Los personajes le pertenecen a Meyer.

A Todas las chicas que comentan, un millón de gracias son todas unos soles, saben muy bien que mi devuelta de dichos comentarios es escasa, y es la falta de tiempo que Sacho tiene, ojala pudiese devolver cada una de las palabras que ustedes me regalan, todas son unas bellezas. A las lectoras fantasmas, mil y mil besos, se que están ahí, que leen está locura divertida, son hermosas.

A mi beta divina Belen Robsten, amada bebé, a quien después de un año conmigo, sufriendo las demencias de esta loca, finalmente debe aceptar que soy irremediable y malvada…ella me purifica.

A Bathory…la sangre linda, divino alimento de los dioses.

FALSAS APARIENCIAS.

17

- No puedes.

Charles Swan frente a ella fumando y bebiendo (acto casi irreverente en él) una copa de whisky a las diez de la mañana, miraba de manera seria y casi indiferente a su hija, quién se le plantó en frente diciéndole que se casaría con Edward Cullen.

- Puedo padre.

- No sin mi consentimiento Isabella Swan.

Isabella parpadeó, calló por unos segundos para después centrar su vista en su padre, quién ya tenía en sus manos el Time para leer ese día. Su padre que leía las noticias como un mero ejercicio de tontería, pues sólo ella sabía que a Charles Swan no le importaba nada más que su persona, los demás eran meran sombras, cosas difusas…leía para poder ir al club de hombres y allí hablar con seres igual de tontos y soporíferos como él… ¡los hombres de esa generación! Caballeros inútiles que se creían dueños del mundo.

- Pues con tú consentimiento o sin el, me casaré con Edward Cullen.

Charles rodó los ojos impacientemente, parecía que algo llamado hija le interrumpiría su cita con el Time de Londres.

- ¿Sabes de lo que estás hablando Isabella? ¡Eres mi hija! No la hija de una cocinera, llevas mi apellido, mi linaje, soy dueño de tú vida, no puedes casarte con ese hombrecillo insignificante, una figurita decorativa en los salones, alguien sin un maldito penique en el bolsillo y cuyo apellido es lodo en este momento.

- No me importa.

- Oh claro que no te importa, eres demasiado tonta para saber algo en la vida, todas las mujeres lo son.

- Eso es lo que tú crees.

- Es una ley de la naturaleza Isabella, las mujeres son como son.

Respiró con tranquilidad, su padre ese ser ridículo que nunca fue capaz de ver más allá de sus narices orgullosas, que no podía ver que nuevos tiempos venían, quien en unos años sería parte de una generación olvidada y que no había aportado nada, tan sólo palabras inútiles en salones de hombres sin reflexión y sin grandes preceptos.

- Por eso mi madre te abandonó.

- ¡Isabella Swan! no te permito que me hables así, ¡soy tú padre!

- Mi madre te abandonó porque no sentías nada- ella se le enfrentó cara a cara- porque no has sido capaz de amar a nadie, porque jamás fuiste capaz de mirarla a la cara, como nunca me has mirado a mi.

- Tú madre es una mujer sin conciencia.

- Mi madre, Charles Swan ¡te amaba!

Charles levantó su rostro de manera tensa, ¿amor? ¡Por todos los cielos! ¿Qué melodrama barato era eso?

- Renée amaba más mi dinero Isabella, mi apellido y todo lo que éste significaba ¿Qué deseaba? – Salió de la protección del enorme escritorio en el frío despacho- ella sabía muy bien que trato le ofrecí, nunca fue nada más.

-¡Dios padre! No puedes ser tan frío, ¿trato? Hablas como si un matrimonio fuese un contrato para aparear animales.

- No seas grosera Isabella.

- Digo la verdad ¡mírate padre! ¡Míranos! No eres feliz.

Charles se llevó una de sus manos a su rostro ¿tendría que seguir discutiendo? Menos de temas filosóficos ¡que fastidio!

- No me vengas a mí con palabrería de populacho ¿felicidad? Concepto que inventó un idiota poeta sin un mendrugo de pan en la mesa y que pensó que al no tener dinero puede arrastrar a todos con sus ideas de folletín de tercera.

Una sonrisa amarga se dibujo en el rostro de la mujer.

- Pues esa soy yo padre, esa es mi madre, mujeres tontas, mujeres con deseos de ser felices.

