Los personajes le pertenecen a Meyer.

Falsas Apariencias.

Capítulo 32


Dionisio ¡que dios más hermoso!

Él es el vino, es el sexo, es la voluptuosidad del espíritu, la catarsis, la libertad y el dolor.

Resucita cada año en el alma de los griegos, representa el rio desbordado, el desgarramiento interior, el no miedo a sentir.

En su honor, hombres y mujeres salen, danzan, en el bosque, repletos de vino y fuego. En primavera y en la cosecha, lo alaban porque en cada vendimia es todo: es el amor y la muerte.

Dionisio baila, Dionisio ríe.

Va por el mundo diciendo que es hora de dejar la apariencia de Apolo atrás, la falsa estética, los cánones y la matemática perfecta y celeste.

Baila acompañado de coros que se levantan salvajes en plenitud convocando a los demonios de la lascivia, a las melancolías oscuras del alma, a la violencia de la pena, a la osadía de sentir, aunque sea dolor.

Todos celebran al dios salvaje y violento, durante meses han vivido en el misterio del acto dionisiaco, sólo falta el final. Se debe completar el rito y el colofón exige que todos sus devotos ─ bacantes, ninfas, sátiros y mortales ─ se unan para darle el magnífico cierre a la festividad, y esto no es más que la muerte del hermoso dios.

Se preparan para ir al teatro.

Oh si, se preparan para ver como el dolor es inevitable pero también para ver como los mortales se engrandecen en él.

Cuando se levanta el héroe, se reta la finitud y el determinismo, se derrota a la muerte no teniéndole miedo a ella, se vence al dolor con más dolor y así, el humano se convierte en ser grandioso, en una obra de arte.

Todos participan, son hipnotizados por los canticos del coro ditirámbico, al final, en plena catarsis, se unen con su dios y son uno y aprenden del dios tremendo que los que viven al límite del todo sobreviven superando el determinismo, el miedo a la muerte y el dolor. Solo así serán héroes, ese es el juego del teatro, el juego donde todos participan y muy pocos pueden ganar.

Shakespeare, nuestro amigo, lo sabía, él entendía la emoción en lo tremendo.

En el Londres de la reina virgen todos iban a las obras del bardo, oh no, pero en aquel Londres no son griegos, no conocen al dios salvaje y todos son unos ignorantes que se persignan y escasamente saben leer, sin embargo van a teatro.

Los amantes se encuentran en el Globo, las chismosas, los duques, las putas y los mendigos, también.

El gran William los mira tras el telón, los conoce, sus compatriotas son todos unos necios, pero sin embargo, van a teatro, él es un hombre de visión, de negocios y de dramas ¿cómo hacer que aquellos bellacos entiendan que allí, en la platea del gran y mítico teatro, algo más grande que la vida se va a representar?

Es inteligente, sus primeras escenas de inmediato captan la atención, violentas batallas, peleas, brujas malditas, tempestades demoniacas, sangre que corre por el escenario, y de pronto allí, los espectadores olvidan el chisme, la tontería y la ignorancia, se vuelven participes de la obra y vuelven al punto inicial, al origen de todo, son todos allí participantes activos del misterio maligno de la representación, todos mueren, todos sufren y sin embargo todo se vuelve hermoso y perfecto, como en la antigua Grecia, como con Dionisio.

El drama de la vida, del amor y de lo irremediable está en la obra de teatro.

Isabella Swan ha hecho la fiel representación, ha llevado al hombre, a todos los hombres de su mano hasta el acto final. Lo sabían Michell, sus amantes, su mejor amigo, su padre y su esposo, ellos han sido figuras y personajes que ella estratégicamente ha moldeado en los años de su vida y sobre todo en el último mes, ha montado el gran drama, ha dicho si, ha seguido con la pantomima, ha dicho y empujado los diálogos y las acciones.

La fiesta ha sido para ella la entrada triunfal a lo que será el clímax de la gran obra, esa escena donde espera desgarrar, corromper y herir, y si la obra ―hermosa desde sus inicios― tiene el resultado que toda obra de teatro requiere, ella misma será la victima principal, oh si, Shakespeare querido amigo, educaste bien a tu gente, todos son actores y ninguno es capaz de rehuir un buen acto trágico.

Porque es en éste donde la vida tiene su valor y se conoce el alma de quien, escribe y observa, ya no se es un espectador más, es el actor y el acto mismo.

Edward camina por el pasillo, antes de llegar a la primer grada de la escalera ve el espejo y se observa en el, se recorre, no con vanidad ni arrogancia sino con curiosidad hacia aquel hombre que ama hasta la médula y que sabe que a pesar de eso no ha cambiado demasiado, es un buen tahúr, un buen cazador y un buen amante, sin embargo está enamorado y atrapado. Se pregunta, mirándose al espejo, si quiere escapar de la red con la cual ha sido envuelto. Se arregla sus puños, arriba, en el segundo piso, lo esperan y sólo sabe que camina hacia Isabella Swan vestido de amor y sin nada más que su corazón como arma y como garantía de que él se casó con ella sólo porque entendió, en una noche de tormenta, que sin esa mujer no podía respirar.

A su mente ¡Diablos! A su mente viene de pronto unos versos.

¿Desde cuándo Edward Cullen piensa en versos? Oh si, desde que la conoció a ella.

