CAPÍTULO 12

-¡Bienvenido, Capitán! -se apresuró a recibirlo Clove, tomando su brazo de modo casi posesivo. -Veo que habéis cumplido vuestra palabra en cuanto al grano.

-Jamás faltaría mi palabra a una bella dama como vos -alzó una de sus manos para besársela. -Espero que no os importe que haya pedido al Teniente Finnick que me acompañase -justificó Seneca la presencia del oficial allí.

-Al contrario -intervino Marvel que caminaba hacia ellos con Katniss de su brazo. -Es un placer teneros aquí, Teniente -añadió.

-Y para mí todo un honor -agradeció Finnick cuadrándose en señal de respeto.

-Conde Everdeen -sonrió malicioso Seneca sin embargo. -Pareciera que hoy soy bien recibido en Vilastagno. Me preguntaba si también lo soy por vuestra hermana -agregó soltando a Clove y ofreciendo su mano a Katniss, con clara invitación y que, muy a su pesar, ella no pudo rechazar.

Clove tomó entonces el brazo de su esposo y observó como se alejaban hacia el jardín. Sonrió triunfal, Seneca no perdía el tiempo.

-Habéis sido muy amable al traer el grano, Capitán Seneca -quiso congraciarse Katniss con él. Debía reconocer que, al menos y tal y como había apuntado Clove, había cumplido con su palabra.

-Es hermoso haceros feliz con tan poco -le sonrió él halagado. -Mis soldados han depositado las carretas en el patio trasero -se jactó de informarle. -Puedo pedirles que ellos mismos lo transporten al pueblo.

-Os lo agradezco -asintió ella con una tenue sonrisa.

-Soy yo el que os lo agradece a vos -alegó con voz grave y serias facciones. -Desde que os he conocido...

De repente un par de risas escuchadas a lo lejos interrumpió el discurso de Seneca, cosa que a Katniss le otorgó cierto alivio pues empezaba a incomodarle el trasfondo de aquella conversación.

-Son conmovedores -comentó Seneca refiriéndose a Thresh y Rue, que parecían compartir un momento muy divertido. -El Conde es tan tímido, casi torpe a veces, pero la Marquesa lo mira como si fuese el mejor de los hombres. ¿Sabéis a que se debe? -preguntó con declarada intención.

Katniss se limitó a negar con la cabeza y sonreír levemente; cualquier respuesta que diera sin duda no le sería de gran ayuda.

-El amor -declaró él entonces y Katniss contuvo la respiración temerosa. -El amor cambia nuestra percepción, nuestros sentidos, incluso puede cambiar nuestras vidas.

De pronto, Seneca asió su mano y la colocó en su pecho. Katniss sobresaltada, alcanzó a desviar su mirada de él.

-Yo os amo, Condesa -le confesó con su voz tan impregnada de aquel sentimiento que quería transmitirle que Katniss casi sintió nauseas. -Me habéis cambiado, sacáis a relucir en mí todo lo bueno que llevo dentro y que jamás pensé poseer y deseo fervientemente haceros mi esposa.

Katniss trató de disimular su rostro contrariado, la palabras que Peeta le dijera el día anterior volvieron a su mente y se avergonzó por haber sido tan ingenua y, al parecer, no fue sólo algo figurado pues sintió el calor ocupar sus mejillas. Por primera vez en su vida, Katniss se alegró de aquel ridículo rubor que solía delatarla pues, en vista de la sonrisa complacida que se dibujaba en el rostro de Seneca, no cabía duda de que el Capitán había malinterpretado aquel detalle.

-No tenéis que responder enseguida -se apresuró a decir creyendo que la libraba de aquella pena excusando su timidez.

Katniss asintió agradecida, verdaderamente era un mal trago el que le estaba evitando, aunque tarde o temprano tendría que tomarlo.

Ese momento llegó antes de lo que ella hubiera querido pues, Seneca, dirigía sus pasos hacia Marvel, con todo el buen ánimo que su declaración le había dejado.

-Conde Everdeen, al fin he hablado con vuestra hermana -le anunció con el pecho henchido de orgullo, -y le he manifestado todo mi amor por ella.

Marvel miró al Capitán sin una pizca de asombro en sus facciones, bien sabía cuales eran las intenciones del oficial al acudir a aquella comida. Pronto su mirada se desvió hacia Katniss y ahí la mantuvo, estudiando los ojos de su hermana, quien también lo miraba fijamente, como si con aquello consiguieran mantener una conversación que permaneciera del todo ajena a los demás.

