Los personajes le pertenecen a Meyer.

FALSAS APARIENCIAS

Capítulo 30


A los lejos, se escuchaba la música.

Sacó su reloj y vio la hora, estaba desesperado porque la noche llegara.

Contaba las horas que lo llevaran hacia ese momento, se veía solo con ella, besándola desesperadamente.

Le hormigueaban sus manos y estaba pleno y consciente de que desde ese día en adelante, sería el bastardo más afortunado sobre la tierra.

Un olor a alquitrán llegó hasta él. Conocía la esencia. Con furia volteó y vio recostado en uno de los grandes árboles de la casa Swan a Alistar Sinclair.

— ¿Disfrutando de su triunfo, Mr. Cullen? —la pipa colgaba de los labios del parlamentario.

Edward trago hiel, odiaba al imbécil.

— Por supuesto que sí, Milord —quería alejarse, su día de boda no sería arruinado por la crueldad del maldito cara de pescado de Sinclair.

Mas, una carcajada lo detuvo.

— ¿Qué le causa gracia, señor? —desanduvo los pasos, cerró los puños con fuerza, no deseaba un escándalo, pero si el maldito lo obligaba, destruiría su muy caballeresco rostro.

— Usted, Mr. Cullen —el rostro de Alistar no se inmutó al ver como su enemigo se acercaba con gesto de furia concentrada en su rostro.

─ Mida sus palabras, señor.

— ¿Va a golpearme? No se atrevería, ahora tiene demasiado que perder, cuando era un simple jugador insignificante quizás podría golpearme, pero no, hoy no, ahora es todo un caballero.

— No me tiente, imbécil, sabe que no tengo un mínimo de escrúpulo y que no me importa su condición de Lord Speaker.

— Siempre ha sido un cínico —el humo de la pipa salió elegantemente de los labios de aquel hombre.

— ¿Qué quiere?

— Quiero disfrutar de mi venganza, señor Cullen —los modales impecables de caballero fluían en el hombre, estaba calmado y se regocijaba al ver el rostro de ira de su contendor.

— Le dije, maldito, que no diré y haré nada, no es usted quien me tiene en su poder Milord, soy yo el que lo tiene bajo mi puño.

— No sea iluso, Mr. Cullen, tengo mi venganza, usted se casó con ella. Más pronto que tarde lo veré, veré al más cínico y sinvergüenza de los maridos convirtiéndola en el hazmerreír de toda Inglaterra. Su mujer, siendo humillada, envuelta en un escándalo de proporciones gigantescas será mi venganza. Por fin, todo el país sabrá todo lo puta que es su querida esposa.

No alcanzó a terminar la frase cuando fue agarrado de las solapas de su muy fina casaca y de manera violenta, estrellado contra el árbol.

─ No le permito que hable así de mi esposa.

— Vamos Cullen, sabe muy bien que eso pasará.

— ¡Cállese, idiota!

— Golpéeme y no tendremos que esperar para que estalle el escándalo. ¡Hasta en palacio se enterarán! ¿Estaría dispuesto a explicarle a su majestad por qué golpeó a su futuro primer ministro?

— ¿Cree que me importa? Quizás mi regalo de bodas sea verlo sangrar, milord Sinclair —levantó su mano para asestarlo en la cara del hombre que abrió sus ojos azules ante la proximidad del golpe, su pipa cayó al suelo y detuvo el golpe cerrando su mano en el puño violento de Edward Cullen.

— ¿Nunca se ha preguntado por qué odio a su esposa, caballero?

El aludido parpadeo, sonrió sardónico, lo sabía, no era un idiota.

— Vamos, Milord —soltó su puño del amarre de la mano enguantada de Sinclair—una mujer puede decir no.

— ¡No a mí! menos ella —toda la educación caballeresca de Milord Sinclair se fue al trasto, su usual careta de hombre sin emociones fue reemplazada por una siniestra llena de furia contenida— no esa, mala mujer sin corazón.

— Cuide sus palabras, maldito.

— ¡Ja! Esta es mi venganza Edward Cullen, contra ella y contra usted, maldita alimaña —tomo las muñecas del hombre que trataba de sofocarlo, Edward veía rojo, por una parte quería matarlo, por otra sólo deseaba tener la fiesta en paz, comenzar su nueva vida de una manera decente.

─ ¡Está advertido!

— Usted no sabe con quién se casó. No tiene idea.

