Los personajes le pertenecen a Meyer.

La historia es mía.


FALSAS APARIENCIAS

Capítulo 40


Tres días antes…

Sabía que ella lo observaba desde la ventana. No intentó volver atrás para observar la luz del candil de la habitación matrimonial, sus puños cerrados eran el indicador de su cobardía, se había prometido no juzgarla y ahora, sus palabras le pesan ¡Maldita sea! Mr. Cullen odiaba saberse un hipócrita y el idiota que juzgaba el pasado de su esposa sabiéndose peor que ella.

Se internó en el bosque sin saber qué hacer, no sabía dónde ir; lo que sí sabía era que el único hogar que tenía —y que quería tener— era esa mujer y que precisamente por ella se escapaba, de quien deseaba huir para no sentir que era un necio incapaz de aceptar que su esposa era una mujer libre y poderosa.

— ¡Demonios! —pateó con saña una piedra en el camino. La educación y el prejuicio pesaban.

Cada palabra dicha… lo martillaba, cada confesión, cada cosa que ella fue capaz de contarle… golpes contra su vanidad y hombría. Durante sus años como calavera conoció mujeres terribles, casi todas ellas fueron sus amantes, pero ninguna fue capaz de sorprenderlo realmente porque, aunque perversas y lascivas, trataban de mantener la fina línea que las guardaba de las lenguas viperinas que en Londres abundaban: siempre que fornicaban como yeguas locas pensaban en el qué dirán. Eran especialistas en fingir rubores virginales en público, la educación la preparaba para eso y las que se atrevían a cruzar la línea, eran unas buenas hipócritas que buscaban ser putas y santas al mismo tiempo. En cambio, ella era diferente, en ese Paris que resultaba vago y confuso, Isabella Swan era la diosa de grandes bacanales y nunca fingió ser puritana ¿cómo se actúa con una mujer como ella? esa pregunta lo mataba.

. mis manos tocaban lo que deseaba y simplemente todo lo destruía…

Solo fue la muerte de Michell, su primer esposo quien frenó sus deseos, la reencontró con la responsabilidad ética a la cual esquivó durante años ¿qué hubiese pasado, mi amada bruja, si él no se hubiese suicidado? La respuesta, Edward creía saberla: ella seguiría siendo la reina.

Mientras se adentra en el bosque, la imagen de Isabella, de veintiocho años, reinando en los salones de Paris, lo golpeó con la fuerza de mil caballos « ¡Por todos los cielos! Para que me engaño, daría mi mano derecha por verla de ese modo… hubiese sido su esclavo » La visión erótica de su mujer lo llenó de fuego en la sangre, sintió que la amaba más, que su amor estaba sobre el pasado, que él —frente a ella— era un remedo y que definitivamente no estaba en condición de juzgarla porque aunque lo intentaba, Isabella siempre salía victoriosa.

Caminó durante horas, la lluvia de Inglaterra —harto fastidiosa— fue la compañera en todo su camino, de pronto se vio en los grandes rieles del insigne tren de la corona, solo quería volver a Londres y tratar de encontrar las respuestas a su rabia, intentar conciliar sus celos con el amor y pensar muy bien que hacer con esa mujer que después de casi un año conocerla, lo había puesto en una encrucijada. Las inquietudes no lo abandonaban: ¿ella realmente lo amaba? ¿él podría dejar de amarla? ¿podría mirarla a la cara? al final, todo se resumía en una sola ¿Estaba Edward Cullen a la altura de lady Swan Kane?

Escuchó el chu chu monótono del tren. Empapado y furioso, esperó a que pasara, con ojos al acecho, aguardó por el animal de hierro, a esa hora de la noche reducía su velocidad, pensaba abordarlo durante la marcha, a esta altura de su vida no mediría sus acciones, era un hombre que estaba al límite y debía apostar todo en una jugada final digna de él, el gran tahúr de Gran Bretaña ¡As de corazones para aniquilar a la reina de su alma!... el problema era que no deseaba hacerlo, ella era una araña que tejió con hilos de seducción y oscuridad la trampa que lo enredaría el resto de su vida. Qué buena jugada, que excelente cacería, había perdido su libertad el mismo día en que decidió hacerla suya.

La fatalidad estuvo marcada el día que se plantó frente a Alistar Sinclair, estaba arruinado, con miedo de perder sus privilegios de noble —incluido la casa de su padre—, y con una hermana a punto de convertirse en una paria social. Estar en peligro lo llenó de terror y la propuesta del lord parlamentario le pareció una buena tabla de salvación, su cinismo y la necesidad lo llevó hasta la puerta de Isabella y su condición de tahúr le hizo apostar contra el hombre que lo estaba salvando. Como siempre, ante cualquier negocio que le ofrecían a Edward Cullen, buscaba obtener la mayor ventaja… esta vez, Sinclair correría la misma suerte a ese perro, que huele a colonia rancia, que actúa con soberbia y me sonríe con sarcasmo porque sabe la verdad tras el tinglado de Isabella y cree tiene las cartas ganadoras… ¡le ganaré todo! Saber que esa urraca avariciosa la pretendía, me destroza las tripas—Amparado en su prestigio de tahúr, iría a su encuentro y, se lo haría pagar…

El tren estaba cerca, el hierro martillaba la tierra, y en la noche la sombra de la gran máquina apareció, envuelta en vapor y humo, su imagen se cernía con una belleza irreal en el paisaje tímidamente aclarado por unos rayos de luna, respiró con fuerza, frente a sus ojos, la locomotora rugió levantando su cabello. Edward Cullen se sentía salvaje y sin pensarlo dos veces saltó hacia el tren, agarrándose de una de sus astas, el frío caló hasta los huesos, estaba entre la sección uno y dos, el vaivén le hace perder el equilibrio pero sus reflejos le permiten tomarse enérgicamente del pomo de la puerta que lo llevarían hasta el vagón donde estaban los pasajeros de tercera clase, si el hombre que pedía los boletas lo encontraba, pagaría sin cuestionar el boleto, tenía en su bolsillo un billete de diez libras. Abrió la puerta y el aire de hielo levantó los rostros de gente enjuta y adormilada, que lo miraron con asombro, él contestó con unos cortantes ojos verdes y esto bastó para que ninguno de los pasajeros intentara siquiera abrir la boca. Su estampa recia, su cabello revuelto, su barba de días le daba un aspecto intimidante de bárbaro húmedo por la lluvia.

— ¿Londres, Milord?—una mujer anciana desafío su advertencia y preguntó secamente entendiendo que aunque ese hombre había penetrado furtivamente en el tren era todo menos un miserable.

