Los personajes le pertenecen a Meyer.
Historia debidamente registrada en derechos de autor.
Falsas apariencias.
Capítulo 33
¿Era posible que una mujer que desde los 17 años tuvo muchos amantes fuera virgen a los 28 años? No, no lo era pero si era posible que un amante increíble la hiciera sentir así.
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Golpeó la cama con sus puños, era todo abrazador y se encontraba nadando en lava ardiente. Sin embargo, con toda la fuerza de la que era capaz, cerró su boca y acalló el orgasmo hasta sentir que su cuerpo era desgarrado hasta la muerte.
Y mordió sus labios para no llorar.
Edward embistió tres veces más y gritó como nunca lo había hecho, en su viaje al paraíso se detiene en el rostro de Isabella y un cuchillo de dolor entró en su corazón, ella se negaba a él ¡Ella era intocable! Con esa punzante certeza, se derramó por primera vez ―a pesar haber tenido con otras infinitas oportunidades― en el cuerpo de una mujer como un amante. Decidió que ya no quería más ―ya la había tenido a todas y solo le había faltado la mejor, ahora la medio tenía y no se iba a rendir― y que como un esposo enamorado, sería fiel a alguien que lo odiaba. Apostaría al amor ―como el hombre dulce que en esta historia con Isabella había descubierto que era― y persistiría como alguien que deseaba sembrar amorosamente en una tierra que no le pertenece. Tuvo esperanzas. Algo le decía que estaba a las puertas del cielo, que toda su vida, inútil y miserable, por fin tenía justificación, que ya era hora de ser un hombre de bien.
Se derrumbó sobre Isabella y comenzó un rosario de besos pequeños por aquella piel que estaba ardiendo, que olía a los dos y que sabía que todavía tenía que conquistar.
Bella se puso rígida, volteó su cabeza a otro lado y se dio una orden de odiar los espasmos de placer que se repetían en su carne y dijo con sequedad.
— No tiene por qué besarme Mr. Cullen, ya cumplió con el deber por el que mí adorado padre pagó —Bella aún temblaba.
— Por favor, no —besó su cuello con desesperación.
— Eres igual a todos los hombres, Edward —tomó sus hombros y los apartó de su lado— crees que puedes poseerme tan sólo porque fuiste capaz de darme placer.
Se paró desnuda de la cama, casi cae, maldito sea su cuerpo que no permitía detener el placer interior que aún la sacudía. Se veía hermosa e imponente, sin embargo los brazos de Edward la atraparon por la cintura y la abrazaron fuertemente.
— Me casé contigo porque estoy enfermo de amor —besó su espalda, aún estaba hambriento, deseaba amarla por el resto de la noche, olvidar la voz de Sinclair y los celos malditos que lo carcomían— estoy enfermo ¡Me has envenenado, Bella! te deseo más y más.
— ¡Suéltame!
— ¡No lo haré jamás!
Sin embargo, Isabella se desprendió del amarre de aquel hombre y se paró frente a él, por un momento lo observó desnudo, ella lo estaba y era la princesa encantada, sin vergüenzas y en todo su esplendor.
─ ¿Crees que soy estúpida, Edward? ¿Crees que no sabía que me engañabas? ¿Qué te casaste conmigo por mi dinero? ¿Por una maldita apuesta? ¡Me subestimas! Y me repugnas.
— ¡No digas eso! —se irguió en toda su estatura, ambos desnudos en aquel cuarto, sin sociedad, sin mentiras, oliendo a sexo fuerte, dejándose ver— ¡Todo fue una trampa!
— No te excuses conmigo, yo sé toda la verdad.
― ¡Oh, sí! La que te dijeron ellos.
— ¿Qué más tengo que saber? —echó su cabello hacia atrás.
Isabella lo miraba a la cara, de frente, con su piel reluciente por el sudor y el placer dado por aquel hombre que, sin nada encima, era el delirio de todas en Londres.
—No sabes nada —caminó hacia ella.
Isabella le dio la espaldas, la necesidad nacía de nuevo y verlo caminar hacia ella con su cuerpo en ofrenda, la hizo maldecir porque se sentía poseída, irremediablemente encadenada a alguien que no debía querer.
Edward bajó sus ojos y se centró en su trasero; quería morderla, tocarla. Un momento, un solo momento y quizás, la fuerza de placer haría que Isabella vuelva y él ser, definitivamente, su dueño
— Al principio, mi amor, todo fue mentira —recorrió con un dedo de manera dulce su columna vertebral, un toque pequeño pero lleno de sensualidad— Sinclair sabía que yo estaba en la ruina —se deslizaba lentamente— mi vicio del juego me hizo perder miles de libras —llegó hasta el final y con ternura moldeo el contorno de las nalgas— miles, yo creí que podría ganar y saldar el dinero que le debía —se acercó, pecho y espalda, él excitado punzó con su sexo entre la delicada línea de su hermoso culo y rugió gatunamente en el cuello de su mujer— pero no fue así, perdía y perdía todo el maldito tiempo, y cada día me hundía más y yo era un idiota, y él y Tanía..
— ¡Tanía! —los celos furiosos de Isabella rugieron y la desencantaron del toque en su cuerpo, de la caricia malévola en su trasero. Se alejó de él y su cabello oscuro fue salvaje en su cara.
— ¡No! Ella no fue nada, nada sólo era una más.
— No era una más —de pronto verse desnuda hablando de sus amantes la hizo sentirse repugnante— yo te escuché un día, una noche en el teatro y escuché como te encendías con ella, como le hablabas y como te burlabas de mí.
