Bueno, sé que tengo otros dos fics que esperan ser actualizados, pero justo en este momento sólo me venía la inspiración para hacer éste en concreto. Además, estaba deseando que viéseis cómo avanza la trama. Como podréis comprobar a medida que leáis, habrá un intervalo de tiempo entre el prólogo y la actualidad muy grande, concretamente unos 10 años, en los que nuestro pequeño se ha vuelto todo un hombretón.
Para saber qué es lo que pasó en esos 10 años tendréis que continuar leyendo, jsjs
Y sin más demora, os dejo el cap.
Un beso ^^
Las puertas de la habitación se abrieron con un potente golpe proveniente de la ágil e impresionante cola de tonalidades rosa, que irrumpía en lo que parecía ser una de las habitaciones más acomodadas de palacio.
Sin embargo, a pesar de quien fuese el poseedor del dormitorio, parecía que hubiese pasado un torbellino por allí.
El rey suspiró agotado tanto física como mentalmente. Estaba hasta las pelotas de cuidar a ese mocoso con las que solía liar. A veces se veía tentado de abandonar su promesa y dejarle a ese crío todo el trabajo, seguramente no aguantase al mando de toda la ciudad ni dos días.
Doflamingo creyó que podría explotar cuando vio que la habitación estaba llena de las marcas de unas pezuñas muy particulares. Había vuelto a meter a Bepo en la habitación.
-¿Ha vuelto a colar a Bepo por la ventana? –Preguntó una voz desde su espalda, que parecía que acababa de llegar y, aparte de con sorpresa, habló con suavidad y serenidad.
-Le dije hace años que no puede traer a ese rey marino al palacio. Pero no, él tiene que hacer siempre lo que le da la gana… -Replicó rápidamente Doflamingo, colocándose con el dedo índice sus gafas de sol naranjas. Se agachó para recoger una de las cosas que por el suelo había tiradas: el medallón dorado con el símbolo de la familia real. Eso sólo le daba más ganas de cabrearse, pero sabía que no le serviría de nada.
-Sabes que no le gustan las órdenes. –Volvió a justificar aquella voz, ahora adelantándose un poco al rey y entrando dentro del cuarto para ver detenidamente el estropicio.- De todas maneras sabes que está nervioso, y Bepo es su único amigo. Deberías ser más permisivo con él. Desde que le contaste lo de la coronación no ha podido parar quieto.
-No quiere ser rey, pero es su responsabilidad. Es el que tiene que continuar con el linaje de sus padres. –Dijo alzando el medallón para que el otro individuo presente pudiese observar con detenimiento qué había estado en el suelo durante la "batalla campal".
-Dale tiempo, Doffy. –Cogió con mimo el colgante que el mayor portaba en la mano, quitándole algo de suciedad que probablemente había causado el rey marino al entrar en ese pequeño cuarto.- Es todavía un niño.
-Deja de consentirle. –Esta vez, la réplica sonó fuerte y capaz, digna y temeraria como la de un auténtico rey.- En una semana cumplirá por fin la mayoría de edad, y podrá subir al trono como le prometí a su padre.
-Su padre está muerto. –Aquella voz, antes suave, se había tornado un poco a la defensiva. Hablar de esas cosas con Doflamingo le ponían nervioso, porque la simple idea de que el príncipe estuviese cerca y les escuchase le alteraba de incontables maneras.- ¿Te has parado a preguntarle qué es lo que quiere él?
-Claro que lo sé. –Ante esto, el otro pareció retroceder y mirar al rey con algo de fascinación.- ¿Acaso crees que no sé qué es lo que sucede en mi palacio? ¿Crees de verdad que no sé cuándo se escapa para mirar hacia arriba y tentar a su suerte? No me vuelvas a subestimar, hermano.
Y con eso, Corazón pareció darle la razón al mayor y agachar la cabeza.
No con eso le daba la razón, pero sí que era cierto que era la responsabilidad del menor el serenarse ahora que iba a hacer los 18. Tenía que aprender en una semana demasiadas cosas que no habían conseguido enseñarle en todos esos años. Ni por las buenas, ni por las malas.
