CAPÍTULO 18

Cuando la puerta de aquel calabozo se abrió frente a él, la esperanza de que aquello fuera un mal sueño se esfumó como humo. No podía ser cierto; no era posible. ¿Dónde había quedado la justicia y la nobleza? ¿Dónde los valores que él pensaba reinaban en su patria? Y lo peor de todo, ¿dónde había quedado la verdad? No podía llevarse a equívocos, aquella no era la Italia en la que nació, no podía olvidar que la Revolución había llevado a los franceses a su país y con ellos líderes déspotas como lo era Seneca que se escudaban tras la ideología de su lucha para avasallar a cualquiera que se pusiera en su camino, sin presentar el más mínimo respeto por su rango o título. La misma brigada que acompañaba a Marvel del brazo se aseguró de que entrase en la lúgubre y húmeda celda de un empujón cerrando con un fuerte golpe tras él.

– ¡Soy inocente! –le gritó el joven agarrándose a los barrotes de la pequeña abertura que había en la puerta, a la altura de sus ojos.

–Para Seneca la inocencia no significa nada –escuchó una voz a su espalda.

Marvel se giró para encontrarse con el rostro de su compañero de cautiverio, iluminado por las escasas antorchas de aquella celda. Era un joven más o menos de su edad, robusto y bien parecido, con ropas de campesino.

– ¿Quién sois? –quiso saber Marvel.

–Aquí dentro conocerse no sirve de nada –se encogió de hombros el muchacho.

–Pero tendréis un nombre –insistió Marvel. –Yo soy Marvel Everdeen, Conde de Vilastagno –extendió su mano cordialmente.

–Vincent –le devolvió el gesto. –No es necesario que anunciéis que sois un aristócrata, salta a la vista –le apuntó aunque sin intención de ofenderle. –Lo que quiero decir es que, como habéis podido comprobar, para Seneca eso no marca diferencia alguna. Los nobles aquí no tienen privilegios.

–Pero la ley está de mi lado –se defendió Marvel.

–Seneca es la ley –le reiteró sentándose en un pequeño taburete apoyado en uno de los fríos muros de piedra.

–No se atreverá –agregó en un intento por auto convencerse.

– ¿De qué os acusa? –preguntó con curiosidad.

–De homicidio, pero fue en defensa propia –alegó rápidamente.

Vincent dio una risotada rebuscando entre sus ropas, extrayendo un hatillo de dentro de su camisa.

–Ésta es la única prueba que tiene contra mí –le dijo tirándole el pequeño bulto y que Marvel cogió al vuelo. –Y heme aquí.

Cuando deshizo el nudo y lo abrió, lo único que encontró fue una bandera, la de su patria; una franja verde como las llanuras de la Lombardía, otra blanca como los Alpes que coronaban el norte de la península y una última roja, como sus volcanes. El símbolo de un país que no quería estar sometido bajo ningún yugo, negándose a convertirse en una simple extensión de Francia, el país vecino que, con la excusa de liberarlos de la tiranía austriaca, trataba de arrasar con su integridad y su propia identidad como pueblo, tiranizándolos aún más.

Marvel alzó la mirada hacia Vincent. Ese joven era un simple idealista, solamente un inconformista; y, por lo visto, eso era suficiente para Seneca como para declararlo culpable.

–Si de verdad es así, entonces yo no tengo ninguna esperanza –murmuró Marvel con gran desánimo.

–Sí la hay –se irguió Vincent de súbito. –Y tarde he venido a darme cuenta de que es la única posible. Hay que expulsar a los franceses y a todos los que nos oprimen, combatir por una verdadera justicia y una verdadera libertad.

–Un levantamiento violento, aunque se base en causas justas, sólo lleva al desorden y la destrucción –le recordó Marvel.

–Puede que tengáis razón, Conde. De hecho, yo solía pensar como vos, creyendo en el diálogo y la razón como el camino hacia nuestra libertad –admitió mientras recuperaba la bandera de manos de Marvel. –Pero sólo han resultado ser los sueños de un iluso, de un cobarde.

–No creo que manteneos al margen de revueltas violentas sea una cobardía –discrepó Marvel.

–Bendito vos que creéis que hay otros caminos –sonrió el muchacho con tristeza. –Si es así, usadlos cuando salgáis de aquí, si es que lo hacéis.