— Porque no te conocía, porque yo la necesitaba.
— La usabas como has usado a las demás mujeres, y ella te amaba —se colocó una bata sobre su cuerpo, lo escuchó gemir.
— ¡No me importa Tania!
— ¡Oh no! sólo eres tú bastardo, sólo tú y tu vanidad de pavo real, ella te ama ¿lo sabes?
— ¡No me importa!
— Y ella lo sabe, sabe que no te importa —sacó de su cómoda las joyas de empeño y las tiró al suelo— son tuyas, tuyas, ella las compró y me contó todo, todo, Edward Cullen.
— No sabe nada.
— La apuesta, las diez mil libras, el dinero que le debías, tus amantes, las mujeres que compraban tus favores en la alcoba, tu burla hacía mí, como tus cartas eran mentira.
— Cada palabra fue escrita con el corazón.
— ¡Mientes! Me mientes, siempre lo hiciste, tú y tus cartas que hablaban de cómo me amabas y me deseabas, mientes.
— ¡No lo hago! —trató de irse hacia ella pero Isabella lo detuvo.
— Hace años te vi, te vi en un establo y le hablabas a aquella yegua que te di de regalo, y yo te desee con tanta fuerza, ese día en el palacio del conde Aro, y quería ir hacia ti, y te tomé una foto —de debajo de su almohada sacó la vieja foto de él en su caballo— y cada día la miraba, no podía existir nadie más bello que tú, te deseaba Edward Cullen, quería morderte y besarte y desnudarte y hacerte saber que ninguna de esa mujeres que eran tus amantes eran como yo.
— Debiste hacerlo, Isabella.
— No, porque eras un payaso superficial y te habías comido el cuento de la solterona e insípida hija de Charles Swan, te habrías burlado de mi ¡Dios! ¡Te burlaste de mí de todos modos!
— Dos palabras contigo y te habría amado Isabella.
— No me hagas reír Edward Cullen, nos topábamos en esas estúpidas reuniones de toda la maldita sociedad de Londres —su voz era fuerte y distinta, finalmente dejaba salir su asco por todo, por primera vez en años Isabella mostraría quien era— donde yo tenía que ser la dulce y sin carácter hija de Charles Swan, donde me tenía que disfrazar como una doncella y aguantar cada tonta palabra, cada hipocresía, cada crueldad insulsa de todos, tú eras el rey de todo y me fascinabas, quizás, quizás porque creía que me podías entender, pero eras igual a todos, disfrutabas estar allí y sentirte parte de su ridícula sociedad.
— Nunca me sentí parte de nada Isabella, todos me desprecian.
— Sin embargo estabas allí, luchando para que algún día alguien dijese que eras el gran caballero británico —sus últimas palabras las escupió con desprecio— y no niegues que disfrutabas, era tan fácil, el adonis de Inglaterra, algún día alguna de aquellas mujeres con quien te acostabas te daría su fortuna, no deseabas casarte, y aún así te aprovechabas de todas ellas, de cada una y les rompías el corazón ¿Por qué fijarte en mi? En la insípida Isabella Swan, oh si porque la solterona no era como las demás, ella debía ser llevada al altar y a ti eso no te interesaba querido, eres hombre de burdel, de juego, de peleas, una tonta como la hija de Charles Swan no estaba en tus planes, siempre me despreciaste, despreciaste a esa cosa sin gracia y tímida que todo mundo creyó que yo era.
Edward bajó la cabeza, era verdad lo que ella le decía, jamás se habría fijado en ella, era demasiado oscura y su disfraz de mujer aburrida y sin gracias estaba demasiado bien puesto, él también había sido engañado por las mascara.
— Fingías mejor que yo, mi amor. Así te conocí ¿cómo iba a saber que estabas actuando? No me culpes de algo que tu elegiste hacer.
— ¿Elegir, Edward? ¿Elegir? ¿Sabes dónde vivimos? ¡Por Dios! ¡Me ahogo todo el día! ¡Estoy atrapada por todo! Tú eras mi oportunidad, bastardo ¡Mi oportunidad!
— Aún podemos, Isabella —la bata se descorrió un poco y el seno de Isabella surgía de forma sensual, la marca de su boca estaba en ellos y algo instintivo y anhelante estallaba en su interior, desnudo y excitado por aquella mujer que lo seducía con su fuego, que lo llamaba desde un pasado oscuro que él deseaba poseer— podemos comenzar, mi amor ¡Ahora, en este momento! En esta cama mi amor, te deseo que me enloquezco.
Ella estaba furiosa, él y sus juego de tahúr lascivo, ella no era como esas putillas que se desvivían por su pene hermoso y duro. Lo observó y su cuerpo, que tenía mente propia, volvió a traicionarla, pero en ese momento era más su rabia y se maldijo para así guardar la lascivia que la consumía.
— Yo no te deseo tanto, querido —sus ojos fueron fríos— No eres el amante que yo creí, bastardo, eres hermoso, me gustas Edward, pero no me eres suficiente… he tenido mejores.
— No te creó una maldita palabra, Bella, te di placer, no eres tan buena mentirosa querida, yo sentí como tu cuerpo ardía.
— ¡Oh, cariño! ocho años sin amantes ¡Me hubiese conformado con cualquiera!
Edward se fue hasta ella, lleno de furia y celos, Isabella no fue tan rápida, y él la tomó por su cabello. Sus ojos fueron penetrantes y furiosos, ella sonreía ante él, no daría su brazo a torcer.
