Los personajes son de Meyer.

FALSAS APARIENCIAS

Capítulo 43

Anclas a babor chicas….este capítulo es enorme.


— ¿Está usted embarazada, madam?

— Así es, Alice.

— Me alegro tanto, sé que estaba esperando este momento desde hacía mucho tiempo.

Isabella carga la pequeña hija de Alice, besa sus hermosas mejillas del color de la grana y se carcajea cuando la niña hace pequeños pucheros y deja un hilillo de saliva que corre por su diminuto mentón. Siente que la vida corre por sus venas y que por primera vez en su vida es completamente feliz.

Levanta a la niña y la pone sobre sus hombros, camina con ella por el salón azul de la casa que comparte con su esposo y tiene uno de esos días, que últimamente se repiten, todo es luz, todo es alegría, Londres le es agradable y sonríe demasiado. Sin embargo frente a ella está la otra cara de la moneda, Alice, lady Whitlock, quien viste simple y tiene grandes y oscuras ojeras.

— Nuestros hijos serán grandes amigos ya verás que sí, Alice.

— Casi hermanos —contesta Alice secamente.

La regordeta Susy pide permiso para servir el té con galletas, da una mirada reconcentrada a la que hace unos meses fuese su igual, se contiene de hacer algún gesto porque sabe que su ama inmediatamente la sacará a empellones de la gran mansión.

— Su té, madam.

No lo puede evitar, habla a Isabella como si ésta se hallara sola en el salón de té. La dueña de la casa entiende el ánimo de la sirvienta y sus ojos expiden furia, abraza al bebé y se presta a abrir la boca y amonestar a la tonta e impertinente chica, pero Alice impide de inmediato la reprimenda, parándose de su silla y dando un paso hacia donde está el té y las galletas.

— Yo sirvo, madam, no se preocupe.

Susy se hace a un lado, levanta la ceja en un gesto indescifrable y baja la cabeza haciendo el intento de retirarse.

— No —la orden de la ama es rotunda— tú no trabajas para mí, Alice. Susy, sirve tú.

— Pero madam…

— ¿Te niegas a realizar tu trabajo?

— No, milady.

— Madam Whitlock es mi invitada y es mi amiga, no voy a permitirte una falta de respeto.

— Perdón, milady, yo no quise…

— ¿No? Entonces, sirve a madam Alice y con buena cara.

La chica tiembla, da dos pasos pequeños al frente, toma la tetera y sirve las dos pequeñas tazas de porcelana, su ama no le quita la mirada, son ojos oscuros y vigilantes, están atentos a cualquier gesto de grosería de la criada. Sabe que sobre ella pesa, como espada de Damocles, la sentencia de la calle y la vida miserables que todos los despojados viven en la ciudad capital del mundo y prefiere tragarse su orgullo, la envidia y darle un trato de lady a la que fue su compañera de trabajo en la cocina, le parece un costo aceptable.

— ¿Cuánto de azúcar, madam? —pregunta con la cabeza baja.

— Dos.

Se cierne un silencio incomodo en el pequeño recinto, Isabella sigue a la chica que se retira presurosa y cuando madam no la ve, la muchacha corre hacia su pequeño cuarto y llora muerta de miedo.

— No tenías por qué hacer eso Milady, me gusta servirte.

Ha pasado una hora junto a ella, Alice ha hablado, cuenta que en la casa de su esposo no ha cultivado rosas rojas —sus favoritas—, que Jasper la invita ir a la casa de campo pero le dice que no puede acompañarla, cuenta que ha comprado para las habitaciones, sabanas y cortinas nuevas, que en el dormitorio de su marido ha puesto cortinas azules y que para su habitación eligió cortinas granates, le ha contado que no se decide cómo llamar a la niña, que su esposo le dijo que el nombre que ella quisiera sería perfecto y habla de tres costureras que le confeccionan vestidos que no necesitaba ¿Dónde los va a lucir?

Alice da un resumen de su vida de gran señora de la aristocracia, pero a Isabella le parece un resumen de soledades y dolores y le da miedo. Una mujer que durante la hora que ha durado la visita no ha cargado a su hija y que cada vez que la pequeña hace un sonido parece ser atravesada por cuchillos, debe estar en un infierno y no sabe cómo salvarla.

— Sal de esa casa.

Alice tiene en su mano la taza de té, no ha bebido, escasamente ha dado un mordisco a la galleta que tiene en la otra mano, mira a la pareja de turpiales que trinan en la jaula, es la primera vez que se fija en ellos y siente que hay una crueldad implícita en aquel encierro; toma conciencia que su antigua ama siempre tuvo pequeños detalles solapados de una crudeza que jamás pudo entender.

— Eres cruel, querida ¿Por qué no permites que esos pobres animales vivan en libertad?

Bella calla, sabe a lo que su amiga se refiere, pero no quiere contarle que un día intentó liberar a los dos animales y que a la semana ambos estaban de nuevo en la jaula, uno de ellos enfermo y con un ala rota. Sabe que a veces estar prisioneros es la única manera de sobrevivir.

— Me preocupas, Alice —es un ruego, ella lo ignora.

— ¿Crees que sería mal visto que fuese sola al teatro? Quiero ver una comedia, algo que me haga reír.

— Te acompaño, querida —Isabella respira con dificultad, teme a los aires ineluctables que median entre ambas.

— No, madam, quizás le diga a mi esposo que me acompañe.

Esa noche Jasper no lo hizo, estaba demasiado ocupado escondiéndose de los ojos suplicantes de su esposa y de la hija pequeña que lloraba desolada. La madre no sabía cómo callarla y las nanas contratadas hacían lo que podían, pero difícilmente aguantaban la atmósfera llena de fatalidad que se respiraba en la gran mansión.

Alice Whitlock de pequeña caminó sola por las grandes campiñas que rodeaban el vicariato, siempre se resintió de no tener hermanos, pero no tenerlos la hizo una mujer osada, sus viejos padres no podían seguirle el ritmo y prontamente dejaron de cuidarla. Libre, ella se aventuró por los extensos parajes, aprendió a nadar y a montar a caballo, durante su adolescencia grandes caminatas sostuvieron su alma libre. El padre intentó inculcarle el temor a Dios y se esforzó para enseñarle todo sobre ese ser abrazador que veía y leía cada alma humana, pero Alice jamás lo escuchó, no creía en el toque divino, durante toda su vida nunca lo necesitó, ni siquiera en el momento en que su amante partió y quedó sola y sin dignidad o, cuando sus padres murieron dejándola sin nada en el mundo, se hizo a la idea de que la soledad era su sino de vida y se resignó a no tener a sus padres y a vivir sin amor. Ser una sirvienta le dio una libertad que solo una mujer como ella —de gran inteligencia— podía entender, no tenía apellidos, ni títulos que la obligasen a cumplir con las estrictas reglas de una dama y disponía de pequeño salario que le permitía saciar su curiosidad del mundo en que vivía, pero llegar a ser ama de llaves tan joven, la hizo sentirse victoriosa.

El amor, inspirador y liberador en otras vidas, para ella fue desgarrador y coartó su libertad construida a partir de la resignación cuando descubrió que a pocas calles de Kensington road vivía Jasper Whitlock y su pasión contenida, se desató. Y fue lo que no era: una mujer casada con su amante adorado, ama de una mansión, señora de un ejército de criados y madre de una hermosa bebé. La niña que creció libre y sin Dios, acostumbrada a la resignación ahora tiene todo pero no es feliz, la hija del vicario de un pueblo olvidado no es digna de pisar salones aristocráticos aunque esté casada con el mismo Lord Whitlock y todo se lo dice, incluso el llanto inconsolable de su hija.

Jasper rehuía, su amor no era el hombre que ella necesitaba y se quedó literalmente sola en ese Londres nuboso y hostil; como hija del rigor, levantó barbilla y puño, se impuso una coraza de indiferencia y arrancó de nuevo el camino. Permitió la mirada de desprecio de todos; incluso, de los sirvientes de su casa que mantuvieron el dejo de superioridad y de burla con que la recibieron cuando llegó como la nueva señora. Estoica, se silenció el día del gran baile anual del príncipe de Gales cuando todos los ojos de la ciudad estaban sobre ella mientras Sinclair la humillaba diciendo su nombre, responsabilizándola —junto a lord Cullen— de la decadencia de una sociedad que se debilitaba al permitir que los limites sociales se diluyeran. Alice solo sonrió, en sus ojos el sendero de partida ya estaba trazado.

Sí, todo lo aguantó, hasta el saber que su esposo la amaba más que cualquier cosa en la vida, pero que su debilidad y estupidez pesaban más que el amor.

Todo lo permitió.

Desamarró las anclas, volvió a ser la niña que en cada paso dejaba atrás amores paternales y las sombras del amor divino, hizo a un lado a su mejor amiga, quien con todo y su fuerza, no podía acompañarla. Isabella Swan emprendía caminos de futuro y ella ya no deseaba andar.

La función de teatro estaba por comenzar, sentada sola en el palco de la familia, Alice Brandon —no Whitlock—, vestida como ama de llaves, se apresta a ver la comedia, la osada niña que corre descalza por el páramo la impulsa, deja que todos escupan sobre ella, ya no importa. A la mitad de la función fue conminada a abandonar el teatro, los dueños no la querían en la sala. Merchant, presente en la función, intentó modificar la medida pero no lo logra, a ella no le preocupa pero le agradece la gestión y abandona el teatro sin bajar la cabeza. Orgullosa y con una añeja sensación de libertad salió a la calle dejando a todas las lenguas aristocráticas ahogándose con su veneno.

En casa, besó profusamente a su hija en la mejilla, se desnudó frente a su esposo y le hizo el amor hasta que los huesos y la carne rechinaron de cansancio.

No quedaba nada.

Ya todo estaba dicho.

Los caballos trotan feroces en las calles de la miseria, Alice, parada en el medio, espera que los cascos de las bestias la inviten a partir.

Y lo hizo.

Los animales llegaron relinchando en medio de la neblina como demonios venidos de las profundidades del infierno, eran una aparición terrorífica, cuatro cabezas oscuras de ojos ópalo azotadas por el cochero de la muerte. La imagen de una pequeña mujer se enmaraña con los cascos y se funde con la negrura animal, el paso poderoso de la muerte la deja cubierta de barro pestilente en medio de una calle brumosa de Londres.


— No permitieron sepultarla en tierra sagrada.

Isabella, sentada a los pies de la cama matrimonial, evocaba en su mente el pequeño ataúd donde su mejor amiga yacía, le ardía el pecho, el dolor la tenía adormecida desde que supo la triste noticia.

— Eso lo sabías, amor mío.

Edward está desesperado ante el dolor de su esposa, temió por ella cuando la noticia de la muerte de lady Whitlock se alzó por la ciudad, la escuchó gritar y después nada. Se dio cuenta que lo único que podía hacer era estar a su lado, acompañándola en el duelo por la única amiga que había tenido en su vida. Alice no había sido tan solo su leal ama de llaves, ella fue su hermana del alma, ella fue su familia.

Por poco va a la casa de Lord Jasper y le rompe la cara, lo detuvo el hecho de que Eleazar Merchant ya lo había hecho y que el esposo de la muerta no movió un músculo para que aquello no pasara.

— Debimos salvarla, Edward, debí hacerlo —el llanto contenido por días se agolpó en su pecho y el rostro se desfiguró ante el dolor, Isabella cubrió su cara y giró su cuerpo para que su esposo no la viera, la carcomía la culpa, la vergüenza, el no ser aquella mujer dura que podía contra todo.

El esposo se abalanza y la cubre de besos, la ama hasta la locura, no puede verla así, está embarazada y lo que más desea es darle, a ella y a su familia, tranquilidad, el proceso de ser el esposo va calando en él muy fuerte, y siente frustrado al ver que se trunca por la tragedia.

— Nadie podía, bruja mía, ni siquiera tú, mi amor.

— No hice nada, no hice nada.

— La amaste, Isabella, Alice lo sabía, pero era demasiado para ella —un sollozo profundo estalla en el pecho de la esposa, lo abraza con fuerza, puede hacerlo, puede ser vulnerable frente a él, puede suspirar repleta de amor y de femineidad, puede sentirse hermosa con la maternidad, puede celebrar sus senos que ya crecen, puede sentirse delicada, puede ser vulnerable, él lo permite, permite la ternura sin que esto la haga tonta, y permite sus lágrimas que no la hacen débil —¿no crees que me duele lo que le paso a tú amiga? Es una tragedia, mi amor, pero como todo lo trágico, es algo que no se puede evitar.

