Bueno, bueno... ¿quién pensáis que va a aparecer ahora aquí, eh? ¿Quién? ¿Os doy pistas o no os hace falta? Jajaja, ya sé que no, tranquilos, mis queridos lectores. Efectivamente, por fin va a salir Kid. ¡Ueeeeh! (?)
Además, van a seguir apareciendo personajes nuevos, ¡ueeeeh! -Ahora no sabe si viene a cuento xD- Entro otros uno muy atractivo y que a todas os gusta, y una señorita que no podía desaparecer si Sabo era metido en la historia. No os voy a dar más pistas ni nada por el estilo. Como ya sabéis, el fic está ambientado en Dinamarca, rondando alrededor del siglo XV, por lo que podéis iros haciendo una idea del ambiente un poco mejor. Os voy a explicar ahora algunos lugares de Dinamarca reales que aparecen en el fic que tienen un nombre complicado -Es danés, es normal-. Por ejemplo, es Slottso es un lago que rodea el castillo de Frederiksborg, que fue usado como palacio real alrededor de la época del fic. Hillerod es la ciudad donde se encuentra el palacio, y más abajo nombro dos bosques que son los que rodean la zona del castillo. Frederiksvaerg es una ciudad portuaria.
Bueno, ¿qué pensáis? ¿Habré sido buena con Law esta vez? ¿Mala? Mejor no hagáis apuestas... creo que lo que viene a continuación no os lo esperáis para nada. Me gusta daros sorpresas.
Creo que sin nada más que añadir... ¡Dentro cap~!
El cielo estaba completamente despejado, lo que era un gran indicio de que esa mañana sería ideal para salir a cazar. Los pájaros trinaban alegres mientras dejaban sus cuerpos pequeños y menudos caer al vacío y planear sobre la hierba de la ribera del Slottsø.
El gran príncipe no necesitaba más que su fiel ballesta, su gran espada a la espalda y sus preciadas botas de cuero negro, aún con restos de sangre de una de sus cazas matutinas. Encurtido con una ligera y espesa capa de pieles de lobo pardo para sentir la emoción de la persecución silenciosa entre cazador y cazado. Intentaba caminar con todo el sigilo posible entre los matorrales que se interponían entre él y su gran pieza: un ciervo adulto de cornamenta imponente y aterciopelada, que se encontraba bebiendo en la orilla del gran lago que reflejaba, en todo su esplendor, el enorme castillo de Frederiksborg. El castillo era una de las grandes obras erigidas por su abuelo Christian IV y era conocido por todas las naciones como la gloria y el orgullo renacentista de toda Dinamarca. El orgullo de su familia, la más preciada joya de la corona danesa.
El pequeño sonido de una rama crujir bajo la pezuña del animal devolvió al príncipe a la realidad lejos de pensamientos que pudiesen entorpecer su diversión. Próximamente, aquella cabeza de ciervo iba a pasar a formar parte de su amplia colección de piezas colgadas sobre su amada pared.
Mihawk, a pesar de ser un ser humano más entre los miles de millones, tenía unos ojos que reflejaban la misma muerte si los mirabas desde cerca, pareciéndose más a los de un animal que a los de una persona. O eso narraban las leyendas. No acostumbraba a alejarse mucho de aquellos tres islotes de Hillerød, puesto que su padre encolerizaba si tomaba el caballo para recorrer su amado país. El príncipe era alguien de naturaleza astuta y curiosa, y por norma general casi siempre era consentido con los más finos y exquisitos lujos que su condición como futuro rey le otorgaba. Sin embargo, a él nunca se le hizo suficiente, puesto que desde muy joven la adrenalina de viajar sin rumbo fijo le había atraído más de lo que a sus queridos padres les hubiera gustado. Desde que su prometida escapó del palacio de Escandinavia, los dos ejércitos reales se habían puesto de acuerdo para poner las casas del populacho del revés si era necesario para encontrarla. Algunos comentaban que la habían secuestrado para pedir un rescate al príncipe danés, pero por más que los meses pasaban nada les llegaba. Ni una triste carta, ni una mera noticia del rey escandinavo que les prometió paz y tierras a cambio de un matrimonio concertado.
Tampoco es que al príncipe le importase. Era consciente de que, a sus treinta y tres años de edad, necesitaba enlazar su vida a la de otra noble lo antes posible para tener una descendencia sana antes de que los rumores empezasen a contaminar la verdad de la forma más tóxica. No era que no le preocupase lo que a aquella chica con la que iba a casarse le pudiese suceder. A fin de cuentas, le habían contado mil veces que era una joven hermosa, de perfectas curvas que enloquecerían a cualquier Dios y una mirada penetrante y muy autoritaria. Pero, de eso, él no tenía constancia. Nunca la había visto en persona y, para desgracia de los reyes, siempre fue una persona romántica y clásica en el amor. No se lo había dicho nunca a nadie, pero si pudiese elegir, preferiría casarse por amor y no por poder. Ya tenían todo lo que deseaban y más, ¿para qué montar un numerito tan grande por una novia a la fuga? Podían buscarle otra mujer igual de capacitada para ser reina de Dinamarca. Ya que le iban a obligar a hacerlo, no importaba si fuera una u otra, dado que él a fin de cuentas no iba a poder elegir el rumbo de su destino.
El animal al que vigilaba con ojos fieros de ave rapaz había terminado por fin de beber y ahora, con grácil majestuosidad, se había acercado a un pequeño arbusto de jugosas bayas rojas, un preciado manjar tanto para él como para el depredador que ya se relamía el labio inferior pensando en lo sabrosa que sería su carne. La flecha ya estaba cargada, sólo tenía que…
-¡Majestad!
