Los personajes le pertenecen a Meyer, la historia es mía.

A todas las chicas que amablemente me acompañan en esta historia un millón de gracias, a las lectoras fantasmas mi agradecimiento; a todas las que están aquí leyendo sobre estos dos divertidos seres en la nublosa Inglaterra besos divertidos y juegos lúdicos.

Esto se pone divertido…habrá boda, pero mi pregunta es ¿cómo será este matrimonio?

Capítulo dedicado a mi Beta Belen Piccioni: bella, lectora compulsiva, mujer maravillosa y que de mis malos consejos va camino a ser irresponsable y casi feliz.

FALSAS APARIENCIAS

19

Todo le dolía como el infierno mismo, las heridas del rostro, a sólo tres días de la pelea, parecían no curarse, sabía muy bien que ellas se demorarían una semana más, pero era la impaciencia lo que hacía que Edward se observara compulsivamente en el espejo. No deseaba que el padre de Isabella lo viese como un animal herido, no deseaba que el perro de Sinclair se burlara de él, y, sobre todo no deseaba presentarse frente a Isabella como un hombre adolorido. Quería que ella lo viese y se sintiera orgullosa, ¡Oh si! en el alma de Edward Cullen nacían dos sentimientos: la imperiosa necesidad de ser un hombre de valía y la asfixiante y ahogante necesidad de ver y tocar a la mujer a cada momento Bruja ¿qué has hecho de mí? ¿Qué has hecho de mí que me duele? ¿Con que ese era el amor? ¡Demonios! ¡Cómo dolía hasta respirar el no verla!

Esa mañana, al ver a la pobre sirvienta desmadejada en el suelo y llorando desconsoladamente, una alarma en él se prendió; caminó hasta la ventana y desde ella observó la ciudad, de alguna manera todo Londres estaba allí para arruinar su vida; ¿y si sus días de sensual casanova, vividor e inútil no eran suficientes? Garras de destrucción, lenguas ponzoñosas, clases sociales, títulos nobiliarios, estructuras sociales ridículas, todo, todo estaba allí dispuesto a desgarrarlo. Agarró con fuerzas las cortinas de su habitación ¿desde cuando Edward Cullen era un hombre consciente de su realidad? Me has dañado bruja…estás a punto de hacerme creer que soy decente Por un segundo cerró los ojos y se vio bajo la perspectiva de que quizás todo le sería arrancado de sus manos ¡Ella! Le sería arrancada de sus manos. Se imaginó a sí mismo de frente a madame Swan sin poderla tocar, se vio sin poderle hablar, se vio humillado y empequeñecido frente a ella. Miles de barreras invisibles, miles, él las había visto: burlas, señalamientos, enormes crueldades revestidas de frases ingeniosas, miradas de asco. Se llevó su enjoyada mano a su rostro ¡maldición! él había participado de eso, él se había burlado, él también había sacado a relucir su clase y buen abolengo.

Alice y Jasper, a la pequeña mujer no la conocía, pero a su amigo si, ambos habían estudiado en Eaton, ambos, desde jóvenes, habían disfrutado de la cacería, la buena bebida y las mujeres, lo único que los separaba era que Jasper era un Lord y él un hijo de un hombre muy rico, pero sin título; mas el dinero y el poder político de su padre -Carlisle- habían elevado a toda la familia a una posición sólida y respetuosa y sumando que su madre hija de un conde. Durante años Jasper había sido su ejemplo a seguir, pero cuando se casó con ese ratoncillo de Emma todo en él cambió, y él, ¡idiota! Ni siquiera se tomó la molestia de entender porque su mejor amigo de toda la vida había cambiado de esa manera tan radical. Toda la melancolía, el silencio y el aislamiento eran el mundo de Sir Jasper Whitlock y ahora podía ver el porqué, adivinaba que tras las lágrimas de la ama de llaves y la salida imprevista de su amigo esa mañana, existía algo temible, algo desgarrador…quizás algo que le mostraba cual sería su camino si él- Edward Cullen- permitía que todo el monstruo cruel de ese Londres que él conocía muy bien viniese y le hiciese pedazos ¡Demonios! Si Tania Denali o Alistair Sinclair abrían la boca, si alguna de sus amantes lo hacía.

El eco de una palabra terrible martilleó su cabeza ¡Deuda! ¡Propuesta! ¡Destruir a Isabella Swan!

¡No!

¡No!

