Los personajes le pertenecen a Meyer.
La historia es de esta chica.
Falsas Apariencias
Capítulo 41
Thunder corre veloz por las verdes llanura de la comarca que se extiende como una enorme manta donde la clorofila juega con el sol y su color inunda la visión. Isabella quiere estar desnuda, quiere ser tomada sobre el enorme caballo, desea a su hombre poderoso, el que ha domesticado aquella bestia de pelaje negro, la haga suya ya, así —sentada sobre sus piernas y de manera invertida— por eso lo abraza y lo sofoca con sus besos.
— ¡Bruja!—trata de cabalgar y besarla al mismo tiempo, pero no se concentra en el corcel, está demasiado ocupado con la enorme excitación de su sexo y con la esposa que salta y jadea sobre él.
Ella suelta la carcajada y no se detiene.
— ¿No me digas que el fabuloso amante de Londres no puede tomar a su mujer sobre un caballo?
—No me retes, milady ¡Ja! ¡Sostente, porque pienso llevarte hasta Escocia si puedo!
Isabella lo abraza con fuerza.
— Llévame donde quieras, mi amor, yo iré contigo, al infierno, si lo deseas.
Edward cabalga, quiere montar sobre Thunder e Isabella, con el primero ha pactado una tregua, con la segunda ha logrado que se rinda, rindiéndose él, primero.
Ambos escuchan el trotar del animal, es rítmico y salvaje, Bella siente que es una mujer en pleno rapto y su espíritu procaz florece. En un intento suicida, con la mano derecha se aferra del cuello de su hombre y se alza, quedando fundida, a horcajadas, con su marido.
— ¡Demonios! ¿Podrías quedarte quieta? Intento cabalgar una bestia aquí.
— Yo también, Milord.
— Vamos a caer, Isabella.
Los músculos de Thunder, su velocidad y su espíritu palpitan bajo el cuerpo de ambos, el animal relincha y suda, Isabella y Edward también.
— ¡Oh! —pasa ligera por el lóbulo de su oreja y susurra en medio de la cabalgata— yo he caído hace mucho tiempo, amor mío ¡por favor, Edward! no quiero esperar a empezar una vida contigo, hemos perdido demasiado tiempo.
El hombre amarra fuertemente la brida del animal en una de sus manos, con las piernas incita la bestia a correr, seguir hacia el arroyo que está cerca de los bosques, la bestia siente las botas que instigan a continuar, los ojos verdes están sobre el camino, libera una mano y va hacia el pecho de su mujer, y con la fuerza que irradia desde su interior desgarra la parte delantera de la bata de Isabella.
— ¡Jodida ropa! ¿Cuándo vas a obedecer y no usar nada, bruja?
El seno es liberado, Bella lleva la cabeza hacia atrás, bebe viento, bebe la vida que se le ofrece, bebe ese momento en que todo ha sido posible y en el que finalmente da rienda suelta al alma indómita de la que es dueña. Es un momento único para ambos, han unido sus vidas, las distancias puestas por la mentira y la traición han quedado atrás, Edward se ha convertido en el hombre para Isabella Swan y ella se ha convertido en la mujer que no teme mostrar quien realmente es.
El pequeño arroyo está a pocos metros, el caballo lo cruza y empapa los cuerpos de los dos jinetes, Edward ha bajado un poco la velocidad y con ojos maliciosos mira los senos de su mujer que se bambolean en el aire. Ella lo sabe y se acomoda para que ellos queden a la medida de la perdición de su esposo.
— Eres una incorregible, mala y maravillosa mujer ¿lo sabías, mi amor?
— Lo sé, señor mío, y eso es lo que amas de mí.
— Más que mi propia vida, Isabella Swan.
El trote ahora es ligero, gotas de agua corren por el cuello blanco porcelana de ella, son multicolores, son diamantes que se adhieren a su piel.
— ¡No! —el rostro de la mujer se transforma en un gesto profundo y desgarrador— soy Isabella Cullen, ya no soy Swan, ese no es mi nombre, cariño.
— ¿Eres mía?
— Solo tuya, Milord.
— Y que Dios nos agarre confesados, Bella.
Thunder pastea por la pradera, ambos enredan sus manos como si de dos enormes enredaderas se tratase, tiemblan, hay un choque de miradas, y de roce de labios, estallan entre los dos, palpitaciones de cuerpos jóvenes y hambrientos, susurros calientes de promesas de una vida juntos, felices, tratando de saciar las almas de dos seres ávidos de libertad y de pasión por ésta.
Bella muerde la boca de su esposo, ambos rompen la regla de los besos mustios en aquella Inglaterra donde besar con saliva, dientes y lengua era una infracción a la moral, los besos chasquean y gimen, resuenan y se glorifican, son carne, sangre, deseo que late en los labios de ambos.
— Quiero tenerte aquí —Edward gime sofocado por el peso de su esposa sobre su entrepierna— voy a volverme loco, sino puedo tenerte Isabella.
— ¿Estoy diciendo que no, querido?
Una mueca de medio lado es la respuesta de su esposo.
— Mmm, no puedes ser más perversa, mi amor, aquí, sobre este caballo.
Suelta su cabello. Termina de desgarrar la parte superior de la aparatosa bata de dormir, gruñe cuando descubre solo piel bajo la tela espumosa.
— ¿Has hecho el amor sobre un caballo, Milord? —se muerde la boca y su pecho se levanta como signo de su excitación.
— No, pero le he hecho el amor a una potra.
Se refiere a ella, Isabella lo sabe, suelta una risotada.
— Oh, ¿ella ha valido la pena? —el corazón de Bella palpita con una dulce emoción que no conocía, se siente mansa.
— Ha sido lo mejor que he tenido —y el botón pequeño que protege el dulce tesoro de Milady resuena en un pequeño plop, está medio vestida y está totalmente desnuda ante sus ojos— me siento como un lobo —pasa su lengua por sus labios, desliza sus dedos por el vello púbico de su esposa y enreda sus dedos en ellos— buscando alimento para comer.
Abre su vulva, Bella salta ante la invasión y grita al sentir como dos de ellos la penetran, se aferra a los hombros de su esposo y trata de erguirse un poco para que el movimiento de la mano sea más veloz y más fuerte, pero Thunder da un paso violento hacia adelante y ambos pierden el equilibrio, Isabella se sostiene y Edward emite un improperio que en vez de desanimarla hace que su excitación y deseo por él vaya en aumento.
— Quiero estar libre para tomarte, Isabella y el maldito animal no me deja ¡Dios! ¡Muero aquí!
No hay tiempo, ella está desnuda de manera indecente, con esa desnudes de un cuerpo encubierto por las telas, es una hermosa pintura obscena que quiere provocar, senos y su sexo al aire, su cabello libre y desprolijo, hay algo sucio y violentamente erótico en aquella imagen.
Bella se lanza del caballo, Edward no la puede detener al verla como ella —suicida— cae sobre la tierra, corre por el paisaje, él la sigue embebido en la mujer que reta la belleza que la rodea, Thunder se para sobre sus dos patas traseras, haciendo que los reflejos del jinete actúen de manera primaria, toma las riendas y hala con fiereza hasta que la bestia baja su cabeza, Edward se acerca hacia la poderosa cabeza del animal y le susurra.
— Es mía, Thunder, he luchado por ella, he ganado.
Thunder relincha, da una coz ruda sobre la tierra y aligera su trote, por un momento la enorme cabeza del animal voltea hacia Edward, sus ojos oscuros parecen darle un recorrido, su mirada es arrogante, hay algo infinito en aquella oscura observación, levanta una y dos veces la cabeza dándole a entender al jinete que le permite ir tras aquella mujer, que es hora de que otra bestia pueda domesticarla, pero a la vez parece advertirle que cualquier cosa y él, de una sola patada, le fracturara su poderoso esqueleto.
Edward salta del caballo, su mujer está en medio de la pradera con los brazos abiertos, los oscuros pezones resaltan en la piel ópalo, no corre hacia ella, solo camina lentamente y en cada paso Isabella observa como los ojos verdes de su esposo la devoran.