- ¡Basta ya! He soportado demasiado hoy, te fuiste toda la noche ¿hacia donde? No le temes al escándalo, no tienes medida de lo que eso puede hacerme, todo Londres sabrá del desplante que le hiciste a Sir Michael Newton ¿felicidad? Un castillo, un título y ser una dama en las cortes de la reina, eso es felicidad.

Isabella observaba el rostro de su padre ¡Escándalo! No tienes idea padre…no tienes idea, si supieras que durante años tú apellido ha sido las delicias de toda Francia… ¿escándalo? Tú hija "la princesa encantada" fue una cualquiera…no sabes, no sabes.

Por algunos momentos quiso gritarlo, enrostrarle su pasado en la cara, quitarle su idiota orgullo de linajes y apellidos, pero no…Charles Swan era un hombre que no merecía ser sacado de su mundillo tonto y sin gracia, su padre…que a pesar de todo ella amaba.

- Voy a casarme con Edward Cullen- no había marcha atrás- con o sin tú consentimiento.

- No te daré un penique de mi fortuna.

Charles Swan desconocedor del alma de su hija, nunca entendió el porqué ella amaba lo campos abiertos, el porque Thunder le obsesionaba, el porque tomaba fotografías ni su relación con Eleazar o su intimidad con una sirvienta; sería testigo a primera vista en las tierras de Inglaterra de cómo "La princesa encantada" mostraba su verdadero rostro.

Isabella…ahora llamada Bella por el encantador, pícaro y adorado bastardo, se sentó en el enorme sillón del despacho, sonrió y sus ojos oscuros emitieron rayos de reto y suficiencia.

- Entonces padre mío, te enfrentarás a un escándalo como nunca se ha visto en Londres, me casaré con Edward Cullen y lo anunciaré a los cuatro vientos, iré con él a todas las fiestas de tus amigos y alardearé de esposo, se que a la semana nadie me aceptará, pero a ti tampoco.

- ¡No Puedes!

- Puedo- se arregló uno de los pliegues de su vestido. Estaba jugando, sacando el as bajo la manga- diré que era yo quien manejaba tus negocios padre, a ninguno de tus empleadores, socios o banqueros les gustará saber que conozco cada una de sus cuentas, que se cuanto te deben y que conozco el monto total de sus deudas contigo, lo diré todo ¿estás preparado padre para que alguien maneje todo eso? ¿Quieres que alguien toque tu fortuna? ¿Desear ejercer por primera vez como un hombre que realmente maneja sus negocios? Oh papá, no tienes idea de nada, sabes muy bien que esta mujer insignificante que es tú hija maneja cada libra, y que sólo yo se como van tus negocios.

- Un administrador lo hará Isabella.

- Por favor Charles, eres demasiado desconfiado para dejar una fortuna de millones de libras a un completo desconocido ¿estás preparado para sentarte horas enteras a revisar penique por penique, cuenta por cuenta?

- No te vas a casar con ese hombre.

- ¿Y qué pasará cuando mueras? No tienes hermanos, herederos, sólo me tienes a mi, toda ella irá a parar al estado, a las arcas de la reina, tu apellido se morirá contigo, nadie extenderá tu nombre Swan- Kane por todas las generaciones, sólo me tienes a mi…y a mis hijos.

- ¡Bastardos!

- Si, con tú sangre y tú apellido Charles Swan- Isabella años en silencio, años escondida en las cortinas de su casa, alguien quien frente a su padre era una completa y absoluta decepción se mostró frente a él como alguien diferente y sorprendente.

- Nunca serías capaz de vivir como lo que eres Isabella.

- Eso no lo sabes padre, quizás sería feliz, y tú morirías solo.

- No puedes ser tan cruel.

- He aprendido del mejor padre- lágrimas pequeñas corrieron por sus mejillas- no se porque Charles Swan, pero te amo, puede que te fastidien mis palabras, puede ser que no lo creas y que no me entiendas…yo te amo padre, pero no voy a permitir seguir viviendo bajo preceptos donde me ahogo, donde todos nos ahogamos padre…yo se que en algún momento tú te ahogas también, por eso te casaste con mi madre, creíste que ella te podía salvar, pero simplemente no fuiste capaz.

- No sabes nada de mi, me criaron tres nanas, no recuerdo el rostro de mi madre y mi padre era un hombre- por un leve momento Charles trató de ir hacia el recuerdo de su padre; el majestuoso Henry Swan, alguien a quien nunca toco, y al cual siempre vio sobre un caballo- era un caballero.

