CAPÍTULO 32
Clove abandonó el lecho en busca de su ropa mientras Seneca la observaba desde la cama, intentando que su mirada no reflejara lo que en realidad pasaba por su mente. Había poseído a muchas mujeres, algunas con genuino deseo y otras sólo por el mero hecho de tenerlas y alimentar su ego masculino. Sin embargo, con Clove, ya no era ni una cosa ni la otra y cada vez que sus manos habían acariciado su piel había sido simplemente por lo que podía conseguir a cambio de ello, como una prostituta que presta sus favores por unas míseras monedas. La rabia y la inquina hacia Clove querían abrirse paso a través de sus facciones por aquella repugnante sensación pero trató de disfrazar la desagradable mueca que asomaba a sus labios con una sonrisa he intentado que sonrieran también sus ojos, en vez de lanzar hielo con su mirada.
Parecía estar funcionando pues Clove se giró a mirarlo mientras se vestía y lanzó una mirada con aire triunfal.
–Hombres –continuó su gesto sardónico, -desde el principio de los tiempos habéis batallado los unos contra los otros para conseguir el mundo sin daros cuenta de que somos las mujeres las que os doblegamos para obtener ese triunfo por nosotras.
-¿Y ya habéis obtenido vuestro triunfo? –preguntó queriendo saber cuándo acabaría esa farsa.
-Me habéis satisfecho, en parte –agregó coqueta y con suficiencia.
Se dirigió hacia el espejo para retocar su peinado viendo con indiferencia como Seneca abandonaba el lecho y se acercaba a ella por detrás. Seneca tomaba sus brazos y comenzó a besar su cuello, imaginando que eso era lo que ella quería, aunque una risa femenina e incisiva le dejó claro que no era así.
-Las caricias se las lleva el viento –le dijo ella, -por no decir las palabras.
Ella giró su rostro para mirarlo de reojo.
-Deseo algo más tangible como prueba de vuestro amor –pronunció esto último con sonsonete.
La mandíbula de Seneca se tensó mientras se crispaba su paciencia. La vanidad de esa mujer no tenía límites, aunque sabía que existía algo que la aplacaba de manera fulminante y en cualquier mujer, daba igual si era reina o mendiga y que podía ser igual de efectivo que una apasionada sesión de cama. Aunque no estaba seguro de si aquello le traería más prejuicios que beneficios pero su mente furibunda no distinguía en ese momento la prudencia. Con pocas zancadas se dirigió hacia la otra parte de la habitación y, sacando una pequeña llave del cajón de una cómoda, abrió un baúl situado en el suelo, cercano al mueble.
No sin cautela, aunque con gran curiosidad, Clove se acercó y su rostro se iluminó con el reflejo las decenas de joyas y alhajas que brillaban en su interior.
-Así que no sólo sois un oficial en carrera sino que sois rico –se maravilló ella.
-En realidad pertenece a Francia –confesó él a medias.
-A una gran nación como Francia no creo que le importe que invirtáis uno de estos pequeños tesoros en la captura de El Gavilán –alargó la mano, para tocarlos.
Entonces Seneca tomó una sortija coronada por un solitario diamante y se lo entregó.
-Seguro que podéis hacerlo mejor, Capitán –alegó ella a modo de queja.
Paseó sus dedos de modo selectivo y ella misma eligió.
-Éste –sentenció tomando un anillo con un gran rubí ovalado y circundado por decenas de brillantes engarzados a su alrededor y luego sobre él, formando una blanca cruz que contrastaba con el rojo fuego de la gran piedra preciosa. –Es fabuloso –susurró mientras se lo ponía. Corrió de nuevo hacia el espejo y extendió su mano mientras contemplaba su reflejo. Finalmente lanzó un suspiro de completa satisfacción y tomó su sombrero que empezó a colocar sobre su peinado.
-Se ha hecho muy tarde y debería haberme acostado temprano –se quejó haciendo un mohín infantil e ignorando deliberadamente el semblante crispado de Seneca. –Debo estar radiante para la fiesta de mañana por la tarde –continuó mientras se dirigía lentamente hacia la salida.
-Clove… - Seneca definitivamente estaba perdiendo la paciencia. Ella lo miró con petulancia, sabiendo que estaba estirando de la cuerda.
