Los personajes le pertenecen a Meyer.

Último capítulo chicas cuarenta y un páginas, y viene el epilogo y se acaba esto.

FALSAS APARIENCIAS.

Último Capítulo.


Podía escuchar como él le susurraba al oído, podía cerrar sus ojos y sentir la textura de su piel rozando la de ella. Tan solo era convocar su nombre y él se materializaba a su lado.

Bruja. Él la llamó bruja una noche de niebla y desde que había zarpado en el enorme barco, esa palabra tomó un cariz prohibitivo hasta convertirse en algo sibilino, enigmático que invadía su mente apenas aclara el día.

Le pareció extrañamente mágico darse cuenta que al leer la primera carta todas las cosas que le relataba ella ya las había soñado, lo vio en el mar tratando de sobrevivir y lo vio comiendo sobras, y arrodillado en la proa limpiando la cubierta; lo vio sucio, delgado y perdido, con sus ojos verde mar —que en sus sueños se tornaban furiosos y violentos— y su cuerpo hermoso, curtiéndose al sol y tratando de sobrevivir en ese mundo casi humano.

Isabella Cullen, parada en medio de la tormenta del escándalo que se cernió sobre ella, cumplió la promesa dada a su esposo y dio rienda suelta a su naturaleza rebelde y emprendedora, tomó las riendas del negocio de su padre sin hipocresía. Su primera acción fue cambiar el «Swan & hijo» de la compañía por «Swan & Hija» para luego mandar a poner una placa en la puerta de su oficina «Isabella Cullen-Swan, Gerenta General» su inauguración como reto libertario fue invitar a Esmerald Platt a su casa y ofrecerle su amistad, Charles Swan resoplaba furioso, pero sabía que con la fuerza de su hija, ya no podía.

— Si no estuviera tan viejo y me preocupara de otras cosas que no fuera mi nieto ¡te habría dejado en la ruina! ¡Entiende, Isabella! ¡Esa mujer no puede ser tu amiga!

Charles Swan era un hombre que jamás creyó posible verse contaminado por melancolías y enamoramientos estúpidos que afectaban a todos hombres débiles, pero tuvo que tragarse sus palabras rudas; apenas escuchó el llanto de su nieto, se sintió irremediablemente enamorado.

Charlie Swan-Kaine se presentó en la casa de su hija al otro día del nacimiento de Edward Cullen Swan. Isabella, con ojos entrecerrados, esperó que ingresara a su habitación con los típicos desplantes de viejo jodido, pero se sorprendió cuando entró en silencio y sin saludar a nadie, se quedó a centímetros del niño, se quitó uno de sus guantes y acarició las mejillas de su hijo. Fue un solo roce, pero lleno de significados para ella, en su vida, jamás había recibido la caricia del padre; con treinta años encima, no sabía cómo era el tacto de Charles Swan. El gesto que tuvo con su hijo le pareció sorprendente ¿lo amó de nuevo? No, pero lo respetó y cuando en una de esas infaltables noche en las que visitaba a su nieto conversaron al calor de la chimenea le dio a entender que ella era mejor que cualquier otro hijo que soñó, sintió que todavía podía construir familia con su padre por eso, cuando lo necesitó, su padre fue el cómplice perfecto.

Le habrías gustado a tu abuelo, Isabella. Yo nunca le gusté… y te aseguro, él hubiera hecho lo mismo.

Ella, sola contra todo y a fuerza de su carácter triunfo sin tener misericordia con nadie. Con nadie.

La segunda carta llegó —tembló al tenerla en sus manos— y con ella, noticias de un esposo que para todos había muerto, pero que para su corazón estaba tan vivo, que respiraba a su lado. La carta olía a mar y a selva, tenía la atmósfera del miedo y la vulnerabilidad, sus letras le hablaban de un hombre precioso rozando la brutalidad más salvaje y temió por él. Pero estaba orgullosa, en el fondo de su corazón sabía, desde que lo conoció, que Edward Cullen era más que el bello tahúr que boxeaba en las calles, sentada en su cama de matrimonio, con el papel pegado a su pecho, lo comprobaba y se juró que viajaría con Edward a todas partes, que su corazón siempre lo estaría acompañado.

El segundo hijo de Rosalie llegó y todos en casa estaban tan felices que ignoraron el desmayo de Emmett, el pobre —muerto de terror recordando cómo había sido el primer parto— no soportó la emoción y se desplomó ante la perspectiva del peligro. Rosalie dio rienda suelta a su carácter bravío y le gritó a su esposo que se preparase, pues estaba decidida a darle muchos más hijos.

Pero estos no llegaron y, en secreto, Emmett se alegró por ello, amaba a sus dos chicos y si quería más hijos, pero odiaba darle sufrimiento a su esposa, Isabella lo observó y entendió la profunda soledad de niño huérfano del marido de su cuñada quien temía verse desamparado de nuevo.

En dos años, Emmett McCarthy manejaba la villa y el negocio de la cría de caballos —que él mismo había propuesto— era todo un éxito, la simiente del imponente Thunder andaban por la pradera llevando la sangre del misterioso centauro por toda la campiña.

— ¿Qué decía su carta?

Una Rosalie amamantando a Archibald, su segundo hijo, preguntaba con ojos apesadumbrados, ella también extrañaba a su hermano. Isabella calló y no le dio respuesta, esas cartas eran de su propiedad, de nadie más, era el corazón sangrante de su esposo marinero y eran palabras secretas escritas para ella.

Los sueños se hicieron peor, él la llamaba y ella, entre la bruma de sus noches, se desesperaba porque escuchaba los ecos de la voz de su hombre que se perdían y no podía encontrarlo, tenía mucho miedo porque creía que era el presagio de algo malo que estaba sucediendo. Creyó volverse loca cuando se percató que a medida que pasaba el tiempo, la voz de Edward Cullen iba desapareciendo, pero fue peor cuando en una de sus pesadillas se le presentó con su rostro borroso. Despertó gritando de pavor, su esposo se le estaba yendo, salió del cuarto corriendo y se fue a la biblioteca, tomó los dos retratos de Edward y un álbum de fotografía y se encerró en su cuarto hasta el otro día, en que no fue a trabajar porque se quedó en casa, jugando con los niños, mirando fotos, interrogando a Rose, trayendo a la fuerza el recuerdo y la esencia del hombre a quien le había entregado su vida. Se aferraba a todo lo que lo recordaba con desesperación, con su voluntad poderosa no se iba a permitir que la violencia y la sangre del viaje lo enterrarlo en vida, él estaba mutando… eso lo sabía, pero lo que no quería es que una metamorfosis dolorosa lo sacara de su vida.

— ¡No puedes! —Rosalie se interpuso entre ella y la locura de hacerse a la mar.

— ¡Quítate de mi camino, Rosalie! Yo voy por mi esposo.

Rosalie era más alta, más fuerte, pero no con el alma de hierro de su amiga y cuñada, sin embargo ella conocía a su hermano, no en vano vivió con él y sus desafueros por más de veinticinco años.

— ¡No entiendes Bella! ¡Él lo está logrando!

— ¡Me importa un bledo! —Isabella tenía las dos cartas empuñadas en su mano— ¡Está sufriendo, está….! ¡Si voy por el oeste, puedo estar en China y, de ahí, comenzar a buscar! ¡Dios! —las palabras murieron en su boca— ¿Por qué demonios tenía que irse?

—Lo sabes querida, este país era la cárcel ¡peor! Era su muerte y por nosotros ya no quería más el escándalo, la humillación, el deshonor.

— ¡Que se pudran todos! Ninguno de ellos tiene en sus cabellos lo que Edward tiene en todo su corazón de hombre bueno, hubiéramos podido irnos todos muy lejos.

— ¿Huir, Isabella? para una mujer como tú, tan inteligente y libre el razonamiento que tienes en este momento es desacertado, mi hermano buscaba su vida.

— Su vida soy yo, es su hijo, Annie, tú, esta familia, en otro lugar hubiera encontrado lo que está buscando, lo quiero aquí, el maldito de Sinclair está muerto, esta ciudad ya olvido el escándalo ¡lo quiero aquí!

La pequeña barbilla de Milady tembló ante la impotencia, su corazón y el amor por su hombre la hacían irracional, mas ella sabía que el destino de Edward no estaba en sus manos, el rostro de éste en los últimos meses de convivencia lo decía todo. Si lo traía de vuelta, lo perdería para siempre.

— Quisiera decirle, Rose, que él es valiente, que es maravilloso, que solo él pudo cambiarme realmente, que no me avergüenzo de quien fui porque jamás él se avergonzó de la mujer que descubrió… decirle que es un buen esposo, un increíble ser humano, y que no hay nadie en Inglaterra que lo iguale ¿Por qué él nunca se dio cuenta? —Isabella toma la mano de su cuñada y con mirada interrogante, pregunta— ¿acaso Rosalie yo no se lo hice saber? ¿Fui la razón de su partida? —una lágrima tímida se deslizó por su mejilla— temo pensar que yo, Isabella Swan sea la única culpable.

La rubia muñeca, hermana de su esposo, se lanza hacia ella y la abraza con fuerza, Rose sabe que Bella no es una mujer fácil de abrazar y que, a veces, es solitaria y silenciosa, dura en algunos momentos y recia en su trato, pero ha vivido con ella durante años y la conoce más allá de lo superficial, y entiende que en momentos necesita bajar sus armas y ser abrazada por alguien que comprende el dolor de la ausencia de alguien que ama.

—No te tortures más querida ¿no te cansas de tener el peso del mundo sobre tus hombros? —en su hombro, Rose siente el resoplido y el temblor— mi hermano no quiere eso de ti.

— Es terrible lo que está viviendo, tengo miedo que no lo vuelva a ver.

— Lo conoces, Isabella, él es muy fuerte, va a sobrevivir, te lo aseguro.

— Sí, pero ¿Cómo volverá? Quizás cuando regrese ya no sea el mismo hombre que amé, quizás ya no me ame más y toda la lucha de mi vida será en vano.

