CAPÍTULO 13
Katniss espoleó con ahínco su caballo, presa de la ansiedad. Había ido al arroyo, esperanzada de encontrar allí a Peeta pero, recordando la discusión que tuvieran el día anterior era muy posible que no acudiera a su cita, como así había sido.
Sin embargo, estaba más que decidida a encontrarse con él, lo necesitaba. A costa de que le reprochase que él había tenido razón en cuanto a Seneca, ansiaba contarle como Marvel había cambiado de opinión respecto a él y su relación, aunque su búsqueda estaba resultando más que infructuosa. En esos instantes abandonaba el refugio donde Peeta pasaba a convertirse en El Gavilán y descorazonada comprobó, por las brasas aún humeantes, que no hacía mucho que habían dejado el lugar.
Así que decidió acudir al Palacio Mellark, aún sabiendo que el hecho de poder encontrarse con su madre iba a resultar una situación delicada, por no decir violenta.
El camino le resultó más largo de lo que su paciencia le permitía y respiró hondo en busca de sosiego cuando empezó, al fin, a recorrer el sendero que atravesaba los bellos jardines del palacio. Quizás en otra ocasión se hubiera detenido a contemplar aquella maravilla fruto de la naturaleza y en perfecta conjunción con la intervención de la mano del hombre pero todos sus sentidos estaban puestos en Peeta y en encontrarlo.
Al llegar a la puerta principal, un joven criado, seguido de otro de mayor edad y semblante claramente disgustado, la ayudó a descender del caballo.
-Condesa Everdeen -se inclinó el viejo sirviente.
-Quisiera ver al Marqués Mellark -le informó Katniss, notablemente sorprendida porque aquel hombre supiese su identidad. No recordaba haberlo visto nunca.
-El Marqués no está, señora -le anunció, no sin cierto toque de altivez.
Katniss lo miró suspicaz, con la sensación de que aquel criado le estaba negando a Peeta.
-Necesito hablar con él -quiso insistir ella, aunque sin exigencia.
-Lo siento pero no está en el Palacio -le reiteró sin abandonar aquella actitud.
-Yo me encargo, Beetee -se escuchó sonar tras él la voz de Enobaria Mellark.
El sirviente se limitó a inclinarse y a obedecer, alejándose de las dos mujeres, aunque no demasiado.
-La pequeña Katniss -apoyó Enobaria ambas manos en su bastón, recorriéndola con la mirada de arriba a abajo, con interés.
Katniss no sólo se sintió observaba sino estudiada, lo que la incomodaba sobremanera, y más proviniendo aquel escrutinio de esa mujer que había dado claras muestras en el pasado de odiar a su familia. Aún así, inclinó la cabeza levemente, ya no como prueba de respeto sino de educación.
-Buenas tardes, Marquesa.
-Así que estás buscando a mi hijo -declaró animadamente.
Aquel tono "amistoso" sorprendió a Katniss. Siempre, desde que hubo sabido la identidad de Peeta, había dado por supuesto que la Marquesa sentiría, como poco, aprensión hacia ella por ser hija de quien era, y que se opondría en todos los sentidos a que se relacionara con él. Pero ahora, no obstante...
-En realidad mi hijo no me ha informado de adonde ha ido o cuando volverá -se lamentó, al igual que lo hizo Katniss para sus adentros. ¿Quizás Peeta la estaba evitando?
-Aunque, ya que me has honrado con tu visita me gustaría aprovechar la ocasión para que conversáramos un poco -la invitó con un gesto a caminar con ella hacia los jardines.
Katniss la miró recelosa a lo que Enobaria respondió comenzando aquel paseo, dando por sentado que ella la seguiría, cosa que hizo.
-Entiendo tu reticencia, querida -le sonrió ella comprensiva en cuanto Katniss se colocó a su altura. -He sido una acérrima enemiga de los Everdeen, así como lo habéis sido vosotros míos y de mi casa, pero ahora pienso sólo en el bienestar de Peeta.
Ahora, la desconfianza de Katniss se tornó en incredulidad.
