Los personajes le pertenecen a Meyer.
FALSAS APARIENCIAS
Capítulo 35
«… ¡Follándote muy duro!»
Todo se paralizó a su alrededor. Ni uno solo de los hombres que tuvo fue capaz de ir más allá, todos estaban sedientos de ella, hambrientos, iban a su cuerpo para buscar placer, locura, lascivia sin culpa, pero ninguno ― desde el egoísmo ― jamás intentó penetrar más allá, estaban tan embebidos en ella que, al final, nunca les importó, la dejaron atrás y la dejaron sedienta. Pero él, con aquella palabra soez, resumía sus más oscuros deseos, aquellos que la condenaban a la lucha eterna por desear indecencia y fuego, por desearlo a él. Sin embargo, su rostro sólo fue asco al mirarlo a la cara.
— ¡Vulgar! — jadeó con fuerza.
— ¡Mucho, bruja! ¿Por qué mierdas he de fingir contigo? Te amo y lo sabes ¡Estoy aquí, bruja! A pesar de todo, estoy aquí, contigo, diciéndote que borraré cada uno de esos idiotas que rosaron tu piel, que te daré, a esa niña-mujer que eras tú y que hacía arder todo Paris, lo que secretamente deseabas y que ninguno de esos ineptos logro siquiera imaginar.
― ¡Fatuo! ¡No sabes! ¡Todos ellos eran mis esclavos!
― ¡No! ¡Yo no seré tu esclavo ni tu sometido! Soy un igual que puedo hacer que tu sexo sea fuego si quiero. A cambio, bruja de mi alma, te exijo una sola cosa: que ese diablo sea exclusivamente para mí, solo para mí. Te amo y muero, soy vulgar y ladino, cínico e inútil, indecente y tuyo, pero te quiero solo para mí.
Poco a poco, lentamente y como si fuera parte de una liturgia, deslizó la boca por rostro de su amada, sus labios delinearon los bordes de la barbilla ― estaba rígida, su cuello concentraba aromas de perfume y mujer, olía glorioso ― bajó por el cuello, deteniéndose para delinear la clavícula con la punta de su lengua ― la rigidez de la espalda levantaba su pecho y su pasmosa crueldad al negarse a sentir, más lo excitaba ― volvió a su rostro y atrapó con su boca los labios de su esposa y arremetió contra ella en un beso poderoso y vulnerable, gimiente y obsceno, un beso que ella correspondió con intensidad. ¡Eres mala, mi bruja! ¡Eres pura maldad! y ¡Te amo por eso!
Entre mordidas y chasquidos, escucharon los pasos diligentes de Sussy ― que tuvo que convocar miles de padre nuestros para no soltar el agua caliente con la que pretendía llenar la tina de baño ― y la voz en sordina de George apurándola para lograr el cometido. Pero ellos continuaban. El beso continuaba… lenguas, saliva y gemidos. En aquella casa, donde las leyes de la cordura parecían no existir los sirvientes corren con la cabeza baja con la astucia que se saben hormigas y entiende que ese es su destino, mientras los amos se pierden en la pasión desbordante de una guerra sin sentido.
Edward pasaba sus dedos por su rostro, Isabella tenía los ojos abiertos, una lágrima solitaria caía por su mejilla. Los dedos del hombre aprisionaron la solitaria gotita y se alejó, observando, con perspectiva, como aquella mujer dura negaba el sentimiento que la carcomía ¿Qué debo hacer para entenderte? ¿Por qué no me perdonas? ¿Podré olvidar tu pasado de amantes?
— Te amo y sientes lo mismo ¡Dilo!
— No diré nada.
— ¿Por qué lloras, entonces?
— De rabia, más bien, de frustración.
― Emoción digna de ti.
― Señor mío, debes concederme razón, tengo al hombre más hermoso y cínico del mundo pero a la hora de la cama se porta como un niñato cursi lleno de tonterías románticas ¿Pretendes dejarme embarazada hablándome de amor y todas esas estupideces que me importan nada? Pensé que podrías tener mejores cartas, querido, pero creo que aposté al perdedor con una fina sangre que mi padre pagó como ganador de Derby pero resultó ser un potrillo sin gracia.
El hombre se apartó unos pasos, pasó sus largos dedos por su cabello cobrizo, respiró con fuerza y entendió que el desprecio de ella era más grande que el amor que le profesaba.
— Tienes una boca perversa, madam — si daba su brazo a torcer ella bebería su sangre — ¿Quizás será que sólo sabe lastimar, mi cielo? Quizás para otros menesteres no sirva.
— ¡Te mueres por saber, querido!
— ¡Oh, amor! ¡Te lo aseguro! Yo haré que esos labios hagan lo correcto en las partes correctas y cuando esté satisfecho, querida mía, quizás te crea cuando confieses que me amas y que has disfrutado cada día en que tú y yo hicimos el trabajo de darle un heredero a tu muy amoroso e imbécil progenitor.
— ¡Eso nunca ocurrirá! No puedes obligarme a perder el tiempo en algo en que eres un simple aprendiz.
— ¡Oh, sí! consuélate mi cielo en creer que yo, el amante de medio Londres, no sé cómo hacer que una mujer suplique.
— ¡Palabras, palabras! ¿He suplicado? ¿He pedido más? Teniendo en cuenta los años de sequía que he vivido, el placer que dices que me diste anoche me pareció una simple monta de conejo y cualquiera me lo hubiera dado.
Furioso, volvió hacia ella y con un fuerte movimiento la atrapo entre sus brazos, la volteó y puso su rostro sobre la pared mientras presionaba con todo su peso sobre su espalda. Eran dos animales unidos por jadeos, respiraciones pesadas y gruñidos. Isabella se retorcía tratando de separarse de la presión ejercida, pero entre más luchaba más fuerte era la electricidad que corría por su cuerpo.
— Voy a estar contigo, Bella Swan — con dos de sus dedos recorrió la espalda —detrás de ti, verás cómo te devoro con los ojos, mujer. Eres una yegua salvaje ¿No es así? Quieres golpearme y humillarme — la caricia siguió hasta detenerse en sus muslos, dio una palmada en sus nalgas — eso te gusta ¿No es así, amor mío? Tener el control, excitarme con tus palabras de odio y así hacerme creer que esos hombres de tu pasado pueden contra mí — Isabella cerró sus ojos, acalló un gemido al sentir como él presionaba de manera lasciva y dura su cuerpo — pero sabes que no es así.
— ¡Oh, mi amor! Dime de qué hablas y yo te diré de qué careces.
— Yo — embistió contra ella como si fuese una hembra dispuesta a ser copulada — no carezco de nada — un brazo poderoso tomó su cintura — sabes que te adoro y te da miedo que alguien ame a un monstruo como tú ¿Es esa la verdad?
— ¡Yo no tengo miedo y no me interesa tu amor! — ella retadora, siempre dispuesta a ganar, levanta su cabeza, la recuesta contra el hombro de aquel hombre, muestra su rostro de cortesana experta y sonríe.
La mira y calla.
— Veras querido, ya no me interesa que me ames, al final esposo, cuando supe que eras un simple caza fortuna perdiste valor para mí — se empinó y le dio al bastardo una cucharada de su propia medicina presionando su fino culillo respingón en el sexo dolorosamente duro de su esposo.
Él respira profundo y controlado.
— Eras el peleador de la calle hollín, eras el que cabalgaba contra el viento, el burlón, el cínico y de pronto — relamió su lengua por sus labios — ¡Voilà! otro tonto ¡Otro inútil desesperado por mi apellido! Te convertiste en el peor actor del peor boudeville de Londres, trocaste a un mal mentiroso — emitió un quejido lascivo que envió al hombre al borde del clímax en aquel pasillo.
El impacto de las palabras lo dejaron pasmado.
— ¡Devuélveme al maldito que retó a todos haciéndoles creer que se casaba conmigo por amor! ¡Devuélvemelo! Porque al que tengo a mi lado, me aburre con su pretensión de ser un hombre honesto que se cree el salvador de mi honra. Me aburre el idiota que, a cambio de dinero, sólo desea ser el correcto esposo de Lady Swan.
