CAPÍTULO 2

-¿Quieres saber un secreto, Annie?

Katniss se hallaba sentada en su tocador mientras la doncella le ayudaba a acicalar sus cabellos.

-¿Yo? -se sorprendió la muchacha. -¿Un secreto?

-Eres mi confidente ¿no? -la alentó Katniss.

-Soy sólo vuestra camarera -le recordó tímidamente.

-Y amiga, espero -la corrigió la joven alegremente. Annie sonrió, honrada ante la preferencia de su señora, aguardando a que ella hablara.

-Yo... no he besado nunca a un hombre -le confesó con las mejillas enrojecidas. -¿Y tú?

-Nunca he tenido novio -respondió avergonzada.

-No es necesario tener novio para besar a un hombre -la corrigió Katniss.

-Yo creo que sí, Condesita -admitió Annie.

-Yo, sin embargo, creo que no -insistió la joven -basta con encontrar el amor, el verdadero -suspiró.

-¿Entonces vos... lo habéis encontrado? -preguntó con entusiasmo. Katniss afirmó con la cabeza, con un deslumbrante brillo en sus ojos que iluminaba su rostro sonriente.

-¿Cómo se llama? -cuestionó con gran curiosidad.

-No lo sé -se encogió de hombros aun sin perder la sonrisa, ante la expresión divertida de Annie. Sólo sabía que un par de ojos azules habían cautivado sin remedio su corazón...

-Te veo un poco cansado hoy, Peeta -se burló Haymitch viendo que Peeta apenas había podido resistir el embate de su florete. El joven, sin embargo, consiguió deshacerse de su presión y se alejó de su contrincante, aunque no fue capaz de esquivar la maestría de su siguiente ataque que hizo que se le resbalara el arma de las manos, golpeando sobre la alfombra de la biblioteca. Haymitch se mantuvo alejado, pero apuntándole con el florete en postura amenazante; le dejaría recoger su arma más sería conveniente que no bajará la guardia. En cuanto Peeta la tomó, recuperó la posición de defensa, caminando en círculos, enfrentado a Haymitch que seguía sus movimientos.

-Dime la verdad -se rió Peeta -¿Te entrenas a escondidas?

-Es que yo de noche, al contrario que tú, duermo -se mofó Haymitch.

-Quizás pronto haya solución para eso -le guiñó el ojo -si por fin decides hablarle a Effie.

-Más respeto, jovencito -le exigió con falso reproche -¿Y quién es la afortunada esta vez? -le preguntó sin dejar de girar, siempre apuntándole con la espada. Peeta le dedicó media sonrisa -No me respondes ¿eh? -continuó Haymitch. -Entonces es algo serio -exclamó lanzando entonces su ataque y que el joven esquivó rápidamente, inmovilizando su arma contra el suelo, haciéndolo inclinarse.

-He visto a Katniss Everdeen -le confesó.

-¿A quién? -clamó alarmado.

-A Katniss Everdeen -le repitió separándose de él, permitiéndole el poder erguirse.

-¿Te has vuelto loco? -le acusó siguiéndole con la mirada -Te ha visto desde muy cerca con la máscara del Gavilán.

-No tanto como yo quisiera, Haymitch -bromeó Peeta.

-Cierto, te gusta el riesgo y jugar con fuego -aceptó -pero esa muchacha puede ser muy peligrosa.

-Lo sé -se rió, aunque pronto su expresión se tornó furibunda.

-El Capitán Seneca estaba también en la recepción –agregó Peeta -y ha puesto sus ojos en ella.

-Bien –exclamó Haymitch con ironía, alzando los brazos -¿Alguna otra buena noticia?

-Quiero volver a verla -admitió Peeta con mirada pícara.

-¿Y te atreves a burlarte de mí? -se rió -¿No eras tú quien decía que enamorarse era como terminar en prisión? -añadió.

-Amigo mío, eso era un modo de hablar.

-Pero no en este caso si el Capitán Seneca está de por medio -le advirtió. Una mueca de disgusto se dibujó en el rostro de Peeta como respuesta.

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* ~ § ~ *

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-Bueno días, Marvel -lo saludó Katniss entrando en la biblioteca. Marvel levantó la vista de los documentos que estaba revisando. -Voy a dar un paseo a caballo -continuó. -Nos vemos más tarde.

-¿Y no me dices nada de ayer? -la detuvo.

-Si la verdadera pregunta es si me ha gustado el Capitán Seneca Crane -le insinuó ella -la respuesta es no, aunque tu querida Clove se haya esforzado mucho por conseguirlo -añadió con apatía.

