Los personajes le pertenecen a Meyer.

Historia debidamente registrada bajo la ley de derechos de autor.


FALSAS APARIENCIAS

Diez de la mañana.

El escenario estaba montado.

El sol salía en su esplendor por toda la ciudad; pobres, ricos, envidiosos, burlones, chismosos y demás se aprestaban a ver el cortejo del matrimonio de la mujer más rica de Inglaterra ─ después de la reina ─ con el libertino más guapo del país, Edward Cullen.

Los grandes carruajes de la casa Swan y de los invitados parecían escucharse en toda la ciudad.

La abadía Westminster estaba lista para el acontecimiento.

El principio de la obra…

La gran charada…

El auto sacramental de la coqueta y el tahúr.

La lección desgarradora de Isabella Swan para castigar a quien amaba, para castigarse ella.

Se miró al espejo con lentitud y disfrutó con el resultado.

El vestido era hermoso de un blanco marfil, no era virgen, sin embargo el vestido estaba diseñado para que ella diese la impresión de una flor cándida que no daba pie a la duda de su inocencia.

Ella misma lo había pedido de manera específica, la tela estaba bordada en pequeñas perlas que salían desde el cuello del vestido que la cubría completamente aferrándose a su delgado torso y frágiles brazos, la moda eran los escotes profundos, pero Isabella prefirió un diseño donde ni un solo milímetro de piel fuese vista, sin embargo el entalle en ella hacía ver la tela como una segunda piel. En sus caderas, la tela se aferraba a ellas yendo así contra la moda de vestidos que caían sueltos y libres, sin embargo en la mitad de la pierna la tela se abría en forma de campana plisada por pequeños pellizcos en los bordes dando así la impresión del pistilo de una flor. Su cabello estaba recogido en una moña entrenzada en su nuca para así darle protagonismo al hermoso velo de tul que cubría su rostro hasta casi llegar a su cintura.

— Esta hermosa, señora —Susy y Alice dijeron en unísono.

La contestación de la mujer fue una sonrisa pequeña y velada.

Charles, vestido como un caballero totalmente de negro y empuñando en su mano un bastón antiguo con el sello familiar y su sombrero de copa, la esperaba en la sala, la vio bajar por las escaleras con su mirada oscura e indescifrable. Un estremecimiento lo recorrió, esa era su hija pero la sentía tan extraña que consideró más bien que era una mujer que no conocía.

La esperó en la última grada y le ofreció su brazo.

— No tienes por qué fingir padre, caminaré sola hasta el carruaje, cuando estemos en la iglesia puedes hacer tu representación y fingir que te importa, por ahora no necesario que te pongas la careta, todavía no.

Charles Swan bajó su cabeza, su hija le brindaba su desprecio y él lo aceptaba, creía firmemente que ese era el destino de su familia, él también despreció a su padre. Con la inteligencia acomodaticia y fatua que lo caracterizaba, se explicaba el hecho como la ley de la vida si querías mantener la riqueza y la alcurnia, hombres como él no temían dañar a sus hijos por el bien de la familia y del patrimonio. Así que el desprecio era lo justo, era el precio a pagar.

El carruaje se instaló frente a la puerta de la casa principal, Isabella caminó con lentitud hacia éste, unos minutos antes Alice volvió a insistir que desistiera de casarse, mas ella ya había tomado una decisión y la llevaría hasta el fin.

Colocó su pequeño pie en el escalón del carruaje, Oscar sostenía su mano mientras Charles esperaba, un segundo y miró la enorme mansión, inhaló profundamente y durante esos segundos, se permitió ser débil y dudó: quizás fuese más fácil encerrarse allí, quizás fuese más fácil ser la hija poca cosa de Charles Swan y no exponer su corazón a ser devorado, quizás podría dejar morir del todo a la mujer que enardecida existía en su interior, quizás era más fácil seguir adelante y perdonar, quizás era más cómodo permitir ser humillada y dejar que Edward Cullen le perdiese el respeto y finalmente la abandonara, quizás era mejor vivir bajo la sombra del abandono y el ridículo público… quizás.

Cerró los ojos y sacudió su cabeza como queriendo destruir el estúpido rompecabezas que había armado con sus quizás.

¡No! ¡Esa no soy yo!

Isabella escogió el camino difícil sin saber cuáles serían las consecuencias y no importaba. No más la niña caprichosa. No más la jovencita que negaba los sentimientos profundos porque la hacían sufrir. Ahora era una mujer que quería ser amada y respetada por el más lujurioso y libertino de los hombres y por eso iba dar la pelea… si no resultaba, sería capaz de vivir con el corazón roto. Sería el castigo que encontró el destino por haber sido una lujuriosa y libertina jovencita en Paris.

Su padre la siguió al carruaje.

