CAPÍTULO 14
Aunque hubiese sido el día más gris y lluvioso de la historia, para Katniss era el día más hermoso de toda su vida. No sólo se había reconciliado con Peeta sino que su madre parecía dispuesta a darles su bendición y Marvel había a comenzado a variar su opinión con respecto a su relación. Entendía a la perfección el recelo de Peeta. El cambio de actitud de su hermano resultaba cuanto menos sorprendente y ni ella, que se jactaba de conocerlo bien, podía encontrar una explicación. Sin embargo, y tal y como le había dicho el día anterior a la Marquesa, lo importante era que aceptase a Peeta, aunque tampoco podía engañarse. El rencor hacia Enobaria estaba más que justificado, y más habiendo sido su propia mano la que causara la muerte de los padres de Glimmer. Marvel jamás la aceptaría y, a lo máximo que podía aspirar Katniss era a que su hermano se mostrase fríamente educado ante ella. A pesar de todo, no podía reprochárselo, y más sabiendo de su amor por Glimmer, aunque él lo negara y se hubiera casado con aquella desagradable mujer que ahora la miraba con sonrisa maliciosa conforme se acercaba Katniss a la mesa.
-Se te ve contenta esta mañana -apuntó con declarada intención.
Bien sabía Katniss que Clove estaba molesta por lo ocurrido con el Capitán Seneca y, en cierto modo, eso la llenó de culposo regocijo.
-He dormido muy bien, gracias -le sonrió con fingida gratitud tras besar la mejilla de su hermano, quien le sonrió.
-Seguro -masculló ella por lo bajo.
Por supuesto que Katniss había dormido bien, como nunca en mucho tiempo. Disfrutar de la dicha del amor de un hombre tan maravilloso como Peeta era el mejor bálsamo para conciliar el sueño, sobre todo si éste se veía inundado de él, aunque eso no era de la incumbencia de su cuñada ¿verdad?
Le entrada de Effie con una bandejita de plata en sus manos en la que descansaba un sobre la hizo abandonar sus pensamientos. Marvel la tomó con cierta desgana y la leyó.
-Habrá otra recepción en el palacio de la Condesa Delly -les anunció Marvel a lo que Katniss respondió con un mohín de disgusto.
-Pues siento decirte que parece que la Condesa quiere darlo en tu honor, Katniss -añadió Clove quien revisaba la invitación que le había arrebatado de las manos a su esposo.
-¿En mi honor? -esgrimió una mueca de horror. Marvel no pudo evitar lanzar una carcajada, al igual que Effie, quien la disimuló con su mano.
-¿Y por qué no? -alegó Clove con sorna -¿No estamos todos embrujados por tu fascinación, querida?
El rostro de Marvel se tornó serio, lanzándole una mirada de advertencia a su esposa, no habiéndole pasado inadvertida la mala intención de su comentario.
-Seguramente querrá que narres tu aventura con El Gavilán -agregó pasando por alto la desaprobación de su esposo.
-Puedes reservarme todos los bailes si eso te hace sentir más confianza -le guiñó un ojo su hermano. Katniss agradeció el gesto. Marvel la conocía bien y sabía que su apoyo le infundiría ánimos para soportar ese tipo de eventos que ella tanto detestaba.
-Querido, creía que tú tampoco eras aficionado a este tipo de acontecimientos -se sorprendió Clove de su tan buena disposición. -Ni siquiera has dudado un segundo en aceptar la invitación.
-No veo la necesidad de desairar a Delly -le quitó Marvel importancia al asunto. Aunque había una muy buena razón para asistir aquel palacio y que únicamente su corazón conocía. Glimmer se hospedaba allí, podría verla, aunque fuera un instante, y eso bien valía el tener que soportar toda una noche de cuchicheos o falsas alabanzas en busca de favores, como solían resultar aquellas reuniones. Entre la aristocracia piamontesa Marvel contaba con muy pocos amigos, Thresh era el único en el que podía confiar plenamente y toda aquella hipocresía y frivolidad que se respiraba en el aire le desagradaba. Por eso él tampoco era dado a asistir a aquellas fiestas, mas, esa noche, habría un buen motivo para sacrificar su tranquilidad.
-Entonces voy a mi recámara a elegir un buen vestido para la ocasión -se levantó Clove de la mesa. Ni en su voz ni en su rostro se podía ocultar la emoción ante aquella invitación ¿Qué acababa de concluir Marvel acerca de la frivolidad?
-Effie, partiremos hacia Turín después del almuerzo -le informó. -No creo que regresemos hasta bien entrada la noche así que podéis tomaros el resto del día libre.
-Gracias, Señor Conde -se inclinó ella con seriedad.
-De verdad, Effie -rezongó él incómodo. -Cuando te diriges a mí con tanto protocolo... -emitió un bufido de disconformidad.
Entonces Effie se inclinó sobre él y, tomando una de sus mejillas, estampó un sonoro beso sobre la otra, haciendo a ambos hermanos reír.
-Eso me gusta más -concluyó él con ojos brillantes. -Me aterra parecer un tirano.
-Nada más lejos de la realidad -negó ella con la cabeza. -Nuestro respeto hacia los Everdeen proviene del cariño, no del temor.
-Me alegra oír eso -le sonrió Marvel.
-Si no necesitáis nada más me retiro -les anunció. -Le diré a Octavia que deje preparado algo de cena en caso que volváis antes.
-Gracias -exclamó Marvel un momento antes de que desapareciera por la puerta.