-Mi corazón espera que Katniss comparta ese mismo sentimiento -continuaba Seneca. -Así que sólo me resta pediros que me permitáis frecuentar a vuestra hermana.

Marvel permaneció unos segundos más en silencio, pero es que no le hacía falta preguntarle a Katniss su opinión. No sólo sabía a ciencia cierta que su corazón pertenecía, para su desgracia, a Peeta Mellark sino que la mirada apagada y afligida de Katniss hablaba por sí sola.

Para Marvel fue inevitable que el rostro de Glimmer paseara por su mente, eso, y la infelicidad en la que habían estado sumidos ambos por tanto tiempo. Jamás desearía que su hermana pasara por aquello, que uniera su vida a un hombre sin amarlo sintiéndose obligada por él. Sería el causante de su desdicha y nunca podría perdonárselo, y menos después de haber disfrutado de la fortuna de sentirse en brazos del ser amado tan solo unas horas antes. Lo que días antes le parecía una decisión imposible de tomar, ahora se convertía en la única plausible.

-Creo que os confundís, Capitán -alegó con voz fuerte pero calmada. -Yo no puedo acceder si mi hermana no está de acuerdo, no puedo obligarla a frecuentar a quien no le agrada.

-Conde Everdeen ¿a qué estáis jugando? -inquirió airado. -Creía que mi propuesta sería bien aceptada -miró a Clove de soslayo, de modo acusatorio.

-Os repito que no considero que Katniss sea feliz por recibir vuestras atenciones -le reiteró sin retroceder ni un ápice en su actitud. -En esta casa, querido Capitán, estamos acostumbrados a respetar y a obedecer los sentimientos.

-No toleraré semejante burla -espetó Seneca con el rostro enrojecido de la rabia. -Y Conde Everdeen, por supuesto el grano volverá al Fuerte conmigo -le escupió. -No acostumbro a hacer presentes a quien me ofende.

Y sin añadir nada más dio media vuelta y se alejó. Clove hizo ademán de salir tras él pero Marvel la detuvo, y no de un modo muy delicado.

-¿Adónde crees que vas? -la tomó por un brazo, sacudiéndola, sin importarle que sus padres estuvieran delante. -¿Piensas rogar a un villano que vuelva sobre sus pasos después de que haya ofendido mi casa?

-¡Estás loco! -exclamó ella indignada. -¡No te das cuenta de lo que has hecho! -alegó enfurecida antes de abandonar el jardín y entrar en el Palacio.

-Gracias, Marvel -se acercó Katniss por detrás. -Imagino cuánto te ha costado.

-Menos de lo que crees -le sonrió él acariciando su mejilla. -He comprendido muchas cosas -susurró con mirada distraída.

-¿Qué quieres decir? -se extrañó ella.

-Nada -sacudió él la cabeza ampliando su sonrisa. -Para mí quizás es demasiado tarde, pero tú debes pensar tan solo en ti, lucha por tu propia felicidad.

-Glimmer piensa lo mismo -repuso ella.

-Lo sé -sentenció él besando su frente mientras sopesaba el alcance de sus propias palabras ¿de verdad sería tarde?

-¿Y qué pasará ahora con el grano de los campesinos? -expresó Katniss su inquietud y su culpabilidad.

-No te preocupes por eso -la tomó por los hombros guiándola hacia el interior. -De momento, disfrutemos del almuerzo.

-¡Teniente Finnick! -voceó Seneca al abandonar el jardín.

-Sí, Capitán -se cuadró él.

-Que recojan el grano, inmediatamente -le indicó. -Lo llevamos de vuelta al Fuerte.

-Pero...

-¡Es una orden! -vociferó iracundo. -Os aguardaré fuera de la quinta.

-Sí, mi Capitán -respondió con premura.

Finnick corrió hacia el patio trasero. Allí los soldados que habían llevado el grano estaban descargando el correspondiente a las reservas de la finca, ayudados por algunos criados. Octavia, Effie, Cinna y Annie estaban entre ellos. Finnick suspiró con pesar al ver el rostro sonriente de ésta última.

-Brigadas -se dirigió a sus hombres aunque llamó la atención de todos los presentes. -Volved a cargar esos sacos. Nos los llevamos al Fuerte.