Sus ojos son como la pradera…
¡Dios! ¡Te lo ruego! ¡Te lo ruego! Que siempre me ame y me mire igual, como si no hubiese en el mundo nadie más importante que yo.
— Bueno, milord, no pretenderá que espere medio desnuda en la pradera hasta que usted tenga el favor de venir y hacerle el amor a su esposa como todo buen cristiano.
Ella grita.
Y él se carcajea.
— Bruja, en lo menos que pienso en este momento es en hacerte el amor como cristiano ¿tan aburrido soy? No hieras mis sentimientos.
Bella niega con la cabeza mientras reprime una risotada.
— ¡Ja! Tú tienes de cristiano como yo de santa, mi amor, sin embargo aún no me sorprendes.
Él se detiene, su camisa está abierta y el sol sobre su pecho muestra en todo su esplendor los músculos duros con los que la domino a ella y a su caballo del infierno.
— ¿No te he sorprendido? —levanta la ceja— ¡maldito sea!
— Maldito eres.
La expresión de Edward la asusta y la excita, medio desnudo en aquel solitario lugar, han dejado atrás todo el recato que la educación y las buenas costumbres les exigen, ahora son solo ellos dos, muy malos, muy perversos, y enamorados hasta los huesos.
— Debería darte una buena zurra.
Está a tres pasos de ella, la respiración de ambos es entrecortada; no hay nada allí entre los dos que no exija nada más y nada menos rendición.
— No podrías, mi amor, soy muy fuerte.
Ella da un paso hacia atrás, pues algo delicioso y amenazador se refleja en los ojos de aquel hombre, su mano fuerte sobre su trasero y hay algo animal y poderoso en aquel pensamiento.
— Domestiqué a Thunder, cariño.
— Y eso te hace ilusionar con que podrás conmigo, bastardo.
Se siente juguetona.
— Puedo contigo, bruja.
Son dos niños retándose el uno al otro, siempre así, desde el principio, palabras de duelo, palabras de doble sentido avivando la pasión y la lujuria que estaba guardada en el corazón de ambos, tan solo para ellos, de alguna manera han sido puros, han guardado en sus almas la lascivia que con nadie han podido derrochar.
— ¡Jamás!
Isabella sale corriendo.
— ¡Atrápame, Milord! ¡Aún tienes una última batalla que librar!
Toma la poca tela que queda y corre como el viento.
— ¡Bruja! ¡Más excitado no puedo estar!
Aplaude ante el duelo, espera treinta segundo mientras ve a su hermosa mujer correr por la pradera hasta el bosque de grande árboles, es un ligero venado que escapa libre, se siente con la pasión de la cacería, siempre con ella ha sentido ese fuego, desde el primer momento cuando Isabella lo retó y le hizo saber que para obtenerla debía luchar, desde ese momento se sintió más vivo que nunca, entiende ahora, lo aburrida y monótona que era su vida de simple tahúr y juerguista, todo se le dio fácil, su apellido, su hermosura y su talante como buen conversador y amante le abrieron las puertas de todo, pero esto no sirvió para nada cuando tuvo que enfrentarse a ella, en un año a su lado Isabella Swan lo hizo hombre, lo hizo persona y convirtió su vida en una locura de tormentas y fogosidad continua.
Patea el suelo, las botas están llena de barro, espera y escucha como su corazón late poderosamente en su pecho, sale corriendo, hace un rugido divertido que Isabella escucha y hace que toda su piel se erice, quiere ser atrapada, solo juega y ama que él le permita jugar, no quiere extender mucho más la inevitable unión de cuerpos, pero a la vez no puede decirle a él que ella se rinde fácil, quiere para su hombre orgulloso un triunfo real, es lo que le debe y Edward lo merece, es así que corre sabiendo muy bien que él esta pronto a atraparla.
El sonido de las pisadas sobre las hojas secas, los pequeños animales huyendo por el follaje, las ardillas subiendo despavoridas por los árboles, y los estorninos que están en plena huida se escuchan por todas partes.
El sol penetrando por entre la espesa vegetación.
Bella corre y voltea, el rostro de su esposo es esplendoroso con aquella mueca bonachona y truhan que la enloquece, está cerca, tan cerca que puede oler su esencia a madera y especias, Edward da dos grandes zancadas hacia ella, está impaciente, agarra el brazo delicado de Isabella y la arrastra hacia su pecho, ella grita, la abraza con fuerza y la levanta para llevarla hasta el enorme árbol que domina aquel espacio del bosque.
— Te tengo, bruja.
Estampa un beso en su boca, presiona duramente sus labios y ella desesperada intenta penetrar con su lengua y acariciar el paladar haciéndole cosquillas con la punta de ésta, sabe que aquella caricia lo enloquece y acelera su deseo.
— Alguien —sube la falda y aparta las piernas de Isabella, se hace entre ellas y la levanta— está desesperado aquí.
— No tanto como tú —jadea ante el empuje del cuerpo de su esposo haciendo que su pelvis se relaje ante aquella fuerza, su espalda roza la textura seca del árbol y la sensación es deliciosa y brutal— ¡Edward! Por favor.
Pero él es malvado y vuelve a empujar haciendo que su piel arda por todas partes, intenta besarlo, pero él se aleja de su boca.
— ¿Por favor qué madame? Me gusta cuando ruegas, eso me comprueba que te tengo a mis pies.
— ¡Idiota! —golpea su hombro, pero el golpe muere, pues él ha tomado su pezón y lo chupa deliciosamente, la lengua húmeda hace círculos tiernos en su aureola para después tomar la punta de su seno y halar hasta que ella emite un gritillo seco y urgente.
— Dime, Isabella —levanta su rostro que brilla por el sudor, y su cabello cobrizo parece iluminarlo por completo— ¿Cuánto te gusta esto? —empuja de nuevo.
— Quieres oírlo ¿no es así, Milord? —el oxígeno parece irse de sus pulmones, arde desde sus pies hasta la punta de su cabello, su aliento la quema y los gemido emitidos por su preciosa boca la intoxican, ama escuchar aquellos sonidos, ellos hablan de su necesidad por ella.
— Sí, lo necesito —toma sus piernas con ambas manos y obliga a que éstas abracen su cintura— no hay nada más que necesite en este mundo que tu bruja, dímelo, por favor, dímelo, soy un hombre sediento —besa su cuello y hace un chupetón en él.
Toma su cabeza y enreda sus dedos en la mata de precioso cabello nada civilizado de su esposo.
— Yo, yo te amo… nunca en mi vida he amado a nadie más, solo a ti, solo a ti, te veo y me haces feliz, siento —besa su cabeza con fervor— siento que voy a explotar Edward, siento que no puedo vivir si no te veo todos los días, quiero todo contigo, todo.
Ambos se concentran en el rostro del otro.
— ¡Dios, mi amor! —una mínima lágrima recorre su mejilla— ¿Todo, Isabella?
— Todo, te lo prometo —Isabella besa la pequeña lágrima y la bebe— todo, mi vida.
— ¿Aún lo malo?
— Lo malo mi amor, será siempre lo mejor, porque estamos juntos.
En un segundo, el sonido de la bragueta suena y el cuerpo de Isabella se prepara, y si, allí llega, él llega hasta ella, lo siente, todo, perfecto, húmedo, caliente.
— ¡Edward! ¡sí! ¡oh si!
Empuja.
Empuja.
Embiste, embiste. Golpea su centro, una y otra vez, una y otra vez, ella se derrite, es trémula, el gruñe en el hueco de su cuello y sus movimientos se suavizan, es lento y suave, es tierno y solícito. Dilata el momento, lo dilata pero aun así, cada embiste es preciso, duro. Él espera, luchando contra sus deseos de enloquecer, sin embargo sabe que debe primero enloquecerla a ella. Vuelve de nuevo, cada embestida la hace gritar, ambos jadean, susurran. Bella suplica, pero Edward se abstiene, sale casi por completo de su cuerpo, sisea y sus dientes castañean por el deseo de arremeter duro contra ella y dejar que su semen la inunde, pero es lento, lento y es insoportable para Isabella.
