CAPÍTULO 33
Las siluetas de los árboles pasaban difuminadas y fugaces a su paso, fugaces como las decenas de pensamientos que se agolpaban en tropel en su mente y que retumbaban todas con el mismo sonsonete… ¿Y si…?
¿Y si no hubiera sido tan descuidado y hubiera huido en el mismo momento en el que Cinna le había contado lo sucedido? ¿Y si le hubiera pedido expresamente al muchacho que se deshiciese de esa máscara en vez de simplemente esconderla? ¿Y si hubiera huido solo, sin arriesgar la vida de Katniss? Podría haberla dejado con Haymitch y haberse reunido en Venecia y desde ahí, con un salvoconducto nada complicado de conseguir, hubieran cruzado directamente a Austria, donde el sucio poder de Seneca no podía llegar.
Sin embargo, no. Katniss los acompañaba en aquella carrera suicida hacia un escondite al que no estaba seguro que pudieran llegar. Tal vez si hubieran ido Haymitch y él solos hubieran tenido una posibilidad. Se habrían adentrado entre la espesura del bosque que tan bien conocían y habrían despistado a los franceses, como tantas veces habían hecho. Pero Katniss no podría seguirles. Sabía montar a caballo pero distaba mucho de ser una experta amazona como para seguirles el paso. Y además estaba aterrorizada, cabalgaba a su lado y podía ver su rostro contrito aunque ella trataba de ocultarlo. Aunque no era para menos, los franceses venían pisándoles los talones, podía escuchar los cascos de sus caballos tras ellos y como, aunque aún no estaban a su alcance, disparaban sus armas. Tal vez, con suerte, alguna de esas balas peregrinas daba en el blanco.
Y entonces sucedió…
Desde el principio supo que la buena fortuna no le acompañaba. Lo había dejado a su suerte cuando, no sabía cómo, Seneca se había hecho con su máscara, y del mismo modo lo abandonaba ahora cuando una de esas balas resonaba demasiado cerca de ellos, lo suficiente para asustar al caballo de Katniss. Cosas de la mala fortuna. Podría haber sido su caballo, él habría podido dominarlo, pero Katniss solo consiguió que la derribara y cayera al suelo y, con la velocidad a la que iban, fue una caída demasiado violenta.
Se le heló la sangre cuando vio la de Katniss tiznando su rostro y menos mal que Haymitch había visto lo sucedido y se detuvo porque no habría podido avisarle, había perdido su voz no sabía dónde.
Sin perder tiempo desmontó y se acercó mientras se maldecía mil veces por haberla puesto en peligro y cuando comprobó que respiraba, volvió su propio corazón a latir de nuevo lleno de alivio. Sin embargo, estaba inconsciente, había recibido un golpe en la cabeza y no tenía buen aspecto pues la sangre brotaba profusamente, así que ni siquiera esperó a que Haymitch desmontara. La tomó entre sus brazos y la alzó hasta el regazo de su amigo.
–No parece grave pero deberíamos detenernos.
–Y yo no quiero arriesgarla más. Refúgiate en el bosque y luego desapareced –le urgió volviendo la mirada una y otra vez. –Dejo lo más preciado que tengo en tus manos.
–Pero Peeta…
–La quiero lejos de Seneca, ¿me oyes? –gritó con brusquedad. –Así que no deben encontraros. Yo te los quitaré de encima.
Fue entonces cuando Haymitch miró a su alrededor, percatándose de que ni su caballo ni el de Katniss seguían allí y, lo que aquello implicaba, le cayó encima como un losa. Peeta le lanzó una de sus sonrisas torcidas, aunque con sabor amargo, y golpeó el lomo de la montura de Haymitch.
–Dile cuánto la quiero –le escuchó decir a su espalda.
Y él no quiso desaprovechar su sacrificio. Obedeció a Peeta y guió su caballo hacia el bosque, tratando de perderse en él. Antes de hacerlo, echó la vista atrás. Aún se veía a Peeta, aunque acompañado de un puñado de soldados franceses que lo rodeaban y sintió que el corazón se le hacía añicos mientras le ataban las manos para llevárselo.