Un latido frío golpeó en el pecho de Marvel, helando su sangre y su cuerpo al recorrerlo. Si en algo tenía razón ese joven era que estaba en manos de Seneca y sabía muy bien cuál era el precio que exigiría por su liberación. Katniss acudió a su mente asaltándole con su imagen una gran impotencia. Sin duda ella haría cualquier cosa por ayudarlo pero él no estaba dispuesto a pagar tan alto y rezó porque su hermana no se dejara llevar por sus impulsos y sus ansias de salvarle.

Con esa intención acudió Katniss aquella misma noche al Fuerte San Bartolomeo. Antes de poder escapar de casa de los padres de Clove tuvo que soportar sus reproches e insultos, considerándola, como lo hacía, la culpable de todo. Pero Katniss no necesitaba que su cuñada le hiciera un relato detallado de cómo habían llegado a esa situación, pesaba como un doloroso castigo sobre ella y, no sabía cómo, pero necesitaba remediarlo a como diera lugar.

Al llegar al portón principal del Fuerte sintió el temor de que le negasen el acceso pero se tranquilizó al ver a Finnick hablando con el cabo de guardia, al que abandonó inmediatamente al percatarse de su presencia.

–Condesa Katniss ¿qué hacéis aquí tan tarde? –le dijo, aunque ya la instaba a entrar.

–Quería saber de mi hermano, verlo, o al menos hablar con el Capitán Seneca sobre su situación –le explicó con gesto de desesperación.

–Me consta que el Capitán aún está en su despacho así que haré lo que sea posible para que os reciba –le prometió. –Y en cuanto a vuestro hermano, yo os estaré esperando para llevaros con él.

–No sabéis como os lo agradezco –respondió aliviada mientras él negaba con la cabeza restándole importancia.

–Aguardad aquí –le pidió habiendo llegado al despacho de Seneca.

Katniss mantuvo el aliento tratando de apaciguar su nerviosismo y tras varios segundos que se le antojaron eternos vio salir a Finnick.

–Podéis pasar –le anunció con una breve sonrisa. –No olvidéis lo que os he dicho –agregó en voz baja. –Buena suerte.

Al entrar a la estancia, Katniss vio a Seneca sentado en su escritorio, reclinado sobre su butaca con las manos cruzadas sobre la mesa y una poco disimulada sonrisa de satisfacción en su rostro.

–Esperaba vuestra visita –reconoció él. –Aunque nunca tan pronto.

–Entonces no yerro al pensar que tenéis algún tipo de intención al querer condenar a mi hermano –sugirió ella.

–En efecto –asintió él. –Pero debéis saber que, aunque queráis poner las cartas sobre la mesa, soy yo quien las tiene todas.

Katniss lo miró confundida.

–Ya os he demostrado lo que puedo hacer –continuó él sin abandonar aquella sarcástica mueca de su boca. –Ahora os toca a vos.

–No entiendo lo que queréis decir –mintió Katniss, deseando equivocarse en sus sospechas.

–Es simple –pasó a explicarle sin prisa alguna. –La sentencia de vuestro hermano está en manos de quien la escriba y, por si no lo sabéis, la escribiré yo. Así que os propongo mi mano a cambio de la vuestra.

Katniss tragó saliva. Aquel juego de palabras no daba lugar a confusiones y, aunque ya lo esperaba, aquello le cayó como un jarro de agua fría.

–Pensadlo bien –la miró Katniss con sobrada intención, sabiéndola a su merced. –Os recomiendo que lo penséis con más cuidado esta vez antes de negaros a ser mí esposa. Ahora si me disculpáis tengo asuntos que resolver.

Katniss no pudo ni articular palabra, se limitó a darse la vuelta y salir de allí, aunque Seneca no debía haber esperado otra cosa pues antes de que ella lo hiciese ya había devuelto la mirada a los documentos que había sobre la mesa.

Con gran desazón cerró la puerta tras de sí, encontrándose para su alivio con Finnick, tal y como había prometido. Al ver su palidez, el joven no se atrevió a preguntarle sobre el resultado de su entrevista así que, tomándola del brazo la llevó hacia los calabozos.

–Tendréis sólo unos minutos –le informó él abriendo la puerta.

Katniss asintió haciéndose cargo de la situación y de lo que arriesgaba el Teniente.

Con el sonido de la llave al abrirse, los dos muchachos miraron hacia la puerta sobresaltados, adelantándose Marvel en cuanto vio a su hermana.

– ¿Qué haces aquí?

– ¿Cómo estás? –preguntó ella sin querer perder ni un segundo de su tiempo.

–Bien, no debes preocuparte –la tranquilizó él.