Y el ciervo, asustado al escuchar la voz de un ser humano tan cerca, salió corriendo con hermosos saltos entre la espesura de los árboles. ¿Cómo era posible? Estando escondido por los dulces brazos del bosque de Store Dyrehave al sur de su posición, y con el espesor de las hojas del Grivskov. SUS bosques privados para cazar cuanto desease. SU remanso de paz. El único sitio al que podía huir cuando estaba harto de los gritos de su padre y las quejas estúpidas de su madre. El príncipe se vio muy tentado de dar media vuelta hacia el mensajero real, disparar a su corazón y echar su cadáver al lago. Lejos de que no era una buena idea, no tenía la necesidad por ahora de matar a nadie. Si el mensajero real estaba allí buscándole, suponía que tendría que ser algo importante, porque como no lo fuese iba a plantearse el fugarse del castillo e irse un mes de "vacaciones" a alguno de sus otros palacios para que el mundo se olvidase de él.
-¿No has visto que estaba ocupado? –Masculló el príncipe, guardando la ballesta en una de las alforjas que su hermoso caballo negro pura sangre escondido tras unos árboles portaba. Sin embargo, su amada espada se mantuvo en su sitio. Nunca se despegaba de ella, a pesar de su enorme tamaño y del probable peso que eso supondría para su trabajada espalda.
-Lo siento, mi señor. –Y a modo de disculpa, el lacayo hizo una exagerada reverencia algo inquieto.- Pero el rey me ha pedido que le busque para hacerle llegar un mensaje urgente.
-Espero que sea importante.
-¡Lo es, mi señor! –Volvió a disculparse agachando la cabeza, esperando que al príncipe se le pasase el mal trago y se mostrase más receptivo. Si algo había aprendido como siervo de la realeza, era que nunca había que insistir a un noble enfadado.- ¡Es sobre su prometida!
El joven príncipe de cabellos negros se quedó congelado en el sitio. ¿La princesa? ¿La habían encontrado al fin?
No sabía si lo que iba a escuchar iba a reconfortarle o, por el contrario, a disgustarle.
-Hablad.
-Los soldados de la guardia real han encontrado a la princesa en la ciudad portuaria de Frederiksværk. Parece ser que está presa en las manos del ejército revolucionario, mi señor.
Eso era una sarta de estupideces.
Por muy de la realeza que fuese y por muy enemigo que fuese de los revolucionarios que pretendían poner patas arriba todo el reino de Dinamarca y el mundo entero, se negaba a reconocer que fuesen capaces de hacer algo tan descabellado como aquello. No eran unos santos, pero si tenía que reconocerlo, él mismo tampoco lo era. No existían las personas buenas y puras en este mundo. Pero que cargasen con las culpas de un secuestro a los revolucionarios solo le apestaba a podrido. No eran bellacos sanguinarios que secuestraban mujeres y mataban niños. Eso era más propio de los piratas. Y que, una importante dama como su princesa hubiese sido tomada por la fuerza por alguno de los comandantes más destacados del ejército enemigo le sonaba a cuento chino. De todas maneras no lo debía descartar. Era mejor no poner la mano en el fuego por unos rufianes que deseaban usurpar el trono de su padre para hacer Dios sabe qué barbaridades con él, y, teniendo en cuenta que la unión matrimonial con la princesa de Escandinavia iba a traerles fortunas, tierras y poder… podría ser factible.
Montó en su hermoso caballo Kolinkar de un ágil salto. Un potente chillido rompió los cielos hasta que el aleteo de un hermoso halcón ensordeció al mensajero real, que contemplaba con ojos asombrados el cómo el ave rapaz se posaba en el hombro del príncipe. Asustaba el ver que los ojos de ambos, tanto noble como ave, eran del mismo color y la misma forma.
-Manda preparar mis ropajes y muda para unos días. Que preparen un batallón para que me siga hasta la ciudad.
-¡P-Pero, señor…! ¡Su padre…!
-Es mi futura esposa. –Replicó con una mirada furibunda al lacayo, espoleando rápidamente a su hermoso caballo pura sangre para que galopase velozmente de vuelta al castillo. Tenía que marcharse cuanto antes para comprobar con sus propios ojos lo que estaba sucediendo.
Cada vez se creía menos esas historietas de la princesa secuestrada e inofensiva.
El carro se detuvo justo en la inmensa oscuridad de un callejón tan estrecho que apenas podrían pasar personas alrededor del mismo. La estructura de madera de la que tiraba el caballo estaba llena de paja y había entrado muy justa en aquel pequeño espacio, pero se había tomado su tiempo para calcular si entraba bien o no. Si el puerto y la plazoleta en la que habían estado antes tenían mal aspecto, aquel callejón más bien parecía ser un criadero de ratas y peste negra. Los enormes edificios de piedra se perdían hacia la inmensidad del cielo, impidiendo que la luz del sol entrase del todo y para colmo, los diminutos rayos de luz que querían asomarse con timidez entre los enormes tejados, eran absorbidos por las enormes cuerdas de tender llenas de ropa que iban de la ventana de un edificio hasta la del contiguo. El suelo que el caballo pisoteaba estaba incluso un poco embarrado, con un montón de baches que impedían a las ruedas del carro mantener una estabilidad plena. Parecían haberse alejado bastante del puerto y se habían ido casi a las afueras de la ciudad, donde no habían asfaltado nada y las casas parecían caerse a pedazos de un soplido.
La gente que estaba junto a él entre la espesa paja dorada comenzó a asomarse para poder ver dónde estaban, y algunos suspiraron aliviados al ver que estaban lejos de aquellos hombres que intentaron venderlos a un buen precio en ciudades vecinas. Para la inmensa mayoría, haberse alejado del epicentro era una salvación, pero para Law, que había dejado allí al único amigo que tenía a su lado en aquel mundo de horrores era toda una pesadilla. Bepo no estaba a su lado, estaba en manos de aquellos humanos que le estaban lastimando. No podía perdonarse haber huido bajo su mirada azabache sin poder hacer nada para evitar que le alejasen de su lado. Era tan inútil que sus ojos escocían de sólo pensarlo. ¿Para qué demonios quería un par de piernas si no sabía ni usarlas? Para colmo de males, una de ellas estaba lastimada y con sólo plantar el pie sentía un fuerte dolor apuñalar sus sentidos. Bastante que había conseguido "caminar" con los tirones de las cadenas.
