Los personajes le pertenecen a Meyer.

FALSAS APARIENCIAS 27


Los amantes son impredecibles,

viven en un constante ir y venir,

oscilan entre la luna y el sol,

como si lo predecible se convirtiera en olvido.

Los alimenta su pasión, el deseo de piel,

la zozobra por la boca,

la voz,

la presencia del otro,

y esa sensación de nunca calmar el ardor.

Los años amándose pasan como minutos,

les duele cada respiración,

sienten nostalgia por los momentos pasados,

un vacío por lo que no han tenido,

viven en la fantasía de tenerse,

de sentirse,

de respirarse…

y siempre buscan un poco más.

Los amantes sensibles,

aquellos que juran arrancarse el corazón,

los que cierran sus ojos con el afán de olvidar,

de arrancar el recuerdo,

de no ver,

convenciéndose de que si no lo observan, el amor que sienten expiará,

que esa enfermedad que les duele desaparecerá.

Rogar clemencia al dolor,

no sentir, no llorar…

pero ellos saben, que aquel al que intentan borrar,

ya ha firmado un pacto con el alma,

tomándola, hiriéndola y besando la herida,

y es allí cuando se aferran a esa vida ideal…

donde pueden estar juntos y vivir el amor verdadero.

Ambos estaban desnudos y jadeantes ,en aquella pequeña pensión en los límites de Covent Garden se observaban en silencio, él recorría suavemente con sus manos el vientre de su amante con el deseo de cristalizar su geografía, de tallar cada parte de su cuerpo hasta que, al siguiente día, ella volviese y se desnudara entre la necesidad y el desespero.

La mujer cerraba los ojos y permitía que aquel hombre – a quien adorada como un tesoro – se alimentara y viviera de ella para siempre.

Una semana y media atrás, había sido vencida después de años en que su cuerpo - ávido de amor - se negó a que ese hombre la tocara, ¿para qué luchar? Si cuando él dijo adiós, ella supo que no habría manera de arrancarlo de su piel, ¿de qué le servía el orgullo? Si desde el momento en que él tocó su boca con la ternura y el miedo de un niño inexperto, ella entendió que, con sus labios sobre los suyos, ya no habría marcha atrás en su corazón.

Ambos habían perdido, eran como dos viejos guerreros hartos de pelear en una batalla donde se sabía de antemano que estaban condenados a muerte, Lord Whitlock y Alice Brandon, desnudos, agotados y hambrientos, se encontraban en aquel punto muerto donde amar era victoria entendiendo que el destino estaba forjado.

Dos semanas antes…

Alice corría con Susy por pleno Londres intentando seguirle el paso a madame Isabella que – y para su pesar –caminaba orgullosa y terca buscando la mejor costurera y florista de la cuidad, pues si, lady Swan hilvanaba los hilos de la que sería la boda más lujosa de todos los tiempos.

La ama de llaves miraba a su amiga y trataba de obtener respuestas, aquella joven de piel de porcelana, durante los últimos días, se había convertido en alguien desconocido para ella.

Milady callaba.

Milady se encerraba en su habitación y escasamente comía.

Milady se aislaba, urdía su rabia y su despecho en soledad.

Milady caía por el despeñadero y parecía que nada ni nadie la podía salvar.

Sin embargo, cuando aquel hombre venía por ella, Alice observaba como Isabella se colocaba una máscara risueña, sensual, inocente y corría a su encuentro.

Oculta entre cortinas, ella estudiaba a su amiga, entreveía qué, en cada palabra que le murmuraba a Edward Cullen, se ocultaba el siseo de una serpiente que esperaba con paciencia tragarse su presa. Y fue así como el silencio, la rabia y la sinrazón tuvieron sentido.

Conociendo a Isabella - como bien lo hacía- intuyó que no era su ama la que debía ser depositaria de su lástima, no, era aquel hombre, que creía que tenía a sus pies a la delicada rosa inglesa, de quien había que tener misericordia.

Pensaba que tenía a milady entre sus manos ¡Qué equivocado estaba!

Percibió también, como mujer, que su amiga amaba con locura a Edward Cullen, pero que no dudaría en demostrarle que es una dama de respeto y que está dispuesta a morir - incluso a perderlo- antes de dejarlo sin la dura lección. Alice conocía la desesperación de quien entregó su corazón y desea poseer el del que se ama, por eso entendió - aunque desconocía - el plan que, seguramente madame, urdía en su cabeza. Con cautela, el ama de llaves se permitió concluir en que, todo el juego, tenía el fin de entregarse en rendición a quien la había destrozado. Esa era la mujer del cuadro, la del vestido rojo salvaje, la dueña de un caballo violento, la que tomaba fotografías y la que, de manera silenciosa, manejaba la enorme fortuna de Charles Swan. Esa era Isabella Swan en víspera de su matrimonio… Así de soberbia, así de orgullosa.

Alice le tenía miedo.

- Por favor lady, rompa ese compromiso, va a salir lastimada, ¡rómpalo!, su padre hará lo que usted le pida, dígale que acabe con el contrato, es muy fácil, por favor, va a morir usted lastimando a ese hombre.

La mirada fija de Isabella la confrontó de manera suspicaz.

- No, no lo haré Alice, es mi destino, no lo puedo evitar.

- ¡Pero va a sufrir!

- No me importa, si tú hubieses sabido que Lord Jasper arrancaría tu corazón de un tajo, ¿lo habrías amado menos?

