CAPÍTULO 16

Marvel se dejó caer pesadamente en el butacón de la biblioteca tras lo que depositó la pistola encima del escritorio. Al hacerlo aún siguió sintiendo el peso del metal sobre su mano, del mismo modo que pesaba la culpabilidad sobre su conciencia. Se abrió los botones del cuello de su camisa con premura, en busca de aliento, todo parecía querer asfixiarle, incluso el propio aire que entraba en sus pulmones. Con movimiento inconsciente dirigió su vista a sus manos; no era visible, ni siquiera se había acercado a tocar el cuerpo sin vida de Enobaria, pero estaban manchadas de sangre, la que él había derramado. Una punzada de temor recorrió su espalda, aunque no supo bien a qué le temía más, si a la justicia divina o a la de los hombres. Había sido en defensa propia, Dios era testigo de ello y de cómo Enobaria alzaba un puñal dispuesta a matar a Katniss. Sin embargo...

Con dedos temblorosos abrió un cajón del buró y sacó unos pliegos de papel, tomando la pluma del tintero, tras lo que comenzó a escribir. No eran necesarias ni las excusas ni la palabrería, únicamente la verdad de lo que había sucedido y unas cuantas líneas de su puño y letra reconociendo su autoría, aunque sin ninguna premeditación ni alevosía, deberían ser suficiente expiación. Eso sí, ni siquiera fue capaz de releerla, rememorar aun sólo en su mente lo ocurrido le producía nauseas, así que la firmó sin más.

-Buenos días, querido -lo interrumpió Clove inmerso en su agonía. -¡Tienes un aspecto terrible! -se alarmó ella ante su palidez. -Es comprensible después de lo ocurrido anoche con la Marquesa Mellark en la fiesta de Delly, pero pareciera que no has dormido.

-Clove...

-No te preocupes -apoyó sus manos en su brazo con gesto conciliador. -Tu hermana terminará por comprender que no puede casarse con Peeta...

-He matado a Enobaria Mellark -atajó bruscamente su verborrea.

-¿Qué? -palideció ahora ella, dirigiéndose su mirada a la pistola que descansaba sobre el escritorio, como prueba testimonial de aquello.

-Debo presentarme ante Seneca -espetó Marvel de repente, tomando el pliego manuscrito y poniéndose en pié.

-¿Cómo? -lo detuvo ella. -¿Has perdido el juicio? Después de lo que me has dicho no puedes hacer eso. ¡Te encarcelarán!

-Fue en legítima defensa -le aclaró. -Enobaria iba a matar a Katniss. Era su vida o la de mi hermana.

-Y ahora vas a poner en juego también la tuya -le reprochó ella.

-¿Y qué debería hacer según tú? -la miró de pies a cabeza con desdén. No esperó su respuesta. Debía llegar cuanto antes al Fuerte San Bartolomeo.

Él mismo volvió a ensillar su caballo y galopó rápidamente hacia el Fuerte. Entrando por el portón que accedía directamente al patio, se encontró con Finnick.

-Conde Everdeen -se cuadró ante él mientras descabalgaba.

-Buenos días, Teniente. Necesito hablar urgentemente con el Capitán Seneca -le indicó con cierta premura.

Finnick le hizo una seña a uno de los soldados para que se encargara de la montura, ofreciéndole entonces Marvel las riendas.

-Acompañadme -le pidió.

Al llegar a su despacho, Finnick le indicó que esperase un momento para anunciarle su visita al Capitán.

-Buenos días, Conde -lo saludó sin ocultar su extrañeza cuando Finnick se hubo retirado. -¿A qué debo el honor de vuestra visita? -le hizo un gesto para que se sentara frente a él.

-Vengo a informaros de que hace unas horas he matado a Enobaria Mellark -declaró con firmeza.

La sorpresa de Seneca se tornó en desconcierto.

-Estaba a punto de apuñalar a Katniss, ha sido en legítima defensa -añadió.

-¿Debo entender que habéis acudido al Palacio Mellark? -quiso saber.

-Sí, Capitán. Al llegar vi a Enobaria empuñando una daga con intención de asesinar a mi hermana -le explicó.

-Decís que la Marquesa blandía un puñal -se palpó la barbilla con aire meditabundo. -¿No pudisteis simplemente arrebatárselo?

