Disclaimer: Hetalia y sus derivados son propiedad de Hidekaz Himaruya, esta historia no poseen ningún fin de lucro.
Joder que los disclaimers son una lata.
Antonio esa mañana se encontró a sí mismo en el sillón de su amigo, acostado arriba de lo que parecía ser vomito seco. Fue directamente a la cocina, pego sus labios a la llave y lleno su boca de agua, casi ahogándose al tragarla. Sintiendo refrescar su seca garganta como un desierto, específicamente; el desierto de Atacama.
Antonio disfrutaba usar comparaciones de temas que utilizaría en su siguiente clase. Siempre fue un tanto distraído y divagaba con facilidad, su tren de pensamiento tomaba muchas curvas y se metía en túneles oscuros impidiéndole estar concentrado en un mismo tema por un largo período de tiempo, y por lo tanto le hacía olvidar cosas importantes, desde efectuar exámenes hasta cumpleaños. Estos pequeños trucos le servían para no perderse a sí mismo entre toda la información que tenía que organizar antes de decir cada palabra. Frente a sus amigos se daba el gusto de soltar risotadas y oraciones sin norte o sur. Pero frente a sus alumnos y colegas mantenía una imagen pulcra y eficiente, seria y confiable. Pese a que era su primer año, ya se había ganado el respeto y cariño del cuerpo escolar.
-Compadre, el agua no se va acabar.-escuchó decir a Gilbert detrás de él con un tono amistoso. Antonio se dio cuenta de que estaba a punto de atragantarse y se separó rápidamente, cerrando la llave, se volteó a saludar. Francis bebía con parsimonia una taza de café, mientras Gilbert lanzaba miradas sugerentes y parecía contener la risa, y Antonio sin entender, le devolvía los guiños. De soslayo miró la hora y aliviado de que hoy había una celebración de fin del aniversario escolar, y por lo tanto podía darse el lujo de llegar tarde, sonrió a sus amigos que desayunaban en la mesa y se despidió con calma.
Apenas escuchó la puerta cerrarse, Francis resopló en su taza y rompió a reír. Gilbert le acompaño,
-¡Tenía el pene en la frente!-exclamó intentando limpiarse el café que se derramaba de su barbilla
-¡Todavía tenía un pene en la frente!- Gilbert golpeó su taza en la mesa, haciendo saltar unas gotitas de cervezas.
Ambos rieron como estrepitosamente, hasta que Francis recordó "¿Toñín, justo ahora, no iba a trabajar? Ya sabes, a una escuela primaria" De pronto su travesura les hizo aún más gracia.
Antonio tomó el bus a su departamento con el fin de adecentarse antes de ir a enseñar. Todo estaba en calma hasta que la anciana a la que anteriormente le había dado el asiento señaló:
-Jovencito, el dibujo que tiene en su frente me recuerda mucho a mi difunto marido.- y sonrió con calma ladeando la cabeza. Antonio en ese instante miró su reflejo y palideció, pero luego comenzó a reír. Como si él no les hubiera hecho cosas peores, pensó.
El resto del día se pasó en un suspiro, no, en varios. Escapando de la boca de Antonio desde su pecho, pensando en Lovino y en los eventos del día anterior. Aquel niño que conoció hace más de una década había cambiado tanto, y su dulzura se había agriado. Pero en esencia todo era igual, una manzana seguía siendo una manzana incluso después de podrirse. Si bien Lovino siempre fue un niño arisco, ahora era un hombre hostil. Al fondo de sus ojos oliva podía ver reflejado un profundo resentimiento que cubría con anécdotas y pequeños insultos en un vano esfuerzo de parecerse al él de hace varios años. El arrepentimiento y la culpa lleno a Antonio y a su brazo acalambrado de sostenerse inmóvil al fierro del bus. El pequeño Lovino siempre fue un niño solitario y difícil de entender, aún más difícil de tolerar. Pero él se dio el tiempo y notó como pese a que alejaba a todos a mordiscones, patadas, y puños en cuanto se le daba la espalda te miraba suplicante, como un perro abandonado en la lluvia, en una caja de cartón deshaciéndose de a poco. Si le acercas la mano desde lo alto; te morderá. Por eso hazlo debajo de la barbilla, para que no se sientan amenazados. Antonio recordó entre las luces de un verano en sepia el rostro de su ya difunta madre, frente a un quiltro de la calle. Y las palabras que susurró con esa voz grave de mujer apesumbrada y la sonrisa de pesadas comisuras, y las bolsas bajo sus ojos. Y ese aroma a almizcle que le surgía desde el interior de su profundo pecho. Antonio ahora solo inhalaba el olor de la gente que pasaba apresurada a su alrededor, perfumes caros y baratos, colonias infantiles, sudor, piso encerados, cloro, pasto y tierra mojada, fierro en sus manos y su frente ardía por haber sido frotada con tanta fuerza para sacarse la tinta indeleble.
