CAPÍTULO 19
Clove caminaba con expresión ofuscada hacia el saloncito de entrada. Había buscado a Katniss por todo el palacio y no la había encontrado. Con toda seguridad había acudido en busca de Peeta y eso no era nada bueno para sus planes. Maldita niñita obcecada… con su enamoramiento juvenil estaba llevando sus vidas a la ruina, colocándolos a todos en una posición nada favorable ante Seneca. ¿Es que no podía ver que estaban en sus manos?
Al llegar al exterior encontró a Annie y Octavia barriendo la escalinata.
– ¿Sabéis dónde está Katniss? –les preguntó sin anunciar su presencia, alarmando a las muchachas.
–No, Señora Condesa –alcanzó a responder Annie.
–Por lo visto no sabéis cumplir una sencilla orden –las miró de arriba abajo con mirada escrutadora.
–Perdón, Señora Condesa –se disculpó ella por las dos sabiendo a qué se refería. –Lo haremos de inmediato.
–Eso está mejor –aseveró con la barbilla alzada viendo cómo se retiraban.
– ¿Se puede saber que te ha hecho enojar tanto? –escuchó la voz de Katniss a su espalda.
–He dado órdenes de usar el nuevo uniforme –le explicó con altivez. –Parece que ese atajo de gandules no es capaz de hacer el trabajo por el que se les paga.
– ¿Marvel está en la cárcel y tú piensas en los nuevos uniformes? –Katniss no salía de su asombro. –Tanta frivolidad no te asusta en lo más mínimo, ¿verdad?
–No te permito que te dirijas a mí de ese modo –alzó Clove la voz. –Porque si te dedicaras más a cumplir con tu deber en vez de perderte en amores imposibles, Marvel no estaría en prisión.
–Por mucho que te pese no es un amor imposible –le anunció con tono mordaz. –Hoy me he encontrado con Peeta y lo nuestro no ha terminado en absoluto.
–Yo que tú no me haría ilusiones –repuso con tono burlón.
–El amor es una fuerza invencible, Clove, aunque, que vas a saber tú de eso ¿no?
Clove con gusto la habría abofeteado, pero esa satisfacción a cambio de ponerse en contra de Marvel por culpa de su gesto habría sido poca. No, esa niñita ameritaba otro tipo de métodos para aprender que era en realidad la vida. El amor… estúpida ilusa, el amor era el emblema de los perdedores, el poder era lo que movía el mundo y ella se lo iba a enseñar. Para ello debía hacer una visita al Fuerte San Bartolomeo, aunque Marvel no sería su primera prioridad.
Al verla entrar el despacho, Seneca se apresuró en levantarse del escritorio y acudir a su encuentro con sonrisa grandilocuente.
–Echaba en falta vuestra visita –se refirió con cierto toque irónico a la falta de interés que mostraba ella al no haber acudido aún a ver a Marvel.
–Imagino que os haréis cargo de lo difícil que es para mí sobrellevar esta situación –trató de excusarse ella con voz lastimera.
–Me doy cuenta de vuestra posición y lo lamento profundamente –se congració con ella. –Pero he actuado en base a las pruebas encontradas y ateniéndome a la ley.
–Creí que vos eráis la ley aquí, el poder –le susurró insinuante.
–No es fácil estar en el poder, pero da una libertad excitante –entró él en su juego.
–Yo estoy segura de que podríais excarcelar a mi marido cuando quisierais –continuó ella con cautivante sonrisa. –Podéis hacer todo lo que os propongáis.
–Querida Condesa –se acercó Seneca a ella peligrosamente. –Si se abusa de la libertad del poder, hay que asumir las responsabilidades.
–Estoy dispuesta a hacerlo –le sugirió ella. –Sólo debéis decirme como.
En el rostro de Seneca se perfiló una sonrisa triunfal. Alzó su mano hacia Clove y colocó uno de sus dedos cerca de su escote, sobre la abotonadura de su corsé y comenzó a hacerlo descender de forma sinuosa. Clove ahogó un gemido entre su pecho sorprendida ante aquel gesto inesperado y que no daba lugar a equívocos.
– ¿Qué tanto queréis a vuestro marido? –preguntó él con voz profunda y declarada intención.
–Digamos que me importa lo que es mío.
Aquella respuesta ambigua hizo sonreír aún más ampliamente a Seneca.
–En ese caso, id a verlo –le indicó. –Tal vez, tras vuestra visita os apetezca que vos y yo profundicemos en el tema. Si es así, buscadme.
Entonces Seneca, en un par de zancadas alcanzó la puerta y la abrió.
–Acompañad a la Condesa al calabozo –le ordenó a un brigada. –Hasta pronto, espero –se dirigió ahora a ella con encantadora sonrisa.
Clove no pudo evitar sentirse halagada. No, halagada no, se había sentido una mujer deseada por primera vez en mucho tiempo. Porque, aunque las intenciones de Seneca fueran poco menos que indecorosas, Marvel jamás la había mirado de esa forma, jamás la había hecho estremecer con el simple gesto de ponerle un solo dedo encima.
Un inquietante escalofrío la recorrió al entrar a la húmeda galería que llevaba a los calabozos y se obligó a sacarse a Seneca de la mente, aunque sólo fuera un instante. Alarmada observó en las condiciones en las que se hallaba su marido en cuanto la brigada abrió la puerta.