— Debí arrastrarla de esa maldita casa, debí prever cómo iba a ser todo para ella ¡debí salvarla, Edward! —ahogada en llanto, madam Swan se agarraba de cada una de las posibilidades que su mente tejía, y así la culpa se embebía en sí misma.

— No —Edward desprende las manos de su esposa que se aferran a las solapas de la chaqueta, besa con fervor las muñecas y se sienta a un lado, Bella rehúye los gesto que intentan consolarla— fue su decisión, Isabella, de nadie más y si alguien es culpable es Jasper, él debió cuidarla, todos los gritos mudos de Alice iban dirigidos hacia él, no hacia ti, y no quiso, no pudo escucharlos porque es un hombre muerto.

— Yo…

— Shiii —Edward cubre con sus dedos la boca de su mujer— ella no era como tú, bruja mía, él no es como yo, nosotros somos sobrevivientes, ser un par de desvergonzados nos ha salvado de este mundo, pero ellos… no, todavía están atados al viejo sistema ¿no te das cuenta? La vida de tu amiga no le pertenecía a ella, le pertenecía a un mundo en el que tú y yo no creemos —un fuerte abrazo la cubre— su muerte no tiene que ver con la falta de amor, tiene que ver con esa convicción atávica con la que creció: el nacimiento te otorga el lugar que ocupas en el mundo. Ella no pudo con eso, nunca supo ser más que la hija de un vicario y, aunque lo intentó… se castigó por eso y con la muerte pagó su osadía.

— Mi hijo nacerá libre de todo prejuicio, Edward, tú y yo nos encargaremos de eso y no quiero que… —limpia sus lágrimas con furia— no quiero que la hija de Alice tenga que cargar con la cruz de todo, que sienta que hereda ese destino aciago.

Isabella se levanta de la cama, Edward la conoce, sabe que un pensamiento repleto de voluntad ha germinado en ella.

— Y así será pero, por favor, no has comido ni dormido bien. Tienes que cuidar de nuestro hijo.

— Si, si pero ahora no, no —va hacia el armario que guarda su ropa y saca de allí su capa de piel.

— ¿Qué vas a hacer?

— Voy a cumplir el último deseo de Alice, voy por su hija —Isabella se para frente a su esposo con una actitud segura.

La iluminación de la sala hace parecer que Edward la dobla en estatura, sus ojos salvajes, más que desafiante, la miran con comprensión. Sabe que no puede detenerla y no quiere, su principal deseo es que Isabella sienta que él la acompaña donde sea y cuando sea, que por ella iría hasta el fin del mundo pisando brasas ardientes.

La mansión Whitlock está a oscuras, una de las pocas sirvientas que quedan en la casa les abre la puerta, la piel de su rostro es macilenta y su gesto —seco y adusto— refleja lo que allí ocurre. Las cortinas ocultan la luz de la calle, la atmósfera lúgubre se acentúa con la luz amarillenta de tres pequeñas lámparas encendidas. Isabella ahoga el llanto, más que nunca la casa parece ese enorme laberinto donde su amiga Alice se perdió y ruega a Dios que su fantasma no vague en aquel espantoso limbo.

— ¿Milord? —pregunta Edward.

La mujer no contesta, solo se queda allí parada con la cabeza baja, esperando que los señores le den órdenes, tiene miedo, lord Whitlock no sale de su habitación, solo grita por alcohol y rechaza la comida.

Isabella da dos pasos hacia la escalera, el esposo se adelanta a ella otro paso más y toma su mano enredando sus dedos en ella —son las declaraciones de incondicionalidad matrimonial, de complicidad de amantes y de almas gemelas— y se encaminan hasta la estancia de Jasper. Logran que abra la puerta, para ninguno de los dos fue inesperado verlo con una botella de whisky en su mano y con las señas evidente de no haber comido ni haberse bañado.

El viudo no presta atención a la visita, sus ojos azul vidrio están atentos a la puerta que quedó entre abierta, se demora en parpadear, su actitud es de espera, en su locura tiene como única esperanza que el fantasma de Alice llegue y se lo lleve para siempre. El ruido que hace Edward cuando recoge una copa y dos botellas vacías lo traen a la realidad, ve a su amigo con su esposa y con un rictus de amargura en su boca y sus ojos, demuestra su decepción.

— ¡Largo! Si no vienes a matarme, Edward Cullen, no te quiero aquí —va hacia Isabella, en su afiebrada locura, le parece que con la capa y la capucha, es un ángel de la muerte— ¡hazlo tú, madam! ¡Agarra una pistola y mátame! sé que puedes… sé qué quieres.

— Vivir es tu desgracia, Jasper —la contestación de Isabella es seca y cortante— eres demasiado cobarde hasta para morir, Milord y no voy a decirte nada más —mira a su alrededor— ya tienes demasiado con ella en tu cabeza.

— ¡Compasión, milady! —el hombre avanza dando tumbos como un borrego ciego y cae al suelo, levanta su rostro y algo de saliva corre por las comisuras de sus labios— estoy esperando que ella venga por mí.

Edward mira a su amigo, siente pena, ambos corrieron juntos por la vida desde que eran niños, todos aquellos que los conocieron coincidían en un futuro desastroso para Cullen y en la vida feliz para Whitlock. Nada más alejado de lo que ocurría: él se ha salvado, su esposa con ocho semanas de embarazo lo ha redimido del futuro adverso que todos auguraban para él y todo es una ironía; el paria, la vergüenza de una sociedad que se ufanó de su moral y sus costumbres, el rostro real de una clase social en decadencia, estaba de pie, sobrio, orgulloso de su mujer y del hijo que venía. Jasper, el príncipe, símbolo del rancio sistema, estaba derrotado.

— ¡Vamos, amigo, arriba! ¡Ponte de pie!

Le ofrece el brazo, pero Jasper lo rechaza.

— ¡No quiero nada! nada me importa.

Isabella ha desaparecido de la habitación, Edward intenta de nuevo ayudar a Jasper, pero todo es en vano, solo media el silencio, de alguna manera la amistad ha terminado allí. El hombre de ojos verdes, truhan, depravado y anarquista tiene una familia por la cual luchar.

Jasper alarga la botella de whisky y la ofrece a Edward.

— Un último trago, Milord.

— Ahora no, Jasper.

— ¿Algunas vez?

— Quizás.

Isabella entra con la pequeña niña que duerme dulcemente en su regazo, lady Swan recorre con la punta de sus dedos la mejilla caliente de la chiquilla, hace un juramento silencioso, jura que sino salvó a la madre la salvará a ella, se lo debe a su mejor y única amiga, le dará todo y más, espantará los fantasmas de la soledad y de la orfandad, comprende que desde el mismo momento en que ella nació, Alice ya se la había dado para ser protegida. El hombre ebrio levanta su rostro, ve a la hija dormida que se pierde entre los ropaje de Isabella, comienza a lloriquear, no puede evitarlo.

— ¿Me permite despedirme de mi hija, Milady?

Sí, allí, vientos ineludibles llaman desde muy lejos, adioses que se pierden en el vacío, vidas desechas por el miedo, por las ruedas de un coche y por las cuchillas filosas de una sociedad en decadencia, es el padre de la niña pero no logra ver más allá del asesino de Alice. Quiere castigarlo, negarle ese suspiro de humanidad, cruza la mirada con el esposo y desiste porque descubre en sus ojos la ternura del lobo líder de manada, sabe que tiene un corazón de oro, que es un hombre de perdones y de protección. Suspira, entrega a la niña y sale de la habitación. A los dos minutos Edward sale con la pequeña, el padre le ha dado un beso en la frente y ha dejado en ella el olor a licor y a tabaco, es irónico y trágico, ha sido su primer y último beso.

En el carruaje la niña aprieta el corpiño de Isabella, recuerda su niñez, recuerda a su madre Renée lejana que la dejó a cargo de nanas y sirvientas, recuerda que jamás le cantó una canción.

— Voy a cantarte canciones muy hermosas cariño ¿la amaremos como si fuese nuestra no es así, Edward?

Un guiño coqueto y tierno fue la contestación.

— Ya es nuestra mi amor, me encanta tener niñas en casa, soy bueno con las damas, todas me aman.

— Sí, amarte es inevitable, bastardo.

Era maravilloso, de la terrible tragedia de la muerte de Alice podría salir algo bueno, al darle su voto de confianza, la madre muerta reivindicó a la mujer que siempre existió oculta bajo la «princesa encantada» y Bella adquiría la confianza para ser la matrona de una gran familia, como de niña soñó. Su esposo frente a ella, vestido de negro, con una risa fresca dulcificando la amargura de la perdida, sobrepasando la propia al saber que perdía a su casi hermano y el ser testigo de primera mano de cómo esa sociedad a la que perteneció su padre y a la que él tontamente soñó por ser aceptado finalmente lo había decepcionado.

— Por supuesto bruja, soy inevitablemente encantador amor mío, lo sabes.

A la semana, tres abogados se presentaban en la casa de Kensington Road, Jasper Whitlock había escriturado toda su fortuna al matrimonio Cullen, dando por sentado que cuando la pequeña cumpliera la mayoría de edad, heredaría. Después de eso, nadie jamás supo nada, el hombre que intentó desafiar su destino desapareció en la neblina de la ciudad sin que nadie lo extrañara.

Isabella en silencio recibió aquella fortuna, hubiera dado todo porque su amiga Alice estuviese allí, sentada junto a ella, bebiendo el vino tinto que ambas acostumbraban después de cenar y estar charlando de todo como dos mujeres libres.

Edward, poco a poco se fue alejando de la sociedad, la desaparición de Alice lo dejó como única víctima del odio clasista que, en vez de aminorar por lo ocurrido, se acrecentó y se dirigió hacia él sin compasión, día a día se escuchaba en los salones las burlas y en los pasquines, que fluían por toda la ciudad, crueles caricaturas hacían mofa del esposo de la mujer más rica del país representándolo como un holgazán que vivía a las expensas del dinero y del trabajo de su mujer.

El hermoso y bonachón marido vivía su propia guerra, la situación lo agobiaba, se oscurecía cada vez más al ver a su esposa trabajar sentada en la enorme oficina manejando dos fortunas, se odiaba por no ser capaz de ayudarla, de no poder reducir al mínimo las responsabilidades que ella con su pequeña panza llevaba sobre sus hombros. No tenía paciencia para aquello y descargaba su furia pateando los sillones de la estancia, no lograba entender a los hombres del banco, el maldito lenguaje bancario le parecía ininteligible. Lo único que hacía bien era firmar los avales, su mujer hacía el trabajo y él firmaba. Triste, pero cierto, el trabajo de una mujer no era reconocido si no llevaba la firma de un hombre.

Edward lo odiaba.

— Mi amor no te preocupes, yo puedo hacerlo sola.

— ¡No! no, no y no —tomaba su cabello y se sentaba con la cara cubierta por sus manos—soy un idiota, tu deberías estar cuidando a nuestros hijos, deberías estar sentada como una reina en un hermoso sillón, yo soy el que debería estar dándole la cara a todos esos idiotas caras de sapos.

Ella le sonreía y se hacía a su lado, besando tiernamente su cabello.

— No digas eso, Edward, no tienes el talento para ser un tonto aburrido y eres demasiado hermoso para ser parte del ejército de ranas que se creen mejores que cualquiera.

Él sonreía, ahuecaba su rostro en el cuello de su mujer y aspiraba su olor.

— Al menos sé que ninguno de ellos puede hacer lo que yo hago majestuosamente, madam.

— ¿Hacerme el amor como un loco?

— Sí, y amarte de igual manera.

— Entonces ¿Por qué tanta rabia, bastardo? Yo diría que esos dos grandes talentos son maravillosos, además en unos meses veré otro de tus dones hecho realidad, hacer hermosos hijos —ella le coquetea con picardía, se cuida que cada palabra no lo ofenda, hace dos semanas una terrible caricatura salió en los periódicos donde lo llamaban el semental comprado por Charlie Swan Kaine para su hija, era algo vulgar y lo había humillado con la clara intención de ofenderlo, presentía que tras de aquella campaña estaba el odio inclemente de Alistair Sinclair.

— Mis hijos, milady, no me respetaran jamás.

Y de esa manera él daba por terminada aquella terrible una conversación que cada vez se repetían más.

