La saga Crepúsculo le pertenece a Meyer.
Esta historia es mía.
A las que comentan y dejan hermosas palabras en cada capítulo de está historia muchas gracias son todas hermosas, a las lectoras fantasmas que siempre están aquí en este Londres Victoriano, también mis agradecimientos.
A los premios Suri por darle a esta historia el pequeño reconocimiento como mejor fic de época, muchas gracias.
Gracias a mi beta Belen Robsten, quien es meticulosa a la hora de corregir esta historia gracias bebe, eres un sol en mi vida.
FALSAS APARIENCIAS
20.
Soy digno, soy digno ese era el pensamiento de Edward Cullen mientras daba cinco pasos hacia la biblioteca de Charles Swan. Su aspecto era el de un hombre orgulloso y arrogante, no podía hacerle pensar al viejo burgués que era un hombre débil que se dejaba amilanar por todo el lujo imponente de aquella enorme vivienda pero ¡Diantre! Todo en la maldita mansión Swan era de un lujo y de una riqueza agobiante: la cantidad de obras de arte que parecían inundar los pasillos, cada mueble, cada objeto, pero aquella biblioteca era lo más majestuoso que él había visto en su vida. Miles de libros empotrados uno tras otro en la pared, todos forrados de un color rojo borgoña, desde el piso hasta el techo en estantes con bordes de oro, extravagante y aterrador. El diablillo burlón de Edward pensó que seguramente el viejo palo de Swan no se había leído ni el primer tomo de la enciclopedia británica… y no se equivocaba, Charles Swan Kent era un ignorante, era lo que en ciertos círculos se llamaba: Un burro cargado de oro.
Esbozó su sonrisa cínica, el padre de Isabella – a quién no le pasó desapercibida la mueca del cínico bastardo- arrugó el ceño y le ofreció un trago de bourbon, el cual, Edward aceptó gustoso bebiendo con enorme placer aquel maravilloso licor que era el mejor de Inglaterra traído desde Francia ¡Demonios todo esto será mío! ¡Todo esto! Y pienso disfrutar cada maldito segundo
Charles Swan se sentó en la silla de su escritorio, el cínico esperaba que éste lo invitara a hacer lo mismo, pero no lo hizo, es más, la mirada oscura de cuervo del viejo fue como si diez cuchillos lo atravesaran de tajo No voy a dejarme vencer viejo cretino…mi padre, era mejor que cualquiera, un caballero, no tienes derecho a mirarme como si fueras mejor…mi padre era Carlisle Cullen, nunca sería capaz de calzar sus botas, tengo su sangre…y soy digno…
Charles prendió un cigarrillo, lo hizo de manera metódica y lenta, todo era parte de la coreografía de alguien que se daba demasiada importancia. Tras el humo del cigarrillo miraba lentamente al hombre frente a él: observaba sus botas, su pantalón, la casaca oscura, la camisa de lino francés, pero sobre todo, observaba su anillo de rubí y su bastón, medía al hombre pieza por pieza como si éste fuese un semental fino y potente. Edward no bajaba la guardia, él sabía jugar ese juego de la aristocracia donde todo se definía en un silencio arrogante y en una auscultación desvergonzada. Alzó la ceja, si así iba a ser, así sería vamos viejo…míreme, le daré belleza a su toda su estirpe, viejo estúpido.
Finalmente Charles suspiró, esperaba que Edward Cullen abriera la boca, que demostrara cual estúpido o débil era.
Meses atrás cuando observó que ese papagayo miraba a la solterona de su hija, pensó que al fin alguien la tomaba en cuenta. Los ojos verdes sobre Isabella le hizo tener esperanzas, un hombre como Edward Cullen mirando a su hija, de una manera que no tenía que ver con la lástima, era algo novedoso, pero después cuando Sir Michael Newton se presentó frente a él pidiendo la mano de Isabella, alguien como Edward Cullen fue una simple e insignificante lagartija.
- Hace una semana- la fuerte dicción de clase alta vibró por toda la habitación- Sir Michael Newton pidió la mano de mi hija mister Cullen- llevó su mano al escritorio- ¿qué le hace pensar que un hombre como usted puede aspirar a ser parte de mi familia?
¿Michael Newton? Ese estúpido pez muerto Lo conocía desde hacía años y siempre fue motivo de burla entre sus amigos y amantes, el hombre era conocido por ser un imbecil de siete suelas quien que nunca fue capaz de montar ni la yegua más dócil. Mas en ese momento si lo tuviese enfrente le tumbaría cada uno de sus dientes por intentar acercarse a Isabella.
- Soy hijo de Carlisle Cullen, señor- por primera vez en muchos años nombrar a su padre era su seguro, sólo él y su intachable reputación y bondad eran su tabla de salvación.
- ¿Y?- la pequeña pregunta iba cargada de ironía.
- Era un caballero señor.
- No me importa en lo más mínimo- se levantó de la silla al ver la expresión de fría repugnancia que Edward Cullen le ofrecía - ¿ha amado usted alguna vez?
Edward parpadeó, no esperaba aquella pregunta.
- ¿A qué se refiere?
- Conteste mister Cullen ¿ha amado usted alguna vez?-. Charles Swan, frío y seco, se le acercó al joven quien le llevaba casi quince centímetros de estatura.
- He amado señor Swan, amo a su hija.
Charles carcajeó con fuerza para después apagar la sonrisa de improviso.