Antonio tuvo tanto cuidado al acercarse a Lovino, que se alejaba y le mordía y en ocasiones hasta la gruñía asemejándose aún más al perro callejero de aquella tarde. Tuvo cuidado de no mostrar preferencia por Feliciano, tuvo cuidado de no reírse muy fuerte para no exaltarlo. Consintió cada uno de sus caprichos, hizo oídos sordos a todas sus ofensas. Al principio por lastima, le arrojaba un pan, luego le ofrecía la mano. Pero luego de un tiempo comenzó a sentir verdadero cariño por el malcriado vecinito que tenía. Lovino incluso cuando se acostumbró a él seguía siendo desconfiado y estaba alerta esperando ser dejado de lado a cada instante que Antonio desviaba la mirada de la suya, y por eso Antonio nunca dejó de mirarlo a los ojos. Luego de unos meses Lovino reía con soltura a su lado burlándose de animales pequeños y de Feliciano, e incluso del mismo Antonio. Con una risa tan inocente, tan hermosa, que nacía por cosas tan simples, tan mundanas.
Un día Antonio tuvo que mudarse lejos, y volvió a abandonar al perro que había recogido en la caja podrida bajo la lluvia. Por eso podía perdonar el desdén oculto y el cinismo de Lovino, porque él era la causa; se los merecía. Esos fueron los pensamientos que ahogó la noche anterior en botellas de licor.
No podía soportar la tristeza, la ira, el cansancio. No sabía cómo hacerlo, y no quería aprenderlo. Ignoraba sus propias heridas, aunque sangraran, aunque dolieran. Y las dejaba cicatrizar ocultas de la mirada de todos, incluida la suya.
En ese instante rememoró la escena de ayer "pues…yo… estoy comprometido" Lovino se iba a casar, eso era algo maravilloso. Había encontrado a alguien que vio lo mismo que él vio y ahora estaba feliz y enamorado. Antonio no podía sentirse más miserable. Debería estar feliz, se decía. Al fin Lovino no estaba solo. Alguien más lo recogió…
Lovino no es un perro, se recriminó. Lovino era un niño cuyos padres no le daban la atención necesaria porque de un principio no fue tan dócil como su hermano menor. Era un niño difícil de tratar porque la gente lo trataba de difícil; y se alejaban de él; y el también. Lovino ahora era un adulto que lo resentía por haberle abandonado en plena pubertad cuando más inseguro de sí mismo se sentía, y ahora estaba feliz y con alguien a quien amaba.
Atardecía, y se hallaba sentado en una banca en medio de un parque, costumbre que tenía desde la adolescencia que salía a flote cuando quería pensar con calma. El frio iba aumentado cada segundo que el sol se escondía un poco más, y Antonio se entretenía observando su propio aliento volverse cada vez más visible.
El silbido que le alertaba de un mensaje le hizo dar un respingo. Todo había sido tan irreal, y el agudo sonido lo agarró del cuello de vuelta a tierra. Revisó el mensaje: era de Gilbert.
Se leía:
TOÑO. TU CASA. VEN.
Se levantó desganado y emprendió su caminata.