── Debiste decirme, querida, que esto era una competencia, te aseguro que me excitan las apuestas, la próxima vez no seré tan delicado, reina de mi alma ―deslizó su dedo desde el cuello hasta la punta del pezón.
── ¿Debía decirlo?
— Te aseguro amor que si te toco ahora explotarías, antes fui delicado, quiero ser un buen esposo, pero si lo que buscas es un semental, mi amor, estoy entrenado para eso, muñeca ―Isabella gimió entre sollozos duros.
— No seas arrogante cariño, sementales, los he tenido todos, y eres un potrillo frente a ellos.
— Te amo aunque no lo creas, te amo y me muero de celos ¿hipócrita? Tú me mentiste también —respiró sobre su boca— Princesa Encantada —su voz fue condenatoria.
— ¡Oh, sí! ¿Algún problema con eso?
— Pues, no ¿Muchos amantes, Isabella?
—Toda Francia, cariño ¡Toda Francia!
De una manotada Edward desgarró la bata de dormir de su mujer, Bella ahogó un grito, era una lucha de voluntades.
— ¿No eres una dulce inocente no es así, amor?
― El mayor granuja de Londres me lo pregunta ¿Te incomoda que esté en igualdad de condiciones que tú, querido?
― ¡Voy a borrar todos esos imbéciles de tu piel! y vas a rogarme para que me entierre en ti cada jodido día de tu vida.
― Si esperas que te ruegue ¡Morirás casto!
― ¡Tú rogarás! Sí ¡Amarás que este dentro de ti! Todos ellos follaron a la princesa encantada, en cambio yo, le hice el amor a Isabella Cullen, yo siempre te haré el amor.
― ¡No hay diferencia!
― Para mí, para el amor, eres inocente y con esa inocencia, tendrás a mis hijos. Yo seré el dueño de tu corazón y de tu cuerpo ¡Seré el maldito ganador! Y sabrás, malditamente si lo sabrás, la diferencia entre ellos y yo —la haló hacia él, su fuerza era todo lo que él tenía su pasión y deseo por ella, sin embargo ella estaba en plena facultad de su decepción y rabia.
— No me asustas, querido, es más, me aburres con tu patético discurso sobre el amor, al final no eres si no un estúpido y tedioso bufón ¡Tócame y bostezaré de hastío!
— Pues, hasta que no quedes embarazada... ¡Bostezarás muy seguido!
— Me tocas y gritaré de fastidio, Edward Cullen.
— Claro que gritaras, princesa —la besó con fuerza― pero de puro placer.
Isabella empuñó sus manos y las interpuso entre los torsos para así no permitir que su deliciosa desnudes la demoliera, pero la lengua de aquel hombre hacía con ella estragos y le quemaba la piel. Instintivamente fue hasta su cabello y penetró con sus dedos aquella mata salvaje y húmeda de cabello, Edward la levantó y la volvió a llevar al lecho. Ambos eran pura lujuria, dos animales que se abrazaban y besaban de forma furiosa, Isabella arqueó su cuerpo y él se paró frente a ella, el rostro cínico de su marido denotaba victoria. Ella lo deseaba pero, su espíritu rebelde jamás le permitiría una entrega absoluta. Que él creyera que la poseía era una humillación que no estaba dispuesta a vivirla, todavía.
— Bueno querido, al menos nuestro hijo valdrá los cien millones del contrato de mi padre ¡Haz un buen trabajo! Que yo, al menos, pueda decir que mi hijo fue producto del placer que me diste, no de los intentos mediocres de un pésimo semental.
Ella era cruel y aterradoramente hermosa.
— Perdón mi amor, pero eso lo decido yo, aún puedo pelear por mi honor.
— ¿Honor? No lo tienes.
Edward furioso se va contra ella. La besa de manera furiosa, la posee con los labios, la hace sollozar y gemir, aún puede tenerla, aún… pero no ese día, ese día debe salir de aquella habitación y no permitir ser abofeteado por su desprecio.
— No lo tenemos ninguno, mi amor, no somos nada. Aquí, nos hemos destruido al reducir nuestra historia a la obtención de un heredero quedamos sin posibilidad de redención, al final, sólo queda entre ambos un maldito contrato.
— Una apuesta y tus mentiras.
— Nuestras mentiras, mi amor —volvió a besarla hasta dejarla sin aliento— nuestros errores, nuestros desencuentros, tu rabia y mi decepción.
Se alejó de ella, caminó con su desnudez por toda la habitación, Isabella enterró su rostro en la almohada y ahogó un sollozo.
Ahí estaba Edward Cullen, el tahúr, el granuja, el hombre que su padre compró para engendrar un bello heredero. Lo vio vestirse, tomar las joyas de su familia, vestirse de hermosa manera ¡Es un pavo real por excelencia! De nuevo, el hermoso bastardo. Vio cómo se alisaba el cabello hacia atrás, ponerse el anillo de rubí, los gemelos en los puños de su camisa ¡Bello y tahúr! ¡Bello y granuja! ¡Bello y sinvergüenza! El deseo de ella era ahogado para no sucumbir, él volteó y la miró con aquellos ojos profundos.
── Pudimos amarnos mi amor, pudimos amarnos, desee darte mi sangre, si me la pides es tuya cada gota ¡te la regalo! ──su voz fue dura.
── ¡No la quiero!
── Y sin embargo, tendrás un hijo mío.
── ¡Por un contrato!
── Y si puedo, Isabella Swan, te daré más más de uno porque todos tus hijos serán míos ¡Te lo juro!
