Los personajes son de Meyer, la historia es de Sacha.
Falsas Apariencias
Capítulo 42
Lo que para los jóvenes era dignidad, para el viejo carcamán era una extremada tontera. Charles suelta una carcajada, sus ojos marrones van directamente hacia Edward quien ruge por lo bajo e insta a todo su cuerpo a no descargarse a puños contra el viejo.
— ¿Vas a trabajar, amigo mío? o ¿serás de nuevo el amante de medio Londres para así mantener el estilo de vida que mi hija y tú están acostumbrados?
La mujer sintió la energía de la furia que irradiaba su esposo y se interpuso entre su padre y el puño cerrado de Edward.
— ¡Basta ya! No me importa usted y ni su maldita fortuna.
— ¿No? ¿Mis cien millones de libras son tan poco frente al repentino amor que siente por ella? ¡qué mal gusto!
— Puedo trabajar.
Charles se apoya en su bastón, presiona su peso en él y se adelanta hacia la pareja empequeñeciendo sus ojos, Isabella mira a su padre y se le hace un extraño muñeco de madera —son dos extraños, entre ella y él no existe nada parecido al afecto—, el hombre resiste la mirada. Como hombre de negocio, supo encontrar en la fatalidad una oportunidad y lo que en principio fue una desgraciada carga —más bien, el recordatorio infeliz de la única vez en que falló— tuvo la capacidad de convertir su desprecio en una relación laboral que incrementó su fortuna y lo liberó del tedioso trabajo.
— No me haga reír, Milord, no somos hombres de trabajo, mire sus manos, son demasiado femeninas, enjoyadas y de inútil, al igual que las mías. Usted es un hombre sin ningún talento, el único que tiene es de follar a las mujeres y hacer que lo amen. La única que trabaja aquí es ella y eso, y darme un nieto, es su único valor.
— ¡Padre!
Jamás en su vida había escuchado hablar a Charles de semejante manera. Su rostro, siempre una antifaz sin emoción al igual que su voz, cambiaron radicalmente, esto la llenó de cólera, comprobaba que su padre era un hombre vil, amargado y repleto de veneno.
— Deja que se quite la careta, Isabella —la mueca cínica de Edward irradió su cara— ¿Qué tiene que decir? ¿Cree que me enorgullece ser de su raza, lord Swan? pues, no. Su raza es de hombres necios, anquilosados en el tiempo, que se mueren de miedo porque no se atreven a cambiar. Usted es un viejo patético que vive en un mundo que se derrumba e intenta mantener a su lado a Isabella porque sabe que sin ella no va a sobrevivir.
— ¡Maldito seas! Lo único bueno que tienes es tu apellido Cullen, de resto no eres nada, no voy a permitirte que estés en mi familia mucho tiempo, cuando el hijo nazca, y espero Isabella querida que no seas una hiedra estéril —su cara estaba enrojecida y las venas marcaban escalofriantes relieves en su rostro y manos— deberá largarse, le pagaré su dinero e Isabella será, por un tiempo, una mujer abandonada por su muy bastardo marido. Por unos años, hija, tendrás que soportarlo portándote como una mujer en desgracia, apartada del mundo, mientras mi nieto crece a mi lado y espero que tome las riendas de mi herencia, así que no hay nada más que decir, por ahora jueguen al matrimonio y hagan la pantomima del amor enfebrecido y empalagoso, pero en dos años esto morirá y no tendré que ver sus caras nunca más.
Las palabras rudas y egoísta del hombre que señalaban su destino como si fuera una niña la colmaron de furia y una emoción terrible se anidó en el alma de Isabella, parpadeo por unos segundos, sintió la respiración caliente de su esposo en el cuello y, sin más ni más, movió su pie, se hizo a un lado dejando a los dos hombres frente a frente. Instantáneamente Edward entendió que su mujer le daba permiso para hacer lo que él tenía que hacer. Un golpe seco y duro fue a dar en la cara de Charles Swan, un puño con la marca del anillo de rubí perteneciente a Carlisle Cullen. El viejo Swan chocó su espalda contra uno de los grandes anaqueles de la enorme biblioteca, todo retumbo y varios de los pesados tomos de la enciclopedia británica cayeron sobre su cabeza, nadie podría dudar que semejantes libros aburridos tuviesen mejor uso que golpear al asno pretencioso, el bastón fue a dar a una esquina, la sangre recorría su mentón como un pequeño río.
Isabella aspiró profundamente, su corazón estaba extrañamente liberado, era quizás la última vez que hablaría con su padre frente a frente, finalmente todo entre ambos estaba terminado.
— Quiero, padre, que abandones mi casa, no deseo verle; mas, si las reglas de la etiqueta y las habladuría le son tan pesadas, intentaré mantener un contacto con usted, no se preocupe, le debo respeto y de mí siempre lo tendrá, es mi padre. Ahora —se acercó al hombre que intentaba pararse del suelo— no quiero que me hable de cómo me va a desheredar o como va a quitarme a mi hijo cuando este nazca ¡No lo hará, jamás! Hace unos meses le hice saber quién era yo en ese Paris de hace unos años —su voz fue pequeña, el acento fino y aristócrata siempre servía para demostrar quién era, lady Swan era una víbora, hija de otra igual, y en ese momento defendía su existencia y su futuro— no he cambiado —toma la mano de su esposo— su dinero, padre, se ha convertido en una fortuna porque he sido yo quien lo ha administrado, si no hubiese sido así estaría en la ruina, no es un hombre práctico, es un hombre inconsciente, banal y caprichoso, tanto ufanarse de su ascendencia y nunca le ha hecho honor a ella ¡yo sí! soy más Swan Kane de lo que jamás usted lo será.
— Eres mujer.
— Y ya no me duele serlo, ya no me culpo por haber nacido mujer y ¿sabe por qué? porque descubrí que siendo la mujer que soy, tengo más agallas que nadie. Así que, Charles Swan-Kane, no me amenace. Si no quiere volver a trabajar o morir en la ruina ¡No me amenace! Porque si lo vuelve a hacer, simplemente dejaré todo sus negocios a los administradores y en unos años, todo esto se irá por la borda, lo sabe muy bien.
— No serías capaz.
— No querrá ponerme a prueba… ¿Acaso no se ha dado cuenta? no tiene poder sobre mí, jamás lo ha tenido. Siendo mujer y siendo su hija, he hecho lo que se me ha venido en gana siempre.
— Te vendí a este sinvergüenza —la pequeñez del alma de Swan-Keine no le permite demostrar caridad ni por apariencia, insiste en querer ganar sus mezquinos combates.
— ¿Qué me vendió a este hombre? ¡No! yo quise ser vendida ¿acaso es tan tonto que no lo supo? —el viejo recibe el golpe, su hija quería casarse con el tahúr.
— Vamos, suegro, afírmese de mí y levántese.
Edward extiende el brazo para ayudar a su suegro a levantarse, el viejo golpea con su mano y niega la ayuda, pero el dolor en su rostro y el miedo ante el gigantesco esposo de su hija no permiten que él tenga alguna dignidad, sus ojos oscuros brillan observando cómo su hija lo reta y lo deja sin nada.
