CAPÍTULO 23

Esa noche, Haymitch apenas pudo dormir, pensando en su conversación con Katniss la tarde antes; definitivamente, las palabras de Effie no habían sido suficientes para calmarlo. Al día siguiente, la joven se casaría con Seneca sumiéndolos a ella y a Peeta en la absoluta infelicidad.

Si al menos Peeta lo escuchara…

Acudió a la biblioteca en su busca, aquel lugar era prácticamente su santuario y lo encontró sentado, con la cabeza sobre el escritorio oculto su rostro entre sus brazos, sollozando. Haymitch, con el corazón encogido se acercó a él despacio, posando una mano sobre su hombro.

–Peeta…

El joven se irguió de súbito, enjugando las lágrimas con rapidez.

–No te escuché entrar –le dijo tratando de controlar el temblor de su voz.

– ¿Por qué sufrir así? –le preguntó de forma directa pero calmada. –Todo se solucionaría si hablases con ella.

–No es verdad, ya es demasiado tarde –negó él. –Y todo esto lo merezco por no haber sabido creer en ella y en nuestro amor.

–Si la amases no la dejarías ir –le reprochó él.

–Es porque la amo que la dejo ir –le rebatió. –Lo único que he hecho en todo este tiempo que hemos estado juntos ha sido hacerle daño, mentirle, desconfiar.

–Ella te perdonaría.

–Pero yo no merezco su perdón –apretó los puños contra la mesa. –Sólo la haré más desdichada si la retengo a mi lado.

– ¿Y no la estás lanzando a la desdicha permitiendo que se case con ese bastardo de Seneca? –discrepó Haymitch.

–Esa ha sido su elección –susurró él.

– ¿Y si no la tuviera? Peeta…

– ¡Doctor Haymitch! –los interrumpió uno de los criados que irrumpía en la biblioteca con el rictus contraído. –Algo le sucede a Beetee. Parece que está… –vaciló –muerto.

Tanto él como Peeta se apresuraron a acompañar al sirviente que los guió hasta la recámara de Beetee, encontrando a algunos criados, que aguardaban con gesto compungido, rodeando la cama, donde el anciano yacía con semblante tranquilo, casi feliz. No cabía duda de que había fallecido, pero Haymitch buscó su pulso en su cuello sin hallarlo, como era de esperar.

–Parece que ha sufrido un ataque mientras dormía –aventuró. –Y, por su rictus, podría asegurar que no ha sentido dolor, ni cuenta se habrá dado.

–Dios lo tenga en su Gloria –se santiguó uno de los sirvientes.

–Llamad al Padre Mitchell –les indicó Peeta afectado. –Y encargaros de prepararlo mientras llega.

–Sí, Marqués.

–Dijo que quería permanecer aquí –recordó el joven con tristeza. –Y así será.

Esa misma tarde su cuerpo fue sepultado, por expreso deseo de Peeta, cercano al sepulcro de su madre. Aquel anciano la había acompañado durante toda su vida, fiel e incondicional, desde mucho antes de que él naciera. De ese modo, también sería su fiel compañero en la muerte ahora que él iba a estar ausente por no sabía cuánto tiempo.

Tras despedir por última vez a aquel leal sirviente, Peeta tenía que enfrentarse a otra despedida más. Poco antes del anochecer y acompañado de Haymitch, se dirigió al bosque, al refugio de El Gavilán. Antes de llegar allí, Effie salió a su encuentro, esperándolos al borde del camino a caballo.

–Effie –se sorprendieron ambos hombres al verla allí.

–No desmontéis –les pidió viendo su intención, y sin hacerlo ella tampoco. –No quiero robarte mucho tiempo, Peeta –le aclaró. –Los hombres ya esperan por ti.

–Tú dirás –concordó él.

–No voy a cuestionarte tu renuncia –le informó ella. –Eso lo haré dentro de un momento con los demás. Sólo quería entregarte esto.

Effie le alargó un sobre cerrado y que iba dirigido a él.

–Es de Katniss–respondió su silenciosa pregunta, sin poder ocultar él su asombro.

Haymitch le dirigió una pequeña mirada de complicidad a Effie, quien le sonrió disimuladamente.

– ¿Qué…?

–No me ha dado sus motivos ni se los he preguntado –volvió a prever ella su reacción. –Sólo me ha pedido que te la haga llegar. Yo ya he cumplido con mi parte, ahora deberías hacer tú la tuya leyéndola.

Peeta observó durante unos segundos más la misiva, tras lo que la guardó en su casaca.

