CAPÍTULO 34
Se estaba haciendo tarde y estaba cansada. En realidad, no quería estar allí, la mirada de Gloss seguía poniéndola nerviosa y, además, estaba asolas con él.
La noticia de la captura de El Gavilán, de Peeta Mellark había conmocionado a todo el mundo. En el salón principal, todos lo comentaban, sus padres junto con algunas amistades que habían ido de visita y Thresh había corrido a ver a Marvel por si necesitaba de él. Ella necesitaba de él. Se suponía que debía acompañarla cada vez que posara para Gloss y, sin embargo la habían dejado sola con él.
En cierto modo no podía culparlo. Él no lo diría, pero sabía que para Thresh era tedioso pasar aquellas horas sentado, casi una tortura. Gloss ni siquiera la dejaba hablar, así que su prometido se limitaba a observar al artista pintar o a leer un boletín, y siempre en silencio, Gloss se desconcentraba incluso con el sonido de sus pasos si se aventuraba a dar un paseo por la estancia. Por eso no era de extrañar que cualquier excusa fuera buena para eludir aquel compromiso, aunque debía reconocer que lo sucedido era una razón de peso para que Thresh acudiera a apoyar a su amigo. Pero aun así…
Seguramente eran imaginaciones suyas, tal vez se sentía sugestionada por algún motivo que desconocía, o era pura desconfianza y, que de hecho, parecía ser la única en sentirla. Pero entonces, ¿por qué esa aprensión al estar cerca del artista? Y habría jurado que una leve sonrisa se había dibujado en sus labios cuando Thresh le había dicho que se marchaba a ver a Marvel, incluso había percibido un brillo malicioso en sus ojos.
Fuera lo que fuera, en ese instante estaba deseando salir corriendo de aquella habitación y mandar al demonio aquel retrato, aunque, ¿con qué excusa? Quedaría frente a todos como una niña consentida y timorata pues, para ellos era un honor que Gloss la pintara y, sin embargo, para ella era un castigo.
Entonces vio algo que la conmocionó, de hecho, estiró el cuello para tener una mejor visión y asegurarse de lo que estaba viendo. Sobre una mesa, la carpeta con los bocetos de Marco permanecía entreabierta, asomando algunos pliegos. Uno en concreto era el de una mujer desnuda y, lo que espantó a Rue fue que esa mujer tenía su rostro.
No le importó una reprimenda por parte del pintor al perder la postura, Rue se alzó y caminó hacia la mesita para observar mejor aquel boceto.
-¿Qué significa esto? –preguntó ella y Gloss hizo una mueca al sentirse descubierto, aunque ella no apreció ninguna muestra de arrepentimiento en él.
-¿No os gusta? –inquirió con voz pastosa mientras seguía pintando.
-¿Cómo os atrevéis? –le reprendió ella.
Entonces Gloss dejó la paleta y el pincel lanzando un resoplido de hastío.
-No seáis tan melindrosa –la miró con unos ojos que a Rue le dieron pavor, parecía que quería devorarla. –Todas las mujeres de vuestra clase sueñan con un retrato como ése, en el que puedan sentirse como una diosa.
-Yo no deseo tal cosa –se exasperó. –Os estáis confundiendo conmigo, Señor Gloss y creo que jamás os he dado la confianza suficiente como para que os toméis esta libertad –exclamó lanzándole el boceto a los pies.
Gloss se detuvo a recogerlo y Rue comprendió tarde que aquello fue un error, pues le había dado un motivo para acercarse a ella al verlo caminar hacia la mesita y depositarlo allí. Ella dio un paso atrás, rehuyéndolo, pero Gloss la agarró del brazo con brusquedad.
-Os conozco mejor de lo que creéis, Marquesa –le susurró acercando su cara a la de ella.
Rue sintió nauseas entremezcladas con terror al notar su aliento sobre ella.
