CAPÍTULO 27

Haymitch soltó de las riendas una de sus manos y la llevó a su cintura, apretando contra su cuerpo las de Cato. El muchacho estaba tan débil que, con mucho esfuerzo, apenas mantenía la cabeza erguida, sintiendo Haymitch como en ocasiones la dejaba caer sobre su espalda. No era de extrañar su debilidad con todo lo que le había sucedido, imaginaba que casi no habría comido y parecía haber sangrado bastante por la herida de la cabeza aunque nada que un par de puntos y unos cuantos días de descanso no pudieran solucionar. El problema era su seguridad, no podían correr el riesgo de que algún francés lo viera ya que, si bien todos ya sabían que en realidad no era El Gavilán, no dudarían de su pertenencia a la banda. Necesitaba resguardarse en un lugar seguro, en el que no lo buscarían hasta que estuviese restituido y Haymitch conocía el lugar perfecto.

-Ya estamos llegando –le dijo al joven, disminuyendo la marcha. –Aguanta un poco, necesito desmontar.

Cato se irguió no sin esfuerzo, con los ojos entrecerrados por el cansancio y apenas vio como Haymitch apartaba unas ramas y matorrales que camuflaban la entrada de un pequeño camino. Luego tomó las riendas y, a pie, guió el caballo hacia el interior, volviendo a colocar la vegetación y ocultando aquella senda. Avanzaron unos cuantos metros y, tras un recodo, apareció una humilde cabaña con otra construcción anexa a ella que parecía un establo. Todas las ventanas se hallaban cerradas, menos una, y Haymitch se detuvo en seco al distinguir el brillo del cañón de un arcabuz apuntándole.

-Soy Haymitch –anunció en alta voz, levantando las manos y apartándose del caballo para que se le viera mejor.

Al momento escuchó la puerta abrirse y vio que una muchacha salía del interior de la casa, dirigiéndose a él.

-Disculpadme, doctor –se excusó ella.

-Tranquila –negó él. –Toda precaución es poca y más en tu situación.

Dio un paso hacia ella y besó su frente con gesto fraternal.

-¿Cómo has estado? Siento no haber venido a verte últimamente –se excusó él.

-No os disculpéis –discrepó ella con una sonrisa. -Sabéis que os debo mucho con todo lo que habéis hecho por mí.

-Aunque no fue suficiente –se lamentó Haymitch.

-Hicisteis lo que pudisteis –repuso con firmeza, -y siempre os estaré agradecida.

-Entonces, me resultará un poco más fácil pedirte este favor.

-Vos diréis.

-Necesito que te encargues de él durante unos días –miró hacia el caballo, percatándose entonces de que el muchacho se había dejado caer sobre la grupa del animal, desfallecido. Con premura, lo hizo descender, evitando que cayera al suelo.

-Entradlo, rápido –le pidió ella.

-¿Dónde…?

-En la habitación de mi padre –se adelantó ella.

Con gesto sombrío, Haymitch obedeció a la joven, ayudándolo ella a acomodar al muchacho en la cama.

-Pero… yo lo conozco –se sorprendió ella. –Lo vi ayer en la plaza. ¡Es El Gavilán! –exclamó animada.

-En realidad, no lo es –le aclaró él, -aunque sí deberías saber que pertenece a la banda. No es mi intención ponerte en peligro pero necesita un lugar seguro donde recuperarse con unos mínimos cuidados que yo, desgraciadamente, no puedo proporcionarle ahora mismo.

-Vos también sois de la banda ¿verdad? –sugirió ella sin malicia.

-Eres una joven muy inteligente –le sonrió tomando su barbilla. –Corre peligro estando conmigo y no está en condiciones de defenderse si lo descubren. No habría recurrido a ti si tuviera otra opción.

-No os preocupéis –sacudió ella la cabeza. –Aunque, ¿se pondrá bien?

