Bueno, por fin ha llegado. Últimamente estoy a tope con las actualizaciones, no sé qué pasa con mi body xDDDDDD

Pero bueno, mejor para todos no? ^^ Estoy muy contenta con como me ha quedado el capítulo, porque era exactamente lo que estaba buscando. Espero que a vosotros os guste también, no me voy a engañar. Estoy deseando ver vuestras reacciones ante lo que pasará al final.. chan chan…~

Sin más demora, dentro cap!


Estaba rodeado, literalmente, de decenas de manos que intentaban acomodarle aquellos cabellos azabache que no paraban quietos en su sitio. Por mucho que aquellas jóvenes y entregadas cortesanas intentasen arreglar su pelo para la gran ceremonia, era una tarea totalmente titánica. El pelo del moreno siempre había sido tan rebelde como el portador, por lo que era harto complicado intentar dejarlo quieto en un sitio.

Las ropas pesaban. Los colgantes, la enorme y lujosa tela que cubría su cuerpo, con tonalidades azules y hermosos destellos plateados, como el color de sus ojos. Hasta el más mínimo detalle estaba completamente estudiado, nada se había dejado para el final.

Pero por más que se mirase en el espejo vestido de esa forma, con aquellas pintas de todo un rey y el pequeño polvo calcáreo de las conchas fosilizadas por su piel pareciendo un brillo natural en su piel, se veía horrible. No se reconocía para nada en el espejo, y no era sólo eso lo que le atormentaba sin cesar. No sería cosa de un día, tendría que soportarlo para siempre.

Una enorme inquietud se mostró en sus ojos, mientras aquella enorme bola en la boca de su estómago no hacía más que crecer, no dejando pasar la saliva que tragaba una y otra vez para intentar calmarse. Le prometió a Cora-san que no iba a poner impedimento alguno cuando llegase el gran día, pero…

Por más que buscaba el atisbo de la grandeza de su sangre azul en la imagen del espejo, no la encontraba.

Simplemente se veía ridículo.

Agachó la mirada mientras las cortesanas se rendían completamente con aquel peinado.

-No se preocupe, joven Law. –Le aseguró una de las chicas, sonriente como si fuese el día de su misma boda.- La corona de colar sujetará su cabello.

No solo era la responsabilidad de convertirse en rey.

Era la responsabilidad de convertirse en lo que todo el mundo anhelaba y soñaba. Él no podía ser lo que todos los demás querían, pero aun así tenían la fe puesta en él. Como si con un gesto de la mano, como si con su mera presencia sobre el asiento del trono fuese a significar la llegada de un salvador al reino. Eran nada más que pamplinas. Pero cuando una pamplina era bien creída por todo un pueblo, se convertía en algo peligroso. Él no podía proteger a tantas personas a la vez, no tenía la cabeza que tenía Doflamingo para proteger cada casa del reino con sus integrantes familiares incluidos.

Doflamingo era el rey perfecto. Y allí estaba él, quitándole el trono por una estúpida ley de sangre y una extraña promesa hecha a su padre cuando él era sólo un niño y se quedó huérfano. Si al menos el rubio hubiese querido quedarse en el trono no tendría que estar pasando por aquel infierno acuático, o al menos estaría viviendo como realmente quería: en la consulta del doctor real, aprendiendo todo lo necesario para ser el mejor médico del reino. Pero no, allí estaba. Vestido como un payaso para sus ojos, como un rey para aquellas cortesanas que le preparaban para el momento de gloria de su pueblo y de decapitación para Law.

La angustia crecía tan fuerte en el interior de su corazón que empalideció durante unos segundos al imaginar al país destrozado por su culpa.

Una de las jóvenes sirenas, al notar el cambio en el futuro rey, espantó al resto de chicas para que le dieran espacio, guiándole hacia uno de los enormes sillones.

-¿Law-sama? ¿Se encuentra bien, majestad?

No quería que le llamaran así.

Le repugnaba.

Con toda su alma.

-¡Llamad a Cora-san! –Gritó entonces algo alterada cuando el moreno, en lugar de mejorar, pareció caer en un ciclo repetitivo de arcadas y náuseas.

Apenas fueron unos segundos los que tardaron las cortesanas en salir disparadas por la puerta del cuarto del príncipe para ir nadando a toda velocidad por el palacio en busca del rubio.

-¡Cora-san! –Gritó entonces una al encontrarle hablando con el gran rey, a lo que la joven, avergonzada, hizo una reverencia para disculparse por su grosería.

Doflamingo, dejando el tema de conversación con su hermano para otro momento, hizo un gesto con la mano para que la chica entendiese que podía levantarse.

-Es Law-sama… está muy mareado, y tiene la cara blanca. Estamos intentando calmar sus náuseas, pero…

-Ahora mismo voy. –Espetó el menor de los rubios, dejando caer las cejas ante el pensamiento de un Law vomitando de los nervios y de la angustia.

