Me hechizó con el brillo de sus ojos,

Me encadenó con sus suaves cabellos,

El delicado arco de sus brazos es mi dulce prisión.

CAPÍTULO 15

Enobaria Mellark no podía dejar de sonreír satisfecha mientras su sirviente, Beetee la ayudaba a recostarse en la cama. Marvel había resultado un pelele, una simple marioneta cuyos hilos ella había manejado con maestría, de modo infalible entre sus manos. No sólo había conseguido separar a su hijo de aquella maldita entrometida sino que había dejado a aquel conde bastardo en evidencia delante de la alta alcurnia piamontesa.

Dejó escapar una leve carcajada movida por el supremo gozo que sentía, pero escuchó pasos apresurados aproximarse a sus aposentos, sin duda su hijo con Haymitch. Tuvo que morderse el interior de la mejilla para que esa punzada de dolor arremetiese contra su alegría, esbozando en su lugar una bien fingida mueca de aflicción.

-Madre, ¿cómo os encontráis? -se apresuró a tomarle una de sus manos.

-Permitidme, Señora Marquesa -le pidió Haymitch, que comenzó a auscultarle, comprobando el ritmo de su corazón y su respiración.

Parpadeó varias veces con extrañeza y volvió a concentrarse en los sonidos de su pecho. Sí, era claro que la Marquesa se hallaba un poco agitada, pero no había nada que indicase que tuviera una crisis o la hubiera padecido en las últimas horas.

-Señora Marquesa... -la miró Haymitch con cierto recelo.

-No puedo engañarte, ¿verdad? -replicó ella con un deje de culpabilidad en su voz.

-Madre... -Peeta observaba alternativamente a Haymitch y a su madre sin comprender, reclamando con su expresión contrariada una explicación.

-Estoy perfectamente, hijo -admitió avergonzada, apretando levemente su mano. -Siento mucho haberte alarmado así.

-¿Qué significa esto, madre? -inquirió molesto.

-Necesitaba una excusa para poder encontrarme a solas con Marvel Everdeen, por eso ideé todo esto, a tus espaldas -le explicó.

Peeta soltó su mano y se alejó de la cama.

-¿Por qué habéis hecho esa locura? -la acusó duramente. -Si no os importa vuestra salud, a mí sí.

-Para mí tú eres lo más importante, hijo -declaró con sentido pesar. -Poner en riesgo mi salud bien lo vale si con eso consigo darte la felicidad.

-Pero madre...

Peeta no pudo evitar sentirse culpable. A pesar de todo, su gesto imprudente e irresponsable, se debía a su amor por él.

-Imagino que ya sabrás que hablé con Katniss el otro día -aventuró, a lo que Peeta respondió asintiendo. -Es encantadora, hijo y te ama, tanto o más que tú a ella.

El rostro endurecido de Peeta se enterneció a causa de sus palabras y volvió a tomar su mano, sentándose frente a ella.

-¿Eso creéis? -su voz bien reflejaba la emoción que sentía con aquello.

-Nada me alegraría más que pudieras unir tu vida a la suya y llenarais este frío palacio de amor y risas de niños -le sonrió apacible. -Por eso he ido a hablar con su hermano, para reconciliarme con él.

De repente, el rostro de la marquesa se constriñó por el pesar.

-Hijo, le he pedido que dejara de lado su rencor. Se lo he rogado en nombre de vuestro amor, pero ha sido inútil -Enobaria guardó silencio, durante un dramático segundo. -Ha amenazado con matarme, Peeta. Nos odia y no permitirá nunca que te cases con su hermana. Nunca.

Peeta se levantó de la cama, dándole la espalda a su madre. Se pasó una mano por el cabello con nerviosismo e impotencia. Marvel Everdeen...

-Lo siento -sollozó ella hundiendo su rostro en su pañuelo. -Te he fallado, hijo mío.

-No, madre -se volteó para encararla. -Habéis hecho más de lo que estaba en vuestra mano. Vos debíais permanecer en la cama y reposar.

-Haría cualquier cosa por ti, Peeta, cualquier cosa -extendió sus manos reclamándolo.

Peeta se acercó a ella y besó su frente.

-Ahora debéis descansar -le pidió Haymitch. -Será mejor que nos retiremos todos.

