CAPÍTULO 5

Katniss caminaba pesadamente hacia la biblioteca, con aspecto ojeroso y más pálida que de costumbre, fruto de una noche de insomnio... imposible conciliar el sueño con esa cruel certeza instalada en su mente, la de Peeta siendo hijo de Enobaria Mellark, aquella despiadada mujer que había intentado destruir su familia en más de una ocasión. Bien supo ella el día en que Marvel le informó de su vuelta que traería otra vez la desgracia a Vilastagno. Lo que no sabía es que sería su felicidad la que mancharía con su maligna sombra.

Cuando entró en la estancia, encontró a Marvel colocando algunos libros y, por el aspecto sombrío de su rostro, se adivinaba sin lugar a confusión que su noche tampoco había sido plácida.

-Buenos días, Marvel -susurró llena de culpabilidad, la de haberse ido a enamorar del único hombre sobre la faz de la tierra que estaba prohibido para ella.

-Buenos días, Katniss -la saludó secamente, sin apenas mirarla.

-No sabía que Peeta fuera hijo de Enobaria, te lo aseguro -dijo Katniss de repente en su defensa.

-Te creo -respondió rápidamente Marvel, -pero ahora lo sabes, así que será mejor que no lo olvides -le advirtió.

Katniss comprendió al instante cual era la preocupación de su hermano y se sorprendió a darse cuenta de que la conocía más de lo que ella creía.

-Eso no significa que sea una persona tan despreciable como su madre -aseveró mostrando a la luz finalmente lo que temía su hermano.

-¿Cuántas más pruebas necesitas de su mala fe? -le reprochó él. -¡Te ha mentido!

-Sé perfectamente que me ha mentido, pero...

-Disculpadme, Conde -les interrumpió la voz de Effie desde la puerta. -Es para la Condesa -anunció alargándole un pequeña bandeja plateada con una misiva sellada. -La ha traído un criado del palacio Mellark -le aclaró -y espera una respuesta.

Ante la mirada expectante de Katniss, Marvel se acercó a la doncella, con paso decidido y expresión furibunda tras lo que tomó la nota, rompiéndola en pedazos.

-Que sea devuelta al remitente -espetó colocando aquel papel desgarrado de nuevo en la bandeja.

Effie asintió y salió de la biblioteca. Marvel volvió a sus quehaceres no sin antes recibir una mirada llena de disgusto y desaprobación de parte de su hermana.

-Deberías de haber dejado que fuera yo quien decidiera qué hacer -le acusó con firmeza.

-Lo he hecho solo por tu bien -argumentó tomando sus brazos.

-Marvel...

-Basta, Katniss. Te lo ruego -exclamó contrariado. -Estoy a punto de casarme y deseo estar tranquilo -le recordó. -Ahora eso depende sobretodo de ti así que, por favor, olvida para siempre el nombre Mellark -le rogó.

Katniss sintió a regañadientes, más sabía que no iba a ser sencillo cumplir con los deseos de su hermano. Que él fuera capaz de anular tan fácilmente su corazón y anteponer el deber a los sentimientos no quería decir que ella pudiera hacer lo mismo.

-¿Qué contestación debo darle a Peeta? -preguntó Haymitch al ver a Effie salir, dirigiéndose a él.

Effie, en silencio, le entregó la carta hecha jirones, lanzando Haymitch un hondo suspiro como respuesta.

-Ya traté de disuadirlo, convencerlo de que no era buena idea, pero es un obstinado -se quejó él.

-No pensé que fuera obstinación, sino que estaba enamorado -lo miró ella contrariada.

-Sí -le confirmó -enamorado y ciego al creer que era correspondido.

-¿Y quién dice que no lo sea? -se sorprendió ella.

Haymitch le mostró la carta; qué mejor prueba que esa.

-Ella ni siquiera ha podido leerla -le aclaró Effie. -Ha sido el Conde.

-¿Debo creer entonces que no comparte el mismo rencor que su hermano por el apellido Mellark? -afirmó con un toque de incredulidad en su voz.

-Lo que debéis hacer es creer un poco más en el amor -le rebatió con cierta decepción. -Pareciera que no lo habéis conocido nunca.

-Effie...

-Y en cuanto a ese "rencor" del que tan despectivamente habláis -añadió sin darle opción a defenderse, -no olvidéis que está más que justificado.