El hombre que había guiado el carro hasta allí se bajó de un salto para llamar a una puerta que se encontraba unos metros más hacia delante, una puerta que parecía desentonar con el resto porque, entre otras cosas, la madera de la que estaba construida era de tonalidades oscuras pero perfectas. Parecía tan limpia y pulcra que desentonaba demasiado en aquel basurero lleno de casas. Tenía unas elegantes figuras talladas en ella, dándola un toque sofisticado y llamativo. Cuando el que les había llevado hasta allí aporreó la puerta, una hermosa mujer de cabellos castaños giró el pomo y le dejó pasar.
-¿Cuántos son? –Preguntó la dama algo asustada, echando un vistazo desde el marco de la puerta hacia los esclavos que iban entre las pajas.- ¿Faltan muchos más?
-Creo que otros dos llenos, pero no te preocupes.
La dama, algo afligida al no ver una cabellera rubia, no pudo más que morderse las uñas de sus delicadas manos. Su media melena parda y lisa bajaba hasta apenas llegar a sus hombros delicados y pequeños, dándola el aspecto de una preciosa muñeca apenas sin estrenar. Unos enormes y redondeados ojos azules oscuros como la noche brillaban de forma intensa en su cara. Tenía también una pequeña nariz menuda y respingona, y unas enormes mejillas esponjosas coloreadas en su cara. No era de una gran estatura para ser sinceros, pero no lo necesitaba para verse mundanamente bonita. De curvas marcadas pero sin ser exageradas, con un par de pechos pequeños pero bien colocados apenas tapados por una dulce túnica beige semitransparente que caía desde sus hombros hasta sus tobillos. Aquella no parecía ser la ropa tradicional de aquellas tierras, pensó astutamente el príncipe cuando la miró de reojo, pero a pesar de ello, la hacía verse más exótica.
-¿Está bien? –Preguntó entonces la joven, aferrándose con fuerza a la mano del hombre que pretendía darle la espalda.
-Me ha pedido que te diga que volverá pronto. Mientras, haz tu parte del plan y todo saldrá bien.
'Claro, bien mis cojones', pensó la joven.
No era ya de por sí peligroso hacer algo tan descabellado como liberar a casi una centena de esclavos de la corona real, sino que tenía que asegurarse de que esa enorme cantidad de personas estuviese bien oculta a los ojos de la guardia real. Sabo se lo había pintado como tarea fácil, pero no lo era. Ella lo sabía. Pero lo que más la perturbaba era pensar en que su joven compañero se había infiltrado como uno de ellos para poder ser su salvador. Cualquier cosa podría haber salido mal. A fin de cuentas, él también estaría encadenado, ¿no es cierto? Esperaba que esa buscona de Hancock estuviese cuidándole. Aunque la idea le desagradaba tantísimo, no acostumbraba a ser celosa, pero…
Habían pagado a un par de campesinos que secundaban la causa para traer los carros y la paja, ¿pero qué pasaba si alguno era un infiltrado del rey? ¿Y si pretendía traicionarles y el rubio no volvía con vida? Eran demasiadas las cosas que podían salir mal, y para ella eso era una montaña que no podía cruzar.
-Ven, tráelos por aquí. La madame del local me ha dicho que estarán a salvo en el sótano. Es espacioso, espero que quepan todos.
El hombre que estaba colaborando con la mujer que parecía tan poquita cosa esta vez sí consiguió zafarse del agarre de la castaña para acercarse al carro y ayudar a todos los esclavos que habían llevado hasta allí, a bajar uno por uno. Las primeras en correr hacia el interior a pesar del impedimento de las cadenas fueron las mujeres que estaban tan asustadas que apenas conseguían acertar a dar las gracias. Los hombres les siguieron, un poco más calmados que las mujeres pero con una expresión sorprendida e inquieta en la cara. Ahora, sólo quedaba una persona.
-Vamos, dame la mano. Te ayudaré a bajar.
Los ojos grises de Law contemplaron aquella mano amable que pretendía guiarle hasta lo que parecía ser su salvación temporal. Pero aun así no se sentía a salvo. No si su fiel amigo no estaba a su lado para protegerle ahora que él se encontraba totalmente indefenso en manos desconocidas. Era confiar en los seres humanos o tentar a la concubina de la suerte que parecía no mirarle con buenos ojos. No tenía muchas opciones de escapar de aquello. Cada vez que su tobillo rozaba contra la superficie de madera del carro, sentía un horrible dolor que le hacía jadear, por lo que negó con la cabeza ante la mera idea de tener que volver a plantar el pie en cualquier superficie.
-¿Por qué? –Le preguntó confuso el conductor del carro al ver que se escondía un poco más entre aquel montón de heno.- No te haré nada, venga. Tienes que darte prisa.
Law entrecerró los ojos. Como si pudiese creer algo así. Sin embargo no es como si tuviese muchas más opciones que esa. Contuvo como pudo la respiración y estiró los brazos hacia aquellas manos que le esperaban estiradas en el aire. Sosteniendo el cuerpo del joven príncipe como pudo, el hombre tomó uno de sus morenos brazos para pasarlo por encima de sus hombros y, de esa forma, ayudarle a caminar y de paso a entrar en su escondrijo temporal.
La decoración de interior de aquella extraña casa era toda una explosión de colores cálidos que invitaban al descanso y a la relajación. Los rojos de las finas cortinas de seda corrían por las vigas de madera del techo ocultando el techo, jugando con una amalgama de tonos dorados y arena muy impropio de una ciudad portuaria cuyos días solían estar nublados y plagados de lluvia, parecía transportar a todo invitado a un mundo muy lejano, donde el suelo de piedra se transformaba en suave albero que jugueteaba entre los dedos de los pies. Como si, en lugar de hacer un frío estremecedor para ser primavera, hiciese un sofocante calor que te impidiese respirar.
La entrada decorada con aquellas ricas cortinas y esos colores veraniegos daba lugar a un enorme patio interior, donde el suelo era de mármol bronceado en chocolate con betas doradas. Una fuente de pizarra en el centro presidía la estancia con aquellos refrescantes chorros de agua cayendo por sus cuencas de diversos tamaños hasta correr por unas canaletas del mismo material en el suelo que daban una sensación visual parecía a la de un oasis en mitad del desierto. Enormes heliconias y gardenias hacían vibrar la estancia con sus llamativos y fuertes colores, como las llamaradas de un sol abrasador.