-Sí, Teniente -respondieron al unísono, obedeciendo.

-¿Qué quiere decir eso? -estalló Cinna. -¡Malditos franceses! ¡Nos enseñan el pan para luego arrebatárnoslo! -le gritaba mientras Octavia trataba de calmarlo.

-Sólo sigo órdenes -se excusó Finnick sin necesidad de hacerlo. Aún así eso no serviría de mucho. Cinna se zafó del agarre de Octavia y, tras un disimulado mas significativo intercambio de miradas con Effie, se marchó.

-Finnick -susurró Annie afligida.

El simple tono de su voz le estrujó las entrañas y la impotencia lo dominó. Cada vez era más difícil mantener silencio ante tanta injusticia, pero el rango de Seneca lo amparaba y él era sólo un hombre que nada podría hacer contra él.

-Ni siquiera se porqué -trato de justificarse. -No está en mis manos -las alzó mostrándoselas, vacías e inútiles.

Annie asintió, aunque su rostro lleno de tristeza bien decía lo contrario y se alejó de él adentrándose en la cocina. Finnick bajó la mirada y entonces notó una mano que apretaba su hombro de forma amistosa. Giró su rostro y se encontró los ojos llenos de comprensión de Effie, cosa que le sorprendió.

-Lo siento -dijo él vacilante.

-Ya estamos listos, Teniente -le informó uno de los muchachos.

-Entonces, en marcha -les ordenó, tras de inclinarse levemente ante Effie a modo de despedida.

Ella los observó alejarse. A pesar de todo, ese oficial extranjero merecía el amor de Annie. Sólo esperaba que fuera cuidadoso y que los muchachos no fueran demasiado duro con él.

Como Effie bien sabía, los hombres estaban en el refugio preparados, aun sin tener la certeza de para qué, estaban más que listos en caso de tener que intervenir de inmediato.

-Ayer, en la plaza, la Condesita Everdeen me reconoció, ¿verdad? Pero no me ha denunciado -le comentaba Cato a Peeta.

-Me alegra de que por fin lo entiendas y que te hayas decidido a volver -palmeó él su espalda.

-Sé que tenéis razón -admitió él. -Que la tenéis todos. Pero, a veces, el odio que siento por ese asesino de Seneca es más fuerte.

-Te comprendo -se congració con él. -Pero es gracias a hombres como tú que nos liberaremos muy pronto de él. Ya lo verás.

-¡Seneca vuelve al Fuerte con el grano! -les alertó la voz de Cinna a todos.

-¿Qué ha sucedido? -salió a su encuentro Peeta.

-En realidad no lo sé, en cuanto el Teniente Finnick ha dado la orden de volver a cargar el grano he partido hacia aquí -le explicó con la respiración agitada.

-Buen trabajo -lo felicitó Haymitch.

-¡Preparaos! -dio la voz de alarma Peeta haciendo que todos montaran en sus caballos.

-Tú ganas -le guiñó el ojo Haymitch. -Suerte que no aposté nada contra ti.

Peeta sonrió satisfecho y espoleó su caballo. Ya habían planeado de antemano como sería el ataque, así que no hizo falta dar ningún tipo de indicación. Pronto, él y sus hombres llegaron al lugar que habían concretado y no pasaron muchos minutos antes de que escucharan el ruido de carretas. Extrajo su catalejo del morral y se regocijó al ver el destacamento tan escaso de hombres al que se iban a enfrentar. Eso le decía claramente a Peeta que Seneca creía tener bien asegurados sus propósitos y que volver a llevarse el grano había sido un impulso fruto del momento. Aquello lo llenó de sosiego. Si sus planes habían tenido que ver con Katniss, había fallado estrepitosamente y eso, le producía aún más gozo.

Guardó el catalejo y le hizo una seña a sus hombres con la mano para indicarles el número de soldados que formaba la tropa a lo que asintieron. Sólo restaba aguardar al momento propicio.

Quien inició el ataque fue Cato y aprovechando la elevación del terreno donde se situaban se lanzó hacia Finnick derribándolo del caballo. A pesar de la violencia del golpe, trató de defenderse pero fue a parar con el cuchillo del bandido que se acercó de forma peligrosa a su cuello a la vez que lo inmovilizaba.

