CAPÍTULO 8

-Dentro de poco se hará de noche -puntualizó Seneca cuando el grupo de Finnick se reunió con él en el punto de encuentro. -Teniente, deja hombres patrullando la zona y da la orden de regresar al Fuerte.

-A sus órdenes, Capitán -asintió él.

-Pero no podemos detenernos ahora -espetó Marvel contrariado. -Son demasiadas horas en las que Katniss estará en manos de ese bandido.

-Ya lo habéis oído -atajó Seneca secamente. -He dejado hombres patrullando la zona -habló con gran suficiencia. -La encontraremos.

-Os invito a aceptar la posibilidad de resolver todo aceptando la petición de El Gavilán -insistió Marvel. -Puedo disponer del grano de la reserva de Vilastagno para vuestro...

-Si no encontramos a la Condesita dentro de dos días yo mismo daré la orden de restituir el grano a los campesinos -le interrumpió. -Tenéis mi palabra -sentenció casi con brusquedad, dando por terminada la cuestión.

El rostro de Marvel no ocultaba su más que justificada disconformidad.

-Vamos a casa, Cinna -le pidió a su capataz con claro malestar en su voz.

-Sí, Señor Conde -respondió el muchacho, azuzando su caballo para seguirlo.

-Capitán, el Conde Everdeen se lo ha creído todo -le murmuró Chaff a James viéndolo marcharse. -Ha creído de verdad que restituiréis el grano a los campesinos.

-No estaba bromeando, Chaff -lo sacó de su error sorprendiendo al Sargento. -Quiero liberar a la Condesita a toda costa -continuó. -Es la ocasión que esperaba para conquistarla y no la perderé.

Pero por su parte, a Marvel, poco le valían ya sus promesas, pues había creído entender los motivos de la actitud del Capitán. Su intención era dar caza a El Gavilán a como diera lugar, y el secuestro de Katniss le había venido como anillo al dedo; era una oportunidad que no quería desaprovechar para hacerlo pender de la horca. Sin embargo, Marvel no iba a permitir que Seneca utilizara su propia angustia y poner en riesgo la vida de su hermana sólo por conseguir sus propósitos.

Con esa idea en la mente entró Marvel a su recámara, donde Clove lo recibió.

-¿La has encontrado? -se interesó ella. Marvel la miró con apatía ¿Acaso su rostro abatido no le hacía ahorrarse esa innecesaria pregunta?

-Seneca no entra en razón -respondió sin embargo. -Quiere continuar la búsqueda sin rebajarse a lo pactado.

-Marvel, no deberías entrometerte inútilmente -le reprochó su esposa. -Deja que Seneca haga su cometido. Verás como la encuentra y la salva de ese bandido.

Marvel la miró con desaprobación pero ella continuó su alegato.

-Katniss comenzará a verlo con otros ojos y se olvidará del Marqués Mellark, ya verás -concluyó dibujando una sonrisa ladina en sus labios.

Marvel la miró asqueado. ¿Es qué era tan insensible como para frivolizar en un momento como ése? En vez de preocuparse por la seguridad y el estado de su hermana sólo le interesaba que Katniss pudiera caer rendida a los pies de su "salvador", como si aquello hubiera sido una simple anécdota o algo propio de los cuentos de hadas con la típica princesa en manos del ogro y rescatada por el caballero de brillante armadura. Marvel empezaba a preguntarse cuál era el verdadero interés que Clove tenía para querer emparejar a Katniss con aquel capitán que, con el paso de los días, se le antojaba cada vez más pedante y pretencioso.

-Discúlpame, Clove pero estoy muy cansado -alegó de repente. -Me retiro a mi recámara.