En aquella palabras estaba el maldito infierno reflejado, si su Bella supiera eso, sería temible, si Bella se enteraba, él no sería nada, sería un animal agónico, avergonzado, si ella supiera, entonces Edward Cullen sería un fantasma en Londres….porque él amaba a esa mujer y sin ella iría al limbo, él sería como su amigo Jasper: una tragedia ambulante. Fue en ese momento, que él, tratando de abotonar los puños de su camisa de seda, se juró que haría cualquier cosa: se arrastraría por cualquier alcantarilla, golpearía a quien se interpusiera entre él e Isabella Swan…destruiría a cualquiera que le hiciera daño…a cualquiera.

Sí antes Edward jugaba por diversión, ahora jugaba por sobrevivir, en ese momento ya no era un niño rico y mimado, ahora- y después de la pelea con Daniel Thorton- él iba en camino de ser un hombre de verdad y ¡demonios! Le gustaba la sensación…. ¿quien lo diría? Iba a ser un soldado, iba a ser un esposo…y quizás hasta podría ser un poeta.

Soltó la carcajada, el cínico estaba allí ¿Desde cuando eres tan dramático Edward? No, nada pasaría…nada, sería feliz, muy rico, y sobre todo, estaría el resto de su vida enterrado entre los senos de la bruja no permitiré querida que duermas en otra habitación que no sea la mía, es hora de cambiar esa tonta costumbre…dormirás conmigo y te lo aseguro mujer que no te haré el amor como un caballero por que no quieres un caballero, te vas a casar conmigo: un bastardo divertido.

Rosalie sonreía, su hermoso cabello rubio enredado en una bella trenza canturreaba al servir el almuerzo, no la veía tan feliz desde hacía días, su embarazo la hacía ver más bella y ahora, que parecía que todo iba por buen camino, ella se permitía hablar un poco más.

El olor del alimento lo inundó, tenía hambre, ¡Dios! ¡Mucha hambre! Era como si no se hubiese alimentado bien por días ¡meses! Pudín de manzana, jamón ahumado, vegetales hervidos, patatas y un delicioso vino.

-Esto se ve delicioso querida- le hizo un guiño dulce a Rosalie quien parada frente a él, esperaba la aprobación de su hermano.

- Tú sabes que yo no cocino Edward, lo hizo Emmett- de pronto el rostro sonriente se tornó serio- y si tú no permites que él se siente en la mesa Edward, no comeré contigo.

Con suma lentitud, masticaba saboreando el jamón en su boca, se limpió con la fina servilleta y miró de hito a hito a su hermana que, con sus ojos azules, no permitía que él como su hermano mayor la humillara.

- ¿Me estás retando Rose?

- No, sólo te estoy diciendo que si mi Emmett no es aceptado en esta mesa, no comeré contigo.

-Él es un sirviente-dijo de manera rotunda.

- Y tú eres un idiota.

-¡Rose!

- No me importa lo que pienses, ¡basta ya Edward! ¡Basta ya! Él fue por ti a Regent Street, corrió por la ciudad para traer un médico- fue alzando la voz- es el padre de mi hijo y el hombre que amo y será mi esposo ¡deja de actuar como si fuéramos superiores! ¡Con un demonio!

-No maldigas y no alces la voz- se quitó la servilleta y golpeó con ella la mesa- creo que ya le agradecí a Emmett lo que hizo.

-No le has agradecido nada, sólo te has comportado como un maldito hipócrita.

- ¿Qué quieres de mi Rose? Estoy tratando.

- ¿Tratando? – Levantó las manos en gesto impaciente- ¿tratando? Es como si Emmett fuese un animal con sarna Edward, todo porque fue un sirviente.

El hermano se paró de la mesa lleno de furia.

- No pongas palabras y emociones en mí Rosalie Cullen, no me trates como si fuese un maldito, porque no lo soy, tengo veintinueve años, casi treinta ¿acaso se te olvida como fuimos educados? ¿Se te olvida que fuimos criados por sirvientes? ¿Qué ambos lloramos cuando nuestra madre echó a la calle a nuestra nana?

- No, tú eres el que se ha olvidado de todo, de todo Edward ¿no te ahogas? ¿No sientes que todo en el mundo en que vivimos es injusto? Emmett hace parte de eso.

- Yo no odio al señor Mccarty, sólo no esperes que esté muy feliz porque él te embarazó, te quitó posibilidades Rose ¿crees que no pienso en tu hijo? ¿Por qué crees que casi me dejo matar? ¡Fue por ti! ¡Por él!