-La cercanía de la muerte te hace ver las cosas de diverso modo -dijo a modo de excusa la Marquesa.
-No habléis así -repuso Katniss, en cierto modo avergonzada. Una cosa era aquel rencor con el que Marvel trataba de contagiarla y otra muy distinta que le deseara la muerte.
-Tranquila -la alentó. -Una se acostumbra a todo, incluso a pensar en la muerte y no está mal ¿sabes? Te permite distinguir lo importante de lo que no lo es sin perder el tiempo. Tú amas a mi hijo ¿verdad? -preguntó de súbito, haciendo a Katniss enrojecer profundamente.
Enobaria soltó una leve risita.
-¿Qué hay más hermoso en este mundo que dos jóvenes que aman? -tomó su mano con gesto conciliador.
-¿No os oponéis? -aquello sorprendió a Katniss gratamente, haciéndola sonreír. -No osaba esperar tanto -admitió.
-Peeta es lo que más amo en este mundo -declaró la Marquesa, -y deseo su felicidad, por encima de todas las cosas, incluso dejando de lado los antiguos rencores. Así que tenéis mi bendición.
-Os lo agradezco infinitamente, Marquesa -sonrió Katniss ampliamente.
-Pero me temo que tu hermano, sin embargo, no piensa como yo -apuntó afligida.
-Marvel está muy cambiado -la contradijo animosa. -Entenderá.
En esta ocasión fue la marquesa quien se mostró asombrada.
-¿Cambiado? ¿Qué ha podido cambiar el estado de ánimo de tu hermano? -preguntó con declarado interés.
-Ni yo misma lo sé -reconoció encogiéndose de hombros. -¿Mas que importancia tiene? Lo importante es que él y vos olvidéis el pasado.
-Tienes razón -le sonrió ella. -Siento no haberte ayudado con el paradero de mi hijo.
Katniss la miró extrañada, la Marquesa bien parecía querer dar por terminada aquella conversación y no alcanzaba a comprender el porqué. ¿Tal vez la había ofendido?
-Mi salud se resiente con suma facilidad -se apresuró a excusarse. Alargó la mano hacia Beetee quien, con premura, la tomó para que su señora se apoyara en él.
-En ese caso me retiro -se inclinó Katniss, con cierto alivio. -Confío en que os mejoréis.
-Y yo confío en que vuelvas a visitarme otro día -inclinó su cabeza.
-Sí, Marquesa -dijo a modo de despedida tras lo que se dirigió al joven criado que le ofrecía las riendas de su caballo.
Enobaria la observó cabalgar alejándose de ellos.
-Maldita escuálida -masculló entre dientes con los ojos inyectados en rabia, apretando la mano de su sirviente quien reprimía una mueca de dolor. -Demasiado te has acercado a mi hijo, pero eso es algo que pienso remediar, y muy pronto.
Katniss azuzó a su caballo con renovadas energías. Aquella visita suya al Palacio Mellark había sido más que reveladora y la necesidad de encontrar a Peeta se hizo imperiosa. Si bien era cierto que el motivo de su discusión aún permanecía allí, que tanto Enobaria como Marvel vieran con buenos ojos su relación era un buen motivo para que hablasen e hiciesen las paces. Decidió volver al arroyo, estaba decidida a aguardar allí todo el día, bien valía la pena la espera.
Sin embargo, al llegar, su corazón comenzó a palpitar desbocado al ver que el caballo de Peeta estaba atado a uno de los árboles. Se apeó del suyo y con manos temblorosas lo aseguró a una rama, tras lo que se encaminó hacia la orilla.
Estaba sentado en una gran roca y aún portaba las ropas de El Gavilán, cosa que le resultó una temeridad, aunque no podía dejar de reconocer como el toque de rebeldía que le concedía aquel vestuario aumentaba considerablemente su atractivo.
Caminaba hacia él cuando Peeta se volteó percatándose de la llegada de alguien y Katniss quedó estática. Era cierto que él había acudido a su habitual cita, pero el temor de su posible reproche la paralizó. Susurrar su nombre fue lo único que consiguió hacer mientras lo veía alzarse y avanzar hacia ella, con la mirada ausente de cualquier emoción, cosa que aún angustió más a Katniss.