-Katniss se va a comprometer mañana, -hizo una pausa intencionadamente larga, -con vuestro Gavilán.
-¿De qué demonios estáis hablando?
Un tendón de su mandíbula saltó crispado. Aquella información lanzaba a la luz demasiada información que debía asimilar en una fracción de segundo. Porque estaba claro que con la única persona que Katniss se casaría era Peeta Mellark y ese maldito debía estar muerto.
-¿Estáis hablando del Marqués Mellark? –quiso constatar que Chaff había fallado.
-¿De quién si no? –se rió ella.
-¿Estáis segura de que esa máscara es suya? –continuó con lo que para Clove se estaba convirtiendo en un insistente interrogatorio y que hizo que su sonrisa se apagara.
-Sí –repuso secamente habiéndose estropeado la diversión.
Dio media vuelta dispuesta a irse pero Seneca la detuvo tomándola del brazo de forma brusca.
-Es una acusación muy seria para tomarla a la ligera –la instigó.
-La misma seriedad con la deberíais tratarme a mí a partir de ahora –le advirtió ella a él sin embargo.
De un tirón, Clove se deshizo de su agarre y, lanzándole una última mirada altiva, se marchó.
-§-
-Ya te he dicho que estoy bien –se quejaba Effie tratando de disuadir a Haymitch quien insistía en revisarla. –Seguramente me sentó mal algo de lo que comimos anoche en la fiesta.
-Te recuerdo que comimos lo mismo y yo me siento perfectamente –repuso él.
Effie caminó hacia la mesa donde le acababa de servir el desayuno y se sentó junto a él.
-Una simple nausea no es para tanto –le restó ella importancia. –Será cosa del estómago –decidió. –Nada que no se arregle con una infusión en ayunas.
-Lo que menos deberías hacer en tu estado es dejar de comer –habló el médico que había en él y la mirada de Effie se congeló sobre la suya.
-¿Qué quieres decir? –dijo en un susurro y Haymitch soltó del golpe el aire que parecía que se le había atascado en los pulmones.
-Effie –tomó sus manos entre las suyas. -¿Cuándo fue tu último periodo?
Palideció. Ciertamente había notado su ausencia pero no era algo a lo que pudiera darle crédito una mujer yerma como ella.
-No puede ser –dijo en apenas un hilo de voz. –Yo no puedo…
-Era él quien no podía –sentenció Haymitch con un tizne de rabia provocado por aquel infeliz que había conseguido hacerla desdichada incluso después de muerto al quitarle la esperanza de poder ser madre algún día.
-No… -negaba ella con la cabeza y no porque no le creyera sino porque no quería creerlo. Hacerlo suponía abrir una puerta a la dicha que luego no podría cerrar, no sin antes hundirse en un abismo profunda de tristeza del que no podría salir. Un hijo era lo que más había ansiado y ahora escuchar las palabras de Haymitch significaba creer…
-Confía en mí –acarició su mejilla con calidez. –Ya has tenido una falta ¿verdad?
Ella sacudió la cabeza varias veces, como un sí rotundo.
-A eso hay que sumarle los vómitos, los mareos, las náuseas matutinas –recapituló Haymitch –Anoche no fuiste capaz de probar el pescado…
Effie no lo dejó continuar porque se había abalanzado hacia sus brazos. Era la mujer más feliz del mundo y él lo había hecho posible. Para colmarla aún más de felicidad, sintió como Haymitch la estrechaba contra él, hundiendo su rostro en su cabello y casi podía sentir en ella la emoción que recorría el cuerpo de él, diciéndole que era igual de dichoso.
Cálidas lágrimas comenzaron a correr por sus mejillas sin que se hubiera dado cuenta de que lo hacían, hasta que un sollozo escapó de su garganta.
-Eh… -Haymitch se separó de ella para acunar su cara entre ambas manos. –Voy a pensar que no te gusta la noticia –bromeó, sacándole una sonrisa como había sido su intención. Limpió los surcos húmedos con sus pulgares y acercó su rostro al de él para besarla con ternura aunque con intenso sentimiento. –Vas a ser la mamá más bonita del mundo.
Ella volvió a abrazarse a él casi mareada por la vertiginosa sensación.
-Bonita o no, no lo sé –habló apoyada en su pecho, -pero voy a ser madre, algo con lo que ya no me atrevía ni a soñar.