Los pequeños desfases de enfado de Doflamingo tampoco ayudaban. Aunque sabía que su hermano quería al niño como si fuese suyo propio, también era muy cabezota. Ambos lo eran, y sus personalidades no paraban de chocar una y otra vez. Era entonces cuando el rey le lanzaba órdenes molestas que el príncipe con todo su burlesco ingenio rechazaba sin quedar como un grosero.
Para algo que se le daba bien, pensó entonces el menor de los hermanos.
Como el canguro del niño durante todos esos años, tenía también un deber.
Tenía que hacer entrar en sus cabales al príncipe de una vez para que dejara de hacer todas aquellas tonterías, porque apostaba su cola entera a que lo de Bepo había sido todo un derroche de rebeldía repentino por lo que iba a suceder la semana que viene.
Bueno, pensó Corazón, abriendo aquella bonita ventana del torreón decorada con precioso coral grisáceo y pequeñas piedras de ámbar marino, al menos sabía dónde debía mirar.
Agitó todo su cuerpo en un estremecimiento de la marea, en el cual se impulsó desde las profundidades del océano para mover a toda velocidad su miembro escamoso y salir en búsqueda del príncipe fugado.
Más valía que esta vez hubiese preparado un discursito para minar su molestia por sus actos.
Tras horas sin parar de dar vueltas, su cuerpo lentamente fue cayendo como un bloque de plomo hacia el terso fondo marino, donde aquella finísima arena le acariciaba toda la piel y las escamas de la cola. Se giró suavemente con una pequeña sonrisa, sin querer aún abrir los ojos.
Estaba realmente agotado.
Al ser el mejor nadador de todo el palacio, se podía permitir excesos tales como nadar sin parar durante horas y hacer peripecias y acrobacias subacuáticas con aquel enorme rey marino que tenía todo el aspecto de un oso polar, con su pelo suave y blanco y aquellos enormes ojos negros que le miraban sin descanso.
Admiraba a Bepo.
Era como su mejor amigo, y desde que se conocieron de niños no ha podido jamás separarse de él.
Una enorme lengua, a la altura del fondo también, empezó a lamerle con ansias toda la cara, pringándole con aquellas babas que el agua ayudaría a quitar.
El príncipe, lejos de enfadarse, dejó escapar una risa tan suave como la espuma de las olas y extendió los brazos para rodear el cuello del rey marino, enterrando su cara en el lomo del animal. Como respuesta a aquel abrazo, el oso se tumbó sobre la arena para que pudiese acurrucarse junto a él y no separarse, como llevaban haciendo desde pequeños.
Law entrecerró los ojos y apretó sus brazos en torno al animal.
El corazón, sin previo aviso, había vuelto a latir con fuerza consiguiendo hacerle temblar.
No era un miedoso, en absoluto.
Pero ser el rey era algo para lo que no estaba preparado.
Apoyó la cola sobre la arena para quedar sentado sobre esta, mirando a aquellos ojos negros que le miraban y le cuidaban de cerca.
-Pase lo que pase siempre estarás aquí, ¿verdad?
El rey marino entendió todas y cada una de las palabras y rugió juguetón, incorporándose para lamer de nuevo al joven príncipe.
-Sí, sí, lo sé. Yo también te quiero.
El oso, contento, se dejó caer de nuevo sobre la arena apoyando ahora la cabeza sobre la cola del joven príncipe, una preciosa cola engarzada con escamas grises de diferentes tonalidades que recordaba con toda seguridad a un hermoso día encapotado.
Sus ojos metálicos seguían sin cesar el vaivén de aquella cola que el animal no podía parar de mover. Soltó un profundo suspiro de su garganta y se dejó caer de espaldas sobre el albedo marino.
-¿Te diviertes?
El respingo que el moreno tuvo que dar para no denotar sorpresa en su rostro fue enorme. Se incorporó a toda velocidad a la vez que aquella voz que tanto conocía cada vez sonaba más cercana.