— ¡Eres mía!
— ¡Soy tuya! —lo dice desgarrada, la pequeña mano de la mujer se desliza entre los dos y toma la base de su sexo y aprieta con dureza— soy yo, bastardo, soy yo. No hagas de mí una mujer decente mi amor. Yo… yo.
Y no termina la frase cuando es levantada con la fuerza de casi noventa kilos de peso, Isabella se sostiene de los hombros de su esposo y le entierra sus dedos en sus nalgas.
— Vas a volverme loco ¡loco! No puedo vivir sino estoy dentro de ti cada instante, bruja —el placer y el dolor ardiente la parten como un rayo que la desintegra hasta que ella pierde el sentido de quien es, solo es una mujer que es vapuleada de forma errática y siente que nació para ser penetrada hasta que se haga parte del hombre que la encadena con su deseo, su pasión y su amor.
— No tengas piedad, Edward —grita desesperada, su pelvis se parte en dos y duele de tanto desear que él no salga de ella.
— No pienso tenerla, bruja ¡eres mía! ¡mía! —y vuelve a ella con un ímpetu radical, se mueve rabiosamente dentro de ella hasta que una serie de sonidos que emanan de sus cuerpos es lo único que se escuchan, ambos hacen eco con el golpeteo martilleante de sus carnes— ¡Joder! si voy a morir, bruja, quiero que sea así contigo —él se siente explotar.
Bella cree que puede escuchar el sonido del corazón bastardo y presa de su pasión desmedida, contrae sus músculos internos y aprieta tan fuerte que Edward que, al intentar moverse, da un alarido. El placer es magnífico y arde como si fuese un látigo puesto al fuego una y otra vez.
Con un rugido brutal Edward la levanta unos centímetros más alto para dejarla caer sobre su eje y así sentir como la pared de su útero lo golpea exigiendo que duplique hasta la demencia el ataque.
— ¡Señor Dios!
— ¡Sí!
La parte de la espalda de su bata es desgarrada por el árbol, ambos chocan y por un segundo parece que el enorme roble va ser arrancado de raíz. Ya no hay moral, ni contención, ni miedo, ni odio, no hay mentira, solo son ellos dos… dos animales copulando amorosa y salvajemente, una convocatoria a la violencia de los sentidos, todas las preguntas respondidas en el salir y en el entrar, la pureza absoluta.
Por un segundo ambos paran y sus miradas van hacia el punto donde ambos chocan y se unen, desesperados se muerden, y ella jala sus labios y empuja de nuevo hasta el dolor, Edward se lanza hacia su boca y la muerde, Isabella deja de respirar un segundo y al siguiente con ojos negros y feroces lo invita a que lo haga de nuevo hasta hacerla sangrar, sus dientes penetran su carne y aquello es el detonante que hace que nadie la detenga para ser lo que ella ha sido siempre: la mejor amante de Europa.
Isabella grita y Edward a los segundo la acompaña.
Caen en el pastizal, suaves besos recorren su cuello y las risotadas de ambos opacan el trepidar de los grillos y las aves.
— Luces hermosa, milady—Edward levanta la cabeza y la observa mientras muerde su labio inferior— tengo el don.
— ¿El don? —arruga su frente de forma sorprendida que acompaña con un gesto risueño.
— De hacer que las mujeres sean más hermosas de lo que son.
— ¿A si? ¿Y cómo es eso, Milord bastardo?
— Hago que sus pieles reluzcan y que sus cuerpos se vean más apetitosos —sus cejas van de arriba abajo pícaramente.
— Oh bueno, es decir que puedo lucirme con mis vestidos en Londres y diré que debo mostrar los favores de mi señor.
La imagen de Isabella y su lascivo vestido rojo llega a su memoria ¿más hermosa que aquel día? ¡Ni por todo el oro del mundo!
— ¡No te atrevas!
— Me atrevo.
— Te encierro es la habitación y no te dejo salir hasta que tengas cinco de mis hijos.
La ternura toma la expresión en Isabella.
— Quiero que me embaraces —toca el rostro de barba oscura que lo adorna, parece un hermoso y feroz hombre de los campos— espero que hoy lo hayas hecho, Edward.
— Tendremos hijos preciosos, Isabella —besa la palma delicadamente— así como tú y yo, bellísimos y salvajes; y si no te embaracé hoy, puedo intentarlo en cinco minutos —sus verdes ojos relampaguean— en la noche, a mitad de ésta, mañana en la mañana o en los próximos veinte años.
— Me encanta la idea, Edward, me gusta muchísimo bastardo, nuestros hijos —se hundió en la ensoñación de unos niños de cabellos cobres corriendo alrededor de su falda.
— Debe gustarte señora mía, porque será lo único que haré el resto de mi vida.
— ¿Embarazarme? —lo empuja, con su pierna lo tira bajo su cuerpo para que así Edward quede debajo de ella, toma sus hombros y pasa su lengua por el pecho desnudo.
— Eso y tenerte desnuda siempre… —cierra sus ojos mientras la vaina terciopelo del su mujer lo aprieta y lo ordeña— ¡siempre!... ¡Dios! más rápido, más, si, eres mi muerte bruja, eres mi….
La oscuridad sobrevino en la comarca, los esposos llegaron cabalgando a Thunder quien parecía tranquilo, la bata de dormir de Isabella estaba totalmente desgarrada, su esposo intentaba cubrirla con la enorme chaqueta y sus brazos, todos los sirvientes hicieron un pacto tácito de callar, conociendo la naturaleza fogosa de la pareja todos entrevieron que perderse en el bosque no fue para caminar o contar margaritas. Cuando vieron como el amo llevaba a su esposa cargada por las escaleras del servicio mientras todos tomaban te, la complicidad burlona de las miradas fue el único gesto que la gente de servicio profirió.
Rose ordenó la cena e hizo que se preparara la tina en la enorme habitación de matrimonio, Isabella agradeció a su cuñada el tomar las riendas por ese día de la casa, a pesar de tener las manos llenas con el recién nacido.
Desnuda y adormilada en el cuerpo de su esposo, mientras el agua tibia calmaba los músculos cansados de ambos Isabella tuvo una iluminación: tenía por primera vez una familia, estaba emocionada y conmovida, ni su madre o padre lo habían sido, solo eran dos personas que pasaron por su vida y las cuales ejercían una paternidad fantasma e indolente.
— Tienes el cabello muy largo, Edward —tomó un cadejo mojado de la melena de su esposo y lo halo hacia atrás— ¿vas a cortarlo?
— No —suspiro largamente y recostó su cabeza en el seno de Isabella, mientras ella enjabonaba su barbilla para afeitarlo— mientras este Forksville quiero ser libre, realmente libre —la cuchilla de afeitar se deslizó desde su garganta hasta la parte superior de su mejilla— cuidado milady, no querrás cortar mi hermosa cara.
— Jamás —lo besa con suavidad— amo tu rostro.
— No encontrarás otro igual, bruja.
— Eres un pavo real —chispea agua sobre su piel— en mi vida he visto alguien como tú, ni siquiera Eleazar ¡por Dios!
Edward no contesta, su esposa tiene una nueva bata de dormir, y ésta es reveladora, deja ver las curvas de su mujer medio cubiertas por el leve tul de color rosa.
— Soy un pavo real, mi amor —se acomoda de nuevo en la silla, Isabella limpia la barbera en el palangana de porcelana— no hubiera podido tenerte si hubiese sido un hombre feo como un oso, milady.
— No soy tan superficial, Milord, me ofendes.
Isabella intenta alejarse fingiendo enojo, Edward suelta una carcajada tomándola de su muñeca y sentándola en sus piernas desnudas.
— No estoy diciendo que lo eres mi amor, simplemente tu belleza requiere alguien que te iguale.
— ¡Fuera, fanfarrón adulador!
— ¡Poeta, milady! poeta —recalcó jocosamente.