Peeta fue el último en dejar la habitación. Antes de hacerlo se volvió para mirar a su madre, quien lo observaba con rostro compungido.

-Lo he hecho por ti -musitó ella, al quedarse a solas. -Es por tu bien, hijo. Katniss Everdeen no puede volver a pisar el umbral de esta casa.

Katniss deambulaba nerviosamente por su habitación, retorciendo su pañuelo entre sus manos. Marvel se había excedido en su proceder. La Marquesa Mellark sólo había tratado de establecer un poco de paz entre las dos familias, la suficiente para que Peeta y ella pudieran estar juntos y su hermano, no solo había despreciado su gesto, sino que la había avergonzado públicamente.

Se acercó a la puerta y agitó el pomo inútilmente. Cerrada. Necesitaba hablar con Peeta. Ahora ya no era que no contaran con la bendición de Marvel sino que había ofendido a su madre frente a todos y, tal vez, eso haría que Peeta no quisiera volver a verla.

No, Peeta no podía culparla por ello, igual que ella nunca lo había culpado a él por el pasado de Enobaria. Pero aun así, debía hablar con él. Ahora más que nunca necesitaba escuchar su voz diciéndole que todo iba a salir bien.

Se sobresaltó al oír el sonido de una llave en la cerradura y vio entrar a Annie.

-Condesita, os he traído algo caliente -colocó una bandeja encima de la cómoda.

De pronto, Katniss tomó su capa y se apresuró hacia la puerta.

-¡No, Condesa! -exclamó Annie.

-Debo ir, Annie. Tú más que nadie deberías entenderme.

-Pero vuestro hermano se pondrá furioso y me hará azotar -negó ella con la cabeza.

-Sabes que eso no sucedería jamás -le hizo un mohín. -Yo me haré responsable de todo -tomó las manos de la doncella, con gesto suplicante. -Por favor...

La muchacha no respondió, sólo asintió y Katniss escapó tras la puerta.

Cuando Katniss se encontró en los jardines del Palacio Mellark con Haymitch, respiró con cierto alivio. Con seguridad, lo sucedido aquella noche había trascendido hasta el interior de los muros de aquel palacio, y temía encontrarse con algún criado que le negase la entrada o le negase a Peeta. Pero con Haymitch... tal vez él pudiera comprender y ayudarla.

-¿Qué haces aquí, muchacha, y a estas horas de la noche? -le había sermoneado él al verla.

-Por favor, Haymitch, tengo que ver a Peeta -le pidió. -Mi hermano...

-Por lo poco que sé de él parece un joven bastante obcecado e intransigente -atajó él.

-En cierto modo es comprensible después de lo que Enobaria Mellark le hizo a nuestra familia -le excusó.

¿Lo que le hizo a vuestra familia?–reflexionó Haymitch, ceñudo.

-En cualquier caso eso queda al margen de Peeta y de mí, Haymitch -continuó Katniss. -Necesito verle y explicarle. Por favor -insistió de nuevo.

-Está bien -accedió finalmente. -Acompáñame y guarda silencio.

Con sigilo, se adentraron en el palacio y atravesaron varios corredores. No era apropiado que una joven hiciese ese tipo de visitas a esas horas, además de que, después de lo sucedido, las cosas entre ellos podrían empeorar.

-Aguarda un segundo -le pidió llegando a una puerta. Golpeó levemente con los nudillos y asomó la cabeza. -¿Estás visible, Peeta? -le escuchó Katniss susurrar. Después sintió como la tomaba del brazo y la hacía entrar en la habitación, cerrando la puerta tras ella, dejándola a solas con un más que sorprendido Peeta.

- Katniss -musitó atónito.

La joven lo observó con temor, tratando de averiguar que había tras el azul de su mirada, sin atreverse siquiera a hablar por miedo a su reproche. Pero Peeta tampoco articuló palabra. Caminó hacia ella con premura y la rodeó entre sus brazos, tomando sus labios en un beso lleno de urgencia y necesidad.

-Sé que no debería haber venido pero tenía que verte -se excusó ella con la respiración entrecortada por aquella pasión arrebatadora.

-No sabes cuánto me alegra que lo hayas hecho -susurró sobre sus labios para volver a asaltarlos. Había temido que la negativa de Marvel la hiciera renunciar a su amor y volver a estrecharla entre sus brazos era algo que creía que no volvería a hacer en mucho tiempo.

