CAPÍTULO 9
Marvel apenas había podido dormir. Se cambió de ropa y se sentó en el butacón, apoyando la cabeza en una de sus manos, masajeándose las sienes. Sabía que lo que hacía era algo muy arriesgado. Por un lado estaba contradiciendo las disposiciones de Seneca, aunque eso era lo que menos le preocupaba. La vida de Katniss era lo que podía estar en juego.
Debía reconocerlo, en el fondo de su esperanza quería pensar que las habladurías del pueblo eran ciertas y que El Gavilán no era el bandido despiadado que transmitía su mala fama, si bien era cierto que aún estaba candente el tema de los soldados franceses asesinados en el asalto; detrás de ese asunto había algo más, aunque no alcanzaba a ver que era. Sacudió un poco la cabeza, no debía pensar en eso ahora, debía confiar y estar convencido de que estaba haciendo lo correcto. Sólo deseaba que hubiese algo de honorabilidad en ese bandido y cumpliera con su parte del trato.
-Marvel, ¿puedo pasar? -se escuchó la voz de Glimmer al otro lado de la puerta.
-Claro que sí, Glimmer -se puso en pie para recibirla.
-No has dormido ¿verdad? -lo miró afligida, acercándose a él. -Yo también estoy preocupada por Katniss.
-No te apenes -la alentó. -Si todo sale como espero, dentro de dos horas a lo sumo todo habrá acabado, pero te ruego que no le digas a nadie ni una palabra.
-¿Qué sucede? -preguntó inquieta.
-Acepté las condiciones de El Gavilán -le informó.
-Ojalá todo salga bien -suspiró ella.
Marvel asintió con aire afligido.
-¿Porqué estás tan pensativo? -quiso saber ella. -¿Hay algo más?
-No -se apresuró a decir. -Es sólo que me siento culpable por como la he tratado -se lamentó él. –Peeta Mellark ha creado una situación insostenible.
-El amor a veces encuentra obstáculos terribles, pero se debe luchar con coraje para conservarlo -afirmó, casi más para ella.
-Un coraje que muchos no tenemos -reconoció él también.
Glimmer bajó el rostro apenada, insegura del rumbo que estaba tomando la conversación. Sin embargo, Marvel no retrocedió y tomó sus manos.
-¿Eres feliz con Gloss? -le preguntó sin rodeos.
-En casi todos los matrimonios hay algo que no funciona -sonrió ella sin elevar sus ojos, mas su sonrisa estaba impregnada de una tristeza infinita.
-Sí, pero ¿tú eres feliz? -insistió alzando su mano para tomar su barbilla y obligarle a mirarlo. Glimmer se perdió durante un segundo en el ónix de sus ojos, había tanto por decir, mas era muy tarde ya.
-Ha llegado el momento de que deje Vilastagno -pronunció ella de súbito. -Solo que primero quisiera ver a Katniss volver sana y salva a casa.
-Entonces, te lo ruego, quédate hasta que vuelva -le pidió tomándola de los hombros.
-Está bien -accedió ella.
-He de irme ya -le anunció. -Deséame suerte.
Glimmer caminó un paso hacia él y aproximó su rostro al suyo, lentamente. Marvel contuvo la respiración y los deseos de dejarse llevar por lo que su mente anhelaba, así que cerró los ojos evitando ver aquellos labios rojos que se acercaban a él en forma de tentación. Notó el aliento de Glimmer sobre su piel, fresco, dulce y su respiración entrecortada. Por un segundo, tal vez menos, lo sintió sobre su boca pero, para su inconfesable pesar, aquel beso que tanto ansiaba se materializó de forma dolorosa en su mejilla.
-Buena suerte -susurró ella cerca de su oído y, rápidamente se marchó, dejando a Marvel sumido en las sombrías tinieblas de las esperanzas rotas.
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Seneca se regocijaba de satisfacción. Aquello iba a resultar más sencillo de lo que esperaba...
Él y sus hombres estaban apostados en una pequeña elevación del terreno, desde donde podían dominar toda la escena y, justo delante de él, en un pequeño claro, aguardaban expectantes los hombres de El Gavilán. Frente a ellos fluía el caudaloso arroyo atravesado por el viejo puente y, al otro lado esperaba Marvel con el cargamento de grano.