— Seguiré administrándolo todo: fábricas, bancos y demás, incrementaré su fortuna, que es también la mía y de mis hijos. Ese es mi trabajo y mi dignidad y usted no me lo va a quitar. Vamos a tener la fiesta en paz, se lo aseguro, padre, usted seguirá siendo el gran señor de Londres, cuando todos sus amigos estén en la ruina porque no supieron ajustarse a los cambios del nuevo siglo, usted seguirá viviendo rodeado de lujo y comodidad. Solo, no tiene que olvidar que es porque mi esposo —toma de nuevo el brazo de Edward quien en silencio ve la batalla que su mujer libra por él y por sus vidas, pero sobre todo la batalla que libra por el desamor e indiferencia de Charles Swan— y yo, su hija, se lo han dado —los ojos de ella comenzaron picar, algunas lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas.
— Eso espero, no soporto la pobreza ni la indignidad ¡odio a los pobres y a sus historias melodramáticas!
— Ojalá, padre, pudieras ver cuanta fuerza tengo para mantener este apellido muchas generaciones más.
— Es tu deber, si fueras hombre, lo entenderías.
— Ojalá, padre, me hubieses amado un poco, porque a pesar de todo yo lo he amado, lo he amado siempre.
— No seas tonta, eso, eso no me hace más rico ni más poderoso.
— Tiene razón, bueno si alguna vez cambia de parecer sobre Edward y yo, estoy dispuesta a permitir que vuelva y que juegue con mis hijos y que estos le den el honor de llamarlo abuelo.
El viejo no demostró ninguna emoción, al ver que le era imposible levantarse con dignidad se arrastró hasta el bastón y con mucho esfuerzo se irguió en su estatura, limpio su chaqueta, tomó un pañuelo de seda y se limpió la sangre de forma elegante y meticulosa se colocó su sombrero y su capa, dio media vuelta topándose con Isabella quien no había dejado de llorar.
— No pidas Isabella Swan lo que no puedo dar, lo que no se me enseñó, lo que no está en mi —caminó tres largos pasos hacia la puerta— cada mes necesito los informes de las cuentas en mi casa , todas ellas detalladas de forma minuciosa y que tu esposo comience a figurar como alguien visible en dicha administración —una bocanada de aire entró por sus pulmones— eso sí, evítame todo contacto con él —señala con su bastón a Edward— y en los momentos en que nos encontremos en un acto público, nos comportaremos como personas civilizadas —choca los tacones de sus botas y hace un venía— Adiós, lady Cullen.
Tras la puerta Charles Swan desaparece.
— Adiós, padre.
Y en ese momento ella cae en brazos de su esposo y comienza a llorar desconsoladamente.
— Lo siento querido, lo siento mucho.
— ¿Por qué, mi reina? —besa la corona de su frente con devoción.
— Era mi batalla, Edward, era mi batalla, debía hacerlo, era algo que debí hacer durante años, pero siempre tuve esperanzas que algún día él me respetaría y miraría a su hija con orgullo, era mi batalla.
Edward levanta delicadamente el rostro de Isabella, besa sus labios con ternura y le guiña un ojo.
— Yo estoy orgulloso de ti, bruja ¿no te basta con eso?
Un hipo de niña pequeña sale de su pecho.
— Me basta y mucho, querido, además mi padre sabe que tengo a alguien que me ama ¡nunca se le olvidará del golpe que le diste!
Una risa vibrante se escuchó por toda la biblioteca, un rico sonido de virilidad profunda que calentaba el cuerpo de Isabella
— Fue mi mejor derechazo, amor mío —levanta a su mujer de la cintura y la lleva hasta el gran sillón rojo borgoña de la habitación— hoy me he dado cuenta de cómo tú y yo, amor mío, nos compenetramos —toma una botella de vino, con los dientes descorcha la botella y toma un grueso trago de licor, ofreciéndole a ella tomar de la misma forma.
— ¿Mucho más, bastardo?
— Oh sí, mucho más, lo nuestro es poético, querida —observa como el trago es bebido por su mujer, la desea allí en ese momento, pero no la tomará, ama observarla—finalmente he descubierto nuestro secreto, del porque nos amamos.
Isabella mueve su fina naricilla, limpia un poco del vino que se ha derramado voluptuoso por su boca.
— ¿Y el secreto es?
— Tú eres, mi amor, el espíritu de este ser que somos ambos, y yo soy los músculos. Finalmente, nos hemos encontrado.
— Oh —responde sensualmente.
— Um hum, eso somos Milady, eso seremos siempre.
Se levanta de su lado, abre las cortinas y el sol extraño de Londres entra e ilumina todo el lugar, muerde sus labios con malicia.
— ¿Quieres ir al teatro, Milady? Creo que es hora de anunciar que hemos llegado.
Es un reto.
— ¿Teatro?
— Vayamos a ver una obra aburrida de esas que tanto amamos los londinenses, bostezaremos en plana escena y nos besaremos ante todos.
— Me gusta, bastardo ¿me llevas a bailar después?
— ¡Bailar! —hace un pequeño movimiento imitando un paso de baile.
Isabella se deshace en ternura, unos minutos antes se despidió de su antigua familia, ahora con aquel hombre invitándola a la locura y al escándalo le daba la bienvenida real a una nueva.
— ¡Bailar! ¡Usaré mi vestido rojo!
Camina raudamente hacia la puerta sabiendo cual es la respuesta que su hombre le daría.
— ¡Sobre mi cadáver! ¡Sobre mi maldito cadáver!
El vestido rojo no fue aquel día, sin embargo un hermoso traje verde musgo hizo su aparición, repleto de enormes holanes, metros y metros de gaza que terminaban en una hermosa flor que confluía en su cintura. El vestido era hermoso, pero lo que lo hacía escandaloso no era el color, era el escote vertiginoso que hacía que los senos de Milady se vieran en todo su esplendor. Fue una dura batalla que ella ganó con un simple comentario.
— Le hago honor a tus ojos, Milord.
— ¡Bruja!
Pero como aquel matrimonio estaba sedimentado por el amor al juego y al reto él le hizo honor a su esposa vistiendo el mejor traje de todo su costoso guardarropa, todo en él era la elegancia de un gentleman de la vieja data, sin embargo y en contraste su barba sin afeitar y su cabello que retaba toda norma hacia que en conjunto lord Cullen pareciese un hermoso y arrogante bucanero.
A las siete de la tarde el teatro estaba a reventar, los carruajes competían por obtener el mejor lugar y las filas de personas que esperaban entrar al teatro, el matrimonio Cullen esperó por varios minutos a que todos estuvieran en la antesala del Old Vic, Bella buscó entre la gente a Alice, si tenía suerte quizás la vería esa noche.
Edward bajó del carruaje y levantó a su esposa salvando el hermoso vestido del barro y el estiércol de los caballos, los ojos de medio Londres se posaron en ellos, y desde ese momento intuyeron que allí nadie vería la obra, ambos entraron del brazo, y los comentarios no se hicieron esperar, sobre todo por el vestido de lady Cullen y por el aspecto salvaje del esposo, que hizo que las mujeres casadas y solteras de Londres suspiraban, hasta Lady Catherine, que no renunciaba a ser la abeja reina del chisme, tuvo que opinar.