–Los hombres esperan –le dijo a la pareja –reanudando la marcha hacia el refugio.

–Como quieras –hizo una mueca de resignación Haymitch, siguiéndolo él y Effie.

Tal y como había dicho Effie, todos los hombres aguardaban en el claro. Habían colocado algunos troncos cortados de árbol en los que sentarse rodeando una hoguera, mientras bebían y murmuraban con el ceño fruncido.

– ¿Es cierto que os marcháis? –lo recibió Cato fríamente.

–Así es –anunció Peeta, desmontando del caballo.

–Pues no os entiendo –espetó él. – Hemos arriesgado nuestras vidas y las de nuestros seres queridos apoyando vuestros ideales. ¿Dónde quedaron ahora?

–He entendido que nuestra lucha es inútil –argumentó él. –Esta tierra estará siempre fuera de la ley con Seneca representándola y Vilastagno es como un enfermo que no quiere curarse.

-¿Y vas a dejar que se salga con la suya? –inquirió Effie. –Lo declaras vencedor sin ni siquiera luchar –agregó, dándole un significado a sus palabras mucho más allá de la mera lucha contra los franceses.

Peeta suspiró hondamente antes de responder.

-Ya no hay nada por lo que luchar.

–No son estas palabras propias de El Gavilán –intervino Cinna.

–Ciertamente –asintió él. –Desde hoy sólo seré Peeta Mellark.

–No puedo creer que estéis hablando en serio –escupió Cato. -¿Todo esto es porque Seneca se casa con vuestra Katniss? –ironizó con una mueca.

La reacción de Peeta fue acercarse a él y tomarlo por las solapas, acudiendo rápidamente Haymitch y Cinna para evitar un seguro enfrentamiento entre ellos.

-Por voluntad propia elegí ser El Gavilán –lo señaló Peeta con el dedo como advertencia, con la mandíbula tensa y mirada furibunda. –La misma voluntad que tengo ahora para dejar de serlo. No te debo nada, ni a ti ni a nadie.

–Pero hemos luchado contra la injusticia porque El Gavilán estaba con nosotros –quiso calmar los ánimos Cinna.

Entonces Peeta fue hasta su caballo y sacó algo del morral, su máscara, que dejó caer sobre una gran roca, cerca de ellos.

–Cualquiera de vosotros puede tomar mi lugar –señaló la máscara. –Cualquiera podría ser El Gavilán. Aunque no os ilusionéis con poder hacer algo con un bellaco como Seneca vagando a sus anchas por estas tierras.

Peeta miró por última vez los rostros de aquellos valientes que habían luchado con él sintiendo una punzada de culpabilidad.

–De todos modos, os deseo la mejor de las suertes. Hasta la vista.

Sin más que decirles, Peeta montó en su caballo, dispuesto a marcharse.

– ¿Vienes conmigo? –le preguntó a Haymitch.

–Sí –repuso mirando a Effie, quien asintió.

–Yo debo volver inmediatamente a la finca –le dijo ella. –Aún tengo mucho por hacer. Nos vemos mañana.

–De acuerdo –concordó, siguiendo entonces a Peeta quien ya había emprendido la marcha hacia el palacio.

–Cinna ¿y tú? –le preguntó ella al muchacho.

–Voy enseguida –le respondió tras compartir una simulada mirada con Cato.

–Esto pasa por creer en los nobles –masculló Cato contrariado cuando Effie se hubo alejado.

–Todo terminó –se lamentó uno de los muchachos.

–De eso ni hablar –refutó él.

–Tiene razón él –lo señaló Cinna. –El Gavilán es un símbolo que el pueblo respeta y los franceses temen. Sin él, la lucha contra Seneca no tiene sentido.

–La lucha debe continuar, con o sin él –le rebatió Cato. – Peeta no era el único que luchaba aquí.

–Él era El Gavilán –le recordó Cinna.

–Esta máscara es El Gavilán –la tomó Cato de donde Peeta la había dejado. –Éste es el verdadero símbolo. El que la gente necesita y que nosotros seguiremos dándole.

– ¿Qué quieres decir? –preguntó otro de los muchachos.

–Nadie excepto nosotros sabe que El Gavilán se ha ido y continuarán sin saberlo –argumentó. –Si necesitan un héroe, se lo daremos. Y esta vez, será aún más grande porque va a matar al Capitán Seneca.

– ¿Estás hablando en serio? –se mofó Cinna.

– ¿Tengo pinta de estar bromeando? –lo miró con desdén.

