Los personajes le pertenecen a Meyer.
Historia legalizada por derechos de autor.
FALSAS APARIENCIAS
Capítulo 39
Como todos los domingos en la comarca, la iglesia era el punto de encuentro donde se escuchaba el sermón del vicario Douglas, un anciano de voz gruesa y ronca, de una estatura descomunal, que mira a todos de manera aguda bajo sus antiparras viejas. Ha sido el vicario del pueblo desde hace más de cuarenta años, provoca sentimientos entre el miedo y el respeto, no tanto por su estatus de sacerdote sino porque es un hombre temerario, ha bautizado, casado, confesado a más de la mitad del pueblo y no se medía cuando, según él, debe retomar a una oveja del señor que se han salido del rebaño. Todos en Forks se han resignado a sus dolorosos tirones de orejas cuando consideraba que regaña a una pobre oveja en nombre de Dios.
Isabella siempre había tenido una relación amor odio con el vicario, lo admira profundamente por el trabajo comunitario que realizaba pero no aceptaba el dominio ideológico que establecía, sobre todo, en los más pobres. El hombre siempre levantaba sus ojos con orgullo ante la poderosa hija del gran terrateniente, sabía que Milady no es ninguna dama recatada, que tras aquellos vestidos oscuros que siempre usó —y su voz pequeña, casi inaudible— se hallaba una mujer de fogoso temperamento, que cabalgaba en un animal endemoniado, que se pasea por la campiña como si fuera una diosa pagana.
La particularidad de este domingo era la celebración de la llegada de Milady, de su esposo —que ya arranca suspiros entre las damas y era una cosa que al reverendo no le gusta nada— y darle la bienvenida al hijo de Rosalie y de su esposo, el nuevo administrador de la gran villa.
El sermón del vicario es excelso, se para frente a todos y les habla de la ira del Señor, de aquellos pecados que tienen que ver con el orgullo y la vanidad, de esos deseos escondidos en el alma de cada hombre y sobre todo de aquellos que tienen que ver con la pasión y la lujuria. Son sus discursos favoritos aquellos sobre los pecados de la carne, sobre la fornicación, todos ya los conocen y los aceptan con boca fruncida, rodar de ojos, estremecimientos y rubores, principalmente, por parte de los más jóvenes.
…¡la lujuria! Aquella que hizo que David mandase a matar al pobre Urías tan sólo para poder yacer con Betzabeth ¡lujuria señores! Ella preñada, de Salomón, hijo de la lascivia… el infierno… os espera el infierno…
Isabella, al lado de su esposo —vestida con un recatado vestido azul oscuro y con un sombrero que tenía un velo que cubría su rostro— oculta una sonrisa, mira de soslayo a Edward quien cada vez que el reverendo nombre la palabra lujuria siente la enorme tentación de soltar una carcajada. Bella, frente a todos, muestra siempre su apariencia recia y dura, no permite que nadie entrevea que ocurre bajo su vestido y sobre todo, no deja ver como el infierno anunciado por el reverendo tiene en su esposo a su más grande aliado.
¡El infierno! La carne que ha hecho que los hombres se alejen de la pureza, la carne que no permite nuestra ascensión al reino de los cielos…
El bastardo emite una carcajada en medio de todos, la gente se queda mirándolo, el vicario acomoda sus antiparras y lo mira réprobo e Isabella —quien oculta su divertida sonrisa bajo el velo de su sombrero— le da un codazo para que se comporte.
Edward calla, voltea hacia su mujer y le guiña un ojo, divertido, una ráfaga de fuego cruza por sus miradas y la mente de Isabella vuela hacia todo lo que ha vivido, han sido cuatro días salvajes para ambos, cuatro días en que todo el castillo ha vibrado por la fogosidad de los amantes, cuatro días en que los habitantes de aquella enorme casa han tenido que hacerse de la vista gorda y de oídos sordos para no escuchar la lujuria que se atraviesa paredes y ladrillos. Todo el cuerpo de Edward ha sido mancillado, los dientes de la bruja lo han mordido, lo han marcado, él ha despertado en las noches con ella cabalgándolo violentamente, fue testigo cuando expulsó del comedor a los sirvientes que atendían la mesa para así permitir que él, lascivo, la desnude y le haga el amor sobre los cubiertos, copas y servilletas tirando al suelo la costosa vajilla de cien años —orgullo de la familia Swan Kaine pues, en ella se sirvió al rey loco de Jorge I antes de perder sus colonias—, el sonido de todo fracturándose y de Edward Cullen gritando ¡Viva la independencia! se escuchó en toda la casa. Y ella lo acompañó, en aquella destrucción masiva, feliz de romper las cosas que representaban contención, tradición y aristocracia. El corsé desapareció como prenda interior, pues su marido no tenía paciencia con los cordones ni con las cintas y terminaba, con su pequeña navaja, rompiendo todo que le impidiera llegar directamente a su piel; las sirvientas encontraban las grandes tiras de encaje y restos de los cordones de seda en el suelo —de manera discreta— los recogían, mientras que ella, orgullosa y risueña, disfruta observando a las mujeres que evitan, con pudor, mirarla. El recuerdo de esas íntimas evidencias de la guerra entre ellos, hace que se sonroje y, voluptuosa, con mirada nostálgica, mira a Edward —a su lado, todo compuesto disimulando atender al sermón— y lo ve tirándola contra la cama y diciéndole lleno de impaciencia.
— ¡Dios, bruja! Podrías dejar de hacerme perder mi tiempo —desanudando y rasgando su ropa mientras que la besa desesperadamente— te quiero desnuda ¡siempre!
— Si te desnudas primero, bastardo.
— ¿Quieres que todas vean tu propiedad, madam?
— ¡Te mato!
— Soy tuyo, te pertenezco, no dejaré que ninguna mujer ponga sus manos en mi, princesa encantada.
— No, nadie, nadie, nadie —Isabella baja sus armas y cierra los ojos mientras que escucha el delicioso sonido de la tela de su ropa desgarrada y asesinada.
El te amo de ella no salió de su boca pero, Edward la ama apasionadamente, le hace el amor tierna y dulcemente, en un momento hasta virgen se siente al ser tratada por él como una delicada porcelana. Y, después, es rudo, salvaje, le da lo que ella necesita, deja de lado el romance, sabe que es una mujer intempestiva, que es un hembra voraz y que como tal quiere sólo dureza, dientes en su piel, palabras de fuego, embestidas brutales que la dejen sin aliento, sabe que quiere ser domesticada… por lo menos, ese momento.
En la parroquia, el vicario levanta su voz y saca a Isabella de su ensoñación, habla del sacramento sagrado del matrimonio, de la consumación y lo define como el encuentro de dos almas que en la pureza van de la mano hacia la construcción de una familia de buenos cristianos, Isabella desliza su mano hacia la de su marido y la aprieta con fuerza, Edward voltea y la recorre, sus ojos verdes se deslizan sobre ella, los empequeñece y le brinda un gesto lascivo de labios entrecerrados y burlones, se acerca y respira en su cuello y le susurra:
— Creo, amor mío, que debemos confesarnos —la voz es cosquillosa y la hace vibrar— hemos pecado aterradoramente contra el santo sacramento del matrimonio, sobre todo ayer en la noche querida, lo que me hiciste fue algo deliciosamente pecaminoso —vuelve su mirada al enorme y amenazante pulpito.
— ¿Deseas que no lo vuelva hacer, esposo mío?
