CAPÍTULO 26

-¿Qué ocurre Chaff? -preguntó Seneca de mala gana cuando el Sargento entró en su despacho sin apenas llamar.

-Disculpe, Capitán -no tardó en excusarse, -pero quiero informaros de que hemos capturado a El Gavilán.

El rostro de Seneca se iluminó al instante, naciendo en sus labios una malvada sonrisa de satisfacción.

-Bravo, Chaff -exclamó. -¿Dónde está?

-En el patio -respondió el oficial con el pecho henchido de ego.

-Vamos, hay que llevarlo al pueblo -le ordenó.

-Pero...

-Hay que darle un castigo ejemplar. ¡Que nadie se atreva de nuevo a desafiarme! -se detuvo Seneca en el umbral de la puerta con puños apretados. -Todo el pueblo será testigo de ello.

Del mismo modo que lo había llevado al Fuerte, Chaff tiró de El Gavilán dirigiéndose hacia el pueblo, esta vez con un regimiento mayor de hombres custodiándolo y su Capitán y Finnick a la cabeza.

Cuando Cinna los vio llegar, apenas podía creerlo ¿En verdad era Cato quien se ocultaba tras esa máscara? Fuera quien fuera, estaba perdido.

Observó desde la puerta de una de las casas como Chaff desmontaba y lo llevaba al centro de la plaza, siguiéndolos Seneca de cerca.

Arrodíllate -le ordenó al muchacho enmascarado con dureza, obedeciendo él.

-¡Salid! -gritó Chaff entonces. -¡Salid de vuestras casas a contemplar el espectáculo!

-Veamos quién eres, Gavilán -pronunció el Capitán en alta voz, desenvainando su sable.

Con una precisión extraordinaria introdujo la punta de su arma entre la máscara y el rostro del joven y la alzó, quitándosela, no sin dejarle un pequeño corte en su mejilla como recuerdo. Cinna sintió el alma caérsele a los pies.

-¿Cuál es tu nombre? -lo interrogó Seneca.

-Cato -repuso con la mandíbula tensa.

-¿Tienes algo que decir en tu defensa? -demandó.

-Mis manos no están manchadas de sangre pero las tuyas han derramado la de tu propia gente -lo acusó con rotundidad.

Seneca soltó una sonora y desagradable carcajada.

-Buen intento -masculló entre dientes. -¡Alzad el cadalso! -exclamó con fuerza ahora, dirigiéndose a sus hombres. -Dispongo que, el aquí presente Gavilán, permanezca en él maniatado todo lo que resta del día y toda la noche y que mañana, al amanecer, sea ajusticiado. ¿Es que no me has escuchado? -gritó en dirección a Finnick, quien no se había inmutado ante su orden. -¡Que los hombres preparen el cadalso!

A Finnick le tomó otro par de segundos obedecer, hasta que, haciendo un gesto con la cabeza, ordenó a sus hombres que cumplieran la tarea.

Cinna escupió en el suelo lleno de rabia y desprecio y subió a la carreta. Antes de poner rumbo a la finca volteó hacia Cato, quien lo miraba con desesperación. Tenía que hablar con Peeta, enseguida.

-§-

-Veo que habrá que empezar pronto con los preparativos -decía Glimmer con sonrisa maliciosa sentada junto a Marvel, mientras observaba a Peeta y Katniss en el diván de enfrente sin que pudieran despegar su mirada el uno del otro.

-No seas mala -le reprochaba falsamente Marvel, queriendo contener la risa sin casi conseguirlo.

-Pues ya sabes lo que opino de las fiestas -se dirigió Katniss a su hermano. -No quiero nada ostentoso ni invitados que no conozco. Si de mí depende, invitaría a la gente del pueblo y poco más.

-Por mí, de acuerdo -consintió Marvel. -Después de todo lo sucedido, Vilastagno necesita una fiesta popular. No sé qué opines tú -añadió mirando a Peeta quien reía por lo bajo.

-¿Se puede saber de qué te ríes? -le reprochó Katniss.

-De tu odio por los actos sociales -dio un toque a su nariz con la punta del dedo.

-¿Entonces? -preguntó insegura.

-Será como tú quieras -respondió Peeta, llenando a Katniss de alivio. -Aunque ¿de verdad eres una noble? -bromeó.

-Déjalo ya -se quejó ella inconforme.

-Disculpad, Señor Conde -entró de repente Cinna en el salón. -Ha sucedido algo muy grave.