— Nada de lo que diga me interesa —lo levantó de sus solapas, ese maldito tenía su mundo en sus manos.

— ¡Ella no es virgen!

— ¡Oh, no sea idiota! Ya lo sé y no me importa —los ojos coléricos de Sinclair casi se salen de sus orbitas.

Fue arrastrado de manera brutal, sus pies no tocaban el suelo pero, la furia asesina de Edward Cullen no le importaba, es más, le excitaba. La ponzoña que Isabella hace años instaló en su alma se comenzaba a liberar, su venganza llegaba a término, nada faltaba para tener esa cabecita de muñeca vacía en sus manos y cumplir la sentencia dicha años atrás, en Paris.

— Por supuesto —soltó la carcajada— ella se acuesta con todos los hombres que conoce.

Edward perdió los estribos y lanzó al maldito al pasto, ya no había nada que lo detuviera, no hablaba de una mujer cualquiera, hablaba de su esposa, sabía cómo tenía que hacérselo pagar.

─ ¡Maldito hijo de puta!

Muchos años viendo como él se burlaba en su cara, con su risa de hombre superior, como él con su mirada de juzgamiento lo hacía sentir sólo una piedra en sus zapatos.

─ ¡No te permito que hables así de mi esposa!

Sinclair trata de incorporarse.

Durante años Edward y su cinismo que lo salvó de sentirse menos, caminó entre todos esos hombres como Sinclair con una airé de no me importa nada de lo que ustedes piensen, yo soy libre y no estoy atado a nada, pudo soportar todo, las humillaciones veladas cuando alguno botaba sus libras en las grandes apuestas y él miraba el dinero caer mientras él contaba sus monedas.

─ ¡Deberías lavarte tu asquerosa boca antes de nombrarla!

Sinclair trastabillaba.

Tuvo que tragarse sus desplantes de superioridad cuando ellos lo dejaban a un lado sobre las grandes conversaciones. Sabía que era soportado porque solía ser el rey de la perversión y de la indecencia en Londres y quien se quisiera divertir a lo grande sólo era recurrir a él para ser arrastrado por su inmoralidad sin tregua, pero sólo él sabía quién era y como todos ellos lo miraban.

─ Ahora tiene quien la defienda.

Sinclair retrocedía.

¡Qué importa! Dijo un día, mientras tenga buen vino, una damita caliente y dinero para apostar nada más importa, más aún así entendía lo proscrito y renegado que era, sólo su belleza física, la de su hermana Rosalie y el apellido que su buen padre le heredó lo hacían ser parte de las reuniones sociales o clubs de caballeros.

─ Desde el momento que decidió amarme, se borró su pasado.

Sinclair tambaleaba.

A veces en venganza seducía a una de las mujeres de aquellos respetables caballeros y así con su sonrisa y ojos de burla decirles que él era mejor que cualquiera y que cada una de sus mujeres al final al hombre que deseaban en su lecho era al maldito relegado de Edward Cullen.

Una patada en el torso del hombre que gimió mientras se carcajeaba.

— Usted no puede ser la excepción, míster estúpido.

— ¡Voy a matarlo!

— Ella se casó con un campesino que la amaba —reptaba en el césped y otra patada recibió.

— Michell se llamaba el insignificante muchacho —la voz de Sinclair era venenosa, cada palabra estaba allí para ser una daga mortal, un poco de sangre corría por las comisuras de sus labios

— Pero el niñato se quitó la vida.

Edward dejó de respirar por unos segundos, los golpes cesaron, de repente solo le interesó escuchar a aquel hombre que destilaba veneno.

— ¡Es usted un miserable!

Sinclair trató de levantarse pero al ver como su enemigo se iba contra él, desistió.

— Todo Paris la llamaba "la princesa encantada" y no era porque fuese la buena niña de las fábulas, oh no. Era porque a sus diecisiete años ella y sus manitas perversas ya había destruido a muchos hombres, nada le importaba, sólo ella y su lujuria maldita.

— No le creo nada, Isabella no es así, no lo es.

— ¿No? Todo París lo sabe. Pregúntele a su perro guardián. Merchant, siempre le solapaba sus porquerías ¡Estoy seguro que fueron amantes!

— ¡Miente!

De pronto, una presencia pequeña irrumpió en entre los árboles, Susy que con ojos llorosos y gimoteando estaba paralizada ante el espectáculo de sangre y violencia del que era testigo.