Edward no contestó, se arrelleno en un asiento y cerró los ojos sin dejar de preguntarse qué clase de hombre necesitaba Isabella Swan en su vida y si él era suficiente para ella.

Llovía en Londres —como siempre— y se sentía agotado, los días pasados en la villa le estaban cobrando en su cuerpo uno a uno los excesos y la felicidad que vivió junto a su mujer. Se ajustó el mojado abrigo y caminó por las calles laterales de la gran ciudad, no deseaba que nadie lo viera, solo caminó y caminó, el frío le calaba los huesos pero el recuerdo de los días en la villa de su esposa, el olor de la cama y la sensación de seda de las sabanas llegaron hasta su memoria y lo desconectaron de su entorno y la hostilidad de las calles y la lluvia desapareció, recordó como despertaba enredado a su cuerpo, con la sensación de felicidad eterna y con su virilidad punzando en el trasero a modo de buenos días —¿cómo podría vivir sin eso?— Pero, seguía dudando, se sentía indigno… era un buen vino dado y saboreado con la incertidumbre de que quizás no merecía beberlo.

Compró una manzana a una pequeña niña con un acento de barrio bajo, tendría entre cinco y siete años, ojos azules, cara manchada de hollín y una sonrisa triste. Pensó en su propia infancia, en sus niñeras e institutrices y en la comodidad de su aristocrática casa —¿cómo será la infancia de estos niños?— y sin darse cuenta, siguió a la pequeña en el recorrido que hacía para vender sus manzanas. Llegó a los barrios del sur de Londres que lindaban con los puertos y donde la niña entró a una barraca, obedeciendo las órdenes que una mujer le gritaba.

Caminar por los barrios bajos y podridos de Londres había sido un acto de reto, sin embargo siempre lo hizo en las noches, cuando era el vicio lo que lo llamaba; ahora, a la luz de la mañana, cada paso dado lo enfrentaba con un Londres que no quería ver, mujeres sin dientes, niños sin infancia y de hombres con rostros de muerte oliendo a alcohol y a desesperanza. Deambuló diez años de su vida como ciego entre la miseria y nunca fue capaz de condolerse con nada, se fastidió con las discusiones que habían en el salón de caballeros y que hablaban de la cuestión social, la ciudad de la reina Victoria era también la de Dickens, pero a él poco le importaba, no le gustaba su literatura sensiblera y le incomodaba escuchar del dolor de gente que no conocía —¡Dios! ¿Dónde había estado en toda su vida?— la respuesta resonó seca en su cerebro: follando con todo lo que atravesaba, jugándose hasta la camisa y enlodando el nombre de su padre.

Los niños lloraban de hambre… ese pudo ser su sobrino. Las mujeres, esqueléticas y sucias, recorrían las calles buscaban peniques... esa pudo ser Rosalie. Los hombres lo observaban con prejuicio y rencor, ese hubiese sido el destino de Emmett si no hubiese tenido la voluntad y la fuerza por superarse y alejarse de esa vida miserable.

Olores a orines, estiércol, a leche rancia hacían una sinfonía de hediondeces que lo tenían al borde del vómito, a los hombres y mujeres que vivían allí parecía que no les afectaba, era como si vivir allí anulara el sentido del olfato. Un perro putrefacto y repleto de pulgas agonizaba y otros cuantos —hambrientos y sarnosos— vagaban por la calle. Edward miraba todo, como un ciego a quien le devolvían la vista, durante años había sido un hombre indolente pero los meses vividos al lado de Isabella le enseñaron esa otra realidad y descubrió que su conciencia social había estado dormida, oculta bajo la superficialidad distintiva de un joven aristocrático que creía que los otros vienen al mundo a servirlo y a nada más. Desde hacía una noche, comprobó que era otro, el «te amo» de Isabella actúo en él como un poderoso opio que excitaba todo, que lo hacía consciente de todo, incluyendo el dolor y la miseria.

A las siete de la noche, el Londres que conocía mutaba a esa geografía de candiles, trotar de caballos y de hombres que ansiaban perderse en la oscuridad buscando ajenjo y opio para escapar de la supremacía imperial que los ahogaba. Edward se ve ante la puerta del gran burdel de madam Esme, ella salió a recibirlo, aunque trató de disimular, era evidente que en su rostro había signos claros de decepción. Edward ignoró el gesto, fue hasta ella y besó su mano con caballerosidad, los ojos color miel de la gran madame de Londres se clavaron en la cara, lo conoce desde pequeño y reconoce sus señales de cansancio.

— ¡Santo Dios! ¡acabo de mundo! Los dos más guapos hombres de Londres en mi humilde casa ¿acaso sus mujeres son incapaces de retenerlos es su cama? lady Whitlock y lady Cullen se veían muy enamoradas —señaló hasta donde estaba Jasper quien se encorvaba en una de las mesas mientras que trataba de sostener en su mano un vaso de vino— veo que sigo siendo una vieja romántica, con ustedes creí que finalmente podría ser testigo de una historia de amor real entre la hipocresía de esta ciudad.

— No soy ese hombre, Esme… me falta valor.

— ¿Realmente, Milord?

— Estoy aquí ¿no?

Se desprendió de la mano de Esme quien lo invitaba a una copa de oporto y le aseguraba que no disponía de mujer para brindarle los servicios de la casa.

— ¡Búscala en otra parte! No, mejor no… deberías irte a casa, hace unos días, tu esposa vino aquí, estaba buscándote, desesperada, me enfrentó… reconozco el sufrimiento y los celos en una mujer enamorada, Edward ¡ninguna mujer de Londres hubiese hecho eso! pero tu esposa, Milord, es una mujer que no teme amar.

Edward esbozó una sonrisa taciturna.

— No, mi mujer no le teme a nada, madam.

Jasper se levantó dando tumbos hacia su mejor amigo y lo abrazó con fuerza.

— ¡Mi amigo! —sí, frente a los ojos de perfecta elegancia e indiferencia de Inglaterra un abrazo fraternal entre hombres era algo de mal gusto ¡ja! Esa Inglaterra donde Oscar Wilde según las malas lenguas abrazaba demasiado a su mejor amigo a quien todos apodaban bosie— ¿Dónde has estado? —Edward se enfrentó a los ojos azules de borracho de Jasper, jamás lo había visto ebrio en su vida, olía a vino añejo, y parecía no haberse afeitado en días— no lo hagas, lord Cullen —agarró los hombros de su amigo con fuerza bruta— no me mires así, no me hagas sentir un hombre apocado e idiota, no necesito que tú me digas lo que ya sé.

