La saga Crepúsculo y sus personajes le pertenecen a Meyer.

A todas las chicas lectoras que tan amablemente me dejan un bello comentario, a ellas muchas gracias, no puedo devolver comentarios como saben, pero a cada una leo con mucha emoción. A las lectoras fantasmas que leen esta historia un millón de gracias.

A mi beta Belen Robsten mi total amor y cariño linda.

FALSAS APARIENCIAS

23.

Alistair Sinclair detuvo su mirada sobre madame Isabella observándola de manera indefinible. Por más que alguien hubiese advertido en como la contemplaba, nadie habría descubierto cuales eran los pensamientos, motivaciones y carácter de aquel hombre con mirada azul penetrante de animal de rapiña. Tania observaba, pero era el acompañante de madame quien realmente le interesaba, no podía quitar la vista del brazo posesivo que, sin vergüenza y poca moral en aquel Londres pacato, sostenía la cintura de la solterona.

-¿No es un lindo día para pasear?- Alistair, quien intentó darse importancia con su bastón, dio dos pasos y se plantó frente a la pareja.

Los ojos entrecerrados de Edward lo desafiaron de hito a hito Maldito perro infeliz, abre la boca imbécil y te tumbo los dientes pero como buen fingidor, mister Cullen sonrió de manera educada.

-Mi prometida y yo decidimos aprovechar el sol de la ciudad – ladeó una sonrisa - es tan escaso como la gente amable aquí - le sostuvo la mirada mientras Bella observaba por lo bajo a la pelirroja de fuego. Ella advertía la actitud de Tania para con su futuro esposo, un fuego interno que le quemaba la entrañas, y que hacía que la mujer de espíritu salvaje que cabalgaba en un potro negro, quisiera tomar a la mujer de su cabello y estrellarla contra el piso no eres una dama Isabella, no lo eres ¡Dios! ¿Estos son los celos? ¿Esta rabia por alguien como ella?

Tania emitió una risilla y, de manera hipócrita, besó la mejilla de Isabella causando que ésta se quedara estática ante semejante atrevimiento.

-Debo felicitarla madame, hará que la mitad de las mujeres de Inglaterra se sientan viudas – rió - pues usted logró lo que muchas desean: el corazón de Edward Cullen.

Mas la mirada de Isabella hacia la mujer fue de desprecio absoluto, Tania sintió el cuchillo de obsidiana que la abría de par en par ¡Estúpida! Todos ellos y sus malditos apellidos creyendo que son mejores que los demás, a mi no me engañas princesa, yo sé quien eres tú, no somos iguales, tú eres peor.

-¿Usted entre ellas madame Denali?

Duelo entre mujeres que han compartido la boca de un hombre que las obsesiona.

Tania levantó las cejas y Edward respiró profundo, clavó su mirada en la mujer diciéndole implícitamente que si insinuaba algo no tendría compasión.

-Oh no madame, yo soy inmune a los encantos de Mister Cullen.

Los botones del hermoso vestido amarillo apretaron y punzaron en el pecho de Isabella recuerdo como rogabas porque él te hiciera el amor ¿inmune?

-¿Cuando es el feliz enlace? – Lord Sinclair tomó el brazo de Tania, todo en él era fingir, odiaba a la mujerzuela, pero ella era necesaria para él, pues era la lengua más viperina de toda la ciudad y sabía secretos de cada uno de los miembros de la elite y, como hombre que se disponía a ser parte de las jerarquías del poder, ella le abría las puertas a todos chantajeándolos con pequeños secretos que le servirían después para obtener votos, prebendas y demás.

-Muy pronto Lord Sinclair- contestó Isabella.

-Debe invitarme madame, soy buen amigo de su padre y conocí a Carlisle Cullen ¡que hombre tan magnifico! Estaría orgulloso de ver como su hijo varón contrae un matrimonio tan conveniente.

La boca de Edward se frunció con desespero y amargura, de alguna manera el maldito lo medía por su farsa, lo medía por el trato sin corazón que lo llevó hacia Bella y por el pasado descarado que no se quitaría de encima.

-Yo sólo invito a mis amigos- levantó su ceja en un gesto cínico - y usted no lo es. El padre de Isabella no es quien se casará, seré yo y, además, mi padre ¡hombre maravilloso! Creía que usted era una alimaña estúpida- cada frase fue dicha con una intención dañina, palabra a palabra le dijo al hombre que, aunque éste creyese que tenía sus cojones por el chantaje, no permitiría que lo manipulase con eso. Con actitud casi teatral, sacó su hermoso reloj de oro y miró la hora con indiferencia mientras que Isabella se llevaba la mano a su boca para acallar una risa que amenazaba con salir de su pecho de manera poco educada.

El rostro de Sinclair se tornó iracundo y toda su máscara civilizada se perdió en un segundo. Edward dio un paso adelante con gesto desafiante y, como reflejo, un arrogante Sinclair se hizo hacia atrás… un escándalo en pleno Hyde Park no era bueno ¡Perro! Él odiaba a mister Cullen y al viejo padre de éste, quien nunca le dirigió la palabra cuando comenzaba su carrera política, siempre supo lo que Carlisle pensaba de él.

-Es un grosero ¿piensa casarse con un hombre como él, Bella?- arrastró la última palabra con sorna ¿Bella?, ¿Qué más se puede esperar de una mujerzuela que se casa con un estúpido campesino en Francia? Mujer idiota que posa sus ojos en la escoria.

Oh… la princesa estaba tentada, la lengua punzante que en ella predominaba estaba dispuesta a decirle a Sinclair que nunca la tocaría y que lo que él sabía no era su arma para atemorizarla.

-Me caso con quien quiera Milord… lo sabes…y si mi prometido no lo quiere en nuestra boda, aún con su cargo en el parlamento, se lo aseguro… no será bienvenido.

Edward e Isabella se miraron, una chispa de complicidad juguetona cruzó por los rostros de ambos, él le guiñó un ojo travieso tan solo para ofender a los dos testigos que los devoraban, la tomó de su cintura y le estampó un beso sensual y nada británico a Isabella Swan.