-Tú también te has levantado con buen ánimo -apuntó Katniss con sonrisa traviesa.
Marvel desvió su mirada hacia la taza que tenía enfrente, como si, de repente, fuera de lo más interesante. Podría jurar que había enrojecido cual jovencita y resopló disgustado, cosa que a su hermana le resultó de lo más gracioso.
-Marvel, no puedes ignorar el hecho de que tu comportamiento y tu ánimo han cambiado mucho estos días -otorgó más seria ahora. -No es que me preocupe en absoluto, al contrario, pero si me dolería que no confiaras en mí.
Marvel pasó saliva. Por supuesto que confiaba en su hermana y no temía que traicionase su secreto, sino que no lo comprendiera.
Como si Katniss hubiera leído su pensamiento, tomó su taza y se sentó a su lado.
-No te juzgaré -le aseguró apretando su mano. -Es Glimmer ¿cierto? -agregó de súbito ante la expresión meditabunda de su hermano y que se llenó de sorpresa al instante.
-¿Tan... tan obvio es? -preguntó con cierto temor.
-He tentado al azar y he tenido suerte -sacudió ella la cabeza negando. -Por cierto, me apenó no poder despedirme de ella.
-Esta noche podrás resarcirte -esbozó media sonrisa.
-Bueno, no me cambies de tema -palmeó su mano. -¿Qué ha pasado con Glimmer?
El rostro de Marvel se endureció mientras tomaba aire.
-Pasa que no amamos -admitió cabizbajo.
-¿Y eso te avergüenza?
Marvel levantó su rostro sorprendido. Esperaba que su hermana se escandalizara por su actitud, que lo censurara y sin embargo le reprochaba su propia censura.
- Katniss... ambos estamos casados -le recordó con pesar.
-Sin duda con la persona equivocada -apostilló ceñuda.
-Te juro que no sé que hacer -suspiró.
Katniss posó su mano en su hombro, con gesto comprensivo. En los tiempos que corrían un divorcio estaba casi peor visto que un romance fuera del matrimonio. Y, aunque no fuera santo de su devoción, sabía que su hermano no querría repudiar así a Clove. A no ser que Glimmer...
-¿Glimmer te ha puesto alguna condición? -se atrevió a preguntar, aún sabiendo que aquello no sería propio de ella.
-Ni siquiera hemos hablado del tema -negó él. - Katniss, sé que tengo una responsabilidad con Clove, es mi esposa pero quiero estar con Glimmer, siempre.
Marvel suspiró profundamente mientras posaba una mano en su mejilla.
-Te comprendo tan bien, hermanita, pero Enobaria...
-No hablemos de ella -tal vez debería decirle que Enobaria consentía, pero sería mas fácil que él comprendiera ese hecho si primero aceptaba a Peeta. -¿Hablarías con él?
-Imagino que también estará invitado a la recepción -se encogió de hombros con simulado desinterés.
Katniss, imitando lo que hiciera Effie hacía unos momentos, depositó un sonoro beso en el rostro de su hermano.
-Parece que hoy todas las mujeres que se me acercan sienten deseos de besarme -bromeó entre carcajadas.
-Pues seguro que el beso que tú más deseas se te concede esta noche -le susurró divertida al oído. -Voy a ver a Peeta y a contarle que quieres hablar con él -añadió levantándose de la mesa.
Marvel la observó alejarse mientras se disipaba su sonrisa. Enobaria no era un asunto a obviar, jamás permitiría que Katniss se casase con su hijo. De esa mujer cabía esperar lo peor, pero Marvel se aseguraría de que no le hiciera daño.
* ~ § ~ *
-Tenía pensado ir al arroyo a la hora de siempre -extendió Peeta los brazos para recibirla. Cuando Beetee le había informado de que Katniss lo esperaba en los jardines apenas había podido creerlo.
-Tengo algo que contarte y no podía esperar pero nos encontramos luego si quieres.
Frunciendo los labios hizo ademán de separarse de él, pero Peeta la atrajo hacia su pecho, hacia sus labios, acallando su queja con un beso cálido e impaciente.
-Tontita -suspiró sobre su boca. -¿Aún no sabes que las horas lejos de ti se me hacen eternas?
Las mejillas sonrosadas de Katniss respondieron por ella y Peeta esbozó una sonrisa, era tan encantador su rubor.
-¿Qué es lo que me quieres contar tan urgente? -desvió el tema.
-Ah, sí -se separó de él para rebuscar en su bolsito de mano. -Antes que nada, y no me preguntes porqué, Effie me ha pedido que le entregues esto a Haymitch-le ofreció una nota. -Cuando le he preguntado me ha dado la impresión de que tienen un romance pero ella ha evadido mi interrogatorio diciéndome que en otra ocasión me contaba.
-Es que sí tienen un romance -alegó él divertido. -¿Te sorprende? -le cuestionó al ver su expresión.
-Bueno, sí -titubeó ella. -Ni siquiera sabía que se conocían.
-Pues hace bastante tiempo, en realidad.
La joven seguía sin comprender.
- Katniss, ¿por casualidad no te diste cuenta que entre la gente de El Gavilán había una mujer? -habló Peetaen apenas un susurro.
Katniss necesito sólo un segundo para entender.
-Y él también -confirmó Peeta a sus sospechas. - Katniss no la juzgues duramente -le pidió en vista de su mutismo.
-No, claro que no -parpadeó deshaciendo su expresión de perplejidad.
