Los personajes le pertenecen a Meyer.

Historia debidamente registrada bajo las leyes de derecho de autor.


FALSAS APARACIENCIAS

Capítulo 34

Bebió como un poseso toda la noche, a oscuras en el cuarto del burdel, repasó el último año de su vida, cada acto, acción y pensamiento y cada uno de ellos estaban siempre centrados en aquella bruja.

Miles de escenarios y miles de situaciones donde él hubiese podido cambiar las cosas. Trataba de recordar la primera vez que la vio y no podía hacerlo, ella era un rumor, la torpe y oscura hija del viejo y muy millonario lagarto de Charles Swan, la heredera aburrida que vivía entre dos mansiones encerrada y que tartamudeaba cuando algo le preguntaban, la que se escondía entre abanicos, a la que él nunca ― ni por el brillo deslumbrante de todos sus millones ― volteó a mirar.

Años a un lado de ella y nunca fue importante.

Ahora lo era todo, todo y más.

Y ella lo odiaba. Ella lo amaba y lo odiaba, y él lo sabía, lo entendía.

Ahora, se cobraría cada indiferencia, cada mal comentario, cada desdén. Y sobre todo, se cobraría del hecho que levantó sus ojos hacia ella motivado por todas las malditas razones incorrectas del mundo y no por un sentimiento profundo y real.

Tembló de repulsión. El asco que sentía por sí mismo no podía ser mayor.

Si Alistar Sinclair ── perro maldito ── no le hubiese propuesto pagar su deuda de esa manera tan canalla ¡Jamás! jamás hubiese mirado a la solterona de Isabella Swan.

¡Nunca!

Por eso en su cuerpo bastardo, a pesar de toda la furia que ella cernió sobre él, no había una maldita gota de arrepentimiento. Sin esa canallada, el tesoro de Isabella Swan habría seguido oculto entre sus abanicos y él estaría, sin duda, profundizando su rol de granuja y sinvergüenza en cuanto dormitorio o casa de juego de Londres que se lo permitiera.

La amaba, y era un hombre ahora, con todo el amor lleno de espinas que recorría su exacerbada sangre. La amaba. Y estaba endemoniadamente celoso.

Celoso de todo lo que aquella mujer ocultaba, celoso de que ella hubiese hecho de sí misma una urna, celoso de que aquella mujer tuviese un pasado en el que él no estaba presente.

No era virginidades lo que le importaba, era la posesión del corazón. Ella y aquellos hombres, y él era uno más. Sentía una horrible y aterradora sensación de nimiedad, Edward Cullen ― vanidoso y pavo real ― por obra y gracia de una princesa encantada, estaba convertido en nada.

Tomaba la botella con tal fuerza que estuvo a punto de hacerla estallar.

Los celos lo mantenían despierto y le daban tal grado de lucidez que no importaba cuanto licor ardiente entrara por su garganta y quemara sus entrañas, él no se emborrachaba. Los celos ― monstruo de ojos verdes que lo vigilaba y lo hacía enfurecer ― lo tenían en vela recordando cómo ella, esa mujer, en la noche anterior, entre el infierno y las recriminaciones, entre las palabras de furia y la decepción, le dio momentos de placer que todavía no puede olvidar.

Caminó por el cuarto, estaba sin camisa, descalzo, y con el cabello revuelto que caía desprolijo por su rostro y frente ― era un animal ― la cadena de oro, regalo de su padre, colgaba de su cuello, en los arranques de recuerdos y de celos la, tomaba y la halaba para así controlarse y no volver a la casa en Kensington a tomar a la que firmó como su esposa y arrancarle de su boca ― roja, mala, letal y hermosa ― el te amo que esperó durante todo el tiempo en que estuvo dentro de ella.

¡Demonios!

Podía verla,

Su piel reluciendo bajo la luz del candil, el cabello largo y sedoso que parecía una cascada cayendo sobre su espalda, su cuerpo desnudo, sus senos bailando mientras él entraba y salía de ella, su culo redondo ¡Dios! ¿Quién podría saber que semejantes tesoros Madam Swan guardaba en sus recios ropajes?

Y él estaba loco y la deseaba. Todo su deseo ardía en su corazón y en su verga caliente, allí era como si kilos y kilos de pólvora estuviesen por estallar.

Escucharla.

Recordar la furia con que ella lo había tomado, sentir como ella lo había cabalgado ― amazona erótica y endemoniada ― como sus ojos oscuros lo observaron con destellos de rabia y placer.

Ella era tóxica, era opio y no podía dejar de pensar en ella.

Se sentía ridículo, durante meses ― sabiendo que Isabella no era virgen ― se hizo a la idea de que la primera noche con ella sería de dulzura y pasiones controladas, nada tempestuoso, sólo besos y caricias. Se dijo que sería tierno ¡Un maldito caballero! Que se contendría para que su amada Isabella pudiese acomodarse a sus deseos. Que con besos y arranques pasionales haría que ella se acostumbrarse a sus instintos de animal lujurioso y a su sexo enorme ― su jodido orgullo de Casanova ― que hambriento, esperaba por ella ¡Estúpido!

Era un real idiota, se dejó llevar por los convencionalismos y prejuzgó porque él ― que la había presentido en toda su dimensión ― no quiso ser consciente de quien realmente era Isabella Swan. Fue un maldito arrogante cuando se cerró a la posibilidad que aquella bruja maligna era una maestra, una cazadora y que obviamente no necesitaba ternura ni mohines de romanticismo cursi que pretendió darle.

Ella no era mujer de ese siglo, ella era una igual.

¡Oh! y los celos volvían con más fuerza, y la inseguridad que nunca había tenido en su vida como experto lascivo lo tomó por completo ¿Y si él no era nada? ¿Si él frente a los fantasmas de todos sus amantes fuese otro un niñato sin gracia más? ¿Y si para ella, que venía de un mundo desconocido, es soporífero y empalagoso? Y, comparado con otros ¿Una total decepción?

Bebió de la botella y las preguntas e incertidumbres lo hicieron maldecir por lo bajo y estrellar la botella de whisky contra la pared.

