CAPÍTULO 24

Katniss observó su reflejo en el espejo, de pie frente a él y desconocía la imagen de la mujer que la miraba con ojos apagados y un halo ensombrecido a su alrededor. Sin duda era el retrato de la desdicha, la que ella misma había forjado para su propia vida. Una lágrima rodó por su mejilla, que, aunque fresca, ardía en su piel, marcando el sendero a las que estarían por venir… y que serían tantas…

-Katniss –susurró Annie entristecida, tomando su brazo.

-No es el vestido que hubiera deseado para mi boda –le comentó como si aquello pudiera ser una fidedigna justificación a su pena.

-Ni tampoco te esperará en el altar quien tú hubieras deseado –agregó ella con suavidad, no como un reproche, sino como una aseveración a la decisión tomada, y que tanto dolía.

Otra lágrima brotó siguiendo a la anterior.

-Aún no está todo perdido –exclamó Annie de repente con incomprensible entusiasmo.

-No voy a echarme atrás ahora –negó Katniss con rotundidad. –No quiero provocar a Seneca.

-Tal vez tú no tengas que hacer nada y haya alguien que detenga ese matrimonio –sugirió con sonrisa pícara.

-Tu optimismo me duele, Annie –bajó la mirada y Annie sintió una punzada de culpabilidad en su pecho.

Katniss tenía razón, era desdichada y sus comentarios no hacían otra cosa que entristecerla más, haciéndole vislumbrar una esperanza vana. Se sintió culpable por la desolación de Katniss porque ella, sin embargo, no podía ser más feliz. Aún sentía el calor de los brazos de Finnick en su piel y su corazón latía emocionado al recordar cada una de sus palabras de amor y, aunque hacía escasas horas que la había acompañado a la finca confiando en que nadie notase su ausencia, deseaba con fervor volver a verlo y que la abrumara con sus besos. Sin embargo, Katniss jamás sentiría eso de nuevo, no al lado de Seneca, y lo peor de todo era que sabía lo que era el sentirse amada, teniendo la dolorosa certeza de no volver a sentirlo nunca más.

-Peeta ya estará camino de Francia –la escuchó decir con voz débil. –Y yo ya debería estar camino de la iglesia –agregó con aflicción, encaminándose a la salida de la recámara, yendo Alice tras ella.

Aún no llegaban al salón cuando escucharon la incisiva voz de Clove que se mostraba un tanto alterada.

-No sabes lo que estás diciendo –le reprochaba duramente a Marvel, que estaba acompañado por Thresh, tomando con desenfado una copa de licor y, para asombro de Katniss, en bata.

-Marvel, ¿por qué no estás listo aún? –demandó su hermana sin comprender.

-Está decidido a no asistir a tu matrimonio con Seneca –respondió Clove por él, quien seguía deleitado en su copa de licor.

-Pero Marvel...

-Bien sabes que no estoy de acuerdo con esa boda –se justificó ante su hermana. –Con esto pretendo mostrar públicamente mi desaprobación.

-Y lo dices tan tranquilo –exclamó Clove ofendida. –Así te enemistaras irremediablemente con Seneca.

-Ya estamos enemistados –escupió Marvel. –Y no tengo necesidad alguna de congraciarme con él acudiendo a ese matrimonio al que me he opuesto desde el primer día. Lo siento, Katniss –se dirigió ahora a su hermana que lo observaba apenada.

-¿Quién me llevará al altar? –preguntó resignada. Marvel le había retirado su apoyo en el preciso instante en que ella aceptó la proposición de Seneca y no podía esperar que diera marcha atrás ahora.

-¡Habrase visto! –bramó Clove quien se daba por vencida y salía de la sala.

-Para mí sería un honor hacerlo –se ofreció Thresh, apoyando así la decisión de su amigo.

-Gracias –sonrió ella con tristeza, aceptando el brazo que el joven le ofrecía.

-Katniss –se puso Marvel en pié y tomó su otro brazo, deteniéndola. –No lo hagas, no cometas mí mismo error, creyendo que así me salvarás.

Katniss bajó su mirada ante la acertada alegación de su hermano, pero la decisión ya estaba tomada.

-Nos vemos luego –susurró ella tragando sus lágrimas.