Los sirvientes quedaban tras ellos esperando que los invitados llegaran a la casa, aquel día la misteriosa mansión estaría a disposición de los curiosos y chismosos que conformaban la buena sociedad de Londres que esperaban ver ─ con un dejo de compasión ─ como la solterona hija del hombre más rico de Europa era presa del malvado vividor y casanova Edward Cullen.

Y ella odiaba eso, odiaba la lástima estúpida que se había cernido sobre ella y no desperdiciaría la ocasión que le bridaba la celebración para taparle la boca a todos esos ilustres parásitos.

Media hora después, Isabella Swan y su padre esperaban en el coche, a unos metros de la abadía, que la enorme boda comenzara.

En el pequeño espacio sólo había silencio, ni padre ni hija se dirigían la palabra. Las campanas empezaron a repicar, Isabella descorrió la cortina y observó a la gente que estaba fuera, a lo lejos vio el cabello rojo fuego de Tania Denali que se escondía tras los curiosos. Odiaba la mujer con cada fibra de su cuerpo, los celos por ella eran atroces, por eso había sentenciado que ante cualquier palabra proferida por la cortesana sobre las razones del porque Edward se casaba con ella, la mandaría a la cárcel. No, Lady Swan no era buena ni tampoco, Lady Swan, no tenía por qué tener piedad.

Elegante y prepotente, la imagen de Alistar Sinclair caminaba de la mano de nada menos que de Lady Catherine, iba a gritar, volteó hasta su padre y contuvo la respiración.

— No invité a Lord Sinclair.

— Yo lo hice, querida.

— No es mi amigo, padre.

— Mío tampoco, pero ¿Crees que no iba a invitar al futuro primer ministro? Ese hombre será el poder en este país y debemos tenerlo cerca.

— Es detestable —ahora, sin las máscaras de mujer delicada y sin voz frente a Charles Swan, Isabella dijo sin atisbo de miedo su primer pensamiento como mujer que sabía de política— es un hombre sin escrúpulos, que niega el derecho a emerger a los desposeídos y solo se preocupa por mantener el stablishment, limita el crecimiento económico y social de la nación por mantener los privilegios de la nobleza explotadora y se burla de la posibilidad del derecho al voto en las mujeres ¿Crees que no sé cuál es su discurso en la cámara de los lores? ¡Es un idiota!.

— Isabella Swan —su padre se llevó su mano enguantada a su pajarilla— no es momento —sorprendido ante el discurso de su hija— vas a casarte y te recuerdo que estas del lado de los ricos y los privilegiados.

— ¡Padre!

— ¡Oh Isabella! ¿Me llamas hipócrita? ¡Por supuesto querida! ¡Lo somos todos! No eres mejor que yo, mi amor, porque si fuera así hija mía, habrías dicho que no a toda esta payasada.

Bella cerró los ojos. No, quizás no era mejor que su padre. Y por primera vez en su vida, le dio la razón.

— Después de la ceremonia, querida, me traslado a la otra mansión, no compartiré espacio con tu marido y su familia.

— Como quieras, padre.

Silencio. El hombre suspira profundo. Con un leve toque de su bastón atrae la atención de la mujer.

— Él te va abandonar y tú lo sabes. Hija, lo único rescatable de todo este circo es un nieto. Sólo dame mi heredero y jamás volveré a molestarte, Isabella. Es un desenfrenado juerguista reconocido en todo el reino pero es un hombre vigoroso, el mejor semental para procrear que pudiste encontrar pero, nada más. Él va a abandonarte, hombres como Edward Cullen no nacieron para estar casados, es mala semilla, su padre lo sabía así que es mejor que lo aceptes desde ya.

— ¿Cómo puedes ser tan brutal? ¿Cómo puedes ser tan inhumano? ¡Me tiraste a él como carne para leones! ¡Qué cruel eres!

— Somos crueles, esto es jugar y ganar, no importa cómo. El patrimonio de la familia Swan bien lo vale.

Los invitados, uno a uno, fueron entrando a la gran abadía, sólo quedó ella y su padre en el carruaje, era hora de salir de allí, el cochero abrió la puerta y en el primer paso que daba su salida al exterior Isabella se encontró con el rostro hermoso y cómplice de Eleazar quien, fiel a sí mismo, iba vestido de un frac verde oscuro, la amiga sonrió ante él y gimió porque en ese momento el desparpajado francés era el único rostro amigo en aquella tragedia.

— No lo hagas, mon papillon, tengo un carruaje a tres calles de aquí, tú sabes que todo lo mío es tuyo, mon cherrie, no lo hagas.

— No mi amor, iré hasta allí.

El hombre se enfrentó al rostro de piedra de Charles Swan.