Todo resonó

Se sentó en su cama ¿Dónde iría? Al parecer, su casa no era lo apropiado, Rosalie estaba tan feliz con el enlace ― finalmente su adorado y tunante hermano había encontrado su lugar en el mundo ― que no quería estropearle la dicha. Esperaría a que su hermana y su cuñado estuviesen de nuevo en Forksville, ahí Emmett se haría cargo de la cuadra del gran castillo a la espera del nacimiento de su hijo. Sonrió por aquello, al menos había salvado a su hermana y a su sobrino, al menos fue leal con los de su propia sangre y evitó que su delicada hermana sufriera por el simple hecho de haberse enamorado de alguien que nunca estuvo a la altura de los supuestos sociales. Rosalie y el pequeño, libres de la crueldad en que ambos habían nacido. En unas horas, tomarían el tren hacia la villa, Rosalie partirá tranquila, pensando que su hermano era un hombre feliz y él no podía defraudarla. No podía, por ahora sacarla de su error.

Llevó sus manos a su rostro, estaba agotado de todo, cansado, excitado y con la abrumadora sensación de que estaba condenado por aquella mujer, y que día a día él se consumiría por el deseo de poseerla en toda su geografía y por los celos que lo hacían débil y poco hombre.

Él siempre fue el ganador en los corazones y alcobas de las mujeres, ahora no era nada, nada frente a ella.

¿Qué le quedaba? ¿Qué debía esperar?

Sólo estar irremediablemente atado a ella, ser un jugador en el juego que Isabella le imponía, demostrar que Edward Cullen podía borrar de su cuerpo y de su memoria a cada uno de lo que la habían poseído, convertir su ruina en la fuerza que lo llevaría a convertirse en alguien mejor.

Miró su reloj de oro.

Tres de la tarde, horas que fueron eternas. Esmerald mandó a la pequeña pelirroja a que le sirviese algo de comer, pero él se negó, la chica le brindó una mirada vivaz y llena de esperanza, pero éste no se dio por aludido, o quizás ni siquiera se dio cuenta, estaba estacionado en la noche anterior y tenía en todo su cuerpo el olor, el calor y los gemidos ahogados, reconcentrados, de su mujer. Pateó con fuerza y el sonido hecho por sus botas fue feroz, su vanidad estaba en el suelo, Isabella quizás no ahogó nada, ni sintió nada. Quizás, él no era el jugador que siempre creyó ser.

¡Maldición!

¡Maldición!

Una competencia entre tus fantasmas y mi deseo por ti…

Salió del cuarto, caminó por los pasillos vestido con su perfecto y elegante traje de boda, en uno de los cuartos escuchó el sonido de dos cuerpos que se ayuntaban, la mujer gritaba y el hombre gemía como un animal que agonizaba, sintió envidia, le correspondía a él, sólo a él estar agonizando, gritando y gimiendo dentro de su mujer, y debía ser ella ― Isabella ― la mujer desnuda, rendida, entregada que estaba permitiendo ser destrozada.

Todas sus amantes.

Tanta perversión y al final entendió la extensión de ese concepto del cual se burló por años: hacer el amor con una mujer era mucho más que un orgasmo eficaz y una pérdida de los sentidos.

Tenía envidia.

Tenía celos y estaba ― ese día y a pesar de todo ― más enamorado que nunca.

Esmerald no dijo nada, el muchacho era todo salud y cinismo, lo observó por lo bajo y espero que él le contase lo que había ocurrido. Días atrás, Edward juró que no volvería más a su burdel, pero como mujer experimentada, entendía. El mundillo privado de los aristócratas era así, la tradición aterradora lo estipulaba: los hombres desvirgaban a sus esposas y luego, corrían hasta las putas para descargar sus impúdicos deseos, ellas estaban para eso, para hacer y decir lo que ninguna mujer decente podía. Esme conocía los códigos de aquella sociedad, si se deseaba placer y libertad no podía desear respeto y seguridad, se sacrificaba una en pos de la otra.

Las cortesanas gritaban y exigían placer y gozo, mimos y caprichos cumplidos, pero nunca tendrían respeto ni serían las amas de casa y las amas de casa no podían gemir ni gozar pero serían madres, serían las respetadas y respetables, bajo los códigos cristianos y morales. Para suerte de Esme, la vida era así, gracias a eso ella era una mujer rica, su fortuna estaba labrada sobre los códigos de placer y deseo en Londres.

No era una cuestión moral, sabía que nadie era feliz, pero ella deseaba que Edward lo fuese y esperaba que pudiese liberarse de las leyes impuestas por aquella ridícula sociedad, pero no, no era así, no lo era.

Un carruaje lo esperaba a las afueras de la gran casa de lenocinio, no caminaría por aquella ciudad a esas horas del día, eso sería arriesgarse innecesariamente, no le daría el placer a los que apostaron en su contra, y especialmente, no permitiría — no aún — que Alistar Sinclair y Tania Denali supieran que él estaba, a pocas horas de su matrimonio, derrotado.

Las puertas de la mansión se abrieron y dieron paso al carruaje, pagó al cochero y una de las mujeres del servicio corrió a abrirle, ésta no lo miró a la cara, aunque la mayoría del servicio eran del sexo femenino ninguna y después del que vieron a su nueva ama con rostro duro y amenazante diciendo que despediría a todas, mucho menos, pero ¡qué diablos! Ese hombre era hermoso, una burla por lo bajo, el padre de madame había comprado un buen caballo.

La casa relucía, ni una sola huella de que horas antes allí se celebró una boda.

George, el valet, con gesto adusto se acercó a él e intentó ayudarle a quitar su capa, Edward fue reticente al gesto.

— Es orden de madame señor, soy su nuevo valet.

No contesto, el hombre regordete hizo el gesto de sumisión como todo buen sirviente y le ayudo con su vestuario.

La buscó desesperado con la mirada, desde hacía meses estar cerca de ella electrizaba el aire, su olor a miel, canela y flores de lavanda era glorioso y particular tanto como su olor a sexo caliente y a mujer divertida que hablaba en francés. Escucharla reír con desenfado de sus bufonerías, malicias y cinismo escabroso era excitante, nunca había sido tan libre en su vida, ni siquiera con Tania lo fue, su amante pelirroja era una mujer ignorante con quien se follaba muy bien, pero que en realidad era vacía y sin gracia, no como Isabella.

— ¿Mi esposa? — le gustaba como sonaba.

Susy se enfrentó con él escaleras arriba, las hormigas que eran aquellos sirvientes estaban en silencio, algo en el aire les decía que en aquella casa se avecinaba una tormenta y que era mejor estar con la cabeza agachada y no musitar una sola palabra.

— Le diré a George que le preparé la tina señor — la mujer quiso escapar escaleras abajo, pero el brazo de Edward la retuvo.