-¿Justificado? -preguntó desorientado. -Una conspiración contra el Rey ocurrida hace ya más de dos décadas no creo que sea motivo suficiente para este resentimiento tan desmesurado.

-Habláis de esa conjura como si fuera el único y más grave pecado del que se le pudiera acusar a la Marquesa -le recriminó ella con dureza. -¿Tan fácil os resulta olvidar todo lo demás? -inquirió.

-¿Qué es todo lo demás? -preguntó encogiendo sus hombros con clara confusión.

-No culpéis a vuestro pupilo de estar ciego -sentenció Effie mirándolo de pies a cabeza con disgusto. -Lo está tanto como lo estáis vos.

Haymitch sintió sobre él aquella mirada color miel que ardía en desengaño y censura, más ese ardor, lejos de enardecerlo le enfriaba el alma. La vio marcharse aturdido mientras una desconcertante sensación de pérdida lo asaltaba, como si pareciera haber existido un lazo entre ellos y éste hubiera permanecido oculto a sus ojos, hasta ese momento en que se mostraba únicamente para romperse.

Pero, además, ahondaron en él las misteriosas palabras que le dijera antes de marcharse. ¿Había algo más detrás de la Marquesa Mellark?

Cuando él la conoció era un joven muchacho que estudiaba medicina en la gran París. Su brillante expediente hizo que, incluso antes de acabar la carrera, lo acogiese como ayudante el mejor doctor de la ciudad, siendo los miembros más pudientes de la aristocracia sus pacientes, entre ellos, la Marquesa Mellark, quien pasó a ser su propio paciente cuando su maestro murió al cabo de unos años. Para entonces, Peeta, que ya era un jovencito, se había ganado por completo su aprecio por lo que, cuando mucho tiempo después ambos le propusieron acompañarles a Italia, ella como su médico personal y él como su amigo, aceptó encantado.

Sin embargo, a pesar de haber pasado todos esos años a su servicio, nunca había conseguido ganarse la confianza de la Marquesa, ella valoraba sus habilidades y conocimientos como doctor, pero eso era todo. En realidad, eran pocas las veces en que recurría a él en el momento en que la asaltaba alguna crisis, era solamente cuando su fiel criado Joseph lo consideraba necesario que recurrían a sus servicios.

Peeta, por el contrario, le mostraba toda la cordialidad y familiaridad que no mostraba su madre. Con el paso del tiempo, Haymitch se había convertido en su consejero, su confidente y, según palabras de Peeta, un ejemplo a seguir para él, dado lo prematuro de la muerte de su padre, al que apenas conoció. Para Haymitch, por su parte, le fue imposible no volcar todo su cariño en él y, a pesar de no existir una considerable diferencia de edad entre ellos, lo veía como un hijo.

Por todo esto, las intrigantes palabras de Effie lo llenaban de asombro. El propio Peeta le había narrado aquel desafortunado episodio de la vida de su madre. ¿Habría algo más detrás de todo aquello? En cualquier caso, si así era, Peeta también lo desconocía y, por el momento, era absurdo inquietarlo con ese asunto. Quizás debería tratar de averiguarlo mediante Effie... si es que ella volvía a permitirle que le dirigiera la palabra, después de lo ocurrido...

En eso pensaba cuando se adentró en el corredor que llevaba a la recámara de Peeta, sin percatarse de la presencia de unos pasos que acechaban tras él.

Lo encontró sentado en su cómoda frente al espejo, terminando de afeitarse y, pasando por su lado, soltó la carta sobre el mueble. Peeta dejó con cuidado la navaja dentro del aguamanil y tomó los trozos de papel.

-¿Ha sido Katniss -preguntó con desazón.

-No, ha sido su hermano -le informó.

-¿La ha leído al menos? -le cuestionó con una nota de esperanza en el timbre de su voz.

-Effie me aseguró que no -sacudió la cabeza -entre algunas otras cosas -añadió con una mueca al volver a recordar sus palabras.

-¿Cómo qué? -quiso saber.

-Afirmó que la Condesita te ama -le respondió, obviando el resto.

-Te lo dije -apuntó entusiasmado. -Debes creer un poco más en el amor, amigo mío.

-¿Tú también con eso? -espetó molesto.

-Así que Effie...

-Prefiero no hablar de ello -le cortó provocando la risa del muchacho.

-Deberías seguir mi ejemplo de vez en cuando -bromeó.

-No te regocijes tanto, Romeo -se quejó -que este asunto nos traerá problemas a los dos.