— ¡Deténgala, por Dios! —mas, el rostro del viejo no mostró ninguna emoción—usted es un maldito sin corazón.

— Más respeto, Monsieur —lo recorrió como si Eleazar fuese una alimaña.

Pero Eleazar quien siempre se mostraba parco y respetuoso con el padre de quien era su amiga dio un paso hacia el interior del carruaje mostró su verdadero rostro al aristócrata cruel.

— Si usted fuese un hombre de verdad, milord, ya le hubiese sacado el corazón en un duelo ¡Hombres como usted es lo que yo he odiado en mi vida! —en la memoria del francés existía la imagen de un padre aristócrata quien embarazó a una hermosa mujer sin importarle quien era ella o que dejaba a un niño sin protección a la deriva del destino.

La imagen frívola de joven francés desaparecía y se transformaba en un hombre a quien le preocupaba la felicidad de su amiga.

— No importan a quien sacrifican, no importa el precio porque creen que siempre pueden pisotear a quien se les interponga, algún día Milord —la última palabra fue dicha con sorna— sólo serán unos viejos viviendo en grandes mansiones soñando con un mundo que se derrumba, sólo espero, Charles Swan, que yo vea ese día y poder escupirle en su cara.

Charles le brindó una sonrisa arrogante.

— ¡Eleazar! —fue el grito de Isabella— por favor, por favor.

— Lo siento querida, pero debía decirlo —se hizo a dos pasos del carruaje esperando que el sirviente de librea acompañante del cochero ayudase a bajar a la novia— yo estaré contigo mi amor, así como tu estuviste conmigo cuando murió Claudette y cuando me salvabas de todos los maridos celosos —trató de hacer una broma mientras se arreglaba su mostacho.

— Lo sé, querido.

Charles tomó del brazo a su hija, las enormes puertas abiertas la esperaban, el órgano de la iglesia se escuchó e Isabella se dispuso caminar con la cabeza en alto.

Todas las cabezas voltearon a verla, unos rieron por lo bajo, otros admiraban a la novia y uno que otros ojos —sobre todo de mujeres— la observaron con burla y envidia, sólo Jessica le guiñó un ojo divertida. En un segundo, los fríos ojos azules de Alistar Sinclair la recorrieron con furia y desprecio absoluto.

Bella levantó su cara y a pocos metros estaba él, su corazón palpitó con deseo y pasión ante la hermosa figura que la esperaba con una sonrisa burlona y tierna, Edward Cullen vestido en hermosa librea negra, chaleco azul rey y camisa de algodón egipcia, su cabello cobre peinado impecablemente, era tan hermoso que dolía, su presencia la lastimaba, era inevitable amarlo y desearlo, tras de ella mujeres que entendían aquella aterradora sensación ante el Apolo que parado a medio metro del atrio la miraba pícaramente.

Edward siguió a su novia en el largo camino, cada paso era medido, la amaba, se preguntó qué había ocurrido en su vida para que un hombre como él pudiese estar en ese momento siendo el esposo de esa mujer. Una hora antes Rosalie besó su frente de manera religiosa diciéndole:

— Lucha por ella, cariño, lucha por ella.

Y su amigo Jasper ayudándole a poner los puños de diamantes que habían sido su regalo de bodas para él con voz recia y seca abrió su corazón ante él.

— Eres un hombre con suerte, eres un tahúr mi amigo y siempre juegas a ganar, yo nunca arriesgué nada, sólo hice lo que mi viejo padre dijo que hiciera y me até una soga al cuello, Dios me perdone Edward, pero los años casado con Emma fueron eso, una condena, para ella y para mí, a poco metros de mi vida estaba Alice, era tan fácil luchar por ella, pero no lo hice y fue un suplicio. Vivimos en un mundo muy cruel, muy cruel y ser feliz es cuestión del que arriesga más, de que es capaz de jugar su corazón sin importar nada, te admiro por esto, te enfrentarás a todos los buitres y sé que ganaras esta partida, lo sé.

Bajó su cabeza por un segundo, seguramente su padre estaba orgulloso de él, estaba a punto de convertirse en el caballero que éste deseaba.

Alargó su brazo y tomó a la mujer de la mano, no importaba donde estaba y el rigor de la situación, la llevó contra su pecho y le susurró al oído.

— Eres la mujer más condenadamente bonita de todo este país, bruja.

El arzobispo, un viejo de cara amarga preguntó:

— ¿Quién entrega a esta mujer?

Edward levantó una ceja y miró fijamente al viejo Swan.

— Yo, su padre.

La novia miró de soslayo bajo el velo y sólo rogó porque él pudiese sobrevivir a su amor apasionado y a su rabia sin tregua.

Una hora después el beso que sellaba la unión frente a todos era impuesto de manera juguetona e impúdica en frente de todos.

