CAPÍTULO 31

Katniss tuvo que aferrarse con fuerza a la mano de Peeta mientras bajaban aquella escalera. El miedo hacía que le faltaran las fuerzas y temía que le fallasen las piernas, haciéndola caer. Peeta notó su temor, imposible no hacerlo, era el mismo que casi lo paralizaba a él. Temía la muerte, como cualquier otro, pero él, además, necesitaba vivir. Necesitaba disfrutar esa felicidad que tenía al alcance de su mano, que casi había podido tocar y que ahora se le escapaba de entre los dedos. Había tantas cosas que hubiera querido compartir con Katniss y que ya no podrían ser.

Porque no podía llevarse a engaño, aunque le hubiera dicho a Katniss, con toda la seguridad que era capaz de reunir, que tenía derecho a un juicio justo dada su condición de noble y cuya deferencia Seneca no tendría más remedio que acatar. Peeta sabía que, en cuanto pusiera un pie en el Fuerte San Bartolomeo, su vida iba a estar en manos del Capitán y no dudaría en aplastarla entre sus dedos hasta hacerla expirar. Un asesinato vestido de accidente o de trifulca entre presos, incluso un falso intento de fuga sería más que suficiente como excusa para que Peeta Edward no viera el siguiente amanecer.

Apretó la delicada mano entre sus dedos queriendo impregnar su piel con el calor de Katniss, algo que podría llevarse con él a la fría celda que le esperaba. Buscó también su mirada que ella le entregó fugazmente, concentrada como estaba en la escalinata, deseando que se prolongara hacia el infierno si era necesario, pero que no acabara nunca con tal de que no los llevara hasta Seneca.

Tras el último escalón, emprendieron el camino hacia la puerta principal. Peeta soltó la mano de Katniss para rodear sus hombros con su brazo y acercarla más a él, necesitaba sentirla ahora que los iban a separar para siempre. Sin embargo, no habían dado ni cuatro pasos cuando se detuvieron repentinamente al encontrarse de frente con Clove, quien se sorprendió sobremanera al ver sus rostros afligidos y llenos de pesar. Parecía que se dirigían directos al patíbulo.

– ¿Qué sucede…?

– ¿Por fin te has decidido a volver? –sonó la voz de Marvel por detrás de Peeta y Katniss mientras bajaba a su encuentro acompañado de Cinna. La pareja agradeció la intervención del Conde evitándoles así las explicaciones.

–Dije que volvería cuando la situación se normalizara –dijo ella con un toque de desdén mientras se retiraba los guantes de montar. – ¿Veo que ya estáis recuperado? –se dirigió ahora a Peeta, cuyo rostro se tornó del abatimiento a la confusión.

– ¿Cuándo se normalizara la situación? –repitió Marvel, reflejando el mismo desconcierto y que se extendía también a Katniss y Cinna.

–Los franceses se marchan –le informó ella con cierta mofa. – ¿No os habéis dado cuenta?

Los cuatro jóvenes miraron hacia la puerta principal con lo que sería una luz de esperanza en sus rostros, mientras Clove sentía con gran recelo que no terminaba de comprender lo que allí sucedía, suspicacia que aumentó al percatarse de que Peeta le entregaba su morral a Cinna quien, en vez de llevarlo dentro del Palacio, a la que sería la recámara del Marqués, se dirigía hacia el patio de servidumbre, donde Cinna y el resto de criados tenían sus estancias.

– ¿Será cierto? –exclamó Marvel sintiendo aquella liberación que se entremezclaba con el miedo a que fuera alguna sucia y retorcida artimaña de Seneca.

Un revuelo se organizó cerca de donde estaban. Las voces de algunos campesinos se alzaron y otros se acercaban a ellos con la alegría y el alborozo en sus caras. Annie y Effie los encabezaban.

– ¡Parece que los franceses se retiran! –exclamó la última.

– ¿Estáis seguras? –preguntó Cinna que ya regresaba, con las manos vacías, advirtió Clove. Supo que no habría mejor momento que ése para retirarse y lo aprovechó. De hecho, aquella algarabía extrañamente alcanzó una nota desagradable cuando empezaron a escucharse expresiones nada propias del júbilo o la celebración, a cuál de todas más soez y mal sonante.