-Lo hace sólo por tu bien -le aclaró poniéndose en pie, caminando hacia ella. -El Capitán Seneca es un oficial con un gran futuro, lo que lo hace adecuado para protegerte.

-¿Por qué te casas tú con Clove? -quiso saber ella, sin ocultar una segunda intención en su pregunta.

-¿No has visto lo bella que es? -la miró sorprendido Marvel. -Además de que la familia Dimonte es un fragmento de historia del Piamonte -prosiguió. -Para mí es un honor unir el nombre de los Everdeen al suyo.

-Has dicho que es bella pero no has dicho que la amas -puntualizó Katniss -Habría preferido que me dijeras simplemente eso.

-Razonas como una jovencita -se excusó Marvel, sabiéndose descubierto.

-Sí, yo soy una jovencita -aceptó Katniss -y por eso tengo derecho a creer que una toma un esposo por amor, no por protección -se defendió -y hace algún tiempo también lo creías tú -le reprochó finalmente.

-Sé a lo que te refieres -admitió Marvel con severidad. -Pero Glimmer es nuestra prima.

-Prima segunda, lejana -se apresuró a corregirle.

-Y una mujer casada -agregó derrumbando ahora todos los argumentos de su hermana. -Y muy pronto yo también estaré casado -le recordó.

-Buenos días, querido -irrumpió Clove en la biblioteca.

-Buenos días -respondió él besándola en la frente.

-Vuestra hermana causó una gran expectación ayer por la tarde -se regocijó la marquesa. -¿Se lo habéis dicho? -se dirigió a su prometido.

-¿Decirme el qué? -quiso saber Katniss.

-El Capitán Seneca ha quedado prendado de vos -le sonrió maliciosa. -Y si vuestra huida fue una táctica de seducción, ha funcionado por completo.

-Habláis del amor como si fuese un campo de batalla -la miró ella con desaprobación.

-Katniss, querida, el amor es un campo de batalla -le confirmó -¿No estáis contenta de haber conseguido su favor?

-Verdaderamente, vos no habéis entendido nada -espetó la joven con desagrado mientras abandonaba la biblioteca.

-Disculpadla -la excusó Marvel -es aún muy joven.

-No por eso debe faltarme al respeto -le recriminó -y no debéis permitirlo -le exigió con firmeza. -Pronto seré de vuestra familia.

-Cierto -concordó Marvel dubitativo.

Más Katniss no claudicaría tan fácilmente... ¿cómo podía su hermano no estar de acuerdo con ella en algo semejante?... pensó mientras cabalgaba sin rumbo por el bosque. Su propio padre y su intensa lucha por hacer valer frente al mundo entero su amor por una joven de baja alcurnia deberían haberle servido de ejemplo. Pero ahora, no sólo iba a desposar a una muchacha insensible y coqueta por Dios sabría que motivo, sino que pretendía que ella se uniera al Capitán Seneca sólo por el hecho de otorgarle seguridad y protección. No le resultaría tan sencillo...

En ese instante, Katniss escuchó el rugir del agua, como de una cascada y decidió detenerse a comprobarlo. Ató su caballo a un árbol y cogió del morral el libro que traía consigo. Quizás disfrutaría de un agradable momento de soledad.

Sin embargo, pronto descubrió que no sería así pues, cerca del pequeño arroyo halló otra montura. Curiosa, caminó con cautela, queriendo descubrir a quien pertenecía. Se detuvo en un árbol cerca de la orilla, de donde colgaba una camisa y dejó el libro a sus pies. Fijó su vista en el torrente, sin duda el dueño de esas prendas estaba tomando un baño, cuando vislumbró el brillo de unos cabellos rubios surgir del agua. Aunque estaba de espaldas, el fuerte latido de su corazón no dejaba lugar a equívocos. Era aquel muchacho de enigmáticos ojos azules del que había quedado cautiva sin remisión. Quizás debería haberse retirado antes de que él se percatara de su presencia pero, encontrarse de esa forma tan inesperada a aquel hombre de figura tan perfecta que parecía esculpida por los mismos dioses, no le permitía hacer gala de su raciocinio. Se quedó inmóvil apoyada en aquel árbol, observando aquella deliciosa aparición. Peeta se giró entonces hacia ella y su expresión relajada se tornó en una mezcla de sorpresa y regocijo.

-Buenos días -la saludó alegremente.

-Buenos días -titubeó ella enrojecida. -¿qué hacéis aquí? -preguntó Katniss, arrepintiéndose al segundo... estúpida turbación...

Peeta sonrió mientras extendía los brazos abiertos, abarcando aquel escenario con su mirada, denotando con ello lo evidente de su visita al torrente.