Tania y Alistair - hipócritas por naturaleza- se quedaron pasmados ¡besarse a las tres de la tarde cuando toda Inglaterra podía verlos! ¡Que falta de elegancia!

-¿No cree usted Milord que es hora que en esta ciudad haya gente que pueda besarse sin temor a ser juzgados?- le dio la espalda a los dos intrusos de su paseo y alargó su mano hacia Isabella- Vamos querida, nos falta una hora más de sol, tenemos que seguir escandalizando las calles- apretó la mano que se le ofrecía, Madame Swan se carcajeaba en su interior ¡libertad! gritaba- hoy le daremos a las viejas cacatúas un buen tema de conversación mientras toman té con galletas.

Y sin más ni más, Isabella y Edward se alejaron de las dos molestas moscas que los interrumpieron. En silencio y, en el interior de cada uno de ellos, entendieron que estaban aterrados por el poder de éstos sobre sus vidas.

-¡Es un maldito!- dijo Alistair entre dientes.

-¿Vas a permitir que se casen?- Tania sacó su sombrilla de manera impaciente.

-¡Por supuesto! Esa cortesana va a tener lo que se merece.

-¡No! él la ama.

-No me importa- una mueca grotesca surgió en su rostro- ella también, ahí reside la venganza madame, la mía y la tuya querida, es tan simple como eso.

Lady Swan y mister Cullen continuaban en silencio, el paseo había sido amargado por las dos aves de mala suerte del político y la mujeruca venenosa. Por un leve segundo, Isabella volteó hacia atrás y vio a la mujer de belleza arrogante que, con sus ojos de azul eléctrico, lo devoraban a él.

-No mires mi reina, ellos no lo merecen- tomó la sombrilla de encaje de su novia y la abrió para resguardarla del sol picante tan típico a las cuatro de la tarde en la ciudad.

- ¿La conoces bien?

Por un segundo Edward se detuvo ¡maldición! ojalá no la conociera.

-¿A quién?- trató de hacerse el desentendido.

-A esa mujer ¿la conoces?

Dime la verdad Edward, dime que fuiste su amante, si lo confirmas podré estar tranquila.

-No, no la conozco bien- Isabella empuñó una de sus manos en la varilla de la sombrilla- sólo la he visto en algunas fiestas, en una que otra obra de teatro o museos.

Miente, él me miente fijó su mirada en la hermosa barbilla que parecía haber sido esculpida en mármol. Ésta parecía tensa, y el conocido signo del músculo sobresalido marcaba la rigidez y preocupación que él sentía quizás tiene vergüenza Isabella, él es como tú, siente pena de su pasado ¿Quién eres para juzgarlo? Su pasado no te pertenece, como a él no le pertenece el tuyo…si, agua pasada no mueve molinos Sus ojos se encontraron en medio de la calle frente a un hermoso almacén donde un enorme vidrio los reflejaba a ambos. El hombre dulcificó su mirada y sonrió ante su novia.

-Hoy ha sido un hermoso día madame, el mejor de todos- la tomó de la cintura y la enfrentó al escaparate del almacén- míranos ¿no somos endemoniadamente perfectos? Alistair y esa mujer lo saben, ellos no entienden quienes somos y porque tú y yo podemos caminar a esta hora en plena ciudad sin miedo a nada- se acercó a ella- nos amamos bruja, nos amamos a pesar de todo- delineó sus labios con dedos temblorosos- Esta noche te pondrás uno de esos hermosos vestidos que sé que escondes- rozó con su nariz la mejilla de raso de Isabella- e iremos al Savoy, bailaremos, seremos coquetos y escandalosos muñeca ¿no te emociona saber que todo Londres mañana creerá que somos unos indecentes?

La tirantez de unos segundos atrás se diluyó en el cuerpo de Isabella, sólo quedó el calor y la sensación embriagante del olor de Edward sobre su piel. Se mordió su boca ante la insinuación de escandalizar la ciudad en el enorme hotel y de bailar como en años pasados, bailar sin que nada ni nadie le importara.

-Mi padre no lo permitirá querido.

Una mueca arrogante fue la respuesta del hombre frente a ella. Edward sabía que el viejo cara de palo de Charles Swan no se opondría, éste tenía demasiado en juego en aquella boda y en aquel infernal contrato.

-No te preocupes linda, yo lo convenceré.

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A unas calles de allí, al oeste de Londres, en el impresionante barrio Mayfair, Jasper Whitlock se enfrentaba a un gran terror: su mujer Emma llevaba en trabajo de parto unas horas, toda la casa se estremecía por los gritos de la pobre y débil mujer, quien no entendía el porque su hijo no nacía y la torturaba de semejante manera.

Las sirvientas y el doctor entraban y salían de la gran habitación, Jasper intentó ingresar pero nadie lo dejó, sobre todo la propia Emma y su madre, quien creía que era de mal gusto que el esposo viera un nacimiento. La espera exacerbaba su ansiedad nublando su capacidad de comprender la ya conocida costumbre de la época: los hombres sólo debían cargar a los hijos después de que éstos estuviesen limpios y alimentados.

Milady Emma Whitlock pasó por alto el detalle de acallar sus gritos, sufría y, de alguna manera, Jasper viendo el rostro de preocupación de todos presintió que su mujer y su niño no sobrevivirían.

Un grito desgarrador.

Un aire enrarecido.

Una sensación de algo inevitable.

Y Jasper se derrumbó sobre la silla enfrente de la habitación y comenzó a llorar como niño pequeño.

Lloraba por que nunca amó a esa pobre chiquilla, lloraba porque nunca sintió una real emoción por la criatura que venía en camino, lloró por doce años de desdicha para Emma y para él.

El viejo doctor salió con el rostro endurecido, Jasper, limpiándose las lágrimas, se paró y enderezó su fino cuerpo ante el hombre de aspecto duro e insensible.