- Yo no he amado nunca- dijo de manera seca y cortante-no se me enseñó a hacerlo, se me dijo que mostrar sentimientos era de mal gusto, algo que sólo las bajas clases sociales hacían y que aquellos que lo hacían eran indignos. A usted se le enseñó lo mismo, así que no creo que las palabras sobre el amor desmedido para con mi hija sean reales, son para mi palabras vulgares y sin valor.
Fue así que Charles Swan, sin vergüenza y creyendo que al decir aquellas terribles palabras mostraba cuán fuerte era su sangre y su educación se reafirmó en su narcisismo.
- ¿Su hija señor?
- ¿Isabella? Ella es una necesidad, le he dado lo mejor que un padre le puede dar a un hijo, es parte de la aristocracia, no tiene que ser una fregona ni una simple institutriz, tiene los mejores vestidos, la mejor de las comidas y todo el lujo y confort que una mujer en este país puede aspirar, eso para mi vale más.
Por un momento Edward miró hacia la puerta, y pensó en que soledad y desamor más terribles reinaba en aquel mundo. Pensó en Rosalie, quien también había vivido lo mismo con la déspota de su madre y luego con él, tuvo que pasar que la pasión obsesiva por Bella le estrujara el corazón para darse cuenta de lo terrible de aquella situación.
- ¿Ha hablado con ella? ¿La ha tocado como un padre cariñoso? ¿Ha permitido que Isabella muestre cuan inteligente y divertida es?
- ¡Por Dios!- Charles golpeó con su puño cerrado el escritorio- ¡no sea hipócrita!- abrió el escritorio y de él sacó unos papeles, eran las pesquisas del viejo desdentado de Jonas Cronwell y se los tiró a la cara- No tiene un penique en el bolsillo, ha sido un vividor y un tahúr toda su maldita vida, se acuesta con cuanta mujerzuela de White Chapell se encuentra en su camino, ha sido el amante de mujeres ricas viudas y sin vergüenza que han pagado por sus favores, Lauren Mallory, Carmen Von Tramp, Catherine Hewitt, Irina Stanton..
- ¡Cállese!
- Tania Denali esa meretriz asquerosa, y muchas, muchas más, es visitante asiduo del burdel de Esmerald Platt un ser humano asqueroso y despreciable, ha jugado hasta su camisa, puso el nombre de su padre en burla de todos, pelea por dinero en Regent Street y su hermana está embarazada de un insignificante sirviente- la voz de Charles Swan subió tres tonos más.
Edward veía como aquel viejo se burlaba de él, como ponía su nombre al nivel de los gusanos, como enlodaba el recuerdo dulce de su padre y como trataba a su hermana como una a prostituta. Empuñó sus manos, rugió frente a la afrenta y, frente a la humillación y sin medir consecuencias, tiró el bastón de su padre a un lado, dio dos enormes pasos, agarró a Charles Swan de la solapa quién no previno que aquello ocurriera y lo tumbá a la pared.
-No tiene un maldito derecho, es usted un ser despreciable mister Swan.
- No como usted mister Cullen- tomó las muñecas con fuerza- no como usted maldito cínico- luchaba para soltarse de las manos y del rostro feroz que lo miraba como si quisiera, con la fuerza de sus ojos, partirlo en dos- ¡suélteme!
- Siempre escuché que Charles Swan era una alimaña anodina que se sustentaba con la fuerza de su fortuna, no se equivocaban, ¿dígame milord, si yo arrancara su cabeza de su aristocrático cuello saldría sangre azul?- Edward no pensaba, en ese momento sólo deseaba pisotear al viejo y dejar su muy costosa alfombra manchada con la sangre insignificante y fría del padre de Isabella- ¿Sangraría usted?
La mandíbula del viejo tembló, de pronto su semblante cambió y algo se mostró en él, sus ojos oscuros relampaguearon.
- Máteme mister Cullen y no verá jamás un penique de mi fortuna ¿Por qué es lo que quiere no? Cien millones de libras, cien millones de libras.
Edward resopló, nunca en su vida había escuchado semejante suma ¡Cien! El sólo pensarlo hizo que le diese ganas de vomitar, era algo extravagante y decadente ¡Demonios!... ¡demonios! porque así era; para él, un hombre que había vivido de sumas escasas entre amante y amante, cien millones de libras era algo harto inmoral y seductor. Cien millones de libras y todos sus deseos de dignidad y de respeto de sí mismo lo hacían flaquear.
Soltó al viejo de la solapa casi mareado. El rostro de triunfo y de arrogancia de Charles Swan era despreciable.
- Es usted un maldito despreciable.
- Soy un hombre práctico mister Cullen, un hombre con la fortuna más grande de Europa, un hombre- y se arregló la solapa de su costoso traje- que es el padre de la mujer con quien se va a desposar, el hombre que hará de una rata como usted un hombre relevante, finalmente el apellido Cullen volverá a sus antiguos esplendores y su padre- e hizo un gesto de burla- que en paz descanse, se sentirá orgulloso de haberlo engendrado.
En aquel momento Edward entendió que se adentraba a una nueva trampa, podía escapar, irse de allí y no volver, era un hombre atrapado por su ambición, por su deseo de salir del atolladero en el que se encontraba, por el amor, pasión y obsesión por Isabella Swan. Bajó su cabeza, se sentó en el asiento como un títere, era un hombre derrotado…si salgo de aquí no habrá nada…y ella nunca será mía… ¿qué puedo ofrecerle? Sólo mi maldita vergüenza…
- ¿Qué desea de mi Charles Swan?