— Es un semental, debe verse como tal.
Isabella con la cabeza levantada y sostenida por el brazo de su esposo se abrió paso entre la jauría, sabía que muchas de las amantes de Edward estaban entre el público, pero no le importó, ni siquiera Tania Delani quien se encontraba del brazo de su última adquisición —un chico de poco más de veinte años, con cara de niño y evidentemente ansioso ante la mujer que seguramente le dio la bienvenida a su vida sexual—, esforzándose por parecer feliz.
Por un momento las dos mujeres toparon miradas, los ojos azules oscuros de Tania brillaban de furia, no solo porque aquel hombre que era su amor, el único, su igual, no se dio por enterado que ella estaba allí, sino porque era evidente que la «princesa encantada» había hecho su magia y lo había hechizado. Isabella, siempre despiadada y sin un ápice del discursillo soporífero «perdona a tu enemigo», levanta una ceja, sonríe con suficiencia para la mujer de cabello de fuego —y para todas aquellas que creen que tienen en sus lenguas el poder de juzgarla y de burlarse de su matrimonio con Edward Cullen— y levanta su pecho, llena de descarado orgullo. Cuando se acerca a Tania, pisa con fuerza el vestido de color salmón de la mujer rasgándolo con el tacón de sus botines —¡al diablo la decencia! ¡ al diablo las buenas costumbres! ¡y al diablo las palabras que decían que una mujer debía contenerse ante todos!— y la mira con cara de inocencia.
Un chillido salió de la garganta de Tania, Edward volteo hacia la mujer, estaba demasiado ocupado buscando a Jasper y manteniendo una batalla de voluntades con Alistar Sinclair quien fumaba en uno de los recodos del teatro. Soltó una carcajada mientras que el muchacho que acompañaba a la mujer intentaba ocultar el desastre de su vestido.
— Lo siento, madam —fue la disculpa fingida de Isabella.
— ¡Usted! —Tania se contuvo, la risa de Edward la ofendió, todos los ojos estaban sobre ella, agarró al chico del brazo y salió del teatro, no sin antes acercársele a Sinclair y murmurar tres palabras— ¡acaba con ellos!
Los ojos casi transparentes de Lord Sinclair traspasaron a la pareja, la risa de Edward murió en su boca, el maldito hizo una mueca mientras bocanadas del humo del cigarro emergían de sus pulmones.
Tiró la colilla al suelo y en medio de la gente que se aprestaba a asistir a la función desapareció, al igual que Tania.
En las afueras tomó su carruaje, el cochero quien conversaba con uno de los otros cocheros de los demás carruajes se sorprende ante la inesperada llegada del amo.
El hombre ruge de furia, arranca de las manos de uno de los cocheros la fusta y se lanza a golpear uno de los caballos, el animal relincha de dolor, pero el hombre continua, es un espectáculo que se ve a diario en las calles de la ciudad, lo extraño es que es todo un Lord quien lo protagoniza, el cabello oscuro de Sinclair se sale de la forma maniática en que lo mantiene, aúlla de rabia y cada golpe al animal es más y más fuerte, la bestia quiere escapar del látigo y se mueve y con él, el carruaje, pero esto no detiene a Sinclair hasta que una mano lo detiene, es uno de los hombres quien toma su muñeca y le arranca el látigo de la manos, Alistar está fuera de sí, amenaza al hombre con la cárcel o con algo mucho peor, enloquecido no mide cada una de sus palabras, todos los cocheros solo atinan en observarlo, como un ebrio quien de pronto una cubeta de hielo cae en su cabeza Lord Sinclair se detiene.
— Malditos sean todos, malditos hijos del lodo.
Y como alma que lleva el diablo corre por la ciudad, requiere venganza, la necesita, no ha esperado tantos años para ver como aquella prostituta y el truhan se salga con la suya, corre por las orillas del Támesis, es un vampiro que necesita sangre. Una pequeña muchacha, una de las miles de trotacalles que abundan en aquella ciudad criminal se topa con él, algo asqueroso y repugnante refulge en el interior del parlamentario, toma a la niña del brazo y la arrastra al cuarto que ella paga con su famélico cuerpo, la folla hasta que la pobre chica grita de dolor y de miedo, él ruge y quiere más, desea herir a quien se le interponga, no se mide ante nada. Tres horas después le tira a la putilla tres libras que seguramente le darán comida y sueño tranquilo por unos meses.
— Gracias, Milord —la niña que ha visto y vivido más crueldad de la que alguien puede soportar, agradece el dinero, cree que los golpes y la degradación de manos de aquel monstruo es lo que ella merece— cuando quiera, lo estaré esperando.
La respuesta es un escupitajo en su cara.
Alistar tiene la rabia en su interior, pero sabe que debe tener paciencia, ha perdido su cordura, lo entiende, lo sabe. Al amanecer llega hasta la caballeriza donde todos sus caballos descansan, si, requiere paciencia, pero su odio también requiere algo de paz. Con su pistola en la mano camina por la senda que lo lleva hasta donde se encuentra el animal que ha lastimado esa noche, la bestia lo observa quietamente, no se mueve, y al segundo todo explota y el animal cae duramente contra el suelo. Muere al instante. El cochero corre al escuchar como los animales relinchan y golpean los tablones del establo, se detiene, ve al amo saliendo del lugar con la pistola en la mano, su rostro lo dice todo, Alistar pasa por su lado y sigue su camino, tirando el arma a la tierra.
Desnudos y a pleno amanecer, el matrimonio Cullen estallaban en carcajadas.
«— ¿Viste la cara de Lady Catherine? Pensé que iba a estallar cuando te besé en el palco»
«— Mañana, nuestra pequeña hazaña será el chisme de todos, mi amor, no puedo esperar para escuchar cómo me tienes enajenada: pobre Lady Swan ese hombre perverso llevándola por el camino del mal»
«— ¿Te llevo por el camino del mal, Milady?»
«— ¡Nunca me voy a quejar, Milord!»
«— Nunca nos volverán a invitar a ninguna parte, Isabella, seremos repudiados en esta sociedad»
«— No me interesa ser parte de esta sociedad cariño ¿tú?...»
«— ¡Por todos los diablos! ¡No! ¿Quieres quitarme la diversión bruja? Jamás en mi vida me he reído tanto, mi amor, finalmente pude respirar en esta ciudad, finalmente no me da vergüenza ser lo que siempre he sido»
— Usted no me agrada —Edward sentado en la enorme silla del salón azul mientras esperaba a su esposa, observaba a Eleazar quien se paseaba como un papagayo por todo el salón con un pañuelo en la mano mientras bebía un enorme vaso de oporto— ¿tiene que ponerse tanta loción?
— ¡Ja! No entiendes a los franceses, querido, lo nuestro es el perfume —voltea y pone sus manos en la cintura— y que yo no le agrade es algo que jamás me quitará el sueño Monsieur, le agrado a Isabella, es lo que me interesa.
