CAPÍTULO 30
Apenas se vislumbraba la luz rosácea del alba, ni siquiera había cantado el gallo, pero Cato llevaba un buen rato despierto y con razón pues, los acontecimientos de aquel día, quitaban el sueño a cualquiera y más a él en su posición. Se preguntaba que había sido del resto de hombres de la banda, sin duda estarían en el Palacio Everdeen con el resto del pueblo y llegó a la conclusión de que Peeta y Haymitch estaban con ellos, de lo contrario habría tenido noticias suyas de uno u otro modo. Sólo esperaba que Peeta no cometiera la estupidez de entregarse a Seneca a cambio de la liberación del pueblo, aunque conociendo la nobleza del muchacho, no le sorprendería que lo hiciera.
Y pensar que no hacía mucho había querido ocupar su lugar. Se avergonzaba con solo recordarlo. Y no únicamente por la temeridad de poner en juego su propia vida, sino la de sus compañeros. Primero los expuso en aquel plan descabellado de irrumpir en la boda de Seneca y Katniss y después los obligó en cierto modo a volver a hacerlo cuando tuvieron que liberarlo de aquel cadalso donde aquel perro francés planeaba ejecutarlo.
Con tristeza pensó que tal vez hubiera sido lo mejor que aquella soga hubiera cumplido su cometido y, aunque una punzada encogió su corazón ante el temor de la muerte, tenía que reconocer que su rescate había provocado que los acontecimientos fluyeran rumbo a la tragedia. Seneca se había sentido humillado una vez más y con doble burla pues creía haber atrapado por fin a El Gavilán y, no solo no era cierto sino que el verdadero se presentó para mofarse de él frente a todo el pueblo y salvar así al impostor, a él.
Definitivamente su vida no valía tanto comparado con el precio que todo Vilastagno estaba pagando. No era más que un huérfano, el hijo de un mesonero que había sido asesinado vilmente cuando Seneca llegó a esas tierras, ajusticiado con otros cuantos desdichados para dar ejemplo y dejar claras cuáles iban a ser las reglas a partir de aquel momento. Aquel día lo perdió todo, restándole solamente las ansias de venganza para seguir adelante, tantas que por momentos creía que la inquina era lo único que llenaba su vida vacía, vacía de anhelos y de afectos. Y un hombre así no valía el sufrimiento de todo un pueblo. De hecho se entregaría gustoso si así conseguía que se terminase aquella situación, y no como sacrificio, no lo había al inmolar una vida tan vana tras la que nadie lloraría o ni siquiera recordaría. Si Peeta no hubiera decidido volver a por él...
De repente, un sonido extraño le obligo a silenciar sus pensamientos. Hubiera jurado que era un gemido pero, cuando quiso prestar atención, había cesado. Fijó de nuevo la vista en el resplandor que atravesaba la ventana cuando volvió a escucharlo y ahora no vaciló; aquel sonido provenía de la habitación de al lado. Johana estaba llorando.
Su primer impulso fue acudir a ella a consolarla pero se contuvo, era mejor evitar acercamientos. Había algo roto en el interior de la muchacha y no había que ser muy listo para sospechar lo que era. Sus silencios o su palidez repentina cuando parecía que algún desafortunado recuerdo la asaltaba, tan a la defensiva a veces, incluso esquiva. Casualmente había rozado su mano en la mesa al coger el pan y Johana había apartado la suya como si su tacto fuera candela ardiente. Su terror al ver a Chaff... Cato apretó la mandíbula; la posibilidad de su inocencia quebrada le helaba la sangre y de nuevo aquel impulso de ir a consolarla y conteniéndose nuevamente. Y no por indiferencia, todo lo contrario, acababa de conocerla pero Johana despertaba en él sensaciones que ni sabía que existían. Indudablemente cualquier hombre se fijaría en su hermosura, de hecho, parecía que algún desgraciado lo había hecho ya, pero iba mucho más allá que una mera atracción física. Deseaba cuidarla, protegerla, con su propia vida si era necesario, borrar todo ese dolor que la atormentaba, simplemente hacerla feliz, así de sencillo, y de complicado porque era entonces cuando volvía a recordar que no tenía nada que ofrecerle. Era un don nadie sin más expectativas en la vida que vengarse de los franceses y, dejando eso de lado, ya no quedaba nada más que unas manos vacías.
Chasqueó la lengua y se removió en la cama como queriendo espantar todos aquellos pensamientos, cerrando los ojos con fuerza, tratando de conciliar un sueño que no llegaba. Además aquel sonido lleno de tristeza repiqueteaba en su cabeza, torturándolo, hasta que sucumbió. Salió de la cama y, con cautela, se dirigió a la otra habitación.