Pero al llegar a su altura y detenerse frente a ella, el rostro de Edward resplandeció en una amplia sonrisa conforme la rodeaba con sus brazos y la atraía hacia él, buscando entonces con sus labios los de Katniss, con desesperación. Y Katniss no sólo aceptó su caricia gustosa sino que colgó sus brazos de su cuello acercándose a él, derritiéndose en aquel momento que tanto había temido no volver a compartir con él. Aunque, al parecer, no era ella a la única a la que le había torturado aquella discusión; la insistencia con que lo labios de Peeta poseían los suyos bien se lo mostraba. Allí, uno en brazos del otro era como si todo hubiera quedado atrás, como si no fuera necesaria ninguna explicación, aunque Katniss estaba decidida a darla.
-Peeta, lo siento tanto -comenzó a decirle mientras él se mostraba reticente a dejar sus labios. -Tenías tanta razón. Seneca...
De repente, Peeta posó sus dedos sobre su boca sin dejarla continuar.
-Espera, déjame hablar a mí -le pidió.
Katniss asintió aunque sin entender.
-Creo que puedo adivinar lo que ha sucedido -comenzó a decir, sin ocultar su satisfacción. -Seneca ha llevado el grano a Vilastagno y te ha pedido que te cases con él pero, como tú lo has rechazado, se ha vuelto a llevar el grano al Fuerte, ofendido.
-¿Cómo sabes lo del grano? -se extrañó ella.
-Porque El Gavilán se ha encargado de devolvérselo a los campesinos -le guiñó el ojo con aire travieso.
-Ya veo -sonrió ella entendiendo. -Pues creo que no os han informado correctamente, mi apuesto bandido -quiso continuar ella con su juego.
-Así que apuesto –esbozó Peeta media sonrisa pícara haciendo que Katniss se sonrojara, cayendo en su propia trampa. Bajó el rostro avergonzada pero Peeta tomó su barbilla, alzándosela, atrayendo sus labios a los suyos en el proceso para volver a besarla con fervor. -¿En que he sido mal informado, mi hermosa Condesa? -le sonrió, infundiéndole confianza.
-En que no ha sido necesario que yo lo rechazara -respondió ella también con una sonrisa. -Ha sido Marvel.
-¿Tu hermano? -exclamó con incredulidad.
-Si lo hubieras visto -prosiguió ella. -Prácticamente lo ha echado y luego me ha dicho que debo luchar por mi felicidad.
El rostro asombrado de Peeta se tornó serio y la sonrisa de Katniss se opacó, asaltada por incertidumbre.
-Peeta...
-¿Me prometes que nos casaremos? -preguntó con voz grave. -¿Contemos o no con el consentimiento de mi madre o tu hermano?
-Te lo juro -sonrió ella aliviada. -Aunque estoy segura que ninguno de los dos pondrá obstáculos, ni siquiera tu madre -hizo hincapié en esto último.
-¿Qué quieres decir? -la miró con cierto recelo.
-Que he hablado con ella y ha resultado completamente diferente a como lo esperaba -prosiguió con la voz impregnada de emoción. -Tan solo quiere tu felicidad y olvidar el resentimiento entre nuestras familias y yo estoy segura de que, apenas Marvel entienda como ha cambiado, aceptará poner una piedra sobre el pasado al igual que ella.
-Perdona pero ¿cuándo has hablado con ella? -la interrumpió confuso.
-Tras lo sucedido con Seneca esta mañana necesitaba verte para disculparme y solucionar las cosas. Además quería contarte lo que me había dicho Marvel -le explicó seria ahora, preguntándose si le importunaría que lo hubiera buscado en el Palacio. -Después de buscarte aquí y en el refugio, he decidido ir al Palacio y ahí ha sido donde la he encontrado.
Peeta asintió mientras escuchaba sus palabras.
-Te... ¿te ha molestado que vaya allí a buscarte?
-Claro que no -se sorprendió de aquella suposición. -Es sólo que no eres tú la que debe disculparse.