-¿Y vos? -quiso saber él -¿Es una afortunada coincidencia o quizás me estáis siguiendo?

-¿Yo? -se defendió -¿no seréis vos quien me está siguiendo?

-No creo que haya dudas sobre quién llegó primero -se rió Peeta. Katniss sonrió mordiéndose el labio... otra feliz torpeza.

-Es como habéis dicho vos -dijo finalmente -una coincidencia.

-Una afortunada coincidencia -la corrigió él sonriendo. -¿Queréis daros un baño?

Katniss negó con la cabeza.

-Lástima -le dijo con mirada insinuante -hace mucho calor hoy.

-Resistiré -respondió ella bajando el rostro, sonriendo tímidamente.

-Entonces -continuó mientras caminaba hacia ella -si no entráis vos, tendré que salir yo.

-No, os lo ruego -se volteó ella avergonzada. El verlo emerger del agua, como una divinidad marina, con únicamente un pantalón cubriendo la perfección de su cuerpo...

-Se ha dicho de vos que habéis tenido de frente al Gavilán en persona -le escuchó decir detrás suyo, casi pegado a su espalda -¿y, sin embargo, tenéis miedo de mirarme a mí?

-Él no estaba... -titubeó -como estáis vos ahora.

-¿Queréis decirme entonces que él os daba menos miedo que yo? -sugirió con manifiesto tono de provocación mientras se inclinaba sobre ella.

-Tampoco vos me dais miedo -se defendió ella.

-¿Estáis segura? -susurró sobre su oído.

Katniss suspiró cerrando los ojos y, respondiendo a su insinuación, se volvió a mirarlo. De pronto se halló perdida en aquellos ojos azules, que parecían hablarle, como si le lanzasen un silencioso conjuro, nublándole la razón. Peeta se inclinó sobre ella, rozando levemente con sus dedos aquel delicioso rubor que adornaba sus mejillas. Bajó la vista hasta su boca, sonrosada, plena y la locura de besarla se instaló en su mente como un estigma y, aunque debería haberse resistido, aquellos labios trémulos eran demasiado tentadores. Consciente de estar sobrepasando el límite del peligro, acortó la escasa distancia que los separaba y la besó, despacio, suave, disfrutando de aquel primer contacto y del dulce sabor de sus labios, delicioso y adictivo.

-No sé ni vuestro nombre -musitó ella con la respiración entrecortada.

-Peeta, me llamo Peeta -susurró atrapando su boca de nuevo, acariciando la línea de su mejilla hasta su nuca, acercándola más a él. El cálido néctar de su aliento pronto se expandió por su ser embriagándolo y la abrazó, aferrándola a su cuerpo. Katniss no supo si fue la humedad de su cuerpo, la calidez de sus manos o aquellos labios que la besaban con apremio, pero un sentimiento de total abandono la hizo perderse en aquellos brazos.

-Debo irme -murmuró sin aliento, recuperando de nuevo la cordura y separándose de su abrazo.

- Katniss -la detuvo.

-Kat -lo corrigió ella bajando el rostro.

-Vuestro... -dudó -tu libro -decidió al fin sonriendo, ofreciéndole el tomo. Ella asintió agradecida. -¿Vienes a menudo al riachuelo? -preguntó esperanzado.

-¿Y vos? -respondió. Peeta inclinó la cabeza como una manifiesta indicación. Katniss sonrió entendiendo -¿Y tú vienes a menudo?

-Desde hoy, todos los días -contestó él como una clara invitación mientras la envolvía de nuevo con su mirada. Katniss le dedicó una leve sonrisa, alejándose con gran esfuerzo del embrujo de aquellos ojos. Peeta la observó mientras se alejaba en su caballo, preguntándose cuanto tiempo transcurriría hasta que despertase de aquel maravilloso sueño para hundirse en el más oscuro de los infiernos.

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* ~ § ~ *

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Katniss suspiró un par de veces buscando sosiego mientras caminaba por el corredor de camino a la biblioteca. El fulgor de sus mejillas no le pasaría inadvertido a su hermano pero esperaba que la excusa de haber galopado hasta la finca fuera suficientemente creíble. Llegaba a la biblioteca cuando escuchó voces en su interior.

-El Gavilán no intentaba robar a vuestra hermana -le informaba Seneca a Marvel. -Esperaba a otro carruaje que llegaba desde Francia con el dinero de la financiación de las tropas francesas en el Piamonte.

-También Katniss tuvo la impresión de haber sido víctima de un error -le confirmó.

-La llegada de ese cofre había sido aplazada -le indicó, -pero El Gavilán volverá a intentarlo, así que debemos anticiparnos a sus movimientos.