-Estaba muy lejos de mí, en lo alto de la escalera. No habría llegado a tiempo de impedirlo. Le habría asestado una puñalada o la habría hecho precipitarse al vacío. Estaban forcejeando.

-Ya veo -se puso en pie mientras lo miraba con cierto recelo. -Conde, me siento en la obligación de recordaros que, anoche mismo, amenazasteis a la Marquesa de muerte, públicamente. Yo estuve presente en tan desafortunado incidente -apuntó con cierta suficiencia. -Y a la mañana siguiente, resulta que habéis cumplido con dicha amenaza. ¿Qué debería creer?

-Mi palabra de honor -repuso Marvel con seguridad. -No ha sido un homicidio premeditado. Mis palabras de anoche fueron producto de un momento de ira, incontrolable e imprevisto -admitió. -Pero yo no soy un asesino.

Seneca le lanzó una sonrisa de fingida empatía.

-Como comprenderéis, deberé iniciar una investigación para contrastar los hechos -le informó. -Aunque hay algo que me gustaría que me aclaraseis en este momento.

-Decidme

-¿Qué hacíais en el Palacio Mellark? -preguntó con suspicacia.

-Fui a buscar a mi hermana.

-¿Y por qué estaba vuestra hermana allí? -el gesto de Seneca se tornó sombrío mientras una sospecha asomaba a su mente.

-Se trata de cuestiones privadas que nada tienen que ver con lo acontecido -espetó molesto. -Tenéis mi palabra de honor de que todo ha sucedido tal y como os he narrado. Aquí os entregó mi declaración manuscrita y firmada -dejó caer sobre la mesa el pliego de papel.

-Sois libre de iros, por el momento -agregó airado al ver que Marvel se levantaba sin que se lo hubiera indicado. -Pero permaneceréis a mi disposición. Aún tendré que hablar con vos sobre este asunto y pronto.

Marvel asintió con seriedad y se retiró. Seneca tomó el pliego y comenzó a leerlo con interés, mientras una leve sonrisa asomaba a sus labios.

~ § ~

Con la ayuda de Haymitch y Beetee, Peeta colocó el cuerpo sin vida de su madre en su lecho. Las lágrimas le nublaban la visión y la rabia la mente. Posó sus dedos sobre su mejilla. Su piel aún estaba tibia. Bien podría estar durmiendo si la sangre que la cubría no diera fe de que eso no era cierto. Apretó su puño reprimiendo un quejido.

-¿Cómo ha podido suceder esto? -masculló con un susurro impregnado de ira.

-Cuando llegué sólo alcancé a ver al Conde Everdeen escapando -alegó Beetee.

-Yo ni siquiera lo vi, así que no sé qué decirte -se lamentó Haymitch.

-Yo te diré lo que sé -lo miró con coraje. -Mi madre tenía razón. La unión entre los Everdeen y los Mellark sólo traerá muerte. La única cosa que tenemos en común Marvel Everdeen y yo en este momento es el odio. Él uno hacia el otro.

-Antes de juzgar deberías averiguar que ha sucedido realmente -le aconsejó Haymitch. -Katniss...

-¡Basta! -exclamó iracundo al escuchar su nombre, dedicándole una mirada llena de furia a su amigo. -Beetee, prepáralo todo. En su muerte, mi madre recibirá los honores que se le negaron en vida -sentenció antes de salir de la recámara.

Al llegar a la antesala que daba a la entrada del palacio, Katniss lo estaba esperando. Caminó hacia él al verlo llegar, pero Peeta se detuvo en seco, alzando su mano para que ella no se acercase. Su mirada gélida la recorrió estremeciéndola de pies a cabeza, desconocía aquellos ojos que la miraban con tanta dureza y frialdad.

- Peeta...

El joven sacudió la cabeza negando.

-Pero debo explicarte...

-Y yo no quiero escucharte -espetó con desprecio. -Vamos.