Desde ahí, varias escaleras en caracol plagadas por pasionarias trepadoras con sus flores azules en todo su esplendor, subían hacia lo que parecían ser los dormitorios de las hermosas doncellas que allí aguardaban atender a sus clientes. Algunas de dichas chicas se paseaban por el patio interior con unas ropas mucho más ligeras que las que llevaba la mujer castaña de antes, con casi todos sus atributos femeninos quedando a la vista. Algunas, coquetas, se agruparon de tres en tres para poder comentar con unas sonrisas cómplices el aspecto de los esclavos masculinos que allí entraban. Esclavos a los que estaban haciendo pasar, concretamente, por una puerta pegada en la cara este del patio hacia un sótano. La puerta era pequeña y desgastada, con un fuerte arete de metal como poco para abrir y cerrar. Era sencilla, pero no necesitaba lujos ni ostentosidades cuando daba a un mero sótano al que estaban accediendo de uno en uno todos los esclavos que habían sido rescatados.
Law fue el último en entrar, viendo que, aparte de tener un aspecto sucio y empolvado, estaba lleno de cajas. Quizá en otra situación se habría preguntado qué eran aquellas boas de plumas que nunca habían visto sus ojos, o para qué servían aquellas extrañas bolas que había guardadas en una diminuta caja de madera. El conductor del carro le dejó sentado en las escaleras que acababan de tomar para bajar. Y, sin decirles nada más que "estad callados", la puerta que intentaba iluminar ridículamente el interior de ese lugar, se esfumó, no sin antes darles una pequeña lámpara de mecha. De alguna forma, uno de los que estaban encerrados allí con él atinó a encenderla con cuidado para poder verse las caras mientras esperaban.
El ambiente de desesperanza estaba irritando mucho al joven príncipe. Ni si quiera quería estar allí, no podía soportar ni un minuto más aquellas imágenes en su mente de Bepo siento torturado… o sufriendo mientras exprimían su último soplo de vida. No podía quedarse allí. Tenía que salir como fuese. Pero el caminar era muy doloroso. El tobillo torcido de su pie cada vez tenía peor aspecto, y lucía más y más hinchado. Y entonces, de repente, Una de las mujeres encadenadas a su lado se levantó y pegó la oreja contra el lado interior de puerta, esperando escuchar algo.
-Parece que viene alguien.
Todos enmudecieron, tragando saliva ante la incertidumbre.
La dama pequeña y delgada de ojos azules como una noche estrellada irrumpió esta vez, con un juego de ganzúas en la mano.
-Sé que no son llaves, pero… creo que podré quitarlos esos hierros.
Los esclavos en su mayoría se contuvieron de gritar de felicidad y agradecimiento, casi formando una pelotera al lado de la chica para ser los primeros en notar sus tobillos y muñecas por fin desnudas. El que más pesaba era el enorme grillete del cuello, pero con un par de giros de aquellos artilugios, la pequeña mujer consiguió liberar del todo al primer esclavo. Uno a uno, todos fueron liberados por fin de sus ataduras, todos incluso Law, que fue de los últimos en ser capaz de acariciar con las yemas de sus dedos la piel antes tapada por el grillete. Por fin. Los antiguos oprimidos ahora rebosaban una estúpida confianza que sólo consiguió molestar a Law. No iba a quedarse a mirar esas sonrisas bobas y prematuras, ni iba a quedarse a contemplar los abrazos agradecidos que le propinaban a la mujer que les estaba escondiendo allí y, de paso, haciendo compañía. Tenía algo mucho más importante que hacer. Alguien le estaba esperando, puede que lejos de allí, puede que cerca.
Consiguiendo ponerse de pie con el apoyo de una pared, el moreno comenzó a caminar torpemente hasta la puerta que le iba a llevar a lo que de verdad él podría llamar libertad. Nadie en un principio se dio cuenta, demasiado ocupados en festejar con todo el silencio posible su libertad, de que la puerta se había abierto y después cerrado con lentitud. Todos menos una persona que, sorprendida e incauta, corrió hacia la puerta para abrirla de sopetón.
-¡Oye! ¿Lo habéis visto? –Dijo entonces la castaña alarmada, buscando con la mirada por todo el patio interior la presencia del joven de extraños ropajes y cabellera negra.
Algunos se quedaron mirando entre ellos buscando respuestas, pero todo acabó de la misma forma. Con una negativa.
-¿Sabéis cómo se llama? No puede campar a sus anchas. ¡Eh! –Alzó la voz, esperando que con eso el chico que acababa de marcharse apareciese.- Quedaos aquí, yo enseguida vuelvo.
Cerró la puerta con cautela para que no hiciese mucho ruido y se giró rápida para salir corriendo por todo el burdel si hacía falta para encontrar a ese chico, pero…
Una mano repentinamente tapó su boca con determinación, mientras la apresaban los brazos con la mano restante. Se agitó violentamente, intentando por todos los medios verle la cara a su agresor.
Lo único que llegó a sus oídos fue un dulce y tranquilizador murmullo que la pedía calma.
Había llegado hasta allí de puro milagro, si no le habían pillado por el camino había sido mera suerte, aunque tenía que reconocer que con uno de sus pies en un estado tan precario, muy lejos no iba a llegar. Cuando salió al vistoso patio interior de paredes oscuras pensó en salir corriendo hacia la salida con todas sus energías, y después meditaría un plan sobre la marcha, pero se encontró con un problema muy grande: justo en la salida hacia las calles de la ciudad, un grupo de hombres estaban coqueteando con dos de las señoritas que parecían trabajar allí. No podía salir entre esas personas a empujones, pues llamaría mucho la atención. Volver al sótano no era una opción, tenía muy claro que esas personas no iban a llevarle junto a su mejor amigo, y dudaba que le hubiesen salvado a él también.
Tenía que hacerlo por sí mismo.
