CAPÍTULO 17

Era una mañana extraña. Aunque Haymitch era consciente de que Enobaria Mellark había muerto, su presencia se sentía en el aire, dándole la sensación de que en cualquier momento aparecería por alguno de los corredores, deambulando con su fatigoso caminar. Sin embargo, sabía que no era posible, sabía que no volvería a escuchar el golpeteo de su bastón en el pavimento. El silencio en aquella mañana era casi sepulcral.

Al pasar cerca de la recámara de la Marquesa, vio la puerta entreabierta y, al asomarse, observó a Beetee ordenándola, como si aún no hubiese asimilado la muerte de su señora; tal vez no la asimilaría jamás. Decidió no interrumpir su quehacer y continuar su camino hacia la habitación de Peeta. Supuso que no debía haberse levantado al no haber acudido a desayunar pero comprobó que su estancia estaba intacta, al igual que su cama. El único lugar donde se le ocurrió que podía estar fue en la biblioteca y tenía razón. Pero lo que no habría imaginado nunca fue el estado en el que lo encontró. Tras la mesa, sentado en el gran butacón y con una copa en la mano, claramente ebrio.

-¿Se puede saber qué demonios estás haciendo? –le reprochó Haymitch duramente apoyando ambas manos sobre la mesa, encarándolo.

-Tienes razón, una copa no puede estar vacía ¿Me pasas otra botella del mueble? –ironizó con voz espesa y embriagada sonrisa.

- Peeta …

-Anímate, Haymitch –le señaló otra de las copas.

-Sabes que no bebo, al igual que tú… hasta ahora –le recordó, arrebatándole la suya de las manos. –Creí que tu inteligencia iba más allá del hecho absurdo de querer ahogar las penas en alcohol –se mofó. -¿Eres de ese tipo de ingenuos que piensa que el licor ayuda a olvidar?

Peeta soltó una carcajada burlesca. Sin embargo, su rictus pronto se tornó serio.

-Jamás podré olvidar la sangre bañando el cuerpo de mi madre –recitó con amargura.

-Vamos Peeta. Un baño te despejará y te ayudará a ver las cosas con claridad –le aconsejó.

-¿Qué confusión puede haber? –espetó con rabia. –Marvel asesinó a mi madre. No hay equívoco posible en eso.

Peeta tomó aire en busca de sosiego.

-Déjame Haymitch, por favor –le rogó con ojos llorosos.

Y qué otra cosa podía hacer él. Accedió a su petición y abandonó la biblioteca con gesto pesaroso.

Decidió salir al jardín. Él sí precisaba de aire fresco y ojalá que algún soplo de brisa le ayudase a comprender pues la situación era poco menos que inverosímil. Según Effie, Marvel era un muchacho afable y de buen corazón, que trataba a sus sirvientes como a iguales. ¿Cómo un hombre así era capaz de empuñar un arma y disparar fríamente contra una anciana enferma? Sin embargo era cierto, las evidencias eran irrefutables, lo que le llevaba a pensar que Marvel debió tener una razón muy poderosa para hacerlo. El misterio era cuál, aunque Peeta no parecía muy dispuesto a averiguarlo. Y Haymitch temía que su dolor lo obcecase y no quisiera ver más allá.

Había llegado casi al otro extremo del jardín en su inconsciente paseo cuando por el camino anexo vio acercarse al palacio un carruaje que se alejó perdiéndose tras los setos; la Condesa Delly venía a visitar a Peeta. Haymitch sabía el interés que tenía en el muchacho, poco después de conocerse ella dio claras muestras de que así era, aun sin confesarlo abiertamente. Y es que Peeta, dándose perfecta cuenta de la situación, y como todo un caballero que era, la disuadió antes de que ella pudiera hacerlo insinuándole que su interés era simplemente fraternal. Sin embargo, ella siempre se había mantenido cercana, tal vez prefería su amistad a nada y a Haymitch, en cierto momento, le preocupó que la muchacha pudiese sufrir cuando Peeta se enamoró de Katniss y se alejase de él decepcionada. No parecía que fuese así y no sabía si en ese momento era una visita muy oportuna pero, tal vez, lograría algo más de lo que había logrado él con el joven.