Katniss no pudo hacer más que dejarse guiar. Ni siquiera se atrevió a hablarle de nuevo. Peeta cabalgó delante de ella, en silencio y ni una sola vez le dirigió una mirada; sólo sabía que lo seguía por el sonido de los cascos de su caballo. Su corazón se encogía cada vez más, cuanto más cerca estaban de Vilastagno, desesperándole su negativa de querer escucharla. Aunque, bien pensado ¿contarle que su madre había intentado matarla haría cambiar la situación? Si aun conociendo ella sus crímenes pasados le costaba creer lo sucedido, ¿cómo iba a creerlo él, quien siempre había considerado que el rencor de Marvel era infundado? El amor que había sentido por su madre debía rozar la adoración para haber justificado una naturaleza como la suya, pero, aun así, al menos debería oír de sus labios lo que había ocurrido. ¿Era más fácil pensar que su hermano la había matado sin justificación alguna?

Sus esperanzas también murieron al llegar a la puerta de la finca. En cuanto se aseguró de que ella había cruzado la verja, hizo dar media vuelta a su caballo y salió al galope. Katniss lo vio alejarse derrotada y dirigió su montura hacia el palacio, cabizbaja.

La recibieron Annie y Cinna, quien la ayudó a desmontar. Annie la acompañaba hacia su recámara cuando se encontraron en el corredor a Clove, que caminaba hacia ellas.

-Buenos días, Katniss -la saludó mordaz haciendo que se detuviesen. -Aunque en realidad no son tan buenos ¿verdad? -la miró con desdén. -Estarás satisfecha. Tu escapada de anoche ha dado sus frutos.

-Clove, estoy cansada -retomó el camino a su habitación, aunque Clove la tomó con brusquedad del brazo impidiéndoselo.

-Todos estamos cansados, querida. De ti y de tus estupideces -espetó. -Se te ha pedido miles de veces que seas prudente, pero la pequeña Everdeen tiene que hacer su santa voluntad.

Katniss se zafó de su agarre con un firme tirón y continuó caminando.

-¿No te importa haber hecho de tu hermano un asesino? ¡Ha ido a confesar su crimen a Seneca, arriesgándose a que lo encarcelen! -exclamaba Clove con impotencia viéndola alejarse. -¡Y todo es culpa tuya! ¡Culpa tuya!

Al llegar a su habitación, Katniss se derrumbó sobre la cama, rompiendo a llorar, exteriorizando por fin su propia agonía. Annie se sentó junto a ella y comenzó a acariciar su cabello, consolándola.

-Creí que iba a matarme -la escuchó sollozar. -Si no hubiera sido porque llegó Marvel...

De súbito se sentó en el lecho.

-Marvel ha hecho bien en ir a hablar con Seneca -se dijo en un intento de auto convencerse. -Así su inocencia será reconocida ¿verdad? Y Peeta... Peeta tiene que comprender.

-Claro que sí, Condesita -la alentó Annie. -Su dolor está aún muy vivo pero, con el tiempo...

En ese instante Marvel abrió la puerta irrumpiendo en la estancia y Katniss se irguió dando un respingo, corriendo hacia los brazos de su hermano.

-¿Que ha pasado? -quiso saber ella.

-Ahora todo depende de Seneca -respondió besando su frente mientras un escalofrío cruzaba su espalda como un mal augurio.

~ § ~

Joseph observaba el retrato de Enobaria que pendía de uno de los muros de la biblioteca. Alzó una de sus manos, haciendo resbalar sus dedos con delicadeza por el lienzo, mientras con la otra sostenía la daga que había pertenecido a su patrona. Nadie la hallaría jamás, se dijo ocultándola en su pantalón mientras con paso abatido recorría la estancia. Todo se veía con otra perspectiva ante la certeza de su ausencia, vacía e inerte. Se dirigió hacia el escritorio y fue cuando vislumbró un pliego de papel lacrado.

A mi querido hijo Peeta -rezaba la misiva.

Con dedos temblorosos, consciente de estar profanando el recuerdo de su patrona lo tomó dispuesto a leerla, mas ese remordimiento pronto se tornó en satisfacción al saber su contenido. Un suspiro de alivio acudió a su pecho mientras guardaba la carta en el interior de su casaca. Las únicas armas que podrían probar la culpabilidad de la Marquesa estaban en su poder y nadie podría manchar su memoria mientras él estuviera vivo, bien se encargaría él de eso.

-¿Beetee? -se recompuso al oír la voz de Haymitch acercándose a la entrada de la biblioteca. -Peeta ya ha vuelto -le informó en cuanto entró. -El pobre está destruido.