Oh si, Isabella movía sus fichas.

- Así como tú padre mío, así como tú.

Charles caminó hacia la enorme ventana, por única vez…única vez en su vida, admitiría una cosa…sólo para él: odiada a Henry Swan, lo detestaba.

- Vete de aquí Isabella- volteó hacia ella con gesto de indiferencia- no voy a caer ante tan sucio chantaje.

- Como quieras, hoy mismo me iré de aquí, me iré a la casa Cullen.

- ¡No!

Ella se paró en silencio.

- Le escribiré a Renée- blufeaba, sabía muy bien que su madre no le interesaría para nada lo que a ella le ocurría- le diré que venga unos días, quizás ella pueda ayudarme padre- y sin más ni más salió- ¡Alice! ¡Alice!

- Si madame- la pequeña ama de llaves, quién trataba de escuchar la conversación, salió de su escondite de cortinas.

- Empaca mis cosas, me iré de aquí- habló con fuerza.

Los azules ojillos de la mujer la miraron sorprendida.

- ¿Se irá madame?

Isabella sonrió de manera cómplice.

- Me iré querida, cuando hayas empacado mi ropa- caminó tres pasos dirigiéndose a la escalera. Sabía que se jugaba el todo por el todo, sí su padre decía que no simplemente se marcharía y no miraría atrás, no tenía miedo de nada, fortuna, apellido y todo lo que ser hija de Charles Swan representaba en ese momento no importaba, ella era fuerte, Edward también lo era…sobreviviría, sobrevivirían.

- ¡Isabella!- la voz rotunda de su padre la detuvo, ella no lo miró- Dile a ese hombre que lo espero en dos días.

- Si padre.

- Y no saldrás de aquí a verle hasta que él venga.

- Si padre.

Charles Swan se encerró nuevamente en su despacho…ese día, el primero en veinte años, no leería el Times. Tocó una campanilla y al minuto su mayordomo apareció.

- Señor.

- Ponte tú casaca Oscar, ve donde éste hombre- escribió una dirección en un papel- dile que necesito hablar con él, que es urgente.

El viejo Oscar, un hombre que parecía esculpido en cera, lo miró de manera interrogativa- ¡ahora Oscar! Es una orden- treinta años con el viejo sirviente y nunca había trabado con éste más de diez palabras sirvientes…sirvientes…

.

.

.

Alice estaba impaciente, observando como Isabella soltaba su cabello y se miraba de manera profunda en el espejo.

- Prepárame un baño por favor Alice.

- Si madame.

- Dile a Susy que quiero un poco de chocolate con panecillos.

- Si madame- el corazón de la ama de llaves palpitaba con fuerza y respiraba a intervalos lentos, se moría por preguntar, mas no lo hacía, aún después de tanto tiempo juntas, Isabella continuaba siendo la ama y ella era su sirvienta, había límites que debía respetar, además madame era una mujer tan impredecible y llena de profundos secretos que a ella le daba miedo conocer.

Por unos segundos la vio sonreír y suspirar, su rostro de porcelana fue iluminado por un rubor y de pronto una risilla salió de su pecho ¡jamás! ¡Jamás! La había visto sonreír de manera franca en su vida, parecía una chica de quince años y no la mujer adulta que ya era. Al ver que Isabella seguía imbuida en el acto casi místico de peinarse su impresionante melena y que además estaba en otro parte, lejos del presente, Alice se resignó a no preguntar nada y sólo volteó para salir de la habitación.

- Con permiso madame.

- Alice.

- Si madame- estaba frente a la puerta.

- Mírame por favor.

Volteó y fijó su visión en la mujer frente a ella, que, sentada en la silla de su tocador, tenía un expresión de jubilo contenido.

- Voy a casarme con él, Edward Cullen será mi esposo- dos lágrimas de felicidad recorrieron su rostro, tenía miedo, miedo de que aquello sólo fuera un sueño, miedo de ser feliz, miedo de ser tan libre.

La pequeña Alice parpadeó nerviosa, se llevó la mano a su cuello atrapado en el oscuro vestido de ama de llaves, tragó en seco.

- Oh madame ¿está segura?

Y fue entonces que por primera vez en los seis años de conocerla, y desatendiendo las reglas establecidas que rezaban la no amistad entre servidumbre y patrones, Isabella se arrojó a los brazos de su única amiga y comenzó a llorar de manera profusa.