— ¡No! — tomó su barbilla — yo soy el esposo de la cortesana de Paris ¡Lo acepto!
— No quiero tu perdón.
— ¿Quién dijo que te lo he dado, Milady? Yo soy un jugador y tú, querida, una putilla mentirosa peor que yo.
— ¡Maldito seas!
— ¡Oh si, bruja! Y aún así con todos nuestros pasados, yo voy a amarte siempre ¡Estás condenada! — la mujer se removió en sus brazos, Edward la sostuvo con fuerza — ¡Quieta gata! — esquivó las uñas que deseaban herir su rostro.
― ¡Suéltame!
— Tú y yo, amor mío, viviendo en esta casa, respirándonos, prisioneros de quienes somos ¿No es excitante? — tomó su rostro con fuerza y se acercó a milímetros de su boca.
Hizo un intento de morderlo.
— Hoy te deseo como siempre, mañana será lo mismo, mi amor, y esto crecerá día a día, noche a noche, entre cada campanada del maldito Big Ben.
― No hay nada que me excite en lo que dices.
― No hoy, ni mañana reina mía, pero yo iré a tu cama, y cumpliré cada clausula del contrato, te haré un heredero ¡Escúchame bien! ¡Yo! Yo y no otros.
― Para que tanto alarde, si para eso se te pagó.
― Yo soy el que dará un hijo y te aseguro, Milady, que vas a gozar cada momento y si vas a odiarme, querida ¡Me odiaras desnuda!
― ¡Iluso! Desnuda y todo, tendré mi coraza.
― Y aún así, esperarás por mi cada noche y enterraras tus uñas y tus dientes en mi cuerpo y aún así, Isabella Cullen — y por primera vez la nombró con su apellido — tendrás a mis hijos y nunca, jamás te vas a arrepentir de eso ¡Ámame u ódiame, amor mío! Pero ten en cuenta que yo soy tu esposo y tu dueño ¡Con o sin un contrato!
El espacio entre la boca de ambos se disolvió, los labios húmedos y ávidos de Mr. Cullen fueron por los de su mujer.
Isabella lloraba de amor y furia, aquel hombre ¿Dónde estuviste toda la noche? ¿En casa de Esmerald Platt? ¿Bebiendo, jugando, tirando las maldita libras esterlinas en la mesas como si todo hubiese sido un juego? ¿Cómo si tu corazón fuese una simple carta de póker y yo no existiera?
Cerró su boca y no permitió el beso enloquecedor y hambriento, Edward abrió los ojos y se enfrentó a los oscuros orbes que lanzaban llamas contra él.
— No te preocupes, Milady, no voy a obligarte, querida, sin embargo — y la soltó de su amarre, llevándose las manos a su cabello una y otra vez — ¡No te atrevas a cerrar la puerta de tu habitación! Porque este peleador de la calle hollín la destajará de una patada.
— No te tengo miedo, Edward Cullen, sé defenderme.
Él sonrió con amargura.
— Oh si querida, eres peligrosa y eso es otra razón para amarte.
Caminó por el pasillo, Isabella vio como se alejaba.
— ¡Te cansarás, Mr. Cullen!
— ¡No! — él volteó — ¡Nunca! Ese es tu error mi amor, yo no me cansaré nunca de amarte ― la mira directo a los ojos y la señala con un dedo ― Pero, algún día, tú te agotaras de mentirte diciéndote cuanto me odias.
― ¡Te odio! Y es verdad.
― Yo sé cuál es mi culpa, bruja ¡No soy un cobarde! Y aunque sea una basura para ti y para todos, yo enfrentó quien soy ¿Por qué tú no haces lo mismo?
― ¡No hay nada que enfrentar!
― ¿Crees que vistiéndote de hombre lo harás? No mi amor, es mucho más — la recorrió de arriba abajo — ¡Vístete así y me harás arder!
― ¡Eres un cretino que solo busca satisfacer tu ambición! Eso es lo que eres, querido.
― ¡Despréndete de tus corazas! ¡Muéstrame quien es la cortesana de Paris y dile al mundo cuanto me detestas! De verdad, cielo mío, yo quiero ver quien realmente eres, aunque eso me cueste la vida. Porque yo, Milady, con mi alma abierta ante ti, en este instante, soy irremediablemente suyo.
Isabella se mantuvo impávida ante las palabras de su esposo que la miraba esperanzadoramente pero, al no ver reacción alguna, chocó los talones de sus botas a modo militar y se inclinó ante ella y espetó fríamente.
— Te espero a cenar y después, mi amor, iremos al teatro. Quiero que nos vean, más bien, quiero lucirte por todo Londres.
En la visión de Isabella el hombre desapareció. En la habitación la mujer resoplaba de furia, de frustración y de deseo.
« ¡No te atrevas a cerrar la puerta de tu habitación! Porque este peleador de la calle hollín la destajará de una patada.» Isabella Swan con veintiocho años de edad observando la puerta, esperando a que aquel hombre que se llamaba su esposo entrara allí y sin más ni más hiciera real sus amenazas. No parpadeaba, tenía preparada sus dientes y su uñas, sin embargo él no lo hizo.
A punto de gritar de impaciencia ¿Cómo se atrevía a desearla y no cumplir sus promesas salvajes? se controló diciéndose que ya no tenía dieciocho años, que ya no podía actuar como antaño que, cuando alguien se atrevía a hacerle un desplante a la princesa encantada, no trepidaba en dirigir su lengua afilada y toda su voluntad para hacer que aquel que no acatase su presencia pagase por la afrenta, pasaron los tiempos en que ella, niña caprichosa, hacía correr a sus sirvientes en la enorme viña o pataleaba como chiquilla malcriada si el amante de turno no llegaba. En la guerra irracional que Isabella se impuso contra Edward, actuar como la princesa encantada era darle a él, en esos momentos, una batalla ganada.
Lejos escuchó los caballos, la gente yendo y viniendo, los vendedores de carbón y de leche voceando, la tarde caía y el sonido de Edward caminando recio por la casa no llegaba. La contradictoria mujer no paraba, tan poco tiempo compartiendo el techo con él y ya podía discernir sus pasos acercándose, su olor, su presencia eléctrica y su impronta risueña.
Maldito sea su cuerpo, traicionero con alevosía, que sin mediar una tregua pactada se prodigaba, en rendición total, a las caricias de su peor enemigo. Pero, es que para Isabella, él olía delicioso y sabía mejor, sus ojos verdes se tornaban oscuros cuando sentía placer, y su aliento era caliente al gemir sobre ella. Para la princesa encantada él era el más fuerte y el más suave, sus dedos eran largos y reptiles y la sabían tocar con maestría, su lengua maquiavélica y exigente como nunca antes lo había sentido. ¡Dios! Aún puedo sentir el calor de su semen inundando mis entrañas. ¿Un hijo con él? ¡Un niño del divino bastardo! Su semilla caliente… su olor. Su excitación corriendo por mis muslos… Todo aquello que ella sabía que él era y que Isabella Swan por un miedo atávico se negaba.
Lavó su rostro, se puso algo de agua de rosas y anudado de nuevo su cabello en una hermosa trenza, se propuso salir a la batalla ¿En qué estará Alice? Solo pocas horas y ya la extrañaba, siempre a su lado, sabía hacerla reír y compartir charlas. Ahora estaba sola y el espacio de dos mujeres que disfrutaban la una de la otra ya no existía en su casa.
Bajó vestida con aquella ropa impúdica de hombre. La enorme mesa, aquel terrible lugar donde durante años soportó el desprecio de su padre era ahora el lugar donde ella y aquel hombre continuarían la guerra sin ton ni son en que se enfrentaban.