— ¿Dónde está mi esposa? — su voz fue plana, ninguna emoción aparente, pero por dentro ardía, quizás ella se había ido, fugado ¡Con uno de sus amantes! ¡Con el maldito de la carta! ¡Oh no! ¡La buscaría por todas partes! ¡Mataría al infeliz! — ¿Se fue?

La joven mujer parpadeó, se sonrojó ante el toque salvaje de ese hombre en su brazo, no le salía la voz ¿Por qué tenía ella que trabajar en aquella casa de locos?

— Ma… ma… madam salió esta mañana.

¡Demonios! ¿Podía ser la niña más tonta?

— Ya lo sé, Susy ¿Pero dónde? ¿Salió con maletas?

Oh bruja si lo haces me como tu corazón…

— ¡Oh no, señor! No, ella salió y dijo que iría a la fábrica de textiles.

El hombre retiró la mano del brazo de la jovencita, era toda impaciencia y curiosidad

— ¿Fábrica de textiles?

— ¡Oh sí, señor! — Susy con ojillos vivaces no podía rehuir un buen chisme —esta mañana señor.

Iba a abrir la boca para contar como su ama iba vestida, pantalones, botas y chaqueta, pero al segundo se arrepintió, era chismosa pero no tonta.

— ¿Quién fue con ella?

— Sola señor, ella y el cochero señor — bajó dos gradas para huir antes que su lengua hiciese algo incorrecto — ¿Le sirvo algo, señor?

— No.

No tenía hambre, una necesidad más básica lo carcomía, y miles de preguntas lo atormentaban.

El valet lo esperaba en la parte superior de las enormes escaleras.

— Le he preparado el baño, milord.

¡Ja! Si no hubiese estado tan furioso se reiría ante el nuevo título.

No era un milord, lo había deseado y ahora escupía ante éste título.

Con voz parca el sirviente le informó que toda su ropa y pertenencias habían sido trasladadas a una habitación contigua de su esposa, lo odiaba, detestaba esa costumbre, no deseaba dormir en una cama que no fuese la de ella, no deseaba estar en otro lugar, era una maldición, ella le negaba su espacio y todo lo que Isabella era.

Asintió secamente, la habitación era enorme y masculina, su cama y las cosas de su pertenencia estaban allí, no había aportado nada a ese matrimonio, nada. Su barbilla estaba tensa y los músculos de ésta parecían estallar ante el esfuerzo de no demostrar nada ante la servidumbre, pero estaba con su sentidos a millón, un paso, un olor, la voz de Isabella caminando por la casa.

Se hundió en el agua tibia, recostó su cabeza en la madera de la gran bañera, y cerró los ojos para permitirse descansar, entre cerró los ojos, una sensación vino a él, se permitió soñar con un cuerpo que penetraba en el agua y lo acariciaba sin timidez.

¿Te gusta cariño?

¡Sí!

¿Soy hermosa, Edward?

La pregunta ofendía.

Las manos recorrían sus muslos, se sentía bien.

Bruja, bruja ¿Puedo amarte más?

Oh si, si podía.

Algo aprisionó su pecho, el olor a miel que desprendía su cabello fue picoso en su olfato, ella recostó su cabeza y pequeños besillos eran depositados de manera musical y dulce mientras ella con sus manos hacía cosas indecentes con su sexo.

Puedo hacerte feliz querido.

Era feliz en ese momento con aquel delirio.

Olvidaremos todo, nos iremos de aquí y ya nada me importará.

Edward resoplaba, el placer que sentía en ese momento con sus manos recorriéndolo de arriba abajo, atrapándolo y dándole placer eran enervantes.

Los besos continuaban y él apretaba sus ojos y tensaba su rostro ante el placer que se le ofrecía.

Un gemido largo se desgarró en su garganta, llegó tan rápido que estaba avergonzado de que aquel pequeño toque hubiese logrado aquel efecto.

Todo su semen corriendo por su blanca mano.

Quería disculparse y jurar que no sería un adolescente tonto que se perdía tan rápido, pero la escuchó sonreír divertida.

Oh que chico tan afanado eres querido.

¡Discúlpame amor!

Ella se carcajeaba con dureza, ahora no era una risa de niña graciosa, era una risa cruel que con el peso de su cuerpo lo aprisionaba en las caderas.

Siempre lo supe bastardo, siempre lo supe querido, eres un hombre sin habilidad y no tienes la capacidad para hacerme sentir nada… eres una decepción… no eres quien yo pensaba, no puedes poseerme.

Algo lo ahogó, un dolor, le falta oxígeno, abrió los ojos, estaba rodeado por agua helada. Se había dormido en la bañera con el peligro de que el agua lo ahogara. Se paró al instante, raudamente, el agua chispeó por todo el piso, estaba solo, excitado y con su dureza gruesa y alargada, que delataba cuan ardiente era el fuego que lo consumía.

― ¡Voy a volverme loco!

No era posible que Edward quien siempre obtuvo lo que deseaba estuviese así, famélico, enfermo y esperando migajas de alguien a quien él amaba.

¡No!

No era un perdedor y le aterraba ser un niño llorón y muerto de amor ¡no! Él no era eso, sin embargo presintió que ese sería el precio a pagar, eso era lo que Isabella deseaba, y eso era lo que él le daría. Sin embargo presentía que no podía ir hacia ella arrastrándose como un mendigo, ella lo mataría lentamente, Isabella le había perdido el respeto y era ese ahora el juego.

Salió desnudo de la bañera, toallas se enredaron por su cuerpo y secó perezosamente su piel, los relojes de la casa dieron las cuatro de la tarde, tenía hambre y todos sus sentidos estaban potenciados como lobo al acecho.

Su maleta estaba abierta y la poca ropa que traía estaba puesta en el gran armario dispuesto para él ¡Dios! Que miserable era, abrió la puerta del hermoso armario de caoba oscura y casi se ahoga ante lo que veía frente a él: infinidad de trajes, pantalones de la mejor tela, chaquetas, botas, camisas de algodón egipcio, sobreros, guantes, tres bastones de cedro negro, con la punta de plata y oro y en ellas el escudo de su casa, la casa Swan-Kane-Cullen.

Casi vomita de furia.