-Y pobre de mi señora -se lamentó el sirviente. -Asesinada por alguien cuya familia no ha mostrado por ella nada más que odio; asesinada por un Everdeen.

-¿Cómo puede ser que este odio no tenga final? -se preguntó Haymitch -¿Qué sucedió en el pasado para que se haya convertido en algo tan acérrimo y... letal?

-Todo es culpa de Portia -dijo el sirviente con desprecio.

-¿Portia, la madre de Katniss? -lo miró incrédulo. -Pero Beetee, Portia murió hace años.

-¿Morir? -negó él con la cabeza. -Su envidia por mi señora no morirá jamás. La mano de Marvel ha ejecutado pero la de Portia lo ha inspirado -sentenció con convencimiento.

El sirviente caminó hacia la salida y Haymitch lo siguió con el ceño fruncido. Las palabras de Beetee le resultaban un sinsentido y a cada momento se convencía de que había algo más detrás de todo aquello. Aún recordaba como Effie le había reprochado su opinión sobre Marvel y el pasado de la Marquesa.

Se encaminaron hacia los aposentos de Enobaria mientras aquella duda revoloteaba en su mente. ¿Que había impulsado a Marvel a actuar de esa manera? Sabía de lo sucedido la noche anterior en la fiesta de la Condesa Delly, pero las referencias que tenía de él lo describían como un joven afable con sus gentes, justo y benevolente, descripciones que no encajaban con un hombre que fuera capaz de empuñar su arma y disparar con tanta sangre fría y sin motivo alguno. Debía haber una explicación, pero Peeta no parecía dispuesto, ni interesado en descubrirla.

Dirigió su vista hacia él. Las lágrimas recorrían su rostro endurecido, si no hubiera sabido su edad habría jurado que tenía muchos más años en ese momento. Su mirada llena de congoja se dedicaba a su madre y la furia de sus facciones a los Everdeen, a todos. No pudo evitar pensar en Katniss, en como el odio había triunfado sobre aquel profundo amor que juraba sentir por ella y que ahora parecía haber desaparecido.

El párroco que supuestamente había acudido allí para casar a Peeta y Katniss, irónicamente iba a resultar muy útil; en ese instante le ungía los Santos Óleos a la difunta y recitaba salmos que hablaban de la vida eterna, su luz perpetua y la paz divina.

-Ya no hay tiempo para la paz de Dios -escuchó a Peeta mascullar entre dientes. -Sólo para la justicia, la venganza.

-No habléis así, os lo ruego -le pidió humildemente el párroco. -Nuestro destino está en manos del Señor.

-¡No la ha matado Dios! -bramó el muchacho lleno de rabia e impotencia. -La ha matado Marvel Everdeen, y debe pagar.

-Señor Conde -se atrevió tímidamente a interrumpirle un sirviente. -El Capitán Seneca está en el Salón.

-¿Qué hace aquí? -preguntó molesto.

-Desea veros, con urgencia.

Peeta maldijo para sus adentros y caminó con premura fuera de la habitación, siguiéndole a la distancia Haymitch y Beetee.

-Mis condolencias -se apresuró a decirle Seneca, aunque el tono de sus palabras bien denotaban su poca sinceridad.

-¿Y para expresarme vuestras condolencias es que os presentáis aquí con todos vuestros hombres? -espetó indignado.

-Se ha cometido un crimen y es mi obligación investigarlo -respondió con calma sin apenas poder ocultar su regocijo ante la reacción de Peeta. -Vos también querréis saber la verdad sobre la muerte de vuestra madre, imagino.

-Lo que yo quiero es justicia, Capitán. Pero ¿ni siquiera podéis respetar que aún no hemos sepultado a mi madre para comenzar con vuestras indagaciones?

-El deber, mi deber me obliga a intervenir inmediatamente aun a riesgo de parecer irreverente -lo miró con suficiencia. -Mi misión es hacer respetar la ley.

-Entiendo. Entonces tengo que alegrarme de que estas tierras tengan tan válido defensor -apostilló con declarado sarcasmo. -¿Qué queréis saber, Capitán?