-Banalidades...-pensó la sombra que aguardaba fuera de la recámara. Cuando aquella conversación dejó de tener interés para él y con el mismo sigilo con el que se acercara, se alejó hacia los aposentos de su patrona.

-Buen trabajo, Beetee -le alabó la Marquesa tras haberle relatado lo ocurrido en la habitación de su hijo. –Marvel Everdeen es un descarado y un idiota como todos en esa familia -escupió con rabia, -pero, al menos tendrá a la muchacha lejos de Peeta. ¿Has conseguido saber algo más?

-Parece que, en la fiesta de máscaras en el palacio Dimonte, casi hubo un enfrentamiento entre ellos -le informó el criado.

-Si Marvel osa tocarlo... -apretó su pañuelo con su puño.-Impediré que los Everdeen puedan hacer daño a mi hijo -sentenció con los ojos inyectados de furia. -Aún tengo la fuerza necesaria.

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-¿Habéis visto el pasquín con la recompensa de El Gavilán? -le preguntó Octavia a su prometido y su hermana, señalando uno de aquellos carteles que estaba colocado en la puerta de la iglesia.

-Yo no creo que haya sido El Gavilán -espetó Cinna. -No ha podido cometer una masacre tan monstruosa. Sería la primera vez que atacara a alguien.

Los cascos de varios caballos adentrándose en la plaza llamaron su atención. Un pequeño destacamento de militares franceses abordaban la plaza del pueblo, haciendo que sus habitantes saliesen de sus casas para averiguar que sucedía. Annie sintió un escalofrío recorriendo su cuerpo al ver aparecer la flamante figura de Finnick cabalgando hacia ellos, encabezando la tropa.

-Malditos franceses -masculló Cinna. -Con la excusa de El Gavilán, quién sabe que nos harán ahora.

Y como si hubiera sido un presagio, el Teniente Finnick se adelantó hasta el centro de la plaza y desenrolló un pergamino. Durante un instante posó su mirada en Annie y, con cierto aire mortificado en sus ojos, suspiró profundamente.

-A los habitantes de Vilastagno -comenzó a recitar con potente voz. -A causa de la brutal masacre en el robo cometido por el bandido tristemente conocido como El Gavilán, se van a tomar medidas contra los habitantes del pueblo que lo flanquean y lo protegen, por lo que se les considerará cómplices de este malhechor y como tales se les juzgará. Por otro lado, el Capitán Seneca Crane, dado el perjuicio causado por este robo al regimiento francés, ordena que además del grano debido al Conde Everdeen en concepto de diezmo, los campesinos entregarán también el resto del grano para que la guarnición pueda aprovisionarse hasta que se haya pagado el delito de El Gavilán y así cada uno pague lo justo.

-A vosotros lo justo y a nosotros el hambre -le gritó Cinna desafiante.

-El tributo se efectuará dentro de dos días -concluyó Finnick tras lo que volvió a enrollar el pergamino. -Soldado -exclamó extendiéndoselo al primer muchacho que tenía a su derecha. -Colócalo en la puerta de la iglesia.

-Sí, Teniente -obedeció.

Mientras el joven atendía su orden, Finnick volvió a buscar con los ojos los de Annie, que se mostraban entristecidos. Él los cerró durante un segundo, tratando de acallar aquella culpabilidad que lo asaltaba. Espoleó su caballo alejándose de allí, no sin antes mirarla por última vez, una mirada de pesadumbre y que imploraba perdón por lo que acababa de hacer.

-Ya es hora de que los campesinos se den cuenta de sus acciones -alegó el Capitán Seneca al informarle a Marvel de sus intenciones.

-Primero los fusiles y ahora el grano -arremetió Katniss contra él mientras se situaba detrás de su hermano que se hallaba sentado en su escritorio- ¿Qué comerán ahora los campesinos?

-Así dejarán de proteger a El Gavilán -le rebatió Seneca con firmeza. -Además de que el robo nos ha puesto en grandes dificultades.

-Pero así le hacéis pagar a los más débiles la culpa de un bandido -le acusó.-¿Os parece justo?

-Mientras sigan defendiéndolo y escondiéndolo... sí -afirmó tajante.

-Entonces debéis capturarlo lo más rápidamente posible, Capitán -espetó ella con dureza. -Cercioraos de hacerle pagar a él y sólo a él su culpa.

-Katniss -la reprendió su hermano. -Capitán, debéis excusarla.