Esa noche Rosalie la acompañó en su habitación mientras que todos los niños de la casa dormían, sentada a su lado Isabella recibió una nueva dosis de historias de niñez del hombre que amaba, de mano de la cuñada descubrió la soledad de dos niños criados por nanas, con una madre indolente que consideraba a sus hijos como un motivo para ufanarse de su belleza más que niños a quien criar y educar, que la educación de Edward fue dura e intransigente, que Carlisle era padre de besos y abrazos amorosos, pero de muy pocas responsabilidades, los límites los ponía la madre. Con lágrimas en los ojos, Rose contó como su madre no permitió que ella jugara con otros niños, ni que el amor por el piano de su hijo llegara a ser algo más. Confesó que cuando ella murió la casa respiró aire puro y que su padre sin la presencia de aquella esposa controladora, permitió a sus niños mucho más libertades.

Isabella, escuchando hablar a Rose sobre el padre, se dio cuenta que su cuñada ignoraba la historia de amor entre él y Esme Platt —la gran madama de Londres—, guardó silencio, era un secreto que ella no debía revelar, no tenía derecho. La chica continuó sus relatos, tímidamente insinuó como su hermano, a los quince años, harto de los arreos de ser hijo de quien era, aulló rebelde y simplemente se dejó llevar por el vicio. Por primera vez, la hermana de Edward dijo una palabra contraria al amor de su padre y reconoció que, al dejarlo libre y sin control, se convirtió en un truhan y que cuando quiso halar rienda para enmendar, vio como el primogénito se le escapó de las manos y que ya era demasiado tarde. Ni siquiera la muerte de progenitor hizo que Edward cambiara, creyó que ya no era capaz de nada: las mujeres, la vida fácil y su encanto como seductor lo convirtieron en el adorable y cínico bastardo que alegraba las tardes de tertulia —y calentaba las más conspicuas camas—de la Inglaterra victoriana.

— Pero llegaste tú, querida y la imagen tierna de mi viejo padre se hizo fuerte en él, por eso él está enfrentándose al mundo, porque Carlisle Cullen le susurra al oído.

Bella, con las cartas apretadas contra su pecho, ahoga su nostalgia. Cuando recupera la respiración, indica hacia un retrato.

— ¿No es hermoso?

— Claro que si querida, ¡va con la familia! —Rose le guiña un ojo, sirve algo de vino y bebe con picardía.

Isabella la observa con cariño, reconoce en ese gesto algo que Alice siempre hacía: ir hacia la dura y malvada princesa encantada y hacerla sentir cómoda. Ella extraña a su hermana del alma y aunque vive en su corazón, el dolor de su pérdida no cesa; no ha permitido que nadie ocupe su lugar, la muerte de su amiga la dejó vulnerable y teme afianzar una relación de amistad profunda con otra mujer como la tenía con Alice, temé que la naturaleza hipócrita de las mujeres de sociedad de Inglaterra la traicionen, Rosalie es maravillosa, pero a veces es víctima de su educación sobre todo porque aún le atormenta las palabras hirientes que se dicen de ella y su esposo. Solo Eleazar, quien cada seis meses llega a su casa vestido estrafalariamente, repleto regalos —sobre todo para Annie a quien adora como si fuese su propia hija— y de historias divertidas que le levantan el ánimo puede ser considerado su amigo.

— Extraño a tu hermano.

— Yo lo amo, él fue durante años mi única familia.

El vino es seco y un tanto amargo al paladar, Isabella toma la botella y sirve su copa, bebe de ella sin pena, prende un cigarrillo y clava sus ojos oscuros en los de su cuñada.

— Si me conocieras realmente, pensarías que no merezco a tu hermano.

Rosalie toma la botella, sirve su copa y trata de bebérsela toda, pero se ahoga.

— Sé quién eres, madam.

Una mueca torcida es la respuesta.

— ¿Realmente?

Rose no parpadea, aunque le arde la garganta, no tose ni se la aclara.

— Eres la mujer que ama a mi hermano, la mujer que nos salvó a mí, a mis hijos y a Emmett, esa eres tú… —se para algo mareada, el fru fru del vestido hace un sonido al rozar con el vestido de Isabella, la toma de la mano y la lleva hasta sus labios y la besa con dulzura, Bella tensiona sus músculos, gime por dentro y busca en las facciones de aquella mujer perfecta, las facciones de aquel hombre que se pierde en el mar— no me importa nada más, yo te amo a ti, nos salvaste a todos, bruja, ¡a todos!

Bella aprieta la mano que está enlazada a la propia, hay cierta ternura en el malicioso morder de sus labios, una ternura que solo su esposo, la difunta Alice o el canalla Eleazar han visto.

— Hay más vino en el fondo del ropero.

— Somos madres, madam —contesta emocionada mientras corre al armario y busca entre la ropa— ¡qué vergüenza, dos damas en estas!

— Nada diferente a lo que hacen las demás.

— ¡Sí! ¡Qué diablos! —tapa su boca, y abre sus ojos, Isabella chilla de risa, jamás la ha oído blasfemando.

— ¡Qué diablos Rosalie Cullen! Somos libres.

Madame McCarthy baja la cabeza, afuera está su esposo y sus dos hijos, recuerda que a pesar de su educación fue madre soltera y que por amor se casó con alguien que era considerado menos que nadie.

— Brindemos por eso, por todo, porque debemos ser felices.

— ¡Si señor!

A la hora las dos mujeres tapan su boca con las almohadas muertas de risa, Isabella muestra emocionada todas las fotos tomadas a su esposo y cuenta, sin sonrojo, el acto de cacería que ella emprendió en contra de Edward Cullen y a favor de su destino.

— ¡Dime que golpeaste a Tania Denali!

— Lloró como verraco la hija de puta cuando arrastre su cabello por mi piso —destila vanidad por sus ojos.

A esa altura de la noche, sobraban los vasos y bebían directo de las botellas. Rose enmudeció, su aristocrática nariz hizo un mohín, mientras que sus ojos azules parecieron dilatarse, podía escuchar a su madre diciendo:

Las damas no dicen malas palabras y sus oídos sangran al escucharlas Rosalie…

Pero no lo hicieron, nada ha sido irremediable, esa mujer enfrente, Isabella siendo todo lo que su madre odiaba.

— ¡Es una perra!

Rosalie Cullen retó a su madre muerta, tapó su boca por semejante exabrupto, esperando una palabra que le dijese que lo que acaba de decir era horrible. Pero la mirada achispada y maldadosa de Isabella validó su palabra.

— Vaya madam, jamás una verdad más grande fue dicha ¡brindemos por eso!

E inmediatamente, ambas estallan en carcajadas.

Cuando tenía sueños de dolor con su esposo suavizaba la inquietud de su corazón corriendo hasta la habitación de su hijo y lo abrazaba hasta que el niño despertaba y se quejaba del fuerte abrazo de su madre. Y así fue por mucho tiempo.

Toda su energía estaba en hacer de su fortuna algo que nadie pudiera igualar, lo hacía para así tener su puño sobre cada boca de los que se atrevieron a hablar de ella y de su esposo, sabía que de puertas para adentro tenía solo enemigos que la odiaban, pero que no podían hacer nada contra ella ya que fortunas y prestamos dependían de la malvada hija del viejo Swan. Siempre, cada fin de semana se iba a caminar en los malecones del puerto, esperando que en algún momento Edward volviera, pero no, el mar era oscuro, helado y no traía nada, ni siquiera una misiva, se sabía de memoria las dos que ya tenía y estaba ansiosa por tener más.

De la biblioteca, Isabella Swan tomó un gran Atlas y meticulosamente recorría con el dedo cada uno de aquellos territorios de ese continente que se robaba el alma y el corazón de su esposo. Con su hijo al lado ella le mostraba donde estaba el padre, el pequeño no conocía al progenitor sino por fotos y por las constantes palabras de amor con que su madre le decía que él, aunque lejos, lo amaba más que a nadie.

Oh su amor… sí, su amor ¿cómo podía ella pasar días, meses y años sin sentir la necesidad, el hambre y el deseo de ser de nuevo hembra? Se despertaba en ese Londres ausente de pasión ansiando el momento en que Edward regresara y la desnudara de nuevo, quería ser sometida y enterrada, penetrada y liberada.

— ¡Maldita sea, Edward Cullen! ¿Acaso crees que tu partida aplaca mi sed?

Ella pensaba, no, porque Isabella Swan no era mujer de negaciones, porque Isabella Swan no era una dama decente, porque Isabella Swan era una mujer que durante años vivió con su sexo a flor de piel y porque cuando ella finalmente había domado la fiera de sus deseos, bastó que él apareciera para que todo se desatara con más fuerza que antes. Lo veía desnudo, lo veía perdido entre sus piernas, escuchaba el eco de la risa burlona que le preguntaba ¿satisfecha, milady? Lo veía desnudo, aprisionado en su sexo, mientras que ella se reía sin dejar que él saliera de ella, podía sentirlo en el esplendor de su longitud abriéndose paso entre sus carnes, podía hasta sentir como él eyaculaba duro, a chorros desatándolo todo entre gemidos y gruñidos de animal sano.

Con la edad, la mujer se vio florecer, desnuda en su cuarto, observaba como su cuerpo se convertía en una fiera voluptuosa y sus senos iban tornándose en grandes frutos de pezones oscuros, ella le preguntaba a ese esposo lejano, a ese que quizás ya no vivía o que en lugares de un continente maldito se había olvidado de ella, si aún era hermosa, si le gustaba su culo lleno, o la cintura que aun mantenía su delgadez de lirio, ebria en soledad y desnuda parada frente al espejo traía los fantasmales recuerdos de aquel bastardo de libido inmoral y de su mano que penetraba frenética su coño ella ahogaba sus orgasmos lujuriosos que la desfallecían y oía la voz de su marido que respiraba en su cuello.

Eres una putilla insaciable, bruja mía… insaciable…

Sentada en la biblioteca o en la fabrica la necesidad y el deseo la invadía dejándola exhausta, entre hombres que hablaban con voces gruesas y duras buscaba una voz que se pareciera a la de su esposo, unos ojos, o un gesto que lo trajera de vuelta.

Colin, un chico alto ignorante que vino desde Gales, un minero de piel blanca y de furioso cabello rojo se plantó frente a ella y con una sonrisa guasona e irrespetuosa le pidió trabajo.

— Soy bueno en todo ama, tengo las manos llenas de callos y, no tengo miedo de que una mujer me gobierne.