–Os escondéis detrás de unos ojos lánguidos y una sonrisa inocente –continuó él, -pero mi pincel me permite ver más allá, lo que realmente deseáis –siseaba acercando su nariz a la suya y Rue giró la cara, asqueada, tratando de zafarse de él.
-Soltadme –le pidió, pero él lanzó una desagradable carcajada.
-Y volvéis a hacerlo. Vuestra boca no expresa lo que desea vuestro cuerpo –le decía aferrando su cuerpo entre sus brazos y acercando su cara a su cuello.
Rue no podía creer lo que estaba sucediendo pero el propio miedo le hizo luchar, golpeando su pecho y tirando de sus cabellos. Aquello pareció provocarle aún más porque sonó otra risotada mientras la empujaba con fuerza y la arrastraba hacia el diván. Ella comenzó a gritar, la voz se le rompía a causa del pánico pero puso todas sus fuerzas en gritar y seguir luchando, aunque resultase inútil. Gloss había dejado caer su peso sobre ella, aplastándola, sintiendo las costillas apretando sus pulmones y dejándola sin aire mientras sus manos comenzaban a tocarla con rudeza por encima de aquel maldito tejido que apenas ocultaba su cuerpo.
Jamás se había sentido tan asqueada, tan sucia y tan indefensa. Cuanto más peleaba por escapar de él, golpeando, arañando, más la aprisionaba él, dominándola, mientras sentía su repugnante respiración contra su cara y sus manos encima de sus pechos. Una de sus rodillas intentaba colarse entre sus muslos, para abrir sus piernas y, aunque trató de cruzarlas, él se abrió camino mientras comenzaba también a buscar su boca. En un último arranque de valor, Rue le mordió el labio, haciéndolo sangrar. Gloss lanzó un aullido de dolor pero, lejos de soltarla, la abofeteó. Rue sintió como le estallaba la mejilla, aturdiéndola con el golpe y, aunque siguió retorciéndose y luchando para quitárselo de encima, supo que era el fin cuando Gloss bajó la mano hacia sus pantalones con toda la intención de liberar su miembro.
-¿Qué diablos estáis haciendo? –se escuchó una voz al otro lado de la habitación.
-¡Padre! ¡Auxilio! –gritó ella, removiéndose sin parar.
-Quitad vuestras sucias manos de mi hija -le exigió.
En compañía de algunos de sus amigos, fue hacia ellos para poder liberar a Rue. Su madre, que entraba al final con el resto de las mujeres, corrió a abrazar a su hija que lloraba con amargura y que luchaba por cubrirse en vano con aquella túnica rasgada. Habían acudido con la intención de enseñarles llenos de orgullo a sus amistades el retrato que aquel artista estaba pintando de su hija, sin saber que iban a ser su salvación.
-¡Sois un bastardo! –le gritó el anciano a Gloss que recomponía sus ropas con indiferencia y una sonrisa sardónica y ensangrentada en su rostro.
El Marqués sintió que le hervía la sangre, así que tomó uno de sus guantes y le abofeteó con él. Gloss rió con más ganas que nunca.
-¿Me estáis retando a duelo? –se mofó.
-¡Lleváoslo de aquí! –bramó para que lo escuchara la servidumbre.
-No sois más que un pobre y decrépito anciano y os atrevéis a desafiarme –seguía diciendo sorprendido y sin inmutarse ante las miradas de repudio y condena de los allí presentes.
Los sirvientes llegaron dispuestos a echarlo pero él se lo impidió con un aspaviento, dispuesto a irse por su propio pie. Se paseó de camino a la puerta con andares de suficiencia y desfachatez, un mera provocación.
-¡Mañana al salir el sol, a florete! –le gritó el padre de Rue sin voltear a mirar a aquel ser inmundo.
-Queréis morir temprano –dijo Gloss con una risotada, dejando tras de sí un reguero de desprecio y odio destinado a él.