–El Gavilán no estaría de acuerdo –discrepó alguien. –Él no quería matarlo, sino desenmascararlo delante de los propios franceses.

–Si lo matamos, vamos a convertirlo en un héroe –lo apoyó Cinna.

–Seneca no es ningún héroe –exclamó Cato. –Es una plaga y, como tal, hay que atajarla de raíz.

–Debemos pensar antes de actuar –negó Cinna con la cabeza.

–Y no tenemos mucho tiempo, así que nos vemos aquí después de cenar para prepararlo todo –les indicó.

– ¿Por qué la prisa? –quiso saber.

–Porque vamos a matarlo mañana –saboreó Cato sus palabras. –Delante de todos, en su matrimonio.

-§-

Como un animalillo agazapado entre las sombras, Annie había aguardado que anocheciese para salir de la finca. Ni siquiera se había planteado la posibilidad de tomar un caballo, debía ser lo más silenciosa posible, así que decidió que iría a pie, aunque el camino fuera largo. Sabía que no tendría muchas oportunidades como esa; cuando Cinna les informó a ella y a Octavia de que iba a visitar a unos amigos esa noche y que no volvería hasta el día siguiente temprano para la boda, Annie supo que era entonces o nunca.

Desde que sucedió el percance entre Finnick y su hermano, éste no le había quitado ojo de encima y ella no había visto a Finnick desde entonces. Todos esos días alejada de él, por pocos que hubieran sido, le habían parecido siglos y temía que lo ocurrido le hubiese hecho perder su interés en ella porque tampoco había hecho nada por buscarla. No sabía si era porque no quería provocar más complicaciones con Cinna o porque quien no las quería era él… no sabía que creer y lo peor era que aquella nostalgia de él le hacía pensar con menos claridad aún, confundiéndola más si era posible.

Por eso iba hacia el Fuerte, debía hablar con él. Ahora que el Capitán se iba a casar con Katniss, ya no había peligro si los veían juntos y ella necesitaba salir de dudas de una vez por todas.

Ya era noche cerrada cuando llegó al portón. Todas las dudas que no había tenido durante el camino le asaltaron en ese instante; era muy tarde, nada apropiado que una muchacha acudiera a esas horas en busca de un hombre que tal vez no podría, o no querría recibirla. Conocía el bosque como la palma de su mano y no se extraviaría en la oscuridad, pudiendo volver a la finca antes de que nadie se percatara de su ausencia…

–Señorita Annie –llamó su atención el Cabo de Guardia que se acercaba a ella. Annie lo reconoció al instante. Era aquel muchacho que les había procurado el caballo días atrás. – ¿Venís a ver al Teniente Finnick? –le preguntó con amabilidad.

–Sí –asintió ella, –pero no espera mi visita, quizá sea inoportuna.

–Se retiró a su recámara hace un rato aunque no creo que duerma aún –razonó.

–En ese caso… –hizo ella ademán de marcharse.

–No –la detuvo él. –Acompañadme. Iré a preguntarle, pero no quiero que aguardéis aquí sola.

–De acuerdo –accedió finalmente.

El joven la llevó hacia un pabellón en el que no había estado nunca, apartado de la prisión donde visitó a Marvel. Al entrar a una de las galerías, le pidió que esperase un momento, volviendo a por ella al poco tiempo para acompañarla hasta la recámara de Finnick, quien aguardaba en el umbral de la puerta. Annie no recordaba lo atractivo que era. Todavía llevaba su uniforme pero sin la casaca, con las mangas de su camisa blanca desbotonadas, de forma descuidada y con su anillado cabello suelto. Sin embargo, no fue capaz de leer en sus facciones emoción alguna, no sabiendo si aquello era bueno o malo; no parecía feliz de verla, pero tampoco disgustado. Finnick se apartó un poco de la puerta invitándola silenciosamente a pasar, obedeciendo ella con la mirada baja.

–Gracias –le dijo él al joven soldado.

–A sus órdenes, Teniente –repuso antes de marcharse.

Entonces Finnick cerró la puerta tras de sí, apoyando su espalda en ella, observando a Annie por unos momentos quien jugaba nerviosamente con sus dedos. La joven, por primera vez en su vida, no sabía que decir, aunque tampoco hizo falta. Antes de que pudiera serenarse para encontrar una excusa por su visita, Finnick llegó hasta a ella con un par de zancadas y la aprisionó entre sus brazos, contra su pecho.

