliz de verlo ganar mister Cullen- le entregó el dinero, llamó a Emmet quien corrió hacia su cuñado para sostenerlo, pero Edward rehusó la ayuda, no por orgullo, si no porque sabía que sí mostraba debilidad en ese momento los buitres se irían contra ellos…contra ella.
- No, puedo caminar solo- se puso su camisa, aunque cada movimiento era como si miles de cuchillos lo desgarraran, su chaqueta y su fino sombrero. Caminó entre la multitud y llegó al lado de Isabella- Madame- la saludo- siempre tan hermosa como un sueño- la tomó del brazo, Isabella hacía pequeños hipos, tomó su pañuelo y trato de limpiar la sangre, pero él la rechazó- camine Bella, camine conmigo, no demuestre miedo preciosa mía.
- No tengo miedo Edward.
- No- le susurró al oído- eres una muñeca valiente mi reina. Lo que pasa cariño, es que cuando salgamos de este lugar, haré un terrible espectáculo amor mío, sostenme por favor- y ella así lo hizo, mientras veía los ojos de furia de todos que lo seguían.
Cuando finalmente salieron de la gran calle hasta llegar al carruaje, Edward Cullen respiró con fuerza y cayó frente a Isabella Swan.
- ¡Emmet!- gritó- ¡Súbelo al carruaje por favor!- El chico ayudó al aporreado hombre a subir, mientras que un gemido de dolor seco fue su única respuesta- dile al cochero que nos lleve a casa, además necesitamos un medico, por favor Emmet, por favor- Se subió al coche con premura, cerró la puerta con fuerza, el coche comenzó su recorrido por las calles de Londres e Isabella Swan besaba cada una de las heridas del hermoso bastardo que la había conquistado de por vida.
Edward trató de abrir los ojos, los besos eran dulces, amorosos y calidos.
- ¿No estoy soñando, linda?- la sonrisa maliciosa apareció como por arte de magia.
- No- Isabella contestó entre sollozos.
- Eres una bruja perversa, sabes como sorprenderme cariño mío- se carcajeó, pero el esfuerzo fue doloroso.
- ¿Te duele demasiado?
- Sólo cuando respiró mi reina- y de nuevo la mueca cínica y adorable- ¿Con que me amas?
- ¡Como una loca!
- Me hiciste sufrir como un condenado Bella mía, no debería perdonarte- trato de moverse, pero el dolor desgarrador fue demasiado y por unos segundos perdió el conocimiento. Despertó y su cabeza descansaba sobre el hermoso corpiño de Isabella- ¡Dios! estoy en el cielo- no importaba qué le dolía, tenía que besar aquel hermoso pecho- estos serán mi perdición, mis tesoros- sus labios se posaron contra ellos y besó cada uno- ¡Diablos! Te aprovechas de mí, porque sabes que estoy medio muerto Bella mía, porque si no estarías medio desnuda mientras yo -que avaricioso- torturaría estas preciosuras- plantó unos besos licenciosos sobre la tela que guardaba celosamente los turgentes besos de la dama- ¡simplemente maravilloso!
Isabella gimió, ese era, él era todo eso y más, cínico, loco y malicioso, el hombre para ella, no había nadie más, no existía nadie más. Introdujo sus dedos dentro de esa mata de pelo cobrizo y lo haló con fuerza. Lo miró arrobada, aún así golpeado y herido era un poema de belleza.
- Te amo Edward Cullen- si, no había nadie más, era hora de probar que tan dispuesta estaba por aquel hombre, era hora de ir hacia las últimas consecuencias- ¿Quieres ser mi esposo Mister hermoso bastardo? Cásate conmigo…cásate conmigo.
Ohhh
¡Como me divierto escribiendo esta historia!
Love…love in the air….
Gracias por leer.