Cuando los hubo perdido de vista se detuvo un instante para centrarse en Katniss. Necesitaba cuidados. Taponó la herida con un pañuelo y se encaminó a casa de Johana que, por suerte, no estaba lejos. Volvió a asegurarse de que no lo seguían y retomó el sendero cuando casi llegaba a la pequeña entrada camuflada.
– ¡Cato!
Tanto el muchacho como Johana salieron a la carrera de la casa al escuchar su voz de alarma.
–Dios mío –susurró él acercándose al caballo y tomando a Katniss entre sus brazos cuando Haymitch se la entregó.
– ¿Qué le ha sucedido? –preguntó Johana conduciéndoles hacia su habitación. La cama era más grande y la joven estaría más cómoda.
–Han apresado a Peeta –dijo con voz grave y un silencio denso se alzó en la estancia.
– ¿Cómo está? –habló por fin Johana.
Haymitch no había perdido tiempo con las explicaciones porque ya había empezado a atender a Katniss. Acercó el aguamanil a la cama y comenzó a limpiarle la herida.
–Se pondrá bien –les anunció.
– ¿Qué ha pasado? –insistió Cato y, mientras Haymitch revisaba cuidadosamente a Katniss, comenzó a explicarle lo sucedido, desde el momento en que os franceses habían irrumpido en su fiesta de compromiso.
–Se habrá asustado como el infierno al verla así –murmuró el joven.
Haymitch se tomó unos segundos para mirarlo. Seguramente era la primera vez que mostraba tal empatía hacia alguien, al menos frente a él. Ciertamente el joven estaba cambiando y muy cerca se hallaba el motivo de ese cambio.
–Su prioridad era ella, que yo la atendiera. Ha imaginado que a mí también me apresarían –supuso. –Y quiere a Katniss lejos de Seneca –miró a Cato diciéndole así mucho más que sus palabras.
–No creo que Seneca le hiciese daño –intervino Johana. Cato le había contado toda la historia, incluso la obsesión enfermiza del Capitán por Katniss.
–No es eso lo que le preocupa a Peeta –murmuró Cato con voz grave.
–Entiendo –asintió con gesto sombrío. –Una mujer enamorada haría cualquier cosa por el hombre al que ama, incluso…
–Entregarse al mismísimo diablo con tal de salvarlo –sentenció Haymitch.
–No debe ni pensarlo siquiera. Eso en vez de salvarlo, lo mataría –atajó Cato.
Haymitch volvió a mirarlo y reprimió una sonrisa.
–De momento debemos esperar a que despierte –se levantó de la cama y fue hacia la cocina, siguiéndole los dos jóvenes. –Prepararé unos ungüentos y, si con suerte no tuviera fiebre, estará repuesta muy pronto.
–Habría que avisar a su hermano –apuntó Cato. –E ir en busca de noticias sobre Peeta.
–No deberías ir al pueblo –adivinó Haymitch sus intenciones.
–Seneca ya tiene lo que quería –se encogió de hombros. –No creo que se preocupe en buscarme. Además me esconderé en el mesón. Está prácticamente en estado de abandono desde que… desde que murió mi padre –dijo, bajando su voz una octava.
– ¿Estás seguro?
–Sí –respondió ahora con animosidad. –Vosotros encargaos de Katniss y ya me pondré en contacto con…
–Yo voy contigo –lo cortó Johana con, tal vez, demasiado ímpetu.
Ambos hombres la miraron con asombro y curiosidad.
–Es peligroso –se negó Cato.
–Así Haymitch puede dormir en la otra habitación y estará más cómodo.
Johana sabía que era una excusa muy pobre. Cato le estaba hablando del peligro que correría y ella había antepuesto la comodidad de Haymitch a eso, como si fuera una razón irrefutable.
La verdadera razón irrefutable se paseaba por su mente una y otra vez mientras Cato negaba con la cabeza, y era que no quería separarse de él. Aunque no se lo diría, al menos no así.
–Voy a ir contigo –le repitió, con una seriedad que no daba lugar a discusión alguna.