Silencio. Sintió como los ojos verdes y de fuego la recorrían. Cinco sirvientes estaban esperando la orden para servir, ambos allí, conectados, tuvieron el mismo pensamiento desolador: eran el típico matrimonio británico de la aristocracia, indiferentes, haciendo del arte de soportarse una obra maestra del asco, el matrimonio que ambos, de niños, habían visto, el matrimonio que semanas atrás ambos se habían jurado no ser.
Isabella dio la orden y los sirvientes de manera cronométrica sirvieron la cena. Ostras al escabeche, court - bouillon, seguido de faisán al horno y una delicada guarnición; al final, un postre de trufas y helado traído de Charing Cross.
Edward e Isabella, en aquella extraña coreografía de sirvientes, tintines de cristal y abundancia, uno frente al otro, comenzaron el primer día de matrimonio. Sintieron la inercia absoluta del mundo en que ambos habían sido criados, era el peso de la noche, era la fuerza de la inmovilidad social que a pesar de la furia, la rebeldía, la pasión y el deseo del uno por el otro, los mantuvo frente a frente, comiendo en silencio repitiendo la coreografía ancestral. Pero, algo monstruoso mediaba entre ellos: la posibilidad de que al final sólo quedara el miedo y la soledad.
Ambos comieron con desgano, los sirvientes eran cuervos que casi no respiraban, estaban allí siendo testigos de cómo el joven matrimonio interactuaba, estaban acostumbrados al despotismo de Charles Swan y al silencio de su hija, esperaban que el tahúr recién llegado, esposo de Milady, fuese un hombre vulgar y sin clase, que demostrara cuan poca cosa era para la aristocrática señorita Swan, pero se asombraron con la escena ante sus ojos porque no esperaban aquella frialdad en la mesa señorial, los comensales allí sentados no mostraban ni la más leve emoción que debería tener un matrimonio recién consumado. Sussy, durante meses contó con sorna y con picardía como madam se besaba de manera impúdica con aquel hombre bello, y todos recordaban como, una vez, el mismo irrumpió en la casa más allá de la medianoche. Algo se pudría en Dinamarca, pero allí, en aquella casa, lo podrido amenazaba con extenderse hasta límites inesperados. Todos deseaban saber, pero ninguno se atrevería si quiera a intentar averiguarlo, como hormigas de colonia, mantendrían el orden entre madam y su esposo y jamás permitirían que la casa se derrumbara.
Isabella se levantó de la mesa, por lo bajo observó al esposo quien con gesto adusto y elegante trataba de pasar bocado, si la rabia que la insuflaba en ese momento no fuese tan cegadora vería la melancolía de sus gestos ante tan pródiga y selecta cena. Y también podría haberse percatado de la inevitable comparación que fácilmente podía realizar: él y Rosalie, comiendo en la mansión familiar, riéndose de todo, hermanablemente, sin importar la cena pobre y escasa ni la falta de servidumbre a quien mandar.
— Espero, querida, que en dos horas estés vestida para irnos al teatro — Edward levantó la mirada y se topó con la visión alucinante de su mujer indecente y hermosa.
— Claro que si esposo ¡Tú y yo en el palco principal! Ahora, mi amor no tendré más que espiarte con los binoculares, ahora estarás a mi lado ¿No es adorable? Mi historia de amor, mi deseo sosteniendo mi mano ¡Y no besando descaradamente el cuello de Tania Denali! Soy tan afortunada que moriré de felicidad.
— Eres afortunada Milady, Tania no tuvo nada de lo que a ti te sobra — se llevó el vino a los labios y mezcló el bouquet del licor jugando con la copa frente a su rostro.
— ¡Pobre Tania! — las puertas del comedor fueron abiertas para dar paso a la ama de la casa.
— ¡Pobre Edward Cullen! — murmuró él sin que nadie lo escuchara.
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La noche cayó en la ciudad, hacía frió y el hielo se filtraba por las calles y los recodos de las casas, el fuego del hogar era encendido para que al menos, en las casas de los más afortunados, nadie allí sufriera las inclemencias de hielo de una ciudad gélida.
Isabella se observaba en el espejo, era hermosa, era perfecta y estaba lista para lo que ocurriría esa noche.
No esperó a que su esposo tocara la puerta para irla a buscar, ella en silencio caminó por los pasillos del segundo piso de la enorme mansión. La habitación de Edward quedaba a unos cuantos pasos de las suya, como gata se deslizó y atenta al movimiento de Edward, trató de escuchar. La fuerte colonia de su esposo parecía inundar todo el espacio, por un segundo creyó que se desmayaría, en sus retinas estaba suspendida la imagen desnuda del hombre que era todo para ella: un dios, una estatua, un peleador, un tahúr, un cazador, un centauro y un maldito demonio que deseaba dominar para tenerlo bajo sus pies y hacerlo prometer, a que jurara ser un hombre fiable, que la amará siempre con locura, que nunca le importó su dinero ni su pasado y que de ningún modo la iba a dejar.
Antes de que él abriese la puerta se alejó y bajó por las enormes y largas escaleras, cada paso era dado con la seguridad del escándalo que traía cómo iba vestida. Sussy, Dolly y Alfred, los sirvientes encargados de esa parte de la casa, casi mueren al ver lo que se presentaba ante ellos.
Era escandaloso.
Una impresionante pintura violenta bajaba por aquella escalera, y la dueña de aquella emoción de sangre era nada menos y nada más que la señora.
Isabella sonrió con gracia y no les dedicó una sola mirada a las tres personas que la observaban atónitos.
— Estaré esperando al señor en la sala principal.
Su voz era imperiosa y cargada de un tono ronco y fuego.
¡Oh, sí! Ella sabía que estaba vestida para escandalizar, sabía que con ese vestido, nadie en el teatro The Old Vic dejaría de enterarse que lady Swan acababa de llegar. Estaba extrañamente emocionada ante su inminente entrada triunfal como señora Cullen en la sociedad londinense, quien lo iba a decir: la modosa y siempre discreta señorita Swan una vez convertida en la esposa del tahúr más famoso de la ciudad se mostraba con de la decadencia perversa de la que ella fue reina años atrás.
Los tres sirvientes se comunicaron con las miradas, sin embargo ninguno se atrevió a murmurar una sola palabra.
Las botas de Milord hacían un sonido seco al pisar cada grada de las escaleras. Las dos mujeres — ambas de menos de treinta — casi se ahogan al ver como aquel hombre divino se deslizaba. Dolly parpadeó con rapidez, se ruborizó al instante cuando éste se paró frente a ella, Sussy, quien estaba a su lado, trató de no mirarlo a la cara ― ella ya sabía algunas de las cualidades misteriosas del señor y los sentimientos que le inspiraban iban desde el miedo absoluto, hasta la lascivia enervante, pasando por una profunda admiración ― aún recordaba aquel día en que lo vio sacar un cuchillo y desgarrar la ropa de madam para llevarla cargando hasta la tina cuando ella hervía en fiebre. El hombre les parecía majestuoso, fuerte y poderoso y al mismo tiempo un ser humano del que sólo había escuchado cosas terriblemente pecaminosas. Las dos nunca podían saber cómo proceder con él, se podía decir que a veces les daban ganas de morderlo o simplemente, persignarse ante él.
Ambas mujeres, en aquel mismo instante tuvieron un mismo pensamiento, en aquella casa existía dos seres hermosos y terribles que habían conspirado con el diablo para competir por belleza y poder.
— ¿Mi esposa? No está en su habitación.
— Lo espera en la sala principal, Milord — contestó Sussy — el coche ya está listo.
— Sírveme un poco de whisky, Sussy.
— En seguida, Milord.
Respiró profundo, cinco grandes pasos hasta donde su mujer. Abrió la puerta de la sala principal y allí, en todo su esplendor, la dueña de sus sueños y pesadillas vestida con un indecente, enloquecedor e infernal vestido rojo, le daba la espalda.
¡Oh Dios!
La quería matar, la quería ocultar del mundo, deseaba agarrar cada pedazo de aquella divina tela y desgarrarla y no permitir que nadie en el maldito mundo viera quien era ella vestida como un ángel demoniaco.