Como buen inglés, no puede escapar de la voz sibilina de aquel hombre misterio que habló al corazón del ser humano y en su mente recuerda un soneto:

En la antigüedad lo negro no se consideraba bello,

y aunque lo fuera, no llevaba el nombre de la belleza,

pero ahora, lo negro de la belleza es heredero

y la belleza es difamada por una vergüenza bastarda:

Comienza a subir, pausadamente, la escalera recitando el soneto shakesperiano.

pues desde que cada mano ha asumido el poder de la Naturaleza

de embellecer el alma con el falso rostro prestado del Arte,

la dulce belleza ha perdido su nombre y su sagrado emparrado,

habiendo sido profanada, si es que no vive en la ignominia.

Se detiene ante un pequeño retrato de Isabella niña, que colgaba de la muralla

Es por ello que los ojos de mi dama son negros como el cuervo,

Sus ojos tan conjuntados que parece que guardan el luto

Por esos que, no habiendo nacido hermosos, no carecen de belleza,

Respira profundamente y sube el último tramo con la cadencia de los últimos versos

Calumniando la creación con una falsa apariencia:

Tanto lamento expresan asemejando su pena

Que todas las lenguas dicen que así debería ser la belleza.

Isabella es la belleza que no es belleza y sin embargo es lo más hermoso que han visto sus ojos, los ojos de todos, es misteriosa, su cabello es oscuro y sus ojos en la noche son del color del carbón. Ella fue durante años lo que nadie miraba, la que nadie tenía en consideración, la mujer mustia sin más gracia que su inmensa y poderosa fortuna, su belleza morena contrastaba con las rubias y pelirrojas muñecas que en los salones caminaban pagadas de sí mismas, él, él nunca gustó de las morenas, porque él, tonto él estaba ciego y era parte —aunque lo negase— del mundo de falsas y tontas apariencias.

Se paró frente a la puerta.

Llegó a él un olor, el perfume de Bella, la bruja perfecta. Su olfato de cazador se vio excitado ante la proximidad caliente de aquella mujer, ella era todo, todo fuego, todo deseo y toda lujuria, olor a sexo y jazmín, olor a sexo y vino caliente.

Olor a mujer y a sexo y sudor.

Celoso estaba, furioso con ella y con él mismo, pero no podía evitar sentir el hormigueo que lo recorría por todo su cuerpo ante la proximidad de aquella dama oscura.

Cerró los ojos. Su deseo era más fuerte.

Pensarla tan cerca hizo que su verga se levantara con furia salvaje.

― ¿Querido? —la voz cantarina― sé que estás allí.

Demonios, bruja ¿Cómo he de escapar si me hablas de esa manera?

Sin dilatar el momento puso su mano sobre la manija de entrada, pero la puerta cedió sin ni siquiera empujarla.

Y allí estaba.

Con su vestido de novia que hacía que su cuerpo pareciera un delicado tulipán, ella, parada al lado del espejo, sin el velo de novia y con sus hermosas manos atadas a unas flores. Bella sonreía.

Ella sonreía.

Y él, ahora sabía que se estaba burlando.

Que lo conocía y que Isabella tenía su corazón en sus manos.

— ¡Demonios! Eres divina.

— No tanto como tú, Edward Cullen.

La voz de ella era diferente.

Hacía calor.

Bella empequeñeció su mirada y levantó sus brazos para que él viniese y desatase las flores anudadas a sus muñecas.

— Me casé contigo porque te amaba.

— Embrasse-moi —ella no se movía. Ella era ahora la que ordenaba. Hablaba en francés y su voz era susurrante y oscura.

— No importa que te dijeron o contaron, Bella —su voz vibró con fuerza.

Ella ardía por dentro.

― Touchez-moi.

— ¡Dios! Me enciende que me hables en francés mi amor.

En ese momento volvía a ser el hombre que estaba malditamente enamorado, una sola palabra y estaba por olvidar hasta su nombre.

Edward dio dos pasos, y al mismo tiempo se desanudaba su corbata de seda, estaba desesperado, nunca en su vida había deseado tanto estar desnudo.

— Me muero de celos en este momento —su pecho se levantaba a un ritmo de tambores efervescentes.

— Je veux être un… ―palabra a palabra, letra a letra ella lo invitaba.

— Tantos malditos hombres —dijo entre dientes. Dolía, dolía amarla y desearla, dolía saber que ya no había vuelta atrás, dolía saber que no podía escapar, que no quería.

— ¡Desnúdame, bastardo!

— Yo...yo…

— No puedo esperar, me he casado contigo, no tengo por qué esperar.

Ponía la trampa.

— ¿Qué deseas de mí? Me estoy volviendo loco —resopló impaciente, ella allí hermosa vestida de esa manera virginal y al mismo tiempo tan impúdica.

― ¡Todo!

— ¿Qué demonios quieres de mí? —su cuerpo dolía, sólo se veía tocándola, desgarrando el vestido como si éste fuese una flor por deshojar.

— ¡Absolutamente todo!

— ¡Joder bruja! No puedes decirle eso a un hombre enamorado.

— Ven por mi, Edward —su voz bajó unos tonos hasta volverse oscura.

En dos pasos él se abalanzó hacía ella, sus pechos colisionaron y el fuego estalló entre ambos.

Una gota de sudor perlado caía delicadamente por la frente de la mujer.

Sus bocas se encontraron, y se mordieron, sus lenguas bailaron lentamente al principio, y después era arrítmica, tentando profundidades y necesidades. Ella mantenía sus manos quietas esperando que él desatara las flores, necesitaban el aire, se alejaron y ambos gimieron por la necesidad de volver lengua a lengua, labio a labio.

Bella levantó sus manos, él rompió con fuerza las flores que cayeron en el suelo.

— Ya nada me detiene, Edward.

Por un segundo, él miró sus ojos oscuros, el rostro de ella era intrigante, una mezcla furiosa entre inocencia y desvergüenza.