- Oh por favor mister Cullen no somos mercenarios, somos dos caballeros hablando de negocios ¿le apetece otro trago de bourbon? ¿Un whisky quizás?
- Isabella no es un negocio.
- Lo es, usted la ha reducido a eso, lo es, para mí y para usted es un negocio - cada sílaba fue contundente, golpeada con la fuerza de saber que en ese momento tenía a ese hombre de los testículos.
Edward levantó sus ojos, miró a su alrededor y todo se le figuró como una enorme telaraña donde él era la presa y Charles Swan una enorme y repugnante tarántula.
- Hable.
El padre de Isabella se movió con lentitud hacia el escritorio, se sentó en la silla, sacó un documento, lo leyó por menos de veinte segundos y fijó sus ojos sobre el prometido de su hija.
- Sabe muy bien que las leyes de la heredad son muy especificas en Inglaterra, las mujeres no heredan nada si no tienen un hermano mayor que las respalde o un marido, así es que, si mi hija no se casa, los cien millones de libras de mi fortuna irán a parar a las arcas de estado, y lejos de mi querer engordar a la vieja urraca y a su prole- si alguien escuchara al muy adulador Charles Swan hablar de la reina Victoria en semejantes términos se asombraría, pero en esos momentos la hipocresía se había ido y sólo quedaba él y su mezquino y pequeño mundo- Mi hija lo ama, realmente no me importa, pero Sir Michael Newton en menos de una semana ha puesto el nombre Swan Kent en ridículo y ahora menos ella se casará, está condenada a ser una pobre solterona y cuando yo muera ella quedara en la calle- Charles resopló, no sabía amar, jamás le habían enseñado, nunca la palabra amor tuvo significado para él, no entendía nada de ella, pero en ese momento, al pensar en su delicada y muda hija a la deriva, le provocaba algo parecido a la lástima.
- No entiendo una maldita palabra.
- No quiero que usted tenga mi fortuna, eso es seguro mister Cullen, pero le pagaré sus servicios como semental de establo, es simple caballero, se casará con Isabella, el matrimonio durará quizás un año, dos o el tiempo que se necesite para que le engendre un hijo, si el niño es varón le pagaré el doble de lo que está en este contrato, después usted y su miserable presencia se irá de Inglaterra junto con su hermana y su sobrino.
- Es algo repugnante- intento levantarse.
- No, es simple sobre vivencia mister Cullen, sobrevive usted, sobrevive el apellido de su padre, sobrevive al escándalo y sobrevive mi sangre, todos ganamos.
- ¿Isabella?
Charles parpadeó, no entendía la pregunta.
- ¿Qué hay con Isabella?
- ¿Ella que gana?
Lleno de impaciencia, el viejo aristócrata se removió en su silla, en su cara se dibujó un rictus de repugnancia ¿acaso ese niñato idiota no entendía?
- Gana su libertad ¡Imbécil! Gana no morir en la pobreza, gana no ser repudiada por todos, tendrá un hijo que será mi nieto y mi heredero.
Edward se inclinó en la silla, puso sus dos brazos sobre sus rodillas y clavó sus ojos verdes en el viejo, quería vomitar frente a aquella propuesta.
- ¿Qué pasará cuando ella tenga el niño?
- Usted cumplirá su trato Edward, por dos millones de libras, usted cumplirá su trato, mi hija solicitará el divorcio, porque su honorable esposo ha sido encontrado con su amante y parece- hablaba como si contara un chisme divertido- que éste está enamorado y quiere liberarse, se rumora que desea casarse con su joven amante.
-Es asqueroso.
- No, usted será asquerosamente rico ¿qué le importa a un hombre de su calaña un escándalo cuando cuenta con dos millones de libras? Un castillo en Escocia y otro en Gales del sur.
Huye…huye Edward, huye hazlo, perderás tu maldita alma…huye…
- Le romperá el corazón a Isabella.
- No, usted lo hará, pero ella se repondrá, usted puede hacer que en dos años mi hija se decepcione, que crea que casarse con Edward Cullen fue un gran error, al final dará gracias cuando se lo haya quitado de encima.
- Me odiará.
Una rica burlona en la cara de Charles Swan fue la contestación inmediata.
- Pero dos millones de libras serán suficientes para que no le importe.
- ¿Y si yo le cuento qué clase de padre tiene? Lo odiará con todas sus fuerzas.
El viejo pestañeó, no era un jugador, pero era un manipulador magistral, lo había aprendido muy bien, su padre se lo enseñó.
- Me odiará- no pudo evitar sentir algo de desazón en su corazón, todo se iría por la borda, todo…- se irá con usted, quizás creerá que ser su esposa en medio de la pobreza y el escándalo sea algo romántico, pero cuando se vea hundida en la miseria, cuando vea que no tiene que comer, que no tiene una vida de lujos, que deberá trabajar para mantener a sus bastardos, sabrá que lo que hice por ella era por su bien ¿ama a mi hija? ¿Realmente Edward Cullen? Entonces firme aquí.
El joven dandy, con las manos sobre los respaldos de la silla- casi enterrando sus uñas en ella- miraba con ojos de asco. Eso era la maldita sociedad, así se vivía, esos eran los juegos macabros de crueldad soterrada ¿era él tan cruel? No había escapatoria ni para él, ni para ella, al final ambos perderían, ambos…su corazón se partió en dos, fijó sus ojos en la puerta sálvala…si no hago lo que él desea Bella sufrirá…
Se paró de la silla como alma que lleva el diablo, para Edward Cullen las disyuntivas morales le fueron fastidiosas toda su vida, filosofías del deber ser ¡que gran idiotez! pensó una vez, pero ahora eran todo lo que valía, era todo lo que él era, era lo único que lo salvaba.