-Chaff, han caído en la trampa -el gozo se esbozaba en su ladina sonrisa. -Recuérdame que le presente mis respetos a la Marquesa Mellark.
Desde esa posición, Seneca se sintió poderoso, teniendo al alcance de su mano la vida de todos aquellos hombres, incluso la de Katniss, que permanecía a caballo, próxima a aquel sucio bandido.
-Ahora debes irte -le decía Peeta a Katniss. -Ya ha llegado tu hermano con el grano.
-Pero yo no quiero irme. Quiero quedarme aquí contigo -se negó Katniss en rotundo.
-¿Por qué la mandas antes a ella? -discrepó Cato molesto. -Si el Conde tiene a su hermana se llevará el carro del grano.
-Como un acto de buena fe -le explicó. -Vete -le indicó con un movimiento de cabeza.
-Hasta que el grano no esté seguro yo quiero permanecer aquí -insistió ella.
Peeta suspiró pesadamente.
-Qué más quisiera yo que te quedarás siempre conmigo, Katniss, pero es necesario -le dijo con dulzura. -Márchate y no mires atrás.
Katniss le dedicó una última mirada de disconformidad mientras desmontaba. Seneca, por su parte, se tensó al verla dirigirse hacia el puente.
-Lo tengo -le confirmó Chaff a Seneca, apuntando a la espalda de Peeta.
-Quieto -le ordenó. -Antes ella tiene que estar a salvo.
Katniss caminaba con lentitud hacia el viejo puente. Confiaba en que Marvel cumpliera con su parte del trato pero, aún así le preocupaba la seguridad de Peeta no mires atrás, no mires atrás, se obligó a recordar en su mente.
Vio a Cinna y a algunos hombres más del Palacio. Todos portaban pistola pero no estaban apuntando, lo que no la tranquilizó. Marvel desmontó del caballo y se adelantó a recibirla mientras ella comenzaba a cruzar el puente.
-Katniss -abrazó a su hermana, aliviado. -¿Estás bien? ¿Te han herido?
-No -se apresuró a contestar. -Estoy bien.
Marvel observó a aquel bandido a los ojos, que lo miraba desafiante, altivo. Asintió con la cabeza como confirmación y Peeta respondió del mismo modo, concordando entonces con la efectividad del acuerdo.
-Dejemos que se vayan -les pidió Peeta a sus hombres viendo como Katniss y su hermano terminaban de atravesar el arroyo y se dirigían a los caballos. -Vayamos a coger el grano.
Y fue entonces cuando sucedió...
-¡Ahora! -bramó Seneca indicándoles a sus hombres que había llegado el momento.
...la hecatombe.
Se produjo una violenta explosión haciendo estallar el puente en cientos de pedazos que salían despedidos con gran potencia, lanzando trozos de madera flameantes por doquier. Peeta tuvo que proteger su rostro con un brazo y sujetar bien las riendas de su caballo, del que estuvo a punto de caer debido a la agresividad de la onda expansiva.
Marvel y Katniss se giraron sobresaltados y confundidos y vieron, en lo alto del promontorio a Seneca, en pié, apuntando con su pistola hacia donde se encontraban los hombres de Peeta.
-¡Fuego! -gritó el Capitán, obedeciendo sus hombres al instante.
-¡Es una emboscada! -voceó Peeta viéndose atrapado entre las llamas y las balas de Seneca. -¡Responded a las armas! -les ordenó a sus compañeros. -¡Devolved los disparos!
Katniss veía la escena aterrada, aunque intentase fingir indiferencia ante el que se suponía que era un bandido despreciable, era su amor el que estaba en mitad de aquel infierno, en el que los disparos y el fuego eran los que trataban de dictar su destino, y de la peor manera.
-¡Debemos irnos! -estiró Marvel de ella obligándola a subir a un caballo.
Katniss no podía dejar de mirar a Peeta y como Seneca le apuntaba una y otra vez, errando, para su tranquilidad y fortuna, siempre sus tiros. ¡Escapa! ¡Huye! -quiso gritar ella teniendo que morderse la lengua, aunque, con alivio, sintió como si su amado hubiera leído su pensamiento.