- ¡Yo lo se!- lágrimas caían por su bello rostro, Emmett apareció en el enorme comedor- quiero que veas hermano que fue mi decisión, fue mía, que tú no tienes porque culparte, fue mía, toda mi vida detesté como fuimos criados, detesté todo lo que me enseñaron, detesté el echo de no poder estudiar ¿sabías que soy buena para la matemática? Pero no, nuestra madre sólo me crió para ser muñeca de porcelana, para ser la esposa de un aristócrata, para que callara todo el tiempo, para que no comiera más de lo necesario- caminó como un animalillo acorralado a lo largo del corredor- que Dios me perdone, pero cuando mamá murió yo descansé, mi único consuelo era papá y él también se fue y tú me dejaste sola hermano, me dejaste sola, me llevabas a esas fiestas y me exhibías como yegua de feria y yo no quería- fue hacia Emmett y lo tomó de su mano- él es mi libertad Edward, él es mi libertad- limpió sus lágrimas- en medio de la ruina creí que cambiarías, pero no, no, seguías insistiendo en esta farsa Edward, aún continuas y tengo miedo, miedo de ti hermano, estás a punto de perder tu corazón ¿qué pasará cuando Isabella sepa que llegaste a ella por una propuesta aborrecible? ¡Diez mil libras!

- Nadie va a saber nada.

- Esa mujer Tania y Alistair Sinclair lo van a decir.

- ¡No lo harán!

- ¿Qué harás cuando te presentes frente a Charles Swan y él sepa que no tienes una libra en el bolsillo? ¡Estás tan ciego! ¿Acaso no te preguntas como hay tanta comida en la mesa? Fue Isabella, Edward, ella la mandó a comprar.

El hermano mayor parpadeó, miró hacia la mesa, y una sensación de derrota llegó de improvisto: Lady Isabella Swan, millonaria, hija de Charles Swan, dueña de castillos y casas enormes, dueña de un semental, repleta de joyas ¿y él? ¿Quién era? Un pordiosero, un maldito pordiosero, un hombre indigno, no era nada.

- ¿Le dijiste?

- No cariño- la hermosa rubia caminó hacia su hermano y besó su cabello- yo no te traicionaría jamás querido, te amo muchísimo, pero ella lo sabe, no es tonta, no lo es, dile la verdad.

-¡No!

- Por favor Edward.

-¡No!- rugió- ¿No te das cuenta? Tú misma lo acabas de decir hermana, vivimos en un mundo cruel, un maldito mundo cruel, para todos soy indigno- maldición, en ese momento era indigno- y ella no se va a casar con un hombre indigno, ella no lo va a hacer.

- Eso no lo sabes, Isabella te ama.

Mas Edward no escuchaba no eres nada, no tienes nada…nada…eres dueño de la luna reflejada en el agua Edward Cullen, no serás indigno…no lo serás ¡jamás!

.

.

.

Tomó su abrigo -aún podía presumir de sus trajes, todos ellos comprados por sus amantes, todos ellos ganados en la cama de cada una- parpadeó de manera maniática, toda la incertidumbre estaba allí, una expresión fiera en su rostro no pueden quitarme nada…no lo voy a permitir, voy a ser digno, lo voy a hacer.

Tomó un gran vaso de whisky, tenía un objetivo: vencer de la misma manera como lo hizo frente al asesino de Thorton, vencería, pasaría por encima de quien fuese, pero vencería.

Bajó las escaleras con su cara en alto, vestido de negro, con sombrero de raso y su hermoso bastón de cedro revestido en las puntas de plata, con el escudo familiar; sus anillos y aquel bastón eran lo único que le quedaba de Carlisle, aquello lo unía con su padre. Volvió al espejo que se encontraba en el enorme pasillo de la casa; era un caballero, era un hombre, era un ser desesperado por respeto, si, necesitaba el respeto de Isabella, de su hermana…respeto de él mismo. Tahúr absoluto jugándose su alma en una partida.

.

.

.

Eleazar la observaba con sus ojos negros, ese día estaba vestido de blanco absoluto y olía a deliciosa colonia, jugaba con su bigotillo y bebía jerez en el salón azul de la casa de su amiga.

- Explícame de nuevo mon papillon.

- No hay nada que explicar mon ami, voy a ser la esposa de Edward Cullen- Isabella se arreglaba su vestido mientras fumaba en un pitillo, acto que hacía mientras su padre no estaba.

Eleazar le brindó su mirada profunda.

- Finalmente cayó en tus garras princesa.

- No es así, lo amo.

El hombre se paró de la silla de manera elegante, metió sus manos a sus bolsillos y emitió una sonora exhalación.