Sabía lo que su corazón realmente sentía. El fuerte deseo de libertar que tenía, siendo oprimido por las fuertes cadenas del trono para siempre. Obligado, probablemente, a hacer cosas que no quiere y tomar decisiones demasiado difíciles. Pero por mucho que quisiese cambiarlo, no podía hacer nada para calmar al moreno, y lo sabía. También era consciente de que jamás se perdonaría el sufrimiento al que le estaba sometiendo.

Pero Law se estaba esforzando, y él también se esforzaría por hacer la ceremonia lo más amena posible para el chico, con todo su corazón.

Le pidió perdón a su hermano y, con aquella cara de pura preocupación, nadó a toda prisa hasta la habitación del moreno, dando suaves coletazos para bajar la velocidad al entrar por la puerta. Su pequeño estaba rodeado de todas aquellas mujeres que intentaban refrescarle, y otras que intentaban hacerle sentir mejor ofreciéndole algún perfume. Como si Law fuese un estúpido niño mimado. Pero lo que más le preocupaba era que, lejos de reaccionar a las atenciones de aquellas sirenas, Law estaba tan lejos de aquel palacio que asustaba mirarle a los ojos. Dos enormes orbes vacíos de sentimientos, ajenos al brillo que tuvieron una vez cuando de pequeño nadaba entre sus brazos alrededor de los torreones de palacio.

Por favor, ¿qué le estaban haciendo?

No pensaba ante esa pregunta en las cortesanas, sino en su hermano y en sí mismo. ¿Cómo podían ser capaces de convertirle en una concha sin sentimientos, mecanizada para trabajar como todo el mundo quiere y no como él desea? Por más que se lo preguntaba, no encontraba el modo de salvarle la vida a aquel que consideraba un hijo.

Porque la línea sucesoria así lo espetaba, y el anterior rey a su hermano así lo dejo claro.

Le estaban matando, y era uno de los culpables principales.

No podía liberarle de aquel yugo que le partía el cuello hasta caer rendido contra la superficie marina, destrozando su delgado y frágil cuerpo hasta reducirlo a escombros.

Y, cuando Law fuese sólo los restos de lo que fue un día, ya no podría recuperarle.

Los ojos de Corazón se humedecieron a la idea de perderle para siempre.

¿Pero qué podía hacer?

La única solución viable que encontraba era permanecer a su lado hasta el fin de sus días, como probablemente haría Doflamingo. No podían dejarle sólo, porque ambos le querían demasiado. ¿Pero qué sucedería cuando lo único que quedase para amar del joven príncipe fuese un cuerpo vacío? ¿Un corazón convertido en hielo? ¿Una voz que dejase de expresar los recios latidos de su corazón?

-Por favor, marchaos.

Las cortesanas, ante el tono ahogado del rubio, tan suplicante, no pudieron más que detenerse en su labor para, tras lanzarse una mirada entre ellas, abandonar el cuarto para dejar al príncipe al cargo del mayor. Como había sido siempre.

La escamosa y hermosa cola del rubio se agitó en el agua para acercarse cautelosamente al moreno, teniendo miedo de tocarle y que se rompiese en mil pedazos.

Apenas le dio tiempo a colocarse a su lado, cuando aquellos frágiles brazos le abrazaron con fuerza, escondiendo la cara contra su pecho. Sentía su tostado cuerpo temblar mientras los reflejos del agua que entraban por la ventana le teñían de cientos de colores. Hacía un día espléndido fuera, ironía completa por la reclusión del príncipe a una vida no deseada. Abrazó con fuerza al joven mientras hundía la cara en su pelo.

-Law, no pasa nada. Todo va a salir bien.

-No es verdad. –Susurró Law, teniendo miedo de salir por aquella puerta. Había pensado hasta en abrir la ventana y salir por ella, prefiriendo ser un prófugo del palacio para toda la vida a vivir con una enorme cadena al cuello.- No puedo hacerlo.

-Claro que puedes. –Intentó alzar el rostro del moreno para que le mirase, y así pudiese empaparse de aquella sonrisa cálida que le dedicaba exclusivamente a él.- Serás un gran rey, como lo fue tu padre. Mírate, estás muy guapo. –Su voz empezó a suavizarse para calmar el corazón tembloroso del joven.

-Parezco un idiota. –dijo con la voz áspera, intentando aflojarse aquella túnica que tapaba casi por completo su cuerpo y sus rasgos. Pesaba como mil demonios encima. Seguramente fuera el único que vistiese con esas ropas ridículas durante la ceremonia.

-No. Estás muy guapo, de verdad. ¿Te mentiría yo?

Ante aquellos ojos que le miraban con todo ese amor, ante las caricias por su cuerpo y ante aquellos labios que formaban una dulce sonrisa, el moreno no pudo más que volver a hundirse en su pecho para no salir de ahí jamás, como si fuese invisible par el resto del mundo de aquella forma.