— Ahora eres mío, bastardo.

— No lo dudes jamás, mi amor.

.

.

Las puertas de los grandes jardines de la mansión en Kensington se abrieron de par en par para los invitados, como Isabella lo había previsto el gran circo había sido montado con toda la parafernalia que ella necesitaba. Todo el lujo y los millones de la gran fortuna estaban implícitos en la decoración de los jardines. Mármol y oro, lámparas de cristal veneciano y vajillas de Limoges, el mejor manjar dispuesto desde el lujoso hotel recientemente inaugurado, caballos percherones apostados en las afueras y todos los sirvientes vestidos con uniformes nuevos.

Y en el centro, la orquesta de cámara amenizando la fiesta.

Era una absoluta paradoja: los invitados y el entorno representaban lo selecto, exclusivo y privilegiado de la sociedad sin embargo, para Isabella, era la decadencia absoluta. Sentía que su lujosa boda era un estertor de una sociedad viciada que se negaba a morir y que se aferraba como a un clavo ardiendo a sus privilegios mientras que Edward en medio de todo aquello empezó a sentir repugnancia por él mismo. Se había casado para obtener toda esa riqueza y, por añadidura, prestigio social, pero nada de aquello realmente le pertenecía, sólo la mujer que estaba a su lado, sólo su esposa. Miró sus manos y se avergonzó porque nunca habían trabajado y primera vez en su vida supo cuan inútil era.

Se topó con los ojos de Sinclair que lo observaban con burla.

Dame la oportunidad imbécil y te corto la cabeza.

— ¿Por qué ese maldito está aquí, Isabella? —se acercó a ella y le susurró al oído.

— Mi padre.

Maldito viejo.

— Oh si, Charles Swan siempre se supera —volteó hacia ella, la observó largamente, su mirada era hambre y risa— te amo —la voz rotunda salió de él con un dejo ronco que la estremeció— quiero irme de aquí, quiero que nos vayamos, mi amor.

— Aún no, querido —casi muere cuando él se acercó y pegó su mejilla y se quedó así piel a piel.

— ¿Es malo, Milady, desear a alguien como te deseo a ti? Porque si es así ¡Con un demonio! Me voy al infierno, no puedo ni respirar.

En el pecho de Isabella un dolor reconcentrado la aturdía, frente a todos era la novia virgen que se ruborizaba con cualquier palabra, contestaba con voz pequeña y hacía la mímica de la mujer que sólo pensaba en la noche donde algo misterioso e inesperado iba a ocurrir, sólo ella sabía que el hambre por ese hombre la devoraba por dentro y que lo que ocurriría en unas horas sería el comienzo de su destrucción y desdicha. Estaba atada a él y ya no había vuelta atrás. Sólo los ojos de Eleazar quien la seguían por todas partes y los de Alistar Sinclair, que la conocían en realidad, sabían quién era ella, cual venenosa podría ser y lo que podría desencadenar.

La incomodidad de Rosalie y Emmett era evidente. La fiesta no estaba siendo lo que esperaban y para evitar disgustos se escondían en un rincón apartado del jardín, ya habían escuchado murmullos de desaprobación y grosería de los invitados y no querían importunar la fiesta.

«─ Semejante ramera y un sirviente ¿A dónde vamos a llegar?»

Rosalie no pudo evitar las lágrimas y cuando su cuñada la encontró Ilorosa, no supo responder. Sin embargo Emmett, que sin entender el por qué de la crueldad con que se ensañaban con su amada Rose trataba de consolarla, le explicó lo que pasaba.

La indignación de Isabella fue mayor, sabía del puritanismo con que se revestían todos sus invitados, sabía del anquilosamiento social que sostenía a los privilegiados pero, también sabía que la buena educación inglesa exigía no incomodar a los invitados de los dueños de casa. Y esta era su casa, era su fiesta y era su familia.

Escoltada por sus cuñados, fue hasta la biblioteca donde Lady Catherinne que estaba acompañada por otras conspicuas señoras de la aristocracia rural, descansaba del ajetreo social.

─ Mi querida Isabella, déjame decirte que tu fiesta es simplemente maravillosa—tomaba vino tratando de ocultar que era una borracha impenitente.

─ Me alegro que la disfrute, de lo que no me alegro es que se permita, mi adorada Cathy, insultar a mi cuñada y su marido—Milady Isabella sonrió duramente, sus ojos observaban a la vieja con desprecio y burla.

─ ¡La hermosa y muy embarazada Rosalie!—su voz era chillona, el acento aristócrata era impostada tratando con ella de ofender a la hermana del novio que bajaba la cabeza mientras se aferraba al brazo de su cuñada— Deberías saberlo, querida, soy un alma temerosa de Dios y jamás ofendería a una persona si esta no lo mereciese.