–Annie –lo escuchó susurrar contra su pelo, aliviado, como si el tenerla allí lo librara de una pesada carga. – ¿Estás bien? –se separó un poco de ella para mirarla.

–Sí –afirmó ella. – ¿Y tú labio? –preguntó posando sus dedos en aquella herida que no era ya más que una pequeña sombra.

–No fue nada –negó él, –pero, ¿y tú? –insistió. –No sabes cuánto me ha mortificado no saber si Cinna te…

–No pasó de aquella regañina que viste –atajó ella. –Únicamente, no me ha quitado el ojo de encima para que no pudiera comunicarme contigo de ningún modo.

– ¿Y cómo has llegado hasta aquí? –se preguntó él.

–Cinna va a pasar la noche fuera –hizo una pausa. –Me he escapado.

–Pero Annie –la llevó hasta la cama, sentándola, haciendo él lo mismo. –No quiero que tengas problemas por mi culpa si te descubren.

–No lo harán –negó ella. –Y además ¿qué querías que hiciera? No he sabido de ti desde entonces –agregó con cierto tono de reproche.

–Seneca quiere de desfilemos en el pueblo antes de su llegada a la iglesia –le contó. –Entre los ensayos y que ha llegado un grupo de reclutas desde Francia a los que debo instruir casi no he tenido tiempo de respirar –se excusó. –En cualquier caso, no quería provocar otro conflicto. Esperaba verte mañana en la ceremonia.

–Al menos podrías haberme mandado una nota –bajó el rostro apenada. –Estaba preocupada.

–Pero si tu hermano apenas me dio un golpe –se palpó el mentón. –Tampoco es para tanto.

–Ya pero yo… –alzó su rostro, volviendo a bajarlo al instante.

– ¿Tú qué? –tomó su barbilla para que lo mirara. – ¿Es que te preocupaba algo más?

–Creí que no querías volver a verme –admitió finalmente.

En vez de responderle e intentar convencerla de que estaba equivocada, deslizó su mano hasta su nuca y la acercó a él para besarla con fervor; no existía mejor argumento que ése. Y Finnick se sintió renacer al volver a acariciar sus labios, la había extrañado mucho más de lo soportable.

– ¿Cómo puedes pensar eso? –musitó sobre su boca, acariciando su mejilla.

–No lo sé –bajó la mirada. –En un principio creí que Cinna entendería, pero ahora…

–Ahora tendremos que luchar por nosotros –buscó sus ojos con los suyos. –Aunque puedo entender que tú no te sientas con fuerzas.

– ¡No! –exclamó ella, rodeando su cuello con sus manos. –Estoy dispuesta a todo, a lo que sea, excepto a separarme de ti.

Finnick sintió como el corazón le daba un vuelco y, como en un arrebato, volvió a abrazarla, besándola, pero con mucha más vehemencia que la vez anterior. Aquellas palabras lo hacían inmensamente feliz, queriéndoselo mostrar con su abrazo y su pasión. La besó con intensidad, robándole el aliento, oyéndola suspirar contra su boca.

– ¿Me amas, Annie? –le preguntó mirándola a los ojos.

Ella se limitó a asentir, entrecortada aún su respiración.

–Entonces, sé mi esposa –le pidió.

–Finnick –alcanzó a musitar ella.

–No puedo perderte sólo por la intransigencia de tu hermano –le confesó mortificado. –Si no es aquí, será en Francia, pero quiero hacerte mi esposa; despertar cada mañana contigo a mi lado con un beso de tus labios, que me recibas cada noche cuando regrese con un abrazo que me reconforte. Quiero que compartamos nuestros sueños y esperanzas, que tengamos hijos y envejecer juntos… ¿te parece demasiado?

–No –negó con lágrimas de emoción en los ojos.

– ¿Serás mi esposa? –le repitió.

– ¡Sí! –respondió llena de alegría, lanzándose a sus brazos y siendo ella quien buscara sus labios esa vez.

Al momento, Annie se separó, con la mano sobre su boca, avergonzada de dejarse llevar siempre por aquellos impulsos, pero Finnick la miró sonriente, confiadamente.

– ¿Te avergüenza besarme?

–No, me avergüenza la opinión que puedas tener de mí –respondió apenada.

–Me acabas de decir que serás mi esposa –le recordó. –Eso ya me convierte en tuyo para eso y más.

Seguramente el significado de esas palabras no era el que asaltó su mente, pero Annie no pudo evitar sonrojarse al pensarlo.

– ¿Qué sucede? –le preguntó él con suavidad.