-Cada uno de los que se ha unido a mi causa se han visto movidos a hacerlo por algún motivo -la excusó.
-En su caso dos -se lamentó Katniss. -Me alegro por ella -señaló la nota.
-Yo por los dos -bromeó rompiendo la tensa atmósfera. -¿Y era eso todo lo que querías decirme y que no podía esperar? -levantó las cejas haciéndose el interesante.
-¿Has recibido la invitación de la Condesa Delly? -le preguntó sonriente.
-Sí, pero no he querido aceptar hasta saber si tú asistirías -reconoció.
-Asistiré con Clove y Marvel -sonrió complacida por su gesto. -Mi hermano me ha dicho que está dispuesto a hablar contigo.
-¿De verdad? -mostró cierta incredulidad.
-Tan solo tiene miedo de que tu madre se oponga.
-Pero...
-No le he dicho que conversé con ella -le aclaró.
-¿Por qué? -quiso saber él.
-Es mejor que primero aclare las cosas contigo, que acepte nuestra relación -le explicó.
El muchacho la miró contrariado, aquel rencor injustificado y desmedido por parte de Marvel...
-Confía en mí, Peeta -insistió Katniss. -Es mejor que no lo sepa, al menos por ahora.
Peeta asintió, aunque a regañadientes.
-¿Vendrás? -tomó su rostro entre sus manos haciendo que la mirara.
-Si me reservas un baile -bromeó. -No, mejor dos.
-¡Peeta! -golpeó su hombro como reproche.
-Claro que iré -la rodeó con sus brazos concluyendo así su arrebato. -Espérame en la sala de música de la Condesa y después hablaremos con tu hermano. No podré saludarte como es debido frente a él.
-¿Y en qué forma tienes pensado hacerlo para que Marvel no pueda ser testigo? -trató de seguir su juego aunque su sonrojo pronto la delató.
-Mejor te hago una demostración -susurró sobre sus labios, tras lo que acortó la poca distancia que le separaba de ellos, uniendo sus bocas en un beso lleno de necesidad, tan insuficientes ya los momentos que pasaban juntos. Pronto, se decía Peeta. Pronto sería suya y para siempre.
-La Condesita ya se ha marchado, Señora Marquesa y el joven Señor se ha retirado a la biblioteca -le informaba Beetee.
-Habrase visto -retorcía Enobaria un pañuelo entre sus manos. -Semejante desfachatez, presentarse en la casa de un hombre con tal descaro, pretendiendo engatusar a mi hijo.
La cama al completo se agitó con sus aspavientos.
-Si la tengo en mis manos, la mato -escupió con ira.
-Por favor, Marquesa, vuestra salud -se inquietó su siervo. -Os lo ruego, calmaos.
-Por mi salud no hay necesidad de preocuparse -agitó su mano para que se alejara de ella. -Esa maldita abandonará este mundo antes que yo, lo juro. Marvel ha resultado más débil de lo que creía.
-Pretende encontrarse con el joven Señor en la fiesta -le comunicó con cierto temor.
Enobaria meditó unos segundos.
-¿Dónde está Haymitch? -preguntó de súbito.
-Ha partido hacia el pueblo, Señora Marquesa. Parece que tiene una mujer allí -agregó con cierto desdén.
-Bendito sea -sonrió ella con malicia. -Roguemos por que lo entretenga unas cuantas horas.
* ~ § ~ *
Haymitch azuzó su caballo con cierto nerviosismo. Sentía arder contra su piel la nota de Effie en su bolsillo. Dios, si parecía un adolescente en la primera cita, con la inquietud propia de la juventud. No es que él fuera un imberbe en cuestión de mujeres, tampoco un gran experimentado, pero toda esa experiencia, ya fuera mucha o poca se iba al traste en lo que a Effie se refería.
Aún recordaba el primer día que la vio, llegó junto con Cato, ambos reclamando justicia; Cato por un hermano perdido a manos de los franceses y ella, a causa también de su hermano y de su esposo. Aunque cada vez que alzaba la voz proclamando al cielo el porqué de su lucha, siempre lo hacía en aras de su hermano, jamás de su esposo. El día de su llegada fue la primera vez que lo nombró, y la última.
A Haymitch no le fue difícil averiguar el motivo. En el pueblo de Vilastagno todos se conocían y él conocía la naturaleza humana y lo que un buen vaso de vino en comadrería, a la lumbre de una buena fogata, podían hacer.
Su matrimonio no se había acercado de ninguna de las formas posibles al idilio que toda muchacha casadera imagina. La casaron con un muchacho al que apenas conocía, a pesar de ser prácticamente vecinos y, al parecer, él no tuvo ningún interés en que aquella nueva situación fuera lo más llevadera posible. Tal vez ella le hubiera abierto su corazón, cual muchacha inocente que desea el amor de su esposo, pero, según su chisposo confidente, en público él se mostraba más bien rudo con ella, quien sabía como sería en privado, en la soledad de su hogar. Además, Brutus, como así se llamaba, dio claras muestras de que no consideraba a Effie ni una mínima parte de la mujer que era pues pronto precisó de las atenciones de otras muchachas para satisfacer sus deseos.
Como muestra de su arrojo y de lo atípico de su carácter para la época, Effie se reveló aunque, para su asombro y desgracia, aquel infame se escudó en el hecho de que habiendo pasado los meses no había sido capaz de concebir un hijo. La puso en vergüenza frente a todos y la repudió acusándola de ser una mujer vacía, muerta por dentro y, con la excusa de alistarse en la milicia contra los franceses, la abandonó.