–Hay que hacer algo para sacarte de aquí –exclamó ella como saludo en cuanto puso un pié en la celda
–Seneca sabe muy bien que soy inocente y que lo que hice fue para salvar a Katniss –discrepó él con sequedad. Caminó hacia ella, aunque manteniéndose un paso alejado en vista de la frialdad con la que le estaba obsequiando, actitud que a Clove tampoco le importunó en absoluto.
–Aunque así haya sido, no tiene sentido oponerse a alguien más poderoso –refutó ella. –Es inútil ponerse en su contra.
–No me voy a dejar pisotear –apretó Marvel sus puños. –No subestimes mi fortaleza.
– ¿Y no piensas en mí y en Vilastagno? –le reprochó. –Yo no puedo afrontar todo esto sola. No puedes dejarme a mi suerte –aseveró con dureza.
–Entiendo que debes estar pasando por un momento terrible –alegó el conciliador. –Pero debes ser fuerte.
–Y todo esto por el capricho de tu hermana –lo miró de arriba abajo con aversión. Sin mediar otra palabra, giró sobre sus talones y abandonó la celda.
Marvel la observó hacerlo impávido, hasta que el carcelero cerró la puerta, quedando su mirada fija y ausente sobre ella. Si en algún momento podía sentir algo de culpabilidad hacia Clove por su amor a Glimmer, con el paso de los días ésta se iba diluyendo.
–Interesante –la voz al fondo de la celda de Vincent lo hizo retornar a la realidad.
– ¿A qué os referís? –se aproximó hacia él sin entender.
–A las tres señoras que han venido a veros –le respondió. –Vuestra dulce hermana, vuestra esposa, y ahora una tercera dama…
–Ésta última es mi esposa –lo sacó de su error.
–Quien lo habría dicho –asintió con curiosidad. –Creí que era la joven que os visitó esta mañana temprano.
Marvel no pudo hallar justificación alguna a la que recurrir. Por mucho que Vincent había tratado de mantenerse al margen, era imposible encerrados en aquellas cuatro paredes, y su comportamiento bien daba lugar a aquel pensamiento.
–No quería ser indiscreto –se excusó el muchacho al ver el gesto contrariado de Marvel.
–No es necesario que os disculpéis –negó con la cabeza. –Creo que la situación habla por sí sola.
–No os juzgo –le advirtió. –Pero del mismo modo que yo os entiendo a vos, vos deberíais comprenderme a mí.
Marvel lo miró confuso.
–Para algunos son los ideales y la búsqueda de justicia y para otros –hizo Vincent una intencionada pausa, –lo que guía su lucha es el amor.
Marvel lanzó un suspiro que parecía haber estado oprimiéndole el pecho y asintió con la cabeza dándole la razón. El amor de Glimmer en ese momento era lo más importante para él y estaría dispuesto a hacer cualquier cosa por conservarlo. Para Vincent lo eran su integridad y principios y ambas luchas iban cogidas de la mano, suponiendo en sí mismas la Revolución. La de Vincent era contra la fuerza opresora de los franceses y la de Marvel contra los designios del destino que había dictado para Glimmer y él caminos distintos.
De repente, unas voces procedentes del patio les hicieron dirigir la mirada a la pequeña ventana que daba a él. Tras un breve silencio, un sonido muy característico resonó en la celda, helando la sangre de ambos jóvenes; era el susurro de una gran y afilada hoja resbalando de forma mortal hacia el suelo.
–La guillotina –murmuró Marvel como si hubiera sido necesario.
–La están preparando para una ejecución –agregó también de forma innecesaria Vincent. –Sea para quien sea, siempre será algo inútil ¿no creéis?
* ~ § ~ *
Haymitch volvió a mirar hacia el portón por enésima vez. Había decidido continuar con su lectura en el jardín mientras esperaba a Peeta para que así le contara cuanto antes sobre su encuentro con Katniss pero ya demoraba demasiado. Se levantó con la intención de dar un paseo y, en su deambular errático, llegó hacia el pequeño claro donde estaba enterrada la Marquesa Enobaria. Sin embargo, se detuvo antes de llegar a la tumba y se ocultó tras un árbol a observar la escena. Beetee se hallaba arrodillado cerca de la tierra aún removida, con un ramo de flores en la mano y Haymitch habría jurado que el sirviente conversaba con el frío granito de la lápida como si de una persona se tratase.
Entonces una fulminante idea vino a su mente. Beetee no sólo se había mostrado fiel a su señora, lo que le unía a ella era una ciega devoción y si alguien sabía algo sobre su pasado ése era él.
Con caminar lento se acercó al sirviente que ya depositaba el humilde ramo sobre la tierra y se detuvo a su lado.
–Resignación, Beetee. Sé que conviviste con la Marquesa durante muchos años.
–Toda una vida –susurró él con pesar.
–Me consta que te apreciaba –quiso alentarlo.
–Por supuesto –repuso con cierto aire tosco, como si aquella suposición lo ofendiese. –Quien más ella amaba la traicionó de la peor de las formas pero yo jamás lo hice.
– ¿A quién te refieres? –indagó. – ¿A Peeta?
–Cuánto la ha atormentado –continuaba el criado con su alegato como si no escuchase la voz de Haymitch–Su amor por esa Everdeen le dolía en lo más hondo y podría haberlo evitado si le hubiera contado todo, pero quería tanto a su hijo que jamás le dijo nada. Había tanto que decir… pero ella no quería que él sufriera.