-Debería darte vergüenza tener el cuarto así. Doflamingo está bastante enfadado contigo. Más que el dormitorio de un futuro rey parece un banco de sardinas.
El oso polar pareció contento ante el chiste, pero al poco se dio cuenta que no era momento para reírse, por lo que agachó la cabeza apenado asumiendo también responsabilidades ante aquella pequeña reprimenda.
-Cora-san, eres tú. –Rotó los ojos el moreno, dándose por vencido. Últimamente, cada vez que iba a hablar con él sólo era para recordarle todas sus responsabilidades como futuro rey y ya adulto que era. Había pasado demasiado tiempo desde los tiempos gozosos, donde reían y jugaban con una sonrisa en la cara. No le importaba el cambio que hubiese creado esa atmósfera tensa con el que consideraba su padre: sólo sabía que cada vez le agradaba menos verle asomar por el pasillo, porque sabía las intenciones que traía.
-No me mires así, jovencito. Sabes que-
-Sí, lo sé. Haces todo por mi bien. –Su tono de voz parece más un insulto que cualquier otra cosa, dándole la espalda para intentar ignorarle. Con suerte, si le dejaba de hacer caso, acabaría por cansarse e irse.- Estás deseando que coja el trono, como Donquixote-ya.
El rubio, sintiéndose algo atacado, resopló con fiereza intentando controlar los nervios.
-Pareces un niño, Law. Tú nunca has sido así. –Se acercó por la espalda al menor, pero al darse cuenta de que cuanto más avanzaba más tenso se ponía, antes desistió de intentar abrazarle.- Sé que es difícil para ti, pero llevas la sangre de los reyes. Tienes que asumir tus responsabilidades.
-Estoy tan harto de obligaciones como de responsabilidades.
Eso fue lo que colmó el vaso. Prácticamente le hizo desbordar toda el agua contenida, irónicamente.
-No es mi culpa que seas el heredero. ¿Qué quieres que haga? ¡Estoy haciendo todo lo posible para interceder por ti, Law! ¿Es que no te das cuenta?
-Si lo estuvieses haciendo de verdad habrías convencido a Doflamingo. –Sus cabellos negros se revolvieron bajo la sal marina cuando reusó con la cabeza, negando lo evidente. No quería hablar más de eso. Sentía la relación entre su cuidador y él tan tirante desde el asunto del trono que no soportaba regañar con él. Sabía que el que no se estaba comportando como debía era él, pero por más que intentaba poner orden en su cabeza su corazón gritaba otra cosa muy diferente.
-No seas tonto. Sabes que no es cierto. Law… -Ahora sí, arriesgó a poner sus pálidas manos sobre los hombros tostados del menor, intentando hacerle entrar en razón.- No puedes huir para siempre de tu destino. Llegará un momento en el que te tendrás que sentar en el trono y guiar a tu pueblo a un futuro próspero. ¿No te hace feliz?
Sus ojos se cerraron durante unos segundos y después se dio la vuelta para mirar a Corazón con los ojos expulsando cientos de estelas húmedas, no queriendo asimilar todo aquello que dice.
¿Por qué le pregunta si le hace feliz si sabe la respuesta?
-Eres estúpido.
El oso polar pareció enfadarse al ver el estado anímico del príncipe, e irrumpió en la conversación con un gruñido de advertencia. Colando su peluda cabeza bajo uno de los brazos del moreno, esperó a que éste le agarrara bien del pelaje para poder salir nadando a toda velocidad lejos de allí.
-¡Espera, Law, yo no quería…! –Estiró una mano hacia el horizonte, donde aquellos hermosos brillos grisáceos que generaban la cola del príncipe al contacto con el sol se perdían lentamente hasta engullirse en la oscuridad.
Corazón bajó la mano completamente afligido y se la llevó al pecho, donde latía rápidamente aquel músculo que parecía haber olvidado usar.
-Lo siento mucho... -Murmuró antes de darse la vuelta, sintiéndose un fracaso.
Tanto como canguro como de padre.