Ahora se incorporó para poner las manos en su vientre y algo iba a decir pero las palabras murieron en su boca con el sonido de nudillos llamando a la puerta. Haymitch le hizo una seña indicándole que él mismo abriría la puerta, encontrándose a Peeta y Katniss tras ella.
-Buenos días –les saludó él haciéndolos pasar.
-Buenos días –respondió Katniss por los dos. - Peeta necesitaba hablar con Haymitch así que he pensado en aprovechar para hacerte una visita –miró a Effie.
-Pues no sabes cuánto me alegra que hayas venido –fue hacia a ella para cogerla de las manos y una gran sonrisa dibujada en los labios.
Katniss la miró con cierta extrañeza ante su casi exagerado entusiasmo pero sonrió.
-Así serás la primera en saberlo –prosiguió Effie.
Peeta miró de reojo a Haymitch y él, en un silencioso diálogo, asintió con una sonrisa.
-¿Qué pasa? –preguntó Katniss sintiéndose la única que no comprendía nada.
-Katniss, -tomó aire, -estoy encinta.
La muchacha soltó sus manos y la abrazó.
-Me alegro mucho –dijo con sinceridad, -por los dos –miró ahora a Haymitch que estaba recibiendo la pertinente felicitación por parte de Peeta y que después hizo lo propio con Effie.
-Creo que las mujeres van a tener un buen tema de conversación –sugirió entonces Haymitch, al ver que Effie se llevaba a Katniss consigo y se sentaban a la mesa.
-Nosotros también lo tenemos –susurró Peeta con gesto circunspecto, -y preferiría que hablásemos fuera.
Haymitch asintió. Volvió a mirar hacia ellas comprobó que ya hablaban animadas y le hizo una seña a Peeta para que salieran.
-Viendo tu semblante, no creo que vengas a hablarme sobre los preparativos de la fiesta de esta tarde.
-Tenemos un gran problema –la voz de Peeta sonó más grave que de costumbre. –La máscara de El Gavilán ha desaparecido.
-¿Qué? –preguntó lleno de confusión. -¿Cómo…?
-Cinna escondió mi morral en su casa –le contó intentando ahorrar palabras. –Anoche antes de acostarse quiso asegurarse de que estaba todo en orden y, aunque el morral seguía en su escondite, no lo estaba la máscara. Ni siquiera ha dormido buscándola por todas partes.
-Entonces, los franceses no deben tenerla en su poder. De ser así ya habrían venido a buscarte –quiso suponer. –Tal vez lo cogió un niño y esté jugando a El Gavilán con ella.
-Puede que tengas razón –se rascó la barbilla con gesto reflexivo.
-¿Ya lo sabe Katniss? –preguntó, aunque imaginaba que no al verla tan tranquila.
-No he creído necesario inquietarla –le confirmó.
-Pues tendrás que hacerlo.
–Sí -admitió. –De hecho, me estoy planteando huir lejos de aquí.
Haymitch se sopesó unos segundos sus palabras.
-No te precipites –le recomendó el médico. –Mantengamos los ojos bien abiertos y decidiremos qué hacer después de la fiesta.
-Si es que se celebra –pensó Peeta.
-§-
Finnick sentía que algo no iba bien.
Primero, Seneca se había reunido a solas con Chaff. Imaginó que estarían tratando un asunto privado, personal. Sin embargo, una vez finalizado el encuentro, Chaff, cuyo semblante daba claras muestras de que la entrevista con Seneca no había sido nada satisfactoria, reunió a todos los hombres en el patio del fuerte y dispuso todos los destacamentos para iniciar la marcha hacia el Palacio Marqués, el del Marqués Peeta. Y ésas eran sus funciones…
Mientras los hombres terminaban de prepararse, vio que Seneca salía acompañado por el General Snow. Su primer impulso fue mostrar su malestar de algún modo, se sentía relegado de su cargo sin motivo ni explicación, pero mantuvo la calma y no se dio por enterado, cumpliendo las órdenes sin cuestionar el proceder del Capitán. Sabía que Seneca sentía una gran afinidad hacia Chaff, tenían el mismo sentido déspota en cuanto a lo que su uniforme significaba, pero nunca había pasado por encima de la línea de mando. Sin embargo, hacérselo notar al Capitán y estando el General Snow presente sólo supondría darle una oportunidad para humillarlo y dejarlo aún más en evidencia frente a todos, así que se mantuvo servil y cercano a ellos, con la sospecha de que algo no encajaba en aquella situación. La respuesta a su recelo comenzó a clarificarse más pronto que tarde.