-Peeta...
-Admito que preferiría que tuvieses en cuenta mi opinión en cuanto a Seneca se refiere pero no debí hablarte así. Perdóname, Katniss -le pidió con aire mortificado. -Te juro que confío en ti, en tu amor por mí, pero saberte cerca de ese infame, me hace hervir la sangre. Perdóname -repitió con la mirada llena de culpabilidad.
Pero lo que menos quería Katniss era que ese brillo de zafiro que tanto amaba se viese ensombrecido, ni siquiera por aquello. Por supuesto que lo perdonaba, de hecho no había nada que perdonar, pero sabía que simplemente diciéndoselo no sería suficiente. Así que utilizó el único recurso que creyó que lo convencería.
Tomó su rostro entre sus manos y lo acercó a ella, para besarlo, poniendo en ese beso toda su alma y su corazón. Y aunque Peeta no pudo evitar sorprenderse por aquel impulso suyo, aquel titubeo duró sólo un segundo, lo que necesitó para estrecharla entre sus brazos y apretarla contra su pecho, respondiendo a aquella caricia con todo el amor que ella le inspiraba, con todas las esperanzas y los sueños que con ella quería compartir y que, de forma inesperada y casi milagrosa, parecían más cerca de poder alcanzar.
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Las sombras que envolvían al bosque comenzaban a alargarse como clara señal de que estaba cayendo la tarde. Se hallaban sentados al pie de un gran árbol. Ni siquiera sabían cuanto tiempo había transcurrido, ambos habían perdido la noción aunque poco importaba. Para Finnick su mundo se resumía en la delicada muchacha que sostenía en su regazo y para Annie el único lugar donde quería estar era entre los brazos de Finnick, que la sostenían como si del objeto más precioso se tratase y que la pegaba a su pecho, escuchando el latido de su corazón como la más bella de las armonías.
Habían pasado las horas simplemente conversando, de todo y de nada, desde cual era su alimento favorito hasta el primer recuerdo de su más tierna infancia. Gracias a eso Finnick descubrió que Annie adoraba la confitura de pera y ella supo que su primer juguete habían sido un par de palos atados entre sí, a modo de espada.
Hubieran dado cualquier cosa por continuar así para siempre pero la noche amenazaba con echárseles encima, al igual que la realidad.
-¿Seguro que no quieres que te acompañe? Va a anochecer, Annie -quiso hacer un último intento.
-Es mejor así -respondió, separándose de él con desgana y levantándose. Finnick la siguió.
-Podría ser peligroso -insistió.
-Tranquilo -le quitó importancia. -Conozco estos bosques como la palma de mi mano y, por otro lado, nunca se ha escuchado que El Gavilán haya atacado a la gente del pueblo.
De súbito, Annie se percató de su propia imprudencia y miró a Finnick, avergonzada.
-Lo siento mucho -se mordió el labio temerosa de haberlo ofendido. -No pretendía...
-No te apures -posó cariñoso una mano sobre su hombro. -¿Qué ha pasado con el grano? -trató de indagar.
-El Gavilán lo llevó al pueblo -le respondió, temiendo su reacción.
-Me parece bien -dijo sin embargo y con total despreocupación.
Annie estaba convencida de haberlo escuchado mal.
-Una cosa es que por honor a mi rango deba obedecer las órdenes de Seneca -le aclaró mientras jugueteaba distraído con un mechón de su negro cabello, aunque el afligido tono de su voz lo delataba, -y otra muy distinta que yo esté de acuerdo.
Entonces Finnick se volteó, cabizbajo, apretando los puños a ambos lados de su cuerpo, dejando entrever cuan difícil era aquello para él.
-Sé que podría significar la deshonra para mi uniforme y mis hombres si escucharan esto pero, hoy por hoy, mi creencia de lo que la Revolución conlleva y mis ideales están más cercanos a los de El Gavilán que a los de Seneca.