Alice no contestó, diez años después, la pequeña e inocente hija de un vicario, supo que el día en que se escabulló en la noche hacia el establo firmó su sentencia. El joven y arrogante niño aristócrata de Jasper Whitlock la haría de lado y seguiría las órdenes y destinos que ser hijo de un Lord le imponía. No fue inocente, lo advirtió desde el momento en que él desgarró su virginidad sin delicadeza… ese día Alice se dio al dolor de que Jasper se iría y que ella quedaría rezagada en su destino.

¡Qué terrible era entender cuan cruel hubiese sido con la vida de su amante si él, por voluntad y amor a ella, habría dejado de lado todo lo que su apellido representaba! El no sobreviviría, ni ella tampoco.

Sin embargo, ahora era él quien estaba tras ella y vigilaba sus pasos, era Jasper Whitlock quien – liberado de aquella pequeña mujer al que un día desposó – la tentaba de nuevo.

A los tres días de la muerte de Emma, Jasper, refugiado en los grandes jardines de la casa en Kensington, esperaba que la oscura ama de llaves apareciera.

Nada le importaba, Emma, perdóname rezaba, el cadáver de la pequeña mujer, con su bebé no nacido dentro, todavía no se enfriaba y él, simplemente, la había olvidado. En ese momento no había culpa, nueve años de su vida siendo el perfecto esposo de una mujer por la que no sintió nada fue su manera de pagar la deuda que tenía con su abolengo y apellido.

El enorme jardín de los Swan podía resguardar su deseo. Ella no aparecía y Jasper se desesperaba ¿debía golpear la puerta y con una excusa estúpida tratar de hablar con ella?, ¿deslizarse hasta las enormes estancias de los sirvientes y esperarla? A esas alturas, Lord Whitlock no razonaba, estaba harto de ser siempre el que perdía, cansado de estar atrapado entre su apellido y la buena sociedad, asfixiado de ser el esposo, el hijo y el buen caballero inglés, odió toda su vida quien fue, detestó bajar la cabeza y permitir que su padre la manejase y maldijo, casi con manía, que la cárcel que él mismo se había labrado fuera para siempre.

Cada noche durante años, Jasper vivió deseando escapar, no estar atado a nadie, sólo a Alice, ese era su ancla a tierra, cuando su padre murió, pudo simplemente marcharse muy lejos y dejar todo atrás: esposa, apellido, pasado y demás, pero no fue capaz, no pudo, unos ojos grises acerados y un espeso cabello negro, lo ataban a Londres, al mundo y a la cordura… sólo verla de vez en cuando en las cenas en casa de lady Swan era motivo de seguir, sin embargo, su amante cerraba la boca, negaba su cuerpo y no permitía ni siquiera que la mirase. Años en que sólo le faltó ir hacia ella y arrodillarse, besar los bordes de su simple vestido para así haber sido el mortal más feliz sobre la tierra.

Ahora, y que Dios lo perdonase, Emma había muerto, él era dueño y señor de una fortuna y ya nada ni nadie le impediría ir hacia el opio de su amor: Alice Brandon, estaba dispuesto a todo, a esperar, a rogar, a enloquecer, estaba presto a ser esclavo de aquella mujer, un beso, un toque, un solo momento en que él pudiese lograr que ella lo mirase con ojos de piedad y Lord Whitlock sería completamente feliz.

Finalmente un sonido de lejos, los coces de los caballos que resonaban en la grava de la mansión, allí estaba Alice junto a una chica regordeta y a la pequeña y misteriosa lady Swan, por un segundo se fijó en la tercera, ésta se casaría con el tunante de su mejor amigo.

Isabella siempre le pareció una mujer sorprendente, nadie en Londres daba una libra por la tímida hija del engreído Charles Swan, sin embargo él, durante los escasos momentos compartidos junto a ella, pudo entrever que Isabella era mucho más, las pocas palabras con lady le habían dejado ver a una mujer inteligente y franca. Entendió que, al igual que él, Isabella estaba atrapada por los rigores de ser quien era. Con el anuncio del matrimonio entre ella y el cínico bastardo de su amigo, supo que les decía a todos que era mucho más que la aristócrata solterona, tímida y millonaria hija de Charles. Los ojos verdes, divertidos y maliciosos de Edward vinieron a su mente oh mi amigo, creo que te han atrapado en todo sentido se alegraba por él, intuyó que aquel cínico aterrador, mujeriego, borrachín y jugador se encontraba en ese punto donde estaba a segundos de convertirse en lo que él mismo le había dicho:

Sí, estoy por convertirme en un hombre honorable Jasper ¡Demonios! Creo que hasta puedo divertirme.

¿La amas Edward?

Recordó la sonrisa torcida acompañada por el gesto de pasarse sus manos por el exótico cabello.

Amo a esa mujer con todas las fibras de mi desvergonzado ser, la bruja me ha hechizado.

Estaba sorprendido y en verdad los admiraba, esa mujer arriesgaba todo por Edward Cullen y él sacrificaba su libertad de sinvergüenza.

¿Por qué él no tenía ese mismo valor? Ir hacia lo que deseaba y tomarlo sin pensar en las consecuencias.

Miró sus botas, sus manos con los guantes oscuros y el bastón de madera de cedro y mango de carey, todo él era un caballero y estaba harto de serlo. Con ojos resueltos miró hacia donde la pequeña Alice cargaba una enorme caja y le plantó una mirada de calor y fuego, la cual hizo siempre que Alice lo buscara en medio de todo, como en aquella época en la vicaría, en que él la buscaba por medio de toda la gente y ella volteaba a mirar de manera tímida sabiendo que, aquellos ojos azules, eran la invitación para que ella se escabullera en la noche y lo esperase, oh si, tiempos en los que el niño caprichoso y rico le hacía el amor de manera desesperada.