-Seguro que sí –afirmó él confidente. –Voy a coger mi bolsa del caballo para suturarle la herida y te daré un medicamento.

Ella asintió viéndolo marchar. Luego se acercó a la cama, observando al muchacho. Tenía un golpe en la cabeza y, a través de su cabello rubio, un reguero de sangre se había abierto paso descendiendo por su cara, hasta su mejilla. En su semblante se reflejaba el dolor sufrido, había visto el día anterior como los franceses lo habían mantenido maniatado a pleno sol, pero, aun así se distinguían sus facciones juveniles y agraciadas. Guiada por un impulso, alargó su mano hacia él para apartar un mechón de pelo que caía sobre su frente cuando, de repente, notó como agarraban con fuerza su muñeca, sobresaltándola.

-Tranquilo, estás a salvo –murmuró ella sin embargo y, tratando de infundirle confianza, miró directamente a sus ojos… Jamás había visto unos ojos así, de un azul oscuro tan profundo y que la miraban casi con desesperación. Parecía querer decirle algo pero volvió a perder el sentido, soltándola entonces y cayendo su mano pesadamente sobre la cama.

La joven se alejó un paso, llevando su mano a su otro brazo que aún ardía allí donde la había tocado y sintiendo como su corazón palpitaba con fuerza, seguramente debido al sobresalto, quiso pensar ella. Aún se acariciaba la muñeca cuando escuchó a Haymitch tras ella.

-¿Está consciente?

-No –balbuceó ella.

-Trae agua y unos paños –le pidió.

La muchacha obedeció volviendo al momento, tras lo que Haymitch limpió su herida y la suturó. Luego buscó en su bolso, extrayendo un bote de cristal con unos polvos.

-Esto le ayudará con la fiebre y el dolor –le explicó, -aunque unos paños mojados sobre la frente no vendrían mal para bajar más rápidamente la temperatura.

-Muy bien –concordó ella.

-Vendré a revisarlo en cuanto pueda pero si ves que empeora o me necesitas ya sabes dónde encontrarme.

-Queda en buenas manos –le aseguró ella.

-Lo sé –le sonrió tomándoselas. –Ahora me marcho. No hace falta que me acompañes –le dijo viendo sus intenciones de hacerlo. –Hasta pronto y gracias.

-Hasta pronto –respondió ella viéndolo desaparecer tras la puerta.

Volvió hacia la cama y tomó un paño húmedo para colocarlo en su frente cuando una idea acudió a su mente. Corrió hacia la puerta pero ya no había rastro de Haymitch por lo que volvió a la habitación. Había olvidado decirle cómo se llamaba. Se encogió de hombros y volvió a colocarle la compresa en la frente; pronto sanaría y podría preguntárselo ella misma. Lo observó un instante, ahora su semblante parecía más relajado y lo halló aún más apuesto que en un principio, percibiendo como una sensación cálida la recorría. Un sentimiento de orgullo se aunó a esa calidez; ese apuesto desconocido luchaba contra los franceses, lo que ella más detestaba en el mundo y eso bien valía su admiración y todos sus esfuerzos para cuidar de él.

-§-

El Sargento Chaff y el Teniente Finnick se mantenían en su posición de firmes observando como su Capitán deambulaba por el despacho con el ánimo de una fiera enjaulada. Ni siquiera se atrevían a respirar demasiado fuerte, su ira parecía a punto de estallar en cualquier momento.

-El Gavilán se ha refugiado entre los aldeanos logrando escapar de nosotros –masculló Seneca al fin con la rabia contenida en su voz, -y es algo que no podemos dejar pasar. Esta misma tarde iremos al pueblo a interrogar a todos, hombres, mujeres y si es necesario, niños.

El Capitán se detuvo encarando frente a frente a sus dos hombres.

-Quien se oponga o dé la impresión de estar mintiendo será fusilado ¿Entendido?