Edward parpadea, sus hermosas pestañas hacen sombra sobre sus mejillas, y la escasa barba rojiza le da un aspecto delicioso e infantil
— Sino lo haces, madam, me divorciaré de ti, no sería un buen cristiano, querida, si no tuviese bajo mis sabanas un montón de pecados que confesar —se muerde su labio inferior— quiero llegar a viejo y escandalizar a mi confesor contándole como atenté contra el sexto mandamiento, sobre todo si lo hice con mi esposa ¡el infierno, bruja, el infierno!
Bella se lleva su mano a la boca y contiene una carcajada, él es aterradoramente divertido, juguetón y gracioso, va por el mundo con su dejo de hombre rebelde y sin embargo es capaz de ser un encantador caballero capaz de convencer a todos que puede ser un hombre decente capaz de llevar sobre sus espaldas la responsabilidad de su apellido.
Su esposa no lo sabe, pero para Edward Cullen ya no es cuestión de llevar las apariencias de ser un hombre caballero respetuoso, para él en ese momento y sobre todo viendo como la gente de la comarca saluda a Isabella con respeto, le ofrecen sus casas y la llaman Milady de manera tímida y repleta de admiración. Edward entiende que tiene que lograr que lo admiren, que ella lo haga, que él mismo se respete.
Milady Isabella Swan…
Me atrevo a escribirte querida amiga, no sé a quién acudir, en este momento de mi vida quisiera estar con usted madam, ser de nuevo su ama de llaves y sentarme a su lado y hablar de todo como cuando yo sólo era una simple sirvienta, extraño esa libertad de no ser nadie, contigo Isabella ¿puedo tutearte amiga? Odio ser tan precisa y odio sentir que debo limitarme hasta para hablar… contigo, madam, tenía aire, podía ser sólo Alice Brandon, y ese sólo lo era todo, ahora entiendo muchas cosas, ahora puedo entender el porqué muchas veces te escuchaba hablar con Eleazar de la emancipación de la mujer y cómo sólo era posible cuando nosotras las mujeres entendiéramos que para ser esposas primero teníamos que ser individuos, entiendo ahora, el porqué te casaste con un hombre como Edward Cullen, sólo alguien que está un paso delante de toda esta tontería de la sociedad pudo casarse con alguien tan extraordinario y exótico como tú, Madam Swan, él te hace libre.
Amo a Jasper, lo amo más que cualquier cosa en el mundo, y sé que él me ama, pero está tan empecinado en que sea una dama, en que todos me respeten, en hacer ver que casarse conmigo no fue un error que simplemente me lastima, quiere cambiarme, quiere que yo sea algo que no soy, que no puedo ser. Me sorprendo a veces mirándome al espejo fingiendo que soy la gran dama de cuna noble que él desea, sonrío como una lady, me muevo como una, escasamente respiro, y lo odio ¿cómo pudiste hacerlo Isabella? simplemente quiero vomitar, y huyo delicadamente hacia las cortinas y lloro como una tonta porque sé que ellos me desprecian y que le estoy haciendo la vida a Jasper un infierno, no quiero decepcionarlo, pero lo hago Isabella, el escándalo lo ha minado completamente, lo han sacado de los clubs de caballeros, del club del whisky, hasta del club de fumadores de tabaco, no lo mal interpretes querida amiga, él pelea por mí, siempre me dice que no le importa y sale conmigo del brazo por toda la ciudad, levanta su hermoso rostro con orgullo y le dice a todos que él me ama y que yo soy su esposa, pero Isabella, Jasper es un hombre cuya alma pertenece a los viejos y amargos abolengos de los que tú, Eleazar y Edward ya no hacen parte, mi esposo le falta la semilla de rebelde, es un hombre anclado en el pasado. Al casarse conmigo creyó que podía liberarse de sus cadenas, pero no, al contrario, nuestra unión a confirmado lo que yo siempre intuí cuando ambos éramos unos niños que nos amábamos a espaldas de mi padre, Milord Whitlock es Milord Whitlock, es mucho más que un apellido, son cientos de años aristocracia, de educación y de miedo que corren por sus venas.
¡Cómo te extraño! Como extraño pelear contigo y cómo extraño a esa mujer que me dio la oportunidad de ser su igual, no sabía mi valor hasta que me vi siendo la señora de Milord, porque sólo soy eso, soy dueña de una casa que no siento como mía, los sirvientes no dicen nada, cumplen mis órdenes, bajan la cabeza, pero sé que para ellos soy una simple mujerzuela que se atrevió a aspirar a algo más, no soy de ninguna parte Isabella, al menos cuando yo era el ama de llaves de la casa Swan Kaine era una mujer independiente, respetada, tenía esa sensación de que me pertenecía, de saber quién era: era la dueña de mi vida. Hace una semana tuve que soportar a la madre de la anterior esposa de Jasper, la mujer me humilló frente a todos en pleno teatro, no bastó con que toda la ciudad se regodeara con mis orígenes, Lady Catherine fue la primera en hacer fila para enlodar de donde era, después fue esa mujer aterradora que dijo que yo era una ramera y que siempre había sido la amante de Jasper mientras él estaba casado con Jane ¿cómo defenderme Isabella? si mi apellido y mi vida como la hija de un vicario y ser una sirviente es la afrenta a una sociedad que aún no entiende que dentro de siete años vendrá un nuevo siglo y que todo está irremediablemente dispuesto al cambio.
Ahora me encuentro débil, sola, tengo ataques de nervios ¿yo? Alice Brandon me he convertido en todas esas mujeres histéricas que tú y yo odiábamos, me despierto llorando en las noches y Jasper duerme en otra habitación ¡Dios mío! duerme en otra habitación, odio que lo haga, cuando él era mi amante parecía que no tenía suficiente de mi Isabella, ahora quiere ser un caballero porque ya no le hace el amor a su amante sino a su esposa… quiere respetarme ¡no quiero que lo haga! Fueron años, y años en que soñaba con amarlo, años en que mi cuerpo despertaba ardiendo de él y ahora es la maldita tradición y la cárcel de educación en que él se ha criado que no le permite darle una patada a aquella puerta y venir a desgarrar mi ropa… me asfixio, lo necesito, lo ansío y lo amo y él me deja sola….
Isabella leía la enorme carta, y una sensación de terror la invadió por completo, su mejor y única amiga estaba atrapada por los convencionalismos sociales de lo que ella siempre había huido, medio desnuda camina hasta la enorme cómoda donde guarda papel y tinta, necesita hablar con Alice, quiere decirle que su casa, sus brazos y su amistad siempre estarán allí para consolarla, comienza la carta, pero a los cinco minutos un beso en su cuello hace que todo se olvide, Edward huele a hierva, a vino y a cigarrillo de anís, su boca busca desesperadamente la suya y sin mediar nada él la levanta hasta la cama y la termina de desnudar.
— Estas aprendiendo, mi amor.
Se trapa a su cuerpo, él esta deliciosamente desnudo, al igual que ella y sonríe maliciosamente.
— No lo tomes, querido, como si yo estuviera dispuesta a obedecer.
Él la besa suavemente, pellizca uno de sus pezones, y los acaricia en pequeños círculos concéntricos.
Isabella gime, el contacto de su piel sobre la propia es excitante y caliente, ella no puede evitar abrir las piernas y permitir que Edward se acomode en ellas.
— Quieres obedecer, bruja —se detiene en su beso y la observa con profundidad y picardía— no lo niegues, reina mía.