Nueve años de llantos mudos y soledades devastadas, tiempos en que la melancolía de lo que no fue se adentró en sus huesos produciendo del olvido una eterna herida, noches en que se preguntó si valía la pena contenerse ante su mirada embriagante, batallas internas en que se odió por amarlo tanto y, cuando la anestesia comenzaba a producir efecto y el dolor se hizo parte de su identidad, Alice Brandon sintió como algo punzante llegaba hasta su piel, tembló con los ojos en el suelo, no quería mirar, no deseaba levantar sus ojos y entender que Lord Jasper Whitlock estaba en alguna parte esperándola. Nueve años sintiendo como aquellos ojos de águila hambrienta se posaban sobre ella y simplemente negarse con toda la fuerza del despecho a no corresponderle sus miradas, la había detenido la mujer de Jasper, la pobre no tenía la culpa, también se refrenó por aquel sentido de dignidad que hizo que ella sobreviviera durante tanto tiempo al dolor de saber que, cada noche durante miles, él no estaba a su lado. Para una niña pobre como Alice Brandon,no es fácil sostenerse en medio de un mundo que le gritaba, de manera tácita, que sin apellido, dote y, sobre todo, sin virginidad, estaba condenada a ser una mujer sin importancia, con un destino común a las de su condición: rameras, amantes o sirvientas, sin embargo, la buena educación la había salvado de las dos primeras, y el ser ama de llaves fue una bendición. Al morir su padre y madre, sin nadie que le ayudase y echada a la calle con sólo treinta y siete libras en los bolsillos, Alice se vio durante días en la disyuntiva aterradora de convertirse en la amante de Jasper ˗̵ quien meses después de haberse casado llegó hasta la vicaría y le dijo que le daba el mundo si se convertía en su amante ˗̵ o ser una limosnera o algo peor. Mas, un hado de la buena fortuna hizo que ella consiguiera trabajo en una mansión ruinosa donde, en la oscuridad de ésta, se dijo que prefería vivir así, que tomar las sobras de Milord, en el interior de Alice, negarse a quien amaba la hizo sentir fuerte y digna, aunque era doloroso el recuerdo de las manos de su amante sobre su cuerpo.

Ahora, todo era urgente, las manos de Eleazar hicieron volver su sensualidad dormida, años acuchillando su corazón para no desear volver desnuda, nocturna y ansiosa al cuerpo de Jasper. Sin embargo, la muerte de Emma cambió todo, aún con la culpa aterradora por haber deseado que la mujercilla desapareciera del planeta, Alice presentía, con una intuición nacida de una necesidad sofocante, que todo era inevitable y que en algún momento Jasper Whitlock posaría sus ojos de braza ardiente sobre su piel y ella no sería capaz de huir… no deseaba hacerlo, la dignidad que la sostuvo durante tanto tiempo simplemente era una falacia hipócrita de hija de vicario que vio, como arma de castigo hacia su amante, la negación de lo que ˗̵ y ella lo sabía ˗̵ era imprescindible para él, más que el oxígeno.

Respiró, le dio a Susy las cajas de su ama llenas de muselinas y telas, dictó órdenes para servir la cena y durante tres minutos exactos- antes que el big ben dieran las cinco de la tarde- Alice Brandon levantó su mirada hacia la parte lateral del enorme jardín y se conectó con su amante, con aquel que un día destrozó su corazón, con ese hombre con quien estaba ligada de por vida por lazos de sangre, besos, diferencias sociales, piel, y deseo. No, ella no tenía treinta y un años, tenía veinte y su amante, de cabello rubio, niño del gran Conde de la comarca y arrendatario de su viejo padre, la esperaba para tomar de ella lo que él sabía que le pertenecía desde que un día, ambos niños, se conocieron en el castillo enorme que comandaba el paisaje de York.

Dio cinco pasos dirigiéndose hacia él sabiendo que entre más se acercaba, más pronta sería su caída.

.

.

.

- Debo irme ya, Jasper – trataba de colocarse el asfixiante corsé mientras que él intentaba desanudarla- por favor, déjame ir.

- Quédate Alice – dos semanas en que ella se escabullía en las noches y un carruaje la esperaba – no tienes por qué irte – un brazo fuerte la sostuvo de su cintura, una hora más, un minuto más y tocarla, besarla…Alice era para él como agua en el desierto luego de muchos años perdido y sediento.

Las últimas palabras de Jasper pusieron a la mujer en tensión.

˗ ¿No está satisfecho, Milord? – su voz fue amarga.

˗ Sabes que no – se alejó de ellas unos pasos medio desnudo, tomó un cigarrillo y lo prendió sosteniéndolo con su labio inferior. Alice lo recorrió de pies a cabeza… su amante, aquel niño mimado hijo de un caballero que escondía en su imparcial y correcto vestuario a ese hombre que, minutos antes, le hacía el amor con furor en una cama vieja y la aturdía con la voz de sus cuerpos atornillándose y en acoplo – quiero más.

˗ Tienes todo, Jasper.

˗ ¡Quiero más! – dijo de manera caprichosa – han sido diez años Alice ¡diez endemoniados años! He sacrificado todo, yo – se detuvo, el gesto de ira concentrada de su amante lo hizo callar – lo siento.

