La obra Crepúsculo le pertenece a Meyer.
Historia registrada bajo las leyes de derecho de autor.
Falsas Apariencias
Capítulo 31
Jasper, a lo lejos, vio el baile de su amigo y su esposa.
Él deseaba eso, quería ser feliz, dejar de fingir y poder llevar una vida donde no se avergonzara de sus sentimientos.
Quería todo.
Se había sacrificado.
Un panorama sobre los invitados y sobre todo una visión sobre su vida. Se vio niño en la enorme mansión derruida de la casa de Sir Henry Whitlock, él solo jugando con sus sirvientes, o con una nana anciana o con una institutriz amargada que nunca le brindó una sonrisa cálida; su madre era una mujer que vivía entre jaquecas y jaquecas y creía que la maternidad era una especie de enfermedad por la que las mujeres debían pasar, murió creyendo que había sido la buena mujer que su aristocrática educación la sentenció a ser: apática y gimiente.
Recordó cómo él, de niño, se sentaba, a la hora de la comida, a la enorme mesa del palacio para acompañar a su padre y el viejo cara de palo, ni siquiera se enteraba.
El único afán de Sir Henry era que su pequeño retoño fuese un caballero y que no lo hiciera avergonzar frente a los demás notables de Inglaterra, su niñez fue solitaria y no lo resintió pues, en su fuero interno pensó que aquello debía ser así. Pero, cuando conoció a la luminosa y alegre hija del vicario, todo cambió para él. Se vio tan enamorado y obsesionado con aquella niña de furioso cabello negro y de grandes ojos grises, que la persiguió todo ese verano sin darle tregua. Siempre buscaba los momentos para ir a verla en la parroquia, ella le sonreía mientras que los padres de Alice estaban impresionados, el hijo de Lord Whitlock era un niño bueno y practicante de la Palabra de Dios, siempre atento al sermón de los domingos y colaborador con las actividades de iglesia. Pero, él solo iba por ella, por la hija del vicario y la deseaba como un lobo desea morder a la pequeña ovejita.
La ley de la vida en los campos ingleses se imponía, era el hijo del dueño de la comarca y él tenía derecho sobre todo y todos y nadie podía evitarlo, ni menos un vicario rural.
Atacó a la ingenua Alice y ella le respondió entre la euforia y la pasión de una niña que rezaba en las noches, pero que soñaba con besos apasionados y con susurros calientes.
Se le entregó con desenfreno y sin pensarlo dos veces. Alentado por las enseñanzas de sus mayores, creyó que sería un ardor de niño que estaba en la flor de la edad y que estaba descubriendo el placer de conocer mujer, pero no fue así, no lo fue. Para Jasper, ser el amante de Alice se convirtió en su aliciente, en el aire para respirar, se sintió por primera vez parte de algo y él desnudo a su lado entendió cuan solo y desamparado había estado toda su vida.
Día a día, noche a noche vivir respirando el aire de Alice Brandon lo hacía feliz.
Pero un día la desgracia cayó en su casa y se vio atrapado por su padre, su apellido y su educación.
No podía traicionar quien era y de donde venía.
Tontamente creyó que la olvidaría, que podría desterrar los meses vividos con ella piel a piel, boca a boca, pero no, no pudo, pero igual se casó. Emma era fría, insípida y demasiada hija de su educación, ella era igual a su madre. Y Jasper odiaba a su madre.
Quiso volver, pero fue demasiado tarde, él había subestimado la pasión y el orgullo de la niña hija del vicario y ella se negó, no la tocó por años.
Ahora, él era dueño de su destino.
Su padre había muerto.
Emma también.
¿Por qué seguir negándose a ella si irremediablemente estaba destinado a aquella mujer?
Jugar, apostar, ganar o perder.
¿Seguiría estando en ese punto donde se negaba todo por seguir manteniendo firme la educación y abolengos estúpidos en que había crecido? ¿Preferiría seguir yendo a su enorme casa cada noche, beber en soledad y suspirar como un niño esperando que llegue la mañana y correr hacia donde Alice, aunque sea para mirarla en la oscuridad?
Si, aquel era el horizonte que se le presentaba, gente infeliz haciendo el teatro de aparentar tan sólo por mantener una manera de vivir. La maqueta victoria de un joven orgulloso de su clase, decadente y condenatoria.
¡No!
Debía ser un hombre.
Mientras su amigo Edward bailaba se deslizó en el jardín y caminó hasta el ala de servicio, a la sección donde los sirvientes entraban y salían, tres de las mujeres estaban allí prestas a servir el vino y los petit bouche, el resto estaban en el jardín. Las mujeres lo observaron y temblaron, no sólo por ser un Lord, no sólo porque ellos nunca entraban a las cocinas sino porque Jasper Whitlock era un hombre de una belleza sorprendente y de un porte galante, que verdaderamente impresionaba.
Buscó a Alice en la inmensa cocina, como ama de llaves, ella debía estar al pendiente de todo, sin embargo, no la encontraba.
Su ataque aterrador de celos la había dejado agotada, lo sabía. El mes entre el ir y venir, el sobresalto de su pasión y el secreto de ésta la tenían rendida. Siempre ella perdiendo, siempre sacrificándose por él. ¡Dios! Era tan pequeña y bonita pero su amor la había condenado siempre a las sombras simplemente por la cuna en la que había nacido.
La vio llegar a la estancia y quedarse parada en el umbral, mientras buscaba algo en sus bolsillos.
Un sentimiento de hombría, de liberarse de todo lo invadió.
Era ahora o nunca.