–Seneca…

–Soy inocente y tú lo sabes –la cortó él. –Hay leyes que Seneca tendrá que respetar aunque no quiera y tengo derecho a un juicio. La verdad saldrá a la luz.

–Ha pedido mi mano a cambio de tu libertad –le dijo entonces.

–Maldito sea –masculló Marvel entre dientes sabiendo muy bien que eso era lo que el bastardo pretendía. –Escúchame bien, Katniss –la tomó por los brazos tratando de captar toda su atención. –No aceptes ¿me oyes? No debes siquiera pensarlo.

–Pero…

–No, Katniss –espetó con dureza. –No cedas al chantaje de ese criminal creyendo que así vas a salvarme. Tienes que ser fuerte. Confía en mí.

–Condesa –escucharon la tenue voz de Finnick al otro lado de la puerta.

–Debo irme ya –le anunció Katniss a su hermano quien la abrazó con angustia.

–Prométemelo –le pidió. – ¡Hazlo! –le exigió esta vez.

–Te lo prometo –accedió ella al fin.

–Ahora ve –besó su frente separándose de ella al ver entrar a Finnick. Marvel inclinó su cabeza en agradecimiento.

– ¿Necesitáis algo? –miró a ambos hombres quienes negaron con la cabeza.

–Gracias –le dijo Marvel antes de que cerrara la puerta.

–Muchas gracias, Teniente –le reiteró la joven mientras la acompañaba a la salida.

–No os preocupéis –negó él. –Si puedo serviros en algo más –le ofreció.

–En realidad sí –admitió ella. – ¿Podéis darle un mensaje al Capitán de mi parte?

–Por supuesto –accedió él.

Finnick escuchó con atención a la muchacha tras lo que se despidió de ella al dejarla en su carruaje. Sin demora alguna se dirigió al despacho de Seneca para cumplir con el encargo.

– ¿Qué pasa? –preguntó con cierto desdén Seneca cuando lo hizo entrar.

–La Condesa Katniss me ha pedido que os dé un mensaje, Capitán –le informó.

– ¿Y qué es? –preguntó extrañado.

–Una sola palabra, Capitán. Dijo que vos comprenderíais.

Finnick hizo una pausa mientras Seneca lo miraba con creciente impaciencia.

–"No" –pronunció con gran claridad entonces Finnick. Al ver el rictus crispado de Seneca, tuvo que voltear rápidamente saliendo de allí, mordiéndose la lengua con fuerza para no soltar una gran carcajada frente a su enfurecido capitán.

* ~ § ~ *

Glimmer cepillaba sus cabellos con nerviosismo sentada frente a su tocador, aquella angustia la estaba matando.

Esa mañana había escuchado en la ciudad ciertos chismorreos que aseguraban que Marvel había asesinado a la Marquesa Mellark, a la madre de Peeta, y por más que le daba vueltas a la idea en la cabeza no lo creía posible. Aprovechando que Gloss estaba en el Palacio Dimonte atareado con su retrato viajó hasta Vilastagno para verlo y hablar con él, encontrándose sólo con la servidumbre. La propia Effie le había comunicado que Marvel había salido con Katniss y Clove a casa de sus padres, confirmándole además para su desasosiego que aquellas habladurías eran ciertas. Qué extraña treta del destino; ella había acudido a buscarlo cuando en realidad estaba mucho más cerca de lo que creía, estando el Palacio Dimonte muy próximo al de Delly, donde ella se alojaba.

Sin embargo, no creyó oportuno aparecer en casa de Clove sin haber sido invitada, a pesar de ser familia de Marvel y, por otro lado, era muy posible que Gloss aún estuviera allí y no quiso provocarlo, con lo que sin duda a él le parecería una interrupción, así que volvió al Palacio de Delly.

Pero de eso hacía ya muchas horas, había oscurecido hacía tiempo y Gloss no regresaba aún. No que le importase donde estaba su marido, era muy posible que anduviese en algún burdel, pero, al menos podría sonsacarle alguna información sobre Marvel, si estaba tranquilo con aquel suceso pendiendo de su cabeza.

Deseaba con fervor que aquella noche que ya caía, pasase con rapidez para volver a Vilastagno al día siguiente, esperando tener mayor suerte cuando escuchó pasos acercarse.

– ¿Aún despierta? –la saludó Gloss con frialdad.

–Estaba por acostarme –le mintió tratando de controlar el temblor de su voz. – ¿Cómo va el retrato de Rue?

