CAPÍTULO 28

Tan ajenos estaban en el pueblo sobre lo que sucedía que apenas alcanzaron a entender en un primer momento las explicaciones de Marvel y Cinna que, con celeridad y nerviosismo, pedían a todos que tomaran lo imprescindible para salir de allí. Compartiendo miradas, algunas de confusión y otras de temor, y sumidos en un caos, fueron cogieron lo que tenían más a mano y siguieron a Marvel hacia el Palacio, algunos a caballo, en carreta o a pie. Quedarse en el pueblo sería someterse a aquel interrogatorio que a más de uno podía llevar a la muerte.

-¿No venís, Padre Mitchell? –le preguntó Marvel al sacerdote que observaba con horror lo que sucedía desde la puerta de la iglesia. –Corréis peligro.

-Seneca no se atreverá a tanto, ésta es la Casa de Dios –anunció.

-Ese hombre no respeta nada ni a nadie y puede que ignore vuestra sotana, Padre –insistió.

-Debo permanecer aquí –le dijo confiado.

-Como queráis pero recordad que las puertas de mi palacio estarán abiertas en caso de que cambiéis de opinión –apuntó Marvel.

-Dios te bendiga, hijo, por todo lo que estás haciendo –le agradeció.

Marvel azuzó su caballo y se puso al frente del grupo.

-¡Hay que apresurarse! –les pidió. –Seneca no tardará en llegar.

-Ojalá funcione vuestra idea –deseó Cinna en voz alta, cabalgando a su lado.

-No se me ocurre otra cosa –lamentó Marvel. –Llevándolos a mi finca, estarán bajo mi protección. Seneca no puede traspasar sus puertas sin mi consentimiento.

-Y el pueblo os lo agradece –agregó Cinna.

-Adelántate –palmeó su espalda. –Si alcanzamos el cruce de caminos antes de que lo haga Seneca estamos salvados.

-De acuerdo –consintió el joven, espoleando con brío su caballo.

Sin embargo, para intranquilidad de Marvel, lo vio regresar a los pocos minutos.

- Seneca y su ejército ya han alcanzado el cruce –le advirtió Cinna casi sin aliento. –No tardaremos en encontrárnoslos de frente.

-Hay que esconderse –sugirió Marvel mirando a su alrededor. –Como sea.

-¡Todos al bosque! –exclamó entonces Cinna, braceando exageradamente para llamar la atención de los campesinos. –Los que vayan a pie que ayuden a empujar esas carretas pero hay que despejar el camino lo antes posible. Seneca se acerca.

No hizo falta nada más para que la gente, llena de temor, obedeciera sus indicaciones. Trataron de adentrarse todo lo que el bosque les permitió y se mantuvieron lo más silenciosos posible, casi sin respiración mientras el regimiento de Seneca desfilaba frente a ellos. El golpeteo de sus botas sobre el camino era lo único que se escuchaba y, por fortuna, amortiguó los resoplidos de algún que otro caballo que se revolvía nervioso, presa de la tensión que se respiraba en el ambiente.

Totalmente ignorantes a la situación, Seneca y sus soldados continuaron su marcha, hasta que alcanzaron el pueblo.

-¡Pelotón, alto! –exclamó Chaff.

-¡Controlad todas las cosas! –ordenó Seneca con potente voz. -¡Traed a todos aquí!

-Capitán, no hay nadie –le informó uno de los soldados lleno de confusión.

-¿Cómo que no hay nadie?

Seneca desmontó molesto y se encaminó hacia una de las casas y Finnick, quien se había mantenido al margen todo lo posible, trató de disimular el alivio que sintió al ver que Seneca salía de ella con el rictus crispado; Marvel lo había conseguido.

-Es evidente que se han ido hace poco –sugirió Chaff, señalando algunas chimeneas que aún humeaban.

-Maldición –blasfemó Seneca para sí. Entonces, dio media vuelta hacia la iglesia, viendo al Padre Mitchell barriendo la entrada, con total y fingida normalidad.

-¡Padre! –lo instigó caminando hacia él.

-¿En qué puedo serviros? –preguntó con molesta indiferencia para Seneca.

-¿Dónde se encuentran los habitantes de este pueblo infame? –inquirió incisivo.

-¿Por qué? ¿No los encontráis? –se hizo el sorprendido.