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Finnick arrugó la nota que una brigada le había entregado. Era de Annie y, por fortuna, había tenido la precaución de entregársela a uno de sus hombres de confianza. De hecho, él tuvo que esperar al cambio de guardia para asegurarse de que no habían ojos indiscretos que lo vieran salir del Fuerte. A pesar de que ya caía la noche, confiaba en encontrarla pues ella, entendiendo la situación, le había dicho que esperaría el tiempo que fuera necesario, resguardada en el bosque.
Cuando la halló, sin embargo, estaba inquieta, con los brazos rodeándose el cuerpo. En cuanto lo vio corrió hacia él y, a pesar de la oscuridad, percibió el brillo de sus ojos alegres al mirar los suyos. Tuvo el impulso de besarlo pero se contuvo al ver su herida.
-¿Estás bien? –pasó sus finos dedos por su labio.
Finnick rió para sus adentros. Ella no podía creer realmente que algo tan insignificante le iba a impedir besarla. Y aunque sí que sintió un ligero pinchazo al hacerlo, su sabor era bálsamo que lo calmaba todo, excepto sus deseos de llevársela lejos de allí. Apretó su delicada figura entre sus brazos y no abandonó sus labios hasta que no sació la añoranza que tenía de ella.
-¿Has tenido problemas por haber dejado ir a Peeta? –le preguntó ella volviendo a acariciar su boca herida.
-No, pero para lo que ha servido -hizo una mueca disgustada. -¿Tú sabes que ha sucedido?
- Katniss se cayó del caballo en la persecución –le explicó. –No sé si lo sabrás pero Haymitch es médico, así que Peeta decidió entregarse para dejarle el camino libre y que pudiera atenderla.
-¿Tan mal está? –preguntó apenado.
-Peeta cree que sí porque se había golpeado la cabeza pero Haymitch nos ha hecho saber que está bien.
-Está escondida –supuso. Annie asintió. –Pues es mejor que lo siga estando, por ahora.
-¿Tú crees que Seneca puede encarcelarla también? –preguntó con espanto.
-De momento no ha puesto mucho interés en buscarla, pero eso puede cambiar. Tampoco sé qué intenciones tendría si la encontrara –exhaló fuertemente. –Tal vez quiera usarla como moneda de cambio y Katniss no debe ni pensarlo siquiera. Tras conseguirla, lo matará.
-Él está…
-Bien, dentro de lo que cabe –la tranquilizó. –Y el hecho de que no se haya desecho de él ya e impedir así que hable aún hace más fuerte mi teoría.
-Finnick, entonces tú… -pronunció con cautela. -¿Tú crees en su inocencia?
-Estoy convencido de que no tuvo nada que ver con la muerte de mis compañeros. El Gavilán no es más que un ladrón –pronunció solemne, viendo el alivio reflejado en la cara de Annie. –Sin embargo, mi convicción no le ayudaría en un tribunal. Y olvidaos de sacarlo de aquí –se adelantó a los pensamientos de la joven. –Es a mí personalmente a quien le han confiado su custodia, de asegurarme de que el Fuerte sea infranqueable.
Annie suspiró como señal de derrota.
-Los muchachos me han prometido que no quieren perjudicarte –le dijo, -pero hay que buscar el modo de salvarlo. ¡Es una injusticia!
Finnick la vio apretar los puños con coraje e impotencia y la abrazó.
-Debo marcharme ya –le anunció él con pesar. –Dadas las circunstancias es mejor no levantar ninguna sospecha.
Annie asintió moviendo la cabeza contra su pecho pero reticente a separarse de él. Finnick deslizó su mano hasta su nuca y le hizo alzar el rostro hasta él para poder alcanzar sus labios.
-Tu beso sabe a despedida –lamentó ella.
-No sé cuándo podremos volver a vernos –le confirmó. –Pero cuando esto acabe, no volveremos a separarnos jamás. Porque aún quieres ser mi esposa, ¿verdad? –dijo en tono de broma.
Ella soltó una risita y se colgó de su cuello.
-Ni te atrevas a dudarlo, Teniente –respondió con su voz cantarina.