Ojalá eso no estuviese pasando, y el rey anterior a Doflamingo siguiese vivo.
Ojalá la guerra no se hubiese llevado su alma.
O al menos, ojalá Law no tuviese que pasar por todo aquello por lo que no quería.
Ahora sólo le quedaba volver a palacio para contarle a Doflamingo el nuevo error. Para enfadarle de nuevo y tener que aguantar el humor de su hermano un día más.
-Bepo… -jadeó en cuanto vio que se habían alejado demasiado.- Bepo, espera… Para de una vez… -volvió a jadear. Su cola le pegaba unos tirones muy fuertes cada vez que la agitaba para seguir nadando. No sabría decir hasta dónde le había arrastrado el rey marino, pero tenía por seguro que eso estaba completamente fuera de las leyes del reino. Por no decir que estaban en un reino diferente.
Desde luego, el fondo del mar desde aquellos ojos se veía completamente turbio y agitado. Bastante desagradable para un joven que no había visto nunca ese tipo de estructuras sobre el lecho marino.
Cientos de barcos y cofres destrozados por todas partes, y entre medias, una centena de esqueletos de ballenas azules.
Un sitio escalofriante cuanto menos.
El oso polar nadó un poco más allá de lo que se podía permitir ya, dado que la zona a la que habían entrado era una zona cuanto menos peligrosa.
-¿Dónde me has traído? –Preguntó el príncipe, dejándose mecer por la corriente marina sin mover un músculo. De nuevo, dejó que el mar le colocase donde más le placiese, dejando descansar su espalda contra una enorme columna vertebral perteneciente al cadáver de un animal.
No era tan cómodo como descansar sobre cualquier otra superficie mullida, pero al menos le salvaba por el momento. Sólo necesitaba unos minutos para que el pequeño dolor en sus músculos aminorase la marcha durante un rato, para poder nadar de vuelta a palacio y encerrarse en su habitación hasta el día de la coronación si era necesario.
Miró hacia la superficie con algo de nostalgia, sintiendo en su pecho como la sal rabiaba a aquella herida profunda que aún tenía en su corazón. No podía olvidar a todos aquellos que le habían contado acerca de la superficie.
Con la mayoría de edad, todos subían a mirar, y él era siempre el que se quedaba esperando como un idiota a que le contasen todas aquellas historias tan apasionantes.
Contaban que fuera del mar había una manta azulada que por la noche se colmaba de estrellas. Contaban que, por el día, el sol se alzaba en todo su esplendor en mitad del mismo, con unos hermosos tonos azulados y unas esponjas de color blanco, tan puras como el corazón de un niño. Decían también que, cuando esas esponjas se ponían tristes, comenzaban a llorar y emanaban agua que empapaba la superficie del mar así como la tierra que nunca podrían reinar.
Que los seres humanos viajaban en enormes navíos como los que tenía a su alrededor para creerse los reyes de los siete mares.
Es completamente absurdo creerse rey del mar cuando sólo puedes habitar la superficie del mismo, pensó para sí con una sonrisa.
Pero, a pesar de que almacenaba en su cabeza todos aquellos recuerdos de lo que los demás le contaban, él quería sus recuerdos propios. Anhelaba con todas sus fuerzas volver a subir, como hizo cuando sólo era un niño.
Y mirar hacia aquellos pozos de oro gentiles y cálidos.
A veces, cuando cerraba los ojos y se concentraba lo suficiente podía verlos.
A pesar de que hubiesen pasado lo menos 10 años.
La inocencia de su niñez le había vuelto un ciego y un estúpido. Si tuviese en aquel entonces la cabeza que tiene ahora, no le hubiese contado a Padre todo lo que sucedió cuando era niño y había realizado aquella expedición prohibida. Porque quizá, si no lo hubiese contado, podría haber cumplido su promesa de volver al día siguiente a verle.
Su pequeño cuerpo nadaba sin descanso, teniendo algo de miedo por mirar atrás. Si lo hacía podría encontrarse algo que le asustase, y no estaba dispuesto. A pesar de tener 8 años se consideraba muy valiente, por lo que nadaba sin parar ni un segundo.