Esa noche era muy tarde cuando llegó, ella esperó verlo ebrio y oliendo a tabaco, pero no, fue peor, apareció lleno de moretones y lastimado, tratando estoicamente caminar erguido a pesar del evidente dolor que reflejaba su rostro.

— ¡Dios, Edward! —corrió hacia él tratando de sostenerlo, pero él con amabilidad la apartó de él.

—Estoy bien bruja mía, estoy bien —con sus manos lastimadas sacó un fajo de billetes y se los mostró a su mujer— mira Milady, es para lo único bueno que soy, soy bueno para pelear, traje dinero a mi casa, traje dinero a mi hogar para mi mujer y mis niños.

Isabella ahogó el llanto —él le rompía el corazón, de alguna manera el rostro trágico de su mejor amiga estaba también allí, ambos estaban irremediablemente condenados por quienes no los conocían— y con devoción, se dio a la tarea de sanarlo: lo metió en la gran tina, lo bañó en silencio, le curó las heridas y le dio de comer. Esa noche Edward, quiso ir a la habitación de al lado para dormir, no deseaba importunar a su esposa y solo quería descansar. Ella aceptó resignada aunque sabía que sin él a su lado, no podría dormir ¿cómo salvarse de lo que poco a poco parecía irremediable?

Por una hora lo intentó, pero no pudo, salió de la cama y con su lámpara de mano, salió por el pasillo y se fue al cuarto de su marido. Abrió la puerta del cuarto, lo vio removerse en la cama.

— ¿Tú tampoco puedes dormir, amor mío?

La profunda voz irrumpió en la oscuridad, era una voz cargada de emoción que le decía cuanto la amaba y cuan pequeño se sentía ante la fortuna, el apellido, la fuerza y el poder de su bruja.

— Tú sabes que sin ti no soy capaz.

Isabella coloca la lamparilla sobre la cómoda que está al lado de la cama, tiene puesta su bata de dormir —está desnuda bajo ella— su cabello largo está suelto, tiene pocos meses de embarazo y ya se nota en su vientre y en sus pechos. Se recuesta al lado de su marido y lo abraza con ternura, por la espalda.

— Odio que estés así, cariño ¡lo odio! mi adorado esposo no puede sufrir así, tú no naciste para esto.

— ¿Para qué nací, Bella? No puedo encontrarme.

— Naciste para ser mío Edward ¿no estás orgulloso de eso?

Él da la vuelta tratando de que el dolor de sus costillas lastimadas no se muestre en su rostro.

— Es lo único por lo que estoy orgulloso, Isabella, pero el mundo se encarga de hacerme sentir como si no lo mereciera.

— ¿Y qué importa el mundo?

— Me importa a mí ¡me importa a mí! —una de sus manos recorre la piel del cuello de su mujer y tiernamente desanuda la bata de dormir, besa con dulzura el pezón y luego llena su boca con él, Isabella gime de placer, pero a la vez aquel gemido está teñido con tristeza, enreda sus dedos en su cabello mientras que él, goloso, se deleita— aquí mi amor, tú y yo —levanta su rostro y observa a su mujer que con los labios entre abiertos y las mejillas sonrosadas le dice que solo su boca, sus manos y su cuerpo le pertenecen, es su orgullo, ella lo valida todo el tiempo, tiene el corazón de la bruja indomable solo para él— solos, en esta casa o Forksville somos uno, soy un maldito pavo real ante tus ojos, y eso me gusta, eres mi casa y mi patria, bruja, pero afuera no soy nada y no deseo eso, quiero que se diga que te merezco, quiero que cuando pasees por la calle digan ¡allá va la esposa de lord Cullen! ¡Eso es lo que quiero! ¿No te das cuenta, Isabella, al burlarse de mí se burlan de ti? ¡Eso es asqueroso mi amor! ¡Repugnante!

— No puede decir semejante cosa, Edward, siempre te burlaste de esas personas ¿por qué ahora te importa cómo piensen?

— Porque no son ellos, es todo mi amor, la aristocracia de esta ciudad me importa un bledo, pero el hijo de Carlisle Cullen, el hombre que él quiso que yo fuera se siente asqueado y mortificado.

— Cariño —besa su ojo amoratado con devoción— es hora de que nos vayamos de esta ciudad amor mío, esto te está matando y me está matando a mí, no quiero que termines como Alice, Edward.

El dolor de la pérdida de su amiga estaba reciente y cada suspiro, silencio y rabia de su esposo la acercaba a la tragedia muda de su amiga. En la oscuridad, los ojos verdes de Edward centellean, a pesar del dolor, toma la cara de Isabella y la besa apasionadamente, toma su boca y con su lengua voraz que golpea su paladar le dice que bebe de ella, arranca su bata y la deja desnuda, baja hasta su vientre besándola y acariciando el futuro de los dos. Pero ella necesita más y él, al igual que ella, está desesperado y va hasta su sexo con dulzura envuelta en experiencia, con pasión y una necesidad que linda entre lo animal y lo agónico, y la hace gritar de placer cuando penetra con su lengua el panal aceitoso de su coño húmedo. Y sus heridas no son las que duelen, a Edward le duele más verla sufrir; ella, que ha trasmutado con un enorme demonio equino llamado Thunder, sufre y él muere de dolor. Su bruja no debe sufrir, menos por él… siente que no se lo merece. Se coloca entre sus piernas con cuidado para que su peso no la moleste; bajo su cuerpo, su mujer es una diosa de piel de agua, húmeda y fresca, cabello que ondea como ola en una noche de mar, bruja, tormenta, puta, madre, esposa y hembra, Isabella… Bella, bellísima dama de cabalgatas en caballos truenos, la cazadora, la mujer del futuro, la de pantalones de hombre y de orgasmos poderosos, la que no tiene miedo y la mujer que lo ama ¿Cuándo él tendrá la estatura de su carácter?

— ¡Jamás mi amor! no digas eso, yo moriré a tu lado de noventa años, peleando contigo, riéndome contigo, bailando contigo, suspirando como adolescente, no soy Alice, y no soy víctima de nadie, quiero que entiendas una cosa Bella, estoy en busca de ese hombre que late en mi interior, quiero el honor, quiero trascender mi vida de juerguista, de tahúr y de cínico amor mío.

— Te amo tanto y no tengo la fuerza de perderte, no puedes hacerme esto, dejarme sola, llena de todo lo que quiero darte, quiero que seamos tú y yo.

— Somos tú y yo bruja, tú, yo, y nuestros hijos, tu y yo y las generaciones de nuestra sangre, tu y yo juntos en la tierra, sepultados juntos, con lapidas que digan que fuimos más que esposos, más que amantes, y mucho más que padres, Isabella y Edward Cullen padres de una familia que sea una nación completa ¿acaso no podemos soñar con eso? ¿Puedo ser más que el vanidoso, arrogante y sinvergüenza Edward Cullen?

— Pero es a ese al que amo —ella limpia sus lágrimas.

Edward responde con su hermoso gesto chispeante.

— Y siempre me tendrás bruja —levanta sus cejas y recorre el cuerpo de su esposa de manera sinvergüenza— en nuestra habitación seré el bastardo, en nuestra casa seré el que te persigue como un desenfrenado baboso, cuando tú y yo estemos frente a todos serás la señora Cullen y sonreirás, todos se preguntaran ¿Por qué ríe tanto, madam? Será nuestro secreto mi amor, nadie sabrá que bajo el mantel y bajo tu ropa yo tengo mis dedos enterrados dentro de ti, serás Mona Lisa bruja mía guardando el misterio del porque sonríes.

— ¿Me lo prometes?

— Te lo juro.

El hijo no nacido media entre los dos, Isabella toma la mano de su esposo, tiene los nudillos lastimados, lo invita a que acaricie su vientre, él sonríe, esa sonrisa es un puñal para Bella, el hijo es para él una alegría, pero de alguna manera retorcida es también la carta blanca que lo avergüenza, piensa en los ojos de aquel niño viendo a un padre que quizás no respetará jamás.

— No quiero que este niño, ni Annie — así se llama la hija de Alice— crezcan en esta ciudad Edward.

Ambos lo saben, Londres está viciado y sus hijos serán las victimas de todos.

— Lo sé, yo tampoco lo deseo.

— ¿Entonces? Yo no quiero sacrificarlos mientras tú les demuestras cuanto vales mi amor, no vale la pena, nunca Edward, te respetarán —es una verdad indudable— no lo harán, nada les importara.

— ¿Crees que no lograré que me respeten?

— Te odian, nos odian a ambos ¿Qué no lo ves? Mira a mi padre, no me dirige la palabra, solo me manda escuetas esquelas sobre los movimientos de su fortuna, y él es mi familia ¿si mi padre nos odia, qué podemos esperar de los demás? Puedes ganar guerras, puedes ser el mejor hombre del mundo y mantendrán su odio, tú eres la incertidumbre en esta ciudad mi amor y ellos la odian.

— ¿Quieres que huya? Si me rindo les daré la razón.

— No es huir, es aceptar que aquí no están tus batallas mi amor, no donde tu precioso rostro debe sufrir —acaricia temiendo lastimar más la pequeña herida que surca su ceja derecha— esperemos que nazca nuestro hijo y podremos irnos.

— ¿A Forksville?

— A cualquier parte.

Isabella le brinda un reto tras los ojos marrones, él es hombre de retos y aventuras, es su única salida si lo quiere salvar, proporcionarle una emoción que Edward no sea capaz de rehuir.

— ¿América?

— Quizás —muerde sus labios, emocionada— es otro mundo, un aire nuevo, pertenecemos a otro lugar, allí serás mi amo y señor, allí todos dirán ¡qué suerte tiene esa mujer! ¡Miren quien es su esposo!

Por primera vez en aquella noche y en las últimas semanas él se ríe, ríe con su risa de hombre fascinante y expresivo. Le hechiza ser seducido y excitado.

— Me gusta bruja, me gusta y mucho —él parpadea— pero… ¿Y tú padre? ¿Y el dinero? ¿La fortuna de nuestra Annie? No podemos hacer eso.

— Por el dinero de Annie no te preocupes, tu fulges como albacea cariño, podemos trasladarla a otros bancos, y por Charles Swan… —desesperada por salvar a su esposo haría cualquier cosa, quizás convencer a su padre que le diera parte del dinero que a ella le pertenecía, la posibilidad era aterradora, pues lord Swan terriblemente egoísta e infantil no daría su brazo a torcer, él aún guardaba la esperanza de quedarse con el nieto y de apartar del camino al tunante esposo de su hija— le diré que me dé parte de mi herencia.

— No lo hará, no te dejará ir.

— Él no me importa, ¿es importante mi fortuna, Edward? Soy buena con los negocios, podemos empezar de cero ¿es importante?

Es un momento único entre los dos, lo que lo atrajo de ella fue su dinero, y precisamente sea ahora, lo que los aparte.

— Me importa una mierda, Isabella, podríamos ser más pobres que Juan el Bautista y contigo sería muy feliz.

— Pero no seremos pobres, Forksville me pertenece, es de mi madre y estoy segura que a ella no le importara si la vendo, mientras que nada la obligue a volver, yo podré disponer de ella, Renée no la necesita, tengo joyas y algo guardado.

Edward suelta una carcajada.

— Eres una brujilla tramposa, Bella Cullen, además yo pienso trabajar, cualquier cosa, quiero aprender, estoy seguro que Rosalie y Emmett se nos unirán, puedo vender la vieja casa en Bravante Street, está derruida, pero no importa, además el esposo de mi hermana sueña con irse también.

— ¿Entonces?

— ¡Sí! ¡Demonios! ¡Larguémonos de Inglaterra! ¡Que se pudran!

— ¡Que se pudran! —ella ratifica— nos largaremos de aquí y no volveremos mi amor —anuda las piernas en la cintura de su esposo, él está herido y agotado, pero no busca que le haga el amor, solo quiere abrazarlo y decirle que él es lo más importante y que solo por él buscará otra vida en otras tierras, no le importa, no tiene miedo ¿no fue ella que contando con diecisiete años tomó las riendas de su vida yendo contra todo el mundo? ¿No fue ella que una noche sin decirle a nadie solo a Eleazar, vestida con un oscuro traje emprendió un viaje hacia un país que no conocía para enfrentarse al padre que le era un extraño? ¿No fue ella quien en silencio aumento su fortuna? ¿No era ella la dueña de Thunder? ¿La cazadora capaz de atrapar el corazón de Edward Cullen? No tener miedo era parte de su temperamento, además ahora no estaba sola, tenía familia.