-No sé si podré hacerlo. –Susurró entonces Law, con aquella mirada clavada en cualquier parte de la habitación lejos de los sueños que colmaron sus lágrimas una vez.

-Claro que podrás. ¿Dónde está el mocoso que conocí? Cuando se te decía que no podías hacer algo, te enfadabas conmigo y con mi hermano y hacías lo imposible por conseguirlo. ¿En qué te has convertido?

El moreno entonces pareció dudar de sus palabras, sintiéndose de repente con unas energías renovadas.

Diría que no es lo mismo, que la situación era completamente distinta y que ahora se enfrentaba a un gigante demasiado poderoso del que estaba acostumbrado a enfrentar.

-Eres el príncipe del reino más grandioso del que se haya escrito en muchos siglos. Por tu sangre corre la potestad del agua y de los reyes marinos que en ella habitan. Tu voz calma a las bestias, tus ojos causan tempestades en los corazones de los que te enfrentan. Eres Trafalgar Law. Y, seas lo que seas y cómo lo seas, no habrá nada nunca que pueda detenerte.

El moreno, tras alzar unos segundos la mirada para observarle con la fascinación que sintió siempre por aquel hombre, la bajó casi al momento tras pensar en lo que le esperaba una vez más. Tenía que ser fuerte por Cora-san, para que él no sufriera al verle mal. De él dependían demasiadas personas, y si flaqueaba en momentos como aquel no iba a poder enfrentar ningún problema.

Law nunca fue así.

Con unas pequeñas llamas en el fondo de sus pupilas, Cora-san le animó a alzarse para acercarse a la puerta, ayudándole una vez más a dar aquel paso decisivo en su vida.

-Vamos, Law. Todos te están esperando.

No quiso soltar sus manos mientras salían de la habitación del menor, ni tampoco cuando sintió que el chico se recostaba sobre él mientras nadaban a la sala donde se celebraría la ceremonia.

Una de las cortesanas nadaba muy cerca de ellos, intentando sostener entre sus manos unas bandejas de plata repletas de cubertería que iba a ser utilizada para el banquete de después.

Y el accidente, como una mala broma del destino, como una zancadilla de la Diosa Fortuna, sucedió de forma inevitable.

Trafalgar Law nunca creyó que un simple coletazo en el lugar equivocado podía causar tal destrozo.

No era su intención, de verdad que no.

Pero cuando vio que, tras empujar a aquella sirvienta hubo toda una reacción en efecto dominó y ahora más de la mitad de los sirvientes estaban tirados sobre el suelo del palacio, quejándose y con toda la decoración que estaban poniendo para que quedase minuciosamente perfecta totalmente destrozada.

Apenas pudo jadear al ver lo que había hecho.

Hizo hasta el amago de agacharse a ayudar a la cortesana a la que se le habían caído las bandejas con la cubertería, pensando en que podría haberla hecho daño. No solo a ella, sino a todos los que habían sufrido por una mala jugarreta.

Él no era para nada un torpe, pero…

¿Habrían sido los nervios?

Toda la decoración ahora estaba arruinada, o desgarrada sobre las hermosas columnas de la gran sala. Ni si quiera sus ojos daban abasto ante la destrucción que había causado.

Corazón intentó hablar, pero sólo salían de sus labios exclamaciones mudas de sorpresa. Nunca había visto algo parecido en sus años en el palacio, desde luego, aquel error iba a costar caro para el joven.

Como Doflamingo se enterase los iba a…

El único sonido que destrozó el silencio de la sala fue el de una bandeja de plata rodar en el suelo por energía cinética, pero que poco a poco fue rodando hasta empezar a tambalearse sobre el suelo, justo delante de una enorme figura que luchaba por contener en la medida de lo posible todas sus emociones.

Porque, cuando Donquixote Doflamingo se enfadaba, rodaban cabezas pasillos abajo.

Cuando tanto adulto como joven se giraron al unísono para contemplar su esbelta figura sombreada por la luz que entraba a través de los grandes ventanales, sintieron por un momento que su corazón había decidido dejar de latir durante unos instantes para que, con suerte, se volvieran invisibles para aquellos ojos irisados que parecían taladrarlos con violencia hasta rebanar sus sesos como si de miles de hilos se tratasen.

El que más temía la reacción, por supuesto, no era ni más ni menos que Law.

Había sido el culpable de todo aquel destrozo impensable para cualquier otro, y probablemente podría malinterpretarse como un sabotaje. Para una vez que no pretendía joderla. Su nuez comenzó a bajar suavemente a medida que tragaba saliva y esta descendía por su esófago para alimentar los miedos que se acumulaban en la boca de su estómago.

Su aleta quiso hacerle retroceder un poco, indecisa…

Pero cuando el mero movimiento del agua fue detectado por el poderoso rey, el resto de venas que faltaban por estallar en su frente se hincharon hasta un punto de no retorno.