- Ofrézcale su trato a alguien más, no lo haré- caminó resuelto hacia la puerta, oyó algo parecido a un rugido por parte del viejo y un tronar de sillas que se caían al piso.
- Entonces lo hundiré mister Cullen, lo hundiré en el lodo, no rete mi fortuna maldito bastardo, Isabella es terca como una mula, dirá siempre que no, el que usted salga por esa puerta hará que el espíritu romántico de Isabella crea que usted es un hombre de bien, no mienta, no mienta, acepte la clase de alimaña que es, salga y destruirá a Isabella, y yo lo enterraré en frío mar de la vergüenza y el desprestigio social.
La voz metálica que golpeaba lo paralizó en los límites de la puerta.
Los golpes de Daniel Thorton no eran nada comparados con esto, en ese momento hubiese preferido estar frente al asesino sanguinario a estar frente a la amenazada manifiesta del viejo Swan, al menos su carne se curaría y el dolor de ella se olvidaría ¿pero ahora qué haría? ¿Qué haría? No le quedaba nada, la araña tejió con maestría su red y él sólo se preparaba para ser despellejado. Cerró los ojos, tensó su hermosa mandíbula y puso su frente en la puerta.
¿Qué le quedaba? ¿Cómo sobreviviría? Un ardor en su interior…. ¡si! sobreviviría con su cinismo, nadie sabría cuán doloroso era ese momento…lo haría por Bella, lograría de alguna manera vencer, no se la quitarían de su lado, no lo despojarían de su vida…dos años, dos años y tendría al viejo Swan del cuello, a Alistair Sinclair en silencio y a todos aquellos que lo juzgaban bajo su poder… ¡si! por él, por su padre y por la bruja divina que amaba.
Se puso su máscara, sonrió y volteó para enfrentar a Charles Swan.
El padre de Isabella observó aquel rostro te tengo maldito la cara burlona del niño bonito, le confirmó lo que siempre había pensado de todos, lo que su padre cruel le había enseñado "todo es dinero…todo es poder, ten eso de tu parte Charles y nadie te dirá que no"
-Bueno Charles- dijo su nombre en un tono de burla mordaz- viejo zorro, que buena trampa, debo confesar que me sorprendes…eres todo un caballero- caminó resuelto por la oficina, fue hasta la botella de bourbon sobre el escritorio y bebió directo de la botella, le dirigió una mirada al viejo Swan entre desprecio y diversión infinita- es un buen trato, haré que tu sangre y las generaciones posteriores tengan la belleza de mi familia- como un tigre, llegó hasta el rostro del padre de Isabella- haré que se sientan orgullosos de nuestros apellidos- y esto último no fue una burla, fue una promesa- cada maldito penique valdrá la pena.
Ambos se miraron por segundos, miradas de asco y odio infinito. No parpadeaban. Charles Swan apequeñó su ojo derecho, la presencia portentosa del joven, sus desvergüenza sin límites y sus rastros de los golpes en su cara hicieron que algo se removiera: Edward Cullen era una cucaracha peligrosa, no serían dos años, en cuanto preñara a su hija y el chiquillo naciera, él se encargaría del cínico, se encargaría de sacarlo de Inglaterra en un barco ballenero que se perdiera en el maldito mar.
Incomodo, apartó la mirada, tomó los papeles del contrato y los puso frente al joven.
- Lea, allí dice todo lo que se debe hacer- los papeles fueron arrancados de su mano.
- Los leeré en mi casa.
-No, los leerá aquí, estos papeles no saldrán de mi oficina, todo está en orden, no hay nada más allá de lo que le he comentado, dos millones de libras, las escrituras de las propiedades en Escocia y en Gales, todas ellas se harán valederas cuando nazca el primogénito, lea, pero estos papeles me pertenecen- Se apartó del lado de Edward, fingió tomar un libro de la biblioteca, lo abrió y observó por el rabillo del ojo como el muchacho posaba sus ojos sobre el folio del contrato.
Convocó todas sus fuerzas para no ir tras la yugular del viejo y dejarlo sin una gota de sangre.
El contrato era perfecto, perfecto en su monstruosidad, lo condenaba, lo encarcelaba y lo dejaba sin salida. Por un segundo recordó a su padre Carlisle Cullen sentado en su despacho, siempre con un libro en la mano, siempre sonriendo. Recordó el día en que a los diecinueve años éste fue y lo sacó de un burdel repugnante en White Chapell; sus ojos azules profundos no lo juzgaban, sólo lo miraban con paciencia y cariño:
"Algún día hijo, algún día harás lo correcto, te lo digo por experiencia propia Edward, a veces se hacen sacrificios, ellos nos hacen hombres de bien, fortalecen el corazón, eres muy joven chico para saber todo eso, disfruta tu vida hijo, algún día tendrás que tomar decisiones, ese día sabrás que es ser un hombre…la hombría son actos de sacrificio ¿estarás preparado para eso? Espero que si"
Maldijo, maldijo en su cabeza, se burló de su padre por eso, se burló de su ética de viejo medieval. ¡Cómo hubiese deseado en ese momento decirle a Carlisle que frente a aquellos papeles el momento de sacrificio había llegado y que estaba preparado para ello! quizás hubieses estado orgulloso de mí padre…pero en este momento me odio…me odio.
