Los personajes le pertenecen a la señora Meyer, la historia no.

A todas las lectoras que dejan comentarios un millón de gracias, todas saben que me es imposible devolver cada uno por mi falta de tiempo, en mi lejos estar de ser una tonta arrogante con esto, sólo juego y me divierto, lo saben, a las lectoras fantasmas que me leen, también mil gracias, las siento en cada letra.

Capítulo dedicado a todas las chicas que me acompañan en mis historias y a las que aman el bastardo y su mundo de guiños y palabras divertidas y fogosas.

Mil gracias a mi beta adorada, quien siempre es tan inquisitiva, franca y precisa para corregir mis delirios, Belen, amiga del alma.

FALSAS APARIENCIAS

21

Y la princesa encantada sin miedo a nada recostó su cabeza en el lecho y se aprestó a ser besada como hacía nueve años atrás…como quizás nadie lo hizo.

En una habitación, iluminada por tenues luces, dos personas que están destinadas a amarse, siempre tienen pequeños rituales antes de la primera vez: Dejar atrás miedos, inseguridades, vergüenzas, supuestos e ideales. Cuando dos personas se aman y entienden que han llegado a un punto de no retorno, en donde el beso que precede a la inminente desnudes no sólo del cuerpo si no del alma, ellos, se convierten en amantes torpes que sólo atinan a observarse, a encontrarse y a tentarse.

Sí, para Edward Cullen, un hombre que había besado a infinidad de mujeres, el besar a Isabella era como comenzar de nuevo, no, no comenzar de nuevo, era como si fuera la primera vez, como si jamás lo hubiese hecho.

Durante más de un minuto, con el pecho en una profunda conmoción y su corazón a punto de estallar, veía a la bruja maravillosa que lo miraba de manera profunda y sin temor. La recorrió de arriba abajo y, de esa manera, trataba de captar cada pedazo de piel expuesta frente a él, era como si de una sola vez no la pudiese abarcar con la mirada. El cabello sobre la almohada que bajo la luz daba una impresión de una hermosa cascada chocolate, la piel de porcelana que parecía brillar de pálida manera, el hombro descubierto que ejercía sobre él un llamado a ser mordido y la punta de los pezones que se adivinaban en la delgada tela de su ropa de dormir.

Isabella se encontraba muerta de impaciencia, meses en que sólo en su mente existió la boca lujuriosa y mordelona de Edward Cullen, ahora, el verlo allí frente a ella respirando con dificultad, observándola como si ella estuviese realmente desnuda: era irresistible, mirarlo, con sus puños cerrados y su cabello tan poco caballeresco pero tan llamado al pecado, era para Isabella algo glorioso y terriblemente desesperante. Alzó sus manos hacia él y lo llamó:

-¡Por favor Edward!- la voz fue un gemido lastimero, fue un llamado a la sonrisa endemoniada y a la palabra divertida.

-¿Ahora ruegas bruja mía?- desabotonó su chaleco y su camisa dejando al descubierto su glorioso pecho desnudo. Sintió una victoria cuando escuchó el gruñir ahogado de aquella mujer ante su posible desnudes ¿Cuántas veces había escuchado aquel mismo sonido? ¡Nunca! Pues ninguna de aquellas mujeres que rogaban habían significado tanto- porque en este momento puedo permitir que me ruegues.

Bella se carcajeó Lo amo…maldito mal nacido.

-Te suplico bastardo ¿es eso lo que quieres mon amour?- bajó su voz dos tonos sabiendo que una palabra en francés y tendría al cínico comiendo de su mano… si él supiese que Isabella tenía armas para que un hombre lamiera el piso por ella.

-Oh- alzó su dedo- no tienes compasión con este pobre bastardo desgraciado- se lanzó sobre ella, tomó su cuello y alzó su cabeza hasta que ambos quedaron uno frente al otro, él entre su cuerpo y con su pecho helado sobre el de ella- nací para suplicarte mi reina malvada, nací para obedecerte y nací- y se lanzó sobre su labio inferior mordiendo la punta de éste jalándolo tiernamente- nací para adorarte- un sonido quebradizo venido desde el interior del deseo escondido de Isabella, le hizo saber a Edward Cullen que ella en ese momento estaba dispuesta a todo y a más. Sin compasión y, como si la boca de la bruja fuese una ánfora de agua después de veintinueve años de sed, se lanzó por completo a su boca.

El beso llegó ardiente y sofocante, las lenguas se encontraron y se arremolinaron juguetonamente, era una danza de pasión, de sabores; él sabía a menta y jerez y ella a agua de flores y a chocolate dulce. A veces él la retraía tan sólo para escuchar el gemido de dolor de Isabella ante semejante tiranía, entonces él volvía y atacaba con fuerza hasta que ella agarraba su cabello cobre y buscaba el oxigeno que, Edward y su boca, le habían quitado. En algún momento del beso lujurioso, ambos se permitieron la lentitud y la ternura y se dedicaron a rozar sus labios entre suspiros, por un segundo Isabella se apartó y mordió sus labios.