Corazón notaba cómo todos los frutos que había recogido tras labrar su esfuerzo habían sido completamente en vano. Ahora aquellas recompensas se iban a pudrir en las más oscuras profundidades del océano junto con la poca ilusión del joven en conseguir la corona, por no decir nulas.

-Doflamingo, esto… -Intentó el menor de los hermanos salvar la situación de una forma u otra.- Esto no es…

Las exasperadas carcajadas que irrumpieron su diálogo solo pusieron más de punta el bello de la nuca del moreno. El cual pareció encogerse un poco.

-Estoy muy harto de que le defiendas como a un crío mimado. –Le espetó con tal furia en la voz, que los vasos de cristal que aún estaban casi enteros empezaron a quebrarse sólo con la fuerte e imponente presencia de su enorme cuerpo rubio tensándose y aquella poderosa voz cortando el agua.

-¡Pero…! –Intentó seguir.

Pero fue cortado esta vez por Law.

Doflamingo tenía razón. Esto había sido culpa suya, por lo que tendría que enfrentar el problema le gustase o no. Ya tenía 18 años, y si quería demostrar que podía obtener las competencias necesarias para urdir con orgullo su apellido real, lo haría.

-No, Cora-san. Él tiene razón. –Cerró los ojos durante aquellos insufribles momentos en los que se acercaba al rey para plantarle cara y ser todo lo sincero que podía ser.- Ha sido culpa mía.

Apenas escapó un breve "Law" de los labios aterciopelados y cariñosos del menor de los hermanos.

Por una parte estaba orgulloso de su comportamiento, pero por otra sabía que aquel no era precisamente el mejor momento para hacer honor al escudo de su familia. Probablemente ahora mismo Doflamingo no atendiese a razones y estaría más que cegado por la furia que corría por sus venas a la misma proporción que lo hacía el hierro con el que gobernaba.

Y no se equivocó en su deducción.

-No sé por qué no me extraña. –Se paseó de una columna a otra en un pequeño camino horizontal que recorría una y otra vez intentando no hacer estallar aquella sala del prominente enfado que tenía. Iba a ser peligroso.- Y dime, ¿era otro de tus planes o esta vez ha sido improvisado?

-Yo no quer—

-Claro, tú nunca quieres, ¿Verdad, Law?

El corazón de Corazón empezaba a latir con demasiada fuerza sólo con la visión del joven moreno entumecerse ante esas palabras tan duras que le pesaban como veinte bloques de hormigón armado sobre los hombros.

-… Lo sie–

-¡Cierra tu puta boca!

De golpe todos los presentes en la sala enmudecieron y exclamaron muecas de puro horror ante tan grosera contestación.

Law apenas podía creer lo que le estaba diciendo.

Apenas sentía ya sus cuerdas vocales luchar por pedir su perdón.

Dentro de su estómago había algo que no dejaba de dar vueltas y más vueltas.

-Doffy… -Intentó intervenir el menor de los hermanos, poniendo una mano en el hombro de Doflamingo para intentar calmarle. Law no aguantaría mucho más toda esa presión y mucho menos esos gritos. Sabía lo que le estaba resultando aquello y no iba a dejar que fuese a más.

-¡¿Qué?! ¿Qué será esta vez? –Le grita entonces, apartando su mano de un manotazo.- ¿¡Cuál es la escusa ahora!? ¡Vamos, quiero oírla!

Law no pudo si quiera abrir la boca. No podía hacerlo. Sus labios le temblaban en una mezcla de potente dolor y ruda furia. Ambas mezcladas en una morbosa ponzoña que desmenuzaba su corazón para darlo de comer a las bestias marinas.

El rey se creció ante ese insulso silencio por parte del moreno.

-¡Me lo imaginaba! ¡Eres… eres…! –Tantas cosas pasaban por su cabeza que no era capaz de especificar cuál le vendría mejor a Law en estos instantes.- ¡Un jodido inepto! ¡Tu padre debe estar revolviéndose en su tumba, joder!

-¡No mentes a mi padre! –Le chilló entonces el joven, sabiéndose perdido en aquella espiral sin retorno.

-¡¿Claro que le nombro, y sabes por qué?!

Como una adivinación, Corazón preparó su mente para lo que le iba a decir, sabiendo que si no lo detenía se acabó.

-¡No! –Gritó, a sabiendas de que probablemente lo único a tener en cuenta de su petición lacrimosa sería el eco que perduraría en las olas.

-Porque TÚ nunca serás como él. –Su pecho subía y bajaba completamente consumido.- Jamás serás un buen rey.

En el ensordecedor eco de su voz entre las paredes de la sala, perfectamente se podría escuchar el sonido de un corazón rompiéndose con suma fuerza contra el suelo. El corazón de un hombre que hasta hace dos días era un niño. El corazón de un animal herido del que no paraba de brotar sangre coagulada por el dolor.