Edward se para, muerto de rabia, y enfrenta a Eleazar Merchant quien no parpadea y levanta las cejas burlonamente.
— ¡Oh, mon dieu! ¡Florín o espada! Personalmente prefiero el primero, es más romántico.
— ¡Idiota!
— ¿Qué teme, Edward?
— ¡La ama!
— ¿Y? querido, ella lo escogió a usted, y eso lo hace el hombre que más admiro en este mundo, mi papillon es una mujer difícil de complacer —Eleazar da un recorrido de arriba abajo hacia Edward Cullen— no soy un hombre melodramático, Milord, soy y seré siempre un hombre práctico, ella no me ama, no lo hará jamás, ya lo sé, no moriré de amor, no tengo el coraje, no me vea como su enemigo, porque no lo soy, así que no me venga con sus excesos de hombre celoso, para amar se necesitan dos, y cuando ella mira con amor a alguien no es hacia mí que sus ojos se dirigen, Monsieur, así que tranquilícese.
Sin embargo para Edward ese hombre era el único que tenía acceso a esa mujer que ella fue en su pasado, era como si Merchant tuviese algo que él jamás tendría.
— Espero que respete el hecho de que soy su esposo, porque si no ¡lo tiraré al mar!
— ¿No me matará? —Eleazar abre sus hermosos ojos oscuros, pone una mano sobre su pecho de manera afeminada y suspira— me ha quitado el sueño de ser asesinado en un arranque de locura celosa ¡es tan literatura!
Edward sonríe, si el francés es burlón, él un cínico retador.
— ¿Quién dice que no lo puedo hacer? lo que pasa, Monsier, es que su sangre manchará mi ropa, tirarlo al mar es más elegante.
Una fuerte risotada explota por parte de Eleazar
— ¡Mon dieu! —se acerca peligrosamente al rostro del esposo de su amiga— los ingleses, siempre tan civilizados.
— ¡Eleazar! —una alegre Isabella entra corriendo y abraza al francés quien sonríe solapado ante un Edward que solo sueña desplumar al maldito pájaro multicolor— ¿cómo has estado?
— Muriendo de aburrición —toma las manos de su amiga y la gira para observarla, hay melancolía en su gesto, esa es la mujer que él amó en Paris, la que extrañó durante años mientras ella se ocultaba en la culpa y en ropa oscura, ahora había vuelto, pero no de su mano, fugazmente volvió a la cara de su esposo, hace una venia y le hace saber que la maravilla de volver a ver a la princesa encantada en todo su esplendor era la obra de él y que ella estaba segura en sus manos— ¿acaso en Londres no se puede uno divertir? Son tan místicos y criminales, lo único interesante es mi nueva amante y una sesión de ocultismo en la casa de madame Flora, de resto ¡Oh querida! ¡Moriré!
Por dos horas Edward tuvo que aguantarse al maldito papagayo hablando con su mujer ¡Y en francés! ¡Dios! ¿Acaso él debía tener tanta paciencia? Se la paso de un lado para otro, Isabella le guiñaba un ojo y le decía que se sentara a su lado pero él solo gruñía por lo bajo. Al final, sentado al lado de su mujer, con la pitillera, exudando humo, aceptó que Eleazar solo necesitaba conversar ¿pero, es mucho pedir que el hombre no vistiese de amarillo canario?
Fueron dos horas eternas, cuando se despidió, respiró tranquilo.
— Mon papillon —el rostro siempre alegre se tornó serio y triste— ¿has ido a ver a Alice?
Y fue en ese momento cuando la fiesta y la alegría de la pareja se vieron opacada por la pregunta de Eleazar Merchant. A la hora, Isabella corría por Londres en su carruaje, al lado de su esposo, dirigiéndose a la enorme casa de Lord Jasper Whitlock.
— Hemos sido tan egoístas, Edward ¡tan egoístas!
Ambos escuchaban el trotar de los caballos, ¿cómo no ser egoístas? ¿Cómo no apartasen del mundo cuando estaban libres de la falsedad y la hipocresía? Viendo por la ventana del carruaje las calles de la ciudad lord y lady Cullen presentían que desde el mismo momento en que el «te amo» y el «te acepto tal como eres» fue proferido por sus labios, ya no hacían parte de la sociedad en que nacieron, el ropaje pesado y asfixiante poco a poco se iba apartando de la piel y del alma de los dos.
La ciudad les era extraña. La enorme mansión de la familia Whitlock quedaba en el distrito de West End, Isabella solo había ido una vez a la gran casa, cuando la primera esposa de Jasper aún vivía, no puede creer que se haya olvidado de su mejor amiga, no puede creer que la carta que le escribiría fue pospuesta por meses. Levanta su mirada y el rostro de Edward está igual que el de ella, ambos apartados del mundo en Forksville dejaron de lado sus pocos amigos, los verdaderos, chocaron sus ojos comprendiendo que el amor que los unía los convertía en una fuerza, pero a la vez los hacía indiferentes y egoístas frente al mundo. Nada importaba en el mundo de pasión, lujuria y contracorriente de Isabella y Edward, era la naturaleza del amor, estar fuera de toda civilización.
Fueron anunciados por el mayordomo, Isabella rodó los ojos con impaciencia, aquel mayordomo era como Oscar el sirviente de su padre, todos eran serviles, orgullosos y tontos, parecían dibujados con igual boceto. Edward caminaba a su lado observando de manera discreta la enorme casa, algo en ella no le gustó, sus ojos se comunicaron con los de su esposa y un pensamiento común los unió: Aquella era una casa de desgracia. Isabella se llevó la mano a su pecho, algo iba muy mal y ¡Dios! ¡No le importaba nada! Si veía a su amiga sufriendo, se la llevaría lejos de allí.
Lord Whitlock emergió del segundo piso, estaba impecablemente vestido, todo en su lugar, en él existía esa buena forma que dice que tras el orden existe solo pesar. Fue hasta donde Edward quien lo deseaba abrazar ¡ese hombre era su mejor amigo! Sin embargo Jasper retrocedió ante el gesto y solo le brindó la mano en un apretón que lord Cullen sintió como un llamado de auxilio. El amo de aquella casa saludó a la esposa de su mejor amigo, un beso suave en la mano y una venía digna del más refinado británico. Para los señores Cullen, aquello fue el comienzo de una compleja obra de teatro.
— ¿Whisky, Edward?
— No, gracias Jasper, te recibo un poco de vino.
— Por supuesto ¿Milady?
— Me gustaría, muchas gracias.
El hombre dio vuelta hacia Isabella, se quedó allí viendo a sus amigos ¡que buen inglés! no mostrar las emociones era la primera gran regla que todos debían aprender, sin embargo las manos unidas de Edward e Isabella, era algo que él no comprendía ¿cómo un hombre como él que estaba lleno de pasión no era capaz de ser coherente con su propio espíritu? Miles de libras por ser capaz de liberarse de tan pesado ropaje.
— ¿Lady Whitlock?
Jasper parpadeó ¿Quién? Ella está muerta.
— ¿Alice?
Jasper tira la botella al piso, el vidrio estalla y decenas de pequeños de fragmentos oscuros se difuminan en el suelo.