El joven, un tanto desconcertado, miró a Haymitch, quien se limitó a alzar las cejas compartiendo su mismo asombro. Luego se giró y continuó con lo que estaba haciendo, manifestando su intención de no cuestionar la decisión de Johana. Y no era que Cato quisiera hacerlo. Lo que más deseaba era no tener que separarse de ella por peligroso que aquello fuera. No en vano era capaz de protegerla con su propia vida si era necesario.
Marvel les agradeció enormemente que le dieran razón de Katniss, pues ya había llegado al palacio la noticia del arresto de Peeta y no sabía qué había sido de ella. Se había reunido con ellos en casa de Cinna y Annie, lejos de oídos indiscretos y Johana comenzó a explicarle al Conde cómo encontrar su casa pues, lo primero que quería hacer saliendo de allí era ir a verla.
–Imagino que será peligroso moverla para traerla aquí –supuso Annie, quien trataba de guardar la compostura. No solo había venido a enterarse de la identidad de El Gavilán, sino también de los asuntos en los que había estado metido su hermano.
–En cuanto sepa que está mejor, yo mismo te llevaré a verla –le prometió Marvel, imaginando su preocupación.
–Además, hoy te necesitamos aquí –apuntó Cato.
La joven frunció el ceño sabiendo lo que vendría después.
–No voy a crearle problemas a Finnick –le advirtió.
–Tú novio fue quien dejó marchar a Peeta en primer lugar –le recordó Cinna lo que Cato les acababa de contar.
–Ahora es muy apropiado que sea "mi novio", ¿verdad? –le acusó, molesta.
–Annie, no me importa ir hasta el Fuerte y tratar de hablar con él, pero imagino que le hará más ilusión verte a ti –bromeó.
–Sí, sobre todo cuando le diga que quiero que se convierta en nuestro espía.
Se cruzó de brazos y apretó los labios como muestra de su disconformidad.
–No es tanto así –trató de calmarla Cato. –Bastaría con que nos diera una mínima información; saber que está bien, qué van a hacer con él.
–Sí, lo preciso para planear su fuga –resopló.
–Eso sería asunto nuestro –le aseguró Cinna. –Él no va a tener nada que ver, te lo prometo. No queremos perjudicarle. Bastante ha hecho ya.
–Y eso mismo es lo que nos incita a pedírtelo –siguió Cato. –Sí él dejó ir a Peeta será porque no está tan seguro de su culpabilidad.
–En cierto modo es culpable –lamentó ella.
–De ser un ladrón, –le refutó Cinna, –no un asesino.
–Aunque su peor delito es haber puesto sus ojos en Katniss –intervino por primera vez en aquella discusión Marvel. –A ella también le gustaría saber de él.
La tristeza que sentía Marvel era difícil de disimular. De estar celebrando la fiesta de compromiso de su hermana, de creerla por fin lejos de las garras de Seneca, todo había dado un giro y volvía a tenerla a su merced. Y por eso él sabía que, en ese momento, el Capitán necesitaba a Peeta vivo, por lo menos hasta que tuviera a Katniss sometida a su voluntad.
Annie había bajado la mirada, contagiada por aquel pesar y, finalmente, les prometió que hablaría con Finnick. Se dio cuenta de que debía ayudar, más allá del pensamiento de estar ayudando a El Gavilán, se trataba de Katniss, de su amiga, y así se lo plantearía a Finnick. Tenían una larga conversación por delante, dado que él también tenía sus reservas con respecto Peeta y confiaba en el amor que se tenían para llegar a un entendimiento.
Vio que Cato le sonreía mientras iba hacia la puerta, diciéndole así que estaba haciendo lo correcto pero, antes de que la cruzara, Cinna quiso saber dónde podrían localizarlo.
–En el mesón –le dijo, y un aire denso cayó sobre la estancia.
Pero el mantuvo la sonrisa, incluso le guiñó un ojo como despedida, agradeciendo su inquietud.