-Te amo tanto, tanto, no me dejes Edward, no- pero aquella súplica fue interrumpida por la boca sedienta de mister Cullen y, con su lengua golpeando su paladar, trataba de darle la respuesta, Bella sintió que su corazón dejaba de latir cuando ésta paladeó con fuerza.

Deslizaba su dedo índice por la mejilla y los círculos de la lengua eran los mismos que hacía con su dedo, estaba a punto de perder la razón pues podía sentir como del centro de aquella mujer se desprendía un calor húmedo. Besaba y mordía, salía de su boca y volvía, mordía la punta de su lengua y jugaba, tanteaba con sus manos el rostro de porcelana- tu boca bruja será mi perdición.

-Eso es lo que quiero- se removió entre su cuerpo y friccionó su torso contra el de él.

Lo oyó rugir, su cuerpo hermoso se tensó sobre ella, sus manos tomaron la tela del camisón con fuerza.

-¿Quieres mi alma Bella?- preguntó entre dientes y su mandíbula endurecida casi a punto de fracturarse.

-Eso es lo que quiero mister Cullen- lo miró con intensidad y sensualidad solapada.

-Es lo que tendrás- y sin piedad se lanzó sobre el hombro desnudo y lo mordió hasta conseguir de ella un grito de dolor y placer- ¿Qué tendré a cambio?- no miraba su rostro, sus ojos iban dirigidos hacia los pezones que, duros se adivinaban como frutas llamándolo a ser mordidos- sus dedos fuertemente agarrados de la tela, su respiración se agitaba y parecía ir en aumento….esperaba…esperaba a que madame bruja abriera su endemoniada boca que lo volvía loco segundo a segundo.

La princesa encantada venía a ella…la crueldad y el juego, armas de seducción temibles -que ella conocía- no se hicieron esperar.

-Quizás mi amor, no te dé nada- sus ojos marrones fueron oscuros como la noche.

El cuerpo largo y musculoso se extendió lleno deseo, anticipación, rabia y lujuria ciega soy mala mister Cullen…no se acerque a mí…

Levantó su cabeza y los ojos verdes fulguraron enviando hacia ella truenos y mil tempestades.

-¿Nada?- deslizó dos dedos desde su cuello hasta la pequeña abertura del camisón- ¿no me darás nada madame? Siendo que yo he vendido mi alma al diablo por ti… Pequeño demonio- y, sin medir consecuencias, rasgó el camisón dejando ver los pezones rosados que se presentaron como pequeños pétalos de una flor, gimió como animal herido, ella gritó al sentir que el deseo por ella lo consumía- cada palabra dicha bruja- la última fue despedida de su boca con fuego- la pagarás caro mi amor, porque sólo yo puedo hacer esto- y, como lanza en ristre, fue hacia sus pezones: Mordió uno de ellos dejando rastros de saliva mientras que, en el otro, ejercía una dulce tortura con sus delicadas manos. Sin permiso ni piedad, pellizcó éste y jaló con sus labios de forma precisa al otro… repitió una y otra vez la acción pasando de seno a seno como si en ese acto estuviese la vida.

El cuerpo de Isabella temblaba, todos sus músculos se contraían una y otra vez, su vientre hacía un movimiento de arriba hacia abajo hasta el dolor, le ardía su interior…lo ansiaba ¡Dios! nadie me besó de esta manera…tantos…y ninguno como él.

La lengua deliciosa torturándola, el peso doloso de él sobre ella, la saliva, el olor, la barba a medio rasurar carraspeando entre el valle de sus pechos, los dientes presionando sus pezones, bebiendo, comiendo y mordiendo. El placer era enceguecedor….aquel hombre conocía cada nervio del cuerpo de una dama, su boca divina y perversa había estado en cientos de mujeres, una lengua que recorrió pieles y geografías y allí estaba sobre ella, haciendo que todo su cuerpo, de veintisiete años de edad, volviera a nacer.

- ¡Por favor! ¡Por favor!- se vio rogando entre dientes, gimiendo con su cuerpo cabalgando endemoniado entre mares y humedad, temblando mientras que la lengua torturaba la punta de su pezón derecho y los dedos halaban y pellizcaban el otro. Tomó con fuerza el cabello del hombre que mordía sus senos y trató de apartarlo para poder volver a la cordura, pero éste enterró sus dientes con dureza…

-Joder Isabella…no te atrevas a quitarme esto- La palabra soez humedeció su centro. Él se vengaba de aquellas palabras crueles que ella había pronunciado segundos antes, se vengaba con su boca y dientes, relamía de manera jugosa y certera, para Isabella aquello fue como sí el mundo a su alrededor explotara, tiró su cabeza hacia atrás y golpeó con ella su almohada, todo era bestial y urgente…oh la petit morte… la palabra prohibida entre las damas…Orgasmo…sí, ella era de esas damas -indecentes para la buena cultura- que gritaban, como pudo llevó sus manos a su boca y todo el placer fue acallado allí…