Jamás volvió a verlo hasta que cierta mañana, llamaron a su puerta y le dejaron en el umbral los cuerpos de su esposo y su hermano, quien se había alistado tiempo después.
El viejo le contaba a Haymitch como la recordaba, arrodillándose frente a su hermano, tomando su cabeza entre sus brazos, acunándolo mientras le pedía al Padre Mitchell que apartara el cuerpo de su marido de su vista.
Cuando Haymitch quiso indagar y le preguntó si Brutus en alguno de sus tantos escarceos amorosos, había engendrado algún bastardo, recibió un seco "no" como respuesta. La calidez del vino no le había impedido al anciano llegar a la misma conclusión que él. Muy posiblemente aquel infeliz fuera estéril y había lanzado su propia vergüenza sobre ella, marcándola.
Toda aquella historia, lejos de incomodarlo, no hizo otra cosa que acrecentar su interés por ella y, cada vez que podía, procuraba algún acercamiento a ella. Era cierto que a veces aceptaba de buena gana sus insinuaciones, como si le agradara el hecho de ser cortejada pero a la mínima se retraía comportándose fría e incluso distante, mostrándose cautelosa o, más bien, desconfiada.
Recordó con regocijo la noche que consiguió derribar todo aquel muro de simulada indiferencia, cuando le pidió que no asistiera al canje del grano, a cambio de liberar a Katniss. Aquella noche la verdadera Effie hizo su aparición en su apasionada respuesta ante su declaración pero entonces fue él quien comenzó a actuar con cautela; sabía de su pasado y no quería forzarla a nada ni hostigarla de forma alguna. Por eso, esa noche, tras acompañarla y asegurarse de que no acudiría a la recogida del grano, se despidió de ella y se marchó al Palacio Mellark y así había sido desde entonces. Si las cosas debían darse, se darían, pero no porque él las apresurara.
Mas, aquella nota... Con palabras simples, Effie le invitaba a pasar la tarde con ella pues quería conversar sobre cierto asunto. Al pensar que el tema a tratar podría ser sobre ellos, un escalofrío recorrió su espalda, nada agradable, por cierto y que se repitió cuando, tras dejar su caballo a uno de los mozos, se dirigió al patio de servidumbre del Palacio Everdeen, donde se situaban las dependencias del servicio.
Llamó a la puerta, no sin cierta vacilación y escuchó resonar sus pasos en el suelo de madera acercándose.
-Hola, Haymitch -lo recibió con una sonrisa.
Haymitch lo hizo con un dulce beso. Demasiado corto para lo que él desearía pero el temor de incomodarla siempre estaba presente en él.
-Pasa -lo invitó. -Es humilde pero cuento con lo necesario -señaló el interior.
La estancia, única, que hacía las veces de cocina, comedor y dormitorio, lo sorprendió gratamente. Lógicamente esperaba algo sencillo pero aquel lugar estaba mejor equipado de lo que habría creído, comparado con algunas de las viviendas que había visitado en París en su época de estudiante para atender a algún enfermo. Además estaba decorada con gran gusto a pesar de la sencillez, los cortinajes, la ropa de cama y de mesa, el delicioso diván colocado estratégicamente hacia la ventana, desde la que se podía disfrutar del paisaje y que era perfecto para leer. El conjunto contagiaba de esa sensación de comodidad y calidez de hogar y que a él lo maravilló.
-El Conde Everdeen es muy generoso con su gente -le comentó Effie. -Se esfuerza porque tengamos lo que necesitamos, incluso más, diría yo.
-Sois afortunados, sin duda -objetó él.
-Siéntate -le hizo un gesto. -¿Puedo ofrecerte algo? Vino, cerveza...
-Huelo a café recién hecho -aspiró disfrutando del aroma. -Una taza estará bien.
Effie se dirigió al fogón sonriendo para sus adentros. En todas las jornadas compartidas en el refugio, jamás lo había visto beber, tal vez un vasito de vino dulce pero nunca como lo hacían otros, rodeando la hoguera y rondando las jarras de cerveza por sus manos, riendo con grotescas carcajadas. Desde el primer momento que lo vio supo que era diferente al resto y ya no sólo porque fuera un doctor, un hombre ilustrado, sino porque su voz, su mirada, sus gestos, todo él irradiaban bondad, sensatez y calma. A pesar de tratar de negarlo con todas sus fuerzas, su corazón quedó prendado del brillante cobalto de sus ojos desde el mismo momento en que puso sus ojos sobre ella. Mucho le había costado a ella aceptarlo, mas ahora, sin embargo...
Sirvió sendas tazas de café y tras ofrecérsela, se sentó frente a él.
Haymitch la acercó a su nariz deleitándose en su aroma y luego lo llevó a sus labios.
-Exquisito -sonrió después de dar un sorbo.
-Me alegro que sea de tu gusto -sonrió ella complacida, bebiendo también.
-Creo que muy pocas cosas habrá que salgan de tus manos que no me gusten.
Aquello no era una insinuación. Effie dejó la taza en el platillo que tintineó como reflejo de su nerviosismo.
-¿Entonces no te ha molestado mi nota? -preguntó insegura.
-En absoluto -negó él. -Aunque debo reconocer que me inquieta su contenido.
Se observaron en silencio unos segundos. Entre ellos se estaba condensando una atmósfera enrarecida, llena de tensión e inseguridad. Un risita nerviosa atacó a Effie.