– ¡Maldito bastardo! –rezaba un campesino.

–Menuda desfachatez pensar que ese mísero pañuelo blanco colgado de esa bayoneta que tanta vidas ha arrancado va a salvar la tuya –bramó otro.

–Finnick… –murmuró Annie por lo bajo pues, tal y como les había hecho saber aquel campesino a gritos, el Teniente se hacía paso a través de ellos, portando aquel pañuelo y su semblante tenso y contenido como única arma que bloqueara la ira de esas gentes. Marvel alzó su brazo pidiéndoles en discurso silencioso que respetaran aquel símbolo y calmaran sus ánimos ofuscados.

– ¿Es formal vuestra retirada? –preguntó Marvel con una nota de ansiedad.

–Sí, Conde –admitió Finnick con actitud respetuosa. –Y es definitiva –aseveró.

– ¿Cómo puedes asegurarlo? –espetó Cinna con un mohín de desconfianza.

–El propio General Snow lo ha ordenado así –les informó.

– ¿El General? –repitió Peeta, sorprendido, al igual que todos.

–Ha obrado la Providencia al hacer que el General haya decidido visitar nuestras tierras en este preciso momento –recitó Marvel con declarada intención, intuyendo que la mano del Teniente estaba detrás de aquello.

Todos lo miraron aguardando algún comentario por su parte, compartiendo las sospechas de Marvel y comprendiéndolas él también, aunque no afirmó, ni tampoco desmintió nada. Carraspeó un tanto nervioso al sentirse descubierto, incluso bajó la vista un tanto avergonzado al apreciar las miradas de reconocimiento que le estaban dedicando y que no creía merecer. Aunque, lo que sí no habría esperado jamás fue lo que recibió por parte de Annie. La muchacha corrió hacia él y, pasándole los brazos alrededor del cuello, se lanzó a sus labios dándole un sentido beso. Finnick creyó que se sonrojaba como una jovencita y ella también lo hizo cuando se separó de él, aunque lanzó una risita traviesa al reunirse de nuevo con Effie.

Finnick volvió a carraspear, esta vez tratando de buscar su voz en su garganta.

–Yo debo retirarme ya –consiguió decir mientras notaba la afilada mirada de Cinna sobre él.

–Gracias por todo, Teniente –lo despidió Marvel.

El oficial inclinó su cabeza de modo respetuoso y se marchó. Aún no acababa de cruzar el umbral cuando escuchó con satisfacción el renovado regocijo de los habitantes del pueblo y que no merecían lo sucedido.

– ¡Esto hay que celebrarlo! –exclamó Annie, recibiendo una dura mirada llamando su atención como respuesta.

–Tiene razón –palmeó Marvel su espalda. –Nos merecemos una celebración.

-§-

Cato tomó el pequeño espejo de encima de la cómoda y observó su rostro mientras pasaba su mano por su barbilla. Le hacía falta un buen afeitado aunque lo último que cabría encontrar en el hogar de una muchacha era útil de barbero. Se rascó la incipiente barba con un mohín torcido. Comenzaba a molestarle pero no tendría más remedio que acostumbrarse.

– ¿Deseas afeitarte? –escuchó la voz de Johana tras él.

Cato apenas consiguió balbucear un sí, primero por verse sorprendido y después avergonzado en cierto modo, aunque no sabía muy bien por qué.

Entonces Johana se acercó a la cómoda donde él volvía a dejar el espejo y abrió una de las puertas, extrayendo una navaja de afeitar, una brocha y un pequeño recipiente para el jabón.

–Eran de mi padre –le explicó ella dada su cara de asombro. –Era yo quien solía afeitarle.

Cato notó el aire de tristeza que impregnó su mirada. Comenzó a arrepentirse de haber provocado aquella situación. Tan cerca como estaban, sintió deseos de abrazarla, consolar aquella pena que sabía habitaba en su interior. Ojalá pudiera hacer algo para hacerla desaparecer.

– ¿No te parece bien? –le oyó decir un tanto avergonzada.

– ¿Qué…? –preguntó sorprendido en sus pensamientos.

–Te preguntaba si querías que te afeitara –le repitió sonrojada.