˗ No lo sientas Jasper, hombres como tú siempre hablan como si el mundo les debiera todo – buscó por debajo de la cama su enagua y los botines, quería salir de allí, durante dos semana quería salir y no volver, pero no podía, era imposible, aparecía el sonido del carruaje y ella saltaba en las enormes cocinas de la mansión en Kensington.

˗ No soy culpable Alice, yo nací en donde debía nacer.

˗ ¿Soy yo culpable, Jasper? – su voz se quebró, los cordones del incómodo sostén le apretaban y sus pechos doloridos por los besos indecentes le ardían ansiando libertad.

˗ No mi amor, no lo eres – tiró el cigarrillo a un lado de manera varonil y corrió hacia la pequeña mujer que, de manera hipnótica, movía su hermoso cabello negro que le llegaba hasta la cintura, y la abrazó con fuerza respirando el aroma de su piel, ahuecando su rostro en su cuello – soy yo, soy un egoísta – rodeó su cuerpo con sus brazos – volver afuera es una tortura Alice, regresar a la calle, a una mansión enorme y solitaria, volver y mirar la cara de mi suegra que presiente la libertad que me dio la muerte de su hija ¡soy un maldito y lo sabe! – Alice levantó sus brazos y los llevó trás la cabeza del hombre haciendo así un abrazo de dos personas unidas por una pasión que necesitaba aire y que, sin embargo, siempre estaba empañada por el vaho de las distancias sociales – y no me importa Alice Brandon, aquí, en esta habitación – por un momento, la pobreza y la ilicitud de aquel hotel de mala muerte, utilizado para huir de las denominadas "buenas conductas", desaparecieron. – soy un hombre, no el hijo de mi padre, no el portador de un apellido viejo y rancio, soy yo, soy tuyo Alice Brandon ¿puedes entender eso? No me culpes por ser egoísta, dependo de ti – pasó su boca húmeda por el contorno de la barbilla de la mujer, ella gimió – despierto en las mañanas y me veo contigo – la volteó para recorrerla de punta a punta – deseo tocarte – comenzó a desprender los lazos que con rabia había ayudado a enlazar.

˗ Estamos locos, Jasper.

Si, amantes, esos que se aman entre brumas y tiempos y que sólo ven el final del día enredados bajo sábanas, acariciando sus vórtices, enloqueciendo lugares secretos y comunicándose en la intimidad.

˗ Desde siempre, Alice Brandon – sin ternura, arrancó el artilugio que lo separaba de la piel, de los senos, de los pezones purpuras que él mordía como pequeñas fresas maduras – no digas que no me amas.

˗ Sabes que te amo – el cuerpo de la mujer aleteó y tembló presa del frenesí, de la anticipación – sabes que lo haré siempre – con sus uñas de nácar rastrilló el pecho de su amante.

˗ No podemos escapar – penetró su boca y saboreó su paladar, ambos gimieron en la boca del otro. En medio minuto, Alice dilataba su vuelta a la gran mansión, desnuda y pequeña, dejaba ir su cuerpo, se hundía en la oscuridad y en el secreto, algo de tristeza existía en el placer, un pequeño deseo de olvido, una necesidad de dejar ir quien era sólo un cuerpo que deliraba… sólo Alice y Jasper suspendidos en el tiempo.

Atrapados en aquella habitación de paredes desleídas, viviendo la libertad en aquel reducido espacio, siendo dueños del mínimo territorio, devorándose en instantes entre gemidos y suspiros… deseosos de ser, de gritar, de darle la espalda a una ciudad que estaba dispuesta a desgarrarlos, a sacrificarlos.

.

.

.

«Lo siento querida, no podré ir a tu boda, sabes muy bien que el clima acabaría con mi salud. Te deseo toda la felicidad del mundo, por favor Isabel, cualquier lugar para la luna de miel, menos Francia ma chère, sólo han pasado ocho años, los franceses tiene buena memoria.

Con amor, mamá.

P.D: Como regalo, te mando un hermoso aderezo de esmeraldas, aún recuerdo que eran tus favoritos»

Isabella leyó con desgano el seco mensaje de su madre. Renata o Renée, como se hizo llamar, pues su nombre original era, según ella misma: "aburrido de vieja solterona". En esa carta, le decía que no le interesaba nada de ella, que aún abominaba el escándalo al que la sometió y que no le interesaba en lo más mínimo su nuevo matrimonio.

Suspiró, no esperaba más de su madre, era una mujer fría, caprichosa y superficial.

Tiró la carta y abrió el estupendo estuche de terciopelo negro donde un hermoso aderezo de esmeraldas aguardaba por la princesa encantada.

Fue hasta el espejo, estaba aún con su camisola de dormir y el cabello castaño caía sobre su espalda, con una mirada inquietante se fijó en su rostro, parpadeó con lentitud, recorrió cada uno de los gestos que en ella se dibujaban, allí, en su cara de fina muñeca de porcelana, sólo existía una mujer que estaba por dar un paso hacia algo desconocido.

Se desnudó por completo, lentamente y colocó sobre su cuello el aderezo exagerado de piedras preciosas, sólo a su madre se le ocurriría mandar a fabricar aquello, casi veinte piedras que iban de la más pequeña a la más grande que caía estratégicamente en su seno.

˗ ¿No eres hermosa, Isabella Swan? – Se preguntó frente al espejo – lo eres y lo sabes princesa, siempre lo has sabido, siempre – evocó las manos desesperadas de Edward Cullen un día antes, allí en las caballerizas donde la hermosa yegua que le regaló se resguardaba.