— ¡Mis disculpas! —llama por la campanilla y como un fantasma una de las sirvientas aparecen y en silencio intenta recoger los pedazos de vidrio y el líquido rojo que corría por el suelo como sangre sin coagular.
Una bocanada de aire sale del pecho de Jasper, mira a su alrededor y sin aviso, e irrespetando la fina etiqueta, sale de la habitación sin despedirse, Edward aprieta la mano de su esposa y sale en búsqueda de su mejor amigo quien ha salido sin abrigo, sin capa y sin su sombrero a la calle. Inmediatamente Isabella se apresta a buscar a Alice, la arrastrará lejos de aquel mausoleo y se la llevara a Forksville, cada segundo que pasa el pesar por su amiga crece, da un paso por la primera grada de la escalera que la llevará seguramente al segundo piso, pero la presencia de Alice que baja con elegancia la escalera la detiene.
— ¡Oh Dios! ¡Alice, querida!
Lady Whitlock le sonríe como una niña pequeña, cada paso es vigilado por los enormes cuadros apostados en los muros de las escaleras de la casa —antepasados de los Whitlock, generaciones y generaciones de fantasmas que pueblan la mansión construida en el siglo XVII y que parecen que viven atrapados por las paredes— Isabella se estremece, asciende dos escalones más y se pone a la altura de a su amiga que sigue con su sonrisa en un rostro que desconoce. Alice se lanza a los brazos de Isabella que la acoge con efusividad y siente el pequeño vientre abultado que escasamente denota los cinco meses de preñez, por primera vez desde que le obsesiona quedar embarazada no siente envidia por quien lo está.
— ¡Perdóname cariño!
La respuesta es una sonrisa, la mano de la antes ama de llaves llega hasta su mejilla y la acaricia con delicadeza, el gesto es acompañado por un tierno beso, hay un agotamiento en el rostro de Alice, sus ojos ya no brillan y no tienen el fuego divertido de los años anteriores.
— ¿Perdonarte qué, Madam?
— Bella, me llamo Bella, Alice.
— Pero no puedo llamarte así, es de mal gusto.
Alice toma su mano y la arrastra hacia el salón de té
— Tienes que contarme todo, Milady, no puedo esperar ¿eres feliz Isabella? —Alice se mueve de un lado a otro, busca algo en la casa, en un momento todo es sonrisa y después no hay nada— ¿te han servido té? —Isabella calla— ¿lo pedirías tú, por favor?
— Alice.
— Shiis —unos dedos cubren su boca— ¿eres feliz, cariño? Necesito saberlo.
Una emoción triste emana de Isabella Swan, intenta no llorar, su amiga en aquella casa, su amiga en aquella tumba siendo presa de todo, casa de fantasmas, casada con un hombre que ama demasiado pero que no es capaz de salvarla, siendo la víctima de un mundo que no la perdonará jamás.
— Soy feliz, Alice.
— Entonces, yo lo soy también, yo lo soy también.
El amor, un sentimiento en contra corriente, el único capaz de destruir un mundo y volverlo a crear, su naturaleza es anárquica e irreflexiva, no puede ser medida por el sistema y llevada hacia la ley y la contención, por lo tanto cuando el amor es arrastrado a ser la imagen de una sociedad, no sobrevive, muere o conduce a la locura y la decepción.
Edward y Bella estaban hechos para demoler la educación y la sociedad en que habían nacido. Jasper y Alice eran la ruina de una civilización que se aprestaba al desastre.
Esa noche hicieron el amor con uñas y dientes, ambos desafiando a las tristezas y los fantasmas instalados en las vidas de sus dos mejores amigos.
«— Necesito que me digas que me amas, lo necesito.»
«— Te amo.»
«— Dilo como si no hubiese un mañana, Edward.»
«— No hay mañana, Isabella.»
«— Estoy triste, cariño.»
«— Yo también, mi amor, yo también.»
«— ¿Vamos a sobrevivir?»
«— ¡Dios! ¡sí! es lo único que tenemos, esto Isabella, de resto nada importa ¡nada!»
Edward silenciosamente entendió que Jasper no tenía alma de guerrero para desafiar su nacimiento y destino, Isabella —aterrada— vio cómo su amiga Alice era vencida y se agotaba poco a poco como una vela puesta en mitad de una tormenta.
El escándalo se instaló en Londres y el centro de todo era la enorme casa en Kensington, donde lord y lady Cullen caminaban felices, de la mano, en medio del chisme, siendo ellos los parias de una sociedad que los criticaban.
«— Dicen que ella volvió a la fábrica ¡vestida como un hombre! Y él la acompañaba»
«— ¡Fue totalmente escandaloso! Besándose en público, no le importó que todos los vieran»
«— Dice que él apostó casi quinientas libras en el Derby, mientras que ella estaba con un vestido donde mostraba más de lo debido, Lady York cuenta que uno de sus sirviente los vio tras las caballerizas y ambos no estaban precisamente mirando los caballos»
«— Terrible, esa mujer, la sirviente que se casó con Milord Whitlock es su mejor amiga, se les ve cenando en el Savoy o en el Black Horse ¿cómo se atreven esas dos mujeres a desafiar la sociedad? es simplemente vulgar»
«— Pobre Lady Swan, ese hombre ha puesto su nombre y apellido en el lodo, debe haberla hechizado, no es de Dios que se le vea a una mujer en lugares de bebida y que ambos caminen por la ciudad en semejantes actitudes como si nadie los estuviera mirando»
Solo la antes mejor amiga de Isabella, Lady Jessica Stanley a quien su marido le prohibió terminantemente su amistad, levantó la voz de protesta ante las hienas que se sentaban horas enteras a despotricar como deporte, insinuó:
— ¡Por favor! Ella parece feliz, y aquí nadie ha dicho que ese hombre no la ame, es evidente que besa el suelo donde ella camina.
— Ama su fortuna.
— ¿No la amaría usted, Míster Callaham? Durante años todo Londres se burló de Lady Swan, para todos era una mujer insignificante y sin valor, sabíamos que ella era la mano dura tras la fortuna de su padre y sin embargo a nadie eso le importó, y ahora que ha renacido como la mujer fuerte y hermosa que siempre fue nos encanta molestarla y burlarse de ella, sabiendo muy bien que de alguna u otra manera esposos, padres, hermanos tienen negocios con Charles Swan ¿qué tanto les molesta? ¿Qué sea libre o que ame a un hombre como Edward Cullen y que él la ame a ella sin miedo al qué dirán?
— Jessica —la bobaza de Angela Weber quien se había casado hacia un mes con un hombrecillo flaco y enfermo, quien parecía que con estornudar dejaría sus pulmones en el pañuelo replicó— Edward Cullen es un hombre réprobo, sin moral, lo sabemos, amigo de Esmerald Plant y de la gente más degenerada de Londres ¿no puedes hablar en serio al decir que apruebas semejante escándalo?
Lady Stanley rodó los ojos con cansancio e impaciencia, estaba harta de todo, admiraba a su ex mejor amiga por ser capaz de hacer lo que deseaba sin temor a nada.