- Si, estoy segura, nunca he sido tan feliz- se apartó por un momento, Alice estaba asustada, pues aquella mujer de ojos oscuros y personalidad sombría -y a veces fría- se mostraba antes ella como un ser humano cualquiera, como una mujer como todas, llena de deseos, sueños y esperanzas.

Bella la arrastró hacía la cama. Alice gritó:

- ¡Dios mió madame! ¡Su vestido! Está manchado de sangre ¿está herida? ¿Le hicieron algo?

- Oh no. no, Alice- tomó su falda y la llevó a su boca- es su sangre, la sangre de mi adorado bastardo- se sentaron en la esquina de la cama- fue una noche terrible, hermosa…yo, yo fue hacia él Alice, fui hacia él, no pensaba en nada, sólo en él, en decirle que lo amaba, que desde el primer día que lo vi lo amaba- hablaba de manera tumultuosa- que siempre estaba pendiente de verlo en cualquier lugar, en las carreras, en el teatro, en las fiestas , en cualquier parte, que la primera vez que me habló casi muero, que cuando me besó tan sólo quería que lo siguiera haciendo…que todo lo que le dije para apartarlo fue sólo mentira ¡lo amo! ¡Lo amo! y me siento libre…

- Isabella, querida- llevó su mano a la mejilla- ese hombre te ha enloquecido.

- ¡No! yo ya estoy loca ¿no te has dado cuenta mi amiga?

- ¿Le dijiste todo eso?

- Fui a su casa, a buscarlo y no estaba- un gesto de dolor atravesó su rostro al recordar el miedo al creer que Edward Cullen ya se había ido- y su hermana me dijo que él estaba en una de esas peleas terribles que se organizan en Regent Street y fui hacia allí.

- ¡Por todos los cielos! ¿Fuiste sola?- la voz de la mujer se agudizó al pensar en su ama en aquel lugar terrible, la calle hollín donde todos los asesinos y desadaptados de Londres vivían.

- Y estaba allí…allí, peleando, peleando.

- ¿Sola?

- Y era hermoso Alice, hermoso- hablaba para ella- nunca vi algo más bello que él, peleaba como un guerrero antiguo, si, mi adorado y cínico bastardo peleaba- y de nuevo las lágrimas afloraron- peleaba por su familia, por su vida, por su sobrino, por todo y yo lo amé más.

Unos brazos pequeños y cálidos la rodearon, sintió unos dulces besos en su cabeza oscura. Isabella Swan, aquella mujer quien la primera vez al verla le pareció un ser ausente, que se ocultaba en su habitación, a quien fue descubriendo poco a poco como alguien fuerte, voluptuoso, en algunas ocasiones divertido. Alguien que tenía un caballo negro salvaje que representaba todo lo que ella era, con un extraño cuadro guardado en el ático, una mujer misteriosa y con un sutil y muy refinado sentido de la crueldad con las palabras estaba frente a ella, ahora era sólo una mujer que lloraba por amor: tremendamente vulnerable. Cerró los ojos, mas sabía también que si algo le hacía daño madame Swan sería capaz de cosas terribles, ella lo presentía, Eleazar en algunas conversaciones lo había entredicho.

- No entregue su corazón tan fácil madame, no lo entregue tan fácil, Edward Cullen es un cínico.

- No lo viste, no lo viste allí y nos vamos a casar.

- ¿Él se lo propuso?

- No- se llevó las manos a la cara- yo se lo propuse.

- ¡Madame!

- No me importa, no me importa…él va a ser mío, no quiero a nadie más, no he querido a nadie más…todos esos hombres…y no he querido a nadie más, ni siquiera a Michell- en un segundo detuvo su efusividad y calló.

Ambas mujeres se miraron, Alice entendió que en ese momento su ama había dejado ver algo del pasado que la atormentaba.

- ¿Qué hombres madame? ¿Quién es Michell?

Isabella se paró rápidamente, limpió sus lágrimas y retomó el aspecto ausente de siempre.

- Estoy cansada Alice, quiero asearme, desayunar y dormir- su voz fue dura y recia.

- Si madame- y como siempre ella se cerraba ante ese mundo de su pasado que nadie conocía.

Caminó hacia la puerta, un paso la apartaba de la habitación, Alice dio un vistazo a la mujer que miraba a la calle.

- Eres mi amiga Isabella, quizás mi única familia, ese hombre es hermoso y peligroso, por favor no permitas que te haga daño.

- No lo hará, él no lo hará.

