Los personajes le pertenecen a Meyer.

FALSAS APARIENCIAS.

38


El carruaje corría por pleno llano, los efectos de las lluvias habían reblandecido el terreno provocando baches de lodo donde el enorme coche, a veces, parecía quedarse atascado. Esto provocaba en Edward una desazón aterradora, no llegar a tiempo despertó un sentido de culpa que jamás, en sus treinta años de vida, había sentido ¿qué pasaría si para su hermana Rosalie ya era demasiado tarde? ¿para su sobrino? o ¿para el mismo Emmett? Nunca podría perdonarse el haber faltado al juramento que se hizo de proteger a su preciosa hermana de todo, en ese momento todo el peso de la madurez parecía recaer sobre él.

Tantos años siendo un calavera, de juerga en juerga, de cama en cama, y de burdel en burdel sin preocuparse realmente por Rosalie, por quien era, por lo qué ella pensaba, o sentía. Nunca se detuvo a pensar en lo irresponsable que había sido, la había dejado sola a su suerte en medio de una casa que se derrumbaba mientras se dedicaba a su vida de libertinaje, es que a él… en esa época, le importaba un pito todo, pensó en su padre quien antes de morir apretó la mano de su hija y parecía no desear soltarla tan sólo porque le aterraba que ella quedase a merced de un hermano mayor egoísta y estúpido.

Ni siquiera cuando ella quedó embaraza se preocupó realmente por ella, lo único que hizo durante los primeros meses de preñez fue juzgarla como si fuese una ramera ¡qué hipócrita! Juzgarla cuando él se portaba como el mayor tunante de toda Inglaterra, si el imbécil de Alistar o la idiota de Tania Denali no hubiesen amenazado con poner su apellido en la picota pública y lanzarlo a la vergüenza y al escarnio, él, jamás se habría detenido a pensar en ella, y se habría encargado de sacar de en medio a Emmett sin importar que era el padre del niño y el hombre que su hermana amaba.

Recostado en el coche, Edward intentaba no llorar como niño pequeño, estaba tan asustado por lo que podría ocurrir… y por el ser humano en que se había convertido bajo los ojos de su adorado padre y amada hermana, que no entendía cómo él podría siquiera atreverse a rezar por ellos. A su lado estaba Isabella y, por un segundo, la gran verdad se le presentó ante él: ni siquiera siendo su esposo, ni siquiera amándola como la amaba, podría ser un hombre de bien.

Era un inútil. Nunca en su vida trabajó. Lo que tenía, y había conseguido, fue bajo trucos, engaños y mentiras… pisoteó el nombre de Carlisle, jugó con el corazón de todas las mujeres que lo habían amado, se burló de los sentimientos y emociones diciéndose que era pérdida de tiempo, escupió sobre todo, y vendió su alma tan sólo por el terror de ser desterrado de una sociedad que tanto se dijo detestar.

Con el rostro entre sus manos y mirando a Isabella a su lado, entendió que al final no era nada, y que el mundo siempre lo vería como el tahúr indigno; que frente a todos, se había casado con aquella mujer tan sólo por dinero, nadie daría un penique por los sentimientos volcánicos que ella le hacía sentir ¿Quién creería que al final se casó con Milady Swan porque realmente, realmente la adoraba?

Ella. Que trabajaba, que se vestía de hombre y se enfrentaba a un fabrica, a un padre ridículo, a una sociedad que no entendía cuan fuerte era, cuan libre era en su interior.

Mientras tanto, Isabella lo observaba en silencio, su corazón se torturaba al ver como su esposo estaba librando en su espíritu con la posibilidad de perder a su única familia, allí… frente a ella, el cinismo, la burla procaz, el reto, la ceja levantada en señal de indiferencia, el «no me importa nada» se desmoronaba y aparecía un hombre con miedo ante la muerte.

Esperó que el coche aminorara su velocidad debido a lo accidentado del terreno y se sentó junto a él, respiró con fuerza, era el momento de ser esposa, era el momento de ayudar, y dejar a un lado la rabia por la traición. Tomó su mano con fuerza.

— No te preocupes, Edward, estoy segura que Rosalie sobrevivirá… es una mujer muy fuerte.

— ¿Y si no vive, mi Bella? Jamás me lo perdonaría.

—Ese es el problema con los hombres de esta generación, y de todas, siempre creen que las mujeres no somos demasiado fuertes para enfrentar la vida —enredó con fuerza sus dedos en los de su esposo— tener hijos en medio de terribles circunstancias lo han padecido millones de mujeres siempre, querido, sin embargo… lo hacemos, es nuestra naturaleza. No seas como los demás, Edward… no, tú no… ¡sé diferente! Rosalie es fuerte, respeta eso… ¿acaso no viste como ha defendido su hijo frente a todos?... ¿Cómo, jamás bajó la cabeza, cuando todo Londres la tachaba mal?... ¿Cuándo defendía a Emmett saliendo con él del brazo en pleno Hyde Park, Kensington o Bravante Street?... Eso es lo que yo llamó una mujer muy fuerte.

— No quiero que muera, Isabella… no me lo perdonaría, la he dejado sola tanto tiempo, y ahora que es feliz…. —como buen inglés, Edward le teme a llorar, le temé a ese momento en que el alma se muestra en toda su totalidad, le teme a dejar que las lágrimas digan cuan ser humano es— puede morir.

Grandes lágrimas se deslizan por sus mejillas, gira su cabeza y su rostro lo recuesta en una de las paredes de cuero del coche.