Y sin más, se dirigió a su cuarto; lo que menos le apetecía en ese momento era escuchar sandeces. Mientras se desvestía pensaba que, con cada segundo que pasaba, tenía mayor certeza de cómo debía actuar y no estaba dispuesto a esperar dos días por capricho de Seneca. Al día siguiente mismo trataría de solucionar él personalmente el asunto y por sus propios medios. No en vano era Marvel Everdeen, Conde de Vilastagno. Siempre había temido no cumplir honrosamente con lo que aquel apellido conllevaba y, desde luego, quedarse de brazos cruzados dejando a su hermana a expensas de un bandido, únicamente por deseo de aquel capitán invasor, no lo hacía más merecedor de aquel título, al contrario, ni siquiera estaba actuando consecuentemente con su labor de hermano.

Con ese firme propósito se levantó a la mañana siguiente, apenas había amanecido cuando puso rumbo hacia la iglesia del pueblo, a entrevistarse con el Padre Mitchell quien, justo en ese momento atendía otra visita en la sacristía.

-El Conde me dijo ayer claramente que estaba dispuesto a escuchar vuestras propuestas -le decía el sacerdote a Peeta.

-Si no estuviera en medio Seneca, Marvel ya habría devuelto el grano a los campesinos –espetó Peeta apretando los puños al recordar aquel capitán entrometido.

-Tranquilizaos -lo alentaba el sacerdote. -Es sólo cuestión de tiempo.

-¿Padre Mitchell? -se escuchó la voz de Marvel en el altar.

-Salgo enseguida, hijo -respondió el cura mientras le hacía una seña a Peeta para que guardara silencio y se mantuviera oculto allí.

-¿Tenéis noticias de mi hermana? -se apresuró a preguntar el joven en cuanto lo vio salir. -¿Sabéis cómo está?

-Sólo lo que se dice -quiso evadir el tema. -El Gavilán no es un asesino así que no deberíais preocuparos.

-Pero...

-Quizás si aceptarais su propuesta todo se resolvería más rápido -le sugirió.

-Es lo que venía a comunicaros -le informó. -Deseo entregar a los raptores de Katniss el grano que poseo en la reserva de Vilastagno.

-¿Y el Capitán Seneca? -preguntó receloso el sacerdote.

-Pienso ignorar la orden de Seneca y asumir la responsabilidad -le confirmó Marvel. -Es la vida de mi hermana la que está en juego.

-Haré que vuestra respuesta le sea entregada a quien corresponda -le sonrió el Padre golpeando amistosamente su hombro. -Por lo que a mí respecta, creo que es la mejor decisión que podríais haber tomado.

-Pero han de devolverme a Katniss sana y salva -le advirtió Marvel.

-Hijo mío, te repito que tu inquietud es más que infundada.

Marvel suspiró pesadamente.

-Mañana al alba, aguardaré junto con el grano cerca del viejo puente que cruza el arroyo -le anunció.

El sacerdote asintió.

-Id con Dios, hijo mío -le dijo antes de que el joven se retirara, tras lo que se apresuró a reunirse con Peeta.

-Mejor no podría haber ido -aventuró el sacerdote antes de narrarle lo que había conversado con Marvel.

-Voy inmediatamente a concretar con mis hombres -le anunció tras escuchar la agradable noticia que suponía el fin de aquella situación. -Todo ha de salir perfecto -añadió casi para él mismo. -Katniss no puede correr ningún tipo de riesgo...

-Espero que tengas un buen motivo para interrumpir mi descanso -se quejaba la Marquesa Mellark ante la intrusión de su sirviente Beetee.

-Vengo a hablaros sobre Katniss Everdeen, Señora Marquesa -se inclinó él demandando su atención.

-¿Qué sucede con esa desabrida? -hizo una mueca de disgusto.

-Como ya sabéis, la Condesita Everdeen está en manos de ese bandido.

-Sí, y esperemos que considere firmemente el quitárnosla de en medio -ironizó con gran desprecio.

-He sabido que El Gavilán requiere para liberarla el grano requisado por los franceses y el Conde Everdeen está pensando en propiciar el cambio a sus espaldas -le narró.