-¿Qué tan fidedignas son tus fuentes, Seneca? –le planteaba su General mientras montaba su caballo.
-Bastante fiables, General.
-Pareces olvidar una vez tras otra lo que significa ser un noble –le reprendió. –Primero el Conde Marvel y ahora Peeta Marqués quien, te recuerdo, además es francés.
-Ser un noble no expía sus delitos.
-En caso de que los haya cometido –concluyó Snow. –Y mostramos muy poca consideración por nuestra parte al presentarnos así en su palacio, con todos nuestros hombres, como si estuviésemos enfrentándonos a toda una facción de criminales.
-Así concluiremos antes el registro.
-La invasión diría yo.
El General resopló con claras muestras de disconformidad pero permitió aquella salida hacia el Palacio, incluso consintió en obligar a los pocos criados que guardaban el palacio a darles paso, aún a pesar de la ausencia de Peeta. De hecho, Seneca había sido muy insistente.
-¿Qué buscamos exactamente? –preguntó Snow.
-Alguna prueba irrefutable de que el Marqués es en realidad El Gavilán –le indicó. –Tal vez las joyas que nos robaron tras masacrar a nuestros hombres…
Finnick sintió que el aliento se le escapaba del pecho. ¿Cómo había llegado Seneca la casi ridícula conclusión de que Peeta era El Gavilán? Y sacando además a colación aquel lamentable episodio en el que murieron aquellos pobres soldados.
Tuvo que volver a tragarse sus dudas sobre si sus hombres habían perecido realmente bajo el hierro de El Gavilán y la horrenda sospecha de que tal vez Seneca hubiera tenido algo que ver con eso, así que se unió a la búsqueda de un tesoro que no aparecía por ningún sitio.
Apenas quedaban ya estancias por revisar, pero Seneca permanecía estoico, tranquilo en mitad del salón, observando casi con deleite como trabajaban los soldados cuales hormigas removiéndolo todo. Era como si supiese que tarde o temprano llegaría lo que tanto esperaba y, así fue. Casualmente, Chaff llegó con la máscara de El Gavilán en sus manos.
-La encontré en el sótano –le dijo, y una sonrisa entre diabólica y victoriosa se dibujó en la boca de Seneca como una desagradable mueca.
-¿Algún rastro del tesoro? –quiso saber Snow quien miraba la máscara con el gesto fruncido.
-Nada, mi General.
-Pero no dudaréis que ésta es la prueba que estábamos buscando, ¿verdad? –se adelantó Seneca.
-Al menos servirá para llevar al Marqués al fuerte para que responda algunas preguntas –consintió.
Finnick, sin embargo, no lo podía creer. Y ya no porque confiara en el Marqués, ciertamente apenas lo conocía, pero Finnick no olvidada la cruzada personal de Seneca contra él a causa de Katniss. Nadie le quitaba de la cabeza que había sido demasiado oportuno que esa máscara estuviera en el Palacio y que, precisamente la hubiera encontrado Chaff. Aquello tenía todos los ingredientes de una trampa bien urdida y, ciertamente esperaba que Edward fuera inocente porque, de no ser así, no habría juicio alguno que lo salvara de la guillotina.
-§-
Si Katniss creía que Clove la odiaba, la fiesta de compromiso que le había organizado, con baile incluido, se lo confirmaba. Desde luego parecía que la había preparado para ella misma pues Clove estaba disfrutándola de un modo casi insultante. En realidad, Katniss no acababa de comprender cuál era ciertamente el motivo de su jocosidad, si la fiesta en sí o saber que a Katniss le mortificaba sobre manera ser el centro de atención de todas esas miradas rodeándola y muchísimo más el tener que bailar. Al menos se alegraba de poder disfrutar de la compañía de Glimmer, pero la mayoría de invitados para ella venían sobrando, algo que no podía expresar abiertamente y obligándose a sí misma a mostrarse todo lo sociable y encantadora que la situación le permitía. Incluso había bailado una pieza con Peeta aunque él tampoco parecía estar disfrutando de la reunión pues lo notaba ausente y cuando la miraba le dedicaba una sonrisa un tanto forzada para después volver a centrar su atención en la puerta del salón. Casi parecía que quería salir huyendo.