-Discúlpame -se excusó rápidamente aún con sonrisa temblorosa. -Me resulta inverosímil y casi ridículo pero me siento como una adolescente.
Bajó el rostro avergonzada mientras Haymitch situaba su silla a su lado y tomaba sus dedos trémulos entre los suyos.
-Me alegra no ser el único -le confesó, a lo que ella alzó la vista, sorprendida. -Quita el aliento ¿verdad? -le sonrió con picardía.
Effie asintió sonriendo también.
-¿Hay algo que quieras decirme? -la instó a hablar. -Evita los rodeos, conmigo puedes ser franca y directa.
-Te lo agradezco -hizo una pausa para tomar aire. -Me preguntaba si en los últimos días había ocurrido algo para que ya no estés interesado en mí.
Aquello sí era ser directo. Haymitch se tomó un par de segundos para reponerse.
-¿Qué... qué te hace pensar que no estoy interesado en ti? -su sorpresa era evidente.
-Te noto distante, en cierto modo diferente a como eras antes conmigo.
-¿Distante? Jamás. Tal vez cauteloso e inseguro sí y, desde luego avergonzado de que hayas malinterpretado de la peor forma mi buena intención -reconoció apenado.
Effie caviló unos segundos tras lo que, con semblante mortificado, se levantó alejándose de él unos pasos.
-¿Qué sabes acerca de mí? -inquirió con cierta desazón.
-Todo lo que necesito saber.
Aquella respuesta ambigua no era suficiente para Effie.
-¿También que mi difunto esposo me abandonó por no ser capaz de concebir un hijo? -preguntó secamente.
Haymitch quiso hablarle sobre sus sospechas, pero ni estaba seguro de esa certeza ni era el momento para lanzar una suposición como ésa al aire.
-No quiero tu lástima -espetó dolida.
Haymitch se levantó y caminó hacia ella, tomando sus brazos. Si le había pedido que no se anduviese con rodeos, tampoco lo haría él.
-¿Recuerdas lo que te ofrecí aquella noche? -habló con suavidad, más con firmeza. -Ya sabía entonces de tu pasado y lo que te dije fue sincero; Sigue siéndolo hoy, como aquel día.
-¿Y crees que mis palabras fueron menos sinceras que las tuyas? -alegó atormentada.
Mi señor, mi dueño, mi amor le había respondido a su ofrecimiento de ser todo para ella. Y con esas palabras ella cumplía su anhelo de que ella fuera todo para él. ¿Acaso no era suficiente? Y tanto que lo era...
La atrajo hacia él y la besó, con toda la intensidad y vehemencia que había estado ahogando hasta entonces. Y ella respondió de igual modo, alzando sus manos hasta las rubias hebras de su pelo y escapando de su pecho un suspiro de liberación. Haymitch se estremeció con su reacción, con la caricia casi exigente de sus labios y que él gustoso acataría.
-Perdóname -se separó levemente de ella. -Creí que necesitarías tiempo, yo...
-Llevo toda mi vida esperando sentir lo que me haces sentir tú, Haymitch -la miel de sus ojos refulgía. -Al casarme con Brutus perdí toda la esperanza pero la vida me ha otorgado otra oportunidad. Se acabó la espera, ya no quiero esperar más.
Haymitch posó sus dedos en su mejilla y los deslizó con suavidad hasta sus labios. Sería tan hermoso tomar lo que ellos le ofrecían.
-No es tiempo lo que necesito, Haymitch -musitó ella, adivinando aquel atisbo de duda que quedó inmediatamente despejado.
Los labios de Haymitch tomaron el lugar que habían ocupado sus dedos y la besó con pasión, con avidez, desatados los sentimientos que Effie le provocaba, aceptando con aquel beso lo que ella le ofrecía. Cuando se separó de ella y observó su rostro, suspiró encandilado. Sus ojos dorados se habían oscurecido por el mismo deseo que él sentía recorrer su cuerpo y sus labios entreabiertos y turgentes se mostraban enrojecidos, como sus mejillas. Era cierto que en Effie ya no habitaba el temor virginal de una novia, pero no había amado nunca, ni la habían amado como merecía, y eso era algo a lo que dichoso pondría remedio.
Caminó hacia las ventanas y una a una las cerró, corriendo las cortinas, dotando a la estancia de la intimidad oportuna y de una tenue penumbra, pues algunos rayos de la tarde atravesaban traviesos el telar.
Effie aguardó observando sus movimientos hasta que volvió a caminar hacia ella, tratando de controlar el oscilar errático de su pecho y su respiración. Haymitch tomó su manos llevándolas a sus labios y besándolas con dulzura, haciéndola temblar. Sin dejar de mirarla la llevó hacia la cama y vio como una leve sonrisa de complicidad y aceptación asomaba a sus labios.
Guió sus finas manos hasta su camisa, en una clara invitación y que ella aceptó, desabrochándola y liberando de la cárcel de aquel tejido su torso bien formado, de líneas y curvas perfectas. No pudo reprimir los deseos de acariciarle y lo hizo, lanzando miles de descargas a través del cuerpo de Haymitch, quien tomó sus labios con ardor como respuesta. Despacio, botón a botón se deshizo de su blusa y después de su falda, quedando patente en la liviandad de su ropa interior de lino cada una de las curvas de su cuerpo. No tardó en liberarla de ellas mientras ella hacía lo propio con su pantalón, para finalmente fundirse sus cuerpos en un abrazo de desnudez, sin temores o pudor alguno, sólo un hombre y una mujer, amándose.