A pesar de que la plaza del pueblo estaba abarrotada de gente aguardando su llegada, Katniss jamás se había sentido tan sola. Conforme iba adentrándose por el corredor que se abría ante ella y que llevaba a la iglesia, los comentarios y murmullos de los presentes rebotaban en sus oídos… "fíjate en su vestido", "no es su hermano quien la acompaña", "el Conde Marvel estuvo en prisión", "qué opinará el Capitán a tal desagravio"… parecía que todo el mundo tenía algo que opinar, como si ella tuviera que rendirle cuentas de sus actos porque, absurdamente, así lo creían. En la entrada, Thresh le indicó con un gesto que se detuvieran, para poder entregarle su sable a un muchachito que hacía las veces de monaguillo; era la Casa de Dios, la fe y las palabras eran las únicas armas que allí podían entrar.

Al momento, comenzó su desfile hacia el interior y Katniss se percató de algunos rostros conocidos. La servidumbre de la finca estaba colocada cerca de la puerta, dado su estatus y todos le lanzaban sonrisas de afecto y aliento. Vio a Annie, a Octavia, a Effie acompañada por Haymitch, incluso a Glimmer, a pesar de que ese no era su lugar, sino más cerca del altar. Sin duda, su cariño por Effie le hacía olvidar las formalidades y la mirada de sus rostros le indicaba que querían compartir juntas ese momento que también les resultaba doloroso.

La música del órgano que se había iniciado con su llegada a la iglesia, continuaba acompañando sus pasos aunque se convirtió en un simple zumbido a su alrededor, escuchando únicamente el fuerte golpeteo de su corazón dentro de su pecho… y no de emoción precisamente, viendo a Seneca esperándola al pié del altar con su sonrisa pretenciosa y llena de sarcasmo, triunfal. Por fortuna, Katniss no sabía lo que un condenado sentía de camino hacia el cadalso, pero, sin duda, debía ser muy parecido a aquello; Seneca era su guillotina personal.

La recibió tomando su mano, separándola de la de Thresh, su última tabla de salvación y la acompañó hacia el altar, donde aguardaba el Padre Mitchell. Bien pensado, no tenía derecho a lamentarse, ella había escogido su propia destrucción, aceptando a Seneca sin luchar por Peeta como debería haber hecho. Ni siquiera en su carta había ni una sola línea para evitar que él se marchara siendo ésa la despedida que le había otorgado a su amor; Peeta ya debía estar cerca de la frontera, lejos de ella, algo que lamentaba profundamente.

En la lejanía resonaban como un eco extraviado las palabras del sacerdote y que se entremezclaban con sus pensamientos; Sacramento nupcial, amor, fidelidad, entrega total… todas palabras falsas, en un matrimonio falso como ése en el que no había nada sagrado, ni siquiera la intención, mientras volvían a su mente las palabras de Annie. Pero, ¿quién podía impedir esa boda? Nadie. La única persona que podía hacerlo se hallaba muy lejos de allí y ella misma, aunque pudiera contestar un simple "no quiero" a la pregunta del sacerdote, no lo haría, siendo ése su castigo por su cobardía.

Katniss escuchó con amargura como el Padre Mitchell pronunciaba en ese instante "¿hay alguien que conozca algún impedimento para que se celebre este enlace?". Y era una ironía porque todos allí sabían por qué se casaba con Seneca, razón que de por sí ya era un impedimento, aunque nadie se atreviera a alzar la voz para responder, ni ella misma.

-Yo, Padre –resonó una voz tras ella mientras un gran murmullo de asombro se levantaba entre los asistentes.

A Katniss se le heló la sangre. Era increíble como su propia desesperación le jugaba tan mala pasada, tanto que habría jurado que era la voz de Peeta la que acababa de escuchar.

Fue cuando escuchó mascullar entre dientes a Seneca pronunciando su nombre con rabia cuando ella giró su rostro para encontrarlo de frente, a él, a Peeta. Ni aun así creyó que aquello fuera posible; ésa debía ser la visión de una aparición que acudía a torturarla.

-¿Qué hacéis aquí, Marqués? –espetó Seneca, sacando a Katniss de su ensoñación. Peeta estaba allí, realmente, y la sonrisa que se dibujaba en su rostro conforme caminaba hacia ella le llevaba una esperanza que casi no se atrevía a sentir.

-Responder a la pregunta del sacerdote –respondió Peeta con suficiencia.