Ese era el pago, el pago de haberse casado con ella. Entendió que ella había mandado a confeccionar toda aquella ropa, el vestuario digno para ser el esposo semental de la muy insignificante Isabella Swan, con eso ella lo humillaba más, quizás si Isabella no hubiese conocido su secreto y él estuviese en ese momento si saber quién era ella, aquellos hermosos trajes le hubiesen parecido un regalo, pero no, no lo eran, aquellos le decían que él estaba allí para representar un papel y que era un insignificante ser humano que estaba siendo utilizado para ser el marido de una mujer que lo odiaba y que sin embargo para todos desde ayer en la tarde estaba al nivel de lo que ser parte de la familia Swan-Kane representaba.

Cerró con furia el armario y agarró su ropa de siempre, al menos algo de orgullo para así sentir que no tenía las botas de Charles Swan sobre su cuello ni menos el tacón de ella pisoteándolo.

Metódicamente se colocó cada pieza y al final volvió a ser él, mirándose al espejo se vio como siempre, con su belleza apolínea y su risa de cínico impenitente. Ese rostro ― y su alma de hombre lascivo, tahúr e indiferente ― lo habían arrastrado a ese momento y ese mismo rostro lo podía salvar. Por ahora, su cara y su temperamento de burlón eran sus únicas armas y estaba más que dispuesto a utilizarlas.

Algo de colonia, un poco de menta en su boca, un ajuste en su corbatín y salió de la habitación para enfrentarse a los ojos recelosos y chismosos de los sirvientes, que en el silencio, sabían que él no era nada.

Salió de la habitación, a unos pasos a la de ella, por un segundo quiso abrirla y hundir su nariz en la ropa de Isabella, pero se abstuvo ¡No era un maldito idiota! ¡No era un dramático maricón que suspiraba por las esquinas! Tres pasos lejos de aquel lugar para así evitar la tentación de agarrar las telas de los vestidos, las sabanas que la envolvían o los corsés que aprisionaban su cuerpo.

¡Algo de dignidad para Edward Anthony Cullen! ¡Por todos los malditos cielos! Él no era como aquellos amantes franceses que ella había tenido. No era como aquellos que, tan minuciosamente, el imbécil de Sinclair había narrado.

¡No! Y ¡Carajo que no! No era un niñito dispuesto a volarse la tapa de los sesos por una mujer ¡No lo era!

Antes de llegar a los límites de la escalera, respiró con fuerza, no, porque él ante todo estaba dispuesto a llegar hasta las últimas consecuencias con la bruja mala, y como todo buen tahúr la apuesta estaba servida.

La enorme mansión era un enorme espacio lujoso, los casi veinte sirvientes que allí vivían mantenían la regla de oro de toda casa aristocrática: en la planta de los amos no se escucha ninguna voz o sonido que no sea de los mismos dueños de casa.

Se escuchaba el perrillo de Isabella que estaba en el jardín y los periquillos y turpiales que cantaban en los salones de té.

Que enorme mansión ¡Que tumba faraónica!

Como un fantasma, Dolly se hizo a su lado, Edward la recorrió de arriba abajo mientras, de soslayo, observaba una pintura de alguno de los antepasados de su esposa, pudo reconocer en la mujer del cuadro los ojos oscuros y endemoniados de su mujer y dedujo que sería su madre.

Dolly llevaba una bandeja con una copa de licor, le explicó que el resto estaba en el salón azul, que allí también estaba el tabaco y que necesitaba que le diera sus marcas favoritas para mantenerlo a su disposición. También le pidió el listado de sus entremeses favoritos y sus horarios preferenciales. Era el nuevo amo de la casa y había que instruir a la servidumbre con su rutina.

No deseaba nada. No alcohol, no tabaco, no comida. Él solo esperaba.

Esperaba, con sus oídos atentos a que la mujer dueña de la casa ― y de todos sus músculos, corazón y cordura ― volviera.

Se sentó en la silla del salón azul, bebió el rojo licor y prendió un cigarrillo. Dolly lo miraba atenta a sus requerimientos, vio como cruzaba las piernas y aspiraba el tabaco, era todo un Lord, de estampa y actitud, sin embargo encontraba que algo en su rostro no encajaba y que la asustaba sobre manera.

.

Isabella recostada sobre el carruaje, recordaba lo ocurrido durante aquel día, aunque le prometió a su padre ser una oscura sombra en el manejo de su enorme fortuna, no fue capaz de mantener la promesa, no al menos ese día. En la mañana se vio así misma y decidió que se sacaría la máscara de mujer tímida, que ya no era posible seguirla sosteniéndola, además se propuso provocar y eso era lo que exactamente haría. Algo parecido a un sentimiento infantil de revancha por todos esos años en que fue la triste y fea hija del poderoso Sir Charles la impulsaba, al menos sabía que lograría enervar a su querido esposo y de paso, esparciría, como ola de fuego, murmuraciones escandalosas en la gran ciudad.

Lo que Isabella no sabía era que en realidad ― porque no estaba preparada para entenderlo ― su lucha iba por ser reconocida como una mujer con derechos igualitarios, que su lucha contra su amado bastardo era el camino para lograr el reconocimiento a una mujer que trabajaba de igual a igual que un hombre y que sin embargo debía permanecer en la sombra, que ella amaba y deseaba igual que una puta a su marido y que podía ser respetada y reconocida como leal esposa y madre de sus hijos.

Una sonrisa que no llegó hasta su cara la sorprendió esa mañana ― trataba de peinar su cabello y ahogar las lágrimas por la pérdida de Alice y por el corazón roto que sentía fracturado en su totalidad y que no sabía cómo volver a unir ― era una sonrisa de triunfo amargo, una sonrisa que le recordaba a la mujer que un día y que en su incapacidad de entender lo que verdaderamente pasaba, creía que estaba de vuelta, dispuesta a ser sufrir hasta el infierno al hombre que amaba.

Sonrió y no dejaría de sonreír, aunque el triunfo fuera una cosa amarga.

De su nochero sacó la foto pequeña y borrosa de Michell ― niño rubio y dulce ― y la comparó con la de Edward, que todo hermoso, majestuoso y malvado, la miraba con ese encantador descaro. Se llevó ambas fotos a su pecho.

— ¿Esto era lo que sentías, mi querido Michell? — pequeñas lágrimas cayeron por sus mejillas en honor a aquel niño — ¡Lo siento tanto, tanto!

Una risa burlona escuchó en su memoria.

¡Oh, mon papillon! ¿Lloras ahora? ¡Nunca lo hiciste! ¿Por qué hacerlo después de tantos años? ¡Siempre fuiste una maravillosa hipócrita, querida! ¡Nunca sentiste nada!