La que con toda certeza no era una visita oportuna era la que se acercaba hacia él. Katniss acababa de entrar a caballo por el portón de la finca adentrándose en ella por el mismo camino que hacía unos minutos Delly había recorrido. Su primer impulso fue interceptarla por lo que la esperó al borde del sendero. No sabía muy bien en qué estado estaría la relación entre ella y Peeta pero si rechazaba verla, como suponía que haría, y ella descubría que estaba acompañado de Delly, definitivamente no traería agradables consecuencias.

-Haymitch –se detuvo Katniss al verlo frente a ella.

-Buenos días, Condesa Katniss –la saludó mientras tomaba las riendas del caballo para que la joven descendiese.

-La última vez que nos vimos nos tuteábamos. Por favor, llámame sólo Katniss –le pidió haciendo un pequeño mohín de disgusto.

-Está bien –asintió con una leve sonrisa.

-Necesito ver a Peeta, tengo mucho que explicarle y ayer no quiso escucharme.

-No creo que vaya a escucharte ahora, Katniss –negó él. –Es todo muy reciente y está muy afectado.

-De igual modo quiero verlo –insistió ella empezando a caminar.

-Es mejor para los dos que no lo hagas, Katniss –la detuvo Haymitch. –Está muy herido y puede que te diga cosas que no siente en su dolor.

-Entiendo que esté desolado por la muerte de su madre y sé que no es una justificación para arrebatarle la vida a alguien, pero mi hermano sólo trataba de defenderme.

-¿Defenderte? –preguntó un tanto extrañado. –Es cierto que el Capitán Seneca nos dijo ayer que tu hermano apelaba a la defensa propia, pero...

-Exactamente –le ratificó ella. –La Marquesa pretendía matarme.

-¿Qué barbaridades dices? –le reprochó.

-¿Barbaridades? –se sorprendió ella. –Dado el pasado de Enobaria Mellark no sería tan difícil de creer lo que te estoy diciendo. Y sin embargo, a ti te parece más fácil creer que mi hermano la mató a sangre fría.

Haymitch se limitó a mirarla desconcertado, sin entender ni una de las palabras que estaba escuchando.

-Ya veo –se lamentó ella. –Si no eres capaz de aceptarlo tú, mucho menos lo aceptará Peeta.

Con manos trémulas llenas de nerviosismo, se aferró a la montura y, con cierta dificultad, montó el caballo.

-Sabes, habría sido mejor si Enobaria hubiera conseguido llevar a cabo sus pretensiones y ser yo quien estuviera muerta y no ella –proclamó Katniss dedicándole una última mirada llena de dolor y pesadumbre antes de marcharse.

Y él la observó hacerlo aún atónito. Ahora tenía la certeza de que había algo más, algo que parecía conocer todo el mundo menos ellos, pero que debía ser tan vergonzoso que nadie lo llamaba por su nombre abiertamente. Sí, Katniss tenía razón. Algo así Peeta no lo admitiría tan fácilmente, pero él sí, y sabía quién podría ponerle al corriente de todo el asunto.

* ~ § ~ *

Annie aguardaba apoyada en un viejo roble. Después del desayuno Katniss le había contado que iba a salir a caballo a tratar de encontrarse con Peeta y hablar con él, así que sabía que contaba con bastante tiempo para disfrutar de su cita.

Suspiró profundamente con culpabilidad. Katniss se veía tan desdichada por todo lo que estaba sucediendo con Peeta y sin embargo ella apenas podía ocultar su felicidad cada vez que pensaba en Finnick.

El corazón volvió a darle un vuelco al hacer eco su nombre en su pensamiento.

Y es que aunque se lo propusiese, le sería muy difícil dejar de pensar en él y en todo lo que le hacía sentir. La euforia constante y aquella emoción al saber que iba a verlo y esa tibieza que parecía que aún emanaba de sus labios como cuando la besaba.

Volvió a suspirar, pero esta vez como un lamento. Sucedía cuando su mente se interponía a todo con la vil idea de que aquello era imposible.

De repente, escuchó el relinchar de un caballo y se dispuso a observar oculta tras el gran tronco sabiendo que sería Finnick. El muchacho llegaba cabalgando en ese instante al lugar de la cita y se detuvo al ver que Annie no estaba allí. Tiró de las riendas del caballo y le hizo rodear la vieja fuente mientras él inspeccionaba el lugar con cierto abatimiento, temiendo que Annie hubiera decidido no ir. Aquella inquietud parecía que también la sufriese el animal pues resolló varias veces, calmándolo Finnick con un par de palmadas en el cuello. Desmontó y lo ató en un árbol cercano dispuesto a esperarla en aquella fuente cuando escuchó una risita proveniente del otro lado del claro.