— Pues nunca vi que un gesto de reprobación cuando todos se morían por invitarlo a las fiestas y reuniones, queriendo que el hombre más bello de todo Europa engalanara nuestros salones, es hijo de Carlisle Cullen eso valía y vale Angela y querida pensé que se te caerían los dientes al nombrar a Esmerald Plant —soltó la carcajada y todos con ella, menos la aludida— no sé porque ahora se rasgan las vestiduras cuando sabemos que muchas aquí tuvieron el placer que lord Cullen les pisara los zapatos, digo, de forma metafórica —es escuchó toses incomodas en el salón— ¿Por qué ahora tanta maldad? Quizás porque de alguna manera lo despreciaban y nadie creyó que él fuese capaz de tener a la mujer que puede ser la dueña de todo lo que tenemos ¿no temen en algún momento que lady Cullen les cobre cada una de las perlas que tan «misericordiosamente» le regalan a ella y a su esposo? ¿no han pensado en eso?
Unos ojos azules observaban a la mujer en silencio, tomaba whisky de forma afanosa y maldecía a Jessica por ser la defensora del par de malditos que eran sus enemigos.
— Si tan defensora es usted de lady Cullen ¿Por qué no los ha invitado a su casa? —Alistar Sinclair salió de la esquina que quedaba cerca de las ventanas, estaba más delgado y con grandes ojeras oscuras— ¿Por qué no defendió a esa mujerzuela que se hace llamar la esposa de Lord Whitlock cuando todos la han rechazado? Su discurso es hipócrita señora, sabiendo los que estamos aquí que ni usted ni su esposo los aceptarían en su casa, esa mujer y su marido son indignos para todos ¡insultan lo que somos! Nadie aquí los quiere ¡son simplemente repugnantes!
— ¿Lo son, Lord Sinclair? o ¿acaso ellos no representan una visión del mundo? Yo sé que nunca podré invitarlos a mi casa ¿pero, qué es lo tememos? ¿qué es lo qué criticamos? ¿qué a ellos sean libres o que les importe un bledo lo qué opinemos? Parece que no somos importantes.
Y era eso, precisamente lo que a Alistar Sinclair no soportaba que a ellos no les importara, que a ella, como siempre, nada le importaba. Que ella, la puta, Él no le importaba.
Durante tres meses en Londres Isabella y Edward se apartaron del mundo, solo eran ellos dos, ninguno resentía el apartamiento social en que los habían confinado, el escándalo recorría la ciudad desde el norte hasta el sur de ésta, ambos vivían en su casa siendo ellos dos. Isabella manejaba los negocios del padre como siempre lo hizo, pero ahora era su esposo quien trataba de figurar como el hombre tras la fortuna.
No le iba bien, una cosa era dilapidar el dinero, otra tratar de mantenerlo.
— Siempre has sido buena con los números, mi amor.
— Se me dieron fácil siempre, recuerdo que mis tutores, en Francia, se impacientaban tratando de enseñarme cosas como geografía o historia cuando yo lo único que deseaba era hacer cálculos y que me enseñaran física.
Edward jugueteaba con el cabello medio suelto de su mujer, últimamente ella lo llevaba así tan solo porque a él le encantaba.
— Sin embargo, lees poesía en francés, bruja.
— Desnuda, que no se te olvide.
— Hasta el día de mi muerte retendré esa imagen, Isabella.
El amor apasionado con los meses se hizo más íntimo, la soledad elegida por los dos lo hizo amigos y cómplices, cuando los excesos de la carne y la piel descansaba quedaba la buena charla, la música y el pasear por la ciudad de la mano sin importar que todos les huyeran como la plaga.
— No soy bueno en esto, Isabella —toma el cuaderno de cuentas, lo alza y lo deja caer sobre el escritorio.
— No tienes por qué serlo, cariño, eres bueno para otras cosas.
Lo tomó de su mano y besó sus nudillos.
— ¿Si? ¿Para qué lo soy? —la pregunta no fue hecha con humor como era lo usual en él.
— Tocas el piano maravillosamente, puedes beber tres botellas de vino sin perder tu elegancia, eres un conversador memorable, bailas maravillosamente, besas divino, cabalgas como un experto, eres un buen esposo, un hermano ejemplar, un bribón sin remordimiento y alguien que amo con todo mi corazón y que me hace muy feliz.
— Quiero ser más.
— Cariño si eres más, entonces serías un ángel y los ángeles no le hacen el amor a las brujas.
Él se acerca y besa su mejilla, sonríe y el leve sonido resuena en la piel de Isabella, provocando pequeñas cosquillas y aquella sensación de que él con un leve tronar de dedos o con aquella sonrisa maliciosa puede hacer que ella ruegue porque la desnude.
— Pobres, no saben lo que se pierden.
— Si te es tan pesado todo esto, déjame que yo lo hago.
— ¡No! es mi deber.
— No es tú obligación, Edward, es solo un formalismo —lo sigue, mientras él camina por la habitación, descorre la cortina que da a la calle principal.
— Mi padre me enseñó todo sobre manejar una fortuna, pero yo estaba demasiado ocupado pensando en cómo despilfarrarla que nunca escuché sus lecciones, mi problema es, mi amor, que quizás no soy bueno con el dinero porque jamás me lo he ganado honradamente, cuando el dinero sea mío, cuando me lo haya ganado con el sudor de mi frente, cuando haya sangrado por él, quizás entienda como manejarlo.
— Edward.
— No quiero cansarte mi Bella, hemos discutido demasiado sobre esto —voltea hacia ella, es tan hermosa con su cabello cayendo sobre sus hombros, hace una semana ella ha cumplido treinta años y su belleza a su lado se ha transformado a algo digno de ver, está más llena y sus senos son un delirio para su boca, es divertida, sagaz, y siempre lista para ir más allá de todo— a veces sueño, amor, que somos dos personas muy pobres tú y yo, y que tengo el honor de ser quien te alimente, te lleve comida al hogar, quiero ser ese hombre que está orgulloso de su trabajo, un hombre que mantiene su familia, nunca pensé que diría esto ¡Dios! quiero que mis hijos me miren y digan que su viejo les enseñó un oficio y que no es dinero lo que les heredó sino el honor del trabajo.
Isabella se acerca y delinea con sus dedos la espalda de su esposo, es una caricia que los identifica, cuando él duerme y se remueve en el sueño, ella desliza sus dedos dulcemente y así, se tranquiliza, cuando hablan de cualquier cosa, en cualquier momento y cuando desnudo descansa sobre su pecho después de hacer el amor y con Edward aún dentro de ella, sus manos vuelan y descansan por minutos es su espalda, siente como su respiración se vuelve calmada y regular. A veces, jugando, las deposita en sus preciosas nalgas y ríe cuando él le pregunta que si está obsesionada con su trasero ¡Oh, sí! con todo lo que tú tienes, mi bastardo y que me pertenece.
— Les darás honor, mi amor, yo lo sé, generaciones y generaciones de tu simiente hablaran de tu nombre.
Edward mira hacia la calle. Sonríe. En esa ciudad no será posible.