-¿Qué pasa, Cinna? -preguntó Marvel, levantándose todos de sus asientos, alertados.

-El Gavilán ha sido capturado -le dijo. -Se trata de Cato.

-¿Cato? ¿Te refieres a Cato, el hijo del mesonero? -quiso asegurarse Marvel, contrariado y sorprendido. -No puede ser él. Lo conozco desde que éramos niños.

-Parece que Seneca ha descubierto el escondite de la banda -miró a Peeta de reojo quien asintió con disimulo. -Lo capturaron y, mañana por la mañana, será ejecutado en la plaza del pueblo.

-¿Ejecutado? -exclamó Katniss con temor.

-De Seneca no podría esperarse menos -negó Peeta con la cabeza. -Habiéndolo encontrado en el escondite, lo ha juzgado sin compasión.

-Si Cato ha terminado así, es también mi responsabilidad -se lamentó entonces Marvel.

-Tú no tienes la culpa -lo alentó Glimmer.

-La gente ha tenido que luchar sola contra los franceses -dijo él en cambio. -A diferencia de nosotros, ellos no se han rendido.

-Seneca no es un hombre con el que se pueda luchar de frente, ya lo sabes -lo apoyó Peeta. -La palabra justicia ni siquiera consta en su vocabulario.

-Por eso mismo no se me ocurre qué se podría hacer para ayudarlo.

-Lo sé, Señor Conde -concordó Cinna. -Sólo quería informaros.

-Está bien -asintió Marvel.

-Con permiso -se despidió.

-Espera -lo detuvo Peeta. -¿Puedo pedirte un favor? -miró entonces a Marvel pidiendo su consentimiento, asintiendo éste con la cabeza. -Quisiera mandarle un mensaje a Haymitch, debe estar preocupado.

-En aquella cómoda tienes papel y pluma -le indicó Marvel.

-Ven -le pidió a Cinna, quien lo siguió.

-¿Cuántos soldados hay en el pueblo? -cuestionó Peeta en un susurro una vez se hubieron alejado de los demás mientras tomaba la pluma.

-Muchos y están armados -le confirmó. -Rodean el cadalso, vigilando.

-Haymitch está en mi palacio. Entrégale esta nota para que esté advertido -le pidió. -Luego, ve allí con los hombres esta noche, el refugio ya no es seguro. Algo se nos ocurrirá.

Cinna asintió con una mezcla de agradecimiento y alivio en los ojos. Sabía que Peeta haría gala de su nobleza y no los desampararía.

-Nos vemos luego -lo despidió Peeta.

-Me retiro, Señor Conde -le anunció Cinna con firme voz a Marvel quien consintió inclinando su cabeza, marchándose el muchacho con premura.

Tenía que darse prisa, reunir al resto de los hombres. ¿Cómo demonios había hecho Cato para ser capturado? Tras el fracaso en su intento de atacar a Seneca en su boda habían creído despistar a los franceses habiéndose dispersado. ¿Por qué la estupidez de volver al refugio? Tal vez había pecado de ingenuo, pero Cinna tenía que reconocer su coraje. Habría podido inculpar a otro, inventarse cualquier historia para tratar de salir bien librado y, sin embargo, no lo había hecho. Aquello lo había llevado al patíbulo y no lo merecía, porque esa lucha era de muchos, no de él solo.

-¡Cinna! -la voz de su hermana lo sorprendió. -¿Se puede saber a dónde vas tan distraído? Te estoy llamando desde el otro lado del patio.

-¿Es que no te has enterado? -le cuestionó molesto.

-¿De qué? -preguntó sin entender.

-Seneca y sus hombres han arrestado a Cato. Al amanecer lo ejecutarán en la plaza.

-¿A Cato? ¿Pero por qué?

-¿No te lo ha dicho tu enamorado? -ironizó. -Finalmente han arrestado a El Gavilán y no me extrañaría que fuera él mismo quien mañana le ponga la soga al cuello.

-No digas eso -le pidió mortificada.

-¿Todavía no has entendido que esos franceses son todos iguales? -le reprochó con dureza.

-No son todos iguales -replicó ella. -Finnick es un muchacho noble y...

-Todos son la misma porquería -la cortó con sequedad, -pero tú -la miró de pies a cabeza, -cree lo que quieras. Después de todo, siempre has sido una ingenua.