Isabella no puede evitar abrazarlo.
— Amo que me hagas reír, Edward, siempre logras una sonrisa en mi cara.
— Estoy para servir, tú sabes, fui un buen negocio, comprado para la dama.
El baño de la mansión está iluminado por una hermosa caperuza de plata, hace frío afuera, pero en la gran casona las chimeneas y las construcción de la casa hace que el hielo de los bosques no penetré allí, desde que Rose, Emmett, el bebé y Edward viven en aquella casa hay una atmosfera cálida y amable, no hay posibilidad de frío y soledad; por un momento hay silencio entre los dos, ella siente que las palabras de su esposo tiene una amargura soterrada, no puede evitar sentir que el trato humillante de su unión ha hecho mella en el espíritu altanero de su marido.
— Te he demostrado que eres mucho más, mi amor, no quiero que sientas que viniste a mí en desventaja, Edward, eres todo, te lo dije hoy mientras estabas dentro de mí, eres mi esposo y me siento orgullosa de eso, hoy lo demostraste, hoy me lo hiciste saber, no solo arriesgando tu vida al domesticar a Thunder, también me perdonaste, eso te hace alguien de mucho valor frente a mis ojos ¿no te basta eso?
— Soy el bastardo, Isabella, ante todos, un caído en desgracia —juega con un mechón de su cabello que se ve negro por la humedad— los rumores por Londres van de casa en casa, fui la gran adquisición de Charles Swan, mi ventaja es mi apellido, mi padre —que Dios lo tenga en su gloria— y mi cara, soy un semental, y así me verán siempre.
Hay un jadeo doloroso que sale de la garganta de Isabella, le duele que él diga eso, le duele porque es verdad, odia que él se sienta de esa manera, es un cuchillo que lo lacera y a ella la parte en dos. Él es fuerte y ante todos mostrará su rostro cínico e indiferente, pero en su interior él siempre se sentirá como alguien inferior aunque no lo sea.
— ¡No es justo, Edward! Yo no soy la mujer que todos piensan, no soy la victima aquí, y tú lo sabes, si de alguna manera supieran sobre la princesa encantada.
— ¡No! —un rugido rabioso y viril sale de su pecho, la tomó de su cintura y la levantó con fuerza poniéndola de frente a él, su mano apartó un poco la camisola dejando ver parte de su seno— ¡jamás! Ninguno de ellos entendería quien eres, ninguno de ellos comprendería tu libertad, tu alma mi amor, sabemos muy bien que pasaría, te pondría en la picota pública, y primero muerto.
— Pero soy fuerte, Edward —trató de zafarse del amarre de brazos en que su esposo la retenía, sin embargo todo fue en vano, entre más luchaba más cerca estaba de enterrar su cabeza en su pecho— detesto que todo sea así, no quiero que te avergüences de nada, quiero que cuando vaya a tu lado, Edward, estés orgulloso de quien eres, porque yo lo estoy, estoy muy orgullosa de ser tu esposa —las palabras fueron saliendo de su boca, sin darse cuenta las lágrimas salieron espontáneamente dejando ver a la Isabella Swan que en el acto de amar a ese hombre había ganado ser una mujer con sentimientos verdaderos, la fragilidad del momento la abrumaba, había una realidad implícita en aquella confesión, una verdad que ambos intentaban ocultar, pero que Edward sacó a relucir porque ésta era inevitable, el matrimonio los hizo unos parias, ella por aceptar casarse con el truhan de Inglaterra y él por casarse con una mujercilla que para todos era una solterona tan solo por avaricia y comodidad— quiero que todo Londres y el mundo comprenda que no hay nadie mejor para mí y que no soy yo la que hace persona, sino que eres tu quien me hizo ser alguien bueno.
— ¿Por qué tenemos que ser comprendidos, Isabella? ¿Es necesario buscar la aprobación de todo Londres? ¿La necesitamos?
Bella intentó abrir la boca y contestar, pero no hubo respuesta, él tenía toda la razón ¿Por qué tenían que avergonzarse de quiénes eran? ¿Por qué debían aparentar ser otras personas tan solo para darles gusto a los hipócritas y moralistas?
— No, no la necesitamos, Milord.
La mueca sugestiva de anarquía y cinismo divertido iluminó el rostro de Edward Cullen. Ella hizo eco de aquel gesto con su barbilla alzada y mordiéndose sus labios procazmente.
— Entonces ¡que se mueran de envidia!
— Eres perverso, bastardo.
— No tanto como tú, mi reina.
Una chispa de escándalo cruzó por el rostro de ambos, la excitación que dormitó durante una hora renació y puso sus cuerpos en alerta y agitados.
— ¡Vamos a escandalizar la ciudad!
Los verdes ojos relampaguearon
— ¡Incendiar Inglaterra!
— Les haremos saber que nos amamos, Edward.
Él la levantó cargándola hasta la cama matrimonial.
— Así es, bruja, las viejas caras de sapo y los aburridos idiotas estirados verán algo que no se ha visto en aquella ciudad.
— ¿Si? ¿Qué? —la leve camisola se desliza por su cuerpo y él, desnudo frente a ella, la recorre de palmo a palmo.
— Amor, bruja, verán amor ¡Totalmente escandaloso!
Ambos sueltan la carcajada, Isabella acepta el cuerpo de su esposo en su cuerpo, jadea entre pequeños sollozos y jadeos.
— ¡Abajo la civilización! ¡Las buenas costumbres! —deja de respirar por un momento, él se mueve lento saboreando cada momento— ¡Dios! eres tan bueno en esto, tan maravilloso.
— ¿Lo dudaste madame? —se yergue sobre sí mismo, levanta las piernas de su mujer y las coloca sobre sus hombres, se confiesa amante de aquella posición donde la tiene en su poder, mira arrobado su sexo húmedo y dispuesto, un poema quiere componer a semejante postre y miel.
— Bueno —suspira embriagada— tuve mis dudas, Milord… yo tuve —pero un grito desgarrador sale de su boca cuando la embiste hasta golpear su punto más sensible— ¡Piedad!
— Vas a pagarme la afrenta, mi amor —y embiste dos veces con fuerza brutal, sintiendo él mismo el encandilamiento del placer de su mujer en eco transmitido desde su cuerpo— voy hacerte tragar cada palabra.
Isabella chilla feliz.
— ¡Oh, Milord! si vas a cobrarme así, debo decir que es un precio muy bajo.
— Pécora y malvada mujer —ruje con dulzura, pasa su boca por el tobillo que acaricia su mejilla y pasa su lengua por el empeine— no tienes perdón de Dios.
Isabella desesperada se mueve ayudada por la fuerza de sus brazos y nalgas, impulsa su pelvis hacia el eje hinchado de su esposo y empuja atrapándolo con sus piernas su hermosa cabeza que con el cabello húmedo pegado a su cuello y con la luz opaco del candil se ve majestuoso mientras gime y se mueve dentro de ella.
— No iré al cielo, querido.
— Y yo iré contigo, al infierno.
Los cuerpos se chocan y se abofetean haciendo una cadencia de carnes que se acoplan.
— ¿Londres?
— Dónde diablos esté bruja, donde diablos este.
La pobre chica con la bandeja de la cena llegó entre hipos, miedos y sonrojada como un tomate, se sienta con la comida intacta sobre el gran mesón de la cocina, tapa su boca y vacilante pierde su mirada en la escalera que va al nivel superior de la gran casa.
El ama de llaves de la gran casona entrecierra sus ojos, los demás sirvientes aguantan sus comentarios y toman un poco del vino destinado para ellos.
— Creo, querida, que mañana tendrás que ir donde el reverendo.
La chica se persigna.
— ¡La va a matar!
Es inevitable, todos sueltan las carcajadas, algunos escupen algo del vino que toman y golpean con sus palmas la enorme mesa para acompañar el gracioso momento.