— ¿Qué hubiera hecho si hubiese recibido en Londres la noticia de su muerte? ¡Dios, Isabella! otra cosa por la que debo agradecerte, estar tan loco por ti que tan sólo por perseguirte vine a Forksville, ni recordaba que mi hermana estaba en sus últimos días de embarazo ¿hasta cuándo voy a ser un idiota?

— Pero estás aquí Edward, se va a alegrar de verte.

— No me basta eso, no me basta nada en este momento, porque aquí, ahora, y frente a ti sé quién soy y la palabra bastardo toma el maldito cariz real del que tanto me burlaba, realmente soy un bastardo, mi Bella… ¡lo soy!

De manera dulce y sin la violencia que trae el gesto de desanudar unos dedos, mientras comparten un momento definitivo, Edward simplemente deja la mano de su esposa y mira el horizonte, de un sol pálido rogando volver a ver a su hermana y cumplir con ella diciéndole que la amaba.

Isabella lo sabía, Rosalie también….

«Él me ama madame, lo que ocurre es que nos educaron para no decirlo, pero cuando se sometió a la humillación de Sinclair y al chantaje de Tania, supe que tenía un hermano»

Isabella suspiró, ojala que se lo hubiera dicho, quizás ella lo habría perdonado, bajó su mirada y se dijo la verdad, jamás lo habría aceptado ¡Nunca! Se pasa al frente del asiento, Edward necesita tiempo, y ella necesita entender quien es ese hombre frente a ella… quien es ella frente a él.

Acompaña su mirada frente a la pradera, en el horizonte algo oscuro y poderoso se mueve con la velocidad del viento. Isabella lo ve desde lejos, su corazón salta de alegría al verlo… ¡es él! su hermoso y poderoso caballo Thunder… su lado más salvaje hecho negrura y velocidad.

Ella sabe que la ha presentido y ha venido a su encuentro, ha venido a saludarla, esperando –como si fuese un agónico amante– sentirla a ella, cabalgándolo en el llano o en medio de la noche entre truenos y tormentas. Sabiendo que está lejos de cualquier cosa, y que no tiene porque fingir, Isabella saca su cabeza por el coche, el animal salta una verja y se acerca a un metro de ella, corre como loco y da coces para que su ama lo mire, es hermoso y magnifico.

— ¡Thunder! ¡He vuelto, cariño! —grita liberada de todo— ¡te amo!

Edward observa al portentoso animal, siente que lo odia con todo su corazón, de alguna manera retorcida, aquel caballo es su más grande rival, la bestia la posee, tiene su alma, ella lo respeta, y su rostro hermoso se ilumina al sentir el trote poderoso de quien es la metáfora de su voluntad.

— Es un animal, Isabella.

—Si —la ve sonreír con malicia y misterio— lo es, él es un animal absoluto.

La enorme mansión se ve en contraste con el azul del cielo, sus murallas son de un color rojizo y ocre, los jardines se ven cuidados y dispuestos a florecer. Por las ventanas del carruaje, el paisaje bucólico se descubre ante los ojos, por las tierras corren los ciervos y otros animales silvestres, las ovejas balan a unos metros, el camino hasta la puerta principal de la mansión, para Edward, parece eterno y no puede esperar más, así que abre la puerta del vehículo y, antes que Isabella pueda detenerlo, se tira abajo y corre como un loco, hacia la enorme villa.

Isabella lo observa correr, entiende el amor profundo que su esposo siente por su hermana Rosalie, sabe lo mal que él se siente y puede entender ese dolor.

No es una mujer cristiana, siempre ha sido de esas personas que al vivir en medio de la hipocresía mide a todos por el mismo rasero –aún recuerda el sacerdote que en su villa, en Francia, la observaba con ojos de lascivia y que al saber que ella ya no era una niña virgen e inocente le declaró lo que sentía sin vergüenza y con palabras repugnantes y faltas de toda piedad religiosa–, conoció hombres y mujeres que iban a la misa y que en las noches sin falta se mostraban en las grandes fiestas y bacanales donde solía ir, o donde ella era la organizadora. Si, recordaba aquellos días y por eso… nunca reza, nunca pide nada al infinito, pero en ese momento –dos minutos antes de llegar a las escaleras que dan entrada a la mansión– milady Swan junta sus manos y pide por la salud de Rosalie… ella también es su familia.

No espera a que uno de los sirvientes tienda la ayude a bajarse del carruaje, simplemente levanta su vestido y se tira del coche.

— ¿Madam McCarthy? —pregunta, mientras camina presurosa.

— En este momento, está la comadrona con ella Milady, la señora ha sufrido demasiado, parece que el niño es enorme, al igual que el padre, y es demasiado para ella.

Corre por las escaleras, escucha un grito que le pone los pelos de punta; divisa, a lo largo del pasillo, a Emmett quien está rígido, como una estatua, y cabecea dándose golpes contra la pared. Respira y siente pena por aquel gigante, pero no puede perder tiempo, pone una de sus manos sobre la espalda y le da golpecitos de ánimo y con su impronta, no cabe duda que ella ahora está a cargo. Tira el sombrero sin importar donde caiga al igual que sus guantes y abre la puerta de un fuerte empujón.

La escena es impactante, ve a una Rosalie desencajada por el parto, a una mujer intentando que la parturienta puje, y a un Edward besando la frente de su hermana quien a pesar de estar en medio de semejante trabajo parece feliz que su familia esté con ella.

— ¡Isabella! —Rosalie jadea y extiende la mano a su cuñada e intenta una media sonrisa para aminorar el miedo que tiene.

Milady ahoga el terror, sabe que no puede mostrarse débil, le parece que la fortaleza de la hermana de su marido no merece lamentos, ella es una mujer digna de respeto y le parece que ambas son iguales de fuertes… quizás, más que sus hombres.