–Nada, es que… –titubeó. –Si tú eres mío, ¿de igual forma yo soy tuya?

Finnick sopesó sus palabras durante un segundo, entreviendo lo que le estaba diciendo realmente… y sería tan fácil caer en la tentación.

–Sólo si lo quieres tú –repuso aguantando el aliento.

– ¿Y si te dijera que sí quiero?

–Annie…

–Por favor, no pienses mal de mí –se apresuró en excusarse, gesticulando con nerviosismo. –Yo nunca…

–Annie, –tomó sus manos, hablándole con calma. –Yo no pienso mal de ti –la tranquilizó, –y también sé que no has estado con ningún hombre antes.

–En cambio tú habrás estado con tantas muchachas… y yo soy tan inexperta.

–No digas tonterías –le sonrió. –No se trata de ser un experto o no. Se trata de sentir y lo que siento estando contigo, no lo he sentido ni lo sentiré jamás con nadie que no seas tú.

– ¿Te refieres a estar enamorado o a algo más? –no temió preguntarle, aunque Finnick si temía responderle.

No mentía cuando decía que lo que sentía con ella no lo había sentido jamás y, por supuesto que no se refería sólo a amarla como la amaba. Porque ese amor tan inmenso que sentía por ella le hacía necesitarla, quererla como no había querido a ninguna y no podía aprovecharse de su inocencia.

– ¿No quieres responderme? –insistió ella con ingenuidad.

–No debo responderte –alegó atormentado.

– ¿Es algo malo? –preguntó temerosa.

–No –negó con una leve sonrisa, acariciando su mejilla. –No hay nada más hermoso que cuando un hombre y una mujer se entregan mutuamente, con amor.

Finnick la observó durante unos instantes. Annie escuchaba sus palabras con atención, llena de curiosidad y expectación, como si estuvieran hablando de un tema de lo más natural, aunque… qué había más natural que eso. No había nada de malo en explicarle ciertas cosas que parecía desconocer, dejando de hacerlo si ella se sentía incómoda.

–Annie, ¿puedo preguntarte algo? –demandó con cautela.

–Claro –repuso ella con una gran sonrisa. Finnick rió para sus adentros, era él quien le otorgaba demasiada gravedad al asunto.

– ¿Sabes lo que pasa entre un hombre y una mujer cuando…?

– ¿Cuando hacen el amor? –concluyó ella por él.

Finnick volvió a sonreír, asintiendo.

–Sí –afirmó ella. –Octavia me lo ha contado –dijo con normalidad, –pero sé que hay cosas que no me cuenta.

– ¿Qué quieres decir? –la miró extrañado.

–Tú mismo me has dicho hace un momento que lo que sientes estando conmigo no lo habías sentido antes y me pregunto si, –hizo una pausa, –si es lo mismo que a veces he sentido yo contigo.

–Te refieres a cuando te beso –se atrevió Finnick a insinuar.

–Sí –asintió, mordiéndose el labio con timidez. –Recuerdo una vez en el bosque que…

Annie guardó silencio, en busca de las palabras para expresar aquello, pero sin hallarlas, llevando de forma inconsciente su mano a su vientre, allí donde había sentido aquel extraño y desconocido ardor.

–Eso se llama deseo –murmuró Finnick tratando de controlar el tono de su voz.

Hablar de ello no estaba resultando tan fácil como él creía. Recordaba perfectamente aquella tarde, él mismo supo que se había excedido besándola así, pero le había sido imposible resistirse.

–Sé a qué momento te refieres –bajó él su mirada, –y te pido excusas por mi comportamiento. Me excedí.

–Entonces yo también debería disculparme.

– ¿Por qué? –la miró asombrado.

–Porque… –agachó la mirada con culpabilidad, –porque me gustó.

–Annie –susurró estremecido.

– ¿Hay algo de malo en querer volver a sentirlo? –musitó aún con la mirada baja.

Finnick no creyó que hubiera ningún hombre en el mundo capaz de resistirse a eso; él, desde luego, no lo era. Tomó el rostro de Annie entre sus manos y se inclinó sobre ella, besándola.