-Yo de ti me calmaba, soldadito -se mofó Cato mientras comprobaba que Haymitch apuntaba a la cabeza de Seneca y sus compañeros hacían lo propio con el resto de soldados.

-Buenos días, Capitán Seneca -se aproximó Peeta, alzando su arma. -¿Seríais tan amable de tirar vuestras armas y desmontar del caballo? -le indicó con gran sarcasmo. -Os lo agradecería infinitamente.

El odio que despedían los ojos de Seneca era casi tangible, que se acrecentaba ante la sonrisa con la que se regodeaba Peeta. Sin embargo, poco le ayudó el veneno que despedía su mirada. No tuvo más remedio que obedecer.

-Bravo, Capitán -ironizó Peeta al verlo entregar sus armas a Haymitch y descender de su montura.

-Vamos, retirad los caballos y atadlos a los nuestros -les pidió el doctor a sus compañeros mientras otros tomaban las riendas de las carretas.

-Capitán ¿porqué tenéis esa cara? -Peeta no pudo evitar jactarse a su costa. -¿No me digáis que estáis molesto conmigo? -preguntó con falsa aflicción. -Tan sólo estáis a dos horas de camino del Fuerte y un pequeño paseo no hace daño a nadie.

Aquello provocó las risas de sus compañeros que ya empezaban a alejarse del lugar y que Seneca lo maldijera con la mirada.

-La próxima vez será diferente -le aseguró como un juramento.

-Eso lo veremos, Capitán -aseveró Peeta sin bajar el arma. -Mientras tanto, os deseo que disfrutéis del paisaje.

Peeta tuvo que reprimir una carcajada al ver el estado en que dejaba a Seneca, empuñadas las manos de rabia e impotencia. Sin querer prestarle más atención de la que en realidad merecía aquel infame, azuzó su caballo y se unió a sus compañeros.

Acudieron directos al pueblo, no había porque desviarse del camino y, todos los campesinos los recibieron con alegría, recibiéndolos con vítores y aclamándolos. Poco les importaba que fueran El Gavilán y sus hombres y que acudieran enmascarados. Tampoco que pudieran acusarlos de apoyarlo. Lo importante era que le devolvían lo que era suyo y con clara razón y justicia.

Effie y Annir se acercaron al tumulto y, aunque ambas estaban emocionadas, a Effie no le fue difícil adivinar la preocupación que asaltaba a la muchacha.

-¿Qué ha sucedido? -preguntó Effie a quien bien sabía era Haymitch.

-Os devolvemos lo que es vuestro, mi bella dama -le respondió él con tono sugerente.

-Me diréis que el Capitán Seneca os lo ha entregado así, sin más -quiso seguir ella indagando.

-En realidad ha sido más amistoso de lo que creíamos -agregó con aire divertido.

Effie rió ante su comentario pero supo por su rostro, que aquello no era la respuesta que Annie esperaba, o la que despejaría sus dudas completamente.

-Decidme caballero -continuó Effie con aquel juego que Haymitch había iniciado. -¿Significa eso que la fama que os precede de no derramar sangre sigue impune?

-Quizás yo me excedí un poco con el Teniente y acabó más vapuleado de lo que yo planeaba -intervino Cato. -Pero eso le pasa por dárselas de valiente -fanfarroneó dando una sonora carcajada.

-Effie, voy a dar un paseo -le dijo Annie de pronto en voz baja, tratando de que su hermano que ayudaba a descargar el grano no la escuchara.

-¿Un paseo? -inquirió Effie con recelo.

-La Condesita no me necesitará hasta tarde -repuso la joven. -Me ha comentado que, en cuanto termine el almuerzo, quiere ir en busca del Marqués Mellark. Imagino que no volverá hasta el anochecer.

-No necesitas darme explicaciones -la tranquilizó ella, viéndola apretar los pliegues de su vestido. -Ve con cuidado.

Annie asintió y, asegurándose de que su hermano no la viera, abandonó la plaza.

Aunque las dos horas de caminata le daban tiempo suficiente para pensar y sopesar su actitud, lo único que ocupaba su mente era la necesidad imperiosa de saber que Finnick estaba bien. Aquel bandido no había sido claro pero por su forma de alardear quizás se había ensañado con él.