–No tan bien como yo quisiera –espetó contrariado al recordar el episodio acaecido con el insulso de Thresh. –Ha sido una mañana poco fructífera pero se ha visto ampliamente recompensada en vista de los acontecimientos ocurridos después.

– ¿A qué te refieres? –quiso saber ella.

–Los padres de Rue me han invitado a una reunión esta tarde. La verdad estaba bastante aburrida hasta que una más que estelar entrada en escena ha amenizado la velada.

Gloss se detuvo observando detenidamente a su esposa. Glimmer sentía como leía en sus facciones, como si supiese que lo que iba a contarle iba a causarle algún tipo de efecto, así que trató de regularizar su respiración esperando lo más calmada posible a que continuase con su explicación.

–El Capitán Seneca ha irrumpido en la sala y ha arrestado a Marvel acusándolo del asesinato de Enobaria Mellark.

Glimmer comprobó cómo Gloss articulaba cada una de sus palabras despacio, con gran placer, saboreándolas. Trató de mantener su temple a pesar de que aquella noticia la sobrepasaba pero no debió conseguirlo al asomar en labios de Gloss una sonrisa burlesca.

–Vaya con el hombre de campo –ironizó Gloss caminando hacia la puerta. –Tenía bien oculta su faceta de asesino.

Antes de que Glimmer pudiera reclamar nada, Gloss había salido de la habitación y ella agradeció el que ocupasen habitaciones separadas. Si ya le resultaba insoportable su presencia, aquella noche mucho más. Y si antes había deseado con fervor que llegase rápido un nuevo día, ahora rogaba porque así fuese, pues la idea de Marvel en prisión la asfixiaba de un modo letal.

Como era de esperarse, no fue capaz de conciliar el sueño ni un segundo y, apenas había despuntado el alba, cuando ya iba camino del Fuerte San Bartolomeo. Siendo como era familia de Marvel no tuvo ningún problema para que Seneca accediese a que lo visitara, aunque todo fue resuelto mediante una brigada; el Capitán no parecía tener deseos de fingir una complacencia que no sentía saliendo a recibirla y a Glimmer verdaderamente no le importó en absoluto. Su único deseo era ver a Marvel y aquel oscuro corredor hasta la celda se le antojaba eterno.

Cuando por fin el soldado abrió la puerta, Glimmer se estremeció al ver las funestas condiciones en las que se encontraba aquella celda.

– ¡Glimmer! –exclamó Marvel sorprendido al verla allí.

El joven se incorporó de uno de los camastros donde habían reposado los dos jóvenes y corrió a su encuentro.

–Estás loca viniendo aquí –le dijo estrechándola entre sus brazos.

–Tenía que verte –respondió ella con mirada suplicante.

Marvel miró de reojo a su espalda y vio como Vincent se había colocado frente a una pequeña ventana situada al fondo de la celda y que daba al patio, siendo esa la máxima intimidad que el joven podía otorgarle y que Marvel consideró más que valida. Volvió la mirada de nuevo a Glimmer y abrazándola con más fuerza la besó. Su sabor le resultó más delicioso de lo que recordaba, se sentía como un náufrago que por fin había hallado su oasis; los labios de Glimmer eran su salvación.

– ¿Y Gloss? –preguntó de repente con preocupación.

–No puede prohibirme que te vea y menos en una situación así –alegó ella.

–Sabes que temo por ti –le recordó acariciando su mejilla con suavidad. –Y yo ahora no puedo defenderte estando aquí encerrado.

–No pienses en eso ahora –le pidió ella refugiándose en su pecho. – ¿Qué va a pasar contigo?

–La intención de Seneca es obligar a Katniss a casarse con él a cambio de mi libertad.

Glimmer lo miró sobresaltada.

–No puedo permitirlo –le dijo Marvel. –Esperaré a que se me juzgue como dicta la ley. Mi comodidad no puede depender de la felicidad de Katniss. Lo entiendes ¿verdad? Los dos sabemos bien lo que es unirse a alguien que no se ama.

–Claro que sí, Marvel –asintió Glimmer. –Pero no creo que hayas aceptado que Katniss esté enamorada de Peeta.

–Eso no es lo que importa ahora –negó él. –A quien por descontado no ama es a Seneca y no puedo permitir que una su vida a él.

Marvel hizo una pausa para tomar aire con profundidad.

–Si te soy sincero, en caso de tener que elegir, prefiero que se case con Peeta y no con ese criminal que se hace llamar Capitán.