Antonio se reía al punto de llorar apoyando su espalda en la pared, deslizándose lentamente hasta que se quedó sentado en el suelo. Gilbert Gruñía desde el otro lado de la puerta.
-¡Para de reírte hijo de puta y tráeme un tampón para taparme el culo!-Antonio respondió con carcajadas golpeando con el costado exterior del puño la superficie más cercana.-Argh ¡Trae papel!
Gilbert luego de terminar su horario laboral decidió premiarse a sí mismo llenando su estómago con uno de los sándwiches que vendían en "El Trapeador" Una tiendecita oculta detrás de un paradero de buses. Gilbert era cliente habitual, y por eso la vendedora –una anciana bajita que daba la impresión de tener las arrugas al revés- lo odiaba.
Francis a menudo decía que para querer a Gilbert había que conocerlo muy poco o muy bien. La mujer lo veía casi todos los días, pero no hablaba con él nada más que trivialidades; por lo que no se encontraba en ninguno de los dos extremos.
Aquella tarde en especial ella estaba de un pésimo humor y privada de horas de sueño. Gilbert, en cambio, se encontraba radiante. Por lo que la señora decidió poner en práctica un plan que venía maquinando desde hace meses y nunca tuvo el valor para cometer. Le agregó un ingrediente extra al sándwich hecho a mano. Un veneno que en pequeñas cantidades no mata, pero usando la dosis correcta provocaba una diarrea de otro mundo.
Cuando Gilbert comenzó a sentir los efectos se encontraba a un par de cuadras de distancia del departamento de Antonio. Corrió rezando llegar a tiempo, entró y al cabo de diez minutos de agonía en el baño se dio cuenta de que no había papel.
-¿Y si te traigo un corcho?- pregunto Antonio ya calmado.
-No seas idiota, Eli dice que desde que se cambió a los tampones se siente más cómoda y están diseñados para eso ¡Pero desgraciado lo de los tampones era un chiste! ¡Baja a comprar papel higiénico.
Antonio se incorporó soltando risitas.
-Vale, vale.
Gilbert volvió a refunfuñar desde el otro lado del baño.
-¡Marca Suanvincin! ¡Que sea de marca Suavincin, el de los conejitos!
Antonio asintió con la cabeza a pesar de que Gilbert no podía verlo y bajó hasta una farmacia en la cuadra del frente. Solo porque le hacía mucha gracia decidió comprar aun así los tampones.
-"¿Para qué tipo de flujo?"-Preguntó una joven a la que Antonio le consultó sobre cuál era mejor.
-"Abundante"-Sonrió de su propio chiste.
Cuando volvió con ellos, a Gilbert no le hizo ninguna gracia.
Antonio no tuvo noticias de Lovino hasta por lo menos una semana después. Su celular sonó en medio de la ducha, por lo cual se perdió las primeras dos llamadas; estas fueron pasadas al buzón de voz. Cuando Antonio lo abrió, se encontró con una sarta de insultos en italianos que finalizaron en un "Argh solo llámame"
Lovino le invitó de nuevo a su casa, a una cena junto a su prometida y Feliciano. Según él, esta fue idea de los dos últimos mencionados, no suya. Al parecer Feliciano al enterarse que su antiguo vecino había ido a visitarlos no podía caber en sí mismo de la emoción, le desbordaba por las orejas y sobre todo por la boca; llegando hasta la novia de Lovino, quien pensó que era una maravillosa idea invitarlo a cenar para introducirlo a la familia. Antonio no sabía si estar feliz o triste respecto a esto.
Quedaron de juntarse un día sábado a las siete de la tarde. Comerían la comida cacera de Emma, la tan mencionada prometida de Lovino.
En un principio Antonio no sabía que atuendo ponerse, algo formal y relajado, o algo informal y decente.
-¿Qué no es lo mismo?.- Bostezó Gilbert sentado en el suelo con la cabeza apoyada en el borde de la cama, al lado de la rodilla de Antonio que estaba sentado. Francis se sumergía entre los cajones y nadaba entre las prendas de su amigo. Doblando y apartando las que le parecían más aceptables desde su perspectiva.
