Disclaimer: Hetalia y sus variasiones pertenecen a Hidekaz Himaruya. Este fic no tiene otro objetivo que darme algo que hacer mientras espero que se haga de día.


El sol brillaba con intensidad detrás del telón de nubes y lluvia, como un actor a punto de hacer su dramática aparición en el tercer acto. El viento bramaba de alegría y corría eufórico robando juguetonamente los paraguas de los transeúntes. La temperatura, era solo una niña pequeña y tímida, y por eso estaba tan baja. Aquellos rugidos no eran salvajes truenos, bestias hambrientas del cielo, solo eran ovaciones de algún estadio de fútbol de ángeles.

O al menos eso le parecía a Antonio que refugiándose apenas bajo el techo exterior del edificio principal de la C.U.E.R.N.O., sonreía como idiota esperando, manos en los bolsillos, vista al cielo, a Lovino Vargas.

Si hubiera estado esperando a otra persona, amigos o familia, al menos habría esperado adentro del edificio.

Pero se trataba de Lovino, aquel niño encantador que se avergonzaba por nada y enojaba por todo, a quien Antonio adoraba piñizcar los mofletes y regalar golosinas saludables. Habían sido doce años desde la última vez que le vio. Y, aunque hubiera tenido que buscar en Internet la dirección del sitio de reunión, viajar en tren la mañana completa, y estar parado a la intemperie como idiota cuya cenestesia* estaba volteada, lo habría hecho (e hizo) todas las veces y el tiempo que fuera necesario.

Vio llegar a Lovino corriendo, erizado y mojado, cuidando no resbalarse con alguna posa de agua. Antonio se lo había imaginado al menos 20 cm más bajo, con un rostro redondo y expresión avergonzada, como al niño que dejó atrás a punto de llorar hacía poco más de una década. No esperó encontrarse con un hombre que le rozaba en altura, expresión mosqueada y ojerosa.

Lovino se plantó ante él, cuando Antonio vio el rubor extenderse por las mejillas de aquel joven desconocido, reconoció al Lovino que los años habían dejado atrás a comienzos de su pubertad.

-¡Lovi!

Antonio no pudo evitar sino abrazarlo e intentar levantarlo. Lovino le detuvo con un rodillazo antes de que los brazos de Antonio le rodearan.

-¡Joder so imbécil! Ya estoy todo mojado y vas tú y me arrugas la ropa.

Antonio hizo una pequeña mueca de desagrado. Su sonrisa se mantuvo estable y digna en su rostro a pesar de la pequeña vacilación.

-Venga, Lovi ¡Han sido años! ¡Mira cuánto has crecido! ¡En las fotos no se nota lo guapo que te has puesto!

Lovino se crispó cuando un escalofrío le sacudió de pies a cabeza.

-¿Q-qué coño b-bastardo?... ¿Qué fotos?

-Te busqué en Facebook, pero no tenías, así que vi en el de Feli y ahí vi las fotos en las que aparecías. Joder, había muchas de él y varios tipos musculosos, y varias mujeres. Todos con muy poca ropa.

-¿Es que eres un maldito acosador?

-Lovino, de verdad me preocupan las fotos de Feli.

Lovino rechinó los dientes ante el cambio de tema. Desvió ligeramente la mirada.

-Son de su época promiscua, hace poco más de un mes que llegó a término.

Cuando Lovino volvió a mirar a Antonio, le vio sonriéndole como hacía mucho tiempo nadie le sonreía. Ante eso se produjo un silencio incomodo que Antonio parecía no notar. Lovino tosió para romperlo. En ese instante se dieron cuenta que estaban parados bajo la lluvia.

-Lovi...

-¿Qué?

-Siento gotas de agua deslizarse en el culo.


Tomaron un taxi y se fueron directamente al departamento de Lovino, el taxista les cobró extra por mojar los asientos, Antonio pagó.

Cuando llegaron, las manos de Lovino temblaron al introducir la llave en la cerradura. El lugar a Antonio le pareció de lo más acogedor, las paredes eran rojas y llenas de cuadros pintados por Feliciano, en un bife, una foto de los mellizos en su primera comunión parecía la primera parada de un camino de fotografías que marcaban el crecimiento, la vida, el paso a través del tiempo de los hermanos Vargas. El corazón de Antonio se derritió ante la tierna imagen de los dos pequeños de blanco tomados de la mano.

Una camiseta y unos pantalones de buzo arrojados directamente a su cabeza le hicieron despertar de su ensoñación.

-Vístete rápido, que estás goteando todo el piso.

-¿Y no me das ropa interior? con esta tela tan delgadita se me va notar todo el paquete.