-¿Y por qué habéis venido a hablar conmigo? -se extrañó Marvel.

-Porque debemos hacer algunas confiscaciones en el pueblo y necesito vuestro apoyo -le aclaró.

Marvel lo miró con desconfianza.

-Debemos aislar a ese bandido -insistió Seneca -y muchos campesinos le apoyan.

-Sabéis que muchos campesinos están en la extrema pobreza -puntualizó. -La guerra los ha diezmado.

-La guerra ha terminado -le corrigió con firmeza -así que no existe justificación para los campesinos que apoyan a un bandido. ¿O es que la emboscada a vuestra hermana no ha sido suficiente para vos? -añadió en vista de lo impávido de su rostro.

-Os daré mi apoyo -aceptó al fin. -Por suerte Katniss ha vuelto a casa sana y salva, pero, como bien decís, nuestra vida no puede depender del humor de un bandido.

-Me alegra que comprendáis mis razones -sonrió satisfecho. -Ahora, si fuera posible, necesitaría hacerle algunas preguntas a vuestra hermana.

-Salió a cabalgar y aún no ha regresado -le informó.

-Qué contrariedad -dijo con declarado disgusto. -Si me disculpáis entonces -se cuadró ante él antes de retirarse. Mientras tanto, Katniss se apresuraba a llegar a su cuarto para evitar un encuentro indeseable con el Capitán.

-¡Condesita! -la recibió Annie en su alcoba.

-El destino me ha hecho encontrarlo de nuevo -le contó emocionada.

-¿Habéis vuelto a ver a aquel noble? -se entusiasmó. Katniss afirmó sonriendo.

-¿Habéis sabido su nombre? -preguntó curiosa.

-Peeta -le dijo.

-¿Peeta...?

-Peeta y nada más -asintió resignada -sigue haciéndose el misterioso pero conseguiré quitarle la máscara -le sonrió. -¿Y tú dónde vas tan bonita? -quiso saber de pronto al verla vestida de calle.

-Estaba dejándoos una nota -le dijo. -Iba al pueblo con Effie, Octavia y mi hermano.

-¿Hay espacio para uno más en vuestra carreta? -le guiñó el ojo.

-Por supuesto -sonrió la doncella.

-Iré a avisar a mi hermano -le informó mientras ambas salían de la habitación.

De camino al pueblo, Effie y Cinna se encargaron de ir poniendo al día a Katniss sobre los acontecimientos en lo que desembocó la llegada de las tropas francesas a la zona. Katniss contempló contrariada como había desmejorado el pueblo.

-Cinna, ¿aquella no era la casa de Franco? -preguntó Katniss mientras bajaba de la carreta una vez habían llegado al centro del pueblo, donde, su aspecto se presentaba mucho más desolador.

-Sí, la habitaba él, Condesita -le confirmó el muchacho.

-Estas son las cosas que ha traído la guerra con los franceses, Condesa -le narró Effie. -A muchos se los llevaron.

-Y algunos también se marcharon después de que llegara la paz -añadió Cinna.

-¿Por qué motivo?

-El Capitán Seneca Crane -respondió Cinna. Katniss lo miró sin comprender.

-Por desgracia -intervino Annie -mi hermano está en lo cierto, condesita.

-Tras la tregua llegó él -le dijo -Nos decía que debíamos colaborar aunque, sin embargo, nos trataba como esclavos. Algunos se revelaron y…

-¿Ha encarcelado a campesinos de Vilastagno? -se alarmó Katniss ante el sombrío rostro del muchacho.

-Incluso los ha colgado -se apresuró a añadir él.

-¡Cinna! -le recriminó su prometida -Quizás estas cosas no le interesan a la condesa.

-No, Octavia -la contradijo. -Por supuesto que me interesa -se giró hacia Cinna. -¿Estás seguro de lo que estás diciendo?

Sin embargo, el golpeteo de cascos de caballos los interrumpió. Un destacamento francés hacía su aparición en el pueblo. A la cabeza, cabalgando con porte erguido sobre su corcel negro azabache, comandaba la tropa un joven muchacho de atractivos rasgos y rubio cabello ensortijado que anudaba cuidadosamente sobre su nuca, el Teniente Finnick Odair.

-¡Requisad las armas! -ordenó a sus hombres con potente voz, posicionándose en mitad de la plaza.

-¡Inspeccionad las casas! -agregó el Sargento Brutus.

Los soldados franceses obedecieron, bajo la atónita mirada de los habitantes del pueblo que observaban como los militares irrumpían en sus casas confiscando todas las armas que allí encontraban.