— Quizás —no termina la frase porque ya él está en su interior, ha penetrado lentamente y ha dejado un suspiro suspendido en su boca, un jadeo y una O profunda que necesita oxigeno mientras que Edward se desliza con delicadeza, es un maldito mal nacido, sabe que ella adora la sensación minuciosa de su verga milímetro a milímetro en ella.
Oh si…
Asi…
Un poco…
Si...
Si…
Más…
Mucho...
Perfecto...
¿Podrías moverte un poco?
¡Oh si!...si, si, si, si...
— ¿Te gustó la fiesta en la villa, Milord?
Él muerde su boca, tratando de concentrar el placer… y dándoselo a ella.
— Me… gustó… bailar contigo… bruja…
— A mí me gustó más —su ritmo es lento, es un vals sinuoso que se mueve entre el cuerpo de ambos— me gustó todo… todo… ¡Dios! Edward.
— Yo… quiero siempre quiero bailar contigo, mi amor.
Edward muerde la barbilla de su esposa, sale y entra de ella, se mueve rápido y después tan lento que ella agoniza y desesperada por más impone el ritmo, pero él se carcajea y toma sus manos para colocarlas sobre su cabeza.
— No seas exigente, brujilla.
— No seas odioso, bastardo.
Suelta su mano y se desliza entre ambos, Isabella observa su mano blanca, de hombre que no ha trabajado jamás, que toca el piano tan hermosamente, cierra los ojos y se hace a la imagen de que ella es un piano y que Edward la interpreta, si, ella es un instrumento, y ninguno de los hombres que tuvieron la osadía de llamarse sus amantes fueron capaces de tocarla.
Si… allí, en ese lugar, si… oh sí, ahí… si… ella podría morir y se sentiría tan completa en ese momento cuando él tentaba con sus dedos su clítoris hinchado y golpeaba de manera perezosa y lánguida un lugar entre el olvido y la muerte.
— ¿Te gusta, mi reina?
— Uhumm
— Es eso un sí, mi amor.
— No tientes tu suerte, Milord.
— Mala.
Isabella arquea su cuerpo, él toma su pezón y hala dulcemente con sus dientes y sigue lento en ella, lento tan lento que Isabella lloriquea, sus jadeos se escuchan deliciosos en los oídos de su esposo y éste adora como ella suplica por más, se acerca a su oído y susurra.
— Eres mi tesoro.
Ella explota suavemente, sus cuerpo hormiguea ante el placer y vibra en una sin razón que parece no puede parar. Se lanza a la boca de su esposo, coloca una de sus piernas sobre su cadera y lo empuja levemente, Edward queda debajo de su cuerpo de Isabella, por un momento él ha salido de ella, su sexo está húmedo de su excitación y ella lo toma levemente con su mano, lo acaricia de arriba abajo, y lo mira con codicia. El hombre bajo su cuerpo la observa, su cabello cae delicadamente sobre sus hombros, y su piel de porcelana reluce por el sudor y por las esencias de ambos confundidos.
— Te amo, Bella mía.
La mujer baila sobre la punta de su eje y se desliza en él, todo eso tan sólo por ver como él cierra sus ojos, hunde la cabeza en la almohada y gime de placer que no puede contener.
— ¿Te gusta aquí, querido?
— Sí, si… me encanta aquí.
Bella sabe que él no habla de Forksville, habla de su coño apretándolo y ordeñándolo.
— ¿Forksville?
Él no puede pensar, ella se mueve y él se mueve con ella, abre los ojos y la contempla se lanza y toma con su boca su seno, lo abarca con su mano y come de éste con avaricia. Bella toma su cabeza y lo besa.
— Quiero quedarme aquí, es un hermoso lugar, Edward.
— Si…
— Quiero ver a tu sobrino crecer.
— Si…
— Tomarte fotos… eres tan hermoso… —Isabella asume el control del cuerpo de su hombre, ella lo cabalga duro, él simplemente lo permite, está perdido en su cuerpo, está loco de amor por ella.
— Soy hermoso, como un maldito pavo real —balbucea.
— ¿Mío?
— Tuyo, soy…. tuyo bruja, me has hechizado.
Y explota dentro de ella en pequeños chorros de semilla, en ese momento ambos se quedan mirando necesitan ese momento, aquel donde se miran y se reconocen, una lágrima corre por la mejilla de Isabella, hoy en la iglesia ha prendido un vela, necesita que su cuerpo se encienda, arda, de vida, quiere ese hijo como jamás ha deseado nada en la vida, lo quiere tanto como al hombre que besa su boca desesperadamente.
La dulce y pequeña mujer que es su servicio personal en la mansión anuncia que la bañera está llena de agua caliente, la chica pega un grito al ver que Milord abre la puerta, vestido tan sólo con sus pantalones grises, la niña se ruboriza y asiente enérgicamente mirando el suelo mientras que el señor la observa y juega con su timidez y respeto.
— Gracias, Milly —la chica escucha la voz de su ama, no la ve porque Edward entrecierra la puerta, sabe que su ama está desnuda, todos saben que los señores son diferentes y que están ardientemente enamorados y lo peor ¡Dios mío! lo demuestran… toda la mansión los ha escuchado, gente de la ciudad, dice la servidumbre, son tan extraños.
La chica corre por los pasillos y baja la pequeña escalera de caracol, estalla en una risa al llegar a la cocina, los ojos de las mujeres la observan, su rubor la delata ante todos.
— Parece que Milady ya cuenta con dos sementales para cabalgar —la vieja cocinera se lleva un trago de té a la boca y da entender que comprende lo divertido de montar un buen animal.
Todos sueltan la carcajada y nadie se atreve a comentar nada más.
En la bañera, Isabella está entre las piernas de su esposo mientras éste con una pequeña espuma juguetea con los senos de ella.
— No habrá fiestas, ni obras de teatro Edward.
— No me importa, me gusta la comarca mi amor —Isabella levanta su pierna y la coloca en los bordes de la tina, agarra la mano de su esposo y unta un poco de jabón y agua en ella— me gusta porque estás tú acá.
— Eres un zalamero, siempre dices lo que yo quiero escuchar.
— Bruja —muerde el lóbulo de su oreja— soy bueno para complacer.
— Tsk, no tanto, Milord.
Al segundo Isabella se hunde en la bañera, su esposo —de manera juguetona— le hace una trastada al escuchar como ella aún reta su masculinidad.
— ¿Cómo te atreves, idiota? —le tira agua con jabón, y escucha su risa grave y ronca que convoca cosas deliciosas y dulce en su interior.
— Me atrevo, reina, no puedes ser tan buena fingiendo esos gemidos que te arranco cada medio segundo —se lleva sus manos al cabello húmedo que bajo los efectos del agua se ve casi negro y lo tira hacia atrás, su barba insipiente gotea agua, y los ojos verdes son maravillosos que parecen de un color tan claro que parece que alumbrara todo el enorme baño de la habitación de Bella.
— Debes ser el mejor, Milord, soy una dama hambrienta de ti, y quiero más, quiero que me lleves al límite, bastardo.
Isabella lo ve cernirse sobre ella, el agua cae por todas partes, él, ha movido su enorme humanidad delgada y atlética y se dirige a atacar, la toma por la cintura, la levanta y la coloca sobre sus piernas, el agua corre por su piel haciendo que su piel parezca de mármol y alabastro.
Un beso duro la deja sin aliento, las manos de Edward acarician su espalda y se detienen en sus caderas para apretar sus nalgas posesivamente.
— Soy un tahúr, bruja, siempre voy por más, siempre quiero más, me excitan los retos.