Johana, en realidad, dormía, su llanto era fruto de su lucha contra lo que debía ser la peor de las pesadillas, tanto que se estaba convirtiendo en delirio, murmurando palabras ininteligibles. Con cierta impotencia, Cato se sentó a su lado, sin saber muy bien cuál debía ser su forma de proceder, así que se limitó a poner su mano sobre su hombro con la intención de despertarla, provocando, sin embargo, que las lágrimas de Johana se tornaran en un grito de terror con su tacto.
-¡No! ¡Suéltame! -le gritó empezando a agitarse.
-Johana, soy Cato -trató de tranquilizarla, pero ella no hacía más que forcejear contra un enemigo invisible mientras el llanto ahogaba su garganta.
Entonces, no lo dudó más. Pidiéndole con voz suave, una y otra vez, que se calmará, la tomó entre sus brazos haciendo que Johana despertara. No era capaz de articular palabra, incluso parecía desorientada.
-Cato, yo... comenzó a balbucear.
-Tranquila, nada te va a pasar. Yo estaré contigo -le prometió mientras mantenía su cuerpo tenso contra su pecho y acariciando su espalda, tratando de infundirle calor y confianza, seguridad. Johana se dejó hacer y, poco a poco, comenzó a relajarse entre sus brazos y a disminuir su congoja. Escuchaba la voz de Cato, como en la lejanía, pero sonaba dulce y apacible y se dejó vencer por el sueño, esta vez mucho más plácido.
Tratando de no despertarla, el muchacho la soltó despacio, acomodándola en la cama, tras lo que se mantuvo a su lado, observándola un largo rato. Sentía que le hervía la sangre de la rabia y la impotencia. Chaff iba a pagar, aunque fuera lo último que hiciera en esa vida.
-§-
Cuando Clove se despertó, olvidó por un momento donde se encontraba. Era su recámara, su casa, la única que sentía como suya; al lado de Marvel sólo se había sentido como una extraña, fuera de lugar.
Si en algo pensaba que le compensaría el casarse con alguien que no amaba era que ambicionaba ser toda una señora, con su propia casa, sus propios criados, camareras y modistas y todo un ramillete de amistades a quienes invitar a grandes fiestas organizadas por ella. Y nada de todo aquello se había vuelto realidad. Sabía que había desposado a un terrateniente, pero Marvel era un conde, ¡por el amor de Dios! ¿Qué conde que se haga dignamente llamar así apenas se relaciona con la aristocracia? Al menos para mantener ciertas amistades vivas por si arribasen tiempos difíciles, como era ése el caso en esos días. Bien dicho era aquello de "hay que tener amigos hasta en el infierno" y la única amistad que Marvel cultivaba era la del mequetrefe de Thresh que ni siquiera tenía la agudeza suficiente como para ver las intenciones de Gloss para con su hermana.
Recorrió cabizbaja los corredores del Palacio. A la postre, Seneca la despreciaba y la melancolía se tornó en rabia con aquella certeza, aunque eso no era algo definitivo, la situación cambiaría le costara lo que le costara. Sin embargo, tenía que reconocer que ése no era el momento idóneo y, aunque en un acceso de orgullo se había marchado del Palacio Everdeen ofendida por el modo de proceder de su marido, debía volver con él cuanto antes, evitando posibles reproches venideros, al fin y al cabo, ella era la señora de la casa y si ella no se hacía de respetar, no lo haría nadie.
De pronto, escuchó el nombre del Capitán Seneca procedente del salón y no pudo menos que asomarse con curiosidad. Thresh y su padre conversaban cercanos a una ventana.
-No me digáis que sucede algo interesante en esta ciudad -se acercó a ellos, justificando su interrupción con encantadora sonrisa.
-A lo menos llamativo -respondió su padre señalando al exterior.
-¿Un desfile militar? -dijo ella con desgana. -¿O nuevos reclutas que vienen a engrosar las filas francesas?
-Más bien la escolta de un General -le informó Thresh.
Clove lo miró sorprendida.
-Dicen las malas lenguas que viene a poner cartas en el asunto y llevar al orden al Capitán -añadió su padre.
-Ojalá sea cierto y acabe con este atropello -continuó Thresh. -Sólo espero que todo vuelva a la normalidad y Seneca reciba su merecido.
Clove quedó en silencio, pensativa aunque esbozando su sonrisa más frívola, como si aquello no fuera con ella. Pero si en algo tenía razón Thresh era en que todo debía volver a su sitio y el suyo era en Vilastagno, por el momento.