-Peeta, ¿marcha todo bien? –le preguntó al fin.
-Sí, no te preocupes –le pellizcó la barbilla y le dio un corto beso.
-Pues verte así no me lo pone fácil –le advirtió.
Peeta dejó escapar con fuerza el aire que parecía oprimirle el pecho.
-Tanta celebración me abruma, eso es todo –le respondió con otra sonrisa forzada.
-Eso sería creíble si viniera de mí –le respondió haciéndole saber con la mirada que esperaba una explicación mejor que ésa.
Sin embargo, Peeta no tuvo tiempo de articular más palabra pues, esta vez sí había alguien en la puerta que llamaba su atención. Haymitch con semblante aprensivo lo urgía a reunirse con él y Peeta no dudo ni un segundo en acceder. Como era de suponer, Katniss lo siguió y no era que pudiera ocultarle lo que pasaba por más tiempo.
-Los franceses están casi en las puertas –le anunció su amigo.
-Entonces no perdamos tiempo –y tomó a Katniss del brazo para llevarla con él.
-Tal vez estaría más segura aquí –le propuso Haymitch.
-No la dejaré al alcance de las manos del bastardo Seneca –negó.
-¿Me podéis explicar qué pasa? –preguntó molesta, sintiendo deseos de detener aquella carrera atropellada hasta recibir una explicación convincente.
-Seneca ya sabe que soy el Gavilán –proclamó Peeta sin detenerse y Katniss palideció más que de costumbre. Sintió como un frío le recorría la espalda. Todos sus temores pendían sobre ellos más que amenazantes, devastadores, pues si Peeta caía en las redes de Seneca no dejaría en pie ni una brizna de su mundo.
Miró a Haymitch como si fuese su última tabla de salvación, quien se limitó a asentir confirmando sus peores presagios y a apresurar el paso guiándolos en el camino hasta las caballerizas. Iban a montar en los caballos cuando una brigada francesa los detuvo a punta de bayoneta.
-Deteneos –fue la palabra que utilizó para anunciarles que todo había acabado para ellos.
Cruzó el umbral de la puerta sin dejar de apuntarles y comenzó a caminar hacia ellos, cuando por detrás un brazo surgió de la nada golpeándolo con la culata de un pistolón, un brazo enfundado en un uniforme francés.
-Teniente Finnick –murmuro Peeta con desconcierto.
-Decidme que no estoy traicionando en vano todo en lo que creía hasta ahora.
-Es Seneca quien lo ha traicionado –aseveró tratando de contagiarle su convicción. –Mis métodos serán cuestionables pero no están mis manos manchadas de vuestra sangre.
Finnick hinchó su pecho y alzó la barbilla, con gesto férreo y severo ante una posible ofensa a la memoria de sus compañeros asesinados, sabiendo que a ellos se refería Peeta. ¿Cómo creer que no había sido él?
-Uno de ellos se llamaba Boggs. Estaba escrito en el cuello de su guerrera –avanzó un paso Haymitch. –No pude hacer nada por salvarlo aunque sí jurarle que vengaríamos su muerte haciendo caer a Seneca. Se fue con una sonrisa de alivio en los labios.
La presencia firme de Finnick pareció disolverse ante al aguijón que aquella verdad suponía.
-Me entregaría si fuera a recibir un juicio justo –le aseguró Peeta. –Y nadie intentará detener su tiranía.
Finnick pareció dudar unos segundos que a Peeta se le antojaron eternos hasta que el Teniente alzó su arma, entregándosela.
-Podríais necesitarla.
-Gracias –la aceptó e inclinó levemente la cabeza para dar aquel encuentro por finalizado y no perder más tiempo precioso en su huida.
-Y yo necesitaré que hagáis algo por mí –lo detuvo sin embargo Finnick, ofreciéndole la mejilla.
-¿Estáis seguro? –dudó.
-Me evitaréis más de un problema. Rápido –le urgió.