— Te amo.

— Ven por mí, cariño.

Edward se aferraba a las muñecas de ella, la recorrió con lujuria, le era difícil respirar, todo su cuerpo dolía, ella sólo miraba su rostro.

— Nunca en mi vida he visto rostro igual.

— Nunca en mi vida, Milady, he visto senos más bellos.

— ¿Sólo te gustan mis pechos, Mr. Cullen? —se acercó peligrosamente a su rostro, ella quería morder, y ella quería pasar su lengua por aquella barbilla perfecta— le aseguro, caballero, que tengo muchas otras maravillas.

Él se carcajeó, pero al segundo, su rostro se tornó duro, con esa dureza que un hombre excitado, corrompido de deseo, y lleno de celos y amor solía tener.

¿Y si ella, ella lo perdonaba? ¿Y si el entregarse a él era la manera de Isabella decirle que la apuesta era algo del pasado?

Quizás ella, quizás lo perdonaba, no quería pensar, en ese momento su cuerpo tenía otras cosas más importantes en que ocuparse y la más importante era estar sobre ella, desnudo y deleitarse en cada una de sus curvas y en la forma como él ―maldito pervertido― entraba en ella.

— Y, me aseguraré de que cada una sean mía, madam.

En medio segundo, Edward haló de su cuerpo y lo llevó hasta su pecho, su respiración era irregular, caliente y envolvía la piel de Isabella en llamas, sus manos se aferraron a sus caderas y apretaron con furia.

Isabella tenía rabia, se sentía humillada, su cuerpo ―judas perverso― ardía con una necesidad imperiosa, su pecho estaba contra su espalda y podía sentir cada una de sus respiraciones sobre el cuello. Maldecía su piel por ser una traidora y a su sexo por llorar de deseo y necesidad. Se odiaba a si misma por sentir desesperadamente que algo le faltaba, algo duro y fuerte, por sentir que faltaba él dentro de ella. La soledad de su sexo mojado era un emoción que había estado latente desde el primero de sus amante, Edward Cullen ―desde que lo conoció― la evidenció de nuevo y no soportaba el estremecimiento que le provocaba pensar sentirlo dentro de ella, era una sensación tan intensa que hacía que los demás fueran sólo los demás.

Respiró y su olor la inundó hasta hacerla suspirar.

— Quiero —y su voz terciopelo golpeaba sus sentidos— desnudarla despacio, milady.

Oh no, madam no quería despacio.

No quería su ternura, odiaba su ternura, odiaba su maldita condescendencia, él la había engañado y ella sólo fue una yegua ganadora en su apuesta.

— Sin embargo, madam, creo que no puedo esperar, no hoy.

Ni yo querido

Su cuerpo la empujó levemente, él la guiaba hacia la cama, al empujarla pudo sentir su sexo duro que chocaba contra sus nalgas.

¡Dios! Quería gritar, quería gritar, años en que no sentía como alguien quisiera devorarla, años en que no sentía la necesidad de ser apretada y crucificada por un hombre.

Estaba quieta, esperaba sus movimientos para atacar.

Como un reflejo llevó su cabeza hasta su hombro exigiendo su boca y su lengua, él no se hizo esperar y penetró de manera experta, golpeteando con la punta de su paladar. Los sonidos que él emitía la enloquecían, debía mantenerme firme, pero era casi imposible, él olía a divino, besaba igual y ella sólo quería hincarle los dientes en su maravillosa y odiada piel.

— Tienes prisa ¿no es así, bruja? —escuchó el diminuto sonido de un botón y abrió su boca con anticipación.

Su sexo se contraía.

Su perfume penetraba dentro de Isabella, quien estaba hambrienta y palpitante.

Respiraba por segundos deseando que, entre bocanada y bocanada, el fuego maldito que la consumía mermara pero, no era posible, el calor de su cuerpo la tenía al borde; sólo deseaba que viniese ya y la desnudara, pero él, seguía respirando de manera varonil sobre su cuello ¡maldito sea! Tan seguro de él, tan seguro de quien era como amante ¡Odiaba desearlo tanto! ¡Odiaba amarlo igual!

Edward la recorría, era tan bella, podía ver como temblaba como una hojilla, su boca exigiendo el beso y su lengua saliendo de ella era para él un delirio, amaba la manera de pedir sus labios, amaba su cuerpo estrujando el propio, las aletas de su nariz se dilataron, ¡demonios! Podía hasta percibir el olor aceitoso de su sexo preparado para él. Estaba sonrojada y ardiendo ¡Ella, la amante de muchos hombres, se sonrojaba! Casi no podía esperar el momento en que ella, gritando de placer, tuviese aquel hermoso color no sólo en su cara sino en el resto de su cuerpo durazno ¡Diablos! Moría por saber cómo era el color de su vulva hinchada y presta a recibirlo ¡Yo en ella! y se juro por todos los malditos dioses que borraría cualquier vestigio del sexo de otros en su cuerpo ¡El sexo de otros! Lleno de celos y sin poderse contener, mordió el cuello de su amada.

¡La mordió! ¡Lo hizo! Y nunca había sido tan maravilloso que un hombre lo hiciera.

Volvió a su boca, y se besaron como si el mundo explotara, los botones seguían siendo desajustados uno a uno, parecían cientos de miles. Él era experto en ellos, ella sabía por qué ¡Abominables botones estúpidos! su voz burlona llamó a sus instintos. ¡Oh, sí! malditos todos. Al fin el último. Y se oyó gemir.

— Tu piel, mi amor —el aire caliente de su aliento quemó sus hombros— quiero besarla y violarla por completo.