Caminó resuelto hasta donde su amante. Ella alzó sus ojos, reaccionó asustada, quería escapar de allí. Rogó con sus ojos que se fuera, le suplicó.
— Se mi esposa, Alice Brandon.
Alice parpadeó, seguramente no había escuchado bien ¡Dios! ¿Por qué venía a torturarla en su trabajo? ¿Por qué simplemente no se conformaba con el secreto?
— Milord, este no es su lugar.
— ¿Escuchaste bien, Alice?
— Por favor vete, Jasper —susurró entre dientes.
— Se mi esposa, Alice Brandon —repitió.
Ella tembló y por medio segundo todo su cuerpo la traicionó, los ojos de las sirvientes estaban sobre ella.
— Tú —gimió.
— ¡Casémonos, Alice! debiste ser mi esposa desde el día en que fuiste mía.
Alice volteó, sus hombros se estremecían y se fue hasta la pared más cercana a la cocina, allí comenzó a sollozar como una niña pequeña. La mano ardiente tocó su espalda.
— No llores amor mío, por favor, no llores —sin embargo ella lo hacía más y más fuerte.
Tantos años contenidos, años guardándose casa dolor, decepción y soledad y él le decía que no llorase ¿Cómo no hacerlo si sus sueños de niña estaban en aquella palabras?
— Siempre has sido tú, siempre y para siempre mi amor, mi reina, mi todo ¿Cómo pude ser tan cruel contigo, Alice? Cada día de estos últimos años han sido un suplicio, soñándote, amándote, deseándote, muriéndome de celos y de terror porque creía que serías de alguien más.
Besó su cabello negro.
— Yo… yo, Jasper —lágrimas calientes caían por sus mejillas— yo jamás pensé en casarme, porque en mi corazón siempre has sido mi esposo Milord —volteó y lo enfrentó con ojos dulces y enrojecidos por el llanto y la emoción.
— ¿Te casaras conmigo, amor mío?
Alice, toda pequeñita y frágil miraba atribulada a Lord Whitlock y veía todo lo que amaba: amaba su cabello rubio un poco largo y desordenado, que en los momentos de pasión lo hacía ver salvajemente seductor y sus ojos azules de niño solitario. Amaba su porte que le permitía perderse en él cuando estaban desnudos y la facilidad con que se enredaba en su cuerpo como una hiedra y no la dejaba respirar, y no le importaba, porque era aquella falta de aire por su aire la que la hacía íntimamente tan feliz
Las dos sirvientas que habían escuchado las palabras, negaron con sus cabezas e hicieron gestos de juzgamiento y de reprobación.
— Yo no te pido nada, Jasper, nada, soy feliz con lo que tenemos.
— Yo lo odio.
— Todos te juzgaran por no respetar las reglas, todos te señalaran.
— No me importa.
— Pero a mí sí.
—Siendo mi esposa, nadie se atreverá a hacerte un desaire.
La mano pequeña del ama de llaves fue hasta el pecho de Milord, algo muy íntimo había en aquel toque.
—No tienes por qué hacerlo, no tienes por qué pedirme esto cariño, yo… —pero las palabras fueron interrumpidas por el Lord cuando su boca fiera la besó con poderío haciendo que todo a su alrededor se moviera hasta el vértigo, sus labios fueron posesivos, marcando un antes y un después. Nunca la había besado en público y no le importó hacerlo. Por primera vez sintió que hacía lo correcto y decidió que nunca más le importaría lo que demás pensaban de él y de su relación.
— Toma tus cosas y vámonos de aquí, madam Brandon, ya no tienes por qué ser sirviente de nadie —se acercó a la oreja de la pobre mujer que sollozaba por aquel primer acto de valor en toda la vida de su amante— sólo serás mía, sólo para mí, Alice Brandon.
— Te amo —ella bajó la cabeza y la enterró en el pecho fuerte de su amante que olía a colonia y a ropa nueva y costosa— tan sólo por decir esto, te amo más, pero no quiero tus sacrificios.
— No son sacrificios, Alice —la tomó de los hombres y la sacudió levemente—quiero que seas todo Alice, mi esposa, la madre de mis hijos, lo quiero todo contigo, no me hagas suplicar ¿quieres que lo haga? Saldré ahora a la mitad de la fiesta y diré que te amo —estaba henchido de valor, lo pensó, pensó salir allí y gritarlo, algo se estremeció en él, sin embargo tuvo el impulso, pero la mano de Alice lo detuvo, sus ojos mostraban admiración y adoración.
— ¡No! No tienes que hacerlo.
— ¿Serás mi esposa, Alice? —un gesto divertido en su cara, alzó una de sus cejas que iban en consonancia con una pequeña sonrisa y un brillo infantil en su mirada— ¿Serás mi esposa?
— No tengo alternativa ¿no es así, Milord? —la chica alegre, de sonrisa fácil, que durante años ella contuvo al convertirse en aquel ser oscuro e invisible que era la ama de llaves, resurgió.
Esa era la Alice que Jasper Whitlock idolatraba.
— No madam —la haló con ternura hacía él, posó su boca sobre ella— lo nuestro es irremediable como la lluvia y la niebla lo son a Londres —ambos se miraron, azul y gris, reconcentrados, de todo hablaban en silencio, se agruparon los recuerdos de casi quince años sobre ellos, respiración a respiración.
Y allí, sólo los dos.
El ruido de los demás sirvientes que entraban a la cocina después del baile de novios fue interrumpido de manera abrupta al ver como la seca y casi tiránica ama de llaves se besaba de manera impúdica con Lord Whitlock.
Una vergüenza.
Una inmoralidad, algo jamás visto.