Comenzó como una leve y suave caricia, quería hacerle sentir todo lo que ella provocaba en él, todo. Despacio, acarició sus labios, con calma, recorriéndolos con lentitud, con dulce cadencia, mientras sus manos viajaban desde su rostro hasta su cuello y luego a sus hombros, deslizándolas hasta su espalda para estrecharla contra él, con fuerza, y sin que Annie pudiera evitar que un gemido escapase de su garganta al notar su cercanía. Finnick respiró de aquel soplo de aliento, estremecido y acrecentó la intensidad de aquella caricia, saboreando con mayor ahínco sus labios. La llama de su interior se prendió cuando Annie elevó sus manos hasta su pelo, hundiendo sus dedos en él, y respondiendo a su beso con avidez, arqueando su cuerpo hacia él. Aquello lo volvió osado y acarició sus labios con su lengua, con suavidad, demandando acceso y que Annie le concedió entreabriendo su boca, permitiendo que Finnick la tomase por completo. Su caricia era húmeda y cálida y su sabor masculino intoxicante, y Annie gimió turbada cuando aquel ardor, aquel deseo comenzó a acumularse en su interior, como aquella vez.

–Annie, deberíamos detenernos –se apartó de repente Finnick, dejando en Annie una dolorosa sensación con su ausencia.

– ¿Por qué? –preguntó casi sin aliento.

–Si doy un paso más allá no podré contenerme –declaró angustiado. –Y no quiero hacer nada de lo que nos podamos arrepentir después.

– ¿Tú te arrepentirías de dar ese paso conmigo? –quiso saber ella.

Finnick suspiró hondamente, tratando de controlar sus emociones, aunque le resultaba completamente imposible.

–Finnick…

–Jamás me arrepentiría –espetó él. –Pero no es lo mismo en un hombre que en una mujer.

–Desde el momento en que sentimos lo mismo, somos iguales –sentenció ella. –Porque tú sientes lo mismo, ¿cierto?

Finnick asintió tomando sus manos y acercándolas a sus labios.

–Hay algo más que esto, ¿verdad?

–Mucho más.

–Pues sintámoslo, juntos –le susurró.

Finnick negó con la cabeza. No era capaz de hablar tan atormentado como estaba… sería tan fácil dejarse llevar, aunque Annie no parecía dispuesta a dar su brazo a torcer. Se acercó más a él y lo tomó por la nuca, exigiéndole sus labios. Finnick correspondió a su beso pero con el cuerpo tenso, sin querer flaquear, mas Annie no se dejó vencer. Se separó de él lo justo para poder mirarlo a los ojos, con su hálito cálido aún cerca.

–Enséñamelo, Finnick, por favor.

Y Finnick se rindió. Cómo no hacerlo cuando su ángel le pedía que la amara y siendo eso lo que él más deseaba en el mundo. La estrechó con fuerza y la besó con pasión, devorando sus labios con avidez, respondiendo Annie de igual forma.

Se separó de ella y observó su rostro, sonrojado, sus labios entreabiertos y humedecidos y su mirada brillante, llena de amor por él. Entonces, tomó sus delicadas manos y las colocó sobre su pecho, cerca de los botones de su camisa, en una clara indicación y que Annie comprendió al instante. Se dejó guiar por él, mostrándole aquel nuevo camino, lleno de amor y deseo. Mientras se deshacían mutuamente de sus ropas, Finnick besaba cada una de las partes de su piel que quedaba desnuda y Annie recorría el cuerpo de Finnick con sus dedos, estudiando cada uno de sus músculos, turbada por todas las sensaciones que sus labios le ofrecían y que alimentaban aquel ardor de su vientre.

Cuando se hubieron despojado de toda su ropa, Finnick la ayudó a tumbarse y él se recostó a su lado, queriendo observar su desnudez. Era como una muñeca de porcelana, de piel suave y fresca y cuerpo delicado que parecía a punto de romperse, pero que albergaba a una mujer decidida y apasionada.

Hundió sus labios en su cuello transmitiéndole miles de escalofríos a su pequeño cuerpo, que se aferró al suyo, hundiendo sus dedos en su cabello. Finnick trazó un sinuoso y ardiente camino hasta su clavícula y más abajo, hasta uno de sus senos, albergando en su boca su cúspide, endureciéndola con su húmeda caricia y haciéndola temblar bajo su cuerpo. Annie quería sentir… así que sentiría. Con una de sus manos, delineó la curva de su cintura y bajando por su vientre hasta su feminidad, sobresaltando a Annie cuando acarició su punto más sensible. Finnick se detuvo y alzó su mirada hacia su rostro, temeroso de estar incomodándola, pero la imagen que tuvo ante él era, en cambio, gloriosa. Tenía los ojos cerrados, con una de sus mejillas apoyada sobre la almohada mientras por sus labios entreabiertos escapaba su entrecortada respiración. Buscó su boca con la suya y sus dedos retomaron sus caricias, recorriendo la tersura de su intimidad. Entonces, volvió a fijar sus atenciones en aquel pequeño brote, acariciándolo esta vez con igual delicadeza pero con mayor intensidad, haciendo que Annie rompiera su beso, sobrecogida por la sensación.