¡Sí! Lady Isabella Swan-Cullen estaba allí, como la princesa encantada de Alistair Sinclair, Eleazar Merchant, el fantasma de Michell y todos los amantes que había coleccionado y, que ahora, oficialmente, eran declarados como sus enemigos.
Excitado. Furioso. Salvaje.
Isabella sintió el fuego punzante que corría por su espalda, era el fuego del deseo que sabía que provocaba en cada hombre que la miraba descaradamente atraído por el espléndido cuerpo que mostraba. Sí, aquel vestido que un día, hace muchos años, había mandado a confeccionar al muy excéntrico modisto en Paris ― quien, por días, se encerró en su taller para crear el que hasta la fecha era su obra de arte: el vestido para la musa de Francia ― y que ahora, diez años después, estaba intacto, con su corte y diseño atemporal y perfecto, con la tela viva y brillante, tenía la misma capacidad de atrapar y escandalizar que hace diez años y eso la hacía muy feliz.
El brocato era de un rojo sangre que a la vista de la noche podía ser negro aterciopelado, con escote barco, dejaba ver su hermoso cuello y sus perfectos hombros desnudos, de los lados del entalle se desprendían cintas de seda cruda y oro metálico que anudaban la mitad de sus brazos haciendo que el contraste del color de la piel y de la tela fuese sanguinario y hermoso, crema y rosa roja. El corsé se dejaba ver y estaba lleno de pequeña correas del mismo material que parecían entrelazarse de manera sistemática en su talle para así coronar los pechos, que se abultaban voluptuosamente, haciéndolos ver como si fueran dos frutas apetitosas, dispuestas a ser mordidas y saboreadas, ofreciéndose para ser arrancadas a quien las quisiera poseer. Entre el rojo del vestido, lo frágil de su figura y toda la piel que mostraba, la imagen de Isabella le pareció a Edward, endemoniada, tanto, que lastimaba su vista. La tela caía artísticamente por sobre sus caderas, pareciendo un polizón que se arrepollaba a la mitad del muslo y que continuaba con varias capas de vaporosa seda que se alargaba por casi dos metros y haciendo que el efecto visual de verla caminar se le marcasen escandalosamente sus piernas e hiciese pensar que ella era una diosa pagana que dejaba estela de sangre a su paso. La imagen estaba coronada por las joyas, por su cabello enredado en trenzas y cadejos y por la estola negra de visón que apenas cubría sus hombros.
Todo era excitante, hipnótico, gótico y teatral, aquella imagen ― alejada totalmente del victoriano terciopelo negro y del virginal encaje blanco ― lucía escandalosamente perfecto en ella.
Edward resopla y se ahoga, todo en él bombea sangre caliente que hierve hasta sentir que todas sus terminaciones nerviosas van a derretirse y hacerse cenizas ante aquella Abrahel vestida de rojo. Sabe que ella está jugando, castigando y tirando sus fechas de seductor veneno, el blanco es su corazón, su alma, su cerebro y su dura verga erguida es la que responde ante semejante hechizo.
¡Pero no!
Él puede soportar el dolor de desear, porque si puede enterrar sus uñas en sus manos, tragar cada gota de deseo por ella, él no se arrastrará como esclavo ante la deidad maldita que clama por su alma, como el gran tahúr que es, su apuesta va más allá.
— Mi amor — camina despacio, él también tiene sus armas — ¡Estás exquisita! —se acerca a ella y respira duramente sobre su hombro.
Todo es caliente y aturdidor.
El guardarropa escogido por ella, no sólo para humillarlo, sino — y ella secretamente lo sabe — para deleitarse con el deseo de Edward Cullen, se luce con esplendor en aquel momento. Pero él, que ha guardado su orgullo, también está vestido para matar. Negro sobre azul, cuero sobre seda, diamantes empotrados en madera, olor de hombre, presencia de semental sano. Es hermoso vestido como un Lord, pero para la gata lasciva de Isabella Swan, es la perfección cuando está desnudo. Lo sabe y quisiera arrancarse su ropa, porque ella lo prefiere desnudo. Pero no, la guerra es la guerra.
Oh sí.
Porque después de eso ― del espectáculo de Mr. bastardo sin nada puesto ― era mil veces mejor que tenerlo allí, vestido, y tener la firme voluntad de no permitir un solo y mínimo toque sobre ella.
No pueden respirar.
Son hienas hambrientas.
Milady reprimiendo el instinto de gemir y morderse el labio para demostrar como desea pasar su boca, lengua y dedos por toda aquella hermosa estructura y él ardiendo por dentro porque sólo se ve enterrando la cara entre sus pechos, entre sus muslos, y lamer, beber y chupar lo que fluye en ese momento del centro de su sexo.
Animales salvajes.
Se huelen y se presienten de manera casi asesina.
Él le ofrece su brazo y ella lo rechaza, camina en silencio delante de él, mientras que Sussy tiene en la bandeja el vaso de whisky que Milord bebe de un trago para así, con un ardor, aquietar el que clama en su entrepierna.
Y duele.
Y lastima.
Y enloquece. Edward sabe que eso es lo que quería, que eso fue lo que siempre deseó; ella, una bruja que lo hiciera demente, una hembra capaz de condolerse por su alma ya que sólo aceptaba ser domada por alguien que estuviese a la altura de su propia lujuria.
¡Dios mío! Edward ruega a los cielos, porque sabe que está a un paso de la destrucción y que si no mide su amor por aquella dama maligna ― Isabella, princesa encantada, musa maldita ― hará de él un guiñapo sin sentido y en unos días Edward sería en la Londres Victoriana un miserable demente de ojos rojos clamando por el opio que le da vida y sustancia.
En el coche, ambos están en silencio, sin embargo los dos no despegan sus miradas el uno del otro, ella respira y él bebe de su oxígeno, él jadea y la piel de Isabella parece vibrar, con sus ojos ― verdes y líquidos ― recorren lentamente su rostro, desde su frente, pasando por su nariz, y mejillas y deteniéndose sobre su boca, allí ella arde, quiere que él la muerda, quiere su lengua penetrando dentro de allí y golpeando deliciosamente su paladar. Todo hormiguea en la anatomía de aquellos dos seres imposibles, la mujer quiere voltear y perderse en mirar las oscuras calles y dejar que el frio enfríe su piel y sus sentidos para que así mantener el control sobre el asustador hecho de que sólo quiere abrir sus piernas, abrir su cuerpo, dejar el alma al aire y permitir que aquel hombre ― que la recorre con su mirada de manera furiosa su cuello y sus senos ― la asesine con la boca, la torture con sus manos y la haga esclava con su sexo.
No se permiten ser débiles, se miran fijamente, ambos con los ceños fruncidos, reconcentrados y codiciosos.
De pronto, el terror de todo cochero: un bache que, en la calle a medio reparar, hace fluctuar, de horrible manera, al coche y a sus pasajeros, los caballos relinchan, el golpe de la fusta en el animal y la lucha del conductor para mantener el equilibro no los distrae de su objetivo, ambos se sostienen para evitar no desgarrarse como tigres en la selva y encendidos ― y también asustados ― por el dolor que no están dispuestos a aliviar.
Valets. Sirvientes. Cocheros y ayudantes del hermoso teatro pululan en todas partes, Baylis Road es un pandemónium de caballos, voces y personas. Parece que la mitad de toda la ciudad estaba allí, era el estreno de "La fierecilla domada" de Shakespeare, Edward no puede dejar pasar la ironía de manera triste ¿Estoy listo para domar a semejante bravía mujer que tengo por esposa? Por un segundo, Isabella miró tras la cortina del coche a toda la gente que allí estaba reunida, odiaba ir al teatro, amaba más la ópera pero no iba a perder la ocasión de escandalizar a la sociedad que por años la tuvo por insignificante y aburrida. En realidad, no odiaba el teatro como arte, es más lo amaba ― en Francia tuvo la oportunidad de ver a la gran Sara Bernhardt en "La dama de las camelias" de Dumas y fue alucinante ― lo que odiaba era toda esa parafernalia que se montaba a su alrededor, como gran evento social, allí se daban citas los miembros de la aristocracia para lucir quienes eran mas no para disfrutar una buena obra de teatro.