-¿Cómo lo has sabido? -quiso asegurarse de la veracidad que aquella información.

-Un mendigo escuchó esta mañana una conversación en la iglesia entre el Conde Marvel y el Padre Mitchell -le aclaró. -Asegura haberlo escuchado todo.

En el enfermizo y rancio rostro de Enobaria se dibujó una gran sonrisa malévola.

-Págale y ve enseguida al Fuerte -le ordenó. -Cuéntaselo todo al Capitán Seneca, personalmente, y no olvides decirle que soy yo quien te manda -agregó con tono insistente. -Si ese borracho tiene razón, esta vez los Everdeen lo pagarán caro, al igual que ese bandido al que llaman El Gavilán -sentenció mientras se recostaba en su butaca, regocijándose con anticipación a su triunfo.

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* ~ § ~ *

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-Ya está todo listo -palmeó Peeta el hombro de Haymitch que se sobresaltó. -¿Por qué tan pensativo? -le preguntó al ver la expresión de su rostro. -¿Algo te preocupa?

-No quiero que Effie venga con nosotros mañana -le confesó sin querer ocultar su inquietud.

-No creo que suceda nada -trató de calmarlo él.

-De igual modo -insistió.

-Muy bien, como quieras -accedió Peeta entendiendo los sentimientos de su amigo. -Hay hombres de sobra para que ocupen su lugar, pero tendrás que ser tú quien trate de convencerla -le retó.

-Déjalo en mis manos -asintió mientras la buscaba con la mirada.

La encontró inmediatamente. Se hallaba sentada junto a otro muchacho revisando sus armas cerca de la fogata. Con paso decido pero sin estar muy seguro de que iba a decirle se encaminó hacia ella quien, aunque lo vio acercarse, trató de continuar con su quehacer, esforzándose por dominar el temblor de sus manos.

-He de hablaros -le pidió arrodillándose junto a ella. -Por favor -persistió ante su mirada reticente.

-Está bien -aceptó finalmente, dándole el arma al muchacho. Se puso en pie y se dispuso a seguir a Haymitch, quien caminaba hacia los árboles.

-¿Es necesario que nos adentremos en el bosque? -inquirió ella al ver sus intenciones.

-Quiero discutir esto con vos, no con el resto del campamento -respondió, deteniéndose al encontrarse ya fuera de miradas curiosas.

-O sea, que vamos a discutir -aventuró ella con cierta sorna.

-Eso depende de vos -alegó él con suavidad, a pesar del tono hiriente de la mujer. Definitivamente, en aquella discusión que aconteció en el Palacio Everdeen, Effie había dejado de tenerle confianza y él deseaba recuperarla a como diera lugar, cosa que sabía no sería fácil.

-Decidme entonces -le alentó ella a hablar.

-Quería... -titubeó, tratando de encontrar las palabras adecuadas. -Quería pediros que no asistierais mañana a la recogida del grano.

-¿Y por qué debería consecuentaros? -quiso saber ella con cierto aire irónico, intentando ocultar la sorpresa que le causaba aquella petición.

-¿Queréis que os lo ruegue? -se atrevió a decir. Si con eso conseguía que ella accediera, gustoso lo haría.

-No se trata de eso -le aclaró ya con seriedad en su rostro. -Es sólo que no entiendo el porqué de vuestra demanda.

-Puede ser peligroso -se justificó él.

-Ha habido ocasiones mucho más peligrosas que ésta -le recordó. -Es de Marvel de quien hablamos, no del Capitán Seneca.

-Podría haber algún contratiempo -añadió aun sin estar muy convencido de que eso fuera un argumento plausible, cosa que a Effie tampoco le supuso una razón de peso.

-Me parece una somera estupidez -sentenció ella volteándose, haciendo ademán de volver al campamento al ver que aquella conversación no iba a ningún sitio.