- No permitas que te haga daño, no lo soportarías, el amor es un juego peligroso madame.

La calle, nieblas, trotar de caballos y la voz de Alice tras de si el amor es un juego peligroso…

- No te preocupes querida, nadie me hará daño- suspiró- soy yo la que he hecho el mal y en los juegos del amor soy yo quien tiene la última palabra.

- ¿Quién eres Isabella? ¿Te conozco? ¿Te conoce alguien? ¿Te conoce él?

Un segundo y los ojos marrones tuvieron una chispa de malignidad que asustó a la pequeña ama de llaves.

- No mi amiga, nadie me conoce y no es necesario traerla a ella ahora, si todo sale como deseo, ella nunca volverá jamás.

- ¿Ella?

Isabella sonrió, pero esta sonrisa no llegó a su mirada…algo existía en aquellos ojos…algo que Alice Brandon no podía definir.

- Voy a ser feliz querida, voy a ser feliz.

.

.

.

Despertó con todos sus sentidos alerta, por unos segundos el sonido de los gritos que chillaban y reclamaban su muerte estallaron en sus oídos, un solo grito que lo desgarró por dentro ¡Edward te amo! Ese sólo llamado, ese solo le dio las fuerzas para resistir, esa voz en medio de la turba violenta, esa voz…la voz de ella, de la bruja. Despejó su mente y en el removerse en la cama, todos los músculos se estiraron de manera dolorosa.

-¡Maldita sea!- abrió los ojos, la habitación estaba a oscuras, pero el perfume de Isabella estaba en todas partes, en el aire, en sus sabanas, en todo su cuerpo "cásate conmigo Edward Cullen…se mi esposo" - ¡Maldición! ¡Bruja! ¿Qué has hecho de mí? Vas a volverme loco…vas a enloquecerme, y no me podré detener…mi deseo por ti va a acabar con mi cordura.

Recordó a la mujer, mirándolo desde sus hermosos y enigmáticos ojos, ella valiente y extraña recordó su rostro de porcelana y sus lágrimas al verlo tan herido ¡nadie había llorado por él! Sólo Rosalie. Se llevó una de sus manos a su nariz y el olor a flores narcótico inundo sus sentidos, el tacto de sus manos sobre su cara, el respirar, sus senos atrapados por el idiota corpiño, su boca, sus besos, su lengua, el sabor ¡Diablos! Debe saber maravilloso por todas partes

Siempre fue bueno para darle placer oral a sus amantes. Remolinar su lengua sobre el pequeño botón y presionar allí lenta, suave y dulcemente; permitir que el calor y la humedad de ellas llenara su boca para después, de manera malvada, hacer de aquel movimiento algo duró, rápido y sin piedad, mientras que penetraba con sus dedos y de manera furiosa joderlas…enloquecerlas, lamerlas, chuparlas y escucharlas rogar, era el placer de su vanidad, el saber que ningún estúpido señorito aristócrata era capaz de llevarlas a los límites con su boca idiotas, llenos de escrúpulos…tu boca en el coño de una mujer y serás su dueño de por vida, ese es el secreto, saber que las mujeres no quieren caballeros en su lecho, quieren animales…¿Quiere madame Swan un animal en su cama? ¿Lo quieres bruja? Tu boca dice que si, tu cuerpo dice que si…por favor bruja quiero llevarte hacia allá…

Si, él le había dado placer a muchas damas, a muchas putas, pero nunca en su vida había sentido la necesidad feroz, casi dolorosa, de hundir su lengua en el sexo de aquella mujer, nunca, en sus veintinueve años de edad Edward Cullen se sintió más desesperado por enterrarse en el cuerpo de alguien. Sus no, su no lo llevaron hacia ella…sus no lo habían hecho obsesionarse, el misterio de aquella mujer que un día le dijo que él no era nada y de pronto, parada en la turba y sin miedo, le gritó con fuerza que lo amaba…

Vértigo.

Delirio.

Dolor.

Ansiedad.

Todas esas palabras de las que había escuchado y de las que se había reído de manera cínica se presentaban ante él, todos esos malditos escritores y poetas seguramente se reían de Edward Cullen porque en ese momento todas esa palabrería de fantasía de quinta representaban todo lo que él era…todo lo que él deseaba….Isabella Swan, bruja maravillosa….y a pesar del dolor insoportable en su cuerpo, su verga se levantó orgullosa reclamando ser saciada y que sólo el cuerpo de ella podía sosegar.