── ¡Juras en vano!
── Y amarás mi sangre porque será la tuya, estás condenada a mí, yo firmé el condenado contrato para obtener lo que más he deseado en la vida, no tú cuerpo, bruja mía, ese me pertenece desde esta noche, si no tu corazón y tu alma y si eso significa que firmé pactos con el diablo, no me importa. Valdrá cada pena, cada dolor, cada humillación que he tenido que vivir para llegar hasta aquí.
── ¡Ja! Yo no deseo tu alma ──porque sí, porque ella era el diablo.
── ¿No obtendré nada de ti?
── Sólo mi desprecio.
── Pues que así sea, mi alma por tu desprecio, un trato es un trato. Mañana, quizás venga a reclamar mi parte, querida, te quiero en el lecho, desnuda, dispuesta y complaciente.
── Primero muerta.
── Yo no le hago el amor a cadáveres, mi reina ──sin que ella lo viese venir estuvo sobre ella rozando con su ropa su piel desnuda y retadora── y tu sexo húmedo y tu boca carnosa me dicen que vives, y le haré el amor a los dos y si eres quien me dijo Sinclair, espero que el placer que te de querida sea el que yo reciba, aún me debes lo del hotel, quiero tu boquita depravada y maligna sobre mí y gozarás cada segundo Milady, cada jodido segundo.
Isabella, el demonio total, con ojos oscuros y alma en guerra contestó:
── Quizás cariño, ten cuidado, puedo gritar el nombre de Michell o de cualquiera, menos el tuyo.
Las palabras fueron dagas que lo despedazaron.
── ¿Si? ¡Qué más da! Yo soy el esposo que te hará el hijo.
── En Inglaterra, querido, eso vale menos que el pan.
Edward criado en aquel mundo donde sentir era debilidad supo que había sentido y había perdido, ahora volvía a los viejos vicios, debía sobrevivir, sonrió con su característico dejo burlón y cínico.
── Pero bueno, esto es lo que es y los beneficios que obtengo me impiden querer cambiarlo. Creo que seguiré la fiesta en otro lado, mañana ──guiñó un ojo── quizás venga y cumpla mi promesa de sembrarte el heredero ¿No es lo que soy? Cien millones de libras, al menos nadie puede decir que no pago mis malditas deudas ¿Verdad, querida?
Cuatro grandes zancadas y Edward Cullen desapareció de la enorme habitación.
Lo escuchó alejarse por el pasillo con el corazón en la mano y cuando estaba segura de su partida, se deshizo en llanto.
Oh sí.
Un día ella pensó que él era su redención como mujer cruel y sin embargo no fue así, el tigre no cambia su pelaje, sólo envejece en maldad.
Ella había vuelto.
Ella lo había destrozado.
Ya no había vuelta atrás.
En medio segundo, él estaba de nuevo en las calles, la oscuridad de la ciudad ocultó su tristeza, caminó con elegancia y miró hacia la ventana, un suspiró desgarrador salió de su pecho.
Todo por nada.
Todo por aquella mujer, sangre, alma, corazón ¡Todo! Humillado, ofendido, celoso y amando a la maldita que permitió que él, el tahúr, llegase hasta el final del juego para después, escupirle en su cara.
Amar, amar a muerte, jugar y apostar, perder y morir.
Se recostó en una de las paredes de la calle, bajó la cabeza y colocó sus manos sobre sus rodillas.
── ¿Qué me pasa contigo, bruja? Muéstrate un momento por esa ventana y me arrodillaré ante ti.
Pero él sabía que ella no lo haría, no lo haría jamás.
Respiró y el olor impregnado de ella estaba por todas partes, como una revelación venida de una consciencia de amor eterno, Edward Cullen entendió que podría estar lejos, que podrían pasar años, mares, desiertos y lejanías y él estaría con el olor de Isabella en todo su cuerpo.
En su interior estaba desangrado y agonizaba como un triste animal moribundo.
Dio dos pasos… y se perdió en la noche.
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Alice lo vio salir, vio su rostro hermoso y duro, esperó unos minutos, agarró la lámpara de la cocina y caminó en silencio escaleras arriba, se paró frente a la puerta.
── ¿Isabella? ──no escuchó contestación
── ¿Señora? ──y de nuevo el silencio, sin recibir un llamado Alice lentamente entró a la enorme habitación.
── ¡Dios! ── y allí estaba su ama desnuda con su cabeza enterrada entre la almohada. Colocó la lámpara sobre el pueblo del tocador.
── No digas nada, Alice ──Isabella habló con lentitud── no necesito eso ahora.
El ama de llaves respiró con fuerza, sabía que no podía decir nada, ya todo estaba hecho, el ¡Te lo dije! sería echar sal a la herida. Recorrió el cuerpo desnudo de su ama ──que en aquella cama parecía tan hermosa y vulnerable── y rápidamente buscó un manto para cubrirla. Isabella, quien se aferraba a las sabanas, parecía no aspirar el aire.
La habitación olía a esencias, a perfumes mezclados y a erotismo violento. Entendió que allí había ocurrido algo doloroso tanta para su ama como para aquel hombre que ostentaba el título de esposo.
Con lentitud caminó, con el manto en las manos, hacia la mujer que tensa, con su cuerpo de porcelana, parecía perderse en la cama de sabanas de seda color rosa pálido ──era como ver la hermosa e inquietante pintura que se guardaba en el enorme desván de la mansión── extendió el cobertor y cubrió el cuerpo de su amiga.
── Hace frío, querida.