- Hace nueve años conocí una niña ¡Dios! que perversa y deliciosa era- sonrió de hermosa manera- siempre iba tras sus presas, y hasta no devorarlas, no quedaba satisfecha, recuerdo como ella miraba a los hombres y a las mujeres como si todos fuesen pequeños muñecos que ella movía a su antojo. No podía soportar que no la amasen, que no la admirasen, que no suspiraran por ella, cuando alguien no lo hacía, cuando alguien trataba de evadir la trampa, ella buscaba, escarbaba en la vida y en el alma de ese alguien para así saber como hacer que, aquel que había osado no amarla, pudiese caer en su poder, ella era divina y malvada- se enfrentó a su amiga, dos miradas oscuras que se conocían- eso es lo que haces ahora papillon, lo haces de nuevo, vas tras él, te lo quieres devorar, tragarte hasta su medula, hacerlo tu esclavo.

- ¡Lo amo!- se levantó de su silla y tiró el pitillo en una pequeña maseta de lirios que se interpuso en su camino.

- ¿Lo amas princesa? ¿O simplemente viste en él un reto? nunca te habías enfrentado a alguien tan parecido a ti, estabas tan aburrida en tu vida de hija buena que de pronto ese hombre -pobre bastardo- se presentó frente a ti y la maldita princesa demente gritó: ¡cómetelo!

- No, no es así, yo he cambiado, he cambiado Eleazar.

- ¿Has cambiado mon cher? O ¿simplemente tu maldad ha mudado de piel?- sólo Eleazar, quién la había amado durante años como un loco y que simplemente eligió para no morir ser su amigo leal, sabía la capacidad destructora de las manitos de Isabella Swan.

- Me he redimido, lo he hecho, lo hice por él, por Michell.

- ¿Por Michell? No fuiste a su entierro.

- Su familia me hubiese matado.

- Él era tu esposo mon amour, no fuiste a su entierro porque simplemente sabías que no estuviste a la altura de su amor por ti.

- Eres cruel- trató de escapar por la puerta del pequeño lugar, pero el hombre se interpuso a su retirada.

Ambos respiraban con fuerza, ambos se conocían.

- Somos crueles mon petit trésor, somos crueles.

- No tienes derecho a decirme eso- puso sus manos sobre el pecho de aquel hermoso pavo real.

-¿No?

-No, yo nunca te amé Eleazar.

El francés parpadeó frente a ella, una pequeña agonía salida de años de melancolía se reflejaron en ellos ¡Dios gracias! Por que al fin me liberé de ella…gracias.

- Y allí está, mi hermosa princesa, sin piedad hacia nadie, nunca me amaste Isabella, porque fui el único capaz de amar a la mujer tras la máscara, todos amaban la pantomima, yo amé a la real.

-Pero tú mi amigo- Isabella sonrió con ternura, llevó su mano al hermoso rostro- obtuviste lo que ninguno fue capaz: mi respeto, al final cariño, te he amado más que a cualquiera ¿no es suficiente para ti? ¿No lo es?- por un segundo ambos se miraron en silencio.

Eleazar dibujó una sonrisa ladina y sus ojillos pícaros relucieron llenos de juego y diversión.

- ¿Estás excitada por él no es así papillon? Amas de él su belleza, amas de él la posibilidad de sentir que puedes domesticarlo.

- No lo quiero domesticar- hizo un puchero, una gota de sudor caía por su rostro, y los pequeños mechones de su peinado caían sobre su frente.

La cárcel de los brazos de Eleazar, se soltaron de los marcos de la puerta.

- No, él es como ese caballo Thunder, amas ese caballo porque sólo ese animal tiene los músculos para soportarte- fue tras la botella de jerez, sólo quedaba un poco- no se si tenerle al hombre lástima o mi completa admiración, trata cariño de no comértelo vivo- le guiñó un ojo- puede que el hombre resulte lo mejor que te haya pasado.

- Es lo mejor Eleazar- Isabella brincó como niña pequeña, corrió hacia su amigo y lo tomó de las solapas de su pomposa casaca- vas a ver- una voz de niña caprichosa, que hacía años el seigneur Merchant no escuchaba, se oyó en ella, si, allí estaba, ella no había cambiado- voy a ser una buena esposa, voy a ser una dama y hasta pueda ser madre, puedo hacerlo querido, puedo hacerlo – los ojillos coquetos parpadearon de forma niña- ¿vas a estar aqui acompañándome cherrie ? ¿vas a estar aqui, amándome como siempre ? ¿siendo mi amigo Eleazar ?

Era inevitable, ya no la amaba como mujer, pero la amaba como se ama a alguien inverosímil, como se ama a alguien con rostro de ángel y alma ingenua y demoníaca.

- Claro que si mon papillon, no me voy a perder la diversión.

Isabella cascabeleó a su lado, y aplaudió de forma divertida, haciendo ese gesto que todos amaban: fruncir su naricilla y morder su pequeña y malvada boca.