Sin embargo, ella, en aquel momento, sería la prima donna en aquella función montada sólo para su esposo. A lo lejos vio como algo se movía de un lado a otro, una capa de un color violeta, quiso llorar, era Eleazar, quien llevaba del brazo a una debutante rubia y graciosa. La presencia de su amigo la alentó, elevó su rostro con vanidad.
El cochero abrió las puertas del lujoso carruaje, Edward se abalanzó como felino, ofreció su mano para ayudar a su mujer a bajar, Isabella aceptó la oferta y el toque casi la aniquila de placer, dio gracias a sus guantes pues los dedos de su esposo entrelazados a los suyos eran posesivos y seductores.
Un pequeño pie enfundando en botines rojos de raso acompañó al otro, el frío aterrador dejó huella en su piel, la stola, que le caía por los hombros, fue cruzada sobre su pecho evidenciando aún más sus redondeces, Edward la miró contrariado, sabía que en unos segundos todas los ojos de aquel lugar se dirigirían a ambos, así que sin delicadeza, la atrajo hacia él y gruño en su oído:
— Cualquiera, madam que se acerque, sea quien sea, hasta el mismo estúpido del príncipe y lo mato sin piedad. ¡Un guiño! Una risa, una palabra de tu parte y verás cual es el maldito fuego que tengo ardiendo en mis entrañas, querida.
— No seas infantil, esposo.
— Soy el bastardo ¿Recuerdas? Cuido lo que es mío.
— Cien millones de libras.
— Y todo lo demás, bruja, todo lo que desvergonzadamente muestras en ese traje rojo.
Ella voltea y ambos persisten en sus miradas.
— Quien te oye hablar, mi amor, dirá que me amas.
Él sonríe ladinamente.
— Y quien te ve, querida, dirá que vistes sólo para mí.
Respiran y el aire se filtra por sus pulmones, ambos tienen la esperanza que en algún momento el hielo pueda enfriar el ardor interior.
El cochero recoge la aparatosa cola del impresionante vestido e Isabella lo toma en uno de sus brazos, mientras que con el otro sostiene la mano de su marido.
Caminan hacia la entrada del imponente The Old Vic, en plena Waterloo Road, Isabella no desea aferrarse con fuerza del brazo de quien fulge como su esposo, sabe que cualquier signo de debilidad y él se burlaría de ella así que levemente le apretó el brazo y levantó su rostro dejando ver el gesto coqueto y seguro de quien fue años atrás la coquet de Paris. Mientras tanto el esposo ardía, resoplaba y, con su mirada verde de felino fiero, observaba a cada uno de los hombres que detuvieron su paso para ver a la mujer que estaba a su lado.
Y no fue solamente los hombres, a medio minuto de hacer su entrada casi triunfal todos los ojos de la gran aristocracia miraban sin recelo y vergüenza a quien unos días antes era la muy tímida hija de Charles Swan.
― ¡Dios mío! ¿Cómo va vestida?
― ¿Es ella Isabella Swan? ¡Imposible!
― ¿No escuchaste que hoy se presentó en la fábrica de su padre vestida de hombre?
― ¿Y su luna de miel?
― Eso ocurre cuando una mujer como ella se casa con un tunante como Edward Cullen ¡Las convierten en seres desvergonzados y groseros!
― ¡Dios mío! Si ayer dejó de ser virgen y ¡Mírala! Ese hombre es… es un ¿cuál es su secreto?
― ¿Quién diría que esa niña tonta podía ser esta mujer sin vergüenza que muestra su cuerpo ante todos?
Quiero ser ella…
― ¡Está desnuda!
― ¡Desvergonzada!
¿A quién le digo que me haga un vestido igual?
Todos murmuraban, hipócritas por convicción y raza, se acercaron a la pareja y les desearon feliz matrimonio, mientras que en su interior esperaban el momento de todos de atacar a lo británico, es decir en los salones de té y en las reuniones sociales.
Isabella sonreía.
Edward se mantenía a su lado como si estuviese dispuesto a sacar un arma y disparar a quien se atreviese a vocalizar lo que pensaba.
A los lejos, Tania Denali observaba entre la muchedumbre lo que allí ocurría, su corazón agonizaba frente a la escena, una lágrima fue oculta entre las sombras, entendía lo que allí ocurría, entendía la rebeldía de aquella mujer con aquel vestido rojo y deseaba que fuese propio ― al igual que el hombre que lucía al lado ― pero, lo que más anhelaba es que la hubiese mirado, al menos una vez, con el mismo ardor celoso que ahora despedía Edward Cullen en su mirada.
Ella veía el amor, la pasión y el deseo, todos allí ― sin importar el cinismo y la crueldad ― podían entrever como el bastardo ― un paria de la aristocracia, orgulloso y altanero ― parecía ser un gigante planeta que giraba en torno al sol que era la mujer de rojo y ella… ella, Isabella, con su vestido revelador, sólo quería provocar a quien más amaba.
─ Bueno… al menos parece que la ama.
─ ¡Ja! Tanto como a su fortuna.
Ojos codiciosos y de duda sobre aquella pareja, y verdades que se veían a través de espejos cóncavos que daban visiones diferentes. Para unos, eran muestra viviente del amor desmedido de jóvenes recién casados y que parecían una sola entidad. Para otros, era la rabia contenida de Edward que, sabiendo cual era el juego de su mujer, trataba de adivinar qué hombre de allí era el amante de su mujer o cual de todos daría el primer paso para serlo.
Eleazar se acercó ― competía con el excéntrico Oscar Wilde en colorido de vestir y en las frases equívocamente fútiles con las que les decía a todos cuan ridículos eran ― y miró a Madam gratamente asombrado ante el hecho de ver como toda una niña bien era capaz de mostrar piel y vida en una sociedad donde una pálida y ojerosa flor era símbolo de buen gusto y elegancia.
« ─ Que no se diga que una dama inglesa no puede tener el coraje para mostrar mucho más que su abanico» Ese fue su comentario sentencioso de aprobación cuando la vio siendo la atracción de la velada.
Merchant ― que arrastraba a su pálida, rubia y silenciosa debutante ― se acerca a la pareja deteniendo una mirada piadosa en Edward Cullen, piensa que es un pobre desgraciado, está seguro que ya fue herido de muerte y que se esfuerza por sobrevivir en aquellas aguas turbias que significa tener a su lado a la princesa encantada.
— ¡Mon papillon! — besa su mejilla y escucha gruñir por lo bajo al marido — ¿Pourquoi ne me surprendrait pas, cher?
Isabella suelta el brazo de su marido y toma a su amigo, el apretón es tan fuerte que en ese momento Eleazar entiende que ella también está herida de muerte y que sangra ― metafóricamente ― con aquel vestido puesto. Hablan con las miradas, el francés ruega que se salve de todo aquello y ella responde que ya no puede detenerse.
— ¿Nos acompañas en el palco, Eleazar?
El hombre se alisa su mostacho y sus ojos oscuros relampaguean.
— ¡Oh no! Yo sólo vengo a presenciar una obra de teatro, una comedia. Mis ojos no están para ver, en privado, como aquí se sangra.
El matrimonio entienden la frase y por un momento Mr. Cullen siente que no está tan solo y que el papagayo ridículo sabe lo que está sintiendo. Isabella ve alejarse a su mejor amigo con la debutante, siente como todos la observan y su victoria le sabe amarga; sin embargo, continúa hacia el palco en compañía de su marido.
Toda ella enfundada en aquel vestido es todo lo que nadie en Londres se atreve, no le importa, sólo quiere demostrar a su esposo hasta donde piensa llegar, tiene una necesidad insana ― y majadera ― de decirle que su padre se lo compró por cien millones de libras y que sólo espera de él un desembolso aunque en la transacción quede con su corazón hecho pedazos.