El chico tempestuoso durante semanas parado en la calle, de frente de la entrada de la fábrica con un cigarrillo colgando de su boca esperaba que ella saliera y la seguía con la mira verde descarada hasta que Madam se subía a los coches y se perdía hasta el otro día. Isabella sonreía ante el descaro del jovenzuelo, le parecía guapo y supuso que tendría dos o tres mocillas como novias. Pobre niño, excitado por la leyenda de aquella mujer que vestía de hombre, no sabía la suerte que corría, si la vieja princesa encantada hubiere revivido, le habría sacado el corazón de un zarpazo; pero no, lo que a Isabella le atraía del chico eran aquellos ojos y la expresión que tenía porque le recordaban a su esposo quien, nunca tuvo vergüenza en desnudarla con la vista frente a todos. Se sorprendió un día viéndolo desde la oficina de la fábrica mientras que el chico cargaba en su espalda kilos de material, era la sombra del deseo y de las urgencias de la carne que la consumían.

Y fue cuando llegó la tercera carta.

¡Dios! era una sedienta bebiendo vino después de años.

«Mi diosa, el deseo por ti está intacto»

Y fue feliz… ¡estaba vivo y la amaba! y su alma y lengua guasona estaba intacta y le daba a ella lo que buscaba ¡como la conocía! él era el único que podía entender cómo funcionaba su cuerpo y su alma….

« ¿Hice bien mi trabajo? ¿Folle a madam como ella lo merecía?»

¡Ja! Si pudiera verla, si ella lo tuviese cerca le diría todo lo feliz, completa y satisfecha que Isabella Swan fue mientras el fulgía como su esposo semental, le diría que le gustaba estar adolorida, que si por ella hubiera sido le habría mostrado a todos como milord la mordía por su cuello mientras la penetraba; como en las noches, cuando él dormía, ella esperaba y con cuidado despejaba de su cuerpo los cobertores y, como loba hambrienta, gozaba de la anatomía agresiva que la naturaleza le había dado a los hombres, esa que las mujeres de hipócrita moral decían odiar. Como ella se felicitaba por haber logrado ser la dueña de aquel adonis pervertido.

Edward, desde la lejanía, la instigaba a que fuese la mujer dueña de su placer que siempre fue, y en honor a su marido, Isabella con una de sus camisas de lino que olía a tabaco, whisky y colonia era la esposa que él deseaba, sus dedos dentro de su concha caliente y aullando su nombre solo para él.

Edward mi amor… bastardo, marinero… dueño de mi destino… dueño de todo y amo de mi cuerpo….

Vestida de rojo purpura y de lado de su cuñada esos días retaba a todos yendo al teatro o al Savoy tomando vino costoso, y comiendo como una mujer libre atentando contra la ley de que una dama no debe comer demasiado o no puede beber más de una copa al día. Pero ella celebraba al marido y al amante.

Con el ímpetu a flor de piel, Isabella emprendió una gran tarea, contrató a una cuadrilla de trabajadores y con Rosalie como asistente, restauró la vieja y enorme casa de Bravante Street, todo en honor de los Cullen y de sus descendencia, la casa fue reabierta en una gran fiesta a la que asistió la gente que Isabella invitó, entre ellos, Esmerald Platt quien por primera vez vio el hogar de quien fue su único amor. Rosalie, recelosa por la presencia de la mujer preguntó porqué ella estaba allí, Esme rogó que aquel secreto no debía ser conocido por nadie más, Isabella, con voz suave pero inflexible le informó a su cuñada que aquella a la que todos llamaban la gran puta de Londres había sido la única amiga que su hermano tenía, y que exigía como el ama Cullen Swan que no estaba dispuesta a que nadie contraviniera la amistad con aquella mujer.

Edward hijo, pequeño, bravío, curioso, hizo suya la casa de su padre, era un niño inteligente, criado con mano fuerte, pero era un potro que rugía viril y que jugaba a los piratas y a los soldados con Annie quien lo igualaba en todo y juntos, alborotaban la casa; Carlisle, el hijo de Rosalie, un poco mayor que ambos, no era capaz contra aquellas fuerzas, a pesar de ser un niño enorme, era demasiado tierno para los dos hermanos de fuego.

El niño vivía hambriento del padre y muy celoso y posesivo con la madre, fue así que con solo tres años de edad se agarró a la pierna de su madre y no se soltó hasta que fue llevado a la enorme fábrica y lo sentaron al lado del escritorio de su madre, desde allí miró a los socios y colaboradores de la compañía mientras que sus ojos azules miraban seriamente a todos como si éste fuese ya un hombrecito grande. Charles Swan lo adoraba, ese niño era todo lo que él jamás pudo ser, era la sangre Swan-Kaine en todo su esplendor; jamás se lo diría a Isabella, pero en el chico inteligente y decidido vio los gestos del gran patriarca, quien con aquella voz poderosa, era capaz de convocar ejércitos.

Charles era un hombre de cincuenta y seis años, sin la tendencia al análisis íntimo, cascarrabias y amargado, creía que lo sabía todo, pero tuvo que nacer su nieto para entender porque fue tan odiado por su padre y eso, de alguna manera, lo liberó.

— ¿Pueden creerlo? Primero fue un barco, ahora es dueña o, mejor dicho, el viejo Swan es dueño de una gran flota de barcos. ¿Se imaginan? el viejo sapo, quien se marea tan solo navegando en una pequeña barcaza en pleno Támesis, dueño de tantos barcos como para competir con la real marina inglesa. ¡Yo siempre lo dije! Esa mujer es una estafa, no merece el título de lady. ¡Imagínense! su barco insigne se llama Alice.

— Lady Isabella es un horror para todos.

Lady Catherine aún se aferraba a las viejas normas y con una antipatía solapada, había llegado a ser la contraposición de Isabella en la ciudad y eso quedó muy claro un día en que se enfrentó con ella, en plena cena del príncipe.

— Eres la vergüenza de esta ciudad, madam.

— ¿A qué vergüenza se refiere, Lady Catherine? —Isabella, al lado de su mejor amigo, sonreía socarrona.

— Usted, vestida de hombre, llevando el apellido Cullen y restregando su ignominia por la ciudad.

Isabella suelta una carcajada, su lengua destila veneno y se siente divertida y nostálgica al sentir que su esposo está buscando suerte y respeto para que gente como esa vieja cucaracha pisotee sus luchas.

— ¡Vaya madam! Para una mujer que no sabe leer y que toda su vida ha sido comentar como los demás viven la suya, es todo un mérito que deletree ignominia.

— ¡Madam!

—Vamos, Catherine, no me venga con salticos ridículos queriendo hacerme sentir menos porque está del lado de lo que usted cree buenas costumbres y comportamiento intachable —los ojos oscuros de Isabella la recorren sin hipocresías— no se haga a la ilusión de que sus palabras serán las que me conduzcan a la culpa y sentir que no merezco respirar su mismo aire ¿cree que voy a ponerme delante de unos caballos y morir para así hacerle creer que tiene el poder sobre mi alma y mi vergüenza? —la muerte de Alice era algo que aún para ella no había sido vengada— debe ser decepcionante saber que una mujer como yo, pueda decir que mujeres como usted son un desperdicio, unos esperpentos —Jessica contenía su risa desde lejos y las demás, aunque jamás lo reconocerían y jamás serían amigas de Isabella Swan aplaudían—desdentados que huelen a rancio y que se sientan en sus casas sabiendo que asfixian a todos con sus presencias estúpidas.

— ¡Qué vergüenza!

— ¡Ja! ¿Conoce otra palabra, Lady Catherine? —Isabella ya no ocultaba su belleza y con los años se hacía más segura, con un vestido color azafrán, repleta de diamantes en su cuello y cabello, con rubor en sus mejillas y labial en su boca era el epitome de algo que ninguna mujer en ese salón podía igualar— ¿Vergüenza? —se levanta de la silla, le pasa la copa de vino a Eleazar quien contiene una sonora carcajada, había visto en Paris años antes a la joven princesa masacrar con palabras—¿Escándalo? —una sonrisa macabra se dibuja en su cara— ¿qué quiere saber madam? ¿Cómo es el olor de esos machos cuando trabajan en la fábrica? —toma a la vieja del brazo y la arrastra por el salón a la vista de todos mientras que sonríe, la mujer es presa del brazo de la joven—¿cómo una mujer como yo disfruta del sexo? ¿Cómo una buena hija de familia puede convertirse en esta mujer escandalosa, casarse con un hombre que todos desprecian y amarlo con locura? ¿Cómo no soy una hija de la moral y no aguanto, como usted, un marido idiota que la llenó de hijos y que cuando murió solo tuvo palabras de desprecio hacia usted y calificó a su prole de mocosos inútiles?

— Soy una hija del señor e hice todo lo que una mujer decente debe hacer.

En los jardines del gran palacio donde se celebraba la fiesta las dos mujeres representaban el pasado y el futuro, lo inevitable y el pensamiento libre de quien ya no temía a nada.

—Y fue tan feliz—la ironía venenosa es dicha brutalmente— La decencia no está en ser infeliz, maltratada y humillada por un hombre que tiene un título y tierras a heredar —las palabras se deslizan crueles por su paladar— que pena que yo no sea una mujer decente y que mi hombre me ame así, sin vergüenza y con toda la inmoralidad posible, madam.

La vieja sonríe y su cara se mueve como un acordeón ante el gesto.

— Su marido está muerto y usted es una descarada que no le guarda luto ¡que se podía esperar de la mujer de un hombre que todo White Chapell conoce!

Isabella respira con fuerza, conteniendo una cachetada en su mano, resigna sus ganas de golpearla y las cambia por unas perlitas que su amiga Esmerald Platt, dueña de secretos escandalosos, poco a poco ha ido regalando a su lengua asesina.

— Por favor, Lady Catherine ¿qué hombre en esta ciudad no conoce White Chapell? —sin importar la edad de la mujer, Isabella arrastra a la vieja cerca de su pecho— ¿y si le preguntamos a su hijo mayor, Richard, en que gastó la fortuna que pidió a mi padre y que todavía le debe? ¿O, tal vez quiera acompañarme al barrio a conocer a los nietos que su hijo Philip le dio frutos de su lascivia con una mujer de aquel barrio? Allá también viven tres hijas de su muy honorable y difunto marido… En esta ciudad, señora ¿Quién no conoce White Chapell? ¡Hasta su hija Julia! Que se escapó una noche para fugarse con el hombre que ama y pasó dos días escondida en un prostíbulo.