- Voy a ir a la cocina querido, pediré que te hagan un pastel de manzanas y haré que Alice te traiga más jerez- tomó los volantes de su vestido azul y salió de allí corriendo como una pequeña niña a quien le hubiesen permitido una travesura.

Eleazar la observó partir y su rostro de pavo real se transformó en una mueca triste…ella que era capaz de llevarlo a los extremos de todo; hermosa y estremecedora, un hermoso animal que seducía con su precioso ropaje y aniquilaba con su veneno, lo más terrible era que todas sus victimas adoraban su ponzoña.

La pequeña ama llegó con una botella de jerez, Eleazar, le brindó una mirada divertida y lasciva.

- Mi pequeña Alice, pequeña, pequeña ¿no te aburres querida? – su voz bajó dos tonos- siempre tan dispuesta y diligente-caminó hacia ella, y para su sorpresa, la mujer no se movió- tuve una amante en Lyon, una cosilla pequeña y de cabello rubio como el sol, tengo una pequeña fijación con las costureras por aquella mujer- se acercó a su cabello y lo olfateó- todos se burlaban de ella, pues hablaba como un pajarillo, pero yo sabía la verdad, esa mujer era tan libre que simplemente había decidido no casarse, era deliciosa y divertida en la cama, estuve a punto de amarla, ella era como tú querida, ambas llenas de fuego interior, deseosas de besos- sin pedir permiso besó su cuello- yo te podría dar eso mon petit, risas y diversión, yo te puedo ofrecer ser mi reina por una noche, y por una noche yo sería tu sirviente.

Alice sonrió amargamente, sirvió dos tragos de jerez, uno para él y otro para ella. Los azules ojos no parpadearon.

- Espere por mi Eleazar, iré a usted esta noche, yo lo necesito, mas no lo amo, me hará el amor como si yo fuese real, como si yo fuese la mujer más importante en su vida, como si necesitase de mi para respirar, como si el no tocarme fuese una tortura ¿me lo promete?

¡Mon Dieu! años coqueteándole, jugueteando, años en que aquel cortejo juguetón sólo había sido parte de su diversión ¿ahora? Eleazar, conocedor de las mujeres entendió que tras aquel si, existía desamor, soledad y tristeza.

- Lo prometo Alice preciosa- tomó su mano y besó cada una de sus pequeños dedos- le daré el amor que merece, todo el que le han negado.

Alice asintió de manera silenciosa.

-Esta noche en su hotel caballero- se retiró sin más ni más. En el alma de Alice Brandon- herida de amor y de soledad- hacerle una treta a su dolor, disfrazarlo de placer, quizás podría ser un paliativo para que el sufrimiento fuese adormecido, mentirle a los sentidos, mentirle al corazón, sentir que su cuerpo- aún aunque no fuese para él- aún un cuerpo capaz de enloquecer a alguien, necesitaba la vanidad y el poder de sembrar deseo, lo único que podría hacerla mantener en pie…una noche, sólo una noche.

.

.

.

Caminó despacio por Trafalgar Square, para llegar a la enorme calle St Margaret, el Támesis, a esa hora del día, era un horror de gente: vendedores, floristas y mendigos, todos ellos mirando el enorme palacio de Westminster donde quedaba el parlamento, allí, donde hombres hablaban de política, justicia y toda esa mierda que, aquellos indigentes no podían entender cuando todos suplicaban por un penique.

Edward sonrió, entraría allí como lo que era: el hijo de Carlisle Cullen, un hombre que durante años había sido miembro de la cámara de los comunes, aún su padre le permitía un poco de respeto, además allí tendría a Alistair Sinclair de su cuello, si, jugar, tener el as bajo la manga y vencer.

Pasó de largo por los enormes corredores del hermoso castillo, sabía donde quedaba la oficina de Alistair Sinclair.

Si, Edward…el todo por el todo.

Abrió la puerta del enorme despacho .sin pedir autorización- no había nadie allí. Caminó hasta el pequeño bar empotrado entre la biblioteca, se sirvió un vaso de vino, fue hacia la ventana y miró la ciudad y el río, bebió sin respirar nadie va a vencerme…nadie, al final esta ciudad será mía y caminaré por ella con la cabeza en alto y del brazo de mi esposa…no, nadie podrá conmigo.

Escuchó el abrir de una puerta y las voces de varios hombres que hablaban, no volteó a mirar, sintió los ojos de Alistair tras su espalda.

- Caballero- el hombre intentó que su voz fuese clara y sin atisbos de nerviosismo- no lo esperaba hoy.

Edward no se digno a mirarlo, sólo observaba la ciudad frente a él: el Támesis y la enorme torre de Londres que comandaba todo el paisaje.