– ¿De qué hablas, Beetee? –lo tomó por los hombros obligándolo a incorporarse. – ¿Qué debería saber Peeta?
–Estoy tan cansado, Haymitch, tan cansado –murmuró entonces el sirviente, con la mirada perdida. Se deshizo lentamente de su agarre y comenzó a alejarse de él.
– ¿Qué es lo que la Marquesa no le contó a su hijo? –quiso hacer un último intento.
–Los secretos de mi señora quedaron enterrados con ella –y habiendo dicho aquello tan enigmático se marchó.
Haymitch resopló contrariado. ¿Tan difícil era descubrir la verdad? Y pensar que la felicidad de Peeta podía depender de aquello aún lo angustiaba más. Decidió que esa misma noche iría a hablar con Effie porque aquella situación le parecía insostenible. Volvió sobre sus pasos para dirigirse de nuevo al jardín cuando divisó el caballo de Peeta entrando en la finca, así que se apresuró para acudir a su encuentro. Ya cerca de él, pudo apreciar el semblante apagado del joven así que pudo suponer que su entrevista con Katniss no había ido tan bien como esperaba.
– ¿Qué ha sucedido? –quiso saber de todos modos. Sujetó las riendas del caballo facilitando que el muchacho desmontara.
–Mal, Haymitch –le dijo. –Katniss no sólo insiste en que su hermano actuó en legítima defensa como ya nos había informado Seneca sino que me asegura que mi madre trató de matarla.
–Peeta…
– ¡No puede ser posible, Haymitch! –exclamó cortante. –No puedo ni siquiera alcanzar a imaginar que mi madre alzase un cuchillo contra ella.
– ¿Sin embargo? –preguntó al ver incertidumbre en sus ojos.
–Tampoco puedo creer que Katniss esté inventando una infamia semejante –se lamentó endureciéndose su rictus.
–Peeta, ¿no crees que debe haber algo más detrás de todo esto? –le sugirió.
–Yo ya no creo nada –suspiró hondamente. –Por favor, que no me moleste nadie.
–Pero Peeta… –quiso detenerlo Haymitch.
Peeta alzó una de sus manos pidiéndole silencio mientras con la otra tomaba las riendas de su caballo para llevarlo a la cuadra. Haymitch no pudo menos que dar por finalizada la conversación… por el momento.
* ~ § ~ *
Annie volvió a lamentarse por no haber tomado la carreta. Con un trayecto tan largo, en aquella cesta parecía que portaba piedras en vez de alimentos. Pero no quería que alguien hubiera notado su ausencia, la única que lo sabía era Effie y, si tomaba la carreta, con seguridad alguien habría notado su falta y podrían informarle a Clove y no quería desatar de nuevo su furia. Con lo sucedido horas antes por culpa del uniforme nuevo había sido suficiente.
Cuando divisó el Fuerte San Bartolomeo sintió un escalofrío recorrer su espalda. No había mentido cuando le había pedido permiso a Effie para salir y llevarle algunas cosas a Marvel a prisión, pero muy bien sabía que no era ese el principal motivo, igual que lo sabía Effie, su sonrisa de complicidad así lo afirmaba. No era el Conde al único al que quería visitar, sino a Finnick, y ahora que estaba llegando al portón deseaba con todas sus fuerzas que aquella excusa le sirviera para poder verlo. Sin embargo, por otro lado le preocupaba que la considerara inoportuna, al fin y al cabo era su lugar de trabajo. Se dio un último ánimo diciéndose que le llevaría los víveres a Marvel para que sintiese el apoyo de su gente, eso bien valía la caminata, y si de paso, podía ver a Finnick aunque sólo fuera de lejos, volvería a la finca más que satisfecha.
–Buenas tardes, señorita –la saludó el Cabo de Guardia cuando la tuvo enfrente. – ¿En qué puedo serviros?
–Quisiera saber si es posible que el Teniente Finnick me atienda –le respondió con nerviosismo. De repente miles de ideas acudían a su mente ¿Y si estaba ocupado y no podía recibirla? Y si en efecto le decía que estaba ocupado, ¿sería verdad o sería una excusa porque no quería recibirla? No, eso no podía ser, estaba pensando disparates. Finnick la amaba, se lo había dicho, él…
– ¿Quién le digo que pregunta por él? –cortó el joven soldado sus elucubraciones.
–Me llamo Annie –respondió un tanto aturullada.
–Aguardad aquí un momento –le pidió con una leve sonrisa. –Iré a ver.
Annie asintió mientras agarraba con ambas manos el asa de la cesta, estrujándola literalmente por la anticipación. Ahora, todas las ideas que la habían asaltado segundos antes le parecían absurdas, completas estupideces. Finnick saldría a verla, aunque fuera un momento y ella sería feliz sólo con eso. Y efectivamente, el joven no tardó en aparecer y con una radiante sonrisa en su rostro.
– ¿Qué haces aquí? –preguntó mirando de reojo al cabo que había vuelto a su puesto.
–Espero no ser inoportuna.
–No digas tonterías, me hace muy feliz verte y lo sabes –le susurró. – ¿O es que no vienes a verme a mí? –preguntó con simulada desilusión señalando la cesta.