–Estás tan cambiado –sonrió Glimmer mientras acariciaba su mentón.

–Tú me has cambiado –tomó su rostro entre sus manos. –Y tal vez soy un egoísta por hacerte pasar por todo esto, con encuentros fugaces y clandestinos y que hayas tenido que venir aquí, viéndome, en estas condiciones. Sí, soy un egoísta porque no puedo renunciar a esto por poco que sea. Soy feliz de que hayas venido y por poder tenerte así, conmigo.

–Yo sería más feliz si me besaras de una vez –le reprochó Glimmer con un susurro.

Marvel sonrió cumpliendo gustoso con sus deseos. Como no besarla, estaría haciéndolo toda la vida si pudiera. La dicha que le obsequiaba una simple caricia de labios de Glimmer era inconmensurable. Hubo una época en que creyó que no sabría nunca lo que era un beso suyo y sin embargo, ahora no sólo le pertenecía su boca sino toda ella. Esa felicidad no se le podía negar a nadie e inevitablemente la imagen de su hermana acudió a su mente al pensar en aquello. Si Katniss estaba realmente enamorada de Peeta debería luchar por él, por encima de todo y de todos, incluso de él mismo.

Y esa misma idea se instauró en la cabeza de Katniss aquella mañana. Debía luchar por su amor a pesar del mundo entero, a pesar de Marvel y a pesar del propio Peeta y su negativa de querer verla.

Estando recluido tras los muros de su palacio iba a ser muy difícil acceder a él así que iba a necesitar ayuda para llevar a cabo la idea que tenía en mente. Acudió a la cocina y la encontró dándoles indicaciones a algunas doncellas, así que se mantuvo a cierta distancia esperando que finalizase.

–La detención de vuestro hermano nos ha perturbado a todos –le dijo Effie cuando quedaron a solas. –Hasta la tarea más sencilla parece imposible de realizar con corrección.

–Marvel me dijo anoche que debemos tener confianza –le contó.

–Sí, pero con alguien como Seneca nunca se sabe –agregó pesarosa. –Decidme ¿necesitáis algo? –quiso saber el motivo de su visita a la cocina.

–Sí, Effie. Necesito que me hagas un favor.

–Vos diréis.

–Necesito hacerle llegar esta nota a Peeta y pensé que podrías convencer a Haymitch para que se la entregase –le mostró un pequeño pliego. –Sé que no quiere verme y necesitamos hablar, hacerle entender.

–No hay nada que entender –discrepó Effie. –Quien a hierro mata, a hierro muere. Su madre fue una asesina, aunque se esfuerce él en negarlo.

–De todos modos –le insistió ella. –Al menos debo verlo, aunque sea una vez más. Por favor –extendió hacia ella la misiva.

–Iré a caballo que es más rápido –la tomó accediendo. –Si Clove se entera de mi salida tendré problemas.

–Yo trataré de disculparte con ella si nota tu ausencia –la tranquilizó.

–Entonces me marcho ya –se quitó el delantal dejándolo en la mesa.

–Gracias, Effie –cogió su mano cariñosamente.

Effie acarició su mejilla con una sonrisa triste. Le apenaba la situación que estaba viviendo la joven, pero Peeta estaba resultando demasiado irracional. Ciertamente el amor de un hijo por su madre era algo incuestionable pero de ahí a querer excusar su pasado sangriento… era como querer tapar el sol con un dedo. Por supuesto que Marvel había cometido un crimen al arrebatarle la vida, pero era su vida o la de su hermana y la elección para Marvel era unívoco. Si Peeta era un muchacho razonable e inteligente al menos debía tratar de reflexionar sobre ello.

Azuzó el caballo haciéndolo galopar, no quería enfrentarse al despotismo de Clove. Otro motivo por el que lamentarse para aquella familia, el hecho de que Marvel se hubiera casado con ella. Effie siempre creyó que lo haría con Glimmer y sin embargo se había unido a Clove Dios sabía bien por qué razón. Desde luego, no era por amor; Effie aún esperaba que la Condesa hubiese mandado a preparar la carroza para ir a visitar a su esposo a la cárcel. Al contrario, había amanecido con unos deseos enervantes de dar órdenes y más órdenes a la servidumbre para que todo estuviese reluciente, como si no le afectase en absoluto que Marvel estuviese en prisión.

Effie volvió a espolear al caballo con brío, ya divisaba el portón de la finca de los Mellark. Sólo confiaba en hallar a Haymitch primero; tal vez si Peeta sabía de su visita rompiese la nota sin siquiera leerla.