— ¿Milord?

— ¡Largo de aquí, Susy! —fue el grito desgarrador del nuevo amo de la casa.

La chica no podía moverse, al ver como la chica regordeta comenzaba un puchero de miedo en sus labios, Edward pateó con impotencia, caminó hasta la mujercilla y la tomó de su brazo.

— Vete de aquí mujer, y si abres la boca, te corto la lengua.

La chica ahogó un gritillo y salió corriendo como alma que lleva el diablo y sin mirar atrás.

— Continúe, Sinclair.

Apenas dichas esas palabras, sintió que su corazón latía poderoso, que su mente se embotaba y que su cuerpo perdía consistencia. Buscó un apoyo y siguió de pie, mirando al maldito pero no escuchando lo que decía, y recordó… recordó…

Una noche hacía meses.

Él, desesperado y enloquecido, en mitad de una tormenta, vio un impresionante caballo diabólico irrumpir en la oscuridad.

Su jinete, una mujer, venía desde la borrasca llena de fiebre, que iluminada por la noche, se veía majestuosa, como diosa pagana del placer.

Isabella Swan cabalgaba segura, encendiendo su deseo. No podía creerlo ¿no era la mujercilla modosa y tímida? No, esa noche había sido una revelación, la auténtica Isabella era una mujer capaz de llevar al delirio más oscuro al hombre que se enamorara de ella.

Estaba fascinado, se sentía conectado mágicamente a esa alucinación de mujer, cuando la besó en el establo tocó el infierno y se hundió en el cuándo al día siguiente lo ridiculizó.

Ella, viento, noche y fiebre. Esa imagen gótica de Isabella cabalgando en su corcel azabache en medio de la noche tormentosa iluminada por los rayos se quedó grabada en su memoria. Fue un delirante misterio que por meses, no pudo descifrar.

Parpadeó.

¿Cómo creer que su bruja era alguien sin secretos cuando nadie, en la vida, lo había besado igual? Una mujer simple, llana, sin recovecos jamás habría atraído su atención ─ ya había tenido muchas de ellas en sus brazos y siempre fue así ─ pero, ella había hecho nacer en él sentimientos y deseos profundos, salvajes, como nunca antes había sentido.

Una tonta, aburrida y aristocrática solterona jamás diría palabras de doble sentido y no se habría dejado nunca cortejar por alguien como él, que no era un caballero ¿Una mujer sin pasado habría ido por él hasta la calle hollín, a rescatarlo de una pelea?

La que le propuso matrimonio de forma intempestiva, la que se dejó besar de manera impúdica ─ una noche en que él, enfermo de ella, la necesitaba ─ la que le dijo que no era virgen, la que era viuda no podía ser una inmaculada dama sin pasado. Isabella era algo más, era un cofre, una tumba llena de oscuros secretos.

¡Qué tonto de mí! ¡Qué vanidoso! Siempre creí que yo era el cazador y ella mi presa.

«Soy mala, Mr. Cullen…»

«Saldrá perdiendo en este juego…»

«Que empiece la cacería…»

¿Era él la presa?

Lo que pareció una eternidad, apenas fue un segundo. La epifanía duró apenas una exhalación.

— Durante años —Sinclair estaba exultante— todo fue de escándalo en escándalo, la niñita jugaba con los hombres, su villa parisinas era el refugio de amantes, bebedores, jugadores y toda clase de gente baja que tenía el descaro de definirse como artistas e intelectuales. Todo Paris la amaba, ella era quien imponía modas y estilo, todos la querían en sus fiestas, todos morían por que aceptara una invitación a la ópera o al teatro. Era la reina de los salones y de cuanto evento social se realizaba. Un verdadero sol de Francia —Alistar miraba a un punto ciego— que todos buscaban para deleitarse, era narcótica y embriagante. Tenía amantes por doquier, todos la amaban, todos, nada se le negaba, rica, hermosa y excitante, un hombre podía morir por ella y no le importaba.

— Usted la amaba —no fue una pregunta, Edward se explicaba el odio.

— La hija de Charles Swan y yo ─una mueca triste en su cara─ ¡nada más perfecto! Estaba, y estoy, destinado a ser el hombre más poderoso de Inglaterra pero…

— Y le dijo que no.