Ella son el alma, y ellos son sólo los músculos ¡hombres! Jamás han entendido la dureza de hierro de lo que las mujeres son capaces.

— No te preocupes, querida —Isabella frunce el ceño, y le dirige una mirada donde ambas se conectan, de esa manera le comunica que debe ser más fuerte de lo que ha sido, mucho más—vamos a lograrlo, tú, yo y la señora Harper.

— No mueras, hermana —la boca de Edward presiona su frente— tengo tantas cosas que decirte… tienes tanto que perdonarme.

Una dura contracción en ese momento se interpone en la lógica de Rosalie, todo su cuerpo se sacude de dolor, la cama vibra y sus manos agarran las sabanas.

— ¡No puedo aguantar más, Isabella!

— ¡Demonios! —la voz ronca de Edward se hace presente, mira a la comadrona— ¡Haga algo! ¡Mi hermana está sufriendo aquí! —se levanta de su posición de rodillas, su gesto es de furia y dolor, va hacia la mujer de mediana edad que está más interesada y preocupada porque un hombre esté en la habitación que por la salud de la mujer— ¿no es usted la maldita comadrona? ¡Necesitamos un doctor! ¡Isabella! —va hacia su esposa desesperado, ella entiende lo que ocurre, camina hacia él y pone sus manos sobre su pecho tratando de calmarlo.

— Shss, querido —siente el palpitar del corazón de aquel hombre latiendo contra su palma, la respiración agitada y entrecortada, la energía desesperada que éste emana— ¡Mírame, Edward, mírame! te lo prometo, ella no va a morir, tendrás un hermoso y robusto sobrino… y todo será perfecto.

Edward clava su mirada que en ese momento no es el verde alegre y chispeante de siempre, ahora es oscura, sus cejas negras se perfilan en línea recta y su boca se cierra con terquedad.

— ¡Está sufriendo!

— Vamos a hacerlo, querido, nadie morirá en esta casa, ella te necesita, necesita a su hermano fuerte —el grito de Rosalie vuelve a estremecer el lugar y Edward contiene su desesperación, aún así hace un movimiento de frustración, Isabella se aferra al chaleco y lo hala hacia ella— Rosalie confía en ti Edward, tu eres su familia, su hermano mayor, ella no necesita perdonarte porque simplemente te ama demasiado, no te tortures más, sólo quiere que estés aquí, que consueles a su esposo y necesita esa tranquilidad —se acerca a su oído y susurra— has sido lo único que ha tenido durante muchos años, confía en ti, eres fuerte, para ella… ¡poderoso!... si te dejas caer ahora, Rosalie… no podrá hacerlo.

— ¿Y si no lo soy?

— ¡Lo eres!

— ¿Y si no lo soy? —repite la pregunta.

— Pues, lo serás Edward Cullen, lo serás —dirige su mirada a la mujer quien parece que no puede aguantar un minuto más.

En Francia, su esposo Michell quien ayudaba a las yeguas cuando ellas daban a luz, le hizo acompañarla en aquellos partos donde las pobres yeguas se retorcían de dolor, una de ellas se le dificultó el parto, pues el enorme potrillo venía en una posición difícil, recuerda como aquel niño ayudó a la hembra, ella como una niña insulsa y egoísta fue testigo de ello con un dejo de asco y curiosidad.

— ¡Creo que ya viene, ahora sí!

— Señora Harper, vaya a la cocina y le dice a la cocinera que necesito té de manzanilla, mucha agua caliente, y toallas —se acerca a Rosalie— vamos a hacerlo tú y yo querida, sólo tienes que creer en mí, lastimosamente el doctor se demora y no podemos perder tiempo —agarra la mano de su cuñada y da un beso fuerte, la mujer llora más de miedo de perder a su hijo que de morir— ¿confías en mi cariño? ¿Confías en mí?

Los grandes y potentes ojos azules de Rosalie se fijan en aquella mujer que es la esposa de su hermano, hace muchos meses que descubrió que Madam Swan no era la típica señorita delicada y soporífera que abundan entre todas la mujeres de clase alta londinense, lo supo cuando fue en busca de su hermano a la calle hollín, cuando logró que Edward se enamorara de ella como un loco y cuando le plantó cara a Lady Catherine, el día de su boda. Isabella Swan era mucho más, y lo confirmó apenas llegada a Forksville, allí era un ama y señora con resabios medievales… se preocupaba de todo y de todos, de sus arrendatarios y de sus siervos y, sobre todo vio al enorme demonio de caballo que era Thunder, para todos… algo terrorífico y para los sirvientes… el único animal digno de ser montado por aquella mujer, que de frágil solo tenía la apariencia.

No podía dudar, era su vida, la de su hijo y la de Emmett la que estaban en sus manos.

—Si, si confío en ti, Isabella... lo hago.

Bella sonrió con tranquilidad, dentro de ella se moría de miedo, pero no podía exteriorizarlo, dio una mirada rápida; afuera, un hombre se desangraba al pensar que lo único que tenía en su vida moriría. A su lado… un hermano, que está aterrado ante la verdad que se le presenta: creer que su única familia se iría y no había hecho nada por retenerla. Y, ella… una vida solitaria, repleta de dinero, lleno de aterradores excesos, egoísmos y crueldades… y, con una pequeñita esperanza de reivindicarse… era hora de salvar el día. Era hora de salvar a la gente que amaba.

— Bueno cariño, vamos a traer ese bebé al mundo.