Finnick suspiró, afectado de nuevo por la impotencia que sentía con las acciones de Seneca y avergonzado por no saber como actuar, como remediar aquello. De repente vio como Annie se ponía frente a él, con sonrisa risueña, y deslizaba sus brazos alrededor de su cintura, abrazándolo, con emoción e intensidad. El corazón de Finnick dio un vuelco ante aquello y, un tanto abrumado por aquel impulso, apretó contra su pecho aquel cuerpecito que apenas abarcaba el suyo, lleno de una ternura y un regocijo infinitos pues con ese gesto Annie no pretendía otra cosa que transmitirle que, a pesar de lo que el mundo entero pudiera pensar, ella se mostraba orgullosa de él y eso era lo único que a Finnick le importaba, la imagen que Annie pudiera tener de él. Mas no era sólo orgullo lo que Alice sentía, se sentía completamente dichosa y afortunada de que fuera él a quien le entregase su corazón.
Annie lanzó un suspiro inocente, presa del momento pero que a Finnick le golpeó en el pecho fuertemente. Deslizó sus dedos por su cabello hasta su nuca y le alzó el rostro hasta alcanzar sus labios y, esta vez fue su boca la que atrapó el suspiro que escapó de la de Annie, turbada por aquella caricia arrebatadora. Por que, tal vez Finnick estaba siendo demasiado osado al brindarle tanta intensidad a aquel beso, pero la mujer que se escondía tras ese cuerpo de jovencita y que ahora elevaba sus manos para enredarlas en su pelo de forma tan exquisita hacía que miles de sensaciones hasta entonces desconocidas para él recorrieran su sangre de forma implacable.
Y bien sabía que no era sólo el deseo, aquello lo había experimentado ya aunque con muchas menos mujeres de las que hubiera podido, tantas que se ofrecían ante el atractivo de un uniforme militar. En realidad habían sido bien pocas las que habían despertado su interés y de forma efímera, pasajera, sin que ninguna de ellas pudiese ocupar aquel vacío que habitaba en su corazón.
Mas aquel anhelo de abrazarla, de besarla una y otra vez, la necesidad de saborear sus labios y contagiarse de aquel dulzor, de su aliento que lo llenaba de vida, de sentirla y que ella lo sintiera a él... aquello era adentrarse en un mundo completamente desconocido para Finnick y que gustoso recorrería con esa mujer que correspondía a su beso del mismo modo, sus labios bajo los suyos, cálidos, suaves y ávidos, que lo incitaban a profundizar su contacto y a recrearse en su sabor, aún más.
Finnick obedeció a su impulso e invadió su boca de forma mucho más íntima, aunque con suma dulzura y deleitándose en aquella cadencia que lanzaba una y otra vez miles de descargas a lo largo de su cuerpo. El modo en que ella se abandonaba a su caricia lo enardecía, como su boca se había unido a la suya en perfecta armonía, su cuerpo laxo aferrado al suyo, dejándose llevar.
Annie no supo en que momento su mente dejó de controlar sus acciones, aislándola de todo, excepto de él y de las sensaciones que emanaban de su boca, intoxicándola. Una calidez extraña comenzó a recorrer sus brazos y sus piernas, mientras Finnick intensificaba su beso más y más, dominando sus sentidos. Como el choque de una ola contra las rocas, aquellos dos ríos candentes ocuparon su cuerpo, encontrándose con violencia en un único punto, haciendo palpitar con fuerza su interior, en su vientre, de un modo ardiente y casi doloroso.
Un pequeño grito sobresaltado escapó de su garganta y se apartó de él, bajando el rostro enrojecido y con una mano en sus labios, avergonzada por su actitud y aturdida por aquella sensación desconocida en forma de llama que ya comenzaba a liberarla pero que momentos antes había amenazado con consumirla.
Finnick comprendió al instante y la abrazó, besando su pelo con ternura, acariciando su espalda con lentitud, infundiéndole calma y pareció conseguirlo pues su cuerpo se relajó entre sus brazos. Se culpó por su propio proceder, por su atrevimiento. Sabiendo de su inocencia debería haber sido más cauto y cuidadoso y así tal vez, lo único que había conseguido era ofenderla.
-Creo que debería marcharme ya -dijo entonces Annie con voz trémula.