Sin dejarle oportunidad de rebatirle, Cinna se alejó a toda prisa de ella, dejando a Annie sumida en la confusión. No podía ser, Finnick no podía ser tan cruel como para ejecutar a alguien así. Sabía que sus manos estaban manchadas de sangre pero aquello había sido antes, ahora era distinto... o eso quería pensar ella. No, su hermano no podía tener razón...

Sin saber muy bien qué podía conseguir con eso, se dispuso a ir al pueblo; tal vez Finnick estaría allí haciendo guardia y nunca imaginó lo dolorosa que podría resultar esa imagen hasta que llegó a la plaza del pueblo y vio el cadalso alzado, con Cato sobre él, maniatado a un mástil y varios soldados franceses rodeándolo, entre ellos Finnick.

Se acercaba a él cuando el muchacho miró hacia ella, saliendo al instante a su encuentro.

-¿Qué haces aquí? -le preguntó al alcanzarla. -Ven -la tomó de un brazo y la alejó de la plaza y de oídos indiscretos.

-Mi hermano tenía razón -dijo ella con mirada llorosa. -Tú...

-Yo, nada -se defendió él. -Chaff lo ha capturado en el refugio, con la máscara de El Gavilán.

-Algo se podrá hacer -le rogó ella.

-Las pruebas son irrefutables, Annie -negó él. -La ley establece la pena de muerte.

-¿Qué ley? -se exaltó ella. -¿La de Francia? ¿La de un país que no duda en ejecutar a un pobre campesino, haciéndole la guardia como perros?

-Te recuerdo que El Gavilán mató a un destacamento francés para robar -le dijo. -Eran mis compañeros, mis hombres.

-¿Estás completamente seguro de eso? -inquirió ella. -Es cierto que la mayoría no está de acuerdo con el proceder de El Gavilán pero muchas veces oí a Cinna decir que tu Capitán estuvo detrás de todo eso; El Gavilán jamás había atacado a nadie hasta entonces.

Annie había colocado los brazos en jarra con las manos en la cintura y la barbilla alzada, a la espera de cualquier protesta por parte de Finnick y que nunca llegó. Entonces, la joven relajó su postura mirándolo con extrañeza.

-Finnick...

-Si lo pienso fríamente, no estoy seguro de nada -reconoció. -Cosas extrañas rodearon aquel suceso. La forma en que Seneca dirigió la escolta de aquel carruaje fue demasiado descuidada y, al día siguiente, advertí la repentina ausencia de algunos hombres del Fuerte y que no regresaron jamás.

-Eso quiere decir que...

-No son más que sospechas, Annie -se lamentó él. -Nada tangible.

-¿Y si lo enfrentas?

-Ya te he dicho que no tengo nada -le mostró sus manos vacías.

-Ni siquiera coraje -espetó ella furiosa. -No creí que fuerais un cobarde, Teniente -sentenció ella haciendo ademán de irse y sujetándola Finnick por un brazo para detenerla.

-No me digas eso, Annie -le pidió él con tristeza. -Tú no.

Annie sintió una punzada de culpabilidad en su corazón al ver su mirada sombría y se lanzó a sus brazos, refugiándose en su pecho.

-Perdóname -le suplicó. -Es que ver a Cato así... lo conozco desde siempre y es una buena persona.

-Lo sé -respondió él acariciando sus cabellos. -Y créeme que me duele por ti pero, conforme están las cosas, no puedo hacer nada. No hay nada que yo pueda hacer sin que suponga mi propia muerte.

-Eso no -alzó ella su mirada temerosa.

-Lo siento tanto -murmuró rodeándola entre sus brazos y besando sus cabellos.

Miró hacia el patio, hacia el cadalso y la firme acusación de Cato a Seneca resonó en su mente de nuevo, invadiéndole la rabia y la impotencia. Si alguien pudiera hacer algo...

-§-

Seneca sonreía lleno de complacencia mientras paseaba su mirada por el cofre lleno de joyas, acariciándolas con las puntas de sus dedos. Era un hombre rico y El Gavilán sería a la mañana siguiente una piedra menos en su bota. Todo estaba saliendo a pedir de boca... casi todo, pero eso era algo que resolvería pronto. Katniss sería suya, a cualquier precio.

-No te atrevas a detenerme -escuchó de repente la voz exaltada de Clove fuera de su despacho, haciéndole cerrar el cofre de golpe, justo antes de que ella irrumpiera en la estancia.

-Lo siento, Capitán -se disculpó el soldado.

-Tranquilo, déjala pasar -se sentó él cómodamente en el butacón de su escritorio.

-¿Estáis jugando conmigo? -inquirió ofendida.