En cinco minutos, puso la enorme mansión en marcha, Edward se aferró a ella, se hizo en la cabecera de la cama y sostuvo a su hermana dándole aliento. Rosalie se negó a que Emmett entrara, el enorme y musculoso estibador era un hombre frágil en su interior, y no podía ver el mínimo atisbo de sufrimiento de su esposa porque lloraba como un niño pequeño, Rosalie aún en medio de todo, dijo a Isabella que lo prefería así:

No volverá a tocarme si ve el dolor de esta manera, Isabella… lo hará, estoy segura.

— Tienes que respirar Rosalie, respira y puja, cariño.

— No puedo Isabella, no puedo, por favor, me duele demasiado —Isabella estaba frente a la mujer sostenía sus rodillas, la señora Harper presionaba el vientre de la mujer, Edward se sentía impotente, ¡Dios! Odiaba ser un imbécil e inútil miraba a Isabella quien tenía una cara impasible, se acercó a su hermana y besó su mejilla.

— ¡Puja, Rosalie!

— No puedo —ella gimió casi sin oxigeno

— Eres muy fuerte, mi amor… ¡muy fuerte!... ¡hazlo por mí, hazlo querida! —sostuvo la mano de su hermana pequeña— no me importa si fracturas mis dedos, pero puja, cariño.

Da una mirada a su esposa, ambos chocan en ese momento, él le da una señal, sabe lo que va ocurrir, Isabella asiente, gime ante la responsabilidad en aquel momento.

— Puja, Rosalie… ¡puja, ahora!... señora Harper ¡apriete con fuerza!... ¡es ahora o es nunca!... puja Rosalie, puja ¡ahora!

Rosalie grita en ese momento, levanta su cabeza y hace un monumental esfuerzo, su cuerpo parece abrirse en dos, Isabella se posiciona, pone sus manos en la cabeza del bebé que ya asoma.

— ¡Dios Rosalie! ¡es hermoso, cariño! Un esfuerzo más querida, un poco más ¡puja!

La mujer vuelve a hacerlo, el dolor se ha duplicado pero sabe que no puede claudicar, con una fortaleza desconocida para ella, aprieta su boca, hace un esfuerzo nacido desde el fondo de su alma y vuelve a pujar en medio de un grito ahogado.

— Eso es cariño, eso es, Rosalie, ya, ya viene —el hijo de Rosalie se desliza entre sus manos, es todo sangre y agua— ¡es un niño, linda! ¡un hermoso y enorme niño!

La cabeza de la madre cae agotada en la almohada, Emmett no ha aguantado más y entra presuroso a la habitación viendo a su hijo que parece dormido entre las manos de Isabella que lo limpia mientras que la señora Harper corta el cordón umbilical, de pronto el pequeño abre la boca y a todo pulmón anuncia que ha llegado al mundo, mientras que Emmett llora en el cuello de su esposa y Rosalie, en medio segundo, ha olvidado el dolor al escuchar a su pequeño hijo.

Edward cae a un lado de la cama, se lleva sus manos a su cabeza y descansa, Isabella envuelve al pequeño que llora diciendo que no le gusta el mundo de afuera, una sensación de alegría y tristeza la invade, aquel instinto maternal que ha estado latente en ella sale a flote en aquel momento, solloza ante su necesidad, pero calla, porque en ese momento la maternidad que importa es la de su cuñada.

— Aquí está tu hijo, Rosalie —lo pone en el pecho de ella— es un pequeño revoltoso ¿no es así, bebé?

Rosalie lo sostiene, llora de alegría y lo besa en su frente, en ese momento el bebé se calma, Emmett observa a la pequeña bola de carne que está envuelta en aquella cobijilla de color rosa, está conmovido por aquel, nunca creyó que amaría a alguien de esa manera, está feliz y lleno de confusión, ahora en verdad tiene una familia, realmente ya no es el niño paría que se moría de hambre en la fría Londres, ya no necesita nada más, es su familia, y es padre.

Se aleja, parece sobrar en aquel momento, pues su esposo Edward se ha levantado del suelo y va hasta donde su hermana que sostiene aquel hermoso bebé quien tiene una rubia y espesa mata de cabello. Rosalie le muestra al nuevo miembro de la pequeña familia Cullen, el tío arruga su nariz en signo de simpatía y absoluta ternura.

— ¡Vaya! parece que tenemos un chico fuerte aquí —pues el bebé, de una forma inconsciente, toma el dedo de Edward y lo aprieta con fuerza.

La señora Harper la observa, su ama es una mujer extraordinaria, Isabella dice en voz queda que mandará a las sirvientas a limpiar el lugar y ha purificarlo con un poco se hierbas secas, camina con desgano, lleva sus manos detrás de su espalda y abre la puerta.

— Gracias, Isabella… nos has salvado madam —es Emmett quien habla— es usted una gran dama.

Edward trata de levantarse, pero en ese momento su mujer le da una orden con su mano, está agotada, triste y necesita… necesita aire.

Camina por el pasillo, por un segundo quiere caer, no desea ir a su habitación, desanuda el delantal que tiene sangre y está húmedo, sólo desea salir, ha estado tan cerca de la muerte, unos minutos más y Rosalie no habría sido capaz de hacerlo sola, ve el final del pasillo y la primera grada de las escaleras que la llevan hacia el piso de los sirvientes se muestra ante ella, tiene sed, hambre, sueño, pero sobre todo tiene un deseo poderoso de oxigeno.

En menos de dos minutos los sirvientes la vieron caminar con la cabeza en alto, se levantaron, como lo usual, y todos, en coro, dijeron:

— Madam.

Se paró frente a todos, con la cabeza levantada, que ninguno de ellos leía como signo de arrogancia.