Ambos se miraron.

-Ruegue Milord, porque ella muera lo antes posible, el sufrimiento de la pobre Emma es inaudito.

Jasper gimió y pateó el suelo.

-¿El niño?

El viejo chasqueó los dientes.

-Está muerto hace varias horas dentro de ella, el cordón umbilical está enredado en su cuello, no he podido sacarlo, venía en mala posición, ella ha perdido mucha sangre.

El hermoso rostro de Jasper se desfiguró, se llevó una de sus manos a los ojos para ocultar el dolor.

-¿No puede hacer nada? ¿Una cesárea?

-Es demasiado tarde, no aguantará algo como eso- el hombre se irguió en su estatura- ¿cree usted en Dios, Milord?

No, Milord no lo hacía, el doctor lo entendió, bajó la cabeza en resignación.

-Sólo espere, si existe algo de compasión en el universo Jasper, Emma morirá al amanecer.

El cirujano volvió a la habitación, años y años como hombre de ciencia y siempre frente a la muerte y a la impotencia éste maldecía…porque al igual que Milord, él tampoco creía en Dios.

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Eleazar con mirada de zorro observaba en silencio a Alice, quien le servía una copa de vino ¿Quién diría? Que aquella mujer pequeña de rostro inmutable era semejante diosa en la alcoba.

De manera maliciosa la recorrió de arriba abajo ¡que desperdicio! Hubiese querido verla sin aquellas ropas de ama de llaves, deseaba observarla llena de joyas y alardear con ella en los grandes salones de Paris ¡Mon dieu! Como detestaba ver como una mujer como Alice debía perderse de las cosas buenas de la vida.

Soltó una carcajada y, sin vergüenza, la tomó por la cintura y la sentó en su regazo mientras ella trataba de zafarse de los portentosos brazos.

-Mister Merchant, estas no son horas, además le dije que sólo sería una vez- mas el hombre no la soltaba de su amarre.

-No seas mala Alice- sonrió- mi pequeña rosa inglesa… no puedes destrozar mi corazón de semejante manera, me das el cielo y me lo quitas ¡perversa! Dame otra noche más y te juro que podría amarte como un loco.

Alice chilló ¡Este hombre! Por un momento volteó y el rostro pícaro y risueño de Eleazar estaba serio y meditabundo ¡Dios mío! Habla en serio el bigote coquetón y esmeradamente pulido lo hacía lucir más hermoso y seductor de lo que en realidad era, su boca carnosa se arrugaba un poco como si ésta fuese a besarla y los ojos casi negros enmarcados en impresionante pestañas hacían de Eleazar Merchant el amante perfecto, el ideal. El cuerpo de Alice vibró frente a la memoria de la maravillosa y alucinante noche en que, con aquel loco divertido, había vuelto a ser mujer. Le sonrió con ternura, éste le respondió de igual manera pero sabiendo que aquella sonrisa hermosa estaba antecedida por una sensación de melancolía que él conocía muy bien, esa era la risa y la mirada de ese tipo de mujeres que, aunque se acostaban con otro, siempre estaban hambrientas por el amor de alguien más.

Inmediatamente la soltó y volvió a ser el hombre fatuo y falsamente despreocupado de siempre.

-¿Más vino mister Merchant?

-Oh no querida, es demasiado temprano para embriagarme- sacó un pañuelo y lo zarandeó en el aire- no es de buen gusto a esta hora del día, además- y la miró por lo bajo- cuando estoy borracho sufro de un terrible mal.

- ¿Ser un sátiro indecente?- Alice sonrió.

-No- su voz fue ronca y profunda- me vuelvo un romántico incurable y recito poesías mon amour, no querrás verme así, podrías amarme.

-Oh mesie- la contestación de Alice fue triste ¿Por qué no podía enamorarse de ese cara dura encantador?, ¿Qué era lo que la ataba de tan terrible manera a un recuerdo de un hombre rubio y cobarde que ella adorada hasta el delirio?

Eleazar vio como la figura menuda de Alice se retiraba. Se sentó en el gran salón mientras que observaba el impresionante mobiliario de la casa Swan, al menos el viejo Charles tenía buen gusto para el arte, o, mejor dicho, pretendía tenerlo. Seguramente éste era de esos hombres que creían que el arte era una manera más para afianzar su poder y su estatus.

Estaba esperando a Isabella y a su "prometido" hizo una mueca, ese hombrecillo no le agradaba, no sabía porqué, algo en Edward Cullen le molestaba, quizás eran celos, celos porque éste se le llevaba a la amiga y a la confidente, a la única que podía entender quien era Eleazar Merchant y la única quien no juzgaba sus maneras excéntricas. Pero también era por el extraordinario y misterioso hecho de que, aquella mujer que él conocía desde hacía tantos años, estaba enamorada ¡que terror! ¡Enamorada! Y de alguien que Eleazar presentía era igual a ella.

Si es así, ambos se van a despedazar ¡Dios mío! Ese hombrecillo le hace daño y ella se come su corazón…al igual que en Paris.

Escuchó unas risas que provenían desde el jardín exterior de la casa, Oscar, el sirviente que parecía un autómata, abrió las puertas de la residencia, Eleazar se paró frente a ésta con aire de príncipe a quien han dejado plantado. La imagen frente a él fue pasmosa. Isabella, vestida de amarillo brillante, se colgaba del brazo de su prometido y se carcajeaba sin pudor, el hombre la sostenía de su cintura y besaba su cuello.

-¡Eleazar, cariño!- Isabella se desprendió de su novio, fue hasta su amigo y lo abrazó con fuerzas. Por encima del hombro, el francés observó como Edward Cullen hacía un rictus con su boca de rabia que trataba de esconder. El alma juguetona de Merchant quería divertirse y, a la vez, saber hasta donde podía aquel hombre llegar por Isabella-eres malo conmigo Mon cherrie- la princesa encantada era libre y pícara con su mejor amigo- no te atrevas a dejarme sola tanto tiempo.