- Dime Bella bellísima- relamía su boca pero la mujer estaba sumergida en otro mundo- ¡Bella!- la tomó de sus caderas con fuerza y la llevó hasta él elevándola y tomando sus nalgas con fuerza y posesión. Estaba duro, excitado y enloquecido, todo Edward Cullen tronaba como la tempestad…todo él en medio de una carrera en el bosque tratando de cazar al animal que le huía- vuelve mi amor…vuelve a mí….- llenó su cuello de besos, una pequeña gota de sudor perlado corría por éste y, con la punta de su lengua, bebió de allí- vuelve mi amor- susurró tiernamente en su oído- shiiiis- ella abrió los ojos- eso es mi querida- ella continuaba temblando- eso es- se acercó a su boca y plantó un beso dulce y agónico sobre ella- amaba besarla…un nuevo y endemoniado vicio: besar la boca y morder la lengua de Isabella Swan.

-Más…más…quiero más- tomó una de sus manos y las llevó hasta su sexo- más…

El fuego de su centro llenó sus manos.

- Oh Isabella Swan, no puedes pedirme más, quizás no pueda detenerme hermosa, estoy tan absurdamente caliente mi reina que puedo quemarte- estaba agitado exultante, enamorado y enfebrecido.

Un suspiro, parecido al ronronear de un gato pequeño y consentido, fue la contestación salida de la garganta de la mujer.

-Tócame Edward- arrastró su mano por su cuerpo, la llevó hasta los pliegues de su camisón lentamente con sus manos entrelazadas, ella lo guió a lo largo de su pierna, mientras los ojos de ambos se observaban sin parpadear: los de él llenos de preguntas y deseo, los de ella misteriosos y provocadores- quiero que me toques- llegó hasta su oído y susurró- Je t'aime*- pasó su lengua por sus labios- je te veux en moi*- respiró sobre él- en moi*- bañó con su aliento su rostro…lo sintió temblar- je veux savourer mon bel amour*- cada sílaba fue dicha lentamente, cada palabra medía una reacción, y cada una de ellas era constada con un gemir entrecortado y violento- Je t'aime Edward Cullen cada gota de mi sangre por ti mon amour.

Oh Dios…maldito seas…

La locura…

El amor.

El convocar los instintos….todo ello en ese maldito idioma.

-He de volverme demente madame… ¿quiere mi cordura? Oh bruja, estoy endemoniadamente demente desde la primera vez que la toqué- acercó su erección hasta su centro y golpeó en imitación copula- y creo que esta es una maldita enfermedad que no se cura- y volvió a golpear- y no quiero jamás volver a estar cuerdo, porque sé madame- jugueteó con su seno- que si vuelvo a ser el de antes amor mío, estaré muerto- cerró sus ojos y, en ese simple acto, entendió que estaba irremediablemente encadenado a la piel de Isabella Swan- te amo tanto…tanto- pronunció las palabras de forma tan desgarradora que parecía que su pecho se partiría en dos- que no se quien soy.

-¡Dios! ¿Qué haremos con esto Edward?

-Enloquecer bruja- sin temor, pero con su mano que temblaba de deseo de tocar, llegó hasta el sexo de aquella mujer- te siento- acarició por encima el pequeño monte de Venus y algo lo hizo gemir ¡Ella estaba rasurada! - ¿no…?

-Me críe en Francia querido….

-Malditos y engreídos franceses- se rió-creo que los amo- deslizó su mano entre sus labios-no quiero hacerte daño, sólo ¡joder!- dijo de nuevo al sentir la humedad deliciosa…oh mujeres inglesas…a veces eran tan frías…a veces se demoraban tanto para ser excitadas….pero ella…rasurada, limpia y mojada.

-Es por ti hermoso, sólo por ti- abrió sus piernas para darle acceso a que la mano pudiese estar a sus anchas sobre su sexo- te deseo mi amor.

-Dilo de nuevo en francés princesa- con su dedo tocó la punta del capullo que estaba erecto y suave- por favor.

- Je t'aime… Je t'aime…. Je t'aime- y en cada palabra él se movía dentro de ella, aunó otro de sus dedos y presionó con fuerza.

Isabella gemía, con sus puños cerrados golpeaba la almohada….deseaba tocar…llevar sus manos hasta él y darle el mismo placer que él le daba...de su boca se desprendían unos sonidos de lloriqueó agónico….