-Disculpadme, Capitán, pero esas medidas me parecen francamente excesivas –discrepó Finnick, claramente afectado por la orden que acababa de recibir. -Los campesinos no han hecho nada malo.

-¿No se supone que El Gavilán lucha en su nombre contra nosotros? –argumentó Seneca con dureza. –Ese bastardo no tardará en presentarse ante mí en cuanto sepa que su pueblo puede estar en peligro –sentenció con sarcasmo.

-Pero…

-¡Es una orden, Teniente! –impuso con fuerza.

Ambos hombres inclinaron la cabeza asintiendo y salieron de allí, aunque con distinto talante. Chaff corrió a poner a sus hombres al tanto para que estuvieran preparados. Finnick, sin embargo, se escabulló como pudo para ausentarse del Fuerte sin que reparasen en su ausencia; tenía que hacer algo contra aquel exabrupto.

Lo primero que se le ocurrió fue encontrar a Annie pero su uniforme no es que le permitiera merodear por la finca con tranquilidad y menos después de lo que había sucedido en los últimos días. Denunciarían su presencia antes de poder explicar el motivo de su visita. Aun así decidió que sería lo más rápido, Annie le daría acceso directo con Marvel, debía prevenirlo.

Dejó el caballo en la cancela exterior y, muy cuidadosamente, se adentró en la finca. Se dirigió al patio de servicio ocultándose tras las carretas y las balas de paja que iba encontrando a su paso hasta que se acercó a las proximidades de la cocina. Para su suerte, Annie no tardó en aparecer. Con rapidez, la tomó de un brazo y, tapando su boca para que no advirtiese a nadie con un grito, la arrastró con él.

-Finnick –exclamó alegre, dándole un rápido y espontáneo beso, aunque pronto su semblante se tornó confuso, como si hubiera vuelto a la realidad de repente. -¿Qué haces aquí? Es peligroso.

-Lo sé –alegó él con impaciencia, -pero debo hablarte con urgencia.

De súbito, la expresión de Annie cambió de la confusión al terror cuando sus ojos miraron por encima del hombro de Finnick. Instintivamente, el joven se giró a ver qué sucedía con la fortuna de poder así anticiparse al puñetazo de Cinna estaba lanzándole en ese momento.

-¡Maldito francés! –blasfemó mientras perdía el equilibrio.

Finnick lo aprovechó para inmovilizarlo contra un muro cercano.

-Si quieres pelear conmigo podemos citarnos luego pero debo advertiros sobre algo muy importante, así sea la última cosa que haga –sentenció con firmeza.

Cinna giró la vista hacia su hermana quien lo observaba suplicante. Entonces, destensó su cuerpo, dándole la señal a Finnick de que, al menos, lo escucharía.

-El pueblo está en grave peligro –dijo el Teniente sin rodeos. –Seneca está organizando una expedición. Quiere interrogar a todo el mundo y a la mínima sospecha de que alguien no dice todo lo que sabe, lo hará fusilar. Y así seguirá hasta que El Gavilán se entregue.

-¿Estás seguro? –preguntó Annie con incredulidad.

-He recibido la orden directamente de Seneca –afirmó con seriedad.

-Si mientes… -le advirtió Cinna frunciendo los labios.

-Me juego la vida viniendo aquí –exclamó Finnick ofendido. -¿Entiendes eso?

Cinna resopló, debía darle la razón por mucho que le costase.

-Marvel debe saber esto cuanto antes –añadió Annie.

-Llévame con él –le pidió Finnick a Cinna.

-Está bien, vamos –accedió finalmente.

Cinna los condujo hasta la biblioteca, esperando encontrar al joven Conde allí, y lo hallaron aunque en compañía de Katniss. Ambos recibieron con gran perplejidad la noticia.

-Ese hombre no tiene límites –golpeó Marvel contra su escritorio. -¿De cuánto tiempo disponemos? –preguntó entonces como si se le hubiera ocurrido una idea.