Al traspasar el portón, decidió desmontar y atar el animal en la verja, adentrándose en el jardín y Effie no pudo creer en su suerte al ver a Haymitch leyendo en un banquito de piedra.

– ¡Effie! –exclamó sorprendido cuando casi la tuvo enfrente. La tomó de la mano y la hizo sentarse a su lado dándole un sentido beso.

–Qué sorpresa verte aquí.

–En realidad no tengo mucho tiempo –trató ella de explicarle. – Katniss quiere que le hagas llegar esta nota a Peeta.

–No sé si querrá leerla sabiendo que ella se la manda –dudó Haymitch.

–No le digas que te la he traído de su parte, no sé, invéntate algo –le propuso ella. –En cualquier caso, al menos debería darle la oportunidad de hablarle después de todo lo que su familia sufrió por culpa de su madre.

–O sea, que hay algo más detrás de todo esto ¿verdad? –le preguntó entonces Haymitch.

Effie lo miró con recelo.

– ¿Por qué siempre que sale a relucir el tema de la difunta Marquesa da la sensación de que no sabes nada?

–Es que no sé nada Effie, ni Peeta tampoco –le aclaró. –Y sospecho que debe haber algo más porque puedo entender que la participación de la Marquesa en aquel intento de traición contra el Rey sea un asunto grave, pero de ahí a que…

–O sea, que eso es lo único que sabes sobre su pasado –concluyó ella.

– ¿Hay algo más que deba saber? –le instó a hablar.

–Eso es solamente el extremo del ovillo, Haymitch –le dijo ella. –Y ahora entiendo tu actitud y la de Peeta.

–Entonces…

–Ahora no puedo explicártelo –agitó sus manos con impaciencia. –No es algo para narrar a la ligera y yo debo volver enseguida a Vilastagno dadas las circunstancias.

– ¿Qué ha sucedido? –la miró extrañado.

–Anoche Seneca detuvo a Marvel –le informó. –Está en prisión por asesinato. Y es inocente, Haymitch –agregó antes de que él pudiera decir nada. –Cuando te lo explique todo no te quedarán dudas.

–Está bien –asintió. –Iré a visitarte pronto –le sonrió sugerente inclinándose sobre ella. Effie sonrió a su vez aceptando gustosa el calor de sus labios.

–Debo marcharme –se lamentó ella.

– ¿Cómo has venido? –quiso saber.

–A caballo, lo dejé fuera.

–Te acompaño –la tomó de la mano.

–Por favor Haymitch, asegúrate de que la lea –insistió ella mientras Carlisle la ayudaba a montar.

–No te preocupes.

–Entonces espero tu visita –quiso concretar ella.

Haymitch la tomó por del brazo estirando hacia él para que se inclinara sobre el caballo, dándole un último beso antes de que se marchara.

–Hasta pronto –le confirmó entonces.

Effie le lanzó una sonrisa de conformidad y tiró de las riendas. Cuando la vio desaparecer por el camino, dirigió su vista a la pequeña nota. No sabiendo muy bien que posible excusa podría darle a Peeta decidió abrirla, aún si aquello era una indiscreción. Pero suspiró aliviado al comprobar que la propia nota le daba la excusa perfecta que darle a Peeta; Katniss había sido muy ingeniosa y tal vez conseguiría su propósito.

Se encaminó con premura hacia la biblioteca, con la certeza de encontrar al joven allí. Aquella estancia parecía haberse convertido en su santuario. Para alivio suyo, esta vez no lo encontró ebrio, aunque estaba sentado con aire de hastío en el butacón.

–Me alegra que hayas decidido dejar la bebida –le dijo en tono burlesco caminando hacia él.

–No estoy para reproches, Haymitch –espetó sin apenas mirarlo.

–Tal vez la noticia que te traigo te anime un poco –le insinuó.

–Tú dirás –repuso con desgana.

-Seneca ha arrestado a Marvel ¿no te alegras? –preguntó con tono mordaz aunque Peeta no se inmutó. – ¿Habrías preferido que lo condenaran directamente a la guillotina?

Peeta miró a Haymitch con dureza.

– ¿Entonces qué quieres, Peeta? –inquirió con sequedad.

–Bastaría con que no me mortificaras –ocultó su rostro entre sus manos.

– ¿Mortificarte? –ironizó él. –Sólo quiero que despiertes de una vez y dejes de lado ese aire de animalito desvalido.