-Si pensáis impedir mi matrimonio –le advirtió echando mano de su sable y recordando en ese instante que se veía desprovisto de él.

-Eso mismo –admitió Peeta con sonrisa torcida antes de dirigirse hacia Katniss que lo miraba llena de asombro y confusión.

-Esto me ha traído hasta ti –sacó la carta del bolsillo de su casaca y confundiendo aún más a la muchacha. Seneca había imaginado que aquello hubiera podido retenerlo de algún modo, más bien, todo lo contrario.

-¿La has leído? –consiguió preguntar mientras él recorría el último paso que le llevaba hasta ella. Katniss sintió su aroma, tan conocido y tan extrañado y que invadía sus sentidos, como antaño.

-No -reconoció él. Katniss lo miró atónita. –Mi amado Peeta –susurró él entonces. –Escribiste mi amado Peeta. ¿Es eso cierto?

-Pero…

-¿Me amas, Katniss? –la agarró por los hombros. –Es lo único que necesito saber sin que me importe lo que haya pasado o pueda pasar. Dime que me amas como yo te amo a ti.

–Por más que lo intenté jamás podré dejar de amarte –recitó con un hilo de voz aquellas mismas palabras que una vez Katniss le dijera.

-Entonces no te cases –le pidió apoyando su frente en la suya. –No te unas a otro hombre que no sea yo.

-Peeta –suspiró ella mientras las lágrimas comenzaban a rodar por sus mejillas.

-Te lo suplico –añadió con voz quebrada, enjugando su llanto con sus dedos. –Sé que no tengo derecho a pedirlo y que incluso merezco un castigo por todo lo que te he hecho sufrir pero créeme que estar alejado de ti es una condena peor que la muerte y que ya no soy capaz de resistir. Por favor, Katniss –pronunció tembloroso. –Si es verdad que me amas, prefiero dejar de existir a perderte.

Katniss se hundió por un momento en las profundas lagunas azules de sus ojos, tanto que había extrañado el mirarse en ellos, hasta que una gris sombra los cubrió, tal vez debido a su prolongado silencio. Pero es que, habría necesitado una eternidad para poder expresar todo lo que sentía en ese preciso segundo. Así que, simplemente alzó sus manos hasta su nuca y estrelló sus labios contra los suyos, lanzando Peeta un suspiro de alivio mientras la estrechaba entre sus brazos, haciendo caso omiso al rumor de la gente que se escuchaba a su alrededor. Todo el temor sentido de camino a esa iglesia ante la posibilidad de que fuera demasiado tarde o de que ella lo rechazara se diluyó ante el calor de los labios de Katniss y respiró de su aliento, llenándose de la certeza de su amor por él y disfrutando de ese grandioso sentimiento de volver a tenerla, aunque por menos tiempo del que habría deseado al escuchar el carraspeo del Padre Mitchell y que los instaba a separarse.

-Imagino que esto quiere decir que no deberíamos proseguir con la ceremonia –anunció el sacerdote.

-Así es –sonrió Katniss enrojecida.

-¿Qué burla es ésta? –bramó Seneca quien se había mantenido al margen hasta el último momento.

-Lo siento Capitán pero no puedo casarme con vos.

-Katniss, no olvides que la vida de tu hermano depende de mí –aseveró tomándola bruscamente por un brazo.

-Soltadla –se interpuso Peeta. –Y dejad vuestras amenazas para otro momento.

-¿Cómo os atrevéis? –lo cogió por las solapas de su casaca.

-No en la Casa del Señor –intervino el Padre Mitchell.

-Ni aquí, ni ahora –pronunció Peeta deshaciéndose de su agarre. –Ya habrá tiempo para vuestras bravuconadas. Ahora, si me disculpáis, tengo cosas más importantes que hacer.

Dicho esto y haciendo una burlesca reverencia, tomó la mano de Katniss y la sacó de allí, dejando a Seneca enrojecido por la rabia, pero recibiendo una sonrisa de aceptación por parte de Haymitch y Effie cuando pasaron por su lado.

-Por favor, espérame en el palacio –le pidió Peeta a su amigo, tras lo que abandonaron la iglesia. Su caballo aguardaba allí así que ayudó a Katniss a montar para hacerlo luego él, colocándose tras ella y saliendo al galope.