Su amigo Eleazar, quien siempre criticó y alabó en ella su capacidad de olvido, e indiferencia, le hablaba en la mente.

Quieres sentirte culpable y no puedes, mi amor ¡Eres una arañita peligrosa!

Él la conocía muy bien, su amigo que en la noche antes de despedirse, le había susurrado al oído:

«No te lo comas vivo, corazón, parece que ese imbécil tuyo puede amar ¿Puedes tú?»

El coche se sacudió y ella abrió los ojos cansinos que todavía le ardían por la lejía, el polvillo del algodón y las imágenes de las cuales había sido testigo aquel día. La enorme fábrica textil ― que su abuelo había construido en 1822, cuando la revolución industrial estremecía a todo el país ― fue pionera en Londres. El viejo se negó a levantarla en el norte del país ― siempre odio aquella parte de la geografía porque decía que el clima era detestable ― pero su olfato comercial fue la verdad que lo empujó a instalarse en la capital del imperio: mano de obra siempre disponible y muy barata y conexiones portuarias más directas con el resto del mundo fueron sus razones. En treinta años aquel feudo de hierro y de gente que vivía en aquella enorme construcción se había convertido en la fábrica de telas más importantes de todo el país.

A la edad de veintidós años Lady Swan ― que ya daba los primeros pasos como administradora de la fortuna de su padre ― conoció aquel terrible lugar, la primera impresión la hizo vomitar durante días, en su mente de niña rica y holgazana no cabía el pensamiento sobre gentes trabajando dieciséis horas, mujeres ancianas y hombres igualmente viejos, curtidos por los tintes tóxicos de la fábrica, que más que personas, parecían cadáveres ambulantes. Pero el golpe de realidad lo recibió cuando vio a los niños que allí trabajaban junto con sus padres y se enteró que muchos habían nacido allí y que casi ni habían visto el sol.

Por primera vez, la frívola princesa encantada tomó razón del horror y las injusticias que en toda Europa sufrían los desposeídos y que clamaban por ser saldadas. Cuando vivía en Paris muchos de sus amigos intelectuales eran partidarios de la 'cuestión social' y se organizaban para levantar las voces antes tales injusticias y hablaban de igualdades, de trabajos justos y de una cantidad de discursos que ella no entendía ― estaba demasiado ocupada siendo una gatita sin corazón y comiéndose el alma de todos, que los dolores y penas de los desposeídos le importaban tanto como la tierra bajo sus uñas ― pero cuando volvió a Inglaterra, con el firme deseo de cambiar, el encuentro con aquello fue para ella una bofetada. Si bien no adhirió a ninguna corriente política emergente, se las arregló para modificar algunas de las condiciones de trabajo. Dos años en Londres le fueron suficientes para hundir la imagen de la princesa encantada y hace surgir la vieja y amargada Lady Swan que, para el círculo social aristocrático en que se movía, tenía la rara desviación de preocuparse por los trabajadores de su padre.

Varios de los administradores la vieron llegar, todos levantaron su cara al verla vestida de semejante manera, uno de ellos ― que la odiaba como el gato odia al agua, desde el día en que su padre la apoyó cuando bajó los turnos de los niños ― hizo un rictus de rabia reconcentrada al comprobar que esa pequeña mujer era el verdadero patrón en aquella fábrica. Hacía años que lidiaba con ella por eso, al verla llegar con sus libros y con su mirada astuta, tuvo motivo para saber que a partir de ese día su vida sería complicada

¿Acaso la pequeña arpía no se había casado? ¿Qué clase de marido era ese que permitía que su mujer se vistiese como un muchacho grosero? ¡Joder! ¡Las épocas en que una buena paliza era suficiente para calmar una hembra maldita!

Para el viejo dientes podridos, esa mujer era el demonio, años antes ella con voz suave y mirada de tigre a punto de engullirlo le hizo saber que si alguno de los trabajadores seguía quejándose de su manera brutal de tratarlos, ella misma lo despediría y haría caso omiso si algún obrero, que lo odiaba, le partía su cráneo contra la piedra.

¡La perra era el demonio!

Pasó de largo por los pasillos de la fábrica y varios de los hombres silbaron mientras la veían pasar, todos pensaban lo mismo, pero nadie se atrevía a mirarla a la cara. Todos los trabajadores antiguos la respetaban no por su condición de mujer o de patrón sino porque ella había hecho del lugar aterrador y repleto de injusticias, algo decente y digno. Lo sabían, el viejo Charles ― la única vez que había ido por allí ― se tapó con el pañuelo y los miró a todos como si estuviesen infectados de lepra, pero sin duda, si fuera ahora, se sorprendería de los cambios positivos que allí se habían efectuado a instancias de ella.

Aún con aquel gesto de rebeldía con el que se había despertado en su cara, se paró frente a todos, ese día Isabella estaba lejos de allí, y con la indiferencia que trataba de ignorar su sentir — que fue confundida con grosería — escuchó a los dos hombres que rindieron el informe de lo ocurrido en la fábrica de textiles.

¿Por qué estoy aquí? Si al menos mi padre se hiciera cargo de todo, yo no debo estar aquí, que tonta, tonta soy, un día me vi fuera de todo esto, un día soñé que podría ser como cualquiera, yo en mi casa, en Forksville con un esposo y siendo feliz, yo quería ser como cualquiera… lejos de esta ciudad que me abruma, lejos de todo…

Y se desconectó de todo, se alejó y se fue a ese momento en que ella quiso, y se soñó siendo pura y buena para un hombre, se imaginó siendo madre y esposa, una mujer que vivía en placidez y en libertad.

«No puedes, querida, no va en tu naturaleza… eres de una diferente carnadura»

Si, si lo era, era una mujer que durante años vivió bajo sus reglas, que idiota pensar en ser como las demás, ella no era igual, lo supo desde pequeña cuando cabalgaba a pelo los caballos en la villa de su madre en Francia.

¿Por qué era tan difícil ser quien era y tener siempre que andar fingiendo para complacer a los demás?

Fijó los ojos en los hombres que la miraban uno con recelo y el otro con lascivia babosa.

— Mi padre me ha dado carta blanca para nombrar un nuevo administrador que se encargue de la contabilidad y los manejos monetarios de la fábrica — los hombres revolaron — pero no será ninguno de ustedes dos.

La risa en ambos se apagó de improviso.