-Había dado órdenes de no dejaros entrar -repuso con insultante apatía. -Me aburro fácilmente de las cosas bellas e inútiles. ¿Veníais a algo en especial? -la miró con desdén.

-Quería felicitaros por la captura de El Gavilán -dijo algo más calmada. -Sin duda va a significar un ascenso en vuestra carrera...

-Y que vos no disfrutaréis -alegó él mordaz.

-Después de todo lo ocurrido no creo merecer ser tratada así -refutó con altivez.

-Ya os he dicho que no me servís de nada -le repitió.

-¿Estáis seguro de que no sirvo para nada? -dijo con mirada sugerente y los labios entreabiertos como ardiente invitación.

-Cualquier noche, puedo tener a la mujer que quiera -pronunció con sonrisa ladina. -No tengo más que elegirla.

-Yo puedo darte lo que ninguna -susurró insistente.

-Lo dudo mucho -rió él. -Además, ¿de qué sirve tener una amante si no tengo esposa? No olvidéis que el único fin de todo esto era mi matrimonio con Katniss -le recordó con tono hiriente. -E imagino que vuestro querido esposo consentirá su enlace con el Marqués Mellark.

-De hecho, se han comprometido esta misma mañana -afirmó con desprecio por la humillación. -Dentro de muy poco la Condesa dejará de estar disponible para vos y no creo que podáis hacer nada para remediarlo -añadió con malicia.

-Pronto Peeta Mellark dejará de ser un problema -se levantó él despacio, apoyando ambas manos en el escritorio y fulminándola con la mirada. -Ahora, idos -farfulló tensando sus facciones. -Y no volváis por aquí. ¡Soldado! -gritó sin que Victoria pudiera replicar.

-Sí, Capitán -entró al instante.

-Llévatela y que nadie permita su acceso.

Antes de que el soldado cumpliera su orden y dedicándole a Seneca una última mirada llena de furia, Clove abandonó el despacho.

-Acompáñala a la salida y dile a Chaff que venga.

-A vuestras órdenes, Capitán -asintió la brigada, marchándose.

Seneca blasfemó para sus adentros. Ese maldito...

-¿Me llamabais, Capitán? -llegó Chaff al momento.

-Peeta Mellark...

-¿Sí, señor?

-No quiero verlo nunca más -dijo muy despacio.

Media sonrisa se dibujó en labios de Chaff.

-Eso significa que me has entendido -supuso Seneca.

-Perfectamente -concordó él. -Será como deseáis.

-Ya puedes retirarte -sonrió satisfecho.

Tras un saludo marcial, Chaff salió del despacho, dirigiéndose inmediatamente hacia el calabozo. Conocía a más de un condenado que haría con facilidad aquel trabajo...

-§-

-Pues la compañía es más que grata pero debo retirarme -dejó Peeta su copa de licor en una mesa cercana.

-¿No quieres quedarte a cenar? -lo invitó Marvel. -A Octavia poco le importará cocinar para dos comensales más.

-En realidad, yo también me marchó -agregó Glimmer con pesar.

-Pero...

-Clove no tardará en regresar y tampoco quiero tentar a la suerte con respecto a Gloss -le argumentó.

-Puede que tengas razón -tuvo que reconocer. -Pero no olvides lo que te dije antes -le susurró tomando sus manos.

-Claro que no -le sonrió dándole un pequeño beso. -¿Me acompañas?

Marvel asintió tras lo que miró hacia Peeta quien, con un gesto, le indicó que él y Katniss los seguirían.

-¿Qué piensas hacer? -murmuró ella tratando de que su hermano no los escuchara.

-Aún no lo sé -respondió Peeta. -Los demás me esperan en palacio para elaborar un plan.

-En el que os jugaréis la vida -agregó como reproche.

Peeta se detuvo y tomó las mejillas de Katniss, mirando en sus ojos con intensidad.

-No puedo permitir que Cato pague en mi lugar, que sea condenado por las acciones de El Gavilán. Lo entiendes ¿verdad?

-Sí -se dio por vencida. -Pero tú también tienes que entender que es inevitable que me preocupe. Sólo hace unas horas que volvemos a estar juntos y...

-Y lo estaremos para siempre -la acalló él. -Pero tengo que resolver esto antes. Nuestra felicidad no puede estar afincada sobre la muerte de un hombre.

-Tienes razón -bajó ella la vista. Peeta posó sus dedos en su barbilla y le hizo alzar el rostro.