— ¡Isaabeellaaa! —Alice grita y la agonía se escucha por toda la casa, Jasper quiere arrancarse el cuero cabelludo, tiene miedo, miedo de lo que vendrá con el nacimiento de su hijo, no es un hombre para la paternidad, no quiere un hijo en aquel mundo, no desea pasarle su legado de estupidez e hipocresía. En él todo es un conflicto, ama a Alice, ama al hijo que con ella engendró sin embargo el mundo le parece demasiado pesado, en ese momento levanta su rostro y se topa con el cuadro de su padre que lo observa con ojos de hielo, lo maldice, ojala hubiese sido más humano, ojala hubiese permitido que él se casara con aquella chica dulce hija de un vicario, cuando al menos el ímpetu de la juventud aun no lo hacía un cobarde, ojala nunca en su vida hubiese tenido que vivir en aquella mierda de ciudad y así no tener en su sangre toda la imbecilidad de su raza.
Se maldice, sabe que no nació para ser feliz. Una lágrima cae por sus mejillas, una verdad que solo se justificaba en él vino de repente, se casó con la mujer que amaba, pero se casó con la mujer equivocada, Jane su primera esposa era la correcta, no la hizo feliz, pero nunca sintió culpa por ella. Él y Jane nacieron para estar juntos en un mundo donde no amarse era lo indicado, entendió que el amor es una lucha que no era capaz de emprender y tercamente se llevó a su Alice a aquel mundo desalmado, la ato, la condenó a la burla, a la soledad y le quitó su libertad.
Isabella está arriba con ella, ayudándola a dar a luz, Edward sirve grandes tragos de Borbón y lo consuela.
— No puedo entender porque las mujeres tienen que sufrir tanto dando a luz, es terrible.
Jasper no contesta, quiere escuchar de nuevo su grito, pero sabe que Alice no lo hará, ella es de diferente carnadura, es una mujer de fuertes decisiones, ella decidió sacrificarse por él, y Lord Jasper Whitlock no respondió de la misma forma.
Alice suda prolíficamente, Isabella pone un paño húmedo en su frente y la besa con ternura.
— Gracias, madam.
— No tienes porque, mi amiga —aprieta su mano con fuerza, está dispuesta a que si Alice sufre tenga donde asirse para soportar el dolor— todo va a salir bien, querida.
Una contracción llegó partiendo a Alice en dos, ella aguanta con estoicismo, su hermosa melena azabache se pega a su cara y sus ojos azules miran la puerta, espera que Jasper entre y le de la fuerza que ella necesitaba.
Esperaba, pero en su interior sabía que él no vendría.
Isabella deseaba agarrar una pistola y descargarla contra Jasper ¡Maldito cobarde! No tenía una pizca de valor en su cuerpo, durante meses ella sostuvo a Alice contra todo el mundo mientras que él se escondía, día a día, mes a mes, Alice se aferraba a la esperanza de que su esposo fuese coherente con la decisión de hacerla su esposa, con la promesa hecha. Isabella lo odiaba, y en ese odio hacia aquel hombre se enamoró más de su esposo.
— ¡Que hermosa es, Alice! —al día siguiente Isabella sostenía una bellísima niña de cabello negro y grandes ojos azules— es tu hija cariño, sostenla.
Alice sostuvo a la pequeña en sus brazos, la llevó hasta su pecho y besó su cabeza.
— ¿La cuidarás por mí, Isabella?
El corazón de Isabella dio un salto, desde que regresó de Forksville, Alice decía cosas que la ponían en alerta.
— Claro que si cariño, soy su madrina, pero tú la cuidaras mejor que yo, eres su madre.
Alice levantó su rostro agotado.
— Yo la cuidaré muy bien madam, sé lo que a ella le conviene, quiero que sea feliz, ella va a ser muy feliz, está en su destino.
Isabella anuda su cabello, tiene una furia concentrada en su alma; durante horas vio como Alice esperaba que su esposo apareciera, pero éste no lo hizo, aun cuando Edward lo arrastró hacia la puerta para que así observara a la pequeña recién nacida, ahora, horas después Alice ya no espera nada, ya no espera que su esposo pose sus ojos en ella, Jasper es una decepción agobiante, un amor que le arde y la condena, pero que no la redime.
— ¡Quiero matarlo! —grita en la habitación de matrimonio.
— Es más fuerte que él, mi amor.
Como una tigresa se mueve de un lado a otro mientras se desnuda, Edward recorre su cuerpo, al igual que ella hierve de rabia, pero no puede hacer nada, conoce a Jasper muy bien y sabe que las generaciones de frialdad y estupidez son más fuertes en él, siempre supo que Lord Whitlock era un hombre sin carácter.
— ¿Cómo puede hacerlo? ¡es su esposa! ¡su hija! ¡Dios! —toma el peine y cepilla su cabeza con furia sentada en el borde de la cama.
— No deberías preguntar eso, Bella —reemplaza la mano de su mujer por la suya y peina su cabello— vas a quedarte calva, amor, y considero tu cabello como mi tesoro —desnudo también rodea el cuerpo de Isabella y lo atrae hacia su centro, su sexo está en reposo— Jasper es como tu padre, cariño, un poco menos idiota, pero es igual, un hombre atrapado en este mundo.
— ¡Puede escapar!
— No puede ¿acaso no entiendes? —la seda color castaña rojiza se desliza entre sus dedos— la mierda la tiene hasta el cuello, lo ahoga, es un hombre triste Milady, y los hombres tristes están malditos siempre.
— ¿Cómo tú si lo has logrado, Edward?
Un beso chasquea en su hombro, tira el cepillo a un lado de la cama extiende sus manos hacía los muslos cremosos de su esposa y desliza sus dedos desde la rodilla hasta la cintura llamando así a su mujer para que apoye la cabeza en su pecho.
— Porque no soy un hombre triste, mi amor —besa su boca con deliciosa lentitud— cuando decidí desde muy joven alejarme de las costumbres de esta sociedad y ser un majadero tonto inconscientemente, me salvé. Y cuando un día desperté, Isabella Swan, con un dolor en el pecho sabiendo que te amaba y que no podía vivir sin ti, supe que tenía el valor para zafarme de todo sin miedo a nada.
Los dedos de Edward repiten las misma caricia, mientras su boca no se despega de su esposa, un segundo y su sexo está de nuevo duro e hinchado y punza el trasero de Isabella quien lo siente y gimotea ante la respuesta que logra conseguir por parte de su marido cuando simplemente la toca. Ella toma sus manos y las lleva hasta sus pezones, sus lengua bailan húmedas, Edward hace redondeles en el aurea oscura y erecta de sus senos, ambos respiran hondo y rápido pero no pueden dejar de besarse, él besa hermoso y ella siempre quiere más. Su vientre jadea y se contrae por la anticipación.
— Amo tus dedos.
— Abre las piernas, amor.