La enorme mujer con una mirada fulminante hace callar a todos, la chica suda ante la posibilidad de tener que contar al vicario lo que escuchó tras las puertas, se lleva sus manos al corazón y trata de entender que es lo que realmente pasa en la habitación del ama que grita como una loca y sin embargo parece disfrutar cada momento.
— Todos ustedes, ni una sola palabra y tu querida es mejor que te abstengas de llevarle la cena, lo seguiré haciendo yo —toma la bandeja y la lleva cerca del horno para que ésta se conserve caliente.
Diez pares de ojos picarescos seguían a la enorme ama de llaves, todos esperaban lo inevitable, aguantando la respiración y la risa.
Ella voltea con una pequeña copa de vino en su mano.
— ¡Que diera yo por sufrir una muerte de esas! ¡Amén!
Y todos explotan en sonoras carcajadas que se escuchan por toda la casa, mientras arriba la "victima" llora lágrimas de placer y libertad.
— ¿Quiénes son los padrinos?
Los amos de la comarca cargan al pequeño Carlisle en sus brazos, el niño es un chiquillo enorme, de grandes ojos azules y cabello rubio, Emmett dice que es igual a la madre y Rosalie dice que es igual de perfecto que el padre.
Edward mira a su sobrino y muerde su pequeña mano, cada vez que lo carga en su regazo o ayuda a su madre a cambiarlo él ve el rostro de su padre, cuando Rose está distraída o duerme cansada, el tío lo rapta y lo lleva hasta su habitación y entre él y su esposa lo pierden en mimos. Besa su frente y le jura que será el mejor tío y padrino del mundo, lo ama con todo su corazón y no puede creer que en algún momento del año anterior ni siquiera era capaz de pensar en él como un ser humano.
— Nosotros —los amos de la comarca levantan su voz— Isabella y Edward Cullen.
Bella pasa su mano por el cabello rubio platino que ya se adivina en la cabeza del niño, besa su frente fervorosamente, no ve la hora de estar bautizando a su propio hijo, espera impaciente que la menstruación no haga su aparición y que pueda celebrar su preñez. Cada noche, después que ella y su esposo hacen el amor ruidosa y atrevidamente existe un instante en que ruega porque en aquel orgasmo vibrante y húmedo que Edward siembra en su cuerpo, germine.
— ¿Crees que lo hemos logrado, Edward?
Su contestación es siempre tierna y graciosa.
—Ojala que así sea mi bruja, pero ¡Dios! ¡cómo nos divertimos intentándolo!
Divertir no era la palabra adecuada, hacer el amor con su esposo era un acto de majestuosa tempestad, dulce ternura y chillidos de risas maliciosas que burbujeaban por toda la casa. Durante sus años de amante de media Francia nunca se sintió tímida con sus dotes de cortesana impura, pero ¡Señor! Edward era un animal incansable que la tomaba en cualquier parte y la instó a realizar proezas que ni los más avezados casanovas le habían sugerido; la noche anterior mientras buscaban los vinos para el jolgorio del bautizo del niño de Rose ambos terminaron ebrios en la cava empapados en vino y bebiendo del cuerpo de cada uno todos empalagados, empotrados y excitados, al final de tres botellas y a las dos de la mañana su esposo de camino a la habitación cantaba a voz en cuello:
Laura es una linda muchacha que tiene fuego entre sus piernas y unas tetas enormes como melones, dame chica dulce un poco de tu fuego, dale de comer a este pobre hombre que viene del mar…
Era una sucia canción de estibadores que él con voz de falsete entonaba mientras despertaba a todos los habitantes de la casa y ella intentaba seguirle su canción medio desnuda y en sus brazos, no había sido nunca más feliz.
Un suspiro fuerte se escuchó en medio de la homilía mientras el rudo vicario hablaba de su tema favorito: la sacralidad del matrimonio.
Todos voltearon hacia ella y él de soslayo le guiñó un ojo acompañado de su maliciosa mordida de labios diciéndole así que él pensaba lo mismo, trató de recomponerse y dar la imagen de dama y señora de todo el condado digna madrina del hijo de su cuñada.
Pero por dentro ardía, tomada de la mano de su esposo no tenía duda que aquel fuego jamás cesaría.
El niño Carlisle McCarthy Cullen oficialmente entraba al mundo, y la fiesta donde fue invitada toda la comarca se haría leyenda.
Descalza y con su corsé medio desamarrado bailó toda la noche con la gente y sobre todo con su esposo quien les daba a las damas de toda la región un poco de su magia bastarda y fuera de la ley.
— ¿Debo sentirme celosa, mi señor?
— No seas egoísta, Milady, deja que todas ella vean lo que a ti te pertenece.
— Y lo que no pueden tener.
Ofreciéndole un poco de vino de su propia copa, Edward contestó tomándola por la cintura.
— Por supuesto, bruja, todo te pertenece, pero deja que me sienta dadivoso.
Los arrendatarios y gente del lugar vieron de primera mano que lo que contaban la gente de la mansión era verdad y hasta el mismo vicario intentó una charla sobre la contención y la moral, lo único que logró fue que el amo de Forksville lo emborrachara y cantara con él: Laura tiene fuego entre las piernas ….
Para Isabella casi todo era perfecto, pero era en el casi donde existía algo que le dolía y era el estado meditabundo de Edward, ella sabía por qué y se desesperaba al sentir que no podía hacer nada por aquella situación.
Se sentía un inútil ante ella.
Durante días la felicidad los subyugó a ambos, pero el día en que los arrendatarios vinieron a pagar sus cuentas, a contarle sobre las cosechas y a consultar sobre las ventas de la ésta, él simplemente se calló y sentado a su lado vio de primera mano el cómo Isabella llevaba con mano de hierro a los casi trescientos siervos de la comarca.
Con dulzura lo instó a que diera su opinión, pero lo que recibió fue una mueca amarga y un golpe de puerta que provenía de su oficina.
Durante la cena lo vio callado, le rompió el corazón, una de las cosas que más amaba de él era su conversación provocativa y llena de apuntes bonachones, Rose y ella rodaban los ojos cuando él contaba una historia picarona de esas que sonrojaban a las damas —menos a Isabella— y que ella comprendió eran pequeñas mentiras pues su hombre en realidad jamás trajo a su vida privada cualquier historia real donde él u otra mujer eran los protagonistas, simplemente hablaba y el tiempo junto a Edward se deslizaba entre risas, música y besos largos que se prologaban desde la mañana hasta la noche, pero aquel día solo estaba en silencio.
Cuando la cena terminó, él como todo caballero se levantó de la mesa, su hermosa librea fue tirada hacia atrás con elegancia y fue hasta la mano de su esposa y hermana dándoles a cada una un beso de caballero.
— Creo que me merezco un cigarrillo, con permiso damas —como gesto de amistad y aceptación volteo hacia su cuñado Emmett— ¿me acompaña esta noche, míster McCarthy?
— ¡Por supuesto! —el enorme capataz de la comarca se levantó haciendo una venia a las dos mujeres en la mesa y acompañó el paso elegante de su cuñado hasta las ventanas posteriores.
Las dos mujeres Cullen se quedaron en silencio, Rose siempre tan delicada y empática en los momentos adecuados, atinó en tomar la mano de su cuñada y apretarla con ternura.
Isabella se paró de la mesa, fue hasta la ventana donde los dos hombres fumaban, el humo se esparcía por la atmosfera y el dulce olor a canela hacia el momento hermoso e íntimo, los observó a ambos, Emmett y Edward igual de altos y fuertes, el primero un poco más joven sobresalía por sus espaldas anchas y cabello oscuro, mientras que Edward era elegante como un fino caballo de paso, los dos eran diferentes en culturas y maneras, el esposo de Rose era tosco en algunas ocasiones aunque durante años fue sirviente y entendía las reglas de etiqueta, éstas fueron impuestas; Edward nació con ellas, Emmett era rudo, su bastardo era fino, elegante, con una rudeza en freno, siempre esperando salir a flote.