─ No está en condiciones de juzgar si alguien merece su ofensa—Isabella espetó con fuerza, pensaba en la vieja estúpida que tenía enfrente y en como bajarle los humos de mujer rancio abolengo y dientes amarillos.

─ ¿Una joven de familia, soltera, embarazada y conviviendo con un criado bajo el mismo techo?

─ Están casados.

─ Querida, bien sabes que nada cambia eso. Sigue siendo el peor ejemplo de la moral y de las buenas costumbres ¿Por qué crees que todos le huyen como si fuera peste?—soltó una leve carcajada.

─ No sea hipócrita, señora, usted mejor que nadie sabe que todo eso es acomodaticio y que ustedes son las que finalmente deciden quien está dentro o fuera de la elite social.

─ ¿Qué pretendes, Isabella?—Catherinne dejó de sonreír, observó a la delicada Isabella Swan y por primera vez no vio la niña frágil de hablar susurrante, pues la hija de Charles estaba frente a ella con un gesto de reto e imponencia.

─ Que decrete que Rosalie y Emmett McCarthy son dignos de su elite y que dejen tratarlos como parias sociales.

─ ¿Por qué debería hacerlo?

─ Debería conformarse con 'Porque yo lo digo'—Isabella era una araña peligrosa, entendía los juegos de la hipocresía como jugar, ella tenía poder y era hora de utilizarlo— pero le daré razones:—se inclinó levemente para susurrarle a la mujer suavemente en el oído— su hija Julia y el soldado francés, me encanta esa historia—escuchó a la mujer resoplar, miró de reojo a Isabella y vio la crudeza en su rostro— la deuda de juego que Richard, su hijo, tiene con mi padre, miles de libras—puso la mano en su hombro y apretó con fuerza provocando en la mujer madura un leve dolor—sería tan penoso que su hijo fuese a la cárcel…Cathy querida—un puchero inocente— su historia en Bath con…

Catherinne entendió —como mujer inteligente—que estaba siendo amenazada sin piedad, se removió en su silla y tomó un poco de vino.

─ ¡Basta! Me siento absolutamente ofendida y creo que me voy a desmayar—la vieja arma de las mujeres de su clase.

─ ¡Oh, mi querida Lady Catherinne! No se ofenda ni se desmaye—Bella entendía la treta y volvió a la presión en el hombro de la mujer— Todos los presentes aquí entenderemos que su temor a Dios y su gran corazón la obligaron a ser generosa con ellos—le guiñó un ojo diciéndole tácitamente que si se negaba su muy aristocrática familia sería llevada a la picota pública y a la desvergüenza sin compasión alguna— y una vez más será el espejo de cómo debe comportarse un buen inglés. ¡Nuestra reina está muy orgullosa de contar con personas como usted!

La vieja estaba furiosa, temblaba ante la humillación flagrante que Lady Isabella le imponía, estaba entre la espada y la pared, dirigió su vista hasta Rosalie quien levantó su cabeza para no permitir que la mujer la despreciara, estaba orgullosa de su hijo y de su esposo; Lady Catherine suspiró admitiendo su derrota con rabia.

─ Supongo que el hijo de Rosalie se merece nacer amparado por sus iguales y que, bajo el patrocinio de la familia Swan, nuestros amigos olvidarán el origen de su marido.

─ ¡Claro que sí! —Isabella levantó su mano demostrando así su victoria frente a la matrona —Vamos, salgamos de aquí para que todos vean como generosamente la matriarca social del reino acoge a sus nuevos protegidos— no apartó su mirada de los ojos azules de la mujer, ésta bajó la cabeza sabiendo que la dulce Isabella tenía el tacón de su zapato sobre su cuello.

Dicho eso, Isabella obligó a Lady Catherinne ir del brazo de Emmett y presentarlo como el marido de Rosalie por todo el salón. Más que satisfecha, se sentía asqueada porque, en algún momento de la discusión, se vio a si misma enfrentándose a su pasado. También tuvo la doble moral y actúo con tanta arrogancia como su contendora.

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.

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— ¿Por qué huyes de mí, bruja? —el aliento ardiente recorrió toda su espina dorsal— ahora eres mi esposa y no tengo porque fingir que mi único deseo es tocarte.

Sonrió por lo bajo mientras veía como él deslizaba su brazo alrededor de su cintura y la arrastraba hasta su pecho.

— No has fingido nada milord, todos y todas te miran —sí, porque durante la hora y media que llevaban casados él la quemaba con su mirada ardiente que la perseguía por todas partes.

— Me envidian, tengo a la mujer más hermosa de Londres —Isabella cerró sus ojos por un segundo, en un punto entre su espalda y el final de ésta sintió una ardiente mirada, se sentía desnuda y vulnerable, se odiaba por sentir que si bajaba la muralla de rabia que había construido en los últimos días él simplemente pasaría sobre ella sin piedad.