- Seguramente Milord, no, no me esperaba hoy.

Alistair despidió a los hombres que lo acompañaban -de manera formal- y cerró la puerta con furia.

- No lo quiero en mi despacho Mister Cullen- en ese momento se enfrentó con el rostro de Edward, quién lo observó con asco.

- ¿Se sorprende? No he muerto- la sonrisa torcida apareció allí, dio tres pasos y se paró frente al hombre impecablemente vestido- mi padre tuvo su despacho a varias oficinas de aquí.

- Su padre, que decepción debió tener con su hijo.

Una carcajada resonó en el pecho de Edward Cullen.

- Oh si, mi viejo era un gran hombre y yo sólo soy un libertino- se sentó en la silla principal donde, el idiota de Sinclair, creía que hacía parte de la ilustre historia de Inglaterra, lo hizo como símbolo de reto y de anarquía, alzó una de sus cejas y puso una de sus piernas sobre el escritorio- dígame Sinclair ¿cuán divertido es estar aquí?

- ¡Quite sus asquerosas botas de mi escritorio!

Mas Edward fingió no escucharlo, sacó su pitillera y de allí un cigarrillo, lo prendió lenta y elegantemente, el humo salió de su boca, sonrió, pero la risa se detuvo en sus labios, pues los ojos verdes llameaban frente al hombre.

- ¿Y si no me da la gana?

- Lo mandaré a sacar de aquí.

De nuevo la risa ladina, Oh si la risa, la gran arma para que Alistair sintiera que en esa partida Edward Cullen era el que llevaba la delantera.

- ¡Adelante! ¡Escándalo en el parlamento!- aspiró el cigarrillo al ver el rostro de furia contenida del maldito- ¿No es bueno que lo tengan a uno de los testículos mister Sinclair? – Se paró como gato veloz de allí, el político dio dos pasos hacia atrás- ¿No es bueno que alguien venga y amenace su vida? ¿No es bueno que alguien venga y le diga que todo lo que es se va a ir a la calle?

- ¡Lárguese de mi despacho!

-No- se metió sus manos al bolsillo- vengo a pagar la deuda que usted y yo tenemos- le tiró las diez mil libras al suelo- allí están, y me firma un maldito pagaré por ellas.

El rostro del hombre cambió de furia contenida a furia sin vergüenza ¡maldito sea! El único placer que tendría esa semana sería tirar a Edward Cullen y a la ramera de su hermana a la calle y éste venía con el dinero y se lo refregaba en su cara.

- ¿Cuál de sus amantes le dio el dinero?

- Sabe muy bien como lo conseguí ¡mire mi rostro!

- Es un maldito.

- Oh si, lo soy, pero eso no le importa, ahí está el dinero, con él pago mi deuda, con él cierro su boca, con él usted y yo quedamos en paz.

El flaco y alto aristócrata agarró las solapas del abrigo de Edward y los jaló con fuerza.

- No, así no se pagaba la deuda Edward, así no pagaba la deuda, pero veo que lo que decían de usted era todo mentira ¡el gran casanova que se dejó vencer por Isabella Swan! ¡Maldita sea! Siempre ella debe ganar- las últimas palabras fueron muriendo en su boca, mientras que un gesto de curiosidad se reflejaba en su oponente.

- ¿Por qué la odia? Es una mujer indefensa.

- Eso no es de su incumbencia- lo soltó, fue hacia el escritorio, sacó unos papeles, firmó y le tiró el papel en la cara al hijo de Carlisle Cullen- No crea que se salvará de mi, arrastraré a su hermana al lodo.

No supo como, ni supo realmente de donde vino, pero un puño se estrelló en su cara, un puño que venía con el enorme anillo de oro y rubí.

- Lo reto mister Sinclair- el hermoso rostro de Edward Cullen tomó la forma de aquel que se enfrentó a Daniel Thorton- lo reto a que diga una sola maldita palabra y diré quien es usted, escandalo por escandalo.

Un hilo de sangre salía de la boca del hombre, trataba que la quijada volviera a su lugar y que el dolor aterrador no lo hiciera humillarse frente al bastardo.

- ¡Es un hijo de puta!

- Oh- el cinismo en pleno- hijo de la reina victoria, esas no son las palabras Alistair Sinclair, no para un hombre como yo, no para el esposo de Isabella Swan.

- ¿Qué?- Sinclair parpadeó, una leve sonrisa cruzó su rostro, trato de erguirse del escritorio sobre el que había caído.

- No sonría maldito, esta no es su victoria, es la mía, mía, esa mujer va a ser mi esposa, pero en eso no va a mediar su maldita deuda, no voy a permitir que usted ni nadie la toque, ella es mía.