-Esto es el paraíso mi bruja- en un segundo una de las manos de ella tomó la muñeca de la de él que sostenía su cara, abrió la boca y le ofreció su voz de mujer que se hundía entre abismos…que gozaba con la caricia impúdica- oh si madame- Edward amante egoísta, quien daba placer siempre esperando que el propio fuese recompensado mil veces, en ese momento…enamorado entendía el concepto -del cual hizo burla toda su vida- que ver como la mujer que se ama goza es mil veces mejor que estar dentro de ella -sólo yo veré esto…sólo yo- y, sin piedad y de manera violenta ralentizó los movimientos de forma arrítmica hasta lograr que el cuerpo de Isabella se encrespara en mares de lujuria.

El orgasmo vino salvaje, ella se aferró a su muñeca, la amante desquiciada de unos años atrás volvió y resurgió y, de manera rápida entre las convulsiones del placer se lanzó hacia el cuello de Edward bastardo y lo mordió como tigre enfurecido.

-Ohhhhhh- el hombre gritó- ¿quieres devorarme?

-Quiero matarte mister Cullen- su voz era diferente, la modosa y fingida mujer, que durante siete años había guardado, apareció en su esplendor- quiero darte mi boca aquí mon cherrie- enredó sus piernas en sus caderas, se impulsó con sus manos quedando sentada sobre él, tomó su cabello, besó su boca con la misma premura violenta con la que lo mordió…no lo dejó respirar y, con fuerza lo tomó de sus hombros para tirarlo sobre la cama.

Los ojos verdes del cínico seductor se abrieron desmesuradamente, podía entender el deseo de los besos, podía entender el ansia de desnudez, podía entender que ella abriera sus piernas para él y permitiera que penetrara con sus dedos su intimidad, pero aquella tigresa, con el cabello salvaje, con el camisón cayendo sobre sus caderas y con sus senos erectos apuntando directamente hacia el centro mismo de su razón era demasiado…oh si, porque Mister Cullen era un idiota, porque Mister Cullen estaba enamorado y porque en su interior de hombre del siglo XIX, creía que Isabella Swan era virgen.

- Bruja ¿qué haces mi amor?- arqueó su cuerpo en agonía al sentir como ella, de manera perversa, se sentó sobre su dura verga y bailaba con su sexo húmedo.

-Te lo dije hermoso- estaba enloquecida de deseo, tanto años sin sentir un hombre dentro de ella, sin sentir la libertad de estar desnuda, tanto años dándose placer en las noches para así apaciguar el ardor que la enloquecía la hembra en ella que, en ese momento, fingir ser una dulce y tímida damisela era ¡y que la reina se pudra! pura mierda… esa era ella, nada más y nada menos, una mujer, no esa caricatura que en toda Inglaterra caminaba entre salones y que no aceptaba la palabra placer en su vocabulario. De manera brusca fue hasta el pantalón de Edward y desabotonó cada pequeño botón de su pantalón mientras que hablaba en francés delirante. Respiraba profundamente, deseaba verlo, conocerlo realmente, fue hasta sus ojos para encontrar que el deseo que la consumía era igual para él, pero se encontró que los bellos orbes la miraban de manera desconcertada.

Él estaba paralizado…el casanova dador de placer, aquel que siempre llevaba la batuta del goce ¿ahora?

- ¿Quién eres Bella amor mío?- preguntó aturdido.

Isabella parpadeó.

-¿No me deseas Edward? Porque yo muero por ti, agonizo querido- un río de lagrimas vulnerables amenazaban por salir sin control por sus ojos.

-Oh bruja- recorrió aquel cuerpo semidesnudo- yo te deseo como un loco- llevó su mano hasta el vientre- ¿puedes perdonarme reina por lo que voy a decirte?, ¿Puedes? estás hecha para que te digan palabras floridas mi amor, pero no puedo…yo…yo te deseo y sólo quiero ¡diantre!- a la porra la caballerosidad inglesa- enterrar mi verga en tú coño y hacerte ver las endemoniadas estrellas.

-¡Dios!- gracias se dijo ella, no necesitaba idioteces de amor cortés- ¿entonces?- enterró sus uñas en su pecho.

-Vamos a casarnos Isabella, no quiero hacerte daño mi amor, yo…

Oh…

Que tonta…

Que ilusa…

Los ojos de él sobre ella en ese momento la juzgaban…

En un segundo se vio así misma desnuda, temblorosa, excitada y sintió vergüenza.

Recordó las palabras de Eleazar ¿Vas a casarte con ese hombre diciéndole mentiras? ¿Qué pasará cuando él descubra que no eres la niñita modosa y virgen que finges ante toda la sociedad? Princesa encantada.

¡No! ¡No!

¡Diantre! Él la odiaría ¿cómo pudo ser tan tonta al creer que podía fingir virginidad y modestia cuando, durante los últimos meses, ella había mostrado frente a él una inmodestia y una falta de juicio que iba en contra de lo que había aparentado siempre? ¿le mentiría?, ¿él la aceptaría?, ¿la odiaría? Rogaba por que Edward Cullen no fuese de aquellos hombres que ponían la virtud por encima de otra cosa… ¿y sí lo era?, ¿cuán hipócrita podría ser?