Debo ser tú dueño…por que si no lo soy voy a enloquecer… ¡bruja! ¡Bruja hermosa! ¿Qué diantre voy a hacer contigo? ¡Dios! voy a ser tú esposo…y seré el dueño de eso que escondes tras tu estúpida ropa…seré un maldito muy feliz si te tengo desnuda el resto de mi vida…seré muy feliz.

Sonrió al recordar como esa mañana ella luchaba para desprenderse de él.

-Déjame ir Edward.

La risa cantarina resonaba en toda su habitación.

¿Y si no quiero bruja? Tengo la tentación de encerrarte en esta habitación y hacerte mía, vivir en pecado ¿no te apetece la idea? A mi me parece maravillosa y excitante.

Ambos mirándose y tentados por la misma idea.

- Seriamos un escándalo.

- Mejor aún Bella perfecta, amada mía, que todo el maldito Londres retumbe por nuestra pasión.

La sonrisa canalla dibujándose en su rostro.

-Amo tú sonrisa mister Cullen.

- Yo amo lo que escondes en el corpiño.

- ¿Sólo eso?

- No me has dejado ver nada más Isabella, desnúdate y le rendiré culto a tú piel y a todo eso que tienes escondido.

Ella respiró con fuerza, su pecho palpitaba y el rubor de sus mejillas era adorable.

-Tengo mucho más bastardo.

- Y será todo mío Bella.

- Sólo tuyo.

- Pícara.

- Hermoso.

Aún con el dolor en todo su cuerpo, Edward la arrastró hacía la punta de su lecho, tomó su cintura y trató de besarla, pero Isabella se apartó unos centímetros…seducción, ojos impacientes y mordida de labios…promesas carnales, la destreza del cazador, mostrar algo del juego y luego negar las jugadas.

- Estás herido mi amor.

- Oh si herido de muerte Madame Isabella Swan…herido de muerte y presiento que es para siempre, aquí en mi alma, en mi corazón, estoy agonizando desde que te vi, de deseo bruja…herido, herido hasta morir y ¡diablos! Ese "mi amor" ha sido la estocada final, en unos segundos moriré si no me besas bruja.

Divertido y, como un mal actor en una obra, fingió frente a ella una agonía, se desmadejó en la almohada y cerró los ojos esperando los labios que lo revivieran y estos llegaron húmedos y calidos sobre todo su rostro, hasta llegar a sus labios. Edward de manera perversa y haciendo acopio de toda su fuerza no abrió la boca, la escuchó reír ¡diablos! Ella lo mordió y arrastró su labio inferior mientras enterraba sus manos en su cabello para acariciarlo de voluptuosa manera.

Abrió los ojos y se topó con sus bellos y profundos ojos castaños, por un segundo ambos se miraron, una fuerza magnética emanaba de ella, Isabella lo obligaba y lo tentaba, todo su cuerpo hormigueaba y el dolor de los golpes se confundió con un dolor desconocido, con su necesidad de tocarla y con el deseo de sentir el sabor de su saliva mezclada con la propia.

Sin voluntad frente a esa extraña fuerza, Edward separó sus labios y permitió ser besado como nunca lo habían hecho en su vida. La punta de la lengua de ella chasqueó en el paladar y tentaba juguetonamente con su lengua. Bella respiró dentro de él y se apartó por unos segundos, una sensación de soledad y de tremenda vulnerabilidad lo atacó, en unos segundos estaba solo.

-Por favor mi reina…dale un poco de agua a este mendigo.

Y el beso llegó de manera profunda, era ella la que lo poseía en ese momento, era ella la que marcaba territorio y era ella la que de manera salvaje, le daba un poco de lo que él presentía serían las noches en su cuerpo.

Minutos y el oxigeno no llegó a los pulmones de ambos, las bocas se separaron, pero aún así el deseo continuaba de manera eléctrica azotándolos. Desesperado, llevó su mano al rostro de Isabella, los labios entre abiertos y aquello fue demasiado, con dos de sus dedos tentó y acarició y penetró en su boca. Isabella entendió lo que él deseaba, mordió levemente y permitió que Edward penetrara con sus dedos largos y hermosos…chupó de ellos con fuerza, gimió…entonces ella hizo lo mismo llevó sus dedos a la boca de aquel hombre quien lamió y con su lengua hizo círculos en la punta de estos…las promesas que aquella caricia profana y sexual daba recorrieron sus cuerpos y se estacionaron en los centros de sus vientres hasta sus sexos, el sonido del sorber y de la respiración de ambos resonaba por toda la habitación "nos volveremos locos" ella pensó, Isabella gimió de placer y este gemido hizo eco en la piel de Edward Cullen, a quien el insoportable deseo lo tenía a punta de fiebre. Llevó su mano libre hasta los bordes del espaldar de la cama, mordió de manera gatuna aquellos dedos, los jaló más profundo y permitió que un rayo de placer vibrara a lo largo de toda su columna vertebral. Dejó libres los dedos de Isabella en su boca, pero ella continuaba con los suyos dentro de su boca.