-¡Ja! – Eleazar sonrió con una falsa ironía- no me amas, me dejas por él- señaló con su cabeza al susodicho que lo observaba por lo bajo esperando la oportunidad de hablar.

- Al menos mecie, la señorita tiene buen gusto- se paró frente a él, tomó a la prometida de su brazo y la apartó del franchute pomposo.

La mujer entre los dos hombres acalló un risilla par de pavos reales eran hermosos y ella los amaba de diferente forma.

- Señores, no peleen- tomó a Edward de la mano y a Eleazar de la solapa de su casaca, nada formal, azul cielo- los amo a los dos.

Edward gruñó por lo bajo, Merchant era un misterio para él, un misterio que no le gustaba y que le hacía preguntar ¿por qué aquel era amigo de Isabella? Edward pensaba que era la menos apropiada para ser amiga de ese payaso.

Madame Swan dio la orden a Alice de servirles a los dos pavos algo de jerez y se retiró, de forma coqueta, a su habitación.

-¿Vas a dejarlos solos? Tu prometido es un hombre celoso y Eleazar- los ojos grises del ama de llaves brillaron divertidos- está deseoso por molestarlo.

Bella alargó un poco su cuello hacia el gran salón donde los había dejado, levantó las cejas y suspiró.

-Déjalos querida, mi Edward no permitirá que Eleazar haga burla de él, y Eleazar sólo me protege.

-¿Te protege? Pensé que mister Cullen era el salvador, además querida, yo se que tú no necesitas protección de nadie.

Efectivamente, los dos hombres sentados uno frente al otro, se observaban como si estuvieran en un cuadrilátero. Eleazar afinaba su bigote y recorría de arriba abajo al inglés que miraba indiferente la ropa de miles de libras –pero ridícula- de Merchant.

-¿Cuándo será la boda mister Cullen? Debo saber.

-¿Debe? ¿Acaso es el padre?- espetó furioso y lleno de celos.

¡Soy familia! Voy a sacar de quicio a este tonto, no hay nada más divertido que ver a un británico salirse de su hipocresía culta se paró de la silla, sacó su pañuelo bordado y caminó por el lugar con aires de gran señor- Isabella es todo para mi ¡es la luz!

Dos pasos y los ojos verdes enfrentaron el rostro de Eleazar que trataba de mantener una expresión seca.

-No puede hablar así de una mujer que está a punto de casarse con otro hombre mister Merchant.

-¿Me retará a duelo Mister Cullen? Soy bueno con el florete, no con las pistolas- movió en círculos el pañuelo- son demasiado vulgares para un duelo amoroso- soltó la carcajada.

- Es usted un payaso.

-¡Por supuesto Edward! Lo soy- una mueca ladeada y canalla, una mirada agresiva… todo demostraba que aquel hombre, a pesar de su ropa chillona, no le temía a nada- ¿no lo somos todos? ¿Quién es usted? ¿Piensa que es suficiente para mi Isabella?- cada golpe de voz fue dura y su acento francés no era chusco, sino directo y mordaz.

-Me ama.

- Las mujeres siempre aman a quien no les conviene Mesie, eso lo sabemos- frente a frente- hombres como nosotros, entendemos a las féminas más que cualquiera, las hemos visto posando sus ojos en idiotas que no valían la pena y, sin embargo, ellas, duras de corazón, tercas y románticas, son capaces de cosas que nosotros, los hombres, no entendemos, ahora ¿es usted suficiente para mi Isabella?

-Lo soy, he peleado por ella más de lo que sabe, iré a cualquier parte por Bella, me enfrentaré a quien sea.

-¿Será un buen hombre?- era un duelo, no de florete ni de pistolas, un duelo entre dos hombres que amaban a la misma mujer.

-Lo seré, por ella y por mí- Edward lo dijo con una convicción que desconocía, con una fuerza interior que siempre se había negado.

Eleazar sonrió satisfecho y apequeñó su mirada. Defendía a Isabella, la defendía porque sólo él sabía que, a pesar de lo caprichosa que había sido de su perversión juguetona, la mujer de veintisiete años añoraba una vida diferente, deseaba borrar su pasado y enterrar el fantasma de la princesa que, con sus manitos, podía destrozar a quien fuera….y de alguna manera, Eleazar Merchant, sabía que también protegía al inglés arrogante, si no la amaba de verdad, la mujer de Paris saldría y no tendría piedad.

-Bueno, bueno- se sentó de manera no muy varonil: cruzó sus piernas y apoyó su codo sobre el respaldo de la silla- ¿no es maravilloso Mister Cullen? Hablando se entienden los caballeros, de verdad no deseaba un duelo- se limpió con desgano su ropa- matar hombres no es mi deporte favorito ¿el suyo?- levantó inquisitivamente una ceja.

Fue entonces cuando el cínico y duro Mister Cullen, quien enfrentó al peleador más peligroso de Inglaterra, vio la oportunidad de demostrarle a aquel francés quien realmente era.

-Si es necesario sí Mesie Merchant- su voz bajó dos tonos, sacó su pitillera de oro, un cigarrillo y lo encendió de manera elegante.

- Como buen inglés mister Cullen, como buen inglés.

Ambos se miraron, una chispa entre los dos de reconocimiento, miradas de hito a hito y los dos hombres comprendieron que: uno era gozador y hedonista pero no temía a pelear y que el segundo: cínico, cara dura que peleaba por tener dignidad y que por eso era capaz de cualquier cosa.

Isabella sacó de la cava de su padre un vino de la enorme colección. Charles los guardaba como tesoros y, como buen avaro, nunca bebía por miedo a desperdiciar una gota. Sirvió sendas copas del oscuro y añejo licor para los dos hombres que adoraba e hizo que Eleazar brindara.

-¿No bebes una copilla Mon papillon?

-¿Bebes mi reina?- Edward preguntó divertido.

-Una dama- y sin vergüenza abrazó a su bastardo- no puede darse el lujo de decir que bebe Edward.