La vieja tiembla de rabia.

— ¡Cállese!

— Se lo dije hace años madam, se lo repito ahora: bese el suelo que piso, diga que mi esposo es un pro hombre, baje la cabeza cuando mi cuñada la salude, no nombre a mi hijo, cierre su asquerosa boca cuando alguien nombre mi familia y le aseguro que la vergüenza no llegará a su casa… Milady.

Isabella le brinda a la mujer una de aquella sonrisas modosas de muñeca de porcelana que era su signo distintivo, bate suavemente las pestañas y suspira, la vieja Catherine solo la observa con terror y ve como la mujer de ojos de miedo la mira fijamente y levanta la mano lentamente cosa que hace que la anciana dama de un paso hacia atrás por el terror que aquella le causa.

— Por favor.

— Tranquila, solo voy a arreglarle un mechón de su cabello —Madame Cullen acomoda el pelo de la mujer, quien tiembla— debe usted haber tenido un hermoso cabello ¿rubio? —se aleja un poco de ella y le da un vistazo de arriba abajo.

— Rubio rojizo.

— ¡Qué maravilla! ¿Cree usted madame que mi cabello negro represente algo en mi?

Catherine tragó hiel, negó con la cabeza.

— ¿Puedo retirarme, madam?

— Oh, si estábamos hablando tan amenamente Catherine, querida —sin que la anciana esperara aquella reacción vio como Isabella tomaba su mano y la apretaba no dulcemente— espero que —y sonríe sin que aquella risa llegué a sus ojos que son duros e intimidantes— jamás en su vida se atreva a visitarme, no tengo vergüenza y no soy hipócrita.

Isabella durante años había odiado esa parte de ella misma que lastimaba con la lengua a quien se interponía en su camino, ahora tantos años después la retomaba para así defenderse de todos y proteger a su familia ¿Por qué no le permitían ser solo madre, esposa y una mujer de libre pensar? ¿Era realmente ese ser perverso al que todos señalaban? En su memoria, la carcajada de su esposo la aplaude.

«Amor mío, eres tan perversa que me fascinas, no pides explicaciones, tienes mente propia, sabes lo que quieres, eres poderosa, eres la maldad porque tu verdad es cruda pero, sabes muy bien que no es así, en tu corazón, sabes que tú solo eres Isabella, ni buena ni mala, solo Isabella, mi bruja…

Con aquella aprobación Isabella siguió adelante con su vida, sin detenerse, sin mirar atrás, sin importarle nada, a excepción de su familia.

Vio la vieja ciudad derrumbarse por los nuevos tiempos, las fabricas del norte del país se trasladaron a la capital, la era industrial que inauguró el siglo XIX ahora a postrimerías, asfixiaba la atmosfera, nuevos rostros, nuevas manera de ver el mundo, el olor a carbón se mezclaba con el olor de los motores de las industrias, las melancólicas lámparas que daban a la ciudad aquel aspecto atemporal fueron reemplazadas en su totalidad por bombillas eléctricas, las mujeres se adentraban en el mundo laboral con más fuerza, era un país de mujeres, siempre lo fue, pero se estaba reconociendo su valor, desde las sirvientas, maestras, enfermeras, prostitutas movían la ciudad, se hablaba de la incursión de ellas en la universidad, varias de ellas ya estudiaban, las escritoras que antes se amparaban en hombres para publicar bajo pseudónimos ahora estaban siendo reconocidas, sin embargo ese Londres mítico, criminal y oscuro seguía estando ahí, la ciudad era sacudida por crímenes violentos, la sangre parecía escurrirse por las paredes y teñir el rio arteria principal de la ciudad…oh esas épocas de Jack el destripador, ya no asustaba la historia de la mujer que había matado a su esposo y a su amantes cercenando su estomago, o aquel donde un hombre cortó la cabeza del otro y la colgó en plena calle… crímenes ¿Quién recordaba el asesinato de aquel lord Sinclair quien fue encontrado en una alcantarilla de desagüe del Támesis a punto de la desintegración? ¿Quién lo recordaba? Todo era ruido, caballos al trote violento, niños abandonados en las calles, catacumbas donde el horror se resguardaba para salir en la noche, Londres que cada domingo se aprestaba a leer historias baratas de monstruos y de la sensación gótica de la época: vampiros.

Londres vivía un extraño sincretismo entre lo nuevo y lo viejo, lo racional y lo oculto, vivía entre la vida y amaba la muerte. Esa era la ciudad de Isabella Swan, y poco a poco, ella la odiaba más.

Esperaba. Se expandía en su alma, ya no temía a hablar de nada, amaba sus pantalones de hombre y adoraba sus vestidos femeninos que mostraban su belleza. Esperaba a su esposo, vivía sexualmente hambrienta, el agitar del viento, el posar de una mariposa sobre su mano, el suspiro, el trotar de las bestias, las voces de los hombres, el oscuro sonar del órgano en la iglesia —a la que ella no iba, pero que cuando estaba en Forksville, se celebraba en la pequeña capilla— todo lo masculino que era su vida, la excitaba.

Ese niño arrogante y bruto de Colin quien aún la seguía con ojos de animal por toda la calle, la inquieta. ¿Podría ella ser infiel? ¿Podría un hombre extraño hacer que las fiebres por su hermoso y fantasmal esposo ausente se calmaran? ¿Podría ella sustituirlo? ¿Besar a un hombre, cerrar los ojos e imaginarse que es la boca de otro quien la acariciara? ¿Desnudarse, ver a alguien desnudo a su lado y decirse que aquel hombre que entierra su cabeza en su sexo es aquel de cabello cobrizo a quien ella pertenece?

¡Sexo! como lo disfrutaba, era libre en los orgasmos, y fue más libre cuando los tuvo con el hombre que adoraba.

¿Te gusta así, madam?

¡Oh si! es tan bueno… más rápido.

¿Y si no quiero? quiero follarte lento…

Me vuelves loca.

Estás loca…

¡Quiero beberte! Eyacula en ni boca.

¡Que sucia, madam!

Tenía en la punta de la lengua su sabor, el sudor del hombre impregnado en su piel, la sensación de la presión, del ahogo y del estar llena en todo su cuerpo, los pezones duros, la humedad de su carne y el palpitar de su centro. ¿Podría ella sobrevivir a semejante escases? ¿Podría él sobrevivir?

Edward Cullen quien, durante dos años de matrimonio no la dejó descansar, aquel semental que cabalgó su cuerpo sin permitir que ella dijese que no ¿podría vivir sin sentir un cuerpo femenino entre sus piernas? Y fue la oscuridad sin palabras durante más de un año la que le dio la respuesta: su hombre no estaba muerto, estaba dándole a alguien más lo que a ella le pertenecía.

¡Maldito sea! ¡Perro infeliz!

Lo mataría ella con sus propias manos, arrancaría sus cojones y se los daría a los perros ¡Oh no! tomaría una espada y lo picaría en cuadritos, o lo destazaría y ella sería feliz viéndolo morir en una lenta agonía. Y lloraba de rabia, de celos, de amor por Edward Cullen. Con aquella certeza aterradora Isabella vestida de rojo lujuria una noche de abril salió por aquel Londres y fue de cacería.

Soy libre, hago lo que quiero, no tengo por qué guardarle fidelidad a un hombre que no va a volver, a un hombre que ya me olvidó.

Una de las cosas más atrayentes de aquel Londres Victoriano era sin lugar a duda que, a pesar del frío y la niebla, la noche era fabulosa para caminar, aún en algunos tramos de las calles de la ciudad se podía sentir cierto aire agradable y teatral, sobre todo en las riveras del rio donde persistían —con porfía histórica—, viejos botes con lámparas y con gente que cantaba y bailaba en la orilla, al calor de una fogata. Algo que, por supuesto, ningún aristócrata hacia… pero, Isabella lo amaba.

Recordó como con él habían paseado en la noche cuando ella tenía unas semanas de embarazo y Alice aún no había muerto. Esos tiempos donde ella insistía en ser feliz cuando nadie más lo era, cuando ella —obtusa y egoísta— quería robarle a su destino una alegría que parecía no merecer.

Los hombres y las mujeres que paseaban por allí eran del nuevo Londres, ninguno seguramente la conocía y eso liberó su pecho, una de las mujeres le sonrió y le ofreció un poco de vino caliente que otros servían en la orilla. ¿Por qué no? Tomó del vino, bastante barato y seco además, pero no importaba. Se quedó unos minutos viendo los globos de colores que salían volando hacia el oscuro cielo, y se quedó allí observando los reflejos de éstos en el rio, un recuerdo oscuro hizo que Milady sonriera de forma pérfida ¿Quién dijo? pensó ella, ¿qué no era mujer de acciones rápidas y rotundas? Ni una sola gota de arrepentimiento por ese recuerdo que colmaba sus venas, bebió otro trago de vino y continuó caminando. Podría hacer que cualquier hombre la poseyera, quería venganza, deseaba decirle a aquel fantasma que no era el único hombre de manos fuertes y rotundas, de boca pecadora y carcajada presta. Un hombre…

— ¡Maldita sea, bastardo!

Oscura y sensual, Isabella caminaba por la rambla, ahogándose en un sentimiento que la corroía. Un silbido que venía desde alguna parte captó su atención.

— ¿Qué busca una mujer tan fina por aquí? ¿Quizás, una polla grande y gorda como la mía?

Isabella parpadeó, volteó a mirar hacia donde las palabras vulgares provenían y vio a un marinero enorme que la miraba. Un viento helado levantó un poco el vestido y tomó conciencia de donde estaba y no era el lugar de ensoñación y de la libertad absoluta que de la mano de Edward caminaba. Una lágrima furtiva la sorprendió, extrañarlo era un dolor que había enterrado en su alma y este era un momento muy inoportuno para que reflotara. Estaba en el puerto, llevada por él, empujada por su melancolía y deseo de estar en el lugar donde lo vio por última vez, pero el mar no era azul como ese día, era oscuro y espeso, como si fuese aceite oliendo a puerto. ¿Edward había existido? Esa noche, frente al aterrador mar del norte, Isabella Swan sintió la profundidad de la viudez y del olvido.

¡Nunca más! y limpió sus lágrimas.