-¡Vámonos de aquí, deprisa! -le escuchó pedirle a sus compañeros, sin dejar de responder al ataque de los franceses, antes de que Marvel golpeara el costado de su caballo haciéndola cabalgar y alejándola de allí.
-¡Fuego a discreción! -chilló Seneca. -Chaff, los caballos, rápido -le ordenó con tono iracundo. ¡Estaban rodeados! ¿Por dónde querrían escapar? ¡Era imposible!
-¡Maniobra de evasión! -gritó entonces Peeta, confiando en que el conocimiento que tenían del bosque y el humo les sirviera de distracción.
Finnick también observaba la escena, sorprendido, atónito. Supuestamente habían cubierto todas las vías de escape...
-¡No te quedes ahí parado, Teniente! -lo sacó Seneca de su estado. -Tenemos que seguirlos. No podemos darle mucha ventaja, ¡vamos!
Pero ¿por dónde?
Cuando bajaron de la colina hacia el claro no había ni una señal de los hombres de El Gavilán. Sólo habían rastros de madera ardiendo y humo pero ni uno sólo de los bandidos. Finnick mandó hombres a caballo hacía las posibles salidas pero bien sabía que la búsqueda sería infructuosa.
-Es inútil -expresó sus pensamientos en voz alta. -En estos bosques siempre tendrán ventaja sobre nosotros.
-Y tú has reaccionado tarde, Teniente -le acusó Seneca sin embargo, mirándolo con desprecio.
Finnick no ocultó su malestar por semejante acusación y le sostuvo la mirada, alzando su barbilla, con seguridad.
-De todas formas tenemos el grano y a Katniss -dijo al fin Seneca. -Vámonos -le ordenó a sus hombres, echando un último vistazo al lugar por donde se había escapado aquel mísero maleante.
-Maldito -masculló Seneca entre dientes espoleando su caballo.
-Déjame que te examine la pierna -le pedía Haymitch a uno de los muchachos que había resultado herido, cuando hubieron llegado al refugio. -Por suerte la bala no está alojada en la herida -le indicó Haymitch mientras comenzaba a curarle.
-¿Estás bien? -se interesó por él Peeta, ofreciéndole algo de beber.
El joven asintió, aceptando el vaso.
-¿Y ahora? -Le preguntó Cato furibundo.
Peeta se dirigió a él, colocándose enfrente.
-Aunque ¿a quién le pregunto, a El Gavilán o al Marqués Mellark? -inquirió con gran sarcasmo.
-¿Qué quieres decir?
-Juraste fidelidad a nuestra causa, no a la de la Condesita Everdeen -le acusó tomándole de las solapas y empujándolo.
-Nosotros combatimos contra los franceses no contra la aristocracia piamontesa -le recordó sin amedrentarse. -Cualquier daño que hubiera sufrido ella sólo habría servido para tener a todos en contra nuestra.
-Tu deber era pensar -le reprochó volviendo a tomarlo de la solapa, desafiante, -y esta vez has pensado mal. No es con palabrería con lo que se come, Gavilán.
-Cato, no quiero pelearme contigo -rechazó sus provocaciones, alejándose de él.
-Creía que tu comportamiento era debido a una mujer, sin embargo es solo falta de coraje -se mofó.
-¿Ah sí? -Peeta se detuvo en seco. -Entonces, según tú, solo sirven los músculos, no sirve el cerebro -se remangó la camisa. -Veremos si de verdad no sirve pensar.
Cato empuñó sus manos dispuesto a continuar con lo que él mismo había iniciado. .
-¿Quieres pelear? -se burló Peeta -Primero las reglas.
-¿Qué reglas? -se extrañó Cato.
-A la señal de "ahora" pelearemos -le informó. -¡Que alguien diga "ahora"! -pidió.
-¡Ahora! -gritó Haymitch con prontitud, tan rápido que Cato no fue capaz de reaccionar hasta que sintió como el puño de Peeta se estrellaba de forma más que dolorosa contra su mentón, empujándolo hacia atrás.