-No, joder ¿Qué hago yo si te sobra mucho espacio?

Antonio rió y abrazó por los hombros a Lovino.

-Aparta, que me mojas.

-Me lo dicen seguido.-Antonio estalló de risa ante su propio chiste y empezó a desnudarse como si nada en el living.- ¿Entiendes Lovincin? porque las mujeres... ¡Ugh!

Lovino azorado le hundió el puño en el estomago, más no por el chiste de mal gusto, sino por la sensación que le producía tener a Antonio tan cerca y semidesnudo.

-Ve a cambiarte al puto baño exhibicionista de mierda.

Lovino fue a la cocina a calentar pasta que su hermano había preparado para el desayuno. Antonio no cabía en sí de gozo, desviviéndose en recuerdos de los 7 años que pasó con Lovino a su lado, jugando tardes enteras con Feliciano, comiendo comida italiana hasta reventar y dormir con los mellizos uno a cada lado, amaneciendo bañado en transpiración por el calor corporal de Lovino acurrucado en su pecho y Feliciano en su estomago. Feli era la cosa más tierna que había visto en su vida, pero Lovino era especial, arisco, gruñón y azorado ante la más mínima muestra de cariño. Mentiría si dijera que en su partida extrañó a ambos niños por igual, cada vez que pensaba en Feliciano sonreía cálidamente. Cada vez que recordaba a Lovino su corazón se caía hasta su estomago y una ansiedad extraña le invadía, deseando intensamente voltear y encontrarlo colorado y murmurando barbaridades mirando el suelo. Cuando le llamaron a sentarse, partió como perro en celo a aparearse con la silla, extrañamente sentándose en ella en vez de hacer otra cosa.

Lovino se encontraba callado en un principio, concentrándose en su comida, y Antonio quería escuchar su voz.

-Y... ¿Qué ha sido de tu vida?

-No mucho...

-¿Vas a la universidad?

Lovino se crispó.

-¿Qué… qué si voy? ¡Que te hace pensar que no voy a la universidad! ¿Me crees idiota?

Antonio casi se cae de la silla ante el súbito arranque de ira.

-Ah, no, no es eso ¿Y a qué universidad vas?

-No voy.

Antonio torció la boca y suspiró.

-¿En qué trabajas?

-¿En que trabajas ?-claramente, Lovino no quería hablar. Antonio, incapaz de no hacer gestos relacionados con lo que pensaba, se encogió de hombros mostrándose a si mismo que estaba resignado antes de contestar.

-Estoy haciendo mi primer año de profesor en una escuela infantil -Antonio sonrió al recordar- Antes les enseñaba el idioma a los inmigrantes hispano-hablantes.
-al terminar se llevó un vaso con jugo a los labios

Lovino alzó una ceja y se mostró aturdido unos segundos.

-Estás... más inteligente de lo que recordaba

Antonio sonrió derramando el jugo que tenía en la boca, aparentemente sin notarlo. Lovino se retracto inmediatamente de lo que dijo pero le devolvió la sonrisa sin poder evitarlo.

-Entonces... háblame de la "época promiscua de Feli"

Lovino tragó forzadamente e hizo una mueca.

-¿Para qué quieres que te hable de eso?

-Me interesa saber tu opinión.-sonrió calmadamente disfrutando el sonrojo de Lovino.

-Pues... Todo comenzó con una chica, muy pero muy bella. Morena y con muchas curvas-Lovino sonrió al recordar.- luego trajo a una rubia oxigenada, luego a otra morena igual de oxigenada, a la semana siguiente llegó a casa con una pelirroja con tono de profesora, y después de un par de chicas más por semana, trajo a un tipo rumano que me daba grima, dos semanas después trajo a una asiática, vietnamita creo, luego a un chino pirómano (creo que eran familia) y durante unos meses trajo solo hombres uno más grande que el otro...

Antonio observaba con detenimiento como gesticulaba Lovino, sus expresiones, sus cambios de tono, sin prestar atención en lo más mínimo a lo que decía.

-El último era enorme, tenía las manos tan grandes que fijo que cada vez que se limpiaba el culo se violaba.

Lovino se rió mientras hablaba. Antonio puso una expresión seria y preguntó:

-¿Y qué me dices de ti?

-¿Qué te digo de qué cosa?

-Tu vida amorosa.

Lovino se atragantó con el aire que había respirado y se sonrojó. Bebió lentamente el jugo que disponía, miró el mantel, el techo, hacia un costado y entrecerrando los ojos miró a Antonio.

-¿Por qué te interesa?

Antonio se encogió de hombros sonriendo levemente.