Nadie se atrevió a decir nada.

Ni el mismo Doflamingo, siendo consciente en ese preciso momento de lo que había dicho. Sin haberse parado a pensar en las consecuencias y, probablemente, las responsabilidades que conllevaba decir aquello.

Los ojos de Law se humedecieron hasta el punto en el que quedaron anegados en mil lágrimas saladas que nunca llegaron a salir.

Sus labios estaban apretados con mucha fuerza, pues su orgullo y su coraza de pinchos le protegían de cualquier dolor en ese preciso instante.

-¡Bien! –Decidió por fin abrir la boca para gritar lo que en el fondo de su ser se estaba callando.- ¡Porque nunca he querido ser uno!

El rey apenas tuvo tiempo de procesar la imagen del príncipe aleteando con furiosa velocidad hacia uno de los ventanales, abriéndole con un golpe y huyendo de aquello que le hacía daño.

Sí…

Había sido él el causante de aquel daño.

Y no podría arrepentirse más de ello.

Su hermano, a su lado, tampoco daba crédito a lo que acababa de pasar, porque probablemente se podría haber evitado en ningún momento.

-Si sólo le hubieses escuchado una vez en su vida. –Le recordó con saña, mirando hacia el inmenso azul que le proporcionaba la cristalera abierta para salir nadando tras el niño que tanto amaba. Su pequeño niño.- ¡LAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAWWW!

Los sirvientes, nerviosos y perplejos por todo lo que acababa de suceder, se apresuraron a salir por la gran puerta antes de que la mierda que acababa de surgir de las palabras envenenadas de un gran rey les azotase hasta la asfixia.

Si tan sólo… si tan solo le hubiese dejado…

"Doffy. Este es Law."

El simple recuerdo de aquel pequeño niño al que prometió cuidar era tan doloroso que tuvo que apoyar la frente contra una de las columnas de la enorme y gigantesca sala.

"¿Así que Law, eh? Vaya, tienes un nombre muy bonito."

Si tan solo hubiera sabido amarle como se merecía.

Como le prometió al rey.

"No se preocupe, majestad. Nosotros criaremos a su hijo."

Una sarta de patrañas.

Un potente rugido emanó de su garganta como si de mil bestias voraces se tratasen, rasgando sus cuerdas vocales para hacer temblar desde los cimientos hasta la más alta torre de aquel palacio.

En la habitación de quien fue un niño, una caja de música caía al suelo por el estruendo y partía su madera con una pequeña y profunda hendidura.


Perdido, confuso.

Quizá hasta hambriento.

Todas aquellas afecciones que ahora mismo alteraban los sentidos de Trafalgar Law eran simplemente tan potentes que apenas recordaba dónde se había metido.

Sus manos tatuadas se aferraban a las mangas de sus ropajes de gala, sin saber dónde ir ni cómo llegar donde quería.

Estaba muy oscuro.

Tenía miedo.

Pero lo que más claro tenía era que no quería volver a casa.

Porque si volvía, volvería a ser aquella pieza que jamás encajó en el puzle.

Volvería a ser aquel dolor de cabeza para los que le cuidaban y, sobretodo, sería siempre aquel mocoso que no supo hacer lo que se esperaba de él nunca.

No iba a llorar.

Sus dientes apretados firmemente contra su labio inferior se lo impedían.

Aunque las lágrimas taparan prácticamente toda su visión, no iba a retroceder para buscar unos brazos cálidos que no iba a recibir.

Iba a irse, lejos, para no volver jamás.

Y sabía de sobra quién podía ayudarle a conseguirlo.

Un movimiento más de su escamosa extremidad le dio el empujón suficiente para terminar de adentrarse en aquella profunda grieta que le privaba de la luz que llegaba de la superficie y del aire que necesitaba en esos instantes.

No estaba seguro de lo que estaba haciendo.

Lo único que sabía era que quería desaparecer.

¿Y qué mejor manera?

Apenas avanzó unos metros más cuando por fin unas pequeñas y parpadeantes luces empezaron a entrar en su campo de visión. ¿El principio del fin o el principio de su libertad?

Le tocaba a él saberlo ahora.

No demoró más lo que iba a suceder minutos arriba o minutos abajo.

Al pasar por el umbral de aquella cavernosa puerta, pudo divisar al sujeto que posaba sobre un sillón como una modelo barata de revista penosa, intentando entre otras cosas parecer casual sin conseguirlo. Normalmente a un Law despejado, en sus cabales y emocionalmente estable esto le habría producido miles de burlas hacia el esperpento de ser que tenía delante. Pero en sus ojos no se mostraba ni los restos de lo que fue.

Caesar, por supuesto, le recibió con los brazos abiertos.