— Lo sé, por eso…
Te amo….
Edward traga fuertemente ¿Cuánta paciencia debe tener un hombre esperando escuchar las palabras que le darán oxigeno y paz?
No debe presionar.
Él sabe que ella lo ama, no tiene duda de eso, lo sabe, tan sólo que para un hombre que durante casi treinta años de su vida escupió sobre la necesidad enfebrecida del inglés por la palabra amorosa dicha bajo los efectos de la pasión enloquecida y que sin embargo por cultura, educación y tradición ésta sólo era el poder de los poetas, él declarado vergonzante como melancólico suicida necesita la palabra susurrada en el oído, necesita la voz hecha tinta suspirada en la voz de quien ama.
El te amo lo hará hombre.
El te amo lo hará libre.
— Quiero que me cuentes de Michell —Isabella lucha por deshacer el abrazo, pero las manos de Edward aprietan la carne de sus nalgas— quiero que me cuentes todo.
— ¿No me dijiste que no te importaba mi pasado?
— Conoces el mío, Madam.
— Y sin embargo, estoy aquí, contigo, desnuda, dejando que me penetres cada vez que desees, si, lo permito aun conociendo quien eres.
— Lo deseamos ambos, Isabella, y yo te amo más que nada en el mundo ¿acaso tu crueldad es tal que puedes poseer mi vida y yo ni siquiera tengo una mínima de la tuya? Y no es cuestión de permitir, es cuestión de que nos amamos aunque no me lo digas.
Edward la suelta y ella salta de la tina, toma una de las toallas y limpia los restos de agua de su cuerpo, al instante escucha como Edward se levanta también y se dirige hacia ella completamente desnudo, ella lo observa con mirada baja y furiosa, no quiere contarle nada, tiene miedo que él la juzgue duramente, la juzgue como ella se ha juzgado siempre, teme que aunque él se diga un libertario, un hombre de avanzada sus prejuicios y educación aparezcan y la deje sola en una gran casa y que al final él sea como los hombres de la gran sociedad y las buenas normas, al final teme que Edward Cullen escupa su nombre y diga que se casó con una ramera sin alma, pero él solo la toma entre sus brazos y la lleva hasta su pecho.
— Sé, mi amor, que quizás no merezco nada, fui yo el que acepte el trato de Sinclair, fui yo el que me acerqué con una mentira, no soy material para ser un buen hombre y he estado en estos meses intentando ser alguien honorable, decente jamás —trata de hacer una broma, pero su esposa sólo se tensiona entre sus brazos— ambos tenemos pasado oscuros, yo te digo soy tuyo, aún con mi pasado de bastardo, tahúr y maldito —besa la frente de su mujer de manera fervorosa— te juro que por la compasión puesta al permitirme gozar esta semana contigo, te juro que por haberle salvado la vida a mi hermana y sobrino, te juro Isabella Swan que por el sólo hecho de que todos en esta villa me digan ¡Ahí va el esposo de Milady Swan! Te juro porque estoy loco por ti, nunca, jamás voy a juzgarte ¡jamás! Por mi padre Carlisle Cullen.
Levanta sus ojos ante él, se topa con su mirada y ésta sólo emana confianza, ternura y aquel gesto de lujuria y diversión concentrada, él es un tunante divertido, un bastardo cínico y un jugador que ha apostado hasta su vida, es un sibarita malnacido y sin embargo ha demostrado que detrás de todo eso, hay un hombre que ama aunque creyó que no podía hacerlo.
— He sido mala, Edward.
— Eres mala, cariño —inmediatamente Isabella abre la boca en agonía pero es tapada por los dedos de su esposo que presionan levemente sus labios— shiiiis mi amor, si fueras de otra manera yo te amaría menos, es más no te amaría —baja hasta su boca, respira sobre ella— no somos buenos bruja, no somos ángeles, así que perder el tiempo en señalar es hipócrita —al instante madam Swan es levantada del suelo, la toalla cae, y es trasladada a la habitación, su esposo toma la hermosa bata de dormir, es rosa pálido con pequeño apliques en encaje— ¿Quién diría que te estaría vistiendo para ir a la cama Isabella? algo anda muy mal en mi, necesito salvación reina, estoy tentado en ser un hombre bueno —ella tiene lágrimas en los ojos— no, nos mintamos, eso jamás pasará —se viste con el pantalón gris, prende el segundo candil de la habitación para así iluminar más el lugar, tres pasos y la puerta de la habitación contigua que da a su propio cuarto, que no ha usado para descansar, tan sólo allí tiene sus objetos personales, un minuto allí y vuelve, Isabella tiene el corazón en la mano, Edward desaparece y quizás parte de su posibilidad de ser alguien se va con él, sin embargo él está de nuevo allí con una copa de oporto y se la ofrece cortésmente, ella bebe de una sólo golpe, está sentada en la cama y la copa de vino la aprieta contra su pecho mientras que su esposo peina su cabello largo y oscuro.
— Él fue un juego para mi… Michell, un juego divertido, era tan bueno y dulce que simplemente quise poseerlo.
— ¿Poseerlo? —su pecho sube y baja, los celos lo queman como si estuviese en el centro del infierno mismo.
— Sí, su pureza me asqueaba, el hecho de que me mirase como si fuese un ángel y yo una niña maldita que desojaba margaritas con mis manitos perversas sólo quería quitarle el alma.
— Isabella ¡Por Dios!
Ella voltea hacia él, con ojos de súplica.
— Me miraba en el espejo y me veía hermosa, abría la boca y todo lo tenía, mi madre hablaba de como una mujer sólo tenía la belleza y que ésta le daba el poder para hacer lo que quisiera, los hombres eran tan tontos, según ella que tan sólo por su afán de poseer una mujer hermosa eran capaces de dar hasta el alma, me crie escuchando eso, me crie entre diamantes, entre idiotas y libertinos y cuando vi al niño pobre que criaba caballos, y me miraba como si yo fuese algo especial e intocable, como no me deseaba como todos los amigos de mi madre, él creía en mi virginidad y mi pureza, eso me sofocaba, no me dejaba ardientes cartas de amor, o costosos regalos, él sólo me dejaba flores y me hablaba de cosas que yo creía idiotas, no me deseaba, él creía que yo era buena, pura, santa y simplemente me acosté con él para callar su boca, eso fue lo que hice, no quería pureza, yo vivía entre la porquería Edward, la pureza era aburrida y todos los amigos de mamá y la gente en Paris sonreía, bailaba, y Michell rezaba… rezaba, no lo soportaba, sólo quería pervertirlo para que no me hiciera sentir mal.
Poco a poco Isabella Swan fue mostrando el mundo de la princesa encantada, le contó cómo se casó con el chico en un arranque de vanidad y capricho, cómo éste la amaba a pesar de que ella nunca tuvo una verdadera palabra de amor para él, como a los dos meses de casada se marchó con su madre a Paris y allí ya sabiendo el poder de su cuerpo no se contuvo, habló de cómo su belleza morena incendiaba los salones y como tomaba amantes tan sólo para dejarlos marchitos y hambrientos a los pocos días.
Edward escuchaba en silencio y el ardor de los celos lo quemaba por dentro, Isabella ahogaba sus lágrimas, muerta de miedo al ver como su esposo medía su vida con la de ella, y que simplemente existía una verdad entre ellos, allí, latente: Ella realmente era un ser malvado….