Annie asomaba entonces la cabeza y se vio descubierta, por lo que volvió a ocultarse, aguardando tras aquel tronco con una sonrisa traviesa.

-Así que me espías –le dijo Finnick como un falso reproche mientras apoyaba sus manos en árbol colocándose frente a ella.

-No, sólo quería mirarte un momento sin que lo notases –se defendió ella aún sonriente escondiendo sus manos entre su espalda y el tronco con aire inocente.

-¿Y cómo soy cuando no me doy cuenta de que me observan? –preguntó inclinándose sobre ella.

-Como un hermoso caballero a lomos de su corcel –alcanzó a responder nerviosa por su cercanía.

-Entonces tú debes ser la dama que inspira sus sueños –susurró antes recorrer esos pocos centímetros que quedaban hasta sus labios. Annie lanzó un suspiro y liberó sus manos para alzarlas hasta su cabello mientras Finnick rodeaba por completo su delicada figura con sus brazos, besándola no sólo con su boca, sino con todo su cuerpo, con todo su ser, aun sin saber si su caricia sería suficiente para transmitirle todo lo que estaba sintiendo.

-Mi corazón va a estallar –murmuró ella separándose un poco, como si temiese desfallecer.

-Al igual que el mío –le respondió él tomando sus manos y colocándolas sobre su pecho para que notase con que fuerza golpeaba en su interior.

-Tengo miedo –dijo Annie de repente alejándose un paso de él, dándole la espalda.

-¿De qué, Annie? –preguntó extrañado.

-Es que el amor es tan complicado –se lamentó. –Fíjate en Peeta y Katniss.

-Eso son cosas de nobles que parece que les gusta desaprovechar el tiempo con intrigas y odios. Nosotros en cambio…

-Nosotros somos muy diferentes, Finnick –lo cortó ella, aún sin mirarlo. Si lo hacía, no sería capaz de seguir. –Tú eres francés y yo soy de aquí. No puedes ignorar lo que eso conlleva. Y ya no me refiero únicamente a mi hermano Cinna. Lo tenemos todo en contra, al mundo entero de hecho, porque tú sólo deberías inspirarme desconfianza, incluso aversión. El ejército cuyo uniforme vistes ha invadido nuestras tierras, saqueado nuestros campos y matado a nuestro pueblo. Tú eres el enemigo Finnick. Debería estar odiándote en vez de…

-¿Amarme? –preguntó angustiado tomándola por los brazos y haciendo que lo mirara. -¿Entonces temes amarme?

-Creo que ya es un poco tarde para eso –admitió con un hilo de voz.

Finnick respondió a aquella declaración con el primer impulso que le dictó su corazón, besándola intensamente. Y suspiró aliviado cuando la sintió aferrarse a sus labios y como sus dedos se hundían en su casaca.

-Dime sin temor que me amas, Annie porque del mismo modo te amo yo –le pidió con ternura, mirándola a sus ojos.

-Te amo, Finnick –murmuró al fin.

Y Finnick sonrió lleno de felicidad, abrazándola contra su pecho. Besó su cabello cerrando los ojos, disfrutando de su aroma y de la fragilidad de ese cuerpo entre sus brazos.

-Puede que tengas razón en lo que dices, Annie, pero me es imposible luchar contra lo que siento por ti –reconoció él. –Ni tengo la fuerza necesaria ni quiero hacerlo tampoco.

-¿Entonces qué vamos a hacer? –la escuchó decir.

-De momento, y aunque me cueste admitirlo, esperar a que todo se vaya resolviendo –le respondió tomando su rostro con ambas manos. –Y mientras tanto, disfrutar del tiempo que podamos estar juntos ¿no te parece? –preguntó con declarada intención.

Annie asintió con la cabeza lanzándole una sonrisa pícara, mientras sus ojos dirigían una mirada incitante a sus labios como silenciosa demanda. Para Finnick, más que una demanda fue una orden; una que cumpliría muy gustoso.