-En cuanto termine todo vendré a verte -le aseguró.

-¿Me lo prometes? -le pidió ella.

Con una sonrisa torcida esbozada en los labios se inclinó para tomar los de Katniss y besarla con ternura.

-¿Dónde estaría mejor que aquí? -musitó entonces sobre su boca siendo ella quien, esta vez, fuera a su encuentro, besándolo con fervor. -Sobre todo si me vas recibir con un beso así -bromeó sintiendo Katniss como el rubor invadía al instante sus mejillas.

Peeta rió deleitado por su sonrojo mientras la abrazaba con fuerza.

-Vamos -le dijo mientras retomaban el camino hacia la salida.

Al pié de la escalinata, Marvel ya se despedía de Glimmer, de un modo formal y disimulando frente a la servidumbre, mientras un mozo aguardaba sosteniendo las riendas del caballo de Peeta.

-Hasta mañana -se despidió él de Katniss besando su frente. -Me gustaría visitar a Katniss mañana -le anunció a Marvel.

-Cuando gustes -asintió él mientras Glimmer se asomaba por la ventanilla de la carroza y se despedía de todos con la mano.

Luego, Katniss descendió el resto de escalones y se colocó al lado de su hermano, viendo ambos como Peeta también se alejaba.

-¿Qué te ocurre? -le preguntó Marvel de repente.

-Nada -alcanzó a responder ella.

-Estás más pálida que de costumbre -la miró él con recelo.

-Estoy preocupada por Cato -se excusó.

-¿Es sólo eso? -quiso asegurarse.

-Claro que sí -afirmó ella. -A menos que alguien haga algo morirá al amanecer -añadió girándose para subir las escaleras. Marvel tomó una de sus manos, impidiéndoselo.

-Si hubiera algo más me lo dirías ¿verdad? -le cuestionó entonces. -Sabes que puedes confiar en mí.

-Por supuesto que lo sé.

Katniss le dedicó a su hermano una leve sonrisa antes de volver al interior del palacio.

-§-

Cato bajó el rostro ante los refulgentes rayos del amanecer que deslumbraban sus ojos. Al hacerlo, un doloroso pálpito en su cabeza le hizo encoger los hombros, dibujándose una tensa mueca en sus labios. El golpe que le había dado aquel perro francés debía ser más grave de lo él creía. Imaginaba que la pegajosa humedad de su mejilla era sangre que había estado emanando de la herida y el estar todo el día atado allí de pie y sin apenas agua, sólo la que aquel maldito Teniente le había procurado, no le habían ayudado mucho; el dolor apenas le permitía conservar la cordura. Además temía que aquellos escalofríos que empezaban a recorrer su espalda fueran producto de una incipiente fiebre. Bien pensado que importaba todo eso... Seneca debía estar ya de camino a su deseada cita, donde el único resultado era él colgado de una cuerda, con el cuello roto mientras Seneca reía observándolo.

Era imposible negar que tuviera miedo aunque no de la muerte en sí, sino de todo lo que le había faltado por vivir. Habría deseado terminar aquella lucha contra los franceses y expulsarlos para siempre de aquellas tierras y empezar una nueva vida, apadrinada por la libertad. Conocer a una buena muchacha, enamorarse y hacerla su esposa, tener muchos hijos y hacerse cargo plenamente del negocio familiar. Una vida sencilla al fin y al cabo pero que, en esos días era un preciado tesoro dada la represión en la que aquellos franceses los tenían sumidos y aquella esperanza se iba esfumando con cada nuevo rayo de sol que asomaba por el horizonte... Seneca no tardaría en llegar.

El sonido de algunas puertas al cerrarse hizo que volviera a levantar la vista, no sin esfuerzo, y comprobó cómo la gente comenzaba a aglutinarse alrededor de la barrera humana que formaban los soldados. Podía leer en cada uno de sus rostros su disconformidad, su apoyo, su tristeza. Hasta ese momento, mucha gente se había mostrado en contra de El Gavilán, pero viendo a aquel bandolero en él, en un simple muchacho que conocían desde siempre, un simple campesino como ellos cuyo único estímulo había sido el de no resignarse, sin duda habían cambiado de opinión. Podía ver con claridad su impotencia y su rabia y él, en cierto modo, agradecía que lo acompañasen en sus últimos momentos. Lo que si le extrañaba era no ver al resto de la banda. Peeta imaginaba que ya estaría en Francia, camino de París pero... ¿y Haymitch, Effie y Cinna? Incluso los demás... Tal vez habían creído que él los delataría y no querían aparecer por allí por si acaso. La verdad es que Seneca ni siquiera se había preocupado en interrogarlo, ahorcarlo a él era más que suficiente. Los imaginaba tan ignorantes que, sin su cabecilla, unos simples pueblerinos no serían capaces de mover un dedo y, en cierto modo, tenía razón. Él mismo no había sabido actuar consecuentemente, con astucia y prudencia, lo habían cegado los deseos de venganza y ése había sido el resultado. Decidió que era mejor que sus compañeros no se asomaran por allí, no debían relacionarlos con él en ningún sentido. Al menos su muerte serviría para que ellos pudieran vivir tranquilos.