Sin embargo, Haymitch tomó su mano impidiéndoselo y ese contacto paralizó a Effie. Aquella plácida sensación que recorría sus dedos lanzando suaves y cálidas ondas a todo su cuerpo la hizo perder durante un momento la noción de todo. Quedó estática de espaldas a él, tratando de dominar su respiración y el latido de su corazón que ahora ahogaba su pecho, sin dejarle emitir palabra alguna, mientras, y sin saber muy bien de donde había surgido aquel deseo, aguardaba expectante a que él lo hiciera.

-No quiero que os expongáis a peligro alguno -Haymitch habló al fin, con aterciopelada voz, inundando aquel sonido la mente de Effie, aturdiéndola.

-¿Ahora deseáis ser mi protector? -musitó Effie sin girarse a mirarlo, intentando impregnar sus palabras de sarcasmo, sin apenas conseguirlo... aquel tacto seguía nublándola.

-Deseo ser mucho más que eso -dijo Haymitch de súbito, tirando de su brazo y atrayéndola hacia él, aprisionándola contra su pecho, haciendo que un suspiro escapara del pecho de Effie ante su inesperado arrebato. Sin poder hacer nada por impedirlo se encontró con el cobalto de sus ojos masculinos, casi violáceos con aquella profundidad. Jamás los había podido observar tan de cerca y ahora, a pesar de la oscuridad de la noche, se mostraban ante ella mucho más hermosos de lo que jamás se hubiera atrevido a imaginar. Se dejó embrujar por su fulgor, por la deliciosa prisión que era su brazo rodeando su cintura y por la calidez de aquellos dedos que habían comenzado a acariciar su mejilla con suma suavidad.

-Haymitch...

El dulzor de su aliento golpeando su rostro le hizo inclinarse sobre ella. Quizás debería haberle hablado primero, mostrarle sus sentimientos, sí, habría sido lo más apropiado, haber actuado como un caballero... pero, sentir su respiración sobre sus labios como tantas a veces había soñado era más de lo que su aplomo podía soportar.

Se fue acercando poco a poco a ella, sin dejar de mirar en sus ojos cuya miel titilaba como luceros caídos de aquella noche estrellada. Posó sus labios sobre los suyos despacio, sin premura, queriendo sentir ese momento en toda su plenitud, toda la tersura de su piel, iniciando con su caricia una danza llena de ternura, cuya armonía quedaba marcada por el desenfrenado latido de sus corazones.

Haymitch deslizó su mano por su rostro hasta enredarla con su pelo, uniéndola más a él, profundizando su beso y la sintió temblar entre sus brazos, dándole aquello la señal que esperaba, la que le decía que aquella embriagadora emoción que corría por sus venas expandiéndose en él como dulce veneno también la invadía a ella. Los dedos femeninos se hundieron en su pecho, y sus labios acompañaron sus movimientos con exquisita agonía mientras él no ansiaba otra cosa que perderse en ellos.

-No me importa que me creas egoísta -musitó él casi sin aliento, apoyando su frente sobre la de ella, -pero deseo ser todo para ti, del mismo modo que anhelo más que nada en este mundo que tú seas todo para mí.

Haymitch se separó un poco de ella y la miró a los ojos, queriendo buscar en ellos la respuesta a su inquietud.

-Te amo, Effie -le susurró. -Sólo necesito saber si me aceptas -declaró con la mirada llena de esperanza, al igual que de temor.

Entonces Effie alzó sus manos hasta tu rostro y atrajo sus labios hasta los suyos, pero sin tocarlos, apenas rozándolos.

-Sí, mi señor; sí, mi dueño; sí, mi amor -respiró ella sobre su boca, justo antes de atraparla con la suya. Haymitch dejó escapar un suspiro mezcla de gozo, alivio y turbación ante la sensación arrolladora de aquellos labios acariciando los suyos. La estrechó contra su pecho y se maravilló de lo bien que se ajustaban sus cuerpos. La supo suya de la misma forma que él era suyo y aquella certeza lo llenó de una dicha infinita.