La sola imagen de sus dedos cerca de él…

–Claro que sí –afirmó él con entusiasmo queriendo despejar aquella idea de su cabeza y de paso tranquilizarla a ella.

–Bien –le sonrió Johana. –Entonces vamos a la cocina, allí estaremos más cómodos.

Cato la siguió y mientras él se sentaba en una de las sillas, ella preparaba el jabón dejándolo junto al resto de útiles encima de la mesa. Luego cogió la brocha y comenzó a agitarla dentro del jabón.

– ¿Seguro que puedo fiarme? –bromeó él. –Tal vez debería empezar a arrepentirme.

–No deberías incomodar a alguien que va a poner una navaja cerca de tu rostro –continuó ella con la broma. Entonces, cogió de nuevo la brocha llena de jabón y manchó su nariz de modo travieso. –Y eso es para que aprendas.

– ¿Serás…? –se quejó él, tras lo que introdujo sus dedos en el recipiente de jabón y le salpicó la cara.

– ¡No! –gritó ella entre risas, a la vez que retrocedía.

Sin embargo, Cato tomó el jabón y comenzó a perseguirla alrededor de la mesa. Luego cambió de dirección, consiguiendo interceptarla y mientras seguía salpicándola de espuma, ella corría hacia la pared.

– ¡De acuerdo! ¡Tú ganas! –gritaba ella extendiendo sus manos para impedirle acercarse más a ella, con la espalda ya sobre el muro.

–No estoy seguro –se acercaba él sin embargo. –Tal vez un poco más…

– ¡Para! –le pedía ella.

Pero él no paró, no hasta que su cuerpo se encontró con el suyo. Sintió su oscilante y agitada respiración contra su pecho y en su rostro golpeaba su aliento fresco que escapaba de entre sus labios entreabiertos. Aunque ya no contenían risa, ni siquiera un esbozo. Se mostraban frente a él como un fruto maduro y delicioso que lo tentaba a probarlo. Un deje de cordura se paseó por la mente de Cato pero se miró en sus brillantes ojos y fue su perdición. Se inclinó sobre ella y la besó. La calidez de sus labios lo atrapó al instante, era tan suave, tan dulce. Su corazón desbocado le decía que la felicidad que jamás habría creído encontrar estaba frente a él… Pero no estaba bien, ni lo que estaba pensando ni lo que estaba haciendo. Por un instante se sintió como el bastardo de Chaff, forzándola de alguna manera a aceptar un beso que tal vez ella no deseaba. Ni siquiera se dio el tiempo suficiente para saber si ella estaba correspondiéndole.

–Lo siento mucho –se excusó separándose de Johana de forma brusca.

La respiración de la joven continuaba agitada, pero aquel brillo de sus ojos en el que se había sumergido un momento atrás había desaparecido y Cato temió haber roto algo entre los dos de forma irreversible.

–Johana…

Quiso hablarle, explicarle el motivo de aquel beso, aquel sentimiento que había nacido en él quién sabía cuándo, pero ella no parecía interesada en escucharlo pues salió rápidamente de la casa. Cato fue tras ella y la vio entrar en el establo y, aunque deseaba seguirla, imaginó que lo mejor era dejarla sola, maldiciéndose por ser tan impulsivo y poco cuidadoso.

Entró de nuevo en la casa y recogió la brocha y el jabón que estaban por el suelo, lamentándose de lo que algo tan insignificante había provocado.

–Jamás pensé que te vería de amo de casa.

La voz de Haymitch detrás de él lo sorprendió, haciendo que casi volviera a tirarlo todo, aunque lo soltó con rapidez encima de la mesa y se dirigió hacia Haymitch para fundirlo en un abrazo.

–Cuánto me alegra que estés bien.

Haymitch sonrió ante su sincera preocupación.

–En vista de que no teníamos noticias tuyas fuimos al pueblo y el Padre Mitchell nos contó lo sucedido –le explicó el muchacho. – ¿Cómo has conseguido salir del palacio?

–Parece ser que el Teniente Finnick puso al tanto a su General sobre lo que estaba sucediendo y ha obligado a Seneca a retirarse.

–Quién lo iba a decir. –Cato no ocultó su sorpresa. –Aun así no creo que deba arriesgarme y volver al pueblo ¿verdad?