Un rumor en la plaza comenzó a alzarse. No le hacía falta comprobar que Seneca estaba llegando al pueblo pero, aun así giró su rostro para verlo llegar. Su soberbia era insultante, con aquel porte erguido y firme, orgulloso, sobre el caballo y una sonrisa ladina y triunfal en sus labios. Venía flanqueado por sus dos perros guardianes, Chaff y Finnick y, tras ellos, todo un regimiento. Tanto para un simple hombre como él. Sin duda, Seneca lo tenía en mayor valía como enemigo de lo que él pensaba.

Tensar el cuello durante tanto tiempo para ver llegar a la comitiva le pasó factura. Cato echó hacia atrás la cabeza apoyándola sobre el mástil, sin apenas poder soportar su peso, cerrando los ojos a la espera de que desapareciera el dolor.

-Buenos días, Gavilán -escuchó entonces la voz de Seneca. -¿Cómo has pasado la noche? -se burló.

Tomando aire y reuniendo las pocas fuerzas que le quedaban, Cato irguió su cabeza y abrió los ojos, tratando de sostenerle la mirada, luchando contra el sol que lo cegaba.

-¿Te arden los ojos? ¿O tal vez te duele la cabeza? -se mofó Seneca ante su esfuerzo. -Tranquilo, lo solucionaremos enseguida.

-No sabía que eras tan ingenuo, Capitán -respondió con sarcasmo. -Matándome, no resolverás tu problema.

-Mira a tu alrededor -extendió Seneca sus brazos sin abandonar su pérfida sonrisa. -Es toda tu gente y frente a ellos morirás para darles una lección. -¡Escuchadme! -se giró ahora hacia la muchedumbre. -No sabéis cuanto me disgusta proceder a esta ejecución -dijo como si realmente lo sintiera.

-Falso -masculló Cato aunque Seneca lo ignoró.

-Este pobre campesino es uno de vosotros e imagino que estaréis en contra de esta muerte -continuó con su alegato. -Pero esto es lo que se recibe a cambio de la violencia -señaló al muchacho. -Después de este desagradable episodio, confío en que entre el pueblo y el Fuerte comience un periodo de entendimiento.

Seneca no recibió ni aplausos ni un mísero abucheo, simplemente le respondieron con su indiferencia. Los presentes quedaron en silencio, mirando hacia Cato y el verdugo que se aproximaba a él para desatarlo del mástil y llevarlo al centro del cadalso, donde comenzó a preparar la cuerda.

En ese momento, desde uno de los lados de la plaza, donde se encontraba la iglesia, el Padre Mitchell, acompañado de dos frailes con sotana, cubiertos sus rostros con la capucha, se acercaban al patíbulo.

-Deteneos, Padre -exclamó Seneca acercándose a ellos. -Os he dicho que os detengáis -gritó al ver que el sacerdote hacía caso omiso a su petición.

Fue entonces cuando el sacerdote se detuvo, apoyándose en una carreta llena de paja situado cerca de la calle, preso del cansancio y la pena que le producía ver cuál era el final de uno de sus feligreses. Con mirada compungida miró hacia Seneca.

-Merece una última plegaria -susurró el Padre cuando Seneca se detuvo ante los otros dos frailes.

-Descubríos -les pidió, aunque no le obedecieron.

Con mirada recelosa, Seneca se acercó más a ellos y, con sendos tirones secos, apartó las capuchas que cubrían sus rostros, descubriendo frente a él a dos ancianos canos y barbudos que lo miraban contrariados por su desconfianza.

-Está bien -accedió entonces Seneca. -Id a decir vuestras oraciones.