Los dos amigos se sentaron en la mesa donde Jasper parecía haber pasado los últimos días, éste le dio una patada a una de las botellas que se amontonaban en el suelo.

— ¿Cómo estas, Jasper?

— Todo es una mierda —la voz siempre culta de Jasper en ese momento era amarga, Edward jamás en sus años de amistad lo escuchó diciendo una palabra soez, algo en la imagen de su amigo no le gustaba, esto lo desconsoló, ambos eran víctimas del amor, no había salvación cuando se ama por primera y única vez. Edward levanta su mano y despeja de la frente de su amigo un mechón de cabello rubio, es un acto desconocido para él, el sentimiento de que a pesar de todo, era Jasper quien necesitaba consuelo, el muy refinado aristócrata era un hombre que se perdía entre las libreas y la dura educación que todos los hombres de su alcurnia había tenido que sufrir; el mismo Edward fue uno de ellos, pero su rebeldía lo salvó del destino de todos aquellos condenados a mantener la barbilla levantada en honor a lo británico, hombres con almas frágiles que no entendían los entresijos del corazón. Jasper apretó con fuerza la muñeca de su amigo y la sostuvo en el aire, inhaló y sus aletas se dilataron al igual que sus pupilas— Alice está embarazada, Edward, y yo no soy el buen esposo que ella debería tener.

Un vaso de whisky fue la respuesta que lord Cullen dio a la confesión de Jasper, lo obligó a que se sentara junto a él y lo animó a que hablara, con libertad, de lo que sentía. El mundo, para Jasper, eran normas sociales y privilegios ya establecidos, era un hombre educado y de correctos modales, no le significaba gran esfuerzo ser un buen hijo, un buen caballero, un buen inglés, cuando conoció a Alice, todo ese mundo seguro y planeado se fue al traste… vivió su vida adorando a una mujer que él mismo había rechazado, diez años de su vida se la pasó amándola, añorándola y deseando que el mundo cambiara para que pudiese tenerla, se vio muerto de los celos, lleno de rabia, odiando cada momento con su difunta esposa, apenas cumpliendo con los deberes maritales, soñando con el día en que el cuerpo desnudo de su amada fuese quien lo despertara cada mañana. Cuando Alice Brandon fue lady Whitlock, con tristeza comprendió lo difícil que era traspasar las barreras sociales, hijo de su educación, le resultaba imposible no encerrar a Alice en los barrotes de la hipocresía y del miedo al que dirán, ella era infeliz y él lo sabía, sin embargo, no la podía salvar… invirtió todo su coraje en el acto de casarse con ella, que no era de su estrato social. Él tampoco se podía salvar, todo su entorno apuntaba su dedo acusador hacia Alice, y él… comprándole vestidos caros llevándola a lugares exclusivos, tratando que fuese parte de su odioso círculo social —con el único fin de demostrarle que ella no lo avergonzaba—, la encaminaba hacia el desastre total: Alice terminaría odiándolo a él… y eso sería su estocada final.

Alice, pequeña e insignificante, era libertad, lujuria y pasión, se convirtió en un torbellino que su rígida formación no le permitía disfrutar plenamente, se transformó en un gigante que no podía manejar… La amaba más que cualquier cosa en la vida, pero no estaba resultando… era demasiado cobarde, se había consumido en el intento de hacerla feliz, en luchar contra la elite que no le perdonaba su matrimonio y lo consideraba un traidor.

— La amo Edward, no sabes cuánto, no puedes saber cómo —una mueca de dolor se dibujó en su cara— ¿Por qué tengo que hacerla sufrir? ¿Por qué no puedo darle lo que ella quiere? ¡Odio esta maldita isla!

—Entonces ¡vete Jasper! llévate a tu mujer y a tu hijo lejos.

Jasper abre sus ojos con horror

— ¿Irme? ¿dónde?

— Lejos, amigo, llévatela, no serás feliz nunca en este lugar… a menos que despedaces el pasado, dime ¿puedes renunciar a tu naturaleza de señorito? La relación de amor - odio con el mundo en que creciste está muy arraigada en ti. Yo creo que es hora de irte pero no podrás huir de aquí si no tomas la decisión viril de romper con todo, amigo.

— Quiero que sea feliz, quiero que todos vean lo que yo veo cada día, quiero que vean que es una mujer maravillosa, amable, fuerte, trabajadora, que no le da miedo reír… quiero que sepan que no es como mi madre… que Alice es una mujer feliz.

La confesión era una traición a todo… una leve liberación.

— Sin embargo, amigo, la orillas para que se convierta en eso… no fuiste tú el que se sacrificó por ella; fue Alice, Jasper, ella se sacrificó por ti. Somos gente cruel, va con nuestra naturaleza ¿en verdad creíste que gente como nosotros tendría compasión? No mi amigo, los británicos no somos gente compasiva mi hermano y mucho menos, con las mujeres.

Pensó en su esposa, su fiera, brillante y malvada esposa tratando de lidiar con la estupidez de todos, sintiéndose culpable por ser fiel a sí misma.

Bella… malvada bruja… ¡cómo la amo! ¿Qué he de hacer para dejar de ser como este hombre frente a mí?

Estaban atrapados en una cárcel mental —estructuras anquilosadas que pregonaban al mundo la supremacía británica y el orgullo real— que los tenía encerrados desde tiempo inmemorial: Jasper, de naturaleza más timorata, le cuesta aceptar el mundo cambiante… y Edward, siempre incómodo con lo establecido, tenía mejores condiciones para enfrentar los nuevos tiempos. Dos amigos, con dos mujeres excepcionales y muy distintas realidades.

Tomó a Jasper del brazo, le pidió a Esme que por favor llamara un cochero y lo arrastró fuera del burdel.

— Estoy tan feliz por tener un hijo, Edward ¡tan feliz! y tengo miedo ¿Cuál es el mundo en que va a nacer? —el corazón del amigo se sobresalta, el aire de lo irremediable media entre ambos— ojala pudiera tener un poco de las agallas que a ti te sobran.

— No soy tan valiente, Jasper.

— Mi amigo, tú eres un sobreviviente… un sobreviviente, yo me hundiré en el maldito barco.

El cochero aulló en la noche, y los cascos de los caballos se escucharon resonar en la calle de Kensington Road.

—Tu padre se sentiría orgulloso de ti, Edward Cullen —era la voz de Esme quien lo sorprendió de camino a uno de los pasillos del segundo piso del burdel, ella le indicó que entrara a su salón privado, le ayudó a quitarse el abrigo y lo forzó a sentarse cerca del fuego— al final, eres lo que siempre quiso… viéndote con tu amigo, entiendo que no te has perdido ¡estaría muy orgulloso de ti!