Leyó de manera concentrada cada papel, por cada página tomaba grandes tragos del licor puesto en el escritorio, en ese momento quería embriagarse, perder el maldito sentido y despertar sintiendo que ese día sólo tendría en su horizonte el sueño de los pezones en su boca de Isabella Swan, mas el trago lo hacía ser más coherente, actuaba en él de manera inversa, nunca en su vida había estado más alerta, más perceptivo.
Desde la primera hoja sabía que firmaría pero fue casi media hora después cuando agarró la pluma, la untó con tinta y puso su nombre sobre el papel.
Edward Anthony Cullen maldito desde ese momento.
Charles Swan respiró, le brindó una sonrisa hipócrita, y fue por los papeles, leyó el nombre impreso y no ocultó su triunfo.
- Bienvenido a la familia mister Edward Cullen- de manera hipócrita le ofreció la mano al prometido de su hija, éste lo recorrió de arriba abajo, si, iba a jugar el juego, tomó la mano, chasqueó su lengua haciendo un sonido de mofa, y sin importar nada, oprimió la mano que se le ofrecía de manera brutal, sin compasión, estrujando los dedos de Charles Swan hasta sentir que estos cedían ante su fuerza, el viejo Swan intentó no demostrar dolor, pero fue imposible, sus piernas empezaron a ceder y se vio centímetro a centímetro bajo la mirada verde de odio profundo de mister Cullen- ¡suélteme! ¡Ahora!
- Estoy devolviendo el favor Milord- y apretó con más fuerza hasta ver como su futuro suegro se arrodilló de dolor y como el rostro de éste se desfiguraba ante la impotencia de no poderse soltar.
- ¡Basta ya!- gritó.
- Suplique Charles, ahora no puede decirme que hacer, el contrato me condena, pero debe saber que no soy su maldito títere ¡suplique!
- No.
-¡Suplique!
-Puedo romper el contrato.
- Por favor maldito sapo ¡hágalo! Y no habrá nada que lo salve, si yo he de perder hasta mi sucia alma Charles Swan, se lo aseguro que me lo llevo a usted conmigo ¡suplique!
El viejo entendió que no sería liberado del amarre, hizo un gesto de derrota dolorosa, abrió la boca -la cual emitió un gemido lastimero- y dijo:
-¡Por favor!
Pero la mano no lo soltó, sólo se quedó allí disfrutando del dolor del viejo aristócrata, un gesto de repugnancia y frialdad salían de él.
-¡Por favor! Suelte mi mano, ¡la va a fracturar! ¡Por favor!
Fue así que mister Cullen desató la tortura y dejó que Charles Swan cayera sobre sus dos manos.
Agarró su bastón, dio una mirada a toda la biblioteca, volteó a mirar al hombre que trataba de pararse, y con una risa en su rostro, fue hacia él. Charles Swan pensó que el joven vendría a patearlo y, desesperado puso sus manos sobre los bordes del escritorio, pero la rapidez del muchacho y su fuerte brazo impidieron que lo hiciera por cuenta propia. Edward lo levantó de su casaca como si fuese un bulto de papas.
- Su hija no debe verlo así mister Swan, no debe saber que es una alimaña que se arrastra por el suelo.
Charles se soltó con violencia.
-¡Maldito sea!
-Oh si, el padre de las generaciones futuras Swan.
Abrió la puerta y vio a su bruja sentada en una pequeña silla en el gran corredor.
Durante casi una hora Isabella fingió que bordaba con el bastidor, estuvo con el alma en vilo mirando cada medio segundo la puerta de la oficina, se pinchó varias veces los dedos ¡demonios! jamás aprendió a bordar, estaba demasiado ocupada mirándose en el gran espejo de oro que su madre le compró en Francia para estar bordando, ahora quería aprender, pero se preguntaba si tenía tiempo y paciencia para ello.
Escuchó que el pasador de la enorme puerta se abría, por un segundo pudo vislumbrar el rostro de su amado bastardo y un reflejo pequeño de algo que no supo definir la asustó, pero éste al verla cambió la expresión y la miró con sus ojos de hambre y su sonrisa ladeada, sin embargo madame Isabella, siempre tan astuta supo que algo no estaba bien.
Casi tira el bastidor al suelo, corrió con pasitos pequeños hacia él y, por unos segundos y con mirada nerviosa, auscultó el rostro de Edward, iba a preguntar algo, pero la presencia de Charles Swan la interrumpió.
- Bueno hija- la sonrisa de apariencia en el aristócrata era demasiada, nunca sonreía de esa manera, cosa que confirmó las sospechas de Isabella; además sabía que su padre no aceptaba con gusto a su prometido- Es un hecho, Mister Cullen es el nuevo miembro de esta familia- dio una pequeña vuelta, miró de manera profunda a su futuro yerno, quién le ofreció la mano y con ojos de reto le dijo déme la mano maldito…ofrézcala porque sino ella se dará cuenta El viejo Swan aún con la mano en pleno dolor, entendió lo que la mirada de Edward Cullen le decía, de manera temblorosa alargó su fina y muy refinada mano, una sonrisa de burla por parte del cínico y ambos estrecharon sus manos en gesto de falsa familiaridad- ¡Bienvenido!
-Será un honor.