— Señora Tramp, sirva algo de comida para mi esposo y el señor McCarthy, también para la señora Harper, un poco de vino en la cena estaría muy bien, necesito que alguien ayude a madame Rosalie a bañarse, y que alguien se encargue del bebé de la casa, mientras que ella descanse ¿las habitaciones están habilitadas para mi esposo y para mí?

— Si, madam.

—Bien, que amables son todos.

Camina desesperada por salir de allí, todos saben hacia dónde va.

— ¿No cenará, Milady?

Isabella ya está fuera, levanta su mano diciendo que no ahora, da tres pasos hacia delante, el pequeño Joseph sabe que debe hacer, corre y se adelanta, la caballeriza está muy cerca, y el demonio de Thunder da coces contra la madera.

De pronto el animal se calma al sentir la presencia de su dueña, Isabella respira fuertemente en la oscuridad, el niño prende la pequeña caperuza, y el lugar se ilumina con aquella luz amarilla, es más de media noche y nadie ha dormido en la enorme mansión, los pasos del ama son seguros y van directamente a abrir la gran puerta que encierra su alma oscura: su caballo.

Ella es pequeña frente a la enorme bestia, sin embargo el animal da unos pasos hacia ella, y agacha su enorme cabeza para que Isabella le haga cariño.

— Me extrañaste ¿no es así, cariño?

El animal dio un cose violento contra la tierra, Isabella sonrió de forma maligna.

— ¡Oh si, extrañas a tu amor!

El chico e Isabella no lo han visto, pero escondido a las afueras del gran establo está Edward quien dos minutos después de dejar a su hermana agotada y feliz corre tras de su mujer para besar sus pies, si es necesario por haberle salvado la vida, sin embargo al verla salir de la casa casi a trote él frena su agradecimiento… está fascinado y celoso de la colosal bestia que ella tanto ama.

— Apuesto, mi amor, que te has sentido muy solo aquí, sin mí —la oye hablar— ¡que chico más hermoso eres! —es increíble que un animal de las proporciones de Thunder bajo la mano de aquella mujer pequeña se muestre como un potrillo indefenso. Edward esta excitado frente aquella visión, la ve tomando las riendas y la ve montarse en el caballo, la imagen es hermosa y está lleno de peligro— esta noche soy tuya, Thunder, llévame donde quieras…

La bestia —Edward estaba seguro— era feliz y respondió al pedido de su ama con un movimiento violento, en ese momento el esposo de madam Swan camina presuroso antes de que el caballo y su mujer traspasen las puertas de la cochera, ve la sombra oscura que corre como si fuese el mismo Satanás, se para en medio para impedir que aquel se lleve a su mujer… ¡sólo él tiene derecho!... ¡Es ridículo los celos que siente frente a la bestia!... Pero son reales… ¿qué debe hacer para que ella lo ame y respete como ama y respeta aquel maldito y perfecto monstruo?

Isabella sólo ve el bosque y vacio, sólo entiende que debe desatarse, correr, salir. El viento, la velocidad, los tremendos músculos que se tensan bajo sus piernas… necesita libertad absoluta.

— ¡Apártate, Edward! —grita, grita a su hombre, grita a su bestia y emite una onomatopeya furiosa para así alentar el fuego que arde en su interior, nada la detiene, nada….— ¡Fuera de mi camino!... ¡Ahora!

Edward se hace a un lado y la fuerza del trote de Thunder lo tumba a un lado, por un momento se queda viendo la poderosa escena y ve como su mujer voltea a mirarlo, juró por Dios que los ojos de su bruja eran rojos y que ésta estaba poseída por un llamarada que la incineraba.

En medio segundo se paró del suelo, el pequeño Joseph intentó ayudarlo, pero el amo lo apartó con desgano, corrió hacia el bosque, se veía a lo lejos el animal y la mujer que lo cabalgaba, corrió y corrió como si en esto se le fuese la oxigeno, la vida y todas sus fuerzas.

¿Quién era esa mujer?... ¿Siempre estaría tratando de alcanzar aquella hembra tratando de igual su poderosa alma?

En un segundo la imagen se perdió en el bosque, y él que ya no podía seguirla paró de correr, recuperó el aliento y afinó sus sentidos tan sólo para intentar escucharla. Y lo hizo…

— ¡Corre Thunder! ¡Lejos!... ¡Muy lejos!

Durante dos horas, Edward la esperó en pleno campo abierto… pero ella no llegó, fue hasta la cocina, y los sirvientes lo observan con recelo. El ama de llaves le dijo que la señora había ordenado que le sirvieran la cena, sin embargo Edward no escuchaba, su alma, su corazón y su vientre estaban repletos de una cantidad de emociones que parecían que en cada exhalación en inhalación emanaban quemando todo a su alrededor.

Casi pierde a su hermana. La muerte estuvo allí cerca, y sin embargó no triunfó porque Isabella se plantó y con voluntad de trueno hizo que Rosalie diera a luz un niño sano y enorme. Rosalie se mostró como la mujer fuerte que era y con igual voluntad que su esposa luchó por su familia. Emmett, aquel hombre enorme e inculto, mostró que su corazón era aristócrata y noble.

¿Y él?

¿Él?

Dio un golpe furioso contra la mesa, en ese momento era un idiota, maldito y cobarde que hasta sentía celos de un puto caballo.

— ¿Siempre hace eso? —preguntó al sirviente que le servía la cena. Cabizbajo y sin mirarlo directamente, hizo un gesto de afirmación— ¿desde hace cuánto?