-¡Los estáis ocultando de mí! –exclamó exasperado.

-Creo que mi Sacristía es un tanto pequeña para eso –repuso con solemne seriedad, mofándose en realidad.

-Sabéis bien dónde se esconde vuestro rebaño –siseó Seneca aproximándose amenazante al sacerdote.

-No sois el único con poder en estas tierras –le respondió sin amedrentarse.

-¿Os referís a Dios? –preguntó con sorna.

-¿Acaso creéis que no hay más poder terrenal que el vuestro que quitándoos a vos, sólo queda Dios? –se rió el sacerdote ahora. –Habréis invadido estas tierras pero no os pertenecen.

Seneca sostuvo la mirada durante un momento a lo que consideró una impertinencia hasta que, finalmente, se retiró, caminando de nuevo hacia el centro de la plaza.

-Marvel Everdeen está verdaderamente comenzando a fastidiarme –farfulló entre dientes.

-§-

Katniss levantó levemente la gasa de la herida de Peeta, parecía que había dejado de sangrar. Sin embargo, estaba muy pálido, debía haber perdido mucha sangre hasta que Haymitch le encontró y, además, aún tenía alojada la bala en la espalda y era peligroso. Acercó su rostro al suyo y sintió su aliento en su mejilla que, aunque débil, era cálido. Nunca el camino a la finca le había parecido tan largo. En ese momento, el traqueteo de la carreta disminuyó y Katniss miró a su alrededor preguntándose por qué se detenían. Entonces vio a Haymitch descender, adelantándose unos pasos y comprendiendo Katniss el motivo de la parada; el caballo de Peeta pastaba tranquilamente al borde del camino. Haymitch tomó sus riendas y lo llevó hasta la parte trasera de la carreta donde lo ató.

-Gracias a Dios está el morral –dijo aliviado mientras lo colocaba cerca de Katniss y comprobaba su contenido. –Está todo –añadió un poco sorprendido.

-Es lo que deseábamos ¿no? –preguntó ella extrañada.

-Sí, pero no lo que esperaba –le respondió, volviendo a tomar las riendas de la carreta y retomando la marcha. –Aunque le brinda algo de claridad al asunto, descartando a un posible ladrón como autor del ataque.

-Reforzando la idea de que ha sido Seneca –agregó ella.

-Sí, aunque no creo que de su propia mano.

-¿Por qué?

-Si hubiera sido Seneca o alguno de sus hombres –comenzó a explicarle, -le habrían robado el morral e incluso parte de sus ropas aparentando de ese modo ser un simple robo, desviando la atención de ellos. Además, ni siquiera se detuvieron a comprobar si estaba muerto así que debió ser alguien que, simplemente, tenía mucha prisa por acabar con el encargo.

-¿Encargo?

-Un condenado mataría gustoso a otro hombre a cambio de su libertad –le sugirió.

Katniss lo miró silenciosa, otorgándole la razón a sus palabras. Que Seneca hubiera utilizado a alguno de los presos del Fuerte para cometer un asesinato a sangre fría lo convertía en un ser aún más vil si cabía.

-En cualquier caso, dentro de todo lo malo, debemos de dar gracias –añadió Haymitch con cierta despreocupación.

-¿Cómo puedes decir eso? –se molestó ella. -¿No ves cómo está?

-Se salvará –le aseguró él. –Por fin estamos llegando –apuntó al ver la cerca de la finca.

La estaban cruzando cuando comenzaron a adentrarse en una barahúnda de pueblerinos que iban y venían sin orden ni concierto, ocupando con carpas parte de los jardines hasta los patios de la parte trasera.

-¿Qué está ocurriendo aquí? –lanzó Haymitch la pregunta al aire.

-Después te explico –respondió la joven bajando con impaciencia de la carreta.

-¡Katniss! –escuchó entonces la voz de su hermano. –Menos mal que ya estás aquí. ¿Qué ha pasado? –preguntó al ver el estado de Peeta.

-Le han disparado por la espalda –repuso Haymitch quien tomaba el morral de Peeta y trataba de bajarlo de la carreta. Sin esperar más explicaciones, Marvel acudió en su ayuda y lo introdujeron en el Palacio, llevándolo a una de las habitaciones.

Allí, mientras Haymitch extraía exitosamente la bala de la espalda de Peeta, Marvel le narraba lo ocurrido.