-Jamás me atrevería –murmuró antes de darle un último beso.
Nunca le había costado tanto separarse de ella y ciertamente no sabía cuándo podrían volver a reunirse. Saludó al Cabo de Guardia que había en la puerta con un movimiento de cabeza y entró, aunque no se retiró a su habitación, sino que se dirigió a los calabozos. Él se encargaba del prisionero así que a nadie debía extrañarle.
Peeta estaba tumbado en el camastro cubriendo sus ojos con un brazo, sin mostrar ningún tipo de interés por quien entraba. Solo reaccionó cuando Finnick susurró su nombre, incluso su rostro se relajó un tanto al verlo.
-Los grilletes –demandó el Teniente en alta voz, sin duda para que lo escuchasen los dos soldados apostados fuera en la puerta y, por el mismo motivo, comenzó a revisar las cadenas de forma ruidosa.
Peeta lo miraba expectante, sabía que aquella visita era por alguna razón.
- Katniss está bien –le susurró Finnick entonces, de modo casi imperceptible, pero lo suficiente para que Peeta sintiese que le volvía el alma al cuerpo. Únicamente consiguió sacudir levemente la cabeza antes de que Finnick se marcharse, le bastaba la satisfacción de saberlo un poco más tranquilo. Si Annie estuviera en peligro y él no pudiera hacer nada por socorrerla creía que enloquecería de la impotencia, la misma que sentía al ver cómo culpaban de un crimen horrible a un hombre inocente. Si al menos supiese de las intenciones de Seneca…
Decidió hacerle una última visita antes de retirarse para informarle de que todo estaba en orden. Se alegraría de saber que el edificio era una verdadera fortaleza. Se acercaba a la puerta cuando se percató de que no estaba solo y, se iba a alejar para no interrumpir su conversación cuando algo de lo que escuchó se lo impidió.
-Las malditas joyas pertenecen a Napoleón –decía Seneca. -¿Tras matar a los hombres los registrasteis?
-No llevaban ninguna misiva dirigida a vos, Capitán –repuso Chaff, y Finnick tuvo que apoyarse en la pared para asimilar lo que estaba escuchando.
-Ya no importa –continuaba Seneca. –Hay que recuperarlas, como sea, así que necesito tu parte.
-El problema es que ya no tengo las joyas.
-No deberías derrochar –Seneca se permitió ironizar. –Toma, a tus rameras no les importará que se las cambies por estas otras.
Se hizo un silencio. Finnick imaginó que Chaff estaba guardando las joyas.
-Es tu prioridad número uno –escuchó de nuevo a Seneca. –Si todo sale bien, me nombrarán Prefecto de París y puedes imaginar quién será mi mano derecha si eso sucede.
Se oyó un tintineo de copas al brindar y Finnick supo que ya había escuchado suficiente, demasiado en realidad. Atormentado fue hacia su habitación y golpeó con fuerza la puerta tras haberla cerrado, lleno de rabia. No podía decir que no lo supiera, sabía de la culpabilidad de Seneca y Chaff, pero escucharlos hablar así del tema, tan alegremente… Le bullía la sangre golpeándole en las sienes y tuvo que controlarse para no volver sobre sus pasos y arrancarles las entrañas a esos dos. Así sus compañeros serían vengados.
Pero no, la muerte para Seneca sería un regalo, no quería convertirlo en mártir sino castigarlo, de la forma más dolorosa posible. Sabía el modo, ahora más que nunca quería ayudar a Peeta a escapar… pero ¿cómo?
-§-
Lo vio llegar en un estado lamentable y más tarde de lo normal. No era que a Glimmer le importara, si por ella fuera, ojalá que no volviera nunca más, pero estaban hospedados en el Palacio de Delly y le debían respeto y llegar borracho y dando voces no era para nada apropiado.
-Viejo decrépito –parecía decir con voz gangosa y desentonada. –Te atravesaré como a un cerdo.
-¿Se puede saber qué…?