Caminan, Edward ve entre la multitud los ojos azules fríos y sanguinolentos de Sinclair, lo maldice con miles de palabras aprendidas en la calle hollín, sabe que el desgraciado hijo de puta desea ver su caída y la caída de su esposa para después, precipitarse, como ave de rapiña, sobre ambos. Sin pensar en nada, pues ya el escándalo está servido en bandeja de plata, agarra a su mujer de la cintura y frente a todos, la besa como si ella fuese todo menos su muy decente esposa. Ella entierra las uñas en el brazo de su marido.
— ¿De qué te quejas, amor mío? ¿No es eso lo que eres cuando vienes vestida como una Jezabel?
Ella intenta desprenderse, pero él no lo permite.
— Aprovecha esposo, esto es lo más cerca que estarás de mi.
— Eso es lo que tú crees.
— ¡Oh no! Eso es lo que es. Ahora, que me he quitado la imagen de virgen inmaculada, puedo dar a entender que ya no hay nada que me detenga.
Edward hierve.
— ¿Tú amante está aquí?
Isabella como una minerva adicta a herir saca sus flechas y apunta.
— ¿Cuál de todos?
El murmullo hacia el palco es un eco que resuena a su paso como pequeños susurros de seres sin importancia.
Él también se apresta.
— Bueno, al menos no estamos tan solos aquí madam, mis amantes y los tuyos ¿No es una fiesta?
Y a lo lejos, en el palco de enfrente está Sinclair quien intenta develar como aquellos dos se despedazan, pero sólo ve dos seres que sin desearlo se buscan para rozarse de manera desesperada.
¡Como los odia! Esperaba ver desprecio, odio y asco y ve fuego y lujuria, ve a la mujer endemoniada que lo poseyó hacia años y la ve ganando y al maldito bastardo enajenado con ella.
― ¡Oh sí! … ¡Ya le hizo el amor! … ¡Ya sabe cómo es! … ¡No puede evitarlo! … ¡No es capaz!
Su rostro era odio puro y su sangre, veneno.
Y allí, en medio de aquel hermoso teatro, existía dramas que se desarrollaban durante años, Edward e Isabella envueltos en su propio entramado no veían que a lo lejos, Alice y Jasper, encendían otro fuego. La ciudad iba a explotar, la dama de rojo tenía un hacha filosa y con un solo tajo les dijo a todos que había jugado con ellos.
Alice ― llena de miedo ― sabía que sería el cordero por sacrificar, trataba de que el coraje con que se entregó a Jasper la primera vez siguiera allí. Ese mismo coraje que hizo darle la espalda a la biblia y a los anatemas de su padre tenía que persistir, el mismo coraje que la hizo sobrevivir su adolescencia como sirvienta en casas de amos crueles debía resurgir, el mismo coraje que le permitió abandonar la seguridad construida en la casa Swan no podía desertar. Ella debía mantenerse erguida, firme, resoluta para aquel momento y esperar tranquila la reacción de todo Londres cuando supiese que el recién viudo y muy noble Lord Jasper Whitlock la había tomado como esposa hacia pocas horas en una pequeña iglesia a las afueras de la ciudad. Convencida de su renovado valor, levantó su rostro hacia su antigua ama ― y todavía mejor amiga ― y por un segundo olvido su miedo porque allí, en el palco superior, reconoció a la mujer de la que había oído hablar una vez, la princesa encantada que descubrió en el cuadro oculto del desván, y entendió como sufría y que a la par de su dolor, estaba dispuesta a beber la sangre de todos los presentes.
¿Qué va a ocurrir con nosotras mi amiga? Qué va a ocurrir…
Pero en ese momento, al lado de Jasper ― que entrecerraba sus ojos y se movía nervioso ― se acobardó y quiso volver, volver a la cocina de la casa en Kensington y no tener que estar fingiendo quien no era ni aguantar el vestido que en ella ― y para su disgusto ― era algo que estaba más allá de su persona, el vestido de azulino tafetán ― peleaba con el adusto uniforme negro que por años fue su defensa ― la dejaba expuesta a toda la sociedad.
Ella e Isabella… mañana con sus cabezas puestas en la picota pública, quizás su amiga estaba por sobrevivir, no sabía si ella podría.
Abajo, todos murmuraban, los susurros fueron en alza, el chisme en pleno, la orquesta que anunciaba que la obra iba a comenzar no fue capaz de contener las voces, shiiis tratando de agotar el bullicio, las miradas sobre el palco principal, nadie estaba esperando la obra de teatro, todos y todas estaban hipnotizados con el matrimonio que desde lo alto parecían ser el verdadero espectáculo por el cual habían pagado.
Se abrió el telón, Isabella respiraba con fuerza, los ojos de su marido observaban descaradamente sus senos frutosos, respira con su subir y bajar, pendiente si asomaban descaradamente sus lilas oscuras y sensible que lujuriosamente adivina en el límite vértigo de su vestido. Él ya no fingía, en algún momento pensó que se lanzaría sobre ellos y los mordería, nada ni nadie más existía para él en el teatro. Tania, a lo lejos, trató de captar su atención pero apenas obtuvo una mueca oscura y desganada. Isabella vio los intentos infructuosos de la ex amante de su marido y en un arranque de celos furibundos pensó tirar al foso del teatro a la perra loca y maldita si se acercaba, Sinclair no parpadeaba, sus binoculares estaban pendientes de cada uno de los signos que ella daba. Todos la observaban, la deseaban y la despedazaban; sin embargo, para Isabella, sólo el toque posesivo de su esposo sobre su mano ― que la lastimaba ― era lo único que veía, sentía y le importaba.
Una endemoniada Catalina, en el escenario, resoplaba ante un padre que la quería dominar, y una Bianca adorable ― representando todo el artificio femenino ― que se quejaba que por culpa de su hermana no se podía casar; esa era la obra, los actores trataban de captar la atención del público, pero el ambiente era pesado, cargado y difícil porque tenía que competir con una pareja deslumbrante, que desde el palco y sin dirigirse una palabra, tenían la atención de todos.
La mirada de él la recorría, mordía su piel y lamía cada poro, su concentración estaba en cada respiración, en cada rítmico sube y baja. Concluyó que odiaba el vestido, era de pesadillas, el arma con que ella se burlaba y lo humillaba. Perdió la cordura, en ese momento no importaba nada, sólo deseaba pegar su nariz de su cuello y olerla como perdiguero a su presa. Sin medir consecuencias, se movió hacia su mujer y comenzó a respirarla, penetró con sus ojos cada poro, solo quería herirla, sofocarla. Llevó su mano hacia su espalda y con lentitud la deslizó lo largo de la columna, ella no se movió, pero ardía como ardía la mano de él sobre ella. Todo se contraía desesperadamente. Abrumada por el toque, Bella volteó hacia su esposo, y lo que ella vio casi la hace desmayarse: ojos oscuros y labios entreabiertos que dejaban ver la punta de la lengua que pasaba húmeda por las comisuras.
Su interior gritó: ¡Muérdeme! ¡Bésame! ¡Ámame! La mano continuaba sobre ella, un dedo arremolinó una de las cintas de aquel vestido y con furia sensual jalo y desató un poco.
¡Dios mío!
Él era capaz, ella también. Tomada frente a todos; allí, con él, como dos años antes cuando vio que lo hacía con Tania Denali que sin pena se perdía entre la oscuridad mientras que los actores vociferaban. Ahora, Edward Cullen iba por ella, iba levantar su vestido y enterrar su cara entre sus piernas.
¡Malditos dioses! Yo lo había deseado igual ¡Igual! Y, ahora ¡Lo hará!
Por un eterno segundo se miran, una gota de sudor cae por la frente de Isabella, el sonríe, está tan seguro de él mismo, tan seguro de sus dotes de amante que da por hecho que con un movimiento la hará suya en medio de todo el mundo y que finalmente se podrá parar frente a todos diciendo que es el gran bastardo del reino, dueño de cien millones de libras, que deja de ser parte de la baja aristocracia, que la elite tiene que hacerle un espacio y que tendrán que soportarlo porque seguirá haciendo lo que se le venga en gana, ahora fortalecido con la seguridad de que su mujer ― que tuvo a todo Londres, por años, engañado ― se derrite toda apenas con su toque.