-Por supuesto que no, Gil.- dijo Francis como un ronroneo.-Cada mínimo detalle de la ropa que se viste puede decir un millar de cosas sobre tu personalidad. ¿Cómo crees que nunca me equivoco cuando al inferir que la dame* ante mí no le importaría pasar una noche conmigo y luego nunca volverme a ver?
-Porque nadie quiere verte luego de pasar una noche contigo.-explicó Antonio resoplando de la gracia.
-Mucho menos después de ver tu cara en la mañana.-agregó Gilbert. Ambos compartieron una mirada cómplice para la irritación de Francis.
-Ustedes no entienden las sutilezas de la vida.-murmuró.- Bien, Antonio ¿Qué impresión quieres dar?
-Una buena.- se encogió de hombros.
Francis suspiró
-Mon dieu Toñin. Para eso con que la ropa no tenga ningún hoyo basta. Pero hasta los mendigos pueden dar una buena impresión ¡Usarás lo que yo te diga sin reclamos! ¡¿oui?!
Francis no esperó respuesta alguna y siguió buceando.
Unas horas más tarde Antonio se encontraba frente a frente con la puerta de entrada, detrás de ella lo esperaba Lovino, junto a su Feli y a su prometida. El corazón le latía con tanta fuerza que sentía que como un huevo su esternón se quebraría. Se sentía mareado y le cubría en su cuerpo la molesta sensación del sudor que amenaza con salir, pero al final no lo hace.
Golpeó con más fuerza de la necesaria, impulsado por la inercia al forzarse a sí mismo a moverse.
Escuchó unos cuchicheos venir desde adentro, no pudo reconocer todas las voces. Luego de unos pocos segundos la puerta se abrió y una muchacha se asomó.
Tenía un cabello rubio y corto hasta la mitad del cuello, que daba la sensación de ser esponjoso como al algodón. Pudo notar desde su perspectiva sus pechos, de su vista se perdía su cintura que, hasta que nacían sus caderas. Tenía ojos grandes y tan verdes como los suyos, que daban la impresión que lloraban con facilidad y soltaban grandes lagrimones el labio inferior más grueso que el superior, tenía las comisuras naturalmente levantadas, por eso incluso al verlo con una expresión neutra se veía contenta.
-¿Antonio?-preguntó.
-¿Emma?
Emma sonrió y asintió, abrió la puerta dándole una ancha pasada que Antonio aprovechó para escurrirse hacia el interior intentando parecer de lo más relajado posible, observó a su alrededor y por un instante creyó ver a Lovino sonriéndole: era Feliciano, quien se apresuró a abrazarlo.
-Ve ¡Toño!
-¡Feli!- Antonio devolvió el abrazo y comenzó a reír, Feliciano se le unió en el acto. Unidos comenzaron a caminar balanceándose, dando la apariencia de estar practicando una danza torpe.
Lovino se encontraba apoyado en el marco de la puerta, tenía una expresión agria en el rostro y apretaba los dientes. Antonio y Feliciano se separaron lentamente, el primero sonriendo con las cejas levantadas se acercó a saludar. Lovino hizo un gesto con la cabeza y pasó al comedor. Emma hizo un ademán de disculpa y le siguió. La comida estaba servida, despedía vapor y tenía un olor agradable, pero a Antonio se le había encogido el estómago.
Cuando todos se hallaban sentados, un silencio incomodo se alzó entre ellos, solo interrumpido por los ruidos que hacía Feliciano con la boca al comer. Pasado un minuto Emma preguntó:
-Y, Antonio ¿A qué te dedicas?
-Soy profesor.- murmuró cohibido.
-¿Niños grandes? ¿Niños pequeños?
-De primaria.
-Yo estudié párvulo, me encantan los niños. Pero no pude terminar porque tuve problemas familiares.-comentó sonriendo.- aunque no me siento mal, si no fuera por eso no habría podido conocer a Lovi.
Lovino al escuchar esto se sonrojó y marmullo algo incomprensible.
-¿Si? ¿Cómo se conocieron?-preguntó Antonio intentando agarrarse del bote salvavidas que Emma le estaba lanzando.