Finnick asintió, dejándola ir, invadido por la culpabilidad y el desasosiego. ¿Apenas la había tenido y ya iba a perderla?
No había caminado un par de pasos cuando Annie se detuvo y se volteó a mirarlo y Finnick sintió como un pequeño soplo de esperanza llenaba su corazón.
-Te... ¿te volveré a ver? -susurró ella temerosa e insegura.
Finnick consumió de una sola zancada la distancia que los separaba y la atrajo hasta su pecho, lleno de alivio y dicha. ¿Volverlo a ver? Lo que deseaba realmente era no separarse de ella jamás. Imaginó que aquella incertidumbre se debía a la vergüenza ante su propia actitud. Si ella supiera todos los sentimientos que despertaba en él, tan nuevos que ni siquiera él los entendía. Había tanto por decir, por descubrir... pero no era el momento, no quería confundirla más.
-Antes de lo que crees -le dijo sin embargo.
Annie se separó de él observándolo con ojos risueños y Finnick sintió su luz embriagando su alma.
-Entonces, hasta pronto -le sonrió ella.
-Hasta pronto -asintió él.
Y entonces, Annie se puso de puntillas y depositó un dulce y tierno beso sobre sus labios. Finnick, sorprendido, sonrió y ella le devolvió una leve risita antes de alejarse de él, corriendo hacia el sendero, con las mejillas enrojecidas y una mano tapando su boca.
Se volteó por última vez deteniéndose y lo descubrió contemplándola, por lo que alzó su otra mano agitándola, a modo de despedida, a lo que él respondió de igual forma. Annie echó a correr de nuevo sin apenas poder reprimir la emoción, que se reflejaba en sus labios en una sonrisa nerviosa y que todavía ocupaba su rostro cuando se adentró en el Palacio. Pasando cerca de uno de los espejos que engalanaba el corredor, se percató del fulgor de sus mejillas y se detuvo ante él. Inevitablemente su mirada viajó hasta sus labios, el calor de los besos de Finnick aún estaba instalado en ellos y se los cubrió con los dedos de forma instintiva e ingenua... ¿se percataría alguien de que la habían besado? Sentía tan vivo en su piel ese beso que creyó imposible que nadie se diera cuenta.
Con aquel cándido temor se apresuró hacia la recámara de Katniss. Su salida se había alargado más de la cuenta y podrían regañarla. Para su desconsuelo, al entrar vio que la Condesita ya estaba allí.
- Annie ¿dónde estabas? -fue hacia ella.
Annie bajó el rostro avergonzada y estaba dispuesta a disculparse cuando Katniss tomó sus manos y la hizo girar un par de veces en la habitación. La doncella no pudo evitar reír.
-Soy tan feliz, Annie -le dijo tras soltarla. -Te estaba esperando para contarte -añadió mientras se sentaba en el tocador.
La muchacha sonrió halagada
-¿Qué os tiene tan contenta? -tomó un cepillo y comenzó a atusar su cabello.
Katniss procedió a narrarle lo que había sucedido con Seneca y su visita al Palacio Mellark y Annie se descubrió tratando de poner la máxima atención en sus palabras, pues su mente se veía invadida una y otra vez por el rostro de Finnick y sus besos.
-Me alegro tanto por vos -le sonrió con sinceridad.
-¿Y a ti que te tiene tan distraída? -la miró con suspicacia y un deje de picardía.
-Nada, Condesa -se excusó ella rápidamente.
-Entonces ¿por qué te sonrojas? -rió ella traviesa.
Annie vio como el espejo le devolvía su imagen con el rubor enrojeciendo sus mejillas. Se llevó ambas manos a su rostro tratando de ocultarlo y el golpe del cepillo en el suelo la sobresaltó.
-¿Que te pasa, Annie? -preguntó Bella divertida.
-Nada, Condesita -se apresuró a recoger el cepillo.
-Pues nadie lo diría -repuso a la vez que Annie notaba su mirada fija en ella, estudiándola.
De nuevo le sobrevino aquel temor e, inconscientemente, se cubrió los labios con una mano y eso, fue lo que la delató.