— ¿De verdad, querido? ¿Soy hermosa?

— La más hermosa y más hermosa sin nada encima —mordió el lóbulo de su oreja levemente, dándoles así a todos los invitados una visión superficial de la lujuria sensual que lo enfebrecía, el Londres pacato e hipócrita los juzgaba, el Londres de sexualidad solapada lo envidiaba.

— Eres un inmoral, Edward.

— Oh sí.

— Nada te importa.

— Sólo tú bruja, estoy tentado en arrastrarte hasta tu habitación y hacer contigo cosas que asustarían a medio planeta.

— ¿No me respetarías, Mr. Cullen?

— ¿Respeto, milady? Yo te adoro, no soy un idiota que piensa que la mujer que ama y con quien ha contraído matrimonio es alguien que no siente y desea, no voy a respetarte en ese sentido reina mía, eres mi amante.

La mujer humillada y celosa que en Isabella vivía no pudo evitar afilar su lengua que ya se preparaba para hacer el acto inaugural de su boda.

— Al igual que la mitad de las mujeres de este salón —la mano de Edward la apretó con fuerza, lo que temía estaba allí, no evitar los comentarios que sobre él y su vida de casanova burlón se susurraban de salón en salón.

— Sólo tú, mi amor.

— ¿Realmente?

—Estoy condenado si miento, Isabella.

Condenado estás, Edward.

— Todas esas mujeres saben quién eres, estoy celosa —y no mentía.

La confesión de los celos de Isabella lo tranquilizó. Se carcajeó y los pequeños vellos de su nuca se erizaron ante la visión del pecho de su esposa respirando de manera alterada, su vanidad de seductor era validada por la emoción que florecía en el cuerpo de su mujer cuando él la rozaba.

— Sabes muy bien que nada me importa madame, ya tengo lo que deseo —besó su cuello— lo que digan los demás me importa un bledo, tengo mi botín entre mis brazos —Isabella se tensionó— y en pocas horas, toda esta ropa que te atrapa, mi amor, volará muy lejos.

— No puedo esperar, milord —y el sonido fue oscuro e impredecible.

.

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Jasper veía a lo lejos a Alice, ella se movía en medio de todos, nadie la veía, ese era su condición, ser invisible para todos, menos para él. Ella servía las copas con ese aire de mujer silenciosa y dura, nunca sonreía y siempre era diligente y amable, sólo Jasper sabía que su Alice era una mujer divertida, maravillosamente tierna, inteligente y apasionada ¿Quién diría que esa mujer pequeña de recio peinado y duro vestido oscuro era una mujer capaz de amar con cada músculo de su cuerpo y hacer que un hombre se perdiera para siempre entre sus senos y su sexo? Nadie lo sabía, sólo él y era tan feliz de verla cada día, y tener un poco de ella para él mismo, siendo un egoísta y manteniéndola en secreto y amándola en la ilicitud.

Pero ella se merecía más, mucho más.

Sentado, solitario, Lord Jasper Whitlock mantenía la apariencia del viudo apesadumbrado y amargo, debía mantener las apariencias, pero por dentro vibraba, y acechaba a su amante.

Era, en ese momento, un hombre libre al fin, toda la fortuna de su esposa le pertenecía, su viejo padre era un hombre senil que había olvidado hasta su nombre, tenía treinta y dos años de edad, ya no era el niño asustado que se dejaba manera como una marioneta ─como fue antes─ y estaba deseoso de vivir, al fin, su felicidad.

Alice entre los invitados, casi resbala, pisó el costoso vestido de una de las mujeres que la observó como si Alice mereciera la pena de muerte, su amante gruñó por lo bajo, odiaba que ella tuviese que hacer eso, su amor de niño y de hombre merecía ser amada, merecía ser atendida, merecía joyas y todos los hermosos vestidos que el dinero le pudiese dar. Vio como la oscura ama de llaves bajón la cabeza y pidió miles de disculpas, y aun así era orgullosa y mantenía su posición mientras que la dama renegaba de su torpeza, quiso pararse e ir en su ayuda, mas algo se atravesó en su camino, el papagayo de Merchant se paró al lado de la vieja estúpida y simplemente sonrió con burla mientras se arreglaba su mostacho, Jasper entendió que el franchute salvó a su amante de otra humillación.

Sus ojos se empequeñecieron.

El francés la deseaba, él intuía con furia que Merchant conocía los recodos secretos y caliente de Alice Brandon ¡maldito sea! Unos días antes, su amigo Edward Cullen le había dicho que si no fuese porque Eleazar fuese el mejor amigo de Isabella él mismo lo hubiese despellejado.