— Muy lejos bruja, donde nadie nos encuentre, seré un hombre honesto ¿no es aterrador?

Y vuelve a besarla con desenfrenado gozo.

— Estás mal herido, cariño.

— ¿Y cuándo eso me ha detenido?


Londres vivía de los escándalos, algo ocurría en la lluviosa ciudad que atraía la oscuridad, la perversión, el crimen y la muerte. Desde 1886 los escándalos no dejaban de suceder: los asesinatos en White Chapell, los escándalos de la calle Cleveland 19, las discusiones que Charles Darwin generó con su apóstata argumento de que el hombre no descendiente de Dios, la lujuria de los escritores y sus amantes, del chulo dramaturgo irlandés y su amor expuesto por los hombres, el nieto de la reina amando a las putas y otras delicadezas como una dama casada con un tahúr, un lord casado con una sirvienta, su cuerpo destrozado por los caballos en una sucia calle y un esposo desaparecido para siempre.

Algo latente y profundo parecía sublevarse por las calles y las alcantarillas… algo necesitaba explotar y antes de que ello ocurriera, toda lo podrido debía salir como un pus infecto antes de ser saneado. El peso de la noche cae, la impunidad está al límite, secretos saldrán a la luz y muchos se convertirán en la otra cara de la moneda, la vida se traslada —imperceptible— de los aristocráticos salones de las mansiones a los lujosos hoteles, la riqueza ya no proviene de la tierra y la aristocracia, incapaz de ir con los tiempos, da estertores dramáticos en sus intentos de recuperar los privilegios. La reina estaba asqueada al ver como lo que ella representaba se iba a pique, sobre todo porque uno de sus parlamentarios estaba a punto de desatar otro escándalo que evidenciaba la crisis moral y política que vivía la nobleza.

Insistentemente se rumoreaba que Alistair Sinclair, un asiduo visitante de todos los burdeles de la ciudad, tenía prohibido la entrada donde Esmerald Plant porque, con látigo en mano, intentó golpear a una de sus chicas. Las teorías de porqué una madama como ella prohibía algo a un lord como él abundaban y hacían que el chisme nunca muriera: que la mujer le conoce secretos sobre chicas muertas en su cama, que milord amenazó con derrumbar su casa y arruinarla pero que luego se arrepintió cuando un miembro de la familia real lo visitó. Sinclair estaba en boca de todos y no le importaba, lo que realmente odia es que una puta con aires de gran dama se atrevió a decirle que no.

Putas malditas… ¿cómo se atreven a negarse?

Aquel pensamiento iba revestido de la oscura y delirante obsesión que sentía por la que creía la peor de todas: lady Isabella Swan.

Sin embargo a oídos de la monarca llegó el rumor y para frenarlo llamó a lord Sinclair a una audiencia especial, y junto con el Primer Ministro se le recomendó que por un tiempo se alejara de la vida política, Alistair entendió que debía renunciar, que había caído en desgracia a los ojos de su reina y su único camino era abandonar el parlamento. Fue entonces que el odio reconcentrado que sentía por todo y por todos se dirigió con más ahínco hacia aquellos que él creía eran los responsables de su debacle, su primer triunfo fue la muerte de Alice, sentado en su oficina brindó por la muerte de la sirvienta que tuvo la desfachatez de querer ser parte de la sociedad. Sin querer, lady Whitlock fue el arma con que le dio un golpe bajo a Isabella Swan ¡cómo lo disfruto! esa noche, una mujerzuela atada en su cama, sufrió el gozo del triunfo sobre la Princesa Encantada.

Una tarde de domingo, en el castillo de conde Aro Volturi, en la inauguración de la temporada de caza, alguien dijo que faltaba Edward Cullen para hacer de aquel evento algo majestuoso.

«— Se extraña, siempre hacía de esto algo para recordar, es maravilloso ver un hombre que hace del vicio de beber un arte y de la inmoralidad algo delicioso»

«— Su esposa el año pasado compró mi mejor yegua; era, según me dijo, un regalo de boda»

«— Una yegua para el semental, o mejor dicho: un semental para la yegua, según dicen, y parece que sí ha cumplido su misión: lady Swan espera su primer hijo. El viejo Swan debe estar fascinado con que la inversión haya dado frutos»

Alistair sintió aquello como si dos grandes cuchillos los destajaran de palmo a palmo.

«— No es tan buen negocio, según lo que he escuchado, pues parece que el viejo deseaba era que su hija tuviera la sangre Cullen, pero no que el matrimonio continuase… el viejo no previno que el sinvergüenza se enamorara de su mujer»

«— ¡Ja! ¿Y quién lo hacía? Cuando lady Isabella se la pasó engañándonos a todos con su vestimenta de solterona recatada y sosa, si hubiese dejado ver todo lo que guardaba bajo aquella ropa ¡lástima! El tunante de Cullen es el único que ha visto semejantes delicias, definitivamente la suerte está de su lado, cuánto daríamos todos por semejante potranca»

¡Él! Alistair Sinclair la había visto, desnuda, totalmente y toda Francia, todos los hombres que fueron sus presas.

¡Maldita sea! ¡Y estaba preñada! ¡Y era un hijo del amor! no de la apuesta para humillarla.

Rumia su furia, sus entrañas eran hierro líquido que lo queman, todavía soñaba con ella desnuda y burlándose, la Isabella joven siempre se presentó en sus pesadillas con su descaro y sus carcajadas de hiena. La culpa de todo lo malo que le pasa, está seguro que ella detonó —con su rechazo— la maldad latente que en él existía. Está convencido que desde el principio la obsesión por ella lo cegó y convirtió su vida en un infierno cuando no pudo con el odio, los celos y la vanidad lastimada.

Y dio el paso,

y apretó el gatillo,

y Alistair Sinclair pudrió su alma.

A pesar de los años, aún podía escuchar el sonido del cráneo del chico reventándose por una bala.

Esa misma noche se excusó de la fiesta en la casa del conde y volvió a la ciudad, tomó un barco hacia Francia y a los días —frente a los hermosos cuadros de una Isabella Swan desnuda— se regodeaba de su venganza. No deseaba terminar el deseo, deseaba un triunfo sobre ella.

«— Mi triunfo será dulce, muy dulce… ¡por fin, princesa!... quizás tenga compasión, quizás te deje conservar el hijo… quizás, no.»

Un rumor cruzó la ciudad…

Un carruaje se estacionó frente a la casa en Kensington, Jessica Stanley baja y apresuradamente entra a la mansión. Susy abrió la puerta de la casa, Jessica sin esperar a que avisaran penetra protegida por la capa, siente que es su responsabilidad advertirle a Isabella sobre el escándalo que estaba pronto a estallar en la ciudad.

— ¿Madam Isabella?

La pequeña sirvienta se aparta, la aristócrata no repara en ella, camina hacia los interiores de la casa que ella conoce muy bien.

— ¿Milady? —pregunta Susy.

— ¿Dónde está tu ama?

Isabella está junto a su esposo en la biblioteca, escucha la risotada de Edward acompañado por un estruendo, es su mujer quien le lanza un libro porque él se ríe de ella y cuenta historia picantes que hasta para Isabella son demasiado, se supone que están planeando cada uno de los pasos a seguir para poder emprender el viaje de no retorno.

— ¡Eres incorregible, Edward!

— ¡Eres encantador! querrás decir cariño.

Otro estruendo, pero este no tiene que ver con libros tirados a la cabeza del esposo, no, este tiene que ver con un esposo tras el criminal vestido de cientos de capas de su mujer que no le permite hacer el trabajo que solo él sabe hacer muy bien.

Jessica no le importa los buenos modales, irrumpe sin esperar ser avisada.

Encuentra a los señores enredados en el sofá, besándose como dos amantes, lady Stanley observa a la pareja, parpadea fascinada ante aquella imagen de un matrimonio real, intimo, algo inusitado para ella. Aun casada con Félix —es un gran amante, pero teme ser intimo con ella de manera abierta— no logra tener una relación real con éste, Isabella ¿qué es lo que yo no sé y ella sí? se pregunta ¿qué me he perdido?

— ¿Madam? —Edward se levanta del sofá, arregla con premura su sacoleva y cubre con su cuerpo a su esposa. Los ojos del hombre son agresivos e inquisidores.

La intrusa abre la boca el hombre que ve frente a ella se ha transformado, es ahora más adulto, más severo y ya no parece el truhan capaz de levantar las faldas de las mujeres con un guiño, ni bajar sus calzones a punto de sonrisas, bueno, si puede, pero parece que ya no le interesa aun así sigue siendo el gran tesoro del reino.

— Disculpen mi irrupción.

Isabella se levanta ayudada por la mano de su esposo, pocas semanas y el embarazo avanza a pasos agigantados, entre risas su esposo le dijo que presentía que el hijo sería algo así como un centauro y que quizás era la culpa de ella, la sangre de Thunder se había transmutado en ella.

— ¿Qué haces aquí, Jessica?

La mujer da un paso adelante, de su capa saca el periódico de aquel día, temblorosa, abre la página central de éste y en la página central el titular que revoluciona esa mañana con un sol pálido en Londres.

Los secretos encantos de una dama….

Edward arranca el papel de la mano de la mujer, Isabella detrás de él lee al mismo ritmo desaforado de su esposo quien crispa de furia mientras la lectura avanza, en el artículo habla sobre las pinturas en exposición que existen en Chelsea Street en una pequeña, pero moderna galería de arte, el crítico señala que los cuadros logran su cometido de embelesar al espectador con el insultante espectáculo de una hermosa mujer completamente desnuda, el escándalo no es solo el cuerpo en posiciones seductoras sino que la modelo en cuestión es nada más ni nada menos que la gran dama «últimamente caída en desgracia» Isabella Swan.

Bella mira a su esposo. Edward ruje de furia, no solo porque presiente la marea terrible de horror que se les viene encima sino porque no puede soportar que su esposa sea puesta en ridículo, no solo por las pinturas sino porque el artículo la insulta como mujer, como madre y como esposa, rematando con broche de oro la nota con la frase:

«… la dama en cuestión, está casada con un hombre inútil, cuyo único valor es su hermosura, un abolengo que él mismo se encargó en destruir y en que según las malas lenguas su talento solo está al servicio de las damas, somos testigos de cómo nuestra sociedad tiene que sufrir con semejante vergüenza y que lord Cullen se pavonee por la ciudad ostentando el dinero que no es capaz de ganarse con sus propias manos. Pero lo más escabroso es que la dama en cuestión tiene un pasado oscuro que no conocíamos y que ahora se muestra en esas pinturas licenciosas de su cuerpo impúdicamente desnudo. Londres se revoluciona ante la vulgaridad de la que somos testigos.»

Isabella no se desmaya, no hace ningún sonido de dama en desgracia, solo ve frente a ella como su pasado de coquete y puta elegante vuelve en el momento en que pensó que aquella deuda ya estaba saldada.

Edward rompe el periódico en mil pedazos dando pasos enormes por toda la estancia.

— Lo siento, mi amor —está paralizada, y baja la cabeza llena de vergüenza.

— ¡No!—Edward toma sus manos y las besa apasionadamente— no es tu culpa, no lo es.

Madam Stanley de nuevo es testigo de aquel acto de amor íntimo, no tiene duda, frente a sus ojos ve algo exótico que solo ha leído en libros: Amor, pasión y fervor.

— Escuché el rumor en casa de lady Catherine, todos susurraban, si hasta Ángela Weber parecía sofocada más de lo usual, todos eran víboras en aquel lugar, Isabella, pero fue esta mañana cuando Félix me mostró el artículo que supe que era verdad.

— Gracias, querida, no debió ser fácil decidir venir a casa a ponerme sobre aviso.

— No me importó nada Bella —la mujer comenzó a sollozar— ya tengo demasiada culpa con la muerte de lady Whitlock, no debíamos haberle dado ese trato ¡todos la matamos!

Los ojos marrones de Isabella chispearon de furia.

— ¡Claro que la mataron! Ninguno tuvo piedad con ella.

— Lo sé y no sabes cómo me arrepiento

El esposo abraza a su mujer, sabe que en ella no habrá lágrimas, su mirada se topa por un momento con los papeles en el escritorio, su futuro está siendo calcinado y hecho cenizas.

— No deseamos su lástima, madam, mi esposa y yo no somos sus malditas víctimas.