-¿Qué hacen? -preguntó Katniss desconcertada.

-Confiscan las armas -le aclaró Effie tratando de controlar su rabia.

-Requisad esa carreta -se escuchó gritar al joven Teniente señalando la carreta de algún campesino.

-¿Por qué están haciendo esto? - Katniss seguía sin comprender.

-Temo que sea por culpa del Gavilán, Condesa -le sugirió Annie, -por el asalto a vuestro carruaje.

-Cargad las armas -voceaba Finnick.

-Teniente, no podéis confiscar las armas -le dijo Katniss -los campesinos las necesitan para cazar, para poder comer.

-Lo sé y lo siento mucho -se disculpó él. -Le aseguro que, en cuanto capturemos al Gavilán, devolveremos las armas.

-¡Bastardos, perros franceses! -se le encaró Cinna.

-¡No! -le pidió Octavia, pero Cinna ya había intentado llegar hasta el Teniente para agredirlo.

-¡Cinna! -Annie corrió hacia él tratando de impedírselo, pero los fuertes brazos de uno de los soldados la atraparon deteniéndola mientras Brutus ya elevaba su puño dispuesto a golpear al hermano de la joven por su osadía.

-¡Dejad a la muchacha libre! -gritó Finnick -¡Y a él también! -les ordenó -¡Estamos aquí solamente para requisar las armas!

-Pero el Capitán Seneca... -comenzó Brutus.

-Sargento, ¿quieres discutir una orden directa? -le amenazó. -¡Dejadlos libres os he dicho!

Tanto el soldado como Brutus obedecieron, aunque a regañadientes.

-¡No es salvándome como te salvarás, puerco francés! -le escupió Cinna.

-Recoged las armas y marchémonos -les indicó Finnick, ignorando los insultos del muchacho, azuzando su caballo para abandonar el lugar.

Los soldados amontonaron todas las armas requisadas en la carreta tras lo que siguieron al Teniente.

-Esto no se quedará así -masculló Katniss entre dientes observando a la tropa alejarse de allí.

-Debes intervenir. No puedes permitir estos abusos - Katniss irrumpió en la biblioteca ante un sorprendido Marvel.

-¿De qué hablas? -preguntó extrañado.

-El Capitán Seneca ha requisado todas las armas al pueblo -le aclaró.

-¿Las armas? -cuestionó pensativo. -Me había dicho que iba a hacer algunas confiscaciones...

-¿Tú lo sabías y no lo has impedido? -le acusó.

-El Capitán Seneca cumple con su deber -se justificó. -El Gavilán se está convirtiendo en un peligro, tú misma fuiste su víctima.

-¿Pero qué tiene que ver el pueblo? -se exasperó Katniss.

-Hay quien apoya a ese bandido, por desgracia, y el Capitán está tratando de aislarlo -le dijo -A fin de cuentas ha sido muy correcto al venir aquí y pedir mi apoyo.

-Nada es más importante que la gente de Vilastagno y tú no puedes permitir a los franceses que actúen en contra de ellos -le rebatió. -¡Han habido ejecuciones! -exclamó.

- Katniss -Marvel la tomó por los hombros intentando calmarla -a causa de la guerra, nuestra tierra está bajo el control de los militares franceses -admitió -y es necesario detener las tentativas de rebelión, sólo así se puede proteger al pueblo de Vilastagno.

-No es justo que pague esa pobre gente -se deshizo ella de su agarre. -Sabes que hubo un tiempo en que no era así, Marvel -sentenció marchándose de la biblioteca. Marvel la vio alejarse, preguntándose si estaba manejando con ecuanimidad el legado que dejó su padre, al ocupar él su lugar.

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* ~ § ~ *

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A la mañana siguiente, Katniss se apresuró a dejar la finca, no tenía ánimos para compartir con nadie. La discusión con su hermano el día anterior la había malhumorado. Además, sabía que Clove no tardaría en llegar para acompañarlos a la iglesia y, lo que menos le apetecía era tener que escuchar sus alabanzas hacia él, según ella, apuesto y distinguido Capitán Seneca. Sólo había una persona en el mundo que deseara ver en esos momentos y esperaba, con desconocido fervor, poder encontrarla.

Ató su caballo en el mismo árbol que el día anterior y se sentó con su libro a orillas del arroyo con la esperanza de que aquel muchacho de hipnotizadora mirada decidiera visitar el torrente. No pasó mucho tiempo hasta que escuchó cascos de caballo cerca. Se volteó y comprobó llena de gozo que Peeta ya se aproximaba a ella, con su arrebatadora sonrisa dibujada en sus labios.