˗ ¡Diablos, bruja! Tanta maldita tela ¿cómo pueden las mujeres respirar con todo esto encima?

Recordó como él jalaba la seda de manera insistente y como ella, de manera estratégica, empujaba sus límites.

- Querido- ella, apoyada en la madera y con ojitos de tigresa juguetona, contestó ˗ la ropa está hecha para proteger a las doncellas de hombres como tú.

˗ ¡Joder! – una carcajada hizo eco por todo el lugar – te informo bruja, que no podrás salvarte de mis manos, hombres como yo hacen que la vida sea más divertida.

˗ Eres un arrogante míster Cullen ¿ninguna mujer ha dicho que no?

La mirada de un verde precioso, color de pradera escocesa, brilló por un segundo.

˗ Una me dijo que no – su rostro se volvió profundo – creí que moriría.

˗ ¡Es una maldita! – Isabella bufó divertida y celosa, pero al segundo la boca del cínico sinvergüenza fue hasta ella y tapó con un beso mordelón sus labios.

˗ No digas eso de ti, mi reina, al final esa mujer va a ser mi esposa, fue un buen no, el mejor de todos, una negación y mi deseo por ti me enloqueció mi amor.

La serpiente en ella se puso alerta.

˗ ¿Estás loco por mí, bastardo?

˗ Enfermo mujer – con sus manos, la alzó de su cintura y la depositó en una de las pequeñas plataformas donde los hombres, que alimentaban y cuidaban a las bestias, colocaban las riendas que detenían a los animales, con ansiedad levantó su vestido hasta más arriba de las rodillas, dejando al descubierto las medias de seda, los botines que cubrían los pequeños pies de la mujer y el liguero de encaje que en sí mismo daba una imagen de erotismo soterrado y misterioso – cada día – acarició sus muslos – pienso en ti – besó levemente sobre la seda y el encaje – todo el tiempo y digo – con sus dientes, hizo la tentación de desgarrar el pequeño lazo que sostenía las medias – que suerte tiene la bruja de tener un hombre como yo.

˗ ¡Idiota! – jaló su cabello, quiso llorar viendo su cabeza cobre rozando sus muslos, por un segundo, se le pareció a un hombre que allí, casi arrodillado, iba ser decapitado por el hacha inhumana de su desprecio. En el pecho de Isabella algo gimió, lo amaba con ese amor enfermizo que todo lo destruye, si él hubiese visto más allá de la lujuria ciega que lo tenía al borde del vértigo, habría advertido, en aquella mujer que lo atrapaba, una pequeña lágrima que amenazaba en sus ojos oscuros y que hablaba de como ella, en ese momento, sentía algo parecido a la piedad… un leve y efímero gesto de compasión, la tentación de callar su rabia y no hacer de ella una representación de crueldad.

Pero él se carcajeaba.

˗ Ríe para mi, Bella mía – la haló hacia su boca – ríe para mí – su voz y su gesto eran profundos – seremos felices, retaremos a todos esos idiotas aburridos de la sociedad, te haré el amor como no lo hace un caballero, arrancaré toda esta tela absurda que te aleja de mí, seremos un escándalo en Londres, la vieja urraca de la reina querrá echarnos de Inglaterra y aún así con todo su poder, ella no podrá contra nosotros, seremos la vergüenza de este país, el país de los tristes y de los hipócritas lady Swan – ambos se miraron por segundos, Isabella recorrió el hermoso rostro de aquel hombre que estaba mirándola con ojos de fuego, un cadejo de su cabello salvaje posaba sobre su frente, una gota de sudor perlado caía lentamente haciendo un recorrido silencioso por aquella piel blanca, lady tocó su barbilla de un tono azulado y precioso, el beso llegó lento, a tientas, al principio fue sólo el roce de unos labios sobre otros, el calor de la piel, el respirar pesado y frío producto de una tarde de lluvia, un beso que trató de ser casto, novia y novio dos días antes del matrimonio, intentando no encender el fuego que bullía por debajo del terciopelo, la seda, los miedos, los prejuicios, la moral y todas esas cosas idiotas que hacían que los hombres y las mujeres de la vieja isla temiesen de todo y por todo, pero allí, en aquel momento, cuando el sonido de la lluvia golpeaba monótonamente las calles dando una atmósfera de tedio y hastío, Edward Cullen e Isabella Swan dieron espacio a un beso que rompía las normas de la sociedad, lengua con lengua, baile obsceno y febril, saliva y oporto.

Para un hombre como él, que había bebido de muchas bocas, que fingió amar los labios de las mujeres con quienes jugaba, aquel beso lo era todo. Concentrado en la boca, se relamía fantaseando en como sería el resto de aquel cuerpo que no conocía del todo, el paraíso ¡maldición! Y será todo mío ¿Cuántas veces como animal había desnudado, mordido y penetrado las pieles de mujeres que ni siquiera deseaba? Y aún así la lujuria impenitente de su cuerpo nunca se sintió culpable y vacío, jamás tuvo remordimientos y sólo sintió duro placer perverso, y ahora, con ese sentimiento del que se burló llamándolo histeria colectiva de una país deseoso de poesía ridícula el amor, ahora el tocar a Isabella Swan daba un nuevo significado, ahora no sólo soñaba con estar desnudo junto a ella, soñaba con algo más… añoraba dormir a su lado y despertar escuchando el sonido lento de su respiración ¡con un demonio! Nada de habitaciones separadas, la estúpida costumbre de un buen matrimonio no sería la costumbre de su matrimonio. Se veía al lado de aquella mujer hasta anciano, y soñaba con los hijos que tendrían, el bastardo en él se carcajeaba Edward Cullen siendo un hombre honrado ¡claro que sí! ¿Por qué no? Para todos sería un hombre "moral" pero en su casa, con su esposa y resguardado de las miradas del idiota prejuicio, él seguiría siendo igual, algo cara dura y canalla, haría que lady riese, bailase y, con todo su afán, haría que nunca se arrepintiera del "sí" sacado con golpes, sangre y cartas de amor salvaje.