-¡Shurorororo…! ¡Majestad, no esperaba verle a estas horas…! Si lo hubiese sabido, me habría cambiado de ropas. Usted viene muy elegante. –Una burda reverencia mal hecha y precipitada le dio la pista a Law de que aquello apestaba por todos sitios. Pero por supuesto, no fue capaz de verlo.

Desesperado, nadó hacia la medusa para tomarla de aquel enorme abrigo gelatinoso que le cubría para mirarle a los ojos aterrado pro respirar el oxígeno disuelto del agua por un segundo más.

-¿Qué ha sucedido? Parecéis haberlo pasado mal. –Chasqueó la lengua en pena, acariciando los cabellos azabache del menor.- ¿Qué podría hacer para haceros sentir mejor?

-Quítamelo. –Susurró con voz grave y melancólica, agachando cada vez más la cabeza en signo de plena derrota.

Es decir, una plena victoria para el científico.

Antes de que aquella rata de la grieta pudiese seguir con su teatro y fingir preocupación por él para preguntar qué era lo que había sucedido, el moreno volvió a hablar rápidamente.

-Quítame mi sangre azul.

-Pero Majestad, yo no puedo hacer tal cosa… -Murmuró fingiendo fastidio por el mero hecho de no poder ayudar a su príncipe. Como si de verdad le importase y sintiera apatía por cualquier otro ser vivo que habitase en el agua.

-¡Dijiste que me ayudarías! –Gritó entonces aún alterado por lo que había sucedido momentos atrás.

No podía volver a casa.

No quería imaginarse lo que sería volver a casa.

Estuvo a punto de marcharse, pero…

Aquella mano de alcantarilla le sostuvo de la manga de aquellas telas tan finas y caras para detenerle.

-… Pero… -Continuó con la conversación.- Puede que haya un modo de…

-¡Hazlo! –Le gritó sin poder ya más, sin si quiera querer escuchar lo que tenía que decirle primero el científico.

-… Está bien.

Y aquella enorme sonrisa en su pálida y enfermiza piel se formó como se formaban las costras de sal sobre el suelo cuando se desecaba el agua.

Nadó con elegancia hacia una de sus repletas estanterías, todas ellas ocupadas por enormes tarros. Tomó de una pequeña caja lo que parecía ser un pequeño frasco de cristal, que parecía haber sido usado anteriormente para el perfume caro.

-Esto servirá.

Regresó al lado de Law para plantarle frente a sus narices el pequeño contenedor.

-Para poder cumplir vuestro deseo, tendréis que firmar un contrato de consentimiento, ¿está claro? No quiero líos con palacio.

El moreno simplemente asintió, sin entender todavía que era lo que iba a hacer para ayudarle. En cuanto el papel y la pluma estuvieron frente a sus narices, los tomó con rapidez para acabar con aquello de una vez y que pudiese ser libre de lo que tantos años llevaba siendo esclavo.

-¡Shurorororororororororo! –Carcajeó la medusa, tomando con violencia el preciado contrato, abrazándolo incluso.- Bien, entonces…

De uno de los bolsillos de su enorme chaqueta gelatinosa, sacó lo que parecía ser un caramelo. Con un bonito envoltorio a rayas, pero un caramelo.

Law no pudo estar más perplejo.

-Las apariencias engañan. –Dijo algo molesto el científico. Pero, emocionado por las inmensurables ganancias que iba a tener con aquel trato, decidió no demorarse mucho más de lo que ya lo estaba haciendo.- En cuanto toméis este caramelo, me serán concedidos los poderes de vuestra sangre azul y, como regalo, os encomendaré un hermoso viaje hacia la libertad. Un paraje lleno de belleza donde nunca nadie podrá encontraros.

Por muy tétrico que aquello sonase, parecía que era exactamente lo que el príncipe quería.

Fue ese el motivo real por el que no dudó al sostenerlo entre sus manos.

-Y bien… -Se contoneó alrededor del cuerpo perfectamente formado del moreno.- ¿Qué decidís? –Preguntó para meterle prisa, anulando totalmente su capacidad de raciocinio.- ¿Volver a palacio o… la absoluta y completa libertad?

Dejó de dudar en ese preciso instante.

Con algo de nervios, desenvolvió cuidadosamente el dulce que parecía lucir delicioso a sus ojos. Eso fue un punto a su favor. Lentamente lo depositó en su lengua y cerró la boca.

-Tragad, tragad.

Está bien, pensó.

Tragó aquel caramelo de dulce sabor, notando como bajaba por la garganta.

Y, en respuesta, algo subía.

Una potente arcada se apoderó de su cuerpo.

-Ups… Se me olvidó decirle, majestad.

Law se tambaleó de un lado a otro de la pequeña habitación, intentando sostenerse a algo, intentando sostenerse a una mesa, una estantería. Pero, allá donde intentaba encontrar un apoyo, solo conseguía ayuda para caer.

Su cuerpo se precipitó contra el suelo, y tuvo suerte de incorporarse a tiempo antes de vomitarse encima.