-Me interesa todo lo que hagas.

Lovino le observó con una expresión que Antonio no supo descifrar e hizo ademán de agarrarse el pecho.

-Pues...-Lovino tosió desviando frenéticamente la mirada- yo... estoy comprometido.

La sonrisa de Antonio vacilo levemente, y como si fuera a resbalarse de su rostro, apresuró a su mano a que se la sujetara y la volviera a colocar en su lugar.

-Ah... ya veo. Pues me alegro.-saboreó cada palabra que salió ligeramente de su boca y la sintió falsa.

Algo se les clavó en el pecho de ambos luego de lo dicho por Antonio, y se mantuvo un pesado silencio.

Lovino se apresuró a terminar su plato. Antonio le imitó.


Feliciano mintió acerca de que tenía una exhibición aquella semana en ese mismo lugar, y Ludwig que estaba tan bien informado sobre el horario de trabajo del artista que creó Ánima, lo sabía muy bien. Quedaron de juntarse, pero Feliciano se perdió pese a todas las indicaciones que le dio Ludwig, y todas las que les siguió dando por teléfono. Al final le pidió que le describiera el lugar en el que se encontraba.

-Pues estoy frente a un banco… y detrás de mí hay un supermercado.

-¿Qué más?

-Ve, entre ambos hay una calle.

Ludwig suspiró llenándose de paciencia.

-¿Cómo se llama la calle?

-No sé.

-Entonces averígualo.

-¿Cómo?

-Mira si algún letrero en la esquina dice el nombre… o pregúntale a alguien.

Feliciano observó adormiladamente a los transeúntes. Se decidió por el que tenía cara de más mala leche e iba casi corriendo. Feliciano saltó frente a él sonriendo.

-Ve, señor ¿Cómo se llama esta calle?

El hombre luego de recuperarse de la sorpresa frunció el seño.

-Transilvania con Lestrange-gruñó y emprendió paso aceleradamente.

Feliciano agradecía al desconocido mientras agitaba la mano en despedida. Cuando le perdió de vista regresó al celular.

-Lud, estoy en Transilvania con Lestrange,

-Muy bien, voy para allá. No te muevas.

Cuando Ludwig llegó, no vio a Feliciano por ningún lado, exhaló ante lo ingenuo que había sido al pensar que Feliciano le obedecería. Dejó el auto en el estacionamiento del supermercado y entró. Encontró a Feliciano coqueteando con una cajera mientras pagaba unas golosinas, cuando Feliciano le vio llegar le sonrió y saludo alegremente, el dinero que tenía en su mano desapareció y Ludwig terminó pagando la comida, finalmente le agarró del cuello de la camisa y prácticamente le arrastró hacia la salida, Feliciano no se inmutó y se despidió de la muchacha -que le observaba pasmada- lanzándole besos y piropos.

Una vez afuera, le dio una leve reprimenda, intentando desahogar la rabia y frustración que le provocaba Feliciano, pero sin armar un escándalo en medio de la calle.

-¡Si te digo que te quedes en un lado, te quedas en ese lado!

-Ve...

-¡Estoy seguro de que si no llego antes te hubieras ido más lejos! -Feliciano comenzó a lagrimear- O tal vez te hubieras ido con la cajera, haciéndome perder mi tiempo y gasolina.

-Lo siento Lud, pero es que me dio hambre, y a mí me no me gusta el hambre. Los ruidos que hacen mi estomago son muy fuertes. Cuando era pequeño me dio hambre en la noche y mi estomago rugió tan fuerte que me puse a llorar, y Lovino dijo que cuando yo dormía un monstruo se me metió por la boca y ahora gritaba porque no podía salir, y me dio miedo...

Ludwig le tapó la boca antes de que pudiera continuar su historia y le llevó el auto. Feliciano instantáneamente se ofreció a conducir.

Ludwig no creía en presentimientos, corazonadas ni intuición, tal vez si en instinto. Pero tuvo un presentimiento de que algo malo pasaría si le cumplía su deseo a Feliciano, una corazonada le dijo que no le dejara subirse tras el volante, su intuición le dio la impresión de que Feliciano no sabría diferenciar entre freno y acelerador. Su instinto de supervivencia se disparó en el instante en el que Feliciano se disponía a abrir la puerta del piloto. Al final el italiano terminó de copiloto. Ludwig aprovechó la calma que había dentro del vehiculo gracias a que Feliciano en su inmensa decepción se quedó callado y abordó el tema que le había impulsado a tener aquella reunión.

Feliciano, tenemos que hablar sobre el cuadro que pintaste.

-¡Es precioso! ¿Verdad? ¡Logré captar tu alma! ¿No es así?