Él no me recuerda ya… quizás esté con una niña joven que le dio su virginidad y no tiene tras su espalda el recuerdo de cientos de amantes… ¡tal vez soy poca mujer para él! …oh no, no, no… ¡soy Isabella Swan! Y aún puedo volver locos a los hombres…

Levantó sus níveos brazos, tomó sensualmente su cabello y coqueta, organizó los bucles enredados en un moño alto.

«Amo tu cabello recogido bruja… es la promesa de que solo yo puedo desatarlo»

Deshizo su camino, estaba decidida. Una noche y lo olvidaría todo. Pero un olor fétido que arremetió en su nariz le desarmó todo su intrincado cuento de mujer vengativa. El marinero se atropelló contra ella.

— Hola, madam.

Olía a estiércol, a cerveza mal fermentada y a cigarrillo de paja, el agua mentolada y el eucalipto no habían tocado jamás su boca. Ella se alejó más por el olor que por miedo, pero el brazo del hombre la arrastró con fuerza hacia su pecho haciendo que tuviera arcadas de asco.

— ¡Una yegua fina! —el marinero se acercó a su mejilla— ¿estás necesitada de un semental?

— ¡Suélteme!

— ¡No seas necia, mujer! mi verga dura te dejará contenta.

— ¡Lo dudo, maldito!

Su voz era insolente, desatendía el instinto básico de temer.

— No te hagas la lista, conmigo, eres una zorra rica deseando una verga dura —la mano de aquel asqueroso fue hasta la bragueta de su pantalón— si me pagas, te haré berrear, siempre estoy duro para putillas ricas como tú ¡apuesto que tu viejo marido no te da lo que quieres! Y que tu coño está jugoso de solo pensar en mi gorda polla.

La mano de Isabella voló hasta el rostro de aquel hombre, éste se tambaleó por la bofetada, pero no la soltó.

— ¿Con que eres una puta engreída? —los dientes del hombre fueron hasta su cuello e intentó morderla, ella le dio un puntapié que alejo aquellas inmundicias de su carne, sin embargo las manos como tenazas del atacante no la soltaban— tienes la piel muerta, milady, eso es porque no estás bien atendida. Ahora verás lo que es un hombre, voy a darte hasta que me canse, para que aprendas a respetar.

¡Dios! no iba a gritar como una estúpida mujer de folletín, sin embargo en ese momento solo quiso a su esposo al lado ¿Dónde estaba él para defenderla? Su guardián, su águila, su semental indomable que era capaz de batirse a duelo por su honor.

¡Edward! Gritó en su interior una y otra vez.

«No me necesitas mi amor, siempre fuiste más ruda y fuerte que yo. No me necesitaste nunca, reina de mi alma, para ti soy algo hermoso y decorativo, tú eres la cazadora, la guerrera… no me llames amor mío, de los dos tu eres la asesina»

El hombre la tiró sobre el duro malecón, el delgado cuerpo de Bella cayó sobre la piedra, no tenía tiempo para pensar en nada, debía reaccionar, buscó la pequeña Colt, regalo de su esposo, y apuntó al hombre.

— ¡Un paso más y te vuelo los sesos!

El hombre soltó una carcajada, el pantalón estaba a medio poner y de su camisa los botones habían sido arrancados.

— ¡Ja! Eres una fierecilla, voy a gozar comiéndote el coño y después, voy a tirarte al mar.

— ¡Atrévase!

Pero cuando la segunda sílaba salía de su boca, una de las piernas del hombre pateó fuertemente el arma que ella sostenía y ésta voló a metros de su alcance. No, no estaba perdida. No, no permitiría que ese hombre la violara, no, no dejaría que el maldito la matara, lucharía con uñas y dientes, destazaría aquel hombre, no dejaría que su hijo viviese sin madre, tan solo porque ella era tan loca al creer que caminaría por los puertos sin que el peligro y el crimen de Londres la tocase. El asqueroso se tiró sobre ella, Isabella intentó gatear hacia la pistola, pero la mano rotunda del asesino tiró su cabello y la golpeó contra el piso.

— ¡Me gusta las que pelean, milady!

— Pues, no tendrás ninguna victoria, asqueroso, tu boca huele a letrina.

Los ojos negros del hombre se volvieron un punto y desgarró parte del vestido de Isabella.

Su hijo. Alice, su hermana. Rosalie, su amiga. Annie, su padre que no amaba. Eleazar, el hombre que la había amado pero se hizo su amigo para no perderla. Él. Él. Edward Cullen y Michell….

Sin medir nada y con su rodilla golpeó los testículos del atacante, pero el hombre no cedió, a su lascivia agregó la rabia total.

De pronto algo se mueve en la noche, y unos ojos verdes centellean en la oscuridad, una melena roja rebelde se agita contra el viento, Isabella grita desesperada ante la imagen que le trae esperanza. Unas palabras soeces con un fuerte, gutural y agudo acento salen de aquella imagen. Alza al hombre de aliento fétido y lo aparta de ella, unos puños se enlazan y resuenan por todo el lugar, Isabella no lo piensa, se levanta aún toda golpeada y busca la pequeña colt, la encuentra casi a orillas del malecón y la toma, abre sus ojos y ve a los dos hombres pelear, busca quien es su defensor, y lo ve, allí, al chico joven de mirada hambrienta. Colin.

El viejo de ojos cuervo es un buen peleador, pero las manos de minero pelirrojo son dos garras, Isabella levanta el arma y dispara al aire y apunta.

— ¡Si no se larga ahora, voy a estallar una bala contra su cabeza! y se lo aseguro sé disparar muy bien.

El chico la observa con ojos divertidos, el viejo, a quien le sangra la boca, entiende que está en desventaja. Se levanta, profiriendo insultos.

— Sí vuelves por acá, perra, te partiré en… —Colin no lo deja terminar, le propina un puñetazo brutal que le astilla varios huesos de la cara.

— ¡Maldito!

— ¡Déjalo Colin, es un fanfarrón! solo es fuerte con las mujeres.

Aliento fétido camina tambaleándose y cuando pasa al lado de la mujer, ve algo en sus ojos y comprende que no la hubiese podido violar, que habría muerto primero. Sabe entonces que si no se aleja lo más antes posibles, será comida de peces y, corre. Bella ve como se pierde en la oscuridad del puerto, quiere llorar ¡que tonta, arrogante e infame fue! Arriesgar su vida y la de sus hijos tan solo por su soledad de hembra herida. Tantos años tentando al peligro, ¡siempre! desde los diecisiete años, tan solo porque era caprichosa y banal, vulnerable a la rabia, a la incomprensión y a la intolerancia, y nunca había tenido miedo de nada, ni Sinclair fue para ella su real enemigo. Su enemigo había sido siempre ella misma.

— ¿Está usted bien, madam?

Y por primera vez desde que Edward se fue, ella lloró con fuerza abrazando a un hombre y entendió que definitivamente le era infiel a su marido, no con el cuerpo, sino con el corazón porque nunca, en sus dos años juntos, ella había permitido que la viese débil y vulnerable como estaba ahora con este desconocido. En esos años siguió siendo la mujer egoísta y banal, fue una hipócrita a su lado y que a pesar de amarlo como lo amó, él siempre fue menos para ella; débil, por eso nunca le hizo saber lo que ella lo necesitaba. Ella era la cazadora y él —como todos los hombres de su vida— fue su presa.

Isabella Swan siempre había sido infiel ¡siempre! y lo más terrible, es que Edward la amó así.

De la mano de aquel chico, Isabella caminó en silencio por el barrio de los estibadores —donde Edward pasó sus días antes de irse— escuchó las voces roncas de los hombres que venían de todas partes y que no pertenecían a nada; sus ojos llenos de aventuras lo decían todo: ciudadanos del mundo, sin tierra firme.

Cansada, aceptó entrar en una taberna muy antigua, de la era Isabelina y que aún conservaba el nombre de la antigua monarca «La Reina Virgen» sentada frente a una ventana, viendo un enorme barco venido de Noruega y tomando un poco de chocolate caliente, mira al joven que fuma frente a ella. No puede evitar compararlo; por un segundo, creyó que era su esposo el que la rescataba.

— Gracias, Colin.

— No hay de que, madam.

— Llámame Isabella.

— ¡Oh no, madam! —él sonrió pícaro y niño— no puedo faltarle al respeto, ama. Usted paga mi comida —un guiño de ojo casi hace que ella vuelva a llorar.

— ¿Tienes otro de esos?

— ¡Lo sabia! Decían que usted fumaba, ¡yo lo quiero ver!

Le alarga la pequeña cajetilla con los cigarros, alarga su cuerpo que está al otro lado de la mesa y lo enciende.

— Una mujer que fuma, que viste de hombre, que camina por el puerto y lleva un arma entre su vestido rojo.

— ¿Me juzgas, niño?

— ¡Oh no, milady! ¡Me fascina!

— ¿Tratas de seducirme? —Isabella aspira el cigarrillo, su otra mano juega con el cabello que está a medio hacer y sonríe con esa sensualidad que no busca sino complacer, pero no atraer.

— No, soy demasiado poco para mi ama, yo solo quiero verla de lejos madam, soy un hombre gozando con lo que no puedo tener.

— Soy una mujer casada.

— Lo sé, lo saben todos ¿Por qué entonces ese vestido y caminar por estos lugares?

Bella se remueve en su asiento, fuma y bebe el chocolate, mientras mira el barco que parece una entidad fantasma y sombría estático contra el horizontes negro.

— No quise molestarla, madam, disculpe.

— Busco a mi esposo.

— ¿Vive en este puerto? —el chico mira hacia los lados, nadie sabe donde está aquel hombre a quien todos nombran en la fábrica y que con el tiempo se convirtió en algo mítico.

— Vive en todos los puertos, y en este momento, no sé si aún respira, si aún… —y su voz se quiebra— si aún me ama.

— Debe amarla, señora. ¡Una mujer como usted!

— Precisamente, una mujer como yo —una mueca irónica se dibuja en su rostro— es lo que un hombre no debe amar.

— No soy un hombre inteligente, milady, escasamente se leer, toda mi vida me la he pasado en las minas, vine de Gales para evitar que la tuberculosis me matara como mató a mi familia —el rostro de Isabella se vuelve seco y deja de mirar el barco— pero, sé que los hombres morimos por alguien como usted, Milady. Si uno de ellos posee su corazón, debe saber que es un elegido porque no hay nadie como madame Cullen y le seguro que pueden pasar años y siglos y él seguirá amándola.