-Mi hermano...

-No quiero hablar de tu hermano ahora, Katniss -la acalló sin liberar su boca, aprisionándola una y otra vez con la suya, tratando de borrar todo lo que existía fuera de aquella habitación, sin que importara nada más que ellos.

Katniss también dejó de luchar. Lo que menos falta le hacía era discutir sobre Marvel o Enobaria Mellark. Si podía sentir los brazos de Peeta aferrándola con fuerza y sus besos devastadores borrando las palabras y los pensamientos ahora superfluos e inútiles, todo lo demás podía esperar, incluso desaparecer.

Se asió a su cuello y sus labios como un náufrago se afianza a un tronco a la deriva, turbada por aquel calor que irradiaban sus dedos a través del tejido de su vestido y que ya se había tornado en fuego abrasador bajo la exigencia de su boca. Notó la suave caricia de su lengua sobre sus labios como demanda y, tal como hiciera en el arroyo, Katniss entreabrió los suyos permitiéndole el acceso, invadiendo su aliento y estremeciéndose ante el gemido de Peeta al hacerlo. El deseo en él empezaba a oprimirle las entrañas, contagiado por la exquisitez de su boca, su dulzor intoxicante y su tacto terso y cálido y temió no ser capaz de controlarse como aquella vez.

Se separó de sus labios lo justo para ver sus ojos. El gris de sus ojos se había oscurecido, tornándose casi negro debido a la pasión. Deslizó sus manos desde su estrecha cintura por su espalda, hasta sus hombros, recorriendo con la punta de sus dedos la puntilla que adornaba el escote de su vestido hasta el centro de su pecho. Sintió con cada uno de sus roces como el cuerpo de Katniss le susurraba, cantaba con cada leve presión sobre su piel. Colocó sus manos sobre el nacimiento de sus pechos, que subían y bajaban reflejando su errática respiración y el fuerte palpitar de su corazón golpeó contra sus palmas.

Consumió la distancia que la separaba de su boca y la besó, dominando sus arrebatados deseos y depositando en sus labios toda la dulzura que ella era capaz de provocar en él mientras sus dedos temblorosos comenzaban a deshacer con lentitud los broches delanteros de su corpiño, dándole todo el tiempo del mundo para detenerlo. Más ella no lo hizo. A pesar de su nerviosismo, del fulgor que subía a sus mejillas fruto del pudor y de saber que podría suceder después, lo único que pudo hacer fue aferrar sus manos a su casaca y dejarse llevar por aquel anhelo que le hacía desear sentir la piel de Peeta sobre la suya y no a través de aquel vestido del que Peeta la liberaba poco a poco. Notó como deslizaba la prenda por sus brazos y hundía su boca en su cuello, lanzando deliciosos escalofríos a través de su espalda mientras escuchaba caer la tela de su falda a sus pies.

La tomó de la cintura con ambas manos y la hizo caminar hacia la cama, sus ojos fijos en los de ella, lanzando por última vez al detenerse aquella pregunta silenciosa y que Katniss respondió alzando sus dedos hasta el pañuelo de su cuello, desatándolo, con mayor torpeza de la que ella hubiera deseado. Pero Peeta aguardó paciente, no sólo a que se deshiciera del pañuelo sino de la casaca y de aquella molesta camisa que le impedían gozar de la calidez de su pálida piel. Disfrutó cada uno de los movimientos de sus finos dedos, reprimiendo los deseos de arrancar sus ropas y sentirla de una vez. Notó el temblor de sus manos al desabrocharle el pantalón y acudió en su ayuda para despojarlo de las botas, quedando ya ambos cubiertos únicamente por la ropa interior.

El nerviosismo en Katniss era más que latente. La abrazó contagiándole su calor y la besó con dulzura. No había nada que temer y ella lo supo dejándose embriagar de nuevo por el elixir de sus labios. La sentó en la cama, haciendo él lo mismo a su lado y le alzó los brazos, indicándole con un gesto que los mantuviera ahí, mientras él tomaba su camisola de lino desde su borde inferior y la elevaba por encima de su cabeza, librándose así de la única prenda que cubría la parte superior de su cuerpo. Se inclinó sobre sus labios y los besó mientras sus manos comenzaban a recorrer su piel, imposible de refrenar su deseo. Sus pechos redondeados se estremecieron con el tacto de sus dedos y Katniss se aferró a su cabello sintiéndose desfallecer cuando sus pulgares acariciaron sus cimas hasta endurecerlas.