Pero lo amaba…lo amaba como una loca, ninguno de sus amantes anteriores había logrado tenerla al borde del abismo como él, ninguno pudo llamar en ella la ternura, la falta de egoísmo, el deseo de ser madre o esposa, ninguno había logrado ocupar su mente y su cuerpo hasta enloquecer…ninguno, nadie, mucho menos Michell.

Suspiró.

Era un juego de cartas donde se arriesgaba el todo por el todo.

Subió su camisón para cubrir su cuerpo, llevó su cabello hacia atrás se bajó de las caderas de él, se sentó en la orilla de la cama, puso su mano sobre el pecho de Edward que -aún batallaba por bajar los niveles de lujuria y deseo- y comenzó a llorar como una niña pequeña.

-Perdón mi amor, perdón mi amor, perdón.

El cínico la vio llorar, cuantas veces en su vida había sido completamente indiferente frente al llanto de las mujeres, aún hasta el de su misma hermana, pero ver y escuchar a su Bella llorar era algo para lo que no estaba preparado, era como si alguien viniese y le arrancara el corazón de un tajo.

Se paró con violencia de la cama y besó con fervor las mejillas húmedas de la bruja adorada.

-No llores cariño, no llores, me lastimas, me matas mi reina adorada.

Isabella alzó su cabeza y se enfrentó con el rostro hermoso y preocupado de él, verlo así hizo que sintiera más vergüenza.

-Perdóname Edward querido mío- lo dijo entre hipos.

-¿Qué debo perdonarte Isabella? Soy yo el que ha venido aquí, en medio de la noche, ha entrado en tu habitación y ha violentado tu espacio, tu inocencia.

Oh no…

No debiste decir eso Edward Cullen…no debiste decirlo. Fue en ese momento en que el llanto de Isabella ya no era el llanto contenido de unos segundos antes, ahora lloraba por idiota, lloraba por todo lo que hizo, lloraba por todo sus días como coqueta en Francia, lloraba por entregar su virginidad a quien no amaba, lloraba por todos aquellos amantes que había tenido y por los cuales sólo sintió capricho, lloró por no haber sido más buena, más consciente, menos frívola, lloró por aquella niña tonta que había querido beber de la vida a raudales y no midió las consecuencia de las cosas….lloró porque en ese momento hubiese sido virgen tan sólo para que él, Edward Cullen, fuese el que le enseñara como en realidad se amaba a alguien.

Y

En ese momento tomó una decisión.

Se acercó a su boca y plantó un beso delicado y tierno sobre él, aunque continuaba con el llanto…estaba aterrada.

-No soy virgen Edward, estuve casada hace muchos años.

El rostro dulce del hombre frente a ella cambió de repente: los ojos verdes se oscurecieron y su mandíbula se tornó dura, todo él frente a ella se tensó. Isabella vio la mirada de la decepción y de la rabia, lentamente se alejó de ella, se paró con violencia de la cama, caminó tres pasos hasta la puerta y, sin temor a que alguien lo escuchara, la golpeó de manera rotunda.

-Perdón- volvió a decir, era como si en ese momento esa fuese la única palabra que ella podía pronunciar. La frente del hombre volvió a golpear la puerta- no hagas eso por favor- se paró de la cama pero un movimiento rápido de animal herido la hizo retroceder, esa era la mirada que le había visto en la pelea con Thorton… ¡Dios! era la misma mirada de Michell cuando ella lo lastimó con su desamor.

-¡No te me acerques Isabella Swan!

-Era una niña mi amor, una niña tonta en Francia que no sabía lo que hacía- y era verdad, su egocentrismo adolescente le impidió ver cuanto daño haría- yo creí e lo amaba.

Dos pasos furiosos frente a ella.

-¿Lo amabas?- no le importaba en ese momento la mentira, le importaba que ella- bruja adorada- le hubiese entregado su corazón a alguien más.

-No, no como te amo a ti, no como te amo a ti.

-Pero ¿lo amabas Isabella?

No he amado a nadie…no he amado a nadie mas Isabella no podía contestar semejante atrocidad, decirle que su corazón, durante años, fue una dura roca de diamantes era quizás peor que decirle que sintió algo por aquel niño triste.

-Sólo era una niña Edward, tenía diecisiete años y él me amaba- su rostro estaba desfigurado por la tristeza, ni siquiera por Michell había llorado así, se asustó…nunca había derramado una lágrima por él; se casó con Michell por vanidad, se casó con él sólo porque aquel niño besaba el suelo que ella pisaba.

-¿Su nombre?

-Michell.

-¿Dónde está?, ¿Quién te crees que eres para querer casarte conmigo aún estando casada con otro hombre? O ¿Piensas casarte conmigo aún estando casada con otro?- su voz se levantó sin importar nada.

-Está muerto Edward, Michell murió cuando yo tenía dieciocho años, fueron sólo unos meses, fue sólo unos meses- se llevó sus manos a la cara.