— La distancia hace mucho daño.

— Ese barco, ese que ha estado mirando, lleva y trae hombres, trafica con la muerte, pero hay hombres que no se dejan vencer y esos son los que saben que tienen donde llegar. El mar hace olvidar a la gente, yo sé de eso, he vivido cerca de él toda mi vida, se olvidan y hasta se miran al espejo preguntando quien es el desconocido que los observa, por eso madam, si no existe amor todos hubiésemos muerto ahogados sin saber cómo nos llamábamos, su esposo debe vivir en el olvido, despertarse asustado preguntándose hasta como se llama, pero siente el latir de su pecho, bum… bum ¡aquí! —el chico golpea con fuerza su tórax— ¡fuerte! y en alguna parte de la locura la ve a usted en ese lugar donde quiere llegar, si besa a otra boca es su boca, si toca otro cuerpo es su cuerpo, si habla, solo dice su nombre, es amada señora, si usted me diera esa mirada hermosa cuando lo nombra ¡puta de lo jodido, ama! yo iría al fondo de la tierra tan solo por usted.

— Edward, se llama Edward.

Colin se silencia, prende otro cigarro

— ¿Qué teme? Que este con otra o que usted ya no sea la que lo encienda.

— Temo que se dé cuenta que yo no soy buena mujer.

— ¿Y quién quiere una buena mujer? Usted dice Edward y nombra el mundo.

— ¡Oh, Colin! ¿Estás seguro que no eres poeta?

— No señora, soy galés, que es lo mismo.

Ambos hablan durante horas, aunque el joven hombre no es un hombre culto, es un hombre con una labia fascinante, no sabe de libros, pero sabe sobre las cosas reales de las que consta la vida, Isabella lo escucha ávidamente con interés, quizás en alguna parte Edward también hable de su vida con alguien… con otra mujer y ruega que esa otra mujer le de calor y alivio, ruega que ella le de ternura y que le permita sentirse cómodo con su piel.

Es así como llega el amanecer, le duelen un poco los golpes de su cara, pero más le inquieta un dolor profundo que no se atreve a definir. El chico la acompaña por la calle que se despereza hacia el nuevo día, desea llegar a su casa, abrazar a sus pequeños, hablar con Rosalie y leer el periódico del día. No, lo que quiere es encerrarse en su habitación y llorar a solas.

Está preocupada por Colin, no puede volver a esos lugares del puerto, «aliento fétido» lo encontraría y lo mataría. Le ofrece un trabajo de capataz, un salario generoso y un buen lugar para vivir; en un solar abandonado, Isabella levantó viviendas para sus trabajadores, allá siempre había lugar para un chico solitario. El chico acepta el ofrecimiento y aclara que será temporal, que no le gusta Londres y que espera juntar dinero para un boleto y para comenzar su vida soñada en otras tierras. Nuevamente Colin le recuerda a su esposo y su necesidad de moverse en busca de fortuna.

La voz de los vendedores de periódicos, carbón y leche despierta a la ciudad, está a unos pasos de Kensington Road, han dejado el puerto atrás, por un momento Bella mira el camino que la trajo a casa de nuevo ¿debe dejar a su esposo atrás? ¿Puede dejarlo ir? Se detiene, enfrenta al muchacho que camina a su lado y lo mira a la cara, le parece hermoso, lleno de historias a pesar de lo joven que es. El chico le habla.

— Bueno, aquí termina mi camino, madam ¡ya está a salvo!

Isabella retiene la respiración por un segundo.

— ¿Puede besarme?

— ¿Milady?

— Por favor.

Ella jamás había rogado por un beso, siempre ellos llegaron a ella, de forma brutal, desesperada y apasionada, nunca rogaba, pero deseaba que aquel jovencito la besara como hacia tantos años nadie la besaba. Colin no lo pensó dos veces, tomó a la mujer que nunca tendría, acercó su rostro a ella y respiró suavemente sobre sus labios.

— No soy su esposo —y la besó con ternura y suavidad.

Bella cató aquellos labios, con los ojos abiertos observó al hombre que la besaba gentilmente, deslizó sus manos por el cabello rojo, llegó hasta la base de la nuca e hizo que el beso se profundizara un poco más. No intentaba venganza, no intentaba olvidar, solo quería saber cómo ella había besado tantas bocas sin sentir nada, y cómo después de los besos de Edward se podía besar.

Folló a todos y amó a uno, besó a todos y solo la boca de Edward Cullen desvirgó su boca.

El beso terminó. No hubo adiós, solo un «para servirle, Milady» una gota de incomodidad corrió por la frente de Isabella, pero se quedó callada, siguió hasta su casa, tocó sus labios y aceptó.

No eres Edward… ninguno lo será.

Rosalie la esperaba medio dormida en el sofá que enfrentaba a la puerta principal, la vio llegar con el cabello revuelto, una mínima cortada en la mejilla, y el vestido medio destazado. La señora de la casa impertérrita se enfrenta a la mirada cálida de su cuñada.

— Edward hijo preguntó por ti toda la noche y Annie estaba asustada.

Isabella asintió en silencio.

— Gracias Rosalie —y subió por las grandes escaleras de la mansión rumbo a las habitaciones de sus hijos, besando a cada uno y abrazándose con fuerza al cuerpo de su pequeño.

A la semana una carta con olor a tabaco llegó a sus manos y una sola palabra hizo temblar su mundo y ratificó su infierno «You» y la mujer muerta fue su enemiga, la mujer muerta fue su desdicha.

— ¡Maldita! ¡Virgen y victima! ¡Salvaste a mi esposo! y te odio.

La odiaba. La odiaba. Y le agradecía por hacer que el monstruo del océano, que el esperpento de la selva y el engendro de la distancia no se llevara su cordura, no se llevaran su alma. Y volvía a odiar y no podía evitarlo. Empuñó la carta con fuerza y con rabia, por horas se quedó con ella en sus manos, rumiando como una mujer despechada, no leía las palabras de amor, no le ponía atención a las palabras que imploraban perdón, solo veía como su vanidad era derrumbada.

Miedo, pavor era lo que sentía. Ella era una mujer de mundo y amantes, ella sabía la gran verdad: sexo y amor no eran lo mismo, y se atormentaba. ¿Y si You despertó en la vida de Edward Cullen la misma pasión que ella provocaba? ¿Y si se olvidó de ella, mientras a la chica virgen penetraba? Isabella, furiosa, leía y releía la carta, quería descubrir algo más allá de las letras, algo más allá del arrepentimiento de Edward.

Ella adivinó la infidelidad y sufrió con antelación lo que sería, pero nada la preparó para el dolor que la iba a tambalear cuando leyó lo que escribió Edward en esa cuarta carta. Era incomparable. Su hombre yació con otra y eso no se perdonaba.

¿En qué momento esa mujer sombra y fantasma triunfo sobre ella? ¿En qué momento madame Swan solo fue otra más?

Thunder la acompañó en su rabia y en su tristeza y en medio de la cabalgata, odio al caballo también.

¿Te dejaste seducir por él? oh si… ¿Quién puede contra alguien tan hermoso como el bastardo? Te dejaste domesticar, mi amigo, al final soy una gran cornuda.

Cabalgando en la noche, horas y horas frente a su propia contingencia y sin la arrogancia propia de ella, Isabella se despojó de su vanidad y de paso, despojó a su esposo de la esencia asombrosa con que ella lo había recubierto. Pero, le dio una ventaja: él sería tan solo un hombre. Y lo de ambos había sido una historia de amor real y contra todo pronóstico, ¡épica! Pero, era la historia de amor de dos seres falibles e imperfectos.

— ¡Dios mío!

Sola, en las praderas de la comarca, Isabella entendió que si ella fallaba y él también, era la derrota perfecta que Sinclair, Tania, Catherine, su padre y todos deseaban. Si ambos se odiaran o que él no volviera, sería la bofetada perfecta que toda Londres esperaba darle. Las catherinnes y los sinclaires por fin podrían sentirse superior y aparatosamente, podrían humillarla.

— ¡No!

Llena de furia interna, Isabella se juró que esos malditos superfluos no podrían con ella, no les daría el gusto, sangre había corrido, la sangre de todos, la de Alice, la de Michell, Jasper, la sangre de Edward y no permitiría que ellos en sus polvorientos sillones ganaran. Y volvió a Londres con la frente en alto y cambio el escudo de su casa Swan Keine, por la de Cullen-Masen. Ella era superior, mejor y poco importaba si podría perdonar.

Fue entonces que esperar las siguientes cartas se hizo algo que la hacía vivir día a día, eso, sus hijos y ser alguien casi intocable para todos. Se dedicó a educar a Edward y a Annie, volvió a su pasatiempo de tomar fotos, en un año Forksville, Londres y toda Inglaterra fue retratada en su cámara, sus hijos y familia fueron siempre los primeros, la gente de la fábrica y la del puerto, sus trabajadores de la comarca, los sirvientes. El blanco y el negro, los grises eran fascinantes, las expresiones y los gestos, las confesiones que los ojos de cada uno pudo ella leer, se estaba convirtiendo en una artista conectada con cada una de aquella personas de una manera que jamás lo estuvo… solo con Edward, solo con su hijo.

Devolvió los retratos de Edward a la biblioteca —le parecían falsos—, para adiestrarse en el no sufrir releía todas las cartas, hasta la infame, y trataba de descubrir conexiones, le pareció que era un artista y sonrió ante aquel recuerdo de una de aquellas primeras esquelas que le escribió cuando aún no se habían casado.

«Seré un poeta por ti, madam»

— Oh si, Edward, un poeta.

La voz de él surgió entre los sueños de nuevo, otra vez llamándola desde la bruma, pero Isabella no se inquietaba, más bien se resignaba, no podía imaginar al Edward actual, su rostro se resistía a ella, se negaba.

Y las cartas llegaron, y su buscaba desesperada se centraba en dos pares de palabras lapidarias: «Otra mujer» «No volveré». Pero no estaban, las últimas cartas eran encendidas, brutales, posesivas y violentas, la reclamaban, la marcaban, le exigían, la excitaban. La volvían a seducir y con respecto a Edward Cullen, marido infiel, ella no sabía dónde estaba parada.