-Ese viejo estúpido -se dirigió a ella ahora, -retarme en duelo a mí.
-¿De qué hablas? –quiso saber, sin entender ni una palabra, en qué nuevo embrollo se había metido esta vez.
-El Marqués Grimaldi ha osado retarme a duelo –espetó con una mueca desagradable en su boca.
-¿Por qué? –se asombró, no sabiendo si de forma grata o no.
-Esa frígida de Rue –lo oyó mascullar mientras revoloteaba por la habitación en busca de una de sus botellas de licor.
Glimmer se horrorizó.
-Haciéndose la remilgada mientras toda ella me provocaba a…
-¿Qué le has hecho? –sintió que el aire se le atoraba en la garganta.
-Por desgracia nada –se miró las manos encogidas en forma de garra, -pero ya la tenía…
-¡Eres un monstruo! –gritó Glimmer si poder creer lo que Gloss estaba dándole a entender. -¿Cómo has podido hacer algo así?
-¿Y tú lo preguntas? –se burló con descaro. –Tú mejor que nadie conoces mis miserias, y lo peor de todo es que la has soportado –la miró de arriba abajo, con asco, como si le repugnara lo que veía. – ¿Creías que eso te convertiría en una buena esposa? Soportando mis vejaciones y maltratos día tras día.
Glimmer sintió una mezcla de rabia y vergüenza que le subía hasta las mejillas. Que él se regocijara en sus abusos como si aquello fuera un orgullo la enfermaba, pero más la mortificaba saber que él tenía razón, que había consentido su maltrato como si creyera que no merecía algo mejor, como si luchar contra él fuera en vano.
-Pues sabes algo –continuó él con lo que parecía su siguiente tortura, -tu belleza me hastió hace mucho tiempo, inútil, pues ni siquiera me ha inspirado a pintarte ni una sola vez. Sí –se recreaba en sus palabras mientras se acercaba a ella, amenazante, -eres inútil, toda tú, una mujer vacía y hueca. Aunque ni siquiera eres una verdadera mujer, incapaz de engendrar un hijo…
-¡Sí lo soy! –gritó ella incapaz de soportar aquella farsa por más tiempo, con los puños cerrados por la ira y el odio. –Estoy embarazada y puedo asegurarte que no de ti –prosiguió mientras veía que a Gloss se le desencajaba el rictus. –Tu mala semilla jamás podría engendrar un hijo.
-Zorra –escupió él, comenzando a ir hacia ella, con los brazos extendidos y las manos en forma de arpones mortales.
No obstante, en esta ocasión, Glimmer no se amedrentó y huyó de él, tomando de una mesita, como si de un cuchillo se tratase, una de las puntiagudas espátulas que Gloss utilizaba para el óleo, protegiéndose, apuntando hacia él, quien se detuvo.
-Se acabó, Gloss –le advirtió ella. –Esa mujer sin orgullo que te era tan fácil pisotear ya no existe.
Su marido lanzó una risotada como respuesta.
-Más fácil que a un insecto –dijo entre dientes y dio un paso al frente, amenazándola.
Glimmer tragó saliva pero no bajó él filo. Se lo clavaría hasta el fondo si era necesario pero rezaba para que no se acercara más, aunque lo hacía, un paso, y otro más, con la boca retorcida y la mirada endemoniada, inyectada en sangre.
-¡Deteneos! –se escuchó detrás de él la voz de Delly que entraba con algunos criados.
Glimmer corrió para salir del alcance de Gloss y, aunque él sí trató de interceptarla, un par de hombres lo agarraron fuertemente evitándolo.
-Tengo que invitaros a que os marchéis –le anunció Delly alzando su barbilla con seguridad y desdén. –En mi casa no son bien recibidos ni los maltratadores ni los violadores y vos sois ambas cosas por lo que acabo de comprobar. Aseguraos de que no vuelva a poner un pie aquí –les indicó Delly a sus hombres.
-Maldita –farfullaba él, forcejeando mientras lo arrastraban, tratando de escapar, aunque en vano. –Malditas ambas.