-¿De que murió?

-No te atormentes más Edward- caminó hacia él- no te atormentes más.

-¡Demonios Isabella! ¿Qué no me atormente más? ¡Estoy ardiendo de celos! ¡De furia!- la tomó por los hombres haciendo que la tenue tela cayera - ¿sabes lo que he pasado por ti?, ¿Los infiernos en los que he ardido desde que te conozco?, ¿el deseo que me consume todo el maldito tiempo?, ¿las miles de preguntas que me hacia porque tú no me amabas?, ¿ qué no me atormente más? Cuando todo mi cuerpo y mi alma viven para ti, como he sentido que no soy digno de ti.

-Eres digno, lo eres, más que yo, mucho más.

El hombro de nuevo descubierto para él, la boca carnosa que medio abierta él había besado como un loco, las huellas de sus dientes en su cuello y los senos ¡Demonios! ¡Sus senos hermosos y mordibles! Pero en ese momento el deseo animal se confundía con sus celos, con miles de preguntas, con su vanidad lastimada, llevó su mano hacia la piel de ella, el toque no fue tierno, apretó la piel, ella saltó y trató de alejarse, pero la mano fuerte y poderosa la retuvo en un mismo lugar.

-Amo tu piel, siempre me pregunté que había debajo de toda esa absurda tela- la jaló fuertemente hacia él y la tomó por la cintura- ahora puedo hablarte como un hombre- se acercó a su oído- no eres virgen ¿sabes de lo que hablo no es así bruja? – Isabella respiró fuertemente- soñaba contigo y con tu boca, ¡cómo me calentaba verte caminar! estaba tan excitado Bella mía, me doy placer en las noches pensando en como te veías desnuda y dispuesta- ella parpadeó y gimió frente ante él- ¿lo has sentido?- Edward conocía la respuesta, su sonrisa canalla salió a flote- Si lo sabes, porque no eres virgen, sabes como es un hombre cuando está dentro de ti, sabes como jadea y gime ¿él lo hacía Bella? Tú esposo ¿lo hacía?- gritó contra su piel.

-Está muerto Edward- en ella se confundía miedo y lascivia.

-Si, está muerto, porque si estuviese vivo iría a Francia y lo mataría por saber como eres desnuda, por probar tus maravillosos senos.

-¡Dios!

-¿Soy grosero Bella?, ¿Soy poco caballero?, ¿No soy un seductor? – Hablaba duro, lleno de ira y celos- ¿Quieres flores y poemas? No, porque cuando una mujer sabe que es tener una verga dentro no quiere eso, no lo quiere.- Rugía mientras ella trataba de zafarse de su agarre.

-No hagas eso mi amor, no eres así Edward.

-¿No soy cómo bruja?, ¿Un animal?

-No, eres un buen hombre, eres un buen hombre.

-Oh no seas hipócrita, sabes que soy un cínico amor mío, sabes que soy un depravado animal que agoniza- respiró sobre su piel- me muero de ira Isabella, porque he descubierto que yo también soy un hipócrita, tu esposo no me importa, porque está muerto, ¿sabes que es lo que me mata princesa?

-No- gimió, no por la pregunta, sino porque él inconcientemente la llamó por el nombre que ella odiaba- no sé.

-Que hayas sentido algo por alguien más, que me hagas sentir como un maldito cura hablando de virginidades y que a mi eso me importe madame- dijo casi escupiendo en su oído- te he dado mi corazón y te lo comes de un tajo- la soltó violentamente haciendo que ella tambaleara sobre sí misma.

-¿Puedes perdonarme Edward?, ¿Puedes perdonarme? – lo dijo mientras limpiaba con sus manos su rostro, su corazón latía desbocadamente, una sola respuesta y el cielo o el infierno en ella.

Mas Edward no respondía, sólo la observaba ¿Quién era? ¿Quién era aquella mujer que se paraba frente a él?, ¿Quién era? Alistair lo sabía, Tania también y todos guardaban el maldito silencio. ¿Quién era esa desconocida? Ni siquiera su padre la conocía.

-¿Eres malvada no es así bruja?

-No lo soy- llevó su mano a su rostro y el llanto volvía sacudiéndola entre estertores- no lo soy- ¿Cuántas veces ella se mintió?

Edward soltó una carcajada, la ironía era infinita, miles de mujeres lastimadas y abandonadas en sus habitaciones y todas ellas gritaban lo mismo: "Eres malvado Edward Cullen… ¡malvado!

-Yo lo soy bruja- se lanzó sobre ella egoísta, suicida, lleno de rabia y borracheras lascivas, le dio un beso castigador y perverso. La mordió hasta el punto en que aquello no era placer, era castigar por amor, era castigar por amar. Segundos de dolor en sus labios hasta que Isabella gimió y él se apartó de ella- ¿cómo puedo salvarme madame?- y en medio segundo salió de la habitación al pasillo oscuro, rogando encontrarse con Charles Swan para arrancarle la cabeza.