— Me humilló en público, se burlaba de mí, maldita sea, ella y Merchant y sus amantes, todos ellos —se paró con lentitud, tenía una costilla rota y no le importaba, allí estaba ganando por primera vez, ganándole a ella— pero nada dura para siempre.

─ El hombre más poderoso del reino despreciado por una niña.

─ Se hizo más cruel, más caprichosa y vil, no se medía, los escándalos en su casa, las juergas en las calles, sus amigos borrachos, los hombres que creían que tenían el corazón de Isabella se hicieron enemigos y ella no se detenía —recostó su humanidad en el gran manzano.

Los rayos del sol caían implacables en aquel Londres sin niebla, iluminado el rostro de Edward Cullen que era de piedra, con ojos indescifrables mientras que su hermoso cabello cobre se matizaba en mechones de un rojo violento. La fiesta y los invitados parecían tan irreales.

— Unos se batieron en duelo, dos de ellos murieron y destruyó familias, muchos se alejaron, pero otros seguían allí, creyendo que ella demostraría piedad, pero no lo hizo.

─ Habla la boca de un hombre despechado.

─ Un día, su esposo campesino apareció en Paris, el imbécil venía por ella, creía que su linda mujercita era fiel, y que sólo lo alejaba por su condición de miserable, vino a reclamar lo que ella le negaba ¡pobre idiota! Todos se burlaron del infeliz y no pudiendo soportar el escarnio a que era sometido, regresó a su ciudad, Paris se solazaba con el escándalo —la boca del hombre hizo un rictus de odio— hubiese sido tan fácil, tan fácil, yo le ofrecí todo ¡todo! Limpiar su nombre, deshacerme de su inútil esposo, pero ella siempre decía que no ─ tomó aire pesadamente y emitió un quejido cuando se tocó el costado.

─ ¡Continúe! ─Edward no le daba respiro.

─ ¡Nada le importaba, nada! Sólo ser cruel y ese imbécil adolescente que tomó por esposo. Se enclaustró, se volvió taciturna. Al final, solo Merchant se quedó a su lado, aunque sus amantes aún la perseguían —sonrió limpiándose la sangre con su fino pañuelo de seda— entonces, el niñato se suicidó —alzó su rostro con orgullo— y ella fue enterrada junto a él.

── ¡Explíquese!

─ Mr. Cullen, todos los franceses son unos hipócritas, la amaban por depravada pero ninguno la iba amar por destrozar el alma de un niño. Todos los que celebraron su lujuria, su infamia, la dejaron sola, se lavaron las manos. Nadie quería ser partícipe de semejante crimen, el suicidio de Michell fue la muerte social para ella. Sólo yo estaba allí, sólo yo, que le ofrecía mi mano y el poder en Inglaterra pero ella, volvió a decir que no.

— ¡Infeliz!

— Una noche abandonó Francia, todo se derrumbaba y así que corrió a esconderse bajo el ala de su padre y aquí, le hizo creer a todos que ella era una mujer cetrina, abúlica y sin carácter. Ocultó su belleza bajo esa ropa espantosa y aprisionó su hermoso cabello en un moño de campesina para dar la imagen de mujer moral correcta y temerosa de Dios.

Edward escuchaba cada palabra, estaba en mitad de una pantomima estúpida, marionetas del destino como dijo Shakespeare, allí él era parte de aquella charada de enredos, palabras ocultas, miradas contenidas, susurros a medio decir, si, él conocía todo aquello, él era parte de la hipocresía reinante e Isabella Swan no era la excepción.

— ¿Y, usted? —preguntó con repugnancia.

— ¿Yo? Ella nunca me engañó Mr. Cullen, ella sigue siendo la mujer perversa que conocí, no ha cambiado para nada, sus ojos lo dicen, se burla de todos, de todo lo que somos, de nuestra sociedad —soltó la carcajada — sigue siendo la reina, señor. En Paris era la reina de la fiesta y la lujuria, aquí se convirtió en el sumo de la decencia, el ejemplo a seguir ¿No es maravilloso?

— ¿Por eso me contrató?

— Oh, usted es lo mejor de mi plan, cínico maldito, sólo un hombre como usted la tentaría, alguien igual de cruel, alguien que la sedujera como sólo a la princesa encantada se le seduce.

Caminó hasta él, su cuerpo era puro dolor y triunfo.