No se conformaba con que alguien más le hiciese el trabajo sucio, porque, si no eran sus manos las que liberaban a su amigo, no podría perdonárselo nunca. Ya estaba siendo suficiente fracaso para él estar en esas condiciones sin apenas poder quejarse, porque aunque hubiese tenido la oportunidad no habría podido. De repente se quedó bloqueado en cuanto vio que los dos hombres que estaban en la puerta parecían ir con las otras dos mujeres del local hacia su posición. No, no podían verle. Todavía podía seguir. Lo más prudente por el momento para el moreno fue, como medida preventiva, esconderse. ¿Pero dónde? Subir por aquellas escaleras de caracol tenía pinta de ser todo un infierno para su estado y la salida estaba descartada. La única vía posible de huida era un pequeño pasillo que se escapaba por una de las esquinas del patio, un pasillo largo y nada transitado.
Tenía que ser ahora.
Con las últimas fuerzas que apenas le quedaban en sus recién estrenados miembros, echó a correr a la pata coja con ayuda de la pared, jadeando por lo difícil que le resultaba hacerlo. Ni si quiera se fijó en dónde estaba entrando, simplemente abrió la puerta del final del pasillo y se quedó allí oculto hasta que pudiese salir sin ser visto.
Torpemente, se enredó con sus propios pies al intentar caminar de nuevo tras quedarse parado, cayendo contra una enorme alfombra de una tela exquisita y tersa.
Miro a su alrededor confuso ante la alfombra encontrándose entonces con aquel enorme y lujoso cuarto. Era sin dudarlo si quiera, el más caro de aquel lugar. No había visto el resto de habitaciones, pero con ver que aquella estaba más oculta le dio la idea de que seguramente fuese una especial. Enormes tapices cubrían las paredes desnudas del dormitorio, a juego con una enorme cama cubierta de pieles y sedas propias de un marajá. Había varias lámparas encendidas para aportar más calidez al dormitorio, y las velas parecían ser el juego principal sobre una pequeña mesa de patas de madera retorcidas estéticamente para dar sensación de antiguo. Entre la cera derretida, una enorme bandeja con frutas llamaba al estómago de cualquier ser humano, junto con una gran jarra de oro con una mampostería muy precisa y fina.
Su cuerpo estaba al límite. Por un momento, al ver aquella cama de aspecto tan mullido sintió la tentación de tirarse sobre la misma y dormir, sin embargo era consciente de que no podía permitirse tal lujo ahora. Seguro que Bepo le estaba esperando. Aunque… visto desde otro punto de vista, cuantas más fuerzas pudiese recuperar, más energía tendría para poder recorrer aquella ciudad en busca de su mejor amigo. Law gateó con notable torpeza hasta el borde de la cama, aferrándose con una mano a una de las pieles para intentar subir. Se le estaba haciendo extremadamente difícil por culpa del tobillo que se quejaba cada vez que su pie intentaba hacer fuerza sobre la alfombra.
El ruido de la puerta abrirse le heló la sangre.
¿Le habían descubierto?
Normalmente, en un entorno más familiar para él, el escondite y la velocidad no eran problema para él. Nadando era de los más rápidos, y era lo suficientemente astuto para jugar con su entorno natural para crear escondites difíciles de destapar para cualquiera. Pero, sopesando los pros y las contras, ese no era su entorno, no jugaba con una mano de cartas conocida y ni si quiera tenía un reloj que poder parar para descansar. Aquello era pura supervivencia: o eras lo suficientemente listo para vivir o morías de las formas más brutas y crueles que podrías imaginar. Y la necesidad de sobrevivir conduce a caminos toscos y ennegrecidos. Caminos que le guiaban a una segunda emoción mucho más fuerte: la desesperación. Hasta acabar por hacer algo que no haría normalmente: dejarse llevar por los impulsos en lugar de pensar fríamente en qué es lo que debería y no debería hacer.
El sonido de algo pesado cayendo sobre el suelo le terminó de alertar, notando que la sangre corría a más velocidad por las venas de su cuerpo. Los tímpanos de sus oídos ensordecían cada pensamiento, eclipsando de esa forma su lado racional para dejarse llevar por uno totalmente animal. Había algo o alguien detrás, alguien que no podía identificar como hostil o amigo. Debía fijar su orientación y sus metas ahora: podría ser decisivo para poder continuar.
Unas botas hicieron eco en el suelo del dormitorio. Lentamente, pero con una seguridad impropia en una persona normal. Uno tras otro, demorándose más de lo normal, como una bestia que acecha desde muy cerca a la presa que planea devorar. Su cuerpo se tensó al momento sin dudarlo. Sus ojos se abrieron de par en par. Sus puños se cerraron con violencia sosteniendo las pieles que estaban sobre la superficie mullida de la cama. Los pasos se detuvieron demasiado cerca de su espalda.
Jadeó en el momento en el que pareció que hasta el canto de los pájaros se detuvo.
Era ahora o nunca.
Tenía que olvidarse del miedo y atacar con cualquier recurso fuese como fuese.
Con una fuerza de voluntad que no sabía que tenía hasta ese momento, se giró con una velocidad pasmosa para intentar asestar un puñetazo al ser que estuviese en ese momento tras su espalda, con una mirada furtiva que apestaba a deseos de muerte y de libertad. Pero se quedó en shock cuando descubrió que el puño no había impactado en el cuerpo del adversario, sino que éste había detenido su mano tatuada en el aire sin ningún problema y con una facilidad inmensa, de una forma tan hábil que su mente en menos de dos segundos se hizo pedazos. Todo el ánimo, el aliento que se acababa de dar a sí mismo y su mirada llena de decisión se acababan de esfumar en cuanto notó la abismal diferencia de condiciones físicas entre él y la persona ahora frente a ella.
Persona que, con sus dos ojos ambarinos, estaban disfrutando de aquel cambio en los ojos plata del moreno que pasó de creerse un titán a un tierno crío asustado. Su corazón latió con fuerza sobre su pecho pálido, notando aquella excitación que tan conocida le era cuando una víctima bajaba la mirada ante su enorme fuerza y su pasmosa figura.