* ~ § ~ *

Era el ambiente ideal, la luz idónea, el silencio que acompañaba de la mano a la concentración, la mejor gama de colores en su paleta y una modelo que hacía que bailaran para él las musas haciendo resbalar sus pinceles con vida propia sobre el lienzo… todo perfecto excepto para ella, para la modelo, que hacía todo su esfuerzo por posar con toda la naturalidad posible, mejor dicho, la poca naturalidad que podía permitirle el portar aquella túnica que apenas cubría su desnudez. Un retrato de aires clásicos había dicho Gloss para excusar aquel tejido casi transparente con el que estaba confeccionado su atuendo. Y pensar que jamás habría accedido no hubiese sido por la insistencia de su madre. Según ella toda noble debía poseer un retrato de semejante índole y con mucha más razón si su autor era un artista de renombre como Gloss Dante. Gloss Dante… el nombre ya le producía escalofríos por motivos que no sabía muy bien explicar pero que claramente le resultaba desagradable, igual que sentir su mirada indagadora sobre ella.

-Nunca imaginé que el arte era así de aburrido –lanzó su padre un bostezo involuntario, recostado sobre aquella mullida butaca rompiendo el espeso silencio.

-¿En serio? –replicó el pintor con desinterés. –En ese caso ya sabéis que hacer. Es vuestra hija la que debe posar, no vos.

La madre de Rue lanzó una risita de complicidad sobre aquel comentario como si fuese de lo más elocuente cuando en realidad su trasfondo era más bien grosero, al menos así lo era para la joven.

-Maravilloso –repuso el Marqués con sorprendente complacencia. –Desde mañana podré ocupar mi tiempo en otros menesteres más agradables mientras Rue posa.

La joven observó a sus padres con temor. Si ya le resultaba un sacrificio haber accedido, la idea le resultaba inconcebible si debía hacerlo a solas con aquel hombre que tanta inquietud le producía.

-El Conde Thresh, Señor Marqués –irrumpió de repente uno de los criados anunciando la llegada del joven, haciendo que Gloss soltase contrariado el pincel sobre el caballete.

-Buenas tardes –saludó el muchacho. –Espero no ser inoportuno.

-Simplemente me habéis hecho perder la concentración –rezongó el artista.

-Por supuesto que no –lo ignoró el Marqués. – ¿Venís a alegrarme la tarde proponiéndome una partida de cartas?

-Bueno –titubeó él azorado. –En realidad venía a proponerle a la Marquesa que diéramos un paseo –se dirigió a la joven que le sonreía halagada.

-Como bien habéis apuntado, Conde, sois un poco inoportuno –masculló Gloss disgustado sin preocuparle que todos lo escuchasen.

-En realidad no estaría de más tener un pequeño descanso ¿verdad? –sugirió la muchacha. Aquello la liberaría aunque fuese por unos minutos de esa mirada acosadora pero, sobre todo, deseaba la compañía de Thresh.

Tal vez era demasiado pronto para reconocerlo ante ella misma pero ¿qué extraña y mágica fuerza hacía posible que lo que un instante antes era un momento angustiantemente desagradable se tornase en el momento más feliz de todo el día? No podría decir con exactitud lo que era pero, sin duda alguna, el causante era él, Thresh; él era el causante de que su nerviosismo apenas le permitiera ponerse la bata para cubrirse.

-¿Os apetece que le hagamos una visita al jardín? –le propuso ella ofreciéndole su mano.

Thresh la tomó lleno de nerviosismo y asintió, alcanzando a esbozar una sonrisa. Rue por su parte también sonrió. Le agradaba su aire de muchacho desvalido con esa timidez suya que casi rozaba la torpeza.

-Con todos mis respetos, os veíais bellísima. Como una deidad helénica –lo que había comenzado como una sonriente galantería se tornó de repente en titubeante seriedad, desconcertando a Rue. –Tal vez os ofendo con mi comentario.

-A ninguna mujer le ofende un halago si es sincero, porque es sincero ¿no? –lo miró con cierta coquetería. -¿O acaso sois ese tipo de hombre que acostumbra a alabar a cuanta mujer conoce?

-Por supuesto que sí –repuso el tenso. –Es decir, no… me refiero a que por supuesto que sí es sincero y que no soy dado a este tipo de agasajos.

Rue emitió una leve risita que apenas pudo disimular, divertida en cierto modo por poder poner en un aprieto al muchacho con algo tan simple.