Todos comenzaron a reír y él, airado, sacó su pistola apuntando a Peeta, quien se limitó a extender su mano, ofreciéndosela con gesto conciliador, aunque, Haymitch si que empuñó la suya como precaución.
-Ya tengo bastante de ti, Gavilán -la rechazó Cato, marchándose iracundo.
-Dejadlo ir -les dijo Peeta a sus compañeros, que intentaron detenerlo. -Cuando se le pase volverá.
Haymitch se puso tras él y apretó su hombro amistosamente.
-¿Crees que Marvel nos ha traicionado? -le sugirió.
-No creo -negó él. -Se veía bastante sorprendido por la aparición de Seneca.
-En cualquier caso voy a encontrarme con Effie -le dijo. -A ver si averiguo algo.
-Ya -sonrió Peeta con malicia, recibiendo una palmada en la espalda como respuesta.
Haymitch le levantó un dedo amenazante pero Peeta le respondió con una risotada.
-Te veo en el pueblo -le anunció el joven y caminó hacia su caballo.
Su aparente buen humor se esfumó en cuanto se alejó del refugio. Lo sucedido con el Capitán Seneca aún le provocaba que le hirviera la sangre. No sólo había frustrado sus planes de devolverle al pueblo lo que era suyo sino que había puesto en peligro la vida de sus compañeros y, lo que era peor, la vida de Katniss. Aquella explosión, alguna bala de trayectoria errática... podrían haberla herido gravemente... por suerte Marvel se la había llevado de ahí con rapidez.
Apretó la mandíbula maldiciendo a Seneca para sus adentros. Aquel Capitán era una serpiente escurridiza, una víbora rastrera y venenosa. Aquello se estaba convirtiendo en una lucha sin cuartel, pero él no estaba dispuesto a dar su brazo a torcer.
Bordeó un recodo del camino y vislumbró a lo lejos el Palacio. Un buen baño le vendría bien a sus entumecidos músculos antes de reunirse con Haymitch en el pueblo.
-Lo intenté, Señora Marquesa, pero los soldados ya habían dejado el Fuerte -se disculpaba de forma lastimera Beetee.
-Reza para que no le suceda nada -sentenció ella de modo amenazante, mas, en ese instante se escucharon un relinchar y cascos de caballos.
-¡Ya ha vuelto! -exclamó Enobaria viendo por la ventana. -Retírate, rápido -le ordenó.
Beetee se inclinó antes de obedecer.
Enobaria se apoyó sobre su bastón apretando su empuñadura, con inquietud, pero no tuvo que esperar mucho tiempo antes de que su hijo hiciera su aparición.
-¡Madre! -se sorprendió al verla allí, y no sólo porque su madre nunca entraba a su recámara sino porque se sintió descubierto, al verlo llegar de esa guisa.
-Estás a salvo -se limitó a murmurar ella casi al borde de las lágrimas.
Peeta comprendió al instante. No sólo estaba al tanto de su doble vida sino también de lo que acababa de ocurrir.
-¿Por qué no me lo has dicho? -le reprochó ella lastimera.
-Os habría puesto en peligro de forma innecesaria -se defendió él. -Madre, nadie debe saberlo.
Enobaria asintió mientras posaba su mano en su mejilla, como si necesitase aquel contacto para convencerse de que su hijo estaba bien.
-Si te hubiera pasado algo no lo habría podido resistir.
-Vos no habéis corrido el riesgo de perderme ni un solo instante -se jactó. -Sé luchar madre.
-Pero, ¿por qué? ¿Para qué? -se quejó ella. -¿Qué te lleva a convertirte en un bandido?
-Yo no soy un bandido que roba por la satisfacción de enriquecerse -discrepó. -Más bien me considero un guerrillero, combato contra la injusticia y la desolación que James está sembrando en estas tierras, para recordarle cuales son los ideales que deberían guiar sus actos y que parece dejó olvidados en la frontera al cruzarla.
-¿Eso es suficiente para exponerte así?
-Lo siento mucho, madre, pero no quiero discutir con vos -la atajó tratando de evitar un enfrentamiento con ella. -Voy a darme un baño, he de volver a salir.