Katniss no preguntó dónde la llevaba, no era necesario, habría ido con él a cualquier lugar con tal de sentirlo cerca pero pronto reconoció el camino por el que se dirigían. El murmullo del agua los recibió al llegar a aquella cascada que había sido testigo tantas veces de su amor y, todavía en silencio, Peeta descendió del caballo, tomándola de la cintura. Katniss aún no terminaba de poner los pies en el suelo cuando los labios de Peeta se encontraron con los suyos, para besarla casi con desesperación. Pero no era sólo la necesidad de él la que había en ese beso porque la de ella también se enredaba con la suya, entre sus bocas. Devoraron sus labios hundiendo sus dedos en su piel y sus cabellos, sintiendo la proximidad de sus cuerpos y sus caricias y embriagándose con su aliento hasta arrebatárselo, obligándose a separarse con la respiración entrecortada.

-Aún no puedo creer que esto esté pasando –musitó Katniss.

-Perdón por haber tardado tanto –la apoyó contra su pecho.

-Aun no entiendo cómo –reconoció ella. –Si realmente hubieras leído mi carta tal vez no estarías aquí.

-¿En ella me dices que no me amas? –la separó de él para que lo mirara.

-No –negó. –Pero era… -titubeó –una despedida.

Peeta suspiró hondamente y volvió a acogerla en su pecho.

-¿La leerías para mí? –le sugirió.

-Ahora ya no tienen sentido mis palabras –discrepó ella.

-De igual modo quiero saber qué motivo te hacía alejarte de mí a pesar de amarme como me amas –insistió él. –Ahí están mis culpas y quiero escucharlas de ti.

-Está bien –accedió finalmente.

Peeta la tomó de la mano y la llevó hasta un árbol, sentándose con la espalda apoyada en el tronco y colocando a Katniss en su regazo, tras lo que le entregó la misiva. Descansó su mejilla en su cabello y cerró los ojos para escuchar el fluir de sus palabras.

Mi amado Peeta.

Querría empezar esta carta diciendo que éste es el resultado de una trampa en la que nos envolvió el destino, sería fácil, incluso cómodo, dejarse embaucar por esa justificación y, tal vez hubo un tiempo en que pudo servirme de consuelo, mas ya no es así.

Debo ser sincera y admitir mi falta, no fui lo suficientemente fuerte como para defender lo nuestro y luchar por ti, incluso contra ti. Porque sé que hay verdades que duelen y mentiras que ennegrecen el alma pero hay silencios mortales y los míos nos han llevado a esto, por no decir una palabra a tiempo o dejar de escuchar otras.

Ya todo eso quedó atrás. Mañana me uniré a Seneca y todo tendrá un fin, no el que hubiera deseado, pero sí el que he escogido. No me servirá para ser feliz, para eso debería salvar este abismo tan inmenso que ahora nos separa y que ya es imposible flanquear, pero que me hará recordar lo errores cometidos y que un día conocí la dicha. Trataré de buscar consuelo en la idea de que así ayudo a Marvel, aunque sea un mero espejismo y confío en que a ti te ayude a rehacer tu vida.

Sí, Peeta, ciertamente deseo que seas feliz, aunque viviré el resto de mis días odiando a la mujer que lo haga y odiándome a mí misma por no ser yo. Pero sé que no puedo serlo, debo dejar de aferrarme a algo que ya está condenado y dejarte ir.

Márchate, Peeta, y no mires atrás creyendo que dejas algo en el camino. Mira hacia adelante, por los dos.

Katniss.

-Sólo te refieres a tus culpas las cuales desconozco –dijo Peeta. –Y soy yo el que no ha luchado por nosotros, deberías odiarme por todo lo que te he hecho pasar.

-Ya deberías saber que no puedo odiarte –musitó ella. –Y sigo sin entender que extraña ventura ha hecho que vuelvas a buscarme. Dices que ha sido esta carta pero si no la habías leído…

-Me he pasado la noche en vela con ella entre mis manos, sin atreverme a abrirla –le confesó, –temiendo todo el odio y el rencor que destilarían de su tinta, convencido de tu desprecio hacia mí, sobre todo, después de lo que viste con Delly. Sin embargo, no me preguntes el porqué, cuando estaba a punto de marcharme, rasgué el sobre y comencé a leer. Sólo leí tres palabras de esta nota, Katniss –señaló el pliego, -las únicas tres palabras que podrían hacerme reaccionar.