El hombre miró el rostro de Esme, relucía con tonos rojos y amarillos de la chimenea, ello le sonreía dulcemente y se dio cuenta que era una mujer de belleza extraordinaria... siempre la admiró, regentaba aquel lugar pero tenía más clase y categoría que muchas que se hacían llamar dama.

— No me imagino a mi padre…

— ¿En este lugar? —caminó lentamente hacia él y le ofreció una taza de café, el vestido de grandes holanes se movía cadenciosamente— Carlisle fue mi mejor amigo… creo que es hora de que escuches una historia… ya eres hombre en toda la amplitud de la palabra, estás en condición de decidir si entiendes a tu padre o no….


¡Demonios! Quiero llegar a casa… quiero llegar a ti princesa… ¿Por qué el maldito tren se demora tanto? La ansiedad de Edward le hace pensar que más fácil habría sido agarrar un caballo y no parar hasta ver a su amada, Londres en ese momento era el enemigo y no le importaba reventar dos o tres animales con tal de llegar. Necesitaba estar pronto en Forksville. Estaba incómodo, estaba molesto… detestaba no haber entendido quien era su padre, se detestaba por no haberlo conocido mejor… ¡no, no! no puedo seguir siendo un mamarracho, un idiota… no puedo seguir lastimando a quien me ama.

El tren finalmente llegó, calmando en algo su anhelo… dos viajes en el gran aparato mecánico, el primero… para huir del miedo de no ser suficiente para ella y el segundo… para regresar sabiendo que estaba dispuesto a serlo.

Escuchó la historia de su padre, era tan parecida a todas, un hombre rico, hijo único que vive cumpliendo con el designio a que todo aristócratas orgulloso de su estirpe están destinado; es decir, escalando los peldaños exigidos con la flema británica, creyendo en la tradición, llenos de tedio e indiferencia. Carlisle cumplió con todos los credos impuestos y terminó viviendo una vida que odiaba: atado a una mujer estéril de corazón que había aprendido de su madre que el sexo era repugnancia pero necesario para perpetuar la estirpe y que para eso se casaba. Pero, él quería amar, ser feliz y trasgredir al menos una regla en su vida, así fue como un día conoció a Esmerald Plant quien era la protegida de un viejo parlamentario… Esme también cumplía con su destino, había nacido en la pobreza así que sus opciones eran mínimas: sirvienta o puta, su belleza le señaló el camino… todavía niña, su familia —por dinero— la dejó en un burdel y se olvidó de ella. Aprendió rápido, debía sobrevivir, subió los escalones a punta de orgasmos ajenos y apenas tuvo dinero, buscó a su madre y le dio una digna vejez… pudo escapar del destino, un destino que le decía que si tenía suerte, se casaría con un pobre hombre de los puertos y que a los treinta años estaría vieja y raquítica. Esmerald no tuvo como saber de virginidad y decencia, a los doce años ya estaba viviendo bajo el alero de una madam y aprendiendo todo lo que sería útil en su vida… casi no recuerda el día en que salió de su casa de cartón y pobreza, su madre enferma la tomó de la mano diciéndole que la llevaría a vivir a una casa linda, calentita donde podría comer todos los días. Esme, mujer con muchos amantes pero con un halo mágico que la convertía en la más pura, mantenía intactas sus cualidades exóticas que la hicieron brillar en una Londres fría: ternura, simpatía y compasión. Carlisle era un joven en la Cámara de los Lores que intentaba llenar los zapatos de su padre, cuando un día, en una fiesta, conoció a Esmerald, la amante de un prestigioso político —hombre viudo que la llamaba mi dulce pajarillo—, además de su evidente belleza, le pareció una mujer preocupada, elegante, discreta y sin afanes de protagonismo, apenas cruzaron palabras pero eso le bastó para ganar una sonrisa sincera por primera vez en su vida y perder de inmediato el corazón.

Ambos se vieron envueltos en una amistad ilícita, de palabras correctas y miradas indecentes… Carlisle escapaba de su casa, de su muy fría esposa para ir a casa de Esmerald en busca de hogar: buena conversación, acogedores momentos de silencio y libertad, se amaban como dos adolescentes, era amor de palabra no de piel… eso sería una piedra que entorpecería los caminos de él hacia el parlamento y de ella como una reputada madam, ceder a los deseos provocaría un gran escándalo, lord Cullen complicaría su carrera política pero Esme, sería desterrada, caería en desgracia, perdería su estatus de amante discreta y respetada, sería severamente juzgada por la típica moral victoriana. A pesar de todo, una noche de tertulia lord Cullen se vio llorando a sus pies y rogándole que dejara a su amante, ella no cedió… aún más, le exigió —con el corazón en pedazos— que terminaran con la amistad porque las murmuraciones comenzaban a florecer de calle en calle y de norte a sur y había que acallarla.

«No me das lo que necesito, querido mío»

Carlisle se alejó de su vida y ambos, tristes, apenas se cruzaban en los eventos sociales… Ella, de veintiocho años, pasaba las noches enterrando su soledad y alucinando con el rostro del único hombre que no podía tocarla. Para Carlisle, la vida no era mejor… su amor era silencio y se agrandaba con la separación… año a año, la pasión crecía como una tormenta en el mar… tenía dos hijos, pero aquello no salvó su matrimonio… era un hombre sofocado, que encontró en sus hijos el tazón para derramar. Una vez al año buscaba toparse con Esmerald y en esos eternos minutos, solía alargar su mano y con un dedo rozaba el brazo perfecto del amor de su vida… para su educación estricta y sentido del deber ser… eso bastaba.

Oh muchacho… la voz de Esmerald resonaba en la cabeza de Edward mientras el tren comenzaba su camino de nuevo a Forksville, le hacía compañía la imagen triste y solitaria del padre que jamás adivinó, hacía cuatro años que había fallecido y sentía no solo un amor inmenso sino una tremenda compasión… éramos dos seres viviendo tan cerca y tan lejos al mismo tiempo… caminábamos entre niebla y lluvia intentando al menos una vez al año disfrutar de un solo segundo de nosotros… eso era todo, cariño, escondíamos las lágrimas y el amor hasta ahogarnos mientras más brillábamos en el exterior más tristes éramos en la soledad de nuestras casas.