-Adiós, Gloss –le dijo Glimmer con toda la tranquilidad que le daba el ver que lo alejaban de ella. -Te deseo la peor de las suertes en el duelo de mañana –sentenció.
Y tras tanto tiempo se sintió liberada, por fin.
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Apenas despuntaba el alba pero ya se dirigían a aquel claro donde tendría lugar el duelo. En el silencio de la carroza, Thresh observaba al Marqués, sentado frente a él, con la mirada perdida. Parecía haber envejecido varios años en aquellas pocas horas transcurridas, y no era para menos.
Nunca hubiera imaginado lo que había sucedido en su ausencia. Cuando había vuelto de visitar a Marvel se encontró con la vida de aquel palacio vuelta del revés, al igual que la suya. Gotas de rabia iban llenando una a una su alma mientras Rue le narraba lo sucedido, echada en la cama, con el espíritu roto y el rostro empapado de lágrimas y vergüenza. Como si la culpa hubiera sido suya… No, la culpa era de él, por haberla dejado sola. Casi no se atrevía a tocarla atenazado por la culpabilidad pero ella se había refugiado en sus brazos en busca de su consuelo y de un amor que nunca la censuraría por lo ocurrido.
Ese maldito… y él se sentía tan impotente…
Como si no fuera suficiente lo que le había sucedido, Rue había tomado sobre sus hombros la pesada carga del destino de su padre. Ella había tratado de persuadirlo para que cancelara aquel duelo, si le ocurría algo no iba a poder soportarlo pero él había insistido, alegando que una afrenta semejante no podía dejarse pasar por alto, y tras eso, se había girado hacia Thresh para pedirle que fuera su padrino.
Y ahí estaba, acompañándolo en aquel viaje y deseando con todas sus fuerzas ocupar su lugar para tener la oportunidad de atravesar a ese bastado con su espada.
El traqueteo de la carroza disminuyó, estaban llegando. Al bajar comprobaron que no habían sido los primeros. Los jueces ya aguardaban en el claro, al igual que Gloss y otro caballero al que no conocía, pero que supuso sería su padrino.
Al verlos llegar, una sonrisa socarrona se dibujó en labios del pintor y caminó hacia ellos con seguridad, aunque parecía que tampoco había pasado muy buena noche. Iba sin afeitar, con el cabello cayéndole a cada lado del rostro como desmadejadas greñas y la camisa por fuera del pantalón.
-Conde Orsini –canturreó con mofa mirando a Thresh. -¿También habéis venido a divertiros?
Thresh quiso ir hacia él pero el padre de Rue se lo impidió.
-Sí, sí, hacedle caso al Marqués –siguió burlándose. –No sea que os hagáis daño y se quede sin un buen partido para su niñita y para su bolsillo.
-¿Cómo os atrevéis? –exclamó el Marqués, a lo que Gloss respondió con una risotada.
-No seáis hipócrita. Por todos es bien sabido que habéis vaciado vuestras arcas a base de vino y naipes.
-Malnacido…
Ahora fue Thresh quien tuvo que detenerlo a él haciendo que su impulso provocara que Gloss riera aún con más fuerza.
-¿Pero os habéis visto? –miró al anciano con desdén. -No sois más que un viejo ridículo con ínfulas de…
Gloss no continuó con su perorata al ver como el anciano caía como fulminado al suelo, con la mano en el pecho y sin apenas poder respirar. Los jueces corrieron a socorrerlo mientras Thresh le desabrochaba la casaca. Y Gloss no podía parar de reír.
-Parece que es el corazón –dijo uno de los jueces.
-Estoy bien –decía el Marqués casi sin resuello y queriendo levantarse, aunque no se lo permitieron.
-No podéis seguir. Debería atenderos un médico.
-Esto ha sido demasiado fácil –se congratuló Gloss mientras se sacudía las mangas. –Me ha sabido a poco –comenzó a alejarse.