Isabella los observó a ambos algo no anda bien…lo se, lo presiento no supo porqué posó su mano sobre el hombro de Edward, el contacto lo hizo temblar, le brindó una mirada misteriosa y devoradora.
- Te amo Isabella Swan y no voy a permitir que nadie me separe de ti…no me importa si he de vender mi alma – sin importar que el padre de su futura esposa estuviese presente, sin importar las reglas de la cortesía y de la moralidad, sin importar nada, la tomó de la cintura, la arrastró a milímetros de él, ella gimió y un beso de fuego e indecente fue el sello final de su contrato, se comprometía con él, con su sangre, con Bella a que nunca la dejaría, aún con el maldito infierno sobre su cabeza.
Charles Swan asqueado, de semejante indecencia y de semejante muestra vulgar de afecto, tosió casi de manera metálica.
-Debe cortejar a mi hija mister Cullen como la dama que es.
Ambos respiraban entrecortadamente, Edward sonrió para ella con aquella sonrisa que hacía que su corazón dejara de latir.
-Se lo aseguro milord, trataré a su hija como toda mujer lo merece- Isabella gimió de pequeña manera, se sonrojó, porque ella sabía como Edward Cullen "trataba" a las mujeres- ¿estás feliz Bella?
-Si, no puedo esperar- mordió su labio inferior no puedo esperar bastardo…un pensamiento pecaminoso de ella desnuda sobre aquel hombre llegó de improviso y éste se reflejó en una mirada de loba en celo, mirada que de alguna manera Edward sólo había vislumbrado pocas veces y que causaba a su cuerpo una frenética y aterradora desazón.
Mas Charles Swan, quién fastidiado con la presencia del hombre frente a él, lo único que deseaba era que se largara de su casa y sólo verlo el día de la boda, el día del nacimiento del hijo de ambos y el día en que lo viera partir para jamás volver, sabía que aquello no era posible, pero nadie le impedía provocar pocos encuentros entre él y Edward Cullen.
-Por las reglas del honor y la cortesía mister Cullen y hasta que no se haga oficial el compromiso, no debe visitar a mi hija.
Isabella miró a su padre de forma retadora, algo, algo éste se proponía ¿qué quería? ¿Convencerla para no casarse? ¿Armar un escándalo? ¿Impedir el matrimonio?
-¡No!- levantó la voz- es ridículo, Edward es mi prometido padre, sabes muy bien- mas la mano de Charles Swan se levantó para acallar a su hija…
-No se hable más, esta es mi casa Isabella, y se hace lo que yo quiera. Caballero- habló con fuerza- compórtese como tal, tiene usted un compromiso, debe cumplirlo.
Quería matarlo, eso era lo que quería y la caballerosidad a la porra, resopló con furia, dio dos pasos enormes hacia Charles quién intimidado por la estatura, la fuerza y la evidente violencia que éste podía desplegar, se alejó dos pasos casi con terror. El aristócrata fue testigo de cómo el rostro de Edward en medio segundo le mostraba un total y completo desprecio, pero en seguida cambió, el cambio se debía al placer que sentía al ver que aunque el viejo lo tenía de los testículos, éste le temía.
- Señor- su sonrisa ladeada ocultando en ella el hecho de que sentía como grandes cadenas y sogas lo apresaban hasta la asfixia, ocultando que sabía que una palabra del viejo y de todo el mundo que lo conocía y él sería exiliado de todo, exiliado del mundo que conocía y exiliado para siempre de la posibilidad de dormitar desnudo y feliz sobre los senos de Isabella Swan- Seré un caballero.
Volteó resuelto, tomó la mano de Isabella, ella sintió su mano helada, con los ojos preguntó, pero él la miró de manera fría, por un segundo enloquecido.
- Vendré por ti, iré por ti donde sea, lucharé por ti- llevó su mano de delicados dedos hacia su boca y plantó un beso pequeño, enfebrecido y profundo. Soltó su mano dejando a Bella llena de preguntas- Hasta pronto madame Swan- hizo una reverencia de digno caballero- no se olvide que le pertenezco- Oscar el sirviente abrió la puerta con indiferencia e Isabella vio a Edward desaparecer después de cerrarse ésta casi de manera violenta tras de su espalda.
Charles, sin perder tiempo, se apresuró a la biblioteca tratando de evitar a la mosca molesta de su hija, pero fue imposible. Isabella entró con él, justo a tiempo para que Charles guardara el asqueroso contrato en una de las gavetas de su escritorio bajo llave.
- ¿Qué le dijiste Charles Swan?
-Estoy cansado Isabella, tratar con un hombre como Edward Cullen no me fue agradable, me quita el apetito y el humor.
-¿Qué le dijiste?- puso sus manos sobre el escritorio.
-¿Qué le dije? Le dije la verdad, que no me agradaba, que no era lo que deseaba como yerno, pero que me era imposible contravenir tus deseos Isabella, no creas que no me acordé de tu sucio chantaje, convine el matrimonio, pero el no me agrada, es así hija que entre menos lo tenga que soportar mejor para mi, espera el matrimonio y llévatelo lejos de aquí, evítame soportarlo y todos felices.
- Sólo te digo padre- caminó hasta él- que si hiciste algo para evitar que me case con Edward Cullen no me volverás a ver, olvidaré que tuve un padre- habló por lo bajo y lentamente- dejaré que toda tu fortuna pase a las manos del estado, te hundiré en el escándalo y cuando mueras padre no derramaré una sola lagrima por ti, porque yo no lloro por extraños.
