La obra Crepúsculo le pertenece a Meyer.

La historia es mía, obra protegida por derechos de autor.

A todas las lectoras que dejan comentarios un millón de gracias, me es, como saben, casi imposible responder sus rr, pero cada uno es atesorado como pequeñas gotas de diamantes. A las lectoras fantasmas que rondan esta pequeña historia mil y mil gracias.

A mi beta adorada Belen Robsten, quien siempre está conmigo…tú sabes bebé.

Capítulo dedicado a mis amigas, mi enorme círculo de hierro ¡Gracias!

FALSAS APARIENCIAS

22.

Madame Bella.

Muero de celos y muero por ti, si ¡muero por ti! En este momento confluyen en mi corazón miles de sentimientos bruja ¡miles! Quiero matarte, quiero morir, quiero largarme lejos de esta maldita ciudad y olvidar tu nombre, olvidar que existes, olvidar que hubo otro hombre en tu vida, olvidar a Isabella Swan, pero dime bruja hermosa ¿cómo lo hago?, ¿Puedo olvidar?, ¿Existe la mínima posibilidad Bella, reina de mis celos y alma que yo pueda olvidar? El solo hecho de pensarme huyendo hacia otras tierras y desterrando tu nombre de mi memoria me resulta más doloroso que cualquier infierno, castigo o tortura ¡diantre! Durante años mi amor este bastardo sin escrúpulos se burló de ese tipo de hombres que recitaban poemas, suspiraban por cualquier cosa o se la pasaban enfermos de amor, si, ellos: los melancólicos, que tontos y absurdos me parecían, todos ellos hablando de estruendos, noches, tormentas y mujeres demoníacas que les tragaban el alma, para mi- cínico sin corazón- unos ridículos oh si madame, porque antes de conocerte a ti yo no tenía corazón, pero contigo me ha nacido, florece en mí como una flor poderosa que se enraíza en mi pecho y hace lo impensable ¡me hace sentir!...¡Dios de todos los infiernos madame! Estoy delirando, estoy borracho ¿ves? Quiero decirte tantas cosas, empiezo con unas palabras y termino con otras, estoy ebrio madame ¡ebrio de ti!, ¡Ebrio de rabia!, ¡Ebrio de deseo feroz!. ¡Ebrio por haber bebido de tus senos hermosos!, ¿Soy un poeta? ¡No! soy endemoniadamente tuyo Isabella, podría pararme frente a ti y gritarte ¡devuélveme la vida!, ¡Devuélveme la cordura!, ¡Arranca de mí ese corazón que has sembrado! Pero no quiero Bella bellísima, no quiero, si, pecaminosa mujer, has hecho que yo sea uno de esos hombres, de aquellos que mueren de amor de dolor, y que creen que amar es el acto más sublime que existe ¿puedes creerlo amada mía? No, no te rías bruja, no te atrevas a burlarte de este condenado a muerte, si, como oyes Bella: condenado a muerte, porque eso soy desde el día en que sentí que si no te besaba, tocada y miraba yo no existiría madame perfecta ¡te amo! te amo como un desesperado, te amo como si fueses el oxigeno, te amo como si fueras para mi el universo, las estrellas, te amo como el diablo ama a Dios, aunque no pueda tocarlo…eras tan lejana amada, tan lejana y, por un maldito momento blasfemo en mí,- veinte segundos quizás- te odié por decir no, te odié como lo hice hoy, cuando pronunciaste esas palabras que partieron mi pecho en dos: no soy virgen, pero ¡no!, ¡Detente Bella! Ahora te amo, es más, dos pasos fuera de tu habitación y mi pasión por ti se ha vuelto peor, mas no puedes pedirme que olvide que alguien te tuvo, que alguien ¡maldito sea! Tuvo el orgullo de decir que fuiste propia, no es tu virginidad lo que me duele Isabella, es el hecho de que sentiste por otro lo que dices sentir por mi, que ese otro tuvo lo que yo he deseado en meses que ese hombre -a quien odio con toda mi alma- haya podido tener lo que yo deseo y por lo cual he vendido mi destino, mi orgullo, mi nombre… ¡no importa! En este momento puedo decir que por estar contigo vendo mi sangre y lo haría de nuevo una y otra vez.