Se acercó a ella y besó su frente, tras lo que se retiró.
-Sí, sabes combatir -murmuró ella con un deje de orgullo en su voz. -Eres como tu madre, Peeta y eso es lo que cuenta.
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Octavia y Annie se encontraban barriendo la escalinata de acceso al Palacio. A pesar de todo la vida debía continuar y, ellas, con sus labores, al igual que todos en Vilastagno. Sin embargo, Annie resopló, la preocupación por su patrona casi no la dejaba pensar. A su hermano le habían tratado bien, de hecho volvió a casa sin un solo rasguño. Rezó para que la Condesita tuviera la misma suerte.
Habiendo concluido ya su tarea, iban a encaminarse ambas al interior del Palacio cuando vieron llegar a un grupo a caballo, y, para regocijo suyo, Katniss iba entre ellos. Las muchachas dejaron caer sendas escobas y corrieron dentro a dar la noticia.
-Ha vuelto -gritaba Annie. -¡La Condesa ha vuelto!
Todos salieron al exterior a recibirla, incluidas Clove y Glimmer.
-¡Marvel! ¡Katniss! -exclamó esta última mientras bajaba la escalinata.
-¡Qué cariño tan conmovedor tenéis por vuestro primo! -sugirió con declarada intención Clove, caminando justo tras ella. -Habría esperado un orden distinto en vuestras exclamaciones.
Glimmer hizo caso omiso a su malintencionado comentario y se apresuró a abrazar a su prima.
-¡Qué alivio que estés bien!
-Sí -añadió Clove con fingido interés mientras besaba sus mejillas. -Gracias a Dios.
-Dejadla respirar -se quejó Marvel pasando su brazo por sus hombros y encaminándose dentro del Palacio. -Debes descansar.
-Está bien -accedió Katniss.
-Preparadle una tila y algo para comer -les indicó a las doncellas, -y tú, Annie, prepárale un baño caliente.
-Sí, Señor Conde -se apresuró Annie a obedecer. -Bienvenida a casa, Condesita -le sonrió Annie a lo que Katniss respondió de igual forma.
Marvel apenas había dejado a Katniss en su habitación cuando Cinna fue a su encuentro.
-Señor Conde, el Capitán Seneca está aquí -le informó.
Marvel resopló poniendo rumbo hacia la entrada. Sabía que tendría que enfrentarse con él tras lo sucedido pero no creía que fuera tan pronto.
-Capitán -lo saludó en cuanto lo tuvo enfrente. -Teniente -se dirigió a Finnick que, en esa ocasión lo acompañaba y quien, al contrario que Seneca, se apresuró a inclinar su cabeza a modo de saludo.
-Conde Everdeen, os habréis dado cuenta que la acción que habéis cometido hoy es de extrema gravedad -fue directo al punto.
-Soy plenamente consciente de ello -reconoció. -¿Lo habéis cogido?
-Han conseguido escapar -farfulló Seneca.
-¿Y puedo preguntaros que haréis con el grano ahora? -quiso saber.
-Mis soldados lo están llevando al Fuerte, allí estará seguro -le informó.
Marvel lo miró con desaprobación, era su grano al fin y al cabo, pero Seneca se negó a dar ningún tipo de explicación.
-Vuestro gesto ha puesto en peligro al rehén, a vos mismo y sobre todo a mis hombres -le dijo sin embargo.
-Me hago cargo, Capitán pero vos entendedme a mí -se defendió. -Para vos se ha tratado tan solo de una acción militar. Para mí se trataba de salvar la vida a mi hermana.
-Aprecio vuestra sinceridad -alegó con cierta ironía, -pero ahora es indispensable que colaboréis -puso énfasis en la última palabra.
-Claro, Capitán -asintió Marvel. -¿De qué manera?
-Deseo interrogar a vuestra hermana -declaró con firmeza.
-Está muy cansada...
-No es una sugerencia -le atajó con suficiencia.
-Muy bien -tuvo que aceptar.
-Teniente, haz que preparen un carruaje -le pidió.
-A sus órdenes -se cuadró Finnick.
-Voy a buscarla -le anunció Marvel.
-¿Os importa si espero en la biblioteca? -preguntó Seneca con cierta altivez.