Ella bajó la cabeza por un momento, su dureza se vio en la calle hollín, o cuando domesticó a Thunder, o en los momentos en que no le hacía el amor sino que fornicaba con ella como si fuese el mismísimo diablo, Emmett era puro, su hombre no, por eso lo amaba tanto. Observó la mano enjoyada con aquel anillo heredado del padre, entre sus dedos descansaba el cigarrillo y la ceniza era tirada hacia el jardín con una elegancia sofisticada, la otra mano descansaba en su bolsillo donde sobresalía el hermoso reloj de cadena que ella le había regalado con el escudo de la casa Cullen, pues el que era de su padre no lo había podido recuperar. Hablaba pausadamente con su cuñado, él mismo le confesó que estaba sorprendido por la inteligencia de Emmett y que hablar con éste era una de las cosas que estaba disfrutando, no sonreía, solo fumaba y expulsaba el humo por su boca de hermosa forma, conteniendo la respiración y exhalando palabras y sensualidad del tabaco.
El cigarro se había terminado, ella seguía allí, adoraba verlo en aquellos momentos donde todo en Edward era magnificado, el bastardo que ella amaba seguía intacto, pero ahora que estaba libre de toda la farsa, se mostraba relajado repleto de movimientos gráciles y seductores, pero no esa noche, Isabella fijo su visión en ambos hombres, la comparación fue más allá de físico, un momento, uno solo y entendió que Emmett era un hombre que sin raíces y educación estaba hecho para hacerse un camaleón y adaptarse y que su esposo era un hombre que se veía por primera vez frente a un hecho real y moral: ser alguien de verdad.
Sacó la pitillera de su chaqueta y con ese mismo gesto de elegancia le ofreció uno a Emmett, el chico levantó la mano y negó con ella que ya no deseaba fumar, el bebé se había despertado y sus pulmones no dejaban duda de lo contrario, Emmett paso por su lado, en un segundo le dijo que Edward no estaba bien, ella lo sabía, nadie tenía que decírselo.
Levanta un poco su vestido de raso marfil, de camino hacia la ventana el enorme espejo que comanda el gran salón la muestra en todo su esplendor, en menos de dos semanas ha dejado atrás todo vestigio de la mujer que se ocultó ante todos, ahora era ella, amante de bellos vestidos, adornos y joyas, igual a como cuando tenía veinte años, pero distinta en muchos aspectos sobre todo los importantes, ahora sabia que aquellos adornos no eran lo que la hacían ser persona. Estaba mil veces más hermosa, sin el dejo malévolo y siniestro que la caracterizó en Paris.
El sonido de los metros de tela se escuchó, Edward sabe que ella está detrás de él, puede sentirla a distancia, su cuerpo está en sintonía con el de ella de miles de formas posibles, la ama y la desea de tal forma que solo con escucharla respirar todos los vellos de su cuerpo se erizan, su corazón latía más aprisa, los sentidos se potenciaban y su sexo se dilata en sus pantalones hasta el dolor, la ama como jamás creyó que podía hacerlo, como se dijo que no amaría a nadie, porque pensó que no era capaz.
Sabe que ella ha leído su rostro y no desea preocuparla, Isabella no es la culpable de sus preocupaciones ¡Ja! ¡El bastardo con dilemas morales! ¿Quién lo diría?
— Un penique por tus pensamientos, mi amor —lo abrazó fuertemente sintiendo su fuerte espalda en su pecho— hueles tan bien.
— Como siempre, mi reina.
Bella entierra su nariz en su cuello, aspira hasta la ensoñación aquel perfume amaderado, su olor penetra en cada uno de sus poros, sus manos se enredan y él besa los nudillos pequeños y delicados.
— No quiero que te preocupes por nada Edward, no quiero verte triste, no naciste para ser triste bastardo, naciste para sonreír y divertirte amor mío.
— Soy feliz cuando estoy contigo.
Isabella desanuda su abrazo y se adelanta hasta tenerlo en frente, atrás está el bosque oscuro y los cocuyos encienden la noche, los búhos comienzan su ulular y la niebla trasiega en su marcha blanca.
El cigarrillo está a punto de terminarse, la esposa pasa sus dedos por la barbilla recién rasurada que se levanta recia con ese gesto que tienen los portadores de pensamientos que se pierden más allá del horizonte, tiene miedo, teme que el amor que los sostiene penda del hilo frágil del orgullo de hombre de su esposo—hace dos días me dijiste que no tienes por qué buscar la aprobación de todos Edward.
Él respira.
— No es la aprobación de todos la que me importa, señora Cullen.
— La mía ya la tienes, Edward.
Desciende un poco la cabeza, para así quedar al nivel de la mirada de Bella; los ojos color musgo son oscuros y recorren el rostro de la mujer que tiene al frente.
— Te amo —besa su frente y se queda un momento allí, Isabella lo toma de su chaqueta y hala desesperada por un beso— sé que tengo tu aprobación mi amor y tu respeto.
— Lo tienes, cariño.
— Pero necesito mi aprobación y mi respeto, Isabella, es lo que necesito.
Esa noche en la cama ambos en silencio abrazados en comunión, él de espaldas y ella abrazándolo con fuerza.
— Te amo y haré todo para que logres lo que necesitas.
— No te preocupes bruja, mañana la melancolía se irá mi amor, no te confíes el bastardo no cambia de piel, mañana seré de nuevo yo —volteó hacia ella encontrándose con su mirada preocupada y llena de ansiedad— tal vez tengas que comprarme un nuevo coche señora reina de la fortuna.
Isabella sollozó asistiendo con fuerza y repartiendo besos por su pecho.
— Te daré lo que quieras, todo lo que quieras, cualquier cosa, cualquier cosa, joyas, coches, ropa, lo que desees.
— ¿Lo qué desee, bruja?
¡Aleluya! El corazón de Isabella aletea por la sonrisa de su esposo que le dice que lo que quiere es solo a ella y lo que su cuerpo pueda darle. Y toda la noche y la siguiente, y el resto de la semana ella repartió su oro. Para Edward, el tesoro estaba en el placer de tenerla desnuda a su lado y ella lo sabía. Sin embargo la desazón no lo dejaba, crecía dentro de él como una mala hierba que se adhería a cada uno de los músculos de su alma.
En la mañana, cuando el sol despuntaba e Isabella estaba rendida, durmiendo, en la cama, él salía a cabalgar la comarca, observaba a los siervos en la siembra, aprendía a tomar la hoz en su mente y con su cabeza llevaba el ritmo de la segada, a veces trataba de sostener una charla con los pastores o los caballerangos, tratando de no ponerlos incómodos con sus preguntas sobre el esquilar o la puesta de las herraduras en las grandes bestias, cada uno intentaban explicarle lo que deseaba saber, pero la mayoría se mostraba intimados por el curioso lord. Su conversación pomposa, a pesar de que él no se daba cuenta, su acento aristócrata alargaba las distancias entre él y los demás, Emmett se le acercó discretamente y le comunicó que era mejor que él siguiera en su labor de ser el esposo de Madame Swan que al intentar acercarse a la comarca dejaba en ridículo a su esposa y al apellido que ella ostentaba.
— Al casarte con Isabella, sabías muy bien lo que pasaría ¿por qué no intentas ser tú el administrador de sus bienes? ¿no es lo legal?
Edward pateó la hierba con sus botas ¿lo legal? ¿qué diablos le importaba a él lo legal? Solo deseaba dejar de ser el inútil que solo sabía jugar a las cartas, emborracharse como un sátiro y follar sin descanso, lo menos que deseaba era tener que ver con la fortuna de Isabella, necesitaba alejarse de cada libra y de la maldición que pendía sobre su cabeza.
La cámara de fotografía había vuelto a hacer presencia en su vida, el mismo Edward la obligó a tomar muchas fotos, estaba fascinada con su esposo, era algo digno de mantener en daguerrotipo, le parecía fascinante y siempre tenía la paciencia para posar, él fumando, leyendo, tocando el piano, al lado de Thunder, con quien tenía una respetuosa pero delicada reciprocidad. Después de haberlo montado, decidió que sería la primera y la última vez, el animal le pertenecía a Isabella y él no tenía por qué imponerse en aquella extraña relación que ella sostenía con la fantasmagórica bestia.