Es una orden, ella lo hace, su mano toma su cuello para hacer más íntimo y urgente el beso, los dedos han llegado hasta su clítoris y como el buen canalla que es, Edward palmea la pequeña capucha y se retira, haciendo que Isabella muerda su labio inferior por tan terrible afrenta, el eco de su risa es transmitida de boca a boca y el corazón de Milady es como una campana que se mueve ante aquel sonido, Edward vuelve a ella, la siente mojada, siempre está húmeda y dispuesta para él y eso lo enloquece, porque es por él, solo por él, la pasión que le permite hacerle el amor en cualquier parte, desde las caballerizas del gran Derby, tras las cortinas de los apartados del teatro, en los carruajes o en la habitación de su casa con una pequeña caperuza como testigo, el cuerpo de su esposa se enarca y la luz amarilla y antigua hace que él la ame más porque es lo más hermoso que él ha tenido y tendrá en su vida.
Oh las manos, las manos que son mágicas y que esa noche han tocado a Mozart después de la cena hacen maravillas, con la derecha el abre su coño pequeño mientras que la otra jala la punta de su botón que desespera por más atención y menos ternura.
— Edward —exige ella— no me hagas rogar.
— Jamás, Milady.
Penetra con dos de sus dedos en su sexo y bombea con fuerza, mientras que otros dos presionan y hacen duras circunferencias, Bella tiembla y el orgasmo no demora derramándose en las manos de su esposo, quien se separa de su cuerpo, ella lo ve de frente desnudo y sin recuperarse del clímax anterior se recuesta en la cama subiendo sus piernas posicionándolas en las orillas de ésta, Edward se hunde en su sexo y bebe con lujuria los jugos que Bella le ofrece.
— Nunca —levanta su cabeza y los ojos verdes relucen en la alcoba, Isabella sabe que aquella imagen la atesorara para siempre en mente— he bebido mejor licor bruja y nadie ha olido mejor que tú.
Por más de media hora él se queda allá, abajo, Isabella agoniza siempre que la lengua la golpea, a veces tierno, a veces salvaje, mas llega un momento en que no es suficiente para ambos, Edward con la rapidez de un felino sube y se enfrenta cara a cara con Isabella.
— ¡Jamás! óyelo bien, mi amor, tendrás que rogarme para que no esté pendiente de tu existencia, el día que eso pase Milady es porque yo estoy muerto.
— Hazlo ya, no puedo….
La frase no termina, Edward está dentro de ella, la plenitud del momento la deja sin oxígeno.
— ¿Así, mi amor? —pregunta rozando su boca.
— Sí —le castañean sus dientes.
— Bien —los brazos fuertes se mueven hasta arriba de la cabeza de su mujer, las piernas de Isabella lo abrazan, él se enarca para comenzar a embestir, la mueca risueña aparece en su rostro— ¿Quién lo diría? mi brujita es una galletita caliente —suena una carcajada por parte de los dos, pero la mueca muere en el rostro del hombre y se torna profunda, violenta, sedienta y sin aviso previo arremete contra el cuerpo de su esposa quien da un grito seco de placer y ahoga un te amo en su garganta.
—Oh Edward...
Cada acometida es un te amo que es como una oración que siempre tiene preparada en su boca. Las campanas del Big Ben anuncian que son las dos de la mañana, se escucha el trotar lejano de unos caballos dos calles abajo, ambos están atravesados en la cama y Edward descansa en el vientre de Isabella quien entierra sus dedos en la melena loca y rojiza. El nacimiento de la hija de Alice no la hizo llorar, el dejo triste que mantuvo durante la primera semana del nacimiento del hijo de Rose no había aparecido, sin embargo estaba muerta de miedo.
— Cariño.
— ¿Uh uhum?
Isabella da un vistazo por el cuarto, ama el silencio y la intimidad delicada que ha conseguido con su esposo, no tiene recuerdos de aquellos hombres que fueron sus amantes en Paris, es como si la historia de aquella mujerzuela que tomaba a los hombres y los devoraba como si fuese una araña era la historia de otra mujer que no le interesaba escuchar.
— No he menstruado en seis semanas.
Edward levanta la cabeza perezosa y somnolienta, se conecta con la mirada de su mujer y sus ojos maliciosos, parpadea. Una bocanada de aire se congela en sus pulmones y es como si alguien lo hubiese tirado a las frías aguas del Támesis.
— ¡Demonios! —salta sobre la cama, jamás ha estado tan despierto en su vida— ¡Demonios!
Lleva sus manos hacia su cara, el miedo es reemplazado por una inmensa alegría.
— ¿Tenemos un pan en el horno, bruja?
Isabella suspira fuertemente.
— Creo que sí, cariño.
— ¡Demonios! ¿Desde cuándo lo sabes? —se arrodilla y pone sus codos en la cama, es como un niño pequeño esperando un regalo.
— No es seguro, querido.
— ¿Cómo que no es seguro, bruja malvada? Soy un hombre de muchos hijos ¡Diablos!
— He tenido retrasos en este año mi amor, siempre que creí que lo estaba al día siguiente sangraba, pero esta vez ha pasado más de una semana.
— ¿Vamos a tener un bebé, Milady?
Isabella se levanta toma las manos de su esposo y besa sus nudillos.
— Creo que sí, bastardo.
— ¡Ja! tardó pero llegó ese chiquillo —salta sobre la cama y reparte besos en el vientre con devoción— será hermoso, hermoso y nuestro ¡voy a ser padre! ¡Demonios! —de pronto el huracán de felicidad se contiene— ¿dejaste que te hiciera el amor de esa manera sabiendo que estabas embarazada?
La mueca malvada de la princesa encantada hace su aparición en su rostro lleno de júbilo.
— Me sedujiste Milord ¿soy culpable?
— Mala —besa su cuello— sabes que no puedo contenerme.
— No quiero que te contengas, Edward, nos amamos.
— ¡Gracias a Dios! somos una familia ahora, amor.
— Lo somos, he hecho cosas terribles en mi vida, realmente repugnantes.
— Yo también.
— Shiiis —presiona con sus dedos los labios de Isabella— de muchas de ellas me arrepiento. La ironía, amor, es que lo más inmoral que hice, es lo que me tiene en este momento aquí, a tu lado, no me arrepentiré de haber aceptado el maldito trato con Sinclair.
— Doy gracias por ello, es el mejor trato que has hecho.
— Jugué a ganar contigo, Milady, perdí y nunca me sentí más ganador.
— Perdiste con la mejor.
— Te amo.
— Te amo, también.
— ¡Demonios! Seremos padres ¡escandaloso! Un hijo del amor ¿habrase visto? ¡Qué inmoral!
Ambos estallan en risas en la casa que despierta a la cinco de la mañana cuando Milord Cullen celebra a voz en cuello mientras bebé una botella de ron, es un tunante, un divertido bastardo y un hombre muy feliz.
Al mes, la ciudad estallaba, lord Sinclair era botado de la cámara de los comunes y, hundida en el dolor lady Alice Whitlock moría arrollada por un carruaje.
Y el mar llamaba y traía consigo las imágenes de una mujer desnuda que escandalizó Francia.
Editado por XBronte.
A todas las lectoras silenciosas y no silenciosas muchas gracias, son un amor, no me maten, la muerte de Alice era una de las cosas seguras y planeadas que tenía desde el principio de esta historia, así debe ser.
Gracias.