-No mucho –se lamentó Finnick. –Chaff ya estará alistando a los hombres.

-Entonces no nos entretengamos más –se impacientó Marvel. –Teniente, os agradezco infinitamente que hayáis venido hasta aquí a advertirme. Sé el riesgo que corréis así que marchaos ya y que no os descubran.

Finnick inclinó la cabeza con aceptación y se retiró de allí, acompañado por Annie.

-Debemos ir al pueblo –le anunció Marvel a Cinna dirigiéndose ya hacia la puerta.

-Está bien –asintió Cinna siguiéndole, aunque Katniss lo detuvo antes.

-Habría que avisar a Peeta –susurró la joven.

-Lo sé –repuso Cinna. –Creí que estaría con vos.

-¿Cómo?

-Se entretuvo un momento en el bosque –le explicó, -pero me aseguró que venía directamente hacia aquí.

-Entonces voy a buscarlo –concluyó Katniss.

-¿Sola? –negó él.

-Sí, tú debes acompañar a Marvel –argumentó ella. –Me llevaré una carreta que es más seguro ¿conforme? –le hizo un mohín. –Ahora no pierdas más tiempo, mi hermano te estará esperando.

-Tened cuidado –le pidió por última vez antes de marcharse.

Katniss asintió aunque el muchacho ya no podía verla. Luego salió tras él para dirigirse a los establos. No sabía con certeza dónde empezar con la búsqueda, sólo sabía de un mal presentimiento en su pecho que le impulsaba a hacerlo con urgencia.

-§-

Haymitch miró a su alrededor por última vez antes de adentrarse en el camino que lo llevaría directo al Palacio de Katniss; no parecía que le hubiera seguido nadie, todo parecía muy tranquilo y él lo estaba más al haber dejado a Cato a buen recaudo. La herida no era muy grave pero la fiebre empeoraba la situación y necesitaba cuidado constante que ahora podrían proporcionarle. No quería poner en riesgo a la joven pero mantener a Cato con ellos en alguna de sus casas era un peligro para todos. Sin embargo, no podía estar en lugar más seguro. El hecho de que ella viviera sola hacía que tomara serias precauciones para su propia seguridad, como camuflar minuciosamente la entrada a su casa para evitar visitas indeseables.

Un soplo frío encogió su corazón. Esa muchacha había pasado por mucho más de lo que cualquiera hubiera podido soportar y, sin embargo, había resistido con entereza y continuaba con su vida, sola, sin necesidad ni ayuda de nadie, saliendo adelante por sus propios medios. Aunque, eso no era cierto del todo y Haymitch lo sabía. Esa obcecación suya de seguir viviendo en aquella casa, alejada del pueblo, del mundo, sin apenas relacionarse con nadie. Era una muchacha joven y muy bonita que merecía ser feliz pero su espíritu magullado no parecía dispuesto a eso, se limitaba a vivir, nada más. Y él se sentía impotente porque, a pesar de haber podido curar sus heridas, jamás podría curar su alma.

Haymitch sacudió la cabeza y azuzó un poco más su caballo para que acelerara su paso, aunque sin hacerlo cabalgar; ese día había sido muy duro, para todos. Una sonrisa se dibujó en sus labios. Ese había vuelto al Palacio con sus patrones y la expectativa de pronto volver a verla diluyó un poco el cansancio.

De repente, el caballo piafó alertado por algo parecido a un bulto abandonado al borde del camino, casi haciendo caer a Haymitch. Lo calmó palmeando varias veces en su cuello y, con cautela, desmontó para acercarse.

No había avanzado dos pasos cuando se percató de que, en realidad, era una persona así que corrió a acercarse, escapándosele el alma del cuerpo al ver que se trataba de Peeta. Su espalda estaba ensangrentada y lo tomó con cuidado para comprobar que era debido a que le habían disparado.