Estúpido payaso ¿has visto como la mira? Parece que tuviesen secretos que los unieran, te lo juro hermano que el día que ella sea mía, agarro al pavo real ese y lo tiro a la calle, lo detesto.

Tanto Jasper como Edward presentían que Merchant era un hombre seductor y que tenía la cualidad exótica para todo ingles de hacer que las mujeres enloquecieran por él, sus armas: la risa, la libertad que Merchant ofrecía con su plática picante y que aquel fastidioso acento y presencia sugerente era el sinónimo para las damas de un hombre que ofrecía salir del agobio hipócrita en que las mujeres de esa época vivían.

Y lo odiaban.

Una mirada de Alice a Merchant y el alma celosa de Jasper estalló.

Él la conoce ¡fueron amantes!

El presentimiento de días y días fue en ese momento una rotunda realidad, sofocado caminó hasta la sirvienta que trataba de ir hasta la cocina. Agarró una botella de vino y sin medir modales tomó de la botella.

— ¿Desea algo Milord? —Alice mantenía su postura aunque durante toda la velada había sentido la mirada azul eléctrica sobre su cuerpo.

— Te deseo a ti.

— Por favor, Milord.

— Quiero hacerte el amor desesperadamente, Alice.

— No es el momento, Jasper —trató de sonreír con discreción.

— ¿Cuándo me contaras sobre tu aventura con Merchant, mi amor?

Alice tembló, caminó dos pasos para huir de allí, miró a Isabella con ojos de agonía y de súplica, Isabella entendió y tomó la mano de su esposo, en ese momento la rabia y el deseo desaparecieron, sino iba por su amiga todo sería un desastre.

Edward comprendió también lo que ocurría y camino antes de que Milord Whitlock gritara como un demente en medio del jardín.

— Fuiste su amante —dijo Jasper entre dientes, una mano fuerte lo sostuvo del brazo.

— No ahora, Jasper —la voz de Edward fue dura— no ahora.

— Querida —Isabella se paró entre los hombres y la pobre ama de llaves que intentaba sofocar unas lágrimas— ve a la cocina y descansa, Oscar se encargará de todo.

Alice gimoteó.

— Gracias Milady —y caminó con lentitud, con la cabeza en alto, mientras que su cuello y espalda ardían bajo la mirada de su amante.

Isabella se volteó, una mirada fugaz a todos los invitados, allí en ese lugar de fiesta y risa se vivían grandes tragedias, tragedias que sólo pocas personas entendían, tragedias de un mundo de falsas apariencias.

Sonrió, fingió dulzura, dulzura que no llegó hasta su mirada que era hierro duro.

— Querido, dile a tu amigo que no deseo ningún escándalo en mi boda, que por respeto a tu amistad trate de comportarse.

— ¡Eres un idiota, Jasper! —lo apretó fuertemente.

— ¿Tú qué sabes, Edward? Eres feliz, mi amigo, yo no ─contestó secamente.

— Aquí no, Jasper —se acercó a su esposa y la besó tiernamente en la mejilla, beso tierno en el cual añadía una sexualidad soterrada y una promesa de piel y mordidas para más tarde.

Isabella quería vomitar, pues aunque se prometía negar cada sensación que él le producían su maldito cuerpo de lujuria escondida por años la traicionaba, mordió el interior de su mejilla casi hasta el dolor, torturándose y produciéndose dolor, viendo a las amantes de Edward cuchichear ella atesoraba hiel para lo que ocurría más tarde.

— No te alejes demasiado de mi —le guiñó un ojo— sólo ayudaré al tonto de mi amigo —arrastró a Jasper de manera sutil.

Dos pasos.

— Milord Whitlock —llamó con voz rotunda, ambos hombres se detuvieron, la música de un vals tristón se escuchaba, las copas resonaban, la conversación y los murmullos soterrados— Alice ha sufrido durante años por su crueldad.

─ Oh, señora Cullen, mi padre me impuso casarme y formar familia.

─ Si hubiese sido un hombre de verdad habría sido capaz de luchar, pero fue más fácil ser un títere, fue más fácil pasar por encima de ella, sólo por su egoísmo, su esposa también fue su víctima —se acercó peligrosamente.

─ Era mi responsabilidad, como su hijo mayor y heredero del título y de la fortuna, debía cumplir con mi obligación. Pero a Alice fue a la que siempre amé.

─ Eso, a ella, de nada le sirvió.

─ Pero es mujer y siempre supo cómo eran las cosas.

— A veces, Milord, no es bueno subestimar tan sólo porque se es mujer —hablaba al hombre rubio que bajaba la cabeza sin embargo miraba de hito a hito a su marido— las mujeres, milord, podemos decir no, podemos pelear y lastimar, podemos escoger quienes calentaran nuestra cama, somos dueñas de nuestro cuerpo, usted fue cruel con ella ¿No tiene ella derecho a serlo con usted?