Isabella se mordió los labios; ningún hombre en Inglaterra diría eso, ningún hombre decente lo haría, pero él era Edward, el bastardo, y no tenía un solo gramo de decencia en su hermoso, perfecto y endemoniado cuerpo.

La parte superior de su vestido cedió.

¡Ja! Empezaba el juego.

Debajo del virginal vestido milady tenía un corsé de color rosa pálido, que a pesar del color no tenía el aire de inocencia que su ropa exterior.

— Oh… —volteó para ver su expresión

¡Sí! Era un lobo hambriento, pues la ropa interior apretaba en las partes adecuada y hacia que sus senos se vieran enormes y suculentos.

— ¿Te gusta?

— ¿Gustarme, cariño? Si no fuera porque eres mi señora esposa diría cosas sucias a semejante portento.

Quería escucharlas.

— Dilas —como gatita restregó su cuerpo contra el de Edward, sintió la punzada de su verga enorme en sus nalgas y por poco aulló de dolor y placer.

Su expresión era oscura.

— Quiero correrme sobre tu corsé, mirando cómo estás abierta para mí, bruja Swan.

¡Oh Dios!

Tania Denali y sus demás amantes, todas ellas sabían que él era capaz de eso y más.

Sus manos aletearon sobre sus brazos y la despojaron de la parte superior del vestido, vio como bajaba lentamente y el resto de éste cayó lentamente hasta el suelo, su nariz recorrió deliciosamente espina dorsal y de manera impúdica besó su trasero, Bella se sostuvo de sus hombros para no caer por el placer de aquel beso sensual.

— ¿Quién diría, mi amor, que tiene el mejor culo de todo Londres?

— Oh ¿Quién diría, Bastardo, que no eres capaz de decirme semejantes palabrotas?

—Tu cuerpo me obliga a ser un poeta ¡Y eso que sólo he visto lo superficial!

— ¿Qué tienes tú para ofrecerme? —sintió un jalón poderoso, era el corsé siendo desabrochado de manera impaciente.

— Mi tesoro, madam —escuchaba su respiración entrecortada y su voz ronca.

— ¿Poderoso, Cullen?

— Tú lo dirás madam —gruñó ruidosamente al ver como estaba desnuda de la cintura para arriba— No es bien visto que —la volteó y sus ojos eran oscuros y provocadores— un caballero hable de sus talentos —llevó sus manos sobre los pezones y pellizcó— pero ¡Diablos! ¡No soy un caballero! —y sin más fue hasta ellos y los mordió con dulzura— ¡Soy portentoso en esa área, señora Cullen! —y su voz sobre la piel de Isabella diseminó electricidad por todo su cuerpo.

— ¡Arrogante! —dijo con dificultad mordiéndome los labios de manera desvergonzada. Ella era una fiera en celo y estaba dispuesta a despedazarlo, no sabía sin con su rabia o con su deseo.

— ¡Y bastardo! —y tarareó sobre su pecho con malicia.

De pronto, el aire que mediaba durante aquel momento y que era lento, se volvió urgente, su lengua ―que jugueteaba con su pezón derecho y se movía perezosamente― cambió su ritmo, y ahora era rápido y se arremolinaba con fuerza y golpeaba la aureola oscura haciendo que su centro se preparara, su mano izquierda pellizcaba el otro pezón. Mordía y besaba, jalaba, pellizcaba y dejaba rastros de saliva dulce que se deslizaba por su piel.

Él sabía dar placer y para ella estaba siendo insoportable, la ansiedad la hacía perder el control. Su cabeza se fue hacia atrás y sin pensarlo agarró su cabello y lo haló con fuerza, esto hizo que su lengua fuera tirana.

— ¿Te gusta, bruja? —lo dijo con la carne entre sus labios y resistiendo la halaba.

¡Oh maldito!

Tiró más fuerte de su cabello ―él gruñó contra su pezón― algo se construía dentro de la mujer, ella que había dejado su timidez impostada. Desesperada, fue hasta su entrepierna y lo atrapó entre sus manos.

¡Oh si el portento de Inglaterra!

— ¡Demonios! —saltó de gozo y en una reacción desesperada, atrapó el seno ardiente entre su boca de tal manera como si se lo engullera de un solo bocado

¡Sí!

La princesa encantada volvía ―envalentonada y con una meta en su corazón― la princesa encantada lo atrapaba totalmente ―con lujuria entre sus manos y de manera experta― la princesa encantada lo masajeaba intensamente.

—Vaya Mr. Cullen —dijo sin aire— ¿Todo esto es, malditamente, de mi propiedad?

De pronto él se alejó de ella. Edward estaba celoso ¡Oh si, ella era todo lo que Sinclair había dicho! Ella y sus múltiples hombres en su lecho.

— Pagaste mucho por mí, Milady.

Las cartas estaban abiertas.

Ambos se miraron.

Malvados y malditamente enamorados, sonrieron.

— Pagué todo.

— Yo valgo la pena, Bella mía —hipnotizado estaba con el contorno de sus senos que estaban lastimados, con la marca de sus dientes sobre ellos.

— Eso está por verse, querido.

Edward gimió de furia, un paso hacia ella y la tomó en sus brazos, la llevó hasta la cama en volandas, le quitó el corsé, dejándola solo en calzones de seda y con sus medias blancas que, impolutas, cubrían sus hermosas piernas.

─ Je veux détruire et tuer, et cette obsession et l'amour que j'ai pour vous.

Con rapidez, se quitó la chaqueta y la camisa, Bella abrió los ojos, estaba desnudándose y era algo hipnótico, no despegaban sus ojos el uno del otro, las botas salieron de él.