— ¡Madam Brandon! —la voz de Oscar retumbó en la cocina, mientras que los casi veinte sirvientes parecían congelados, si una mosca en la muy fina cocina Swan se hubiese atrevido a revolar allí, todo hubiesen escuchado su zumbar confundido con la humedad sensual del beso amante— ¿Cómo se atreve? Es una grosería, una falta de respeto —la voz del viejo era adusta y seca.
Alice se adelantó a su amante y se puso enfrente del anciano que la miraba con ojos réprobos y de fastidio superior.
— ¿Qué tienes que decirme, Oscar?
— Él es un lord y tú eres una sirvienta.
Jasper respiró y observó al viejo por lo bajo.
— Cierre su boca, caballero.
— Nunca me engañaste Alice, siempre supe quien eras —las carnes de la cara del anciano colgaban asemejándose a una vela que se derretía, ninguno de los sirvientes se movía y afuera estaba la celebración más decadente en Londres.
— ¿Y quién soy, Oscar?
— Una mujer sin principios.
Por un segundo Alice quiso abofetear al viejo, pero la mano de Jasper la detuvo.
— No vale la pena, mi amor —un paso al frente— soy Lord Whitlock y usted ha insultado a mí prometida señor, así que lo invito a que cierre su boca por su bien, si no quiere terminar con sus huesos en la calle.
Un ruido seco que venía del gran salón preocupó a la ama de llaves.
— ¡Oh Dios! —Alice gritó— ¡Milady! —sin importarle el drama en aquella cocina, el anciano que la miraba entre el repudio y el miedo, y que el amor de su vida tuviese el valor de poner su pecho por ella, abandonó la discusión y pensó en su amiga querida que estaba sola allí vestida para una tragedia. Alice era una mujer de honor, de promesas, lealtades y sobre todo de responsabilidades y nada iba a cambiar eso.
— ¡Todos! —gritó y despabiló a los sirvientes que la observaban.
Todos pensaban igual que Oscar, pero las palabras de Jasper les hizo repensar la situación, todos allí sabían que en la Inglaterra de la edad Victoriana no había mejor trabajo para ellos que ser sirvientes y, finalmente, que uno de ellos tuviera la oportunidad se subir, no era tan malo.
— ¿Han dejado a los invitados solos? Sussy sirve el vino ¿Ya prepararon la mesa para la cena? Es hora de trabajar —miraron al viejo Oscar, quien era en ese momento el llamado a dar las ordenes, el viejo entendió que si contravenía lo dicho, su trabajo no duraría ni medio día, así que asintió. Sólo esperaba que Lord Swan se lo llevara lejos de allí, no quería ser parte del desastre que se cernía sobre la casa, la hija de su amo casada con ese tunante y ahora, el ama de llaves siendo la prometida de un aristócrata ¡que desafío! El viejo venía de un mundo ordenado y categórico, donde los amos eran los amos y los sirvientes los sirvientes que nadie podía y debía alterar.
— Hagan lo que ella dice —su boca se hizo recta y su voz salió como si fuese alguien hablando por debajo del agua, parecía un viejo y feo pez boqueando.
Nunca nadie supo lo que le costó al viejo de Gales decir esas palabras, por siempre, desde que llegó a Londres, intentó ocultar su acento gritón y fastidioso. Por años, su orgullo fue hablar con acento aristocrático de niño educado en Eton College hasta que Alice le comentó un día que su hablar tenía un dejo de minero de carbón y eso fue suficiente para ganarse su enemistad. Ahora, para completar su humillación, debía reconocerle autoridad ante sus subordinados.
Todos se movieron como si fuesen engranajes pequeños de una maquina alentada por fuerzas misteriosas. En medio segundo todo volvió a ser urgente, el tin tin de las copas y de la vajilla acompañaban el rápido transitar de los cubiertos, cacerolas, botellas, bandejas y demás. La música a lo lejos y las mujeres tratando de hacer su trabajo expedito para despachar a la caravana de mozos que no paraban de salir y entrar. Todo era afanarse, baja la atenta mirada de Alice, para lograr que después de la fiesta nadie pudiera quejar, el prestigio de la familia Swan estaba en juego y ellos, como sus sirvientes, no le podían fallar.
Jasper tomó el brazo de Alice.
— Vámonos de aquí, cariño.
Un puchero tierno y una mirada dulce le brindó ella a su amante, llevo su mano hasta el hermoso rostro de piel blanca y tibia.
— Hoy no, Jasper.
— Ellos lo entenderán —la arrastró hasta la esquina de la cocina, no le importaba las miradas del viejo Oscar y de los demás— ya no perteneces aquí Alice, me perteneces ahora.
Siempre.
Alice era feliz, lo era como jamás creyó poder serlo, como jamás creyó tener derecho, era una sensación aterradora, ser feliz en un mundo donde gente como ella debía bajar la cabeza y no soñar con nada, si Jasper en un segundo se hubiese arrepentido, ella seguiría siendo feliz, porque él le habría brindado eso, pero él allí tocando su cabello, respirando sobre ella, demostrando el compromiso con su piel, enfrentándose a todos, eso… eso era más de lo que ella pedía o soñaba. Pero pensaba en Isabella, quien la necesitaba, al menos ese día, desde la mañana había sido testigo intuitivo de que lo que ocurriría en esa casa aquel día, y no, no podía alejarse, no al menos ese día, el día en que Lady Swan estaba dispuesta a demostrar cuan cruel era, y hasta donde podía llegar con su rabia, celos y humillación.
— Seré tu esposa.
Jasper la conocía muy bien, entendió lo que ella le decía.
— No tienes por qué quedarte, vámonos ahora, ahora Alice, quiero llevarte a casa, al fin.