Dime bruja ¿cómo huir?, ¿cómo olvidar?, ¿Cómo dejar de sentir? Estoy frente a una botella de bourbon que me promete el olvido, el no sentir, mundos lejanos donde tú mi amor no existas…tengo la tentación madame…hundirme en cada botella y dejar de pensar que tú existes en mi vida reina malvada, oh... la sola posibilidad es hermosa, es como el suicida que ve en la bala que cruzará sus sesos la felicidad y la paz deseada, quiero esa bala, quiero ese olvido Bella, pero cierro los ojos, veo tu rostro y me siento un traidor mi amor, no quiero olvidar, no quiero huir, no quiero dejar de sentir Isabella Swan, no quiero dejar de ser esto que soy ahora: Tuyo, con cada maldita letra, con cada músculo, con cada célula, con cada exhalación ¡tuyo!, ¿No soy estúpido?, ¿No soy melodramático?, ¡Demonios!, ¡Soy un melancólico! Finalmente la venganza de aquellos que suspiran ha llegado Bella, veo a toda esa turba de vagabundos poetas, con sus dedos llenos de tinta apuntándome y riéndose de mí, todos dicen: ¡He ahí al cínico bastardo de Cullen mendigando el amor por una mujer! Los escucho Isabella, ahora les pertenezco mi amor, ahora yo, ignorante idiota, me mancho los dedos de tinta para escribirte, para mostrarte, de manera torpe y nada inteligente, lo que siento por ti…¡Bruja mala! Quiero darte más, quiero darte todo: palabras que en mi nacen, mirarte como nunca he mirado, inventar caricias que nunca me nacieron hacia alguien…soy un niño Bella, un niño terrible que siente celos, dolor y una pasión que nunca sentí, ¡oh reina! a ti te debo dejar de ser un indiferente, un hombre de sangre inglesa que se paraba en los grandes salones y que con orgullo decía: No siento nada por nadie, los sentimientos son una pérdida de tiempo; ¡No! ya no soy ese, me has salvado de la inercia, del tedio, de la idiotez y de la mediocridad, ahora soy un melancólico animal que agoniza ¡y me río bruja! Me río por todo esto, no de ti mi amor, no de este sentimiento, me río de aquel idiota que antes era yo, ese tonto que creía que el mundo era para él, que nada lo tocaba y que podía pasar impune sin sentir nada…¡ese cretino! Ahora siento, ahora vivo…pero no pienses que esta tormenta que vive en mí me convertirá en un buen ser humano Isabella, porque con el sentir viene todo lo bueno y lo malo, y creo que lo malo comandará mi vida contigo bruja, porque he descubierto esta noche que toda la apariencia de civilización en mí ha desaparecido, soy un troglodita, un salvaje. Siempre estaré celoso, al acecho, temiendo que venga alguien y te quite de mi lado y, sobretodo, siempre veré sobre tus hombros el fantasma de aquel hombre ¿no estoy loco mi amor? Sintiendo terribles celos por alguien que ya no existe.

Te digo bruja, me has envenenado y, como un buen poeta de lo ridículo y de lo sublime, amo el veneno Isabella, dame más, dámelo todo, porque estoy dispuesto a beber, a beberte hasta la última gota y siempre iré por más, si Bella porque te amo, de deseo, te celo, te sigo y enloquezco por ti…

No puedo irme, no puedo dejar de estar allí donde tú estés mi amor, mañana estaré en tu puerta deseando beberte, tocarte y deseando escuchar tu voz Isabella, mañana estaré con mis celos, con mis miles de preguntas, pero estaré allí peleando contra todos, contra él y contra mi miedo de perderte y de no ser lo suficientemente bueno para ti Isabella Swan.

Mañana…

Mañana iré a tu casa y sabrás que en estas horas de separación, mi amor por ti se ha vuelto enfermedad.

¡Si! óyeme: un melancólico salvaje, eso me he vuelto por ti bruja mía.

Soy un tigre encadenado a tu piel.

Te doy mi corazón.

Tuyo:

Edward Cullen.

Respiró con dureza.

Era como si hubiese cabalgado horas enteras en un enorme caballo en medio de una tempestad: agotado, sudando y con todo su cuerpo le doliéndole ante semejante esfuerzo. Soltó la pluma y frotó sus dedos que le punzaban ante esa cantidad de mensajes dementes y sin sentido que había puesto en el papel. Febrilmente releyó cada palabra y se carcajeó de él mismo poetas tontos, no me pidan arte en lo que escribo, sólo soy un loco que no sabe como decirle a esa bruja que lo tiene sujeto de sus pelotas.

Frente a aquellas palabras, que parecían ser escritas por un hombre poseído por la fiebre, Edward Cullen, por primera vez en su vida se sintió libre y real.

Caminó por el despacho, se miró en uno de los vidrios de la biblioteca, parpadeó como un maniático y, como recuerdos filosos vinieron a él todos los años en que se negó una verdad: todo lo que convertía en un hombre de bien lo aprisionaba; lo aprisionaba la ropa sobrecargada de puños y camisas almidonadas, las botas pesadas, las cuales al final de la noche, le hacían doler sus dedos, las chaquetas oscuras y negras signo de buena educación y de buen gusto, la pulcritud aparente de estar rasurado todo el día, siendo que le gustaba su barba desprolija, la lucha que desde niño tuvo con su cabello al cual a veces tenía que engominar para que éste no tomara su rumbo natural, es decir: el desastre. La presión del buen apellido, de la buena educación, del recuerdo de sus padres, de su abolengo y de la dicción perfecta británica cuando él adoraba el acento de los marineros del puerto, de los irlandeses locos y de la libertad en la expresión.