─ ¡Jamais de ma vie je n'ai rien vu de plus beau que vous, salaud!

Bella trepó por la cama, su intricado peinado cedía y poco a poco la cascada castaña fue soltándose, respiraba agitada, el movimiento de sus senos iban en concordia con el de su vientre.

─ ¡Je te veux en moi et de prouver!

Como una gata con ojos hambrientos, Lady Swan miró el vértice abultado del pantalón ─que era lo único que quedaba sobre su cuerpo─ y sus pulmones estuvieron a punto de colapsar.

— ¡Sauve-moi ou me tuer maintenant!

Sus ojos verdes resplandecieron en la noche, la lengua que ella pronunciaba y su acento sensual y fogoso era lo más bello del mundo.

— Puedo morir de placer, mi reina, con sólo escucharte hablar —se acercó a ella y le susurró tiernamente— suena —y su aliento era caliente sobre ella— tan inmoral.

Bella lo recorrió con hambre. Látigos de energía la castigaban.

Edward entendió los ojos ávidos y como un macho orgulloso llevó las manos de ella hasta su bragueta y alentó a que lo desnudara, botón a botón, Isabella no se hizo esperar y éste en menos de un segundo voló por los aires junto con el calzoncillo poco sensual de los hombres de esa época, él estaba desnudo y ella quiso llorar de placer al ver semejante semental erecto frente a ella.

¡Maldito sea! No tiene derecho a ser tan hermoso…

Isabella jadeaba, trató de ahogar la súplica que gritaba desde su sexo húmedo, el bastardo era el hombre más bello del mundo y desnudo era digno de miles de fotografía ¡Millones!

—Cien millones de libras, bruja —se permitió, como pavo real, mostrar quien realmente era.

— ¡Parfaite!

Los ojos de ella estaban cargados de lujuria, sin embargo ella se carcajeo duramente, mordió sus labios y lo recorrió de arriba abajo.

Edward vio desprecio, Edward vio deseo, Edward vio burla.

Se lanzó a la cama, el centro de su pecho rugía, agarró las muñecas de su mujer y las llevó por encima de su cabeza, pasó su lengua por el contorno de su barbilla y luego fue hasta sus labios para besarla de tempestuosa manera, Bella abrió la boca y a partir de ese momento, comando el beso que lo dejó sin aliento.

Por un momento, Edward cerró los ojos y se dejó poseer, sus cuerpos se friccionaban desesperados, ambos sudaban, la punta de los pezones de Isabella punzaban su piel y él estaba a punto de arrancar las pocas prendas que de ella lo separaban, dejó libres sus manos, y se enfrentó a su rostro.

— Nunca más Isabella, dirás que no te he amado.

Una de sus manos se deslizó por su torso, Bella se quedó quieta esperando la jugada, Edward penetró con sus dos dedos los bordes de la tela, bajó por su pecho dejando un rastro húmedo y caliente, hasta llegar a su ombligo y allí jugueteó por un rato, Bella se estremecía y preparaba sus uñas, cerró los ojos con fuerza, él desprendía el calzón de su cuerpo y de pronto un aire frio golpeó su piel, pero la boca, la lengua y las manos de él quitaron el hielo y todo volvió a arder, la luz volvió y se topó con aquel hombre desnudo frente a ella que la observaba arrobado y lascivo.

— Eres tan hermosa cariño, jodidamente divina —Isabella sintió la mirada sobre su sexo y la necesidad dolía— y disculpa sino hablo francés, mi reina.

Miraba su coño suave y era todo maldad y amor.

Oh sí, porque ahora era un amante real y cada parte del cuerpo de quien amaba era digno de palabras y fuego. No pararía nunca de amarla y tampoco dejaría jamás que alguien más estuviese allí viendo lo hermosa y terrible que era.

— Eres todo lo que yo he deseado ¡Eres mejor, eres perfecta! y esto —una caricia fantasma sobre su sexo y ella casi grita— es una obra de arte, madam.

Isabella lo miró, vestida con sus medias de seda blancas, era una exótica mezcla entre la virginidad ―que ya no estaba― y la impudicia lo que le hacía tener una mixtura delicada entre dama y ramera ¡Lo más hermoso y demoniaco para el deseo de ese hombre! Sus manos delicadas se deslizaron por sus muslos, llegaron hasta sus rodillas y las separó para quedar abierta frente a él ¡Isabella en su plenitud! Todo su cuerpo vibró y un infierno de calor se agolpó en su centro, miró el sexo de su marido ―enorme y hambriento― y lo que nunca fue bello para ella, lo que en sus amantes fue agresivo y violento, en ese momento, con toda su dureza amenazante, le pareció simplemente divino. Se lo quería devorar, quería apretarlo, castigarlo, odiarlo con su propio sexo.

Edward fue hasta la pretina de sus medias en el muslo interno, y con sus dientes desgarró ―en silencio y como si fuera una ceremonia pagana― una a una las delicadas prendas. De pronto, todo se volvió un concierto de gemidos y sollozos. Ahora no había nada entre ambos, y ahora estaban él y ella ―bestiales y hambrientos― sin nada que los separara, sus manos caminaron con lentitud y malicia desde el femenino centro hasta las temblorosas rodillas y las mantuvo bajo presión obligando a su mujer a permanecer abierta, su rostro se fue acercando peligrosamente y el muy maldito diablo la olisqueó como si fuera un animal y ella, su presa.

— Hueles condenadamente bien bruja, condenadamente delicioso.