— Seré tu esposa —ella ratificó con fuerza.
— ¿Por qué quedarse, Alice? —habló con impaciencia.
— Porque aquí va a ocurrir algo terrible, mi amor, terrible, ese hombre —odiaba a Edward Cullen, lo detestaba, pero sin embargo entendía que madam no era la víctima y que aunque Edward no merecía piedad, seguramente él estaba en peligro, sólo deseaba estar allí cuando madam hiciese lo que tenía que hacer— tu amigo, va a necesitarte.
— ¿Qué va a ocurrir?
Ella de inmediato se puso de puntillas y lo besó cerrando sus ojos de manera religiosa
— Seré tu esposa, te prometo que me iré mañana.
— ¡Por Dios Alice! —ambos se estremecieron, respiración agitada, el mundo vibraba y retumbaba y allí los dos, unidos, dos niños tras una vieja parroquia, en un sucio establo, desnudos y llenos de preguntas— a la décima campanada del Big Ben mandaré mi carruaje, y vas a venir a mí, vas a venir a mí.
— Iré —se acercó a su mejilla— iré como siempre Jasper, volveré a ti mi amor.
Algo se rompe… el sonido de vajillas estrellándose en el suelo terminó con el momento casi místico en que los dos amantes estaban allí prometiéndose volver a los brazos del otro.
Alice voltea y una sensación de realidad prosaica la golpea, todos fingen no mirar, excepto Oscar que, como una vieja y fea pieza de museo, está en una esquina, parado sobre una tarima vigilando todo lo de la gran cocina. Se da cuenta que no conoce a la gente que está ahí, que a pesar de haber compartido palabras y trabajo, ninguno era su amigo. Curiosamente, creyó por años que estaba unida a todos ellos, pero de repente entendió que no los unía nada. Que el hecho de estar todos allí para servir, limpiar, ordenar y callar era un lazo frágil que se despedazaba al momento de que uno de ellos se atrevía a romper con la ética ancestral de ser sirviente de por vida. En ese momento, todos la odiaban y la juzgaban porque ella, al hacer visible la relación con Lord Whitlock, traicionó un principio básico cuando se atrevió —según la opinión de todos — a ser alguien más.
Tomó la mano de Jasper, cerró los ojos y se preparó para enfrentar el camino de dagas que la esperan, el beso cálido de su amante le dio valor y calmó la tristeza que sentía. Un segundo y va a los ojos azules, sonríe, da un paso adelante sin despegar sus ojos de él, pero el murmullo de todos a su alrededor la aparta de aquel momento, y su realidad se vuelve mundana y vulgar: es una sirvienta y tiene una ama a quien servir.
— Tengo que… —y camina hacia el centro de la cocina— Judith recoge ese desastre, Ian lleva el whisky donde los señores —de nuevo, la única que sabía cómo concentrar el desastre de la cocina en orden y milimétrica limpieza. Se iría, pero hasta el final ella llevaría avante la fiesta, sabiendo de ante mano como ésta iba a terminar. Se iría con la cabeza en alto, por ella y por su amiga Isabella, pero se quedaría hasta que la noche termine porque ella sería la única mano amiga que milady tendría para consolarse.
Agarró una bandeja con copas repletas de vino, irguió su cuerpo y caminó hacia la enorme escalera que la llevaría hacia los salones principales, en uno de los peldaños se topó con Oscar y éste liberado de la vista de Lord Whitlock le dedicó un gesto de odio absoluto.
Jasper volvió a la fiesta con una sonrisa deslumbrante y en honor a la nueva vida que empezaría bebió dos grandes copas de champaña, quince minutos después fue hasta donde su amigo Edward que mostraba un rostro sombrío, muy diferente al de hacia una hora antes. Ante su saludo, le sonrío amargo, evidentemente que algo pasaba sin embargo como hombre duro que era, no le diría nada, porque así habían sido criados todos los hombres de su estirpe y no había nada que cuestionar. Él estaba alegre y llevaba dos copas para brindar por la felicidad, le ofreció una y el cínico hermoso la tomó sin respirar.
— Gracias Edward, gracias —puso su mano en el hombro de Mr. Cullen, quien se estremeció ante el toque viril pero amistoso— has sido un verdadero amigo para mí, el único que he tenido, jamás me has juzgado y hoy has demostrado que eres mucho más de lo que todos creen.
— ¿Lo soy? —su mujer hablaba con varias de las señoras que allí estaban y detuvo su mirada, Lauren Mallory la observaba con rencor y envidia, Ángela Weber parecía desear ser más su amiga y estaba muy al pendiente de todo lo que su mujer hacía, Jessica Stanley actuaba pícara seguro presionaba para comprometerla a que le contara, con pelos y señales, como iba a ser la noche de bodas. Edward volvía a concentrarse en ella, que en ocasiones volteaba y lo miraba con sus ojos marrones que desprendían un fuego aterrador— ¿Soy un buen hombre, Jasper?
— Lo eres, tú padre, donde quiera que esté, se debe sentir muy orgulloso, algún día te demostrarás que llevas su sangre, ese día Edward yo estaré allí para verlo —el hombre rubio se paró enfrente de su amigo, quien endureció su faz— ¿Sabes que pienso, Edward, de ti? —las aletas de Edward se dilataban en consonancia con su agitada respiración, esperaba las palabras de su amigo, quizás ellas lo consolaran un poco del hecho de que su corazón sangraba profusamente— Eres un hombre diferente, diferente a todos aquí, diferente a mí. Míralos, Edward —con su cabeza señala a los hombres que están en la fiesta— y mírame, todos pertenecemos a un mundo que está pereciendo, en nueve años, este siglo va a terminar y se llevará con el todo el mundo que conocemos. El siglo veinte será un paradigma nuevo y sólo hombres como tú podrán enfrentarlo con éxito.