-¡Isabella! ¿Quién eres?
-¡Soy tu hija!- ella gritó- ¿Por qué es tan difícil entender eso Charles Swan? ¡Soy tu hija!- corrió hasta la puerta.
-No te atrevas ir a buscarlo Isabella- se paró como si un resorte lo impulsara, tiró su casaca hacia atrás- ¿Quieres tu absurdo compromiso? ¡Lo tienes! Pero al menos ten la decencia de obedecerme, hazlo por mi y por él, ese hombre y su hermana preñada de un sirviente es un escándalo que no quiero en mi casa- Isabella palideció, la delicada Rosalie Cullen expuesta por todos- Oh si, las malas lenguas en Londres lo comentan, entonces quédate en casa y espera que sea Edward Cullen el que venga aquí y te corteje y no ser tú quien deba correr tras él como una loca.
La mujer levantó la cabeza, miró a su padre con una profunda decepción y sólo dijo:
-Está bien padre- y salió en silencio de la biblioteca hacia su habitación, corrió hasta la cocina donde una cantarina Alice entonaba una vieja y picante canción irlandesa, mientras recordaba a cierto francés haciéndole el amor de manera perversa- querida quiero que vayas a la casa Cullen, necesito saber qué ocurrió Alice, por favor.
En medio minuto Isabella tomó un papel y una pluma y escribió unas pocas palabras.
¿Aún me amas Edward? Porque soy tuya…soy tuya maldijo por lo bajo, hubiese querido tener la picardía loca del cínico frente al papel, pero no, no la tenía, sólo era una mujer aterrada frente al hecho de que si no podía estar al lado de Edward Cullen la posibilidad de libertad sería sólo un sueño y ella estaría encerrada en aquella casa, atrapada en sus ropas oscuras y quizás condenada a los treinta a casarse con algún idiota para poder así conservar la fortuna que por derecho le pertenecía.
A las dos horas una empapada Alice apareció y sólo atinó a decir:
-Madame, la hermana del caballero no sabe nada de él, lo vio salir esta mañana hacia aquí, pero no ha regresado a casa, lo siento Isabella ¿qué ocurrió?
-No se amiga, no se ¿Dónde estás Edward?- caminó de un lado a otro por su habitación- ¿Dónde estás? ¿Dónde estás?
Lleno de furia Edward Cullen al salir de la casa de Charles Swan y al cruzar la esquina en Greenwich, corrió como un loco por varias calles. La vieja y nebulosa ciudad era una maldita cárcel y él se sentía un prisionero condenado a muerte.
Quería huir, quería correr, volver a la casa de la bruja y arrastrarla fuera de allí, desatar las cadenas de la sociedad que los apresaban a ambos y patear el rostro de todos aquellos que se atrevían a condenarlo.
Como un loco y en pleno medio atardecer, tocó la puerta de la única casa donde podía ser libre sin que nadie creyese que era mejor que él: La casa de Esmerald Platt. Una mujer con cara adormilada y con la pintura corrida lo recibió con una sonrisa, todas allí tenían la loca esperanza de que no sólo la putilla de pelo rojo fuera la única de gozar aquel hombrote hermoso.
-¡Muchacho!- pero éste entró como un caballo sin freno, fue al centro del salón donde sólo estaba Esme tomando un te con galletas, si, porque ella podía fingir que era una dama, la proxeneta se asustó al verlo, su niño pequeño y loco…al que ella nunca pudo….
-Cariño- se levantó sin importar que la tetera tambaleara en la mesa casi a riesgo de que se cayera- ¿qué tienes?
- Quiero emborracharme Esme, déjame beber hasta perder el maldito sentido y libérame de toda la mierda que se viene encima- fue hasta el bar donde cientos de botellas estaban organizadas de manera perfecta- te lo juro que te pagaré, te lo juro, pero no preguntes nada, no preguntes nada Esme.
El corazón de la mujer lloró, pero, como siempre y frente a Edward tuvo el buen tino de fingir fortaleza, llevó su mano a aquel cabello revuelto que le traía recuerdos de otras épocas felices y de manera tierna contestó:
-Claro que si cariño, claro que si.
Seis botellas de whisky, una de vino y todo el asco de sí mismo sobre sus espaldas y Edward Cullen se hundía entre mares etílicos y maldiciones.
La putilla pelirroja risueña se desnudó sin vergüenza frente a él, mientras que él, con la mirada perdida, parecía no darse cuenta de nada. La mujer se sentó a horcadas sobre él, llevó las manos hasta la bragueta del pantalón para excitar el animal en él, pero lo único que recibió fue un gesto de asco y un intento de que ella se quitara de encima.
-¿Por qué tan tímido cariño?- ella susurró de manera mimosa.
-Largo.
- Vamos cariño, es gratis- desabotonó el pantalón, metió la mano para encontrar la gloria que allí se escondía, pero ésta no se despertaba- oh el niño está dormido.
Edward rugió.
-¡Largo!- la tomó de las muñecas- ¡Fuera!- la tiró con fuerza de su lado- fuera de aquí- la arrastró por la habitación, abrió la puerta y sin importar que ella estuviese desnuda y gritando malas palabras la echó de allí.