Peeta la tumbó acomodándola en la cama y su boca retomó la labor que ejercían hasta entonces sus dedos, sintiendo en su lengua una de sus sonrosadas cúspides. Su sensible piel era exquisita, como toda ella y su dulzor era aún más embriagador de lo que imaginaba pero, lo que lo enervaba sin remisión era la respuesta de Katniss, que se arqueaba contra él abandonada a sus caricias.

Sin separarse de su pecho, comenzó a desanudar su pantoleta y, sin dudarlo, Bella alzó sus caderas para facilitarle su misión y despojarla de la prenda, exponiendo así toda su desnudez. Mas no pudo evitar sonrojarse profundamente cuando Peeta cesó sus caricias separándose de ella y poder entonces observarla. Cerró los ojos con fuerza mordiendo su labio inferior y giró la cara, avergonzada.

-Mírame, Katniss -escuchó a Peeta pedirle tomando su mejilla.

Obedeció, aun reticente y cuando abrió los ojos se encontró con los de Peeta que refulgían con una pasión cegadora.

-¿Te avergüenzas de ser hermosa y perfecta? -susurró con aquella voz suya aterciopelada y que la hizo temblar de pies a cabeza.

La besó con fervor rodeándola con sus brazos, sintiendo sobre su piel desnuda la de Peeta, tan cálida, tan esperada. Sus labios abandonaron los suyos viajando hasta su cuello y desde ahí al valle de sus senos, volviendo a tomar uno en su boca, sintiendo Katniss de nuevo aquel ardor que se comprimía en su vientre. Hasta allí notó descender una de sus manos alcanzando con suma suavidad el centro de su feminidad. Si Bella había sentido ardor hasta hacía un momento, aquel fuego que la asaltaba en ese instante amenazaba con derretir todos sus huesos. Peeta hundió sus dedos entre los pliegues de su carne y la escuchó gemir su nombre cuando sus yemas alcanzaron su palpitante brote, acariciándolo.

Peeta iba a estallar de deseo con la apasionada respuesta de Katniss. Alejó durante un momento sus labios y sus manos de ella para librarse de su ropa interior, instantes que utilizó para recuperar el aliento y un ápice de sosiego. No podía perder el control que tanto le estaba costando dominar. Sabía que el dolor era inevitable pero debería ser el menor posible.

Se posicionó sobre ella y la besó con dulzura. Sólo una vez más, el último intento. Si Katniss le pedía que se detuviera, lo haría.

-Katniss -comenzó a decirle.

-No te detengas ahora, Peeta -le susurró, siendo ella la que esta vez tomó sus labios. Y Peeta fue quien se estremeció ahora de la cabeza a los pies.

Se colocó en su entrada y poco a poco fue recorriendo su interior. Aún no traspasaba su barrera pero se detuvo, esperando que el cuerpo de Katniss fuera acostumbrándose a su invasión y que a ella le resultaba más que placentera. Se separó de sus labios y lo miró, anhelante, deseosa de sentirse suya y sentirlo a él, por entero. Desplazó levemente las caderas hacia él y Peeta comprendió las señales que le mandaba su cuerpo. Con un movimiento suave, aunque decidido se hundió en ella, tomándola por completo y recibiéndolo ella sin nada que se interpusiera ya entre ellos. Notó como el dolor la hacía tensarse y besó sus labios colmándola de ternura y caricias, hasta que sus músculos se relajaron. Quiso asegurarse de que el dolor había desaparecido del todo moviéndose lentamente dentro de ella y aquella leve fricción los hizo gemir a ambos.

A partir de ese momento, perdieron la noción de todo, el universo dejó hasta de existir. Sólo quedaban ellos dos y la armonía con la que se habían conjugado sus cuerpos formando un todo, como una única esencia que ligaba su sangre, su mente, su corazón, su amor y su alma. Peeta recorría su interior una y otra vez mientras Katniss lo aceptaba entregándose a aquella sensación en que los sumía su unión y que los hacía desear sumergirse por siempre en aquellas aguas cálidas y profundas que los rodeaban. Cuanto más se hundían, más deseaban perderse uno en el otro, a pesar de sentir con cada segundo que aquello los oprimía más y más.