-No tan rápido –se puso Thresh en pie.
-No estaréis insinuando que vais a ocupar su lugar, ¿verdad? –se mostró más que sorprendido pero pronto volvió a enmascarar su semblante con ironía.
-Soy su padrino, así que…
-¿Y os creéis capaz de restaurar el honor mancillado de vuestra prometida? –se rió. -¿Un Conde que vive en el campo sabe distinguir un florete de un cerdo?
-Enseguida lo sabremos –masculló alzando la barbilla.
Uno de los jueces se apresuró en acercarse y les ofreció sendas armas. Gloss comenzó a sopesar el florete y a mirar a Thresh con superioridad, quien se limitó a esperar su ataque, en guardia.
Gloss no se hizo esperar y atacó con ímpetu y toda su ironía convertida en rabia, pero Thresh no se amedrentó, se limitó a responder a sus lances, retrocediendo pero sin terminar de cederle terreno. Gloss tal vez podía manejar sobradamente la espada pero no era un buen estratega y Thresh no tardó en notarlo. Con cada ataque que el artista lanzaba parecía que su ánimo se henchía, dándole mayor seguridad y haciéndole también más descuidado mientras Thresh se mantenía firme y alerta. En cierto momento el joven hizo una floritura con su muñeca que sorprendió a Gloss y que le hizo retroceder y comenzar a caminar alrededor de él con cierto nerviosismo. Thresh decidió entonces dejarle hacer, que volviera a coger confianza, así que le permitió atacar de nuevo.
Tal y como imaginaba, Gloss no tardó en reforzar su postura, o eso creía él, porque no tardó en cometer un error, único y letal. Descuidó uno de sus flancos y Thresh lo aprovechó para alargar su brazo y atravesarlo con el florete. Profundo carmesí comenzó a brotar de su pecho tiznando la impoluta camisa blanca. Gloss quedó inmóvil, con la boca abierta en forma de mueca, con sorpresa y humillación, y que se crispó cuando Thresh retiró el filo.
El pintor se llevó las manos al pecho mientras caía de rodillas, mirando su torso ensangrentado. Alzó la mirada hacia Thresh, seguro con alguna de sus soeces elocuencias en la lengua, pero no tuvo resuello para decir nada. Simplemente se desplomó.
-§-
Había sido el amanecer más hermoso de toda su vida. Apenas recordó dónde estaba cuando abrió los ojos mientras sentía un peso sobre su pecho. Había alargado la mano para tocar entonces el cabello de Johana y su corazón comenzó a latir con fuerza al ser consciente en ese instante de lo que había sucedido la noche anterior. Aún se le escapaba algún suspiro de vez en cuando al sentirla tan cerca, montada en su caballo tras él, con sus brazos rodeando su cintura. Le hubiera encantado pasar el día entero con ella, encerrados en la tranquilidad de su habitación, pero Annie había venido a traerles noticias y, con ellas, la vuelta a la realidad.
Cabalgaban despacio y en silencio por una casi invisible senda que recorría el bosque. Todo parecía muy tranquilo pero cualquier precaución era poca. No tardaron en llegar a casa de Johana. Cato desmontó y tomó a Johana por la cintura para ayudarla a bajar. Le fue imposible resistirse a la cercanía de sus labios y la besó. Ella le sonrió, mordiéndose el labio entre tímida y coqueta y él deseó que el mundo a su alrededor desapareciera y no tener mayor preocupación que besar su boca hasta robarle el aliento. Le tomó la mano y caminaron hacia la casa. Muy despacio, entraron, tratando de no hacer mucho ruido con tal de no molestar a Katniss. De hecho, encontraron a Haymitch en la cocina, preparando lo que parecía una tisana. No le pasó desapercibido que los jóvenes caminasen de la mano pero se limitó a sonreír para sí mismo.
-¿Habéis tenido problemas para llegar aquí?
-Está todo muy tranquilo, demasiado –le hizo saber Cato su inquietud.