Carlisle escalaba posiciones en la cámara y Esmerald se queda viuda de amante, en una decisión inesperada, optó por no acogerse al ala de un nuevo protector y se instaló con un exclusivo burdel… llegó a ser odiada por todo Londres al convertirse en la más poderosa madam de la ciudad, entonces… una noche de estrellas, cuando los diques de la tradición y del deber ser fueron incapaces de contener el poder del deseo, se encontraron en la calle… a la entrada a una función teatral, se miraron, hablaron en silencio y no se vieron más… hasta que esa misma noche, Carlisle se presentó en su casa… y, después de quince años de amor doliente, se hicieron amantes.

nunca fuimos más felices Edward, jamás fuimos más desgraciados…

Una lágrima de dolor recorrió el rostro del hijo que recordó al padre sentado en su escritorio, fumando y mirando la enorme ventana que daba a la calle, ahora lo sabía, su padre añoraba los pasos que la llevaban a su amante.

Jamás, hijo, reprochó quien yo era, nunca en sus años conmigo dijo una palabra de mi origen, cada día era para ambos un regalo, venía hacia mí y era libre como jamás lo fue en su vida de Lord Cullen… a mi lado, era solo Carlisle….

Fue un mejor padre, un mejor amigo, y quizás siendo egoísta en la poca felicidad que recibía fue un mejor esposo.

envejecimos juntos, Edward… de una manera diferente, construimos un matrimonio: él peinaba mi cabello, yo le ponía las pantuflas y le servía una copa oporto… para él nunca fui la puta de Londres, para tu padre yo era su amor.

— Padre, padre —el anillo heráldico de oro y rubí fue acariciado con melancolía— parece que somos iguales.

por eso, hijo… jamás juzgó tu comportamiento, eras el alma libre que él deseó tener… tenías las agallas y la rebeldía que a él le faltaron para deshacer su educación… estaba orgulloso de ti, sabía que algún día sería un mejor hombre, hasta el último día, Edward te amo, hasta el último día tuvo fe en ti… no te culpes de la ruina de la familia, Carlisle no era un hombre práctico con el dinero, hizo malas inversiones y tu madre —que mis palabras no la toquen— era una despilfarradora. Si alguna vez creíste, cariño, que Carlisle maldijo quien eras… pensaste mal… jamás dudó que cuidarías de tu hermana Rosalie.

Con lágrimas en los ojos Esmerald contó como al final de la vida de Carlisle Cullen lo único de lo que se arrepintió fue no haber sido más fiel a él mismo.

hubiese dado todo, Edward porque él muriese a mi lado… se fue sin que yo le besara su frente… cuando él murió, me convertí en un cascaron vacío… me dediqué a vagar por las calles, a respirar Londres porque era su mundo y, para bien o para mal, él pertenecía a este lugar… tú no, cariño, tú puedes escapar.

Carlisle Cullen, su viejo padre sentado tranquilamente en la oficina de la gran casa, bebiendo un vaso de vino y leyendo el Times. Lo sabía, su padre —palabra mayúscula y sagrada— había amado a Esmerald Plant y si ahora, estuviera a su lado, le habría dado su apoyo.

Fue así que finalmente Edward Cullen vio a su padre no como ese ser de imagen perfecta, correcto caballero, un sol que nunca fue capaz de mirar… ahora era el hombre que le daba la respuesta a lo que estaba buscando, una confirmación del amor loco que sentía por Isabella Swan… su padre y él eran iguales… finalmente, pudo arrancarse la costra que lo marcaba como un hombre sin valor y liberarse del estigma de «moralmente cuestionable» Si su padre pudo amar sin juzgar ¿Quién era él para no hacerlo también?

Cerró los ojos y soñó con volver a los brazos de su esposa siendo un hombre libre, sin miedo a amar, capaz de ir en contra de todo por su mujer. Pudieron haber sido horas… entre sueño, repasaba lo sucedido: el recorrido por las calles de la capital del imperio, los rostros de los cockney… niños, mujeres y hombres de caras sucias y triste, el gesto de vergüenza, el miedo de Jasper, las palabras de Esmerald… estaba agotado, se sentía como si hubiese caminado el mundo varias veces hasta llegar al punto donde perdía sentido su pasado. El sol del mediodía dio directamente en su rostro… tenía hambre de comida y de sexo… la desazón lo tenía en un estado de alerta constate. El cansancio iba en contradicción con sus ansias de llegar hasta la villa, soltó una carcajada para celebrar el deseo… iría donde su mujer, besaría sus hermoso pies y le diría que nada más importaba. Le diría que aquellos que se atrevieron a tocarla ¡malditos bastardos! tendrían que pelear contra cada una de sus caricias y besos… que él los desterraría de su piel y enterraría el fantasma de Michell… el nuevo Edward consideraba que si el campesino de verdad la amaba debió pelear por ella, no meterse una bala en su sien… para él, eso era cobardía, una manera vil de atarla en la muerte, porque en la vida no tuvo las agallas. Le diría que le fascina como habla, que le encanta lo inteligente y mala que es… celebraría su fuerza y le diría que ella es mucho más que alguien que ha nacido para ser esposa… ella es su reina y es su bruja… ¡mi amante y la madre de mis hijos! Ahora sabía que era más que una puta, más que una heredera, más que la solterona de la apuesta, sobre todo… era una mujer… ¡mi mujer!

Miedo de nada, puede ser tan fuerte como «el ama» merece… y como si el destino quisiera ponerlo a prueba, una sombra negra corría a la misma velocidad del tren: Thunder.

Una hora después, el grito de Isabella, desde la ventana de la habitación, lo impulsa a montar el caballo hasta hacer que el animal reconozca —sometido— que él se merecía también a su ama.

— ¡Edward!

Todos en la mansión se sobresaltaron y corrieron por todas partes, la última vez que alguien quiso montar a ese satanás fue lanzado contra un árbol y tuvo suerte quedar con vida. Isabella salió despavorida de la habitación, solo tenía su camisola de dormir, pero no le importaba nada. Su cabello oscuro emergió entre el ocre del enorme edificio, el corazón de Edward se hinchó de orgullo, ahí estaba… era hermosa y era suya.

— ¡Edward, por Dios!

— ¡Tengo que domarlo, bruja! ¡Por ti, por mí!

Rosalie, quien tenía a su hijo en brazos, con rostro que denotaba el miedo y determinación, trató de calmarla.

— No lo detengas, Isabella —le habló a sus espaldas— nadie más que tú debe entender el porqué lo hace.

Los ojos de Isabella parecían querer salirse de sus orbitas, dio dos pasos hacia adelante… giró hacia Rose.

— ¿Has visto a Thunder? Solo yo puedo montarlo, el animal es malvado.

Una sonrisa maliciosa surge del hermoso rostro de la joven, levanta una ceja, besa a su hijo en su frente y dice.