–Ahora el que dice tonterías eres tú –se burló ella. –Le he puesto la excusa a Effie de querer traerle a Marvel algunos alimentos para que me diera permiso y poder salir.
– ¿Y te ha creído? –alzó sus cejas con incredulidad.
–No, pero igual me ha dejado venir –alegó sonriente. –De todas formas puedo entender si estás ocupado –le dijo ahora un poco más seria.
–En realidad sí que tengo algunos asuntos que atender –se lamentó él. –Pero si me das unos minutos, zanjo un tema urgente y al menos podré acompañarte hasta la finca si quieres.
–Claro que sí –se dibujó una gran sonrisa en su rostro. – ¿Crees que mientras tanto podría visitar a Marvel?
–Normalmente las visitas son sólo para los familiares –respondió con tono solemne. –Pero contigo haré una excepción –le sonrió al fin. –Ven, conmigo.
Annie lanzó una risita traviesa y lo acompañó, pero su alegría se vio eclipsada cuando se introdujeron en la oscuridad de aquella galería que llevaba a la celda donde recluían a su patrón. Al llegar, Finnick le hizo una seña al guardia y éste obedeció abriendo la puerta.
–Vendré dentro de unos minutos a por ti –le indicó a la muchacha.
Annie asintió antes de entrar en la celda. Pudo ver que la iluminación allí no era mucho más abundante que en la galería. En uno de los muros pudo ver apostados dos camastros en donde reposaban dos muchachos, uno de ellos Marvel.
–Santo Dios, Annie ¿Qué haces aquí? –se alarmó el muchacho al verla en la puerta, levantándose de inmediato para caminar hasta ella.
–Señor Conde, yo…
–Sólo me llamas así cuando crees que has hecho algo incorrecto –le recordó él. –Y ahora no lo has hecho, al contrario, me alegra mucho que hayas venido.
Annie miró con cierto recelo al otro muchacho que los observaba sentado en el camastro.
–No te preocupes, a él no le importará si me llamas por mi nombre –bromeó Marvel.
Entonces, Annie le sonrió confiada y el joven le dio un afectuoso abrazo como respuesta.
– ¿Qué es eso? –preguntó al notar la cesta entre ellos.
–He traído algunos alimentos –la alzó para que la tomara, dejándola él sobre el camastro.
–Muchas gracias –respondió. –Pero ¿cómo te han permitido visitarme?
Annie se mordió el labio sin saber muy bien que contestar.
– ¿A quién conoces en este regimiento? –insistió Marvel.
–Al Teniente Finnick –dijo ella finalmente.
–Mucho debes agradarle cuando no sólo te deja verme sino que te permite traerme alimentos –lo miró él con divertida suspicacia.
– ¿Lo desapruebas? –preguntó dudosa.
– ¿Lo quieres? –respondió con otra pregunta. Annie asintió en silencio. – ¿Y él a ti? –quiso asegurarse, volviendo a asentir ella. –Entonces no puedo desaprobarlo.
–Gracias –repuso ella sonriente.
–Aunque tu hermano…
–Lo sé –lo interrumpió ella. –Confío en hacerlo comprender algún día, pero no hablemos de eso –sacudió la cabeza. – ¿Qué va a pasar ahora?
–Seneca debe cumplir con la ley, tengo derecho a un juicio –le explicó.
Sin embargo fue imposible para Marvel el evitar que la imagen de aquella máquina infernal que esperaba de forma mortal en el patio acudiera a su mente. Sólo confiaba en que Annie no tuviera ocasión de verla y angustiarse más de lo necesario.
– ¿Y qué podemos hacer? –le cuestionó llena de impotencia.
–Cuida de Katniss –le pidió en tono cariñoso.
–Sí, Marvel.
–Annie –escucharon un susurro mientras se abría la puerta.
Ambos jóvenes miraron hacia la entrada de la celda y vieron a Finnick pasar.
–Siento interrumpiros –se disculpó el teniente. –Pero dentro de unos minutos es el cambio de guardia del calabozo y digamos que la brigada que va ocupar el puesto no es de mi entera confianza.
–Sí, por supuesto –concordó Annie. –Será mejor que me vaya ya.
Annie volteó hacia Marvel y le dio un rápido abrazo.
–Todo va a salir bien –le decía el joven entre tanto.
–Hasta pronto –le respondió separándose de él.
Finnick se apartó un poco de la puerta dejándola salir.
–Gracias por todo, Teniente –le dijo Marvel antes de que también se fuera.
Finnick asintió sonriendo levemente mientras cerraba la puerta.
–Le he pedido a un muchacho que me ensille un caballo –le susurró a Annie.
La joven se dejó guiar por él hasta una salida trasera donde, en efecto, un soldado aguardaba por ellos.
–Aquí tenéis, Teniente –le anunció con voz firme, ofreciéndole las riendas.
–Gracias –las aceptó. –Y recuerda que no sabes dónde estoy. No tardaré en regresar.
–A sus órdenes, Teniente –se cuadró saludándolo.
Annie observó la escena con atención hasta que notó que Finnick la tomaba de la cintura para subirla al caballo, montando seguidamente él y colocándose tras ella. Le había inquietado sobre manera su comentario sobre el guardia y el hecho de que no era de su confianza, pero pronto se disipó al sentir la calidez del cuerpo de Finnick contra su espalda. Disfrutó en silencio aquella sensación aunque pensativa, cavilando sobre las dos situaciones tan dispares que acababan de darse. Aquel guardia no contaba con la confianza de Finnick y sin embargo, con el que los estaba esperando fuera con el caballo parecía justo lo contrario.