-¿Podrías replantearte ahora la opción de no acompañarnos mañana? -le volvió a pedir con sonrisa sugerente.

-De acuerdo -accedió al fin tras rodar los ojos.

-Vamos entonces -sonrió satisfecho tomando su mano.

-¿A dónde? -le preguntó extrañada.

-¿No pensaréis ir sola hasta el Palacio Everdeen? -inquirió Haymitch con fingida severidad. -¿No sabéis que un bandido merodea por estos lares con su banda? Dicen que son unos sujetos muy peligrosos.

Effie no pudo evitar reírse.

-Creo que vuestra advertencia llega tarde, caballero -bromeó ella. -Fui presa por uno de sus secuaces.

-Me temo entonces que os tendrá cautiva para siempre -susurró con voz grave acercándose a ella y volviendo a besarla, correspondiendo ella con el mismo fervor.

Cuando Peeta los vio llegar tomados de la mano, una sonrisa picarona asomó a sus labios.

-Ya veo que significa para ti "dejar algo en tus manos" -se mofó el joven.

Haymitch intentó golpear su hombro a modo de reproche pero Peeta lo evadió, dirigiéndose a Effie.

-¿Estás segura de lo que haces? -se rió él.

-Más respeto, jovencito -trató de corregirlo Haymitch sin poder impedir que una sonrisa se dibujara en su rostro. -Voy a acompañarla y regreso -le anunció.

-No es necesario -le guiñó el ojo con declarada intención.

-Peeta... -lo miró Haymitch de modo inquisitivo.

-Lo digo en serio -insistió sin bromear ahora. -Hay un grupo de hombres haciendo guardia, mientras el resto se ha ido a descansar para mañana.

-¿Y la Condesa? -quiso saber Effie.

-Yo me quedaré con ella -bajó el rostro avergonzado. -Debo hablar con Katniss antes de que todo acabe mañana.

-Lo entenderá -le alentó Effie.

-Eso espero -suspiró Peeta pesadamente.

-Te veo mañana -se despidió Haymitch antes de que se alejaran mientras Peeta los observaba.

Peeta se sintió feliz por su amigo, más que su amigo, era su confidente, su mentor, casi como un padre para él y, verlo dichoso era también su propia dicha. No pudo evitar preguntarse si esa misma felicidad le sería negada a él definitivamente. Quizás se arriesgaba demasiado al contarle la verdad, ella podría dejarse llevar por los prejuicios que, de forma clara, le había mostrado el día anterior. Desde entonces había evitado visitarla, todo por miedo a enfrentarla pero, ahora que iba a devolvérsela a su hermano iba a jugar su última carta. Observó su máscara antes de colocársela... sería la última vez que la usase frente a ella.

Al entrar en la cabaña la vio tumbada en el camastro, aunque al parecer no dormía, pues se incorporó sentándose en cuanto reparó que él hacía lo mismo, colocándose frente a ella. Katniss lo miró por un instante, apartando rápidamente su mirada de él. Sí, cada vez estaba más convencida de aquello que la había atormentado desde el día anterior, más la verdad era mucho peor que aquella duda.

Entonces Peeta, leyendo su pensamiento, tomó las manos de la joven, sobresaltándola y las dirigió a su rostro oculto, colocando sus finos dedos sobre la máscara, en manifiesta invitación.

-¡No lo hagas! -las apartó ella como si aquel antifaz quemara. Su lucha interna estaba sobrepasándola ahora ante las consecuencias que podría acarrear que realmente Peeta se escondiera bajo aquella máscara.

Sin embargo él se mostró decidido y, haciendo caso omiso a sus ojos suplicantes se descubrió ante ella.

-Peeta... -musitó con gran confusión en su voz. La felicidad que sentía al tenerlo cerca se veía opacada por aquella dura realidad.

-Por fin sabes toda la verdad -le dijo él.