De alguna manera ser un cínico pervertido había sido su única forma de liberarse de todo eso, se dio cuenta, que al mismo tiempo que caminaba por los tugurios de aquel Londres entre jugadores, borracho y putas, él, había sido un hipócrita, pues, cuando salía de aquellos aires enrarecidos de la verdadera ciudad, volvía a ser el hijo de buena familia que se preocupaba por que nadie se diera cuenta de su verdadero yo ¡peor! Todos sabiendo la clase de vida que llevaba él y su naturaleza de buen aparentador- como todo inglés- él insistía en su buena educación y en llevar las formas claras y precisas, dentro de su alma británica y mentirosa deseaba todo aquello que, frente a otros cínicos como él, negaba: respeto, buen nombre y que al final de su vida, viejo, gordo y cómodo pudiese ir al gran salón de viejos adiposos y aburridos y allí discutir sobre el clima y la política ¡con un demonio! Casi vomita ante la revelación: en algún momento quiso ser Charles Swan ¡que asco!, ¡Que imbécil!, ¡Que poca cosa era!

Dirigió su mirada hacia el retrato de su amado papá, tomó la foto entre sus manos y lo miró profundamente.

-Tú lo sabias ¿no es así padre? Tú también vivías harto de todo- como acto de ternura frente a su progenitor a quien nunca tuvo en cuenta -acercó la foto a sus labios y besó con fervor amoroso la imagen de su viejo- ojala te hubiese conocido mejor.

Aún preso de la fiebre, corrió escaleras arriba, fue hasta la habitación de su hermana y tocó la puerta con furia.

-¡Mister Mcarty! ¡Emmett!- llamó dos veces hasta que vio la luz encenderse bajo el recodo de la puerta.

El chico apareció frente a él con ojos profundos observándolo de manera sospechosa Definitivamente este hombre ha perdido la razón Rosalie, detrás del muro portentoso de la espalda de su amante, también hacía lo propio.

-Hermano, estás no son horas- ella intentó salir de la sombra de Emmett mas éste no lo permitió- ¿Dónde estuviste estos dos días mi amor?, ¿A dónde fuiste?

-Bella- él contestó de manera automática, se lanzó sobre el muchacho- necesito Emmett que lleves esta carta donde ella ¿lo harías compañero?

-Son las dos de la mañana mister Cullen, todos en esa casa deben estar durmiendo, no puede molestar así a madame.

Como si no se hubiese dado cuenta del tiempo, Edward hizo el gesto de quien despierta de un largo sueño ¡diablos! Hacía frío, él estaba sucio, desperdigado, se moría de hambre y eran las dos de la mañana ¡las dos!

-¡Diantre!, ¿Es tan tarde? No me había dado cuenta- fue hasta el bello rostro de su hermana quien, a causa de atravesar los últimos meses de gestación, tenía el rostro un poco enjuto y agotado. Mister Cullen sintió pesar de ella y le sonrió- lo siento querida- se adelantó hacia su rostro y la besó tiernamente en sus mejillas- debes amarme Rose, debes amarme, estoy loco, pero debes amarme.

Rosalie iba a contestarle, que lo adoraba, que él era su única familia y que ella le perdonaba lo tonto, variable y superficial que era, pero las acciones de su hermano en ese momento eran extrañas y repetitivas que amarró su lengua, su deseo de decirle cuanto lo amaba y sólo atinó a preguntar:

-¿Estás bien Edward?, ¿Tienes fiebre?

El hermoso rostro de Edward cambió de manera intempestiva, sonrió infantil y preciosamente, Sus ojos verdes se iluminaron hasta hacer que el color fuese tan claro que pareciera diluirse en el blanco de los ojos mas eso a Rose no le gustó, no supo identificarlo, pero aquella sonrisa cálida y burlona fue para ella un signo de dolor enmascarado.

-¡Estoy muy bien querida!- desanduvo sus paso y pegó su espalda a la pared- ¡que tarde es! Estoy helado y me muero de hambre, ¡Dios! me muero de hambre.

A Rose se le activaron sus alarmas maternales, el deseo de proteger a Edward era muy fuerte, ella se lo prometió a su padre adorado antes de que éste falleciese. Apartó de su lado a Emmett que observaba en silencio mientras reflexionaba sobre su cuñado: ese hombre frente a él era un redomado tonto que estaba a punto de dañar su futuro, el de su hermana y el de su sobrino tan solo porque aún creía ser el maldito rey de la fiesta.

-Te voy a preparar algo de comer querido- mas la mano de Emmett sostuvo su brazo de mimosa manera.

-Yo lo haré mi amor- besó su melena rubia- ve a dormir, no lo has hecho durante días-ambos se miraron de forma fervorosa, Rosalie bajó la cabeza y la enterró en el pecho de hierro de su prometido- se buena niña.

El hermano cínico sintió una punzada de remordimiento; había desaparecido por días sin informar su paradero y en ese momento la carga absoluta de entender que, sobre sus hombros, estaba la vida de su hermana fue abrumadora, sólo él podía salvarlos, porque, aunque Rose contara con los brazos fuertes y el amor incondicional de aquel chico, ambos estaban condenados en aquella Inglaterra de falsas apariencias y de leyes de hierro -tanto tácitas como explícitas- sobre las relaciones amorosas entre personas de diferentes clases sociales. El cuerpo embarazado de Rosalie se encaminó cansada hacia la cama y se acostó cerrando los ojos mientras amante y hermano la observaban.