── No importa.
── Era sólo decir que no, Milady.
Isabella levantó su cabeza y Alice ahogó un gemido, su amiga frente a ella, era todo llanto y rabia, toda decepción y crueldad; la luz del candil mostró unos chupetones en su cuello y senos, sí, porque allí también había una mujer toda lujuria y deseo.
── No, ni él ni yo podemos decir que no, está más allá de quienes somos, él conoce todo de mí, y yo conozco todo de él, sin embargo estamos condenados, yo no perdono su engaño y él no perdonará que yo, la princesa encantada, lo haya atrapado. Somos bestias salvajes, furiosas, que irremediablemente, caminamos hacia el fin. No sabemos amar, solo sabemos destruir.
La pequeña mujer de servició se sentó en la cama y quitó un mechón de cabello de la cara de Isabella.
── ¿Y qué pasara después?
Bella calló, ocho años de hipocresía y en una sola noche todo su mundo de falsas apariencias había colapsado. Ya no tenía por qué fingir, entendió que al final su pasado la alcanzó y que por más que ella se esforzara por ser alguien diferente, las consecuencias de sus actos siempre la alcanzaban. Entendió que su deseo de cambiar había sido un acto fatuo y estúpido, porque ella, realmente, Isabella Swan, estaba apegada a aquella mujer de su juventud y que aquella mascara que había cubierto su rostro solo le había permitido medio vivir ilusoriamente todos estos años. Era eso, sólo una máscara, una triste ironía, ella había deseado a Edward Cullen para que la liberara y eso hizo, la liberó de cruel manera.
── Estoy tan cansada de todo Alice, pero debo seguir.
── ¿Por qué? ¡Dios santo!
── Porque no hay otro modo, no lo hay, yo busqué esto, Edward también lo hizo y estamos aquí para destruirnos o para convertirnos en seres humanos.
── ¿Desgarrándose?
── Quizás sí.
El ama de llaves posó su mano sobre la cabeza de Isabella, lo sabía, todo ellos eran crueles y no sabían cómo ser algo más.
Se estremeció y pensó en Jasper, cerró los ojos por un momento y rogó a los hados de los cielos que pudiese sobrevivir.
── Adiós, querida ──se inclinó y besó el cabello de Isabella── me voy mañana.
── ¿Me vas a abandonar, Alice? ──el rostro de la mujer fue impasible.
── Debo irme ──la mano de Isabella atrapó con fuerza la propia, Alice sollozó── has sido mi familia, mi única familia madam, yo la amo con todo mi corazón ──besó los nudillos delicados── pero debo irme, es hora Isabella, nunca en verdad me necesitaste querida, eres demasiado fuerte, demasiado dura y demasiado cruel y sin embargo yo te amo, mi padre decía que a veces seres como tu están malditos.
Oh el viejo vicario y su bondad de hombre puro.
── Están condenados a que los amen a pesar de quienes son. Jesús amó a Judas y Dios amó a Caín.
── No digas eso.
Alice se acercó a ella y susurró en su oído.
── No lo niegue madam, la han amado a pesar de quien es, él la amará así ¿No es eso lo que desea? No sea hipócrita conmigo.
Los brazos desnudos de Isabella abrazaron con fuerza a la delgada ama de llaves. No le diría que la amaba, no podía, sin embargo sabía que Alice Brandon no lo dudaba.
── Sobrevive Alice, no permitas que te destruyan, no lo permitas, yo estaré siempre para ti, eres mi única familia también.
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La medianoche en Londres llegó, y Edward recién casado se escondía en la habitación del burdel de Esmerald Platt quien lo vio llegar con su rostro duro como la roca, tomar una botella de whisky y pararse en las escaleras de la casa de lenocinio y decir cínicamente.
── La primera ronda va por mi cuenta ¡Me he casado! Que todos celebren ──y desapareció para emborracharse a solas y a oscuras.
Big Ben.
Nueve de la mañana.
Alice sentada en la cocina, con sus valijas esperaba a que dieran las diez campanadas, vestida de negro, con su cofia oscura sólo esperaba que todo fuese rápido, ya no era el ama de llaves, ya no era nada en aquella casa enorme de Kensington que durante siete años rigió con mano dura e implacable. El ejercito de sirvientes no la miraban a la cara, al menos el viejo Oscar se había ido con Charles Swan y no tendría que soportar sus ojos azules que sólo destilaban desprecio.
── ¿Y ahora, quien será la nueva ama de llaves? ──una de las mujeres preguntó, todas a excepción de Susy aspiraban al cargo, la chica regordeta se escondía, ella era demasiado nerviosa y tonta para ese puesto, sólo deseaba que la dejaran en paz y hacer lo menos posible.
Alice se burló por lo bajo, desde ese día verían a madam diferente y desde ese día verían quien era la real fuerza en esa casa.
Todos estaban pendientes de la mujer que esperaba el sonido del carruaje que la llevaría lejos de allí, la envidiaban, nunca había visto nada como aquello, las jóvenes suspiraban por lo bajo, las más viejas la odiaban en ese momento, Alice subvertía todos sus supuestos y por no tener conciencia de clase, sólo deseaban verla fracasar.
A los pocos minutos Dolly, otra de las sirvientas de la casa, entraba a la cocina con ojos como platos, asustada ante lo que acababa de ver. Alice sonrió para sus adentro, si algo sabía sobre las demás señoras del reino era que en la cocina, el mundo de los chismes se levantaba con fiereza. Si, allí se sabía toda la vida de las casas de los aristócratas. La cocina era el lugar donde los sirvientes hacían de las suyas con los amos, la cháchara estaba servida y era lo único que los mantenía a raya y conformes con la suerte que les tocó vivir: en el chisme igualaban y rebajaban a los ricos.