— Así como tú, querida, y sin embargo mira, en este momento lo amas, no te domina y sin embargo lo amas, si pudo con el animal más peligroso de Londres, puede con todo.

— ¿De qué hablas? —¡me está diciendo animal peligroso!

En el campo Thunder relinchaba, se resistía al toque de Edward que halaba una y otra vez las bridas, daba fieros coces, Isabella duda, debería correr hasta donde su esposo luchaba contra el caballo o quedarse allí, esclareciendo las oscuras palabras de su cuñada.

— Por favor Isabella ¿crees que soy tonta? —la cascada rubia atada en una trenza cae sobre su hombro— desde el mismo momento en que vi cómo, sin el menor esfuerzo, tenias a mi hermano comiendo de tu mano, lo supe… conocí muchas de sus amantes. Demasiadas, creo yo. Ninguna fue capaz de lograr el mínimo que tú lograste en dos semanas, ni siquiera la víbora de Tania Denali, quien sabe de hombres y sus caprichos. Cuando lo vi desesperado, muerto de celos me dije… ella es especial, no es la niñita modosa y sin gracia que todo Londres conoce. Y cuando fuiste a la calle hollín ¡Dios mío!... ¡el lugar más peligroso de la ciudad!... y esa voz que escuché frente a Lady Catherine, el día del casamiento, lo comprobé… así que ¡tranquila!... deja que mi hermano domestique a ese diablo.

— Lo va a matar.

— Déjalo ser un hombre, milady, él desea ser más que el esposo de adorno comprado para Isabella Swan.

Isabella bajó la cabeza, su padre y ella lo redujeron a la condición de ser un semental.

El sol caía canicularmente sobre la enorme campiña, todos los sirvientes veían asustados como el esposo de la ama peleaba de frente con el enorme semental que brioso resistía y se destacaba como una oscura mancha contrastando con el verde y amarillo de la geografía, Edward no se rendía… se paraba frente al enorme animal que le llevaba más de un pie de estatura y buscaba, con tozudez la manera de subirse al animal y domarlo… era una lucha sin tregua que hasta ahora iba perdiendo… de manera siniestra, Thunder, entre cose y cose, se burlaba de él y de sus tanteos… por momentos, paraba y permitía que Edward se acercase, dejaba que lo montara pero, a penas se acomodaba… corcoveaba y lo tiraba sobre la hierba.

Palabras duras salían de la boca del lord quien, minuto a minuto, parecía excitarse ante la bravura del alazán, por el rabillo del ojo vio a Isabella que, parada sobre el muro del lindero, le sonreía e intuyó que al igual que ella, ese caballo no resistiría.

— ¡No dejes de mirarlo a los ojos, cariño! —ella gritó y se sorprendió escuchar como el tono de su voz era anhelante, ella deseaba también que Edward domara el enorme potro.

Ambos se conectaron por segundos, segundos que Thunder aprovechó y con su enorme cabeza lo tumbó sobre el pasto y se alzó sobre sus patas traseras… las sirvientas de la villa chillaron, Emmett corrió armado con una escopeta y se la pasó a Isabella… ella estaba dispuesta a todo, amaba a Thunder, pero más amaba a Edward… y no iba a permitir que le hiciera daño.

Lo acorrala y lo amenaza con sus patas… de bastardo a bastardo… le hace quite y en un movimiento rápido se apodera de las rienda, tira con todo el peso de su cuerpo y logra tener un poco de control, pero la falta de sueño y buen alimento han hecho mella en su cuerpo, no puede desistir, no quiere, irá hasta el final, necesita vencer, necesita probarse, necesita saber si es mucho más que el capullo más grande del Londres, el juerguista indiferente o el juguete sin valor que compró Charlie Swan para que embarazase a su hija.

Otra vez el enfrentamiento, de nuevo relinchos y corcoveos… pasan cerca de Isabella, el animal levanta una, dos, tres veces la cabeza, ella murmura unas palabras, siempre ha habido una extraña comunicación entre ambos… todos saben que Thunder llegó desde el infierno, con belleza de ónix y músculos de acero asustó a todos, menos a ella… cuando quieres domar una bestia nunca puedes mostrar debilidad, ese era el secreto… pero, algo pasaba, Edward tampoco le tenía miedo… da la impresión que el caballo quiere probar fuerza, por eso no escapa hacia la foresta cada vez que perdían su brida… que quiere establecer un duelo, que de una manera instintiva lucha contra el humano que quiere robarle a su ama.

Se escucha el duro trotar y el relincho salvaje que el caballo hace alrededor del hombre, Edward dobla sus piernas, suda como un hombre en plena batalla… para Isabella, nunca ha sido tan hermoso como en ese momento cuando su cabello que reluce de un rojo oscuro en el sol cae sobre su cara.

— Hey, hey, hey —es la dura onomatopeya del hombre, Thunder respira duro y el sudor hace que su pelaje se vuelva tornasol en negro y azul.

Isabella no pierde mirada… lo ve se dirigirse hacia el caballo que, desafiante, no retrocede… su corazón quiere dejar de latir, ve en su cabeza la imagen del rostro de Edward destrozado por las patas del caballo, inhala con dificultad y cronometréa milimétricamente el tiempo que demora su marido en posar su mano en el pescuezo de Thunder… solo ella lo ha tocado, el mundo se detiene. La imagen es gloriosa, un sentimiento de orgullo la embarga y toma conciencia que ambos, de manera misteriosa y con sus peculiaridades, cargados de pasados y depravaciones han sacado lo mejor de sí mismos, en ese momento Edward —quien era un tahúr consumado— se jugaba la vida, y la jugaba por ella.

— ¡Domínalo, bastardo! —grita henchida de orgullo.

Él voltea, sonríe como siempre lo hace, entre el cinismo y la ternura, le guiña un ojo divertido y ella chilla en su interior.

¡Me ama!

Thunder permite que el humano deje su mano.

— ¿Con que eres el rey de estas tierras, no es así, Trueno? En algún momento yo tenía que venir por ti, lo sabías, estabas esperando esta batalla.

El animal relincha.

Edward da un paso.

Las bridas se tensan, los músculos laten, el caballo se mueve nerviosamente, todos en la villa aguantan la respiración… otro tirón de riendas y Thunder baja la cabeza, señal inequívoca de autorización para que alguien lo monte… Isabella niega con la cabeza, sabe lo que se avecina, no sabe qué hacer, pero decide que el señor de la casa debe seguir intentándolo, no va arriesgar en un acto impulsivo todo lo que hay en juego. Levanta los ojos, aguanta las lágrimas y entrega la enorme escopeta. Edward lo monta, reina el silencio… sin embargo nadie dice nada, e Isabella sabe que su precioso semental va a hacer una de las suyas.