Trató de liberarse de la presión y pateó llena de impaciencia, él aseguró su agarre, se inclinó hasta que llegó a respirar dentro de ella y estuvo punto de provocarle una primera muerte.

Dos de sus dedos delinearon los labios interiores, una y otra vez, y lo hacía sólo para desesperarla. Ella no era menos, levantó su cadera y con su sexo, rozó la nariz de su torturador.

— ¡Joder preciosa!

¡Oh! Ella amaba aquella palabra en su maligna boca y volvió a rozarlo y esta vez fue ruda y lasciva, se movió de arriba abajo.

— No hagas eso, bruja, porque si insistes, te jodo de una manera que no tiene que ver con una luna de miel.

Isabella se sonrió internamente, esa era ella, capaz de volver a un hombre demente y desafiándolo, volvió a hacerlo. El gruñó por lo bajo, con los dedos abrió su sexo y presionó su pequeño nudo que se hinchó al primer contacto. El toque era tierno, pero ella no lo deseaba así, con sus caderas empujó sus dedos para que presionaran con más ahínco, él maldijo por lo bajo y colocó la mano libre sobre el vientre ardiente de su mujer, presionó con fuerza provocando un estremecimiento, se relamió sus labios y sin más, la caricia cariñosa se volvía feroz, una y otra vez, círculos y redondeles. Ascendió como un felino dejando rastros de saliva por su vientre y senos, pero aún continuaba con sus largos e implacables dedos dentro de ella; todo su cuerpo la cubrió, se acomodó para quedar frente a su cara y se quedó mirándola.

Ella apretaba su cuerpo, se negaba a la tortura del placer, pero sus caricias eran implacables, su boca se abrió en una O pero aquello duró un segundo porque una lengua ansiosa la penetró. Los movimientos de su mano en su sexo eran los movimientos de su lengua en su boca. Gemía una y otra vez, mientras su cuerpo construía un orgasmo, su mente razonaba con furia absoluta: él había jugado, había ido a ella de mala manera, una firma, diez mil libras, cartas de amor mentirosas.

Ambas fuerzas —amor-odio— luchaban contra ella, y en esta batalla, permitió que esas dos fuerzas poderosas la poseyeran.

Agarró el cabello del bastardo sin delicadeza, el beso se hizo profundo y dejó que sus dedos la siguieran presionando, pellizcando, torturando.

Una y otra vez.

Una y otra vez…

Gritó de placer y de rabia ―el grito en su boca le hizo creer a su hombre que había ganado― podía olerlo, olió su sudor y su colonia y eso terminó por enloquecerla.

Mordió la punta de su lengua, pero él no cejaba, Edward continuaba con sus dedos y sin más, la penetró con ellos, se ahogó ante la sensación, pues estaba tratando de que su maldito y traicionero cuerpo no exigiera más.

Sentía dolor, sentía calor, sentía frio, punzadas iban y venían y le producían agonías y éxtasis.

La cara de Edward era risa y era victoria.

De pronto sintió pánico, él creía que la poseía, creía que sus caricias la harían su esclava…él…él…y estaba a punto de hacerlo.

En su interior, entendió que ninguno de sus amantes había sido capaz de hacerla sentir nada igual a lo que sentía en ese momento, los dedos estaban en su cuerpo, se tensaban y se movían de manera irregular, arriba y abajo y a los lados, pararon y gritó de furia.

Él tenía sus ojos profundos, su boca estaba hinchada por la posesión de los labios de Bella y su rostro reflejaba el orgullo y placer de verla gemir.

Lo apretó fuertemente, sus dedos se abrieron en el interior, de pronto tocaron algo dentro y para ella todo fue rojo, picante y ardiente ¡Y estalló! Sintió como de su cuerpo salía un río y que en aquella cascada parte de lo que era, huía.

¡Me poseyó!

Él lo hizo, sin siquiera estar dentro de ella.

Y ella se hizo de piedra.

Y sentenció que esa era su labor, su trabajo.

Cien millones de libras y él le pagaba con sus dedos largos y hábiles.

¡Era tan pagado de sí mismo!

— Te amo, bruja —se acercó hasta ella, aún con sus dedos en su cuerpo— ¡Ninguno de los demás sabe lo que yo sé, mi amor!

Y todo fue furia.

Y su lengua de serpiente venenosa y de mujer ofendida comenzó el camino para lastimarlo.

— Querido, todos ellos fueron capaces de muchas cosas y más —y mordí su barbilla—apenas estas a mitad de camino.

Gruñó, sacó sus dedos con lentitud malvada mientras recorría con su lengua los labios de la maldita, se instaló entre sus piernas y con su larga y preciosa anatomía la cubrió en todo su cuerpo, apretó sus senos con fuerza y la besó rudamente, sin embargo gemía y era tan hermoso que ella deseaba morir— Cariño —dijo en su boca— te amo tanto —su mano en su seno, su cuerpo rosándola y caliente, el palpitar de su piel, él moviéndose levemente sobre ella, respirando.

Por un segundo, pudo ver su trasero y quiso morderlo y palmearlo como si él fuese un salvaje semental a quien ella debía domar. Y lo odiaba ¡maldito sea! Lo odiaba porque nunca había sentido tanto con un hombre, él la hacía gemir con sólo respirar sobre ella.

Hasta ese momento ella era dueña de si misma, dueña de su cuerpo y estaba allí para servirse de él.

Bajó su mano por entre el cuerpo de los dos y apretó su sexo con furia.

Tiró su cabeza hacia atrás y un gesto de placer doloroso pareció recorrerlo.