Katniss creyó que no lo resistiría por más tiempo. Apretó los dedos contra la espalda de Peeta con fuerza, sofocada, acunando sus caderas hacia las de Peeta en busca de la liberación que su cuerpo parecía exigirle y que pareciera que no conseguiría jamás.

- Peeta -jadeó Katniss sin saber muy bien que le estaba pidiendo.

Mas Peeta comprendió, como no hacerlo si estaba tan ligado a ella que podía escuchar hasta sus pensamientos. Acercó sus labios a su oído a la vez que hacía descender una de sus manos entre sus cuerpos.

-Déjate llevar -le susurró con voz incendiada mientras sus dedos comenzaban a acariciar su centro, quebrando así aquellas cadenas y produciendo que aquel mar que los absorbía se alzara violento, rompiendo como las olas en una tempestad contra las rocas. Peeta sintió el impetuoso clímax de Katniss palpitando a su alrededor lanzándolo hacia el poderoso torbellino en que se tornó el suyo, convirtiéndose sus nombres en sendos gemidos en sus bocas.

Aguardaron a que las oleadas de su éxtasis los abandonaran uno en brazos del otro, sus respiraciones desbocadas al igual que sus corazones. Cuando Peeta pudo controlar sus músculos, salió de ella muy despacio y su ausencia se reflejó en un dolor casi físico en los de Katniss. Rodó sobre su espalda y la posicionó sobre él, sintiendo su aliento aún agitado en su pecho.

-Te amo -dijo Peeta, más para él que para ella.

-Y yo a ti -le respondió tomando aire y suspirando temblorosa.

Peeta cogió una manta terciada a los pies de la cama y los cubrió con ella, acariciando la espalda de Katniss quien ronroneo reconfortada contra su pecho. Su respiración no tardó en acompasarse y la sensación de tener a Katniss durmiendo en sus brazos lo colmó de dicha. Había tanto que decirle, más ya habría tiempo mañana. Ahora sólo quería disfrutar de aquel calor de su aliento y su piel que lo llenaba de vida. Pronto se unió al sueño de ella, donde todo era posible, incluso su amor.

* ~ § ~ *

Marvel despertó lleno de desasosiego. Lo sucedido la noche anterior lo había conducido a una agitada duermevela que lo agotó y lo primero que ahora ocupaba su mente al amanecer fue aquel grotesco susurró con el que Enobaria Mellark lo amenazara horas antes. Katniss no podía acercarse ni a Peeta ni a aquel palacio. Corría peligro si caía en manos de aquella maldita y tramposa mujer. Él había sido un iluso y un ingenuo al bajar por un momento la guardia ante sus lastimeras palabras y su quejumbrosa dolencia. Y así como lo había engañado a él, los había engañado a todos. Pero Marvel no permitiría que dañase a Katniss y si debía prohibirle que viera a Peeta lo haría, aun con todo el pesar de su corazón y sabiéndose asesino de la felicidad de su hermana, mas, puestos a elegir, su felicidad no era más valiosa que su vida.

Decidido a enfrentar los hechos con Katniss, fue hasta su habitación, para encontrar a una inquieta Annie sentada en un butacón.

-¿Qué haces tú aquí?-inquirió Marvel. -¿Y dónde está Katniss? -indagó cada vez más molesto.

-Señor Conde, yo... -titubeaba la doncella, nerviosa.

-Ha ido a ver a Peeta ¿verdad? -farfulló entre dientes iracundo.

-Lo siento -comenzó a sollozar Annie.

-Ya hablaremos luego -alzó un dedo amenazante.

A toda prisa ensilló su caballo y se dirigió al Palacio Mellark. Aquella malvada mujer no lanzaba amenazas gratuitas al aire... Katniss estaba en peligro... mortal.

Quien también se había despertado, pero con unos ánimos y energías renovadas fue Enobaria Mellark. Caminaba lentamente apoyada en su bastón por uno de los corredores del palacio. Una sonrisa se dibujaba en sus labios con sólo pensar lo acontecido el día anterior. Únicamente restaba dar un paso más, convencer a Peeta de abandonar Italia para volver a Francia y, con la negativa pública de Marvel en lo que a su relación con Katniss se refería, no sería muy difícil.