Emmett se adelantó unos pasos para ir hacia la cocina, Edward cerró la habitación y caminó tras él.

-No tiene porque hacerlo Emmett, usted no es mi sirviente- su voz fue dura y monocorde, el enorme muchacho giró sobre sus talones y lo enfrentó cara a cara.

-No, no lo soy- su acento de barrio bajo de Londres sonó en los oídos de Edward como un golpe de reproches y de resentimiento.

-¿Por qué lo hace entonces?-levantó la ceja arrogantemente.

-Porque la amo, porque es su hermana y porque ella lo ama a usted maldito niño rico y caprichoso- se acercó y las impresionantes estaturas se alienaron quedando las cabezas casi al mismo nivel, la única diferencia radicaba en que Emmett era puro músculo que sobresalía en su vieja camisa, mientras que Edward era delgado y elegante- pero eso no te importa ¿no es así Edward? No te importa que ella crea que tienes salvación, ella piensa que no eres una mula terca que está dispuesto a joderse su vida, cree que eres un maldito caballero.

La sonrisa canalla de Edward se delineó poco a poco en su rostro.

-¿Y si lo soy mister Mcarty?- los azules orbes del chico del barrial lo recorrieron de arriba abajo con algo parecido al desprecio, con un tinte de asco, y con miedo de que su alma de sirviente -que aún creía que existía- realmente afirmara las diferencias entre unos y otros.

-De caballeros como usted estoy harto Edward, les he limpiado las botas y he botado sus mierdas mister Cullen – pronunció las dos últimas palabras con la fuerza de muchos años de agachar la cabeza- si así de caballero es usted, me da pena de Rose, me da lástima – escupió las palabras entre dientes- de madame Swan- volteó de manera impertinente, dio cinco pasos largos hasta la escalera y bajó cada uno de los peldaños sintiéndose observado por el hermano de su mujer.

-Puedo ser mejor Emmett, puedo ser mejor.

-Entonces demuéstrelo- contestó sin mirar atrás.

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Isabella no había dormido en toda la noche, se la pasó caminando por la habitación presa de una ansiedad descontrolada, haciéndose miles de preguntas, muerta de terror a que llegara el día y saber que quizás Edward Cullen no volvería.

¿Y si me odia?

¿Si me desprecia?, ¡Dios! todo menos eso, no soportaría ver como me repudia, no podría vivir en esta ciudad sabiendo que me lo puedo encontrar en cada calle o lugar con la certeza de que le he roto su corazón, He sido una idiota, una completa idiota, ¿porqué no pude ser mejor años atrás? Hubiese sido tan fácil. Al menos si alguien me hubiera dicho que no… mas no, mi cinismo de creer que por ser hermosa y rica tenía derecho a pasar por encima de todos…y ahora todo viene hacia mi como si yo, con mis pequeñas manos, hubiese construido una pequeña borla de nieve que eché a rodar y ahora, años después, ésta se convierte en una avalancha donde tú Isabella Swan eres la más grande victima… ¿qué va a ser de mi? No podré soportar estar sin él, no sabré llevar esta vida, ni toleraré a mi padre mirándome con sus ojos de indiferencia creyendo que al fin, lo que él pensaba de Edward era verdad…hubiese sido mejor quedarme callada elucubraba por toda la habitación ¡no! eso habría sido peor, mucho peor, él me odiaría se detuvo me odia ahora ¿qué diferencia existe? Pasó sus manos por su cabello, el cual fue peinado con furor por Alice y después por ella para así calmar su miedo

Susy llegó a las nueve de la mañana y tocó de manera discreta su puerta.

- Madame, su padre se impacienta ¿desayunará usted esta mañana? Pues el dice que no la esperará más - Oh si, su padre y sus muy metódicos ritmos y tiempos.

Iba a decirle que no, pero sabía muy bien que si Charles intuía algo se mostraría frente a ella con sus ojos oscuros burlándose y diciendo, a su muy "particular" estilo, que era una ilusa por creer que alguien como Edward Cullen podría mantener su palabra Padre si supieras que soy yo la destinada a destruir todo a mi alrededor.

Se miró al espejo, una noche de desvelo había hecho estragos en su rostro: tenía grandes ojeras y su piel estaba opaca y sin brillo.

-Dile que ya bajo Susy- caminó hacia el tocador, sacó un polvo de arroz y algo de colorete, tenía que ser discreta con la aplicación sobre su piel no podía aparecer, bajo la mirada escrutadora del padre con maquillaje sobre su cara, sería para éste algo repugnante, sólo las mujeres de baja calaña social- palabras de Charles- se maquillaban.

En menos de dos minutos tapó sus ojeras y ruborizó sus mejillas de falsa manera, se miró al espejo y el vestido, oscuro y nada halagador, la hacía ver un poco mayor ¡Dios, estoy tan vieja! Pensó, porque si, Isabella a punto de cumplir veintiocho años era una mujer- para el patrón social de la época- prácticamente anciana. Días antes había vuelto a soñar con sus bellos vestidos y sus coquetos corsés, pero ahora con la posibilidad de que Edward no volviese, el soñar con la vanidad le resultaba una pérdida de tiempo.