El francés tosió, la había visto por Paris en su carruaje borracha sin importar cual dama era.

Los dos amigos se miraron de manera cómplice y profunda, para Edward aquello no pasó desapercibido y la chispa de unos celos ciegos surgió en él hasta dolerle ¿qué conocía el payaso francés de Isabella? ¿Cuál era el origen de aquella particular amistad?

La lengua se deslizaba suavemente por su paladar, un dedo juguetón haciendo círculos en su cuello, el respirar de ambos agitados, un brazo sosteniendo la cintura de la mujer, y un gemido de ella que decía que estaba por desmayarse de placer en el jardín de la enorme casa.

Una carcajada socarrona y un guiño juguetón.

-Parece que te gustan mis besos bruja- afirmó altivo y altanero.

Oh ¿quieres jugar conmigo arrogante?

-Mmm son- mordió su boca y se alejó un poco- tiernos y dulces- lo dijo entre pucheros y una expresión ambigua.

Un gruñido, las cejas luchando la una contra la otra y el brazo arrastrándola hasta su pecho.

-¿Tierno madame? Eso no se le dice a un hombre como yo- volvió a la boca desesperado y el beso fue agotador, húmedo, donde lengua, dientes y sonidos confluyeron para que ambos sintieran un vértigo arrasador- ¡diantre!- se agachó y puso sus manos sobre sus rodillas- ¡Necesito casarme contigo bruja! – Alzó su mirada- si no te poseo voy a morir de tanto desearte- de manera veloz la abrasó- ¿sabes a lo que me refiero madame?- la pregunta era directa- ¿sabes lo que hago en las noches cuando pienso en ti?, ¿Cuándo te recuerdo en aquel vestido que llevabas el día de la fiesta en el hotel?, ¿Cuándo recuerdo eso que hiciste aquel día? Tu boca preciosa besándome en lugares tan perversos ¿Cuándo te recuerdo sobre ese infernal caballo?, ¿Sabes que sueño?- la mujer abría sus ojos desmesuradamente, su corazón palpitaba como tambor y respiraba excitada y asustada- te sueño desnuda corriendo sobre ese animal cual lady Godiva mi amor.

-¿Me deseas de esa manera Edward?- llevó su mano hasta su cabello y lo jaló con fuerza.

-Hasta el dolor madame.

-Lo mismo siento yo, pronto nos casaremos, serán sólo tres semanas.

-¡Mañana!- gimió y su cuerpo se movió impaciente- mañana bruja, por favor ¿tres jodidas semanas?

Mi verga morirá por no tenerte.

-La espera valdrá la pena, nos iremos a Forksville y nadie nos verá por meses, ni siquiera la servidumbre.

La respiración del hombre se avivó ante semejante promesa, sonrió y sus maravillosos dientes blancos dejaron adivinar una lengua que jugó entre ellos, una seducción sensual, la muestra de lo que él era capaz de hacer.

-Vas a matarme ¿no es así mi reina?

-Eso espero bastardo.

Esa noche él iría por ella para llevarla al hotel Savoy

No te preocupes, tu padre no dirá nada, además Bella, me portaré como lo que nunca he sido, seré un caballero, mis manos y mi boca no irán más allá de lo decente, se guardan para nuestra noche de bodas, después de eso a la mierda la caballerosidad contigo.

Edward era libre con ella más de lo que fue con ninguna de sus mujeres, con muchas de ellas había tenido que jugar al romántico tierno, al seductor implacable, al caballero que se rendía ante los encantos de sus amantes, a todas mintió, nunca había sido tierno, ni romántico, y su seducción se medía a la par de lo que las mujeres le podían dar, pero con Isabella había sido eso y mucho más ¡Diablos! Hasta escribía cartas ¡él! Y en cada letra escrita descubrió lo real y total que era en ellas.

Estaba deseoso de llevarla al hotel, al restaurante y al salón de baile. Quería mimarla, seducirla y comportarse como un hombre esplendido con ella. Al darse cuenta que Bella no era una de sus amantes que siempre costeaban el hecho de ser vistos con él, que era él quien debía ser el seductor, le provocó una enorme tristeza, para el padre, para Sinclair, para Tania, su hermana y las mujeres que lo conocían, Edward Cullen frente a madame Isabella era un pobre miserable. De alguna manera cuando todos ellos lo vieran a la cara cuchichearían a sus espaldas, todos creerían, mejor dicho, tendrían la certeza que él se había casado con ella sólo por su dinero ¡maldita sea su suerte! Años y años sin importarle un bledo el que dirán y ahora no soportaría que su pasado de casanova chupador de sangre fuese el que lo definiera frente a todos.

Se llevó su mano hacia el bolsillo ¡nada!, ¡ni una maldita libra! No tenía nada, nada para invitarla, nada para comprarle unas flores ni una caja de chocolates. El sólo hecho de pensar que ella tendría que pagar lo puso furioso. Parpadeó de manera maniática ¿Quién estaba trayendo comida a la casa? Quiso golpearse contra la pared ¡egoísta! No se había preocupado por saber como su hermana Rosalie se alimentaba ¿en que momento se había vuelto un necio sin corazón que sólo está pendiente de sus idiotas necesidades?

Como un loco fue al encuentro de su hermana. Ésta se encontraba en el salón de música practicando frente al piano. Su madre siempre quiso que ella aprendiera a tocar mas nunca fue posible. El talento de Edward la opacaba, por lo que tan sólo - y de mala manera - lo intentaba.

Adentrada en las teclas se encontraba cuando, de pronto, sintió como un abrazo fuerte la sorprendía por detrás, un beso en su cabello rubio y un respirar cálido sobre su cabeza.

Ella estaba paralizada, sus dedos descansaron sobre las teclas del piano. No volteó y sólo se quedó allí sintiendo, por primera vez en su vida, como su adorado hermano la abrazaba con fuerza.

-¿Nunca te lo he dicho no es así querida?