–Cuéntame lo que te preocupa –le escuchó decir a Finnick, como si lo hubiera presentido.
–Pensaba en lo que decías sobre ese guardia ¿No se supone que eres su superior?
–Seneca es mi superior y tampoco es de mi confianza –sentenció.
Annie inclinó la cabeza mirándolo asombrada.
–Sabes que no apruebo muchos de sus métodos –le recordó él.
–Eso es cierto –admitió ella.
–Hay muchos que piensan como él en nuestro regimiento, pero también hay otros muchos que disienten.
– ¿Cómo el muchacho que nos esperaba con el caballo? –supuso ella.
–Eso es.
– ¿Y no podéis hacer nada? –quiso saber ella.
–Sería poco menos que una rebelión –sonrió él ante su ingenuidad. –Nos someterían como poco a un consejo de guerra y dictando una sentencia que no olvidaríamos jamás.
– ¿Qué pueden hacerte? –preguntó sobresaltada.
–Nada –rió él. –No es que vayamos a provocar un motín en el Fuerte.
Annie meditó durante unos segundos hasta que algo acudió a ella.
– ¿Entonces por qué hemos salido por la puerta de atrás? –le cuestionó.
–Eso no tiene nada que ver –se encogió de hombros tratando de restarle importancia.
– ¿Con qué tiene que ver? –escudriñó en su mirada.
–No es nada, Annie.
Pero ella sabía que mentía. Si habían salido del Fuerte de aquella forma sólo había un motivo: que no podían verlos juntos.
Con una agilidad pasmosa que desconcertó completamente a Finnick, Annie se agarró de las crines del caballo y descendió hasta el suelo.
– ¿Pero qué haces? –Le cuestionó sorprendido –Podrías haberte lastimado. ¡Annie! –la llamó viendo que la muchacha retomaba a pié el camino. Finnick desmontó con rapidez y la alcanzó tomándola de un brazo. – ¿Pero qué te ocurre?
–Es peligroso para ti que te vean conmigo ¿verdad? –lo enfrentó ella.
–No es tanto así, Annie –trató de tranquilizarla. –Es sólo por precaución.
–No te entiendo, Finnick.
– Annie, a nadie le pasa desapercibido que el encarcelamiento de tu patrón es una vendetta personal por parte de Seneca porque Katniss lo rechazó –comenzó a explicarle. –No está actuando con todo su sentido común y, tal vez, si sabe que tengo amores contigo me tache de traidor por tener algún tipo de relación con los Everdeen.
Annie lo observó durante unos segundos, pensativa. De repente, dio un tirón escapando del agarre de Finnick y echó a correr. Sin embargo, con un par de zancadas, Finnick volvió a alcanzarla y rodeó sus hombros con sus brazos, haciendo que apoyara su espalda contra su pecho, aprisionándola contra su cuerpo, para evitar otro de sus arrebatos.
– Annie…
–No debería haber venido –sentenció ella con voz temblorosa.
–No digas eso –le pidió él. –Ese deseo tuyo por verme y que te ha hecho venir hasta aquí es el mismo que siento yo cuando no te tengo cerca –le confesó. –Te extraño más con cada segundo que pasa, pienso en ti cada instante, preguntándome cuando podré volver a verte y no soy capaz de expresarte la dicha que he sentido cuando he sabido que estabas fuera.
Annie se removió lentamente entre sus brazos para que la soltara y volteó para mirarlo, alzando una de sus pequeñas manos hasta su mejilla.
–Y yo no podría soportar que algo te pasara por culpa mía –quiso hacerle entender.
Pero a Finnick no le hacía falta entender nada. La tomó por los hombros y la acercó hasta él para besarla con intensidad. Si en Annie quedaba algún tipo de recelo desapareció en ese mismo momento, mientras los brazos de Finnick la rodeaban por completo y su boca se hacía dueña de la suya. Su reacción no fue otra que abrazarse más a él si eso era posible, disfrutando de ese beso que invadía sus sentidos haciéndola olvidar todo lo demás. Porque eso era lo que pretendía Finnick, que los pocos momentos que pudieran compartir no se vieran ensombrecidos por aquella guerra que se estaba levantando a su alrededor y que nada tenía que ver con ellos.
– Annie, no va a pasar nada –tomó su rostro entre sus manos para que lo mirara fijamente. –Tal vez estoy pecando de cauteloso, pero te aseguro que voy a estar bien.
Annie asintió levemente y apoyó su mejilla contra su pecho, dejándose envolver por él. Cerró los ojos inspirando profundamente con angustia y el aroma de Finnick penetró en ella, inundándola, mientras él acariciaba su espalda suavemente, devolviéndole la calidez y el sosiego. Escuchaba vibrar contra su piel el latido de su corazón a través de la casaca, dedicándole una melodía que componía únicamente para ella y transmitiéndole todos esos sentimientos que, tal vez Finnick no sabía expresar con palabras, pero que llegaban a Annie con cada una de sus caricias. La amaba, y ella lo amaba a él, cada día más y esa amarga punzada de dolor que había sentido hacía un momento ante la idea de perderlo le hacía saber que la que en realidad estaba perdida era ella, pues no sería capaz de enfrentar sus días sin él.