— Siempre, Milord. Desde que volvió de Francia hace eso, ese caballo endemoniado está con ella desde que era un simple potrillo, nadie pudo montarlo, sólo ella fue capaz, parece que ambos se conectan de una manera que nadie entiende en este territorio, todos los habitantes de la comarca escuchan como ella cabalga con él a contra viento, al principio todos nos moríamos de miedo, pensábamos que algún día la encontraríamos muerta con su cuello roto, pero nunca le ha pasado nada, al final todos nos acostumbramos a eso… hasta el mismo vicario —quien creía que Thunder era el mismo demonio— lo entiende.

El sirviente calla abruptamente, Edward —quien se lleva un pedazo de cordero a la boca— no tiene hambre pero siente una necesidad de devorar todo, observa al hombre delgado que piensa que ha hablado demasiado.

— ¿Qué entiende…?

— Samuel, Milord.

— ¿Qué entiende, Samuel?

— Que madame es diferente, que no es como la demás mujeres, que no es como las otras personas —el hombre toma un poco de vino y lo sirve, baja mucho más la cabeza y de esa manera dice tácitamente que no debe hablar más y que se ha excedido en palabras.

Edward comprende y calla también, sólo que en su pupila retiene la visión de su mujer cabalgando a pleno campo y en la oscuridad sin que nadie la ate o la domine.

Él quiere dominarla, pero sabe que no puede, él quiere ser su igual, pero teme que quizás no tiene las agallas para hacerlo, él desea que ella no tenga miedo de ser lo que es, porque es todo eso lo que él ama desesperadamente, él ama eso, ese fuego, ese ardor, y esa fuerza…

No le importa reconocerlo, él ama que ella sea mala, rabiosa, caprichosa y zorra.

Ama que sea una maldita bruja.

En un momento se escucha el llanto del bebé de Rosalie, sonríe, ¡que enorme bebé! ¡que hermoso es! Tiene el cabello rubio de su padre y sus ojos azules que se niega abrir demasiado, lo cargó un mínimo de tiempo y lo amó como si fuera propio, en ese momento, en aquel pequeño momento hubiese deseado con todo su corazón que ese hijo fuese propio, de nadie más… de él y de su mujer. Parpadeó… ¡Dios mío!... ¡Idiota! Toma la botella de vino y la bebe como agua… ¡eso era!

Ella también sintió lo mismo, ella deseaba igual… deseaba ese hijo con él. A pesar de todo, de su rabia contra él y de ella misma, deseaba ser madre.

¿Cómo comprender a aquel lobo oculto entre seda, abanicos y voz dulce? ¿Cómo saber que, al final, estaban desesperados por pertenecerse, por formar una familia, por ser gente de valía?

Durante dos horas Isabella corrió por las grandes praderas, y por el bosque espeso, vacio su mente de todo, vacio su mente de la tristeza, de la soledad, de su dolor de no poder ser madre, de quizás no poder ser jamás esposa, cabalgando en aquel enorme animal se dejó llevar por la necesidad de no sentir…

Fue el mismo Thunder quien, ya agotado, paró en medio de la planicie, Bella lo sintió resoplar. Apretó sus piernas en torno a él y se conectó con la maravillosa maquinaria de poder endemoniado de aquel caballo.

— ¿Estás cansado, viejo amigo? —le dio una palmada en el pescuezo— ¿no te estarás envejeciendo? —se agachó y le susurró levemente— no puedes, Thunder… ¡eres inmortal!... naciste para correr, muchacho.

Sin embargo, el pelaje y la respiración denotaban que estaba agotado, su ama ―que siempre lo llevaba hasta los límites del condado cada vez pedía más y más de él― Io abrazó por el pescuezo, Thunder le daba parte del poder que necesitaba para estar siempre en corrida veloz.

A las tres de la mañana, Isabella caminaba de vuelta a la mansión, tenía en sus manos las bridas de Thunder, los dos habían disfrutado de la libertad que les daba la soledad amparados en la noche.

Se escuchaba el sonido incesante de las cigarras y de los búhos que abundaban en el lugar, todo era tan tranquilo que por momento paró para escucharlo todo y el sonido más poderoso fue el de su corazón.

Alzó su cabeza hacia las ventanas de la villa, los sirvientes estaban descansando del trajín de los últimos días impuesto por Emmett quien según una de las sirvientas había hecho que todos entendieran la responsabilidad de ser la casa principal de la comarca, ella estaba orgullosa, sabía desde el mismo momento en que lo conoció que él era el indicado para manejar la mansión y los pequeños e intrincados mundos de todos los aldeanos y siervos.

El guardabosque la saludó en silencio, el viejo parecía jamás dormir, y estaba acostumbrado a ver a la mujer vagar por los campos a la media noche. La puerta de la cocina estaba abierta, el calor de los grandes hornos aún se sentía en la casa, aspiró el aire y el olor del pan horneado permanecía en el lugar, era uno de sus olores favoritos.

Subió la escalera hacia el piso principal, volvió a respirar, de pronto una cerilla la sorprendió en la oscuridad, no movió un solo músculo, pues sabia quien era el dueño de aquel mínimo fuego que volaba en el aire.

— Gracias, madam.

Su voz sonó ronca.

— Era mi labor, Edward.

Ella no volteó, sin embargo sintió como los ojos la recorrían en la oscuridad.

— Te amo.

Isabella respiró entrecorta. Si Edward hubiese visto su rostro, quizás, hubiese tenido esperanzas en que ella finalmente pudiera ceder un poco.

— Es un hermoso niño, tu sobrino.

— Te amo.

Apretó con fuerza la tela de su vestido.