-Entonces Seneca no tardará en llegar –aventuró Haymitch mientras lavaba sus manos ensangrentadas en un aguamanil. –No creo que se quede cruzado de brazos.

-No puede hacer nada a este lado de los muros –puntualizó Marvel con gran seguridad. -¿Quién le ha hecho esto? –cambió radicalmente de tema. -¿Seneca?

-Es su único enemigo –asintió Haymitch, -aunque no creo que se haya tomado la molestia de hacerlo él mismo.

-Si ha sido un disparo por la espalda dudo que Peeta haya visto el rostro de su atacante –supuso.

-Conde Marvel –se escuchó entonces la voz de Cinna tras la puerta.

Katniss acudió a abrir y, cuando el joven entró se detuvo horrorizado al ver a Peeta tumbado en la cama, en semejante estado.

-Tranquilo, el Marqués se pondrá bien –le informó Haymitch con cierto énfasis que Cinna comprendió; Peeta había sido atacado como Peeta Mellark, no como El Gavilán.

-Seneca está apostado en la puerta principal con todo su ejército –anunció entonces, recordando el motivo por el que había acudido allí.

-Muy bien –asintió Marvel. –Acompáñame –le pidió.

Ambos se abrieron paso entre los pueblerinos que aún trataban de acomodarse lo mejor posible y que le agradecían su hospitalidad y protección a Marvel, más sabiendo que Seneca esperaba fuera.

-Buenas tardes, Capitán –recitó Marvel con falsa condescendencia. –No creo haberos mandado invitación alguna así que siento profundamente que hayáis hecho el viaje en vano. Disculpadme pero estoy muy ocupado y no puedo recibiros –agregó Marvel con una sonrisa de suficiencia.

-Sabéis muy bien por qué estoy aquí –trató Seneca de ignorar su provocación. –Entregadme inmediatamente a El Gavilán.

-El Gavilán –palpó Marvel su mentón. –No tengo el placer de conocerlo –aseveró consecuente, -así que no puedo entregároslo.

-Vos lo estáis protegiendo –alargó su brazo señalando al interior de la finca.

-Sólo protejo a mi gente de vos y vuestros atropellos –alzó Marvel la barbilla.

-Entre ellos está ese bandido –comenzó Seneca a exasperarse.

-Os repito que no tengo conocimiento alguno de ello –pronunció Marvel con gran temple. –Y, en cualquier caso, es vuestro deber atraparlo, no mío y mi pueblo no tiene por qué pagar las consecuencias de vuestra ineptitud.

-¡Estáis obstruyendo a la justicia! –exclamó el Capitán, airado.

-Vuestra justicia llega hasta aquí –señaló los muros de la finca. –Y no creo que seáis tan estúpido como para desencadenar un incidente diplomático entrando a mi casa a la fuerza, con las armas por delante. Aunque los franceses nos hayan vencido la nobleza sigue teniendo ciertos privilegios –le recordó.

-Como bien habéis dicho, aquí fuera yo soy la ley –concluyó Seneca, -así que no os importará que aguarde aquí, por si cambiáis de opinión –ironizó ahora el Capitán.

-Como gustéis –concordó Marvel, tras lo que se retiró, haciéndolo Cinna con él. –Hay que empezar a disponer de las provisiones que tenemos almacenadas para alimentar a la gente –susurró el Conde conforme se iban a alejando, echando un vistazo por encima de su hombro y comprobando que Seneca no se había movido de allí. –Temo que este asedio va a durar más de lo que me gustaría.

-Yo me encargo –le aseguró Cinna, desviándose hacia la parte posterior del Palacio.

-Y que algunos hombres vigilen la puerta –añadió antes de que el muchacho desapareciera entre la gente, asintiendo éste.

Marvel continuó entonces su camino hacia el Palacio pero alguien salió a su paso impidiéndoselo.

-¿Se puede saber que significa esta invasión? –inquirió Clove gesticulando exageradamente, muy molesta.

Algunos campesinos que estaban cerca la escucharon y bajaron sus rostros avergonzados. Marvel tomó del brazo a su esposa, con más bien poco tacto, y la arrastró hacia el interior del Palacio, soltándose ella bruscamente en cuanto entraron.

-Ni siquiera me has consultado –le reprochó ella.