— No tengas tanta fe en mi Jasper, quizás no soy tan fuerte.
— Lo eres, puedes pelear, sonreír, cerrar tus puños y desafiarlo todo, quiero ser como tú.
— Jasper —Edward bajó la cabeza conteniendo sus emociones— no digas más —se sentía un hipócrita, durante años quiso ser iguales a esos hombres que su amigo menospreciaba, era un imbécil, se ufanó de ser el hijo rebelde de Carlisle Cullen y así demostrar que era mucho más que aquellos hombres atados a apellidos y abolengos, pero dentro de él una sensación de envidia lo sostuvo por años. De joven se sintió un inútil y perdedor, sin la capacidad e inteligencia de su padre para el trato y el trabajo por lo que terminó convirtiéndose en un tahúr, en un descarado que se permitía decirle a todos que se metieran el pedigrí trasero arriba. De pronto, la oportunidad vino servida en bandeja de plata con el trato tentador e inmoral que le ofreció Sinclair y ahora, ahora que se supone tiene todo, es nada. Nada. Y ella, su mujer, el amor de su vida, la que lo hizo sentirse un hombre de verdad, lo enfrenta con ojos de recriminación. Ella se lo dijo al oído con aliento de azúcar, con perfume de lilas frescas, con piel de porcelana y con lengua venenosa, ella se lo dijo… ella lo sabía… lo sabía y la vergüenza lo poseía por completo y las palabras de Jasper lo hacía sentir peor ¡Maldición, yo sólo soy un hombre que quiere sobrevivir! Levantó su mentón, mantuvo fijo sus ojos verdes en la mirada su esposa y se prometió jamás nunca dejar de amarla.
— Ella te ama, hermano —hombro a hombro, vestidos de impecable manera, nacidos en mundos crueles, parados con elegancia y sobriedad, en medio de todas aquellas personas, eran el más bello ejemplo de lo que representaba su clase social. Sin embargo, ninguno de los dos se fiaba porque sabían que ante cualquier desafío al establishment ellos serían destrozados solo para demostrar a los demás que los convencionalismos sociales eran más importantes que la moral. Ellos amaban y querían tomar de la vida la oportunidad de vivir en libertad y sin las ataduras que la sociedad les impuso por haber nacido en esa clase social.
─ Lucharé para que no se arrepienta.
— Voy a casarme con Alice —lo dijo tranquilo.
Edward volteó, lo miró en silencio y de forma profunda, sus cejas formaban una rigurosa línea recta y su mandíbula, tensa. Colocó su puño derecho sobre el hombro de su amigo y le dio golpecitos suaves con sus nudillos, y de esa manera le hizo saber que lo apoyaba en todo.
La princesa sonríe y sangra, es la anfitriona perfecta, es la novia ideal, camina leve entre todos. Ha asestado golpes, ha derribado el trono de Lady Catherinne, le ha dicho a su padre que es mucho más que la hija tonta y que sabe lo que quiere. Ha sido la perfecta dama y la perfecta mentirosa, sobre todo con los pequeños gestos dulcemente crueles que le ha dado a su amado esposo con el afán decirle que ella lo sabe todo.
Las tragedias son escritas en el país del teatro, los actores se preparan, la tensión dramática es como un vino que se ha añejado por largo tiempo, ahora la bebida es fuerte, terrosa como sangre oscura, la orquesta marca la llegada del maldito, Yago, Lady Macbeth, Teobaldo o el mediocre Claudio están prestos para hacer sangrar y hacer que los protagonistas caminen hacia el final y nada es bueno y el futuro es oscuro y todo presagia tormenta.
El fotógrafo ha estado esperando, la aparatosa cámara está colocada en mitad del jardín donde todos esperan la foto que inmortalizara la feliz pareja, Isabella mira fascinada aquel aparato, ojalá no tuviese que cumplir con el personaje de damita ruborizada y frágil y así traer su ultramoderna cámara ─ regalo de su amigo ─ y tomar ella la foto.
Guardaría el retrato principal, una foto de su esposo-amante-enemigo, una que, además de plasmar su corpórea belleza, le refleje su alma y ─ de aquella eternidad en el instante ─ creerse dueña y señora de él, de su cuerpo y de su alma… hacerse a la ilusión.
Ambos caminan y se hacen al frente de la cámara fotográfica, todos los miran, son hermosos, uno del otro, la pequeña y modosa Isabella, ante el público que la observa, ha cambiado, ya no es aquella mujer oculta entre la bruma de la ropa sosa y del silencio pesado. Allí, de lado de aquel hombre que ahora se hace llamar su esposo y dueño, se ha transformado, ha salido de su capullo. Antes, una larva que dilataba su transformación, ahora ─ vestida de novia y validada por la belleza peligrosa de aquel tunante ─ es nada más y nada menos que una hermosa mariposa monarca. Sólo Eleazar y Sinclair ─ que ya no se encuentra en la fiesta ─ saben que esa es su cara, que así fue en Paris y que simplemente ha vuelto, con todo su poder, con la tremenda y enigmática capacidad para destruirlo todo, con su belleza felina que mata.
Ella pasa su brazo por el brazo de su marido, ambos sienten una electricidad causado por el toque, fijan sus miradas en el lente de la máquina que está allí para atesorar el momento.
Todo es silencio.