Bella está a punto de perder.
Milady entiende que si él la toca, su mundo se quiebra.
Isabella Swan lo desea y la princesa encantada lo ama.
Su corazón palpita fieramente, él ha encontrado un pedazo de piel desnuda y presiona con fuerza, presiona como si este pequeño y mínimo pedazo de dermis fuese ese algo oscuro e hinchado en su sexo y presiona una y otra vez.
Isabella está a punto de caer, a punto de gemir y a punto de perder, se va volviendo liquida, se va abriendo y dilatando, Edward respira sobre su hombro, muerte de manera gatuna un poco y pasa su lengua por su lóbulo.
Tania quiere gritar.
Alistar Sinclair, se enfurece, hipócritamente se asquea por ser el testigo a primera mano de lo que él jamás pudo: un gemir de placer por parte de Isabella.
Los maldice.
Todo se paraliza.
Londres hipócrita y chismoso sabe lo que ocurre en aquel palco, están viendo algo que está más allá de la moral, algo que atenta contra todas sus costumbres, todo relampaguea y resplandece, la sexualidad y el placer existen, el amor instintivo y sin poesía tierna existe allí, no hay metáforas, ni sonetos, sólo dos seres que parecen que golpean a todos con su muy amoral deseo frente a todos.
— Puedo tomarte aquí, Isabella.
Depredador.
— Puedo y quiero, frente a todos — su voz hizo eco en su piel, seguía tocando — puedo darte mi sangre, puedo hacer lo que tu desees, dime que me perdonas, dime que me amas y ¡Diablos! Seré lo que quieras, me arrastraré por todo el mundo, me pararé en el escenario y le diré a todos que no me importa nada sólo tú ¡Dímelo! Dímelo ahora ¡Ahora, bruja!
Una tos detrás de ellos, el aire se enrareció, el olor de alquitrán característico del enemigo acabó con el momento.
— ¡Díselo princesa! Di que lo amas y después haz que se vuele la tapa de sus sesos como lo hiciste con Michell. ¡No! Mejor, haz que uno de tus amantes lo rete en un duelo y al final todo será como siempre: muerte y escándalo. ¡Noo! ¡No! ¡Hazle creer que tienes alma! Que tienes alma para amar a alguien, dile al imbécil que lo amas y así, él correrá donde todas sus putillas para burlarse porque al fin pudo domesticarte. Te aseguro que todas ellas se reirán de ti, él lo hizo cuando escribía las cartas que te mandaba ¡Tengo copias, querida!
Alistair se burlaba escondido tras las cortinas, presionaba los lugares indicados y abría las heridas. Isabella reaccionó de inmediato, su cuerpo se enfrió, y el deseo fue reemplazado por la rabia. Escuchó un chirrido, la silla cedió ante la fuerza del movimiento de su esposo que se levantaba para golpear la cara de su Sinclair.
— Oh vamos, Mr. Cullen ¿Quiere un escándalo aquí?
— Aún puedo acabar con usted y terminar de romper sus costillas.
— Hágalo y gritaré la verdad, hágalo y su esposa será expelida de la sociedad ¡Ni los millones de su padre la salvarían! y usted será definitivamente nada en esta ciudad — dio un paso al frente — el dueño del teatro me ha encarecido que se retiren de aquí, son un escándalo, todos quieren que se vayan.
— ¿Todos o usted?
— Todos, no son bienvenidos.
— ¿Se atreven a ofender a mi esposa?
Sinclair hace un gesto macabro.
— ¡Dios mío, Mr. Cullen! Eres más idiota de lo que pensaba ¿No te das cuenta? ¿No lo has adivinado? ¡Mírala! Ella quiere que la ofendan, porque así te ofende y te humilla ¡Conozco el vestido! — los ojos de Isabella centellean — sé lo que significa, es su manera de maltratarte, de decirte que le eres insignificante.
Edward voltea hacia ella.
— ¿Me amas, Isabella?
— No lo hace Edward, y si lo hizo alguna vez — saca de su bolsillo una bolsa — ¡Lo arruinaste! — tira la bolsa a los pies de la mujer — mira querida, son las diez mil libras que se pagó por ti, no valen nada frente a tu fortuna, pero eso era lo que tu valías, eres sólo un pagaré, no eres nada querida, no para Edward Cullen, sólo una apuesta más.
Por un segundo en aquel palco oscuro todo tembló, golpearía al maldito hasta matarlo, rompería cada uno de sus huesos y no le importaba nada, nada en ese momento.
— ¡Déjalo, Edward! No vale la pena — Isabella se levantó, tomó su silla y se refugió en la oscuridad — no vale la pena pelear, él no me lastima, ni tú tampoco, él me es indiferente y a ti, querido — su voz era hielo — no te amo.
Sinclair satisfecho; Edward, con dolor.
― Me aburren ambos ¡Largo de mi palco, Sinclair! Y tú, esposo, espera que esta odiosa representación acabe y ve hasta donde Tania Denali ¡Haz que la pobre mujer sea feliz! Evidentemente, a ella le interesan tus talentos porque a mí no. Tú no me sorprendes, amor mío, cien millones de libras y mi padre pagó demasiado.
La carcajada de Sinclair se escuchó en los pasillos traseros del palco pero a Edward no le importó, sólo vio a la mujer y entendió cuanto desprecio había allí y cuanto se despreciaba ella por desearlo. Esa era su vida, al final lo supo, la única mujer que podía amarlo por lo que era y ella se odiaba por hacerlo.
— Soy el hombre para ti, Isabella Swan, y tú eres la mujer para mí.
— No sueñes Edward Cullen nunca fui de nadie, menos de alguien que me vende por diez mil libras ¿De verdad crees que deseo entregarme a un hombre que quiere poseerme en medio de todos para así gritar a los cuatro vientos el valor que tiene su único don que sin esforzarse mucho se puede encontrar en cualquiera?
― ¡Tú sabías lo de la apuesta!
― ¡Y lo del contrato! Pero no por eso es menos humillante que te lo enrostren a la cara.
— ¿Acaso no lo ves, Isabella? El maldito quiere venganza — un paso hacia ella y la tomó del brazo — ¿Fue tú amante?
— ¡Ja! ¿Y qué si lo hubiese sido, amor mío? Sinclair me importa tanto como la tierra bajo mis zapatos, él es poca cosa, todos los son.
La voz de la mujer era dura y monocorde, Edward vio el hielo en aquellos ojos oscuros, no se escuchaban las voces de los actores, más bien se oía un rumor impaciente, de esos que provoca la expectación, sabía muy bien que todos esperaban el espectáculo y no era el que se representaba en la platea. Levantó su rostro, ella iría hasta el final, él también. Con el descaro característico y con fuerza medida, la arrastró hasta el palco y la dejó a la vista de todos. No, no se irían, se quedarían y les mostrarían a la crème Londres una verdadera representación dramática de lo que era aquel matrimonio brutal.
Sinclair, contento por su cometido, rápidamente volvió a su palco, se desentendió de lo que ocurría en el escenario y ansioso se concentró en lo que pasaba en el palco de enfrente. Se había ofrecido, voluntario, a los dueños del teatro para hablar con la pareja ― con la que lo unía una 'añosa amistad' ― para que se fueran, los actores, y el director, de la compañía estaban molestos y estaban a punto de renunciar. Pero en realidad, el pedido no tenía sentido, estaba más allá de lo que era posible, Isabella y su esposo eran sociedad ― y no podían arriesgarse a semejante escándalo infame de sacar a la mujer más rica del país y a su esposo ― pero estaba feliz con lo que había tenido oportunidad de presenciar ¡Si yo no la puedo tener, él tampoco la tendrá!.
En el acto dos, Isabella y Edward eran silencio, la función continuó sin más algarabía y sin embargo todos allí no prestaron atención los diálogos rimbombantes de los actores.