– ¡Marvel mató a mi madre! –le recordó mirándolo con ira.

– ¿Y por qué crees tú que lo hizo? –continuó provocándolo.

– ¡Qué sé yo! –se incorporó de la butaca. –Por antiguas rencillas familiares que poco tienen que ver con Katniss y conmigo y, que según mi madre, no justifican el odio desmedido de Marvel.

– ¿Y si fuera algo más?

– ¿Qué quieres decir? –lo miró con cautela.

–Un campesino ha traído esta nota para ti –le entregó la misiva sin más.

–Está abierta –apuntó al tomarla.

–Lo siento. Quería cerciorarme de que era algo serio antes de interrumpir tu vigilia.

Peeta le hizo una mueca de disgusto mientras leía la nota.

–Aquí dice que alguien quiere encontrarse conmigo en la iglesia del pueblo porque tiene información muy importante sobre la muerte de mi madre –frunció el ceño con extrañeza.

–Tal vez si haya algo más en todo este asunto –le dijo Haymitch ahora con más calma. –No pierdes nada por escuchar –añadió ante su indecisión.

–Está bien –consintió finalmente. –Vuelvo enseguida.

Haymitch lo vio salir de la biblioteca. Él ya había cumplido con su parte y de una forma más sencilla de lo que creía. Tal vez no estaba todo perdido pero ya quedaba en manos de Katniss.

* ~ § ~ *

Katniss aguardaba sentada en aquel banco de la iglesia, retorciendo con nerviosismo su pañuelo entre sus manos. El temor de que Peeta no accediese a acudir se acrecentaba con cada minuto que pasaba pero decidió seguir esperando. El Padre Mitchell, muy comprensivo, había aceptado aguardar en la sacristía para no interrumpirles y la próxima misa no sería hasta muchas horas después, hasta la misa de la tarde. Esperaría hasta entonces si era necesario.

En ese momento escuchó pasos tras ella. Con el corazón en un puño se levantó, temerosa de que Peeta se marchara en cuanto ella se girara y viera de quien se trataba.

–! Katniss! –exclamó al ver a la joven caminar hacia él. – ¿Qué clase de engaño es éste? –inquirió ofendido haciendo ademán de marcharse.

–No, Peeta –tomó ella su mano, deteniéndolo.

Peeta cerró los ojos sintiendo aquel tacto en su piel como si le abrasara. Era ridículo creer que podría odiarla de un día para otro a pesar de todo, pero el dolor que le producía el recuerdo del cuerpo sin vida de su madre entre sus brazos era inmenso y había sido su hermano quien había derramado su sangre. Se soltó lentamente de sus dedos sin saber muy bien que quemaba más si el hecho de que lo tocara o de que no lo hiciera.

–Debemos hablar –la escuchó decir.

–No creo que haya nada que debamos decirnos –repuso tratando de ganar la batalla a ese impulso que lo arrastraba a tomarla entre sus brazos.

–No puedes decir eso después de todo lo que ha pasado entre nosotros –bajó su rostro al sonrojarse sus mejillas. – ¿Tan fácil ha sido para ti olvidar que he sido tuya?

–No, Katniss –negó dando un paso hacia ella. –Jamás podré olvidar el momento más feliz de toda mi vida.

Quien se acercó esta vez fue Katniss, pero no solamente un paso sino toda la distancia que la separaba de Peeta y de sus labios. El pudor que la había asaltado hacía unos segundos desapareció eclipsado por aquel anhelo, por aquella necesidad de sentirlo cerca. No temió ni por un segundo su rechazo ni titubeó un instante. Lo besó con toda ese ansia que se arremolinaba en ella debido a su separación, apretando contra él su cuerpo que bien sabía estaba hecho para ser amado por el suyo y se sintió desfallecer cuando notó sus dedos masculinos rodear fuertemente su cintura mientras su boca la devoraba con fervor. Durante un instante creyó que su vínculo era irrompible, que sus vidas estaban destinadas a estar unidas, como lo estaban ahora sus labios, hasta que Peeta la tomó por los brazos y la separó de él.

–No, Katniss –volvió a repetir, aunque bien sabía ella que con un significado muy distinto a como lo había dicho antes. –Lo único que veo cuando cierro los ojos es la sangre de mi madre manchando mis manos –bajó su mirada pesarosa hacia ellas. –Tu hermano…

–Mi hermano salvó mi vida, Peeta –replicó ella.