-Pues, en una farmacia. Lovino estaba comprando un medicamento para la migraña y yo también. Pero como puedes ver soy muy bajita y no lo alcanzaba. El vendedor en vez de ayudarme se me quedó mirando como burlándose. Entonces de repente apareció Lovino y como todo un caballero me alcanzó el remedio y luego comenzó a reprender al farmacéutico.
-¿Reprender?
-Insultar.-sonrió.- y en dos idiomas. Pensé que era increíble.
Antonio comenzó a reír, ya más calmado.
-Una vez, una vez estaba yo sentado en una plaza.-comenzó a contar.- y de repente veo a un niño que estaba caminando muy raro. Avanzaba, se daba la vuelta, pegaba unos saltos, y luego se volvía a dar la vuelta para avanzar otro poco. Miré con más atención y me di cuenta que era Lovino. Me acerqué a preguntarle qué estaba haciendo ¡al muy pobre lo estaba siguiendo una paloma! Después de un rato de amenazar con pegarle y gritarle insultos se puso a llorar.
-Maldición Antonio no cuentes eso.-Lovino le recriminó.
-¿De verdad? ¿Cuántos años tenía?
-Como unos nueve u ocho.
-¡Ah ya me acuerdo!-exclamó Feliciano sorprendiéndolos a todos.- Fue ese día que lo trajiste en brazos llorando porque una paloma le había cagado encima.
-¡Joder Feliciano!-exclamó Lovino- ¡No…!
- No, no fue el mismo día.-le interrumpió Antonio.- pero fue esa misma semana. El ataque de las palomas ocurrió durante seis días. Lovi ya no quería salir de casa para el domingo.
Lovino iba a reclamar algo, pero se detuvo cuando vio que Emma estaba empezando a reír enternecida por la imagen mental.
-¡Es por eso que odias a las palomas, Lovi! ¡No tenía idea!-Lo miró dulcemente, y este se calmó.
Antonio notó esto pero prefirió ignorarlo. El resto de la tarde transcurrió entre los tres, Feliciano, Antonio y Emma, intercambiando anécdotas vergonzosas de Lovino. La vez que intentó ser amable cediéndole el asiento a una señora en un bus, pero esta dijo que no lo necesitaba y comenzaron a discutir gritándole al otro por quién debería sentarse, contaba Emma que al final un caballero con traje terminó tomando el asiento, mosqueando a ambos, a Lovino y a la señora. Feliciano se reía al recordar la vez en que Lovino comenzó a gritar a un chef de un restaurante italiano porque no venía de Italia y su cocina ni siquiera resemblaba el verdadero esplendor de su tierra natal. Al final Lovino terminó trabajando como cocinero allí.
Antonio comprendió en ese momento que Lovino no había crecido para transformarse en un adulto amargado, sino que su vocabulario de malas palabras había aumentado. Pero en el fondo era casi el mismo niño que se escapaba de las palomas. Seguía siendo tan desconfiado como siempre, pero Antonio en su desencanto ante la hostilidad que mostró Lovino en su reunión le hizo pensar que había cambiado para peor.
Le invitaron a pasar la noche, pero este se negó alegando que un amigo suyo le había invitado a ver unas películas de terror durante la madrugada. Feliciano al escuchar esto pegó un respingo.
-Ve, Toño. Tú conoces a Lud ¿Verdad?
-¿Ludwig? Pero claro, su hermano redecoró mi baño.
-Podrías.-tosió- ¿podrías decirle que me llame? No he oído de él últimamente.
-Ha estado muy ocupado, ni Gil lo ha visto y eso que viven juntos. Hace tres días lo llamó para ver si podía llevarle un cambio de ropa a la universidad. Pero cuando se desocupe le digo que te contacte.
-¡Gracias Toño!
Antonio no entendía muy bien la razón por la que Feliciano estaba tan contento, pero respondió con el mismo entusiasmo.
-¡De nada Feli!