-Por favor -le hizo una seña Marvel con la mano y falsa sonrisa afable en sus labios.
En cuanto se encaminó hacia la habitación de Katniss se dibujó una mueca de disgusto en su cara. Aquel capitán comenzaba a tomarse atribuciones que no le correspondían.
Con mirada ausente, Katniss se dejaba asistir por Annie que la ayudaba a vestirse. Apenas si había comido, no era capaz, aunque bien era cierto que el baño había conseguido relajarla un poco, mas no lo suficiente para mitigar aquella zozobra que anidaba en su interior. Rogaba porque Peeta estuviera bien, debía confiar en que así fuera, pero el fuego cruzado había sido encarnizado y podría estar herido. ¿Mas cómo hacer para averiguar?
-Katniss, ¿puedo pasar? -escuchó la voz de Marvel tras la puerta.
-Adelante -le indicó.
-El Capitán Seneca está aquí -le dio a conocer. -Quiere hablar contigo.
-Habría preferido evitar un interrogatorio así, tan pronto -se quejó ella.
-Yo también -concordó él, -pero, al parecer, tan sólo está intentando cumplir con su deber.
-Marvel, ¿fue tuya la idea de la emboscada? -se atrevió a preguntar, tratando de mostrarse lo más despreocupada posible.
-Jamás te habría puesto en peligro semejante -negó él rotundamente.
-¿Y han apresado a ese bandido? -preguntó ella tratando de simular desinterés.
-Para desdicha de Seneca ha logrado escapar -le aclaró con cierto aire divertido.
-¿Y para ti no? -se sorprendió ella del cambio.
-Si no hubiera aparecido Seneca, todo habría salido tal y como habíamos acordado -le explicó. -Eso habla mucho a su favor.
-Bueno, no hagamos esperar al Capitán -se apresuró a caminar Katniss, situándose delante de su hermano. La expresión de alegría que se dibujaba en ese momento en su rostro sería difícil de esconder y de justificar.
Al llegar a la biblioteca Seneca la esperaba en la puerta.
-Entrad, por favor -solicitó. -Sólo vuestra hermana -le interrumpió el paso a Marvel.
-Pero...
-Lo siento, Señor Conde -y cerró la puerta tras entrar, dejando a Marvel con su rictus desbordado en sorpresa y malestar.
-Capitán, estoy muy cansada -alegó Katniss sentándose en un diván.
-Me imagino -admitió Seneca, -pero es mi deber hacerle unas preguntas.
Katniss asintió con desgana.
-Decidme, ¿recordáis algo? -comenzó Seneca. -Cualquier pequeño detalle sobre el secuestro, a alguno de los bandidos... cualquier cosa que pudiera darnos alguna pista.
Katniss se limitó a negar con la cabeza.
-Vamos Condesita, intentad colaborar -insistió con sequedad.
-Me han tenido atada y vendada todo el tiempo y cuando me llevaron a la guarida era de noche -le explicó con apatía. -¿Como podría acordarme de algo?
-¿Habéis oído algún sonido, algún ruido particular durante el secuestro? Animales de granja, por ejemplo -indagó Seneca.
-Sí, he oído gallinas -dijo Katniss con tono desenfadado.
-Entonces podríais estar en el pueblo -aventuró Seneca.
-No, no era el pueblo -negó ella categóricamente.
-¿Cómo podéis estar segura? -preguntó él con suspicacia. -Si habéis oído a las gallinas tendríais que estar en una granja o algo parecido. ¿Por qué no en el pueblo?
-No estábamos en el pueblo -le reiteró ella. -Estábamos seguramente en medio del bosque, Capitán.
-¿Estáis convencida? -inquirió con cierto malestar en su voz.
-Más que convencida -aseveró ella.
-Por mi fe que no entiendo porqué habríais de mentirme pero lo estáis haciendo -la culpó al fin.
-¿Cómo os permitís dudar de mi palabra? -se exaltó ella. Sabía que era mala actriz y que mentía aún peor pero, tal vez, darse por ofendida la haría salir del paso.
-¿Gallinas en mitad del bosque? -se mofó él.