Porque desde la muerte de su padre no había vuelto allí. Había deambulado de un lado para otro, pernoctando la mayoría de veces en la guarida del bosque y ni siquiera había vuelto a por sus cosas. Se había convertido en un bandolero y aquel tipo de apego no era en absoluto necesario. Aunque, en realidad, no había querido volver para que la soledad que le esperaba allí no le cayese encima, aplastándolo con su tristeza.
Sin embargo, las cosas habían cambiado, su alma había cambiado. Sabía que había muchas cosas en la vida que aún estaban por llegar, aunque no supiera cuándo sucedería, pero eso le ayudaba a enfrentar aquella pérdida que durante mucho tiempo no había querido afrontar. Bueno, tampoco podía llevarse al engaño, lo que más quería en ese momento caminaba a su lado mientras entraban en el desolado mesón. Creía que le habría costado mucho más dar aquel paso pero tener a Johana cerca parecía darle fuerzas, tal vez sin derecho, no tenía derecho siquiera a tener esperanzas y ahí estaban, yendo a su lado.
Todo estaba igual, como cuando se fue. Todavía habían vasos en algunas mesas, como si sus ocupantes hubieran desaparecido por arte de magia. Su mirada viajó hacia la barra, vacía, y la imagen de su padre tras ella fue difícil de ahuyentar. Sintió la mano de Johana apretando suavemente la suya en una búsqueda de ofrecerle consuelo y él le respondió con una leve sonrisa. Por un momento le pareció que todo lo malo podría borrarse, limpiarse como el polvo que ahora lo impregnaba todo por el desuso. Debajo de él, todo volvía a ser como antes, aunque siempre quedase flotando en el aire como recordatorio perenne de lo que fue una vez. De ese mismo modo tal vez su tristeza podría quedar suspendida en el aire, presente, pero dejándole respirar, vivir otra vez.
Sería tan bonito…
Era muy fácil que su imaginación volara, demasiado fácil imaginarla en aquel mesón, lleno de gente como en los tiempos de bonanza, mientras ella permanecía detrás de la barra supervisando y manejando aquel negocio, como la dueña y señora. Era demasiado fácil…
–Es muy espacioso –le escuchó decir a la joven.
Miraba a su alrededor con curiosidad, incluso una leve sonrisa se adivinaba en sus labios, como si realmente le gustase lo que veía. Fue un gesto insignificante, tal vez inconsciente, pero a él le dio un vuelco el corazón.
–Pues espera a ver el piso de arriba –se oyó decir con una ilusión que le sorprendió.
Le tomó la mano para alentarla a seguirlo y ella consintió. La escalera desembocaba en un corredor con puertas, habitaciones que podían ser rentadas. Y había otra puerta cerca de la escalera mucho más robusta, que daba acceso a una zona privada, la que había sido su hogar. Se accedía directamente al comedor. En uno de las esquinas había una chimenea llena de cenizas, hollín y maderos a medio quemar, muy lejos del rincón apacible y acogedor que solía ser. Y había más puertas.
Cato caminó hacia una de ellas y se detuvo un momento antes de abrirla, como si buscara fuerzas para hacerlo. A Johana no le costó imaginar que era su habitación. Había alguna prenda en el respaldo de una silla y en la mesa una pequeña navaja, un trozo de cuero y una honda. Cato se acercó y la sostuvo por un momento. El destino le había hecho cambiar esa arma de muchacho, casi infantil, por una pistola. Y él iba a cambiar ese destino, un día u otro.
–Ven –le dijo saliendo de su habitación. –Tú puedes dormir aquí.
Abrió otra de las puertas a una estancia mucho más grande. Sin duda era la habitación de sus padres y Jessica se sintió como una intrusa, como si profanara un santuario.
–Yo puedo dormir en tu habitación si prefieres dormir aquí.
–No hace falta –Cato le sonrió entendiendo su intención. –Aunque deberíamos adecentarlas un poco si no queremos dormir rodeados de polvo.
Ella asintió con una sonrisa de alivio y fue hacia la cortina, para descorrerla y abrir las ventanas, pero lo hizo muy rápido y una nube de polvo se esparció sobre ella.
Empezó a toser dando manotazos para disolver el polvo y Cato empezó a reír aunque acudió en su ayuda. Abrió rápidamente la ventana y el ambiente se limpió un poco.