Isabella quería gritar y arañar el rostro de su esposo, Isabella quería besarlo hasta enloquecer, pero la bolsa con las diez mil libras seguía allí, tiradas en el suelo, como el cruel recordatorio de la afrenta y la mentira.
A lo lejos Alice la observaba, su carácter generoso y leal la hizo desear estar cerca para tocar su hombro y decirle al oído que dejara de luchar. No daba gracias de que todos estuviesen pendiente de Isabella ― pero eso permitió que su matrimonio pasase a un segundo plano y los mantuviera lejos de los chismes al menos esa noche ― esperaba a que Jasper cumpliera pronto su promesa de llevarla a la villa, no quería enfrentarse al comidillo y a la grosería que vendrían tras ellos. Concretar su amor con Jasper la estaba volviendo débil, estaba muy insegura con el qué dirán. Eleazar, minutos antes, había levantado una copa de vino y en un gesto histriónico ― y burlón ― brindó por ella. Tuvo que rogarle a Jasper para que no fuese a retarlo a duelo.
— Te mira como si te hubiese visto desnuda, Alice.
— Es un burlón, cariño, déjalo.
Era terrorífico pensar que algún día su esposo supiese sobre su aventura con el francés canalla. Contaba los minutos para poder largarse de allí, confiaba en su capacidad de tranquilizarlo haciéndole el amor, su esposo rubio y celoso parecía algo arrepentido de la visita al teatro y al igual que ella, solo quería recuperar la tranquilidad que tenía protegido por las paredes de su hogar.
La última escena. Edward prendió un cigarro, se burlaba de todos allí, dirigió su mirada a su esposa y dijo:
— No soporto a los estúpidos, cuando niño leía a Shakespeare y estos idiotas joden todo con sus falsetes y artificios, no es el escritor que leí.
Isabella no dijo nada, era lo mismo que ella pensaba, igual.
Se parecían.
Y ella tenía miedo a aceptarlo.
Sin pedir permiso, la mujer tomó su estola, miró con ojos de desprecio a todos y sin más salió de allí.
Edward la vio salir, agarró la bolsa con las diez mil libras y se las llevó a su bolsillo.
— ¿Huyes, amor mío?
Ella se detuvo, giró su hermosa cabeza de manera seductora.
— No, me aburren todos y sus hipocresías banales, todos ellos me aburren hasta el bostezo.
El humo del cigarrillo salió sensualmente de los labios de Mr. Cullen.
— Son poca cosa para ti, amada mía.
— Todos.
Contestó con amargura y sorna.
En el carruaje todo era silencio, llovía con esa lluvia pertinaz y fastidiosa.
El hombre observaba a esa mujer que estaba frente a él.
Hermosa.
Y silenciosa como una estatua, lejana y fría.
— Te haré el amor esta noche, madam.
— Oh no, mi amor — ella tenía la frase perfecta — ten compasión, no quiero venir de un espectáculo patético, para presenciar otro, además hoy lavo mi cabello.
La parquedad en Edward de los últimos minutos se fue a la porra, se paró encorvado en el carruaje y fue hasta su esposa, respirando sobre su cara.
— Te mueres porque lo haga ¿N es así, bruja? Te mueres por dominarme, quieres de mi la humillación, deseas que bese tus pies y llore como una ilota ante ti. Pues, no mi reina, no está noche, voy a quebrar tu orgullo, amada mía. Soy un bastardo ¿Quieres luchar? Te digo querida — y toma su cuello con fuerza, y lleva su boca a milímetros de la suya — ya has perdido, me perteneces.
Isabella no mueve un musculo convoca fuerzas de su rabia y de su pasado y lanza cuchillos.
— No le pertenezco a nadie, milord, no por diez mil libras, ni por cien millones, soy mi dueña.
Los caballos siguen su rumbo, trotan monótonamente, Edward saca su mano enguantada por la ventanilla, golpea para que el cochero aminore la marcha, a los segundos el carruaje calma su afán, ambos se miran, una ramera camina por la calle, una trotacalles que busca que comer, milord la llama, la ramera voltea aterrada ante aquel lujoso coche, se acerca, ve a aquel hombre hermoso acompañado de una mujer igualmente bella, la puta se queda mirando a la dama, nunca en su vida había visto algo igual.
— ¿Tienes hambre, madame?
La mujer sonríe le falta un diente, parpadea.
— ¡Mucha! Mi príncipe.
Isabella no entiende lo que ocurre, de pronto algo tintinea ¡Son las diez mil libras! ¡Maldito sea!
Edward llama a la mujer con dulzura, la bolsa pesa en su mano — ¡Toma! — atrapa la mano helada de la ramera y se la lleva a su boca y la besa — es un regalo hermosa flor inglesa ¡Todo para ti! — y suelta las diez mil libras en la mano de la mujer, dando una orden de emprender el viaje.
Los caballos corren, en la ventanilla posterior Isabella ve a la mujer caer en el suelo y llorar.
— ¡Vaya, Mr. Cullen! Me enternece, por un segundo creí que se quedaría allí cobrándole el favor a la ramera.
Un gesto seco fue la contestación, los labios siempre entre abierto y excitados, fueron rectos y lineales.
— No necesito pagar por sexo, madame, todas las mujeres de Londres han fornicado conmigo gratis.
— ¿Gratis? No es lo que cuentan, bastardo, mantenerte como el tunante de Londres fue el precio que todas debieron pagar, mi amor ¡Me apena que me rebajes a lo mismo!
Y de pronto algo tronó, una patada en la puerta del coche, el aire helado de la ciudad penetró con furia dentro del carruaje e Isabella vio cómo su esposo la observó con ojos de furia concentrada.
— Pasaran días mi amor, la próxima vez arrancaré tu ropa sin piedad — la tomó por la cintura y la besó con fuego — ¡No me extrañes demasiado, bruja! — y de manera suicida se tiró de éste en pleno trotar.
Y lo vio desaparecer en las sombras temiendo así que él no volvería.
Con lágrimas en los ojos que al contacto con el viento parecían convertirse en gotas de diamante Isabella se juró que él volvería, pero mientras tanto, se mostraría en cada palco, fiesta y opera de la ciudad. Iría vestida de colores violentos tan sólo para que él volviera y así seguir y continuar hasta que él o ella desfallecieran en el intento loco de triunfar en una guerra sin sentido que ya ni sabían lo que querían ganar.
Hasta que él cumpliera sus amenazas de patadas en su puerta, de ropa desgarrada, de copula violenta.
¡Dios!
Lo amaba.
Editado por XBronte.
Gracias a las chicas que comentan y son lectoras fantasmas, saben que no contesto RR por mi tiempo medido y loco. Esta historia está llegando a un punto donde no puedo dar más largas a su final inminente o a la parte donde el bastardo vuela…jeje ¿dije algo de más? Como algunas saben me iré del FF por un mes o un poquito más, lo que pasa es que hace como dos meses me enfebrecí y escribí casi 7 capítulos de esta historia, casi todos actualizados, por lo tanto el próximo de éste ya está escrito y para calmar ansias dejo adelanto aquí:
…
—Eras tan hermosa —besó su barbilla y con la punta de su lengua recorrió su cuello hasta quedarse en la pequeña depresión donde palpitaba su corazón— fui tan feliz.
— ¡Ja! Feliz de tener mi fortuna ¡Suéltame! —sin embargo el beso fue profundizado y se convirtió en una pequeño mordisco sensual que la hizo estremecer.
— Estaba tan orgulloso de mi —llevó su mano hasta la falda del vestido y lo levantó con suavidad, y penetró hacia la pierna que estaba criminalmente cubierta por una medias de seda que en la parte superior la sostenían unos ligueros— eras mía y todos me envidiaban.
Isabella se tensó, tragó hiel, cerró su boca y ladeo su cabeza hacia un lado, el tacto, la caricia de su mano caliente en una pequeña porción de su muslo que no era cubierta por la seda de la media era perfecta, íntima y cálida.