Tan ensimismada estaba en sus pensamientos que ni siquiera llamó a la puerta cuando llegó a la habitación de su hijo. Abrió sin más, y, al hacerlo, sintió que la sangre se helaba en sus venas de forma dolorosa al ver la asoladora imagen que tenía frente a sus ojos. Peeta yacía en su cama, dormido, con aquella ramera descansando plácidamente sobre su pecho y, aunque estaban cubiertos por una manta, quedaba más que patente que ambos estaban desnudos.

-Esa maldita zorra -masculló por lo bajo tras cerrar lentamente la puerta y volver a encaminarse hacia su habitación. -¡Maldita seas por siempre! -blasfemó contra el espejo de su cómoda con la respiración entrecortada y los ojos inyectados en sangre por la furia.

Abrió un cajón y tomando unos pliegos de papel, se sentó y comenzó a escribir.

Mi adorado Peeta,

Eres lo que más amo en esta vida, más cualquier otra cosa en el mundo

Y muy a mi pesar, para cuando leas estas palabras mías ya te habré perdido para siempre.

Sin embargo, también te habré salvado del más terrible error que podrías cometer en tu vida

Al casarte con Katniss Everdeen. Es la única cosa que ya puedo hacer por ti.

Jamás podría permitir que la sangre de los Mellark se mezclara con la de esa maldita familia.

Jamás habría permitido que tú te casaras con la hija de Portia, la mujer que más he odiado y,

Que a través de ese matrimonio habría obtenido su victoria desde su tumba.

Deberá pasar por encima de la mía antes de conseguirlo.

He probado todos los medios, he hecho todo lo que está en mi mano,

Pero ella está ahora contigo en tu habitación, en tu lecho

Y no me dejas más opción.

Yo, Enobaria Mellark

Mato a Katniss Everdeen por ti, hijo mío

Para liberarte de la maldición

De su familia y su sangre para siempre.

* ~ § ~ *

La tibieza del amanecer le hizo despertarse, únicamente para percatarse de otra calidez mucho más vigorizante y exquisita, la de la piel de Katniss sobre su piel. Aun a riesgo de despertarla acarició levemente su mejilla que se mostraba sonrosada ante el calor de los rayos de sol, pero es que era imposible reprimir sus deseos de tocarla y más después de haberla sentido tan dentro de él.

Como era de esperarse, Katniss no tardó en removerse sobre él.

-Buenos días, Señora Mellark -le sonrió Peeta al posar ella sus ojos en los suyos.

-¿Y dónde quedó mi apellido en todo esto? -bromeó ella aún un poco somnolienta.

Peeta rodó sobre ella colocándose encima, atrapando sus labios con los suyos con ardor.

-Eres mi mujer, Katniss -le susurró con esa misma pasión. -Y pronto serás mi esposa, así que ve acostumbrándote a ese sonido -la volvió a besar, rubricando aquella aseveración como una firme sentencia.

-Si eso fuera posible -musitó ella con pesar al separarse de sus labios.

- Katniss, tú me amas y yo te amo. Dime ¿qué más necesitas? -le preguntó Peeta ahora con seriedad.

-Sabes bien que no necesito más teniéndote a ti -repuso ella no sin cierta extrañeza.

-Y tú sabes que no puedo vivir sin ti ¿verdad? -su voz se tornó suplicante.

-Yo sin ti tampoco -admitió ella sonriente.

-Entonces, cásate conmigo -le dijo repentinamente. -Ahora.

-¿Ahora? –titubeó Katniss sin terminar de creerse lo que estaba proponiéndole.

-Iré a buscar a un sacerdote -se levantó de súbito de la cama.

-Pero Peeta-lo detuvo Katniss riendo poniéndose ya él la camisa como estaba.

-¿Es que no lo deseas? -se llenó su expresión de desilusión.

-Lo deseo más que nada en el mundo -tomó su rostro entre sus manos.

-Cuando esta noche te haga mía, lo haré siendo tú mi esposa -rodeó su cintura con sus dedos y la atrajo hasta sus labios deleitándose en el tacto y la dulzura de su piel. -¿Te gustaría despedir a tu prometido desde la puerta? -preguntó en tono divertido.