El puño de Peeta se estrelló contra su pómulo, tirándolo al suelo. Notó el sabor metálico de su sangre dentro de su boca y arrastró con los nudillos parte de la que brotaba del labio partido. Aturdido y ya a solas, consiguió ponerse en pie y escuchó disparos en el exterior de las caballerizas. Tal vez Seneca los había alcanzado, pero cuando salió a comprobarlo, encontró a su Capitán maldiciendo a viva voz y que le lanzaba una mirada endemoniada en cuanto lo vio, aflojándose un tanto al darse cuenta de que lo habían golpeado. El puñetazo iba a valer la pena después de todo.
-Teniente, que los hombres registren esta propiedad. ¡Ahora! –le ordenó, dando media vuelta y dirigiéndose a la entrada del palacio encolerizado.
Caminaba apretando los puños, tanto que se le clavaban las uñas en las palmas de las manos, de las mismas de las que se le había escapado ese maldito. Había estado tan cerca. Observó cómo algunos de sus hombres ya se apresuraban en cumplir sus órdenes y comenzaban a registrar todas las estancias bajo la perpleja mirada de los invitados a aquella condenada fiesta que se había disuelto por completo en cuanto irrumpió con sus hombres en el palacio.
Llegó a la biblioteca donde supuso que se hallaba Marvel y, en efecto, allí lo encontró acompañado de su esposa. Ambos se mostraban claramente molestos y él lo disfrutó.
-¿Se puede saber qué es este atropello? –exigió saber Marvel.
-Habéis acogido bajo vuestro propio techo a El Gavilán –le recordó. -¿Debo suponer que no estáis confabulado con él?
-¿Y qué esperáis encontrar entre mis libros? –señaló a su alrededor.
-Nunca se sabe –repuso con sonrisa irónica.
Claramente sabía que no hallarían nada allí pero cada gramo de indignación que destilaba el Conde se traducía en un gramo de satisfacción para él. De hecho, Marvel lanzó un gruñido de ira y abandonó la estancia.
Sin embargo, su esposa no lo acompañó. Clove caminaba decidida hacia él.
-¿Cómo podéis hacerme esto? –masculló por lo bajo. -¿No basta que os haya entregado a El Gavilán?
-Como veis, en realidad, no ha caído en mis manos.
-¿Y yo debo sufrir vuestra ineptitud? –espetó con despreció. –Esto no quedará así –le advirtió, y ahora sí abandonó la biblioteca.
La impotencia la invadía al igual que la rabia. Los pasos se le atropellaban mientras salía con premura del palacio en busca de aire fresco que enfriase su humor. Y pensar que había estado a punto de darle el golpe definitivo a Katniss y, peor aún, que tendría a Seneca comiendo de su mano, considerándola una perfecta aliada, y mucho más que eso.
Sin embargo, a ese estúpido se le había escapado Peeta … Quién lo hubiera imaginado, a pesar de haber pasado algunas horas de aquel asombroso descubrimiento, aún no podía creer que debajo de aquella pose de aristócrata refinado se escondiera el hombre que había tenido en jaque durante una muy buena temporada a todo un regimiento francés.
Se encaminó hacia uno de los miradores, le apetecía disfrutar de la vista de los jardines libre por fin de tanto pueblerino mugroso, aunque pudo darse cuenta que no era la única que había acudido allí. Apoyado en la balaustrada se encontraba un hombre de uniforme, de mediana edad, de cabellos blancos hasta sus hombros y facciones aguileñas. Supuso por los galones de su uniforme que era el General aunque su rango no la amedrentó, al contrario, caminó con decisión hacia él, la barbilla alzada y su mejor cara o, mejor dicho, la peor; a medio camino entra la humillación y la resignación.
El General no tardó en percatarse de su presencia e inclinó su cabeza a modo de saludo.
-Vuestra finca es bellísima –alargó su mano demandando la de ella para besarla educadamente. –Soy el General Snow.
-Condesa Clove de Everdeen –respondió ella con exagerada aflicción.
-Siento mucho conoceros en estas circunstancias –trató de congraciarse con ella. –Pero es muy importante cualquier pista sobre ese bandido.
-Puedo hacerme cargo –siguió ella con su actitud disconforme aunque hablaba con forzada suavidad. –Pero vos deberíais haceros cargo también de que no somos nosotros los criminales.