Bajó la escalera con lentitud y caminó hacia el enorme comedor, su padre miraba el reloj de oro y diamante que sacaba de su bolsillo de manera compulsiva.

-Buenos días padre.

-Buenos días Isabella- la contestación fue una mera formalidad- demoraste cinco minutos, es algo imperdonable.

-No volverá a pasar papá, te lo prometo- se sentó en la kilométrica mesa, metáfora misma de su relación con su padre.

Tres sirvientes dejaron su desayuno frente a ella. Con desgano y en silencio comió pausadamente, su padre, quien de elegante manera y con el dedo levantado bebía su acostumbrada tasa de chocolate, pretendía leer el Time - sin siquiera fingir interés por su hija- aunque sólo pasaba los ojos sobre las letras e intentaba, según él, no vulgarizar el acto de alimentarse. Isabella siempre se había preguntado si alguna vez, Charles Swan, había disfrutado realmente de la comida.

Veinte minutos después el desayunó terminó. Los sirvientes corrieron apresuradamente a quitar todos loscubiertos sobre la mesa, mientras que Charles caminaba a lo largo del enorme salón y se paraba al lado de su hija sin dignarse a mirar.

-Iré hoy al Gentleman Room, no vendré a almorzar hija, necesito que mires los gastos de la casa y que hagas las cuentas para mi sesión con los banqueros en dos días- el padre suspiró, pues él odiaba dichas reuniones en donde no entendía casi nada y simplemente se prestaba a asentir, bajo las rigurosas anotaciones de su hija.

-Como quieras padre- no levantó su cara, sabía que Charles no la miraba- haré lo que digas.

-¿Lo que diga Isabella? Parece que eso se te ha olvidado últimamente- la voz de decepción fue rotunda, la hija parpadeó sin mover un músculo si tan sólo supieras Charles Swan Kent…sí tan sólo supieras.

El carruaje se escuchó salir de las grandes caballerizas traseras de la mansión, mientras que ella, con pies de plomo, iba hacia la biblioteca para hundirse entre cientos de papeles.

A las once de la mañana Alice con ojos divertidos, entraba al despacho escondiendo algo en su espalda

-¿Sabes querida? Hoy es un lindo día, hoy Londres no nos regala su niebla y todo nos invita al amor- soltó una carcajada- yo te veo hundida entre aburridos papeles y sólo digo ¡que pena! Esta hermosa mujer debería estar paseando o cabalgando en su perverso semental, pero no, estás aquí entre idiotas cuentas.

Isabella levantó sus ojos y sonrió amargamente.

-Londres no me ama Alice, hoy es sólo hoy- y volvió a su trabajo.

-Mi pobre y triste madame- canturreó hasta la puerta- ¿y si te dijera que tengo en mis manos una carta del bastardo encantador?- inmediatamente los ojos castaños se volvieron sobre ella- pero no, tú prefieres estar aquí entre aburridos números- levantó la carta y la zarandeó en el aire. Isabella saltó, se paró de manera abrupta causando que todos los papeles cayeran al suelo, caminó dos pasos, mas el engorroso vestido se enredó en los respaldo de la silla, los nervios y la excitación hicieron que el trabajo de deshacer el enredo fuese más difícil.

-¡Demonios!- chilló frustrada mientras Alice se reía eufóricamente.

-Madame esas no son palabras para una dama como usted- al fin Isabella pudo desenredar su vestido y corrió hasta donde estaba su amiga quien, de manera juguetona huyó de la biblioteca ante una loca ama que corría tras ella.

-¡Alice Brandon! Dame la carta- el ama de llaves se escondía tras una mesa y sus ojillos azules grisáceos brillaban de manera infantil- por favor amiga, por favor- la pequeña sirvienta enterneció su rostro, era bueno ver a su amiga feliz, le entregó la carta a la mujer que tembló ante el papel… estaba aterrada.

¿Y si me dice que ya no me ama?

¡Dios! sus palabras pueden lastimarme… por favor Edward, por favor perdóname.

Durante unos segundos sostuvo el papel en sus manos, se los llevó a su pecho respirando de manera irregular.

-No tema madame, yo creo que es algo bueno- se acercó a ella- él está esperando su respuesta, él mismo trajo la carta Isabella.

Algo parecido a un vértigo la invadió… ¿Él? Sus ojos se llenaron de lágrimas ¡Si! Cristo déjame tener esperanzas…te lo suplico.

Sus dedos se deslizaron por la hoja, la abrió lentamente, por un segundo la llevó hasta su nariz y el olor a pino fresco la invadió. La fina letra estaba allí, un pequeño gemido de alegría salió de ella al leer:

Madame Bella.

Muero de celos y muero por ti, si ¡muero por ti!...

- Me ama Alice, él lo hace- continuó leyendo, su corazón latía de manera rápida, su quijada temblaba frente a las enormes palabras que allí estaban plasmadas, podía sentir la rabia, el dolor, la pasión, los celos y el amor poderoso que contenía cada frase- hermoso loco- comenzó a llorar- yo te amo igual, igual- leía, leía, y besaba las páginas, paraba unos segundos tratando de llevar el aire a sus pulmones, tuvo que sentarse en una de las gradas de las enormes escaleras alfombradas de azul oscuro, pues el fuego que emanaba de aquel papel y el deseo de salir y gritar a la calle, eran más fuerte que cualquier otra cosa que jamás había sentido, leyó y releyó la enorme carta una y otra vez hasta que al fin, todo el febril contenido, recorría su sangre.