Katniss asintió, sonrojándose ante la idea de aquel matrimonio furtivo y se separó de él para buscar sus ropas, mientras Peeta sonreía sin poder reprimir su dicha.

Tomados de la cintura se encaminaron hacia la entrada principal y allí Peeta se detuvo para besar a Katniss una vez más.

Enobaria Mellark no podía creer su buena suerte. Había deseado que a lo largo del día se diera algún momento en que pudiera disfrutar de un momento a solas con aquella maldita y ahora, escondida en el piso superior tras una columna de la amplia escalinata, observaba la idílica y repugnante escena.

-Aguarda aquí mi regreso -le decía su hijo -no te vayas a escapar.

Y tanto que aguardará pensó Enobaria.

Escuchó la puerta cerrarse y los pasos de Katniss adentrándose en la antesala.

-¿Katniss? -la llamó Enobaria desde lo alto de la escalinata. -¿Eres tú?

-Señora Marquesa -le sonrió ella ampliamente, subiendo a su encuentro. -Antes que nada -empezó a decirle cuando la alcanzó -quería disculparme por la actitud de mi hermano y expresaros mi inmensa gratitud por lo que habéis hecho. Ha sido verdaderamente un gesto muy noble por vuestra parte.

La sonrisa de Katniss se diluyó cuando las desagradables risotadas de Enobaria resonaron en la estancia.

-Un gesto noble dices -se mofó de ella. -Muchacha ignorante -le miró ahora con desprecio. -¿De verdad pensabas que podrías quedarte con mi Peeta?

-¿Qué? - Katniss se mostró atónita. -¿A qué os referís?

-¡Tú lo creías de verdad, niñita arrogante! -exclamó lanzando otra carcajada. -Tú, maldita, escúchame bien. La hija de Portia Everdeen jamás tendrá a mi hijo. ¡Jamás!

Y de repente, como salida de la nada, Enobaria Mellark alzó su mano sobre Bella empuñando una brillante y mortífera daga entre sus huesudos dedos.

Sin saber muy bien de dónde sacó Katniss sus fuerzas, tomó su brazo mientras aquella mujer forcejeaba por deshacerse de su agarre y hundir aquel filo en su carne.

-¡Marquesa! -le gritaba ella tratando que recuperara la cordura, pero cada vez era más fuerte su afán por matarla y aquello parecía alimentar sus energías, haciéndole a Katniss que le resultara con cada segundo, más difícil impedir su ataque. Tomó su otra mano para tratar de quitársela de encima y lo único que consiguió con aquel movimiento fue sentir la balaustrada de mármol en su espalda y la hoja de cuchillo aún más cerca de su cara.

En último esfuerzo, y sin saber muy bien si aquello serviría para algo, consiguió alejarse de la baranda siendo Enobaria la que se apoyó en ella. Aprovechando aquel contacto, se dio impulso acercándose más a Katniss y liberando su brazo de su mano, consiguiendo elevar aún más el cuchillo, lista para asestarle aquel golpe mortal, cuando un disparo resonó en la sala.

Los ojos de Enobaria Mellark se separaron de la mirada aterrada de Katniss para girarse y posarse en la de Marvel Everdeen, que la observaba desde abajo con el rostro crispado, cargando en su mano la aún humeante pistola.

Herida de muerte y escupiendo coágulos de sangre por la boca, Enobaria maldijo para sus adentros el día que su vida se cruzó con la de Plutarch Everdeen. Quiso lanzar otra blasfemia contra sus dos hijos, que ahora la llevaban a la muerte, pero sólo pudo llevarse con ella la maldita certeza de que finalmente la habían vencido. Por primera vez desde que nació, rogó a Dios, ya no por su vida, sino por su muerte, por que fuera lo que provocara que su amado hijo jamás se uniera a esa mujer cuya sangre odiaba. Aquella plegaria se llevó su último hálito de vida y se desplomó al vacío, cayendo a los pies de Marvel, quien se derrumbó en el suelo ante aquel final.

Agarrada de la balaustrada, Katniss fue descendiendo hasta llegar hasta su hermano, arrodillada, hundiendo su cabeza en su pecho y sumida en el llanto.