Rose, inteligente y suspicaz, supo a lo que él se refería.

-No cariño, nunca me los has dicho y no te culpo, nuestra educación no lo permitió- la voz musical fue pequeña y susurrona - pero siempre lo he sabido, yo te amo igual.

Ambos se estremecieron frente a la declaración directa de ella y tácita de él.

-Hemos estado tan solos Rose, desde pequeños: niñeras, sirvientes y un padre que nos amaba pero que, de alguna manera, estuvo atrapado por su propia educación y nuestra madre – acarició la melena rubia y sedosa de su hermana - no era cariñosa.

-Sólo éramos tú y yo.

El abrazo se deshizo. Edward se sentó junto a ella en la silla del piano, colocó sus manos sobre las teclas y tocó dos notas suaves.

-¿Quién está manteniendo la casa Rose?

Los ojos azules de ella se llenaron de lágrimas pues sabía que la respuesta humillaría a su hermano.

-Madame Swan – sus ojos eran aterradores – ella manda cada dos días con sus sirvientes comida, ha hecho que una de ellas venga y limpie la casa, Emmett también lo hace Edward, ha comprado cosas necesarias y ropa para el bebé y para mi- habló de manera apresurada al ver como el rostro del cínico de su hermano se transformaba en una mueca de dolor - Oh no, no te preocupes hermano, yo se que madame lo hace con todo cariño y Emmett ha asumido su responsabilidad, Milady Morton lo despidió pues él ya había abandonado la casa, ahora trabaja en las estibaciones del puerto, es un trabajo terrible, pero tenemos la esperanza que madame Swan cumpla cada una de sus promesas Edward, somos muy felices con eso.

Un furioso Edward Cullen castigó con fuerzas las teclas del impresionante piano rugiendo de rabia, se paró como un bólido de la silla y caminó como un loco por toda la habitación, mientras que Rose lo observaba en silencio.

-¡Te lo juro Rosalie!, ¡Te lo juro que no volverás a pasar por esto!, ¡Tu niño tendrá lo mejor! No volveré a permitir la pobreza en esta casa, no dejaré que nadie pase por encima de nosotros, haré lo que sea- caminó rápidamente hacia ella y la tomó de sus hombros- Todos creen que me casaré con Bella por su dinero- Rose iba a abrir su boca- ¡lo sé! Esa fue mi maldita intención al principio, esa y la idiota deuda que tenía con Sinclair, pero ahora no es así ¡no lo es!

-Yo lo sé cariño, estás enamorado de ella, lo he visto en tus ojos hermano.

-Me odio, no quiero ser un miserable, seré un mendigo frente a todos, soy un mendigo frente a ella.

Rosalie tomó con fuerzas las muñecas de su hermano, sus brillantes y hermosos ojos lo miraron con fuerza y su ceño de mujer testaruda lo enfrentaron.

-¡No! no lo eres, ella lo sabe muy bien, no eres un mendigo Edward Cullen, estás a un paso de convertirte en lo que mi padre deseaba y mucho más.

Cerró los ojos con fuerzas, apretó su boca e inhaló con dureza el oxigeno mas no fue suficiente para calmar su desazón, ni siquiera las palabras alentadoras y llenas de fe por parte de Rosalie ayudaban.

-Tengo qué- se apartó unos pasos de su hermana- tengo qué…- volvió y besó la frente nívea de Rose- faltan tres semanas para casarme con Isabella, te lo prometo, no permitiré que nada te falte, te compraré el vestido más hermoso para que asistas a mi boda, contrataré una sirvienta, ya no más- sin decir una palabra, y sin permitir que Rose discutiera, corrió hasta su cuarto, sacó su hermoso anillo de rubíes, su pitillera de oro y el hermoso reloj - todas herencias de su padre - y salió a empeñarlas.

No seré nunca más un mendigo ¡Jamás!

Corrió por las calles, a lo lejos se escuchó el sonido del reloj del Big Bang y Edward Cullen no sabía que, desde hacía una hora, alguien lo seguía.

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-¿Vas a salir con ese hombre?, ¿A está hora?, ¿Frente a toda la ciudad? – Un impaciente Charles Swan miraba a su hija que llevaba un hermoso vestido de blanco marfil y lleno de volantes y con su cabello repleto de bucles adornados con pequeñas joyas en imitación a flores- ¡es una grosería! Una dama no puede hacer eso.

Isabella se miraba al espejo y escuchaba indiferente las palabras de su padre, sólo observa la imagen frente a ella, allí, como si no hubiesen pasado siete años de su vida, estaba la niña bonita que un día fue. Se acercó y posó sus manos por sus mejillas que estaban en pleno ardor, recorrió su rostro: su boca estaba llena, fogosa y su mirada tenía un brillo especial.

Aún estás allí ¿No es así? No se atrevió a llamarse a si misma "Princesa encantada" porque era algo más, algo más profundo existía en ella, una especie de bondad sin disfraces, una belleza sin arrogancias, una mujer sin el dejo presuntuoso y caprichoso de antes.

Volteó hacia su padre, subió los guantes de satén hasta sus codos, alzó su rostro y dijo:

-No puedes impedirlo.

-¡Isabella Marie Swan! ¿Desde cuando eres una impertinente? ¡Te desconozco!

Ella alzó la ceja e hizo una mueca ladeada con sus labios.

-No me conoces padre mío, no me conoces. Nunca te has atrevido a saber nada de mí, así que no permito que me juzgues. Me has dejado sola durante toda tu vida aduciendo argumentos de educación que son estúpidos, siempre me has hecho sentir culpable porque cometí el gran pecado de ser tu única hija… por ser una mujer- se acercó a éste y se empinó un poco- no puedes impedirme nada, se que te aterra que no me case, ya soy una solterona, este matrimonio salva toda la fortuna que tanto te importa y el apellido Swan- Kent, así que no puedes decirme nada.