Y ésa fue la señal para que, de repente, algo se arremolinara en la carreta llena de heno saltando desde su interior un hombre, sorprendiendo de ese modo a Seneca que se vio al instante, sin apenas entender cómo, con una afilada daga en su cuello mientras su dueño lo inmovilizaba entre sus brazos contra su torso. En su inútil forcejeo pudo ver que sus hombres estaban corriendo la misma suerte que él, siendo desarmados por un grupo de enmascarados que habían surgido de la nada. Aquello no podía ser... Temeroso, giró la cabeza para comprobar quién lo estaba utilizando como escudo humano; era otro hombre que, al igual que sus compinches, ocultaba su rostro con una máscara, con la particularidad de que aquella era como la de Cato, era la máscara de El Gavilán...

¿Entonces? ¿Quién estaba a punto de ser ajusticiado?

Seneca miró en dirección al cadalso y, como si el verdugo hubiera leído sus pensamientos, tiró de la palanca que abrió una trampilla bajó los pies de Cato, quien quedó colgando mientras su cuerpo convulsionaba.

-Si te mueves te mato -masculló el forajido que apuntaba a Finnick con una pistola.

Con rapidez, subió al cadalso y, tras golpear al verdugo, comenzó al sujetar las piernas de Cato, tratando a su vez de cortar la cuerda.

-¡Ven aquí, perro! -vociferó entonces en dirección a Finnick maldiciendo ante su imposibilidad de liberar al muchacho.

-¡Corta la cuerda o yo cortaré su cuello! -le ordenó al Teniente el enmascarado que retenía a Seneca, presionando aún más el filo contra su garganta.

Finnick no esperó a que Seneca diera su consentimiento. Con paso firme, se acercó a la plataforma y, tras subir a ella, sacó un cuchillo de su bota y cortó la cuerda de la que pendía.

-Dejad las armas en aquel barril del fondo -les ordenó a los soldados uno de los forajidos mientras otro ayudaba a Cato a montar en el caballo de un compañero.

Ante la mirada impotente de los ya desarmados hombres de Seneca, otro de los enmascarados subió a la carreta para tomar las riendas de los dos caballos que tiraban de ella mientras su Capitán era obligado, siempre a punta de cuchillo, a subir a ella.

-Que todos sepan que El Gavilán jamás permitirá que otros paguen por sus actos -escuchó Seneca gritar a su atacante. -Nunca hemos hecho daño al pueblo, nuestra única intención es la de ayudaros. No confundáis a vuestro enemigo -sentenció con firmeza. -No es necesario que os diga que no considero a vuestro Capitán parte del pueblo -miró entonces hacia Chaff cuyo rostro se crispaba de la rabia. -A él sí que no dudaré en matarlo si nos seguís. ¡Vamos! -dio la señal entonces para que sus compañeros salieran al galope siendo la carreta la última en hacerlo.

-Sigámoslos -explotó Chaff entonces.

-Espera -lo detuvo Finnick. -Dejemos una distancia prudencial.

-Pero...

-¿Quieres arriesgar la vida de tu Capitán?

La carreta prácticamente había desaparecido de su vista cuando Finnick dio permiso a sus hombres para seguirlos, de hecho, Peeta no le pidió a su compañero que saltara por encima de la grupa de uno de los caballos para montarlo y escapar hasta que no estuvo seguro.

-Si me disculpáis, Capitán -le dijo a Seneca entonces, justo antes de golpear en su cabeza con la culata de su arcabuz, dejándolo sin sentido.

Tal y como hiciera su compañero, saltó por encima de la grupa del caballo y, cortando la cuerda que lo unía a la carreta, salió al galope, dejando a Seneca allí. Sin duda sus hombres no demorarían en encontrarlo, aunque sería tarde para encontrarlo a él.

Con premura, Peeta se dirigió a la profundidad del bosque, al punto de reunión que había concretado con los demás, guardando, cuando se sintió seguro, la máscara en su morral. Al llegar al lugar vio que Cato se encontraba en el suelo, apoyado contra un árbol mientras Haymitch lo revisaba, asistido por Cinna y otro muchacho, observando los demás a su alrededor.

-Buen trabajo -les dijo, caminando hacia ellos, sonriendo sus compañeros con satisfacción. -¿Cómo está?

-Tiene fiebre y un buen golpe en la cabeza -le informó Haymitch.

-Pero estoy vivo, todo gracias a vosotros -alcanzó a decir Cato.

-¿En serio pensaste que te dejaríamos morir? -bromeó Peeta quitándole importancia al asunto.