El aire se ha aquietado y los invitados esperan el fogonazo que dice que la foto ha sido tomada, el viejo hace lo suyo, ambos están inmóviles, Edward aprovecha y gira su cabeza hacia ella. Isabella siente las llamaradas pero no voltea, sonríe suavemente sin embargo su interior es cera que se derrite, está condenada a amarlo hasta el final, está encadenada a ese hombre que la recorre con hambre, que observa cada línea y está pendiente de como ella respira o se mueve sutilmente. Edward detiene su mirada en su boca y gime ante la imagen del labio inferior que sobresale de manera leve. Su boca y la voz de Sinclair viene a su cabeza: él no ha sido el único. Podía sobrellevar, aunque de tortuosa manera, el fantasma de un esposo adolescente inexperto en las artes del sexo y que seguramente le hizo el amor de manera torpe, se regodeaba en el pensamiento de creer que ella era una mujer que, aún sin ser virgen, era inocente y porque todavía no había gozado de la turbulencia del placer, pero ahora, hervía, hervía de unos celos que lo traspasaban de costado a costado. Esa boca divina, esa piel sedosa, esos senos sublimes habían sido de muchos.
Toda ella había sido mujer de muchos y de todos.
La foto no llegaba, Isabella estaba impaciente, sólo quería que todo terminase y ya no habría nada más, Edward se acercó hasta su oreja, respiró sobre su cara hermoso aire caliente, sintió su presencia turbulenta, era como un felino deseoso y hambriento, por un momento creyó que le rugiría y la mordería de manera fiera sin importar donde estaban.
— La primera vez que tengo razón de ti, Isabella, fue en una reunión de Lady Catherinne y fue una imagen de mujer que se escondía en las cortinas. En realidad, no me fijé en ti, eras tan pequeña y tímida que simplemente invitabas a que te ignoraran —sintió como ella enterraba sus uñas en su antebrazo— Después, solía verte en los museos o en el palco del teatro ¿Quieres que me confiese, mi amor? Nunca y Dios me perdone, en esa época fuiste digna de que yo te mirase amor mío, eras demasiado insignificante para este maldito. Todos se burlaban de ti, mi reina, y yo lo hacía también —un leve gesto de dolor pasó por su cara— parecías perderte entre las cosas, nunca decías nada y siempre tosías, te escondías entre los abanicos y pañuelos hasta la ridiculez ¡Si me hubiese acercado! Ahora, que te conozco, hermosa, no te habría dejado jamás sola. Tienes tantas cosas que contar, eres tan inteligente y divertida, montas un hermoso caballo negro, sabes de todo y eres fuerte y leal —los ojos de ella empezaron a brillar— De pronto, un día —el viejo fotógrafo estaba apenado, Charles tosía de rabia y los invitados esperaban ansiosos que la máquina hiciera su función— me acerqué y te escuché y de tu boca mi amor salieron palabras condenatorias, me dijiste: no se acerque Mr. Cullen que soy mala y algo cambió en mí, una alquimia produjo tu voz, un deseo, un instinto de cazador y luego fue locura Bella mía, esa noche en aquel hotel —aspiró profundamente el perfume—me hiciste saber que aquella niña tímida era algo más, algo que yo, estúpido, no entendía ni conocía, que hablabas en francés y que venías desde otro mundo para enloquecerme, Lady Swan, para cambiar mi vida mi amor ─los dos protagonistas estaban allí a pleno sol, el novio le susurraba al oído y ella miraba, con media sonrisa y a punto fijo de emoción en el espacio ─ yo te amé desde aquel día, todo mi mundo fue puesto de cabeza y después ya no hubo vuelta atrás cariño, ya no lo hubo.
Una lágrima pequeña recorrió la mejilla de Isabella, el viejo gritó de emoción… y la infernal cámara, respondió
— ¡Señor y señora Cullen! miren a la cámara, ahora sí.
Pero el hombre seguía mirando a su mujer, respirando sobre ella, agonizando de manera lenta, esperando un signo, una mirada, era todo fuego, toda piel, celos absolutos y ansia inconmensurable.
Isabella giró su cabeza y le brindó una mirada misteriosa.
— No hay vuelta atrás bruja, estoy maldito.
Ella lleva una mano al rostro del adonis ─que cree que aquel signo intimo es una respuesta─ está dispuesto a olvidar, dispuesto a tragarse todo, ahora ella es su esposa, no hay nada más. Él, a punto de dientes, palabras salvajes, cartas ─que estaba dispuesto a escribir cada día de su vida─ amor físico devastador, piel a piel, inmoralidad y lujuria, sería capaz de borrar de la piel de la bruja el recuerdo de aquellos que ella les dio el placer. Solo él, con su amor maldito y absoluto, podía tachar de su cuerpo los nombres de aquellos que tuvieron el lujo de ser llamados sus amantes.
—Por supuesto que sí, cariño, lo estás —su voz fue suave, su gesto fue dulce y sus ojos fueron asesinos— esta noche, nuestra noche querido bastardo, yo te daré lo que mereces, mira la cámara y finge, así como yo lo he hecho durante años —e inmediatamente ambos de forma automática voltearon, sonrieron y la imagen de dos seres que se amaban de forma salvaje quedó impreso para siempre en el misterioso daguerrotipo.
Todos aplaudieron más por el hecho de que al fin la foto matrimonial fuese tomada y pudiesen todos refugiarse del sol ─inglés que se respete cree que todo le pertenece, pero que lo único que escapa de la arrogancia anglosajona era el sol, al no poder conquistarlo, simplemente lo desecharon─ eran gente de la lluvia y la niebla, por eso cuando éste estaba canicular e insoportable, todos ellos corrían a refugiarse.