Las fotos cada vez eran más íntimas y mirándolas concentradamente existía en ellas una musicalidad implícita, que lindaba entre lo bucólico y nostálgico.
— No solo yo soy el hermoso aquí, mi amor —él besaba su hombro mientras ella revisaba las imágenes— mi sobrino, Rose, todo, en este lugar hay belleza mi amor.
— Quiero inmortalizarte, Milord.
Él suelta la carcajada.
— Puedes tomarme algunas fotos desnudo, bruja, soy maravilloso sin nada encima.
Isabella suspiró como respuesta.
— Se supone que soy yo la que siempre debe estar desnuda, es una promesa que me hiciste, caballero.
— La he cumplido cabalmente, Milady ¿tienes alguna queja? —hala con fiereza los cordones de su vestido hasta pegarla a su pecho, levanta su barbilla y la besa hasta dejarla sin aliento— he cumplido mi promesa, cariño, contigo siempre cumplo mis promesas.
La vida de la familia Cullen se deslizaba tranquilamente de día y de noche, la casa era una tempestad de risas, juegos, música y la pasión de las dos parejas que vivían bajo el mismo techo, sin embargo Edward e Isabella envidiaban a su hermana y Emmett, ellos eran libres, no tenían por qué volver a la ciudad, mientras que Charles Swan había mandado una seca misiva amenazando a la pareja que si no volvían a Londres, él mismo iría a la villa a sacarlos de ahí, Isabella tiró la carta, pero sabía muy bien que su padre no descansaría hasta hacer que ella y Edward fuesen a la capital, entendía que a Charles no le hacía ninguna gracia la presencia de su hija y su esposo, aunque él hubiese presionado para el matrimonio, pero no era buena jugada que estos estuviesen fuera del radar, porque entonces las habladurías estarían a la orden del día y eso no era conveniente. Además, leyendo las cortantes palabras de su padre Isabella intuyó que los negocios, los bancos y la enorme fábrica textil la requerían y que lord Swan estaba hasta la coronilla con todos los que lo presionaban a hacer una cosa de terrible mal gusto para él: trabajar.
— ¡Con todo permiso Isabella! tu padre es un zopenco ¿acaso no sabe sumar? ¿No puede poner su rostro antes todos y dar una maldita orden? Es un viejo ladino, no quiere ensuciarse las manos y sin embargo no tuvo prejuicios para vender a su única hija ante el tipo más ruin de todo Londres.
La copa de vino voló por los aires y se estrelló contra la pared del salón principal, estaba furioso con él, con su suegro y con las responsabilidades soterradas de su esposa.
— No eres el hombre más ruin de Londres, mi amor, y si algo debo agradecerle a mi padre es que hay presionado para que este matrimonio se diera —se levantó de la mecedora, el sonido de los holanes de su vestido resonaron por la habitación, sirvió una copa de vino y se la ofreció a su esposo— puedo enseñarte —su voz fue tímida— enseñarte a manejar cada uno de mis bienes, son tuyos también.
Cerrando los puños y con una expresión de furia reconcentrada Edward se aparta de su esposa, niega la copa de vino y mete las manos en sus bolsillos.
— ¡No me humilles!
— No te estoy humillando Edward ¡Por Dios! sabes mejor que yo como son las leyes del matrimonio, te casaste conmigo, por ley y por derecho eres tú el llamado a manejar mi fortuna.
— ¡No quiero manejar tu fortuna! ¡es tu dinero! ¡no es el mío! ¡no me lo gane! y me importa un bledo las leyes de este inmundo país donde las mujeres tienen que estar subyugadas por los hombres de semejante manera, es inmoral Bella.
Por un momento el silencio reinó entre los dos, Isabella no parpadeó y su expresión se hizo contemplativa, en su interior estaba orgullosa de aquellas palabras, él ya era un hombre salvado por amor, como ella también lo era, no era el dinero lo que lo mantenía a su lado, no era necesarias más explicaciones.
— ¿Desde cuándo te importa la moral, Edward Cullen?
— Me importa un pito la moral, Isabella —volvió a su lado y tomó las manos de su mujer y las llevo hacia su boca mientras la sonrisa ladina irradiaba en su rostro— no la moral de cartón de nosotros los británicos, amor mío; es más, tú eres testigo y participe feliz de todo lo rebelde que puedo ser —una vorágine de recuerdos inundó la cabeza de ambos, un brillo de complicidad los iluminó a los dos— pero eso no quiere decir que tenga un criterio real sobre lo justo y lo injusto Isabella, no es justo que sea yo el que deba tener ese dinero.
— No eres dueño de ese dinero, Edward, no lo soy yo, es mi padre, a menos que cuando tengamos un hijo ese dinero si pueda ser nuestro totalmente.
— ¿Es correcto eso? Un hijo nuestro como intercambio al dinero del bobo de tu padre, eres tu quien lo merece, llevas casi diez años manejando esa fortuna, es hora querida que Charles Swan y toda Inglaterra te respeten.
— Así no funciona nuestra sociedad, cariño —un cúmulo de ternura salió del pecho de Isabella, acortó el espacio entre ella y Edward, respirando levemente sobre él y a la vez aspirando la frescura y limpieza de éste— tendríamos que cambiar las leyes, la moral y las costumbres de todo un país.
Una chispa de diversión inmediata refulgió en los ojos verdes del bastardo.
— ¿No fue la promesa que nos hicimos hace unas semanas, querida? ¡Incendiar la maldita ciudad! —se lanzó hacia ella y la levantó en sus brazos y bailó por todo el salón— ¡vamos a Londres! Quiero bailar contigo por toda la ciudad, seremos escandalosos, bruja y veremos si tu padre y toda la aristocracia son capaces de entender de qué estamos hechos.
Isabella chilla de la risa, abraza a su hombro por el cuello y reparte besos por todo su rostro.
— ¿De qué estamos hechos, mi amor?
— De futuro, bruja, somos el futuro ¿tienes miedo?
— No, ni en una sola de mis uñas.
— Eso es mi reina, así habla la mujer de la que me enamoré.
Dos días después ambos se despedían de Forksville, de la comarca y de los que la habitaban. Rose persiguió el enorme carruaje que los llevaría hasta la estación del tren.
— ¡Te amo, hermano! —le gritó al último momento, Edward escuchó la declaración de su hermana y detuvo el carruaje saltando de éste, corrió hasta ella para abrazarla con fuerza— nunca voy a dejar de darte las gracias por lo que has hecho por mí y mi familia querido, nos has salvado —lo toma por sus hombros y lo sacude de manera amorosa— eres maravilloso hermano, no permitas que nadie te diga lo contrario, eres un caballero, uno real.
En la estación, el sirviente cargaba el equipaje, solo cinco pasajeros esperando el tren que los llevaría de nuevo a la gran urbe, Isabella veía a su esposo caminar de un lado hacia otro, fumando nerviosamente, casi tres meses fuera de Londres y para los dos sería regresar a un lugar que les era adverso, Bella estiró su brazo y lo llamó a su lado, ambos anudaron sus manos enguantadas de negro, en silencio; dejaban atrás la villa y la felicidad que allí habían conseguido.
En el enorme vagón, el silencio se extendió los primeros minutos, sin embargo ninguno apartaba la vista del otro, Isabella se quitó su enorme sombrero y le regaló una sonrisa coqueta, deseaba apartar los tormentosos pensamientos que a él lo aquejaban y que en los últimos días se hicieron más presentes. Edward la recorrió de arriba abajo, su mujer era una yegua sedienta ¡Dios la bendiga! se dijo, ella y su pasión por él era capaz de apartar su monomanía ¿Quién lo diría? ¡Edward Cullen, melancólico! ¡Ja! ¡Tremenda ironía!
— ¿Me estas seduciendo, Milady?
Isabella arqueo su cuerpo en el respaldar del asiento del vagón, así le daba una visión de su pecho atrapado por los corsé, la sensualidad resguardada entre seda y encaje.