-No seas mala, Annie -exclamó Katniss con fingido reproche. -Yo te confío mis cosas. ¿Acaso tú no confías en mí?
-Claro que sí, Condesita -se excusó ella.
Entonces Katniss tomó sus manos y la llevó hasta la cama, sentándola a su lado.
-¿Quién es? -indagó ella traviesa.
-El Teniente Finnick -vaciló ella.
-¿Y él te ha declarado su amor? -la miró con complicidad.
-Aún no pero...
Annie se sintió sonrojar de nuevo.
-¿Pero qué? -mostró Katniss su curiosidad.
-Me ha besado -dijo al fin.
Katniss lanzó un gritito un tanto teatral y abrazó a la muchacha que correspondió agradecida a su gesto.
-¿Lo amas? -le preguntó Katniss más seria ahora.
-No lo sé, o sea -titubeó, -nunca había estado enamorada. Pero esta emoción que me oprime el pecho robándome el aliento y que él me devuelve con una sola mirada...
-¿Elevándote al cielo con el simple contacto de su mano y hundiéndote en el infierno cuando lo ves marchar? -hizo Katniss eco de los pensamientos de ambas.
-Nunca me había sentido así -admitió Annie suspirando con pesar.
-¿Temes que no te corresponda? -indagó Katniss en vista de su inquietud.
Annie negó con la cabeza
-Aunque aún no me lo ha dicho, sé que también siente algo por mí.
-¿Entonces? -la miró sin comprender.
-Os olvidáis que es un oficial francés -murmuró apenada.
-Puede ser pero las pocas veces que lo he visto no he apreciado en él más que actitudes nobles -apuntó Katniss. -Aún recuerdo como trató de enfrentarse a Seneca cuando utilizó a aquellos niños como escudo para evitar que El Gavilán le arrebatase el grano.
-Ojalá mi hermano pensase como vos -lanzó un suspiro lastimero.
-Fíjate en mí, Annie -repuso Katniss con ánimo. -Mi relación con Peeta parecía contar con la desaprobación del mundo entero y ya vez -pasó un brazo por sus hombros tratando de infundirle confianza. -Cinna es un poco testarudo pero entenderá.
Annie le sonrió agradecida, rogando porque tuviera razón. Aún así, la cruel idea de que su hermano se opusiese categóricamente a aquello invadió su mente por un segundo y la perspectiva de tener que olvidarse de Finnick la dejó sin respiración, dejando paso a la incomprensible pero inexorable certeza de que no sería capaz de hacerlo. Nadie lo arrancaría ya de su corazón.
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-Creí que apoyarías las intenciones del Capitán Seneca.
Clove deambulaba nerviosamente por la alfombra de la biblioteca.
-He cambiado de idea -repuso Marvel con desinterés.
-Ese hombre se ha humillado hoy por tu culpa -espetó indignada.
-A Katniss no le agrada y ella debe elegir con libertad -alzó por fin su mirada.
-Muy bien -concluyó airada. -Eso quiere decir que habrá que ir preparando su matrimonio con Peeta Mellark ¿no? -inquirió mordaz.
Sin embargo su clara intención de molestar a Marvel quedó en el vacío y el joven, como respuesta a aquel malintencionado comentario, continuó con sus quehaceres.
-¿Dónde crees que ha estado tu hermana todo el día? -prosiguió ella con su afán de provocarlo.
-Imagino que habrá ido a su encuentro -se encogió de hombros despreocupadamente, lo que hizo enfurecer a Clove.
-¿No eras tú quien ponía el grito en el cielo con tan solo oírlo nombrar?
-Simplemente me equivoqué -levantó su vista encarándola. -Fue Enobaria Mellark quien alzó su cuchillo contra mi familia, no Peeta.
-¿Tienes la intención de contradecirme el resto de nuestra vida juntos? -masculló entre dientes, tratando de ocultar su frustración.
-En lo que a Katniss se refiere, sí -sentenció con firmeza.
-No me esperes a cenar -le informó. Observar el rostro impávido de su esposo antes de salir de la biblioteca la llenó de furia.