Haymitch lo miró sopesando sus palabras y su ansiedad al pronunciarlas.

–Imagino que desearás marcharte de aquí.

–No –respondió tal vez con demasiada rapidez.

– ¿Qué sucede entonces? –preguntó, aunque no creía que fuera a responderle. Cato nunca había sido de los que se confiaran a nadie.

–Tal vez Jessica no me quiera aquí –le dijo en cambió, y Haymitch se tomó un par de segundos antes de contestar sorprendido ante una respuesta que no esperaba. –No me malinterpretes –añadió el joven con preocupación frente a su silencio.

–Te conozco lo suficiente como para saber que no eres de esa clase de hombres –lo tranquilizó, –aunque, tal vez yo debería haberte puesto sobre aviso ya que, bueno… –trató de encontrar las palabras adecuadas, –…a pesar de su juventud, Johana ha vivido ciertas cosas que…

–Ya lo sé –le cortó Cato no queriendo que continuase.

– ¿Lo sabes? –preguntó con recelo.

–Sé lo suficiente –respondió sin que Haymitch necesitara nada más para entender que así era. –Y no me importa –añadió.

–Cato…

–Sí –contestó la pregunta que sabía iba a hacerle. –Me he enamorado de ella.

Haymitch sonrió haciéndole saber que se alegraba de ello.

– ¿Y qué temes? –le preguntó sin embargo.

–Hacer las cosas mal con ella –admitió el joven.

–Sólo debes tratarla como a una muchacha más –le aconsejó Haymitch.

–No es una muchacha más –negó enérgicamente volviendo a su mente lo que aquel malnacido había podido hacerle. –Y no sé si soy lo suficientemente bueno para ella.

–Estoy seguro de que lo eres –le sonrió Haymitch con confianza.

– ¡Doctor! –apareció Johana por la puerta con un pequeño cubo lleno de leche. –No sabía que habíais llegado.

–Tranquila –la excusó él.

Cato apartó la vista, avergonzado al sentirse expuesto. Tal vez los había escuchado hablar de ella.

–Hay buenas nuevas –prosiguió Haymitch, sonriente. –Y me encantaría relatártelas pero debo marcharme. Cato te pondrá al día.

Johana asintió, y a Cato le pareció que actuaba con normalidad, tal vez no los había escuchado después de todo. Entonces, Haymitch se acercó a ella y besó su frente.

–Volveré pronto –les dijo a los dos, tras lo que se marchó, no sin antes lanzarle una mirada de apoyo al muchacho.

–Los franceses se han retirado –comenzó a repetirle Cato cuando se quedaron solos.

–No quiero que te marches –la oyó decir de repente, y él comprendió que, definitivamente, ella había escuchado más de lo que él hubiera querido.

–Yo…

Pero Johana no lo dejó seguir. Se acercó a él, no sin cautela y, elevándose sobre sus puntillas, acercó sus labios a los suyos y lo besó. Fue un beso suave y más corto de lo que él hubiera deseado, pero con mucho más significado que cualquier otra cosa que hubiera podido venir de sus labios en ese instante. Ese beso abría las puertas de la esperanza de par en par, aunque ella hubiera corrido a refugiarse tras la de su cuarto. Él esperaría por ella, aunque fuera eternamente.

-§-

Finnick terminó de abotonarse aquella camisa de lino que tan pocas veces usaba. No pensaba salir a ninguna parte así que, tras una ducha reparadora, había dejado a un lado el uniforme para vestir sus ropas de civil que guardaba en el fondo de su baúl. En un principio sí había pensado ir a Vilastagno y buscar a Annie pero había desechado la idea al instante. Tras lo sucedido aquella mañana en el Palacio imaginaba que Cinna tendría puestos sus ojos a todas horas sobre Annie y el hecho de tratar de verla podría traerle problemas con su hermano. Porque una cosa era que Cinna supiera de su relación y otra que ellos la mostrasen frente a los demás a pesar de saber de su oposición, aunque, por otro lado, la situación para Finnick comenzaba a ser insostenible. Pareciera que Cinna no iba a aceptarlo nunca, algo que casi podía llegar a entender, pero, de algún modo tenían que hacerle comprender que se amaban y que esa obstinación, a lo único que les iba a conducir era a que Annie tuviera que elegir entre ambos cariños, haciéndola sufrir con ello. Además, sería Cinna quien saliera perdiendo porque Finnick no iba a permitir que nadie lo separara de ella, ni siquiera él.