- ¿Quién eres? ¿Quién eres Bella? ¿Vas a matarme? por que sí es así…maldición no me importa.

Recostada en su pecho, escuchó el sonido de su corazón, la camisola de dormir no permitía observar el crucifijo y no permitía tocar su piel.

-Te amo…nunca he amado así…no rompas mi corazón bastardo, no lo soportaría, puedo ser muy cruel cuando alguien me decepciona Edward…no rompas mi corazón te lo suplico.

Él calló.

Edward Cullen experto en romper el corazón de las mujeres se veía a portas de algo desconocido…no decepcionar, él, quien siempre decepcionaba a todos, él, que fue hacia ella para hacer lo que ahora Isabella rogaba que nunca hiciera ¿podría él con semejante ruego? ¿Podría?

Enredó sus manos en su trenza, la llevo hasta su boca y la beso suavemente.

-Te lo juro muñeca mía, no lo haré jamás, mi sangre por eso.

- Je t'aime.

- ¡Diablos bruja! Vas a hacer que ame ese endemoniado idioma…me matas cuando me hablas en francés…dime más.

Ella se mordió los labios de manera traviesa, él se carcajeó.

- Je t'aime, tu es mon coeur et mon âme. Depuis la première fois que je t'ai vue, j'ai su que tu serais mon monde, j'aime ta visage, tes cheveux, le son de ta voix, ton sourire coquin, tes mots terribles, S'il vous plaît, ne fais pas mal à mon coeur, je ne le supporterais pas….*

- No se que diablos dice, pero con tu voz suena hermoso…hermoso, sólo como tu brujilla.

- Yo también quiero algo de ti ¿puedes dármelo?

Unos ojos maliciosos.

-No estoy en condiciones madame…

-¡No! tienes una mente muy perturbada.

- Me provocas… ¿Qué deseas?

- Escríbeme…escríbeme…amo tus cartas, escríbeme.

Cuando ella se fue, Rosalie se paró en su cuarto frente a él.

- Si le rompes el corazón hermano te juro que nunca más te volveré a nombrar, que mi hijo no sabrá que tiene un tío, y cuando mueras no rezaré por ti, porque yo no rezo por desconocidos.

.

.

.

Isabella le dijo que hablaría con su padre, odio eso, no era un cobarde, no lo era, su deber era enfrentar a Charles Swan, plantarse ante él y decirle que se casaría con su hija. Una cantidad de preguntas se aglomeraron en su mente ¿Qué le diría? ¿Y si el hombre decía que no? ¿Se casaría con ella aún sin la enorme fortuna que la respaldaba? ¿Cómo podría casarse sin aquella fortuna cuando él no tenía un penique en el bolsillo? Debía jugar sus mejores cartas, jugar, el azar, el todo por el todo.

Ser el marido de esa mujer le aseguraba una fortuna, comodidad y el sueño de ser respetado ¿pero y sí no? sí el maldito viejo orgulloso decía que no ¿qué haría? ¡Maldita sea! ¿Qué haría? No rompas mi corazón…no rompas mi corazón por primera vez en su vida y frente a tremenda disyuntiva, Edward Cullen se hizo una pregunta ¿podría él cumplir una promesa? Debía ser un caballero, aunque fuera una vez en su vida…no rompas mi corazón…no rompas mi corazón.

-No, no lo haré…iré hasta el final, hasta el final.

Llamó a su hermana, le pidió el favor de que le trajera papel, la pluma y tinta…escribir, escribir para ella, el comienzo de una promesa, cumpliría, cumpliría, por ella, por su boca y por el deseo que lo consumía.