— Ella no quiere un caballero, son iguales de repugnantes, era mi jugada perfecta, ella amaría al hombre que la trajese de vuelta, usted fue el peón en mi juego. Tania Denali, esa meretriz, me contó todo, sus habilidades, su inmoralidad, lo único que yo tenía que hacer era empujar.

Se le hacía difícil respirar, pero era obvio que no le importaba.

─ ¿El cebo, Mr. Cullen? Su afición por el juego y la cuestionable moral de su hermana. Usted estaba ávido por dinero para sus deudas de juego y para proteger a su sobrino bastardo que está por nacer ¿Vio que fue fácil atraparlo?

Lo recorrió de punta a punta como si el hombre frente a él fuese menos que una rata.

─ Ella lo amaría y yo la destruiría así de fácil, sólo que usted es un idiota y se enamoró de ella. Quizás, cosa que lo dudo Edward, ella también lo ame y eso es majestuoso mi amigo, porque ambos se destruirán, ella no podrá contra sus pocas virtudes y usted no podrá competir contra su pasado. En algún momento, mi amigo, se destruirán.

Puso una de sus manos sobre su solapa, Edward la apartó de inmediato

— Usted es predecible, Mr. Cullen, hombres de su calaña no son nada, pertenecen a White Chapell o al burdel de la vieja Platt y allá volverá, pero ella no, todo su teatro se caerá. No tendrá ni donde huir y ni quien la cobije y yo, al fin, podré sentarme a disfrutar de la dramática función: El Requiem para una Diosa.

El interior de Edward sangraba, descubrir quién era, en verdad, su bruja amada lo había dejado herido de muerte. Había perdido en su mejor juego, el juego por la dignidad, por su amor propio, había perdido su corazón enamorándose de aquella mujer laberíntica llamada Isabella Swan, dolía, dolía como si alguien hubiese venido con un puño aterrador y arrancado su corazón de un tajo. Estaba vencido pero, como buen jugador era, apostó de nuevo. Él bajaba la cabeza y aceptaba la derrota frente a ella, pero nunca, jamás frente a un idiota como Alistar Sinclair.

Respiró con una tranquilidad fingida ¿qué mejor arma para blufear que su propio cinismo? Sonrió. Le estaba diciendo a Sinclair que tenía una mano de escalera real y que haría la jugada perfecta.

— No ha ganado Sinclair, me conoce bien —enterró su dedo en el pecho del parlamentario— soy un hombre de grandes ambiciones, me gusta el poder, me gusta la mujer y voy a disfrutar de ella como usted siempre quiso pero jamás pudo.

El orgullo del Lord Speaker llegó al suelo.

─ Soy practico, un buen hipócrita ¿crees que voy a perder lo ganado sólo por tu odio? No subestime mi corazón milord, yo no me enamoro de una mujer y dejo que ella me pierda —su garganta ardía y su corazón latía dolorosamente, sin embargo la careta forjada por años de desvergüenza estaba en él y quien lo viese no sabría jamás que sufría— no soy un melodramático que muere de amor. Su pasado no me importa. ¿Qué fue la reina de la lujuria en Paris? ¡Qué más da! Yo seré feliz amigo, a todos nos conviene este matrimonio, así ¿qué puedo perder? Más bien, consigo ganar, con toda esta fortuna a mi disposición me sería fácil llegar al parlamento. ¿No sería divertido, colega?

— Ella lo odiará —su boca sabía a hierro, su odio reverberaba dentro de él.

— No me importa —era lo único que importaba— ¿Qué tengo pocas virtudes? Con esas me bastarán para darle el heredero al viejo Swan y usted milord —sin que Sinclair lo viese venir Mr. Cullen tomó su cuello y lo apretó con fuerza— se callará. Logró su objetivo, me casé con la heredera, ganó su apuesta y punto final. Ahora, se tragará su rabia, volverá a su trabajo en el parlamento y se olvidará de la princesa encantada. A partir del momento en que ella se convirtió en mi esposa usted dejó de existir en nuestras vidas ¡Aléjese de ella! ¡No lo quiero ver más! a menos que desee que el destruido y derrotado en toda esta charada sea usted.

Lo soltó del agarre en su cuello, Sinclair tosió en busca de oxígeno, miró al hombre por lo bajo, parpadeó como si sus ojos estuviesen ardiendo por un ácido, todo su cuerpo temblaba.