-¿De qué verdad me hablas, Peeta? -quiso saber con tiznes de desesperación en su voz. -¿Quién eres? ¿Un marqués, un bandido, un... asesino? -titubeó ante el dolor que le producía el sólo pronunciar esa palabra y la mera posibilidad de que aquello fuera posible. -¿Qué pasó con aquellos soldados? -se atrevió a preguntar.

-Yo no fui el culpable de su muerte -se defendió. -¡Lo juro ante Dios!

-Juras ante Dios cuando vives rodeado de mentiras -lo acusó apartando su vista de él. -¿Cómo hago para creerte?

-¿Recuerdas cuando nos encontramos la primera vez a tu vuelta de Francia? -aseveró. -Yo creía que tu carruaje era el que portaba el dinero para el ejército de Seneca y sí, Katniss, quise asaltarlo porque los campesinos necesitaban ese dinero.

Peeta tomó su mejilla y lo obligó a mirarle.

-Sin embargo me equivoqué y en su lugar me encontré con la mujer más hermosa que jamás haya podido encontrar.

Katniss desvió los ojos de él, enrojecida, aunque tratando de mantenerse serena; necesitaba escuchar toda la historia.

-Cuando el verdadero carruaje con el cofre iba a llegar -prosiguió él, -Seneca le hizo cambiar el rumbo.

-Para protegerlo de ti -le interrumpió ella.

-Para asaltarlo, Katniss -la corrigió rápidamente. -Fue él quien mató a sus hombres sin piedad alguna.

-Pero... ¿cómo? -se mostró horrorizada ante aquella monstruosidad sin apenas poder creerlo.

-Un pobre soldado francés nos lo reveló en su lecho de muerte -le explicó con pesadumbre al recordar a aquel momento en el que ese desdichado joven moría en sus brazos con un brillo de esperanza ante la idea de ser vengado en sus casi inertes ojos.

Katniss lo miraba estupefacta; quizás su aversión hacia el Capitán no era del todo justificada pero aquella atrocidad fue más que suficiente.

-Es a causa de ese bellaco que hoy soy El Gavilán -admitió frente a una confundida Katniss.

-A pesar de ser un noble, siempre creí en los ideales de la Revolución -comenzó a narrarle. -Al poco de establecernos aquí salí con Haymitch a dar un paseo por el pueblo y presencié la peor escena con la que jamás me creí encontrar. Seneca y sus soldados arrancaban a tres hombres de brazos de sus esposas y sus hijos para llevarlos sin contemplación alguna y bajo sus miradas atemorizadas e impotentes hacia un cadalso del que habían hecho pender tres cuerdas.

Peeta cerró los ojos pellizcándose el puente de la nariz con claro indicio de lo que le atormentaba el simple recuerdo.

-Un niño, no contaría más de seis o siete años, intentó correr tras su padre y yo mismo tuve que impedírselo, pidiéndole, ordenándole que se colocara de espaldas evitando que presenciara aquella tragedia. Tuve que apoyar su rostro sobre mi cuerpo con fuerza -dijo mirando sus temblorosas manos, -luchando contra su inocente forcejeo para que no viera como Seneca daba la orden a Chaff para que los ejecutara, sin vacilación, sin que hubiera ni delito ni juicio que pudieran justificar esas muertes, sólo como una simple advertencia. Anunció con voz orgullosa que quien hiciera el mínimo intento por sublevarse contra ellos correría su misma suerte tras lo que se marchó con mirada soberbia y llena de gozo. Tal parecía haber disfrutado de aquella barbarie -farfulló con la rabia apoderándose de él, tomando aire durante un momento antes de proseguir.

-A pesar de que el ejército francés era un ejército invasor yo esperaba que trajesen aquellos ideales de justicia y libertad a estas tierras cosa que, evidentemente, no ha sido así -sacudió la cabeza contrariado. -Aquel día no pude hacer nada pero decidí combatir, revelarme contra la injusticia que siembra Seneca a su paso. Mis compañeros comparten mí mismo afán de lucha contra ese ladrón, ese asesino que se esconde tras una insignia y un rango que deshonra con cada uno de sus actos.