-¿Consultarte? –se maravilló Marvel. –Como señor de estas tierras mi deber es proteger a su gente, acogiéndolos bajo mi mismo techo si es necesario y también debería ser el tuyo.

-Pues yo no creo que deba soportar esto, vivir entre campesinos y animales simplemente porque no quieres colaborar con el Capitán Seneca –prosiguió ella con su alegato.

-¿Colaborar? –sacudió sus manos exasperado. -¿Permitir que los interrogue a punta de bayoneta como si todos fueran unos criminales, dejando sus vidas en sus manos y que decida a modo de capricho si un pobre campesino debe vivir o no?

-¡Entrégale a ese maldito Gavilán! –le exigió ella.

-¡Ni siquiera sé quién es! –replicó él.

-O sea, que tal vez estamos acogiendo entre nuestros muros a ese bandido.

-¿Y qué pretendes que haga? –colocó sus brazos en jarra en un gesto de impaciencia. -¿Que los amenace con la hoguera?

-Eres un necio –lo miró ella de arriba abajo, -y no pienso permitir que me arrastres a mí en tus necedades. Hasta que la situación se normalice me marcho con mis padres.

-Como prefieras –se encogió él de hombros con indiferencia.

Sin decir nada más, Marvel retomó su camino dejando allí a Clove quien apretaba los puños enfurecida. No se molestó ni en volver a su recámara a por ropa, había dejado alguna en casa de sus padres, así que fue directa a las caballerizas a que le prepararan la calesa.

Estaba atravesando la cerca cuando el Sargento Chaff le dio el alto.

-Condesa –se acercó Seneca a ella. La expresión de su rostro era impenetrable. -¿Adónde creéis que vais?

-¿Ahora necesito permiso para salir y entrar de mi casa? –inquirió ella airada.

-¿Acaso sois ajena a la situación en la que nos encontramos con la gente de esta finca? –añadió con tono seco e hiriente.

-¿Vais a atreveros a interrogarme como si fuera un miserable pueblerino? –se hizo la ofendida.

-Puedo ser condescendiente con vos teniendo en cuenta que sois una noble –le concedió al fin, -pero si vuestro criado cruza estas puertas –señaló al cochero, -me veré en la obligación de fusilarlo.

-Entra en la finca –le pidió al sirviente, tomando ella misma las riendas. -¿Algo más o vais a buscar alguna otra estúpida excusa para aplicar la Ley Marcial conmigo? –preguntó resentida por el trato recibido.

Con malévola sonrisa torcida, Seneca le hizo un gesto a Chaff para que se apartara y dejara paso al pequeño coche. Clove sacudió las riendas con mal disimulado malestar y continuó su camino.

Aquello no era posible. Hacía tan solo unos días había disfrutado la cama con ese hombre y ahora osaba a humillarla delante de sus soldados sin tapujo alguno, mostrando una absoluta indiferencia, como si entre ellos no hubiera ocurrido nada. ¿Consideración a ella por ser una noble? ¿Dónde quedaba la pasión compartida? Desde luego, en sus ojos no había ni rastro de ella y una insistente punzada de rabia golpeaba el pecho de Clove con el traqueteo de las ruedas en el camino. No sabía si era su orgullo femenino herido o que de verdad Seneca había dejado su huella en ella pero lo único en lo que Clove podía pensar era en que volvería a ser suya, fuera como fuera.

Cuando entró al Palacio una sensación de tranquilidad, exquisitez y elegancia la envolvió, tan diferente de su vida al lado de Marvel y que tanto extrañaba. Una criada le informó de que su familia estaba en el saloncito atendiendo a una visita y se encontró que, en realidad la visita era Thresh, Glimmer y Gloss. Éste último estaba sentado frente al lienzo donde inmortalizaba a su hermana Rue mientras los demás departían tomando una copa de licor.

-¡Hija! –la saludó su madre al verla. -No te esperábamos. ¿Has venido sola?

-Hay problemas en Vilastagno –informó con voz monótona mientras se servía ella misma un poco de licor. Se sentó en un mullido butacón y les narró todo lo acontecido aquel día.

-El Capitán Seneca quiere capturar a El Gavilán a costa de delitos horribles –concluyó su padre con gravedad.

-A ese Capitán se le ha dado vuelta el cerebro –espetó Thresh con brusquedad. –Voy a ver a mi amigo, tal vez necesite mi ayuda.