Bella oculta el rostro en su pecho, la humillación no es su cuerpo desnudo a la vista de todos, sino que es Edward siendo tratado como un idiota.

— Vete Jessica, ya has arriesgado demasiado al venir hasta acá.

La dama da dos pasos hacia la puerta.

— Deberían irse de la ciudad, antes que todo se haga peor.

— No voy a irme —la voz ronca de Edward resuena con virilidad— ni Isabella ni yo agachamos la cabeza. Por favor váyase, váyase madam.

Un leve suspiro es exhalado por la antes mejor amiga de Isabella, dos lagrimitas se deslizan por sus mejillas.

— Dicen… dicen que fue lord Sinclair quien trajo los cuadros desde Francia.

Claro que fue él. El odio profundo nunca fue capaz de aceptar que no fuera él quien dijera la última palabra. Isabella lo siente…

¡Dios, no!

Lo sabe. Con sus manos puestas en el pecho de Edward puede sentir como la sangre se le calienta, un paso hacia atrás repleto de ira, ella se aferra a su chaqueta pero no es posible retenerlo, lo escucha gruñir como animal herido, levanta su rostro y se topa con el gesto de tigre que ha visto en él dos veces, una cuando lo vio peleando en la calle hollín, el otro cuando domesticó a Thunder, y por primera vez en su vida, Isabella Swan sabe lo que significa la palabra miedo.

— ¡Voy a matarlo!

No ve, está ciego, no le importa nada, solo quiere acabar con aquel guiñapo que ha insultado a su esposa, a sus hijos, a su padre y a lo único respetable que ha hecho en su vida.

— ¡Por favor, Edward!

No puede tomarlo, no puede retenerlo, él se le va de sus manos, se va como se fue Alice, alimentado por los vientos de su destino.

— No puedes, Isabella, no puedes —tiene una botella de whisky en sus manos, el cabello responde a los instintos de su dueño y está desordenado y anárquico— no puedes evitar que sea un hombre.

— Eso es lo que él quiere, quiere que vayas hasta él ¡quiere provocarte, lo sé! lo he visto, he visto esos hombres ante mí.

— ¿Tus amantes? —pregunta lleno de celos.

— Sabes que sí. Ya hablamos de eso, Edward Cullen —Jessica está como una estatua, al escuchar la confesión de la dueña de la casa, ella, finalmente pone punto final a las sospechas que siempre tuvo de Isabella Swan, aquella fina damita quien trataba de ocultar un temperamento de hierro era en realidad esa mujer que se mostraba en aquella confesión y en las pinturas de una desnudez lasciva y concupiscente— ¡todos ellos se provocaban y estaba dispuesto a matarse por mí!

— No quiero saber más, Bella Swan.

— Todos deseando lo que no tenían y lo que a ti te sobra Edward ¿no te basta?

— Es mucho más, bruja mía, es mucho más ¡ese maldito quiere matarte!

— ¡Y lo hará si tu mueres, Edward! Eso es lo que desea.

— Si no respondo por mi familia ¿Quién soy? —bebe todo de un solo trago— ¿Quién demonios soy?

Tira la botella que se estrella contra la pared, va hasta la puerta, escucha el sollozo de su esposa, eso le conmueve más que nada, la ha escuchado llorar tanto el último mes, su amiga, su mundo, su padre odioso… y ahora él. ¿Cuándo un hombre como él —banal y sin escrúpulos— tuvo que enfrentar la responsabilidad de hacerse cargo de la dignidad de toda una casa? ¡Era hora! Su padre Carlisle Cullen no esperaría menos de él.

Ve a su esposa, embarazada, hermosa, que está a dos metros de él y le parece una mujer extraordinaria, lucha sola contra un mundo donde es considerada el enemigo. Para él, todo es muy simple, por ser hombre se le permitía todo lo que a ella se le negaba, su lascivia le era asentida y hasta ensalzada, pero con Isabella, el juicio público sería categórico ya que se medía con distinta vara. Allí, preñada, su mujer merecía todo: un hogar, unos hijos y amor. Sí, al bastardo Cullen, su mujer le parecía extraordinaria y no iba a permitir jamás que dejara caer sus brazos y viviera pidiendo permiso a todo el por sentir y por ser.

Llevado por la fuerza de su amor por ella, la toma entre sus brazos y mira con la certeza del bien hacer: él necesita ser un hombre y ella debe dejar que lo sea. La besa de nuevo y aplasta sus labios contra su boca, la bebe ansioso, con beso de consumación y promesas, con un beso de hombre hambriento de una vida junto a ella.

Juntan sus frentes.

— No hay día, Isabella, de estos casi dos años contigo que no he estado fascinado, hipnotizado, completamente maravillado por lo que tú eres, no voy a juzgarte, lo hice y fui un hipócrita, te voy a amar siempre, siempre.

Isabella no puede hablar, todas sus palabras mueren en su garganta, quiere decirle ¡Vámonos! ¡Huyamos de esta ciudad inmunda! ¡Deja a Sinclair con su odio! pero no lo hace, solo posa su cabeza en el pecho de su esposo y oculta sus lágrimas.

— Fuiste mi mundo desde el primer día que te vi en aquel museo, desde que te conocí, fuiste todo.

Los dos se quedan en silencio, afuera el grito de un niño que reparte el periódico del día, su voz aguda grita la vergüenza que inunda la ciudad. Edward se aleja, su mujer agarra las solapas de la chaqueta, quiere un poco más… tan solo un poco antes que el mundo se derrumbe sobre sus cabezas. El hombre levanta su rostro altanero, pasa sus manos por el cabello cobrizo, hace su hermosa y fatua transformación de cínico frente a ella y le da a su mujer ese único momento, un dulce consuelo que la hace reír ante su desfachatez.

— Soy tuyo, bruja, hasta la muerte, soy tuyo y voy a ganar, no apuestes en contra.

— Siempre a tu favor, bastardo —contesta entre lágrimas y una risa que contiene adioses.

Tres zancadas y sale por la puerta principal sabiendo que quizás sea la última vez que la cruce. Isabella es una estatua, ha atrapado a su esposo en sus pupilas, lo mantendrá allí para toda la vida, dilata las aletas de su nariz y el perfume propio de la piel de su hombre es respirado para quedarse dentro de ella, repasa sus gestos y palabras, cada movimiento, cada pequeña manía, todo lo que a él lo resume.

Serás mi esposo siempre ¡siempre! No fuiste mi primer hombre, pero eres mi primer y único amor ¡no habrá nadie más!… ¡no existe nadie más!

Ve a Jessica que se esconde tímidamente tras la puerta, dirige su mirada hacia ella, empequeñece sus ojos, concentrando un sentimiento en su mirada: Desprecio. La mujer lo entiende.

— Vete de mi casa Jessica, no eres mi amiga ni eres nada, y dile a tu esposo que mi padre le prestará el dinero que solicitó para la compra de nuevos barcos —hace una mueca— solo que cobraré cinco por ciento de intereses más que el préstamo anterior y tendrá un año de garantía, al término de los cuales, me quedaré con los barcos si no cumple con los plazos.

Lo llevará a la quiebra, no le interesa. Y cuando la mujer abandona la casa, Isabella Swan sola en su biblioteca llora en silencio sin que nadie la vea.


— ¡Sinclair!

El hombre sentado en la mesa del club privado, escucha la voz de su enemigo. Lo ha estado esperando. Sonríe y bebe su drambuie, está de espaldas a la entrada del salón que, a pesar de las luminarias, se ve oscuro. La madera de ébano de las paredes y el cuero de los muebles, absorben la luz, los retratos apostados en la pared —todos pro hombres que por generaciones han sido miembros de este club— aumentan la apariencia de museo, pero todo se rompe con la presencia de mesas distribuidas por toda la sala en que se reúnen pequeños grupos. Huele a cigarrillo y al dulzón olor del licor, hombres fuman, beben su trago y leen el periódico, mientras que otros discuten los acontecimientos del día, el tema favorito de esa mañana es: los deliciosos pechos de lady Swan. Sí, todo muy pulcro y masculino

— Vaya, vaya Milord, pensé que se escondía bajo las faldas de su mujer.

Edward se abalanza hacia el hombre, lo agarra de la chaqueta y lo lanza hacia la pared, asentando un duro golpe contra la mandíbula.

— ¡Perro infeliz!

Sinclair, aturdido, tiene tiempo para soltar una carcajada, mientras trata de esquivar un nuevo golpe, pero no puede, al instante está sangrando mientras los otros hombres del salón solo miran el bochornoso espectáculo. El esposo ofendido arrastra a Sinclair como un trapo por todo el lugar, el ex parlamentario no se defiende, quiere que todos vean como aquel bastardo lo golpea, ha pensado día a día la jugada maestra y Edward Cullen —como todos los hombres de aquella mujer— es predecible en su amor, sabía que vendría por él. Ya lo había visto en Paris, ya había visto como hombres se peleaban hasta morir por Isabella.

Lo levanta arrinconándole en la puerta de salida del club.

— Ella es mi esposa ¡maldito sea!

— Es una puta.

Una patada en los testículos de Alistair fue la respuesta, el dolor lo ciega pero continúa.

— Una ramera no es una esposa, es una puta y las putas son de todos.

La fuerte mano de Edward se cubre de sangre de su enemigo cuando le sostiene con furia la cabeza contra la pared, el rostro de Sinclair se desencaja.

— Nunca le perdonarás el rechazo ¿verdad?

— ¡No tenía derecho! ¡Yo soy Alistair Sinclair! —ambos se quedan mirando, todo el rencor los apuñala— me humilló, hizo de mí una piltrafa. Por rango y riqueza, soy mejor que todos esos miserables que eligió ¿por qué voy a perdonarla?

— Eres el más patético de los pusilánime, milord. Incapaz de aceptar el no de una mujer.

— Me rechazó frente a todos como si fuera un vagabundo, me humilló casándose con un mozo de cuadra.

El hombre respira con dificultad, algo de baba se mezcla con la sangre que fluye de su boca, pero recupera fuerza y se engarza y queda a la altura de los ojos de su enemigo.

— ¡Zopenco! Ten cuidado con lo que dices.

— ¡Ese mocoso idiota! —se acerca al oído de su enemigo y susurra— yo lo seguí hasta donde vivía, le ofrecí dinero, mucho dinero para que se largara y él, con su cara de borrego, me dijo que no, que la amaba, y que no le importaba que su princesa se follara a media Francia, que ella era buena y algún día lo amaría ¿no es ridículo Milord? Fue tan fácil hacerles creer a todos que el mocito se había suicidado.

Edward afloja el agarre del cuerpo magullado del hombre, no puede creer lo que oye, lo ha confesado, y solo él lo ha escuchado, los demás miembros del club, expectantes, se encuentran a metros de ambos, más preocupados de las acciones que de las palabras.

— ¡Dejaste que ella cargara con tu culpa!

— Se suponía que me aceptaría. Viuda, desprestigiada y sin la corte de amigos que la rodeaban, tenía que decir que sí pero, la muy perra, nuevamente se negó ¡Maldita sea, yo soy un lord principal! ¡A mí nadie puede decirme no! Años y años queriendo que pagara y estuve a punto, pero tú, lord Cullen caíste como todos, en su red, en la trampa en que todos caen: su coño. Hoy he logrado mi cometido ¡que todo Londres sepa quién es!

— ¡Hijo de puta malnacido!

Los ojos azules de Sinclair son oscuros y malignos.

— ¿Y qué? Nada puedes hacer, eres un mentecato, un majadero ¡nunca podrás contra mí!

Es ese momento cuando Edward Cullen asoma su mueca cínica y torcida. Le da una bofetada en la cara y ésta resuena por todo el lugar.

— Consiga, Milord, unos padrinos. Mañana, al amanecer, en un duelo, voy a matarlo.

Sinclair escupe.

— Están prohibidos, Cullen.

— ¿Le preocupa la ley?

— Muy bien, al amanecer. Pero debe estar claro, vivo o muerto, yo gano.

Edward se aleja, recuerda las palabras de su bruja diciéndole que si él muere, Sinclair gana. Desecha el pensamiento, se fija en los curiosos reunidos en el hall y como peleador callejero que es, retribuye la pachotada.

— Sinclair, desde el primer no que te dio mi esposa, lo tuyo ha sido derrota tras derrota —se da la vuelta— a ti no te queda nada y mi disparo será la constatación de tu existencia como cadáver.

El hombre ruge.