-¿El encabezado? –se extrañó ella.

-Es mucho más que eso –negó él. –Era la convicción de que me seguías amando, quería creer que así era, y si a pesar de todo era cierto, ya no me importaría nada más. No me importa nada más –tomó su mejilla. –Si te tengo a ti, ya no hay más que pueda necesitar, el resto deja de tener sentido incluso puedo llegar a olvidar todo, por ti, si tú me lo pides. Katniss, dime que te quedarás conmigo.

-Mientras lo quieras tú –le susurró.

-Entonces por el resto de mis días –murmuró antes de volver a besarla. Viviría unido a sus labios sin separarse de ellos jamás.

-¿Por qué afirmas que tu matrimonio con Seneca ayudaría a tu hermano? –recordó sus palabras y las del Capitán en la iglesia.

-No se ha cansado de advertirme que tiene su vida en sus manos –le aclaró ella.

-No lo he visto en la iglesia –puntualizó.

-Siempre ha estado en contra de esta boda y lo que Seneca te dijo de que él le había ofrecido mi mano a cambio de…

-Ya sé que es mentira –admitió con pesar. –Siento mucho no haber confiado en ti, hay tanto por lo que me debes perdonar.

-Yo también fui una estúpida al aceptar ese matrimonio –admitió ella.

-Entiendo que hayas querido ayudar a Marvel…

-No fue sólo por eso –se mordió el labio. –Fue un arrebato de celos y despecho al verte con Delly.

-No pasó nada, Katniss –tomó su rostro con ambas manos. –Te juro que nunca ha habido nada entre nosotros.

-Ya lo sé –lo calmó ella. –Haymitch me lo dijo hace un par de días.

-¿Haymitch? –la miró extrañado.

-Vino a hablar conmigo –asintió. –Y aclaramos ésa entre muchas otras cosas.

-¿Qué cosas? –preguntó con suspicacia.

Katniss hizo una pausa y entreabrió la boca para hablar, suspirando sonoramente en su lugar.

-No tengo el valor para decírtelo –reconoció finalmente. –Ya dudaste de mi palabra una vez y no podría volver a soportarlo.

-¿De qué estás hablando? –inquirió. – ¿Tiene que ver con las verdades no dichas que nombrabas en tu nota?

-Cambiemos de tema, por favor –pidió temerosa. –Acabo de recuperarte y siento que vas a volver a desaparecer en cualquier momento.

-No voy a desaparecer –aseveró él con seguridad. –Te amo y confío en ti. Puedo escuchar cualquier cosa que tengas que decirme.

-Esto no –negó ella. –Y sinceramente prefiero que sea Haymitch quien lo haga.

-Pero…

-Tengo miedo, Peeta.

-De acuerdo –accedió al fin. –Si no me equivoco, ya habrá llegado al palacio –añadió levantándose, haciendo lo mismo Katniss, que se mostraba más pálida que de costumbre. Peeta tomó su mano tirando hacia él y atrapó sus labios. Muy serio debía ser el asunto al que se refería Katniss pero él no había mentido al decir que no le importaba lo demás. Sólo existía ella y ese calor que infundía a su corazón su simple cercanía. Había sido un loco al creer que podía vivir lejos de ella, necesitaba sus besos como el aire para respirar.

-Dime que pase lo que pase no me vas a abandonar –le pidió ella en un susurro.

-Jamás. Sería como arrancarme la vida y cree lo que te digo porque es lo que he sufrido todos estos días –confesó antes de darle un último beso.

Cuando llegaron al Palacio Mellark, Haymitch y Effie aguardaban en el jardín, acudiendo a su encuentro en cuanto los vieron desmontar.

-Estoy muy orgulloso de ti –abrazó Haymitch al muchacho, mientras Effie hacía lo mismo con Katniss.

-Me alegra que hayáis recapacitado, ambos –señaló Effie. –Puede que no os espere un camino fácil pero debéis recorrerlo juntos.

-Yo os agradezco vuestro apoyo y el esfuerzo por querer hacernos entender que estábamos equivocados –repuso Peeta. –Por eso mismo, me atrevo a pedirte algo –se dirigió a Haymitch.

-Tú dirás –asintió él.

-Al parecer, hay algo que debería saber y que Katniss no se atreve a contarme ¿tan grave es? –quiso saber.