-El Conde Everdeen sostiene que ha actuado en legítima defensa, así que hay que iniciar de inmediato la búsqueda de pruebas o indicios. ¿Seríais tan amable de mostradme la recámara de vuestra madre? Os garantizo el mayor de los respetos -agregó ante una posible negativa de Peeta, quien no tuvo más remedio que asentir.

Caminó indicándoles que les siguieran, haciéndole Seneca una seña a Finnick y que Chaff tomó por alusión.

-Entraremos sólo nosotros -lo detuvo Finnick al ver su intención de acompañarlos. Ya era suficiente con que Seneca y él irrumpieran de forma tan irrespetuosa en el velatorio de la Marquesa como para que lo hiciera alguien más.

Al entrar en la recámara, Finnick permaneció en el umbral mientras Seneca se paseaba por la estancia sin recato alguno, incluso empujó al párroco que se hallaba cerca del lecho orando por el alma de la Marquesa para observar mejor el cadáver.

La habían enfundado en un elegante vestido negro de raso y seda, sus manos enguantadas y cruzadas reposaban sobre su pecho y un delicado pañuelo de organza negra cubría su rostro. Finnick vio con estupefacción como Seneca alargaba su mano, con la firme intención de retirarlo y descubrirla.

-¡No os atreváis! -le advirtió Peeta furibundo. -¿Es éste el respeto del que hablabais?

Una leve sonrisa de triunfo se esbozó en los labios de Seneca, aunque desistió de su propósito, encaminándose con postura henchida hacia el Salón.

-Os reitero mis condolencias -repitió con la misma falsedad.

-No sé qué hacer con vuestras condolencias -le escupió Peeta que caminaba tras él.

-Siento no haberla conocido mejor a vuestra madre -se detuvo Seneca en la puerta de la sala. -Una mujer espléndida y de gran carácter a la que describiría, con las referencias de que dispongo, como una criminal sin escrúpulos.

-¡Cómo osáis! -lo afirmaron de los brazos Beetee y Haymitch ante su ademán de enfrentarse a Seneca.

-Calmaos, Marqués -lo miró con diversión en los ojos. -Lo habéis dicho vos mismo; debo buscar la verdad y hacer justicia -alegó con apatía.

-Indagad sobre el delito que se ha cometido entonces, no sobre su pasado y su vida privada -exigió.

-Muy bien, hablemos de los hechos entonces -ironizó Seneca. -¿Estabais presente en el momento del crimen?

-No -repuso escuetamente.

-Pero Katniss Everdeen, sí.

-Sí.

-¿Estabais en otra estancia acaso? -aventuró Seneca.

-No estaba en el Palacio -admitió Peeta.

-¿Y qué, si se puede saber, hacía Katniss Everdeen en el Palacio si vos no os encontrabais aquí? -preguntó con suspicacia.

-Capitán...

-Ya sé -le atajó con brusquedad. -Se trata de cuestiones privadas que nada tienen que ver con lo acontecido.

-Exactamente -vocalizó Peeta.

-Las mismas palabras que utilizó Marvel Everdeen cuando vino a relatarme lo sucedido. Curioso -agregó meditabundo. -Beetee -se volteó hacia él, -el fiel sirviente de la Marquesa. Estabas presente en el momento del delito ¿Me equivoco?

-Sí, os equivocáis -repuso con insolencia. -Llegué tarde y no vi nada. Pero decidme, ¿era necesaria esta invasión? -inquirió alzando su voz.

-No uses ese tono conmigo -le exigió con calmada superioridad

-Y vos, ¿cómo osáis profanar así la recámara de la Marquesa? -alzó su barbilla airado y acercando su rostro al de Seneca, desafiante.

-Llévate de aquí a este viejo idiota -le ordenó a Chaff mirando al criado con divertido desdén. -Y da gracias de que no te hago fustigar.

-Déjame, perro -se zafó de un tirón del agarre de Chaff, caminando por sí mismo hacia la habitación de su patrona.

-¿Y vos, Haymitch? -se dirigió ahora a él. -¿Qué podéis contarme?

-No gran cosa -admitió. -Llegué detrás de Beetee y cuando me acerqué a la Marquesa ya había fallecido.

-Comprendo -asintió Seneca.

Entonces le hizo una seña a Chaff y junto con algunos hombres se adentraron en las habitaciones anexas.