-Yo de ti no lo intentaría –lo cortó Clove con una mueca llena de apatía mientras rodaba la pequeña copa entre sus dedos. –Están asediados por lo que no se puede entrar ni salir. Yo lo he conseguido a duras penas.

-¡Pero algo habrá que hacer! –intervino Glimmer cuyo semblante se mostraba pálido.

-Querida, parecéis muy afectada –apuntó Clove mordaz.

-Por si no lo recordáis, yo crecí en esas tierras y, aunque lejana, Katniss y Marvel son mi familia –se defendió ella enérgicamente. –Es legítimo que esté preocupada, no como vos que, a la mínima dificultad, abandonáis a vuestro esposo para refugiaros en la seguridad de vuestros padres. ¿Es así como lo apoyáis?

-Lo que yo haga…

-¿Por qué no salimos un poco al jardín? –interrumpió la madre de Clove lo que, sin duda, sería un enfrentamiento verbal entre las dos mujeres. –Necesito un poco de aire.

-Por supuesto –se puso en pie Glimmer dispuesta a acompañarla.

-Yo me retiro a mi recámara –respondió Clove en cambio; lo que menos le apetecía en esos momentos era soportar compañías indeseables.

-Yo en cambio quisiera escribirle una nota a Marvel –le comentó Thresh a su futuro suegro. –Tal vez consiga alguna forma de hacérsela llegar.

-Me extraña pero nada pierdes con intentarlo –concordó el anciano. –Vayamos a mi estudio.

Aquello dejó, de forma inesperada y sin proponérselo, a Rue y Gloss a solas, quienes parecían haber quedado ajenos a la conversación de los demás. Para Gloss fue de lo más gratificante. Pintaba mucho mejor en soledad, únicamente con la compañía de su modelo que, en este caso era exquisita. Además, en el silencio, disfrutaba aún más de su imagen y su pensamiento era capaz de volar mucho más allá, imaginándola de mil y una formas, como en realidad la quería aunque jamás pudiera pintarla así. Se entretuvo durante un momento en el tejido que la cubría y que tanto le estorbaba, si bien era cierto que moldeaba algunas curvas de su cuerpo a la perfección, por lo que podía deleitarse en recrear en su mente cómo sería su piel en esos lugares ocultos, su color, incluso su tacto y, por qué no, su sabor.

Rue notó su mirada sobre ella, de manera insistente y descarada, rozando lo impúdico, hasta el punto de hacerla sentir sucia. Tal vez eran imaginaciones suyas pero parecía que el pintor tuviera la habilidad de desnudarla con los ojos. Se sintió expuesta y avergonzada y volvió a arrepentirse de haber consentido aquel retrato pero, sobre todas las cosas, lamentó el que la hubieran dejado a solas con él. Dirigió la mirada hacia la puerta del salón y deseó correr hacia ella y escapar.

-Marquesa, ¿podemos seguir? –escuchó de pronto la voz de Gloss que se le antojó pastosa.

-¿Perdón? –preguntó confusa.

-No puedo trabajar así –apuntó el artista con aquel tono empalagoso. -Debéis relajaros.

-Quisiera acompañar a mi madre y salir a tomar el aire –se atrevió a decirle.

-Yo preferiría continuar –desvió su mirada hacia el lienzo queriendo cerrar la discusión.

-Insisto –continuó ella, reuniendo todo su valor.

-Está bien –consintió él al fin. –Haced un descanso. Continuaremos cuando volváis.

Rue ni siquiera asintió. Se incorporó del diván en el que estaba recostada y tomó una bata que había terciada en una silla, colocándosela con premura sobre los hombros para cubrirse. Gloss continuó con sus pinceladas hasta que la joven abandonó la estancia. Después, caminó hacia el diván y cogió una de las telas de seda que lo cubrían y que había estado en contacto con el cuerpo de la joven. Lo llevó hasta su nariz y aspiró profundamente, exhalando después sonoramente, casi en un gemido.

-Delicioso –murmuró mientras una mueca en forma de sonrisa libidinosa se dibujaba en sus labios.