— Es muy rubio, seguramente se parecerá a toda tu familia, creo que es igual a tu padre.

— Te amo.

Apretó los dientes para no gritar, aún la fuerza de Thunder transitaba por su cuerpo y, a pesar del día de infierno y del miedo intenso al creer que Rosalie no lo lograría, Isabella Swan sentía que estaba preparada para seguir y seguir… hasta morir.

— Tendrás bellos sobrinos, Edward.

— No tan bellos como nuestros hijos, bruja… te amo.

Isabella se dobla, un pequeño gemido sale de su pecho, sólo él sabe lo que siente, sólo Edward, el bastardo, entiende lo que ella quiere.

En un abrir y cerrar de ojos es levantada del suelo, la boca de él se estrella contra la suya.

— ¡Voy a hacerte el amor toda la maldita noche!... no dirás que no.

— No diré que no, Edward.

Con una patada, él abre la puerta de la enorme habitación principal, ya la conocía de memoria, sólo una vez y la imagen de una Isabella con fiebre y semidesnuda lo marcó para siempre.

Ambos, entre gemidos, desgarraron su ropa, la luz del candil iluminaba todo el lugar, los besos venían e iban, se lamían y chupaban, se mordían con fuerza.

Edward, sabiendo quien era su mujer, la tiró sobre la cama y el cabello de ella se extendió en todo su esplendor. La observó detenidamente, Isabella respondió abriendo sus piernas y dejando ver su sexo que brillaban por la humedad de la excitación.

— Tiene usted un hermoso coño, madam― Bella palpitó y se enarcó ante las palabras— y te amo y amo tu coño, también.

— ¡Bastardo malnacido!

Lo vio caminar con fiereza hacia ella, morder su boca y moverse entre su cuerpo, los ojos verdes relampaguearon.

— Y, también amo tus tetas.

Si, él se lo decía, porque Isabella Swan, madam Swan, hija de lord Swan, no quería caballeros, porque ella era la dueña de un caballo negro… que era su sexo ardiente y deseoso de libertad. En medio segundo, el cuerpo de Edward desapareció de su visión y lo sintió en su sexo, enterró su lengua, chupó, lamió, penetró con sus dedos y bebió sus jugos.

Era glotón y ella gritaba al sentir como, entre lengua y dedos, él lograba que tuviese uno y otro orgasmo. Edward casi enloquece cuando siente como las piernas de su mujer se enredan en su hombros y lo empuja con fuerza para que chupe más profundamente, su olor lo tenía a punto de morir, nunca en sus treinta años de vida ninguna mujer había logrado que él estuviese tan erecto y tan ansioso de sentir la seda de una raja húmeda envolviéndolo.

Lengua y gritos… chupar y lamer… y gritos. Ella gritaba, presionaba y enredaba sus dedos en su cabello, en medio de aquellos gemidos, desenredó las piernas hermosas y cremosas de su cuerpo y se alejó unos centímetros. Isabella levantó la mirada y lo retó con ella.

— Eres una bruja impaciente, mi amor —se abalanzó sobre el cuerpo de la mujer que sudaba, el cabello de Edward estaba húmedo y todo él olía a su sexo, las bocas de ambos se estrellaron y ella probó de sí misma en la lengua de su hombre— ¿sabes bien, no es así, reina mía? —la risa torcida no se hizo esperar— espero, mi amor, que devuelvas el favor.

Oh si… ¡por favor! Isabella correspondió la sugerencia al deslizar su mano entre los dos cuerpos y tomar la verga dura y poderosa de aquel hombre, era suave, caliente, algo que ella no parecía poder abarcar en su totalidad, el relieve de las venas presionaban se sentían en la palma de sus manos, no podía esperar para tenerlo todo él dentro, comiéndoselo por completo con su coño que palpitaba y con su boca que lo necesitaba, lo tomó con fuerza como si fuese la brida de Thunder, acarició sin delicadeza y se carcajeó cuando escuchó una blasfemia fehaciente en la boca de Edward, enredó sus dedos en su vello púbico y haló con maldad.

— Por supuesto que sí, míster Cullen —saca su lengua y lame su barbilla de manera lenta, mientras que con su mano toma un poco de semen que gotea en la punta de su glande y se lo lleva a sus labios delineándolos maliciosamente— ¡siempre es un placer!

Se sentía poderosa, fuerte, ardiendo y puta…

¡Dios mío, lo soy! ¡Ayúdame, porque esto es lo que soy!

— ¡Te amo! —se alineó en sus cuerpo— no me importa si no me lo dices aún, mi Bella —tomó su verga y la acarició llevándola directamente hacia el sexo de su mujer— no me importa si tengo que esperar toda la vida —malvadamente, con la punta recorrió toda la vulva de quien amaba, presionando en los lugares justos, es los lugares oscuros— dicen, mi amor, que aquí —se detuvo en su parte más pequeña y presiono un poco, los ojos de Isabella se abrieron no de temor sino de excitación siniestra— existe un placer que no he conocido… ¿tú…?

— ¡No!

— Seré el primero —su pecho se hinchó de orgullo.

— Serás el primero.

Se inclinó un poco y abrió más las piernas.

No podía esperar.

— Seré el único, mi reina ―sin pedir permiso, penetró en ella— ¡joder!