Al poco de abandonar el bosque, la vasta y sobria construcción de piedra del Fuerte recortó el horizonte. Fue casi al llegar a la puerta cuando vino a asimilar lo que estaba haciendo. Miró hacia atrás, al bosque, que representaba las dos horas que le había costado recorrerlo y se dijo, casi más para alentarse que para otra cosa, que ya que estaba allí, al menos preguntaría por su estado y con esa intención se acercó al Cabo de Guardia.

-¿En qué puedo servirle, señorita? -se cuadró él educadamente.

-Quería preguntar por el Teniente Finnick -comenzó a explicarle ella.

-Disculpadme un momento -la interrumpió, tras lo que desapareció por la puerta.

-Brigada -le escuchó llamar a un soldado que pasaba justo por allí. -Comunícale al Teniente Finnick que hay una joven esperándolo.

El muchacho se apresuró a cumplir el mandato y cruzó el claustro para adentrarse al edificio de los oficiales.

-Será sólo un momento -le dijo volviendo a su puesto y sumiéndola en el nerviosismo.

Con cada segundo de espera estaba más segura de que aquello no había sido una idea nada brillante, aunque, a buenas horas había ido a darse cuenta. Tal vez lo mejor sería irse, total ese soldado no la conocía. Sin embargo, Finnick le preguntaría por ella y por su descripción sabría quien era y quizás, sería mucho más estúpido el haber ido hasta allí para haberse marchado sin más...

La mente de Annie no hacía más que elucubrar posibles vías de escape y excusas para ello cuando lo vio aparecer por el portón.

Iba vestido de paisano, era la primera vez que lo veía sin su habitual uniforme y no pudo decidir que indumentaria prefería. De oficial destacaba su porte impecable, montando su caballo como flamante caballero, con aire orgulloso de su rango, tan gallardo y apuesto, pero, viéndolo así, la idea de que no fuera un oficial del ejército invasor sino un muchacho normal y corriente, se tornaba casi tangible aunque dolorosa.

-¡Annie! -exclamó sorprendido al verla. -¿Qué haces aquí?

Después de mostrarle su decepción por el asunto del grano, lo que menos esperaba era encontrarla allí.

-Yo... -vaciló ella.

De pronto, Finnick la tomó de la mano y la alejó de la puerta y de oídos indiscretos.

-¿Ha sucedido algo? -preguntó alarmado.

-No -se apresuró a negar ella tras lo que guardó silencio.

-¿Entonces? -insistió él sin comprender.

-Supe del ataque que sufristeis por parte de El Gavilán y de sus hombres y escuché que te habían herido, así que me preocupé y quise saber como estabas, por lo que decidí venir -dijo de súbito, casi de forma atolondrada y sin apenas respirar.

Finnick se mantuvo en silencio un momento, repasando mentalmente lo que le había dicho, temiendo haberla escuchado mal.

-¿Dices que has venido caminando desde el pueblo sólo para saber si yo estaba bien? -preguntó con cierta incredulidad.

Annie bajó el rostro mordiéndose el labio. Definitivamente aquello había sido una estupidez y él no tardaría en hacérselo saber. Sin embargo, notó una mano tomar en su mejilla haciéndola elevar la mirada, hacia la suya, que casi se le antojaba más azul de lo que recordaba.

-Estoy bien -le susurró él sonriente. -Aquel bandido hirió más mi orgullo que otra cosa.

-Pero, ¿y esto? -posó su dedo cerca de un corte en su cuello.

Finnick no había tenido conciencia de la gran sensibilidad de esa parte de su cuerpo hasta ese momento en que aquel roce lo hacia temblar de pies a cabeza.

-No tiene importancia -la calmó él tratando a su vez de dominar su voz.

-De igual modo deberías cubrir la herida -le reprochó ella sacando un pañuelo del bolsillo de su vestido. -El polvo podría infectarla.

Finnick la vio ponerse de puntillas con la intención de colocárselo en el cuello así que se inclinó sobre ella, aunque posiblemente demasiado. Sus rostros quedaron tan cerca que su aliento se mezclaba con el suyo de modo turbador.

-Gracias -musitó él mientras se lo ataba en la nuca.

-De nada -titubeó ella azorada por la cercanía bajando ya sus manos.

-Y gracias también por el pañuelo -agregó sonriente.

-Entonces, ¿no te importa que haya venido? -preguntó con ingenuidad y alivio.