-¿Estáis segura de que no os importuno? –preguntó como si quisiera cerciorarse.

-Si así fuera, me habría bastado poner como excusa el hecho de no querer interrumpir la labor del Señor Dante, ¿no creéis?

-Tenéis razón –admitió él. –Habéis sido muy gentil en aceptar mi visita, aunque no os haya dado justificación alguna para ella.

-¿Necesitáis justificación para venir a visitarme? –inquirió con un tizne de decepción en su voz. Que a ella le bastase el poder disfrutar de su compañía tal vez a él no.

-No, pero si vos me la pedís para poder veros puedo inventar alguna –apuntó el muchacho inocentemente. –Quiero decir que… -trató de excusarse rápidamente al sentirse expuesto.

-Que queráis dar un paseo conmigo por el jardín me parece un buen motivo para que vengáis a verme –lo interrumpió ella sonriente mientras aquella llamita que parecía apagarse se había prendido de nuevo en su corazón.

-¿Y habría algún otro motivo que también aceptaseis? –sugirió Thresh con cierto temor. -No me malinterpretéis –le pidió rápidamente con inquietud. –No es que quiera pediros… es decir, si quiero pediros, pero no… Buenas tardes –dijo de súbito tras haber dado un resoplido de impotencia y desesperación. Hizo una rápida reverencia e hizo ademán de marcharse.

Para asombro de ambos, Rue lo detuvo tomando su rostro y lo besó.

Fue un beso rápido, duró lo poco que tardó en despertar en ella la cordura y el decoro y, ocultando con culpabilidad su boca tras sus manos, se apartó de él. Pero esta vez quien no la iba a dejar marchar era él, habiendo roto ella aquellas cadenas creadas por su maldita timidez. La felicidad que sintió al rodearla entre sus brazos dejó atrás todo lo demás y se aferró a sus labios con una impetuosidad desconocida hasta entonces para él. Pero es que el miedo a que aquello fuera una ilusión le hacía querer perderse en la dulzura de aquellos labios que tanto había deseado, sin regresar jamás. Y del mismo modo que ella antes había hecho desaparecer su inseguridad, hizo desaparecer su temor al corresponder a su beso con igual fervor.

-Puede que te parezca precipitado pero me gustaría hablar con tus padres, si quieres claro –le susurró sin apenas liberarla de su abrazo.

-Tan pronto como puedas –le sonrió ella acercándose a él, ofreciéndole sus labios y que Thresh tomó gustoso.

-¿Ahora mismo te parece bien? –sugirió él aún reticente a soltarla.

-Vamos –se separó de él cogiendo su mano e instándolo a entrar con ella y así, tomados de la mano, se presentaron en el salón asombrándose tanto sus padres como Gloss al verlos llegar de ese modo.

-Padres, el Conde Thresh quiere deciros algo –les anunció sonriente.

-Yo…

Ambos progenitores lo miraron con cierta seriedad, la indicada para la ocasión, pero lo suficiente para paralizarlo. El cariñoso apretón que sintió en su mano y la sonrisa de Rue fueron lo que le alentaron a seguir.

-Marqués, quiero pediros vuestro consentimiento para que Rue y yo nos comprometamos.

-¡Dejad que os abrace! –fue la jubilosa y asombrosa respuesta del Marqués.

-¡Felicidades! –abrazaba la Marquesa a su hija. -¿No es magnífico? –se dirigió al pintor.

-Sí, magnifico –escupió con sarcasmo.

-El Señor Dante está preocupado por su cuadro –siguió justificándolo su madre para incomodidad de Rue.

-Si me disculpáis, no me parece adecuado continuar en un momento de tal exaltación –comenzó él a recoger sus pinceles. - Si me lo permitís, continuaremos mañana.

-No, por favor –continuó la Marquesa con su incansable adulación. –Esta tarde hay una pequeña reunión y no tardará en llegar mi otra hija. Le desilusionará mucho si no le explicáis vos mismo los adelantos del retrato.

-¿Viene Marvel? –miró Thresh a Rue gratamente sorprendido.

Porque después de lo acontecido el día anterior era lo que menos esperaría. De hecho, Marvel había hecho todos sus esfuerzos por negarse, al igual que Katniss que ni siquiera había acudido a comer tan abatida como estaba. Si normalmente estaba en contra de aquel tipo de reuniones con más motivo después de todo lo ocurrido con Peeta.