-Aun no entiendo que más esperáis encontrar -repuso Peeta ante tal intromisión.

-Creí que era evidente. Un arma -le aclaró. -La versión de Marvel Everdeen presupone que vuestra madre poseía un arma. Posiblemente un arma blanca como, un abrecartas, una pluma o un cuchillo. Una mujer de avanzada edad como vuestra madre y con su estado de salud tan delicado no tendría la fuerza suficiente para matar a una joven con sus propias manos, ¿no creéis?

-¿Estáis tratando de decirme que la defensa de Marvel se basa en que mi madre quería asesinar a Katniss? -inquirió indignado.

-Así, es. Y lo que está claro es una cosa, Katniss estaba en el Palacio, aunque nadie me aclara porqué -volvió a apuntar. -Evidentemente puedo imaginármelo -espetó con cierto malestar, -pero os agradecería que me lo confirmarais.

-No tengo nada que decir al respecto -remarcó Peeta cada una de las palabras.

-Ya veo -lo recorrió con la mirada despectivamente.

-No hemos hallado nada, Capitán -le informó Chaff.

-Entonces marchémonos. Hemos terminado, por ahora -le dijo a Peeta. -Tengo curiosidad por saber qué tiene que contarme Katniss. -Qué tengáis un buen día -agregó con tono mordaz, observando su rostro durante un segundo. Con gusto habría lanzado una carcajada al ver su rictus crispado.

Seneca y sus hombres salieron con premura del palacio sin esperar a que les indicaran la salida, partiendo de inmediato hacia Vilastagno. El momento de regocijo se había disipado rápidamente. La rivalidad y aprensión que sentía hacia Peeta palpitaban en su sien sabiendo que Katniss lo había rechazado por él y le hervía la sangre sólo de pensar que sus sospechas sobre la visita de la joven al Palacio Mellark fueran fundadas. Sin embargo, bien era cierto que Peeta creía a Marvel culpable del asesinato de su madre, resultándole ridícula su referencia a la legítima defensa y eso, sin lugar a dudas, había hecho mella en su posible relación con ella. Seneca sólo tenía que actuar con cautela, tomando provecho de la situación, mostrando sus cartas en el debido momento. Así que necesitaba interrogar a Katniss y ver qué tanta información podría darle.

Al llegar al palacio se adentraron hasta el jardín de la entrada, descabalgando al acudir varios mozos a encargarse de los caballos. Al pie de la escalinata, Clove le daba indicaciones a una cabizbaja Annie, quien se inclinó tímidamente al detenerse los oficiales ante ellas, sin apenas levantar el rostro.

-¡Buenos días, Capitán! -lo saludó la Condesa amistosamente.

-Vos tan encantadora, a pesar de lo desafortunado mi visita -tomó su mano para besársela.

-Siempre sois bien recibido, Capitán -lo alabó ella. -Entiendo que no hacéis más que cumplir con vuestro deber, aunque creí que mi esposo ya había hablado con vos.

-Sí -le confirmó él. -En realidad quisiera hablar con Katniss.

-Acompañadme entonces -le sonrió ella. -Annie, lleva algo de licor a la biblioteca -le ordenó con tono desdeñoso.

-Sí, Señora Condesa -hizo una leve reverencia y se alejó apresuradamente.

La doncella respiró pesadamente al entrar en la cocina. El carácter de la esposa de Marvel era insufrible y toda la armonía que reinaba en el palacio se había esfumado con su llegada allí tras su matrimonio. Para colmo, los acontecimientos no eran nada alentadores y todos en la finca habían tenido que soportar durante toda la mañana sus comentarios detractores para con Katniss y sus malintencionadas e hirientes críticas, como si la joven no tuviera suficiente con lo sucedido con su hermano y el rechazo de Peeta. ¿Es qué el amor era así de complejo?

Su corazón le dio un vuelco y tintinearon las copas que tomó de la alacena entre sus temblorosas manos al recordar cómo, hacía un instante, se había topado con la mirada intensa de Finnick. Había bajado el rostro temerosa de enfrentarlo abiertamente y verse delatada ante la Condesa. No estaban los ánimos como para agregar una complicación más, aunque le habría encantado volver a escuchar su voz.

-Buenos días, Annie.