-Claro que sí -repuso él serio, haciendo que ella volviera a bajar la mirada, avergonzada. -Todo lo que tenga que ver contigo me importa, Annie.

Annie levantó su rostro y una sonrisa afloraba a sus labios mientras las perlas de sus ojos brillaban de emoción. Finnick la admiró un momento. La palabra "preciosa" quedaba muy lejos de lo que aquella imagen le parecía, era una belleza angelical, mezcla de dulzura e inocencia pero a la vez arrolladora y deslumbrante. Lo llenó de ternura el hecho de que una afirmación tan simple, además de sincera, como la que acababa de hacer, pudiera provocar en ella esa reacción, entre ilusionada, turbada y halagada, tanto por tan poco.

Quizás debería haber controlado su impulso. Era cierto que apenas lo conocía y podría haberlo malinterpretado, pero era lo que había deseado desde que la había visto frente a él y más, después de aquel gesto suyo de ir a verlo, inquieta por él; eso era lo más bello que nadie había hecho jamás por él. Sin embargo, su corazón triunfó contra su cautela y, sin cuestionárselo más, la rodeó con sus brazos estrechándola contra pecho.

Notó su cuerpo menudo tensarse un momento, aunque, para gozo de Finnick sólo fue un segundo, hasta que sus manos vacilantes se alzaron para colocarse en su espalda mientras acomodaba su mejilla sobre su pecho, oyendo un suspiro furtivo escapar de sus labios.

Finnick no pudo evitar sonreír. El efecto que aquel sencillo acto producía en él era devastador. Lo llenaba de una euforia incontrolable, a la vez que lo inundaba un mar de calma, como si aquella paradoja fuera posible que habitara sin crear conflictos en un mismo espacio, en su corazón. Sentirla así, abandonada y confiada al abrigo de sus brazos, le producía una dicha desconocida e inimaginable y que le hacía olvidar, casi por completo, el resto del mundo, casi...

-¿Me esperas un momento? -dijo él de súbito, separándose un poco de ella, a lo que Annie asintió.

Respiró hondo un par de veces viéndolo alejarse. Tal vez Finnick pensaría que era poco recatada al dejarse abrazar de esa manera por un hombre al que apenas conocía mas, al encontrarse albergada en su pecho, la sensación de que aquello era lo correcto, lo adecuado, y de que su lugar era allí, entre sus brazos, fue lo único que se hizo presente en ella. Eso y el latido errático de su corazón que aún resonaba en sus oídos.

Pronto lo vio aparecer portando las riendas de un caballo, caminando hacia ella y le entristeció la idea de la inminente despedida.

-¿Qué sucede? -quiso saber él al notar la desilusión en sus ojos.

-Yo... no sé montar -dijo como excusa, apenada por haberse dejado llevar por una tonta ilusión.

-Aunque supieras hacerlo no iba a permitir que te marcharas sola -la corrigió mientras, con gran agilidad montaba al animal. -Acércate -le indicó con la mano.

Annie obedeció y, rápidamente, lo vio inclinarse para tomarla de la cintura e izarla sobre la montura, colocándola delante de él, en su regazo. Luego Finnick cogió las riendas y puso rumbo hacia el pueblo.

Durante el tranquilo trayecto, lo único que se escuchó fueron los cascos del caballo y la propia melodía del bosque. Tal vez deberían haber ocupado aquel tiempo en hablar, ya fuera para conocerse mejor o para intercambiar meras banalidades. Pero aquello poco importaba y tampoco era necesario. A él le bastaba con saborear el aroma de su cabello y que a veces rozaba su rostro intoxicándolo y para ella era suficiente con sentir el calor de su pecho y el sosiego y la seguridad que le transmitía. Era un momento perfecto, plácido y sin necesidad de ornamentos y eso era lo que lo hacía único. Fue casi llegando al final del bosque cuando ella rompió aquella magia.

-Puedes dejarme aquí -le pidió.

Finnick detuvo el caballo y desmontó, ayudándola a ella después, claramente decepcionado.

-Te avergüenza que te vean conmigo ¿verdad? -no pudo reprimirse.

-Por supuesto que no -lo miró ella contrariada. -Es por mi hermano.

-Temes que él te... -se inquietó él.