-¡Peeta! –lo llamó sin obtener respuesta.

Buscó el pulso en su garganta y lo halló, aunque débil. Hizo un cálculo rápido viendo el lugar en el que estaban y supuso que habían pasado al menos un par de horas desde lo sucedido, de ahí la pérdida de sangre. Debía atenderlo cuanto antes, extraer la bala que aún debía estar alojada en su espalda pues no se veía ningún orificio de salida en su pecho, pero aquel no era el lugar apropiado para hacerlo.

Cogió su bolso para limpiarle un poco la herida y taponarla, aunque no sería suficiente. Luego tomó uno de sus brazos pasándolo por encima de su hombro y lo llevó como pudo hasta el caballo, colocando con gran esfuerzo su cuerpo sobre la grupa. Debía darse prisa. Estaban más cerca del Palacio de Katniss que del suyo así que retomó el camino hacia allí.

-Resiste, Peeta –decía, deseando que el camino se acortase lo más rápido posible.

Para su fortuna, cuando apenas habían transcurrido unos minutos, vio ir hacia ellos una carreta y una idea acudió a su mente. Sin duda ése sería un transporte más apropiado para Peeta. La detendría tratando de convencer a su dueño para llevarlos al Palacio. Peeta vestía sus ropas de noble así que la perspectiva de una jugosa recompensa sería difícil de rechazar.

Estaba alzando sus brazos para detener al conductor cuando se percató de que era Katniss quien sostenía las riendas.

-¡Haymitch! –exclamó la joven, sorprendida. -¿Qué ha sucedido? –preguntó alarmada al ver el cuerpo de Peeta.

-Ven, ayúdame –le pidió él sin demora.

-¿Qué te han hecho? –se lamentó la joven con los ojos llenos de lágrimas al verlo en ese estado.

Acercaron el caballo a la carreta y, con cuidado, colocaron a Peeta en ella, tumbado boca abajo, tratando de dañar lo menos posible la zona de la herida. Luego Haymitch ató su caballo a la parte de atrás y puso rumbo al Palacio.

-¿Se salvará? –preguntó Katniss en un susurro, temerosa de la respuesta.

- Peeta es fuerte –le aseguró. –Además, no puede darle semejante satisfacción a ese maldito –farfulló tensando la mandíbula.

-¿Crees que ha sido Seneca? –aventuró ella.

-¿Te cabe alguna duda? –sentenció él. –Mira sus ropas. Han disparado contra Peeta Mellark, no contra El Gavilán. Seneca no soporta la idea de haber hecho el ridículo frente a todo Vilastagno.

-Pero llegar a esto… -sacudió ella la cabeza, aún le parecía increíble. -¿Cuándo ha sucedido? ¿Estabas con él?

-No –negó rotundo. –Me separé del grupo porque tenía un asunto que atender pero, por el lugar en el que lo he encontrado, debió sucederle poco tiempo después de que me fuera.

-Y le han disparado por la espalda. Ese… -Katniss apretó los labios, reprimiendo sus terribles deseos de blasfemar. –Gracias a Dios que lo has encontrado.

-Lo malo es que el caballo no estaba –añadió pensativo. –Espero que se haya escapado.

-No creo que eso importe ahora –replicó Katniss sin entender.

-En el morral de Peeta iban sus ropas de El Gavilán y su máscara –apuntó con tono significativo.

Sin responder, Katniss tornó su mirada hacia el frente, comprendiendo entonces la gravedad del asunto.

-§-

Cuando Finnick entró a caballo hasta el patio del Fuerte, comprobó que Chaff no había perdido su tiempo y todo el regimiento al completo estaba preparado para marchar, formados en sus caballos y a la espera de órdenes.

Al acercarse a ellos, el Sargento se percató de su presencia y caminó hacia él con talante animado y orgulloso.