–Estás llena de polvo –continuó riendo.
–No es gracioso –se quejó ella haciendo un mohín.
Cato empezó a sacudirle la suciedad de los hombros, tratando de contener la risa.
–Yo me las arreglaré sola –empezó a apartarlo molesta.
–Vale, vale, no me río –se disculpó él.
Y ella aceptó aunque echándole una última mirada de enojo.
–Tienes polvo en la mejilla –le dijo él entonces y Cato alzó su mano con lentitud, pidiéndole permiso para limpiarla. Johana accedió alzando su barbilla, acercando su rostro y él comenzó a apartar el polvo con su pulgar, despacio, una vez, dos, tres… la cuarta fue toda la palma de su mano la que acunó su mejilla, acariciándola, hasta que sus dedos alcanzaron su cabello y decidieron enredarse en él.
Para esos entonces las ganas de reír de Cato se habían esfumado, sustituidas por unos deseos irrefrenables de besarla. Y Johana se moría porque lo hiciera aunque, seguramente él no lo sabría porque estaba más preocupado en reprimir ese impulso que en otra cosa.
No lo consiguió. Jamás lo habría conseguido por mucho que lo hubiera intentado. Deslizó su mano más allá, hasta su nuca y la aferró allí, como si no quisiera dejarla escapar. Entonces la atrapó también con sus labios, su boca sabía tan dulce como recordaba, igual de suave y tierna. Sintió sus pequeñas manos elevarse hasta descansar sobre su pecho mientras sus labios se amoldaban a los suyos en un suspiro del que él bebió y que lo único que hizo fue dejarlo sediento, necesitando más de ella, así que lo tomó. Rozó sus labios con su lengua y aunque titubeante, Johana había entreabierto su boca que el poseyó. En su garganta ronroneó un gemido al saborearla y la rodeó entre sus brazos para juntarla más a él, para que lo sintiera y sintiera lo que ella provocaba en él.
Y la culpabilidad vino después.
Nunca había sentido lo que sentía por ella, algo tan puro que hacía a su corazón palpitar fuertemente solo con tenerla cerca, que le hacía no querer separarse de ella y que también le hacía desearla… tanto… un deseo que iba en aumento con cada caricia que ella le regalaba de sus labios. Porque esta vez no era como aquel beso que él le robo, ni aquel fugaz con el que ella le respondió después. Ahora no tenía dudas de que ella correspondía a su beso porque Johana también lo besaba, entregada, confiada, dejándose llevar y ese ardor que empezaba a surgir de su interior lo iba a echar todo a perder. Quería ser suave con ella, darle todo el tiempo que necesitara tras lo que le había sucedido, demostrarle que él no era como el bastardo de Chaff y, sin embargo, su dulce sabor lo cegaba, deseando amarla allí mismo, sobre la cama de sus padres.
Se separó de ella negando con la cabeza. Aquello estaba mal o, al menos, no era lo que quería para ella. Antes de eso tenía que conquistarla, enamorarla, estar seguro de que ella quería dar ese paso, sin convertirse en el fruto de un impulso, de un sentimiento que tal vez solo sentía él.
Miró su rostro y vio en ella una confusión infinita. Respiraba agitadamente y su boca estaba enrojecida, al igual que sus mejillas. Él apretó los labios con fuerza apoyando su frente en la de ella y Johana sintió un escalofrío que la entristeció pues en el rostro de Cato parecía leer que lamentaba todo lo que había sucedido entre ellos.
–Que descanses –le susurró apartándose definitivamente de ella y el corazón le dolió al verlo marcharse de la habitación.
La tarde ya había caído y Johana supo que aquella iba a ser una noche muy larga. Caminó hacia la ventana abierta y se apoyó en el alféizar, cabizbaja y confundida, como nunca lo había estado en su vida.