— No, puede ser pecado, Milord.
Un segundo y mientras el tren iba acelerando su camino y el sonido en la carrilera daba esa sensación de lejanía y viaje; Edward, arrodillado entre las piernas de su mujer y besando sus muslos, contestó.
— No puede ser pecado algo que se siente tan bien, mi amor.
— ¿Entonces? Son tres horas de viaje —mordió sus labios con impaciencia.
Las manos enormes agarraron el entalle del vestido.
— Vamos a gritar, bruja —dijo quitándose la chaqueta.
— Por supuesto, debemos llegar a Londres anunciándolo efusivamente —enterró sus dedos en su cabello grueso e hizo un caos, dándole esa imagen de hombre sin tierra que vio durante los meses que estuvo a su lado en la villa.
En unas horas, en la ciudad que los vio nacer, todos estarían pendientes del ellos, ya no serían Edward e Isabella, una pareja de jóvenes esposos que viven sin tener que preocuparse porque los chacales de la sociedad los fueran a devorar.
— ¡Dios! ¡te amo! —su voz fue ahogada y fue hasta su boca mordiendo el labio inferior y halándolo hacia adelante— ¡efusivamente! ¿eh? —el vestido cedió entre sus manos y la visión del encaje blanco cubriendo los senos de su mujer apareció ante sus ojos— ¿Cómo están mis bellezas? No os he visto desde la mañana, la extraño demasiado —Isabella chilla de risa mientras que él termina de desnudarla enredándose entre los metros de tela— ¡Joder! —gruñe impaciente— con esta mierda de ropa, bruja ¿no hay descanso para este pobre moribundo? ¿No lo hay?
— Pero, si estoy desnuda casi la mayor parte del día, Edward.
— No es suficiente, mi amor, no lo es ¡demonios!
Hicieron el amor en el vagón del tren, con la luz del día penetrando en la ventana, el pequeño espacio condensó la ansiedad desesperada por fundirse piel a piel, iban ambos a la guerra y ayuntados, ambos se preparaban para lo que les esperaba.
En la tarde, al llegar a la enorme estación en pleno Londres, fueron lord y lady Cullen, vestidos impecables, sin una sola señal de lo ocurrido durante horas en el vagón. La niebla de la ciudad les dio la bienvenida, el olor de las chimeneas, de las calles y de la gente llegó hasta las narices de ambos, Edward se adelantó unos pasos de su esposa buscando el sirviente que los llevaría hasta Kensington, suspiró con profundidad y todo el vaho explotó en su cara, algo gritó en su interior y lo llenó de incertidumbre en el camino a la mansión. Antes de llegar, la inquietud se hace un grito rebelde que estalla en su cabeza:
— ¡No perteneces aquí, Edward! ¡No perteneces aquí!
E inmediato saltó hasta el lado de su esposa y sin preámbulos, la besó desesperadamente tratando de callar aquella voz.
Los sirvientes los esperaban en fila ¡que diferentes eran estos a los de la villa! Era como si la idiotez de la ciudad no fuese cuestión de aristocracia.
Ella los repasó de inmediato con cara seria, esperaba que alguno hiciera un leve comentario o un leve gesto crítico para echarlos a la calle, no estaba para ser tolerante con nadie. Todos ellos vieron su rostro reconcentrado, desde que tenía veinte años y tomó las riendas de la mansión con ayuda de Alice, ninguno de ellos se atrevió a retar su autoridad; ahora que su matrimonio con Edward —el bastardo tahúr— se realizó bajo contrato, presintió que de alguna manera el servicio se tomaría cierto permiso para faltarle el respeto y no iba a permitirlo.
— Susy, las cosas de mi esposo, su ropa y demás objetos personales, van a mi habitación; cuando necesiten algo, consulten con él como conmigo. Todos saben que les he tratado con deferencia y con respeto, espero lo mismo de ustedes, reitero lo que les dije el día de mi casamiento: no toleraré comentarios, chismes o algún gesto de grosería para con nadie, si alguien intenta sobrepasar esta norma me forzará a despedirlos y no dar ninguna recomendación.
Ninguno profirió la más mínima palabra, no se miraron entre sí e hicieron algún gesto que denotara el juzgamiento que le hacían a ella y a su esposo, se retiraron a la parte inferior de la casa, en donde ninguno abrió la boca.
A las horas Susy y los demás escucharon las risas, los besos y la algarabía de la pareja cuando chocaban sus cuerpos en la parte superior de la enorme casa mientras intentaban desnudarse, si ambos estaban por ir en contra de las normas estúpidas de la sociedad en donde habían crecido, comenzarían en su propia casa, Isabella y Edward estaban dispuestos a que el dedo acusador los señalara y estaba dispuestos ir en contra de todos.
— Espero que ustedes se comporten.
Charles Swan, sentado en el sillón de la enorme oficina de su antigua casa, apretando con fuerza el bastón de madera y marfil, con un gesto de fastidio frente a la pareja demandaba cada una de sus exigencias.
— ¿A qué se refiere, suegro, con comportarse? —una hora antes Edward le hizo saber a su esposa que sería él quien se enfrentaría a Charles y que sería él quien lucharía frente al asco de éste.
— Me refiero al silencio, al buen gusto y mostrasen frente a todos como dos personas decentes.
Isabella, quieta en la esquina de la habitación, luchaba para que su lengua afilada no se fuese lanza en ristre contra aquel hombre que se hacía llamar su padre ¡qué poco amor había en él! ¡Cuánto desprecio!
— No pensó en mi decencia cuando me ofreció, en este lugar, casarme con su hija.
— Permítame recordarle, caballero, que cuando le ofrecí el trato usted no se hizo mucho de rogar.
— ¡Por Dios, Milord! Si hubo alguien poco decente en aquel trato fue usted, vendiendo a su hija como yegua en celo, no venga a hablarnos de decoro cuando eso no existe en ninguna parte de su anatomía, Charles Swan.
El hombre se paró indignado, el bastón dio dos grandes golpes contra el suelo diciendo así que estaba harto de aquella conversación que lo hacía indigno.
— ¿No te has embarazado?
Isabella se levantó rápidamente, interponiéndose entre su padre y su esposo.
— ¡Basta ya, padre! No, no me he embarazado y te informo que el día que eso pase serás el segundo en saberlo, pero no para que te hagas ilusiones con poner las manos sobre mi hijo y llevártelo lejos, no permitiré que un niño crezca al lado de un hombre que no sabe que es amar.
— ¡Por favor, querida! ¡el melodrama es algo de mal gusto! Deja esos diálogos de folletín barato para los sirvientes, te eduqué para que estuvieses lejos de semejante vulgaridad. Ese niño será mío, soy el abuelo, vives en mi casa con este hombre, para eso te obligué a casarte con él, heredarás mi fortuna y un hijo de ambos, será la garantía de que mi estirpe no se malogrará contigo.
— ¡Jamás! —un puño al aire fue la respuesta de Edward quien se contenía para no ir tras el cuello del viejo y degollarlo como una gallina— un hijo mío y de su hija no será garantía de nada, usted nunca lo va a tocar.
— Entonces, no tendrán un céntimo de mi dinero.
— No me amenace, padre —intentó durante la media hora que había durado la entrevista de no hablar, pero su padre era un hombre capaz de sacarle la paciencia— ¡tiene mucho más que perder que mi esposo y yo!
Editado por XBronte alias Xibuela, con quien compartiré abuelasgo ¡yahoo!
Bueno, y aquí vamos, el capítulo quedó enorme, por eso lo dividimos en dos, este y el que viene el próximo miércoles, con esto debo decir, me falta otro capítulo de esta envergadura, 50 páginas o más, y la etapa del bastardo en Londres terminará, los capis que vendrán escasamente serán de dos páginas y luego el final, lo único que digo es que lo que viene es tempestades, caballos terribles en Londres y…Alistair Sinclair. Ojala me escucharan carcajearme, malvada sacho viene en camino.