-Condesa, admiro mucho vuestro fervor por esos ideales que, os aseguro, comparto plenamente -le dijo tratando de congraciarse con ella. -Y, en cuanto a El Gavilán, no temáis. Muy pronto colgará de una horca.

-Capitán, hay otra solución -intervino por fin Marvel. -Antes que privar a los campesinos de su grano permitidme satisfacer las exigencias de la guarnición usando las reservas de Vilastagno -le propuso. -Quisiera evitar que mi matrimonio con la Marquesa Dimonte se celebrara en un clima de infelicidad y miedo.

-Conde Everdeen, no puedo más que apreciar vuestra generosidad -sonrió satisfecho al comprobar que tan fácil manejaba la situación. -Siendo así, os ruego que aceptéis el grano como mi regalo de bodas -sonrió.

-Os lo agradezco -se sorprendió Marvel ante su ofrecimiento. -Naturalmente estaremos encantados de tenerle entre nuestros invitados -añadió rápidamente, en un intento de retribuir su amabilidad.

-Sería un honor y un placer que se transformaría en máxima alegría si la Condesita me concediera la gracia de ser su acompañante -solicitó entonces, vanagloriándose de su triunfante actuación para sus adentros. Tenía a ambos pichones comiendo de su mano.

Katniss dirigió la mirada a su hermano cuya expresión era irrebatible. Debía aceptar.

-Después de la generosidad que habéis demostrado no puedo más que acceder a vuestra petición -concordó ella, esforzándose por sonreír complacida sin conseguirlo. -Ahora si me disculpáis quisiera retirarme.

Antes de que Katniss pudiera marcharse, tuvo que soportar que Seneca besara su mano, tras lo que salió de la biblioteca.

Buscando un poco de soledad y calma para pensar en la situación, salió al jardín trasero sabiendo que casi nadie lo visitaba y se sentó en uno de los banquitos de piedra. ¿En qué momento había perdido el control de lo que sucedía a su alrededor? A la angustia que a su corazón le había provocado el descubrir quién era Peeta en realidad debía sumar el hastío que le producía la presencia del Capitán Seneca.

De repente, escuchó pisadas a su espalda y cuando se giró para comprobar quien era se encontró con la mirada azulada de Peeta. Luchando por no dejarse llevar por aquel impulso que la tentaba a lanzarse a sus brazos se puso en pie tratando de escapar de él, pero Peeta la tomó por un brazo y la detuvo haciendo que lo mirará.

-Katniss, tengo que explicarte...

-Marqués Mellark -se dirigió a él secamente alejándose un paso hacia atrás. -Os habéis aprovechado de mi confianza y me habéis mentido. ¿Existe explicación para eso?

-¿Marqués Mellark? -repitió él con incredulidad -¿Acaso para ti un apellido puede cambiar un sentimiento? -le reprochó poniéndose a la defensiva ante la frialdad de sus ojos oscuros.

-Vuestro apellido no cambia nada -levantó ella la barbilla desafiante -sino vuestras mentiras.

-Entonces deja que te explique -insistió él. -Fui al baile para decírtelo todo...

-Y no lo hicisteis -le acusó dándole la espalda.

-Katniss deja de hablarme de "vos" y escúchame -le pidió él, situándose de nuevo frente a ella. -¿Recuerdas mi deseo de hablarte, mi insistencia? Esa era mi única intención al ir al baile -continuó. -Pero luego tú... tu hermano -titubeó. -Me fue imposible hacerlo.

-Durante días has callado la verdad -puntualizó ella. -¿Por qué tendría que creerte ahora? -apartó su mirada de él.

-Porque sé que me he equivocado –reconoció Peeta tomándola por los brazos, obligándola a mirarle -y porque te amo, Katniss -le susurró. -Tenía miedo de que el pasado pudiera destruir nuestro amor justo antes de que comenzase.

-Peeta, deberías haber tratado de hablar con Marvel, de hacerle cambiar de idea al menos sobre ti -se lamentó ella. -Así no has hecho otra cosa que empeorar las cosas.

-¿De veras estás convencida de que si me hubiera declarado abiertamente él me habría escuchado? -negó con la cabeza ante su ingenuidad.

-Si le hubieras hablado quizás serías tú mi acompañante en su boda y no el Capitán Seneca -espetó soltándose de él.

-¿El Capitán Seneca? -la miró aprensivo.