* ~ § ~ *
Effie colgó con desgana el delantal en uno de los ganchos de la pared de la cocina. La única que había acudido a cenar fue Clove, Annie le había llevado una bandeja a Katniss con la cena de ambas y se había quedado con ella para hacerle compañía y Effie había guardado algo en una vasija para poder hacerlo en su casa. Le pidió a una de las muchachas que ordenaran todo cuando terminaran de cenar y salió.
Mientras caminaba, pensó en la situación y deseó que todo se solucionara cuanto antes. Marvel tenía que salir libre tarde o temprano, así tenía que ser, aunque tuvieran que esperar meses para su juicio, pero le preocupaba el bienestar de los que allí vivían mientras tanto. Sólo había pasado un día desde la encarcelación de su marido pero Clove, lo único que mostraba era una despreocupación intolerable por todo y todos. La única orden que había dado en todo el día era la del maldito cambio de uniforme mientras ella había ocupado todo su tiempo en su recámara, sacando y probándose todos los vestidos de su armario; eso le habían dicho las muchachas que habían estado ordenando sus aposentos. Incluso para la cena, aun sabiendo que asistiría sola, se había puesto uno nada recatado que dejaba poco a la imaginación sobre su anatomía y emanando perfume hasta intoxicar el ambiente.
Effie negó con la cabeza. Bien sabía ella que Clove no amaba a Marvel, pero su comportamiento era inaceptable; no era necesario que lamentase a viva voz con falsedad la suerte de su esposo, pero tampoco celebrarlo como parecía que estaba haciendo.
–Una moneda de oro por tus pensamientos.
– ¡Haymitch! –exclamó sobresaltada al verlo parado frente la puerta de su casa.
–Discúlpame, no quería alarmarte –dijo acudiendo a su encuentro.
–Es culpa mía, estaba distraída –le aseguró excusándolo. Haymitch aceptó aquello sonriendo y se inclinó para besarla.
–Hola –la saludó como era debido.
–Hola –sonrió ella a su vez. – ¿Has cenado? –le preguntó entonces dirigiéndose a la puerta.
–No, pero no te preocupes –la disuadió.
–Creo que habrá suficiente para los dos –lo ignoró ella dejando el envase en la bancada. – ¿Puedes cortar un poco de queso mientras yo la caliento? –le señaló una estantería.
–Claro –asintió él, cerrando la puerta.
Tomó la tabla con el queso y la llevó a la mesa, mientras la observaba deambular por la estancia, inmersa en su tarea. Haymitch se sonrió y se atrevió a pensar que aquello era muy parecido a lo que sería una vida en pareja y, si así era, sin dudarlo lo compartiría con aquella mujer. Sin embargo, no creyó justo hacerlo dadas las circunstancias. Peeta lo necesitaba tan hundido como estaba y no era el mejor momento para dejarlo solo. Eso le recordó uno de los motivos de su visita.
–Disculpa si te he importunado con mi repentina visita –le dijo entonces. –Pero me urge terminar la conversación que dejamos a medias esta mañana.
– ¿Significa eso que no vienes únicamente a verme? –lo miró con sonrisa pícara mientras dejaba un par de platos en la mesa.
Haymitch la tomó de la mano y la acercó a él, besándola.
–Tal vez si Peeta y tú hubierais estado al tanto de todo no estaríamos en esta situación –reconoció ella con seriedad.
–Cuéntamelo ahora –le pidió él. –Quizás aún no sea tarde.
–De acuerdo –le instó ella a sentarse.
Mientras cenaban, Effie pasó a relatar, ante la mirada atónita de Haymitch, todo lo que había acontecido en aquel lugar años atrás. No obvió nada, ningún detalle, ninguna fecha y retrató frente a él, el verdadero y oculto rostro de Enobaria Mellark.
–Enobaria sólo sembró muerte en estas tierras –le decía en ese momento. –No sólo Portia y Plutarch fueron víctimas de sus actos; los padres de Glimmer murieron bajo su propia mano.
–Ahora puedo entender el odio de Marvel hacia la Marquesa –recitó Haymitch con la mirada pérdida, sin apenas poder asimilar toda aquella crueldad.
–Además, suma el amor que Marvel siente por Glimmer desde que eran niños. Nunca debió casarse con Clove–agregó al ver que la miraba sorprendido.
–Todos estos años he tratado la enfermedad de su cuerpo cuando en realidad, la que estaba condenada era su alma –sería negando con la cabeza con incredulidad. –Y todo por el amor que sentía por Plutarch.
–Por esas venas jamás pudo correr amor, sólo venenosa ponzoña –discrepó Effie.
–No pretendo justificarla en lo más mínimo, y no sé si con el Conde Plutarch sería el caso, pero esa mujer fue capaz de amar. Hacia Peeta sentía un amor casi enfermizo.
–Pues su amor sólo lo ha llevado a la desdicha –apuntó ella.
–Está destrozado –afirmó él.
–Y su cita con Katniss tampoco ha sido de gran ayuda –lamentó ella.
–Me temo que no –concordó con ella. –El gran amor que sintió por su madre compite por el que siente por Katniss, que, aunque es diferente, es igual de intenso. Está entre dos fuegos, sintiendo que vaya hacia donde vaya se quemará –continuó. –El hecho de que su madre haya querido matar a Katniss es algo imposible de concebir para él, pero hay algo que le hace creer en las palabras de la muchacha y eso lo mortifica de manera implacable.