¡Demonio! Pensó Alistair y allí está…al final ella gana siempre, él la ama…la ama como todos, la última palabra maldita princesa encantada…él la ama, ha caído en su telaraña.

-¡Idiota!- gritó- ¡idiota! No entiende nada, no entiende nada- se arregló su casaca- al final Edward Cullen me ha dado lo que yo quería.

- No le he dado nada.

- Oh si mi amigo, me lo ha dado- se acercó a él- ¿la ama verdad? ¡oh si! la ama pero el amor por ella lo va a destruir y la destruirá a ella también, a toda su familia, me sentaré a mirar el espectáculo y al final Mister Cullen yo daré la estocada final.

- No la tocará, la odia, la odia, no crea que después de estos meses una pregunta no me ha rondado mister Sinclair, la pequeña madame Swan, ella es tan extraña, tan misteriosa, y en alguna parte, en algún lugar Milord Sinclair la quiso para él, pero ella, según usted, tan insignificante dijo no- era una iluminación- ella dijo no, pidió su mano y ella dijo no.

- ¡Ja!- tragó hiel- no la conoce, no sabe nada ¿no es así?

- No tengo nada que saber.

Oh…si, en esa respuesta del cínico voluptuoso estaba la venganza, en esa respuesta.

- ¡Lárguese! En unos meses veré todo, en unos meses.

- No- la estatura de Edward Cullen lo arrinconó en la pared- acérquese a mi, a mi hermana o a madame Swan y sabrá quien soy, se atreve a lastimarme e iré tras usted- su voz fue gruesa- respiraré sobre su cuello y le arrancaré la piel, pero antes, le quitaré la lengua, caminaré con su aristocrática cabeza por todo Londres Milord, no me amenace, no lo haga, en este momento Alistair soy el hombre más peligroso que usted ha conocido, cualquier movimiento y me iré a su yugular- milímetros de su rostro, sonrió, delicadamente desarrugó su casaca- pero vamos, somos caballeros, hijos de la corona, detestémonos como sólo los ingleses sabemos hacerlo: entre risas y elegantes saludos- se alejó, dio un golpe seco con sus botas- que tenga una buena tarde Milord, una buena tarde- salió de allí, caminó con presteza, se paró frente a la oficina de Carlisle Cullen, por un segundo, llevó sus manos hasta la puerta, escuchó la voz de éste voy a lograrlo padre…voy a lograrlo, mañana, en un año, en varios padre haré que te sientas orgulloso de mi.

Mientras tanto, en el despacho de Alistair una extraña y maquiavélica sonrisa se dibujaba en su rostro, Edward Cullen le daba terror, pero aún así…aún así, Isabella Swan y su vida maldita en manos de aquel ruin y todo sería perfecto, todo sería perfecto.

.

.

.

En la noche, oculta y saliendo por la puerta trasera de la cocina de la enorme mansión, Alice esperó hasta que de la noche un carruaje apareció.

En silencio -y frente a Eleazar Sinclair- ella permitió que éste la desnudara como si ella fuese una diosa, él la besó como si fuese la única, le dijo palabras de amor como si ella fuese la dueña de sus sueños, y permitió que le hiciera el amor como si la amase, y en el estremecimiento del placer agónico, Alice Brandon, dejó caer unas lágrimas de dolor porque, aunque aquella noche fuese el intento de mentirle a su alma y a su cuerpo, ella, supo que Eleazar Merchant no mentía y que por aquella noche aquel amante la hizo sentir como el ser más importante de su vida.

Al final, mientras trataba de amarrar su hermosa melena azabache, se permitió que él, desnudo y bello, le diera un beso de despedida

- Nunca olvides mi querido tesoro, que esta noche fuiste mi reina, mi ama, mi diosa y mi todo, es lo único que puedo darte- la tomó del cuello, la besó, al principio de manera tierna y luego con violencia y pasión- eres deliciosa, deliciosa y compadezco al bastardo que te dejó ir, he de odiarlo por el resto de mi vida, porque, mon cher si no lo amarás como lo amas yo estaría condenado a amarte para siempre, para siempre y tendrías que aguantarme como tu amante loco y desesperado.

Alice gimió, una mujer merece eso, una mujer merece eso y más, y aquel hombre tunante y divertido le había regalado una noche que era digna de ser un recuerdo para mantenerla en pie el resto de su vida.

.

.

.

Un guiño travieso, ella se mordía los labios frente a él, ambos frente a frente en el pasillo de la casa de Greenwich.

- Bruja hermosa- sacó de sorpresa unas flores de atrás de su espalda.