— Nada era suficiente, Edward, mis mano tocaban lo que deseaba y simplemente todo lo destruía, no me importó que dos hombres pelearan por mi y que uno de ellos quedase gravemente enfermo por mi culpa, eso me llenó de vanidad e hizo de mi algo mágico en el mundo de depravados de Francia, yo era para todos el demonio que deseaban poseer y me burlaba de cada uno, botaba a la basura sus regalos, los regalaba, o simplemente los olvidaba en cualquier parte, era una niña de diecisiete años maldita, y mi madre aplaudía mis hazañas, pues su hija era el centro del mundo y nadie podía dejar de mirarme o amarme.
La boca de Edward está en un rictus seco, sus ojos verdes están entrecerrados y sólo la ve allí frente a él, casi desnuda, cabello negro cayendo sobre su espalda y la boca roja y voluptuosa que él tantas veces había tomado, toda ella había sido de muchos hombres, cada uno conocía cada pedazo de su cuerpo, y sabía cuáles eran los gestos que ella ofrecía en sus momentos de placer, una clara verdad estaba allí, entendía que cada uno de esos hombres que enloqueció por ella, hoy, en ese momento, quizás aún la recordaban, ninguno la podía olvidar, porque Isabella Swan era el sueño de todos:
Una diosa desvergonzada.
Una amante sin miedo.
Una puta capaz de destruir a todos a punto de su locura y su lascivia sin control.
Ella era el demonio que cada hombre deseaba para así entregar su corazón y hacerlo arder en el centro mismo del infierno.
— ¿Michell? —preguntó con voz ronca, mientras bebía oporto y prendía un cigarrillo.
Isabella ahogaba su miedo, su corazón martilleaba su cabeza y medía cada gesto de su esposo que parecía anteceder una huida por la puerta.
— Michell me amaba, me adoraba, aguantaba mi indiferencia, me escribía cartas de amor preciosas y llenas de dulzura.
— Parece, Isabella, que inspiras hermosas cartas amor mío.
Una lágrima se escapó de sus ojos.
— Edward… tus cartas.
— Te burlaste de ellas, Milady, no eran cartas de un niño dulce y débil al cual le podía estrujar su corazón, debí ser muy gracioso para ti bruja.
Caminó por toda la habitación, de su piel emanaba calor, y cada pasó resonaba como un animal que estaba presto a cazar y a matar a cualquiera que se atravesara entre él y su furia.
— No me burlé de ti ¡jamás!
— ¡Sí! ¡lo hiciste! —su rostro estaba cerca de ella, y la mirada apasionada la lastimaba, ella se lo merecía, merecía su rabia, y su juzgar— no me digas que no, cariño, eres un ser cruel, este insignificante hombre creyendo que era el maldito rey del juego tratando con quien es la dueña de cada maldita jugada —sin embargo, él se va hacia ella y la besa con celos y pasión, quiere borrar de su boca a cada uno de sus amantes, a su esposo muerto y puro, a todos aquellos hombres que salieron lastimados por sus garras de muñeca mala— ¡maldito sea el misterio Milady! ¿Cómo te amamos todos? —tomó sus muñecas y la arrastró hacia su pecho— ¡Cuéntamelo todo!
— Por favor no, Edward.
— ¡Todo! —la suelta de mala gana, recuesta su espalda a la pared, necesita sostenerse para así mantener algo de su dignidad, puesto que en ese momento es un hombre que entiende que aunque ella le cuente que fue capaz de ir al corazón del infierno y convertirse allí en la diosa, él la perdonaría.
Toma un poco de oporto, nunca estar ebrio había sido una bendición, pero por mucho que bebiera su conciencia parecía empeñada en tenerlo lúcido y sobrio. Bella se lleva su mano a su pecho y entrelaza entre sus dedos las cintas de su bata de dormir, ojala en algún punto de aquella vida en Paris ella hubiese dicho no, quizás así habría podido aspirar al perdón y a la pureza.
— En esa época yo tenía un amante, un pintor que mendigaba por un poco de lo que yo le daba, una noche apareció en mi casa y gritaba enfurecido porque creía que en mi habitación yo tenía alguien que calentaba mi cama.
— ¿Lo había Isabella? —Edward levantó la ceja en un gesto aterrador e hiriente.
Bajo la cabeza confirmando la pregunta hecha, Edward lanza la copa de oporto contra la pared y el sonido del cristal, que estalla, se oye por toda la habitación.
— El pintor había abierto sus muñecas diciéndome que su sangre era mía, me reí y el sólo hecho de que aquel hombre hiciese eso, hizo que mi vanidad estuviese al nivel de los dioses, era divertido —sus ojos se anegaron por las lágrimas, llena de culpa Isabella se vio joven, burlándose de las heridas de aquel pintor— ver cómo podía manipular a quien quisiera, era una niña idiota que veía en la adoración de los demás un poder que nadie más tenía, las mujeres me envidiaban, los hombres me adoraban, era la reina del mundo.
— La princesa encantada.
— ¡Dios, Edward! —cubrió su rostro con sus manos, cubría su pasado.
Recordó como Paris se peleaba porque ella asistiera a las fiestas y a los estrenos de teatro, como le dedicaban poesía y canciones, como en los periódicos su nombre era el sinónimo de belleza y diversión, se vio a sí misma sentada en el centro de los salones viento los ojos de todos sobre ella, esperando a que hablara, un movimiento que le hiciera a alguien el favor de ponerlo en el centro mismo de lo que era llamado sociedad y riqueza en Paris, como todos daban su vida tan sólo porque ella bailase con cualquiera, y si daban la vida por eso, no se diga de que ella sonriera con gesto tierno y dulce para saber que esa noche ella tomaría un nuevo amante. Salía a la hípica y se sentaba en los primeros puestos vestida de azul noche, con sus grandes sombreros, guantes y diamantes, los lentes de todos se enfilaban hacia ella quien entre el velo de sus sombreros guardaba una risa de burla por aquellos que la deseaban y no la podía tocar, entre ellos el recién llegado Alistar Sinclair, quien era un idiota que ella despreció tan sólo porque el tipo tuvo la desfachatez de llegar con sus títulos, su dinero y su arrogancia pasando sobre todo, y haciéndole sentir que sólo alguien como él tenía derecho a su mano.
— Maldito hijo de puta Sinclair ¡lo sabía! Él está enamorado de ti.
— Es mucho más, Edward, yo lo humillé desde que lo conocí.
Lo odió desde el primer momento y para castigarlo le hizo el amor como una mujerzuela, y desde ese mismo momento Alistar perdió la cabeza por ella, y mucho más cuando Madame Roseclaire no dejó que el Lord compatriota se acercara a su casa y mucho menos a ella. En ese momento tenía de su lado al mayor pervertido de toda Francia, Eleazar Merchant, era su amigo, llevaba la misma vida disoluta de ella y era su alma gemela. Lo había conocido en un baile, cuando él iba tras los huesos de una chica regordeta, de cabello rojo, que tenía de marido un hombre viejo y malvado, de inmediato establecieron conexión y le ayudó a que la mujer —deseosa de un potro joven e indomable— lo aceptara… él era el viudo más rico y bello de toda Francia y si se lo presentaba la Princesa Encantada el éxito de la maniobra estaba garantizada. Fueron una pareja imbatible en la vida social de Francia y así que Sinclair nunca tuvo oportunidad. Lo que nunca pudo evitar fue que su mejor amigo se enamorara de ella, afortunadamente él, en su frivolidad, entendió que la princesa era una araña que lo mataría sin compasión si él le permitía que lo atrapara en su telaraña.