-¡Finnick! -se alarmó ella ante aquel sueño hecho realidad, dejando torpemente la bandeja en la mesa de la cocina. -¿Qué haces aquí?

-Es evidente que he venido acompañando a Seneca -le sonrió divertido.

-Me refiero aquí en la cocina -sonrió ella a su vez.

-Quería saludarte pero si soy inoportuno -hizo ademán de marcharse con fingido malestar.

-No seas tonto -se apresuró a tomar su brazo. -Me alegra mucho verte -repuso con timidez.

-Me hace feliz saberlo -entrelazó sus dedos con los suyos.

-Pero puede venir mi hermano -replicó Annie entonces.

Finnick dio un paso atrás soltándola, suspirando pesadamente.

-Annie, yo puedo hacerme cargo de la situación pero...

-¿Crees que a mí me agrada? -se defendió ella bajando sus ojos.

-Yo no he dicho eso -negó categóricamente tomando su barbilla. -Pero quizás debería simplemente hablar con él.

-No compliquemos las cosas -le pidió ella mirándolo expectante.

-Es que -titubeó -¿no quieres estar conmigo?

-¿Necesitas que te lo diga? -repuso ella.

-¿Entonces?

-Si tuvieras paciencia -se mordió el labio.

-Está bien -resopló Finnick. -Pero entiéndeme tú a mí -se aproximó de nuevo a ella. -Necesito verte, Annie, tenerte cerca.

-Yo también -le sonrió ella.

-Quizás podríamos encontrarnos en algún sitio -le susurró él, sugerente.

Annie meditó un segundo.

-Mañana después del desayuno, en el bosque. ¿Sabes dónde está la vieja fuente?

Finnick asintió sonriendo ante las expectativas de aquella cita.

-Pero con una condición -le advirtió ella.

-¿Cuál? -quiso saber él.

-Que seas prudente y no dejes que Cinna te vea -sentenció volteándose para tomar la bandeja.

Más Finnick no se lo permitió. La agarró por un brazo y la atrajo hasta su cuerpo, consumiendo el poco espacio que separaba sus labios de los suyos. Le rodeó la cintura con un brazo mientras su otra mano se deslizaba hacia su nunca, ciñendo su boca a la suya con fervor. No había brusquedad en su beso, únicamente el afán de saborearla sin descanso. La extrañaba cada vez más, con cada segundo que pasaba y le resultaba increíble como su necesidad de ella se iba apoderando de él sin que pudiera establecer una mínima lucha por evitarlo. Pero, ¿cómo luchar sintiendo el toque de aquellos dedos enredándose en su cabello y aquel delicado cuerpo aferrándose al suyo? Bebió de sus labios con pasión, intoxicándose de la suavidad de su piel y volviendo a olvidarse de su inocencia y su candidez, aunque por un solo instante. Se separó de ella sin aliento, dispuesto a excusarse, mirándola a los ojos en busca de aquel reproche bien merecido. Pero sólo encontró fuego, un fuego violáceo que refulgía deslumbrándolo. La vio sonrojarse mientras se tocaba los labios, turbada, sorprendida seguramente por la impetuosidad de su caricia y se maldijo así mismo.

-Annie...

-Hasta mañana -la oyó susurrar tras lo que, poniéndose de puntillas le dio un rápido beso.

Antes de poder él responderle, Annie tomó la bandeja con ambas manos y se apresuró a abandonar la cocina, tan rápidamente como sus temblorosas piernas le permitieron. Finnick permaneció allí estático, confundido, habiendo esperado un reproche que nunca llegó, pero Annie desapareció tras la puerta sin voltear a mirarlo, temerosa de lo que él pudiera creer de ella, de su comportamiento. Quizás no debería haber respondido así a su beso. El recato y las buenas formas la abandonaban cada vez que Finnick la envolvía entre sus brazos, cálidos y fuertes. Y cuando la besaba... el mundo entero dejaba de existir en el preciso instante en que sus labios tocaban los suyos, quedando sólo aquel extraño ardor que derretía su piel.

Aún sentía el fulgor en sus mejillas y sus labios cuando alcanzó la biblioteca. Katniss y Seneca ya se encontraban allí y, aunque supuso que su conversación era mucho más interesante que el rubor de su rostro, entró cabizbaja y depositó con cuidado la bandeja en el escritorio con el propósito de no atraer su atención, marchándose con premura.