Después de lo que le había sucedido, creyó que nunca iba a poder tener la suficiente confianza en los hombres como para amar a alguno, mucho menos para entregársele. Y ahí estaba, temblando al sentir todavía aquel calor que se había instalado en su interior y que se avivaba al recordar ese beso. Y por un instante parecía que él también había sentido lo mismo. Cuando había notado su lengua rozar la suya parecía que las piernas iban a dejar de sostenerla, pero él la había rodeado entre sus manos con fuerza, apretándola contra él y haciéndola sentir más segura que nunca y que pertenecía allí, a sus brazos.
Se sintió suya, quería serlo pero, lo más sorprendente de todo era que estaba segura de que era lo apropiado, lo correcto. Cato no parecía comprenderlo así. Se había retraído, culpable, como si hubiera cometido un delito, como si necesitara pedir permiso para amarla.
Entonces alzó su rostro a esa realidad… tal vez eso era… Johana quería que la quisiera, que no temiera amarla y, si su permiso era lo que necesitaba, se lo daría.
Suspiró con fuerza, reuniendo de su interior la fuerza y el coraje suficientes para salir de esa habitación y hacer lo que estaba dispuesto a hacer. Llegó a la puerta de Cato y dudó por última vez con el pomo en la mano hasta que, finalmente, abrió con lentitud.
Estaba tumbado sobre la cama. Había tirado la colcha al suelo y estaba tumbado mirando hacia el techo, con las manos cruzadas detrás del cabeza, pensativo. Johana ya había dado un par de pasos cuando él se percató de que estaba allí. Se incorporó sentándose en la cama pero no dijo nada y Johana lo agradeció, no creía poder encontrar las palabras adecuadas que explicasen lo que hacía allí, y mucho menos poder pronunciarlas. Así que siguió caminando hacia él que la miraba expectante, casi conteniendo el aliento. Johana se dio cuenta entonces de que lo que había imaginado momentos antes era mucho más fácil en su mente pero llegó hasta la cama y se sentó lo más cerca que pudo de Cato.
Él seguía observándola intensamente, como si no quisiera perder detalle alguno de sus movimientos, queriendo leer en ellos sus intenciones. Le resultaron más que claros cuando vio que sus dedos se alzaban hacia el cordón que anudaba la parte delantera de su corpiño. Comenzaba a soltarlo cuando Cato la detuvo y ella sintió el frío del rechazo en sus entrañas aunque cesó al instante, cuando él llevo sus manos a su boca y las besó. Johana las notó temblar, tembló toda ella mientras la mirada penetrante y brillante de Cato la embelesaba.
Soltó sus manos dejándolas sobre su regazó y acunó su rostro entre las suyas, acercándola hacia sus labios. La besó con toda la pasión que había estado reprimiendo, robándole el aliento, turbándola, aunque se detuvo, casi bruscamente, queriendo hacer algo antes de ir más allá.
–Te quiero –le susurró. –Lo que siento por ti es lo más maravilloso que he sentido nunca.
–Yo no creí poder sentirlo jamás –musitó ella con un deje de tristeza y esperanza.
–Y en cambio lo sentirás todo –anuncio él como un presagio, haciéndola estremecer.
La besó mientras sus manos iban hacia su corpiño, retomando la tarea que a ella no le había permitido y así, prenda a prenda se fueron desnudando mutuamente, descubriéndose, reconociéndose poco a poco. Cato intentó ser lo más delicado que pudo, mientras Johana sentía que la adoraba cada vez que sus ojos recorrían cada centímetro de piel que iba quedando expuesta. Contempló por primera vez el cuerpo desnudo de un hombre, una piel que reclamaba la suya, que le exigía lo mismo que le iba a entregar, de igual a igual.
Desnudos, calor contra calor, rodaron sobre la cama. Las caricias de uno se enredaban entre los dedos del otro, sin que sus labios quisieran perder el contacto con su piel jamás. Brazos, cintura, cadera, pechos… Johana sentía la boca de Cato viajando por su cuerpo dejando estelas de calor a su paso y él se sentía arder bajo el tacto de sus finos dedos que recorrían cada rincón de él con caricias que eran capaces de marcarlo a fuego. Su respiración agitada resonaba en sus oídos y lo enardecían cuando la oía ahogar un gemido cada vez que rozaba las zonas más sensibles con su lengua… en el cuello, detrás de la oreja donde el pulso era más fuerte, en el nacimiento de sus pechos, en su cima sonrosada y endurecida por la pasión, su ombligo, la piel suave y tierna del interior de sus muslos, la dulce tersura de su femineidad…
Johana creyó enloquecer. Nunca imaginó que pudiera haber una caricia tan íntima y tan abrasadora. Sentía que ardía desde el centro de su cuerpo y que ese fuego se iba expandiendo hasta la punta de sus dedos, derritiéndola.