Decidida, caminó con premura hasta su cuarto e hostigó a su camarera para que la ayudara a cambiarla de ropa, lo más rápido posible y de la misma forma instigó a su caballo para que galopara más deprisa y llegar cuanto antes al Palacio Mellark. Marvel estaba muy equivocado si creía haberse casado con una sumisa muchacha de campo. Tenía claras metas establecidas para lograr en su vida y ni él ni nadie iban a malograr sus planes.
-He pasado años sin encontrar a un Everdeen y hoy, sin embargo, hacéis cola para venir a verme -puntualizó Enobaria mordaz en cuanto la tuvo de frente.
Clove supuso que Katniss había acudido allí en busca de Peeta. Se movía rápido aquella muchachita insulsa.
-Necesito hablar con vos -le dijo obviando su comentario.
-Hablad entonces -le indicó con la mano para que la acompañase al jardín.
Clove obedeció aunque miró con recelo a su sirviente, quien los seguía a pocos pasos.
-Mi siervo no tiene oídos si no se lo ordeno yo -repuso Enobaria con seguridad, dejando claro quien ponía las condiciones allí.
-He reflexionado sobre lo que me dijisteis -abordó el tema de forma que pareciese que a ambas le convenía aquella situación. -Y creo que es mejor hacer uso de la amabilidad y consejos que me ofrecisteis.
-¿Qué ha sucedido, Condesa? -preguntó Enobaria mostrándose halagada por aquello.
-Mi marido se ha mostrado menos manejable de lo que pensé -admitió con reticencia. -El Capitán Seneca se le ha declarado a Katniss pero él la ha apoyado en su intención de rechazarlo.
-Y ahora no sabéis cómo arreglar la situación -aventuró la Marquesa con tono comprensivo.
-El Capitán se ha marchado de Vilastagno al borde de la indignación -prosiguió, agradeciendo su empatía.
-No sois más que una tonta y presuntuosa muchacha -espetó Enobaria de repente, mostrando su verdadera cara.
Clove palideció.
-Os lo había advertido -farfulló con el rictus retorcido de la rabia.
-Marquesa no os permito -trató Clove de recuperar el control.
-Guardad silencio -masculló Enobaria amenazante. -Venís aquí a pedirme que arregle lo que vos misma habéis roto -le escupió colérica. -No pretenderéis que os felicite -la miró con desprecio.
-¿Entonces? -no tuvo más remedio que tragarse su propio orgullo.
-Por el momento sabed que vuestra maldita cuñada no tendrá nunca a mi hijo -decretó a modo de advertencia. -Y vos, si decido que sois de alguna utilidad, espero que no cometáis el mismo error y hagáis exactamente lo que os ordene que hagáis.
Aunque Clove conservó su actitud altiva no pudo menos que afirmar.
-Que os sirva de lección, Condesa. No sobrevaloréis nunca a los amigos y no infravaloréis nunca a los enemigos. ¿Tenéis valor? Pues no lo desperdiciéis
Me alegra de que Katniss y Peeta se hayan reconciliado… pero me encanta mas aun que Annie y Finnick ya hayan avanzado un poco más… Ay Dios estos tortolitos.
Bueno ya veréis lo que se traen entre manos Clove y Enobaria. Par de brujas Uish como las odio.
Agradecimientos:
Vivis Weasley: si al fin Marvel recapacito y se dio cuenta de que katniss no puede pasar por lo mismo que paso el. Y tienes razon cada vez se ponen mas tiernos Finnick y Annie. Ten lo por seguro que definitivamente Seneca y Clove no se quedaran de brazos cruzados. Gracias por tu comentario
Everllarkglee4ever: si lo se casi no hubo, everllark, pero también hay que darle prioridad a las otras parejitas
Katri Wishart: tienes razon esto apenas es el principio Seneca no quedo muy contento con el rechazo de Katniss, verdad que Finnick y Annie se ven lindo, como adoro esta pareja.
Ekishka: Wow una nueva seguidora, bueno me alegro de que te guste la historia ya veras que no te arrepentiras cada vez se pone mas interesante.
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