Eustass Kid era una persona demasiado egocéntrica y orgullosa y disfrutaba como nadie del sufrimiento ajeno y del dolor reflejado en el brillo de los ojos de sus víctimas.
Torció con un simple movimiento de su mano la muñeca del menor que, aún paralizado por lo que acababa de suceder, apenas tuvo un momento de lucidez para intentar zafarse de su agarre. Law acababa de experimentar lo que era subirte a un árbol para después caerte de morros y romperte un par de dientes. Era una sensación tan vacía que su corazón se quejó demasiado dolido como para seguir latiendo. Había sacado fuerzas de donde nadie podría sacarlas en su situación, y había sido derrotado a la primera. Ni si quiera había tenido tiempo de poner resistencia. Era tan patético que el moreno se asqueó de sí mismo al momento.
-Estás muy desarreglado para ser una puta.
Los ojos grises del joven príncipe apenas atinaron a alzar levemente la mirada con una parsimonia impropia en alguien con la sangre real que él tenía. Sus ojos hasta el momento habían estado clavados en aquellas imponentes botas de cuero marrón que, gastadas de tanto uso, lucían varios arañazos y maltratos por toda su superficie. Unos extraños volantes tapaban la parte superior del calzado, enguantando de esta forma unos pantalones anchos y de aspecto cómodo. Una enorme cinta azul sostenía la prenda, anudada con saña para que no se cayese. Nada tapaba, por el contrario, aquel enorme torso esculpido por alguna criatura mitológica de las profundidades del mar, donde cada músculo estaba tan definido y abultado que parecían estar esculpidos a medida para un guerrero, el hombre además portaba dos brazaletes dorados que decoraban aquellos enormes brazos pálidos, los únicos abalorios que aquel hombre parecía portar.
Su cuello musculado, su mentón duro y cuadrado, sus labios pintados con un carmín oscuro, su nariz fina y tallada con signos de varias roturas en el puente y dos ojos de oro enmarcaban su rostro sin cejas. Y, lo increíblemente llamativo de aquel ser, eran aquellos cabellos tan rojos como la misma lava que estaban ridículamente sujetos por unas gafas de soldador. Nunca, en sus 18 años de vida, Law había visto un color de pelo tan increíblemente llamativo y atrayente. Era como si el mismo fuego ondease a la par que las hebras de su pelo.
El moreno tartamudeó ante la imagen de un corsario de la muerte que buscaba devorar sus intestinos. Cuando su padre antaño le dijo que los seres humanos eran criaturas horribles, jamás creyó que pudieran serlo tanto. Aquella figura no sólo intimidaba hasta a las pesadillas, sino que era totalmente consciente de ello y lo disfrutaba. Tanto como estaba haciéndolo en aquel preciso instante, desvalijando su cuerpo tostado con la mirada como si le estuviese desmembrando por pura diversión.
¿Quién era aquel hijo del diablo con una sonrisa de tiburón?
¿Por qué le miraba con la más absoluta confianza?
Law por un momento creyó que no iba a llegar más lejos, que era su fin, que aquel hombre era seguramente amigo de los vendedores de esclavos y tenía pensado darle un buen castigo como los que sufrió dentro del barco en el que le trajeron a aquella ciudad llena de humanos. No quería que le hicieran eso otra vez. Abrió los labios como intentando hablar, queriendo soltarse del agarre del hombre sin éxito mientras su mente colapsaba.
Algunos mechones rebeldes de su supuesto aniquilador bailaron en el aire con un movimiento de cabeza hacia la derecha, ladeándola para poder contemplar mejor al joven moreno que estaba sobre aquella cama de lujo.
-Espero que te hayas lavado. No me gusta follar con las putas reusadas.
Ignorando por completo el significado de varias palabras en aquella frase, Law simplemente se hizo a un lado en la cama cuando vio que el pelirrojo se sentaba en la misma para ponerse cómodo y resoplar. Algo empezaba a sonar confuso en todo aquello. Al moreno le dio la sensación de que le estaban confundiendo con otra persona y, la verdad, no sabía si eso le reconfortaba o le asustaba.
-¿Vas a traerme algo de beber o voy a tener que levantarme yo mismo a por ello? –Preguntó el pelirrojo algo cabreado, al ver que aquella puta no solo tenía unas pintas que daba asco, sino que se había quedado mirándole con cara de idiota.- Ve a lavarte. Joder, pensaba que en este antro al menos la compañía iba a ser algo limpia.
El hombre corpulento pedía saciar su garganta. El menor, algo trastocado por aquellas palabras, giró la cabeza de un lado a otro en busca de algo que pudiese servirle para dar de beber a aquel ser humano y de paso ahorrarse una muerte lenta y dolorosa. O algo peor. Sin embargo, para su desgracia, no conocía qué diablos era lo que los humanos bebían. La sed en su mundo ni siquiera existía. ¿Cómo beberían los humanos? ¿Tendría que ir fuera a por algo para traerle? Una de sus manos instintivamente acarició su tobillo magullado, tarea fácil dado que apenas tuvo que estirar la mano teniendo sendas piernas sobre la cama. El pelirrojo le miró escéptico y después siguió el recorrido de su mano hacia su pie.
-Eso no tiene buena pinta. –Le dijo mientras se levantaba, yendo de mala gana él mismo a por la bandeja repleta de frutitas jugosas donde estaba la jarra dorada con unas copas sin usar.
Cuando volvió a su sitio predilecto en la cama, tomó una uva y se la llevó a la boca rápidamente, masticándola de dos bocados y llenándose después la copa con energía para dar un trago al delicioso vino que contenía. Resoplando tras los largos tragos, se dio cuenta de que el chico a su lado no podía dejar de mirarle.
-¿Tengo monos en la cara?
De nuevo, el silencio siguió como respuesta.