El viejo cara de palo arrugó su frente hasta el dolor, pequeñas patas de gallo se reunieron alrededor de sus ojos, su nariz se dilató como si el acto de respirar fuese algo sumamente doloroso y su labio inferior fue succionado por sus dientes.

-Espero que guardes las formas, no quiero que nadie piense que mi hija llegó al altar sin su virtud intacta.

Isabella se quedó lívida por un segundo, la esencia de desfachatada de años antes se carcajeó con fuerza dentro de ella, hizo un esfuerzo por no contestarle: Padre, mi virtud la perdí en el campo en Francia y ella no volverá jamás…y me casé con el hombre que la arrebató, es más, fui yo quien lo obligó mas no contestó nada.

-No te preocupes padre, Edward Cullen no me tocará hasta el día de mi boda.

-No quiero bastardos llegando antes de tiempo.

La hija tembló ante la crueldad del padre. Tragó la hiel del desprecio de éste y se aprestó a esperar a su prometido. Cinco minutos más tarde llegó como una aparición; hermoso, vestido de negro y azul noche, oliendo maravilloso, envuelto en una capa y con su aire de dandy gótico.

-Madame- golpeó con sus botas, de su capa sacó un hermoso ramo de rosas rojas, una caja de bombones sumamente costosos y un estuche de terciopelo negro- para la más hermosa mujer de Europa- la tomó de su mano y la arrastró hacia él- la más hermosa del mundo para mi- y besó su boca de manera impertinente sin importar que alguien lo viese.

-No tenías porque molestarte querido- Isabella trató de estar tranquila, conocía las condiciones económicas de Edward y no deseaba ofenderlo con su fortuna pero entendía que el orgullo de éste estaba en juego.

Una mirada de sospecha y de incomodidad cruzó por sus ojos verdes No soy un mendigo Bella…no lo soy.

-Toda para ti bruja perfecta, ábrelo por favor.

Un guardapelo de plata que colgaba de una cadena del mismo material: simple, pero elegante. Isabella suspiró, sólo Eleazar y Michell le habían dado regalos significativos pero ninguno como aquel.

-Es hermoso cariño, realmente lo es- Edward ansiaba aquella respuesta y le sonrió sólo como él lo hacía, sacó una navaja, fue hasta uno de los bucles del cabello castaño de Isabella y lo cortó, y luego hizo lo mismo en un cadejo de su melena rojiza, abrió el guardapelo y colocó los cabellos de ambos dentro de él.

-Cuando tengas tu cámara nos tomaremos una foto y ella estará aquí, y cuando nazca nuestro primer hijo también, para que así nos lleves en el corazón – posó su mano sobre su pecho- después me compraré uno para mí - hablaba en susurros- para llevarte siempre conmigo amor mío, donde vaya- una voz profunda- donde esté… en cualquier lugar del mundo.

A Bella aquella sentencia le pareció funesta, algo en aquel tono melancólico no le gustó e, inmediatamente, llevó su mano de satén marfil hacia la boca de su novio.

-No irás a ninguna parte, siempre estaré contigo- ambos fijaron sus miradas de forma inquieta y devoradora- siempre.

Él besó sus dedos y mostró su sonrisa canallesca y libertina.

-No pensemos en mañana bruja- la tomó de la cintura- hoy vamos a bailar hasta que el mundo reviente. Quizás al amanecer la víbora de la reina saque un edicto y nos eche del país por no saber guardar las formas ¡vamos! Retemos a la tonta sociedad.

Al salir de su casa, Isabella vio un enorme y lujoso carruaje frente a ella, aquello era lo más exagerado que había visto en su vida: un cochero serio y dos sementales blancos y enormes.

-¡Edward!- dio dos pasos al frente- es maravilloso.

-Lo mejor para ti- mordió el lóbulo de su oreja- lo mejor.

Abrió las puertas del carruaje y, si en el exterior éste era pomposo, dentro era exagerado y barroco: las sillas de cuero forrado, brillante con paredes de un rojo borgoña acolchado en terciopelo y cortinas de seda del mismo color.

La subió con delicadeza y, a los cinco minutos y a trote lento, recorrían las oscuras y enigmáticas calles de la gran ciudad.

Ambos en silencio, uno al frente del otro.

La atmósfera era recargada y caliente.

Las respiraciones duras y sofocadas, los ojos hambrientos de uno sobre el otro. El corpiño de ella la apretaba dolorosamente y él se removía incomodo en su silla.

-No puedo estar a solas contigo Bella, tengo perversos pensamientos con tus senos- se mordió los labios.

-Y espero que los cumplas todos bastardo.

-No lo dudes reina de mi alma- le guiñó un ojo, con un movimiento intempestivo se sentó a su lado, ella saltó por la electricidad del roce, Edward tomó su mano enguatada- ¿has escuchado madame que los coches de Londres son el escenario perfecto para los amantes? – si, ella había escuchado, el solapamiento de la ciudad escondía el secreto de que, dentro de los grandes carruajes, habían sido engendrados más de la mitad de los habitantes de la gran metrópoli- sueño eso contigo- acarició la palma de la mano, se deslizó hasta la muñeca, tomó uno de los pequeños botones y los besó- voy a desnudarte poco a poco- desabotonó el primero- quitarte este guante es el preludio amor mío de tu piel- besó el siguiente botón- no quedará nada de ella que yo no recorra- lenta, sutil y suavemente quitó el guante dejando desnuda la mano - si estoy- beso- excitado- beso- con sólo esto- beso- ¡demonios!- su lengua húmeda se quedó en aquella parte de la muñeca donde podía sentir el pulso- no me imagino cuando bese otra parte de tu anatomía- levantó su cara e Isabella sólo vio deseo puro- y no me refiero a tus pecaminosos labios.

-¡Dios!- ella gruñó.

-Dios no- la haló con fuerza a milímetros de su boca- sólo yo bruja divina- mordió sus labios- yo, Edward el bastardo.

A los quince minutos estaban frente al gran Savoy, si el cochero se hubiese retardado más, el mito de coche ocultador de las lascivias londinenses hubiesen tenido otra página más.