— Pero ¿Será un hombre? — el viejo que mascaba tabaco la miró directamente a los ojos.

—Claro que sí, señor Carter, será un hombre, pero yo seguiré siendo la que lo maneje todo. Mi, digamos, intervención será siempre la misma, estaré entre las sombras, soy una mujer casada.

— ¡Es una mujer! — Isabella por poco creyó que el viejo daría un puño sobre el escritorio.

— No voy a discutir con usted, señor Carter, las ventajas o desventajas de mi género, no me interesa y usted no está aquí para darme lecciones sobre lo que yo deba hacer o no, he manejado esto por años, en silencio, manteniendo mis distancias, pero sabe muy bien que gracias a mi manejo esta fábrica se ha mantenido como la líder en producción.

— ¡Ha hecho de todos los obreros unos revolucionarios, flojos y ladrones!

— ¡Señor Carter!

El viejo macabro se iba a levantar de su escritorio, golpear a la arpía era lo único que deseaba, pero la mano del otro administrador lo detuvo, los ojos de Isabella brillaron, tenía una furia que la hacía reaccionar con el instinto de mujer peligrosa que era.

— ¿Va a golpearme, señor Carter?

— ¡Claro que no, madame! — no quería verse en la maldita cárcel por culpa de aquella mujer — ¿Su esposo no será quien tome los negocios en sus manos?

Isabella no movió un solo musculo, no daría a entender que Edward Cullen estaba por fuera de cualquiera de los negocios que tenían que ver con los Swan —Kane.

— ¿Mi esposo, Mr. Carter? Tiene otros deberes, unos más importantes señores.

— Ya veo — recorrió a la mujer de veintiocho años que se burlaba de él.

— ¿Qué ve, caballero?

El viejo iba a soltar una serie de groserías contra milady, pero el miedo a que lo despidieran y que el marido de la mujer viniese y le rompiese la cara — sí, él lo había visto pelear en la calle hollín — fue suficiente para que controlase su lengua.

— Usted es una mujer casada, madame — Carter intentó controlar su voz y tener una actitud conciliadora frente a la mujer que lo observaba con ojos de ¡atrévase! — a su esposo no le gustará que esté aquí.

Isabella sonrió, si, precisamente era eso lo que deseaba.

― ¡Oh, no se preocupe! Eso es no es problema suyo.

.

El carruaje iba lento por toda la ciudad, ordenó al cochero que apurara el paso del animal por la ciudad, ya eran las cinco de la tarde y todo el país se aprestaba al viejo ritual de tomar el té.

Las rejas de la enorme casa se abrieron y el coche entró haciendo el ruido propio de caballos y coces, Isabella, con el corazón a mil por hora, apartó la cortina y buscó con la mirada algún indicio de lo que la esperaba, sabía que los chismes corrían por la ciudad y que su acto de mostrarse vestida como un hombre, caminando por la enorme fábrica al día siguiente de su boda, sería lo más comentado en Londres a la hora del té.

El lacayo la ayudó a bajar, entró en la mansión por la puerta de servicio, los criados callaron, ella pasó por el centro de la enorme cocina, viendo como todos se paraban a darle el respetó. Como un reflejo buscó la cara divertida y picara de Alice, suspiró al recordar que ella ya no estaba allí.

— Prepárame un baño, Susy.

— Si, madame — la chica corrió rauda e Isabella alerta caminó por los pasillos.

A varios metros Edward quien durante horas la había esperado como lobo la vio caminar.

¿Cómo infiernos estaba vestida?

― ¡Demonios!

¿Alguna vez fue más hermosa? ¿Alguien fue más peligrosa?

— ¿Te divertiste hoy, mi amor?

Isabella aminoró sus pasos, volteó hacia él, allí estaba sentado displicentemente en el sitial, con uno de sus codos apoyado sobre el brazo del sillón, jugando con el anillo de rubí y mostrando su hermosa sonrisa de dientes blancos y perfectos.

Se quedó quieta, en su interior, el fuego de dolor y miedo que la consumía al creer que él no volvería, se aplacaba un poco. Se acordó de respirar.

Él. Era. Divino. Y ella estaba demente por él. Y el odio y el amor de la princesa encantada se convertían en pólvora que ardía.

— ¡Vaya querido! Pensé que la fiesta iba a durar un poco más para ti ¡Bienvenido a casa! — se recostó en el marco de la puerta, una corriente eléctrica la recorrió de punta a punta, se sabía mirada, observada y deseada.

— No cariño, la fiesta la tengo aquí mi amor ¡Viéndote! No hemos terminado lo de anoche.

— Tsk — chasqueó su lengua y su boca hizo un mohín pulposo y niño — ¿Qué pasó anoche, amor mío? — quería ir hacía él y olerlo para comprobar si olía a burdel barato.

— No juegues conmigo, Bella — se paró de la silla raudamente, tiró el cigarrillo que fumaba de forma furiosa y caminó un paso hacia ella— ¿Dónde demonios estabas?

— Respirando, querido.

— ¿Vestida de esa manera?

Ella parpadeó coqueta y, con ganas de provocar, se dio la vuelta y se expuso para que la observase en todo su esplendor.

— ¿Te gusta?

— ¡Es repugnante! — mentía, sólo veía como el pantalón apretaba las partes justas del cuerpo que desde la noche anterior aún retenía en sus pupilas — eres mi esposa ¡No eres George Sand para disfrazarte de esa manera!

— ¡Oh, querido! ¿Has leído a George Sand? Pensé que un hombre como tú no perdía el tiempo entre escritores y libros.

— ¡No me retes! — se adelantó hacia ella con furia, apretando su puño.

— ¡No me digas que hacer, bastardo! lo que yo compro no regatea.

— Isabella — su voz fue amenazante y cruda — ¿Dónde estuviste hoy? — la tomó del brazo, con fuerza, ella se zafó, sonidos de telas en fricción sonaron por el salón azul.

— No te importa — caminó hasta la escalera — no tienes por qué saber dónde voy y no me importa saber dónde pasas tus noches, querido.

— ¿De veras? — eran dos animales — Un hombre en plena luna de miel viendo como su mujer le niega el lecho ¡Quizás sea el más británico de todo y haga lo que hacen todos! Esmerald Plant tiene buenas chicas en su casa.

— ¡Estúpido! — se desgarró ante el comentario — al menos, con mi dinero pagó algo decente, no las rameras de White Chapell.