-Pero lo acogisteis bajo vuestro techo…
-Como prometido de Katniss, por supuesto –discutió ella.
El General resopló y ella entendió por el gesto severo del General que había llegado el momento de destensar un poco la cuerda.
-Disculpadme –bajó ella su rostro. -Entiendo que no estéis acostumbrado a que os cuestionen pero tampoco nosotros a que pisoteen nuestra condición de nobles para tratarnos de un modo tan descortés. Creía que el armisticio nos protegía de sucesos como éste.
Ahora alzó un tanto la vista y comprobó con agrado que el rictus del General se relajaba.
-Para que veáis que sí os tengo en consideración, compartiré con vos el porqué es tan importante que demos con ese bandolero y con el botín sustraído.
Ella sonrió con complacencia, mostrando su curiosidad y él se acercó un paso más a ella, como si realmente fuera a compartir con ella un gran secreto.
-Ni siquiera se lo he confiado a Seneca –le confirmó de ese modo que así era, -pero entre el dinero y las joyas destinadas a avituallar nuestro ejército, además había otro cofre lleno de joyas que debían ser salvaguardadas en el Fuerte San Bartolomeo, a petición personal del propio Napoleón.
-¿Napoleón Bonaparte? –se sorprendió ella, comprendiendo la trascendencia del asunto.
-Esas joyas pertenecen al General Bonaparte –le ratificó. –Un collar, un par de pendientes y un anillo, hechos hace más de dos siglos por la Casa de Saboya y a los que está muy ligado sentimentalmente –agregó. –Una cruz blanca sobre fondo rojo…
-¿Disculpad? –sacudió ella la cabeza como si no terminara de entender… o de creer. Un gran rubí con diamantes engarzados formando una cruz...
-El emblema de la Casa de Saboya –le explicó como si fuera lo que ella esperaba. –Las joyas imitan su escudo.
-Sí, claro –asintió ella. -¿Y decís que es parte de lo que robó El Gavilán?
-Efectivamente –reafirmó. –Y espero que lo que os he narrado sirva para aliviar un poco toda esta contrariedad.
-Por supuesto, General –respondió con sonrisa complaciente.
Lo que le había contado lo compensaba todo, especialmente al pensar en el precioso anillo que escondía en el resquicio más profundo de su habitación.
Continuara…
Bueno mis queridas lectoras como se habrán dado cuenta estoy actualizando muy seguido esta preciosa historia, y se preguntaran ¿por qué? Bueno hace poco me di cuenta que llevo publicando esta historia durante 1 AÑO! Por Dios eso me hizo pensar en lo mala que he sido haciendo que ustedes hayan estado esperando tanto para que esta historia llegue a su fin. Así que no quiero demorarla más ya que pienso subir otra historia muy pronto! Espero que estén muy atentas a la publicación. Ahora respecto al capítulo:
Como me hubiera gustado ver la cara de Seneca cuando Clove le revelo la verdadera identidad de El Gavilán.
¡Enhorabuena! Estoy muy feliz por Effie y Haymitch ahora que van a ser padres, se lo merecen después de todo lo que Effie sufrió por culpa de su Ex marido. Además de que cada día me gusta más el Finnick Rebelde. Aunque pobrecito tuvo que recibir un muy buen golpe por parte de Peeta para que nadie sospechara que el mismo había ayudado a escapar a El Gavilán. Y ahora con la notica que el general Snow le ha contado a Clove. Por Dios quien sabe que planes maquiavélicos se le ocurrirán a esta mujer.
Nos leemos en el próximo cap.
Agradecimientos
Vivis Weasley: Mi más fiel lectora espero que estés disfrutando de las actualizaciones de los capítulos. No eres la única a la que Clove le causa conflictos emocionales. Espero que en algún momento te llegue a gustar la pareja de Cato y Johana. En cuanto a lo de Thresh no te preocupes no faltara mucho. Nos leemos querida siempre es un gusto leer tus reviews.
Mariadelmonte: Hola, lo sé a veces a mí también me pasa lo mismo siempre quedo así cuando veo que uno de los capítulos queda así. Espero que este capítulo calme un poco tu curiosidad.
RECUERDEN A MI ME TOMA 1 HORA EN ADAPTAR UN CAPITULO A USTEDE 1 MINUTO EN COMENTAR