Ya divisaba el palacio muy a lo lejos, y su sonrisa empezó a crecer desmesuradamente.
¡Ya se veían a las cortesanas nadando en círculos con los hijos de los criados, en una danza infantil que hasta él se sabía de memoria!
¡Ya podía ver el hermoso coral que decoraba todas las paredes de roca del palacio, con enormes bancos de peces nadando alrededor de los torreones y las almenas!
Podía ver a los soldados, entrenando en uno de los patios exteriores usando armas de todo tipo, con aquellos hermosos cristales colgando de sus cascos.
Podía ver al general y al comandante discutiendo sobre cosas que probablemente no mereciesen la pena.
Podía sentir el ambiente hogareño de su ciudad.
Estaba completamente a salvo ahora.
Con un último esfuerzo, realizó el último movimiento de su cola para poder colarse por una de las puertas traseras para entrar a aquella enorme infraestructura, mientras daba vueltas sobre sí mismo. Esquivó airoso uno de aquellos caros tapices que a Padre le encantaban, sabía que si se lo cargaba iba a tener un castigo muy severo.
-¡Paso! –gritó el menor cuando se coló entre los oficiales que guardaban la puerta a la sala del trono, esquivando sus lánguidas manos, esas que intentaban cazarle siempre que podían.
Su pequeño cuerpo pareció revolotear sin descanso en el interior de la señorial sala del trono, donde el rey le miraba con seriedad pero sin perder aquel afecto en su mirada por su pequeño hijo. Antes de que su padre pudiese detenerle, el pequeño ya se había tirado a sus brazos para hundir la cara en su pecho fornido y corpulento, siendo rodeado casi al instante por aquellos brazos protectores.
-¿Qué haces aquí? ¿No deberías estar en clases de esgrima? –Pregunta rápidamente aquel hombre de cabellos negros y canos, con una pequeña barba que le daba ese toque serio y poderoso del que sabe que puede presumir. Dio una palmada al niño para que se separe.
-Sí, pero… -Se toqueteó las manos nervioso por la confesión que iba a hacer, sabiendo que en parte había actuado muy mal. Pero cree que la noticia que tiene que dar es maravillosa.- Padre, no he ido a clases porque… me he escapado.
-¿Escapado? –Preguntó sin entender el adulto, apoyando la mejilla sobre su mano, cuyo brazo estaba usando el reposabrazos del trono.
-Sí, a la superficie.
El rey casi delira de enfado. Dio incluso un respingo sobre su real asiento para mirar a su hijo casi sin creérselo.
-¿¡Cómo has dicho!?
-¡No, Padre, espera! –Detuvo al mayor poniendo ambas manos delante de su enclenque cuerpo, dando a entender que tenía que aguardar a la mejor parte de la historia.- ¡Tienes que escucharme! Pasó algo…
-¿Algo como qué? –Su padre alzó una ceja completamente incrédulo, mientras barajaba ya los posibles castigos para Law por desobediente. Sin embargo, había conseguido templar algo sus nervios.
-Fue… -El pequeño, con una sonrisa amable, agachó la cabeza sin saber cómo empezar.- He conocido a otro niño… de los de ahí arriba.
La cólera de su padre pareció que sólo iba en aumento, porque el mismo agua que rodeaba ambos cuerpos empezaba a estar bastante caliente y densa.
El pequeño se sintió desfallecer un poco, sin embargo, aunque sus ojos mirasen al adulto con miedo, eran sinceros.
-Las historias mienten, Padre… el niño que he conocido era muy amable, y me salvó la vida. No son tan horribles como en los cuentos que siempre me has narrado. Quizás, podríamos…
-¿Podríamos qué? –El pequeño, al escuchar aquella pregunta, se sintió completamente descolocado.-
-P-Podríamos…
-¿¡Qué podríamos!? ¿Entablar amistad con esos seres? ¡Es que has perdido el norte o qué!