Isabella intentó caminar, pero el brazo de su esposo atrapó su cintura.
— ¡Bésame! —fue una orden— ¡Ahora!
Ella intentó zafarse del agarre pero él era más fuerte.
— Bésame ahora, bruja.
Isabella dejó de luchar, ronroneó como una pequeña gatita hizo un mohín precioso de niña linda toda ruborizada y aprensiva, se acercó a milímetros de la boca de su esposo, se relamió someramente y posó sus ojillos marrones sobre él, Edward entendió aquello como una invitación al beso y sin respirar fue hasta la boca de su esposa y la besó con desesperación, el beso fue lento y húmedo, apasionado y desgarrado, lascivo y efervescente, no importaba nada, no importaba que las leyes de la moralidad dijesen sobre besarse públicamente, no importaba.
A dos animales como ellos eso no los iba a detener, Isabella respondió al beso sin miedo y de manera rotunda, más que los rayos del sol que se calaban entre ambos, era su propio calor que generaba las llamas que ellos desprendían, el beso se fue tornando violento, sólo eran ellos dos, el mundo desapareció, ahora luchaban, se mordían levemente, chasqueaban sus lenguas, golpeaban su paladar, no podían respirar y gemían no ante el deseo que los insuflaba sino ante lo que intuían sería la lucha entre ambos.
Todo era celos.
Mentiras que mediaban.
Confesiones no dichas.
Dinero, interés, cazador frente a cazador.
El cuerpo de ambos exigió el oxígeno e Isabella se apartó tratando de poner espacio entre los dos.
— Mi amor, aún estamos de fiesta —suspiró de forma ensoñadora— hay que brindar, decirle a todos cuánto me amas.
— No miento. Isabella.
— No dejes de tocarme.
— No voy a detenerme, mi amor.
— Claro que no —besó su barbilla— no puedes querido, no debes —colocó sus brazos por sobre sus hombros— este vestido fue pensado para que tu vieras, cínico bastardo de mi corazón, que yo guardo sorpresas para ti ¿quieres desgarrarlo?
— ¡Quemarlo!
— Deseas todo de mi ¿eh?
— ¡Todo!
— Lo valgo.
— Vales cada gota de mi sangre.
Los ojos de ella centellaron.
─ Claro que si… por supuesto…
Todos brindaron, dos hermosas y muy largas mesas de cedro oscuro para que los invitados se sentaran a disfrutar de la cena, los sirvientes como sombras silenciosas esperaban cualquier orden o deseo, vino, whisky, comida, el sonido de los cubiertos, las vajillas y la conversación.
Alice observaba, desde una esquina del gran salón, satisfecha, el desarrollo de la cena. Su amante, que la miraba entre los cristales y el ajenjo, le hace un gesto amoroso de saludo. Isabella, sentada entre el marido y el padre, estaba resplandeciente, era una muñeca de movimientos delicados, que sonreía con propiedad y permitía que su esposo tomara su mano y entrelazara sus dedos. Lord Swan, tan circunspecto y adusto como siempre, no dejaba pasar detalles y tenía a Oscar a punto de estallar de los nervios. Exhaló tranquila, todos los sirvientes estaban cumpliendo a satisfacción con sus trabajos y la cara de los invitados así lo decían. Sin embargo, ella entendía que a pesar de lo perfecto que estaba resultado todo, algo terrible ocurría allí.
Las campanas del Big Ben se escuchaba y todo llegaba a su fin, la obra había sido esplendida, el escenario fue digno y todos los espectadores ─ignorantes de la verdadera naturaleza del evento─ se marchaban con sus barrigas llenas y con miles de chismes que contar. Muy pronto sembrarían sus impresiones por todos los salones de té de la ciudad, se reirían cínicamente de los protagonistas y apostarían cuánto duraría el matrimonio entre la insulsa multimillonaria y el tahúr. Especularían con la noche de boda y se preguntarían hasta cuando Edward Cullen podría con aquella niña ─que a los ojos de los intrusos era la más virginal de las féminas─ y daban por seguro que en la alcoba se asustaría ante el libidinoso e impúdico bastardo que le habían comprado como esposo. Harían chistes seguramente, sobre el hecho de la reacción pacata y moral de ella ante su desnudes. Teorizaban sobre el aburrimiento de él y cuanto demoraría en encontrarse a una amante de verdad.
Pobre niña, dirían ellas.
Pobre hombre, dirían ellos.
¡Por Dios!
Pero cien millones de libras, bien vale semejante sacrificio.
Sí.
Pobre Milady, si, pobre Mr. Cullen.
Y las amantes de bastardo aplaudirían ante la venganza, a excepción de Tanía Denali que lloraba en su habitación sabiendo que él estaba perdido y Sinclair en su oficina privada con un buen licor en la mano esperaría a que todo se diera y él así podría al final darle punto final a un plan que sólo él con milimétrica maña había urdido para que ella humillada y avergonzada aceptase lo que años atrás él le ofreció.
Y tendría todo.
Y sería lo que siempre quiso ser, para lo que estaba destinado.
Todo había acabado.
Charles Swan ya había dado la orden que lo trasladaran a su nueva morada.
El viejo aristócrata no se despediría, era una soberana tontería hacerlo teniendo en cuenta que días antes, su hija le informaba ─ con rostro duro ─ que ella, a pesar de su matrimonio, seguiría manejando la fortuna. El orgulloso Lord hacía tiempo que había dejado las decisiones importantes de su fortuna en manos de su hija que apenas volvió de Paris, y a modo de darle utilidad a su tiempo ocioso, comenzó a ocuparse de los informes. Rápidamente mostró capacidad y olfato para los negocios así que terminó siendo, en secreto, la que manejaba todo. Curiosamente, en ese ámbito, Charlie Swan nunca la cuestionó y ni tampoco le incomodó que fuera su directora en la sombra.