Para Isabella, el beso era algo diferente, él cerraba sus ojos mientras mordía, succionaba y gemía dentro de su boca, lady observaba cada gesto, tenía sentimientos ambivalentes, su cuerpo se derretía de placer ante la posesión y el beso sin pudor, pero su mente estaba siendo lógica, concentrada y precisa. Levantó su mano y la llevó hasta la espalda de aquel hombre, sentada en aquel incómodo planchón, abrazó con sus piernas el torso de Edward y lo atrajo hasta ella hasta quedar fundidos en un fuerte abrazo.

˗ Diablos, bruja ¡qué mujer desvergonzada eres! – él se separó un momento, se mordió su labio inferior y tomó oxigeno – quieres aprovecharte de mi inocencia.

˗ Quiero arrancarte el corazón, bastardo.

˗ Entonces, abre mi pecho y hazlo ya – lo dijo con tono teatral.

˗ No me tientes.

˗ Yo quiero – y se lanzó hacia ella de nuevo quedando mejilla a mejilla – poseer el tuyo ¿lo tengo?

˗ Desde el mismo momento en que te vi una noche en un teatro, mister Cullen.

˗ Debiste ir por mí.

˗ No me miraste – hizo un puchero, la vieja princesa sabía que una inflexión o un gesto de mimo vulnerable era el principio de la rendición del otro.

˗ Soy un idiota – acarició su cuello – tienes que castigarme por eso bruja – le susurró al oído – el secreto, mi amor, es, y no se lo digas a nadie – su voz fue juguetona – que los hombres somos unos tontos, nos creemos muy inteligentes y andamos por el mundo como pavos reales creyendo que todas las mujeres deben esperar que las miremos mi reina, nosotros creemos que conquistamos, pero la verdad es que son ustedes las que siempre ganan.

El clima nublado y la lluvia inclemente opacaban como siempre la ciudad pero allí, en aquella caballeriza, una leve luz que penetraba por una rendija iluminaba la esquina donde los novios en intimidad se miraban a los ojos.

˗ ¿Y tus amantes Edward Cullen?

˗ Soy puro, bruja – una sonrisa torcida apareció de manera juguetona – no hay ninguna mujer, no tengo memoria, amantes lady, no amores, es cosa diferente.

˗ ¿Debo tener miedo por ellas, mister Cullen?

˗ Debes despreciarlas a todas, lady – las palabras emergieron de su garganta de forma contundente y ronca – ¡a todas!

˗ Olvidar – ella no preguntó, afirmó.

˗ Olvidar.

˗ ¿Olvidarás tú que no soy virgen, Edward? – y allí comenzaba la princesa a lanzar sus dardos. Al segundo, él se apartó a varios pasos de ella, un gesto burlón ante el cínico sinvergüenza que hablaba de olvidos, cuando él sólo era un hombre que luchaba con una sombra desconocida – ¿olvidarás?

˗ ¿Lo haces tú, lady?, ¿Michell se llamaba?, ¿lo haces tú?

˗ Está muerto.

˗ ¿En tu corazón, Bella mía?

˗ En mi corazón.

Los pasos de alejamiento fueron desandados, la luz iluminaba su rostro que estaba transformado, el cínico bastardo era ahora el rostro de Otelo, celoso y oscuro.

˗ Si no lo haces, enloqueceré de celos Isabella, enloqueceré de rabia – llevó las manos hacia el pecho de la mujer, chocó con los insufribles botones de fino carey – arrancaré tu corazón si no has olvidado.

Oh si, arrogante seductor, burlando poesías y pasiones, y al final, Edward Cullen, atrapado como cualquiera en el bajo y común sentimiento de los celos que hacen de un hombre alguien rayando en el melodrama, alguien que va irremediablemente a la poesía del ridículo despecho.

¡Ahora era! Como lo dijo un día, un melancólico.

˗ Yo lo he olvidado, Edward, yo también soy pura.

Y toda Francia si la hubiese escuchado se habría levantado de pie y aplaudiría ante semejante mentira…

¿Pura?

Como si fuese posible darle un poco de aire fresco al infierno.

.

.

.

En la enorme mansión en Kensignton, se realizaba la concurrida cena donde, un día antes de la boda, todos celebraban el enlace Cullen – Swan. Edward, por primera vez, se mostraba silencioso, algo en el lujo lo humillaba terriblemente. Con los puños cerrados en los bolsillos, sabiendo que sólo contaba con escasas doscientas libras en el banco, el bastardo encantador entendió que sólo llevaba a ese matrimonio su belleza física, el apellido de su padre y su amor y lujuria hacia Isabella. Se sentía miserable y pobre. Al lado, su hermana Rosalie a punto de dar a luz, relucía su esplendor y hermosura, Emmett – su esposo desde hacía una semana – estaba igual de incómodo que su cuñado, pues era la primera vez que se sentaba en una de aquellas enormes mesas donde todos hablaban con esa cortesía hipócrita de palabras cortantes y terribles puñales que los aristócratas llamaban "buena educación". El sirviente veía de reojo a todos y no podía evitar mirar a sus compañeros de la servidumbre, sentía que, en algún momento, él se pararía de allí y se pondría una servilleta de seda en su brazo izquierdo y diría:

˗ ¿Algo más milady, milord?