Ante aquel potente grito, el niño terminó de encogerse sobre sí mismo ante el poder que emanaba aquella profunda y áspera voz.
-¡No son seres amables que quieran ser tus amigos, Law! ¡Son bestias que aprovecharán la mínima oportunidad para hacerte pedazos o venderte en una subasta! ¡Ya no tienes 5 años, maldita sea!
-P-Padre…
El rey, terminando de enfurecer, blandió su legendario tridente sobre el agua que tenían sobre sus cabezas, haciendo que el mismo se iluminase para conjurar y perjurar que cumplirá con la amenaza que piensa hacer a su hijo.
-¡Si vuelves a subir a la superficie sin mi permiso, juro que vas a arrepentirte!
-¡Pero…!
-¡FUERA DE MI VISTA!
Sus ojos grises temblaban con fuerza mientras se abrazaba a sí mismo, sintiéndose pequeño escondido tras una de las enormes columnas de cuarzo que decoraban la sala del trono. Gimoteó sintiendo su pequeño corazón romperse antes de nadar a toda velocidad y salir de allí cuanto antes, conteniendo las lágrimas que se querían derramar tanto por miedo como por rabia.
Padre nunca le escuchaba.
Él no tenía la culpa del accidente sucedido hace 4 años con Madre.
Era culpa de los seres humanos.
Pero estaba convencido de que no todos eran malos como su Padre quería hacerle entender.
Ese niño de cabellos rojos le había salvado sin esperar nada a cambio.
Cerró con un aleteo de su cola la puerta de su cuarto, en uno de los torreones más altos del palacio. Y allí se derrumbó pensando que jamás podría cumplir su promesa silenciosa.
Sabiendo que el pelirrojo pensaría que no había querido verle.
Se tapó su cara sonrojada por las lágrimas con sendas manos, intentando desaparecer por lo menos durante unas horas hasta la cena.
El enorme lametazo proveniente del rey marino en su mejilla se hizo despertar de nuevo.
¿Se había quedado dormido como un niño?
Se llevó una mano a la cabeza, que parecía querer estallarle de un momento a otro como una bomba de relojería.
¿Sería muy tarde? El sol parecía estar poniéndose al otro lado de la barrera marina, donde el cielo era azul y el viento soplaba.
Seguramente en breve sería de noche.
Agitó su cola para levantarse de allí y mirar bien a su alrededor, notando un molesto dolor en su extremidad.
Tenía agujetas. Genial, simplemente fantástico.
Lo que más le podía joder allí estaba.
Puede que hubiese discutido con Corazón, pero tampoco tenía planeado preocuparle mucho. Maldición, esperaba que no hubiese desaparecido durante demasiado tiempo.
Miró al oso polar que nadaba a su alrededor en círculos, volviéndole a lamer. Parecía muy ansioso.
-¿Qué sucede, Bepo?
El rey marino volvió a rugir y a gruñir, moviéndose de manera agitada a su alrededor sin descanso.
-Me estás mareando, ¿Qué es lo que te pasa?
El animal se acercó al príncipe para darle con el hocico en el mentón, intentando que alzara la vista.
-¿Es que tienes algún proble…ma…?
No le hizo falta mirar a la superficie.
Con mirar a la enorme sombra que empezaba a ocultar la poca luz solar proveniente de las afueras bastaba. Parecía como si se hubiese hecho de noche de repente. Miró alarmado hacia arriba para averiguar qué era lo que se interponía entre el sol y el mar, viendo al imponente figura de un gran barco pesquero. El cual acababa de atrapar entre sus resistentes redes una gran ballena azul.
"Así que por eso este lugar parece un cementerio", dedujo astutamente, decidiendo tomar una cruel venganza por ello. No entendía las leyes ni la lógica de los humanos, y aunque le gustaría conocerla por ahora tenía otras prioridades, como proteger a los animales que le necesitaban. Dio unas suaves palmadas sobre el lomo peludo de su amigo, sonriendo ladino.
-Muchas gracias Bepo. Ya sabes lo que tienes que hacer.