-Todo ha terminado -susurró Marvel con un hilo de voz, sus nervios aún a flor de piel. -Debemos irnos.

No recibió respuesta por parte de su hermana, sólo la negación que le indicaba el movimiento de su cabeza.

- Katniss tenemos que irnos de aquí -la sacudió creyéndola en estado catatónico por lo sucedido.

-Tengo que esperarle -murmuró entonces.

- Katniss, no puedes quedarte aquí -insistió Marvel elevando el tono de su voz.

-No, tengo que esperar a Peeta -repitió con la mirada ausente.

-¿Es que no te das cuenta de que acabo de salvarte la vida, que Enobaria quería matarte? -la sacudió por los brazos. -Al igual que hizo con los padres de Glimmer, al igual que intentó matar a tu madre, a nuestra madre.

-Pero Peeta...

-¡Peeta es un Mellark! -le gritó exasperado.

-¡Yo lo amo, Marvel! -replicó ella entre sollozos. -Ha salido a buscar a un sacerdote. Íbamos a casarnos.

-Tú has perdido el juicio -masculló comenzando a arrastrarla hasta la salida. -Vayámonos de aquí -le ordenó.

-¡No! -se zafó ella de su agarre con brusquedad.

-Te lo ruego, Katniss, vayámonos de aquí.

-¡No, Marvel! -negó categóricamente con la cabeza.

-Te has vuelto loca, Katniss -espetó Marvel con dureza. -Pero si esto es lo que deseas no seré yo quien te detenga. Ya no más -concluyó él dándola por perdida y dedicándole una última mirada llena de desaprobación y lástima, se marchó de allí.

Su hermano no había terminado de desaparecer por la puerta cuando los gritos de Beetee la sobresaltaron.

-¡Maldita! -voceaba -¡Malditos todos los Everdeen!

Haymitch que seguía tras sus pasos se detuvo en seco al ver el cuerpo de Enobaria. Se arrodilló frente a ella para tomarle el pulso, aun sabiendo que era inútil, tras lo que cerró sus ojos carentes de vida.

Fue en ese momento cuando Peeta cruzó el umbral de la puerta acompañado de un párroco.

-¿Qué ha sucedido? -se arrodilló también al lado del cuerpo de su madre con ojos desorbitados.

-¡Ha sido él, Marvel Everdeen! -recitaba Joseph sin descanso con voz desgarrada -¡Ha sido él! ¡La ha matado! ¡Le ha disparado, Joven Señor!

Tomando aliento con cada pálpito de su corazón, como si aquello resultase la labor más ardua que el destino jamás le hubiera impuesto, Peeta alargó su mano hasta los labios de su madre por donde aún fluía su sangre cálida. Su rostro constreñido y crispado por el dolor de tener frente a él el cuerpo sin vida de su madre quedó fijo en aquella sangre que teñía de escarlata su mano y su visión.

Con aquella furia contenida y enrojecidos por la ira desvió sus ojos hacia Katniss quien viéndolo así, jamás habría podido afirmar que aquel hombre que la observaba con tanto odio era el hombre que amaba. Sintiendo sobre ella todo aquel desprecio, como si ella fuera una completa desconocida y una total aberración, Katniss deseó ser ella quien yaciese sin vida en el regazo de Peeta y no Enobaria Mellark. Tal vez así no sentiría aquel frío de muerte en su corazón.

Wow creo que me he tardado mucho tiempo en actualizar esta historia, quiero aclarar que no la he abandonado y que voy a continuar no me gusta dejar las cosas inconclusas aunque a veces tarde un poco, además de que ninguna excusa es válida para decir lo mucho que siento haberos hecho esperar. Espero me perdonéis (algún día) y que el capítulo les haya gustado. Sin más rodeos…

Al parecer este fue el primer encuentro de nuestra parejita, ¿era lo que esperabais? Lastimosamente no tuvo un buen final, ya que Enobaria murió a manos de Marvel…

¿Qué creen que va pasar ahora en la relación de Katniss y Peeta? Será que nuestros amados tortolitos podrán superar esta dura prueba. Ustedes que creen hagan me lo saber en sus reviews.

*NOTA: Nuevas actualizaciones Lunes y viernes (claro si nada malo pasa) jejejejeje