-He tenido que aceptar -bajó ella su rostro. -Ha renunciado a quitarle el grano a los campesinos.

-No te fíes nunca de él -le advirtió. -Tú no lo conoces y no puedes suponer siquiera de que tipo de cosas es capaz.

-Tampoco me interesa conocerlo -exclamó ella defendiéndose. -Peeta, si de veras crees en nuestro amor debes hablar con Marvel -le sugirió ahora suavemente.

El muchacho suspiró sonoramente mientras se pasaba con nerviosismo la mano por los cabellos.

-Bastaría que te dirigieras a él con un poco de humildad -añadió ella.

-Katniss, no entiendes que tu hermano nos odia -se exasperó él. -Odia a los Mellark -le recordó -Y, aunque yo sea uno de ellos no me humillaré pidiendo perdón por algo de lo que no soy culpable -sentenció marchándose, dejando a Katniss sumida en la desesperante sensación que acompaña a la incertidumbre.

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* ~ § ~ *

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-¡Rue! -llamó Clove a su hermana desde su recámara. -Ven tengo que enseñarte una cosa -cogió su mano adentrándola en la habitación.

Clove entonces tomó un delicado camisón situado encima de la cama, tejido en organza y seda y, acercándose al espejo lo aproximó a su cuerpo para mostrarle como luciría la prenda sobre ella.

-Mira qué hermoso -exclamó admirándose en el reflejo del espejo.

-Sí, pero -vacilo su hermana, -¿no es demasiado...?

-¿Demasiado qué? -quiso saber extrañada.

-¿Audaz? -dijo al fin, tocando el hialino, casi transparente tejido.

-Rue, es para la noche de bodas -sonrió Clove con picardía.

Su hermana suspiró con resignación.

-Tú también tienes que pensar en casarte, hermana -le aconsejó Clove con gesto serio ahora. -Y te lo ruego, elije un marido rico... muy rico.

-¿Y el amor no cuenta? -le rebatió Rue disconforme.

-El amor... la pasión... -suspiró con cierta tristeza. -Esas son cosas que no se encuentran tan a menudo.

-Pero tú amas a Marvel, ¿no?

-No se necesita el amor para conquistar, si se cuenta con las armas adecuadas -insinuó con frivolidad mientras volvía a contemplarse con sonrisa de satisfacción ante la imagen que le mostraba el espejo.

-¿Puedo pasar, Marvel? -le preguntó Katniss desde el umbral de su recámara.

-Pasa, por favor -le indicó con la mano. -Ven y ayúdame a elegir la ropa para mañana.

-Has escogido una mala consejera -le sonrió acercándose a él. -Son todas muy elegantes -afirmó observando las casacas que descansaban en su cama.

-¿Qué tal ésta? -preguntó tomando una color marrón claro confeccionada en seda natural.

-Serás el hermano más guapo que se pueda desear -le sonrió ella.

Marvel se aproximó a ella y besó su frente.

-Has hecho bien en aceptar la invitación de Seneca -le dijo con tono conciliador.

-No creo haber tenido otra elección -respondió con cierto aire de reproche.

-De todas maneras ha sido la mejor que podías tomar.

Katniss suspiró profundamente y miró con seriedad a su hermano.

-Marvel, ¿eres feliz?

-¿Por qué no tendría que serlo? -se extrañó ante su pregunta. -Tú estás de nuevo aquí, Clove es una mujer espléndida y aprenderá a gobernar esta casa... me dará un heredero.

-Entonces ¿eres feliz de verdad? -quiso asegurarse ella.

-Continuas hablando de felicidad y en el fondo el matrimonio es ante todo responsabilidad y compromiso -se quejó él.

-¿Compromiso? -repitió con disgusto.

-El matrimonio es un compromiso, Katniss -insistió Marvel, tratando de defenderse.

-Es mucho más que un compromiso, Marvel -le rebatió ella. -El matrimonio es la coronación y al mismo tiempo el punto de partida del amor entre dos personas.

-No es el amor lo que da la felicidad -le dio la espalda Marvel, buscando las palabras que pudieran exculparlo del alegato que le lanzaba su hermana.

-¿Y qué es entonces?

-La certeza de cumplir con el deber -aseveró, apretando los puños contra sus muslos.

-Pero eso no excluye el amor, Marvel -añadió ella. -Nuestros padres combatieron contra todos para poderse amar y fueron felices.