Tenía dieciocho años y su perversión había llegado a unos niveles de sofisticación cruel y refinada. Un pintor impresionista hizo un cuadro desnudo de ella, que ganó la medalla de oro de una gran bienal y fue celebrada en toda la ciudad. Sinclair, escandalizado por la imagen y deseoso de protegerla de un escándalo —que ella misma alentaba— lo compró en una suma exorbitante y, como un acto de amor no pedido, lo quemó frente a su casa. Lo que nunca midió fue la reacción de Isabella, que lo calificó de idiota, sin alma para el arte y lo ignoró sin piedad. Y siguió con su vida frívola, escandalizaba a todos con sus vestidos vaporosos que exhibían generosamente su piel de porcelana y si eso no era suficiente, dejaba que un chisme jugoso sobre su nuevo amante fuese la diversión de la ciudad, era indetenible. Poco a poco, dejó hombres arruinados. Vida desechas. Y ella, era una víbora que todo se lo tragaba, sin el menor atisbo de culpa… tras ella, Merchant, como confidente. Alistar, como un fantasma obsesionado con la mujer que en una sola noche había destruido toda su educación, caminaba hacia un lugar que desconocía, se atiborraba de opio pretendiendo controlar la adicción que tenía por el cuerpo de la princesa encantada y cuya abstinencia lo estaba matando.
Y Michell, con sus cartas amorosas, llorando por la esposa y que se conformaba con tan poco, con una visita o con un beso. Él se derramaba en palabras y miel, la llamaba mi pajarillo dulce, le enseñó a montar a caballo y la defendía frente a todos los de la villa cuando hablaban de la meretriz que era su mujer. Michell que dormía entre sus senos y que lloraba de alegría cuando él le hacía el amor de manera infantil y tierna.
— Algún día mon amour tendremos hermosos niños, tú y yo.
Su voz infantil se perdía entre la bruma.
— ¿Amaste a Michell, Milady?
Edward preguntó ansiosamente.
— No te atormentes más, Edward.
— ¡¿Lo amaste?! —su voz viril resonó en su piel como si fuese mil látigos castigándola—¡Responde!
Isabella levantó su rostro… era toda tristeza, desolación y culpa, ya no podía dejar de llorar… estaba siendo condenada… condenada por su pasado, por sus acciones. Michell se presentó ante ella desde la muerte y le susurró al oído:
Es terrible mi amor… duele sentir como tu alma es desgarrada y torturada, no hay piedad posible….
— No. No, en ese momento, yo estaba llena de egoísmo y devoré a Michell por la necesidad narcisista que sentía por su pureza. Estaba tan podrida que corría hacía él para purificarme, lo necesitaba, sin embargo… a los días, corría de nuevo a Paris. Él, sin quererlo, me obligaba a enfrentarme con cosas que no quería sentir, yo era oscuridad y él era luz… y no me gustaba porque, simplemente no sabía cómo volver a ella y, me movía entre la hipocresía, la vergüenza y la vulgaridad —se llevó sus manos a la cara y ahogo la verdad que ella se negó durante tantos años— ¡estaba tan sola! tan sola, que creí que siendo ese monstruo iba a tener a todo a quien quisiera ¿y para qué, Edward?... ¿Para qué?... Al final siempre y para siempre he estado sola, en Londres o en Paris, la soledad ha estado siempre conmigo.
Apartó sus manos de su cara y vio a Edward parado frente a ella, era algo que no quería ver: semi desnudo, resoplando e insoportablemente hermoso. Ese hombre la amaba con fuego y pasión, ese hombre —a quien ella había doblegado como todos los hombres de su vida— al final, era muy parecido a ella y, se convirtió en un reto… la princesa encantada siempre actuaba en ella y cuando se presentó con su cinismo, arrogancia y belleza, la hoguera dormida en ella renació y lo hizo con tal fuerza que terminó amándolo con locura. Pero su naturaleza suicida la hizo comprobar, una vez más, que ella, como siempre, conseguía lo que deseaba y a él, siempre lo deseó… desde que lo vio la primera vez deseó hacer que el semental más poderoso de Londres —el eterno vanidoso, indiferente y desvergonzado de Edward Cullen— fuese su esclavo.
Bajó la cabeza, era demasiado tarde para seguir callando, tenía que contarlo todo, era demasiado tarde para callar, ya no podía seguir ocultando la verdad.
— Volví a París y todo se volvió una locura, la aristocrática familia del hombre que estaba postrado en su cama, a causa de un duelo por mi culpa, empezó su carrera por desacreditarme, Eleazar intentó callarlos, pero nada fue posible, el pintor desconocido había hecho una serie de pinturas aterradoras y desagradables utilizando mi imagen del cuadro ganador de la bienal y mis escándalos fueron exagerados, alcanzando dimensiones desproporcionales y fueron filtrados por todas partes…¡eran unos hipócritas, Edward!... ¡peores que los de Londres!... los mismos que me acusaban eran aquellos que yo recibí en mi casa, hasta mi propia madre —que es la más grande de las hipócritas y vanidosas— comenzó a apartarse de mí, sin embargo no me detenía… ¡nada!... seguía siendo la que ponía las pautas de la diversión y de la decadencia en Paris.
Afuera de la gran mansión se escuchaba en relincho furioso de Thunder, estaba celoso porque su ama no lo había cabalgado en días y el bebé de Rosalie lloraba a todo pulmón mientras su madre intentaba darle de comer, del resto… todo era silencio, en la habitación de Isabella, el murmullo pequeño de su voz parecía a los oídos de Edward un grito chillón que hablaba de como ella no tenía piedad y de cómo pasaba por encima hasta de su misma dignidad en una carrera loca hacia el desastre.
Edward cerró los ojos y se vio así mismo borracho en las calles, desnudo entre prostitutas, permitiendo que la perversión tomara su vida, un hombre asqueroso y desvergonzado al que no le importó ni nombre, ni apellido, el que no le importó su padre quien bajaba de los carruajes y lo arrastraba hasta la casa oliendo a alcohol y a sexo asqueroso.
— ¿Cuántos años tenías, Madam?
— Diecinueve —contestó entre hipos.
Una sonrisa amarga cruzó por su cara, eran casi de la misma edad, quizás cuando ella se daba a la vida disoluta en Paris, él en ese momento, en Londres, hundía su verga en cualquier mujer, o quizás se iba para las calles a fumar opio con uno de sus amigos de parranda.
Ambos hundidos en el estiércol.
— ¿En qué momento el hijo de puta de Alistar volvió a presentarse?
Hubo un silencio, la mujer se paró de su cama, fue hasta la chaqueta de su esposo que estaba tirada en el suelo, y de allí sacó la hermosa pitillera de oro donde estaban los cigarrillos, en un segundo prendió uno de ellos y se los llevó a su boca, le dolían sus ojos y sentía la amargura correr por su garganta, pero ya el dique de las confesiones había sido abierto y no era posible mentir o callar.
— Cuando todo se puso peor, apareció en mi puerta ofreciéndome matrimonio y así, salvar mi reputación en Francia.
— ¿Qué hiciste, Isabella?
— Me reí en su cara.
— Estaba enamorado de ti, lo está aún ¡perro baboso! —su esposa dio un paso hacia él, Bella deseaba tocar su pecho, besar su boca y decirle que si ella pudiese despojarse de la piel para no sentir más vergüenza lo haría, ella deseaba decirle que en sus sueños deseaba ser un poco mejor, y no tener aquel horrible equipaje de asco y libertinaje. Pero no podía, era corrupta, y de alguna manera a pesar de los años y años de contención la hiena, la araña que era ella estaba agazapada esperando salir de nuevo. Lo sabía, por mucha culpa, pena y vergüenza, Isabella Swan no había cambiado nada, y él con su alma igual a la de ella despertaba el mismo desenfreno y ansía.