-Peeta –vaciló. –Tal vez no es el momento.

-No, Haymitch –lo cortó Effie. –Si quiere saber está en todo su derecho, él más que nadie.

-Tú también lo sabes –supuso Peeta.

-Haymitch se enteró por mí, yo viví aquello –afirmó.

-Effie…

Peeta alzó su mano pidiéndole a Haymitch que no insistiera. Estaba dispuesto a llegar al fondo del asunto.

-Entonces, prefiero que lo hagas tú –prosiguió.

-Muy bien, pero será mejor que tomemos asiento –señaló uno de los bancos del jardín.

Y así fue como, finalmente, Peeta tuvo el real conocimiento del pasado de su madre y sus crímenes. Realmente le horrorizaba pensar en qué clase de mujer habido sido su madre siendo cierto todo aquello… qué engañado había estado y cuánto dolía aquella verdad, entendiendo el temor de Katniss a su reacción.

-Muchos en Vilastagno vivieron aquello –concluía Effie. –Puedes preguntarles si quieres.

-No pongo en duda tus palabras –negó Peeta, mientras se enjugaba una fugaz lágrima de su mejilla. –Pero era mi madre y yo…

-Peeta, no te tortures –posó Haymitch una mano en su hombro. –Es comprensible que te sientas confundido. Yo he visto como Enobaria se desvivía por ti, lo que no concuerda con el retrato que Effie acaba de hacerte de ella, pero todo lo que te ha dicho es cierto.

-Y si todo el mundo lo sabe, ¿cómo he venido a enterarme ahora? Cato, Cinna, el resto de los hombres…

-Porque los pecados de tu madre no son los tuyos y ellos jamás te juzgarían por eso –apuntó Effie. –Por Dios, Peeta, eres El Gavilán. Has luchado con ellos en busca de justicia y libertad contra los franceses y eso poco tiene que ver con el alma oscura de tu madre. Discúlpame –dijo inmediatamente. –No quiero herirte.

-No, Effie –negó cerrando los ojos. –Aunque me duela en lo más profundo tengo que aceptar que mi madre fue una… asesina –desvió su mirada hacia Katniss. –Intentó matarte –afirmó tratando de contener las lágrimas, -y si no hubiera sido por Marvel…

-Peeta, por favor –acarició su mejilla.

-Ahora entiendo todo, su odio hacia a mí, su insistencia por separarnos… pero es que yo no sabía –trató de justificarse.

-Nosotros creíamos que sí, hasta que Haymitch nos sacó de nuestro error –lo tranquilizó ella.

-¿Marvel también?

-Yo se lo dije cuando me enteré –le confirmó.

-¿Y qué opina? –preguntó con cierto temor.

-Soy su única hermana y no ha querido acompañarme al altar –le recordó. –Ese es uno de los muchos motivos por el que no quería que me casara con Seneca, porque sabe que te amo y no quería que cometiera ese terrible error.

-Ese maldito –apretó los puños poniéndose en pie. -Él también lo sabía –masculló. –Ahora comprendo uno de sus tantos incisivos comentarios la mañana en que murió mi madre. Sabía que Marvel podría ser inocente pero aprovechó las circunstancias para sacar provecho. Así es como impone ese bellaco la ley.

-Temo que mande a mi hermano de nuevo a prisión –alegó Katniss atormentada.

-Pero Marvel lo hizo para salvarte –argumentó Peeta.

-No es un reproche, Peeta –intervino Haymitch, -pero tú no lo creíste en su momento y pediste que lo investigaran.

-Se supone que el caso está cerrado –apuntó él.

-Y Seneca puede reabrirlo cuando quiera, como si no lo conocieras –refutó Haymitch.

-Puedo pedir que se retiren los cargos –propuso el joven.

-No lo aceptará, alegando conflicto de intereses o que quieres vanagloriarte con tu futuro cuñado –negó Effie.

-Pues algo hay que hacer contra ese cobarde –se desesperó él. –En verdad no quiero que Marvel pague las consecuencias de mis errores.

-Por desgracia no hubo testigos –lamentó Haymitch.

-Mi madre se llevó sus secretos y malas intenciones a la tumba –se dejó caer en el banco, casi derrotado.

-Un segundo –dijo Haymitch pensativo, como si estuviera buscando algo en algún rincón recóndito de su mente. –Beetee dijo algo parecido. "Los secretos de mi señora quedaron enterrados con ella"

-¿En qué estás pensando? –lo miró Effie con recelo.