Marvel giró el rostro hacia ella, con mirada afligida, mortificada y llena de melancolía. Katniss tenía razón, ambos lo sabían. La felicidad de Marvel se encontraba sólo a un par de recámaras de distancia, mas ya era demasiado tarde para remediarlo.

Esa misma melancolía era la que había asaltado a Glimmer, impulsándola a salir a uno de los miradores a contemplar la bella noche que se mostraba en todo su esplendor, con su oscuro velo adornado de infinidad de estrellas. Apoyó sus manos sobre la balaustrada de mármol, reconfortándose ante esa visión y, un par de destellos relucieron desde su dedo, acompañando a esos miles de centelleos que titilaban en el firmamento. Dirigió sus ojos a su mano, hacia los brillantes de aquel anillo que reposaba en su dedo, el sello de los Everdeen. Observándolo, como siempre y, de forma inevitable, vino a su mente el nítido recuerdo de la noche en que Marvel se lo entregó.

Aquella noche, Glimmer paseaba por los jardines de la finca. Necesitaba aire, sosiego, paz... de repente, las cuatro paredes de su recámara se habían convertido en una asfixiante prisión al enterarse de la decisión que había tomado Marvel.

Sabía que todos estarían despidiéndole, lo mismo que debería estar haciendo ella, pero verle partir hacia un destino incierto... no sabía si podría soportarlo. Había tantas cosas que le habría gustado decirle y tantas otras que le habría encantado escuchar de sus labios... Pero ahora ya no había tiempo y, casi, era mejor así. Quizás todo había sido una fantasía, el sueño de una jovencita enamoradiza, aunque, no, ese sentimiento que ella guardaba celosamente en su corazón no era un amor pasajero de juventud, se remontaba a su infancia, a su niñez, a la primera vez que vio a Marvel en Vilastagno.

Glimmer, siendo una niña, vivía con sus padres en Verona, hasta el fatídico día en que Plutarch, el primo de su padre los mandó llamar. Fue entonces cuando conoció a la pequeña Katniss y a Marvel y, desde el primer instante en que posó sus ojos en los ojos negros de aquel niño que jugaba a ser mayor, quedó prendada de él. Admiraba su fuerza, su tesón y su empeño por mostrarse frente a su padre como digno merecedor de su apellido, sin que en ningún momento pudiera ser empañado por la sombra de su condición de hijo ilegítimo. Y esa misma fuerza fue en la que ella se apoyó cuando sus padres fueron asesinados por Enobaria Mellark, al haber sido descubierta por ellos su participación en la conjura contra el Rey. Él fue su soporte, su protector, su consuelo y, tras decidir Portia y Plutarch que se harían cargo de ella y que viviría allí con ellos, Marvel se convirtió en su compañero de juegos durante el día y en quien inspiraba sus sueños de noche. Y así seguía siendo... aunque, el último juego al que quería unirse Marvel, ya no era de niños y lo separaba irremediablemente de ella... la guerra.

Se sentó en uno de los bancos y se preguntó si estaría haciendo bien. No podía soportar la idea de verlo marchar pero... ¿y si era la última vez que pudiera hacerlo?

Se levantó dispuesta a ir a su encuentro cuando lo vio caminando hacia ella, enfundado en el uniforme de las tropas italianas, tan apuesto, tan gallardo, con su pelo tan negro como sus ojos anudados en su nuca, sin esconder los varoniles rasgos de quien ya había dejado de ser niño para convertirse en todo un hombre.

-¿No querías despedirte de mí? -le preguntó con una pincelada de reproche, mas con la mirada llena de tristeza.

-¿Ya te vas? -susurró ella, luchando por reprimir la lágrimas que trataban de escapar de sus ojos.

-Sí -asintió él.

-¿Y cuándo volverás?

-No lo sé, Glimmer -negó con la cabeza bajando su rostro. Entonces, se quitó el anillo de su dedo y se lo ofreció.

Glimmer lo miró confundida mientras una pequeña esperanza se instalaba en su corazón, aguardando, tal vez, una señal, un indicio o una promesa que pusiera fin a su inquietud.

-Quiero que lo guardes tú -le dijo deslizándolo por su dedo. -No quiero perderlo.

-¿Sólo para no perderlo? -cuestionó, deseando que sus palabras confirmaran lo que aquel gesto podría significar. -¿Sólo eso?

-Yo... -vaciló tomando sus manos -cuando vuelva, habré de decirte algo -musitó, hundiendo su mirada con la suya.