-§-

La muchacha retiró el paño húmedo de la frente de aquel muchacho y acercó su mano para palparla. Sólo habían pasado algunas horas pero la fiebre parecía estar remitiendo. Además, las gasas que le había puesto Haymitch en la cabeza se veían limpias por lo que supuso que la herida había dejado de sangrar. Volvió a mojar el paño y esta vez lo pasó por su rostro, tratando de limpiar con cuidado los rastros de sangre seca que aún permanecían en su piel, aunque la barba de un par de días no ayudaba en su tarea. Debió presionar más fuerte de lo que pretendía porque el muchacho abrió los ojos.

-¿Dónde estoy? –demandó un tanto sobresaltado.

-Tranquilo, Haymitch te trajo a mi casa esta mañana y te dejó a mi cuidado, aunque olvidó decirme tu nombre.

-Cato… -titubeó un poco confuso.

-Yo soy Johana –dijo ella con media sonrisa.

-Puedo entender que Haymitch no te dijo mi nombre pero sí quién soy, ¿verdad? –tanteó él con cautela. Ella asintió.

-Además, te vi ayer en la plaza –agregó.

Entonces el joven hizo el ademán de incorporarse aunque sintió como todo le daba vueltas.

-¿Adónde vas? –preguntó ella impidiéndole que se levantara y ayudándolo a tumbarse de nuevo.

-Haymitch no debería haber implicado a nadie más en esto –se lamentó él. –Imagino que querrás que me marche cuanto antes.

-¿Por qué piensas eso? –quiso saber.

-Poca gente en el pueblo apoya nuestra lucha –apuntó Cato.

-Yo diría que lo que no aprueban son vuestros métodos –puntualizó Johana.

-¿Y sí aprueban los de Seneca? –se molestó. –Nosotros sólo queremos deshacernos de esa maldita plaga.

-Sí, pero no matándolos –añadió ella.

-¿Qué quieres decir? –frunció él el ceño. –Nunca hemos matado a ninguno de esos malnacidos, aunque ganas no me falten.

-Bueno –dudó ella. –Se dice que, de paso que robabais el oro a un regimiento que iba camino del Fuerte, aprovechasteis para borrarlos del mapa.

-¡Eso es mentira! –se exaltó él. –Fueron los propios franceses los que mataron a su gente.

Johana lo miró durante un momento, en silencio, estudiándolo.

-¿No me crees? –preguntó él con decepción en sus ojos.

La joven siguió observándolo. Su respuesta más lógica debía ser una negativa, al fin y al cabo no era más que un desconocido y un proscrito además, aunque aquella mirada casi llena de desesperación le decía mucho más de lo que necesitaba oír.

-Te creo –concedió ella al fin. –Aunque me gustaría saber cómo es que sostienes esa afirmación.

-Porque yo, todos estábamos allí –sentenció con firmeza.

Johana se recostó en su silla con semblante perplejo y en silencio, a la espera de que Cato continuara con su explicación.

-Es cierto que íbamos a robar el oro del destacamento –comenzó entonces. –Estábamos apostados en el bosque, a la espera del momento oportuno para atacarles cuando un grupo de hombres los interceptó y comenzaron a dispararles, a sangre fría. Creíamos que eran bandidos por sus ropas y porque llevaban la cara cubierta y, cuando por fin se marcharon, nos acercamos.

El joven hizo una pausa y lanzó un suspiro al recordar aquella imagen dantesca.

-Fue una masacre –prosiguió finalmente. –No les bastó con llevarse el oro sino que mataron a todos los hombres, excepto a uno.

-¿Alguien sobrevivió? –preguntó ella impaciente.

-Un soldado, muy joven, apenas tendría mi edad –respondió negando con la cabeza. –Haymitch no pudo hacer nada por él, pero vivió lo suficiente para contarnos quién había sido su asesino. Seneca –agregó tras una pausa.

-¿Su propio Capitán? –exclamó Johana con incredulidad.

-Y algunos de sus hombres –sentenció él. –No me extrañaría que entre ellos se encontrase Chaff, ese hijo de una mala madre –masculló entre dientes lleno de ira al recordar que él era quien lo había atrapado.

Se giró hacia la muchacha con la intención de continuar con su relato cuando se percató de cuan pálida estaba.

-¿Estás bien? –preguntó preocupado.

-Es que… es horrible –titubeó ella.

Cato la miró con cierta suspicacia. ¿Tanto le había afectado aquello hasta el punto de que parecía estar a punto de desvanecerse?

-En cuanto me sienta un poco mejor, me marcharé –decidió cambiar él de tema.