De pronto, el contacto se rompió. Ella acusó dolorosamente su ausencia y alzó su rostro. Cato la miraba con un brillo tembloroso, como temblaba todo su cuerpo por la necesidad que tenía de ella y que estaba reprimiendo. Pero ella no quería esperar más. Tomó su rostro y lo arrastró hacia ella, besándolo con fervor, haciendo que su cuerpo se derrumbara sobre el de ella. Inevitablemente sus cuerpos se buscaron y Michael se hundió en ella tan despacio como Johana le permitió, reclamándolo casi con urgencia. Pues, cuanto más se sumergía en su interior, más libre se sentía ella de su pasado, de aquel lastre que Cata estaba haciendo desaparecer hasta borrarlo por completo. Lo que un día la manchó en aquel suceso tan sucio, aberrante y vergonzoso ahora la purificaba en el mayor acto de amor, puro y verdadero y que hacía resurgir de los escombros a la mujer que era, la que siempre debió ser.
Sus cuerpos se perdieron uno en el otro, dándolo y recibiéndolo todo con besos, caricias y aliento robado, mientras el placer se arremolinaba en su interior, fundiéndolos, vinculándolos aún más como si nunca fuera a ser suficiente. Cuanto más recibían, más necesitaban y más se colmaba del otro su interior, llenándose por completo de su esencia, más y más, hasta que los hizo estallar en un éxtasis que los lanzó hasta los confines de lo imaginable.
Johana sintió de un modo delicioso el peso de Cato sobre ella mientras recuperaban el aliento perdido pero él rodó sobre su espalda para colocarla sobre su pecho mientras la abrazaba con fuerza y besaba su pelo.
– ¿Estás bien? –le preguntó con innecesaria preocupación.
Ella alzó su rostro y besó sus labios llena de emoción.
–Sí. Contigo, siempre.
Cato sonrió. Eso era lo que quería. Con él, para siempre.
-§-
Peeta volvió a tirar de aquellas cadenas que lo encadenaban y que apenas lo dejaban moverse y tumbarse en aquel jergón mugriento. No sabía cuántas horas llevaba encerrado en aquella celda húmeda y fría ni cuánto tardaría Seneca en aparecer jactándose de su triunfo. Sabía que estaba jugando con él, dilatando el momento en que le diera a conocer su destino, aunque no era su propio destino el que le preocupaba, sabía que tarde o temprano Seneca satisfaría sus deseos de verlo muerto pero, hasta que ese día llegase, jugaría con su vida y con la de Katniss.
El estómago se le encogía cuando pensaba en la última imagen que tenía de ella; inconsciente y con la sangre corriendo por su nívea mejilla. Confiaba en que no fuera muy grave, nada que Haymitch no pudiera curar y entonces acudía una segunda plegaria; que Haymicth hubiera comprendido sus palabras al pedirle que la mantuviera lejos de Seneca.
Porque sabía cuál sería el siguiente paso de aquel indeseable: asegurarle que estaba en sus manos el salvarlo, que lo libraría de la guillotina si se unía a él. Y Katniss correría a cumplir sus deseos convencida de devolverle así la vida cuando, en realidad, la afilada hoja pendería sobre su cuello hasta que ella diera el sí quiero, momento en que, letalmente, la dejarían caer. Y aunque fuese cierto y aquel hijo del infierno lo dejara libre, saberla suya sería peor que la muerte.
De pronto escuchó pasos que se acercaban y supo que el momento había llegado, así que se puso en pie. Al menos Seneca no le arrebataría su orgullo, de momento. La amplia sonrisa que se dibujaba en los labios del Capitán le dio nauseas.