-Peeta, ya sé que parece una locura –se puso en pie lleno de inquietud, -pero varias veces vi a Beetee rondando la tumba de tu madre y que actuaba de forma muy extraña, y ese comentario…

-No puedes tomarlo al pie de la letra –se alarmó él.

-Sólo hay un modo de averiguarlo –sentenció. –Acompañadme.

Aquello era tan siniestro como una novela de terror. Atónitos, vieron como Haymitch cogía la pala de uno de los jardineros y se dirigía a la tumba de Enobaria, tan decidido que Peeta no fue capaz de disuadirlo.

Haymitch no sabía por dónde empezar, pero si tenía razón en sus sospechas, dudaba que Beetee lo hubiera enterrado a mucha profundidad. La tierra aún no estaba del todo seca, así que no fue difícil escarbar en la superficie, no tardando en encontrar lo que buscaba, en forma de pequeño cofre. Lo tomó y se dirigió a Peeta, ofreciéndoselo y recibiéndolo él con el rictus contraído.

Al abrirlo encontró una delicada daga y una nota. Con gesto contrito le devolvió el cuchillo y el cofre a Haymitch y abrió el pliego, reconociendo la letra de su madre al instante y comenzando a leer en voz alta.

Mi adorado Peeta,

Eres lo que más amo en esta vida, más cualquier otra cosa en el mundo y muy a mi pesar, para cuando leas estas palabras mías ya te habré perdido para siempre.

Sin embargo, también te habré salvado del más terrible error que podrías cometer en tu vida al casarte con Katniss Everdeen. Es la única cosa que ya puedo hacer por ti.

Jamás podría permitir que la sangre de los Mellark se mezclara con la de esa maldita familia.

Jamás habría permitido que tú te casaras con la hija de Portia, la mujer que más he odiado y, que a través de ese matrimonio habría obtenido su victoria desde su tumba.

Deberá pasar por encima de la mía antes de conseguirlo.

He probado todos los medios, he hecho todo lo que está en mi mano, pero ella está ahora contigo en tu habitación, en tu lecho y no me dejas más opción.

Yo, Enobaria Mellark mato a Katniss Everdeen por ti, hijo mío para liberarte de la maldición de su familia y su sangre para siempre.

Peeta arrugó la carta entre sus manos, habiéndosele clavado cada una de aquellas palabras en su corazón de forma fatal, mientras las lágrimas recorrían sus mejillas. Aun habiendo creído todo lo que le había narrado Effie, aquello lo superaba todo con creces. Su madre había sido un ser maligno, un monstruo.

-Peeta –se le acercó Haymitch.

-Dejadme a solas con Katniss –les pidió. –Luego iré a hablar con Marvel.

-Te esperamos aquí –asintió él, comprensivo.

Él y Effie hicieron ademán de marcharse pero Peeta lo detuvo, tomándolo del brazo.

-Gracias –le dijo. –Por todo.

Haymitch le sonrió a modo de respuesta tras lo que tomó la mano de Effie para dirigirse juntos al interior del palacio. Con las lágrimas aun brotando de sus ojos. Peeta cayó sobre sus rodillas, apoyando su rostro en el vientre de Katniss mientras se abrazaba a ella.

-Pero Peeta…

-Lo siento tanto –sollozó él. –No sé cómo pedirte que me perdones.

Katniss se arrodilló frente a él quedando a su altura.

-No tienes porqué disculparte –trató de consolarlo. –Tú no tienes culpa alguna de lo que hizo tu madre.

-Pero yo no creí en ti, te traté de la peor manera llevado por ese dolor que me cegaba –insistió.

-No sabías nada, Peeta –lo disuadió. –Entendí que era normal que no me hubieras creído cuando te dije que tu madre había intentado matarme. Y aun así decidí dejarte marchar. Como ves, yo también tengo mucho que reprocharme.

-No –negó él sacudiendo la cabeza. –Mi madre hizo mucho daño a tu familia. Entiendo que no quieras estar con alguien como yo.

-¿Con alguien como tú? –le cuestionó ella. –Te refieres a alguien maravilloso ¿no?

-Por favor, Katniss –exclamó torturado.