Ese día le dijo que trataría de dilatar el momento en que Edward Cullen hiciese alguna interferencia sobre la enorme fortuna, el viejo se extrañó, pues para él era una verdad incuestionable que el maldito tunante en lo primero que posaría sus ojos era en los informes bancarios de la fortuna Swan, sin embargo, ella misma le estaba informando que su adorado esposo no podría poner un dedo encima del dinero y que todo seguiría como antes.
— ¿Seguro, querida?
— Si padre, Edward no tocará tu dinero, no lo voy a permitir, el contrato fue invalidado.
— ¿Y si él decide abandonarte?
Isabella hizo un gesto hosco ante la crudeza en el trato que su padre mantenía con ella.
— Se le dará el dinero estipulado, querido padre.
— ¿Y cuando nazca el niño?
La mujer se silenció por segundos, estaba aterrada con el hecho de que en algún momento el hijo debía llegar, no tanto por el final que supondría la llegada de un heredero sino porque aquel niño sería producto de un contrato asqueroso y éste nacería en medio de aquel mundo cruel y despiadado, un hijo de Edward Cullen y ella estaría asegurada de por vida y condenada a la vez, pues sabía a ciencia cierta que aquel hijo sería para ella el recordatorio de una pasión que la convulsionaba. Un hijo, la emocionaba, nunca quiso ser madre, jamás fue su sueño pero ahora a los veintiocho años de edad era un sueño que aparecía en lo más profundo, un hijo de ojos verdes centelleantes y cabello hermoso y rebelde.
— Se le dará lo que le corresponde, ese fue el trato, que no se diga, padre mío, que Charles Swan es un hombre sin palabra.
— Él gana, querida, con o sin contrato, él gana.
Isabella no contestó, los motivos de ella eran tan íntimos y a su padre no le importaban, esperaría con paciencia el nacimiento del niño leyendo The Time, bebiendo whisky y conversando sobre el insufrible clima en el club de caballeros.
Besó la mejilla de su hija como si fuera un día más.
— Espero, Isabella, que este —levantó su mano para así tratar de encontrar las palabras adecuadas— pequeña excentricidad tuya tenga los efectos esperados, y como te has quitado las máscaras frente a mí, Isabella querida, yo te responderé igual. Espero que me evites encuentros desagradables con tu marido, con su hermana y con el marido sirviente ese que tiene. Esto es un trato comercial, existen riesgos y si fracasas, volverás a ser mi hija y estaré a tu lado frente a la humillación. Por ahora, mantén alejado a tu esposo de mí y cumple con tu parte del trato.
El beso fue seco, Isabella vio al padre caminar impávido hasta la enorme puerta.
— Gracias padre, te aseguro que seré una hija digna y que todos aquí tendremos lo que nos merecemos.
Charles no volteó, su hija le daba miedo y temió que al verla aquellas palabras tomaran el cariz como exactamente fueron pronunciadas: como una amenaza.
Edward estaba en el salón azul y fumaba de manera elegante y nerviosa, en el salón azul.
Alice le servía una copa de vino, pero la mano blanca de Edward tapó la copa, no deseaba beber. La mujer no lo miraba a la cara.
— Lo sabes todo ¿No es así, Alice querida?
Ella no contestó, tomó la bandeja y se aprestaba a salir de allí.
— Espero que seas muy feliz —se acercó hasta ella, Alice dio un paso atrás, pero el hombre fue más rápido y la besó tiernamente en la mejilla— soy un maldito y lo sabes, pero en este momento no miento.
Ella bajó la cabeza, desde hacía horas todos en la cocina la miraban de manera insoportable y de pronto de la única persona de la que nunca esperó nada, era la que le daba compasión, valor y calidez.
— Gracias, Milord.
— Deberías empacar e irte, Jasper te espera en su casa.
—No, hoy no Milord, tengo un trabajo que hacer.
— Eres buena mujer —se acercó a ella— mereces ser feliz. He descubierto, y no se ría, Alice, que admiro a mujeres como usted, es muy parecida a mi querida hermana.
Alice levantó su rostro ─ por primera vez le dio a Edward una visión completa de su belleza de vibrantes ojos grises ─ y se concentró en lo que pasaría esa noche.
— No la conoce, señor.
— ¿Me dirás que huya?
Una complicidad entre ambos, Alice entendió todo el contexto explícito de la pregunta y tuvo terror.
— No lo haría ¿verdad?
— No.
La pequeña ama de llaves suspiró, estaba resignada ante lo inevitable, además ¿quiera era ella? Sólo era una sombra que pronto se iría de aquella casa, una mujer que sólo conocía parte de una historia, la mejor amiga de alguien a quien no conocía.
— Milady lo espera, señor —y así, con su aire de mujer invisible, se fue hasta la cocina a esperar. En la oscuridad, se tomaría un poco de vino y se permitiría soñar que si en la casa Swan no habría felicidad, quizás Dios se conmoviera y ella si lo sería lejos de aquí… quizás.
Editado por Xbronte.
Gracias a todas por leer esta historia Sacha Simón se los agradece, fantasmas, sombras comentaristas, compañeras de viaje, gente que ve que tras cada palabra está alguien que camina senderos extraños y mundos trasgresores, soy esto, soy lo que soy, no hay nada más, quizás no soy nada, una sombra que se diluye y que se irá con el tiempo, sólo quedan las palabras y ellas con el viento también se iran.