— ¿Con que esto es lo que eres, querido? —lo acarició con rudeza, y con los dedos presionó la punta de su verga hermosa y maligna que estaba húmeda y caliente— ¿Sólo esto? Quizás vales muy poco, muy poco para mí— respiraba con dificultad.

Lo vio cerrar los ojos y sisear de placer

— ¡Oh no, madam! —dijo entre dientes— voy a demostrarte que valgo cada libra que tú, mi amor, pagaste ¡Incluso, quedarás al debe! —golpeó con su torso y con la punta de su sexo duro, Isabella tuvo que morderme su lengua para no suplicar— Y me cobraré —y la mueca torcida era vanidosa—con cada centímetro de tu delicioso cuerpo.

— ¡Adelante! ¡Demuéstrame que eres el animal que vi un día en la calle hollín!

— Amor, no tiene por qué decirlo dos veces —enterró su enorme verga en su interior y ella ahogó un llanto— tal vez —gruñó— lo único que has tenido es franceses parlanchines y niñatos estúpidos, quizás, reina de mi corazón —golpeó con fuerza su interior lanzándole olas de placer— tú sólo eres una mujer que —y de nuevo golpeó su centro como si una fuerte caricia la poseyera, se arqueó hasta el dolor y el movimiento de su cuerpo hizo que él gritara— no sabe que es dar —cada palabra salía de él con dificultad, demostrando que él también estaba en los abismos— placer a hombres como yo —y volvió con furia dentro de ella— gimiendo sobre su oído.

Ambos sudaban, estábamos unidos en todo en ese momento, hasta en el sudor.

El placer de una estocada la había dejado en el limbo, la segunda la ahogó en placer mortal, la tercera la hizo completa, sin embargo, Isabella Swan poseída por el placer que él le daba estaba dispuesta también a hacerle saber que ella estaba a su nivel de cazador.

Para Edward fue diferente, apretada y caliente, el solo verla desnuda fue demasiado, se había contenido, deleitado en sus gestos, extasiado en sus gemidos y desgarrado ante la posibilidad que él no fuera suficiente. Había explotado por dentro cuando finalmente se había hecho uno con ella, empujó con vehemencia, una y otra vez, el placer lo subía a niveles de llamaradas de volcán, aceleró el ritmo y ella enterró sus uñas en la espalda, y esto lo alentó, quería perderla, quería que ella fuese virgen no de cuerpo sino de memoria.

— ¡Oh Bella! —susurró roncamente— estas tan apretada, amor mío —levantó la cadera de su mujer que se enrollaba con sus piernas en su cintura, agarró sus nalgas con sus manos y penetró a lugares más allá de lo posible— quizás sólo eres un niña inexperta con malos amantes y no sabes, amor mío —se ahogó al sentir como ella lo ordeñaba, maldijo por lo bajo, ella se reía, pero no emitía sonido alguno de placer— darle placer a un hombre como yo —por un segundo bajó la mirada hasta donde estaban unidos—¡Dios! ¡Que hermosa eres! —y mordió sus labios por el placer de estar allí, carne a carne.

Bella abrió los ojos, sus amantes la habían adorado, besado sus pies, idolatrado, le habían ofrecido el mundo tan sólo por una noche con ella.

La ofensa la hizo salvaje.

Con la fuerza de su pequeño cuerpo, ella se irguió, lo tomó del cuello, y lo besó con vehemencia, Edward gritaba, sólo salía palabras de fuego y amor por ella, para Isabella era cabalgar en un caballo salvaje, ahora era ella quien tomaba sus muñecas, comandaba el placer, no despegaba su mirada de él, de su rostro, de su boca entre abierta de cómo cada gesto era la imagen del placer que ella le daba.

— Cariño —dijo entre susurros— me vuelves loco —Edward empujo hacia arriba con la fuerza de todo su cuerpo.

— ¡Oh si…si! —Isabella no pudo evitar la sensación quemante dentro de ella, soltó sus muñecas y enterró sus uñas en él, Edward buscaba su boca, ella se la ofreció como premio, sin embargo era ella la que comandaba ese momento, quería verlo suplicar, transido por el gozo, oh si, y lo lograba, ella dilataba su momento, y torturaba con rapidez y de manera implacable y metódica, una lágrima se deslizó por su rostro, Edward la besaba como un loco, tenía tanto que tomar y besar, ser apartó llevó las manos hacia su cabello y la haló hacia atrás para que sus senos quedaran a la deriva de su boca, besó, mordió, la escuchó sollozar, lo apretaba con dolor, sin embargo Isabella logró deshacer las posesión sobre sus pezones.

— ¡No! —un gruñido furioso salió de él— ¡Demonios! —vio el rostro de su mujer, su cabello caía sobre la espalda y era lo más divino de todo el mundo, ella estaba sonrojada y al igual que él en el placer se mordía los labios mientras que seguía demoliendo su verga sin compasión— no puedes ser tan hermo… —pero no terminó la frase porque ella ralentizó el movimiento cerró los ojos abrió la boca casi desfigurado por el placer.

— ¿Te gusta, cariño?

— ¡Me muero! —volvió su mirada en ella, Bella se vio atravesada por los ojos verdes encapuchados y feroces.

— ¿Soy lo que habías soñado? —un fuego aterrador la atravesaba, ardor, fuego y cabalgar hasta sentirse libre.

— ¡Más, mucho más! —la mujer veía la hermosa manzana de Adán que se movía en su garganta, quería pasar su lengua por allí y morderla.

— Todas tus amantes no son como yo —se estrelló contra él y besó su frente, su cara, su barbilla— ¡Ninguna!

— No —sus pulmones estaban por estallar— eres una bruja malvada —se carcajeó.