¡Sí!

En ese momento Thunder se levanta sobre sus patas traseras, salta con violencia, ella y todas gritan cuando ven a Milord caer sobre la hierba lastimado.

— ¡Esta vez, demoraste más tiempo! ¡Tú no te rindes… yo tampoco!

Semental y hombre saben que aquello será largo… Thunder corre en círculos alardeando de su victoria, pasa por el lado de su ama y relincha para que ella lo escuche. Todos están pendientes, Isabella está alerta y cuando ve a su esposo levantarse sin uno solo de sus hermosos huesos rotos respira tranquila.

— ¡Vaya! —escucha decir al viejo caballerango— parece que Milord no tiene el culo de cristal como todos pensamos.

Isabella no voltea hacia el viejo, está acostumbrada a los improperios del sirviente, su lealtad y eficiencia bien valía una palabrota.

— ¡No hemos terminado, Thunder! —Edward se carcajea— apenas me estoy calentando, esto será divertido.

Vuelve a correr hacia el caballo, quien hace el mismo movimiento anterior, se deja montar para que a los segundos el jinete vuele hacia la tierra, Edward como un gato malicioso sabe caer, le duele su cuerpo músculo a músculo, sin embargo tiene un plan, cada vez que el animal permite ser montado Edward estudia sus movimientos, si esta es una jugada él se comportará como un tahúr, analizará a su contrincante hasta saber cuál es su debilidad, pasa una hora y una sirvienta trae una jarra de agua, Edward —sin soltar las riendas— se acerca hasta su mujer y la mira con ojos oscuros llenos de promesas… ella no dice nada, se deja tomar por su cintura y no hace caso de las buenas costumbres y, juntos, da una muestra pequeña de lo que ocurre tras las puertas de las habitaciones: se besan… se besan con abandono… se besan con fuerza, halando sexualmente su labios, sin importarle que todos vean semejante intimidad licenciosa

— Volviste, Edward.

— Siempre regreso, bruja, no te desharás de mi tan fácilmente —toma el agua, mira la escopeta que cae a un lado del cuerpo de su esposa y mira al caballo— no lo hagas, el maldito me amará, te lo aseguro.

— Así como te amo yo, Milord —junta su frente a la de Edward— te amo.

Isabella odia ser parca, no puede entender como una mujer como ella que hizo lo que hizo y que jamás se midió para nada, frente a él, fuese tan tímida con las palabras.

— Tsk —Edward chasquea su lengua, sabe que ella lucha contra sí misma para no tener miedo y acepta con alborozo ese nuevo te amo que pronuncia con voz queda, se ríe— es inevitable reina mía, mis encantos seducen, hacer que me amen las fieras siempre ha sido un don natural en mí.

Los ojos marrones de Isabella centellean, como siempre él la reta y en esos pequeños bocadillos mordaces le hace saber que él se divierte y no la juzga, entiende que durante los años que ambos estén vivos la relación de ambos será un duelo de palabras, guiños, malicia y ternura disfrazada de juego.

— Eres un pavo real—ella dice divertida, se permite ser una pequeña niña retozona.

Edward se aleja

— No, cariño soy un lobo.

Y vuelve al caballo.

— Es como cuando peleaba en la calle hollín, milady, cansa al oponente hasta que el otro no puede más, lo que el otro hace con los músculos, Edward lo hace con la terquedad, inteligencia y voluntad —Emmett la toma del brazo y la arrima a la sombra.

Si, así como lo hizo con ella. Son las tres de la tarde, caballo y hombre están agotados, los ánimos entre ambos se caldean, a esa hora ya no queda nada de Edward Cullen caballero, ha dejado salir todo su temperamento, ya entiende cómo funciona la mente del caballo, el animal es caprichoso, sabe que lo está midiendo y que lo observa. La chaqueta está hecha jirones, se la quita, la camisa de lino egipcio está sucia de la tierra, un poco de sangre corre por su cara, y sus ojos verdes son electrizantes y ardientes. Era hora de acabar con todo, estaba agotado, el animal lo tenía al borde, estaba hambriento, necesitaba a su mujer y deseaba dormir por días… desnudo y satisfecho, estaba a portas de su vida, empezarla en ese momento era su obligación.

— No voy a rendirme, Thunder.

Thunder arquea su lomo, baja la cabeza y patea el suelo, pareciera que piensa lo mismo. Y otra vez permite que el humano se acerque y otra vez la un empellón tratando de desestabilizarlo, pero Edward afianza sus piernas con dureza y no se permite caer, el animal vuelve y lo empuja, pero no se mueve, no debe hacerlo, Thunder insiste… Una lágrima cae por el rostro de Isabella ella ha sido dura y mala, no ha permitido que nadie toque su corazón, destrozó con voracidad a todos los que la amaron, creyendo que al pisar los terrenos de la inmoralidad, ella sería un espíritu libre… no, nunca fue libre, tanto daño para comprender que ser libre era amar a alguien y comprender que entregándolo todo era la forma más radical de libertad… camina lentamente, camina hacia su esposo, debe estar cerca de él para hacerle saber que lo acompañara y que si él la ha perdonando y regresado para ser todo para ella, ella está dispuesta a ser lo que él quiere y mucho más. Edward abre sus piernas, aprieta sus puños, el sudor caer a raudales por su cara, todo es agreste como el bosque que está detrás de todos. Cuando el animal se acerca para desestabilizarlo, Edward toma la brida y la sostiene con fuerza… Thunder está harto, trata de aflojar con su fuerza bruta el agarre, pero no lo logra, el hombre hace acopio de toda su fuerza para no ser arrastrado, aprovecha el momento en que Thunder patea, se mueve hacía la izquierda, girando la cabeza del animal con el movimiento, acorta la brida amarrándola dos veces, Thunder intenta mantener el control, pero su poca libertad se lo impide. Isabella reza, ha cabalgado a ese demonio por años, sabe que es traidor y malo, que cuando menos lo espere éste saltará poniendo toda su furia sobre sus patas traseras para así tumbar a quien lo monta.

Por favor, por favor… sé fuerte, Edward.

Isabella parpadea, en el abrir y cerrar de sus ojos, escucha un rugido seco y viril de su esposo, ve como se lanza sobre el caballo y aprieta con sus piernas fuertemente el animal que está furioso porque ha sido sorprendido por el jinete.

— ¡Vamos, Thunder! Trata de lanzarme, no voy a morder el polvo, no lo voy a hacer.