-Pues yo aún no decido si se lo merecía o no -continuó otro muchacho con la broma, haciendo que todos rieran, incluso Cato quien acusó el latente dolor de cabeza con una mueca.

-Necesita cuidados -habló Peeta con seriedad ahora. -Aunque habría que buscar un lugar seguro y que no esté relacionado con nosotros.

-Yo me encargo de eso –intervino Haymitch. -Sé de alguien que nos ayudará.

-¿Es de fiar? -preguntó Cinna.

-Me debe un gran favor -asintió.

-Está bien -consintió Peeta.

Haymitch montó en uno de los caballos mientras un par de muchacho ayudaba a Cato a hacerlo en su mismo caballo.

-Puedo montar solo -se quejó el joven con un hilo de voz.

-Prefiero que lo hagas conmigo –negó Haymitch. -Podrías sufrir algún mareo a causa de la fiebre. Me marcho ya -anunció a los demás. -Todos deberíais hacer lo mismo, no sea que a los franceses se les ocurra explorar esta zona.

-Tienes razón -asintió Peeta. -Marchaos a vuestras casas, como si nada hubiera ocurrido. Ya os avisaremos si debemos reunirnos otra vez.

-¿Y tú? -quiso saber Haymitch.

-En cuanto me convierta de nuevo en Peeta Mellark -señaló su morral, -voy a ver a Katniss.

-Entonces yo me adelanto -anunció Cinna. -No quiero que noten mi ausencia.

-Ahora nos vemos y, de nuevo -dijo Peeta mirando ahora a todos sus compañeros, -buen trabajo.

Entre despedidas y comentarios alegres, la banda de El Gavilán se disgregó entre los recovecos del bosque. Peeta buscó la seguridad de un gran tronco al que se dirigió morral en mano para cambiar su vestimenta y endosar su traje de noble. Pensándolo bien, tal vez debería haber ido a su palacio primero a dejar sus ropas de Gavilán pero, aunque Cinna le informase a Katniss de que todo había ido bien, sin duda estaría preocupada por él. Total, podía decirle al muchacho que guardara sus cosas en lugar seguro mientras duraba su visita.

Con gran ánimo terminó de vestirse, entusiasmado por volver a estar con ella. Parecía increíble el giro que habían dado sus vidas en cuestión de unos días. Y pensar que había estado a punto de cometer la estupidez de marcharse, condenando a ambos a la infelicidad. Por suerte, había rectificado a tiempo y había evitado que Katniss también cometiera otra estupidez casándose con Seneca.

Mientras montaba su caballo, rió para sus adentros, recordando el estado en que había abandonado al Capitán, inconsciente en aquella carreta de paja... lástima que no hubiera sido de estiércol. Aunque no podía llevarse a engaño; aquel triunfo de El Gavilán traería consecuencias, Seneca no iba a quedarse con los brazos cruzados y tenían que estar preparados para todo. Con su actuación al salvar a Cato, confiaba en que el pueblo los viera con mejores ojos y, por otro lado, Marvel también estaba en contra de los abusos de poder de Seneca y, como noble y dueño y señor de esas tierras que era, significaría un gran apoyo para su gente. En cualquier caso, aquella situación debía cambiar. Él no podía ser El Gavilán para siempre, no era ésa la clase de vida que quería ofrecerle a Katniss...

De repente una punzada dolorosa y ardiente atravesó profundamente su espalda, paralizándolo y haciéndole caer del caballo. No pudo moverse, gritar o comprobar que le había pasado realmente. Con gran esfuerzo tomó aire y todo se perdió en la oscuridad.

Continuara…

Buenos mis queridas lectoras que les ha parecido, en lo personal este capítulo ha estado cargado de mucho suspenso y acción.

Afortunadamente el plan para rescatar a Cato, salió a la perfección y no hubo ningún herido, ahora falta esperar cual será la persona que cuidara a Cato y cuanto me alegro de que dejaran al maldito de Seneca inconsciente y sin hacer nada jajajaja, creo que se lo merecía. Desafortunadamente al final no todo salió como se esperaba y Peeta fue atacado vistiendo como noble y no como El Gavilán. Bueno chicas hagan sus apuestas para adivinar quién fue el desgraciado que se atrevió a lastimar a mi Peeta.

Agradecimientos:

Vivis Weasley: Si afortunadamente las cosas se están dando muy bien, pero todavía falta resolver muchas cosas, como por ejemplo quien lastimo a Peeta y que pasara con Cato. Gracias por tu review, eres de mis lectoras favoritas muchas gracias por seguir esta historia.