— ¿Fuiste con tú amante, madame? El maldito que te escribió aquella carta un día antes de casarnos — sus ojos eran verdes y líquidos, su voz era rasposa y dura y todo su largo cuerpo estaba en tensión.

— ¿Cómo te atreves? — Bella apretó la baranda de la enorme escalera — Yo trabajo ¿sabes lo que es eso? ― era una terrible cuchillada a su ego — ¿Para qué quiero un amante? Ya pagué por uno, aunque no hace su trabajo como debería.

— Como no atreverme, princesa encantada, la amante de todos en Paris ¿Tienes un amante? El hijo que será un Swan-Kane debe ser el hijo que yo te daré.

La crueldad de Isabella se alistó ante las palabras.

Él frente a ella.

Él y su maldita belleza narcótica.

Él, resoplando de celos.

Él con su firma en un contrato de horror.

— ¿Cuál es el problema, querido? Entre más pronto me embarace más pronto recibirás tu dinero, no tengas tantos escrúpulos mi amor.

Cada palabra era una daga, por un segundo cerró los ojos y la vio con aquel hombre que, sin rostro, era el enemigo que odiaba. Cada maldito hombre que ella había amado era odiado con todas las fuerzas de su cuerpo, parpadeó maniático intentando apartar las imágenes de ella desnuda, abierta y dispuesta, rogando como no lo hizo la noche anterior, abriendo su alma como no lo hizo la noche anterior, dejándose llevar, permitiéndose ser besada y siendo amada como no lo permitió la noche de bodas y dándole un sonido que se negó a verbalizar.

— ¿Estabas con él?

Caminó despacio, pero cada paso era rotundo.

— No tienes derecho a tener celos, Edward. Estaba en la fábrica. Si no sabías, tengo una fortuna que debo manejar, la fortuna que tanto amas.

— No tengo la necesidad de trabajar, tú lo haces por mí, lo haces por tú padre ¡Lo haces por toda Inglaterra! Pronto veré a mi mujer manifestándose en las calles pidiendo el voto universal, del canal de la mancha hasta la fría y nublada Londres, de princesa encantada a Rosa de Luxemburgo ¡Me maravillas amor mío! — daba pasos lentos — ¿Dónde se ven? — y a pesar de la burla, él no era lógico y sólo pensaba que parte de su venganza era retozar y gemir en los brazos de otro — vas a la fábrica desde la mañana hasta ahora ¿Crees que yo no sé qué puedes correr por toda esta ciudad y verte con el maldito? ¿Dónde se ven?

Otro paso.

— Londres es enorme — Bella rodó los ojos de impaciencia, los hombres eran básicos y estúpidos, el abrir las páginas de su pasado, y él era como todos, pensando en que cada amante era mejor que ellos, y que simplemente una mujer estaba allí para ser parte del terreno de posesión y ego de todo macho cabrío y vanidoso; lo vio caminar y ella entendió que él iba a por ella — tú lo sabes mejor que yo mi amor.

— ¿Quién es?

— Cualquiera menos tú.

Como un felino, el paso que fue lento ahora era una ráfaga, Isabella entendió la furia de Edward Cullen quien en medio segundo se vio tras la mujer que corría por la enorme casa tratando de no ser la presa de aquel animal salvaje.

— ¿Tienes que ser tan cruel? — Edward golpeó una de las paredes con su puño cerrado.

— Puedo, está en mi sangre — ella gritó, trató de ir hacia su habitación pero no contaba con que su esposo era más alto y fuerte — ¡Suéltame! — dijo con voz seca, mas la fuerza de Edward no dejaba posibilidad de nada. Se vio a sí misma atrapada entre él y la pared, ella resoplaba de furia al igual que él.

— ¿Lo disfrutas no es así, bruja? — lo sintió acercarse a él a centímetros de su cara, ella respiraba como animal herido. Edward rozó con su nariz la mejilla caliente de su mujer quien trataba de evadir los ojos verdes de aquel hombre. Lo maldecía en su interior, él era odioso y perfecto, sólo él podía hacer que todo su cuerpo hirviera con el mínimo toque, él y su capacidad de convocar la gata en celo de la cual durante años se sintió avergonzada, podía cerrar los ojos y él persistiría en su memoria — ¡Mírame!

Levantó sus ojos oscuros, Edward vio sólo burla.

— ¿Lo disfrutas? — repitió la pregunta con voz de manera oscura. Su cuerpo se pegó al de ella, ambos quedaron unidos por sus pechos, él de manera estratégica la tocaba con su cuerpo y respiraba sobre ella, continuaba acariciándola con su nariz, oliéndola, mientras que Isabella gritaba por dentro pero el calor de su interior era inversamente proporcional a la frialdad de sus ojos.

— Si intentas conquistarme Mr. Cullen pierde su tiempo, suéltame — aspiró con fuerza cuando una de las manos se deslizó por su torso alzó un poco la camisa y con uno de sus dedos tocó la piel desnuda.

— Eres tan suave, amor mío.

Ella endureció su mandíbula, era aterrador sentir aquello, nunca en su vida de mujer casquivana una sensación tan aterradora arrasaba su cuerpo, él la llenaba por todas partes, toda ella apretada y ardiente, ella deseando con cada poro de su piel respirándolo, deseándolo, imaginando su cuerpo largo, desnudo, sudoroso y duro sobre ella.

— Sé quién soy, madam — un beso húmedo y un aliento a mentol acuchilló su cuerpo.

— No me interesa saber quién eres, lo que conozco de ti es suficiente — trató de zafarse.

— Lo sabes, me conoces — la aprisionó con fuerza — en cambio yo no sé nada.

— ¡Oh, Mr. Cullen! ¿Tanto le duele que no seas quien me sorprenda?

— ¡Me amas, bruja!

— ¡Oh, querido! Si escuchaste bien a Sinclair, sabrás que yo no amo a nadie, sólo me encapricho con alguien.

— ¿Muchos amantes, madame?

— ¡Tantos como tú mujeres!

— ¿Los amaste?

— Cariño, yo no amé a esos hombres, sin embargo el goce que algunos de ellos me dieron los hicieron dignos de ser algo más en mi corazón.

Un puño contra la pared e Isabella por poco cree que se derrumba la casa, los ojos verdes la miraban como águila al acecho.

— ¿Todos te dieron placer?

— ¡Ja! Milord, no tengo memoria, aunque algunos te repito — y ella correspondió la mirada sosteniéndola con ardor y encono — fueron insuperables.