-Había algo que me decía que hacía bien en venir -tomó sus manos ayudándola a levantarse.

-Llegas tarde -le dijo ella con falso reproche. -No es buena costumbre hacer esperar a una dama.

-¿Teníamos una cita? -sugirió Peeta con deje divertido.

-Yo estoy aquí y también tú -titubeó ella -¿Cómo llamas a eso?

-¿Otra casualidad? -bromeó él.

-¿Y si fuese el destino? - Katniss se mordió el labio. El rostro de Peeta se tornó serio.

-Entonces, disculpa por el retraso -musitó estirando de sus manos hacia él para atrapar sus labios. Una voz de alarma se volvió a instaurar en su mente pero, el delicado e intoxicante tacto de esa boca femenina lo hicieron olvidarse de lo demás.

-Buenos días -la saludó al fin tras separarse de ella.

-Buenos días -suspiró Katniss enrojecida, que apenas si conseguía recuperar el aliento.

-Tengo algo para ti -sonrió, ayudándola a sentarse. Peeta vislumbró una pequeña sombra en sus oscuros ojos.

-No me gustan... los obsequios -le anunció con clara inseguridad en su voz, sin pretensiones de ofenderlo.

-¿Si te dijera que es algo que me pertenece y que deseo que conserves tú lo aceptarías? -aventuró el muchacho.

Tras pensarlo un momento, Katniss asintió, provocando de aquella luminosa sonrisa volviera al rostro del joven.

-Entonces cierra los ojos -le pidió.

Katniss hizo una pequeña mueca de disgusto.

-Tampoco las sorpresas -susurró.

Una carcajada escapó de la garganta de Peeta.

-Cualquiera diría que perteneces a la nobleza -bromeó él. Katniss bajó la cabeza ruborizada.

-Te prometo que no hay nada que temer -tomó su barbilla alzando su rostro. Katniss lanzó un suspiro de resignación, accediendo. -Cierra los ojos -le pidió. Katniss hizo ademán de quejarse pero Peeta posó sus dedos sobre sus labios. -Por favor -insistió.

Katniss obedeció finalmente tras lo que notó como un suave tejido envolvía sus ojos. Mientras Peeta lo ataba tras su cabeza, el peculiar aroma de la tela alcanzó sus sentidos. Sin duda aquello le pertenecía pues rebosaba de su esencia de forma cautivadora. Pero no fue sólo aquello la que obnubiló sino la cálida caricia que su boca masculina posaba sobre la suya con infinita ternura.

-¿Me sientes cerca? -le susurró Peeta liberando sus ojos.

-Sí -musitó ella, perdida de nuevo en la profundidad que aquellos ojos azules.

-Tómalo -le dijo entregándoselo -así recordaras que siempre estoy junto a ti.

Katniss bajó entonces el rostro hacia su regazo y vio que se trataba de un delicado pañuelo blanco de raso, con una letra P finamente bordada en plata y oro en una de sus esquinas.

-Tiene tu inicial -sonrió ella -¿Peeta y qué más?

-Simplemente Peeta -respondió, tratando que su rostro no reflejara el tormento que aquella sola pregunta creaba en su interior.

-Quiero saber quién eres -insistió Katniss -no me interesa el corazón de un desconocido.

-Soy el Marqués Peeta Marziany -respondió tras un instante de duda.

Katniss sonrió satisfecha de haber descubierto al fin el nombre del dueño de su corazón más, para Peeta significó el dilatar algo más el fatídico momento que sabía no tardaría en llegar. La certeza de acabar de encontrarla para poder perderla después lo desesperó. Capturó sus labios con afán, tratando de alejar aquella idea de su pensamiento y sumergirse en la dulzura de sus labios.

-Debo irme -se lamentó, separándose de ella. Los ojos de Katniss reflejaron su desilusión. -Nos vemos mañana -trató de alentarla, a lo que ella asintió entristecida. Se despidió besándola brevemente y, reticente, se alejó de ella, dedicándole una última sonrisa antes de espolear su caballo y marcharse.

A los pocos minutos avistó el refugio. Habían recibido un aviso de Effie y debía reunirse con sus hombres. Cuando llegó allí, vio a Haymitch hablando con ella y no pudo reprimir una sonrisa de complicidad.

-¿Seguro que estáis bien? -se interesó Haymitch tomando una de sus manos. Effie sonrió aceptando su galantería.

-¿Qué ha sucedido? -les interrumpió Peeta causando que su amigo soltase, tras mirarlo con fastidio, la mano femenina.

-Presentaros aquí y así, vestido de noble... -se rió Cato.

-Tengo una cita importante así que mi visita será breve - Peeta ignoró la ironía del joven -decidme.