La tumbó con delicadeza en la cama mientras él se colocaba a su lado. No pudo evitar contemplarla, extasiado. Cualquier sinónimo de "hermosura" era una alusión soez para aquella imagen. Su cuerpo maduro no había perdido ni la frescura ni la lozanía y la redondez de sus pechos y sus caderas lo invitaban a perderse en ellos. Y aquel sonrojo en sus mejillas, encantador. Aunque sabía que no era debido al hecho de mostrarse ante él, si no por la inseguridad acerca de su propia belleza.
Se inclinó sobre sus labios y los acarició con la yema de sus dedos.
-Eres deliciosa, perfecta -respiró en su boca para después atraparla con la suya.
Haymitch recorrió con dedicación cada uno de los rincones de su cuerpo, con sus manos primero y sus labios después, sin obviar ni un centímetro de su piel. Con tortuosa lentitud llegó hasta la cumbre de uno de sus pechos que se endureció bajo la caricia de su boca y Effie profirió un gemido ahogado mientras enredaba sus dedos en el dorado de su cabello, despertando a un sinfín de sensaciones desconocidas, que le aturdían la razón de forma exquisita y que se elevaron a alturas vertiginosas cuando sintió la dulce caricia de sus dedos en su intimidad. Aquel ardor como metal fundido que recorría sus venas la dejó sin aliento y aunque la necesidad de sentir todavía más se volvió imperiosa, una nueva inquietud se apoderó de ella. ¿Qué sería para él? ¿Sería capaz de provocar en él...?
Mas su cuerpo tomó voluntad propia decidido a contestar aquella pregunta. Deslizó su mano entre ambos y alcanzó con sus dedos su masculinidad haciéndole emitir un gemido incontenible.
-Effie...
La respuesta la tuvo en aquella mirada incendiada, casi ennegrecido el azul de sus orbes por la sublime sensación de su caricia.
Sin poder contener más la fuerza de su deseo, Haymitch se posicionó sobre ella y la hizo suya, tomándolo ella a él por entero, en mutua entrega.
-¡ Haymitch! -la escuchó jadear sobresaltada.
Alarmado se detuvo a mirarla un segundo. Creyó no haber sido brusco pero se maldeciría eternamente si la había dañado. Sin embargo, aquello no era dolor, la languidez de sus facciones, el gesto de abandono de sus ojos cerrados, su boca entreabierta en busca de aliento. ¿Cómo un ser tan maravilloso había estado privado de aquella dicha hasta ahora?
Y es que ese instante, guiados ambos por aquella danza tan antigua como la vida, iba más allá del placer físico. La plenitud de su unión se reflejaba en el perfecto complemento de sus cuerpos y la conjunción de sus almas, como una única esencia; piel, espíritu y corazón formando un todo, impertérrito y eterno. La hizo llegar al borde abismo a la vez que él, cayendo ambos, recorriendo juntos aquel laberinto sinuoso que los sacudía despertando todas las fibras y terminaciones nerviosas de sus cuerpos, fundiéndolas como oro líquido. Sin aliento, Haymitch hundió su cabeza en la curva de su cuello, sintiendo casi al instante como una pequeña gota golpeaba su mejilla.
Con la respiración aún entrecortada, elevó su rostro y tomó el suyo obligándola a mirarle, surcando ya su piel las lágrimas. De nuevo el temor de haberla dañado acudió a su mente pero la luz, el fulgor que emitían sus ojos empañados lo apartaron de un soplo. El amor que irradiaban sus pupilas hizo encogerse a su corazón y la besó, impulsado por aquel sentimiento que también a él lo invadía por completo.
-Gracias -le susurró él besando su frente y acariciando su mejilla aún húmeda. Rodó tumbándose de espaldas y la colocó sobre su pecho, confortándola.
-Creí que era yo la que debía decir eso -sonrió ella.
-El amor no se agradece, se siente, como lo hemos sentido tú y yo hace un momento y como lo seguiremos sintiendo -le respondió.
-Entonces tú... ¿por qué?
-Yo te agradezco la dicha de que me hayas dado cabida en tu vida, de tenerte -musitó con dulzura.
-¿No te irás? -preguntó alzando su rostro presa de antiguos temores.
-Eres mía y yo soy tuyo ¿que sentido tiene el irme? -le sonrió.
-Te amo, Haymitch -se estrechó contra su cuerpo.
-Y yo a ti -la apretó con fuerza. Luego la acomodó entre sus brazos y ambos se dejaron embriagar por el sopor de la tarde y su amor.
* ~ § ~ *
-Joven Señor -irrumpió Beetee en la biblioteca con el rictus compungido.
-¿Qué sucede? -se alarmó Peeta.
-Vuestra madre sufre otra crisis, pero temo que esta vez sea grave -le informó.
Peeta corrió hacia la recámara de su madre seguido de cerca por el criado. La halló sumida en la tos, en su lecho, pálida como la cera.
-¡Madre! -tomó Peeta una de sus manos, infundiéndole fuerzas.
-Es una de mis crisis habituales, pasará -alegó la Marquesa con un lastimero hilo de voz.
-He buscado a Haymitch pero parece que no está en el Palacio -comentó Beetee con voz plana.
-Tenía un asunto que arreglar -le excusó. -Saldré a buscarlo de inmediato.
-Pero joven Señor, estáis invitado a la fiesta de la Princesa Delly -lo detuvo. -Yo iré en su busca o no llegaréis a tiempo.