── ¡Oh! madam Swan ──la chica brincaba── ¿o Cullen? ──resoplaba── ¡Dios mío! Esta vestida de manera escandalosa.
Alice cerró los ojos, presentía hacia donde iba su amiga.
── Y no vi a su esposo por ningún lado.
── ¿Cómo vestía? Ahora que no es doncella quizás deje de vestir de manera tan horrible ──una picara chica de pecas suspiró.
── ¡No! ──Dolly se llevó sus manos a su pecho── está vestida con pantalones y chaqueta ¡Como un hombre! y ¡Fumaba! Milord no está por ninguna parte.
La pequeña miss Brandon quería escapar de allí.
── ¿Se ha vuelto loca? ──la cocinera gritó── eso le pasa por contraer matrimonio con ese hombre, tantos hombres y se casa con el peor.
── Pero es el más guapo ──las jóvenes suspiraron.
── Es un maldito tahúr.
Alice levantó su recia y menuda barbilla.
── ¿Por qué no cierran sus estúpidas bocas? ──el grito duro de la mujer levantó a todos de sus puestos── ¡Tienen trabajo que hacer!
── Ya no eres el ama de llaves, Alice ──la enorme cocinera se le enfrentó, la vieja mujer── ya no mandas aquí, Alice.
La aludida sonrió.
── Oh querida, tú tampoco lo harás, no sueñes, no habrá ama de llaves.
── ¡Es imposible!
── No lo es, hoy cambiaran muchas cosas en esta casa y si no cierran sus tontas bocas en unos días la mitad de todas ustedes estarán en la calle, y querida Charlotte ──se le enfrentó a la mujer que parecía no poder con su humanidad── si algo abunda en este país es sirvientes, así que ¡Cállense! ella ──señaló la puerta── no soportará que alguna de ustedes le falte al respeto, no la conocen, ahora ella es la dueña y el ama de esta casa y si aprecian este trabajo es mejor que bajen la cabeza.
── ¡Ja! Miren quien lo dice, la que se irá de aquí para ser la ramera de Lord Jasper.
── ¡Charlotte! ──Isabella, desde la puerta de la cocina, vestida de manera masculina, pantalón, sacoleva y su cabello recogido en una trenza baja miraba a todas las personas en la cocina── ¡Silencio! ──Bella sintió las miradas sobre su persona, ya no tenía miedo de nada, en la noche en, medio de la tristeza, la decepción y la crueldad había dejado quien era atrás. Era hora de un cambio, aunque esto le trajese la tormenta.
── Alice, el carruaje te está esperando cariño ──le sonrió, la amiga agarró su humilde valija y se alistaba a salir por la puerta trasera── Miss Brandon, salga por la puerta principal, Dolly, toma su valija y acompáñala hasta la salida.
── No es necesario, Milady ──la pequeña Alice bajó la cabeza y se sintió conmovida.
── Lo es.
Ninguno de los sirvientes se movió, estaban demasiado aturdidos con la presencia de la antes silenciosa ama y con su vestuario, y estaban más sorprendidos con el hecho de que ella validara la desvergüenza de la sirvienta.
── No voy a repetir la orden, Dolly, acompaña a Miss Brando a la puerta y asegúrate que quede bien instalada en el coche ──jugando con la chistera en sus manos── ¡Y ustedes! ni un solo comentario si no es para despedirse y desearle buena suerte o, mañana mismo todos buscaran trabajo entre Brabante y Greenwich street.
En la cocina parpadearon, nunca había visto semejante desfachatez y jamás habían escuchado a la frágil Milady hablar de esa manera. Dolly bajó la cabeza y caminó en silencio, Alice dio una mirada larga a quien era su mejor amiga, se hizo frente a ella y le dio un beso en la mejilla y en silencio le dio las gracias── cuide su corazón madame, cuídelo, quizás sea lo único que la salve.
Agarró su pequeño bolso de mano y, con reparo, dejó que Dolly tomara su humilde valija, en ella iba todo lo que poseía: tres vestidos, dos de ellos oscuros, un peine de carey ──que era herencia de su madre── varias fotos de sus viejos progenitores, y sobre todo, la adorada Biblia de su padre, el vicario. Esas eran sus pertenencias y eso creía que allí ella llevaba. Sin embargo, en una hora de la madrugada ──y eso lo vería cuando ella desempacara── su ama, entre el dolor por su matrimonio fracasado y la inquietud por su partida, puso en una pequeña cartera, mil libras para ella. Casi una fortuna, simplemente, para decirle que la amaba y que agradecía los seis años en que ella había sido la única que la acompañase en aquella mansión donde sólo hubo soledad y asfixia.
La vio partir, caminar orgullosa con sus pobres propiedades y perderse en los pasillos camino a su nueva vida. Respiró profundo y con ojos de gata le habló secamente a la servidumbre que, desde el silencio, la juzgaba.
── De ahora en adelante, señoras y caballeros, esta casa será manejada por mí, yo diré que se cena, y diré quién se queda y quien se va, no soportaré faltas de respeto ni conmigo, ni con mi esposo ──si, porque la única que debía castigarlo era ella.