-Una nueva maldad del Capitán Seneca -le anunció Haymitch.

-Han confiscado todas las armas de los campesinos -le aclaró Effie -en el pueblo no queda ni un fusil.

Peeta se mantuvo pensativo, con claro disgusto en su rostro.

-La gente espera que El Gavilán intervenga -le advirtió Cato.

-Y así será -le aseguró Peeta. -Pero antes me gustaría saber por qué Marvel Everdeen permite al Capitán Seneca actuar de esta manera.

- Marvel Everdeen no es Plutarch Everdeen -le recordó. -En la misma situación, con el padre, las cosas hubiesen sido de otro modo -se lamentó. -Hubo un tiempo en que se vivía bien aquí.

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-¿Dónde está el conde? -se quejó Clove, aceptando a regañadientes la ayuda que el sirviente le brindaba para bajar del carruaje. -Sabía que veníamos.

-Voy enseguida a buscarlo, Señora Marquesa -le indicó.

Tras ella descendió Thres, que ofrecía su mano a Rue para ayudarla.

-Ha sido tan amable de acompañarnos con su carruaje -le agradeció la muchacha tímidamente.

-No ha sido amabilidad -la corrigió -ha sido un placer.

-Pero quién sabe a qué hora os habéis levantado para llegar tan temprano a Turín -insistió -para volver enseguida aquí y luego...

-Nosotros los hombres de campo estamos acostumbrados a levantarnos temprano -la interrumpió restándole importancia.

-No me puedo pasar la vida buscando a mi hermana -la poderosa voz de Marvel se hizo escuchar mientras el joven se acercaba a ellos.

-¿Qué ocurre? -quiso saber Clove mientras Marvel besaba su frente a modo de saludo.

-Nadie sabe donde ha ido Katnisss -respondió furibundo.

-¿Y cuál es la novedad? -se rió ella con sarcasmo -Vos la habéis acostumbrado a ser tan liberal.

-No podemos esperarla más -dijo conduciéndola al coche. -De otro modo llegaremos tarde al oficio.

Thresh hizo lo propio con Rue y se encaminaron hacia la iglesia del pueblo. Sin embargo, cuando llegaron allí, Marvel se sorprendió de ver a los aldeanos apostados fuera del edificio.

-Cinna ¿por qué no entráis? -le preguntó al joven dirigiéndose a él. Su claro malestar se hacía patente en su rostro y en el de todos los allí presentes. -¿Por qué esas caras? ¿Qué ha sucedido? -insistió.

Por fin, Cinna le indicó con la cabeza cierta carroza situada al otro lado de la plaza. El semblante preocupado de Marvel se tornó duro y lleno de ira.

-Esperad aquí -les ordenó.

Marvel entró en la iglesia, con paso decidido, viendo entonces, dándole la espalda y acompañada por quien debía ser su criado, la figura de una mujer vestida de riguroso luto y que parecía rezar. Marvel se asqueó ante tal ironía.

-¡Vos! -le gritó deteniéndose -¿Cómo os atrevéis a venir aquí?

La mujer entonces se volteó a mirarle. A pesar de lo desmejorado de su aspecto debido al curso de los años y de su apariencia enfermiza, sus envejecidos rasgos dejaban entrever la que en su día fue una mujer extraordinariamente hermosa, mas había sido su hermosura malvada y pérfida. Aún se lo mostraban sus ojos que lo miraban con soberbia y maldad.

-Ésta es una iglesia, Marvel -el sarcasmo se esparcía por sus palabras como veneno -no es vuestra casa.

-Os ordeno que os marchéis inmediatamente -le exigió.

-Vos no tenéis autoridad de ordenar nada -se encogió de hombros con sonrisa ladina.

-Vos tendríais que estar en la cárcel no aquí -masculló entre dientes -Deberíais tener el pudor de no presentaros ante la gente de Vilastagno.

-Conde, os lo ruego -intervino el sacerdote. -Estamos en la Casa de Dios.

-Y vos acogéis a asesinos -le acusó duramente.

-Nuestro Señor acoge a todos -se excusó.

-No tengo ninguna intención de asistir a misa en presencia de este... ser -escupió Marvel. -Lo siento, Padre Caesar.

Cuando Peeta llegó a la plaza, le pareció escuchar un vocerío salir de la iglesia. Haymitch lo recibió con mirada de advertencia. Al bajar del caballo, vio salir a Marvel del edificio y terminó de comprender. Alzando su barbilla caminó hacia él.

-¿También vos aquí? -se detuvo Marvel en seco al verlo llegar -¿Sois tan imprudente como para no saber estar en vuestro lugar?