-No temo por mí -le cortó negando con la cabeza. -Cinna jamás me ha puesto un dedo encima. Es por ti por quien temo -agregó con firmeza aunque pronto se amedrentó, volteándose. De nuevo su naturaleza impulsiva la dejaba en evidencia. Quiso marcharse de allí, cuanto antes, y lo habría hecho si un par de manos poderosas no la hubieran detenido.

-Pues deja de temer -le dijo girándola para que lo mirara de nuevo, sosteniendo sus brazos. -La única que podría impedirme que estuviera cerca de ti eres tú misma. Pídemelo y lo haré -la retó. -Una sola palabra tuya y me alejaré de ti para siempre.

Finnick contuvo la respiración, expectante, rogando porque aquella palabra no llegara. Quizás estaba arriesgando demasiado con su aseveración, pero era preferible que si aquello tenía que terminar, lo hiciese ahora, cuando apenas estaba comenzando. Después sería muy difícil dominar aquel sentimiento que empezaba a brotar en su interior como para tratar de atajarlo.

Escudriñó en sus ojos ante aquel indeseable sonido que seguía sin hacer aparición, queriendo saber cuanto más debería alargarse su agónica espera y lo único que encontró fue ese mismo brillo perlado que lo deslumbrara momentos antes y que ahora lo llenaba de esperanza.

Aquel silencio se alargó unos instantes más y, a Finnick, aquello le dijo mucho más que mil palabras juntas.

-¿Es ésa tu respuesta? -se animó a preguntarle en un susurro, disfrazando su propia inquietud.

Annie asintió despacio con la cabeza. Ni siquiera se atrevía a pronunciar la palabra, temerosa de que condenara de forma equivoca la regla que él había impuesto.

Pero Finnick no lo malinterpretaría, no cuando ese gesto era lo que más ansiaba. Se acercó a ella tomando sus mejillas, con la mente repleta de miles de cosas que deseaba decirle pero que resultaban vacías, sin alcanzar a expresar lo que irradiaba de aquel minúsculo brote que habitaba en su corazón y que ahora ocupaba todo su interior, por completo. Lo llenó de impotencia el no ser capaz de expresarle todo aquello e hizo lo único que creyó que calmaría aquella ansiedad.

Posó sus labios sobre los suyos, con delicadeza, casi un leve roce y, aunque ella no lo rechazó, adivinó en su titubeo la inexperiencia y la timidez del primer beso. Se sintió avergonzado por el hecho de que su ego masculino se viera alimentado ante la certeza de ser él el afortunado que probase esos labios por primera vez, como si fuera un ladrón robándole aquella caricia. Pero al notar como ella, ya fuera por puro mimetismo o por instinto, se unía a la cadencia de su beso, ese pesar se tornó en dicha, al saber que ella le obsequiaba con aquel presente, gustosa de hacerlo.

Aquello lo hizo aventurarse un poco más y, soltando su rostro para rodearla con sus brazos, profundizó su beso, aumentando la intensidad de su caricia y deteniéndose a saborear aquella suave piel de la que emanaba el más dulce de los elixires. Capturó en su boca un suspiro que escapó de sus labios trémulos, como su delicado cuerpo, que ahora se aferraba al suyo colgándose de su cuello, poniendo a un lado su pudor, y dejándose llevar por aquella sensación que los recorría a ambos y que propagaba, afianzaba aquel sentimiento que había nacido en ambos tornándolo poderoso e indestructible.

Tal vez para Annie no fuera más que su primer beso, pero para Finnick era la rúbrica de una promesa; la de que nada ni nadie lo apartaría ya de ella, ni siquiera aquella maldita Revolución.

Awww acaso no son tiernos Finnick y Annie… como se habrán dado cuenta en esta historia no solo se basa en los protagonistas Katniss y Peeta sino que también en las demás parejas esta es una de las cosas por las que me gusto mucho esta historia, ya que todos desempeñan un papel muy importante en ella.

Agradecimientos:

Katry Wishart: Si la historia es fascinante te enganchas desde el primer capitulo, y si es bueno ver que la historia también muestra las otras parejas. Muy pronto aparecerán nuevas parejas, sacad conclusiones de quienes podrían ser las próximas y gracias por tus reviews

Everllarkglee4ever: jajaja si volví, me imagino que querías matarme por no haber actualizado en semanas pero tuve que atender otros compromisos, afortunadamente estoy de vuelta y no pienso abandonar este fic gracias por tus reviews.

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Bye xoxoxo