Edward no entendía por qué Isabella se había empeñado en que Rosalie asistiera al enlace, seguramente las lenguas de la sociedad londinense harían trizas a la familia, a las dos mujeres y a él. Sin embargo, su prometida, con una mirada pequeña, le dijo que era hora de que su hermana y toda la familia se enfrentara a las murmuraciones, aduciendo el argumento de que nadie diría nada, pues el rancio abolengo del apellido Swan y el tremendo poder económico que éste tenía, callaría toda habladuría.

˗ Querido, tú como yo sabemos que Londres perdona a quienes pueden solventar el escándalo en base al hecho de que nuestros apellidos le darán validez al matrimonio de Rosalie y Emmett, además, ellos vivirán en Forksville, serán vecinos de muchos de ellos – ella se acercó a su cuerpo haciendo imposible toda lógica – ¿no es divertido ver las caras de todos los idiotas de esta ciudad tratando de tener una conversación con Emmett? – los ojos castaños relucían en la oscuridad del jardín, mientras Isabella ronroneaba sugestivamente en la oreja de su novio.

Él no dijo nada, podía proteger a sus mujeres, conocía el ambiente en que se movía y cortaría la lengua de quien se atreviera a irrespetarlas. Su preocupación era otra: el perfume y el sonido entre cortado de la voz de Isabella – músical y enervante – le hacía perder la razón.

˗ No quiero que nadie las lastime bruja, mi hermana y tú son lo único que poseo, lo único que debo proteger.

Para Charles Swan, aquello era una afrenta a su dignidad y buen nombre, horas antes, echaba babazas por su boca y le reclamaba a su hija de que nunca se sentaría al lado de una ramera y un maldito sirviente. El rostro de Isabella, sin un gesto de más y con la tranquilidad de un juez acusador, sólo dijo:

˗ Vas a estar allí padre, vas a sentarte a la mesa, harás lo que siempre has hecho, fingirás, sonreirás, serás todo un caballero, levantarás la copa y brindarás a mi salud, lo harás por mí, porque yo me lo merezco. Quiero ver al gran Charles Swan, orgulloso, siendo el perfecto anfitrión, que acoge amorosamente a mi familia política. Nada te costará, serás el hipócrita que siempre has sido padre, lo harás por tu fortuna, por tu apellido y por el heredero que voy a darte, es tu regalo.

˗ ¡Me humillas!

˗ ¡Exacto!

˗ Eres cruel.

˗ No tienes idea.

Para Isabella, esa noche sería el comienzo de su juego, en su habitación esperaba que todos los invitados llegaran. Cubierta con un hermoso vestido de tafetán verde manzana, diseño exclusivo, a la vanguardia de la moda y de la mejor costurera de Londres. La prenda era hermosa y delicada, la falda no era amplia como se había usado en los años anteriores, por el contrario, estaba finamente pegada a sus caderas haciéndolas más redondas y llenas, en la cintura, confluían los metros de tela y formaban unas cascada que caía graciosamente formando una hermosa cola decorada en pequeñas hojillas que le daba a la mujer un aspecto de muñeca etérea, la cintura aprisionada por el temible corsé le daba a su torso un aspecto frágil de flor delicada, sin embargo, el escote era estratégicamente revelador. En el espejo ella era maravillosa. Se colocó el aderezo de esmeraldas que su madre le mandó de Paris y de toque final una exótica orquídea que adornaba su cabello anudado en una trenza donde Susy, Alice y dos mujeres más habían realizado una obra de arte.

Sonrió triste, esa noche comenzaba el juego de dolor y furia que haría que su amado Mister Cullen dejara parte de su alma como ofrenda hacia ella.

Contaba con Eleazar y con el amor de su amigo por ella, con su deseo malsano de diversión y con el hecho de que Merchant sabía que si no la ayudaba, se desbocaría y, sin piedad alguna, iría por el corazón de su bastardo, infringiéndose a sí misma una herida de muerte.

˗ Lo único que te diré, ma cherè, es que si te veo sufrir como una condenada yo mismo pararé esto.

˗ Voy a sufrir mi amor, ya sufro – con lágrimas en sus ojos contestó – quiero, necesito ver a ese hombre sacrificándose por mí.

˗ Tu vanidad habla, mom papillon, siempre ha hablado por ti, deberías decirle que sabes todo, deberías permitir que él lo explique.

˗ ¡No quiero explicaciones!, ¡no me bastan! Él y yo estamos condenados, él me ama y yo a él, pero debe merecerme, debe amarme como soy, debe sufrirme y ganarme ¡se lo advertí! un día le dije que yo era malvada y que era la cazadora ¡se lo dije! Pero insistió e insistió, no me dio tregua, no me dio descanso, me siguió, me acechó ¡hizo que lo adorara! Debe pagar por ello, debe saber que tenerme a mí es su maldito acto de valor.