-Pensad lo que queráis -continuó ella. -Yo estoy segura de lo que he oído.
-Vos os estáis burlando de mí -sentenció Seneca impávido, -y es algo que no toleraré por más tiempo. Ahora vendréis conmigo.
-¿A dónde? -trató de negarse.
-He dicho que vendréis conmigo -le exigió "invitándola" a acompañarle.
A pesar de la oposición de Marvel, Seneca condujo a Katniss a la entrada, donde aguardaba una carroza flanqueada por Finnick a caballo.
Los tres de encaminaron hacia el bosque y recorrieron sus senderos por largo rato, y que, a Katniss se le antojaron horas. Para su alivio ninguno de aquellos caminos le era en absoluto conocido hasta que avistaron un claro.
El carruaje se detuvo y Seneca la ayudó a bajar. Finnick los seguía a una distancia prudencial.
-Condesita, habéis afirmado que estabais en el bosque -le recordó mientras caminaban. -¿Es posible que hayáis oído el sonido del agua de esta cascada?
Katniss enmudeció por un momento... aquel violento torrente, los salientes que cruzaban su cauce... No, jamás habría podido olvidar aquel torrente en el que casi pierde la vida.
-No lo sé, no podría decirlo con certeza -titubeó con la mirada perdida en el arroyo.
-Os ruego que os fijéis atentamente.
Y Katniss lo vio, al otro lado, en aquella orilla agreste que la había obligado a cruzar el riachuelo en su huida; un reflejo azul de seda, la del lazo de su vestido que pendía de un matorral y que debió de habérsele enganchado.
Seneca observó a Katniss por un instante, su expresión, su mirada fija ¿habría recordado algo? Giró su vista para dirigirla al mismo punto que ella cuando sintió su mano sobre su brazo.
-Capitán, os lo ruego, vayámonos. Estoy muy cansada -dijo instintivamente tratando de que él no se percatara de su descubrimiento. Sin embargo, en su intención, quizás había depositado más languidez y dulzura de la que ella habría deseado.
-Un tono amistoso, por fin -se sonrió Seneca observando la mano de Katniss. -Estaría bien que lo adoptarais más a menudo. Quizás yo también podría adoptarlo con el pueblo si tan sólo vos...
Katniss apartó la mano rápidamente, como si le quemara. ¿Que había querido insinuar? ¿Le estaba sugiriendo un precio a cambio de sus atenciones, de que ella se mostrara amable con él? Su rostro se ensombreció y se encaminó hacia la carroza y aquello a Seneca no le pasó inadvertido, sintiéndose airado, molesto. Estaba resultando una muchacha demasiado inaccesible y empezaba a exasperarse.
-Vamos al pueblo -le indicó a Finnick, lejos de cumplir con la petición de la joven.
En cuanto los habitantes del pueblo los vieron llegar se arremolinaron sobresaltados, la visita del Capitán francés nunca era algo digno de festejar.
-¿Qué hace con Seneca? -preguntó ofuscado Peeta que se encontraba en el otro extremo de la plaza con Effie y Haymitch, al ver al Capitán ayudando a Katniss a descender de la carroza.
-Al poco de llegar Katniss al Palacio, acudió con la firme intención de interrogarla -le aclaró Effie.
-Esto debe formar parte de la investigación -añadió Haymitch con sorna.
-Quedaos aquí -les pidió a ambos, mientras se encaminaba al centro de la plaza, donde Seneca había hecho alinear a los campesinos, como si de una cadena de reconocimiento se tratara. Peeta no pudo evitar alarmarse ante la situación que se estaba dando en esos precisos momentos...
-¿Cómo te llamas? -preguntaba Seneca.
-Cato -respondió su interlocutor.
Katniss lo observó durante un instante. Esa voz.
-¿Lo conocéis? -le preguntó Seneca ante su expresión.
-Por supuesto -vaciló ella un segundo. -Al igual que conozco a todas estas personas, desde que nací -añadió dominando a duras penas el temblor de su voz.
-Quizás podréis reconocer a alguno.
-Ninguno de ellos podría ocasionarme mal alguno -los defendió.