— ¡Mientes!

— Yo no miento, querido — intentó moverse un milímetro pero no fue posible.

Todo él la apretaba en las partes correctas, su voz de seda la recorría como una caricia que encrespaba cada uno de los vellos de su cuerpo, cada mirada enviaba choques eléctricos y dolorosos. Con cada respirar, su olor se colaba por todas partes, sobre todo en aquellas donde era un río de pasión.

― Entoces,…

Tenía la necesidad y la agonía de saber que estaba allí y que toda Lady Swan lo deseaba cabalgar hasta morir.

— Sin embargo, amor, yo no extraño a ninguno, así como te extrañaré a ti cuando te marches, serás el esposo que no dejó nada sobre mi piel.

— ¿Al igual que Michell?

Isabella empequeñeció sus ojos, él la lastimaba con aquel recuerdo.

— ¡Oh, no! Siempre se recuerda el primero que te desvirgo, amor mío ¡Siempre! cosa que no puedo decir de otros.

— ¡Eres perversa!

— ¡Lo soy!

— ¡Te excitó jugar conmigo!

— ¡No tanto como debió gustarte a ti, mi amor!

— ¡Yo no jugué!

— ¡Claro que lo hiciste mi amor! Pero cometiste un error enorme.

— ¡Oh, sí! — agarró las muñecas de ella, las puso sobre su cabeza — ¡Me enamoré! — su voz fue un jadeo suave y lánguido que recorrió la espina de dorsal de Isabella.

— ¿Te enamoraste? Creo, Mr. Cullen, que su amor por mi está mediado por el deseo que poner sus manos sobre cien millones de libras.

— Sobre tus cien millones de libras — era para él imposible no hacer gala de una burla retadora — sobre tu cuerpo, sobre tu culo redondo — la miró de arriba abajo — y sobre todo lo demás, bruja ¡Sobre toda la riqueza que tan impúdicamente muestras con esa maldita ropa!

La mujer entornó los ojos, bajó con inocencia lasciva sus enormes ojos café sonrió sabiendo que era tan fácil darle algo de monedas a un hombre que pide limosna, enseguida vio como Edward iba por su boca y lo esperó mordiéndolo con saña.

Él gimió, pero no de dolor, era placer nacido por el extraño deseo de domesticar aquel animal montaraz.

Y ambos entrelazados, enredados entre hiedras de mentiras, pasados oscuros, malos comienzos, falsas apariencias y heridas que sangraban por la crueldad del juego en que les había tocado nacer estaban allí, en una guerra loca y sin sentido.

— Me amas Isabella Swan, yo lo sé, lo sé.

— No querido ¡Me aburro! Y simplemente, esto entre tú y yo, es algo sin sentido, yo te di lo que deseabas, mi dinero.

— Escupo sobre tu maldito dinero — ya no reía.

— No seas digno que no te creo, te di lo que siempre quisiste cariño, estar de este lado, vivir en esta casa, ser parte del legado Swan, tienes todo ¿Por qué he de callarme y ver como todo lo disfrutas y no pagas nada por mentirme? Sé quién eres, sé qué eres y que deseabas, fue mi jugada maestra, eres el peón de Sinclair, pero me hiciste libre querido. Mi vida ― que me asfixiaba ― vio en tu sucio engaño una oportunidad, lo supe, cuando entendí el porqué del hermoso cínico de Edward Cullen se había acercado a mí, reafirmé mi teoría: jamás te habrías fijado en mí si no hubieses sido por esas diez mil libras ¡Lo entendí! ¡Todo! ¿Y sabes qué, cariño? ¿Sabes qué? ¡No me importa! Gracias a eso me liberé. Tú liberaste a la mujer real que existe en mí, a la que se escondió por años. Debo darte las gracias amor mío, darte las gracias porque ahora contigo como mi esposo, puedo hacer lo que me dé la gana, ¿Apuestas, Edward? ¡Por supuesto! Ganaste tú y gané yo, tú ganaste ser el heredero de la fortuna de Charles Swan, yo gane mi libertad

— Y mi sangre Bella,

— Es muy poco.

— Nuestro hijo la tendrá.

— No tendré hijos contigo, Edward Cullen.

— Lo quieres bruja, quieres que te haga muchos hijos, quieres mi semilla en vertida en tu vientre, me amas — cada palabra era un golpe duro, allí estaba el peleador de la calle hollín — ¿Quieres que me largue?

— Haz lo que quieras.

— ¿Lo que quiera? No tientes a este tahúr — ladeo su cabeza, se acercó peligrosamente a su oído — yo te amo y eres demasiado tonta para no creerlo, tú querida, que me miras con tu falsedad moral y con tu hipocresía, yo que ardo de celos porque esto — y pellizco uno de sus pezones — han sido de todos y sin embargo estoy aquí jadeando, Milady, muriendo de rabia, tratando de no agarrar ese cuello de cisne hermoso que tienes — acarició con dulzura peligrosa la vena azul de su cuello — y estrangularte porque vas con otros hombres, porque piensas vengarte de mí dándole un hijo a un hombre cualquiera sabiendo muy bien que me amas, que sueñas conmigo, que quieres que yo, este bastardo haga lo que ninguno de esos hombres te hicieron, ninguno te honró como yo lo haré madam.

— ¿Honrándome? — preguntó con sorna — ¿Cómo? ¿Mintiéndome?

Él se carcajeó y a milímetros susurró:

— No, amor mío, follándote muy duro mi amor.


Editado por XBrontë.

A mis lectoras un millón de gracias, a las fantasmas, sombras que se deslizan por el FF y vienen a mi página un millón de gracias. Cada palabra está escrita con mucho cariño, diversión y risa ¡no saben cómo me divierto como estos dos monstruos deseosos de placer, fuego y piel!

Agradecimientos totales a mis amigas de siempre, a Ximena quien es un soldado comprometido, a Elisita quien es una amiga leal, a mi Bebé que dice que aprende cosillas estilo fanfiction a Melisa quien vive en los mundos del whatsapp si es que eso se escribe así, a Mirna que me dio un sobrino todo precioso (es mío, no discutas mana) a Despattz quien siempre anda alborotando el facebook y peleando con todas por la propiedad de un niño inglés y de todos los hombres bellos del planeta, quien me hace reír maravillosamente, a Alejandra leal y linda amiga a Mayra alias Mu quien está siempre, un beso a tu mami nena, a Patty y a todas, besos.