— Pero él insistía, agazapado en la oscuridad, esperaba el momento para que algo diera el punto final, yo sólo me burlaba de él, sin embargo poco a poco todos me iban dejando sola… Eleazar era el único que se mantenía a mi lado, como mi amigo.
— ¿Tú amante, mi amor?
— ¡Jamás!
Los ojos verdes de Cullen despidieron una sombra de duda sobre la afirmación de que Eleazar no había sido su amante.
— ¿Es así, Milady? Siempre he creído que Merchant te ha amado más de lo que ha deseado confesar o demostrar.
Isabella caló un poco más de aquel cigarrillo que olía a canela y a especias, años que no lo hacía, ahora con toda la verdad rebelada, ella estaba sin mascaras ni dobleces.
— Eleazar me teme más de lo que me ama, Edward, cuando descubrió que estaba enamorado de mi sólo cubrió su pasión y la convirtió en una amistad férrea, supo que ganaba más siendo mi amigo que mi amante, él me conoce querido y sabe que sin miramientos hubiese destruido su corazón, él me teme… ¿me temes, Edward?
— ¡Maldita sea, Bella! ¡te amo!
— ¿Lo merezco?
— Querida, merecer no es la palabra… no mereces nada y, sin embargo, me muero por ti… ¿merezco yo algo? Pero eres mi esposa y aunque no me lo digas, sé que me amas —se acerca hacia la mujer que lo ve avanzar a ella con paso fuerte, y cree que su corazón va a estallar en su pecho, la ama a pesar de lo que ella es, así como ella lo ama a pesar de él mismo.
Edward le quita el cigarro, lo fuma, tira el humo y mira fijamente el rostro y después, sigue con el cuerpo de Isabella, la mira traspasando la delicada tela de la bata de dormir, conoce cada pedazo de piel, los ha grabado en su mente cada gesto… cada mirada y cada respiración, ha guardado en su memoria los gestos cuando ella está callada y lee, o cuando se sienta al escritorio, para hacerse cargo de las enormes cuentas. Es una delicia recordar cómo su boca se medio abre cuando ella gime, o cómo suena su voz cuando el clímax la toma sin piedad, lo que le aterra a Edward es saber que muchos tienen aquellos recuerdos, que el maldito de Sinclair la tocó una vez, y sin embargo el hijo de puta ha dormido con esa sensación cientos y miles de noches tratando de retenerla y hacer suya.
Él no ha sido el primero.
No es el único.
Es el mucho de muchos.
Y se siente asqueado ante la verdad que se le presenta, a pesar de haber sido el amante de medio Londres, a pesar de haber proclamado la libertad de las mujeres con su cuerpo, no puede odiar el hecho de que su mujer, la que ama con locura sea la obsesión de tantos, haya sido el amor de todos, sobre sus hombres siente como los ojos de cada uno de ellos lo observan, fantasmas que la siguen y conocen su piel como él la conoce y tienen en su sangre la ponzoña deliciosa de ese veneno llamado: Isabella Swan.
Cierra los ojos, respira irregularmente, sabe que no hay nada que hacer, está condenadamente atado a esa mujer, su cuerpo es de él, su piel le pertenece, la pregunta que se hace es ¿es el corazón de aquella bruja perversa capaz de amar de verdad?
— Continúa, Isabella.
Bella es una estatua frente a él, quiere tocarlo y besarlo, ha sido cruel la mayor parte de su vida, se ha alimentado de la obsesión de muchos, comprobó que su poder estaba en manipular el deseo y la oscuridad de quien la rodea, pero este hombre —que está parado como un David, frente a ella— es muy diferente a Michell. Su primer esposo era un niño tierno, inocente, pero jamás lo amó, lo único que la unió a él fue su obsceno deseo de corromperlo para así validar su muy podrido corazón. Edward, sin embargo, era su igual… ambos, de diferente manera, la adoraban y ella correspondía, arrancando sus corazones y devorándolos.
— Una noche Michell, llegó a París, estaba en medio de una enorme fiesta en los Campos Elíseos, el pobre niño estaba vestido como un caballero —su memoria le trajo el niño rubio de grandes ojos azules— caminó en medio de toda la gente que me acompañaba, frente a todos dijo que era mi esposo, deseaba que yo validara aquel derecho, sin embargo yo me negué ¡Dios! Eleazar trató de sacarlo de la fiesta, pero él borracho gritaba delante de todos ¡te amo mon amour! ¡te amo! ¿Porqué no me amas Isabella?... pero de mi sólo encontró frialdad, no permití que se me acercara, por primera vez sentí que algo espeluznante y dañino había dentro de mí: de todos los seres del mundo, decidí destruir la vida del único quien había visto que yo tenía posibilidad de redención.
Con la mirada, Edward auscultó a su mujer, la recorrió de palmo a palmo, escuchaba la historia de su vida, ambos corrían de manera paralela en el mismo tiempo, hacia la misma porquería: ella destruyó la vida de muchos hombres y él, la de mujeres y la de su padre Carlisle.
— Todo fue un escándalo, a los dos días corría el chisme de que la gran coquete de París estaba casada con un campesino, y que yo era una mujer sin alma que convirtió su vida en una letrina, los que me odiaban, y te lo aseguro Edward era medio Francia hicieron de mi un festín y lo los pocos amigos que me quedaban se alejaron, sólo Eleazar siguió conmigo… —un fuerte suspiró se escuchó en la habitación— y de nuevo Alistar salió de las sombras, nuevamente se ofreció a casarse conmigo, hacer de mi alguien respetable, creyó que su proposición era lo que necesitaba, pero de nuevo le dije que no, además le dije que mi matrimonio con Michell era algo que no iba a deshacer… se lo dije para que así él dejara de insistir con su babosa presencia.
En el gran salón de su casa, ella vestida con aquel escandaloso traje rojo se burló de él, pobre idiota le dijo, conozco los de tu clase, ¿crees que deseo ser la esposa de un hombre como tú? Prefiero mil veces a Michell, mil veces, tu representas algo que yo he odiado toda mi vida; los hipócritas… Alistar, arrodillado frente a ella, dejó ver la naturaleza de la obsesión insana que sentía, al final… cuando nuevamente lo despreció en la cara, el hombre hizo un juramento silencioso, juramento que, aunque no fue verbalizado, Isabella lo entendió en la mirada. Juramento de venganza que, diez años después, se hizo realidad cuando supo la jugarreta cruel que éste urdió para jugar con su corazón. Contándolo todo, se liberó y entendió que ella se lo merecía.
— Michell me escribió y sus palabras eran aterradoras, él me perdonaba, me decía que su corazón estaba en mis manos y que yo podría estar en el mismo infierno y que siempre y para siempre, él me amaría.
Grandes y gruesas lágrimas corrieron salieron en borbotones por sus ojos, lloraba la viudez por aquel niño, lloraba por haber sido capaz de semejante ignominia, lloraba por su inocencia, y lloraba por haber sido tan perversa y porque jamás pudo amarlo.