Por un momento, Edward tuvo que cerrar los ojos al sentir como se deslizaba suavemente por el sexo de su mujer, sino hubiese tenido más autocontrol se habría derramado como un idiota adolescente, estaba tan apretada que el movimiento era casi imposible, embistió hasta muy adentro y la escuchó gritar, nunca era suficiente, siempre deseaba más, abrió sus ojos, y ambos se conectaron, gruñeron, Edward embistió con fuerza, Isabella jadeo y esto lo incitó, un rugido seco salió de su pecho y sin piedad comenzó a embestirla, salía y entraba, animado por el placer, por sus gritos, por los senos de Isabella bailando frente a sus ojos, quería morderlos ¡Dios que lo haría! Embestía y golpeaba su clítoris que estaba hinchado como una flor, una y otra vez, ella maullaba y bailaba en su eje.

― ¡Sí!

— ¡Te amo bruja! ¿Esto es lo que quieres? —se estrella contra ella, muerde sus pezones, y sigue golpeando en su interior— ¿es esto?

— ¡Sí!

— Lo que quiera, mi ama —la atrajo hacia él, hasta que el sonido de sus jugos no era tímido, el sonido de las carnes era un abofeteo intenso, sus testículos golpeaban el trasero de la mujer, mientras que el sudor se deslizaba por sus pieles.

Oh si poetas de Inglaterra, esto es lo que se llama la poesía en movimiento, es así… si… así… ¿lo escuchan lectores? ¿Lo sienten? ¿El palpitar de algo que gime y aprieta?

Es fuego puro.

La embestida se hizo errática, Isabella instigó el movimiento, sus ojos era perversos y ávidos, él correspondió entre gruñidos y labios, entre te amos duros y entre lloriqueos y ruegos. En un momento Edward salió de Isabella, ella detuvo su respiración y dio un recorrido de ¡no te atrevas! Hacia aquel hombre que estaba erecto apuntando hacia su boca.

― ¡Sí!... ¡más!

— Eres una esposa impaciente, madam —la tomó de las caderas y en un movimiento suave, pues Isabella era delgada y delicada la puso boca abajo, ella gritó de sorpresa, pero el grito desgarrado llegó cuando volvió a penetrarla desde esa posición, deslizando su mano en su vientre y apretando con fuerza, mientras beso el lóbulo de su oreja y mordió su cuello con ternura— ¿te he dicho hoy cuanto la amo madam? —empujó de nuevo.

— ¡Ahgg! ¡Dios!

— ¿No? —una nueva arremetida, penetrando con sus manos en su clítoris— ¿no?

— ¡Por favor!

— ¿Si, madam? ¿No lo he dicho lo suficiente? —tres empujes brutales dentro de ella— ¿no lo he hecho? —una, dos, tres veces— ¿no lo hice?― Isabella, enloquecida, lleva sus brazos hacia adelante, no puede respirar, no puede nada, sólo siente que va explotar— ¿no lo he dicho?

— ¡No! ¡No! ¡No!

Él para su acometida y se carcajea tras ella.

— Pues, que poco caballeroso soy madame —y ataca de nuevo y cada arremetida es un te amo duro, un te amo fuerte, un te amo agónico y laxo… un te amo bestial.

Isabella empuñó sus manos, volteó a mirarlo, y su placer ardiente se fue hacia el cielo cuando vio como él decía con aquella boca como la amaba, al ver como su sexo empujaba hasta la locura, lo amaba, lo amaba, lo amaba….

Explotó fuerte, duro… arañando las sabanas, enterrando su cara en ellas….

Silenció todo, sintiendo como él seguía en ella, se concentró en los movimientos dentro de su cuerpo, quería sentirlo, quería sentir sus músculos, amarlo, sentir lo poderoso que era… y al final, la semilla caliente disparó en su interior, y eso hizo que ella volviera a sentir el clímax en espiral que emborrachaba su cuerpo.

Diez minutos dormido, algo lo despertó haciéndolo gritar, abre los ojos y ve ante sí el espectáculo de su mujer tomándolo con su boca.

— ¡Milady!

Una fuerte carcajada resonó y toda su caja torácica parece no tener suficiente oxigeno.

— Le debo el favor, milord —Edward siente que sus ojos se van hacia atrás y que su piel se desprende en cada lametazo— además —Bella extiende los brazos y pellizca sus tetillas— hoy no he cabalgado lo suficiente, querido.

— ¡Joder, bruja! Vas a matarme… eres una putilla descarada.

Ojos verdes y ojos marrones chocan, ella tiene la punta de su verga en su lengua, saliva y semen se deslizan por las comisuras, Edward espera una respuesta… una señal, ella se lo da en una sonrisa maquiavélica.

— ¡Oh si, milord, claro que sí! Lo soy…

— ¿Eres libre, mi amor?

Respiró sobre él, mordió sus labios con intensidad, apretó el tronco duro de su miembro… lo besó fervientemente y mimó con ternura.

— Hazme libre, Edward… lo necesito.

Él se yergue un poco, toma su cabello y lo enreda en su mano y la acerca hacia su sexo.

— Lo serás mi reina, lo serás…. —deja caer su cabeza, siente como ella lo lleva hasta su garganta y vibra allí— te amo… se libre madam Swan… se malditamente libre.


Editado por XBronte.

Hola chicas, este capítulo estaba presupuestado para que fuese muy largo, pero era demasiado para ponerlo en un solo, demasiado calor, demasiado Thunder y demasiado todo. Sólo les digo que en el próximo el enfrentamiento entre dos machos será ¿cómo decirlo? …. ¿quién ganará esa contienda? Aquí entre nos quiero que sea la tormenta negra….

Estos dos capítulos son dedicados a mi chuchis preciosa, Belen Robsten quien ya sabe lo que ocurrirá en el próximo capítulo, desde hace como dos años cuando le hablé de hacer algo…

A las lectoras y comentaristas son muy amables, a las fantasmas miles de gracias, esto es tranquilidad antes de la tormenta.