- Oh, son hermosas Edward- Isabella se contenía para no saltar hacia él y besarlo como loca.

- No tan hermosas como tú mi Bella, como tu boca que me muero por morder, no hay nada más bello que tú.

- Si, si hay- lo miró de arriba abajo: vestido de azul noche, con sus modales perfectos, con su hermoso bastón y sus manos adornadas con el hermoso anillo.

- ¿Te atreves a contradecirme mujer? ¡Seré tu esposo! Merezco un poco de respeto, dime que hay más hermoso que tú y acabaré con él, porque osa competir contigo reina mía.

- Si lo haces moriré.

- Me muero de celos- sin importar que Susy estaba allí, y que en el despacho estaba el impertérrito Charles Swan, Edward tomó su cintura y la arrastró hacia su pecho- Soy como Otelo Bella bellísima, ardo de celos por todo ¿Quién te roba suspiros?

- Eres un tonto- Ella besó su nariz- eres tú, tú eres más hermoso que todo.

- Oh bueno- ladeó su cabeza- eso yo lo se, soy devastadoramente divino y, lo mejor de todo, soy todo tuyo bruja- respiró con fuerza- trato- le susurró- trato mi reina de ser un caballero, pero frente a ti me muestro como un maldito Dios pagano, todo excitado y ansioso- miró hacia el seno de ella que se ocultaba en su corpiño, se mordió sus labios en aquel gesto, que para Isabella prometía una cantidad de indecencia que ella estaba deseosa por conocer y saborear- esos tesoros me esperan ¿no es así Bella? Ellos dicen que esperan por mi- se acercó a su oído, la sirvienta abrió los ojos de manera desmesurada y volteó fingiendo mirar hacia la cocina- dime corazón, tus pezones son rosas como pétalos, o son oscuros como una hermosa fruta.

- ¡Dios mío!

- Vamos bruja, dame material para soñar esta noche, tengo sueños vívidos contigo y son muy entretenidos- la miró por lo bajo, esperando una respuesta, el sonrojo de Isabella se hizo presente y él creyó enloquecer de deseo- dame tu limosna Isabella Swan, dime ¿son tan bellos como me los imagino?

Isabella miró hacia los lados, la voluptuosa mujer gritaba en ella.

- Son eso y mucho más bastardo.

- ¡Demonios!- rugió- a la medida de mi boca, presiento querida que tú eres todo lo que he soñado y más, prométeme que vas a volverme loco.

Oh si…Isabella Swan, ella, que durante años tuvo en sus manos el elixir, la palabra, la seducción y el alma para hacer de cualquiera un esclavo.

- Te voy a volver loco Edward Cullen.

- Mi vida empezará contigo y terminará contigo bruja, lo se, lo presiento mi reina ¿Por qué no fuiste mía cuando te lo pedí? ¿Cómo me dijiste? Soy mala… ¡demonios! ¿Cuán mala eres bruja?

Ella se apartó de él, le sonrió como niña pequeña, fingió timidez, por que si así era: la maldad se disfraza y ella hablaba en el deseo de Isabella Swan, esperaba…esperaba para que el día en que ella fuese su esposa, en que ellos- ocultos en Forksville- ella pudiese mostrarle a él que la maldad se divierte, y que en algunas ocasiones la maldad cabalga desnuda en un enorme potro negro y violento.

- Te amo.

Y Edward no supo porque pero el tono fue condenatorio y completamente prometedor.

Las puertas del despacho se abrieron, los ojos oscuros de Charles Swan lo auscultaron y simplemente dijo:

- Pase a mi despacho Mister Cullen ¿viene a pedir la mano de mi hija? – y una sonrisa arrogante y misteriosa se cruzó por sus labios- ¿Qué le hace pensar que la merece?

Edward caminó con firmeza, de frente a Charles Swan…

As de tréboles.

Reina matando al rey.

Golpe certero.

Caballo ganador.

El alma que lo da todo en la partida donde todo lo juega, no importaba cómo, no importaba nada….volteó a mirar a Isabella Swan y supo que, si frente a él el demonio viniera a disputarla, él daría y arriesgaría todo y más…¡el infierno! Por una noche al lado de la bruja perfecta.

- La merezco y la amo mister Swan y voy a pelear por ella, contra todos, inclusive contra usted.

Pobre Edward Cullen, no sabía, no entendía que aún no había jugado contra su adversario más imponente…ella, que lo miraba con ojos de animal hambriento.

.

.

.

Love love, and madness, in the land of kings.

Ambición y amor son las alas de las grandes acciones: Goethe.

Gracias a todas por leer, son muy amables, mis comentarios de vuelta no los puedo hacer, pero a cada una leo, muchas gracias.