Tras esa, otra arcada mucho más fuerte y dolorosa siguió a la anterior.

-En pago, vuestra voz y vuestro don me serán encomendados. –Empezó a abrir el pequeño frasco.-

El príncipe no daba crédito a lo que escuchaba.

Con la última y punzante arcada volvió a vomitar.

Pero esta vez no salió ni saliva, ni comida, ni jugos gástricos en una enrevesada mezcla. Esta vez, una pequeña pompa que contenía un hermosos y brillante haz de luz azulado empezó a flotar ante sus narices. Pompa que, con rapidez, el científico apresó en el recipiente de cristal.

Bueno, al menos parecía haber acabado.

Cuanto le hubiera gustado que así hubiese sido.

El dolor, en lugar de cesar, se dirigió desde su garganta hasta su hermosa y brillante cola grisácea. Notó algo muy extraño. Algo dentro de él empezó a cambiar, y el dolor fue tan inmenso que comenzó a gritar como un descosido.

Claro que, para su sorpresa, ningún sonido salió de sus labios.

Las lágrimas corrían por sus mejillas hasta perderse en el agua en el que mecía, y repentinamente el oxígeno dejó de llegar a sus pulmones.

Abrió la boca para que el agua entrase en sus branquias. Pero en lugar de eso, notó un fuerte dolor y una horrible sensación de ahogo que jamás había vivido.

Era la peor de las pesadillas.

-Hasta que no encontréis alguien que os ame y que os conceda por voluntad propia un beso de amor verdadero… -comenzó a recitar como si fuese un embrujo. Pero le pareció tan banal que decidió adoptar su voz normal a aquella de narrador de cuento de niños.- en definitiva, hasta que no os den un beso de amor no podréis volver a vivir en el mar. Punto y final. Aunque como no es lo que buscáis, ¿qué más dará? Si tras el beso volvéis al mar, nunca más podréis pisar tierra firme. ¡Disfrutad de las vacaciones!

De golpe su cuerpo se sentía completamente ingrávido.

Flotando hacia arriba sin explicación alguna.

Sus ojos se cerraban ante la fuerte asfixia a la que estaba sometida su respiración.

¿Dónde se había metido?

¿Por qué las desgracias nunca iban solas?

¿Por qué había dos extremidades en lugar de una bajo su cintura?

Su visión se hacía cada vez más y más difusa…

Mientras su cuerpo, ahora humano, comenzaba a ascender a la superficie, moribundo.

Aunque así fuese, no llegaría a tiempo para respirar el tan preciado aire que ahora necesitaría.

-Yo mientras disfrutaré de vuestros dones… Majestad.

El enorme Kraken, hasta entonces observándolo todo desde su asiento privilegiado en las tinieblas, hizo acto de presencia asomándose al marco de la puerta del científico.

-Tranquilo, amigo mío. El día de la venganza se acerca. Nos hemos deshecho del principal problema… shurororo… -Sus ojos observaron, con aquella tonalidad dorada, cómo la pequeña pompa contenedora de los poderes del joven rebotaba entre los cristales del recipiente queriendo volver con su dueño.

"Cora… san…"

Fue lo que quiso susurrar mientras moría lentamente ahogado en el agua que le succionaba hacia arriba. Pero de su garganta no brotó ningún sonido.

"Te…"

Un fuerte rugido ensordeció los oídos del príncipe, haciendo que, por unos instantes, toda la fe y la esperanza volvieran a su cuerpo con pinceladas frescas.

"¡Bepo!"

Quiso gritar, sabiéndose víctima de las drogas de aquel hijo de puta.

El enorme, cálido y suave hocico de su mejor amigo empezó a empujar de su cuerpo hacia arriba a toda velocidad, intentando salvar la vida del moreno a toda costa.

Rugía y sollozaba mientras hacía aquellos duros esfuerzos, empujando su cuerpo hacia la superficie antes de que fuese demasiado tarde.

Hasta que algo les comió por completo.

Law apenas pudo discernir lo que estaba pasando, mientras se debilitaba a cada segundo que pasaba. El rey marino, simplemente, intentó roer las cuerdas de aquella red que acababa de atraparles.

Una increíble fuerza tiró de ellos hacia arriba.

Lo siguiente que Law sintió fue un enorme golpe contra un material que no conocía.

Más adelante descubriría que se llamaba madera.

Y que se encontraba sobre la cubierta de un barco.

Tosió como un descosido el agua que en sus pulmones se había almacenado, buscando entre su vista nublada algún rastro de su amigo.

Allí estaba, tumbado a su lado, protegiéndole de todo mal tanto bajo el mar como en la superficie. No dudó en abrazarse a su cuerpo con fuerza mientras notaba por primera vez el frío ocasionado por el aire al secar su piel mojada.

Aire.

No recordaba la sensación.

¿O quizá…?