Le dolía el corazón, y no era una metáfora como la que se usaba en las novelas. Era un dolor físico. Sentía a Peeta lejano e inaccesible y aquello la desesperaba. ¿Por cuánto tiempo se negaría a hablar con ella? ¿Y cuánto debía esperar para que eso sucediera? Pero lo peor de todo era la incertidumbre porque sabía muy bien que aunque hablara con él, tal vez no desaparecería aquel abismo que ahora se levantaba entre ellos. Si Haymitch quien le parecía un hombre racional en su condición de médico no era capaz de comprender, menos lo sería Peeta con el ardor de su dolor cegándolo.

Se tiró sobre la cama con la mirada ausente. No había encontrado a Annie a su vuelta y casi lo había agradecido pues en ese momento no le apetecía la compañía de nadie. Para su infortunio, la discusión que había escuchado desde el corredor entre Marvel y Clove y la posterior visita de ésta a su recamara le habían dejado bien claro que debía asistir a la reunión a casa de sus padres, sin objeción alguna. Aunque Marvel pretendía permanecer en la finca buscando algo de tranquilidad después de lo sucedido, Clove discrepaba diciendo que debían actuar con normalidad, sin esconderse de los demás, sobre todo de su familia, y no olvidó recalcar que Katniss era la culpable de todo lo sucedido y que debía asumir su responsabilidad acompañándolos.

Sabía que en cierto modo Clove tenía razón. No mostrarse ante la sociedad era como admitir una culpa que, aunque no era tal, supondría dejar en mal lugar a Marvel, así que Katniss no emitió queja alguna de camino a Turín, a pesar de la mirada acusadora de Clove sobre ella.

Ya en el Palacio Di monte, quien primero acudió a su encuentro para alivio suyo cuando entraron al gran salón fue Rue, temerosa como estaba de posibles preguntas desafortunadas por parte de otros invitados. La muchacha se mostraba extraordinariamente feliz, y Katniss observó que era el mismo caso de Thresh, quien se dirigía hacia su hermano con radiante sonrisa.

-Mi querido amigo –lo saludó calurosamente. –Cómo me alegra que hayas decidido venir. Realmente creí que no lo harías después de lo ocurrido. Discúlpame, Marvel –dijo de repente, apenado. –Perdona mi falta de delicadeza.

-No te preocupes –lo tranquilizó Marvel. –Lo hice por defender a Katniss y tú bien sabes que daría la vida por ella.

-Conmigo no tienes que justificarte –lo alentó el joven. –Además por todos son bien conocidos los crímenes de Enobaria Mellark en el pasado.

-Pero no hablemos de eso –quiso cambiar de tema. -¿Cómo te va todo?

-Pues entiendo que no sea un momento muy propicio pero si hay algo que me gustaría compartir contigo –admitió el joven.

-Si es una buena noticia adelante –palmeó su espalda con afecto. –Eso es precisamente lo que necesito para animarme un poco.

-Rue y yo acabamos de prometernos –le anunció sonriente. –La fiesta de compromiso será en unos días.

-Eso sí es en efecto una buena noticia –exclamó dándole un sincero abrazo. –Conociéndote me pregunto cómo lo has conseguido –bromeó.

-Bueno… -atusó sus cabellos, avergonzado. –Todo el mérito es de ella.

-Ya decía yo –concluyó Marvel, echándose ambos jóvenes a reír.

Pero su risa se vio interrumpida por un pesado silencio que cayó sobre todo el salón. Marvel miró a su alrededor y comprobó que todos los rostros se dirigían al mismo lugar.

-Buenas tardes –escuchó entonces la voz del Capitán Seneca a sus espaldas.

Al girarse lo vio en la entrada, con porte erguido e irradiando una insufrible seguridad. Lo acompañaban Finnick, Chaff y algunos soldados más.

-Disculpadme la intromisión –prosiguió con voz altiva.

-Capitán Seneca –se apresuró en saludarlo Clove quien se hallaba en compañía de Gloss. –Espero que no os haya disgustado el no haber sido invitado a esta reunión –trató de justificarse ante él. –Pero ya que estáis aquí, entrad y disfrutad de nuestro licor.