–Tú no has hecho nada –tomó su rostro para que lo mirara. –Te amo, Peeta y hace un momento me aseguraste que no me ibas a abandonar, pasara lo que pasara –le recordó. –Que este maldito e infundado sentimiento de culpa no te aleje de mí, Peeta. Te lo pido.

Peeta le respondió de la única manera que fue capaz, besándola con afán. Katniss tenía razón. A pesar de su vergüenza y esa culpabilidad que sentía, no podía perder la oportunidad de ser feliz, y más cuando a punto había estado de escapársele de las manos. Tal vez hubieran críticas, incluso alguien podría juzgarlo, censurarlo por los crímenes de su madre, pero al diablo con todos ellos. La única opinión que le importaba era la de Katniss y en ese instante estaba entre sus brazos, entregada a sus besos y sus caricias y amándolo con locura, del mismo modo que la amaba él.

-Tengo que hablar con tu hermano –dijo sobre sus labios.

-Yo ya le expliqué –le rebatió ella. –No es necesario que lo hagas.

-Pero necesito pedirle formalmente tu mano en matrimonio –susurró volviendo a perderse en sus labios.

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.

.

Cato maldijo al cielo. ¿Cómo podía haber sucedido aquello? Sostuvo las riendas de su caballo para echar la vista atrás, nadie le seguía, volviendo a respirar con alivio, alivio que se vio desplazado por la rabia.

Esos malditos franceses.

Todo estaba dispuesto, o eso creía. Habían salido a caballo desde el refugio y se adentraron en el bosque, hacia el pueblo, hacia la iglesia. El plan era aguardar a la salida de los novios. Todos los ciudadanos estarían allí felicitando a los novios y esa confusión los ayudaría y, por otra parte, los soldados franceses estarían demasiado ocupados celebrando como para esperar su ataque.

Pero esos bastardos ni siquiera les permitieron salir del bosque. En un recodo del camino Chaff con algunos hombres aguardaban por ellos, comenzando a disparar en cuanto los vieron y corriendo ellos a refugiarse tras los árboles.

-¡Te lo dije! –le había reprochado Cinna.

-¿Pero cómo iba a sospechar que nos iban a estar esperando? –se había defendido Cato.

-El Gavilán lo habría sabido. Él conocía a Seneca.

A partir de ese momento, él y el resto de hombres se batieron en retirada, desplegándose por todo el bosque, esquivando las balas de los franceses y aprovechando su conocimiento de aquellos abruptos senderos para evitar que los soldados los siguieran.

Supuso que todos habían regresado de una forma u otra a la seguridad de sus casas, y se habrían unido a la celebración de la boda como si nada hubiera pasado, pero él sentía demasiada rabia en su interior como para actuar con dicha hipocresía.

Dirigió los pasos de su caballo al refugio y buscó en la casa una jarra de vino, para sentarse después en un tronco, cerca de la extinta hoguera de la noche anterior. Dio un gran trago y dejó la jarra en el suelo, tras lo que se quitó la máscara que aún portaba en su rostro, la de Peeta, la de El Gavilán. Observó aquel pedazo de tela que, con tan poco, significaba tanto, un símbolo, que él había querido salvaguardar, sin conseguirlo.

No podía engañarse, había creído poder estar a la altura, convencido de que Peeta no era el único que podía llevar aquella máscara con orgullo. Había querido demostrar al resto de hombres que era igual de válido que él y casi los había llevado a la muerte, de la forma más estúpida por su ambición y su inconsciencia, en un plan improvisado y fallido, como había sido.

Tomó de nuevo la jarra y, antes de llevarla a su boca, sintió un fuerte golpe en su cabeza y, después, sólo oscuridad…

Continura….

Bueno mis queridas lectoras al parecer al fin después de tantos obstáculos Peeta y Katniss han superado cada uno de ellos, y al fin la verdad a salido a la luz, lamentablemente para Peeta saber que su madre fue un ser cruel y vil lo tiene muy mal pero por otro lado tiene a Katniss que siempre estará ahí para él. Debo decir que esta escena de el rapto de la novia me encanto mucho, os imagináis la cara de Seneca jajajaja como me hubiera gustado estar ahí, por otro lado Cato fue muy irresponsable al haberse hecho pasar por el Gavilan. ¿Quién creeis que lo ha golpeado? Y ¿Qué pasara con el? Bueno ya lo sabréis muy pronto.