¿Es que eres tonto? ¿Cómo te las has arreglado para quedarte metido aquí dentro? Esto es para pescar peces, idio….

Una enorme cabellera roja vino a su mente tan rauda como el poder de sus recuerdos. Los latidos de su corazón se aceleraron hasta límites insospechados.

¿Por qué aún se ponía nervioso cuando recordaba aquello?

Claro.

No había sido su primera vez en la superficie.

Casi lo había olvidado.

Aquel niño de cabellos de fuego solo era el símbolo que protegía un recuerdo, nada más.

-¡Jefe, esto era lo que se nos había enganchado en las redes! –Gritó a pleno pulmón un hombre despeinado y desarrapado. Tenía un aspecto sucio y de lo más asqueroso. Law no olvidaría jamás el hedor que desprendía su cuerpo.

-¿Qué coño? –Preguntó perplejo al ver lo que tenía en su propia cubierta.- ¿La lotería? –Se carcajeó.- Hay que joderse, ya podía haber sido un cofre lleno de doblones, Dean.

-Bueno… -Intentó apaciguar los ánimos de su capitán.- Si este mocoso se chivase de que esto en realidad no es un pesquero sino un barco de piratas sería todo un problema.

-Desde luego. –Tras dar una última calada a su cigarrillo, tiró este al mar y se acercó al chico moreno abrazado al enorme rey marino de cabellos blancos. Agachándose a su lado, tiró con fuerza de su pelo, queriendo hacerle gritar para divertirse un poco. Sin embargo, a pesar de ver la mueca de dolor en sus ojos, no escuchó nada.- No parece que tenga intención, ¿no crees?

-Es mejor asegurarse. –Inquirió un tripulante, que estaba limpiando en cubierta algunos peces que acababan de arrastrar con las redes. Con una navaja, sacaba sus tripas y las vertía sobre la cubierta, desde donde Law contemplaba con horror la realidad de la superficie.

Sintió una fuerte arcada abordarle otra vez.

-¿Y qué haremos con él?

Preguntó otro más bajito y más feo que los anteriores.

-Podemos venderle como esclavo y de paso ganarnos algo de dinero. Por él no sé, pero seguro que la bestia vale una gran montaña de doblones.

-Pft. –Sonrió de oreja a oreja el que parecía ser el cabecilla.- Está bien. Llevadles al calabozo.

Contento, el tal Dean enganchó a Law por la cintura para cargarle como un saco sobre su hombro, mientras otro compañero del barco ataba a su amado mejor amigo con una gruesa y oxidada cadena del cuello, tirando de él hacia el mismo cuarto donde le llevaban.

"¡Bepo!"

Quiso chillar, estirando desesperadamente los brazos hacia él.

-¡Estate quieto, hostias! –Le gritó el hombre que le cargaba, soltándole sin querer y tirándole con violencia al interior de una de las celdas.

Algo en una de sus extremidades de golpe empezó a doler.

Se retorció en el suelo de dolor mientras intentaba tocar la zona de su pie que empezaba a ponerse morada.

-Si le destrozas se venderá peor. –Le recordó un tripulante a otro, metiendo en otra de las celdas al inmenso oso polar que ahora yacía exhausto.

Una vez hecho su trabajo, se sacudió las manos y fue a salir por la puerta, pero se dio cuenta de que el peliverde no le seguía.

-¿Dean?

El susodicho sonrió de oreja a oreja sin despegar la vista del delicioso cuerpo del moreno que ahora se retorcía contra la madera de su jaula, desabrochándose la camisa.

El más bajito no pudo evitar rotar los ojos.

-Tienes 5 minutos. Si el capitán se entera te cortará la polla.

-Me sobran 4. –Inquirió, pasando a bajarse los pantalones para mostrar a unos aterrados ojos grises lo hinchada que estaba su polla.

Su compañero se limitó a hacer de tripas corazón para cerrar la puerta del calabozo y darle intimidad a su amigo para que pudiese disfrutar de la mercancía todo lo que desease.

Él no quería saber nada.

"El mundo de los humanos es horrible. No quiero estar aquí. ¡C…Cora-san…!"

Gritaría si pudiese para que alguien, quien fuese, le salvase.

Pero nadie podía escucharle.


Bueno, pues creo que… -Mete un pie en su búnker- yo mientras me voy a…. –Mete el otro. Cierra la puerta (?)-

Pues sí, ha llegado el cap y bien cargadito… jo jo jo…

Soy como Santa Claus, aunque en lugar de traer regalos traigo desgracias xDDDDD

¿Qué os ha parecido? Espero que a pesar de la última escena os haya gustado el cambio de orientación que le he dado. Fuck you Disney.

Y qué mejor para mandar a fregar a Disney que pollas duras y sufrimiento.

Vale, mejor no meto el dedo en la yaga…

Dejadme reviews pls, Korone os lo agradece de corazón.

Nos vemos en el siguiente capítulo ^^