Y en la habitación, Isabella Swan, con sus labios en dolor y su alma ardiendo, sólo sabía una cosa.

-Yo no tengo salvación Edward - de pronto dejó de respirar para tomar consciencia de una única verdad – parece que nunca la he tenido.

Caminó lentamente hacia la cama, se arrojó sobre ella, hundió su cabeza en la almohada y gritó con fuerza desgarradora sabiendo que quizás, en el juego de crueldades que ella había comenzado años atrás, en la partida frente a Edward Cullen ella había perdido, quizás porque ella merecía perder.

-¿Madame?- era el ama de llaves quien apareció cinco minutos después con el rostro asustado, había visto a mister Cullen salir violento por la cocina arrastrando con él sillas y unos ojos de furia que jamás había visto en su vida- ¿está usted bien?- preguntó desde el exterior de la habitación aunque la puerta no estaba con seguro. Pero Isabella no contestó- ¿madame?- estaba asustada y penetró al lugar y vio a su ama sentada frente al tocador viendo su reflejo en el…era un espectro- ¿qué ocurrió?- dio dos pasos, tomó el cepillo; sabía que a ella le gustaba que peinaran su hermosa melena y comenzó a cepillarla, mas sólo miraba el rostro inexpresivo de la mujer- hable madame, me asusta usted.

-Ella- Isabella señaló hacia la imagen- ella manda sobre mi Alice.

-¿Quién? ¡Dios, se ha vuelto loca!

- La princesa manda sobre mi y le ha hecho daño, lastima como siempre lo hace- su rostro se desfiguró- y él me odia Alice- se volteó intempestivamente y abrazó a su amiga por la cintura- me odia como todos lo hacen, como todos.

-No diga eso madame, no puede ser tan grave- trató de consolarla- no puede ser tan grave.

- Lo es Alice, lo es, si él conociera todo mi pasado no sólo me odiará, él me despreciará y nada quedará para mi, nada, no puedo pagar así, no puedo.

-¿Pagar?, ¿Pagar qué madame?, ¿Qué ha hecho? ¿Quién eres?- llevó su mano a la barbilla de su ama y la obligó a mirarla- ¿Quién no puede amar este hermoso rostro?- besó su frente.

-Ese es el problema Alice- contestó entre sollozos- todos aman mi rostro, todos- tomó las manos del ama, se limpió con fuerza las lagrimas, tomó su cabello casi como si éste fuese el enemigo y comenzó a entrenzarlo- y yo debo pagar por eso Alice, debo pagar por eso.

.

.

Se demoró casi dos horas para llegar a su casa, no le importaba el frío ni la humedad, no le importaba que Londres a esa hora de la noche era la ciudad más peligrosa del mundo, no le importaba nada. Sus pies pesaban como si ellos estuviesen calzados con hierro y todo su cuerpo se sentía igual. Cada paso era una tortura, cada respirar era insoportable y cada uno traía tras de si el nombre de Isabella Swan, palpitaba su corazón y sólo ella y el recordatorio de su piel, su boca, su voz, su cabello, sus senos, su risa…toda ella comandaban su trasegar ¡Oh celos malditos! ¡Maldito Otelo! Matar por un simple pañuelo…él en ese momento mataría por menos.

Llegó hasta las puertas de su casa, un carruaje descansaba frente a ésta, maldijo en voz alta y caminó hasta allí, abrió las puertas y el cabello rojo de Tania Denali y sus ojos azules lo observaban divertidos.

-¡Largo!- rugió.

-Hola cariño ¿vienes de la guerra?- sonrió como hiena satisfecha.

-No quiero verte en mi casa, te lo dije ¡largo!- iba a cerrar las puertas del carruaje.

-¿Te vas a casar con Madame Swan cariño?

El nombrar a la mujer lo enfureció, el dolor de hacia dos horas, aunado a la rabia, los celos y la impotencia lo hacia ser peligroso. Se subió al carruaje y, este ante el brusco movimiento, vibró.

-¿Te lo contó el perro de Sinclair?

La mujer abrió los ojos, la diversión se había esfumado.

-¿Con que es verdad querido? Vas a casarte con ella- frunció su boca- No puedes- dijo de manera ahogada- eres demasiada poca cosa.

Oh pobre Tania… no sabía que por la sangre de bastardo de su amante corría ponzoña y furia, se lanzó sobre ella y tomó su cuello.

-¿Cuál es tu maldito juego Tania?, Querías que la sedujera, que me hiciera su amante, que me casara con ella, y ¿ahora?, ¿Cuál es tu maldito juego?- apretó con fuerza.

-¡Suéltame! ¡Me lastimas!

-Oh querida siempre te han gustado mis dedos sobre tú piel ¿Cuál es tu juego?