-§-
Katniss apenas pudo conciliar el sueño en toda la noche. Cada vez que cerraba los ojos, veía a Peeta en manos de Seneca, atado, torturado, en la horca con aquel villano riéndose, lleno de satisfacción y resonando sus carcajadas en su mente. Agradeció cuando por fin llegó el amanecer y se vistió a toda prisa para poder ir a ver a Peeta.
Cuando entró en la habitación, lo encontró sentado en la cama, a medio vestir. El morral de El Gavilán estaba a su lado y lo observaba cabizbajo, meditabundo y con una expresión sombría en su rostro que a Katniss le hizo pensar lo peor.
Sin decirle nada, se sentó a su lado, tras lo que Peeta, se giró para mirarla, dándole un suave beso.
-Quedamos en que lo pensarías -sacó ella el tema que ya flotaba en el aire.
-Es lo que he hecho toda la noche, Katniss -suspiró él.
Katniss tapó su boca con la mano, como si, el no decirlo, pudiera borrarlo de su pensamiento y dejara de ser la única posibilidad para ellos.
-Podríamos escapar -exclamó ella de repente, como si aquella idea iluminara el camino.
-No, Katniss -negó Peeta con la cabeza.
-Jamás nos encontrarían -continuaba ella, desoyendo su negativa, -y Seneca...
-Sabes que no puedo hacerlo -sentenció con firmeza, tomando las mejillas de Katniss para que mirara su seriedad. -Yo no podría vivir llevando sobre mis hombros la suerte de toda esta gente.
-¿Y cómo quieres que lo haga yo viendo cómo te entregas a Seneca? -se desesperó al cerrarse esa última salida.
Las lágrimas comenzaron a recorrer las mejillas de Katniss y a Peeta se le encogió el corazón. La abrazó con fuerza y lloró con ella por verse en aquella encrucijada. Cuando se enfundó en la piel de El Gavilán no tuvo en cuenta lo que dejaría atrás si lo capturaban. Y aunque no era capaz de hacerse a la idea del sufrimiento por el que pasaría Katniss, sabía que él se pudriría por dentro si alguno de aquellos campesinos moría por su culpa, sería desdichado y la arrastraría a ella en su penar.
Se separó de su amada tomando sus mejillas para besarla, en un beso lleno de tormento y desesperación y deseando dejar la vida en él. Hubiera sido preferible morir en brazos de Katniss que en manos de Seneca. Tras susurrar sobre su boca un te amo, se levantó yendo en busca de su casaca que comenzó a colocarse con dificultad debido a la herida que aún no terminaba de cicatrizar. Después tomó el morral de El Gavilán, prueba irrefutable de su doble identidad y extendió su mano para que Katniss la tomara y lo acompañara en aquel fatídico momento.
-No -respondió a su silenciosa petición, bajando el rostro. -No puedo.
Peeta no podía hacer otra cosa más que entenderla, la estaba llevando directa a la desdicha pero, en realidad, daba igual el camino que tomara, hiciera lo que hiciera, la haría infeliz de todos modos. Cerró la mano que aún esperaba la de ella y se dio media vuelta dispuesto a marcharse pero, antes de alcanzar la puerta, Katniss corrió hacia él y lo detuvo, refugiándose en su pecho. Se abrazaron durante un largo rato, en silencio, no hacía falta decir nada, hasta que Peeta se separó lentamente de ella y, tomándola de la mano, comenzaron a recorrer el pasillo, encontrándose de pronto a Marvel y Cinna que andaban departiendo acerca de cómo sobrellevar aquella situación.
El hermano de Katniss frunció el ceño al verlos.
-¿Estás seguro? -preguntó aun sabiendo la respuesta. Bastaba con mirar el rostro acongojado de Katniss.
-Bien sabes que no hay otra solución -apuntó Peeta con temple.
-Pero aun así no es fácil -admitió Marvel. -Y me atormenta el que no hayamos sido capaces de encontrar una solución.
-No la hay y lo sabemos los dos.
Marvel asintió con pesar y lo abrazó en un gesto de fraternidad.
-Cuida de Katniss -le pidió entonces Peeta con la voz rota tras lo que se separó de él.
Volvió a tomar la mano de la muchacha y continuaron su camino. Al llegar a la escalinata, se detuvieron. Desde allí, podía verse, más allá de los muros, el campamento francés, organizado, dispuesto, como un cazador esperando a su presa.
-Puedes quedarte aquí si quieres -le dijo a Katniss, tratando de evitarle aquel último trago amargo.
-No -respondió con toda la intención de acompañarlo.
Y juntos, con sus manos entrelazadas, comenzaron a descender por aquella escalinata, la que los llevaría a su nuevo e incierto destino.
Continuara…