-Vale la pena mirarlos a los ojos -insistió él. -A menudo los menos sospechosos se revelan como verdaderos criminales.
Seneca le hizo una seña para que se fijase bien en todos ellos. A Katniss le pareció indignante que siguiera poniendo en tela de juicio su palabra hasta tal punto pero decidió que sería más sencillo si accedía a sus deseos, total, no iba a reconocer a ninguno de ellos como sus secuestradores, a ninguno, se repitió mientras volvía a posar los ojos en Cato.
-¿Entonces? -preguntó Seneca con impaciencia. -¿Ni un pequeño detalle que pueda recordar de vuestros raptores?
-Lo siento pero no -se lamentó con su rostro lo más inexpresivo que pudo y tuvo que hacer de tripas corazón para mantenerse igual de firme e impasible cuando vio que se acercaba a ellos la única persona a la que había ansiado ver durante todo el día.
-Condesa Everdeen -exclamó Peeta con exagerado tono lleno de refinamiento mientras tomaba su mano y se la besaba. -Es una alegría infinita volveros a ver sana y salva -agregó con exagerada preocupación. -Debéis haber vivido un infierno en manos de ese bandolero.
-¿Y vos sois? -lo miró Seneca de arriba a abajo, sin disimular su fastidio.
-Marqués, os presento al Capitán Seneca Crane y al Teniente Finnick Odair. Él es el Marqués Peeta Mellark -los introdujo Katniss, quien se esforzaba hasta lo indecible para mantener la compostura y no arrojarse a los brazos de su amado.
Peeta se inclinó a lo que Seneca respondió simplemente inclinando su cabeza.
-Un placer, Señor Marqués -se cuadró en cambio Finnick.
-El Capitán Seneca me ha traído al pueblo con la esperanza de que le ayude en la investigación -se apresuró a aclararle Katniss ahogando una sonrisa que luchaba por aflorar a sus labios, -pero, por desgracia, temo no haberle sido de ayuda.
-No os aflijáis -le sonrió él sugerente, aquello estaba resultando más gratificante de lo que él creía. El sonrojo de sus mejillas era adorable -El Capitán conseguirá de todos modos encontrar a ese bandido.
-Sois muy gentil al disponer en mi tanta fe -espetó Seneca con ironía.
-La fe que pongo en vos, Capitán, se equipara al desprecio que experimento hacia El Gavilán -alegó Peeta tratando de vanagloriarse con él, aunque regocijándose para sus adentros al tener a su supuesto captor frente a frente sin que lo sospechara en lo más mínimo.
-Quisiera irme, Capitán -intervino Katniss que había leído claramente en los ojos de Peeta. -Estoy muy cansada y hace mucho calor.
-Estáis en lo cierto, Condesa -la cortó Peeta con mirada insinuante. -Hay tal bochorno hoy que el único refresco posible sería un buen baño en el lago o en el arroyo.
Katniss sintió sus mejillas arder y no pudo evitar sonreír tímidamente ante aquella más que declarada invitación.
-Tenéis razón, Marqués -trató de disimular ella.-Seguiré vuestro consejo apenas pueda.
-Marchémonos entonces -los interrumpió Seneca. Se estaba empezando a sentir desplazado en aquella conversación en la que parecían entreverse más cosas de las que se decían en realidad y la situación empezaba a desagradarle, al igual que aquel marquesito estirado.
Le ofreció el brazo a Katniss y que ella aceptó, aunque, no sería a él a quien le dedicara la última mirada, la última sonrisa antes de abandonar el pueblo. Previo a subir al carruaje, volteó su rostro hacia él y allí estaban los zafiros de sus ojos brillando sólo para ella. Katniss le sonrió asintiendo levemente, a lo que él respondió de igual modo. Sí, no pasaría mucho tiempo hasta que él volviera a tenerla entre sus brazos y la esperaría paciente, todo el día si fuera necesario.
¿Qué os ha parecido chicas?
Sé que estabais preocupadas por la suerte de nuestro Gavilán, pero, como veis ha salido bien librado... por ahora :p
Espero que os haya gustado el capítulo. De sobra está deciros que vuestros comentarios son la mejor recompensa.
Hasta pronto!
Un besazo! ^3^