Por primera vez desde que Peeta iniciara su alegato se atrevió a mirar directamente a los ojos a Katniss, temeroso de encontrar cualquier indicio de reprobación o incomprensión. Sin embargo, su mirada brillaba llena de lo que a él le pareció admiración e incluso alivio. Titubeante alzó su mano hacia su mejilla y ella misma la tomó posándola sobre su rostro en el que comenzaba a dibujarse una sonrisa.

-Siento mucho haberte utilizado para forzar la situación -se excusó él con gran arrepentimiento en su voz. -No se me ocurrió nada mejor para que tu hermano se atreviera a enfrentarse a Seneca y sé que no es una justificación pero te amo hasta el punto de poner mi vida en tus manos -agregó mientras se las tomaba. -Tanto El Gavilán como yo quedamos a tu merced.

Katniss soltó sus manos para alzar sus brazos y rodear su cuello abrazándose a él, con ímpetu, haciendo que Peeta sintiera que aquella angustia que oprimía su pecho se desvaneciera al instante.

-Perdóname Kat -susurró contra su cabello, suplicante.

-No tengo nada que perdonarte -negó ella con la cabeza. -Aunque deberías habérmelo dicho antes.

-Tienes razón -se separó de ella acariciando su mejilla. -He pecado de inseguridad -se encogió de hombros.

-No confías en mi amor por ti -insinuó ella decepcionada.

-No -se apresuró a aclararle. -No dudo de tu amor, dudo de merecerlo.

Entonces Katniss, que aún mantenía sus dedos enredados en su nuca lo atrajo hacia ella, besándolo, tratando de darle esa prueba que lo convenciera de lo absurda de esa idea y Peeta le correspondió con complacencia. El fugaz beso que le diera el día anterior, lejos de mitigar su necesidad de ella sólo la había acrecentado, alimentando su anhelo de volver a deleitarse en su delicioso sabor e intentando saciarse ahora de la calidez de aquellos labios.

-¿Qué pasara ahora? -musitó ella casi sin aliento.

-Tu hermano ha accedido a tomar parte de vuestras reservar para reponer el grano requisado a los campesinos -le informó, -a espaldas de Seneca -enfatizó esa parte.

Katniss se mostró sorprendida ante aquella reacción por parte de su hermano, quien parecía estar siempre de acuerdo con el proceder del Capitán.

-Mañana al amanecer se efectuará el intercambio -agregó él.

Katniss bajó el rostro entristecida ante la dolorosa idea de la separación.

-Puedo permanecer aquí contigo hasta entonces, si lo deseas -le sugirió alzando con sus dedos su barbilla, leyendo de nuevo su pensamiento.

La mirada anhelante de Katniss habló por si sola y Peeta no necesitó más. Se recostó en el camastro colocándola sobre su pecho, refugiándola entre sus brazos. A ambos les invadió la turbadora sensación que suponía aquella cercanía de la que nunca antes habían disfrutado y en ese preciso instante decidieron olvidarse de todo lo demás, ajenos al resto del mundo, sin pensar en aquel mañana que se presentaba lleno de incertidumbre.

Al despuntar el alba, la tenue luz despertó a la Marquesa Mellark y, a pesar de sentirse agotada al haber esperado al regreso de su hijo hasta altas horas de la madrugada sin que él llegara, supo que ya no sería capaz de volver a dormir. Aquel comportamiento no era propio de Peeta, pues no era dado a dormitar fuera del Palacio y la intranquilidad comenzaba a oprimirle el pecho ante la posibilidad de que le hubiera sucedido algo.