Thunder hace su movimiento, se para sobre sus patas, se levanta una y otra vez, relincha roncamente, todos los sirvientes corren para ver como el amo se sostiene con fuerza del animal, están esperando el resultado: el cuello de Milord fracturado.

— ¡Aguanta, cariño! —grita Isabella.

— ¡Eso es, hermano! —Rosalie está orgullosa de él.

Edward tiene la correa apretando su mano, siente que el cuero le traspasará la piel y que quedará en carne viva, pero no le importa, los muslos de sus piernas se aferran al animal, entierra los talones en los ijares con el afán de controlar, Thunder se mueve como loco por toda la pradera, babaza sale de su hocico, se lanza hacia la pradera en una corrida loca, Isabella grita, sabe hacia dónde va, nunca en su vida ha sentido tanto miedo como en ese momento, el semental se dirige hacia el pequeño arroyo que divide la enorme casa con el camino hacia la comarca, es un paso peligroso, porque se debe saltar para llegar a la carretera, ella lo ha brincado varias veces, y aún siendo una experta jinete, sabe que cualquier movimiento y todo sería un desastre y mucho más con el caballo furioso, ve el nubarrón negro que corre como el diablo, al esposo aferrado al animal con toda sus fuerzas y luego sus dos sementales desaparecen en el bosque oscuro.

— ¡Edward!

Grita.

No le importa que sus sirvientes la vean, el cabello oscuro cae en cascadas sobre su espalda, agarra sus faldas, se quita sus incómodos botines y corre por el camino que ha trazado el trotar salvaje de Thunder y Edward, no escucha nada, nada…. es como si el maldito caballo se hubiese llevado a su esposo a la boca del infierno. Vuelve y grita su nombre mientras corre a los límites de la enorme propiedad… los segundos se hacen eternos, su corazón palpita en su garganta y se le dificulta respirar. De pronto toda la vegetación trepida, la tierra seca hace eco de un trotar, su corazón puede estallar en ese momento cuando presiente que Thunder corre despiadado por el bosque, ruega a todos los ángeles del cielo que sobre aquel este su esposo, porque si corre solo sabrá que Edward ha muerto o yace agonizando en las zanjas del estanque. Pone su mano sobre el pecho, la respiración se escucha y parece que todo su cuerpo quiere reventar de miedo.

Su amor hermoso, el esposo, ese que le demostró que a pesar de todo, ella —una arpía— podía amar sin medida, que alguien capaz de devorar los corazones podía ser perdonada y que podía aceptar que se le devorasen el corazón de la misma forma y ser feliz amando sin destruir y destruirse en el proceso. Con Edward podía ser pura y sin embargo le da la libertad para no serlo, sin él no estaba, todo lo que ella podía ser a su lado, muere… sin Edward, nunca será esposa o madre… sin Edward, jamás será una verdadera amante, porque con él ella aprendió que ser amante es mucho más que ofrecer un cuerpo desnudo y dispuesto.

…. soy amante no por todos esos hombres que me penetraron, soy amante porque amo ese hombre que dentro de mi comprende que en el acto de ser uno solo soy mucho más que carne y gemidos, y que aquel es mucho más que la posibilidad de perderme en un acto tan efímero y contingente, soy amante porque él me hace inmortal en el acto de hacerme su mujer y de ser más mujer permitiendo que Edward entre a mi cuerpo.

— ¡Por favor!

El caballo se presiente, Isabella abre los ojos, y un grito sale de su garganta:

— ¡Edward!

Y allí está él cabalgando el enorme animal, quien como un huracán se mueve con el jinete en un compás de viento, la imagen es digna de quedarse eternamente en la retina del que lo observa. Isabella corre tras ellos, no le importa estar descalza, es alegría pura, es orgullo de ver como aquel hombre para todos indigno es el único digno para ella, corre como la mujer de un guerrero que ve a su hombre llegar de la batalla. Edward la ve, su cabello ondea en el viento, ella levanta su mano y salta, mientras que él cabalga el animal, está agotado y le duele cada hueso de su cuerpo, pero finalmente ha vencido, tiene sangre en la cara y está golpeado por los duros embates de Thunder, pero ha vencido, no es un débil caballero que fuma sentado en una silla de terciopelo, es un hombre que ha domado a los dos seres más fieros de toda Inglaterra.

—¡Isabella! —caballo, jinete y mujer corren uno al lado del otro, amarra la brida de su mano—So…soo —su voz es ronca y viril, el animal quien aún es salvaje, se para sobre sus patas traseras frente al ama, ella está sonrojada, parece una pequeña niña alegre, es tan pequeña desde la altura del caballo, hay algo infantil en su rostro, sin embargo todo aquello contrasta con el momento, su cuerpo está pocamente cubierto, la bata blanca está rasgada y deja ver sus piernas, el seno se hincha, subiendo y bajando en una respiración agitada, es la pintura perfecta.

Ella se muerde su boca. Entiende la mirada de su esposo, algo eléctrico que hormiguea desde la punta de los pies y roza su vientre, sus pezones y lame su cuello. Thunder se mueve nerviosamente, sin embargo la mano experta de Edward lo mantiene, Isabella solo ve a su esposo montado sobre aquel caballo, una aurea salvaje despide en ese momento, es un centauro magnifico, resopla y exuda fuerza vital, el rugido de una tierra que años antes sangró y preñó un continente.

Se reconocen en aquel momento. Son iguales, ambos ligados por fuerzas ocultas que emana la tierra, no convencionales, palpitan bajo el vibrar de lo inmoral, sedientos de todo, en un ansia que necesita aire. El caballo relincha, él es el instrumento que hace eco del ser de ambos, anarquistas y adelantados a su tiempo, el corazón de Thunder es la unión de Edward e Isabella. Son dos bestias y están destinados a amarse como tales. Edward la llama con la mirada, Isabella se acerca al caballo y su jinete, el movimiento es rápido y ligero, un brazo poderoso se desliza por su cintura y la levanta como una plumilla, se siente ligera y salvaje, la monta sobre su regazo de frente a su cara, almas perversas vigilan el corazón oscuro de cada uno.

— ¡Cabálgame, bastardo! —abraza con su piernas el torso de su centauro.

Una carcajada ronca sale del pecho del lord.

— Jamás me han hecho tan tentadora oferta, milady —levanta su ceja— ¿soy digno, princesa?

Bella muerde el lóbulo de su oreja sintiendo como el cuerpo poderoso del caballo suda bajo su cuerpo.

— Eres el rey, mi amor.


Editado por XBronte.

Capítulo dedicado a mi amor Belen Robsten, este y el que sigue.

Gracias por la espera, gracias por estar aquí.

Nos acercamos a algo que como contadora de historias no quiero.