– ¿Le contarás entonces lo que te he dicho? –quiso saber Effie.
–No –repuso con rotundidad.
–Si Peeta sabe la verdad sabrá también que Marvel no acudió a su casa con la intención de matar a Enobaria…
–Si Peeta sabe la verdad en las condiciones en las que se encuentra sólo le servirá para hundirse aún más –le explicó. –Perderá su rumbo por completo pues quien siempre fue su ejemplo y su soporte caerá ante sus pies, rompiéndose en pedazos su imagen de ella que tanto ha venerado como un muñequito de barro. Ni el amor que siente por Katniss lo salvará de eso, dañado como está ese amor ahora mismo por la desconfianza. Si llegase a asumir todo esto, que lo dudo, tal vez sólo lo lleve a sentir una culpabilidad hacia ella y su familia muy difícil de soportar.
– ¿Y qué vas a hacer? –inquirió ella. –Ambos están desesperados por su separación. Se aman, Haymitch.
–Si es así volverán a estar juntos –sentenció. –Eso es lo que tiene que triunfar ante todo esto, el amor que se tienen. Así, en su ignorancia, Katniss debe perdonarle a Peeta que no sea capaz de juzgar a su madre y Peeta debe entender que Katniss no es culpable de lo que ha hecho Marvel.
–Es que Marvel no es culpable…
–Lo sé, y algún día Peeta sabrá eso y todo lo demás, pero su amor debe superar todos esos obstáculos por sí mismo. ¿Qué validez tendría si no? –discrepó. –Un amor fuerte es lo que necesitan para dejar todo lo demás atrás. No será fácil para Peeta vivir con Katniss sabiendo que su madre quiso matarla, igual que tampoco lo será para ella sabiendo que Enobaria era una asesina, pero si se aman, y ese es el único sentimiento que los mantiene unidos, nada los separará.
–Es una prueba muy dura la que les estás imponiendo, Haymitch –le sugirió Effie.
–Créeme que lo sé y que me duele en el alma hacerles pasar por esto. Pero si son capaces de superarlo y volver a estar juntos, nada detendrá su amor, jamás.
* ~ § ~ *
Clove caminó hasta el centro de la recámara enfrentando el espejo, girando sobre sí misma revisando su figura. Sin duda con aquel vestido podría dejar impresionado a cualquiera. El corpiño perfilaba su cintura acentuando la curva de sus caderas y realzaba su busto de modo casi pecaminoso. Con sonrisa triunfal, se acercó a la cómoda y tomó uno de sus perfumes. El último toque, una pequeña gota de esencia en el escote, sobre la delgada línea que ahora formaba el valle de sus senos.
Se cubrió con una capa y salió del palacio, donde Cinna ya la esperaba con la carreta preparada. Ir a caballo no hubiera sido lo apropiado para mantener intacto su aspecto y, por otro lado, una visita al Fuerte no podía ser extraño para nadie, estando Marvel allí. Todos pensarían que iba a verlo a él, aunque eso no fuera cierto.
Tampoco le pareció raro al Cabo de Guardia del portón, que la hizo pasar directamente sin preguntarle absolutamente nada. Sólo le indicó a una brigada que la acompañara al despacho del Capitán. Al llegar, aguardó un instante mientras el soldado anunciaba su llegada. Seneca salió a recibirla personalmente y su sonrisa de satisfacción al verla hablaba por sí sola.
–Que nadie me moleste bajo ningún concepto –le ordenó al muchacho mientras tomaba la mano de Clove para invitarla a entrar.
Seneca cerró la puerta tras de sí, quedando apoyada su espalda sobre la madera, expectante, observando cada uno de los movimientos de Victoria que se hallaba a sólo unos pasos y de frente a él. Lentamente y con mirada intensa, la vio deshacer la lazada de aquella capa que resbaló ruidosamente hasta el suelo y a Seneca, al ver lo que se ocultaba bajo aquella tela, ya no le quedó duda alguna sobre el motivo de su visita.
Caminó hacia a ella y alzó sus manos hacia su escote, situándose sus dedos en el mismo lugar en el que reposaba aquella última gota de perfume y comenzando a perfilar después la abultada curva de sus pechos, reflejándose en su sinuoso movimiento la agitada respiración de Clove. Continuó hasta alcanzar sus costados, descendiendo hasta su estrecha cintura, abarcándola casi completamente con sus dedos.
De repente, la hizo girar entre sus manos poniéndola de espaldas, apretando sus caderas contra él y Clove lanzó un gemido de satisfacción al comprobar que había causado en él el efecto esperado, sintiendo contra ella su masculinidad. Sosteniéndola aún, la hizo caminar con él hacia la parte trasera del despacho donde se situaba una puerta que el abrió separándose de ella lo justo para extender su brazo y hacerlo, mostrándose ante ellos una recámara cuidadosamente engalanada, aunque muy varonil.
Clove apenas tuvo tiempo de pensar, no había acudido allí precisamente para eso, ni tampoco de darse la vuelta para encararlo. Así, con él a sus espaldas, no podía verlo pero si sentirlo cuando sus manos se deslizaban sigilosas desde su cintura de nuevo hasta sus pechos, bailando sus dedos sobre la abotonadura de su corsé, sin preludios ni preámbulos, pero llenos de pasión.