–Finnick…

–No digas nada –susurró él mientras continuaba torturándola con su tacto. –Sólo siente.

Y volvió a tomar su boca con la suya mientras Annie se hundía en aquel ardor que la incendiaba y que surgía de su centro donde Finnick la acariciaba con tormentosa lentitud y que invadía todo su cuerpo. Fue cuando él le otorgó mayor intensidad a sus movimientos que Annie sintió que moriría prendida en llamas, gimiendo contra su boca y perdiéndose en aquella placentera sensación. Los dedos de Finnick se convirtieron en lenguas de fuego que finalmente la abrasaron haciéndola estallar, derritiéndose sus entrañas una y otra vez con aquel éxtasis y palpitando todo su ser. Aquel incendio de su cuerpo se fue mitigando poco a poco, mientras Finnick iba disminuyendo el ritmo de sus caricias hasta que se detuvo.

–Finnick… –musitó ella, recuperando el aliento.

–Te amo, Annie –la miró lleno de devoción.

–Y yo a ti –acarició ella su rostro sonriente. –Tenías razón cuando decías que había mucho más –agregó con una risita pícara.

–Esto no es todo –le respondió riendo también ante su espontaneidad.

Annie se apartó un poco para mirarlo, esperando que continuara con lo que decía.

–Sin embargo, como ya te habrá contado Octavia, la primera vez para una mujer puede ser dolorosa –prosiguió, asintiendo ella, –y no quería que fuera lo único que sintieras esta noche, aunque estamos aún a tiempo de detenernos…

–No –repuso ella con decisión. –No quiero que te detengas.

– ¿Estás segura? –insistió en cambio.

–También quiero sentirte a ti –le susurró.

Finnick suspiró estremecido volviendo a tomar sus labios, mientras, con cuidado, se colocaba sobre ella. Annie lo rodeó con sus brazos y acunó sus caderas contra él, gimiendo al notar su masculinidad contra su cuerpo.

–No quiero dañarte –le mostró él su preocupación. –Me detendré si me lo pides.

–No me dañarás –negó ella, elevando su rostro para buscar sus labios, alentándolo con el fervor de su beso a continuar.

Finnick la tomó muy despacio, tanto como su necesidad de ella se lo permitió y, aunque su temor siguió presente en un principio, Annie lo disuadió acariciándolo y besándolo con pasión. Y, a pesar de detenerse un instante cuando Finnick rompió la barrera de su virginidad, continuó una vez que aquella punzada aguda empezó a desvanecerse. Sí, Octavia no le había mentido al decir que ese instante era doloroso, pero la sensación de plenitud al sentir a Finnick en su interior, completándose ambos, compensaba todo lo demás. Se dejó guiar por él como había estado haciendo hasta entonces, sintiendo no sólo que poseía su cuerpo, sino que la amaba con todo su ser, en un acto lleno de dulzura, caricias y devoción. Ningún dolor podría sobrevivir a eso, poco a poco se vio envuelta en una espiral de placer que era mucho más arrebatadora que la vez anterior y aunó sus caderas aún más a las de Finnick dejándose arrastrar, y haciéndolo gemir a él por aquel contacto más profundo entre sus cuerpos. Se inició una reacción en cadena de la que ninguno de los dos pudo escapar, yendo a su encuentro con cada uno de sus movimientos y que los lanzó al abismo, juntos, unidos por aquella entrega y por su amor.

Cuando Finnick recuperó la cordura, vio las lágrimas en los ojos de Alice, se apartó de ella muy despacio y rodó sobre su espalda para colocarla sobre su pecho, abrazándola.

– ¿Estás bien? –preguntó temiendo haberla dañado finalmente, aunque ella negó con la cabeza, disuadiéndolo.

–Es que nunca pensé que se pudiera sentir algo así –le susurró.

Finnick tomó su mejilla para poder besar sus labios.

–Yo tampoco…

-§-

Los rayos del sol entraban ya por la ventana, deslumbrándolo, así que movió un poco la cabeza perezosamente sobre la almohada, evitándolos, sin mover el resto del cuerpo de la cama. Sin embargo, no había conseguido dormir en toda la noche, ni siquiera se había cambiado de ropa. Desde que llegaran al palacio tras la reunión en el bosque, se había echado allí, con un brazo por encima de su cabeza, apoyada su mano en su frente mientras en la otra sostenía la carta de Katniss.