– ¿Tú también alegas la defensa propia para excusar ese crimen? –le reprochó.

–No es una excusa, es la verdad –insistió ella. –Cuando viniste en busca del Padre Mitchell para que nos casara tu madre me sorprendió. Feliz fui a contarle lo que habíamos decidido para encontrarme que blandía un puñal alzándolo contra mí.

–Basta de mentiras –la miró escéptico. –Tú misma me contaste tu encuentro con ella, cuando te ofreció apoyarnos en nuestra relación y facilitar un entendimiento con tu hermano para que pudiéramos ser felices, acercamiento que Marvel rechazó ofendiéndola frente a todo el mundo –le recordó. –Y él fue quien vino a mi casa a levantar su arma contra ella.

–Sólo venía a buscarme, Peeta –trató de explicarle. –Supo que me había escapado para venir a verte y al llegar nos encontró forcejeando en lo alto de la escalera.

Peeta la miró en silencio durante un instante, dubitativo.

–Por mucho que quiera a mi hermano no sería capaz de apoyarlo si hubiese sido a sangre fría como piensas tú –continuó al vislumbrar la posibilidad de convencerlo. –Y él tampoco podría vivir con una culpa así. Lo primero que hizo después de lo sucedido fue ir a ver al Capitán Seneca para confesarlo todo.

–Pues Seneca no debió creer tampoco su versión de la legítima defensa cuando finalmente lo ha detenido –le cuestionó él.

–Lo ha hecho para chantajearme, Peeta –le contó entonces. –Quiere obligarme a casarme con él a cambio de su libertad.

Peeta la miró con asombro, tensa su mandíbula por la ira que aquello le producía.

–No me tendrá nunca –le susurró ella tomando su mano.

Peeta se sintió claudicar de nuevo pero aquel dolor se negaba a liberarlo.

–No sé qué pensar, Katniss –su mirada verde se tornó cristalina por la pesadumbre. –Si te creo estaría aceptando que mi madre trató de asesinarte y es algo que no puedo ni intentar imaginar pero tampoco puedo creer que tú me estés mintiendo, destruiría mi alma si lo hiciera.

Tomó su mano entre las suyas por un momento para soltarla después con lentitud, reflejándose en su rostro el tormento que le suponía alejarse de ella.

–Peeta…

–Por el momento, el único que sé con certeza es que tu hermano mató a mi madre –agregó con gran pesar.

– ¿Es que ya no me amas? –alcanzó a preguntarle conforme se alejaba de ella.

–Por más que lo intenté jamás podré dejar de amarte –fue lo último que le dijo Peeta antes de abandonar la iglesia.

Y también fue lo único que Katniss quiso conservar de aquel encuentro, eso y aquel beso que aún ardía en sus labios. A pesar de todo Peeta seguía amándola y eso era más que suficiente para seguir luchando.

Bueno creo que todas sospechaban las intenciones de Seneca al arrestar a Marvel, chantajear a Katniss para que se casara con él. Afortunadamente Katniss escucho a Marvel y no acepto la proposición, aunque quien sabe ahora que hará el capitán con este nuevo rechazo ya que una vez más su ego ha sido herido. Jejejeje (cuanto me alegro)

Como les ha parecido la actitud de Peeta para con Katniss, pobre de nuestra parejita al parecer no les está yendo nada bien.

Una cosa mas mis queridas lectoras, acabo de abrir el blog de este sitio así que si quieren echar un vistazo aquí les dejo el link .com lo pueden encontrar en mi perfil.

Agradecimientos

Alecandance: si lo se pobre de Katniss y Marvel, y como ves Peeta sigue de terco sin prestar ninguna atención a Katniss. Lo se Annie y Finnick son muy tiernos ya habrá mas sobre ellos en los próximos caps. Gracias por review

JekaMellark: Muchas gracias mi fiel lectora, si mi cumple estuvo maravilloso así como tu dices. Como ves las cosas no salieron del todo bien para Seneca ya que Katniss lo rechazo jejeje, esperemos a ver si sucede tu milagro, nos leemos pronto

Vivis Weasley: Muchas gracias, no importa que haya sido atrasado, lo que cuenta es la intención como dicen en mi país, como te puedes dar cuenta Haymitch y Peeta no saben toda la verdad sobre Enobaria por eso les cuesta creer la verdad sobre todo al terco de Peeta, te apoyo totalmente en golpear a Peeta a ver si de una vez entra en razón. También adoro a Annie y Finnick, después vendrán más parejitas