El oso rugió ahora de manera agresiva, nadando en solitario hacia la red que aprisionaba a la indefensa ballena, que parecía estar pasando por un inmenso sufrimiento en esos momentos.
Él sin embargo se decantó por la astucia, y se coló por uno de los ojos de buey de aquellos barcos hundidos para buscar un objeto punzante. No tardó mucho en encontrarlo, dado que un esqueleto humano yacía en una de las salas de aquellas ruinas de madera sosteniendo lo que parecía una espada. Eran distintas de las que solían usar en su reino, pero tenían la misma función.
Además, era un gran espadachín.
Desclavó tras unos fuertes tirones la espada de un tablón en el que se había quedado enganchado, escuchando desde ahí dentro los rugidos de su amigo.
No le iba a hacer esperar más.
Rápidamente nadó hacia el exterior con el arma en la mano y después usó una corriente marina ascendente para poder subir con mayor velocidad que la permitida, preparándose para atacar.
En cuanto la tuvo cerca supo qué hacer, y Bepo también, porque se separó inmediatamente para dejar al ojeroso hacer su labor. Con un ágil movimiento de cintura y un aleteo rápido, sus brazos se movieron de manera casi imperceptible para rajar aquellas dichosas redes cargadas por el mismo diablo, haciendo que la ballena sólo tuviese que hacer un pequeño esfuerzo para empujar y ser libre.
El animal no tardó en agradecerlo cuando empezó a emitir ese sonido tan reconfortante a medida que se hundía en las profundidades, y los humanos del barco que tenían sobre sus cabezas parecían muy furiosos.
-Es hora de darles una lección.
Bepo ladeó la cabeza sin entender las intenciones del joven moreno, pero pareció asustarse cuando lo hubo entendido.
El animal intentó ponerse varias veces en su camino, temiendo por la vida del príncipe.
Sin embargo, el tritón le acarició la cabeza para que entendiese que todo iba a salir bien y que no tenía de qué preocuparse.
Nadó rápidamente hacia una de las bombas sumergidas que habían quedado, presas de los restos de varias batallas navales. Con toda la fuerza que albergaban sus brazos, comenzó a tirar de la cadena que hacía "flotar" el artefacto para arrastrarlo con él mientras nadaba.
El oso no quería mirar.
Cuando estuvo lo suficientemente cerca de la corriente ascendente de nuevo, en lugar de colarse por ella dejó que la bomba lo hiciese por él. Subiendo a toda velocidad hacia el casco del navío y haciéndolo explotar.
Con suerte, el fuego moría rápidamente debajo del agua. Pero la onda expansiva, así como los restos que salían disparados de madera y metal, no se amortiguaban con la marea.
Los ojos grises del príncipe se iluminaron a medida que las llamas consumían el barco, y el rey marino tuvo que apartarle a tiempo de que uno de los cañones que llevaban a bordo no le cayese encima y le aplastase contra el fondo.
El animal rugió molesto por estar tan despistado, y Law no pudo más que sonreír de manera torcida.
-Es hora de volver.
Bepo asintió, nadando de nuevo a toda velocidad de vuelta a sus tierras natales, donde el palacio se erigía en el centro de la ciudad submarina.
Ambos cuerpos, exhaustos por la pequeña aventura que acababan de vivir, se dejaron caer en el interior del torreón donde el príncipe habitaba.
Pasando completamente de la acolchada cama sobre la que dormía, Trafalgar Law se tumbó sobre el regazo del rey marino que, gustosamente, le lamió la cabeza y dejó que el joven príncipe durmiese sobre él cuanto quisiese.
Mañana sería un nuevo día.
¿Qué os ha parecido?
Sí, como habéis visto, ahora Law es todo un hombre, y el rey actual es Doflamingo. Su hermano pequeño, Corazón, es el que se encarga de cuidar al joven Law para que crezca en un régimen apto para un futuro rey, aunque como veis no está muy de acuerdo con serlo...
Si queréis saber qué pasa tendréis que esperar al próximo capítulo.
¿Me merezco algún review? ^^