-No importa -sacudió la cabeza. -Mi cita con Marvel Everdeen deberá esperar -masculló entre dientes conforme se marchaba.
Casi no había cruzado el umbral de la habitación cuando Enobaria apartó la ropa de la cama, dejando al descubierto un elegante vestido negro de raso y organdí que enfundaba su cuerpo.
-Perdonad el atrevimiento, Señora Marquesa -se excusaba su criado ayudándola a ponerse en pié. -En mi humilde opinión, esto es una locura.
-Yo no perdono nada -lo miró con desprecio. -Y nadie te ha pedido tu opinión. Ahora vamos a divertirnos. Marvel Everdeen me espera.
Lo primero que hizo Marvel al entrar al suntuoso Palacio fue buscarla entre el gentío. La halló conversando con Delly, hermosa, resplandeciente, dedicándole el brillo de sus ojos al verlo.
-Katniss, querida -se apresuró en saludar a su hermana la Condesa. -Me alegra que hayáis aceptado mi invitación.
-Os habría privado de toda la diversión -farfulló por la bajo Clove.
-Glimmer, ni siquiera te despediste de nosotros -la besó Katniss en las mejillas ignorando el comentario ladino de su cuñada.
-Lo siento, habías salido y no pude esperarte -lanzó una mirada significativa a Clove.
-Estás espléndida, como siempre -la halagó Marvel inclinándose sobre ella para también besar sus mejillas.
-Te espero en el saloncito del fondo -le susurró Glimmer aprovechando la ocasión. -Iré a buscar a Gloss -dijo en voz alta al separarse de él. -Querrá saludaros.
-No hay que perder de vista al marido, querida -comentó Clove con sarcasmo.
-Condesa ¿habéis visto a mi buen amigo el Conde Thresh? -le preguntó Marvel a Delly.
-Creo que está en el jardín -meditó un momento.
-Estupendo, las dejo en libertad para abordar esos temas que nosotros no deberíamos escuchar -bromeó.
-Sí, Clove, yo quería preguntarte algo -la tomó Delly del brazo y llevándose también a Katniss hacia un diván.
Marvel serpenteó entre la gente con disimulo caminando hacia la puerta y, echando una última mirada hacia las mujeres, que parecían muy divertidas cuchicheando a excepción de Katniss, por supuesto, salió hacia el corredor. La actividad social se centraba en el salón que acababa de dejar y en el jardín así que sólo se topó con un par de criados que venían de la cocina con bandejas llenas de viandas. Abrió con sigilo la puerta del saloncito y la encontró allí. Apenas había cerrado la puerta y ya avanzaba hacia él con los brazos extendidos, recibiéndola él con los suyos y el calor de sus labios.
-Me has echo tanta falta -susurraba él entre besos.
-Y tú a mí.
-Glimmer...
-Sé que algún día estaremos juntos -tomó su rostro para fundir sus ojos en el negro de los suyos. -No sé cómo pero así será.
Marvel la abrazó con fuerza.
-Tengo tan poco que ofrecerte -se lamentó él.
-¿Me amas? -preguntó ella con firmeza.
-Jamás lo dudes, pase lo que pase -se perdió un segundo en el aroma de su cabello.
-Con eso es más que suficiente -afirmó ella. -Y nunca te exigiré nada a excepción de una cosa.
-¿Cuál? -se apartó de ella para mirarla.
-Que no dudes del mío por ti -le pidió.
-Nunca -respondió Marvel volviendo a fundir sus labios con los suyos. Ambos estaban ávidos de su contacto, llenos de necesidad de sus caricias, algo que ese encuentro fugaz no sería capaz de aliviar.
-Te amo, Glimmer -susurró contra sus labios. -Te necesito tanto.
-¿Ah, sí? -sonrió ella coqueta.
-Te burlas de mí -hizo un mohín infantil.
-Yo también te amo y te necesito de la misma forma, Marvel -le aseguró más seria ahora.
-He de verte -masculló ahogada su voz en la desesperación.
-Pensaré algo, pronto -le respondió. -Pero ahora debemos irnos, no lo estropeemos -se apartó de él.
No se había alejado unos pasos cuando Marvel estiró de su brazo y volvió a atrapar su boca, devorándola, consumiéndola con el fuego abrasador de la suya.
-Pronto -respiró él sobre sus labios.
-Vamos -le instó ella a salir, asintiendo con una sonrisa.
Antes, Marvel oteó tras la puerta asegurándose de que nadie los vería y abandonaron el saloncito, tomándola del brazo. Al fin y al cabo eso no estaba prohibido ¿no?
-Tu hermana parece nerviosa, debe estar sofocada con tanta atención -señaló el lugar donde se sentaba con Clove y Delly y rodeada de gente que, con interés, escuchaba su encuentro con El Gavilán.
De repente, por la puerta del salón vieron entrar al Capitán Seneca y al Teniente Finnick. Delly se apresuró a saludarlos quienes besaron su mano con caballerosidad. Como era de esperar, Seneca apenas saludó a Marvel, un leve movimiento de cabeza a lo sumo, cosa que no hizo Finnick quien, a pesar de recibir una mirada reprobatoria por parte de su Capitán, se inclinó a saludarlo.
-Sólo faltaba él -farfulló Marvel por lo bajo. -La verdad, empiezo a estar harto.
Glimmer se percató de que, aprovechando la ocasión, Katniss se agazapaba entre la gente y salía del salón.
-Hay novedades desde mi marcha por lo que veo -aventuró Glimmer.