Él, quien siempre fue un hombre frío, sin emoción alguna ─ que había sido criado en el mundo donde sentir no era la prioridad ─ se vio un día arropado por pasiones que no sabía controlar ─ odio, deseo quizás amor y al final venganza y resentimiento ─ porque era incapaz de medirse y razonar cuando la imagen de un hombre pasionalmente enamorado era rechazado por una jovencita angelical y lujuriosa, venía a su memoria.

—Por favor, Mr. Cullen, sus días están contados, me sentaré a ver como su matrimonio con esa mujer es un infierno y un escándalo.

— Se acabó mi paciencia ¡Largo de aquí, maldito! —se inclinó con rudeza y su puño en tensión, amenazándole con un nuevo golpe— ¡fuera!

Sinclair trataba de encajar su muy aristocrática barbilla, sentía placer. El hombre que se impuso el no sentir nada, ahora, disfrutaba intensamente el placer de la venganza.

— No se preocupe Mr. Cullen, ya me he divertido bastante —levantó su mano hacia el árbol más cercano para poder ayudarse. Era momento de retirarse, una palabra cizañera más para Edward Cullen y un puño alzado, de hierro, se estrellaría sobre su cara y seguramente su nariz, y varios de sus dientes, sufrirían las consecuencias.

Corrigió su postura, lo miró desafiante a la cara, sonrió irónicamente, inclinó su cabeza a modo de despedida y se fue, dejando al novio sumido en un infierno

Edward bajo la cabeza, tensó su mandíbula, miró su traje nuevo que le había costado vender una vieja reliquia de su madre, no le importaba, era su día, se casaba con la mujer que amaba, el resto le importaba poco. ¡Maldita sea! ¿En qué momento todo se trastocó todo? En la mañana, era un ganador ─ finalmente una buena mano, la mejor de todas, el as de diamante en las manos de Isabella ─ pero ahora sólo era un estúpido tahúr jugando un juego que ni él entendía y donde hacía de comodín en las manos de otro.

Caminó despacio por el jardín, se sentía derrotado, el cínico en él se burlaba de cuan tonto había sido por no ver venir la tormenta en la risa socarrona de Sinclair, en el silencio de Tania Denali, en las miradas cómplices entre Merchant e Isabella, en la carta de amor, en el secreto y en aquel fantasma del primer esposo de Bella.

¡Un comodín, un maldito bufón de tinglado!

El eco de la reunión se hizo más presente ¡Qué enorme casa! ¡Qué enorme jardín! ¡Qué inmensa fortuna y poder! y al final ¡Nada de eso importaba! ¡Nada!

Aspiró el aire helado que, a pesar del sol de la tarde, no se lograba entibiar. Levantó su rostro, se llevó sus manos a sus hermosa melena, lenta y metódicamente arregló su cabello que se había salido de la disciplina casi maniática impuesta por su hermana Rosalie esa mañana ¿Dónde estará? Por un segundo la buscó, su hermana tratando de encajar en un mundo que la despreciaba. Recordó que ella era su familia, el hijo que esperaba, su sobrino, y que por ambos, él había jurado pelear. Ella era lo único que tenía, la sangre compartida, un padre digno, un caballero honorable, un hombre que en aquel mundo de hipocresías era quizás el recuerdo de una estirpe que ya no existía, su padre Carlisle Cullen.

Y él no era digno de él, no lo era.

Con su mirada buscaba a Isabella y se dirigió al gran salón. Necesitaba verla, ella era el centro de su existencia, era el deseo y una sed que jamás nunca por algo o alguien tuvo. La urgencia lo apremiaba y no se detuvo hasta que la encontró, su cuerpo desprendía fuego, se movía entre la gente como si nadie pudiese tocarla. Era provocativa: inocencia y degeneración, mezcla exótica de la cual no podía abstraerse. No dudaba de las palabras de Alistar, de alguna manera, eso siempre lo presintió, eso era Isabella Swan y por eso la amó desde el primer beso.

Ella, lo llamó desde lo oscuro y él, simplemente, se rindió.

Isabella sintió el calor, la caricia que recorría todo su cuerpo y levanta su rostro, se topó con la mirada ─ de un verde imposible que bajo los rayos del sol tenía un matiz claro casi marino ─ frente a ella, su marido ─ vestido de manera impecable y con su cabello cobre rojizo que le daba un de aire quimérico.