No había tenido valor para abrirla. Se había limitado a leer las dos palabras escritas en el sobre, "Para Peeta ", recorriendo una y otra vez con sus ojos cada uno de los trazados de las letras, estudiando cada una de las curvas y florituras con las que las había delineado, tratando de visualizar los dedos de Katniss sosteniendo la pluma mientras las escribía.

Pasó la noche tratando de imaginar lo que le diría en aquella misiva y, a cada cual de sus ideas más desesperanzadoras porque, en todas, él acababa con el corazón destrozado y Katniss casada con Seneca. Por descontado, en ninguna de sus elucubraciones, Katniss le confesaba que aún le amaba, no porque fuera masoquista y le gustase regodearse en su propio dolor, sino porque no era posible. Tal vez aquella mañana, días atrás, eso aún hubiera sido una posibilidad, pero tras ver Katniss la escena con Delly, lo más lógico era que ella le mostrase su desprecio en aquellas líneas… y él se lo merecía por no haber estado a la altura.

Katniss se casaría con Seneca y él había provocado que así fuera. Tal vez Marvel fuera culpable por haber entregado a su hermana a cambio de su libertad, pero eso no habría sido necesario si él no hubiera insistido en que lo castigaran por la muerte de su madre. Sí, le dolía su muerte y Marvel debía pagar por lo que había hecho, pero, que Dios lo perdonara pero el dolor que su pérdida se iba mitigando cada día y con él su rencor. Era mucho más letal el dolor que sentía al haber perdido a Katniss y si él no hubiera estado cegado por la rabia, Marvel no habría sido encarcelado y Katniss entregada a Seneca como moneda de cambio. Marvel no tendría honor por haberlo permitido, pero él había sido un cobarde por no haberlo impedido. Ahora Katniss estaba a punto de casarse y él se marcharía a Francia en cuanto los criados acabaran con su equipaje. Hacía un par de horas que se había despedido de Haymitch. Finalmente había decidido quedarse con Effie y él era feliz con la decisión de su amigo habiéndole insistido él en que siguiera su ejemplo y buscara también su propia felicidad, al lado de Katniss e incluso le reprochó que ni siquiera hubiera tenido la valentía suficiente de leer su nota. Era ya muy tarde para todo, incluso para eso. De hecho debería estar ya de camino a Francia.

Se levantaba reticente de la cama cuando uno de los sirvientes llamó a la puerta.

–Adelante –exclamó él, sentándose, con la misiva aún en su mano.

–Joven Señor –entró con una muda en sus manos. –Me he permitido la libertad de buscar en el equipaje un atuendo un poco más cómodo para el viaje –le dijo.

–Gracias –asintió. – ¿Ya está todo listo?

–El cochero aguarda vuestras órdenes –le informó.

–Está bien.

El criado hizo una leve reverencia y lo dejó a solas. En el instante en que se cerró la puerta, un repique de campanas sonó a lo lejos y Peeta miró hacia la ventana con el corazón encogido. Unas campanas así sonarían cuando se iniciara la boda entre Katniss y Seneca, o tal vez, esa melodía indicaba que la novia ya se estaba acercando al altar, en ese preciso instante.

Como si ese sonido también estuviera marcando un profundo cambio en la conciencia de Peeta, como un pequeño mecanismo de cuerda que lo hacía reaccionar, rompió uno de los laterales del sobre y sacó la carta que Katniss le había escrito, comenzando a leerla.

"Mi amado Peeta" rezaba el encabezado.

–Mi amado Peeta –repitió él en voz alta como si tuviese la necesidad de hacerlo para creer lo que estaba leyendo.

Sin necesidad de leer nada más y con dedos temblorosos, metió de nuevo la carta en el sobre y la guardó en el bolsillo interior de su casaca, saliendo a toda prisa de la habitación. Fue hasta las caballerizas y tomó el primer caballo que encontró ensillado, bajo la mirada atónita de sus criados que aguardaban silenciosos en espera de sus órdenes.

Peeta no estaba para indicaciones, no había tiempo que perder. Debía impedir una boda.

Continuara…

Wow como les ha parecido la primera vez de Annie y Finnick acaso no pueden ser mas tiernos. Adoro a Finnick que suerte tiene Annie.

Y finalmente hasta que por fin Peeta se decidió luchar por el amor de Katniss evitando que se casara con el desalmado de Seneca.