-Esperemos que siga así.
Haymitch cogió tres jarras y sirvió, invitando a la pareja a sentarse a la mesa con él.
-Conseguimos hablar con Marvel –le contó la muchacha.
-Lo sé. Vino anoche a ver a Katniss.
-¿Ha recuperado la consciencia?
Haymitch negó con la cabeza.
-Pero no creo que tarde mucho más.
-Annie ha venido al mesón hace un rato –continuó ahora Cato. –Ella se acercó anoche al fuerte.
-Eso es muy peligroso –Haymitch se removió molesto en la silla.
-Necesitábamos saber algo de Peeta –le recordó. –Y quien mejor que ella que puede hablar con Finnick.
-Y yo te recuerdo a ti que él lo dejó escapar. Lo que menos le conviene es tener a Annie rondándole porque como Seneca tenga la mínima sospecha sobre él, le hará compañía a Peeta.
Cato y Johana compartieron una mirada de culpabilidad y guardaron silencio.
-¿Él… está bien? –preguntó Haymitch finalmente demostrando con la ansiedad de su voz lo importante que era que así fuera.
-Finnick se encarga de su seguridad –Cato hizo una pausa, -en todos los aspectos.
-Eso es bueno –concordó Haymitch.
-Sí, claro, lo mantendrá vivo pero será imposible liberarlo –resopló contrariado.
-Algo se nos ocurrirá –le pidió calma. –Al menos no hay todavía una sentencia dictada.
-Y Finnick cree que es porque…
De pronto se escucharon gemidos en la habitación de al lado, donde descansaba Katniss. Los tres acudieron con premura y Haymitch se acercó a la cama. La joven movía la cabeza de un lado a otro, frunciendo el ceño, con los ojos aún cerrados.
- Katniss –le susurró tocando su mano. –Despierta.
Lentamente Katniss abrió los ojos, parpadeando varias veces al molestarle la luz de la mañana.
-¿Qué…? ¿Dónde estoy?
-Tranquila –la calmó, sabiendo que sería muy difícil hacerlo cuando supiera lo ocurrido. –Estás entre amigos.
Ella comenzó a mirar a su alrededor y tuvo el impulso de incorporarse, llevándose una mano a la cabeza al sentir un fuerte pinchazo en la sien.
-No te levantes –le pidió Haymitch con suavidad. –Has estado inconsciente todo el día de ayer.
-¿Inconsciente? –preguntó confusa, pero de súbito sus ojos se abrieron de par en par. -¿Dónde está Peeta? Yo… el caballo… -comenzó a recordar.
-Escúchame –Haymitch le impidió de nuevo que se levantara. –Él está bien…
-¡No! –negó ella dejando caer su cabeza y ocultando su rostro sobre la almohada. No quería escuchar nada más, no lo necesitaba para saber de sobra lo que había ocurrido. Sintió como las lágrimas escocían en sus ojos mientras un dolor profundo se le instalaba en el pecho. Y deseó volver a estar inconsciente, no volver a despertar hasta que no acabara aquella pesadilla.
Continuara…
Espero que les hayan gustado los dos capítulos… y que algunas cosas hayan quedado resueltas:
Las verdaderas intenciones de Gloss y que al final recibiera su castigo pues en mi opinión se lo merecía por haber sido un cerdo y que bueno que Glimmer saco valor y se defendió no solo a ella sino al bebe que es fruto del amor entre ella y Marvel.
Que la relación de Cato y Johana se haya consolidado, apropósito ¿les gusto su primera vez?
Que Finnick finalmente descubrió lo que realmente les paso a sus compañeros, ¿ustedes creen que vaya hacer algo para liberar a Peeta?
Bueno no siendo más me despido y no se preocupen actualizare lo más pronto posible
Agradecimientos:
Hoy agradeceré a todas mis lectoras, a las que dejan sus comentarios, a las que agregan la historia a favoritos o en alerta y a las que me agregan como su autora favorita Muchas Gracias las quiero