-¿Es feliz madame?- Alice preguntó recostada en los barandales de la escalera.

Isabella asintió frenéticamente mientras sonreía y lloraba al mismo tiempo, besó la carta con furor.

-Voy a su casa ¡ahora!- se levantó, tenía planeado correr por la ciudad, nada importaba, iba por su capa y saldría a la calle.

-¿No me has escuchado Isabella? Él trajo la carta, hace una hora que está parado en la calle, tras la puerta- habló lentamente- espera por ti amiga.

-Oh- su corazón dejó de latir, corrió los diez pasos que la separaban del enorme portón, lo abrió sin importar nada, el sol del medio día estalló en su cara, no estaba ¡no estaba! ¿Se fue? Sin mi respuesta quería correr- ¡Edward!- gritó con fuerza, coches, caballos galopando- ¡Edward!

-No grite madame- escondido, tras una gran columna, estaba él con su sonrisa cínica- estoy aquí- caminó hacia ella- me haces creer que me necesitas.

Isabella exhaló ante su presencia.

- Perdo…- mas unos labios duros y demandantes mataron sus palabras. Unos brazos fuertes la abrazaron y, al mismo tiempo, la empujaron hacia el interior de la residencia sin despegar sus bocas. El beso era rotundo y mordelón, ambos chocaron contra una de las paredes; Susy, la pequeña sirvienta que venía con una bandeja de té matutino, gritó, arrojando la bandeja al suelo al ver como su ama se besaba de manera impúdica con aquel hombre malvado que siempre la asustaba.

Los amantes se besaban sin parar, chasqueaban sus lenguas de forma bailarina sin dar tregua al oxigeno, ella halaba su cabello con fuerza, mientras él sostenía su cintura pequeña casi como si sus manos fueran garras. En un segundo, Edward e Isabella abrieron sus ojos: verdes contra marrones, los de él estaban llenos de incertidumbre y celos, los de ella, llenos de miedo, culpa y deseo. Una mano poderosa agarró la nuca de Isabella, inmovilizó el movimiento y fue él quien comandó el beso, la lengua serpenteó de manera lasciva dentro de ella, obligó a la mujer a abrir un poco más la boca para que él pudiese jugar allí, rozó la punta y golpeó con suavidad sobre ella, Isabella gimió, su cuerpo iba a explotar, debía respirar, pero no deseaba que Edward se detuviera, él obligaba a responder con la misma fiereza y ella hizo lo propio rodeando con su lengua como una serpiente alrededor de su presa, fue hacia su paladar cosquilleando de forma juguetona y, en un movimiento intempestivo, atacó y mordió.

-¡Joder!- gruñó el bastardo y se separó para no caer como un idiota a sus pies- vas a ser mi muerte bruja- sin temor a que la servidumbre lo viera, llevó sus manos hasta las caderas de Isabella malditos polizones idiotas, maldita ropa estúpida estaba frustrado, todos aquellos artefactos le impedían tocar las nalgas de Isabella- no puedes hacer eso Bella, es un delito contra la moral inglesa- carcajeó sobre su cuello y, el aliento de su boca caliente, golpeó con fuerza cada poro de la piel de la mujer y sin temor la acercó a su cuerpo- he estado como loco toda la noche- mordió el lóbulo de su oreja- como un loco.

-Yo he estado igual, igual, creí que te había perdido- sollozó- no debí mentirte Edward, no debí hacerlo.

La miró de frente, los labios de ella parecían palpitar y el rostro antes pálido estaba repleto de sangre.

-Me desgarraste el corazón bruja- la miró de manera profunda.

-Lo siento- iba a continuar, mas un beso pequeño detuvo la palabra.

-Cállate, aún me muero de celos- y volvió a besarla. La mirada asustada de Susy los observaba, fue testigo de aquella escena inmoral, lasciva y fascinante. El hombre volteó hacia la chica y con mirada divertida dijo- ¿deseas ver más Susy, querida?

¡Dios!

Hombre deshonesto, la chica pegó un gritillo de horror y salió corriendo hacia la cocina.

Bella golpeó su hombro.

-Perverso.

-Oh si, oh si- intentó volver a los labios, quería quedarse allí para siempre, pero Isabella esquivó el ataque- ¡Diantre mujer! Me debes muchos besos…todos.

-¿Me has perdonado Edward?, ¿Michell?- las garras que la abrazaban se desprendieron de ella, Isabella gimió ante la ausencia de aquellos brazos en su cuerpo.

-¡Que se pudra en el infierno!

-No me has perdonado querido- su voz fue un susurro.

-No.

Isabella sollozó.