— Estaba agotada, Edward, en algún momento me vi extrañando mis días en el campo, junto a él, caminando por el campo y bañándome desnuda en el estanque, o simplemente, cabalgando… necesitaba eso, empaqué mi ropa y dejé Paris. Egoístamente, sin importar cuánto daño le hice, corrí hacía Michell, pero cuando llegué ya era demasiado tarde, Edward. Hacía dos días, él se había quitado la vida, encontraron su cadáver en el estanque con un tiro en la sien, entendí entonces que fui yo quien apretó el gatillo, y que fui yo quien destruyó su vida… al que me amó a pesar de quien era.
Edward escuchaba cada palabra y ella estaba pendiente de cada una de sus reacciones, lo observaba cautelosamente, allí, sentando casi desnudo frente a mí seguía, a pesar del dolor y de la rabia seguía siendo el hombre más hermoso que ella habían visto, necesitaba saber que pensaba, necesitaba escuchar aunque fuese sus palabras de desprecio, no esperaba menos… no esperaba que él la perdonase, porque ella en su interior jamás, jamás lo hizo.
Edward colocó sus manos sobre sus rodillas, se paró de la cama y su cuerpo alargado y delgado mostraba sus músculos en tensión, eludía la mirada en ascuas de su mujer, caminó resuelto hacia la ropa que caía perezosa en uno de los sillones frente al tocador de mesa de Milady, en un movimiento resueltos se colocó la camisa, su chaqueta, mirándose al espejo, era inevitable ver como él que durante treinta años de su vida huía de la etiqueta de gentleman en la simpleza de colocarse cada prenda demostraba aquel dicho que nadie puede huir de quien realmente es, para bien o para más Míster Edward Cullen era un caballero, hijo de su padre.
— Edward.
El hombre se abotonaba las solapas, y se colocaba los gemelos de rubí y diamantes regalos de su esposa el día que se casaron.
— ¿Edward?
¡Dios!
¡Di algo!
¡Grítame! Prefiero tú odio, tu rabia, tu desprecio… no esto, Edward, no esto.
Dio un paso hacia él, levantó su mano tratando de tocar su espalda, mas Edward se alejó de ella dejándola con la mano estirada, ella cierra el puño, y siente que aquella actitud lo dice todo, limpia sus lágrimas, siente que llorar es pedir perdón, un perdón que cree no merecer, abriéndose a su pasado, Isabella, de nuevo a profundizado la enormidad de su culpa.
Edward gira sobre sus pies, la mirada de un verde oscuro es estrecha e indescifrable, emana una poderosa energía caliente, está a cinco pasos de ella, en una centésima de segundo se dirige a su esposa, Isabella lo ve y cree que algo temible va a ocurrir, pero algo inesperado sucede, Edward toma su cuello con dulzura, la acerca a él, Isabella gime ante la visión de aquel hombre que la observa de profunda, indescifrable y delirantemente.
Son los mismos ojos de todos sus amantes.
Ojos de deseo, lujuria y pasión, pero para ella sólo los ojos de Edward Cullen importan, tantos años de destruir corazones, tantos años de pisotearlos a todos, y en aquella mirada de fuego, la princesa encantada, por primera vez en su vida siente compasión por cada uno, ella es y será siempre alguien condenado a ser amado sin medida, sin embargo lo único que le importa en aquella noche de 1891 es que al final, siente que ella corresponde igual.
— Te amo, Edward —su voz sale ronca, del fondo de su alma— para siempre amor mío, fui mujer de muchos hombres, pero sólo te he amado a ti, no fui virgen en mi cuerpo, pero en mi corazón eres y serás el primero, podrías morir ahora, y nunca dejaré de amarte, no permitiré que nadie me toque, no habrá nadie más, eres mi igual, eres mi todo, cada día de mi vida será tuya, cada pensamiento es dedicado a ti, y cada vez que me tocas, siento que voy a estallar y… ruego a Dios ver algún día tus ojos en un niño de ambos.
Todo fue silencio.
Él se acercó a su mejilla y respira sobre ella, la rosa levemente y suspira en su oído.
— Cada día de tu vida bruja, cada día debes decírmelo, lo necesito.
— Te lo juro.
— Has devorado mi corazón Isabella.
— Tú tienes el mío.
La aleja de su cuerpo, ella sabe que él lo necesita, su piel arde como el fuego, lo necesita dentro de ella, pero no dice nada, en ese momento él lucha contra cada uno de aquellos hombres que poseyeron su piel, él debe entender que ninguno fue huella, que ella, antes que él era un papel en blanco y que sólo Edward Cullen ha puesto huellas imborrables en su alma.
—Milady—Edward hace una venía, no lo ve sonreír de manera torcida, sólo se agacha y al levantarse Isabella siente como él hace un juramento silencioso— ¡siempre es un placer!
Y lo ve irse. Sus pasos resuenan en las escaleras y se escucha como la enorme puerta de hierro resuena al ser abierta por el sirviente. Corre hacia la ventana. Ve la figura oscura que camina, siempre elegante, siempre altivo, Bella cierra sus ojos y bebe de sus lágrimas.
No te vayas mi amor… no aún… vuelve… vuelve…
La noche pasa y el día también, Isabella, con su vestido de negro, se hunde en los pequeños dramas de la comarca, Emmett la acompaña en la recorrida por las casas de cada uno de sus arrendatarios, escucha sus quejas y habla con todos. En la noche, carga al enorme hijo de Rosalie quien, con tan sólo una semana de nacido, ya se ve que será alguien enorme, juguetón y risueño, ella lo lleva hasta su pecho disfrutando el gorjeo. Su cuñada pregunta el paradero de su hermano, la respuesta de Isabella viene con un pequeño llanto que ella trata de ocultar, Rosalie no sabe nada, pero entiende que algo ocurre, se sienta al lado de Isabella, toma su cabeza y la recuesta en su hombro.
— Siempre vuelve querida, él siempre vuelve, es inevitable, yo lo sabía, mi padre creo que también lo supo, sólo Edward se negó a creerlo… él es un buen hombre, ahora no sabe qué hacer con ese descubrimiento, tu lo hiciste ser un buen hombre querida, será un jugador, un cínico y un ser licencioso, pero en el fondo, creo que es un poeta.
Thunder la acompaña, ella cabalga en el bosque, es azul y mágico, los árboles pasan por su lado, y es solo el trote furioso del animal que ella domina. Tres días y él no está, Bella no ha dormido bien, come poco y cuando concilia el sueño, la voz de Michell la llama y la sensación de Edward a su lado abrazado a ella la hace llorar, se despierta aterrada.
¿Qué será sino vuelve? ¿Cómo volver a sentir su corazón sin él lo ha tomado y llevado con ella?
— ¡Milady! —la mucama toca su puerta— ¡Milady, despierte!... por favor, señora.
Se levanta y es como si viniese del láudano y de vivir bajo el agua, la voz chillona de Milly la perturba, la chica grita casi en su oído… Milord… es la palabra que la despierta, corre hacia la puerta y el rostro de su sirvienta es aterrador.
— ¿Mi esposo? —pregunta, asustada.
— ¡Oh, Milady!… ¡milady! —el rostro de la mujer parece explotar, Isabella abre la boca para preguntar, un dolor parecido a un cuchillo la recorre… se sostiene de la puerta y es cuando escucha un sonido que le pone los pelos de punta.
Thunder.
Relincha….
Y la voz viril de Edward Cullen quien grita con furia.
— ¡Voy a montarte demonio! ¡Esta es una guerra!
Editado por XBronte.
Gracias a todas las personas que comentan, gracias por las lectoras en la sombra que siempre me acompañan, sigo aquí…aún.