-¿Por qué no ahora, Marvel? -murmuró ella anhelante, ansiando escuchar aquello que sus ojos ya decían por él.

Entonces Marvel se inclinó hacia ella, lentamente mientras la tomaba por los brazos acercándola a él. El corazón de Glimmer comenzó a rugir desbocado al pensar que el momento que tanto había esperado iba a llegar y, ya casi podía sentir el cálido aliento de Marvel sobre sus labios, cuando él dio un paso atrás, suspirando.

-Adiós, Glimmer -se despidió, depositando un beso en su mejilla, tras lo que se marchó con apremio.

Glimmer pasó la mano por su rostro. A pesar del tiempo, aún ardía ese beso en su piel.

-Glimmer -escuchó la voz de Marvel aproximándose a ella.

-Marvel -le sonrió ella.

-¿No duermes?

Ella negó con la cabeza, volviendo de nuevo la vista a sus manos.

-¿Aún lo conservas? -tomó Marvel sus dedos, mirando aquel anillo.

-Siempre -contestó ella, atrapada en la oscura mirada masculina que pareciera estar tratando de leer su alma en ese instante.

-Glimmer, necesito saber -exclamó de súbito, alentado por lo veía en aquellos ojos azules. -Todo puede cambiar con una sola palabra tuya, una sola.

-Marvel -susurró ella.

-Sé que tu marido es un gran artista, un hombre fascinante -continuó él, -pero yo tengo que saber...

Entonces, esas lágrimas que ella intentara reprimir aquella noche, en aquella despedida, volvieron a sus ojos como un karma, mas, en esta ocasión no fue capaz de luchar contra ellas. Las palabras que tanto había deseado escuchar ese día parecían querer postrarse ante ella, ahora, cuando ya no podía hacer nada con ellas.

-Es demasiado tarde, Marvel -dijo Glimmer con las lágrimas ahogando su voz.

Y de nuevo, otra mirada que no reflejaba el sentido de las palabras... Marvel posó su mano en su mejilla, rozando una de aquellas gotas furtivas. Todo había sido hecho o dicho a destiempo y deseó retroceder a aquella noche para ponerle remedio y expiar su culpa al haber cambiado el rumbo de sus destinos. Sí, Glimmer tenía razón, él mismo se lo había dicho miles de veces pero ni su corazón ni el de ella parecían convencerse, así se lo decía el fulgor de sus ojos azules. Ya no era tiempo para palabras, confesiones o promesas, no era tiempo para nada, pero poco importaba ya... deslizó sus dedos por su nuca acercándose a ella y, esta vez, no hubo indecisión o dudas. Atrapó sus labios con ardor estrechándola contra su pecho, entregándole el beso que debería haberle dado aquella noche, el que debería haber sido su primer beso y que ya no era tal, sino el último. Por eso acarició su boca con vehemencia, tratando de grabar sus labios en los de ella y dejar marcada en su piel la huella de su amor. Más, cuando Glimmer enrolló sus brazos por su cuello aferrándose más a él comprendió que, del mismo modo, él quedaría impregnado de ella. Disfrutó de su delicioso sabor mientras pudo, hasta que su respiración entrecortada los hizo separarse.

-Adiós, Glimmer -musitó Marvel acariciando por última vez su rostro.

-Adiós -suspiró ella.

Y así se cerró el círculo, siendo el punto final de aquella despedida que se había visto prolongada en el tiempo y que culminaba con ese beso y esas palabras que habían tenido lugar, probablemente, a destiempo.

¿Cómo os ha parecido este cap? no olviden dejar un review porfis.

Perdonen me si no pude publicar ni el martes ni el sábado como les había prometido pero surgieron cosas de último minuto que me fue imposible actualizar, afortunadamente ya todo está solucionado así que para este sábado habrá el siguiente capítulo, espero me perdonen por la tardanza.

Agradecimientos:

Vivis Weasley: Lamento haberte fallado con la actualización del martes y del sábado espero me perdones. Y de paso quiero darte las gracias por ser una fiel seguidora de esta magnífica historia.

También quiero agradecer a todas aquellas que han agregado esta historia como favorita y en alerta me emociona mucho saber que les ha encantado. Mil gracias. Pero porfa dejad de vez en cuando algún review.

Anyverest Di Britannia, FromWineBullets, akatsuki84, Peetkat, XkanakoX, Ane-Potter17, vivis weasley