-Capitán, os ruego que creáis que todo cuanto os he dicho es la verdad -le pedía Katniss.

-Os creo Condesa -afirmó mientras se servía una copa de licor. -Creo en todo lo que habéis dicho pero es lo que no habéis dicho lo que me interesa saber.

-No sé qué estáis insinuando pero...

-Ya sé lo que me vais a decir -la interrumpió secamente, -que son cuestiones privadas, delicadas.

-Sí, yo...

-No creo que haya nada delicado en lo que habéis hecho, Condesa -espetó con hastío. -Puedo imaginarme donde ha ido a parar la visita que hicisteis anoche al Palacio Mellark -comenzó a caminar hacia ella con aire amenazante, hostigándola a cada paso, haciéndola retroceder. -¿Tal vez a la recámara de Peeta o... incluso a su lecho? ¿Es por eso que vuestro hermano ha acudido al palacio armado, para salvar vuestro honor, y viendo que ya era tarde, ha disparado...?

Una bofetada resonó en la estancia interrumpiendo aquel alegato. Seneca se palpó la mejilla golpeada mirándola con desprecio.

-Enobaria Mellark estaba a punto de matarme -aseveró ella con voz trémula y profundamente enrojecida.

-¿Y cómo es que estabais sola con la Marquesa? -preguntó escéptico. -¿Vuestro amante había huido queriendo eludir su responsabilidad? -inquirió sarcástico.

-Para vuestra información, había acudido en busca de un párroco -respondió a su provocación, alzando su rostro sonrojado con altivez. -Íbamos a casarnos esta misma mañana.

La copa que Seneca portaba entre sus dedos se estrelló contra el suelo mientras su mirada llena de ira se clavaba en ella. Sin decir ni una sola palabra más se marchó de allí, sin ni siquiera despedirse de Clove, con quien se cruzó en uno de los corredores y a pesar de que ella había tratado de detenerlo.

-Katniss, ¿qué ha sucedido con el Capitán Seneca? -irrumpió en la biblioteca dispuesta a saber.

-No me apetece hablar de ello en este momento -quiso abrirse paso para salir pero Clove se lo impidió de un tirón.

-Vas a responderme y ahora -le exigió, -porque estoy harta de tu comportamiento irresponsable y caprichoso. ¿Por qué se ha ido el Capitán tan indignado? -insistió alzando la voz. -¿Qué le has dicho?

-Me he limitado a contestar sus preguntas -espetó con firmeza.

-No te hagas la ingeniosa conmigo, querida. Yo no soy Marvel -le advirtió. -¿Qué le has dicho para que se marche así?

-Que Peeta había ido a buscar a un párroco para casarnos hoy mismo -alegó con la misma seguridad que se lo había dicho a él.

-De verdad veo que no te importa tu hermano -repuso Clove con desprecio.

-No entiendo que tiene que ver eso con la inocencia de Marvel -se defendió Katniss.

-¿Ciertamente eres tan ingenua como intentas hacernos creer? -ironizó. -Acabas de afirmar semejante exabrupto frente al hombre que te propuso matrimonio y que tú rechazaste, ofendiéndole y que tiene la vida de tu hermano en sus manos -exclamó iracunda. -Continúa así, querida y la próxima visita del Capitán será para traernos la cabeza de Marvel en bandeja de plata.

Katniss palideció al instante. Por primera vez desde que la conociera tuvo admitir que Clove tenía razón... y cuanta.

¿Cómo os ha parecido la reacción de Peeta? Desafortunadamente Beetee encontró la carta y la daga, ahora no hay pruebas del intento de homicidio de Enobaria para con Katniss.

¿Qué creéis que haga el capitán Seneca, con la confesión de Katniss, será que tomará venganza y encarcelará a Marvel.

Agradecimientos:

JekaMellark: Mi fiel lectora, nos leeremos más seguido, eso espero jejeje. Gracias por tus reviews, eso me da ánimos a seguir adaptando esta historia.

Y gracias a mis otras lectoras que me leen desde las sombras, no importa que no me dejéis reviews me basta con saber que han escogido este fic como sus favoritos, y lo han puesto en alertas. Mil gracias.