Marvel se tomó unos minutos para explicarle lo sucedido con Seneca y su cambio de opinión respecto a Peeta.
-Imagino que habrá ido a su encuentro -supuso Marvel. -He accedido a hablar con él.
En el rostro de Glimmer se dibujó una amplia sonrisa.
-Si pudiera te besaría -murmuró para su oído.
-Ya tendré ocasión de recordártelo -apuntó divertido, justo en el momento en el que Katniss volvía a entrar al salón, con clara decepción en su semblante.
-¿Será que no se presentará después de todo? -se temió Marvel.
-Tal vez se haya retrasado -quiso quitarle ella importancia, hasta que advirtió el rictus severo y endurecido de Marvel, quien miraba hacia la puerta como si hubiera visto al diablo.
Y ahí estaba, el demonio en persona, Enobaria Mellark.
Glimmer se soltó de su brazo mientras Victoria y Bella se acercaban a Marvel con el rostro lleno de asombro.
-Espléndida fiesta -saludó a Delly que se aproximaba a ella.
-He sabido que no estabais bien de salud, Marquesa. No esperaba veros.
-De hecho Peeta está muy preocupado por mí, mi pobre hijo -afirmó con voz lastimera. -Ha ido en busca de mi médico personal tras una crisis que me sobrevino esta tarde. Pero no podía perder esta ocasión en la que tengo la oportunidad de interceder por él -concluyó mirando hacia Marvel.
Apoyándose en su bastón y a pasos cortos que parecían costarle un esfuerzo sobrehumano se aproximó hasta él quien observaba sus movimientos contrariado.
-Marvel, te lo ruego, óyeme -comenzó ocultando tras el pañuelo su boca donde acudía un repentino ataque de tos. -Como bien ha dicho Delly, mi salud está muy debilitada y tal vez sea mi última ocasión de presentarme humildemente ante ti.
El joven hizo ademán de protesta pero Enobaria alzó su mano rogándole silencio, volviendo a cubrir su boca, aquejada por la tos.
-No vengo a interceder por mí -miró de soslayo a Glimmer. -Mis pecados no se expían únicamente mostrando arrepentimiento, aunque te aseguro que el mío es del todo sincero.
Con los mismos pasos lastimeros se acercó a Bella y tomó su barbilla, sonriéndole.
-Katniss ha venido a iluminar la vida de mi hijo y el amor que ha nacido entre ellos lo colma de dicha, al igual que a mí.
Se volteó hacia Marvel y lo miró con ojos lastimeros. El muchacho sentía las miradas de todos sobre él, a la espera de su reacción, de juzgarlo.
-Te lo ruego, Marvel, no castigues a mi hijo por mis delitos. Él es un buen muchacho y de sentimientos nobles. El veneno que según muchos corre por mi sangre no ha conseguido contaminarlo. Por favor, Marvel, -comenzó a acercarse a él de nuevo con su dificultuoso caminar -permite que sean felices. Por lo que a mí respecta es la única cosa que deseo.
De repente, un fuerte ataque de tos acudió a ella, robándole el resuello de los pulmones, haciéndola tambalearse sobre su bastón. El primer impulso de Marvel fue tomar sus brazos para que la mujer se apoyara en él, dejando caer ella la cabeza sobre su pecho. Más, la giró poniéndola a la altura de su oído y tomó aire con profundidad.
-Sabe algo -la escuchó carraspear con una voz de inframundo, casi en un susurro pero que le erizó la piel por completo. -Permite que Katniss ponga un pié en mi casa y la haré sufrir todo lo que se merece por haberme robado a Peeta.
-¡Maldita! -exclamó apartándola de él con brusquedad. Un murmullo de censura se alzó ante su actitud.
-Marvel, no actúes así, te lo suplico -continuo la Marquesa con su farsa. -Va en ello la felicidad de estos dos jóvenes -le imploró casi al borde de las lágrimas.
-No os acerquéis a ella -la señaló con un dedo con gesto amenazante.
-Marvel, por favor -intervino Katniss, pero Marvel la hizo callar alzando su mano.
-Os repito lo que ya le dije a vuestro hijo -continuó con firme advertencia. -No oséis acercaros a Katniss o juro que os mato.
-Marvel, estás loco -le reprochaba su hermana.
-Tú no lo entiendes, Katniss ¡Vosotros no entendéis! -clamó ante todos los asistentes que le lanzaban miradas acusadoras, entre ellos el Capitán James. -¿Pero no sabéis quién es este monstruo? Asesinó a los padres de la Marquesa Glimmer, intentó matar a la madre de Katniss y ahora intenta matarla a ella.
Todos lo observaban como si hubiera perdido el juicio, mientras Enobaria sollozaba contra su pañuelo. Excelente actuación la de la Marquesa, pensó Marvel. Pero no se saldría con la suya.
-Mis disculpas, Delly. Nos retiramos.
Ni siquiera esperó su respuesta, la muchacha titubeaba azorada ante la situación.
-Vámonos -extendió la mano hacia su hermana, quien negaba con la cabeza sin entender nada. -¡He dicho que vamos!
Finalmente tomó su mano y notó como su hermano tironeaba con fuerza llevándosela de allí, como alma que lleva el diablo.
Clove con semblante avergonzado, se inclinó despidiéndose de Delly para seguir a su marido, no sin antes lanzarle una disimulada sonrisa de complacencia a la Marquesa quien disfrutaba, hundiéndose de nuevo en el dolor de su pañuelo, del sabor del triunfo.
Continura...