Sintió la boca de Seneca hundirse en su cuello despojándola ya del corpiño y en cuanto quedó liberada de esa prenda alzó sus brazos echándolos hacia atrás en busca de su pelo, y dejando caer la cabeza sobre su hombro. Un inesperado gemido de placer escapó de su garganta cuando las manos de Seneca volvieron a sus senos, esta vez desnudos, sintiendo como los acariciaba con maestría, endureciendo su cima entre sus dedos. Llevada por el deseo, hizo descender una de sus manos y la colocó entre ellos, alcanzando su virilidad haciendo que esta vez fuera él quien gimiera. Seneca la dejó hacer abandonando sus pechos y rió quedamente cuando la escuchó lanzar un quejido en forma de reproche. No sería por mucho tiempo. Con rapidez deshizo los nudos de la falda y la dejo caer, dejando a Clove vestida sólo con la pañoleta. Le habría encantado verla de frente en toda su plenitud pero estaba gozando de igual modo de la imagen de Clove apoyada sobre él, abandonada a su placer. Una de sus manos volvió a sus senos y Clove jadeó satisfecha, pero aquello no era nada comparado con lo que sintió cuando Seneca deslizó su otra mano entre su pañoleta alcanzando su feminidad. Sintió desfallecer con aquel ardor que nació de su centro mientras los dedos de Seneca se introducían en los pliegues de su carne, acariciándola profundamente.
De súbito, las manos de Seneca la abandonaron y comenzó a desvestirse con urgencia. Clove sentía sus piernas flaquear y creyó caer hasta que notó que sus brazos masculinos la elevaban. La dejó sobre la cama mientras él terminaba de quitarse la camisa y el pantalón, arrancando del cuerpo de Clove casi con rudeza la última prenda que la cubría.
Lo notó entrar en ella con impetuosidad y ambos gimieron ante su pleno contacto. Aquella arrebatadora pasión lejos de importunar a Clove la enardeció aún más, sintiendo como sus entrañas empezaban a arder con cada una de las invasiones de Seneca, cada vez más. Enredó sus piernas sobre su espalda y lo ligó más a ella, hundiéndose él más aún en su cuerpo, anudándose en su unión un placer que ascendía como una espiral que los atrapaba, una red que los oprimía fuertemente con cada movimiento, acumulándose el éxtasis en su interior de un modo casi doloroso. Seneca seguía recorriendo su interior una y otra vez en busca de esa liberación que sus cuerpos clamaban, siguiendo Clove el ritmo de su danza. Sus gemidos inundaron la habitación cuando el clímax estalló en miles de pedazos, lanzándolos a un vórtice de placer desmedido e inconmensurable, que los extenuó derrumbándose sus cuerpos uno en brazos del otro.
Sin embargo, aquello no era el final… era sólo el principio.
Hola a todas! Se que me querrán matar de todas las formas posibles, por no haber dado señales de vida por mucho tiempo. Pero es que me di unas muy merecidas vacaciones ya que tuve un semestre muy largo, en fin ahora estoy de regreso y con las pilas mas que puestas para continuar con este fic, ya tengo dos capítulos adaptados así que como regalo de mi regreso esta semana publicare dos capítulos, si lo sé, soy muy generosa en fin mis queridas lectoras solo querían que supieran que he vuelto y que espero que les haya gustado el fic.
A que no se esperaban lo de Clove y Seneca, tal vez para algunas ya se lo esperaban y para otras fue una sorpresa pero bueno aquí les tengo una pequeña pista. ¿que creen que significa lo que dijo Beetee sobre: Los secretos de mi señora quedaron enterrados con ella?
PD: Porfa me gustaría que visitaran mi blog ahí pondré los capítulos de los fics y de otros que ya tengo en mente, aquí les dejo el link rincondelalecturaslendyh . blogspot. Com (no olviden unir los puntos) o si quieren en mi perfil lo pueden buscar. Aunque apenas lo he abierto asi no habrá mucho contenido pero si le quereís dar una hojeada bueno ahí esta el link y bueno creo que me pase de la raya escribiendo sobre mi regreso.
Agradecimientos:
JekaMellark: Estoy totalmente de acuerdo contigo ojala que Gloss se atragante con sus Oleos jajajaja y también estoy de acuerdo en que Peeta es un necio, pero hay que entenderlo en estos momentos el esta entre la espada y la pared por un lado esta el amor y la adoracion que sentía por su madre y por el otro el amor tierno y puro que siente hacia Katniss.
Vivis Weasley: Como te pudiste dar cuenta Seneca descargo su ira contra el pobre de Marvel, además de que se aprovechó muy bien de la situación para seducir a Clove. Vamos a ver que ventaja saca sobre esto, y que va a pasar entre estos dos.
Isabella Solorzano: Gracias por tu review, bueno si espero actualizar bastante seguido, y me alegra mucho que te guste la historia, creo que entre Peeta y Katniss se va a demorar un poco la acción ademas ahora están pasando por una difícil prueba y como dice Haymitch si su amor es fuerte ellos la superaran. Nos leemos en el próximo cap.
Pd: Ya vi en "En llamas" y quede sin palabras solo puedo decir que supero mis expectativas, que piensan uds valio la pena haber esperado un año para la secuela.
xoxoxo