-Eso no es necesario –se apresuró ella en contestar. Ciertamente parecía agradecer el giro de la conversación. –Haymitch prefiere que permanezcas aquí. Podrían volverte a atrapar y ahora no hay duda para nadie de que perteneces a la gente de El Gavilán.

-No quiero causar problemas –alegó él. – ¿Al menos tu familia está de acuerdo?

- No tengo familia –dijo ella con firmeza. –Aquí vivo yo sola.

-¿Y por qué no vives en el pueblo? –preguntó él con malestar, un malestar que Johana no entendió y que tampoco le interesó. Tal vez era el típico hombre que pensaba que una mujer no podía valerse por sí misma y, con seguridad, su siguiente pregunta era por qué no había buscado un marido que la mantuviera.

-Ya que estás despierto te traeré algo de comer –se levantó entonces para dirigirse a la cocina, queriendo dar el asunto por zanjado.

-¿No entiendes que es peligroso? –continuó él sin embargo con lo que bien parecía un reproche. –Esta casa está muy apartada, podrían atacarte y no habría nadie cerca para ayudarte, defenderte.

Johana se detuvo sobre sus talones, sorprendida y halagada en cierto modo al entender a qué se refería finalmente. Aun así giró su rostro hacia él y encogió sus hombros con resignación.

-Si es por eso no debes preocuparte. No tengo nada que perder.

Y volvió a encaminarse hacia la cocina.

Cato quedó perplejo. Ni siquiera aquel terrible dolor de cabeza le impedía comprender que había mucho más detrás de aquellas simples palabras. La cuestión era saber el qué pero no tardaría en averiguarlo. Algo le impulsaba a hacerlo y así sería.

-§-

La noche ya había caído. Katniss había perdido la cuenta del número de horas que había permanecido sentada en aquel butacón velando la inconsciencia de Peeta. Sin embargo, y a pesar de la pérdida de sangre, Haymitch se había mostrado muy optimista y no dudaba en su recuperación y Katniss no veía la hora en que Peeta abriese por fin los ojos. En ese instante, como si hubiera expresado su deseo en voz alta o él hubiese percibido su pensamiento, vio como los abría lentamente. Katniss emocionada fue hasta la cama, sentándose en ella para mirarlo de frente.

-Debo estar en el cielo –lo escuchó decir con voz adormilada.

Katniss sonrió ampliamente y se inclinó para besar su mejilla.

-¿Qué ha pasado? –le preguntó él entonces.

-¿No recuerdas nada?

-Venía hacia aquí cuando de repente sentí un fuerte dolor muy agudo en la espalda –le narró.

-Te dispararon –le confirmó ella. –Gracias a Dios que Haymitch te encontró.

-¿Se sabe quién fue? –inquirió preocupado. –Mi morral…

-Tranquilo –lo calmó. –Está escondido en mi recámara.

Al escuchar aquello, Peeta pareció tranquilizarse.

-Ha debido ser Seneca –supuso él, -pero me extraña que no haya revisado mis cosas. De haberlo hecho hubiera descubierto la verdad.

-Por eso mismo Haymitch cree que Seneca mandó a algún preso del Fuerte a deshacerse de Peeta Mellark.

-Es muy posible –murmuró pensativo, aunque entendiendo a la perfección a qué se refería. –Por cierto, ¿cómo está Cato? ¿SenecA no ha respondido de algún modo a su rescate?

En ese momento trató de moverse y lanzó un gemido de dolor.

-¿Qué parte de "te han disparado" no has entendido? –le reprendió ella acomodando su almohada. –Debes estar tranquilo y descansar para reponerte. Cato está bien igual que todo lo demás –le mintió, lo mejor que pudo. De poca utilidad iba a ser ponerle al tanto de lo que estaba ocurriendo en realidad, únicamente se pondría más nervioso. Aun así supo que sus mejillas comenzaban a enrojecer, era una mentirosa pésima, así que se levantó de la cama con premura.

-Voy a pedir que te traigan algo caliente para comer.

Iba a marcharse pero Peeta tomó su mano impidiéndoselo.

-¿Pero vas a volver? ¿Te quedarás conmigo? –le preguntó con aquella sonrisa torcida tan suya en los labios.

-Sí –respondió ella sonrojada por completo.

Peeta tiró levemente de ella y la acercó a él para poder besarla.