— ¡Te lo dije, mi cielo! —su mirada fue penetrante, ella también sonrió, pero el sonido fue perverso y gutural, el placer y la rabia concentradas y nunca en su vida, la princesa encantada, había sido tan dueña de sí misma y al mismo tiempo estaba perdida en la posesión.

Él llegaba profundo, a lugares en los que nadie había llegado.

Él golpeaba su interior.

Y era abominable y era gozo absoluto.

— ¡Bésame, por favor! —pero ella no lo hizo.

Ahora era ella quien haló su cabello, ambos se miraron, ambos se movían, él necesitaba verla de nuevo perdida y arrasada por él, ella necesitaba verlo en agonía, la carne que se amortiguaba sonaba perversamente, ella hizo lo mismo con el cabello cobre, de un momento a otro ambos gruñían en el rostro de cada uno, se amaban, pero allí confluían el deseo de ver cual cedía primero.

— Tania querido, ella me lo contó todo.

Ella danzaba furiosamente sobre él, y haló su pelo con rabia— descubrí el contrato —se movió como si allí ella estuviese en plena carrera, Edward no lo soportaba.

— ¡Dios!

— Cada maldita cosa —era implacable.

El placer para él lo había inmovilizado, sólo dejaba que ella lo castigase.

— Y te di la oportunidad que me lo contaras.

— ¡Piedad!

— Y me mentías —gruño con fuerza, gimió en cada cabalgada.

— ¡No lo soporto!

— Y nunca dijiste nada.

— ¡Isabella!

— Y me decías que me amabas.

Él jadeó, gruñó, rugió y gritó:

— ¡Te amo!

— Y yo te di la oportunidad para que me dijeras la verdad —Edward no podía hablar, era demasiado, era una pira de fuego, cayó hacia atrás gritando mientras que Isabella bailaba una danza perversa sobre él.

Le faltaba el oxígeno.

Su cuerpo se encrespaba.

Los sonidos de ambos llenaban el espacio.

Isabella no despegaba sus ojos de él, ambos estaban unidos de forma insoportable. Ella se lanzó sobre él, tomándolo de sus hombros, no dejaba de moverse

— ¡Me humillaste!

— ¡Yo sólo te he amado a ti! —su voz fue ronca, iba a explotar.

— Pude ser tuya, mi amor.

— ¡Lo serás! —tomó sus senos entre sus manos— Nunca —gruñó con fuerza— sabrás que has sido poseída bruja hasta que me lo permitas.

— ¡Nunca!

Un rugido salió de su pecho, sus hermosos ojos verdes la recorrieron, respiraba y gemía, ella estaba allí haciendo de su cuerpo un holocausto y era hermosa como una diosa pagana, y sólo vio rabia, rabia y placer, una fuerza y belleza.

Él empezaba a engrandecerse dentro de ella, dolía y amaba aquel dolor y aquel placer que ninguna mujer le había dado.

— Yo te amo ¡Dios! ¡Me matas! Quiero hacerte feliz, quiero olvidar quien soy y quiero mi amor ser digno de ti, quiero que tengas a mis hijos y quiero dormir cada día de mi vida junto a ti —el cabello de Isabella llegó hasta su cara y olía maravilloso— y si —algo en su cuerpo se elevó, era el hombre y el tahúr— he de vender mi alma al mismo diablo Milady, lo haría mil veces— y con todas las fuerzas que tenía, y aún en los abismos del clímax él se levantó, ella lucho porque era la que cabalgaba en el semental y la estrelló contra el colchón— y ahora madam, soy el dueño y soy el señor de todo esto y esta es mi jodida noche de bodas y te amo aunque tú me hayas mentido igual bruja, y aún así —apartó sus piernas apoyándose en sus rodillas— mi alma es tuya y tú serás mía.

— ¡No! —quería luchar, pero sus músculos lo apretaban.

— Sí.

— Te odio.

— No lo hagas amor mío, entre más me odies más te desearé ¡Estás maldita! —embistió con dureza.

Ella se carcajeó con fuerza, levantó su cabeza y sus ojos negros fueron malvados.

— Entonces, te odiaré siempre bastardo —casi enloquece verlo fuera y dentro de ella tu castigo —se dejó caer sobre la almohada— será amarme, para siempre.

Edward se arrodilló, sin salir de ella.

La mujer odio que él parase y movió sus caderas.

— Ambos —la tomó de su cuello y la besó sin piedad, yendo y viniendo sobre su boca, gimiendo dejando ver y escuchar cual vulnerable era, haciéndole saber cuánto desesperadamente la amaba.

Ella lo mordió, sin embargo él embistió con más fuerza e Isabella no pudo negar que su cuerpo ese animal traicionero lo ansiaba desde el mismo momento en que lo vio la primera vez.

Era imposible, ambos estaban perdidos, ya era tarde, Isabella agarró con sus manos las sabanas, cerró los ojos con fuerza, pero él ordenó que los abriera y era imposible no hacerlo, él empujaba y ella respondía, él entraba con amor y con fuego y ella se odiaba por amar aquel placer, una y otra vez, morderse los labios para no lloriquear, volver a sentir su cuerpo muerto por años, volver a ese punto donde era tan libre, y gritaba y rogaba, y exigía y se abría y sudaba y era….

Y el placer la despedazó.


Editado por Xbronté.

Y esto apenas comienza chicas, varios capítulos nos esperan, poco a poco nos acercamos a los tormentosos vientos del mar y de un hombre que peleará contra ellos. Esto es gótico y me gusta mucho.

Gracias a todas las que leen esta historia, a las que comentan o son lectoras en las sombras, a cada una mil gracias.