— ¿Por qué no va a la galería, Cullen? ¿Por qué no va y ve como todos gozan con su princesa encantada?

Edward vuelve rápido sobre sus pasos y de un certero golpe, deja noqueado, en el suelo a Alistar.

Ha entrado a la galería con la cara en alto; altivo y orgulloso, no deja que nadie lo vea humillado, su ropa está machada de sangre y no tiene la presencia impoluta de todo caballero, pero sus ojos —que son fuego y destellan en cada paso— le dan una temible magnificencia. Los curiosos, que han ido como moscas a la miel para ver los cuadros que encienden la sangre, se quedan en silencio cuando ven al esposo de aquella Jezabel mirado los cuadros que la muestran con desnudez morbosa a todos, sin pudor. Observa una a una las pinturas, en ellas ve a una mujer que, desnuda, muestra cuán hermosa se sabe. En una de ellas, peina su cabello sentada en una silla frente a una gran espejo, el cabello de ella es obsceno por lo largo y oscuro, él ama aquella melena noche, miles de veces ha sido su brida cuando la ha tomado boca abajo y ella —ardiente y deseosa— levanta su cadera pidiendo más, entonces, tener una clara visión del hermoso trasero de su mujer se convierte en necesidad y enrolla la negra seda en torno a su mano mientras la penetra en su cavidad pequeña y húmeda. Todos ven el cabello, él ve sexo apasionado.

Otra de las pinturas la muestran recostada de espaldas en la cama, su rostro no se ve, pero los trazos de su cuerpo voluptuoso sí y es un pecado soberbio. No es difícil concluir para Edward la admiración, deseo apasionado del pintor hacia ella al ver que la muestra con sus senos —que él ha mordido— como soles, con sus piernas abiertas al mundo exponiéndose como un voluptuoso tesoro para los amantes que está dispuesta a todos, con su mirada de lujuria perversa y su sonrisa orgullosa. Isabella Swan, la amante de todos, la que no tiene miedo y que se sabe la reina de Francia, está siendo conocida por todos y escucha los ¡Oh! y los ¡Ah! como alabanzas a una diosa pagana.

Pero una, una pintura es la que más llama la atención, no está desnuda, es más… solo muestra la cara, pero la imagen es el resumen de la lujuria, con su cabeza hacia atrás, los ojos cerrados y la boca entre abierta, curvando sus labios, dejando ver un poco de su lengua entre los dientes, los colores son rosados y calientes, como sus mejillas, un mechón de su cabello está adherido a su frente por el sudor… Edward reconoce esa imagen, ha visto aquel gesto, es una imagen de su esposa gimiendo, es el orgasmo de su esposa.

Y eso lo desgarra de celos y lo desgarra también en su hombría.

Esa mujer —vampiro del amor de los hombres que la han poseído— lo ama, ha dejado su pasado atrás y lo hizo su esposo, le enseñó lo que es la virilidad y la familia, le dio un hijo, le hizo saber que él era todo lo que ella estaba esperando. Alarga su mano y toca la boca entre abierta de Bella y deja salir todo el sentimiento que ha tenido desde hace varios meses y que ha ocultado sin éxito ante ella: ¡No es nadie!

La piel del tahúr, temerosa de adentrarse en todo aquello que no fuera juego y placer, se resquebraja y bota la costra de la fatuidad que la cubre, le ha costado acostumbrarse a su nueva dermis y, a veces, le incomoda como ahora cuando descubre que lo único decente que ha hecho es hacer que la mujer más libre del todo el mundo lo ame, esa es su única victoria, más allá de eso, no tiene nada. Es solo un aristócrata, un hombre sin callos en las manos, el último vestigio de lo que Jasper llamó: hombres incapaces de vivir en peligro.

Las pinturas de Isabella Swan le demostraban que ella siempre lo hizo.

El rumor del duelo se extiende como una ola por toda la ciudad, Isabella ve a su padre frente a ella, Charles Swan está en silencio frente a su hija, le sorprende el embarazo, ella es diferente, no se le acerca, no quiere ese tipo de intimidad con ella, el escándalo está a la vista de todos, y es su hija la protagonista de este. Sin que él se lo pida, Isabella le cuenta su vida en Francia, paso a paso, no tiene pudor para hablar de los desafueros en que se vio involucrada y como estos trajeron grandes tragedias. Charles la ve llorar, no sabe qué hacer, el amor paternal para él es algo que no se le enseñó, sin embargo toma su pañuelo y se lo ofrece para que ella limpie sus lágrimas.

— Si él muere serás una viuda en desgracia, Isabella, pero si el que muere es Sinclair, deberá irse del país.

— Me iré con él.

— No puedes, tienes un hijo y la hija de esa mujer Alice en que pensar. La ley caerá sobre él, sin compasión, de todos modos perderás, hija. Será un prófugo y aunque Sinclair es odiado por todos, la reina y el parlamento no se lo perdonarán.

— ¡Ten compasión, padre!

— La tengo, Isabella, no lo digo para atormentarte, es lo que el futuro les depara.

El futuro, ese futuro, ella lo trazó con su vida disoluta, con una noche ebria tratando de jugar con el idiota más grande que conoció, tan solo un juego y nada más, un juego que en su presente destruyó todo.

A la medianoche, Eleazar vestido por primera vez en su vida de negro, se presenta en la gran casa en Kensington.

— Compré todas las pinturas, mon papillon, esta ciudad no las merece, ya las quitaron de la galería.

Isabella lo abraza, se siente tan libre de llorar en el pecho de su mejor amigo.

— Gracias, pero es demasiado tarde, ya el daño está hecho, cherrie, Sinclair se ha vengado.

Eleazar suspira, hace tres horas Edward se presentó en la casa que alquiló cerca de las riveras del Támesis.

— Tu esposo vio las pinturas, Bella.

— ¡Dios! ¡No!—oculta su rostro con sus manos— ¿Cómo está? ¿Está bien? ¿Me odia? Lo he avergonzado, Eleazar, lo he avergonzado desde que hice que se casara conmigo.

— Dijo que eras hermosa, es un caballero, Isabella —aparta el cabello que está desecho por el día de lágrimas que ha tenido— y no dijo nada más sobre las pinturas. Pero, tengo que decirte algo sobre Sinclair.

En dos minutos Eleazar le cuenta que el mismo Alistair le confesó a su esposo que él había asesinado a Michell. Isabella vomita, el niño tranquilo de ojos azules, esperándola en las caballerizas, amándola, creyendo en ella. Su corazón llora por él.

— ¿Qué he hecho? Eleazar ¿qué hice con mi vida? ¿Soy esa harpía que se come el alma de los hombres? Mi pobre Michell, él no tenía la culpa de nada.

— La confesión de Sinclair ¿no te libera, querida? él no se mató, lo mataron.

— Fue mi culpa, mi culpa, Eleazar. Al final, fueron mis decisiones, jugué con el azar creyendo que podía salir impune de todo, ahora mi esposo, el padre de mi hijo tiene que poner la cara por mí, debí esconderme, debí quedarme en Forksville, no permitir que Edward me conquistara, no casarme con él.

— No te tortures más, amar a Edward estaba en tu destino, es algo que no podías evitar mon cherrie. A veces —y piensa en Alice de ojos azules y risa divertida— la vida es una sin razón y una incógnita, algunos nacieron para soportarla, otros simplemente….

Mueren bajo las ruedas de un coche, quizás en un duelo.

Al final le dice que Edward le ha pedido ser testigo en el duelo y que le ha rogado que convenza a su esposa que no intente ir a verlo. Y, por primera vez en su vida Isabella se siente pequeña, vulnerable y con sus manos atadas frente al destino que ella mismo tejió hilo a hilo con sus pequeñas y caprichosas manos.

Durante toda la noche Edward se ha escondido en su vieja casa de Bravante, no ha dormido bien y no ha tomado alimento, sentado en su cama durante horas se ha tomado el tiempo para reconciliarse con el padre que vive en su corazón y de tener un momento de profunda conciencia ascética. No está furioso por los cuadros de su mujer; al contrario, siente que en ellos existe dignidad y orgullo, sin embargo la rabia que siente va contra él, Bella ha aceptado su pasado y ha avanzado a algo perfecto, él se ha quedado atrás, siendo su sombra. No pelea por la decencia de ella, porque la decencia de lady Swan no está del lado del sistema, pelea es porque necesita decirse que tiene las agallas para defender lo que la libertad de Isabella significa.

En aquella casa derruida de su propiedad del viejo Lord Cullen comprende que no hubiese sobrevivido siendo el esposo trofeo de Bella, no por lo que la gente dijese, sino porque el temperamento de su mujer lo habría empujado a probarse a sí mismo, y el escándalo fue catalizador. Con la nueva fe que lo habita, mira sus manos y no se siente digno de su apellido, de sí mismo ni del legado que él, como hombre, daría a sus hijos.

Con la imagen de las pinturas de Isabella en sus pupilas comprendió que era hora de asumir su nueva piel, no para ser el hombre que una sociedad exigía, sino para ser el hombre que Isabella Swan necesitaba y el duelo con Sinclair era su manera de comenzar.

Eleazar llega antes de la hora acordada a buscarlo, pero se queda afuera esperando a que el esposo de su amiga salga de la casa. Cuando aparece, no lo saluda pero le dedica una mirada escrutadora, siempre odió a los hipócritas, más aun si son aristocráticos, demasiados pecados por confesar, demasiada lujuria que ocultar en burdeles, pero lo que ve frente a él es un Lord que camina amparado por la noche dispuesto a buscar la santidad del honor y reconoce belleza en ese Edward Cullen que está a punto de la transformación completa porque encontró la dignidad del amor.

Edward sube al coche, no le pregunta sobre la esposa, aunque muere por hacerlo, solo se sienta al lado de Merchant.

— ¿Las pistolas?

— Solo falta que las revisen los testigos de Sinclair, no confió en ese zopenco, siempre fue objeto de mi más profundo desprecio.

Merchant toca las enormes pistolas que están guardados en un elegante estuche negro que en su interior se reviste de terciopelo rojo.

— ¿Eres buen tirador, Edward?

— Puedo ser un buen asesino.

Merchant juguetea con su bigotito, sus ojos oscuros despiden burla.

— ¡Como todo inglés! Te lo dije hace tiempo y Sinclair también lo es.

— Sí, pero yo soy mejor.

Los cascos de los caballos trotan por las calles y se enfilan hasta el lugar del encuentro, Lord Cullen aparta las cortinas del carruaje y ve a varios hombres a la vera del camino.

— Son hombres que contraté, Monsieur, no confió en ese pescado de Sinclair —pescado era el apodo que Isabella años atrás le había colocado al ex parlamentario.

— ¿Vas a cuidarla, Merchant?

— ¡Mon die! No seas dramático.

— ¿Vas a cuidar de mi mujer y mis hijos, Merchant?

Eleazar fija sus ojos negros en el rostro seco e imperturbable de Lord Cullen.

— Querido ¿de verdad crees que alguien debe cuidar a tu mujer? Ni el diablo lo haría.

— ¿La conociste en la época de las pinturas?

— Desde antes —sin que el inglés premeditara, Merchant atrapa las manos enguantadas de Edward— solo era una niña pequeña con la inocencia de la maldad en su máxima pureza, hacia las cosas por hacerlas, no porque realmente hubiese un supuesto perturbador tras ellas, lo malo querido es que la infectaron con sus moralinas y desde ese mismo momento ella ya no fue la misma.

Se escuchan las campanas que anuncian la llegada del día. Hay algo único en la ciudad de Londres al amanecer, todo es quieto, misterioso, el ruido de la ciudad más cosmopolita de Europa se silencia y los seres duermen en un inquieto sopor, el aire del mar es hielo y una extraña combinación de la luz sin el sol opaco da al comienzo del día una atmosfera gris azulada y siniestra ¡señoras y señores! Es la ciudad trágica y gótica por excelencia cuya protagonista penetra como la sombra siniestra del ángel de la muerte: La niebla.

Cuando se apean del carruaje, Merchant y Lord Cullen ven en diagonal como Sinclair y otros dos hombres que lo acompañan, están esperando, caminan directo hacia ellos. Alistar, henchido de seguridad, los recibe con una sonrisa de cortesía, una de las cosas que está seguro es que es bueno con las armas; en su petulancia, tiene la certeza que Cullen es solo bueno con las cartas, la bebida y las mujeres. Lo observa de arriba abajo, con el desprecio a flor de piel. Edward comprende esa mirada y entiende por primera vez que aquella siempre fue la misma en los ojos de todos, era ese alguien a quien todos invitaban a sus fiestas, pero jamás fue considerado un igual, el descubrimiento lo llena de una libertad impensada, se hace frente a su rival y no deja ver emoción alguna en su rostro. Sinclair espera un gesto, pero no recibe nada, mientras que él es todo nerviosismo y excitación.