Se atusó los cabellos y suspiró. Iba a ser una noche muy larga. Aunque era lógico pensar que caería redondo sobre las sábanas tras haber dormido varios días en la tienda de campaña, el sueño no parecía tener intención de llegar, así que se tumbó en la cama y tomó de la mesilla de noche el libro que estaba leyendo, uno de los clásicos de Homero. Sin embargo, no tuvo tiempo ni para leer un capítulo antes de que alguien lo interrumpiera llamando a la puerta.

–Adelante –dijo incorporándose.

–Teniente –lo saludó uno de las brigadas dando un paso dentro de la habitación. –Un muchacho ha dejado este mensaje en la puerta –le indicó alargando su mano para entregarle una nota.

–Gracias –respondió tomándolo con cierta inquietud dada la posibilidad de que fueran malas noticias de Annie. Esperó con una paciencia que casi no tenía a quedarse solo para leer la misiva y así descubrir que, efectivamente eran problemas: Cinna lo citaba esa misma noche en el pueblo. Viendo la oportunidad de zanjar aquel asunto de una vez, cogió la casaca que complementaba su indumentaria y se encaminó hacia el pueblo.

No dejaba de sorprenderle que lo hubiera citado allí, siendo lo más propio en el Palacio, en la zona de servidumbre donde estaban sus viviendas pero imaginó que no querría cerca de Annie. Espoleó levemente al caballo y lo puso al galope queriendo llegar cuanto antes, haciéndose su asombro mayor cuando, ya desde la entrada al pueblo, se escuchaba una algarabía aderezada con música. Aquello parecía una fiesta y se vino a dar cuenta de que así era al poco de dejar su montura en uno de los abrevaderos. La gente se había reunido en la plaza y danzaba alrededor de algunas hogueras al son de los instrumentos que algunos campesinos tocaban y no tardó en distinguir a Cinna que bailaba alegremente con Octavia. Finnick, lleno de confusión, aguardó unos instantes sin saber muy bien qué hacer, hasta que fue Cinna quien acudió a su encuentro al verlo.

–Vestido así hasta pareces uno de nosotros –lo recibió Cinna con tono jocoso.

–No creo que éste sea el lugar más apropiado para que solucionemos esto. –Finnick no se anduvo con rodeos.

–No sé a qué te refieres –se encogió Cinna de hombros cómo si realmente no supiera de qué le estaba hablando y Finnick no sabía si alegrarse o molestarse por aquella fingida indiferencia.

– ¿Para qué me has hecho llamar? –preguntó con impaciencia.

–Relájate, estamos de celebración –abrió los brazos para que mirara su alrededor. –Y podría parecer una ironía pero es gracias a ti.

–Mis principios pesan más que mi uniforme.

–Y yo me alegro por ello –palmeó su hombro con camaradería, aunque, cuanto más cordial se mostraba Cinna, más confuso se mostraba él.

Finnick resopló.

–Cinna…

–Jamás hubiera podido impedir Annie que te amé sin riesgo de perderla –reconoció Cinna, aunque a Finnick no le pareció que lamentara aquella confesión.

–Yo también la amo –dijo con firmeza. –Sinceramente.

Cinna sonrió con aceptación y se acercó un paso más a él.

– ¿Sabías que a mi hermana le encanta bailar?

Finnick iba a negar con la cabeza pero entonces alzó su mirada por encima del hombro de Cinna y la vio. Estaba radiante. Tal vez ese sencillo vestido era el de los domingos pero la luz de su sonrisa hacía que fuera la mujer más bella de todas, aunque hubiese vestido simples harapos.

Cinna desvió un momento su rostro hacia ella y rió por lo bajo.

–Hazla bailar, Teniente –sentenció en un susurro y le guiñó un ojo antes de volver con Octavia.