Viene a su mente la primera vez que lo vio, la primera vez que lo escuchó con esa voz susurrante que la invitaba a todo aquello prohibido a lo que se había negado durante años. Una voz, que con tan solo escucharla, desató a la hembra salvaje y rebelde que habitaba en ella. Con él, no temió sentirse como una pura sangre, que relinchaba de placer al sentir la mano del amo por su pelaje que la traspasaba conectándola con sus músculos y con su esencia indómita. Sí, el bastardo, con su presencia hizo que nuevamente fuera orgullosamente ella.

Sintió como él la recorría de pies a cabeza y era como si la mirasen por primera vez. Tuvo miedo, algo de la niña que un día fue virgen se estremeció, y por primera vez en años Isabella, princesa encantada, que había sido la reina en numerosas alcobas, se sonrojó furiosamente.

¡Como lo deseaba!

¡Como lo amaba!

Y se odiaba por eso.

Una leve inflexión, una pequeña ligereza del alma y ella permitiría que aquel hombre pasase por encima de ella.

Se mordió la boca y lo llamó en silencio.

Extendió su mano, no lo podía evitar, necesitaba sentir su mano antes de que lo inevitable ocurriera.

— ¡El baile de novios! —grita medio pizpireta Jessica Stanley que no puede esperar la noche de bodas para que su amiga le cuente si es verdad que la "joya de la corona" reluce como ella ha escuchado en los salones de té en Londres.

Jessica mujer sabia, risueña y coqueta sabe que su amiguilla tímida y modosa no era ninguna virgen, sin embargo calla. Ella no lo era cuando atrapó a su adorado esposo, dotada para el teatro como estaba, no le fue difícil hacerle creer, en la noche de bodas, que nadie la había tocado. Unos cuantos ¡oh! ¡ah! bien dichos y una cara de asombro y de inocente curiosidad le bastaron para construir la trampa perfecta para que Félix creyese que se había casado con la reencarnación de la virgen María ¡Dios! ¡Qué tontos eran los hombres!

Ambos se miraron cara a cara.

La orden dada por Jessica y la música para el primer baile de esposos empezó a sonar.

Él la toma de su cintura, la aprieta fuertemente y la lleva contra su pecho, ella toma la mano y entrelaza sus dedos, siente las miradas de todos y sonríe, se acerca a la mejilla derecha de su esposo, la piel le quema, él es suave, ella es ardiente.

Paso a paso en aquel baile, Edward sabe que ella es experta bailarina, es experta en todo, sabe seguirle el paso, están alineados como dos planetas y un paso es seguido por el otro en perfecta sincronía.

Mueren de celos.

Arden de rabia, pecho a pecho, corazón a corazón, son tan iguales ambos que es insoportable, en su cuerpos guardan el poder del Vesubio que están a punto de erupción.

Isabella se aleja un poco en medio del baile y lo mira, sonríe con gracia, es un verdugo a punto de asentar el primer golpe de gracia.

— ¿Has disfrutado la fiesta, querido?

Edward la observa sin parpadear.

— Ha sido todo lo que yo esperaba y más, milady.

— ¿Ha valido los cien millones de libras que pagó mi padre por mí, amor mío? ¿La deuda a Sinclair fue sufragada? —el rostro de Edward fue impávido, sin embargo sus pupilas se dilataron y entendió que ella sabía todo.

— Cada maldita libra está pagada.

— Pero, querías más —la música seguía, los espectadores sólo veían un par de novios enamorados. Todos especulaban, y de manera cínica, sobre aquel matrimonio, no daban ni un chelín por el enlace, sin embargo, la imagen de ambos, entrelazados como dos siameses en aquel baile, hizo replantearse el supuesto de que Edward Cullen se había casado con Isabella Swan por el dinero. Los cínicos pensamientos que pululaban por el aire, se vieron opacados con la verdad que aquel par de jóvenes, bailando, parecían demostrar. Se amaban. Y vaya, eso era digno de ver.

— Lo quería todo, la fortuna, el nombre y la dama.

Isabella hizo una mueca y se acercó a su esposo.

— Pues querido, que buen trato—y besó la boca de su novio de manera tierna y pudorosa, mientras que él exudaba frío.


Editado por XBronte.

A las que dejan comentarios y son lectoras en las sombras, mil y mil gracias. Como siempre mi no contesto sus hermoso comentarios porque no soy dueña del tiempo.

Gracias.