— No estés tan emocionado, Sinclair. No me has matado aún.

— Es cuestión de tiempo, Lord Cullen.

— Sí, por decisión divina, a todos nos llega la hora.

— Eres un perdedor, un hombre cuya única fortuna y talento consiste en follar mujeres, no vales mucho.

Lord Cullen tira su cabeza hacia atrás como sinónimo de risa.

— Bueno, bueno, el arte de follar mujeres pocos lo poseemos y es evidente que usted lo carece.

— ¡Perro maldito! —intenta ir hacia la cara de su enemigo, pero el largo cuerpo de Merchant se interpone.

— Monsieur, no puede tocar al rival.

— ¡Tú! ¡Vil francés! ¿Le has dicho que fuiste la celestina de la puta de su mujer?

— Cuide su lengua Monsieur, ya ha hecho demasiado el ridículo.

Lo tira hacia atrás, mientras se arregla de forma exageradamente meticulosa su chaqueta en tono de burla. Luego, se dirige a los hombres que están allí presentes; Edward aparente tranquilidad, no teme morir, pero teme dejar a su familia sin nada, teme no conocer el rostro de su hijo, teme el no darle el último beso de amor a su esposa, teme dejar ir la vida que apenas está comenzando, pero no deja entrever nada. Sinclair es solo un perro rabioso.

— Este duelo será a la primera sangre.

— ¡No! —Sinclair grita furioso— uno de los dos debe morir.

— Usted no está para imponer nada, Alistair Sinclair, no es el que propuso el duelo y no es usted el que exige satisfacción, así que es a primera sangre ¿estás de acuerdo, Lord Cullen?

— A primera sangre —afirma el cuestionado.

— El duelo se dará por terminado cuando uno de los dos caiga herido, si ninguno cae, el duelo se dará por terminado, también es derecho de lord Cullen fijar los plazos de distancia, el pidió diez y a sus testigos, lord Sinclair, aceptaron ¿está usted de acuerdo, Milord?

— Diez está bien, Merchant.

Eleazar se acerca a los testigos, inspeccionan las pistolas una y otra vez, Sinclair está impaciente, quiere restregar su victoria ante Bella, quiere dejar de sentir ese asco por el sentimiento ignominioso, roedor, humillante de haber sido uno de los adoradores burlados por ella. El testigo de Sinclair señala el punto donde los dos hombres partirán, Sinclair camina erguido hasta el lugar señalado, Edward cierra los ojos, respira profundamente y trae a su cabeza la imagen de la esposa, el padre y la hermana. Les dice a todos en silencio un te amo, y así sin que él mismo lo sepa deja ir a Lord Cullen, y solo va al encuentro de su vida llamándose Edward. Cada uno se coloca de espaldas al otro. Toman sus pistolas y elegantemente las elevan a la altura de sus caras.

— ¡Yo daré el primer disparo! —la voz de Sinclair se levanta por sobre todo.

Edward muestra su gesto torcido que no abandonará a pesar de su alma renacida, sigue siendo el tahúr, el que todo lo apuesta, el que siente que en un momento todo ganará, al final la suerte siempre ha estado de su lado. Diosa fortuna, una carta, un as, un dado que le dice ¡toma todo! un caballo, el mejor en la cacería, el vino alzado en la salud de su vida, un soy lo que quiero ser, el primero en la carrera, el dueño de las mujeres, el dueño de La Mujer, el que la ha conquistado, aquel que le engendró un hijo, el del guiño juguetón, el que blofea, una sonrisa y un buen vaso de whisky para él que apuesta todo al azar. Es la emoción última. Su más grande apuesta.

— ¡Acepto! —grita con voz viril.

Eleazar parpadea ¿está loco? ¿Qué clase de hombre es?

El testigo principal de Sinclair da la orden. Uno paso, dos… la niebla se acerca, cuatro pasos, el viento de Inglaterra… seis pasos, una mujer desnuda, siete pasos, una familia… diez… Isabella.

Ambos voltean. Sinclair apunta. Todo se detiene. El proyectil sale disparado de su pistola, la bala es más rápida que un parpadeo —y Edward Cullen escucha el silbido de algo caliente que pasa muy cerca de su mejilla— Sinclair ruje de furia, sus ojos se dilatan ante lo que ve, el arma apunta hacia él y tiembla mientras espera el sonido atronador de la pistola del enemigo y al segundo, un ardor que se extiende por su hombro hacia el resto de su cuerpo, lo hace cae como un tronco pesado sobre la yerba ¡El maldito me ha herido! ¡Edward Cullen es el ganador!

Y lo peor de todo, la gran humillación que lo ha hecho burla, es que el bastardo más grande de Inglaterra ha voluntad no apuntó hacia su corazón, sino que adrede hirió su hombro. Merchant suelta una carcajada, los dos testigos de Sinclair estupefactos por lo presenciado corren hacia el hombre, Edward tira la pistola lejos de él, sabe que aquello no ha terminado.

— ¡Primera sangre! Milord Cullen ha ganado.

— ¡No!—Sinclair rápidamente toma la pistola, los dos hombres a su lado retroceden ante la locura del parlamentario, Edward camina dando la espalda escucha el martilleo de la pistola— ¡maldito infeliz!

Pero antes de que dispare, la enorme mano de Merchant lo abofetea tumbándolo de nuevo en la tierra.

— No sea ridículo Sinclair, que falta de estilo y elegancia ¡Mon die! El duelo ha terminado— pisa la muñeca del hombre hasta que éste suelta la pistola gritando de dolor.

Merchant y Edward caminan unos pasos hacia el carruaje, el segundo sabe que el duelo no ha terminado, comprende que apenas comienza.

— ¡Edward Cullen! —a lo lejos la voz de Alistair— ¡no ganaste! ¡nunca ganaste! Y nunca vas a ganar, voy a acusarte de intento de homicidio ¡tengo testigos! ¡Haré de tu esposa el chisme del siglo! todo el mundo sabrá de mi trato contigo, The Time estará feliz de ponerlo en primera página ¿eso es ganar? ¿Tu mujer humillada y con ella, tu hijo? Sabes que todos caerán como buitres sobre Isabella y su padre, en esta ciudad no se perdona el éxito. Solo un bastardo como tú consideraría esto como triunfo… ¡Cullen, el trato sigue en pie! Solo falta que cumplas con lo último ¡Vete lejos de Inglaterra y todos quedamos contentos!

— ¡Miserable! —Edward desanda los pasos, cada uno es más ligero que el otro.

— ¡Cumple con el trato, bastardo y ella queda libre!

El hombre se detiene, ha perdido, no tiene en su mano el as ganador, ni el dado del azar ha llegado con el número seis.

Mi amor… mi reina, todo a mi favor y hasta en eso no puedo cumplir, no he protegido mi casa, toda ha sido en vano.


Isabella era una especie de viuda, sola en la gran mansión se perdía en los espacios enormes de una casa que por unos meses la sostuvo a ella, a su esposo y a la esperanza de una familia. La sentencia fue dada, la sociedad la señaló y Edward con su pecho puesto ante todos, fue llamado a limpiar su nombre. Le importaba nada aquella sentencia, solo deseaba ser libre, pero Londres se convirtió en la cárcel y entendió más a su amiga Alice. Parada en la calle donde su amiga murió, mira el mundo con los ojos de ella ¿de qué valía ser libre cuando el mundo entero siempre estaba presto a convertir la individualidad en el enemigo?

Alistair, respondiendo a su condición de basura, hace llegar su carta sentencia:

«Un paso cerca, Milady y su esposo será lo que siempre debió ser: un cadáver que se pudre en la cárcel ¿quiere cargar con otra muerte?».

Era una trampa perfecta: ella y Edward los prisioneros de aquella red.

Pero, lady Swan no se dejaba vencer por su avieso destino, concentra sus esfuerzos en trabajar y hacerles pagar a todos su hipocresía donde más le dolía: el bolsillo. Inglaterra se abría hacia nuevos mercados en América, los viejos territorios adquirían cada vez más importancia en el intercambio comercial y «C. Swan & Son» estaba a la cabeza de las compañía comerciales de ultramar del imperio. Charlie era una suerte del rey midas y pocos sabían que era su hija la que —en silencio y durante años— acrecentó la fortuna tejiendo alrededor del dinero de su padre un intrincado laberinto de negocios, intereses y préstamos. Era la reina no coronada y la mujer impúdica, habilitada para manejar dinero pero con trabas para la vida social de los grandes salones. Y no le importaba, la despreciaban pero era la dueña del pan y la comida de cada hombre y mujer de la ciudad.

Sola, embarazada y con una niña pequeña que cuidar, la cada vez más rica lady Swan, sostenía con orgullo sus decisiones, en el día era una mujer activa pero de noche era la mujer que no tenía a su esposo durmiendo a su lado. Y se sostenía, se sostenía con la sensación de la mirada de Edward en todas partes. Él respiraba su aire y era la sombra caminaba con ella por las mismas calles, era unos ojos que en ráfagas aparecían cuando el coche la transitaba por la ciudad y compartía una lágrima entre Kensington y las riveras del Támesis, era un calor y un fuego que llegaban en oleadas de cualquier sitio, era una flor dejada en su puerta, una pequeña carta traída en la oscuridad —por la misma Esmerald Plant quien, esa misma noche, se quedó junto a ella tomando el té y descubrió que coincidían en el espíritu batallador y en ser dos mujeres salidas de la norma— que le trajo esperanza pero no noticia sobre el paradero de su esposo.

— No lo sé, querida, puede estar en cualquier parte.

Lady Swan tenía miedo ¿Dónde estaba? ¿Cómo vivía? ¿Qué hacia un hombre como Edward para esconderse en aquella ciudad?

Rosalie llegó de Forksville con su hijo pequeño; desesperada, esperaba que su hermano diera señales de vida. Los niños llenaron la casa, pero Isabella, en la noche, sola en su habitación, contaba y recontaba los días en que ella y él eran esposos lejos de la ciudad, en una comarca de gente felices donde nada era más importante, solo ellos. Sin embargo, con el fuego de su carácter, dejó salir a la mujer de voluntad que era y salió orgullosa a la calle luciendo su avanzado estado de embarazo, no se ocultó en la casa y miró desafiante a todos aquellos que se atrevieran a auscultarla, una noche con el deseo de que Edward oculto en las sombras la mirara se fue hacia el teatro y allí enfrentó inevitablemente al demonio de Sinclair.

— Si usted es inteligente, Milady, se divorciará de su esposo, llevará a su hijo para que lo crie la ramera de su cuñada y en unos años, cuando usted muestre el arrepentimiento debido, quizás alguien pueda limpiar su nombre y se haga usted por fin, una dama de bien.

Isabella, con las uñas enterradas en la silla, aguantaba sus ganas de vomitar, el hombre ruin se había llevado a sus dos esposos y pretendía aconsejarla

— ¿Alguien, Milord? Querrá decir usted.

— Por supuesto Milady, soy yo el llamado a salvarla.

Isabella voltea y dibuja el gesto que Sinclair tan bien conoce.

— Prefiero rebanarme el cuello Alistair antes de permitir que me toque.

— Es una puta.

— Y usted un eunuco ¿qué se siente Milord saber que mi esposo no quiso matarlo?

— Que es un maldito cobarde.

— Ese hombre tiene más honor que lo que usted tendrá en su vida, no se fie Sinclair, ninguno de los asistentes a este teatro somos tan misericordiosos.

— Nunca permitiré que Edward Cullen regrese, ni permitiré que toque la fortuna de Jasper Whitlock, él es un prófugo y la ley no se lo permite, y si usted huye con él, sabe muy bien que no podrá tocar una libra de la fortuna de su padre ¡es una mujer sin un hombre a su lado!

— Soy una mujer sin un hombre a mi lado, pero no será alguien tan miserable como usted quien me haga respetable, prefiero no serlo. Soy una mujer casada y moriré casada con Edward Cullen y aunque en mezquindad no lo entienda, también le debo todo mi respeto a Michell Fontaine y jamás se lo faltaría aceptando la ayuda de quien lo asesinó. Usted es una rata y me repugna, siempre será así.