— ¡Oh bastardo, bastardo! ¿Esperas que yo luche contra ti? ¡Maldito hijo de puta!

No esperaba menos de ella —así le decía— que a pesar de la culpa, la vergüenza, y el deshonor de la promesa incumplida, él la seguía amando y lucharía hasta el último aliento, por ella y por su familia.

— ¿Así que esperas una guerra a muerte conmigo, cuando vuelvas?

Las últimas cartas la encendían más que la infame, se sentía excitada al saber que él nuevamente lucharía por ella al volver de su viaje, sentía que en el fondo de la seca Isabella empresaria, algo quedaba de la mujer que estuvo enamorada.

— ¡Maldito loco, perro marinero!

Edward, desde que nació fue un hombre de desafíos, unos más dignos que otros, unos profanos, otros enaltecedores, eso era el pulso de su vida y ella trato de detenerlo.

Él, que estaba hecho para cosas grandes, aceptó mantenerse pegado a su falda y ser un esposo con riendas… un simple semental.

El rostro de Isabela, con los años se volvió imperturbable, ya nadie hablaba de la mujer que iba a una fábrica vestida de hombre, la muralla entre ella y la sociedad inglesa se hizo insalvable: ella quedó afuera y los que defendían los privilegios porque eran incapaces de adecuarse a los tiempos, quedaron dentro. Con la ayuda de Charlie Swan —quien, a pesar del nieto, seguía siendo un viejo cascarrabias y detestables— poco a poco finiquitó a todos los deudores, y fue modernizando las finanzas.

«Sé hermosa para mí, Isabella»

Diamantes, rubíes y perlas la adornaban, y en el teatro, sola, en el palco, Madame Cullen lucía como reina de tierras lejanas, y como tal, a nadie saludaba, ella pasaba de largo, con la barbilla en alto, con un dejo de desprecio ante aquellos que esperaban que al final se marchitara.

Nadie sabía que ella se recargada de joyas porque a sus hijos les encantaba; en casa, la mujer cascarrabias —digna de Charlie Swan— jugaban a ser la reina de países inexistentes, a bailaba con su hijo, a jugar críquet en familia, a ser quien le enseñaba matemáticas y geografía a Annie, bajo la atenta mirada de Edward hijo, quien siempre se quedaba con los libros. Ella aprendía a tocar piano y bebía vino con sus amigos. De vez en cuando se escapaba, en compañía de Eleazar, a una taberna de Londres donde podía establecer interesantes conversaciones con personajes que venían de todas partes, hombres del mar, de otros continentes, hombres que olían a tabaco, a ron, a sudor, hombres que hablaban de grandes cosas. Lejos de Edward, descubrió que amaba a los hombres, no como potenciales amantes, sino como amigos. Cada uno traía más de una historia, muchos de ellos pisando las mismas tierras que el viajero, todos con sangre en las uñas y llenos de semen y vida por dentro. Siete años sin su hombre y la princesa encantada era la reina de sí misma.

Nueva York y la última frase la hicieron enloquecer: «Espérame, estoy corriendo a contra viento, pero llego. El que nunca ha dejado de ser tuyo.»

Y volvía, no sabía quién vendría, o cómo sería, no sabía quién tocaría su puerta, o si la violencia y el tiempo habrían cambiado a Edward Cullen… pero él volvía. El bastardo regresaba, y algo furioso, lascivo, salvaje renació en ella.

¡Ja! Ven a buscarme, milord y verás lo que encuentras.

— Algo extraño pasa, Isabella.

La interpelada se miraba al espejo mientras organizaba su cabello.

— No entiendo, Rosalie.

— Durante siete años te he visto vestirte con pantalones y chaqueta para ir a la fábrica, y hace una semana te vistes todos los días como para ir de fiesta.

— ¿No puedo ponerme bonita? —Bella coqueteaba con su cuñada, mientras enredaba sus dedos en un pequeño collar de perlas.

— No seas humilde conmigo, cuñada, te conozco muy bien, sabes que eres una mujer hermosa.

— Ya no lo soy, Rosalie. Tú eres hermosa, yo soy vieja.

— Por favor, no me vengas con eso, no te queda bien, he visto los ojos de todos los hombres, como te miran, y es con descaro.

Isabella toma su libro de contabilidad, ha aceptado el amor de Rosalie, y al igual que con Alice ya han sobrepasado el territorio de la amabilidad y ahora son confidentes y se retan la una a la otra.

— Puedo gozar de que los hombres me miren así, Rosalie.

— No te estoy juzgando, Bella.

— ¿Entonces?

— Durante siete años te has vestido de hombre para ir a la fábrica, siempre con la intención de que te vean como el ama, no como si fueses muñeca de aparador.

— Quizás, estoy cambiando.

— ¡Ja! El tigre jamás cambia las rayas, madam ¿un hombre? —la cuñada de Bella no menciona a su hermano, pero teme porque este regrese y encuentre que el tiempo y la soledad han sido tales que quizás su lecho ya este vacío.

Isabella con el libro bajo el brazo y encaminándose hacia la puerta voltea con ojos en llamas.

— ¿No podría, Rosalie? Tienes a Emmett que te ama más cada día, en cambio yo… yo solo tengo fotos y recuerdos.

— Él es mi hermano, Bella.

— Y es mi esposo, y el padre de mi hijo, pero siete años pesan, Rosalie ¡siete malditos años!

Los ojos azules de la hermana de Edward titilan, Isabella es difícil de leer y entender, pero sabe que la ausencia ha hecho mella en ella.

— ¡Lo siento tanto, cariño! —se acerca a Isabella que no es tal alta como Rosalie, y besa su mejilla con cariño, Bella no se mueve— la felicidad me ha hecho egoísta.

Madame Swan se silencia, no quiere decirle que hace quince días espera como loca que él aparezca en su puerta, que vive al filo de la incertidumbre sin dormir y con los sentidos alerta tratando de reconocer todos los pasos que llega a escuchar. Quiere negar el hecho de que viste de fiesta y lujo para que cuando Edward aparezca la vea hermosa y que poco le ha importado la separación. Desde hace quince días recorre con el cochero el largo malecón del puerto, se queda allí unos minutos, mirando a todos los barcos que vienen de Norteamérica. Su mano enguantada y firme, descorre la cortina del coche, ávidamente recorre a todos los hombres que ve. ¿Cómo lucirá el bastardo? niega con la cabeza, sabe que vendrá diferente y eso le asusta.

— Madam —el capataz la saluda.

— Buenos días señor O´Higgins ¿Qué novedades tenemos?

— Colin, ha vuelto y la espera en el corredor.

Ambos se saludan, ella le dedica su única sonrisa en aquel lugar, todos están perplejos.

— ¿Qué noticias me tienes hoy?

Y así comienza la labor del día, de ese y de otros más.

— ¡No es su trabajo, O´Higgins!

Los dos capataces están frente a ella, el viejo de cabello castaño resopla lleno de furia, mientras que Colin aprieta sus manos para asentarle un puño.

— ¡Soy el administrador de este lugar! Lo que pasa con los trabajadores me incumbe.

— Pero no sobre la cabeza de madam —replica el más joven quien ve como el viejo echa chispas.

— Mira chiquillo, he estado en este negocio hace más años que tú, no sabes nada, esa gente que fue despedida por inútil. Madam, usted debe respetar mi decisión.

Isabella, parada entre los dos hombres, respiraba impaciente, hacía un calor picante, de la neblina mañanera nada quedaba, había sido reemplazada por la luz del sol, el galpón de acopio de fardos era oscuro, así que el sol que entraba por las rendijas siempre era bienvenido. Entendía que la discusión entre O´Higgins y Colin tenía más que ver con medir fuerzas para ver quién de los dos se ganaba su favor, y ahí estaba ella, vestida de azul cielo —con un corsé que minimizaba su cintura y una falda estrecha y un polizón que resaltaba su trasero— mediando, cual Salomón entre estos dos contendores. Su pelo espumoso le hacía un halo mágico en torno a su cabeza lo que aumentaba su lejanía con respecto a lo prosaico.

— No me consultó, O´Higgins.

— Créame señora, que no fue para faltarle el respeto.

— Soy yo quien dice quién se queda y quien se va…

El portón trasero se abrió de improviso y el sol entró a raudales, Isabella volteó mecánicamente su rostro hacia el lugar de donde provenía el sonido y la luz, iba a despedir a quien se atreviese a entrar sabiendo que estaba ella discutiendo con sus dos capataces.

Una silueta enorme aparece a contra luz. Ella parpadea, estaban en penumbra y no logra acostumbrarse a la potente luz ¿quién es? su corazón palpita casi dolorosamente. La sombra hace un movimiento con la mano y lentamente deja una bolsa marinera en el suelo.

Bella muerde su boca, le zumban los oídos, no respira.

La sombra avanza hacia ella, elegante un paso ligero que acorta tiempos, distancias, dolores y ausencias.

Ella se queda quieta, tiene miedo que sea un espejismo y desaparezca.

Él sigue avanzando y la sombra ya no es sombra.

— Señor O´Higgins, señor Colin, retírense.

— ¿Ama?

— ¡Retírense!

El viejo agarra su sombrero y golpea con este su pierna, da largos pasos y aporrea la puerta con furia. Colin no sale, se interpone entre el hombre y Bella, a los segundo entiende quien es y lo ve peligroso y oscuro. Da un paso.

— Estoy afuera, madame.

Pasa por el lado del hombre, sonríe y se aleja.

Bella da la espalda, lo ha visto, le parece más alto, con piel más oscura y con largos cabellos. Sus ojos no tienen esa tonalidad clara de antaño, ahora son ojos de felino y su gesto es depredador. Tiene el aspecto de lobo de mar, de hombre sin tierra y sin hogar. Ha cambiado y sigue tan malditamente bello, que le duele.

— ¿Qué clase de marinero eres, milord? Treinta días para un viaje de veinte.

— No había pasaje, madam. Me vine trabajando, como fogonero.

Ella voltea furiosa hacia él, pero se domina. Quiero oír su voz gruesa, para asegurarse que no es otra de sus pesadillas.

— ¿Tiene algo importante en esta ciudad que viaja paleando carbón cuando se es dueño de medio Estados Unidos, bancos y minas de diamantes?