-¿Qué he de hacer para que lo hagas?- el tono de su voz fue lastimoso, necesitaba perdón, si él no lo hacía ¿Qué sería de ella? Pero algo ocurrió, la mirada elusiva de Edward Cullen unos segundos antes se encontró con la de ella e Isabella observó un brillo juguetón y tierno.

-Se mi esclava y quizás te perdone bruja- levantó las cejas en invitación vivaracha.

¡Si!

Bella gritó en su interior, ese era el bastardo hermoso que ella adoraba, dio un pequeño saltó y se llevó sus manos a la cara para ahogar una risa.

-Seré lo que quieras.

-No me tientes mujer, mira que tengo una mente deshonesta y debo comportarme como un novio decente, diligente e hipócrita- volvió a milímetros de su cuerpo- ¿tú sabes? Un buen inglés debe fingir que no siente, que no tiene alma y que todos esos deseos asquerosos y deliciosos que una dama le provoca no le importan, debo ser inmune a los encantos escondidos bajo toda tu ropa Bella bellísima- su voz fue ronca- sin embargo- tomó los bordes del vestido- no soy tan bueno fingiendo amor mío- se acercó a una Isabella que esperaba la estocada de palabras febriles- me siento un troglodita, quiero arrancarte esta tela y hacerte gritar linda.

-¡Jesús!- se mordió la boca, mientras que su piel ardía y se aprestaba dejar que él hiciese con ella lo que deseaba.

- Pero no- se alejó perverso- soy un buen niño hoy- escuchó un bufido de decepción por parte de Isabella, la miró por el recodo de su ojo ¡cómo amaba a esa mujer!- ¡Tengo hambre feroz Bella!- y lo dijo en doble sentido- por tu culpa estoy famélico- a su olfato llegó el olor de jamón- comida mujer, comida.

Una sonrisa de oreja a oreja iluminó el rostro de Isabella, el camino a que él la perdonase iba a ser largo, las heridas estaban aún abiertas, pero él le daba un descanso a su desazón y al propio.

-Claro que si ¡claro que si!- lo tomó de su mano- todo lo que quieras, todo es tuyo- lo haló hasta el comedor, pero una fuerza la arrastró de nuevo a él.

-¿Todo madame Isabella Swan?, ¿Todo?- esa era la voz de los celos que lo quemaban, una voz que demandaba una entrega total, un compromiso de fuego.

-Todo mi amor.

-No exijo nada más.

-Lo tienes- sacó la carta de unos de los bolsillos de su vestido, la besó con fervor- esto es mío, lo más hermoso del mundo.

-Es mi corazón Isabella Swan, te lo entrego, no lo despedaces, no te atrevas.

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Con la libertad de saber que el viejo Swan no estaba, Edward desabotonó su casaca y, como un salvaje que no se alimentaba en meses, arrasó con todo el manjar que Isabella le sirvió con sus propias manos.

Una hora antes, cuando todos los platos estaban sobre la mesa, Bella se sentó al otro lado del comedor.

-¿Qué diablos madame?- rugió- no te sientes tan lejos- se levantó, fue hacia ella y la llevó hasta el asiento más cercano a él- no me gusta disfrutar a mi solo- le guiñó un ojo- el placer es para ambos.

-¿Siempre hablas de esa manera?- preguntó mientras él le ofrecía la silla.

-¿Soy demasiado efusivo madame?- se acercó a su cuello de manera susurrante.

-No- la mujer de amantes y de sangre caliente respondió.

-Así me gusta amor, así me gusta, una buena novia complaciente- se sentó en la silla, tomó una servilleta- hoy saldremos a pasear por toda la ciudad y mañana te llevaré a cenar al Savoy, quiero lucirme contigo de mi brazo.

-¿Mi padre?- pensó en Charles con sus ojos oscuros juzgándola.

-Tu padre, y con tu perdón mi corazón que se vaya al cuerno- si, sabía que podía con el viejo aristócrata- que se vaya al cuerno- pateó con sus botas bajo la mesa.

La princesa encantada, quien necesitaba de nuevo la anarquía y la libertad, maulló como gata que se despereza.

-Si- le ofreció a Edward una mirada oscura- que se vaya al cuerno Charles Swan Kent.

Por un segundo ambos se quedaron en silencio ofreciéndose miradas de complicidad, las pieles vibraron al mismo tiempo, entendieron que juntos serían dinamita que estallaría la alcoba.

Soltaron la carcajada.

-Te amo- Edward dijo de manera seca y profunda matando la risa en su rostro.

-Te amo también caballero.

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-Voy por mi capa y mis guantes- caminó dos pasos por las escaleras.

-¡Quítate todo lo que tienes puesto madame!- una voz de orden estalló con furia.

Isabella se paralizó en medio del recorrido, volteó hacia él, su boca formaba una O redonda mitad sorpresa, mitad no entender aquella intempestiva reacción.

-¿Edward?

-Siempre te veo vestida de oscuro ¡lo odio!, ¡Lo detesto! Eso opaca tu belleza Bella, además…- bajó la cabeza con gesto rabioso.

-¿Además?- descendió unos pasos.

-Es como si aún vivieras de luto.

La mujer percibió en el tono de su voz un toque vulnerable y celoso, veía al hombre agarrando fuertemente el pasamano de la escalera y mirando de manera furiosa sus botas.