–Espero que estéis disfrutando de vuestro nuevo alojamiento –se mofó.
–Disfrutaré cuando ardáis en el infierno por vuestros crímenes –apretó la mandíbula.
Una desagradable risotada resonó entre aquellas paredes.
–Imagino que os estaréis preguntando por qué aún no estáis muerto –alzó la barbilla con la seguridad que le daba el controlar a su antojo la situación. –Porque no quisiera privarme del placer de ver como un hombre pierde el amor y la vida en el mismo instante.
– Katniss jamás será vuestra –rugió tirando de las cadenas. Lo habría matado si hubiera podido.
Pero a Seneca no pareció afectarle, al contrario pues volvió a reír.
–Oh, sí lo será –sonrió. –Y lo será por amor a vos. Aunque luego me amará a mí –hinchó su pecho, –ya encontraré una razón para que lo haga.
–Nunca amará a un asesino como vos, a un traidor peor que Judas.
–No os pongáis tan melodramático –se carcajeó. –Además es mi palabra contra la vuestra y yo soy un oficial francés y vos pronto seréis pasto de los gusanos.
–Maldito –volvió a estirar los brazos hacia él, impidiéndole alcanzarlo las cadenas. –Os mataré con mis propias manos.
–Que disfrutéis de vuestra estancia aquí –lo observó de pies a cabeza con satisfacción, exudando su poder con la mirada y abandonó la celda.
Inspiró aire con fuerza un par de veces para retener aquella sensación de triunfo que lo invadía. Tenía a Peeta en sus manos y tardaría poco en tener también a Katniss y, después, aplastaría al marqués como si fuera un insecto bajo su bota.
Se dirigió hacia su despacho, necesitaba soledad y una buena copa de vino para regodearse y disfrutar de aquella victoria pero, al abrir la puerta, se dio cuenta de que eso debería esperar.
–General –lo saludó un tanto asombrado.
–Supongo que vendréis de interrogar al prisionero –lo miró en modo acusatorio, en pie, tras el escritorio de Seneca.
–Sí –mintió tratando de no titubear.
– ¿Sabemos algo de las joyas que robó en aquel asalto? –le cuestionó con sumo interés.
–No, imagino que se habrá desecho de ellas, vendiéndolas –puso la primera excusa que se le vino a la cabeza.
–Pues por vuestro propio bien, Capitán, espero que no haya sido así –lo señaló con el dedo, amenazante.
Seneca no entendía aquella vehemencia, aquellas joyas no eran las primeras que habían sido robadas y nunca se había hecho tanto hincapié en recuperarlas, aunque pronto iba a descubrir el porqué.
–Los hombres que fueron asesinados por El Gavilán tenían orden de entregaros en custodia un pequeño cofre de joyas que pertenecen a Bonaparte.
Seneca sintió que se le helaba la sangre en las venas.
–Podéis haceros cargo del apego que siente hacia esas joyas, en concreto hacia un aderezo en el que se representa el emblema de la Casa de Saboya –continuaba explicándole y, con cada palabra más que escuchaba Seneca, más se iba hundiendo en el pozo negro de la ira por su mala suerte.
–Escuchadme bien, Capitán –reclamó su atención con voz dura mientras abría un cartapacio del que extrajo un documento. –Sé de vuestra ambición, la prefectura de París es vuestro sueño y este es vuestro nombramiento –se lo mostró, aunque no le permitió tomarlo. –Solo falta mi firma. Traedme esas joyas y la veréis en él.
Seneca apretó los puños contra sus muslos.
–Como ordene, General –mantuvo su postura firme, pero en cuanto el General Snow cerró la puerta tras de sí al marcharse, tuvo que reprimir una blasfemia.
Maldita fuera, maldita fuera Clove a la que justo había ido a entregar una de las joyas más preciadas por Napoleón. París estaba al alcance de su mano y ella no se lo iba impedir… así tuviera que matarla…
Continuara…
Espero que les gusten estas dos palabras tanto como a mí CAPITULO DOBLE