— Isabella, mi amor —la mueca torcida de Edward se dibujó en su cara y una mirada de curiosidad la recorrió— no seas mala querida, que me encanta.

Pobre niño tonto…

— Observe a mi adorado esposo, Milord, él ha destruido —tomó una copa de vino de una de las bandejas que recorrían el jardín— destrozado el corazón de muchas mujeres aquí ¿cree usted que merece perdón?

Ambos levantaron sus rostros y parpadearon ante la cruda verdad que la delicada Milady con sonrisa burlona dejaba salir sin hipocresías, Isabella se alejó y mandó un beso malicioso a su esposo que ya no sonreía.

Edward arrastró a Jasper a una parte del enorme jardín, milord se apartó de manera violenta de su amigo y prendió un cigarrillo y le ofreció otro que éste rechazó.

— ¿Qué pretendías hacer?

— No me jodas, Edward.

— ¡Compórtate como un caballero, Milord!

— ¡Estoy harto de ser un caballero, Edward! ¡Harto! Esa mujer es mía —oh si modales y buena educación se pierden cuando algo animal e instintivo se anida en el cuerpo y pugna por salir.

— Entonces ve por ella, imbécil —el cínico y tahúr de Edward Cullen se paró enfrente de su mejor amigo— cómete la maldita sociedad, deja de lloriquear en los rincones, por primera en tu vida Jasper se alguien sin todo los títulos, mentiras e idioteces que te han inculcado ¿Amas a esa mujer? ¿Qué haces acá, hermano? ¿Qué te detiene?

Jasper dejó de respirar, bajó los hombres y tiró el cigarrillo a un lado, el oxígeno llegó a sus pulmones y éste lo quemó por dentro.

— ¿Qué harías tú, Edward? ¿Qué harías?

— Pelearía hermano, hombres como tú y yo fuimos atados a nuestros apellidos, mírame Jasper, fui el deshonor de mi padre y de mi familia, vagué por toda esta ciudad y arrastre lo que me enseñaron. Me hartaba todo, me hartaba la decencia de Carlisle Cullen, durante años lo acusé de hipócrita porque lo media con el rasero de hombres como Charles Swan, pero mi padre ha sido lo único decente que he tenido en mi vida y quiero ser como él. Sin embargo, mi amigo —hombro a hombro de dos hombres de portentosa estatura— el resto de esta sociedad me importa un pito, son todos unos idiotas que creen que asistiendo a fiestas como estas detendrán el progreso, me rio de su miedo a perderlo todo, y de sus hipocresías.

— ¡Por favor, Edward! Te casaste con la mujer más rica de Inglaterra, hija de una de las mejores familias y esta es tu fiesta ¿no es eso ser hipócrita?

— Yo la amo, me case con Isabella Swan, no con su maldito apellido, si su padre me lo hubiese impedido la habría sacado de su casa, si Alistar Sinclair hubiese abierto la maldita boca la habría raptado, si Tania y mis demás amantes hubiesen hecho un escándalo yo estaría tras ella, si ella me hubiese rechazado la habría obligado. Jasper Whitlock, me case con ella porque la amo y esta fiesta y esta pantomima de hacer la entrada a la sociedad londinense, me importa un bledo. Aquí, yo —y se llevó la mano a su pecho— celebro que me he casado por amor y que nadie diga lo contrario porque lo mato. Yo he luchado, Jasper y no tienes ni la más mínima idea de nada, de nada —se acercó a su amigo, lo enfrentó con el ceño fruncido y ojos centelleantes— ¿Qué tienes qué perder, milord? Juega todo, quizás pierdas, quizás ganes, pero no seas como muchos, que se quedaron rezagados y jamás arriesgaron nada.

Edward se alejó, estaba orgulloso de sí mismo, por primera vez en su vida era amigo leal de alguien y se lo demostraba.


Gracias por leer.

Este capítulo es sólo un abrebocas.

A las lectoras silenciosas y a las que dejan comentarios mil y mil gracias. Debo decir que esta historia tendrá unas tres quizás cuatro actualizaciones constantes cada semana o diez días, es decir que no tendrán que esperar demasiado pues la musa me ha visitado y tengo varios capítulos adelantados. Al terminar estas actualizaciones la historia comenzará a desencadenarse para que ésta llegue a su final. Disfruto escribir sobre estos dos y les aseguro que lo que viene es dinamita pura, fuera corsé y abajo las mascaras, tendremos una lucha de titanes, fuego contra fuego.

A mis adoradas editoras, Belen quien anda de vacaciones y a Ximena quien me colaboró a su muy… jeje digamos, sutil manera.