-¡Demonios!- había perdido la noción del tiempo- ¿Cuánto tiempo he estado aquí?- se tambaleaba por todo el lugar, fue hasta el espejo y vio a un hombre con cara de loco que lo miraba y que tenía una barba de más de dos días- ¡demonios!- la borrachera parecía diluirse, de pronto la imagen de Isabella se presentó en su cabeza- No soy digno, no soy digno- caminó hasta la chaqueta que estaba bajo el suelo y todo el alcohol en su sangre lo traicionó y cayó como un idiota- has jodido tu vida Edward Cullen, has jodido tu vida- se levantó, salió del cuarto, se topó con Esme que venía hacia él, pues la chica pelirroja vociferaba como loca frente a los clientes con todo el torso desnudo. Edward bajó la cabeza, no sabía porque pero la mujer tenía el don de avergonzarlo- ¿Cuánto tiempo he estado aquí?
-Dos días chico.
-¡Maldición! debo irme.
-¿Vas a salir así? Hace un frío terrible, no has comido nada y estás ebrio aún, ven vamos a la cocina, te aseas y te vas a casa Edward- lo tomó de la mano- por favor chico, por favor.
Se dejó llevar por la dulce mujer como niño triste, la gorda sirvienta le sirvió una enorme cena, tres tazas de café caliente y calentó agua para que se limpiara un poco. A le medía hora ya estaba mejor en la superficie. Arrastró sus pies fuera de la casa, caminó hacia la mansión Cullen y se encontró con los ojos enrojecidos y asustados de su hermana.
-¡Dios! Rosalie- la detuvo antes de que ella abriera la boca- evítame el sermón.
-¡Imbécil! Sino te amara tanto te sacaría los ojos Edward Cullen- lo abrazó con fuerza- hemos estado como locos aquí querido ¿Dónde estabas? ¿Dónde estabas? Isabella está desesperada, cada dos horas manda a preguntar por ti.
Como si una fuerte bofetada lo golpeara, despertó del trance de beodo sin rumbo.
-Bella- dijo su nombre entre dientes.
-¡Mira!- Rosalie le extendió varias noticas pequeñas y perfumadas. Se las llevó a la nariz como si aquello fuese lo único que valiera la pena. Las abrió y en todas ella sólo había la misma pregunta:
¿Aún me amas Edward? Porque soy tuya…soy tuya.
Apretó los papeles con fuerza, ella… ella, no importaba como, sólo ella, nada más que ella, por Bella vendió su alma al diablo y si así era ¿Qué más importaba?
Llovía a las diez de la noche en Londres, Inglaterra. Las campanas de la torre se escuchaban a los lejos, la niebla penetraba cada poro de su piel y él corría desesperado por las calles como si toda su vida se definiera en aquellos pasos.
Llegó a la enorme mansión Swan, dio la vuelta hacia las puertas de donde salían los cocheros y los sirvientes. Se llevó las manos a su boca para darles calor, esperó ansioso y, para su fortuna, una de las sirvientas salió para dejar la basura en la calle, aprovechando la puerta abierta se metió en la casa, llegó hasta la cocina, Alice, Susy y los siete sirvientes restantes estaban sentados allí tomando un poco de chocolate caliente.
-¡Mister Cullen!- fueron las palabras de Alice- ¡Dios!
Edward resoplaba.
-Silencio.
Los nueve pares de ojos lo observaban, era un animal cesando, era hermoso y aterrador con su ropa mojada, su cabello desperdigado y su barba sin rasurar.
Alice adivinó lo que él deseaba, sólo alguien como ella lo sabía.
-Camine por el corredor hacia la izquierda- los sirvientes la miraban aterrados- no vaya por la escalera principal, quizás se encuentre con el señor, vaya por la alterna que queda cerca del salón azul, es el segundo piso, la primera habitación, ella está allí, camine en silencio mister- pero era tarde, el hombre desapareció tras la puerta y todos los presentes se quedaron en silencio- si alguien abre la boca lo hago despedir, si alguien le dice algo a milord diré que es mentira- todos callaron, sabían que no eran irremplazables, menos Alice, pues el ama pelearía por ella frente a su padre.
Todo era oscuro, caminó por la casa como zorro en la oscuridad, subió la escalera de servicio, fue hasta la habitación la cual en el recodo se veían iluminada por una tenue luz y sin medir consecuencias la abrió y ¡oh Dios! allí estaba la bruja con sólo su camisón caído sobre su hombro y su hermosa melena siendo acariciada y mimada por su cepillo.
Isabella saltó con la imagen de ese hombre frente a ella, los ojos la observaba de punta a punta, parecía venido de la guerra de cien años.
-¡Dios! eres tan hermosa.
-¿Dónde estabas Edward? He estado como loca- lo vio caminar hacia ella como león al ataque, Isabella dio dos pasos hacia atrás, ambos resoplaban- no te desaparezcas, no lo soportó, yo..
-Cállate bruja, desde hace meses- la tomó del cabello- he querido hacer algo y no me has dejado- la besó con furia, enredó sus manos entre su melena mientras penetraba de manera lasciva con su lengua su boca, gimió en ella y con fuerza la llevó hasta la cama- voy- y la amenazó con su dedo índice a la vez que la recorría con él de manera fantasma- a besarte toda y vas a permitir que beba de tus senos Isabella bruja Swan, porque yo soy Edward Cullen y vas a ser mi esposa.
Y la princesa encantada sin miedo a nada recostó su cabeza en el lecho y se aprestó a ser besada como hacia nueve años no lo hacían…como quizás nadie lo hizo.
Londres arde en medio de la gris neblina.
Inglaterra, ciudad de poetas, actores y criminales literarios.
¿Quién dijo que la cacería cesó?
Gracias por comentar.