Le estaba crispando mucho haber pagado – En verdad no lo había hecho – por la suite más cara de todo aquel burdel para encontrarse una prostituta – que no era una mujer – con las ropas desaliñadas y con aquel aspecto de haber recibido un par de palizas por algún cliente anterior. ¿Y aquel local tenía fama? Mis cojones. Si trataban así a sus trabajadoras de lujo, no quería imaginarse las más baratas. Qué asco le daba, coño. Sin embargo no era un hombre exigente en cuanto a meterla en caliente. Quitando que aquella figura ante él no tenía un buen par de teta, tenía una dulce cara juvenil y atractiva, con unos ojos tan fríos y tiernos como el acero recién templado y un pelo negro que con las luces de las velas y las lámparas parecía tener destellos azulados. Bajo aquella extraña túnica que portaba de color azul eléctrico, seguramente se escondiese un cuerpo delgado como podía ver con mirar sus brazos y piernas y una piel que, a la vista, parecía sedosa como ninguna antes. Fue por eso por lo que decidió darle una oportunidad al chico.
-Está bien. Ven conmigo.
Law no comprendió qué fue lo que hizo que tomara la mano que se acababa de plantar frente a su cara, pero sin embargo, sin haberlo pensado de antemano, la aceptó para ser arrastrado sobre las piernas de aquel ser perfectamente intimidante. Sus dos piernas nuevas y magulladas se abrieron para poder colocarse a ambos lados de las del hombre pálido, siendo sentado con mucha delicadeza. Eso al moreno, para variar, le sorprendió mucho. Aquella persona que tanto miedo le había infundido en un par de segundos se estaba convirtiendo en el primer ser humano que le trataba con gentileza. Bajó la mirada para poder observar más de cerca aquellos abdominales que se movían delicadamente con la respiración del pelirrojo y aquellos pectorales enormes que parecían ser duros como una roca. Sus manos tímidas se posaron sobre estos últimos, acariciándolos con miedo y cuidado por poder hacer algo que no debía. Para su sorpresa, aquello pareció agradar al hombre de cabellos de fuego.
-¿Te gusta lo que tocas? –Le preguntó, tomando su mentón para poder verle mejor la cara. Por primera vez, el joven azabache había mirado su rostro.- Heh, no eres muy hablador.
"Si tú supieras", pensó Law al momento con ironía.
Tiró con sus dedos pálidos de su barbilla, queriendo acerar su rostro al suyo.
-¿Por qué no acabamos antes y me besas? –La voz de aquel hombre denotaba tanta arrogancia que por fin, el moreno pareció recomponerse y mirarle lleno de indignación.
El pelirrojo estalló en carcajadas cuando el chico se limitó a fruncir el ceño con desagrado.
-No te hagas el estrecho conmigo, putita. –Sus dos manos ahora aferraron la delgada cintura del moreno para poder aspirar el aroma de su piel de chocolate. Sus ojos dorados recorrieron a conciencia toda aquella piel expuesta que la tela no cubría, con una enorme sonrisa en la cara. Sin embargo, al llegar al tobillo, se detuvo más de la cuenta notando la articulación hinchada que parecía querer explotar.- ¿Quién te ha hecho daño? –Susurró.
Law se quedó totalmente paralizado.
La pregunta le había tomado tan de sorpresa que apenas vino venir el gran navajazo que su corazón sintió al momento en el que la pregunta murió en los labios del otro. ¿Qué quién le había hecho daño? Sus manos tatuadas temblaron durante unos segundos, aferrándose como podía a su destrozada túnica mientras apretaba los labios con fuerza. Al hombre pálido aquella reacción le sorprendió, puesto que una puta debería estar curada de espanto con los clientes que abusaban de sus servicios.
La puerta del dormitorio, por segunda vez en menos de quince minutos, fue abierta de forma repentina, pero esta vez con una enorme violencia impropia de la armonía que fluía por aquel local. El pelirrojo por el contrario se entretuvo en llenar de nuevo su copa de vino para darle un par de tragos mientras rodaba la mirada por todo el dormitorio a medida que se iba llenando con más y más hombres armados. Law dio un respingo e intentó alejarse del pelirrojo por inercia, pero éste no se lo permitió, le dejó firmemente sentado sobre sus piernas mientras unos pasos decididos se acercaron más que los demás hacia los dos ocupantes de la cama.
-No sabía que ahora te gustaba tontear con esclavos, Eustass. –Inquirió Sabo, quitándose un momento el polvo de las ropas que había llevado para interpretar su papel en la plazoleta de los negreros. Uno de sus hombres le cedió un revólver, y el rubio lo tomó encantado para poder comprobar que el arma estaba cargada. Después retornó su atención al pelirrojo, que acababa de dar el último trago a su bebida.
-No sabía que conocieses tan bien mis gustos. –Dijo con una sonrisa socarrona, jugueteando con la copa ahora vacía entre sus dedos.- ¿Vienes a acompañarme y pasar el rato? No sé si tendrá experiencia con dos pollas a la vez, pero el chico parece dispuesto.
Law alzó una ceja mirando a Kid, el cual simplemente le miró sonriendo.
-Sabes que soy un hombre fiel. –Se permitió reír el libertador del moreno, tomándose algunas confianzas.- Normalmente no te molestaría en un momento tan personal, Kid, pero me temo que ese esclavo ahora es un hombre libre. Y mucho me temo que no trabaja aquí.
-¿Eso a ti qué te importa? Yo me follo a quien quiero.
Que se metieran en sus asuntos privados era algo que no llevaba para nada. Incluso las manos que sostenían la cintura del moreno se tensaron de golpe, clavando sus negras uñas en la ridícula tela que tapaba al joven príncipe. Law, confuso, miró a ambos hombres, sin comprender para nada cuál era el hilo de la conversación. De lo que estaba seguro al menos, era que hablaban de él.
-No puedo explicártelo ahora porque es algo confidencial, pero el ejército revolucionario compensaría mucho tu generosidad si nos pudieses devolver al chico que tienes en las piernas intacto. Es de vital importancia.
¿Por qué de golpe se había vuelto tan especial? El príncipe apenas llegaba a entender lo que estaba pasando, mucho menos cuando el pelirrojo, lejos de pensar en aceptar su oferta, rompió a carcajadas macabras de nuevo. Había dejado de intentar alejarse hace un rato, curiosamente se sentía cómodo entre sus brazos.