-Mi querida Condesa –la miró con fingido pesar. -Temo que mi visita no será nada agradable.

Y dejando de lado toda su hipocresía caminó hacia Marvel con aire soberbio.

-Conde Marvel Everdeen, quedáis arrestado por el homicidio de la Marquesa Enobaria Mellark –anunció con potente voz, asegurándose de que todos los invitados lo escuchasen.

-¿Qué significa este atropello, Capitán? –inquirió Marvel.

-Me temo que la investigación que se ha llevado a cabo sobre la muerte de la Marquesa no ha corroborado vuestro testimonio –le aclaró.

-Yo mismo me presenté ante vos a narraros lo sucedido y os di mi palabra de caballero de que mi confesión era legítima –le mencionó en su defensa.

-Y yo os recuerdo que estuve presente en la recepción de la Condesa Delly pocas horas antes de la muerte de la Marquesa –agregó con tono mordaz. –En aquella ocasión la amenazasteis de muerte, frente a todos ¿No debo considerarla de igual modo en aquella ocasión como la palabra de un caballero?

Seneca no pudo evitar sonreír triunfal ante su silencio, dedicándole una mirada más que significativa a Katniss. Esto era a lo que Clove se refería, temía una represalia por parte del Capitán con tan osada confesión por su parte al narrarle las intenciones de Peeta y ahí tenía las consecuencias.

Chaff –le hizo un gesto al Sargento quien sacó unos grilletes de su casaca.

-No creo que eso sea necesario –se adelantó Thresh.

-Sólo hago mi deber –respondió Seneca con total autoridad mientras Chaff las colocaba en las muñecas de Marvel.

-Está bien –le respondió el muchacho a su amigo.

Katniss quiso acercarse a su hermano pero Clove se lo impidió tomándola del brazo y mirándola con desaprobación.

-Tú eres la culpable así que mantén las formas –le susurró desafiante.

Sin embargo, Marvel le negaba con la cabeza tratando de darle un consuelo que era inútil.

-Todo irá bien –le dijo igualmente, respondiendo a la mirada llorosa de su hermana.

-Lleváoslo –les ordenó Seneca a un par de soldados, quienes tomaron a Marvel por ambos brazos, sacándolo de allí con brusquedad.

-De nuevo pido disculpas por la intromisión –pronunció Seneca entonces lleno de cinismo haciendo una leve reverencia. –Continuad con la diversión, por favor –agregó tras lo que se dispuso a marcharse.

-Qué humillación, arrestarle frente a todos –le escuchó Katniss decir a uno de los invitados mientras, con el corazón roto, veía desaparecer a su hermano por aquella puerta.

Hola Mis Amadas lectoras como saben esta historia la publico los miércoles Pero como hoy esto de CUMPLEAÑOS decidí darles un adelanto del Cap, espero lo disfruten mientras tanto yo me iré a celebrar mi cumpleaños jejejeje.

Creo que no puede haber persona más vengativa y rencorosa que Seneca, que al parecer tomo represalias en contra de Marvel, por la confesión de Katniss que lo único que hizo fue herir su ego.

Bueno dejemos de lado lo negativo y pasemos a la parte buena de este capítulo, al parecer se ha creado una nueva parejita Rue y Thresh, para el desagrado de Gloss, pobre Glimmer lo que tiene que soportar, y por su puesto nuestra parejita Annie y Finnick, que cada vez se demuestran más amor que nunca, veremos que pasara con ellos más adelante.

Supongo que con el arresto de Marvel, el Capitán se aprovechara de esta situación, pobre Katniss no sabe lo que le espera.

Agradecimientos:

alecandace: Si lamentable no hay pruebas, Beete se aseguro de que su querida señora no quedara culpable ante los ojos de Peeta. Gracias por tu review, creo que es el primero que publicas, me da gusto que te guste mucho la historia :D

JekaMellark: Bueno nena parece que todo no va muy bien, pues si Haymitch no cree lo que dice Katniss sobre su hermano menos lo hara Peeta, lo se todo se complica esperemos que todo se solucione ya veras. Gracias por todos tus reviews.

Vivis Weasley: Tienes razon las unicas victimas de todo esto son Katniss y Peeta, ademas de que Peeta la ignore es lo peor que le puede hacer a ella, ya veremos si Seneca hace lo que dijiste jejejeje. Gracias por tu review.