-Ya están todos listos –señaló a los hombres. –Son sólo unos campesinos. Yendo todos no será difícil. Y si alguno presenta resistencia no dudéis en disparar –dijo en voz alta, dirigiéndose claramente a los soldados.

-Sargento Chaff –pronunció Finnick con gravedad. -¿Quién te ha enseñado a alinear a los hombres? –inquirió en tono crítico. -Necesitamos menos caballería y más hombres a pie. O, ¿cómo crees que van a entrar en las casas? ¿A caballo?

-Teniente –tuvo que dirigirse a él de modo respetuoso, muy a su pesar, a causa de su rango. -Me ha parecido entender que el Capitán…

-Te ha parecido entender –lanzó Finnick una sonrisa irónica. –Pues yo creo que no has entendido nada, Sargento. Ahora, reorganiza a los hombres. Y los caballos al establo. ¡Rápido! –sentenció con dureza.

-Sí, Teniente –respondió Chaff con el rictus crispado. -¡Rápido, llevad los caballos al establo! ¡Vamos! –le ordenó al resto de soldados.

Finnick quedó impávido, sin desmontar, observando la escena con las manos cruzadas sobre la cabeza de la silla de montar. Sabía que había sido una orden estúpida pero el batallón iría mucho más lento a pie que a caballo y eso retrasaría su llegada al pueblo. Con suerte, eso le daría más tiempo a Marvel para hacer aquello que tuviera en mente hacer.

-¿Qué está pasando? –resonó la voz de Seneca al otro lado del patio. -¡He dado órdenes de partir rápido! –bramó al ver que los hombres estaban dando vueltas por el patio como hormigas desorientadas.

-Tú, trae el caballo del Capitán –le pidió Finnick a un muchacho, con total tranquilidad, como si fuese del todo ajeno a ese caos. -¡El resto, tomad posiciones! –ordenó con alta voz.

Los hombres no tardaron en cumplir el mandato y colocarse en formación, dando Chaff la orden de partir hacia el pueblo, no sin antes lanzarle una mirada recelosa a Finnick conforme montaba en su caballo para unírsele a él y al Capitán en la cabeza de la columna.

Finnick por su parte miró hacia el frente alzando su barbilla y con porte erguido y seguro. Era consciente de que tendría graves problemas si Seneca se llegase a enterar de que él era quien había alertado a Marvel, pero poco le importaba, tenía la conciencia muy tranquila. Aquello era un completo abuso, un despotismo que su insignia de Capitán no podía solapar y que los propios principios de Finnick no podían permitir. De hecho, aquella no iba a ser su única intromisión en los planes de Seneca. Iba a poner cartas sobre el asunto y tan rápido como le fuera posible.

Continuará…

Bueno mis queridas lectoras, espero que les haya vuelto el alma a sus cuerpos, después de saber que Peeta se encuentra bien y que gracias a Haymitch se salvara.

Sé que algunas se preguntaran quien es la muchacha a la que Haymitch le dejo el cuidado de Cato, bueno lo descubriréis más adelante, aun no lo puedo decir jejejeje.

Creo que cada vez me gusta mucho Finnick "El rebelde", tratando de anteponer sus principios antes de seguir las órdenes de Seneca. Ahora solo queda esperar que Marvel pueda ayudar a su pueblo de los castigos de Seneca.

Agradecimientos:

Vivis Weasley: Mi fiel lectora, bueno espero que este capítulo te haya devuelto el alma y que ya no sufras ningún otro ataque, aunque no puedo asegurar de que no vayan haber otros jajajaja. Además tienes toda la razón, cada vez que las cosas parecen mejorar, algo malo sale y desgraciadamente este es el caso, mientras Seneca siga existiendo nadie podrá tener paz en Vilastagno.

PD: La autora de esta magnífica historia, ha lanzado una de sus historias como libro y esta teniendo un gran éxito, si quieren saber más aquí os dejo el nombre del libro.

Mi corazón en tus manos por Juani Hernandez