Con gran y pesaroso esfuerzo se levantó del lecho y caminó hacia la recámara de su hijo, con la esperanza de que hubiera regresado en su duermevela. Llamó a la puerta sin obtener respuesta y decidió entrar, con cierta culpabilidad al adentrarse en la intimidad de su hijo, cosa que jamás hacía. Comprobó para su mayor desazón que la cama estaba intacta mientras paseaba por la habitación perfectamente ordenada, a excepción de uno de los cajones de la cómoda que estaba entreabierto. Se acercó para cerrarlo y, cuando se percató de que una prenda que sobresalía era la que entorpecía su tarea, lo abrió encontrándose con algo que le heló la sangre. Con dedos trémulos lo cogió elevándolo hasta su mirada, comprobando que lo que estaba sosteniendo era sin lugar a dudas una máscara y una terrible evidencia pasó frente a sus ojos. Horrorizada la soltó y se apresuró a abrir todos los cajones de la cómoda, extrayendo todo su contenido, tratando de hallar algo que terminara de confirmarle aquella terrible realidad y así fue; en el fondo de uno de los cajones descansaba un atuendo propio de un campesino... de un bandido.

-¡Beetee! ¡Beetee! -exclamó enloquecida.

-¿Qué sucede, Señora Marquesa? -se presentó ante ella prontamente, enfundado en una bata y con el pelo alborotado.

-¡Dime que no lo has hecho! -le espetó con voz ahogada.

-No sé qué me habláis, Señora Marquesa -se defendió él lleno de perplejidad.

-¿Fuiste a hablar con Seneca? -lo tomó ella de las solapas.

-Como me habíais ordenado -repuso él atemorizado.

-¡Corre al Fuerte! -le exigió fuera de sí. -¡Corre a salvarlo!

-Marquesa, no entiendo...

-¡Peeta es El Gavilán! -le mostró la máscara que acababa de encontrar. -¿Entiendes ahora? -inquirió enajenada mientras Beetee la miraba estupefacto. -¿Entiendes que he hecho, maldito? ¡Corre! -volvió a ordenarle en vista de su mutismo y perplejidad. -Impide que le hagan daño a mi hijo -le pidió con la voz desgarrada por la desesperación haciendo que el criado reaccionara y se apresurara a impedir aquella tragedia.

La mordaz y fatua Enobaria Mellark se arrodilló derruida, intoxicada por su propio veneno que se volvía contra ella, contra lo que más amaba en el mundo. Con el rostro descompuesto por el llanto y el pánico suplicó porque Beetee llegara a tiempo de evitar aquella desgracia que ella misma había propinado con su maligno corazón, que ahora se resquebrajaba dolorosamente al saber que podría ser la causante de la muerte de lo único que la motivaba a seguir viviendo... su hijo.

Espero me perdonen por no haber actualizado pero es que el sábado pasado celebramos el cumpleaños de mi mamá y estuve muy ocupada con los preparativos de la celebración además de que celebramos tres cumpleaños en un solo día termine rendida ese día.

Además esta semana fue de parciales así que me metí de lleno a estudiar para mis exámenes.

Y quiero contarles que estoy muy feliz porque desde ahora voy a trabajar los sábados haciendo lo que más me gusta que es enseñar y sobre a todo a niños pequeños estoy muy contenta y espero que me vaya muy bien en mi nuevo rol de profesora. :D

Que os ha parecido la reacción de Katniss, al fin Peeta se decidió a contarle.

Finalmente Haymitch declaro sus sentimientos hacía Effie. (adoro esta parejita)

Que tal la sorpresa que se ha llevado Enobaria al saber que Peeta es el Gavilán… Esperemos a ver que pasara en el próximo capítulo que todo salga bien…

Espero que el capítulo os haya parecido lo suficientemente interesante como para compensar la semana que no actualice.

Espero recibir sus comentarios que como siempre me animan cada vez a seguir actualizando.

Agradecimientos:

VivisWeasley: si tienes razón yo también odio a seneca y clove ese par son de lo peor.

Everllarkglee4ever: Espere que este capítulo haya valido la espera. ;)

Hasta pronto!

Besos XOXOXO