── Una mala palabra, un gesto grosero o cualquier impertinencia con la familia Cullen ──todos bajaron la cabeza, había murmurado sobre Rosalie y su esposo Emmett── será inmediatamente despedido ──dio dos pasos pero se detuvo y no miró hacia la servidumbre── Miss Alice siempre será bienvenida en esta casa y será mi invitada.
Esperó por unos segundos a que cualquiera hiciese el mínimo movimiento o emitiera un bufido de burla, pero nadie lo hizo.
── ¡Sussy! Avísele al cochero que en media hora necesito el carruaje en la puerta principal. Iré a la fábrica de textiles y volveré al terminar la tarde. Quiero que a mi regreso la mansión esté reluciente y sin huella alguna de la fiesta de ayer. George ──indicó a un hombre de mediana edad, rubicundo, que no pasaba del metro setenta de altura── usted, de ahora en adelante, se encargará de mi señor esposo, vaya con las asistentes que necesite e instala todas sus cosas en la habitación contigua a la mía. Necesito que se esmere en su trabajo, a la primera queja que Mr. Cullen tenga de usted, lo mando a la calle sin contemplaciones.
Todos observaron al ama ¿Acaso no tenía una luna de miel? ¿Acaso se había casado con el hombre más bello de Inglaterra para ir al otro día a trabajar a una fábrica? ¿Él, su marido, no manejaría su fortuna? Y sobre todo ¿Por qué ella no se comportaba como una dama recatada que finalmente había pescado a un marido ideal que la validara?
Según todos, Milady Swan, en el momento en que había dicho si en la enorme abadía ──y como todas las mujeres decentes── debía dejar de ser y existir como un individuo, porque ya era la sombra del esposo y él era el dueño de su destino.
Era la ley.
Era la tradición.
A las afueras de la enorme casa en Kensington, el carruaje de Lord Whitlock se estacionó, Alice lo vio a pocos metros, por un momento quiso devolverse y volver a su rutina de sirvienta y no salir de ella jamás, tal vez ese era su destino ¿Quién era ella para contravenir una tradición? ¿Y si su vida estaba de lado de los sirvientes, de los que bajaban la cabeza, de aquellos destinados a decir siempre que si ante una orden? Eso era más fácil, su ataque de cobardía justificaba todo aquello que antes odiaba porque la alejaban de Jasper. Su pequeño píe derecho fue hacia atrás, ella dudaba, tenía miedo ante lo que se le venía encima y ante lo que tendría que soportar Jasper.
«Devuélvete Alice Brandon, hay leyes pequeña, las leyes del señor que dicen que los humildes deben quedarse en silencio porque el cielo es de aquellos que aceptan su condición».
La voz del padre en el pulpito alentando a todos a seguir los caminos de la sumisión y de la humildad.
Por un segundo…
Ella…
Y de pronto la puerta del lujoso carruaje se abrió dando paso a una mano enguantada y a una melena rubia acompañada de aquella sonrisa que ella amó desde niña ¡Oh sí! frente a Jasper Whitlock, el piadoso vicario Dominic Brandon y sus sermones, siempre perdían.
Alice saltó presa de la emoción y corrió hasta el carruaje ── ya no había cobardía ── soltó una carcajada al ver como enredaba su bastón al tratar de salir rápidamente por la angosta puerta, y al ver como Jasper también sonreía y la esperaba con los brazos abiertos.
── Viniste, mi amor ──ella penetró dentro del carruaje y permitió que su amor de niñez y de toda la vida besará su riguroso cabello oscuro── por un momento lo dudé.
── Yo siempre estoy contigo, siempre Jasper.
Ambos se separaron, las miradas aceradas de ambos se comunicaron, hablaron entre mirada y parpadeos, estremecimientos y respiros.
── Seremos felices Alice, te lo…
Mas la mano pequeña y simple de la mujer cubrió los labios de su amante.
── Shiiss cariño, sólo estoy aquí, hoy trece de octubre de 1890, estoy aquí, mañana no importa, será lo que tiene que ser.
── Somos tú y yo.
── Como siempre.
── Como debió ser desde el principio Alice ──tomó su mano y besó los nudillos delicados de aquella chica de ojos grises que era, es y sería la dueña de todo su mundo.
── ¿Tienes miedo, cariño?
Para Alice hubiese sido fácil mentir, decirle que estaba aterrada de aquel paso en su vida, pero ella era fuerte, muy fuerte, sólo había algo que la debilitaba y eso era precisamente el hombre que tenía frente a ella. Con los años Alice Brandon entendió que el amor era un remolino de dolor, ausencias, deseos y hambres, ella quien siempre fue una hija legal, decente y moral se vio en el ojo de una pasión que no se medía y que ella sólo debía cerrar los ojos y permitir que la pasión arrasara con ella, sea en la memoria, en el recuerdo o en la oscuridad de un hostal de mala muerte, ella a los treinta años de edad entendía que ya no podía decir que no, porque años y años tratando de luchar con la lógica, la moral y los predicamentos de su viejo padre, ella a lo único que realmente temía era a que Jasper Whitlock la dejase de amar.
── Tú me cuidas.
Jasper sonrió, una hilera de hermosos dientes blancos relumbró en aquel rostro que en ese momento volvía a tener la cualidad que ella tanto amaba, era el rostro de un niño vulnerable que no sabía cómo pedir un beso a la chica que amaba.
── Yo te cuido mi amor, yo lo haré siempre, a partir de ahora ──un beso dulce, sin toda aquella pasión que siempre era el sinónimo de ambos, fue el beso del pacto entre los dos.
Jasper sacó una mano por la ventanilla del coche, dio un golpe y al instante el carruaje comenzó a hacer su camino por las viejas calles de Londres.