Peeta se detuvo frente a él, calmado, con rostro impávido, casi con una sonrisa, queriendo demostrar así que no alcanzaría a ofenderle con sus insultos.

-¡Fuera de mis tierras! -le gritó Marvel exaltado ante su arrogancia. Peeta continuó impasible provocando aún más la ira de Marvel.

- Marvel, por favor -le pidió Thresh tratando de calmarlo, instándolo a caminar hacia el carruaje.

-Sí, Thresh -le dedicó a Peeta una última mirada de repulsión. -Vayámonos.

Peeta lo observó marcharse. Finalmente, flanqueado por Haymitch, entró a la iglesia y caminó hacia aquella mujer que lo miraba ahora con ojos llenos de aflicción.

-¿Estáis bien, madre? -le preguntó tomando su mano.

Ella asintió con gesto lastimoso.

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Marvel deambulaba nerviosamente en círculos por la biblioteca. Se detuvo en su escritorio y, con gran furia contenida, golpeó sobre la mesa. Aquella maldita mujer otra vez... Enoboria Mellark... el sólo recordar su nombre en su mente le producía náuseas. Aquel horrible episodio de su vida que trataba de alejar de sus pensamientos cada mañana, volvía a ponerse frente a sus ojos, casi reviviéndolo en su carne...

A pesar de ser un hijo bastardo, Plutarch, su padre, y gracias a la intervención de Portia, lo había reconocido en cuanto supo de su existencia, cuando la madre moribunda de Marvel lo hizo llamar para decírselo. Ahí fue la primera vez que vivió la maldad de Enoboria Mellark que, habiendo sido un desafortunado amor de juventud de su padre, se presentó ante él como la madre del pequeño, como su verdadera madre. Quiso hacerle creer a Plutarch que se dio cuenta de que había quedado en cinta poco después de que rompieran su relación y que, por tanto, creyó que él nunca se haría cargo del pequeño, así que, dejándose llevar por la inconsciencia de su inexperiencia y juventud, entregó al recién nacido a una campesina. Por suerte, poco tardaron en descubrir que era una vil calumnia, una mentira ideada para separar a su padre de Portia, por lo que no pudo impedir que contrajeran matrimonio, obsequiándole entonces con el mayor de los regalos, su hermana Katniss.

Sin embargo, no acabó ahí su rastro de perversidad. Al cabo de un tiempo se dio a conocer el hecho de que la Marquesa Mellark formaba parte de una conjura que planeaba asesinar al Rey y que su propio padre ayudó a desenmascarar, aunque fue entonces cuando sobrevino la desgracia a Vilastagno. Uno de los amantes de la Marquesa que también formaba parte de aquella conspiración y que se sabía descubierto, tomó venganza antes de enfrentarse al verdugo y asesinó vilmente a su padre. Marvel se estremeció al rememorar la escena... Portia arrodillada en el suelo, bajo la lluvia, sosteniendo en su regazo el cuerpo ensangrentado de su padre que rogaba con su último aliento a Dios que le permitiera vivir para no separarse de ella, mientras su esposa lloraba con desesperación.

Marvel reprimió con esfuerzo las lágrimas de rabia que asomaban a sus ojos, al recordar la ola de tristeza que sobrevino a Vilastagno después y que le costó, a los pocos años, la vida a una desconsolada Portia. Para su desdicha, no todo concluyó ahí. El propio Marvel tuvo que presenciar con sus ojos de niño como la Marquesa, en su huida, acababa con la vida de los padres de Glimmer, a sangre fría y sin compasión... aquella malvada asesina...

-¿No fuiste a misa, Marvel? -la voz de Katniss lo alarmó.

-¿Dónde has ido? -le gritó él presa de un arrebato.

-A cabalgar al bosque -susurró temerosa Katniss, que observaba el desencajado rostro de su hermano. -Perdóname, te avisaré la próxima vez.

-No, disculpadme -se apresuró a excusarse Marvel, acariciando su mejilla, borrando una lágrima que trataba de escapar de sus ojos -Discúlpame, no estoy así por eso.

-¿Qué ocurre, Marvel? -preguntó Katniss sin entender.

-Es algo que no te he dicho -reconoció -lo supe hace algunos meses...

-¿Es tan grave? -le interrumpió con impaciencia.

-La Marquesa Enoboria Mellark ha vuelto a Vilastagno -le dijo finalmente.

Katniss palideció ante aquella inesperada noticia, sintiendo el suelo desmoronarse ante sus pies... un maligno fantasma del pasado volvía del infierno para, sin duda, tratar nuevamente de desbaratar sus vidas.