-Aquí te espero entonces –le susurró.

Katniss asintió con nerviosismo y se alejó de él. No importaba cuanto tiempo hubiera pasado o todas las cosas que habían sucedido entre ellos; Peeta siempre conseguía inquietarla si se lo proponía.

Apenas había comenzado a recorrer el comedor cuando se encontró a Annie que caminaba hacia a ella.

-¿Cómo está Peeta? –se interesó la muchacha.

-Acaba de despertar –le contó. –Iba a ordenar algo caliente en la cocina.

-Yo me encargo –se ofreció ella. –Ya sabe…

-No he querido contarle nada aún –le respondió. –Creo que sólo lo angustiaría.

-Sin embargo, tarde o temprano tendrá que enterarse y más cuando Seneca y sus soldados están acampados a las puertas de la finca.

Katniss la miró con perplejidad y le hizo una seña para que la acompañara, encaminándose ambas hacia el ventanal más cercano desde el que se divisaba el exterior. En la oscuridad de la noche podían verse las carpas militares a la luz de las antorchas.

En el interior de una de aquellas tiendas, Finnick releía la misiva que acababa de escribir y, satisfecho con el resultado, la lacró tras plegarla. Aquella situación era insostenible, ya no sólo porque los campesinos no podrían vivir mucho tiempo en aquellas condiciones sino también porque Seneca se estaba extralimitando con su proceder. Poco le importaba si El Gavilán estaba escondido entre los campesinos, tras los muros de aquella finca. Aguardaría allí pacientemente hasta que se presentase o hasta que los campesinos agotasen todas las reservas del Palacio y se vieran obligados a salir en busca de alimento; a partir de ese momento, pondría en práctica aquel interrogatorio que Marvel había impedido refugiando a su gente. No, alguien debía darle un alto a Seneca y esperaba que aquella carta diese resultado.

-Teniente –llamaron desde fuera de la tienda.

-Pasa –le pidió, poniéndose frente a él uno de los soldados de su mayor confianza. –Imagino que entiendes la importancia de esto –le entregó la misiva que el muchacho se apresuró en esconder en el interior de su casaca.

-Por supuesto, Teniente –respondió con gran seguridad.

-Debe ser entregada al General Snow personalmente –le recordó.

-Entendido –asintió él.

-Ten especial cuidado en que nadie te vea y si alguien notase tu ausencia yo te excusaré –le aseguró.

-Gracias, Teniente.

-No, gracias a ti.

-Ya sabéis que contáis con todo mi apoyo –le reiteró el joven soldado. –Parto inmediatamente.

-Buena suerte.

El muchacho se cuadró y salió de la tienda. A pesar de saber que obraba correctamente, Finnick no pudo evitar que lo invadiera la inquietud. Era muy peligroso que aquella carta cayese en malas manos. Sin embargo, tenía que confiar, Seneca no podía salirse con la suya siempre. Aun así, aquella solución no era de efecto inmediato, aún deberían pasar algunos días para tener noticias. Sólo deseaba que el Palacio Everdeen pudiera resistir hasta entonces.

Continuará…

Bueno aquí sigo mis queridas lectoras dándoles otro emocionante capitulo. Bueno creo que todas ahora estarán más tranquilas al saber que Peeta ha recobrado el conocimiento y que gracias a Finnick, Marvel pudo ayudar a su pueblo dándole la protección que necesitan, pero ¿por cuánto tiempo? Ahora tendremos que esperar que la carta de Finnick hacía el General Snow, funcione y puedan acabar con Seneca de una vez por todas.

Ahora las que tenían dudas y sospechas sobre quien es la joven con la que Haymitch dejo Cato, bueno ahora saben que es Johana, creo que ya era hora de que apareciera en esta historia, no lo creen, ustedes que creen que pasara con Cato y Johana, ahí les dejo la inquietud.

AGRADECIMIENTOS

Vivis Weasley: Bueno mí querida lectora, ahora si podrás estar completamente en paz, como ves Peeta ha recobrado el conocimiento y nadie ha descubierto su identidad como El Gavilán. Si yo también amo al Finnick rebelde por eso me gusta que este ayudando al pueblo de Vilastagno espero que su plan de resultado. En cuanto a la personalidad de la chica, espero que tus teorías hayan sido correctas. Nos leemos después bye.