— ¡Oh, bruja! —da un paso hacia ella— ¡has leído mis cartas! no tengo nada importante en ninguna otra parte del mundo, todo está aquí. Vengo solo con esto, diciéndote que te amo. Vine aquí así como me fui Isabella, sin nada, sin un penique en mi bolsillo, pero tan repleto de ti, orgulloso de ser tu esposo. Soy rico, mi amor, más que tú, pero vengo con mis manos vacías y diciéndote que frente a ti soy un pordiosero.

—No me vengas con esas palabras Edward Cullen, siempre fuiste bueno con las palabras, vienes y me ofendes… —no puede evitarlo y va hacia él y lo agarra de los pelos.

— ¡Estoy aquí, mi bruja adorada! Para lo malo o para lo bueno —trata de sujetarla, para que no pierda el equilibrio.

— ¡Te odio, bastardo maldito! —golpea con pies y puño

— ¡Te amo, Isabella Cullen! Te juro por todos los benditos dioses que te amo más que nunca.

— ¡Eres un mentiroso!

Se aleja de él unos dos metros, pero la separación es momentánea, vas tras ella la acorrala contra la pared poniendo sus poderosas manos sobre sus hombros, era como si una fuerza enorme lo hubiese poseído y hubiese estirado sus músculos hasta hacerlos de hierro.

— No lo soy, bruja.

— ¡Te odio! —trata de golpearlo pero no logra moverse.

— ¡Ódiame! ¡Dame tu crueldad y tu lengua hiriente! ¿Quieres golpearme? ¡Adelante! Aguantaré lo que quieras darme, Isabella. Me lo merezco, te lo dije. Pero, te conozco… sé que me amas aún.

— Siempre tan engreído, milord. Han pasado siete años —trata, nuevamente de liberarse.

— ¿Que son siete años cuando el amor es eterno?

— ¡Una eternidad que te duró hasta Shanghai!

— Me quitaré la piel si eso te complace.

— ¡Quiero que te duela! quiero que sientas el dolor de tus promesas rotas, quiero comerme tu corazón bastardo.

— Entonces, es tuyo —la libera de su apriete y con fuerza, desgarra su camisa. Isabella acalla un grito: tatuajes y una tremenda cicatriz delinea su pecho.

— No me interesa, no quiero nada. No estoy interesada en un juego del gato y el ratón, Edward Cullen. No es hora de volver a ese punto donde ambos nos ofendíamos y tú terminabas desgarrando mi ropa y haciéndome gritar rogándote por más. Soy madre, tengo hijos que criar, estoy vieja para esos juegos.

— Yo busco tu perdón, necesito demostrarte que mi amor está vivo y que nunca jamás me olvidé de ti —respira sobre su boca, haciendo que toda su piel se volviera loca.

Con toda la fuerza que tiene, Isabella lo empuja a un lado, arde, arde todo su cuerpo, quiere agarrar algo y tirárselo a la cabeza, quiere hacerle daño, los celos enconados vuelven a ella, la excitación, los siete años de soledad, de deseo, de dolor, de tristeza, quiere matarlo por dejarla sola, quiere besarlo por convertirse en ese Prometeo entintado y marcado, quiere decirle que ahora respira porque él está de nuevo, porque está vivo.

— No necesito tus palabras lisonjeras, Edward, estoy curada de ti, curada de quien eres… ya no te necesito. Ya lo comprobé, puedo vivir sin ti.

El rostro de Edward se ensombrece, Bella ve en aquel rostro al demonio que llamaban Tishgul, el que mató a los animales, el que desolló a su mejor amigo, el que mató a un hombre y se lo dio a los cocodrilos mientras disfrutaba viendo como se lo devoraban.

— ¿Hay otro hombre en tu vida?

— ¿Hombres? ¿Quieres minimizar tu falta preguntándome si he tenido amantes? —alza sus brazos— ¿El recuerdo de la princesa encantada te da consuelo para tu infidelidad? ¿Quieres que sea ella, y te diga que he tenido amantes, que muchos han calentado mi cama, para que así tú tengas los argumentos necesarios para contradecirme y obligarme a perdonarte?

— ¡No! —da un puño aterrador en el aíre, ha asesinado al viento que media entre los dos con aquel gesto.

Bella intenta salir de su influjo, pero no puede, ambos están enlazados, y bailan una danza peligrosa, ella camina y él la sigue.

— Ya no soy esa mujer, Edward, ya no lo soy. He cambiado, soy madre ahora… Y sí, tu ausencia fue aterradora, me dejo rota por dentro, ¿es lo que quieres oír? Pues, escucha bien ¡te extrañé hasta casi morir! quise ir tras de ti, arrástrate y no dejarte más, pero esa maldita carta me mató y tú sombra, que era mi compañía, desapareció. Entonces estuve más sola y aterrada que nunca, te acostaste con otra mujer y no te tuve más. La rabia y celos poco servían, así que te quité de mi piel y me dediqué a vivir mi vida y si no entiendes eso, me hiere, me lástima. Has cambiado, yo también; son siete años, y aunque no queramos, media todo lo que no hemos sido.

Lágrimas salieron a raudales por sus ojos, estaba furiosa con ella, pero estaba feliz por verlo.

— No voy a justificarme, Isabella ¿Bastan las palabras, mi amor? ¿Basta decirte que no he tenido paz? ¿Te satisfaría saber que cuando la tocaba a ella, solo quería volar hacia tus brazos? Que cerraba los ojos y sentía tu olor en mi nariz y que era tu piel la que rozaba mi pecho. You hizo que recuperara mi humanidad perdida, recuperándola te recuperé a ti.

— ¡Cállate! ¿Cómo puedes decirme que acostándote con otra me amabas a mí?

— ¡Es verdad! Su piel era tu piel y su boca era la tuya, ella fue un cuerpo Isabella al que obligué convertirse en el tuyo ¿Qué puedo hacer? ¿Qué hago para que veas que para mí, estos siete años también han sido terribles? Pero, Isabella, sin ellos no sería lo que soy ahora y no me refiero al hombre dueño de Texas, me refiero a ese hombre que no veías cuando estaba en tu mesa. ¡No me mientas! si algo amaba de Isabella Swan era que nunca fue hipócrita, pero lo ocultabas muy bien, ocultabas que aunque me amaras veías que algo me faltaba, yo no era Thunder, no era el hombre para Milady, lo sabías, amabas mis bromas, mi cinismo, amabas que yo no te juzgara, amabas que vi en ti alguien de valor, pero de ahí no pasabas.

— ¡Quieres hacerme sentir culpable!

— ¡Oh, mi amor! lo eres, eres culpable, porque fueron tus ojos los que me dieron verdad, me dijiste que era deficiente, que aunque pelee en la calle hollín, domestique a ese demonio que es parte de tu alma, que defendí tu honor frente a Sinclair, me faltaba más coraje, entendí que debí salir ante el mundo y decir que eras demasiado para todos, me escondí en tu falda, en tu dinero, y yo sé Isabella que me amabas así, pero estabas en un error, porque me empequeñecía y te empequeñecía a ti también. ¡Niégalo Isabella, niega que en tu corazón veías que si me quedaba a tu lado tarde o temprano sería tu decepción! y que te veías amando a un hombre que con el tiempo no sería nada comparado contigo. Dices que me odias porque, aunque grites que has cambiado, quieres seguir siendo la cazadora, la que me mantiene al borde de todo. ¡Pero, me amas! Me amas ahora mucho más, y te asusta hasta la muerte amarme así, aun con mis cicatrices, mis tatuajes y mis cartas repletas de sangre. Tienes tanto miedo de amar a este nuevo hombre que soy ahora, que no te das cuenta que yo tengo miedo también. No desistí ante la empresa más grande de mi vida, pero tiemblo ante ti ¿no me ves? Me amas, soy tu igual ahora.

— Yo te amaba.

— ¿Qué clase de amor era ese que no supera una caída?

Isabella chilló de dolor, lanzó una bofetada al rostro de Edward, bofetada que no alcanzó su cara.

— ¿Cómo te atreves a dudar de mi amor?

Él tenía razón, ella era arrogante y malvada y siempre le hizo saber que él no estaba a su altura, lo lanzó a los lobos creyendo que jamás podría defenderse y cuando se fue y escribió sobre otra mujer, ella entendió que no era lo poderosa que siempre creyó ser frente a él.

— ¡Yo te amaba más que a todo!

Furiosa gritó de nuevo, furiosa contra ella, y contra esos años en que su alma estuvo oscurecida por su vanidad. Sin darse cuenta los brazos de aquel bucanero que ya no era milord, la alzaron desde su cintura, Bella luchó contra ellos, de nuevo contra la pared del galpón a plena luz, lastimada por el sol, ahogada por los brazos que la abrazaban. Golpeo sus hombros, su pecho, arañó su cara, el hombre no se movía, en cada golpe y movimiento Edward se acercaba a su cuello, agotada de luchar contra aquella fuerza, Isabella bajo sus brazos y empuñó sus manos poniéndolas a cada lado, resistiría el beso, el aroma, el calor, el deseo por tocarlo.

Edward ahuecó su cara en su cuello, ella esperaba algo, que la mordiera, que la besara, que de su boca salieran palabras para hacerla flaquear, pero no… solo hubo silencio que poco a poco fue roto por un sonido pequeño, y por la sensación de humedad que traspasaba la tela de su traje. Eran las lágrimas de Edward que lloraba como un niño pequeño sobre su hombro.

— Estoy en casa, mi amor… solo déjame llegar. He regresado de la muerte Isabella, perdóname y déjame llegar.


Editado por XBronte.

A todas las lectoras de esta historia un millón de gracias, sé que a veces una no tiene contenta a todas, pero la historia tiene que tener este desarrollo, se los dije, Falsas es una historia sobre una mujer, y como ella encuentra su alma en perdonar y perdonarse, ser fiel a sí misma es un trabajo duro, pero también es difícil entender que a veces dañas a quien amas tan sólo porque no puedes ver más allá, si, Edward y otra mujer, pero son personas falibles, y es emocionante, al menos para mí garrapatear sobre ellos, la perfección no es material para escribir.

A mis lectoras fantasmas, a mis adoradas amigas que comentan y que siguen fiel a sacho después de tantos años, a las que me ven luchando hasta el final por mis nenes, a todas un millón de gracias.