Bella…

Como me gusta llamarte así, Bella, bellísima, tu nombre se desliza suavemente por mi paladar…y el sólo nombrarte te trae hasta mi… te poseo con sólo nombrarte, puedo tocar tu piel, tu boca si sólo digo Bella…mi bruja perfecta ¿puedo llamarte mía? ¡Mía! Blanca porcelana ¡mía! Días antes eras imposible, y ahora te presentas ante mí y no eres un sueño… ¡Mía! No hay nada más hermoso que eso…nada se compara contigo madame, nada.

Hoy no soy un desgraciado, hoy no ando como loco por las calles de esta horrible ciudad preguntando ¿porqué ella no me ama? Por que hoy puedo decir Isabella Swan que eres mía, toda tu, toda completa.

Hoy he soñado contigo, soñé con tu voz, soñé con tú piel y soñé con tu sonrisa…sólo yo puedo hacerlo, sólo yo soy el dueño de todo, si alguien se atreve a decir que sueña contigo mi bruja, lo mataré, porque sólo yo, bastardo, tiene ese derecho, tu me lo otorgaste, ¡nadie! ¡Sólo yo!

Frente a mi existe un horizonte de promesas, promesas que empiezan contigo, y terminan contigo, promesa de amor y de felicidad…seré tú esposo, seré tuyo para siempre, llenaré tú vida, apostaré mi sangre y mi cordura tan sólo porque me escogiste, ¿qué quieres? Te doy todo, yo insignificante vagabundo con suerte, dime que siempre tendré tu corazón, dime que siempre tendré tu alma, yo también exijo…y lo quiero todo, todo, cada segundo, minuto e instante deben ser míos, porque he prometido ante el universo Bella…bellísima que nunca nadie tendrá mi alma, nadie…sólo tu ¿soy dueño de la tuya?

No puedo creer que ya no seré el desgraciado que caminará por las calles de Londres buscando tú presencia. Algo palpita dentro de mi Isabella, algo tremendo y contundente, escucha mi corazón y escucharás con él repite tu nombre…soy feliz, yo cínico quien jamás creyó que tal concepto existiera, soy feliz y apuesto mi vida por serlo contigo, porque sólo junto a ti existe la felicidad, porque sólo junto a ti existe el cielo y sólo junto a ti, yo tendré el paraíso.

¿Cómo pude vivir tantos años sin conocerte Isabella? ¿Estuve tan ciego? ¿Soy tan cínico? ¿Dónde estabas? ¿Por qué no te escuché?

Perdona mis letras pequeña mía…soy un pobre ignorante en esto de escribir, no soy poeta, sólo soy yo Edward Cullen, poco a poco aprenderé, desnudaré mi alma en cada letra, te contaré cosas que jamás le he dicho a nadie, todos mis secretos te los entrego, cada uno, porque si tú Bella me prometes que cada célula, átomo y parte de ti me pertenece, yo retribuiré con ese mismo compromiso, todo para ti, cada cosa, cada partícula de mi para ti…

Espérame…espérame, iré hacia ti...correré a tus brazos, descansaré en ellos y rezaré ante Dios, los dioses o a quien sea porque sólo yo Edward Cullen cazador sin fortuna, pobre bastardo tiene para sí a un ángel que lo ama.

Tuyo para siempre

Edward Cullen.

Releyó la carta una y otra vez y a diferencia de las otras esta carta para él era la primera, pues por primera vez intentó poner su verdad en ellas… ¡Diablos! Estaba aterrado, toda aquella prosa que casi de manera frenética salía de su mente y alma…toda ella hablaba de un hombre que estaba frente a lo más importante en su vida… ¡diantre!

-¿Puede ser Edward Cullen que ames a esa mujer? ¿Amas a esa mujer? ¿La amas?

Cerró los ojos.

Y la respuesta vino en una ráfaga de segundo.

- Si, amo a esa mujer.

Maldición…estoy perdido.

* te amo, eres mi corazón y mi alma, desde la primera vez que te vi supe que serías mi mundo, amo tu rostro, tu cabello, el sonido de tu voz, tu sonrisa picara, tus palabras tremendas, por favor no lastimes mi corazón, no lo soportaría...

Oh esto se puso realmente interesante:

Nadie tiene dominio sobre el amor, pero el amor domina todas las cosas: Jean de la Fontaine.

Alguien dijo que esta Isabella es una bitch…o nenas aún no la conocen.

A todas las chicas que han comentado un millón de agradecimientos, a Nevy masen que me ayudó con las palabras en francés, gracias linda.

A todas, gracias por su paciencia y gentileza.