Ludwig chasqueó la lengua.

-Podría demandarte por usar mi imagen sin permiso.

Feliciano se quedó callado por dos segundos, suspiró y dijo finalmente.

-¿Haces pesas?

-¿Ah?

-Es que tienes unos brazos tan grandes...-Ludwig no supo identificar el tono de voz con el que Feliciano habló, casi en un susurro grave.

-No cambies de tema ¿Acaso entiendes en que problemas te podrías meter si haces eso con alguien más? ¡No puedes andar por la vida dibujando y exhibiendo a la gente!-Ludwig usó un tono autoritario que hizo a Feliciano dar un respigo.

-Ve, lo siento Lud.

Ludwig, acostumbrado a las constantes batallas contra su hermano sobre lo que se debe y no debe hacerse, se quedó a cuadros al ver que Feliciano acataba sus ordenes tan fácilmente.

-Pues... bien - titubeó - me alegra que lo entiendas.

Feliciano le sonrió y se dispuso a comer uno de los dulces que Ludwig le compró, le ofreció uno pero este negó con la cabeza.

-¿Sabes Lud?-habló Feliciano con la boca llena y los dientes marrones- Cuando hablas así me recuerdas a un militar.-Ludwig asintió, concentrado en el camino- me gusta.

Feliciano sugirió que fueran a comer a un restaurante italiano, cuyo dueño y chef eran realmente italianos. "No como esos americanos bastardos que se dejan crecer bigote y mueven mucho las manos al hablar fingiendo un acento exagerado" como solía decir Lovino. Al entrar saludo a todos los camareros y clientes que encontró a su paso, sin escatimar en las muestra de afecto.

-¿Los conoces?-preguntó Ludwig mientras tomaba asiento.

-A ninguno- rió suavemente Feliciano despidiendo agitando el brazo de una pareja que sonreía nerviosa al salir por la puerta.


Al final del día Ludwig dejó a Feliciano frente al hotel en el que el joven italiano se hospedaba, se sonrojo e hizo una mueca de incomodidad extrema ante el cariño adiós de Feliciano.

Cuando llegaba su departamento recibió una llamada de Antonio, estacionó y contestó calmadamente.

-Aló.

-¿Gilberto?

-No, Ludwig.

-Ay Ludovico, que me he perdío, en la estación, y el taxi me ha abandonao' porque seme ha queao el dinero.

-¡¿Que no tiene dinero?!- Se escuchó a un hombre preguntar de la otra línea

-Joer que todavía no me he bajao' del taxi. Shhhh que no ti escuche.

Ludwig inhalo y exhaló aire antes de hablar.

-¿Estás borracho?

Antonio pegó una risotada.

-No Ludovico, pero que dices Ludovico, eres todo un sol tu tan amarillo.

-Dile al taxista mi dirección y que yo le pago.

-¡Ya lo escuchó!

-La dirección-gruñó-démela.

Ludwig había visto ebrio a Antonio desde que tenía doce años y se quedó al cuidado de su hermano mientras sus padres salían. Su alegría y estupidez se, multiplicaban al máximo y siempre vomitaba al final algo diferente a lo que había comido.

Pero esa vez había algo diferente. Ludwig pagó y ayudó a Antonio a salir del taxi. Apenas puso ambos pies afuera, se abalanzó sobre Ludwig y la abrazó escondiendo el rostro en su cuello. Pese a la incomodidad que le provocaba el contacto, se percató de sucedía algo malo.

El borracho amoroso siempre era Francis.

Le sintió temblar y lo que pensó que era baba o algún tipo raro de pre-vomito que solía tener Antonio resultaron ser gruesos lagrimones acompañados de sollozos silenciosos.

El borracho llorón siempre era Gilbert.

Ludwig luego de unos diez minutos en los que utilizó toda su fuerza de voluntad y la ya gastada paciencia que le quedaba para no moverse, notó como todo el peso de Antonio se cernía ante él y unos leves ronquidos se escapaban de su boca.

El menor de los Beilschemidt se debatió si dejarlo caer y luego arrastrarlo hasta su piso y la cama de Gilbert, o llevarlo a cuestas.


*La Cenestesia no es lo mismo que la Sinestesia. La Cenestesia es algo así como el conjunto de sensaciones de nuestro cuerpo en síntesis con las sensaciones de los órganos internos.

Pues el computador de mi madre, en el que escribía, murió. Ya van dos computadores que se mueren en mis manos. Escribo en el de mi abuelo que vive 16 kilómetros aprox de mi casa, siempre con alguien vigilándome el hombro. No es fácil.