Se sentaron en la mejor mesa de todo el restaurante y un Edward pavo magnifico ordenó lo mejor y más costoso: vino, langosta en salsa de naranja, trufas, cerezas y un delicioso postre de fresas, alimentos que casi nadie consumía y que cada uno valía una fortuna. Isabella se mordía la lengua, no deseaba humillarlo preguntando de donde salía el dinero para pagar todo aquello ¿quizás aún guarde un poco del dinero de la pelea en Regent Street? ¡Los hombres y su arrogancia sin medida! Sólo quiero que no se sienta mal, que esté orgulloso de sí mismo.

-No es necesario todo esto cariño.

Un gesto de furia impaciente se dejó entrever.

-¡Lo es! No te vas a casar con un mendigo madame.

-Nunca serás un mendigo- tomó su mano- eres el príncipe de esta ciudad, quisiera la vieja urraca de la reina Victoria haber tenido un descendiente como tú, querido, Enrique VIII hubiese dado la mitad de su reino por engendrar a alguien tan hermoso- lo dijo de manera coqueta con ojillos dulces- eres digno de lo mejor.

-¿Lo soy?

-Así es- miró hacia los lados, cientos de personas a su alrededor, el enorme salón del restaurante era un fluir de gente, todos ellos llenos de joyas, mujeres con hermosos vestidos, caballeros impecables, meseros; la música de la gran orquesta…gente, gente que los observaban. Isabella orgullosa supo que nadie era como él, y que nadie era como ella- todos quieren ser como tú.

Un aire melancólico se vislumbro en el rostro del príncipe a su lado.

-Todos quieren estar en mi lugar porque estoy contigo madame Swan, eso me hace especial.

Ella entrelazó sus dedos a los de él.

-¿Conmigo?, ¿Una vieja solterona aburrida?- el apretó sus manos de forma vehemente.

-¡No! con la mujer más fascinante y misteriosa de toda la ciudad, la mujer- se levantó y llevó su silla hasta el lado de ella (mala costumbre) algo que haría que todos empezaran a murmurar- que tiene al hombre más cínico y descorazonado de esta ciudad a sus pies- jugueteó con su cabello- alguien- y respiró sobre ella- que está a punto de redimirme mi amor- y, sin importar que la gran sociedad estaba allí, la besó en su cuello, Isabella llevó su mano hasta su rostro y lo acarició tiernamente- ahora bruja, comamos, bebamos y en media hora bailaremos hasta que nos echen de aquí.

Una hora más tarde, Edward y Bella bailaban en el gran salón teniendo como testigos a toda la aristocracia, ambos sabían que todos cuchicheaban y que, sir Michael Newton -adiposo y estúpido- daba gracias a Dios por "haberse negado" a casarse con aquella mujer, bueno, esa fue la versión que rondaba de casa en casa, desde Bravante Street hasta Buckingham palace.

Por unos minutos Edward dejó sola a Isabella.

-Cariño- lo dijo muerto de risa- existen cosas que hasta los caballeros debemos hacer.

-¡Eres un grosero!- y lo vio irse de manera elegante atravesando el salón con su aire gallardo. Todos susurraban y él los retaba con su paso.

Isabella estaba agotada y feliz, no podía creer tanta suerte, finalmente siete años de autoimpuesto confinamiento había llegado a su fin todavía puedo bailar como si tuviese diecinueve años.

De pronto sintió una mirada que la acuchilleaba desde atrás, volteó y se topó con los ojos azules crueles de Tania Denali, la mujer se acercó, toda ella vestida de un violeta funesto.

Tania no haría la presentación ni los saludos hipócritas, ella iba directo a la yugular.

- Mañana iré a su casa madame y toda la farsa de su flamante prometido será rebelada, no sonría Isabella, él no la ama, todo es un teatro querida, una mala representación del hombre más asqueroso de toda la ciudad.

Isabella no se movió, sólo miró a la mujer con repugnancia como si ésta fuera una araña inmunda.

-¡Miente!

-Yo no miento- se acercó divertida- he leído las cartas que él le ha escrito, son hermosas- y se alejó en medio de la música y la gente que bailaba en atropellamiento, se alejó con una sonrisa en su boca, creyendo que tenía el alma del tahúr en sus manos y la posibilidad de su cuerpo caliente en su lecho.

Maldito… yo también se jugar.

Una mano violenta la arrastró hasta la oscuridad de un pasillo.

-Maldita arpía ¿qué le dijiste?- Edward resoplaba como toro furioso, había visto a la mujer hablando con Isabella- si no me dices te estrangulo.

-¡Suéltame!- ella luchó contra la mano de hierro.

-¿Qué le dijiste?

Tania se carcajeó con violencia.

-Ve esta noche a mi casa- se acercó como reptil- y quizás me convenzas de que no le diga nada Edward- El hombre se abalanzó hacia ella hasta pegar su espalda a la pared, Tania tembló de terror y excitación- ponme una mano encima y grito delante de todos maldito, te lo juro.

-No obtendrás nada de mí.

-Niégate y te destruyo infeliz- lo empujó con sus brazos- esta noche en mi casa gatito, espero- lo miró como hiena en cacería- que todo el deseo que sientes por el estúpido ratón lo desahogues conmigo.

Oh si, en el juego de la vida, el amor y la sobrevivencia todo era válido y sólo Edward Cullen sabía que debía jugar sus mejores cartas.

A escondidas, y detrás de las cortinas del gran salón del Savoy, vio a Bella tan hermosa, tan divertida, lo mejor de su vida.

¿Y si le digo la verdad?

Todo era demasiado vulgar, atrapado entre redes como animal sin escapatoria.

¡No! me odiará, ella lo hará, me odiará.

Y se aprestó con careta de cínico sin alma a pisar el corazón de Tania Denali.

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¡Oh amor poderoso!, que a veces hace de una bestia un hombre, y otras de un hombre una bestia: William Shakespeare.

Gracias por leer lindas.