Isabella desde la puerta los vio partir, algo en ella se fracturó como si en el momento en que el carruaje se perdía de su visión, ella perdiese algo muy importante; respiró como si el aire en sus pulmones fuese el paliativo para que la tristeza y la melancolía que la embargaba pudiesen ser enterradas en su interior.
Sin embargo no podía, sólo era llevar sus dedos a su boca para sentir los besos que en ellos estaban impresos. Besos como furia, y besos como fuego, y besos de rabia, y besos en todo su cuerpo, besos que estaban aleteando en sus pezones, y besos que aleteaban en su vientre, manos y dedos, manos y boca que le dieron placer, manos y bocas que la traicionaron y ofendieron, cuerpo, sudor, y músculos contraídos, posesión en lo más adentro de su cuerpo, él se movía aún en ella, Isabella aún lo tragaba en toda su rabia y hambre, aún olía a él, aún podía escucharlo gemir y gritar, aún podía sentir el aire caliente sobre su rostro y el susurro de palabras en su oído, si, él aún en toda su maldita, loca y traicionera piel.
Oh sus amantes, todos ellos desde su memoria, ellos que la odiaban, todos ellos aplaudían, al final ella había cabalgado ese caballo, había podido escupir su rabia y había hecho de sí misma una daga para herir mortalmente el ego de aquel pavo real y traicionero, sin embargo, ella estaba allí como una niña pequeña esperando que ese hombre apareciera en su puerta y sonriera con su mueca de burla divertida, ella que lo esperaba para seguir el juego de la indiferencia, ella que lo esperaba con el corazón en vilo, sólo verlo, sólo verlo para encenderse, verlo para sentirse viva de nuevo.
Viva aunque fuese odiando…viva en el amor peligroso que está en las orillas de los acantilados de la locura.
¡Dios mío!
Isabella Swan en los años de mascaradas en Londres había muerto, la obra de aquellos años la había llevado a los cementerios del no sentir, sólo fue un fantasma con melancolía de carne y de pronto encontró el hálito para volver un poco, ojos verdes, perfume caliente, voz de terciopelo y lujuria latente y de un momento para otro ella se levantó de su pasado y volvió, volvió con todo lo que ella era, y volvió peor.
Volvió con su lujuria por vivir, con su deseo de tragarse la vida, todo el maldito vino, de correr desnuda en un caballo negro, volvió imperiosa, mala y llena de lascivia viva.
Y quien la regresó de la inercia, era el mismo que sólo había visto en ella una yegua, un boleto de entrada a la sociedad, un seguro a la vida acomodaticia que tanto odiaba.
Un espasmo la recorrió, sin embargo el maldito era hermoso y su cuerpo lo extrañaba, él dentro de ella y simplemente todo era calor y deseo.
Aún estaban en la casa el recuerdo de su boda y sólo deseaba escapar, esperaba el carruaje y miraba los jardines y la puerta.
¿Dónde estaba?
Con Tanía, con Lauren, con cualquiera, era tan simple para Isabella Swan, Edward era un luchador y un sobreviviente, él sonreiría ante su desprecio, se burlaría del intento por tener un poco de dignidad en medio de aquel trato y como todo hombre él se perdería entre la hipocresía reinante.
Y ella no lo permitiría.
Ella estaba allí para hacerle saber que era algo más, mucho más.
Caminó hasta el espejo del pasillo, oh si mujeres, amantes y rameras de Londres, él las tenía a todas a sus pies, sin embargo él debía pelear por ella, por su corazón, él debía luchar por que los cien millones de libras fuesen retribuidas con creces, el trato era el trato, corazón a corazón, la amaría así, como ella era, sin máscaras y con todo el pasado aterrador que ella sostenía sobre sus espaldas.
── Milady ──la voz de una de las mujeres de la servidumbre la llamó── su coche.
Fue hasta el despacho de su padre, ese era un nuevo día, mes atrás se soñaba en un viaje con su esposo, dejando una ciudad de niebla atrás, una luna de miel, un escape feliz, un desatar su corsé y sus cabellos y respirar libre sin que nadie pudiera juzgarla.
Nada valió la pena.
Ni siquiera soñar con que podía ser buena.
Ese era el primer paso.
Su padre pondría un grito en el cielo, y Lady Catherine aún con su jeta cerrada por la imposición impuesta por ella, levantaría una copa de vino y diría:
«Sabía que la niña estaba loquilla, al final sólo es la hija de Renée, una desvergonzada»
Oh si ella permitiría que todos se elevaran sobre ella con su falsa moral.
Pero ahora no le importaba.
Pasó de lado de la mujer quien bajaba la cabeza luchando por no mirarla con ojos estúpidos.
── Mi esposo.
── ¿Si, madam?
Isabella cerró su boca y continuó su camino hacia el carruaje.
El fuego ardería, Alice y ella harían que Londres victoriano fuese el centro del escándalo, una epifanía, un presentimiento… frente a ella el presente y el futuro y la imagen de que en aquellas tierras terribles ambas mujeres estaban destinadas a ser parías y a ser malditas.
Editado por XBrontë.
A todas las que se acercan a esta historia, las que leen y dejan sus comentarios muchas gracias. Esta historia está llegando a un punto muy importante, el cual desencadenará la etapa final de ella. Habrá capítulos muy cortos, ya verán donde, por lo cual en la numeración del FF el fic se verá largo, sin embargo no lo será, esperen y entenderán mis extraños enredos.
Gracias.