Oh si, en los sacrificios por el amor salvaje, siempre el Dios pide sangre, el corazón de la víctima, pero, sobre todo, pide que aquel que va a exponer su pecho a la afilada obsidiana vaya amorosamente hasta el altar de muerte y que se entregue feliz al que lo destruye.

Lentamente entró al salón, frente a ella todos respondieron a la anfitriona, Jessica Stanley y su esposo Félix, la primera le hizo un guiño coqueto a su amiga, días antes la pizpireta lady Stanley hiperventilaba ante el hecho de que Isabella se casaría con el semental de Inglaterra.

˗ Oh mi amiga, debes contarme todo con pelos y señales… tú sabes, esta aburrida dama necesita inspiración en su vida ¡Dios! Ese hombre desnudo, me muero.

A su lado, un puesto vacío, el de Lady Catherine, que veía en el matrimonio de quien- ella creía- "una doncella pudorosa" con el cínico asqueroso, el debacle de las buenas costumbres en Inglaterra. A dos puestos, Lord Jasper Whitlock vestido de oscuro, silencioso, bebiendo un poco de oporto, vigilando la puerta de servicio donde Alice -pequeña y silenciosa- daba órdenes a los sirvientes. Los ojos astutos de Isabella lo observaron de reojo, sabía lo que ocurría, había visto el misterioso carruaje, había escuchado las coces nerviosas de los caballos y, como mujer que conocía los estremecimientos de la pasión, observaba a su amiga en las mañanas, Alice voluptuosa, agitada y febril.

La hermosa Rosalie, vestida con un precioso traje de color azul cobalto como sus bonitos ojos- vestido regalo de Isabella- le sonrió tímidamente, mientras que Emmett trataba de lidiar con el traje de librea y terciopelo que parecía romper las costuras con su enorme tamaño.

De alguna manera allí, la mitad de los invitados, eran sus víctimas.

Eleazar la recibió con un enigmático brindis.

Su padre clavó sus ojos negros en ella…

Y Edward Cullen, vestido de negro, hermoso adonis con rostro de ángel pecaminoso, dibujó en su rostro una media sonrisa lobuna y recorrió con su mirada el cuerpo del Dios que adoraba, del Dios que tenía previsto para él un festín y un sacrificio.

Caminó como una dulce princesa entre los invitados, los caballeros hicieron la corte y se pararon esperando que la dama diera la bienvenida. Pasó por al lado de su prometido y él, sin pudor, tocó su cabello halándolo un poco. Su padre miró el pequeño pero contundente gesto donde la intimidad de aquellos dos seres y la poca vergüenza de su hija se hacía presente.

˗ Buenas noches caballeros, damas – Isabella sonrió con la cortesía de una lady, su sonrisa era amable, ingenua, acompañada de unos ojillos de cervatillo asustadizo – es un placer que estén en mi casa – las últimas palabras fueron dirigidas a su padre – mi casa es la de todos ustedes.

Eleazar, de ojos oscuros y profundos, observaba como un espectador de una pieza de teatro, estaba atento a los movimientos de la princesa, entendía el cómo ella se movía. Era precisa, letal y encantadora como un hermoso felino que jugaba con su presa antes de matarla sin piedad. Años antes, solía mirarla arrobado por la precisión en que ella atacaba, era sutil, se movía como una bailarina grácil, hablaba pequeño y sonreía, mientras atenta, observaba cada movimiento de todos sus títeres. La vio disfrutar de la adoración de todos, jugaba el juego de seducir hasta dejar enceguecidos a quienes la veían, amaba ver como ellos creían que la muy pequeña y hermosa gata dejaba a quien la conocía sin aliento. Isabella era hermosa, pero no con esa belleza de mujer voluptuosa, no, la belleza de Isabel pequeña mariposilla, era aquella que estaba del lado de la inmoralidad, la indecencia que hace que quien la posea tenga la característica de la corrupción sin culpa. En un mundo moralista ver al diablo de frente y pensar que éste permita un poco de sí mismo puede contener la hermosura de la inocencia pura que toca, deprava, obsesiona y destruye, pero que no se puede evitar. Harto de lo bueno, que es predecible y contiene sólo belleza apolínea aparente, tener frente a alguien con la capacidad de llevar a alguien hacía los abismos de la locura, al éxtasis del placer sin culpa, a los límites de lo prohibido, hacía que Isabella fuese el ser más hermoso que él hubiese visto en su vida.

Y le temía…y sin embargo, estaba atrapado por esa araña tóxica.

No pudo evitar sentir terror cuando ella fijó la mirada en su prometido, bajó un poco sus hermosas pestañas y le regaló al hombre, con un simple gesto, la profundidad de su pasión, de su rabia, la promesa aterradora de que si él sobrevivía a la prueba que ella le pondría, Lady Swan, sería capaz de hacer lo impensable para aquellos que la conocieron en Paris: amar con la pureza de la maldad suprema.


Editado por BPiccioni.

Antes de agradecer a todas, debo pedir disculpas por la demora, pero aquí está el capítulo, este es la primera parte, la otra semana verá la luz la continuación de éste.

Muchas gracias a las que han tenido la paciencia de esperar, a las lectoras que dejan comentarios y a las fantasmas. Alguien me preguntó sobre si está historia sería larga, no, no lo será, sin embargo habrá una temporada de Falsas donde los capítulos serán muy cortos, ya entenderán el porqué. Con el próximo capítulo se dará fin a la parte de la "soltería" de estos dos, después todo se volverá divertido, si es que ver como la princesa arrasa con su vida y con la de su amado puede llamarse así.

Gracias miles.