-No lo hago por él, Edward- ¿cómo decirle que se vestía de colores oscuros tan sólo para no alentar a la mujer vanidosa que se guarecía en ella?- ya no soy una mujer joven.

Y la mirada se levantó más furiosa, en un par de segundos, y a tres grandes zancadas, Edward llegó hasta ella.

-¿Estás endemoniadamente loca? Eres lo más hermoso que he visto en toda mi vida- agarró su vestido- eres muy joven y mereces colores hermosos madame.

¿El rojo bastardo? El pensamiento llegó hasta ella.

-¿Qué color es tu favorito?- tomó el lacillo de su camisa y lo haló hasta ella. Volvió la sonrisa pícara que presagiaba una de sus frases coloridas.

-Me gusta el color de tus ojos, el tono de tu boca cuando la beso furiosamente- se acercó y respiró sobre su cuello, los pequeños y suaves vellos estaban erizados, síntoma de excitación y lujuria- me gusta el color de tus pezones cuando los muerdo bruja, estoy deseoso de saber que tonos de tu piel no he descubierto aún.

Ambos se miraron provocativamente.

Isabella mordió su boca y levantó su pecho atrapado en el corpiño.

-Voy a ir a vestirme- habló lentamente, se alejó unos centímetros sin despegar su mirada de la de él.

- Invítame a acompañarte madame- tanteó unos pasos- puedo ayudarte.

-No tiene usted remedio Mister Cullen.

-No- susurró, volteó y descendió la escalera y, mientras lo hacía, dijo: no soy un buen chico británico.

Gracias a Dios…gracias a Dios.

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La esperó durante media hora, sabía que el viejo Swan no estaba, ni estaría en la casa hasta las siete de la noche, tomó un libro que fingió leer mientras esperaba impacientemente, minutos después ella apareció vestida como un hermoso ángel: la tela de un amarillo pálido todo bordado en pequeñas florecillas parecía flotar a lo largo de la falda, la cintura envuelta en una cinta de un color más encendido daba la sensación de que era mucho más fina y delicada, botoncillos en imitación topacio eran interminables hasta el cuello, toda ella estaba cubierta, pero aún así el cambio de color le daba un aspecto apetitoso de fruta madura y para rematar, un sombrero de tul que guardaba los bucles rebeldes de su cabello.

Edward se paró sin aliento, ella estaba sonrojada y tímida ¿Quién lo diría? Isabella Swan se sonrojaba.

-Vaya madame- la tomó de la mano y le hizo hacer una voltereta- no llegaré vivo a nuestra boda si sigue vistiendo de esa manera tan hermosa.

-¿Te gusta?

-Me fascina…pero me fascinarás mucho más sin nada, sin nada.

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Sin carruaje, sin ama de llaves que los escoltaran -pecado mortal para una dama decente- y con todos los ojos de la ciudad sobre ellos, madame Swan y mister Cullen salieron a pasear por Piccadilly y Hyde park donde ambos se sentaron a comer pequeños bombones de algodón y frutas de mercado. Isabella descubrió a un hombre que le gustaba el aire libre, que soñaba con el mar y con tardes tranquilas en donde podía interpretar el piano. Ella se aventuró a contarle su amor por la fotografía, pasión que descubrió siendo una joven en Francia.

-Debes tomarme muchas fotos Bella, me veo hermoso en ellas.

-Eres un vanidoso pavo real- se recostó en su hombro.

-¡Por supuesto! Que desgracia ser feo Bella, así no podría aspirar a tenerte mi reina, no te fijarías en un viejo calvo y gordo- dijo juguetonamente.

-Eres hermoso- entrelazó sus manos.

-Y necesito que me lo repitas siempre, soy la vanidad personificada- volteó hacia ella y tomó su barbilla; el sol de la tarde daba directamente sobre su cabello rojizo que, bajo el poderoso reflejo de la luz adivinaba pequeños hilos de cabello rubio- debes decirme que valgo la pena Bella, que no soy un miserable fanfarrón que tuvo la suerte de encontrarte, cada día, todos los días.

-Todos los días- a centímetros de su boca- todos los días te diré que eres hermoso y que doy gracias a Dios por venir a rescatarme de mi sosa y aburrida existencia Mister Cullen - no importaban las buenas costumbres, la sociedad estúpida que no permitía el amor entre sus leyes, las lenguas viperinas que regarían el rumor terrible de que una mujer y un hombre se besaran en público, nada importaba….Londres estallaba frente al hecho de entender que no podía frenar el deseo y la libertad.

Algo, una presencia, una mirada que los electrizaba y de pronto una carcajada los abstuvo del beso que se anunciaba entre ellos. Isabella volteó y Tania Denali, del brazo de Alistair Sinclair, estaban frente a ellos.

-¿No es una sorpresa encontrarnos princesa?- la mirada de cuervo del hombre la auscultó con hambre- luce usted tan hermosa como antes, mucho mejor, mil veces mejor.

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Podría simular una pasión que no sintiera, pero no podría simular una que me arrasara como el fuego: Oscar Wilde

Gracias por leer chicas.