Edward Cullen-Swan nació una mañana cuando nadie lo esperaba, desde el vientre de la madre pidió salir como si estuviese impulsado por un rayo, la madre, la comadrona y Rosalie lo estaban esperando y al primer llanto quedó claro que lo sostenía un espíritu indomable. Durante el parto con su boca atrapada por un pañuelo, Isabella derramó lágrimas no por el dolor, sino por saber que a muy pocos metros el padre esperaba el nacimiento del hijo.

El hijo de ojos azules y cabello oscuro agarró el seno de la madre y bebió la leche como si tuviese un hambre ancestral que no era capaz de saciar, en el niño ella reconoció su gesto terco y caprichoso y en la boca voluptuosa y burlona, los guiños del padre.

— No sabes lo mucho que te amo, hijo y tu padre, te ama mucho más.

Y con dos días de nacido, Isabella con su cámara fotográfica, inmortalizó a su hijo en una imagen perfecta para que su padre viese que aún en las sombras eran una familia.

«Camine por el corredor hacia la izquierda, no vaya por la escalera principal, vaya por la alterna que está cerca del salón azul, es el segundo piso, la primera habitación» Una noche hacia casi dos años Edward caminaba en la oscuridad con el deseo de tomar aquello que se había convertido en el sino de su vida, esa noche fue un zorro y un tigre, ahora era solo un hombre desesperado por ver a su hijo y tocar a su mujer, era un hombre con otra piel, deseando ser para ambos alguien digno de respeto.

Caminó de puntillas en aquella casa que nunca sintió como suya, en ella solo tenía a sus hijos y a Bella, de resto era un extraño para las cosas. Todos los sirvientes estaban en sus habitaciones, quizás Susy o la ama de llaves pasaban con el candelabro ofreciendo el último servicio de la noche. Respiró profundamente, todo su cuerpo gemía de dolor y cansancio.

— ¡Edward! —era la voz de su hermana quien vio la silueta de un hombre al que inmediatamente reconoció, Rosalie corrió hacia él y lo abrazo como si se le fuera la vida en eso— ¡Dios mío! pensé que no te volvería a ver, hermano.

La oscuridad salvaguardaba su rostro, Rosalie acalló su llanto en su pecho.

— Estoy aquí, preciosa, aquí.

Ambos unieron sus frentes, la hermana intentaba adivinar entre las sombras a aquel hombre que parecía estar en una mutación.

— Eres el mejor hombre que he conocido en mi vida, hermano, el mejor, que nadie te diga lo contrario, si mi padre viviera estaría orgulloso de lo que te has convertido.

— Quiero ser como mi padre, Rosalie.

— Querido —ella posó sus manos por los hombros en una caricia que era apoyo y confianza— eres mejor.

Dormía intranquila, no soñaba con algo o con alguien, solamente dormía, estaba cansada de reprimir llantos y emoción. Solo el nacimiento de su hijo le había dado una alegría que aligera sus días. Pendiente de él día y noche, entre abre los ojos y trata de escuchar —entre los dos mundos— el gorgoreo del pequeño y como siempre, alarga la mano para tocar la presencia caliente de su hijo. Lo que toca la impulsa a levantarse como una tigresa, buscando en la oscuridad.

— Es lo más hermoso que he visto, bruja.

Cinco meses, cinco largos meses en que no lo había visto, cinco meses en que lo buscaba locamente por todas partes, y allí estaba, en la penumbra, arrullando el hijo de ambos, un hipo pequeño como preludio al llanto.

— No llores, amor mío —le guiña un ojo— las princesas encantadas no lloran.

Isabella ahoga la lágrima, se detiene en aquella imagen del padre y el hijo juntos, alarga la mano y prendé el candil. Es otro hombre, otro hombre que es el mismo Edward está frente a ella, no viste elegante como siempre lo vio, tenía una sencilla chaqueta de color marrón, una camisa que en algún momento fue blanca, unos pantalones de mismo color de la chaqueta y una simple gorra, era un simple partisano, no el caballero elegante que conoció, pero en aquella simpleza vio una perfecta belleza.

— Te he buscado por todo Londres.

— He estado aquí contigo, Bella— lo dice mientras le sonríe al hijo.

Ella se levanta, teme que sea un sueño, se levanta, da dos pasos y se arrodilla abrazando sus piernas con ímpetu.

— Sí, mi amor, estás conmigo en mi corazón.

— ¿Cómo lo llamarás?

— Como tú, no quiero otro nombre.

— Nos quedó hermoso nuestro pastel ¿no es así?

— Será el hombre más hermoso del mundo, así como su padre.

— Quería que fuera una niña.

— ¡No! un varón es perfecto —aparta un poco las piernas y penetra entre ellas— pero podemos tener muchos más, si nos vamos de aquí mi amor, Sinclair no puede detenernos.

Edward guarda silencio, ha descubierto en los últimos meses que le gusta estar en silencio.

— No, Sinclair no puede, mi amor —besa la frente de su hijo— es un majadero, una pobre sanguijuela, toma —le da el niño a su esposa, a los tres minutos se ha dormido, en cinco minutos Edward padre le ha prometido que jamás tendrá que avergonzarse de él— pero, no es hora de irnos Isabella.

— ¡No podemos quedarnos aquí!

La ayuda a levantarse, Isabella pone al pequeño en la cuna, inmediatamente se encuentra con la boca de su marido que la besa con ardor, y enreda sus manos en su cabello.

— Debo irme.

— ¡No! —se cuelga de la chaqueta— no te irás, no sin mí.

Él levanta su cara con sus manos, Isabella siente como el tacto de Edward es diferente, sus manos de fino caballero no existen ya, son manos enormes, repletas de callos y poderosas. Ha estado trabajando, su corazón se empequeñece, una parte de ella adora al cínico bueno para nada y maravilloso bastardo.

— Hace dos años, Isabella Swan, me casé contigo, mucho antes te empecé a amar mi amor y ha sido un viaje maravilloso, pero no puedo seguir a tu lado sin saber cuánto es lo que valgo, me importa nada lo que piensen pero lo que pienso de mí no me gusta, y te veo, reina mía, tratando de pelear con ese hombre inconforme en que me convertí, y es agotador, tengo hijos Bella, Edward, Annie, ella es mía también, tengo a mi sobrino, a mi hermana, el fantasma de mi padre, y te tengo a ti mi bella y terrible bruja, tengo una responsabilidad y si no la asumo ahora Isabella al final de mi vida me convertiré en alguien a quien voy a odiar hasta que me envenene y envenene a todos.

— ¿Vas a darle a todos el gusto?

— ¿No te das cuenta, mi amor? —la toma entre sus brazos y la lleva hasta la cama— he ganado, gané mi dignidad y con el tiempo verás que la he ganado para los dos —cerró los ojos mientras ahuecaba su rostro en el cuello de Isabella, aspiró su olor, guardó para él su perfume, agudizó su oído e hizo suyo el latir de su corazón, sintió el latido mínimo de la vena en su cuello y como ésta pulsando era el signo de la sangre caliente de su esposa libre y hermosa— he trabajado, he sido un hombre entre muchos, no he sido Lord Cullen, solo he sido Edward bebiendo cerveza, escuchando historias, dormido en una litera en un hotel limpio pero pobre, he soñado contigo, he soñado que soy el hombre que mereces.

— Te amo.

— Lo sé.

— Seré siempre tu esposa.

— Yo seré siempre tu esposo.

— No me dejes.

— Volveré, bruja mía, espérame, regresaré a ti, cada día será un paso menos para mí retorno —levanta su rostro y la observa— recuerdo una noche en que me dijiste cázame míster Cullen, recuerdo aquel beso de fuego que me diste Milady, esa noche no pude dormir, me marcaste y ya no hubo salvación, la mujer más fascinante que he conocido, la más inteligente, la más hermosa, libre y mala, y me amaba —tienta un beso, muerde su labio inferior y le ofrece su risa cascabel que pulsa por su piel— me ama, me ha dado un hijo, me ha hecho hombre, por eso Isabella te exijo que nunca en tu vida cambies, que cuando salgas a la calle seas tú, nada más, nada menos, diles que eres mejor, diles que no temes a nada, que eres la dueña de todo ¡prométemelo!

— Edward —solloza.

— Shhhh, ¡prométemelo!

Isabella asiente entre lágrimas que sí, que será lo que ella siempre ha sido.

— Hazme sentir orgulloso —con ojos ávidos ve el cuerpo de su esposa que se oculta en la seda de la bata de dormir— ahora, le haré el amor a mi mujer —muerde el lóbulo de su oreja y con la punta de su lengua humedece el contorno de ésta— dame lo que me hace feliz, dame este momento para que en otras tierras yo sienta que tengo un país donde llegar.

— Soy lo que quieras, Edward, lo que quieras.

La desnuda.

— Entonces, sé mi faro, Isabella.

Le hizo el amor con suavidad y dulzura al principio, de esa manera no le dijo adiós, le dijo pronto, muy pronto, después le hizo el amor con dureza, y así le dijo para que no me olvides, después la folló como un animal y le dijo estoy en tu sangre, en cada latido, en cada célula, y ella le permitió cada beso como esposa, cada mordida como amante y cada embestida brutal como una mujer decidida a no dejarse olvidar.

Un beso al hijo, a los hijos, uno a su hermana que sabía que él regresaría, al sobrino que ya mostraba el gesto fuerte y noble del abuelo y padre. Un adiós que duraría poco para ellos. En las manos los guardapelos que un día él le dio de regalo, en el de él, la foto de su mujer y de su hijo, y en las de ambos los mechones de su cabello.

Los grandes barcos en el puerto anunciaban su partida, Isabella vio la enorme embarcación que se llevaría lejos a su esposo y por segundos quiso amarrarlo, encadenarlo a ella, pero los ojos de Edward estaban llenos de una emoción oscura que no logró entender, era un hombre con un llamado profundo. Diez besos de despedida, ojala hubieran sido miles para que él no se fuera, un atar de manos para retenerlo, palabras y promesas de amor en aquel mar del amanecer de niebla en los viejos puertos.

Una voz ronca que fue para Isabella un desgarrar que le heló la sangre.

— ¡Al abordaje!

Lo vio caminar por el malecón con su pequeño maletín de viaje, allí no llevaba nada, un poco de ropa, algo de dinero y un viejo libro de poemas.

Mi corazón no te dice adiós, mi corazón te dice vuelve mi amor… vuelve de nuevo para que seamos tu y yo contra todos, vuelve para que envejezcamos juntos, vuelve para tomar vino en las noches y escuchar tu voz en las mañanas, vuelve… regresa a mi sano y salvo, para que un día, ya viejos, nos digamos que valió la pena, regresa mi amor… regresa que soy tu casa, que eres mi libertad.

El viento agita su capa, Edward parece un punto en el infinito, Isabella corre y grita:

— ¡Escríbeme Edward! ¡Escríbeme!

Edward da la vuelta, se para un segundo, se quita su gorra yergue su cuerpo delgado, hace una venia elegante y sonríe provocativamente. Hay esperanza en aquel gesto.

A la semana Isabella Swan vestida de hombre camina por las calles con el libro de contaduría, se fuma un cigarrillo mientras escucha a los capataces explicar los movimientos de la fábrica, participa en las reuniones que hacen algunas "liberadas" que promulgan el voto femenino, cierra las puertas a quien de la vieja sociedad desee su amistad por interés, hace que su padre participe menos en los negocios y pone su visión de mujer de negocios en una nueva inversión:

El mar.

Tres meses después el cadáver de Alistair Sinclair es encontrado muerto de un tiro en la cabeza en las riberas del Támesis.

Sí, no hubo misericordia.


Editado por XBronte.

Bueno, bueno, 40 páginas después de dos meses de no actualizar, prácticamente en éste cerré toda la historia, me encantó escribirlo ¿qué viene? Pequeñas cartas, veremos a Edward Cullen lobo de mar romántico teniendo duelos con el océano y la geografía del planeta, imagínenselo, lo tengo en mi cabeza y es IMPRESIONANTE, luego vendrá el epilogo y se acabará esta historia que comenzó como algo pequeñito y divertido en honor al rostro de Mister Pattinson en Bel-Ami. Gracias a todas por su espera, gracias a todas por estar aquí, gracias a las lectoras en las sombras, un paso más hacia algo lindo que sé que me espera. Gracias Belen Robsten, gracias a todas.