-¿Qué tiene este renacuajo para ser tan importante para la revolución? –Preguntó ahora muy interesado Kid, mientras devolvía la mirada al moreno.- Échame un poco de vino, ¿quieres?
La voz de aquel sujeto había sonado totalmente prepotente, y eso a Law no le gustó en absoluto, sin embargo, no le pareció conveniente hacerle enfurecer.
Así que, acatando a regañadientes su petición, tomó la enorme jarra dorada entre sus manos y la volcó literalmente sobre sus cabellos rojos como le había pedido. O eso es lo que, al menos, Law inocentemente ha interpretado por "echar".
Un silencio sepulcral se adueñó del dormitorio, donde nadie se atrevía si quiera a abrir la boca mientras el pelirrojo, con un par de venas hinchándose sobre su frente, parecía a punto de estallar en cólera y matarlos a todos. Sus ojos dorados se clavaron en los grises del moreno con intención clara de degollarle, pero Law, ajeno al peligro, simplemente ladeó la cabeza y le ofreció la jarra ahora vacía.
-¡YA NO LA QUIERO, MIERDA!
Y de un manotazo la lanzó lejos, acabando muy cerca de Sabo. Con un rostro calmado, ajeno a todo lo que estaba aconteciendo.
-Si pudieses reconsiderar mi petición, Eustass… -Pidió educadamente el chico mientras todos sus hombres apuntaban a matar a la cabeza de aquel diablo de cabellos rojizos.
Kid simplemente les miró con cara de cabreo. Acababa de ser humillado ante una decena de personas como mínimo, personas que le estaban infravalorando. ¿De verdad se pensaban que con eso iba a ser suficiente para matarle? Odiaba que le tomaran por un idiota, y sobre todas las cosas, odiaba que le creyeran débil.
-Tengo otra oferta para ti. –El pelirrojo siseó de pura ira mientras clavaba ahora adrede las uñas en la carne del moreno, el cual empezó a revolverse molesto por el dolor.- Killer.
Una tercera interrupción en el dormitorio hizo a todos los revolucionarios girarse hacia la puerta que acababa de ser abierta por donde entraba el susodicho con aquel característico casco que ocultaba su cara de las miradas indiscretas. Killer sostenía entre sus brazos a una mujer de cabellera castaña que rabiaba de dolor entre quejidos e intentaba liberarse de aquellas manos que la hacían daño, pero era tarea imposible, ya que tenía uno de sus brazos sostenidos contra su espalda a la fuerza y el otro intentando soltar la mano que apretaba su cuello frágil y delgado con tanta fuerza.
-¡Koala! –Gritó Sabo en cuanto vio a su chica en manos de aquella basura pirata, encolerizando por momentos en cuanto se giró de nuevo para poder mirar a Eustass- ¡Ella no ha hecho nada, suéltala de inmediato!
-No, no has entendido el juego. Mira, voy a proponerte algo más interesante: me voy con el chico a mi barco, Killer te devuelve a tu zorrita y todos ganamos.
Los dientes del rubio casi estallaron de la rabia con la que estaban siendo apretados.
-Si no la sueltas te mataré ahora mismo.
-Claro, cuando quieras.
Law notó que su cuerpo estaba siendo movido de forma que el de Kid quedase totalmente cubierto por el suyo.
-¿Así te va bien, Sabo?
-¡Que te jodan!
El rubio quitó el seguro a su revólver para disparar cegado por la ira a cualquier parte del cuerpo del pelirrojo que no quedase oculta por el cuerpo del moreno. Pero el chillido de Koala le hizo detenerse. Una de las hoces de Killer acababa de rasgar su vestido, desnudándola por completo y mostrando todos sus atributos femeninos al resto de hombres de la sala. Sabo estaba tan cabreado que apenas acertó a hablar.
-Ya sabes que no me gusta que me hablen así. Deberías relajarte un poco. ¿Unas uvas?
El rubio sabía que Kid estaba cachondeándose de él abiertamente. Pero estaba totalmente contra la espada y la pared. Los sollozos de su novia le impedían pensar en nada que le beneficiase, mientras la pobre era totalmente incapaz de tapar sus vergüenzas ante los ojos indiscretos. Toda la cara de la castaña estaba enrojecida por la vergüenza de ser mostrada así como ganado, y lo peor de todo era que la persona que amaba la estaba viendo siendo humillada de la forma más cruel.
Por lo que a Sabo no le quedó más opción y tiró el arma al suelo con sus dos ojos negros enrojecidos por la cólera, siendo imitado a los pocos segundos por sus hombres, sintiéndose frustradamente vencidos de la forma más vergonzosa.
Viendo que había vuelto a ganar como a él le gustaba, el pelirrojo se limitó a sonreír para tomar a Law entre sus brazos al más puro estilo princesa y cargarle hasta la salida que "amablemente" los hombres de Sabo habían dejado libre para que pasara. Cuando pasó al lado de su amigo, Killer soltó con brusquedad a Koala para marcharse tras su capitán fielmente.
-Esta me la vas a pagar.
-Te estaré esperando.
Y esas fueron las últimas palabras de Eustass Kid antes de largarse del local seguido de sus tripulantes, que empezaron a salir de sus escondites para guardar las espaldas de su capitán.
Con toda la rapidez que pudo, por su parte el rubio se quitó la camisa que portaba para poder tapar el cuerpo desnudo de su pequeña y hermosa castaña. Su corazón se rompía al ver que no era capaz de calmar su llanto, abrazándola contra su pecho con fuerza mientras dejaba que se la pasara el susto.
Definitivamente, Kid iba a pagársela.
Bueeeno... pues... -se va alejando- creo que... yo ya me iba... sí... (?)
No me matéis, por favor, sé que Kid parece un hijo de puta -Lo es- y que va a tratar mal a Law -probablemente-, pero no van a ser así para siempre, os lo prometo. Tenéis que comprender el trasfondo psicológico de los personajes... Law es tan inocente y curioso porque es joven y ha vivido de forma acomodada todo este tiempo, pero Kid sin embargo es un pirata sanguinario. Caminos de flores y amor no iba a haber, desde luego xD
Como siempre, muchísimas gracias por leer.
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