- Cambié de parecer, no puedes casarte con ella, un hombre como tú siendo un decente señor de familia- tomó su muñeca, levantó su seno en invitación lasciva- ¿recuerdas como nos burlábamos de eso? Hombres con mujeres idiotas e hijos cretinos aburridos en sus casas odiándolo todo ¿recuerdas cariño?

-Quizás lo quiero ahora Tania, quizás es lo que deseo

-¡Hipócrita!- trató de liberarse- eres un maldito hipócrita, págame lo que me debes.

-No te debo nada, ya todo lo pagué con creces, las tres mil libras las deposité en el banco, no te debo una mierda de nada.

El rostro de la mujer se transfiguró en una forma grotesca. Noche de ironías, su venganza se estaba cumpliendo y ella no lo disfrutaba.

-¿La amas? – Su labio inferior temblaba- ¿La amas?

-No te importa- soltó su aguerrido amarre de su cuello.

Tania abrió la boca, intentó reír pero no pudo. Sin pensarlo dos veces abofeteó el rostro del hombre.

-¡Hijo de puta! ¡La amas!

Oh si…

Edward Cullen…

Hombre cínico que nunca creyó que toda la palabrería fogosa sobre el amor fuese verdad, Edward Cullen, quien se burló de aquellos que parecían corderos estúpidos tras las faldas de una mujer, él, que sólo medía la pasión por una mujer en cuanto ella se desnudara, en cuanto él la penetrase y en cuando ella pudiese divertirlo y hacerlo reír…si, si amaba, aquel deseo por Isabella no era sano, aquel deseo por ella era enfermizo, deseo de escucharla, verla, tocarla y sentirla, el saber que a metros y metros de distancia ella respiraba, lo hacia feliz.

Respiró profundamente aspirando el hielo de la noche.

-La amo Tania.

-¡Maldito!- intentó volver a abofetearlo pero la mano fuerte de él lo impidió y dejó suspendido el brazo en el aire- ella te matará Edward- sonrió.

-¿Qué sabes tú?- la jaló hacia él- ¿qué sabes tú?- exigió.

Tania parpadeó como si fuese una de esas muñecas viejas con sus ojos que parecían sacados de una antigua imagen de horror.

-Se mi amante de nuevo y no le diré nada.

-¡Jamás! ¡Contesta! ¿Qué sabes tú?

La mujer se mordió su labio, frente a ella ese hombre era todo lo que siempre deseó y amó…llevó su mano hacia el sexo de él -que conocía tan bien- y acarició con fuerza.

-Se mi amante y mi boca estará sellada para siempre, ella te dará tu ansiada comodidad, yo te daré placer y libertad, sé mi amante- mas la fuerza de la caricia sobre la verga del hombre no se levantó como en aquellos tiempos en el que sólo un roce lo llamaba a desnudarla en segundos.

-Eres repugnante- salió del coche- no quiero volverte a ver en mi vida- caminó dos pasos hacia el pórtico.

-No me retes maldito, voy a joder tu vida, voy a joder tú vida Edward Cullen si no haces lo que digo, voy a hacer que te pudras en el infierno.

Edward abrió la puerta haciendo caso omiso a la voz de gallina estúpida de la mujer y sin siquiera brindarle una mirada, aunque fuese de asco.

La casa estaba a oscuras, su hermana aparentemente dormía y Emmett, quien en los últimos días había mostrado ser todo un caballero, descansaba en la habitación contigua, siempre vigilante, siempre atento.

Fue hasta la biblioteca, sacó una botella de licor y bebió mas éste le supo amargo, se sentó en la silla junto a la ventana y sólo pensó en los últimos días, en los días desde que conoció a la bruja…

Días de furia.

Días de deseo.

Días de ansia.

Días en que por ella hizo lo que jamás había hecho: ser un buen hombre.

¿Ahora?

Si,

No había vuelta atrás. Los celos lo consumían, la incertidumbre roía sus entrañas, el deseo por tocarla lo abrumaba.

No.

No podía escapar.

Como si una fuerza lo impulsara, fue hasta el escritorio, tomó dos hojas de papel, carcajeó en su interior ¡Eres un maldito loco! ¡Ahora escribes! Se sentó como si comenzara un extraño ritual y escribió las primeras palabras.

Madame Bella.

Muero de celos y muero por ti…

Y así, Edward Cullen se aprestaba a narrar como era la geografía del corazón que amaba sin medir razones, lleno de fuego y consumido por la bruja que hacía de él un hombre dispuesto al sacrificio y a dejarse devorar…de alguna manera presentía que la princesa vestida de rojo abría sus fauces y él era la presa…y lo ansiaba.

.

.

* Je t'aime Te amo.

* Je te veux en moi Te deseo en mí.

* En moi Dentro de mí.

* je veux savourer mon bel amour Quiero que me saborees mi hermoso amor.

Ligerezas como el aire son para el celoso fuertes confirmaciones, como un testimonio de las sagradas escrituras. William Shakespeare

Gracias por leer nenas.