Finnick comenzó a caminar hacia ella pero Annie ya corría a su encuentro. Se lanzó a sus brazos y Finnick la atrapó, empezando a dar giros y haciéndola reír. Se detuvo después para buscar sus labios y los pies de Annie no habían terminado de tocar el suelo cuando ya estaban unidos en un beso arrebatado, casi impaciente. Y esta vez sí, delante de todos, sabiendo que no tendrían que esconder su amor a los ojos de nadie nunca más.

–Apenas podía creerlo cuando Cinna me lo ha dicho –le confesó ella al separarse de él.

–Créeme que yo tampoco –le sonrió Finnick mientras acariciaba su mejilla. – ¿Quieres bailar?

Ella lanzó una risita.

–Teniente, no me digáis que, entre vuestras habilidades se encuentra la danza –bromeó.

–Ahora comprobarás qué tan buen bailarín soy –le propuso con una sonrisa de medio lado.

La tomó de la mano y la arrastró con él hacia donde bailaban el resto de parejas, entremezclándose con ellos para convertirse en una pareja más.

-§-

Seneca estaba de tan mal humor que hasta los nervios tenía crispados. No solo la llegada del General Snow había trastocado sus planes sino que había tenido que soportar que lo sermoneara. Ni que fuera un bebé de pañales… Le había reprochado que actuar así podría perjudicar su brillante carrera y que no debiera haber pasado por alto el trato de favor que merecía la nobleza dado el armisticio que se había firmado entre ambas naciones. Seneca había tratado de excusarse, hacerle comprender lo que significaba aprehender al Gavilán, pero no había servido de nada, dudaba incluso de que le hubiera escuchado. Según su General, el fin no justificaba los medios y había llegado demasiado lejos, pero Seneca no compartía ese pensamiento. Haría todo lo posible y lo imposible para capturar a aquel maldito que se le había atravesado en su camino. Su ejecución sería todo un acontecimiento que se haría eco en toda la sociedad francesa y la antesala perfecta a la consecución de su objetivo, convertirse en Prefecto de París. Así, su poder no se limitaría a unos cuantos militares en un pueblo lleno de campesinos y una nobleza cuyo refinamiento distaba mucho de los aristócratas franceses con los que se codearía una vez ocupara ese cargo. Pero antes que eso, tendría que apretar los dientes y asentir a todo lo que su General le dijera.

Dio orden de que nadie lo molestara a la brigada que hacía guardia fuera de sus aposentos y entró a su despacho. Los días de ausencia habían amontonado un montón de papeleo en su mesa pero lo ignoró, yendo directo al dormitorio, para encontrarse con la desagradable sorpresa de que su cama estaba ocupada. Clove yacía en ella, cubierta por una sábana y con una sonrisa que rezumaba coquetería y suficiencia.

–No creo haberos invitado –espetó él con rudeza.

–Vuestros malos modos llegan a ser tan excitantes –rozó ella su mejilla contra la almohada de modo sugerente.

–Por si no os había quedado claro, no me interesa nada que venga de vos –gruñó con desdén.

Clove rió. Casi parecía complacida Seneca sintió un brote de ira latiendo en sus sienes.

–Ni siquiera que os dé la identidad de El Gavilán –murmuró entonces ella mientras sonreía con vanidad.

–No estoy para vuestros jueguecitos –apretó la mandíbula y con un gesto brusco le arrancó la sábana que la cubría.

La visión que continuó después lo dejó sin habla, y no porque Clove estuviera completamente desnuda a excepción de su feminidad sino precisamente por lo que cubría esa zona íntima: la máscara de El Gavilán.

–De dónde habéis sacado eso –demandó Seneca con exigencia.

Sin embargo, Clove estiró los brazos por encima de su cabeza de forma perezosa, mientras se restregaba por las sábanas como una gata en celo.

–Hablad –insistió él a punto de perder la paciencia.

Entonces, Clove apartó la máscara para dejarla a un lado mostrándole su desnudez en toda su plenitud.

–Después –susurró con voz pegajosa y extendió su mano hacia Seneca, haciéndole saber que antes de tener lo que quería, debería complacerla a ella, plenamente.

Continuara…

Bueno creo que no podía dejaron con la intriga por eso decidí publicar dos caps seguidos. Espero que los disfruten.