Era Gilbert quien lo había invitado, Antonio llegó a las 1 am. Se sorprendió al encontrar que había más gente invitada, un rumano que fue presentado como Andrei y Elizabetha, la novia de Gilbert, el último buscaba la película entre un revoltijo de muchas otras. Francis ordenaba el picadillo y la bebida a lo largo de una mesita de café.
-Hola Eli.-saludó Antonio con un beso en la cara.
-Hola Toño ¿Cómo te fue?
-Bien, bastante bien.
-¿Comentaron algo de lo bien que te veías?.-preguntó Francis alineando los vasos. Gilbert
-Si.-mintió.- creyeron que me dedicaba a la moda por mi buen gusto.
-Supongo que no me diste el crédito ¿verdad?
-Por supuesto que no.
-Bien hecho.
Antonio sabía que Francis poseía dos tipos de naturalezas que no encajaban muy bien una con la otra. Una delicada y refinada, que sabía de vinos y aderezos y ropa y poesía y modales. Y otra libertina e incluso grosera, que fue la primera que de Francis conoció. Su amigo era una extraña combinación de ambas, y aunque generalmente se encontraba al medio de las dos, podía inclinarse a uno u otro extremo. Podía correr desnudo por las calles haciendo "helicópteros" a los transeúntes una noche, y al otro podía hacer arreglos florales y regalárselos a quien se viera triste. No era bipolaridad, pues su humor no fluctuaba, es solo que así era él. Una persona no tiene solo una o dos capas, o una o dos caras o un matiz negro, uno blanco y uno gris, sino que se compone de muchas pequeñas partes que se encajan una con la otra y se van mostrando en distintas situaciones, estas piezas van cambiando con el tiempo. Antonio sabía lo mal que se sentía cuando alguien rechazaba una de tus caras, capas, o matices o pieza del rompecabezas que te compone. Y precisamente lo que le agradaba de Francis era su naturaleza contradictoria.
-Quiero ver una con mucha sangre, con entrañas y esas cosas.-dijo Andrei en dirección a Gilbert.- Destino final, veamos una de destino final.-soltó como veredicto.
-¡No qué asco!- exclamó Eli irritada de solo mirar la sonrisa sardónica del rumano.- ¡Veamos una de suspenso!
-¿Han visto Anabelle?-preguntó Antonio.- yo todavía no la veo.
-¿De verdad?-preguntó Francis sinceramente sorprendido
-Anabelle fue una mierda.- dijo Gilbert.- vamos a ver esta.- enseñó la película a la cual se refería y sin esperar respuesta la colocó. Aparecieron en seguida en la pantalla la opción de idioma.
-Idioma original.-pidió Elizabetha.
-No quiero leer subtítulos.-murmuró Gilbert, pero accedió por la mirada mosqueada que le mandó su novia.
Antonio se quedó dormido el hombro de Andrei al instante en que empezó a sonar el soundtrack. Al día siguiente despertó con la cara y cuello rayados.
*Dame significa dama.
SI, EMMA ES BÉLGICA, A MI ME GUSTA ELLA CON TODOS Y TODAS ¿ALGÚN PROBLEMA?
Intento que la forma de hablar sea lo más neutra posible, pero cuesta un montón porque en Chile se habla muy distinto a otros países. ¿Se dice párvulo en otros lugares? No tengo idea. Tenía planeado publicarlo mañana, pero lo hago antes porque esta semana será de las más ocupadas. Quería hacerlo más largo, pero solo lo hice como 100 palabras más que el promedio.
¿Alguien ha visto las noticias? Hizo erupción el volcán Calbuco; y pese a que está tan lejos de mi casa, los cielos están grises por la ceniza.
Mima: ¡Muuuuchas gracias por el review! Este no se tardó tanto ¿Ves? aunque no estoy del todo contenta por como resultó, sin embargo tengo que ser responsable :/ y lo subí igual. Aah~ ¡Gracias! yo pensé que talvez los estaba haciendo muy ooc porque hace un siglo que no veo hetalia (antes me la reveía todos los día, porque dura tan poco que mi sobraban horas para hacer otras cosas). Jeje ¿ya dije gracias? ¡Gracias!
